lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 16 y 17 Mañana: cuando la guerra empieze


En la caja había otros dos documentos.
Uno era una carta de la madre de Imogen Christie. Decía así:
Querido señor Christie —«¡señor Christie!», comentó Lee; y yo le dije: «Es que en esa época eran muy formales»—: He recibido su carta fechada el 12 de noviembre. Entiendo que se encuentra en una posición difícil. Como sabe, siempre le he apoyado y he defendido su versión sobre la terrible muerte de mi querida hija y mi querido nieto como la única posiblemente verdadera, y siempre la he creído y he rezado fervientemente porque así fuera. Y me regocijé, como ya sabe, cuando el jurado le declaró inocente, porque creo que ha sido usted un hombre injustamente acusado, y que si el sistema no es capaz de hacer justicia en un caso como el suyo, yo reniego del sistema. Pero el jurado hizo lo único que podía hacer, a pesar de la sentencia del juez. Como usted también sabe, yo siempre me he aferrado a esa versión, y así la he transmitido de un confín del distrito al otro. No se me ocurre cómo podría haber hecho otra cosa. Ningún hombre, ni ninguna mujer tampoco, puede detener las habladurías, y, si son tan graves como usted dice y se viera obligado a abandonar el distrito, sería una vergüenza. Y es que no hay quien detenga a las mujeres cuando se ponen a rumorear, y lo digo a pesar de mi condición de mujer, porque así es el mundo y no cabe duda de que lo seguirá siendo. Y sepa usted que siempre será bienvenido bajo el techo de Imogen Emma Eakin Lo último era un poema, un poema sencillo: En esta vida de oraje, dos pilares sostienen mi fortaleza. Ante los trances ajenos, gentileza, ante los propios, coraje.
Después de leer aquello, Lee envolvió todo de nuevo en silencio y lo volvió a colocar en la caja. No me sorprendió que volviera a dejarla en la
cavidad y que dejara caer la repisa encima. Sabía que no íbamos a dejarla allí para siempre, para que se descompusiera en pedazos y luego en polvo, pero en aquel momento había demasiadas cosas que asimilar, demasiado en que pensar. Abandonamos la cabaña en silencio, y con su silencio la dejamos. A medio camino de vuelta por el arroyo, me volví para mirar a Lee, que iba chapoteando detrás de mí. Era prácticamente el único sitio en aquel fresco túnel de vegetación en el que podía estar de pie. Rodeé su cuello con mis brazos y lo besé apasionadamente. Tras un momento de estupor, cuando ya tenía los labios dormidos, él empezó a besarme también, apretando su boca con fuerza contra la mía. Allí estábamos, de pie en aquel arroyo frío, intercambiando besos apasionados. Yo exploré no solo sus labios, sino también su olor, el tacto de su piel, la forma de sus omóplatos, la tibieza de su nuca. Al cabo de un rato me solté y apoyé mi cabeza en su hombro, aun rodeándole con un brazo. Miré el agua fría correr, siguiendo su irremediable curso. —Ese informe del juez de instrucción... —le dije. —¿Sí? —Antes estábamos hablando de la razón y las emociones. —Sí. ¿Y? —¿Alguna vez has visto a alguien hablar de emociones con tanta frialdad como en ese informe? —No, no creo. Me giré más, para apretar mi cara contra su pecho, y susurré: —Yo no quiero ser como ese juez. —No. —Él me acarició el pelo, luego metió sus dedos en mi melena y me apretó la nuca suavemente, como dándome un masaje. Al cabo de unos minutos, dijo—: Salgamos de este arroyo. Me estoy congelando por segundos. El agua ya me llega hasta las rodillas, y cada vez está más profundo. Yo solté una risita. —Vamos rápido entonces. No quisiera que el agua te suba aún más alto.
De vuela en e1 claro, era evidente que algo había pasado entre Homer y Fi. Homer estaba sentado bajo un árbol, y Fi acurrucada contra él. Él estaba mirando a través del claro, hacia uno de los Escalones de Satán que se alzaba en la distancia. No estaban hablando, y cuando nos vieron se levantaron y se pusieron a dar vueltas, Homer más preocupado por las apariencias que Fi, a la que se veía más natural. Pero, al fijarme en ellos el resto de la tarde —no es que los espiara, solo tenía curiosidad por ver cómo se comportaban—, sentí que eran diferentes a nosotros. Parecían más nerviosos el uno con el otro, como niños de doce años en su primera cita. Fi me explicó cómo había ido todo cuando nos escapamos un momento para cotillear. —No se quiere nada —se quejó—. A cada cosa agradable que le digo, o hace como que no la ha oído o se quita mérito. ¿Sabes? —dijo mirándome con aquellos enormes ojos inocentes—, parece que tiene un problema con eso de que mis padres sean abogados y con que vivamos en una casa como la nuestra. Siempre está gastando bromas sobre la casa, sobre todo cuando fuimos allí la otra noche, pero en el fondo creo que para él no es ninguna broma. —¡Ay, Fi! ¿Cómo has tardado tanto en darte cuenta? —¿Por qué lo dices? ¿Es que él te ha dicho algo? —Enseguida se puso de los nervios, como solo ella sabe hacerlo. Yo estaba un poco entre la espada y la pared, pero quería proteger a Homer, y no quería delatar ninguna confidencia. Así que decidí hablar de una forma menos directa. —Bueno, tu estilo de vida es muy distinto al suyo. Y ya sabes el tipo de tíos con los que siempre se ha juntado en el instituto. Estaría más a gusto en la cafetería que jugando al croquet con tus padres. —Mis padres no juegan al croquet. —Ya, pero tú sabes a lo que me refiero. —Ay, no sé qué hacer. Parece que no se atreve a decir nada por si me río de él o lo miro por encima del hombro. Como si alguna vez lo hubiera hecho. Me parece muy gracioso que se comporte así conmigo, con lo seguro que se lo ve con el resto de la gente. Suspiré. —Si pudiera entender a Homer, entendería a todos los tíos.
Estaba empezando a oscurecer, y teníamos que empezar a organizamos para una larga noche, que comenzaría con otra subida por los Escalones de Satán. Yo estaba cansada y no me apetecía mucho ir, sobre todo porque Lee no podía venir. La pierna seguía molestándole. Llegado el momento, anduve arrastrando los pies detrás de Homer y Fi, porque me sentía demasiado débil para quejarme —y porque pensé que me sentiría culpable si lo hacía—. Pero, poco a poco, la dulzura de la noche me reanimó. Empecé a respirar más profundamente y a percibir las silenciosas montañas que nos rodeaban. Era un sitio bonito, estaba con mis amigos y eran buenas personas, y estábamos lidiando bien con aquellas circunstancias difíciles. Había muchas cosas por las que sentirse mal, pero, de alguna manera, los periódicos que había leído en la cabaña del Ermitaño, y aquel bonito y largo beso con Lee, me habían dado una perspectiva más optimista de la vida. Sabía que no iba a durar, pero intenté disfrutarla mientras pudiera. Al llegar al Land Rover, nos pusimos a construir un nuevo escondite para los vehículos, para que estuvieran más ocultos de la vista de cualquiera que pasara por el camino. No fue una tarea fácil, y al final tuvimos que contentarnos con un hueco entre unos árboles, como un kilómetro pendiente abajo. La principal ventaja era que para llegar hasta allí había que conducir por las rocas, con lo que no dejaríamos huellas, siempre y cuando los neumáticos estuvieran secos. Y el principal inconveniente era que tendríamos que andar más para llegar hasta el Infierno, que ya de por sí era un camino largo. Fi y Homer iban a esperar a los otros cuatro, que estaba previsto que llegaran sobre el amanecer, pero yo no quería dejar a Lee solo en el campamento toda la noche. Así que, por aquella caritativa razón y no otra, llené la mochila hasta arriba, cogí una bolsa de ropa, y, cargada como un burro, me puse en modo «tracción a las cuatro ruedas» y volví caminando al Infierno sola. Era casi media noche cuando me despedí de Fi y de Homer. Ellos dijeron que iban a echarse en la parte trasera del Land Rover para dormir unas horas mientras esperaban. Eso era lo que decían que iban a hacer, claro.
La luna estaba bastante alta en el cielo cuando me fui. Las rocas se erguían, brillantes, a lo largo de la angosta cresta de la Costura del Sastre. De repente, un pajarillo salió volando de un árbol bajo que había frente a mí, dando un graznido y batiendo las alas. Los arbustos creaban siluetas que parecían duendes y demonios que esperaban para abalanzarse sobre mí. El camino se abría paso entre ellos de forma desordenada: si un sastre hubiera cosido aquello, debería de estar loco, o poseído, o ambas cosas. Las ramas blancas y muertas brillaban frente a mí como esqueletos, y mis pies hacían crujir la gravilla. Quizá debería haberme sentido asustada, andando por allí en la oscuridad. Pero no lo estaba, no podría estarlo. La fresca brisa nocturna acariciaba mi rostro todo el rato, y el olor de las acacias daba al aire un suave dulzor. Aquel era mi país; sentía como si hubiera brotado de aquel suelo, como los silenciosos árboles que me rodeaban, como las flexibles plantas de hojas minúsculas que festoneaban el camino. Quería volver con Lee, volver a ver su rostro serio y aquellos ojos marrones que me embelesaban cuando sonreían y me tenían en vilo cuando estaban serios. Pero también quería quedarme allí para siempre. Sentía que si me quedaba más rato, podría convertirme en parte del paisaje, en un árbol oscuro, retorcido y tragante. Estaba andando muy despacio, con ganas de encontrarme con Lee pero no demasiado pronto. Apenas notaba el peso de las provisiones que cargaba. Recordé cómo hacía bastante tiempo —me parecían años— había pensado en aquel sitio, en el Infierno, y en cómo solo los humanos podían haberle dado ese nombre. Solo los humanos entienden de infiernos; de hecho, son expertos en la materia. Recordé haberme preguntado si los humanos serían el infierno. Por ejemplo el Ermitaño; fuera lo que fuera lo que había sucedido aquella terrible Nochebuena, si había cometido un acto de inmenso amor o de terrible maldad... En definitiva, aquel era el único problema: como humano, podía haber hecho lo uno, lo otro, o ambas cosas a la vez. Otras criaturas no tienen ese problema. Hacen lo que hacen y punto. Yo no sabía si el Ermitaño era un santo o un demonio. Lo que sí sabía era que, desde que dio aquellos dos tiros, parecía que tanto él como la gente de su entorno lo habían enviado al infierno; los demás lo habían desterrado, pero él también lo había hecho. No necesitaba atravesar las montañas hasta aquel rincón salvaje de calor, rocas y maleza: llevaba el infierno dentro, como nos pasa a todos, como una pequeña carga a nuestras espaldas que apenas notamos la mayor parte de las veces, o como una gran joroba de sufrimiento que nos doblega bajo su peso. Yo también tenía las manos manchadas de sangre, como el Ermitaño, y al igual que no sabía si sus acciones habían sido buenas o malas, tampoco sabía si lo eran las mías. ¿Había matado por el amor de mis amigos, como parte de una noble cruzada para rescatarlos a ellos y a mi familia, para mantener libre nuestra tierra? ¿O había matado porque valoraba mi vida por encima de la de los demás? ¿Sería capaz de matar a otra decena de personas con el único fin de sobrevivir? ¿Y a cien? ¿Y a mil? ¿Hasta qué punto me había condenado a mí misma al infierno, si es que no estaba condenada ya? La Biblia decía: «No matarás», pero luego narraba cientos de historias de gente que se mataba y se convertía en héroes, como David con Goliat. Aquello no ayudaba mucho. 
Yo no me sentía como una asesina, pero tampoco como una heroína. Estaba sentada en una roca en lo alto del monte Martin pensando en todo aquello. La luna brillaba tanto que podía ver hasta el infinito. Los árboles y las rocas, incluso las cumbres de otras montañas, proyectaban enormes sombras negras en los prados. Pero no se veía a los diminutos humanos que avanzaban por el paisaje como insectos, cometiendo sus monstruosos y hermosos actos. Solo veía mi propia sombra, proyectada en la roca por la luna a mis espaldas. La gente, las sombras, el bien, el mal, el infierno: todo aquello eran nombres, etiquetas, nada más. Los humanos habían creado aquellos opuestos. La naturaleza no reconoce los opuestos. Ni siquiera la vida y la muerte son opuestos en la naturaleza: una es solamente la continuación de la otra. Lo único que se me ocurría era confiar en mi instinto. En realidad, era lo único que tenía. Las leyes humanas, las leyes morales, las leyes religiosas, parecían artificiales y básicas, casi infantiles. Sentía dentro de mí aquel anhelo —que a menudo se quedaba en un mero impulso— de encontrar la manera de hacer lo correcto. Y en ese sentido, tenía fe. Lo llames como lo llames —instinto, conciencia, imaginación—, es como una necesidad de contrastar continuamente lo que hago con una especie de límites que llevo dentro; contrastar, contrastar y volver a contrastar. Quizá los criminales de guerra y los asesinos en serie hagan lo propio con esos límites y reciban así el empuje que necesitan para seguir adelante por el camino que han tomado. ¿Cómo podía saber yo si era diferente?
Me levanté y anduve lentamente por la cumbre del monte Martin. Aunque me estaba atormentando, tenía que vivir con aquella sensación. Sentía que si me mantenía cerca, si la agarraba y no la dejaba ir, podría conseguir sacarla, arrancarla de mi mente resentida. Y sí, se me ocurría una cosa en la que yo era diferente. Era una cuestión de seguridad en uno mismo. La gente que tenía pensamientos brutales y que actuaba de forma brutal —fueran racistas, sexistas o fanáticos— no parecían dudar nunca de sí mismos. Siempre estaban seguros de estar en lo cierto. Como la señora Olsen, del instituto, que castigaba más ella sola que todo el resto del equipo docente junto y que no paraba de quejarse de las normas del centro y de la «falta de disciplina de estos niños». O el señor Rodd, que vivía más abajo en nuestra misma carretera y que nunca mantenía a un jornalero más de seis semanas —había tenido catorce en los últimos dos años— porque según él todos eran unos vagos, unos estúpidos o unos insolentes. O el señor y la señora Nelson, que cada vez que su hijo hacía algo malo conducían cinco kilómetros y lo soltaban allí para que volviera andando a casa, y que, cuando tenía diecisiete años, lo echaron para siempre porque encontraron jeringuillas en su habitación. Aquella gente era a la que yo consideraba chunga. Y todos parecían tener una cosa en común: el absoluto convencimiento de que ellos tenían razón y los demás no. Casi envidiaba la fuerza de sus convicciones. Seguro que les hacía la vida mucho más fácil. Quizá mi falta de confianza, mi enfermiza costumbre de preguntarme y poner en tela de juicio todo lo que decía o hacía, fuera un don, algo que hacía la vida dolorosa a corto plazo pero a largo plazo podría conducirme a... ¿a qué? ¿Al sentido de la vida? Al menos me daba alguna oportunidad de dilucidar qué debía o no debía hacer. Tanto darle a la cabeza me había cansado más que la caminata arriba y abajo por las montañas. La luna estaba en su máximo esplendor, pero no podía quedarme allí. Me levanté y bajé por las rocas hasta el eucalipto y el principio del camino. Cuando llegué al campamento me molestó encontrar a Lee profundamente dormido. Pero no podía culparlo, teniendo en cuenta lo tarde que era. Lo que pasaba es que yo llevaba toda la tarde esperando a verlo y volver a hablar con él. Al fin y al cabo, era culpa suya que yo hubiera estado comiéndome el tarro de aquella manera. Él era quien había empezado, con aquella charla sobre la mente y el corazón. Y ahora tenía que conformarme con arrastrarme hasta su tienda y dormir a su lado. El único consuelo era que, al despertar a la mañana siguiente, se daría cuenta de que había dormido conmigo sin saberlo siquiera. Creo que todavía estaba pensando en eso cuando me quedé dormida. 

Robyn, Kevin, Corrie y Chris sonreían de oreja a oreja, y les devolví la sonrisa sin esfuerzo. Era un enorme alivio, una enorme alegría, volver a verlos. Los abracé con ansia, consciente de pronto del miedo que había pasado por ellos. Pero, por una vez, todo parecía haber salido bien. Era algo maravilloso. No habían contado gran cosa a Homer ni a Fi, porque estaban agotados y porque no querían repetir la misma historia cuando nos vieran a Lee y a mí. Lo único que dijeron fue que no habían visto a ningún familiar nuestro, pero que habían averiguado que se encontraban sanos y salvos en el recinto ferial. Al oír eso, me sentí tan aliviada que me caí sentada al suelo, como si algo me hubiera cortado la respiración. Lee se apoyó en el tronco de un árbol, cubriéndose la cara con las manos. Creo que nada podía importarnos más que eso. Aunque teníamos muchas preguntas, éramos conscientes de lo cansados que estaban todos, por lo que les dejamos que desayunaran antes de que nos contaran nada más. Y, con un buen desayuno en el estómago —aunque consistiera solo en unos pocos huevos frescos, cocinados a toda prisa en un pequeño pero arriesgado fuego que extinguimos también a toda prisa—, ya llenos de comida y de adrenalina, se pusieron cómodos para contárnoslo todo. Robyn tuvo la palabra la mayor parte del tiempo. Ya era su líder oficiosa cuando se fueron, y resultaba interesante observar hasta qué punto acaparaba la atención ahora. Lee y yo nos sentamos en un tronco cogidos de la mano, Fi se dejó arropar por Homer, dentro de la “V” formada por las piernas abiertas de él, y Kevin se tumbó en el suelo con la cabeza sobre el regazo de Corrie. Éramos como un grupo de parejas perfectas, y aunque seguía preguntándome si preferiría estar en el lugar de Fi, no podía quejarme. La pena era que no hubiera posibilidad de que Chris y Robyn acabaran juntos, porque entonces sí que habríamos sido las parejas perfectas.
Chris se había traído un paquete de cigarrillos y dos botellas de oporto que había cogido “de recuerdo”, como él decía. Se sentó en el tronco a mi lado, hasta que se puso a fumar y yo le pedí amablemente que se apartara. No pude evitar preguntarme hasta qué límite llevaríamos el concepto de coger cosas “de recuerdo”. Eso me trajo a la memoria lo que había estado pensando la noche anterior. Si íbamos a desobedecer las leyes del país, deberíamos crear en su lugar unas reglas propias. En realidad no me arrepentía de todas las veces que habíamos infringido la ley —hasta el momento podíamos ser acusados de robo, allanamiento de morada, daños a la propiedad, asalto, homicidio o incluso asesinato, de conducir sin permiso y sin luces, de saltarnos los stop, y seguro que de muchas más cosas—. Todo apuntaba a que además no tardaríamos en cometer el delito de beber antes de la edad permitida, aunque reconozco que no sería la primera vez en mi vida. Eso tampoco me daba problemas de conciencia: siempre he pensado que esa ley era un ejemplo más de la estupidez de la mayoría de las leyes. Al fin y al cabo, decidir que a los diecisiete años, once meses y veintinueve días eras una persona demasiado inmadura para probar el alcohol pero que un día después podías ponerte ciego de cerveza no era una idea precisamente brillante. Aun así, no me gustaba la idea de que Chris pillara priva y cigarros en cualquier momento y lugar que le apeteciera. Supongo que porque no era tan necesario como las demás cosas que habíamos birlado. He de confesar que me había llevado chocolate de casa de los Gruber, lo que tampoco era tan diferente. Sin embargo, en Outward Bound nos daban chocolate para que tuviéramos energía, así que al menos se puede decir que eso tiene algo de necesario. No es que se pueda decir lo mismo del alcohol o la nicotina. Me pregunté qué habría pasado si Chris hubiera traído algo más fuerte al Infierno, o si hubiera querido cultivar marihuana o algo aquí. Pero en aquel momento Robyn iba a empezar su gran discurso, de modo que dejé de pensar en cuestiones morales y me concentré en ella. —Bueno, chicas y chicos —empezó a decir—, ¿tenéis las orejas a punto? Hemos pasado un par de días bastante interesantes. Aunque vosotros también parece que hayáis pasado un par de días interesantes —apuntó, mirándonos a Lee y a mí, y a Fi y a Homer—. No sé si conviene volver a dejaros aquí solos. —Está bien, mamá, empieza ya —dijo Homer.
—Vale, vale, pero que sepáis que os voy a estar vigilando. Bueno, ¿por dónde empiezo? Lo primero es que, como ya os hemos dicho, no hemos visto a nadie de nuestras familias, pero hemos tenido noticias de ellos. La gente con la que hemos hablado nos ha jurado que están todos bien. De hecho, todos los del recinto ferial están como una rosa. Lo que hemos dicho medio en broma hace un rato es verdad: comida no les falta. Se han comido los bollos, las tartas decoradas, los bizcochos, el pan casero, los huevos dobles, los pasteles de fantasía… ¿Me dejo algo? —Las tartas de frutas —añadió Corrie, que era una experta en el tema—. Las mermeladas, las conservas y los encurtidos. El mejor surtido de galletas. —Vale, vale, vale —protestaron como tres personas a la vez.
—Y además, están acabando con el ganado —dijo Robyn—. Es una pena, porque era lo mejorcito del distrito. O sea que tienen productos de la mejor calidad. Todas las mañanas hacen pan en los salones de té de la CWA6; allí tienen un par de hornos. Aunque durante un tiempo empezaron a quedarse sin verduras, porque se comieron entero el puesto de los Young Farmers7, que por cierto ayudé a montar el día antes de que saliéramos de excursión. —Pero si tú no eres de los Young Farmers —le dije. —No, pero Adam sí —contestó ella, con un aire ligeramente sonrojado. Cuando se hubieron apagado nuestros inmaduros silbidos, aullidos y ruidos de animales, ella siguió hablando, sin dejarse amilanar.
—Pero ha habido ciertas novedades —dijo—. Ahora han montado cuadrillas que salen del recinto ferial a diario. Van en grupos de ocho o diez, acompañados de tres o cuatro guardias. Hacen tareas como limpiar las calles, enterrar cadáveres, conseguir comida (verdura, por ejemplo) y ayudar en el hospital. 
—Entonces, ¿el hospital sigue en funcionamiento? Nos lo imaginábamos. —Sí. Ellie les ha dado trabajo —contestó, y pareció arrepentirse de haberlo dicho en el mismo momento en que lo hizo. —¿Qué? ¿Te han dicho algo? Ella negó con la cabeza. —No, no, nada. —Venga ya, no hagas eso, Robyn. ¿Qué te han dicho? —No es nada, Ellie. Ha habido bajas. Eso ya lo sabias. —Entonces, ¿qué te han dicho? Robyn estaba incómoda. Yo sabía que me arrepentiría, pero ya era demasiado tarde para parar. —¡Robyn! ¡Deja de tratarme como a una cría! ¡Dímelo ya! Ella hizo una mueca de dolor, pero aun así me respondió. —Nos han dicho que han muerto dos de los soldados heridos por el cortacésped. Y dos de los que atropellamos. —Ah —dije. Robyn lo había dicho en tono neutro y reposado, pero la impresión seguía siendo terrible. La cara me empezó a sudar, y me sentí mareada. Lee me cogió la mano con fuerza, pero yo casi no lo noté. Corrie se acercó y se sentó a mi otro lado, donde antes estaba Chris, y me abrazó.
Al cabo de un minuto Chris dijo: —Es diferente de las películas, ¿verdad? —Sí —contesté—. No os preocupéis por mí. Sigue, Robyn, por favor. —¿Estás segura? —Del todo. —Resulta que hay algunas bajas más en el hospital. El primer y segundo día hubo muchos combates, y mucha gente resultó herida o muerta. Soldados y civiles. No en el recinto ferial (allí el efecto sorpresa fue tan perfecto que ocuparon el lugar en diez minutos) sino en el pueblo y en otras partes del distrito, con la gente que no había ido a la feria. Y todavía no ha terminado. Hay algunos grupos de guerrilleros, gente corriente como nosotros, supongo, que siguen por ahí y atacan a patrullas siempre que pueden. Pero el pueblo en sí está en calma. No debe de quedar nadie escondido, y están seguros de tener la situación bajo control. —¿Están tratando bien a la gente? —En general, sí. Por ejemplo, las personas que estaban en el hospital el día de la invasión se han quedado allí, donde reciben cuidados. La gente con la que hemos hablado dice que los soldados tienen mucho interés en no mancharse las manos. Saben que tarde o temprano vendrán las Naciones Unidas y la Cruz Roja, y no quieren provocar su indignación. Siempre están hablando de una invasión “limpia”. Esperan que, si no hay denuncias de campos de concentración, torturas, violaciones y cosas así, se reducirán las posibilidades de que se impliquen países como Estados Unidos. —Muy listos —comentó Homer. —Si, pero a pesar de eso ha habido como cuarenta muertos solo en Wirrawee y alrededores. El señor Althaus, por ejemplo. Toda la familia Francis. El señor Underhill. La señora Nasser. John Leung. Y hay gente que ha recibido palizas por no obedecer órdenes.
Nos quedamos sin palabras de la impresión. El señor Underhill era el único al que conocía bien. Era un joyero del pueblo. Era un hombre tan pacífico que no podía imaginarme cómo podía haber provocado a los soldados. A lo mejor intentó impedir que saquearan su tienda. —Entonces, ¿con quién habéis hablado? —preguntó Lee al rato. —Ah, si, ahí quería llegar. Estoy contándolo todo desordenado. Bueno, pues lo que pasó es lo siguiente. Entramos en el pueblo la primera noche sin problemas. Llegamos a la casa de mi profesora de música a eso de la una y media. La llave estaba donde ella siempre la dejaba. Es un buen escondite, como os había dicho, porque hay muchas puertas y ventanas por las que salir en un momento dado. Hay una buena vía de escape por una ventana del primer piso, por ejemplo, por la que se llega a un tejado y luego una gran rama, y te plantas en la casa de al lado en un par de segundos. Además, desde el puesto de observación se abarca toda la calle y el camino de entrada frontal a la casa, y la valla trasera no se puede atravesar a menos que vengan en tanque. Por eso era ideal. »Lo primero que hicimos después de sondear la casa fue pertrecharnos y montar el falso campamento en el templo masónico. Esa parte fue bastante divertida: dejamos allí algunas revisas, fotos y osos de peluche para que diera el pego. Luego, Kevin hizo el primer turno de guardia y los demás nos acostamos. Alrededor de las once de la mañana, yo estaba de guardia y, de pronto, vi a un grupo de personas en la calle. Entre ellas estaba el señor Keogh, uno que antes trabajaba en la oficina de correos. —¿Uno viejo y calvo?
—Sí. Se jubiló el año pasado, creo. Total, que desperté a los demás enseguida, como os podéis imaginar, y los observamos mientras recorrían la calle. Había tres soldados en total, y seis personas del pueblo. Tenían una furgoneta y una camioneta, y parecía que estuvieran llevándose cosas de las viviendas. Dos de ellos entraban en las casas mientras los soldados se quedaban fuera. Pasaban unos diez minutos en cada una, y luego salían con bolsas de basura llenas de cosas. Algunas bolsas las dejaban directamente en la camioneta, pero otras pasaban por la inspección de los soldados, y las metían en la furgoneta. 
»Lo que hicimos fue esperar a que estuvieran cerca de nosotros, y entonces nos escondimos en partes diferentes de la casa. Yo estaba en la cocina, escondida en un armario escobero. Llevaba allí unos veinte minutos cuando entró el señor Keogh. Abrió la puerta de la nevera y empezó a sacar toda la comida estropeada y apestosa. Eso es lo que no fuimos capaces de hacer nosotros cuando llegamos allí a la una y media con el estomago vacío. »—¡Señor Keogh! —susurré—. Soy Robyn Mathers. »¿Y sabéis qué?, ni siquiera pestañeó. Yo pensé, cómo controla este tío. Y entonces me acordé de que está bastante sordo. No me había ni oído. Así que abrí la puerta del escobero, me acerqué por detrás y le di unos toquecitos en el hombro. ¡No veas! Aunque Chris ha dicho antes que la guerra no es como en las películas, esto sí que lo fue. Dio tal bote que parecía que hubiese tocado un cable pelado de la nevera. Tuve que sujetarlo. Yo pensé, “socorro, que no le dé un infarto”. Al final se calmó, y tuvimos una conversación muy rápida. Tenía que seguir trabajando mientras hablábamos; me dijo que, si tardaba demasiado, los soldados sospecharían y entrarían. Dijo que su trabajo consistía en hacer que las casas volvieran a ser habitables, limpiarlas de comida pasada y animales muertos, y llevarse joyas y otros objetos de valor. Me contó lo que sabía de nuestros familiares, y lo demás que os he dicho. Me dijo que también saldrían cuadrillas al campo, a partir de cualquier día de estos, para cuidar del ganado y poner los ranchos en funcionamiento otra vez. Y que iban a colonizar todo el país con su propia gente: se repartirían los ranchos, y a nosotros nos pondrían a hacer las tareas domésticas, como limpiar los váteres, supongo. Tenía que irse, pero me dijo que seguirían por West Street después de Barrabool Avenue, y que si me metía en una de las casa de allí podríamos seguir hablando. Y, acto seguido, se fue.
»Bueno, cuando la casa volvió a quedarse vacía, tuvimos una asamblea rápida. Kevin había hablado con una tal señora Lee, que se había metido en el dormitorio donde se escondía él, y Kevin le sacó más información. Así pues, acordamos ir West Street para volver a intentarlo. No nos costó mucho llegar allí, pasando a través de los jardines traseros, y probamos en varias casas. Las primeras dos seguían cerradas con llave, pero la tercera estaba abierta, de modo que nos repartirnos por las habitaciones. Yo me metí debajo de la cama del dormitorio principal. Chris montó guardia y nos dijo cuándo calculaba que estarían cerca, o sea casi dos horas. Fue un aburrimiento. Si queréis saber cuántos cuadrados forman los alambres del somier de los del número 28 de West Street, os lo puedo decir. Pero al final llegó alguien, una señora a la que no conocía. Se fue hacia el tocador con una bolsa verde y empezó a meter cosas dentro. Le susurré: »—Disculpe, soy Robyn Mathers. —Y sin girarse siquiera me contestó en voz baja: »—Ah, vale, el señor Keogh me ha dicho que estuviese pendiente por si veía a gente joven por aquí. »Hablamos unos minutos, yo sin salir de debajo de la cama, pero asomando la cabeza afuera. Me dijo que odiaba tener que hacer aquel trabajo, pero que los soldados a veces miraban en las casas después de que salieran los del pueblo, y que los castigaban si habían dejado algo de valor dentro. »—A veces escondo algo en las habitaciones cuando me parece que es un recuerdo familiar —me dijo—, pero no sé si servirá de algo a la larga. »También me dijo que habían elegido a las personas menos peligrosas para formar esas cuadrillas, niños y ancianos sobre todo, y que esas personas sabían que, si intentaban escapar o rebelarse, los familiares que tuvieran en el recinto ferial serían castigados. »—Por eso prefiero no hablar demasiado rato contigo, mi niña —me dijo. Era una ancianita muy maja. »Otra cosa que me dijo era que la carretera que conecta con la bahía de Cobbler es la clave de todo. Gracias a ella pudieron atacar este distrito tan deprisa y con tanta contundencia. Llevan los suministros a la bahía por barco y desde ahí los mandan en camiones por la carretera. —Lo que yo decía —intervine yo.
Nunca me había considerado un genio militar, pero me gustó ver que había acertado en esto. 
—Total, que nos pusimos a charlar como si fuéramos viejas amigas —prosiguió Robyn—. Incluso me contó que antes trabajaba de limpiadora en la farmacia a tiempo parcial, y cuántos nietos tenía y cómo se llamaban. Parecía haberse olvidado de lo que me había dicho sobre tener una conversación corta. Si hubiera tenido un par de minutos más, habría sido capaz de llevarme a la cocina y prepararme un té, pero de pronto me di cuenta de que se oían unos pasos muy sigilosos que se acercaban por el pasillo. Escondí la cabeza como una tortuga, pero os aseguro que me moví mucho más rápido que cualquier tortuga. Y lo siguiente que vi fueron unas botas justo al lado de la cama. Eran negras, pero estaban muy sucias y llenas de marcas y rozaduras. Era un soldado, y se había acercado a hurtadillas para sorprenderla. Yo pensé, ¿y ahora qué hago? Intenté recordar todos los movimientos de artes marciales que me sonaran, pero lo único que se me ocurría era darle en la entrepierna. —Le pasa eso mismo con todos los tíos —apuntó Kevin, pero Robyn hizo oídos sordos. —Tenía mucho miedo, porque no quería causarle problemas a esa señora tan simpática. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Y sigo sin saberlo. Pero tampoco quería que me mataran, soy así de rara. Estaba tan paralizada que era incapaz de hacer nada. Oí que el soldado decía, con voz muy suspicaz, algo tipo «Tú hablas». Entonces fue cuando me di cuenta de que la cosa pintaba muy fea. Rodé por el suelo hasta el otro lado de la cama y después salí arrastrándome por debajo de la colcha. Estaba en un pequeño hueco que había entre la cama y la pared, de un metro de ancho o así. Oí que la señora decía con una risa nerviosa: »—Hablaba sola. Al espejo.
»Me pareció una explicación muy mala, y supongo que lo mismo pensaría él. Solo podía juzgar por lo que oía y suponía. Sabía que iba a registrar la habitación, y me imaginé que empezaría levantando la colcha y mirando debajo de la cama. Después daría la vuelta por los pies de la cama y miraría en el armario empotrado o en el hueco donde estaba yo. No había más sitios para esconderse allí. Era un dormitorio muy austero, nada agradable. Total, que me preparé para el frufrú que haría al levantar la colcha, y efectivamente había tanto silencio que lo oí. De hecho, incluso me pareció oír los latidos del corazón de la señora. Por lo menos, mis propios latidos sí que los oía. No se ni cómo no los oía el soldado. En cualquier caso, lo peor fue que no se produjo el segundo frufrú que debería haber producido al soltar la colcha. Estaba sufriendo lo inimaginable, preguntándome si él todavía estaría mirando debajo de la cama o si iría a echar un vistazo al sitio donde estaba yo. Os juro que escuché con tanta atención que me pareció que me crecían las orejas. Era corno si tuviera dos antenas parabólicas, una a cada lado de la cabeza. —Y las tienes —comentó Kevin, que no dejaba escapar ni una. —Y al final oí algo, un levísimo crujido que supuse que venía de su bota. Parecía estar dando la vuelta por los pies de la cama. Ya no me oía el corazón, porque se me había parado. Y pensé, bueno, no puedo quedarme aquí tumbada esperando a que me peguen un tiro. Tengo que arriesgarme. Así que volví a rodar debajo de la cama. Y efectivamente, un segundo después, vi sus botas en el hueco donde había estado antes. Pero los flecos del borde de la colcha todavía se movían por el lado por donde los había tocado al moverme y lo pasé fatal, inmóvil y preguntándome si él se habría dado cuenta. Estaba convencida de que los tenía que haber visto: a mí me parecía que estaban muy a la vista. Se quedó allí parado una eternidad. No sé qué estaría mirando. No había mucho que mirar, solo un cuadro de un puente largo sobre un riachuelo, en Suiza o algún sitio así. Luego, las botas empezaron a girar sobre sí mismas y empecé a oír al soldado haciendo ruidos más fuertes, abriendo los armarios de uno en uno y registrándolos. Y después le dijo a la señora: »—Vamos, casa siguiente. —Y se fueron los dos. »Me quedé allí tumbada un buen rato, por si era una trampa, pero al final llegó Kevin, me sacó de allí y me dijo que se habían ido. La verdad es que lo pasé muy mal. Bueno, ya os podéis hacer una idea. »Corrie también habló con alguien, en la cocina, ¿no es así? —preguntó a Corrie, que hizo un leve asentimiento—. Y fue cuando te dijeron lo de las bajas causadas en los dos enfrentamientos que hemos tenido con ellos, ¿no?
—Sí —contestó Corrie—. Creo que causaron bastante sensación. Hablé con un hombrecillo extraño que aparentaba unos cincuenta años. 
Tampoco sé cómo se llama. No quería hablar mucho conmigo, porque tenía miedo de que nos pillaran. Pero me dijo que había cierta actividad de guerrilla. También era suya la teoría de la invasión «limpia». —Y aquí se acabaron nuestras conversaciones secretas con las cuadrillas —siguió diciendo Robyn—. Volvimos a nuestro escondite y nos quedarnos allí hasta el anochecer. —Al contar la parte siguiente, miró a Homer. Era como si ella y los demás se sintieran un poco culpables pero, al mismo tiempo, no aceptaran reproches sobre la forma en que habían hecho las cosas—. Bueno, ya sé que habíamos planeado con gran detalle que Kevin y Corrie espiarían en el recinto ferial y todo eso, pero las cosas se ven diferentes cuando estás allí. Preferirnos no perdernos de vista en ningún momento mientras estuviéramos en Wirrawee. —Qué bonito es el amor adolescente —bromeé, pero Robyn siguió hablando sin hacer una pausa siquiera.
—Y esa noche decidimos seguir todos juntos. En primer lugar, salimos a la carretera, para ver qué ocurría allí. Resulta que la están usando mucho. En la hora que estuvimos allí, pasaron dos convoyes. Uno estaba formado por cuarenta vehículos y el otro por veintinueve. O sea, que está siendo muy transitada, para ser una vieja carretera rural. No había visto tanto movimiento desde el festival de surf. Después volvimos al pueblo y nos acercamos al recinto ferial. Daba mucho miedo, supongo que por lo que os pasó cuando estuvisteis allí. De hecho, me pareció muy valiente por parte de Corrie y Kevin que quisieran volver. Os aseguro que es un sitio peligroso. En el recinto ferial está su cuartel general y los barracones, además de nuestra gente, y supongo que por eso lo tienen tan bien vigilado. Han talado la mayoría de los árboles del aparcamiento, es decir, que no hemos podido encontrar ningún lugar refugiado al que acercarnos. Supongo que precisamente por eso los habrán talado. Y han puesto alambre de espino en todo el perímetro, a unos cincuenta metros de la valla principal. No me imaginaba que hubiera tanto alambre en Wirrawee. Y han instalado focos nuevos, reflectores, que iluminan todos los alrededores como si fuera de día. Había un montón de pájaros desorientados volando por allí. Solo llegamos a espiar desde Racecourse Road, cosa que hicimos durante una hora o así. Me imagino que nos daba demasiado miedo acercarnos más, pero sinceramente no creo que hubiera mucho que ver, solo un montón de centinelas y soldados patrullando. Si alguien estaba pensando en presentarse allí en uniforme de camuflaje y abrirse paso a tiros para rescatar a todo el mundo, ya puede volver a la cama y seguir soñando con el reino mágico de Disney. Esto no es la tele, es la vida real. Si tengo que ser sincera, y he prometido que lo sería, todos habíamos tenido esos delirios en un momento u otro. Eran solo sueños, pero eran unos sueños con mucha fuerza, en los que liberábamos a los nuestros, lo arreglábamos todo, éramos unos héroes. Pero en secreto, aunque eso me hiciera sentir culpable y avergonzada, me aliviaba ver ese sueño aplastado de forma tan contundente. En realidad, la perspectiva de hacer algo así era tan temible, tan aterradora, que me daba vértigo pensar en ella. Estaba segura de que moriríamos si lo intentábamos, de que moriríamos con las tripas reventadas y desparramadas por el suelo del aparcamiento del recinto ferial, para acabar pudriéndonos al sol entre un enjambre de moscas. No podía sacarme de la cabeza esa imagen, salida probablemente de todas las ovejas muertas que había visto a lo largo de mi vida. —Nos alegró poder alejarnos de ese sitio —prosiguió Robyn—. Volvimos al pueblo y revoloteamos por allí como murciélagos, intentando contactar con dentistas o con cualquier otro del pueblo. Y eso me recuerda que ya va siendo hora de que te quite esos puntos —añadió, dirigiendo una dulce sonrisa a Lee, que parecía un poco nervioso. Yo todavía estaba intentando imaginar a Kevin revoloteando, cosa nada fácil—. Pero no encontramos a nadie —siguió diciendo Robyn—. No vimos ni un alma. Seguramente todavía queda alguien por los alrededores, pero deben de ser muy pocos y estar muy bien escondidos. —Entonces sonrió y se relajó—. Y con esto terminamos nuestro informe sobre el estado de la nación. Muchas gracias y buenas noches. —Oye, igual sí que acabamos siendo nosotros la nación —observó Kevin—. Puede que seamos los únicos que quedamos libres, o sea, que seríamos nosotros el Gobierno y todo eso, ¿no? Me pido ser primer ministro. —Yo seré el jefe de la policía —dijo Chris.
Cada uno eligió un puesto, o se lo dieron los demás. Homer era el ministro de Defensa y jefe del Estado Mayor. Lee era el pensionista del año, por lo de su pierna. Robyn quería ser ministra de Sanidad pero fue nombrada arzobispo. —Yo seré ministra de Kevin —dijo Corrie. A veces podía llegar a ser un poco cargante. Fi era la fiscal general, ya que sus padres son abogados. Yo fui nombrada poeta del reino, cosa que me hizo bastante ilusión. A lo mejor fue eso lo primero que le dio a Robyn la idea de que yo escribiera nuestra historia. —Bueno, ahora os toca a vosotros —dijo Chris al cabo de un rato—. ¿Qué habéis estado haciendo vosotros aquí, aparte de poneros morenos? Ya habían podido admirar el gallinero y probar los huevos, así que les pusimos al día acerca de todo lo demás, sobre todo acerca de la cabaña del Ermitaño, que pensamos que podría convenirse en una buena base secundaria para nosotros. —Quiero encontrar una salida por el fondo del Infierno, hacia el río Holloway —dije—. Estoy convencida de que este arroyo va a parar allí. Si tuviéramos una salida trasera, este refugio sería todavía más seguro. Y desde el río podríamos acceder a toda la zona de Risdon. Lee y yo no les contamos lo de la caja metálica con los papeles del Ermitaño. No teníamos motivos para hacerlo. Ni siquiera habíamos acordado no decírselo a los demás. Nos parecía un asunto demasiado privado. —Escuchad, estas gallinas me han hecho pensar en otros animales que podríamos tener —dijo Kevin—. Yo no soy vegetariano, y quiero comer carne. Y creo que tengo la solución. Todos esperamos con expectación mientras él se inclinaba hacia delante y decía una sola palabra con un tono solemne, casi reverente:
—Hurones 
—¡Ay, no! —chilló Corrie—. ¡Qué horror! ¡Son asquerosos! No los soporto. Kevin parecía afectado por aquella falta de lealtad por parte de la única persona con la que normalmente podía contar. —No son asquerosos —afirmó, con voz dolida—. Son limpios e inteligentes, y muy sociables también. —Sí, tan sociables que se te suben por la pernera del pantalón —dijo Homer. —¿Qué son los hurones? —preguntó Fi—. ¿Se comen? —Si, se hacen bocadillos con ellos. Y no se los mata. Se comen vivos, mientras se retuercen y chillan entre las dos rebanadas de pan. Es la comida más nutritiva del mundo. —Ese era Kevin, haciéndose el gracioso. Acto seguido, dio una lección a Fi sobre los hurones, en cuyo transcurso se hizo patente que él tampoco sabía gran cosa de ellos. —Es verdad que esos viejos que viven en las afueras de Wirrawee, los mineros retirados, tienen algunos hurones y se alimentan de conejos —apuntó Homer—. Están pelados, y es así como tienen su ración de carne. —¿Lo veis? —dijo Kevin, sentándose sobre sus talones. Era una idea bastante buena. Yo tampoco sabía gran cosa sobre ellos, excepto que tenías que tapar todas las madrigueras con redes, con las que se topaban los conejos al intentar escapar, y se quedaban atrapados allí. Y aunque no había muchos conejos en las montañas donde nos refugiamos, la verdad es que abundaban bastante en el distrito. Pero entonces Chris encontró una pega. —¿No deben de estar todos muertos, los hurones?—preguntó—. Si han hecho prisioneros a sus dueños, o los han matado, no hay nadie que los cuide y los mantenga con vida. 
Kevin adoptó un aire de suficiencia al contestar: —En principio, sí. Pero mi tío, el que vive después de la salida de Stratton, los deja correr libres. Los tiene a montones, y los ha adiestrado para que vengan cuando silba. Son como perros. Saben que recibirán comida cuando oyen esa llamada. Algunos se vuelven salvajes, pero tiene tantos que no le importa. Así pues, añadimos los hurones a nuestra lista de cosas que conseguir, hacer o investigar. —Voto por ir a planchar la oreja un rato —dijo Homer, poniéndose en pie mientras se estiraba y bostezaba—. Igual Ellie podría organizar otra visita guiada a la cabaña del Ermitaño después del almuerzo, para los que deseen participar en esta única y fascinante experiencia histórica. Podríamos celebrar un consejo de guerra esta tarde, para planear nuestra próxima estrategia. —Lo que tú digas, ya que eres el ministro de Defensa —dije

Cap 15 Mañana: cuando la guerra empieze

Tras inspeccionar la cabaña del Ermitaño, seguimos trabajando por la tarde. Lee, que tenía menos movilidad, se centró en la organización, concretamente en un sistema de racionamiento de comida que nos permitiera aguantar hasta dos meses con las provisiones que teníamos —si teníamos la suficiente fuerza de voluntad para seguirlo a rajatabla—. Homer, Fi y yo preparamos unos cuantos caballones, y, cuando el largo día refrescó al fin, plantamos algunas semillas: lechugas, acelgas, coliflores, brócoli, guisantes y habas. No es que nos hiciera mucha ilusión pasarnos el resto de la vida comiendo aquellas cosas, pero como dijo Fi toda decidida, necesitábamos «comer sano», y con las habilidades culinarias de Lee, el brócoli podía convertirse en helado con trocitos de chocolate y la coliflor en una carroza real. Había sido un día largo y caluroso y duro y agotador. Habíamos empezado desde muy temprano. Mi conversación con Lee tampoco es que hubiera hecho las cosas más llevaderas. Ahora había un poco de tensión entre nosotros, y yo odiaba aquella sensación, y también había tensión en general por los cortes que nos pegábamos los unos a los otros ya en las horas finales del día. La única excepción era Homer, que no le dio ningún corte a Fi. Se había metido conmigo, por la cantidad de agua que les estaba poniendo a las semillas de verduras, y con Lee, porque según él el fútbol era superior al rugby; en cuanto a Fi, quedó inmune a sus ataques. Aunque él no fue inmune a ella. Cuando agarró un enorme trozo de bizcocho de frutas —de la señora Gruber— y se lo comió, ella le bombardeó con palabras como «glotón», «egoísta» y « tragón». Homer estaba tan acostumbrado a que lo regañaran, que era como regañar a una roca por ser sedimentaria. Pero cuando Fi la tomó con él, se quedó allí, como un niño, ruborizado y mudo. Luego se comió el resto del trozo de bizcocho, pero no creo que lo disfrutara. Yo me alegré de que Fi no me hubiera visto con las galletas de coco. 
Pues sí, encontrar la cabaña había sido lo más interesante que había pasado en toda la tarde. Fi se había cambiado a mi tienda mientras Corrie no estaba, y aquella noche, cuando nos acostamos, me dijo: —Ellie, ¿qué voy a hacer con Homer? —¿Te refieres a lo de que le gustas? —¡Sí! —Hum, eso es un problema. —Ojalá supiera qué hacer. Aquella era mi especialidad. Resolver la vida sentimental de mis amigos. Cuando acabara el instituto, pensaba dedicarme a ello profesionalmente: abriría un negocio en el que la gente pudiera venir a contarme sus problemas con sus novios y sus novias. Qué pena que yo no fuera capaz de resolver los míos. Rodé hasta colocarme de manera que pudiera ver la carita de Fi en la oscuridad. Sus grandes ojos estaban abiertos de par en par por la preocupación. —¿A ti te gusta? —Por algún sitio teníamos que empezar. —Sí, creo que sí. La verdad es que en el instituto no me gustaba, porque hay que reconocer que era un poco burro. Si alguien me hubiera dicho que acabaría gustándome, le habría pagado el taxi para ir al psiquiatra. Era tan inmaduro… —Ya te digo, ¿te acuerdas de la guerra de agua en la fiesta de Halloween?
—Ay, no me lo recuerdes. 
—Pero, si ahora te gusta, ¿qué es lo que te frena? —No lo sé. Eso es lo más difícil. No sé si me gusta tanto como yo a él, eso para empezar. Sería horrible empezar con él una relación y que él diera por hecho que mis sentimientos son tan intensos como los suyos. No creo que nunca llegara a gustarme tanto. Es que es tan… No se le ocurría ninguna palabra para terminar la frase, así que lo hice yo. —¿Tan griego? —¡Sí! Ya sé que nació allí y eso, pero es que sigue siendo muy griego en lo que se refiere a las chicas. —¿Y a ti te importa que sea griego, o medio griego, o lo que quiera que sea? —No, no, me gusta. Tiene morbo. La palabra «morbo» sonaba muy rara en boca de Fi. Era tan fina que no solía usar palabras así. —¿Y eso es lo que te frena, el no sentir algo tan fuerte como lo que siente él? —Más o menos. Siento que tengo que mantener las distancias con él para que no se lance. Es como construir una presa a contracorriente para que el agua no arrase un pueblo. Yo soy el pueblo, y construyo la presa comportándome con él como si tal cosa. —Puede que eso esté encendiendo aún más su pasión. —¿Tú crees? Nunca lo había pensado. Qué complicado es esto. —Bostezó—. ¿Tú qué harías en mi situación? 
Aquella era una pregunta difícil, porque, en cierto modo, yo también estaba en su situación. De hecho, eran mis sentimientos por Homer los que me frenaban de lanzarme con Lee. Ya me habría gustado naufragar en una isla desierta con dos tíos y que los dos me gustaran. Pero oír a Fi hablar de «morbo» me hizo darme cuenta de que lo de Homer era algo bastante físico. No quería pasarme horas hablando con él sobre la vida; quería pasarme horas con él emitiendo sonidos animales, como suspiros y gruñidos, en plan: «¡más fuerte!» o «¡vuelve a tocarme ahí!». Pero con Lee era diferente. Me fascinaban sus ideas, cómo veía él las cosas. Cuanto más hablaba con él, más sentía que podría ver la vida de otra manera. Era como si pudiera aprender de él. Yo no sabía mucho sobre la vida, pero cuando miraba su cara y sus ojos era como mirar el océano Atlántico. Quería saber lo que podía encontrar allí, los secretos tan interesantes que él conocía. En respuesta a la pregunta de Fi, me limité a decir: —No lo tengas en vilo demasiado tiempo. A Homer le gustan las emociones fuertes. Le gusta ir al grano. Digamos que no es el tío más paciente del mundo. —Entonces, ¿crees que deberías intentarlo? —dijo ella tímidamente. —«Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado.» Si lo intentas y no sale, ¿qué habrás perdido? Pero si él pierde el interés, y al final no tienes nada con él, te pasarás el resto de tu vida pensando en lo que podría haber pasado.
Fi se quedó adormilada, pero yo me quedé despierta escuchando los sonidos de la noche, la brisa en los árboles calientes, los aullidos de los perros salvajes en la distancia, el graznido ocasional y ronco de algún pájaro. Me pregunté cómo me sentiría si Fi se enrollara con Homer. Ni yo misma me podía creer que de repente Homer me gustara tanto. Había sido mi vecino, como un hermano durante mucho tiempo. Intenté pensar en cómo eran las cosas hacía un mes, un año, cinco años, cuando era solo un niño. Intenté recordar cuándo se volvió atractivo, o por qué no me había fijado en él antes, pero no descubrí gran cosa intentando recordar cómo era en aquel entonces. Era como si se hubiera metamorfoseado. De la noche a la mañana se había vuelto sexy e interesante. 
Un perro volvió a aullar, y empecé a pensar en el Ermitaño. Quizás aquel aullido era él regresando a su casa profanada, buscando a las personas que habían entrado sin permiso en su refugio secreto. Me acerqué más a Fi, bastante asustada. Había sido raro encontrar aquella pequeña cabaña, tan hábilmente escondida. El Ermitaño debía de odiar mucho a la gente para tomarse tantas molestias. En cierto modo, yo había esperado que fuera un sitio lleno de energías malignas y satánicas, como si se hubiera pasado allí años celebrando misas negras. ¿Qué clase de hombre podría hacer algo como lo que él había hecho? ¿Cómo pudo seguir adelante con su vida? Pero la cabaña no parecía tan maléfica. Había en ella una atmósfera difícil de definir. Era un sitio triste e inquietante, pero no maléfico. A medida que el sueño se apoderó de mí, me dediqué a mi ritual nocturno, uno que realizaba últimamente todos los días, sin importar lo cansada que estuviera. Era una especie de película que pasaba por mi cabeza todas las noches. En la película, veía a mis padres en su vida diaria. Me aseguraba de ver sus caras todo lo posible, y me los imaginaba en todo tipo de situaciones cotidianas: a papá tirando balas de paja a las ovejas, esperando al volante a que yo abriera la verja, maldiciendo mientras ajustaba las correas del tractor, con sus pantalones de trabajo en los días de laboreo. Y a mamá en la cocina: era muy cocinillas; puede que el feminismo la hubiera vuelto más directa, pero no había cambiado mucho sus actividades. Me la imaginaba buscando sus libros de la biblioteca, recogiendo patatas, hablando por teléfono, maldiciendo mientras encendía la estufa de gasóleo y jurando que mañana mismo la cambiaría por una eléctrica. Y nunca lo hizo. Decía que la conservaba porque, cuando empezáramos a alojar turistas para estancias de turismo rural, les parecería muy pintoresco. Aquello me hizo sonreír.
No tenía claro si lo que estaba haciendo era sentirme mal intentando sentirme bien al pensar en mis padres, pero era mi forma de mantenerlos vivos en mis pensamientos. Tenía miedo de lo que podría pasar si dejaba de hacerlo, si les dejaba desvanecerse como se estaban desvaneciendo mis pensamientos para dar paso al sueño. Normalmente solía pensar en Lee también, más o menos a la misma hora. Me imaginaba abrazándolo, con su suave piel morena y sus labios firmes. Pero aquella noche estaba demasiado cansada, y ya había pensado bastante en él durante el día. En lugar de eso, me quedé dormida y soñé con él. 
Los dos días con Homer, Fi y Lee habían prometido ser interesantes, y así estaban resultando ser. De hecho, casi eran demasiado interesantes: estaban empezando a hacer mella en mis emociones. Teníamos los nervios a flor de piel, y nos preguntábamos cómo lo estarían llevando los demás. Pero el martes amaneció más fresco, y acabó siendo un día refrescante en la mayoría de los sentidos. También fue un día intrigante. Un día que nunca olvidaré. Habíamos acordado volver a madrugar. Yo había observado que, cuando más tiempo pasaba en el Infierno, más nos acomodábamos a los ritmos naturales, acostándonos cuando anochecía y levantándonos al amanecer. Aquella no era la rutina que teníamos en casa, ni por asomo. Pero poco a poco empezamos a acostumbrarnos a ella sin darnos cuenta. Y no fue tan fácil. Muchas veces nos quedábamos despiertos hasta bien entrada la noche y encendíamos un fuego para cocinar algo para el día siguiente, o simplemente para prepararnos una taza de té —más de uno echábamos de menos el té durante el día—, pero enseguida la gente empezaba a bostezar y a tirar los posos para volver a sus tiendas. Cuando aún hacía frío y humedad aquella mañana del martes, nos reunimos alrededor del fuego extinto, hablando de vez en cuando y escuchando las suaves voces de las urracas y el murmullo sorprendido de las gallinas. Nos tomamos nuestro desayuno frío habitual. Ahora, la mayoría de noches solía poner frutas secas a remojar, en un cazo bien cerrado para que las zarigüeyas no pudieran cogerlas. Por la mañana la fruta estaba jugosa y sabrosa, y nos la tomábamos con muesli u otros cereales. Fi solía tomársela con leche en polvo, también reconstituida la noche anterior para que estuviera lista por la mañana. En nuestra visita a la casa de los Gruber habíamos mangado algunos tubos más de leche condensada, pero no duraron mucho: somos tan ansiosos que nos los fundimos en un solo día.
Nuestra principal tarea por la mañana consistía en conseguir leña. Queríamos hacer una pila grande y luego camuflarla. Puede que parezca extraño con toda la maleza que nos rodeaba, pero era difícil encontrar leña, porque la maleza era muy densa. Y había que hacer mucha otras cosas: cortar la madera, cavar zanjas de drenaje alrededor de las tiendas, cavar un nuevo váter —ya habíamos llenado el primero— y hacer paquetes bien sellados de comida para esconderlos por la montaña, como había sugerido Homer. Como aún no podía moverse bien, a Lee le tocó esta última tarea, así como fregar los platos y limpiar los fusiles. El plan era trabajar duro la mayor parte de la mañana, hacer un descanso después de comer, y por la noche salir a traer más provisiones del Land Rover. Y conseguimos hacer muchas cosas antes de que el día se volviera lo suficientemente cálido para ralentizarnos. Conseguimos una pila de leña de aproximadamente un metro de alto por tres de ancho, más una pila de astillas aparte. Cavamos las zanjas y el váter, y luego montamos un gallinero un poco mejor. Es alucinante todo el trabajo que pueden sacar adelante cuatro personas, comparado con lo que mi padre y yo podíamos hacer. Pero me preocupaba que siguiéramos dependiendo tanto de las provisiones que traíamos en los vehículos. Aquella era una solución a corto plazo. Incluso cultivando nuestras propias verduras, y con las gallinas, distábamos mucho de ser autosuficientes. Suponiendo que tuviéramos que estar allí tres meses… o seis… o dos años. Era difícil de imaginar, pero muy posible. A la hora de la comida, cuando los otros dos estaban ocupados, Lee me dijo en voz baja: —¿Tú me enseñarías la cabaña del Ermitaño esta tarde? Yo estaba sorprendida. —Pero ayer, cuando fui con Homer y Fi… tu dijiste que la pierna… —Sí, lo sé. Pero hoy la he podido mover un poco. La tengo bastante mejor. Además, ayer estaba mosqueado contigo. Yo sonreí. —Vale, te llevaré. Haré de Robyn y te llevaré a cuestas si hace falta.
Aquel día debía de haber algo en el aire, porque cuando les dije a los otros dos que si Lee tenia la pierna mejor estaríamos fuera una o dos horas, Homer le lanzó un discreto guiño a Fi. Creo que Fi debió de haberle dado esperanzas a Homer por la mañana, porque no era un guiño tipo «Ohhhh, Lee y Ellie juntos…», sino más bien tipo «Qué bien, vamos a poder pasar un rato juntos». Fueron muy cucos. Estoy segura de que, aunque no les hubiéramos dado la oportunidad, se habrían inventado cualquier trola para irse por su cuenta. Aquello me puso celosa, y deseé poder cancelar nuestro chapoteo para quedarme allí de carabina. En el fondo no quería que Homer y Fi estuviesen juntos. Pero no había nada que pudiera hacer. Estaba atada de pies y manos. Aproximadamente a las dos, salí en dirección al arroyo con Lee cojeando a mi lado. El camino se me hizo sorprendentemente corto esta vez, porque ya sabía cómo recorrerlo e iba más segura, y porque Lee se podía mover mejor de lo que había esperado. El agua borboteaba, refrescante, y nosotros nos limitábamos a fluir con ella. —Es el mejor camino —comentó Lee—, porque así no dejamos huellas. —Hum. Al otro lado del Infierno están el río Holloway y Risdon —dije yo—. Debe de haber una forma de llegar desde aquí. Sería interesante descubrirlo, quizás siguiendo el arroyo. Llegamos a la cabaña, pero parecía que la prioridad de Lee era hablar. Se sentó en un tronco bastante húmedo que había junto al arroyo. —Voy a descansar un poco la pierna —dijo. —¿Te duele? —Un poco. Pero es de volver a usarla. Creo que el ejercicio me vendrá bien. —Hizo una pausa—. Oye, Ellie, no te he dado las gracias como es debido por venir a sacarme aquella noche del restaurante. Os comportasteis como unos héroes. Os la jugasteis por mí. No se me dan muy bien los discursos emocionales, pero no lo olvidaré en mi vida. —No pasa nada —dije, un poco incómoda—. Ya me diste las gracias. Además, tú habrías hecho lo mismo por nosotros. —Siento lo de ayer —dijo él. 
—¿Qué es lo que sientes? Dijiste lo que querías decir. Dijiste lo que pensabas. Y eso es más que lo que hice yo. —Pues dilo ahora. Yo sonreí. —Quizá debería. Aunque la verdad es que no tenía pensado decir nada más. —Me quedé reflexionando un instante, y decidí lanzarme. Estaba nerviosa, pero era emocionante—. Vale. Creo que voy a decirte lo que pienso, pero recuerda que eso no significa que sea lo que realmente pienso, porque ni siquiera sé lo que pienso. Él gruñó. —Ay, Ellie, qué complicada eres. Aún no has empezado a hablar y ya tengo un nudo en el estómago. Esto es igual que ayer. —Pero ¿quieres que sea sincera o no? —Vale, vale, sigue, que yo intentaré mantener mi presión sanguínea controlada.
—Está bien. —Después de decir aquello, no sabía muy bien por dónde empezar—. Lee, tú me gustas, mucho. Me pareces un chico interesante, divertido, inteligente, y tienes los ojos más bonitos de todo Wirrawee. Lo que pasa es que no estoy segura de que me gustes en el sentido que tú sabes. Aquel día en el pajar, mis sentimientos me jugaron una mala pasada. Pero hay algo en ti, no sé qué, que me pone un poco nerviosa. Nunca he conocido a nadie como tú. Y hay una cosa que me preocupa: imagínate que empezáramos a salir y que no funcionara. Aquí estamos los siete, bueno no, los ocho, viviendo en este sitio remoto, en una época extraña, mientras el mundo entero se vuelve del revés, y aun así nos llevamos bastante bien… la mayor parte del tiempo. Y no soportaría estropear eso solo porque de repente nos peleáramos y decidiéramos que no queríamos volver a vernos, o porque nos diera vergüenza estar en el mismo sitio. Sería horrible. Sería como Adán y Eva peleándose en el jardín del Edén. O sea, ¿con quién hablarían entonces? ¿Con el árbol? ¿Con la serpiente? 
—Jo, Ellie —dijo Lee—. ¿Por qué siempre tienes que estar dándole vueltas a las cosas? El futuro es el futuro. Ya se las resolverá solo. Podrías pasarte el día aquí sentada especulando sobre él, y al final del día, ¿qué tendrías? Un montón de suposiciones sin respuesta. Y mientras tanto no habrías hecho nada, no habrías vivido, porque habrías estado demasiado ocupada pensándolo todo. —Eso no es verdad —dije, empezando a sentirme molesta—. La forma en que cogimos el camión y fuimos a rescatarte, eso se pudo hacer porque lo pensamos. Si no nos hubiéramos planteado todas las posibilidades de antemano, no habría salido bien en la vida. —Pero hubo muchas cosas que tuvisteis que improvisar sobre la marcha —dijo él—. Recuerdo que me dijiste que habíais cambiado de plan sobre algo, creo que sobre la ruta que cogisteis. Y hubo muchas más cosas, como el frenazo para dejar fuera de combate al coche de detrás: aquella eras tú fluyendo con tu instinto. —Entonces, ¿crees que debería guiarme siempre por el instinto en vez de por la razón? Él se rió. —Así dicho, no. Supongo que hay un momento para cada cosa. Te diré cómo funciona. Es como mi música. —Lee era muy bueno: ya estaba en sexto de piano, el más avanzado de su edad de todo Wirrawee—. Cuando estoy aprendiendo una pieza, o cuando estoy tocando, tengo que usar el corazón y la mente. Mi mente está pensando en la técnica, y mi corazón está sintiendo la pasión de la música. Y supongo que pasa lo mismo con la vida. Tiene que haber ambas cosas. —¿Y tú crees que yo soy toda cabeza y nada de corazón? —¡No! Deja de tergiversar lo que digo. Pero acuérdate del tío que vivía aquí. Su corazón se fue secando poco a poco, como una pasa, y al final lo único que le quedaba era la razón. Espero que le sirviera de consuelo.
—¡Entonces crees que soy toda cabeza y nada de corazón! Crees que acabaré en esta cabaña, convertida en la ermitaña del Infierno, sin amigos y sin nadie que me quiera. Pues perdona, pero me voy al jardín a comer gusanos. —No, solo pienso que a la hora de que te guste alguien, por ejemplo yo, te andas con demasiado cuidado y eres demasiado calculadora. Deberías fluir con tus sentimientos. —Pero mis sentimientos son que estoy confusa —dije con tristeza. —Eso será seguramente porque tus sentimientos están nublados por tu mente. Puede que tus sentimientos broten de manera clara y sin dudas, pero antes de llegar a la superficie, tu cerebro se mete por medio y lo lía todo. —Entonces, ¿soy como una tele que está colocada demasiado cerca de un ordenador? ¿Tengo interferencias? —No estaba segura de si realmente me sentía así o solo era Lee que intentaba convencerme. Los chicos son capaces de cualquier cosa. —¡Exacto! —dijo Lee—. La pregunta es, ¿qué programa están poniendo en tu tele? ¿Un debate sobre el significado de la vida o una apasionada historia de amor? —Yo sé lo que a ti te gustaría que fuera —dije—. Una peli porno protagonizada por nosotros. Él sonrió. —¿Cómo podría decirte que te quiero por tu mente después de todo lo que he dicho? Pero así es.
Era la primera vez que hablaba de amor, y aquello me puso un poco en guardia. Aquella relación podía convertirse en algo serio fácilmente. El problema era que yo estaba evitando hablar de Homer, y una de las razones por las que Lee no podía entenderme era porque no sabía lo de Homer —aunque ya había intuido algo el día anterior—. Creo que todo habría sido menos lioso si yo hubiera sido más sincera con él. Pero yo sí pensaba en Hommer, y seguía confundida. Suspiré y me puse en pie. 
—Venga, lisiado, vamos a echa un vistazo a la cabaña. Aquella era mi tercera expedición a la cabaña, y estaba empezando a perder interés. Pero Lee estuvo husmeando un rato. Aquella vez había más luz; probablemente dependía del momento del día, y ahora se filtraban algunos rayos de sol que, en la pared del fondo, mitigaban la oscuridad. Lee se acercó a la única ventana que había, un cuadrado sin cristal en aquella misma pared. Sacó la cabeza por ella y echó un vistazo al macizo de menta, y luego inspeccionó el marco podrido de la ventana. —Es muy bonito —dijo—. Mira estas juntas. Espera, aquí hay algo de metal. —¿A qué te refieres? —Me acerqué a él y empezó a forcejear con la repisa de la ventana. Entonces vi a qué se refería: la madera de la repisa estaba podrida, y entre las esquirlas descompuestas se podía ver una superficie de metal sin brillo. Lee levantó la repisa. Estaba claro que estaba pensada para eso, porque debajo había una cavidad perfectamente trazada, no mucho más grande que una caja de zapatos. Y dentro de ella había una caja de metal gris, de este tamaño precisamente. —¡Vaya! —Yo estaba atónita y entusiasmada—. ¡Qué fuerte! Seguro que está llena de oro. Sin apartar la vista, Lee la levantó. —Es bastante ligera —dijo—. Demasiado para estar llena de oro.
La caja estaba empezando a mostrar signos de oxidación, con algunas líneas rojas abriéndose paso a lo largo de la superficie, pero estaba en buen estado de conservación. No estaba cerrada con llave, y se abrió fácilmente. Me asomé sobre el hombro de Lee, pero lo único que vi fueron papeles y fotografías. Fue un poco decepcionante, aunque después me di cuenta de que el oro no nos habría servido de mucho, con aquella vida de guerrilleros que llevábamos en el monte. Lee levantó los papeles y las fotos. Debajo había una especie de pequeño estuche azul, parecido a un monedero, pero de un material algo rígido y con un pequeño cierre dorado. Lee lo abrió con cuidado. Dentro, envuelto en papel de seda y sobre un pañuelo de lino blanco, había un colorido lazo, ancho y corto, unido a una pesada medalla de bronce. —Genial —murmuré—. Era un héroe de guerra. Lee cogió la medalla. El anverso presentaba la efigie de un rey —no estoy segura de cuál—, con las palabras «El que valeroso fuere». Lee le dio la vuelta. Grabada en el reverso figuraba la siguiente inscripción: «A Bertram Christie, por su gallardía, Batalla de Marana», y una fecha demasiado borrosa para leerla. El lazo era rojo, amarillo y azul. Tocamos la medalla, la sentimos, nos preguntamos acerca de ella, y luego volvimos a envolverla con cuidado y a dejarla en su caja antes de centrar nuestra atención en los papeles. Había varias cosas: un cuaderno, una o dos cartas, algunos recortes de periódico y un par de documentos que parecían oficiales. También había tres fotografías: de una pareja joven de expresión severa en el día de su boda, de una mujer sola de pie frente a una tosca casa de madera, y de la misma mujer con un niño pequeño. La mujer era joven, pero parecía triste; tenía el pelo negro y largo, y un rostro delgado y suave. Podría ser española. Miré fijamente aquellas fotos. —Deben de ser las personas que mató —susurré. —Si son las personas que mató, es raro que haya guardado las fotos —dijo Lee. Me fijé en el rostro del hombre de la foto de boda. Parecía joven, quizá más que la mujer. Miraba fijamente a la cámara, con unos ojos claros e intensos y una barbilla rotunda y bien afeitada. Yo no veía nada de asesino en su cara, ni nada de víctimas en la cara de su mujer y su hijo.
Lee se puso a desplegar los documentos. El primero parecía un recorte de periódico de un sermón. Solo leí el primer párrafo. Era un versículo de la Biblia, y decía: «La boda del necio es quebrantamiento para sí, y sus labios son lazos para su alma». Parecía largo y aburrido, así que dejé de leer. El otro recorte era un breve artículo titulado «Las víctimas de la tragedia del monte Tumbler descansan en paz». Decía así: Este lunes, un pequeño grupo de dolientes asistió a la parroquia del monte Tumbler, de la Iglesia de Inglaterra, donde el padre Horace Green ofició el rito de entierro, tras el cual se dio sepultura a Imogen Mary Christie, del monte Tumbler, y a su hijo, el niño Alfred Bertram Christie, de tres años de edad. Aunque la familia Christie no era muy conocida, pues habían llegado hacía poco y vivían a bastante distancia del pueblo —además de ser de temperamento reservado—, la tragedia ha conmocionado a los vecinos del distrito, que quedaron especialmente conmovidos con el sermón del padre Green, que decía así: «El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado». Los difuntos fueron posteriormente inhumados en el cementerio del monte Tumbler. El lunes próximo se celebrará una asamblea pública en la escuela de Bellas Artes del monte Tumbler, bajo la dirección del juez de paz don Donald McDonald, para volver a debatir la posibilidad de contratar los servicios de un médico para el distrito del monte Tumbler. La tragedia de la familia Christie ha reavivado la inquietud por contar con un servicio médico en la zona. El 15 de abril, se abrirá una investigación sobre las muertes de la señora Christie y su hijo, con motivo de la visita del juez del distrito. Mientras, al agente Whykes ha recomendado que no se preste oídos a los rumores infundados sobre los hechos de este caso, recomendación que comparte profundamente este corresponsal. Eso era todo. Lo leí por encima del hombro de Lee.
—Parece plantear más preguntas que las que responde —dije. 
—Y no menciona en ningún momento al marido —dijo Lee. Lo siguiente era una tarjeta formal en papel color crema, aunque había amarilleado. Parecía ser la mención que acompañaba a la medalla. En un lenguaje ampuloso, se describían los actos heroicos del soldado Bertran Christie al correr bajo fuego enemigo para rescatar a un «cabo de otro regimiento», herido e inconsciente. «Al conducir a su compañero a salvo de vuelta a su línea, el soldado Christie arriesgó su propia vida y demostró su gallardía, por lo que su Majestad tiene el honor de concederle la medalla de san Jorge.»
—Curiorífico y rarífico5 —dijo Lee. —Es como lo que te pasó a ti con Robyn —dije yo—. La verdad es que se habría merecido una medalla. Quedaban algunas cosas sueltas: certificados de nacimiento de los tres miembros de la familia, el certificado de matrimonio de Bertram e Imogen y una postal de esta última dirigida a Bertram que solo decía: «Cogeremos el tren de las 4:15. Mamá te envía recuerdos. Tu ferviente esposa, Imogen». Había también algunos documentos bancarios y un cuaderno con un montón de cuentas y cifras. Yo señalé una de las entradas y dije: —«Cama de matrimonio: 4 libras, 10 chelines y 6 peniques.» —¿Cuánto es eso? —preguntó Lee. —Unos ocho dólares, creo. ¿No había que multiplicar por dos las libras para hacer la conversión? Lo que no sé es cómo se hace con los chelines y los peniques.
Llegamos al último de los documentos oficiales, una extensa hoja con un sello rojo en la parte superior. Estaba mecanografiado y firmado al final con una rúbrica de tinta negra. Nos acomodamos para leerlo, y descubrimos, en el parco lenguaje del juez de instrucción, la historia del hombre que había matado a su mujer y a su hijo: 
Sea sabido por todas las personas al servicio de los tribunales de su Majestad que yo, HAROLD AMORY DOUGLAS BATTY, debidamente nombrado Juez de Instrucción del distrito del monte Tumbler, hago las siguientes conclusiones y recomendaciones respecto a las muertes de IMOGEN MARY CHRISTIE, de veinticuatro años y casada en este distrito, y ALFRED BERTRAM CHRISTIE, de tres años, niño nacido en este distrito, ambos residentes en el 16A del camino de Aberfoyle, a setenta kilómetros al este del monte Pink:

1. Que los fallecidos encontraron la muerte el día o en torno al día 24 de diciembre, a manos de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, como resultado de unas heridas de bala en la cabeza.
2. Que los fallecidos vivían con BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, granjero, en relación de esposa e hijo respectivamente, en una cabaña de madera en la dirección antes mencionada, siendo este un lugar remoto del distrito del monte Tumbler.
3. Que no existen pruebas de desavenencia marital entre BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE e IMOGEN MARY CHRISTIE, y que, muy al contrario, BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE era un esposo y padre afectuoso, IMOGEN MARY CHRISTIE una esposa diligente y ecuánime, y el niño ALFRED BERTRAM CHRISTIE un infante gentil, según el testimonio de WILSON HUBERT GEORGE, granjero y vecino de los fallecidos, y de MURIEL EDNA MAYBERRY, mujer casada y vecina de los fallecidos.
4. Que el médico o la enfermera más próximos al hogar de los Christie se encontraban en el lago Dunstan, a más de un día y medio de viaje, si no más.
5. Que en aquel momento había activos varios incendios forestales graves en las inmediaciones del camino de Aberfoyle, de la carretera del monte Tumbler al monte Octopus, al camino de Wild Goat y al sur del monte Pink, que dejaron aislada la propiedad de los Christie, y que BERTRAM HUBERT SEXTON CHIRSTIE conocía esta información.

 6. Que los fallecidos encontraron la muerte BIEN como resultado del incendio que consumió la residencia de los Christie, y durante el cual resultaron terriblemente quemados, y que BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, pensando que sus heridas eran mortales e incapaz de soportar su sufrimiento, y sabiendo que no podía acceder a asistencia médica inmediata, los mató con sendos disparos en la cabeza con un fusil propiedad de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE; y que este es el testimonio de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE O BIEN que ambos fallecidos fueron premeditadamente asesinados por BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE con el mencionado fusil, y sus cuerpos deliberadamente quemados en un intento por ocultar los hecho de este caso.
7. Que la ciencia forense no permite determinar qué sucedió primero, si los disparos o las quemaduras, según el testimonio del doctor JACKSON MUIRFIELD WATSON, médico y científico forense del Hospital del Distrito de Stratton, en Stratton.
8. Que las pesquisas policiales no han permitido localizar a ninguna otra persona que contara con pruebas acerca de las muertes de IMOGEN MARY CHRISTIE y ALFRED BERTRAM CHRISTIE, según el testimonio del agente FREDERICK JOHN WHYKES, de la comisaría de policía del monte Tumbler.
9. Que, con las pruebas de que dispongo, no puedo extraer ninguna conclusión adicional sobre el modo en que los fallecidos encontraron la muerte.

SE RECOMIENDA:
1. Que se considere con carácter urgente la provisión de servicios médicos al monte Tumbler.
2. Que el Fiscal General presente una acusación de ASESINATO PREMEDITADO contra BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE.
Firmado por mí, HAROLD AMORY DOUGLAS BATTY, en el Juzgado del Distrito del monte Tumbler, a día 18 de abril. 

Cap 13 y 14 Mañana: cuando la guerra empieze

Uno de los pequeños rituales que tenían lugar a diario era la prueba de la radio de Corrie. Se trataba de una solemne ceremonia que tenía lugar siempre que a Corrie le entraba urgencia de realizarla: se levantaba, miraba la tienda, murmuraba algo tipo «Debería probar la radio por si acaso» y se dirigía hacia la tienda. Poco después, salía de ella con el preciado objeto entre sus manos, se iba al punto más elevado del claro y, sosteniendo la radio a la altura de la oreja, movía con cuidado el dial. No dejaba que nadie más la tocara, porque era la radio de su padre y solo ella podía cuidarla. Era lo único de él que le quedaba. Aunque nos reíamos un poco de ella, siempre que hacía aquello se creaba un poco de tensión. Pero los días pasaban sin ningún resultado, y un día Corrie nos comunicó que las pilas se estaban agotando. Una noche yo estaba sentada junto a ella cuando hizo otro de sus vanos intentos de captar una señal. Como de costumbre, solo se oían interferencias. Apagó la radio con un suspiro. Estábamos charlando de unas cosas y otras, cuando dijo como si nada: —¿Para qué son las otras cosas? —¿Qué otras cosas? —Las demás posiciones. —¿A qué te refieres? Corrie se embarcó entonces en una larga explicación según la cual las pocas veces que su padre le había dejado la radio le había explicado que las señales de radio podían emitirse en PO y en FM. —¿PO y FM? ¿Qué estás diciendo? Vamos a echar un vistazo —propuse. Ella me entregó el aparato de mala gana. Por las inscripciones, vi que era una radio francesa. Empecé a traducirlas:  
—«Recepteur Mondial à dix bandes», eso significa «receptor mundial a diez bandas». FM es FM, eso está claro. Y PO seguramente será AM. «OC Étendue». Bueno, «étendue» significa «extendido», o «expandido», o algo así. —Poco a poco empecé a entender las implicaciones de aquello—. Esta no es una radio normal, Corrie. Es una radio de onda corta. —¿Qué significa eso? —Eso significa que puedes sintonizar emisoras de todo el mundo. Corrie, ¿me estás diciendo que solo has intentado sintonizar las emisoras locales? —Bueno… sí… He probado con PO y FM. Así fue como me lo enseñó mi padre. No sabía nada de todo eso que acabas de decir, y no quería acabar de gastar las pilas haciendo el tonto. Ya casi están gastadas, y no tenemos ninguna de repuesto. De repente me puse como loca de contenta y llamé a los demás: —¡Eh, chicos! ¡Venid, rápido! Llegaron corriendo, apremiados por la urgencia de mi llamada. —La radio de Corrie puede sintonizar onda corta, pero ella no lo sabía. ¿Queréis escucharla? Ya casi no quedan pilas, pero nunca se sabe cuándo vas a tener suerte. Seleccioné la posición «OC Étendue 1» y le pasé la pequeña radio negra a Corrie. —Prueba tú, Corrie. Gira el dial igual que hacías… antes. Nos apiñamos alrededor de Corrie, que, con la lengua asomando por una esquina de la boca, empezó a girar el dial. Un momento después oímos la primera voz adulta con sentido que habíamos oído en mucho tiempo. Era una voz de mujer, que hablaba muy deprisa entre las interferencias y en un idioma que no comprendíamos. —Sigue —musitó Homer. Oímos una música exótica, luego una voz en inglés americano que decía: «Acógelo en tu corazón y solo entonces conocerás el verdadero amor», luego otras dos emisoras extranjeras… —Esa es taiwanesa —dijo Fi, sorprendentemente, de una de ellas. Entonces, cuando el sonido comenzó a apagarse, se oyó una tenue voz. Era una voz de hombre, y lo único que pudimos oír fue: —…ha avisado a Estados Unidos de que no se implique. El general ha dicho que, si intentara intervenir, Estados Unidos se metería en la guerra más larga, costosa y cruenta de su historia. También ha dicho que sus fuerzas han ocupado varias ciudades costeras importantes. Gran parte del interior ya ha sido ocupado, y las bajas han resultado inferiores a lo previsto. Se ha capturado a muchos prisioneros civiles y militares, que están recibiendo un trato humano. Se permitirá a los equipos de la Cruz Roja examinarlos cuando la situación se estabilice. »El general ha insistido en que la invasión está dirigida a “reducir los desequilibrios en la región”. A medida que crece la indignación internacional, la Asociación de Corresponsales Extranjeros informa de revueltas esporádicas en numerosas zonas rurales y al menos dos batallas importantes… Y aquello fue todo. La voz se apagó rápidamente. Oímos algunas palabras sueltas, como «Naciones Unidas», «Nueva Zelanda», «de veinte a veinticinco aeronaves»… y luego se acabó. Nos miramos los unos a los otros. —Vamos a coger papel y boli y a apuntar todo lo que nos ha parecido oír —ordenó Homer tranquilamente—. Luego compararemos las notas. Volvimos a reunirnos diez minutos más tarde. Nuestras versiones eran sorprendentemente distintas, pero estábamos de acuerdo en los detalles más importantes. Y lo que inferimos era tan importante como las propias informaciones facilitadas por el locutor. —Por ahora —dijo Homer, acuclillándose—, lo que sabemos es que no es la tercera guerra mundial. Al menos de momento. Parece que solo se trata de nuestro país. —La parte de los prisioneros sonaba bien —apuntó Corrie. Todos asentimos. De algún modo, había sonado auténtico. Nos había tranquilizado a todos, al menos un poco, aunque aquellos terribles miedos seguían acechándonos y atacando nuestras mentes. —Estaba intentando recordar la guerra de Vietnam a los americanos —dijo Fi—. Para ellos es como su pesadilla nacional o algo así. —Pues aún peor fue para los vietnamitas —comentó Chris. Miré a Lee, que tenía un gesto impasible.
—A los estadounidenses no les gusta meterse en los asuntos de otros países. —Entonces recordé una cosa que habíamos aprendido en clase de historia contemporánea—. ¿No os acordáis de Woodrow Wilson y el aislacionismo? ¿No era uno de los temas que teníamos que prepararnos en Navidades? —Hum, recuérdame que trabaje un poco en eso esta noche —Eso lo dijo Kevin. —«Indignación internacional», suena prometedor —dijo Robyn. —Quizás esa sea nuestra mayor esperanza. Pero no puedo imaginarme a un montón de países corriendo a derramar su sangre para salvarnos —dije yo. —Pero ¿no hay tratados y cosas de esas? —preguntó Kevin—. Pensé que los políticos se encargaban de organizar todo eso. Si no, ¿para qué hemos estado pagándoles todos estos años? Nadie supo qué responder. Quizás estaban pensando lo mismo que yo, que deberíamos habernos interesado por estas cosas hacía mucho tiempo, antes de que fuera demasiado tarde. —¿Y qué significa «reducir los desequilibrios en la región»? — preguntó Kevin. —Supongo que se refiere a repartir las cosas de manera más equitativa —dijo Robyn—. Tenemos un montón de tierra y un montón de recursos, mientras que hay países a la vuelta de la esquina cuya población vive como sardinas en lata. No puedes culparles por estar resentidos, y la verdad es que no hemos hecho gran cosa por reducir ningún desequilibrio, aparte de sentarnos sobre nuestro culos bien hermosos, disfrutar de nuestro dinero y sentirnos superiores. —Bueno, así son las cosas, como las lentejas, o las tomas o las dejas —dijo Kevin, molesto. —Sí, solo que ellos antes no tenían la opción de tomarlas —dijo Robyn—. Y ahora parece que quieren quedarse con la olla entera. —No te entiendo —dijo Kevin—. Parece que no te importe. ¿A ti te parece justo? ¿Dejar que lleguen y se lleven todo lo que quieran, todo por lo que han trabajado tus padres? «Llevaos lo que queráis, chicos, no nos importa.» ¿Es eso lo que has aprendido de la Biblia? ¿A poner la otra mejilla? Pues recuérdame que no vaya a tu iglesia. —Ahora mismo lo veo difícil —dijo Corrie, sonriendo y poniendo la mano sobre la rodilla de Kevin para tranquilizarlo. Pero Robyn no se dejó amilanar. 
—Por supuesto que me importa —dijo Robyn—. Si fuera una santa quizá no me importaría, pero no lo soy, así que me importa bastante. Y tampoco es que ellos estén comportándose de una manera muy religiosa. No conozco a ninguna religión que anime a la gente a salir a robar y matar para conseguir lo que quieren. Entiendo por qué lo hacen, pero que lo entienda no quiere decir que esté de acuerdo. Si hubieras vivido toda tu vida en un suburbio, pasando hambre, sin trabajo y siempre enfermo, y al otro lado de la carretera vieras a la gente tomando el sol y comiendo helado todo el día, al cabo de un tiempo acabarías convenciéndote de que quitarles su riqueza y compartirla con tus vecinos no es algo tan horrible. Algunas personas sufrirían, pero mucha gente estaría mejor. —Pero no es lo correcto —insistió tercamente Kevin. —Puede que no. Pero tampoco lo es tu manera de ver las cosas. Además, no siempre tiene que haber una parte correcta y otra equivocada. Las dos partes pueden estar en lo cierto, y las dos pueden estar equivocadas. Y creo que esta vez los dos países están equivocados. —¿Me estás diciendo que no piensas luchar? —preguntó Kevin, que seguía teniendo ganas de pelea. Robyn suspiró y dijo: —No lo sé. Ya lo he hecho, ¿no? Yo estaba con Ellie cuando salimos arrasando de Wirrawee. Supongo que seguiré luchando contra ellos. Lo haré por mi familia. Pero, después de la guerra, sea cuando sea eso, trabajaré con todas mis fuerzas por cambiar las cosas. Y no me importa pasarme el resto de la vida haciéndolo. —Tú eras el que decía que era demasiado arriesgado ir a buscar a Robyn y a Lee —dije yo a Kevin—. Entonces no se te veía tan cabreado. Kevin parecía incómodo. —No quise decir eso —fue lo único que repuso. Entonces habló Homer:
—Quizá sea el momento de decidir qué vamos a hacer. Ya hemos descansado, hemos recuperado fuerzas y hemos tenido tiempo para pensar las cosas. Ahora deberíamos decidir si nos quedamos aquí escondidos hasta que la guerra se resuelva por si sola o si salimos y hacemos algo al respecto —Se detuvo, y al ver que nadie replicaba, continuó—: Ya sé que solo somos unos adolescentes, que somos demasiado jóvenes para hacer algo más que limpiarle la pizarra al profe, pero algunos de los soldados que vi la otra noche no eran mucho mayores que nosotros. —Yo vi a dos que parecían incluso más jóvenes —apuntó Robyn. Homer asintió. Nadie dijo nada. El ambiente estaba tenso, como una noche húmeda. Llevábamos ya un tiempo en aquel escondrijo, aislados del miedo, el sudor y la sangre derramada en el exterior. Allá fuera la gente estaba apresándose, hiriéndose, matándose, pero nosotros nos habíamos recluido en el paraíso del Infierno. Aunque no tenía mucho que ver con lo que estaba diciendo Homer, yo dije: —Ahora entiendo por qué el Ermitaño eligió este sitio para vivir, lejos de todo. —Lejos de la raza humana —murmuró Chris. —Pero se trata de nuestras familias —dijo Corrie—. Por eso es por lo que estamos todos preocupados, ¿no? Supongo que sería capaz de luchar por mi país, pero lo que me está volviendo loca es no saber qué le ha pasado a mi familia. No sabemos si están vivos o muertos. Creemos que están en el recinto ferial y que los están tratando bien, y deseamos que así sea, pero lo cierto es que no lo sabemos. Solo tenemos la palabra del señor Clement para seguir adelante. —El haber visto al señor Coles en el recinto ferial ayudó mucho —dije yo—. No se lo veía demasiado asustado ni herido. A mí me tranquilizó bastante. Entonces habló Fi: —Creo que deberíamos indagar más sobre el recinto ferial. Si supiéramos que están todos allí, que no están heridos y que los están alimentando bien y esas cosas, sería muy distinto —Homer estuvo a punto de interrumpirla, pero Fi siguió diciendo—: He estado pensando sobre lo que discutían Robyn y Kevin. Si yo consiguiera recuperar a mi familia y mis amigos sanos y salvos, dejaría que esa gente se quedara con las casas, los coches y todo lo que les diera la gana. Y yo me iría a vivir con mis padres a una caja de cartón en el vertedero, y sería feliz. Intenté imaginarme a Fi, con su preciosa piel y su suave voz, viviendo en el vertedero.
—Bueno, entonces parece que lo mejor será que indaguemos sobre el recinto ferial —dijo Homer—. Pero no va a ser fácil. —Luego, añadió, intentando sonar modesto—: ¿Os dais cuenta de que todos los grupos que han ido a la ciudad han sido vistos, excepto yo y Fi? —Querrás decir «Fi y yo» —le corregí. Por toda respuesta, recibí el gruñido que me merecía. Lee estaba a mi izquierda, apoyado contra una roca que aún se mantenía caliente. Parecía que le tocaba hablar a él. —No creo que les vayan las torturas ni las ejecuciones masivas. El mundo está cambiando, y cualquier país que haga algo de eso sabe que se montará un escándalo. Ya sé que esas cosas todavía pasan, pero no como antes. Ahora parece que hacen las cosas discretamente, y a largo plazo. Evidentemente, parece que son de gatillo fácil, pero es muy distinto matar luchando que matar a sangre fría. Sabemos que están disparando a diestro y siniestro en los enfrentamientos: son así de bestias, y yo tengo un agujero en la pierna que lo demuestra. Pero eso es normal en la guerra, y en gran parte es en defensa propia. Eso no significa que les vaya el rollo de los campos de concentración y tal. Una cosa no lleva a la otra. —Los odio —dijo Kevin—. Y no entiendo por qué sois tan comprensivos con ellos. Yo los odio, y quiero matarlos a todos, y si tuviera una bomba nuclear se la haría tragar, para que se enteraran. Estaba muy cabreado, y puso fin a la conversación como si realmente hubiera tirado una bomba nuclear. Pero, tras un rato de incómodo silencio, Homer siguió hablando. —Bueno —dijo—, ¿entonces queréis que inspeccionemos el recinto ferial más a fondo? Podemos hacerlo con el sigilo y la astucia que yo y Fi, ejem, Fi y yo demostramos, ¿o queréis que entremos como una banda de heavy metal en un club de bolos? —También podríamos excavar un túnel —sugerí yo. —Sí, claro, o saltar la valla con una pértiga. ¿Alguien más tiene alguna sugerencia seria? Y, por cierto, ¿cuántas ganas tenemos de hacerlo? —Muchas —dije yo. —No voy a negar que me dé pánico hacerlo —dijo Corrie con su voz suave—. Pero es lo que tenemos que hacer. Si no, no volveremos a dormir por las noches.
—Como seguro que no volveremos a dormir por las noches es si acabamos muertos —dijo Chris—. Mira, mis padres están en el extranjero, así que para mí no es tan importante como para vosotros. Pero supongo que tendré que ir. —Yo sé lo que dirían nuestros padres —dijo Fi—. Dirían que para ellos lo más importante es nuestra seguridad. No querrían que muriéramos para que ellos puedan vivir. En cierto modo, nosotros somos los que damos sentido a su vida. Pero no podemos dejarnos llevar por eso. Tenemos que hacer lo que nos parece correcto. Tenemos que encontrar un sentido a nuestra propia vida, y esta podría ser una de las formas de hacerlo. Yo apoyo a Corrie; aunque estoy muerta de miedo, lo haré, porque no puedo imaginarme el resto de mi vida si no lo hago. —Estoy de acuerdo —dijo Robyn. —Y yo no paro de rezar para recuperarme de la pierna y poder encontrar a mi familia —dijo Lee. —Yo estoy con la mayoría —dijo Kevin. Todos miramos a Homer. —Nunca imaginé que tendría que hacer daño a otras personas para poder vivir mi propia vida —dijo—. Pero mi abuelo lo hizo, en la Guerra Civil Griega. Y si yo tengo que hacerlo, espero encontrar la fuerza necesaria, como hizo Ellie. Hagamos lo que hagamos, espero que no tengamos que hacer daño a nadie. Pero si así fuera… pues que sea. —Te estás volviendo un blando —dijo Kevin. Homer no le hizo caso y dijo con voz decidida: —Estoy pensando en aquella frase que citó Corrie el otro día: «El tiempo dedicado a ser precavidos nunca es tiempo perdido» —dijo—. Lo más estúpido que podríamos hacer sería entrar arrasando como Rambo con nuestro fusil del calibre 22 en ristre. Fi tiene razón, nuestras familias no querrían que acabáramos fiambre en una mesa de autopsias. Si necesitamos unos días más, pues no pasa nada. La única razón para precipitarnos sería si nos enteráramos de que va a pasarles algo terrible. Aunque podría haberles pasado ya, y en ese caso no podríamos hacer nada.
»Se me ocurre que necesitamos un puesto de observación, un sitio oculto y seguro desde el que podamos vigilar el recinto ferial. Cuanto más sepamos, mejores decisiones tomaremos, y más eficaces seremos. A juzgar por lo que decía la radio, parece que no lo están teniendo tan fácil en todo el país, y todavía hay mucha resistencia. Deberíamos hablar con alguien que esté en el pueblo, como el señor Clement, e incluso aliarnos con el Ejército, o quien sea que esté luchando en los demás distritos. Deberíamos establecernos como un auténtico equipo de guerrilla, viviendo fuera de los núcleos de población y actuando de manera ágil, rápida y directa. Podríamos sobrevivir así durante meses, quizás años. »Por ejemplo, puede que esto no os guste, si es así decidlo: suponed que enviamos a dos o tres personas a Wirrawee durante cuarenta y ocho horas. Su misión consistiría en conseguir información, solo eso. Si de verdad tienen cuidado, no deberían ser vistos. Tendrán que actuar exclusivamente de noche y asegurarse varias veces antes de dar cada paso. Los demás podemos quedarnos aquí para empezar a organizar las cosas más eficientemente. Este es el mejor campamento base que podríamos tener, pero tenemos que conseguir más provisiones y convertirlo en un centro de operaciones como Dios manda. Da miedo la velocidad a la que estamos consumiendo la comida. Deberíamos empezar a racionarla. Y también estaría bien establecer un par de escondites más por las montañas para dejar allí comida y cosas, en caso de que no podamos venir aquí por cualquier motivo. Como he dicho, tenemos que ser más ágiles. »Y al tener que subsistir de lo que encontramos, tenemos que tomárnoslo muy en serio. Los que se queden aquí deberían buscar soluciones: localizar puntos en las montañas donde haya agua, ver si podemos cazar conejos o canguros, o incluso zarigüeyas. Mi familia y la de Ellie siempre han matado los animales que comían, por lo que nosotros podríamos encargarnos de la matanza. —Lo mismo digo —dijo Kevin. —Y yo puedo cocinar una zarigüeya agridulce —dijo Lee—. Y si me cogéis un gato salvaje puedo haceros unas empanadillas deliciosas. Los demás emitieron un gruñido de asco. Lee se retrepó y me sonrió. —Aquí podríamos tener animales —dijo Corrie—. Gallinas, y quizás unos cuantos corderos. Y cabras. —Perfecto —dijo Homer—. Eso es el tipo de cosas que tenemos que buscar y en las que tenemos que pensar.
La mirada de Kevin se volvió melancólica al oír lo de las cabras. Yo sabía lo que estaba pensando. Desde niños habíamos aprendido a valorar a las ovejas, y lo primero que se nos enseñó fue a despreciar a las cabras: ovejas buenas, cabras malas. No significaba nada, lo daba la tierra. Pero teníamos que empezar a desaprender lo aprendido. 
—Estás pensando a largo plazo —le dije a Homer. —Sí —asintió él—. A muy largo plazo. Estuvimos un par de horas hablando. La radio de Corrie se había muerto. Pero nos había sacado de nuestra conmoción, de nuestra tristeza. Para cuando acabamos, exhaustos, habíamos tomado unas cuantas decisiones. Dos parejas irían al pueblo a la mañana siguiente, Robyn y Chris, y Kevin y Corrie. Actuarían de manera independiente, pero manteniendo el contacto entre sí. Se quedarían allí toda la noche y la mayor parte de la noche siguiente, y regresarían al amanecer. Eso significaba que estarían fuera unas sesenta horas. Kevin y Corrie se centrarían en el recinto ferial. Robyn y Chris rondarían el pueblo buscando gente escondida, información útil e incluso material. «Vamos a empezar a reclamar Wirrawee», había dicho Robyn. Acordamos un montón de detalles complejos, como cuál sería su base de operaciones —la casa de la profesora de música de Robyn—, dónde se irían dejando notas —debajo de la caseta del perro—, cuánto esperarían el miércoles de madrugada si la otra pareja no aparecía —nada—, y su excusa para proteger a los demás y al Infierno si los atrapaban —«Desde que comenzó la invasión nos ocultamos en el templo masónico y solo salíamos de noche»—. Pensamos que aquel sitio no implicaría a nadie más, que sería un sitio en el que las patrullas no habrían mirado. Robyn y Chris estuvieron de acuerdo en establecer un falso campamento allí, para dar credibilidad a la historia. Los que nos quedáramos en el Infierno haríamos básicamente lo que Homer había sugerido: conseguir más provisiones, convertir el Infierno en un auténtico campamento base, organizar el racionamiento de la comida y fichar nuevos escondites.
Curiosamente, yo estaba eufórica de pensar en los dos días siguientes. En parte me asustaba volver al pueblo, por lo que me alegré de librarme. En parte también me alegré de que Kevin fuera a estar lejos unos cuantos días, porque me estaba poniendo de los nervios. Pero lo mejor de todo eran las interesantes combinaciones de personas que eran posibles entre los que íbamos a quedarnos. Por un lado estaban Homer y Lee, por los que yo tenía unos sentimientos fuertes y encontrados, y también estaba la evidente atracción que Homer sentía por Fi, y que complicaba aún más las cosas. Era un tipo de atracción que inhibía a Homer demasiado para hacer nada, pero se veía que se sentía más cómodo con ella ahora. Y luego estaba Fi, que de un tiempo a esta parte había perdido su sobriedad y se ponía nerviosa y tímida cuando estaba cerca de Homer, a pesar de que costaba creer que él le gustara. Por otra parte estaba Lee, que seguía mirándome con ojos de cordero, como si su pierna herida fuera el único impedimento para saltarme encima. A mí me asustaba un poco la profundidad de los sentimientos que reflejaban aquellos preciosos ojos. Me sentía culpable de estar pensando en el amor cuando nuestro mundo estaba sumido en aquel caos, sobre todo cuando mis padres estaban pasándolo tan terriblemente mal. Era una vez más como estar en la rampa del matadero. Pero mi corazón estaba tomando sus propias decisiones y se negaba a ser controlado por mi conciencia. Y yo lo dejé libre, pensando en las fascinantes posibilidades que se me presentaban. 

El lunes por la mañana, una oscura oleada de aviones nos sobrevoló durante una hora o más. Desgraciadamente, no eran de los nuestros. Nunca había visto tantos aviones. Eran grandes, como de transporte, y nadie parecía importunarlos, hasta que media hora más tarde seis cazas de nuestro Ejército pasaron silbando por la misma trayectoria. Nosotros les lanzamos un saludo optimista con la mano. Bien temprano, habíamos estado en mi casa y habíamos traído provisiones: más comida, herramientas, ropa, productos de aseo, ropa de cama y alguna que otra cosa que habíamos olvidado antes, como utensilios de barbacoa, algunas fiambreras, un reloj y, me da vergüenza decirlo, bolsas de agua caliente. Robyn nos había pedido una Biblia. Yo sabía que había alguna por casa, y al final la encontré, le quite el polvo y la puse con todo lo demás. Era un poco complicado, porque no podíamos llevarnos demasiadas cosas, para que las patrullas no se dieran cuenta de que había gente rondando por allí, así que fuimos a casa de los Gruber, que estaba a un kilómetro aproximadamente, y cogimos más comida. También cogí varias plántulas y semilleros del cobertizo del señor Gruber. Estaba empezando a pensar como Homer y a planificar a largo plazo. Lo último que habíamos conseguido eran seis gallinas —nuestras mejores ponedoras—, algunos perdigones, malla metálica y postes de alambrada. Al amanecer, volvimos charlando en el camión, con las gallinas murmurando con curiosidad en la parte de atrás. Yo dejé conducir a Homer, porque suponía que le vendría bien practicar. Para vacilarle a Fi, cerré los ojos, cogí la Biblia, la abrí por una página al azar, señalé un punto, abrí los ojos y dije: —Con mi dedo mágico encontraré la frase que nos convenga en este momento. —La que salió fue esta—: «Los aborrezco por completo: los tengo por enemigos». —Caray —dijo Fi—. Pensé que la Biblia estaba llena de amor y perdón y esas cosas. Seguí leyendo: —«Líbrame, oh Jehová, del hombre malo; guárdame de hombres violentos, los cuales maquinan males en el corazón, cada día urden contiendas.» Los demás quedaron muy impresionados. Y yo también, pero no pensaba reconocerlo. —¿Veis? Os lo dije. Mi dedo es mágico. —Prueba otra vez —dijo Homer. Pero yo no iba a echar mi reputación por tierra tan fácilmente. —No, ya han hablado las palabras de sabiduría —repuse—. Se acabó por hoy. Fi agarro la Biblia e intentó hacer lo mismo. Al principio le salió una sección en blanco al final de un capitulo. La segunda vez, leyó: —«Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abednego en la provincia de Babilonia.» —Así no sirve —comenté—. Tienes que tener el dedo mágico. —Quizás el trozo que tú has leído haga sentir mejor a Robyn respecto a lo de disparar a los soldados —me dijo Homer—. Hum… he marcado la página. Se lo enseñaré cuando vuelvan. Nadie mencionó la posibilidad de que no volvieran. Así es como funciona la gente, supongo. Creen que si dicen algo malo pueden hacer que sucedan como por arte de magia. Yo no creo que las palabras tengan tanto poder. Llegamos a la cima, escondimos el Land Rover y cogimos las gallinas y todo lo demás para llevarlo al Infierno. Tendríamos que esperar a que se oscureciera para coger las demás cosas. Era demasiado peligroso estar en la Costura del Sastre cuando amanecía, sobre todo con tantos aviones por allí. Y parecía que iba a ser un día muy caluroso. Incluso en el Infierno, donde solía hacer fresco, el aire se estaba volviendo insoportablemente caliente. Pero, para mi sorpresa, nos encontramos a Lee apoyado contra un árbol en el lado opuesto del claro al que lo habíamos dejado. —¡Dichosos los ojos! —dije yo—. Has vuelto de entre los muertos.
—Sí, aunque debería haber elegido una mañana más fresca —contestó él, sonriendo—. Es que me he hartado de estar ahí sentado. He pensado que era el momento de hacer un poco de ejercicio, ahora que me he recuperado del viaje en camión. Estaba sonriendo, orgulloso de sí mismo, aunque sudando. Yo enjuagué una toalla en el arroyo y le limpie la cara. —¿Estás seguro de lo que estás haciendo? —le pregunté. —Me pareció que estaría bien —contesto él, encogiéndose de hombros. Recordé que muchas veces nuestros animales, cuando estaban enfermos o heridos, se metían en algún agujero —a los perros les gustaba especialmente meterse debajo del cobertizo de esquileo— y se quedaban allí días y días, hasta que bien se morían o bien salían frescos y como una rosa y moviendo la cola. Quizás a Lee le pasaba lo mismo. Había estado bastante callado desde que le dispararon, tumbado entre las rocas, pesando en silencio. Aunque todavía no podía decirse que estuviera moviendo la cola, su expresión había recuperado la energía. —El día que puedas correr de un lado a otro del claro, mataremos una gallina y nos la comeremos para cenar —le dije. —Robyn puede quitarme los puntos cuando vuelvan de Wirrawee —dijo él—. Ya llevan bastante tiempo allí. Lo acompañe hasta el arroyo, a un sitio sombreado para que pudiéramos sentarnos sobre una explanada húmeda de roca, que seguramente sería el lugar más fresco del Infierno en un día como aquel. —Ellie —me dijo. Se aclaró la garganta, nervioso—. Hay una cosa que llevo tiempo queriendo preguntarte. Aquel día en tu casa, en el pajar, cuando te acercaste a donde estaba yo tumbado y te tumbaste a mi lado… —Vale, vale —le interrumpí—. Ya me acuerdo de lo que pasó. —Pensé que a lo mejor se te había olvidado. —¿Acaso crees que hago esas cosas tan a menudo que luego no me acuerdo? Porque no es precisamente algo que haga todos los días. —Es que desde entonces no me has mirado. Y apenas has hablado conmigo.
—Durante algunos días he estado ocupada en otras cosas. No paraba de dormir y dormir. 
—Sí, pero ¿desde entonces? —Desde entonces… —suspiré—. Desde entonces he estado confundida. No sé qué pensar. —¿Y crees que algún día sabrás qué pensar? —Si pudiera contestarte a eso, probablemente lo sabría todo. —¿He hecho algo que te haya molestado? —No, no eres tú, soy yo. La mitad del tiempo no sé lo que hago, y a veces hago cosas que no quiero hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —pregunté con la esperanza de que me entendiera, aunque ni yo misma estaba segura. —¿Estás diciendo que para ti no significó nada? —No lo sé. En aquel momento sí significó algo, pero no sé si significa lo que parece que tú quieres que signifique. Lo mejor es que pensemos que me porté como un zorrón y lo dejemos así. Él parecía dolido, y yo me arrepentí de haber dicho aquello. Ni siquiera lo pensaba de verdad. —Es un poco complicado, estando aquí sentados —dijo él—. Si lo que quieres es librarte de mí, tendrás que ser tú la que te marches. —No, Lee, no quiero librarme de ti. No quiero librarme de nadie. Tenemos que seguir adelante, viviendo en este sitio como lo estamos haciendo durante Dios sabe cuánto tiempo. —Sí, en este sitio —dijo él—. El Infierno. La verdad es que a veces parece un infierno. Como por ejemplo ahora.
Yo no entendía por qué hablaba así. Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Aquella era una conversación para la que no estaba preparada. Supongo que me gusta tener el control de las cosas, y Lee me había impuesto aquello en un momento y un lugar que yo no había elegido. Deseé que Corrie estuviera allí, para poder ir a contárselo. Lee estaba reaccionando de una forma tan intensa que me asustaba, pero al mismo tiempo yo sentía algo muy fuerte cuando él estaba cerca. Aunque no sabía lo que era. Siempre estaba un poco cohibida cuando él estaba cerca. Notaba la piel más caliente, lo miraba de reojo, dirigía mis comentarios a él para observar sus reacciones, y prestaba más atención a sus palabras que a las de cualquiera. Cuando él expresaba una opinión, me la tomaba con más interés que si por ejemplo se trataba de Kevin o de Chris. Por las noches pensaba mucho en él cuando estaba en mi saco de dormir, y como estaba pensando en él al quedarme dormida, solía soñar con él. Hasta tal punto que —y sé que esto suena un poco estúpido, pero es cierto —lo asociaba con mi saco de dormir. Cuando miraba a uno pensaba en el otro. Eso no significa necesariamente que lo quisiera a él dentro de mi saco, pero de algún modo en mi mente había empezado a asociarlos. De repente me encontré sonriendo pensando en aquello, y me pregunté qué cara pondría él si de repente pudiera leerme el pensamiento. —¿Sigues pensando mucho en Steve? —me preguntó. —No, en Steve no. Quiero decir que pienso en él igual que pienso en mucha otra gente, me pregunto si estarán bien y deseo que así sea, pero no pienso en él como tú te refieres. —Entonces, si no he hecho nada que te haya molestado, y si tú ya no estás con Steve, ¿en qué sitio me deja eso a mí? —preguntó, empezando a irritarse—. ¿Es que te desagrado como persona? —No —dije yo, en parte escandalizada por aquella idea, pero también un poco molesta por la forma en que me estaba coaccionando para tener una relación con él. Los chicos siempre hacen eso. Quieren respuestas definitivas (siempre que sean las respuestas que ellos quieren, claro), y están convencidos de que si insisten lo suficiente las conseguirán. —Mira —le dije—. Siento no poder enumerarte una lista de mis sentimientos por ti, punto por punto y por orden alfabético. Pero es que no puedo. Estoy muy confusa. Lo que pasó aquel día en el pajar no fue un accidente. Claro que significó algo. Pero todavía no tengo claro el qué. —Vale. Dices que no te desagrado —dijo lentamente, como si estuviera intentando atar cabos. No me estaba mirando, y se lo veía muy nervioso, pero estaba claro que estaba llegando a una pregunta importante—. Entonces, ¿significa eso que te gusto? —Sí, Lee, me gustas mucho. Pero ahora mismo me estas volviendo loca. Es curioso pensar la de veces que nos había imaginado manteniendo aquella conversación, y, ahora que la estábamos teniendo, no estaba segura de estar diciendo lo que quería decir. —Me he fijado en que miras a Homer de una manera… especial desde que estamos aquí arriba. ¿Es que te mola? 
—Si fuera así sería asunto mío. —Porque a mí me parece que no te conviene. —¡Jo, Lee, hoy estás insoportable! Quizá no deberías haber intentado apoyar la pierna todavía. Me parece que te ha debilitado el cerebro. Vamos a pensar que ha sido eso; o el calor, o algo, porque yo no te pertenezco, y no tienes ningún derecho a decidir lo que me conviene y lo que no me conviene. Y que no se te olvide. Dicho eso, salí en estampida hacia el otro lado del claro, donde Fi y Homer habían estado cercando un corral para las gallinas. Las gallinas estaban allí, como en estado de choque, quizá de oírme con aquella rabieta; aunque lo más probable es que estuvieran preguntándose qué demonios hacían allí. Demonios, infierno, calor… cuántas coincidencias. Me quedé un rato mirando a las gallinas, y luego volví a atravesar el claro hacia donde el arroyo se adentraba entre los arbustos y desaparecía en un oscuro túnel de maleza. Llevaba varios días pensando en explorar aquello un poco, por imposible e infranqueable que pareciera. Quizás aquel fuera el momento de hacerlo. Así se me pasaría un poco el mal rollo y me pondría a pensar en otra cosa. Además, parecía un sitio fresco. Me quité las botas, metí los calcetines dentro y me las até alrededor del cuello. Luego me incliné e intenté imitar a un wombat. Soy lo bastante flexible para eso, y además era la única forma de meterme bajo toda aquella vegetación. Utilicé el arroyo como camino, pero tenía la misma sensación que cuando vas por un túnel. La vegetación formaba una bóveda tan baja que me arañaba la espalda, a pesar de que casi estaba besando el agua. Hacía fresco —me pregunté si el sol llevaría años sin atravesar aquellas enredaderas—, y deseé no encontrarme con muchas serpientes. El arroyo era más estrecho allí que en el claro, con un metro y medio de ancho aproximadamente por sesenta centímetros de profundidad. El fondo era de piedras, pero suaves y viejas, sin demasiadas aristas. De todas formas, hacía un tiempo que los pies se me estaban curtiendo. Había bastantes pozas oscuras que parecían muy profundas, así que las evité. El arroyo seguía barboteando, a su ritmo, sin inmutarse por mi avance. Llevaba mucho tiempo fluyendo por allí.
Lo seguí a lo largo de unos cien metros, aunque con bastante serpenteo. El comienzo de la excursión había sido agradable, supongo que como la mayoría, y esperaba que el final también lo fuera, pero la parte central se estaba volviendo un poco tediosa. Me dolía la espalda, y me había hecho arañazos bastante profundos en los brazos. Estaba empezando a sentir calor de nuevo. Pero la bóveda de maleza parecía ser cada vez más alta: por aquí y por allá los rayos de sol destellaban sobre el agua, y la frescura secreta de aquel túnel estaba dando paso al mismo calor seco que había en el claro. Me erguí un poco. Bastante más adelante, el arroyo parecía ensancharse unos diez metros antes de girar a la derecha y volver a desaparecer entre la maleza. Se abrió en un canal más espacioso, en el que las orillas ya no eran escarpadas. Se inclinaban suavemente hacia atrás, y pude ver la tierra negra, unas rocas rojas y algunos parches de musgo, en un rincón oscuro no mucho más grande que el salón de nuestra casa. Seguí avanzando hacia él, aún con la espalda inclinada. Había pequeñas florecillas azules esparcidas por la orilla. Al acercarme, pude ver un macizo de flores rosas en el fondo de un arbusto, alejado del arroyo. Volví a mirar y me di cuenta de que eran rosas. Mi corazón empezó a latir con fuerza, ¡Rosas! ¡En mitad del Infierno! ¡Pero eso era imposible! Chapoteé los metros que faltaban hasta el punto en que las orillas empezaban a abrirse, y salí del arroyo hacia la roca musgosa. Asomándome por entre la frondosa vegetación, tuve que esforzarme por distinguir las sombras de lo sólido. La única certeza que tenía era aquel rosal, con sus flores captando suficiente luz a través de las zarzas para brillar como piezas de joyería. Pero entonces empecé a entender poco a poco lo que estaba viendo. Atravesada, había una larga línea horizontal de madera negra podrida, con un poste que hacía de soporte y el espacio oscuro de la entrada. Estaba viendo el armazón, cubierto de maleza, de una cabaña. Me acerqué lentamente, caminando de puntillas. Era un lugar muy silencioso, y me inspiró un sentimiento de reverencia, como el que sentía en salón de mi abuela en Stratton, con aquellos muebles antiguos y pesados y las cortinas siempre corridas. Eran dos lugares totalmente distintos: uno, una cabaña abandonada y cubierta de maleza; el otro, una sobria casa antigua de arenisca. Pero los dos daban la impresión de haber dejado de estar vivos hacía mucho tiempo. A mi abuela no le habría hecho ninguna gracia que la compararan con un asesino, pero tanto ella como el hombre que vivía allí se habían apartado del mundo, habían creado su propia isla. Era como si hubieran cruzado al más allá, a pesar de seguir en la Tierra.
En la puerta de la cabaña, tuve que apartar un montón de enredaderas y ramas de zarza. No estaba muy segura de querer entrar allí. Era un poco como entrar en una tumba. ¿Y si el Ermitaño seguía allí? ¿Y si su cadáver estaba tirado en el suelo? ¿O si su espíritu seguía esperando para alimentarse del primer ser humano que atravesara aquella puerta? Había una atmósfera inquietante en aquella cabaña, en todo el lugar, que no era nada armoniosa ni agradable. Solo las rosas parecían aportar cierta calidez a aquel claro. Pero mi curiosidad era muy fuerte: me resultaba impensable haber llegado hasta allí y no seguir adelante. Me adentré en el oscuro interior y miré a mi alrededor, intentando definir las formas oscuras que veía, igual que había tenido que hacer antes para distinguir la cabaña de sus agrestes alrededores. Había una cama, una mesa y una silla. Poco a poco, los objetos más pequeños y menos evidentes se volvieron más claros a mi vista. Había un par de estantes en la pared, y a su lado una tosca vitrina, y un hogar con una tetera aún encima. En el rincón había una forma oscura que hizo que mi corazón se acelerase por un instante. Parecía una bestia durmiente o algo así. Avancé unos cuantos pasos y la inspeccioné. Parecía un baúl metálico, originalmente pintado en negro pero ahora descascarillado por el óxido. Todo lo demás estaba igual que aquel arcón: descomponiéndose. El suelo sobre el que me encontraba estaba cubierto de ramitas y terrones de arcilla de las paredes, y de restos de zarigüeyas y pájaros. La tetera estaba oxidada, el estante inferior torcido, y el techo plagado de telarañas. Pero hasta las telarañas parecían antiguas y muertas, colgando como el pelo de la señorita Havisham. Para entonces, mis ojos se habían adaptado a la tenue luz. Me alivió comprobar que no había nadie en la cama, aunque sí los restos medio podridos de unas mantas grises. La propia cama estaba hecha de trozos de madera clavados entre sí, y aun así parecía bastante robusta. En los estantes solo había algunas ollas viejas. Volví a girarme para mirar la vitrina y me golpeé la cabeza con una fresquera que estaba colgada de una viga. Me di en toda la sien con la esquina. —Joder —dije, frotándome con fuerza. Eso sí que había dolido. Me arrodillé para mirar en el baúl. No parecía que hubiera en la cabaña nada más interesante de lo que ya había visto. Solo el interior del baúl permanecía oculto. Intenté levantar la tapa. Se resistía, atascada por la suciedad y el óxido, y tuve que tirar de ella y sacudirla para que se abriera unos centímetros. El metal rozaba contra el metal mientras forzaba la tapa, que se dobló tanto que nunca volvería a cerrarse limpiamente.
Mi primera reacción al mirar dentro fue de decepción. Había pocas cosas allí, un triste montoncito de objetos en el fondo del baúl. Casi todo eran recortes de papel. Saqué todo fuera y lo llevé al exterior para examinarlo con mejor luz. Había un cinturón de cuero trenzado, un cuchillo roto, un tenedor y varias piezas de ajedrez: dos peones y un caballo roto. Los recortes eran principalmente de periódicos viejos, aunque también había hojas de papel de carta y medio libro de tapa dura titulado El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Un gran escarabajo negro salió al abrir el libro, que cayó abierto por una bonita ilustración en color de una embarcación penetrando en la selva. En realidad eran dos libros en uno: había una segunda historia, titulada Juventud. Los demás papeles estaban demasiado sucios y gastados para tener algún interés. Parecía que la vida del Ermitaño iba a seguir siendo un secreto, incluso ahora, tantos años después de su desaparición. Seguí husmeando durante otros diez minutos o así, dentro y fuera, sin encontrar gran cosa. Había otros intentos de cultivar flores: además de las rosas, había un manzano, unas margaritas blancas de un dulce aroma y un gran macizo de menta. Intenté imaginar a un asesino plantando y cultivando con esmero aquellas hermosas plantas; pero no lo conseguí. Supuse que hasta los asesinos tendrían que tener sus aficiones, y que debían de hacer algo con su tiempo libre. No podían pasarse toda la vida sentados pensando en sus asesinatos. Al cabo de un rato, cogí el cinturón y el libro y me metí en el arroyo para volver, encorvada, por aquel túnel hasta el campamento. Fue un alivio emerger de nuevo a la luz del sol después de haber estado en aquel sitio lúgubre. Había olvidado el calor que hacía al sol, pero casi me alegré de sentir su feroz resplandor. En cuanto aparecí, Homer se acercó dando zancadas. —¿Dónde has estado? —me preguntó—. Estábamos preocupados. Estaba bastante enfadado. Parecía mi padre. Daba la sensación de que había estado fuera más tiempo del que yo pensaba. —He tenido un encuentro bastante íntimo con el Ermitaño del Infierno —contesté—. Pronto dirigiré una visita guiada; bueno, eso en cuanto haya encontrado las galletas de coco. Me muero de hambre.