Uno de los pequeños rituales que tenían lugar a diario era la
prueba de la radio de Corrie. Se trataba de una solemne ceremonia que tenía
lugar siempre que a Corrie le entraba urgencia de realizarla: se levantaba,
miraba la tienda, murmuraba algo tipo «Debería probar la radio por si acaso» y
se dirigía hacia la tienda. Poco después, salía de ella con el preciado objeto
entre sus manos, se iba al punto más elevado del claro y, sosteniendo la radio
a la altura de la oreja, movía con cuidado el dial. No dejaba que nadie más la
tocara, porque era la radio de su padre y solo ella podía cuidarla. Era lo
único de él que le quedaba. Aunque nos reíamos un poco de ella, siempre que
hacía aquello se creaba un poco de tensión. Pero los días pasaban sin ningún
resultado, y un día Corrie nos comunicó que las pilas se estaban agotando. Una
noche yo estaba sentada junto a ella cuando hizo otro de sus vanos intentos de
captar una señal. Como de costumbre, solo se oían interferencias. Apagó la
radio con un suspiro. Estábamos charlando de unas cosas y otras, cuando dijo
como si nada: —¿Para qué son las otras cosas? —¿Qué otras cosas? —Las demás
posiciones. —¿A qué te refieres? Corrie se embarcó entonces en una larga
explicación según la cual las pocas veces que su padre le había dejado la radio
le había explicado que las señales de radio podían emitirse en PO y en FM. —¿PO
y FM? ¿Qué estás diciendo? Vamos a echar un vistazo —propuse. Ella me entregó
el aparato de mala gana. Por las inscripciones, vi que era una radio francesa.
Empecé a traducirlas:
—«Recepteur Mondial
à dix bandes», eso significa «receptor mundial a diez bandas». FM es FM,
eso está claro. Y PO seguramente será AM. «OC Étendue». Bueno, «étendue»
significa «extendido», o «expandido», o algo así. —Poco a poco empecé a
entender las implicaciones de aquello—. Esta no es una radio normal, Corrie. Es
una radio de onda corta. —¿Qué significa eso? —Eso significa que puedes
sintonizar emisoras de todo el mundo. Corrie, ¿me estás diciendo que solo has
intentado sintonizar las emisoras locales? —Bueno… sí… He probado con PO y FM.
Así fue como me lo enseñó mi padre. No sabía nada de todo eso que acabas de
decir, y no quería acabar de gastar las pilas haciendo el tonto. Ya casi están
gastadas, y no tenemos ninguna de repuesto. De repente me puse como loca de
contenta y llamé a los demás: —¡Eh, chicos! ¡Venid, rápido! Llegaron corriendo,
apremiados por la urgencia de mi llamada. —La radio de Corrie puede sintonizar
onda corta, pero ella no lo sabía. ¿Queréis escucharla? Ya casi no quedan
pilas, pero nunca se sabe cuándo vas a tener suerte. Seleccioné la posición «OC
Étendue 1» y le pasé la pequeña radio negra a Corrie. —Prueba tú, Corrie.
Gira el dial igual que hacías… antes. Nos apiñamos alrededor de Corrie, que,
con la lengua asomando por una esquina de la boca, empezó a girar el dial. Un
momento después oímos la primera voz adulta con sentido que habíamos oído en
mucho tiempo. Era una voz de mujer, que hablaba muy deprisa entre las
interferencias y en un idioma que no comprendíamos. —Sigue —musitó Homer. Oímos
una música exótica, luego una voz en inglés americano que decía: «Acógelo en tu
corazón y solo entonces conocerás el verdadero amor», luego otras dos emisoras
extranjeras… —Esa es taiwanesa —dijo Fi, sorprendentemente, de una de ellas.
Entonces, cuando el sonido comenzó a apagarse, se oyó una tenue voz. Era una
voz de hombre, y lo único que pudimos oír fue: —…ha avisado a
Estados Unidos de que no se implique. El general ha dicho que, si intentara
intervenir, Estados Unidos se metería en la guerra más larga, costosa y cruenta
de su historia. También ha dicho que sus fuerzas han ocupado varias ciudades
costeras importantes. Gran parte del interior ya ha sido ocupado, y las bajas
han resultado inferiores a lo previsto. Se ha capturado a muchos prisioneros
civiles y militares, que están recibiendo un trato humano. Se permitirá a los
equipos de la Cruz Roja examinarlos cuando la situación se estabilice. »El
general ha insistido en que la invasión está dirigida a “reducir los
desequilibrios en la región”. A medida que crece la indignación internacional,
la Asociación de Corresponsales Extranjeros informa de revueltas esporádicas en
numerosas zonas rurales y al menos dos batallas importantes… Y aquello fue
todo. La voz se apagó rápidamente. Oímos algunas palabras sueltas, como
«Naciones Unidas», «Nueva Zelanda», «de veinte a veinticinco aeronaves»… y
luego se acabó. Nos miramos los unos a los otros. —Vamos a coger papel y boli y
a apuntar todo lo que nos ha parecido oír —ordenó Homer tranquilamente—. Luego
compararemos las notas. Volvimos a reunirnos diez minutos más tarde. Nuestras
versiones eran sorprendentemente distintas, pero estábamos de acuerdo en los
detalles más importantes. Y lo que inferimos era tan importante como las
propias informaciones facilitadas por el locutor. —Por ahora —dijo Homer,
acuclillándose—, lo que sabemos es que no es la tercera guerra mundial. Al
menos de momento. Parece que solo se trata de nuestro país. —La parte de los
prisioneros sonaba bien —apuntó Corrie. Todos asentimos. De algún modo, había
sonado auténtico. Nos había tranquilizado a todos, al menos un poco, aunque
aquellos terribles miedos seguían acechándonos y atacando nuestras mentes.
—Estaba intentando recordar la guerra de Vietnam a los americanos —dijo Fi—.
Para ellos es como su pesadilla nacional o algo así. —Pues aún peor fue para
los vietnamitas —comentó Chris. Miré a Lee, que tenía un gesto impasible.
—A los estadounidenses no les gusta meterse en los asuntos de
otros países. —Entonces recordé una cosa que habíamos aprendido en clase de
historia contemporánea—. ¿No os acordáis de Woodrow Wilson y el aislacionismo? ¿No
era uno de los temas que teníamos que prepararnos en Navidades? —Hum,
recuérdame que trabaje un poco en eso esta noche —Eso lo dijo Kevin.
—«Indignación internacional», suena prometedor —dijo Robyn. —Quizás esa sea
nuestra mayor esperanza. Pero no puedo imaginarme a un montón de países
corriendo a derramar su sangre para salvarnos —dije yo. —Pero ¿no hay tratados
y cosas de esas? —preguntó Kevin—. Pensé que los políticos se encargaban de
organizar todo eso. Si no, ¿para qué hemos estado pagándoles todos estos años?
Nadie supo qué responder. Quizás estaban pensando lo mismo que yo, que
deberíamos habernos interesado por estas cosas hacía mucho tiempo, antes de que
fuera demasiado tarde. —¿Y qué significa «reducir los desequilibrios en la
región»? — preguntó Kevin. —Supongo que se refiere a repartir las cosas de
manera más equitativa —dijo Robyn—. Tenemos un montón de tierra y un montón de
recursos, mientras que hay países a la vuelta de la esquina cuya población vive
como sardinas en lata. No puedes culparles por estar resentidos, y la verdad es
que no hemos hecho gran cosa por reducir ningún desequilibrio, aparte de
sentarnos sobre nuestro culos bien hermosos, disfrutar de nuestro dinero y
sentirnos superiores. —Bueno, así son las cosas, como las lentejas, o las tomas
o las dejas —dijo Kevin, molesto. —Sí, solo que ellos antes no tenían la opción
de tomarlas —dijo Robyn—. Y ahora parece que quieren quedarse con la olla
entera. —No te entiendo —dijo Kevin—. Parece que no te importe. ¿A ti te parece
justo? ¿Dejar que lleguen y se lleven todo lo que quieran, todo por lo que han
trabajado tus padres? «Llevaos lo que queráis, chicos, no nos importa.» ¿Es eso
lo que has aprendido de la Biblia? ¿A poner la otra mejilla? Pues recuérdame
que no vaya a tu iglesia. —Ahora mismo lo veo difícil —dijo Corrie, sonriendo y
poniendo la mano sobre la rodilla de Kevin para tranquilizarlo. Pero Robyn no
se dejó amilanar.
—Por supuesto que me
importa —dijo Robyn—. Si fuera una santa quizá no me importaría, pero no lo
soy, así que me importa bastante. Y tampoco es que ellos estén comportándose de
una manera muy religiosa. No conozco a ninguna religión que anime a la gente a
salir a robar y matar para conseguir lo que quieren. Entiendo por qué lo hacen,
pero que lo entienda no quiere decir que esté de acuerdo. Si hubieras vivido
toda tu vida en un suburbio, pasando hambre, sin trabajo y siempre enfermo, y
al otro lado de la carretera vieras a la gente tomando el sol y comiendo helado
todo el día, al cabo de un tiempo acabarías convenciéndote de que quitarles su
riqueza y compartirla con tus vecinos no es algo tan horrible. Algunas personas
sufrirían, pero mucha gente estaría mejor. —Pero no es lo correcto —insistió
tercamente Kevin. —Puede que no. Pero tampoco lo es tu manera de ver las cosas.
Además, no siempre tiene que haber una parte correcta y otra equivocada. Las
dos partes pueden estar en lo cierto, y las dos pueden estar equivocadas. Y
creo que esta vez los dos países están equivocados. —¿Me estás diciendo que no
piensas luchar? —preguntó Kevin, que seguía teniendo ganas de pelea. Robyn
suspiró y dijo: —No lo sé. Ya lo he hecho, ¿no? Yo estaba con Ellie cuando
salimos arrasando de Wirrawee. Supongo que seguiré luchando contra ellos. Lo
haré por mi familia. Pero, después de la guerra, sea cuando sea eso, trabajaré
con todas mis fuerzas por cambiar las cosas. Y no me importa pasarme el resto
de la vida haciéndolo. —Tú eras el que decía que era demasiado arriesgado ir a
buscar a Robyn y a Lee —dije yo a Kevin—. Entonces no se te veía tan cabreado.
Kevin parecía incómodo. —No quise decir eso —fue lo único que repuso. Entonces
habló Homer:
—Quizá sea el momento de decidir qué vamos a hacer. Ya hemos
descansado, hemos recuperado fuerzas y hemos tenido tiempo para pensar las
cosas. Ahora deberíamos decidir si nos quedamos aquí escondidos hasta que la
guerra se resuelva por si sola o si salimos y hacemos algo al respecto —Se
detuvo, y al ver que nadie replicaba, continuó—: Ya sé que solo somos unos
adolescentes, que somos demasiado jóvenes para hacer algo más que limpiarle la
pizarra al profe, pero algunos de los
soldados que vi la otra noche no eran mucho mayores que nosotros. —Yo vi a dos
que parecían incluso más jóvenes —apuntó Robyn. Homer asintió. Nadie dijo nada.
El ambiente estaba tenso, como una noche húmeda. Llevábamos ya un tiempo en
aquel escondrijo, aislados del miedo, el sudor y la sangre derramada en el
exterior. Allá fuera la gente estaba apresándose, hiriéndose, matándose, pero
nosotros nos habíamos recluido en el paraíso del Infierno. Aunque no tenía
mucho que ver con lo que estaba diciendo Homer, yo dije: —Ahora entiendo por
qué el Ermitaño eligió este sitio para vivir, lejos de todo. —Lejos de la raza
humana —murmuró Chris. —Pero se trata de nuestras familias —dijo Corrie—. Por
eso es por lo que estamos todos preocupados, ¿no? Supongo que sería capaz de
luchar por mi país, pero lo que me está volviendo loca es no saber qué le ha
pasado a mi familia. No sabemos si están vivos o muertos. Creemos que están en
el recinto ferial y que los están tratando bien, y deseamos que así sea, pero
lo cierto es que no lo sabemos. Solo tenemos la palabra del señor Clement para
seguir adelante. —El haber visto al señor Coles en el recinto ferial ayudó
mucho —dije yo—. No se lo veía demasiado asustado ni herido. A mí me
tranquilizó bastante. Entonces habló Fi: —Creo que deberíamos indagar más sobre
el recinto ferial. Si supiéramos que están todos allí, que no están heridos y
que los están alimentando bien y esas cosas, sería muy distinto —Homer estuvo a
punto de interrumpirla, pero Fi siguió diciendo—: He estado pensando sobre lo
que discutían Robyn y Kevin. Si yo consiguiera recuperar a mi familia y mis
amigos sanos y salvos, dejaría que esa gente se quedara con las casas, los
coches y todo lo que les diera la gana. Y yo me iría a vivir con mis padres a
una caja de cartón en el vertedero, y sería feliz. Intenté imaginarme a Fi, con
su preciosa piel y su suave voz, viviendo en el vertedero.
—Bueno, entonces parece que lo mejor será que indaguemos
sobre el recinto ferial —dijo Homer—. Pero no va a ser fácil. —Luego, añadió, intentando sonar
modesto—: ¿Os dais cuenta de que todos los grupos que han ido a la ciudad han
sido vistos, excepto yo y Fi? —Querrás decir «Fi y yo» —le corregí. Por toda
respuesta, recibí el gruñido que me merecía. Lee estaba a mi izquierda, apoyado
contra una roca que aún se mantenía caliente. Parecía que le tocaba hablar a
él. —No creo que les vayan las torturas ni las ejecuciones masivas. El mundo
está cambiando, y cualquier país que haga algo de eso sabe que se montará un
escándalo. Ya sé que esas cosas todavía pasan, pero no como antes. Ahora parece
que hacen las cosas discretamente, y a largo plazo. Evidentemente, parece que
son de gatillo fácil, pero es muy distinto matar luchando que matar a sangre
fría. Sabemos que están disparando a diestro y siniestro en los
enfrentamientos: son así de bestias, y yo tengo un agujero en la pierna que lo
demuestra. Pero eso es normal en la guerra, y en gran parte es en defensa
propia. Eso no significa que les vaya el rollo de los campos de concentración y
tal. Una cosa no lleva a la otra. —Los odio —dijo Kevin—. Y no entiendo por qué
sois tan comprensivos con ellos. Yo los odio, y quiero matarlos a todos, y si
tuviera una bomba nuclear se la haría tragar, para que se enteraran. Estaba muy
cabreado, y puso fin a la conversación como si realmente hubiera tirado una
bomba nuclear. Pero, tras un rato de incómodo silencio, Homer siguió hablando.
—Bueno —dijo—, ¿entonces queréis que inspeccionemos el recinto ferial más a
fondo? Podemos hacerlo con el sigilo y la astucia que yo y Fi, ejem, Fi y yo
demostramos, ¿o queréis que entremos como una banda de heavy metal en un club
de bolos? —También podríamos excavar un túnel —sugerí yo. —Sí, claro, o saltar
la valla con una pértiga. ¿Alguien más tiene alguna sugerencia seria? Y, por
cierto, ¿cuántas ganas tenemos de hacerlo? —Muchas —dije yo. —No voy a negar
que me dé pánico hacerlo —dijo Corrie con su voz suave—. Pero es lo que tenemos
que hacer. Si no, no volveremos a dormir por las noches.
—Como seguro que no volveremos a dormir por las noches es si
acabamos muertos —dijo Chris—. Mira, mis padres están en el extranjero, así que
para mí no es tan importante como para vosotros. Pero supongo que tendré que
ir. —Yo sé lo que dirían nuestros padres —dijo Fi—. Dirían que para ellos lo
más importante es nuestra seguridad. No querrían que muriéramos para que ellos
puedan vivir. En cierto modo, nosotros somos los que damos sentido a su vida.
Pero no podemos dejarnos llevar por eso. Tenemos que hacer lo que nos parece
correcto. Tenemos que encontrar un sentido a nuestra propia vida, y esta podría
ser una de las formas de hacerlo. Yo apoyo a Corrie; aunque estoy muerta de
miedo, lo haré, porque no puedo imaginarme el resto de mi vida si no lo hago.
—Estoy de acuerdo —dijo Robyn. —Y yo no paro de rezar para recuperarme de la
pierna y poder encontrar a mi familia —dijo Lee. —Yo estoy con la mayoría —dijo
Kevin. Todos miramos a Homer. —Nunca imaginé que tendría que hacer daño a otras
personas para poder vivir mi propia vida —dijo—. Pero mi abuelo lo hizo, en la
Guerra Civil Griega. Y si yo tengo que hacerlo, espero encontrar la fuerza
necesaria, como hizo Ellie. Hagamos lo que hagamos, espero que no tengamos que
hacer daño a nadie. Pero si así fuera… pues que sea. —Te estás volviendo un
blando —dijo Kevin. Homer no le hizo caso y dijo con voz decidida: —Estoy
pensando en aquella frase que citó Corrie el otro día: «El tiempo dedicado a
ser precavidos nunca es tiempo perdido» —dijo—. Lo más estúpido que podríamos
hacer sería entrar arrasando como Rambo con nuestro fusil del calibre 22 en
ristre. Fi tiene razón, nuestras familias no querrían que acabáramos fiambre en
una mesa de autopsias. Si necesitamos unos días más, pues no pasa nada. La
única razón para precipitarnos sería si nos enteráramos de que va a pasarles
algo terrible. Aunque podría haberles pasado ya, y en ese caso no podríamos
hacer nada.
»Se me ocurre que necesitamos un puesto de observación, un
sitio oculto y seguro desde el que podamos vigilar el recinto ferial. Cuanto
más sepamos, mejores decisiones tomaremos, y más eficaces seremos. A juzgar por
lo que decía la radio, parece que no lo están teniendo tan fácil en todo el
país, y todavía hay mucha resistencia. Deberíamos hablar con alguien que esté
en el pueblo, como el señor Clement, e incluso aliarnos con
el Ejército, o quien sea que esté luchando en los demás distritos. Deberíamos
establecernos como un auténtico equipo de guerrilla, viviendo fuera de los
núcleos de población y actuando de manera ágil, rápida y directa. Podríamos
sobrevivir así durante meses, quizás años. »Por ejemplo, puede que esto no os
guste, si es así decidlo: suponed que enviamos a dos o tres personas a Wirrawee
durante cuarenta y ocho horas. Su misión consistiría en conseguir información,
solo eso. Si de verdad tienen cuidado, no deberían ser vistos. Tendrán que
actuar exclusivamente de noche y asegurarse varias veces antes de dar cada
paso. Los demás podemos quedarnos aquí para empezar a organizar las cosas más
eficientemente. Este es el mejor campamento base que podríamos tener, pero
tenemos que conseguir más provisiones y convertirlo en un centro de operaciones
como Dios manda. Da miedo la velocidad a la que estamos consumiendo la comida.
Deberíamos empezar a racionarla. Y también estaría bien establecer un par de
escondites más por las montañas para dejar allí comida y cosas, en caso de que
no podamos venir aquí por cualquier motivo. Como he dicho, tenemos que ser más
ágiles. »Y al tener que subsistir de lo que encontramos, tenemos que tomárnoslo
muy en serio. Los que se queden aquí deberían buscar soluciones: localizar
puntos en las montañas donde haya agua, ver si podemos cazar conejos o
canguros, o incluso zarigüeyas. Mi familia y la de Ellie siempre han matado los
animales que comían, por lo que nosotros podríamos encargarnos de la matanza.
—Lo mismo digo —dijo Kevin. —Y yo puedo cocinar una zarigüeya agridulce —dijo
Lee—. Y si me cogéis un gato salvaje puedo haceros unas empanadillas
deliciosas. Los demás emitieron un gruñido de asco. Lee se retrepó y me sonrió.
—Aquí podríamos tener animales —dijo Corrie—. Gallinas, y quizás unos cuantos
corderos. Y cabras. —Perfecto —dijo Homer—. Eso es el tipo de cosas que tenemos
que buscar y en las que tenemos que pensar.
La mirada de Kevin se volvió melancólica al oír lo de las
cabras. Yo sabía lo que estaba pensando. Desde niños habíamos aprendido a
valorar a las ovejas, y lo primero que se nos enseñó fue a despreciar a las
cabras: ovejas buenas, cabras malas. No significaba nada, lo daba la tierra.
Pero teníamos que empezar a desaprender lo aprendido.
—Estás pensando a
largo plazo —le dije a Homer. —Sí —asintió él—. A muy largo plazo. Estuvimos un
par de horas hablando. La radio de Corrie se había muerto. Pero nos había
sacado de nuestra conmoción, de nuestra tristeza. Para cuando acabamos,
exhaustos, habíamos tomado unas cuantas decisiones. Dos parejas irían al pueblo
a la mañana siguiente, Robyn y Chris, y Kevin y Corrie. Actuarían de manera
independiente, pero manteniendo el contacto entre sí. Se quedarían allí toda la
noche y la mayor parte de la noche siguiente, y regresarían al amanecer. Eso
significaba que estarían fuera unas sesenta horas. Kevin y Corrie se centrarían
en el recinto ferial. Robyn y Chris rondarían el pueblo buscando gente
escondida, información útil e incluso material. «Vamos a empezar a reclamar
Wirrawee», había dicho Robyn. Acordamos un montón de detalles complejos, como
cuál sería su base de operaciones —la casa de la profesora de música de Robyn—,
dónde se irían dejando notas —debajo de la caseta del perro—, cuánto esperarían
el miércoles de madrugada si la otra pareja no aparecía —nada—, y su excusa
para proteger a los demás y al Infierno si los atrapaban —«Desde que comenzó la
invasión nos ocultamos en el templo masónico y solo salíamos de noche»—.
Pensamos que aquel sitio no implicaría a nadie más, que sería un sitio en el
que las patrullas no habrían mirado. Robyn y Chris estuvieron de acuerdo en
establecer un falso campamento allí, para dar credibilidad a la historia. Los
que nos quedáramos en el Infierno haríamos básicamente lo que Homer había
sugerido: conseguir más provisiones, convertir el Infierno en un auténtico
campamento base, organizar el racionamiento de la comida y fichar nuevos
escondites.
Curiosamente, yo estaba eufórica de pensar en los dos días
siguientes. En parte me asustaba volver al pueblo, por lo que me alegré de
librarme. En parte también me alegré de que Kevin fuera a estar lejos unos
cuantos días, porque me estaba poniendo de los nervios. Pero lo mejor de todo
eran las interesantes combinaciones de personas que eran posibles entre los que
íbamos a quedarnos. Por un lado estaban Homer y Lee, por los que yo tenía unos
sentimientos fuertes y encontrados, y también estaba la evidente atracción que
Homer sentía por Fi, y que complicaba aún más las cosas. Era un tipo de
atracción que inhibía a Homer demasiado para hacer nada, pero se veía que se
sentía más cómodo con ella ahora. Y luego estaba Fi, que de un tiempo a esta
parte había perdido su sobriedad y se ponía nerviosa y tímida cuando estaba
cerca de Homer, a pesar de que costaba creer que él le gustara. Por otra
parte estaba Lee, que seguía mirándome con ojos de cordero, como si su pierna
herida fuera el único impedimento para saltarme encima. A mí me asustaba un
poco la profundidad de los sentimientos que reflejaban aquellos preciosos ojos.
Me sentía culpable de estar pensando en el amor cuando nuestro mundo estaba
sumido en aquel caos, sobre todo cuando mis padres estaban pasándolo tan
terriblemente mal. Era una vez más como estar en la rampa del matadero. Pero mi
corazón estaba tomando sus propias decisiones y se negaba a ser controlado por
mi conciencia. Y yo lo dejé libre, pensando en las fascinantes posibilidades
que se me presentaban.
El lunes por la mañana, una oscura oleada de aviones nos
sobrevoló durante una hora o más. Desgraciadamente, no eran de los nuestros.
Nunca había visto tantos aviones. Eran grandes, como de transporte, y nadie
parecía importunarlos, hasta que media hora más tarde seis cazas de nuestro
Ejército pasaron silbando por la misma trayectoria. Nosotros les lanzamos un
saludo optimista con la mano. Bien temprano, habíamos estado en mi casa y
habíamos traído provisiones: más comida, herramientas, ropa, productos de aseo,
ropa de cama y alguna que otra cosa que habíamos olvidado antes, como
utensilios de barbacoa, algunas fiambreras, un reloj y, me da vergüenza
decirlo, bolsas de agua caliente. Robyn nos había pedido una Biblia. Yo sabía
que había alguna por casa, y al final la encontré, le quite el polvo y la puse
con todo lo demás. Era un poco complicado, porque no podíamos llevarnos
demasiadas cosas, para que las patrullas no se dieran cuenta de que había gente
rondando por allí, así que fuimos a casa de los Gruber, que estaba a un
kilómetro aproximadamente, y cogimos más comida. También cogí varias plántulas
y semilleros del cobertizo del señor Gruber. Estaba empezando a pensar como
Homer y a planificar a largo plazo. Lo último que habíamos conseguido eran seis
gallinas —nuestras mejores ponedoras—, algunos perdigones, malla metálica y
postes de alambrada. Al amanecer, volvimos charlando en el camión, con las
gallinas murmurando con curiosidad en la parte de atrás. Yo dejé conducir a
Homer, porque suponía que le vendría bien practicar. Para vacilarle a Fi, cerré
los ojos, cogí la Biblia, la abrí por una página al azar, señalé un punto, abrí
los ojos y dije: —Con mi dedo mágico encontraré la frase que nos convenga en
este momento. —La que salió fue esta—: «Los aborrezco por completo: los tengo
por enemigos». —Caray —dijo Fi—. Pensé que la Biblia estaba llena de amor y
perdón y esas cosas. Seguí leyendo: —«Líbrame, oh
Jehová, del hombre malo; guárdame de hombres violentos, los cuales maquinan
males en el corazón, cada día urden contiendas.» Los demás quedaron muy
impresionados. Y yo también, pero no pensaba reconocerlo. —¿Veis? Os lo dije.
Mi dedo es mágico. —Prueba otra vez —dijo Homer. Pero yo no iba a echar mi
reputación por tierra tan fácilmente. —No, ya han hablado las palabras de
sabiduría —repuse—. Se acabó por hoy. Fi agarro la Biblia e intentó hacer lo
mismo. Al principio le salió una sección en blanco al final de un capitulo. La
segunda vez, leyó: —«Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abednego en
la provincia de Babilonia.» —Así no sirve —comenté—. Tienes que tener el dedo
mágico. —Quizás el trozo que tú has leído haga sentir mejor a Robyn respecto a
lo de disparar a los soldados —me dijo Homer—. Hum… he marcado la página. Se lo
enseñaré cuando vuelvan. Nadie mencionó la posibilidad de que no volvieran. Así
es como funciona la gente, supongo. Creen que si dicen algo malo pueden hacer
que sucedan como por arte de magia. Yo no creo que las palabras tengan tanto
poder. Llegamos a la cima, escondimos el Land Rover y cogimos las gallinas y
todo lo demás para llevarlo al Infierno. Tendríamos que esperar a que se
oscureciera para coger las demás cosas. Era demasiado peligroso estar en la
Costura del Sastre cuando amanecía, sobre todo con tantos aviones por allí. Y
parecía que iba a ser un día muy caluroso. Incluso en el Infierno, donde solía
hacer fresco, el aire se estaba volviendo insoportablemente caliente. Pero,
para mi sorpresa, nos encontramos a Lee apoyado contra un árbol en el lado
opuesto del claro al que lo habíamos dejado. —¡Dichosos los ojos! —dije yo—.
Has vuelto de entre los muertos.
—Sí, aunque debería haber elegido una mañana más fresca
—contestó él, sonriendo—. Es que me he hartado de estar ahí sentado. He pensado
que era el momento
de hacer un poco de ejercicio, ahora que me he recuperado del viaje en camión.
Estaba sonriendo, orgulloso de sí mismo, aunque sudando. Yo enjuagué una toalla
en el arroyo y le limpie la cara. —¿Estás seguro de lo que estás haciendo? —le
pregunté. —Me pareció que estaría bien —contesto él, encogiéndose de hombros.
Recordé que muchas veces nuestros animales, cuando estaban enfermos o heridos,
se metían en algún agujero —a los perros les gustaba especialmente meterse
debajo del cobertizo de esquileo— y se quedaban allí días y días, hasta que
bien se morían o bien salían frescos y como una rosa y moviendo la cola. Quizás
a Lee le pasaba lo mismo. Había estado bastante callado desde que le
dispararon, tumbado entre las rocas, pesando en silencio. Aunque todavía no
podía decirse que estuviera moviendo la cola, su expresión había recuperado la
energía. —El día que puedas correr de un lado a otro del claro, mataremos una
gallina y nos la comeremos para cenar —le dije. —Robyn puede quitarme los puntos
cuando vuelvan de Wirrawee —dijo él—. Ya llevan bastante tiempo allí. Lo
acompañe hasta el arroyo, a un sitio sombreado para que pudiéramos sentarnos
sobre una explanada húmeda de roca, que seguramente sería el lugar más fresco
del Infierno en un día como aquel. —Ellie —me dijo. Se aclaró la garganta,
nervioso—. Hay una cosa que llevo tiempo queriendo preguntarte. Aquel día en tu
casa, en el pajar, cuando te acercaste a donde estaba yo tumbado y te tumbaste
a mi lado… —Vale, vale —le interrumpí—. Ya me acuerdo de lo que pasó. —Pensé
que a lo mejor se te había olvidado. —¿Acaso crees que hago esas cosas tan a
menudo que luego no me acuerdo? Porque no es precisamente algo que haga todos
los días. —Es que desde entonces no me has mirado. Y apenas has hablado
conmigo.
—Durante algunos días he estado ocupada en otras cosas. No
paraba de dormir y dormir.
—Sí, pero ¿desde
entonces? —Desde entonces… —suspiré—. Desde entonces he estado confundida. No
sé qué pensar. —¿Y crees que algún día sabrás qué pensar? —Si pudiera
contestarte a eso, probablemente lo sabría todo. —¿He hecho algo que te haya
molestado? —No, no eres tú, soy yo. La mitad del tiempo no sé lo que hago, y a
veces hago cosas que no quiero hacer. ¿Sabes a lo que me refiero? —pregunté con
la esperanza de que me entendiera, aunque ni yo misma estaba segura. —¿Estás
diciendo que para ti no significó nada? —No lo sé. En aquel momento sí
significó algo, pero no sé si significa lo que parece que tú quieres que
signifique. Lo mejor es que pensemos que me porté como un zorrón y lo dejemos
así. Él parecía dolido, y yo me arrepentí de haber dicho aquello. Ni siquiera
lo pensaba de verdad. —Es un poco complicado, estando aquí sentados —dijo él—.
Si lo que quieres es librarte de mí, tendrás que ser tú la que te marches. —No,
Lee, no quiero librarme de ti. No quiero librarme de nadie. Tenemos que seguir
adelante, viviendo en este sitio como lo estamos haciendo durante Dios sabe
cuánto tiempo. —Sí, en este sitio —dijo él—. El Infierno. La verdad es que a
veces parece un infierno. Como por ejemplo ahora.
Yo no entendía por qué hablaba así. Todo estaba sucediendo
demasiado deprisa. Aquella era una conversación para la que no estaba
preparada. Supongo que me gusta tener el control de las cosas, y Lee me había
impuesto aquello en un momento y un lugar que yo no había elegido. Deseé que
Corrie estuviera allí, para poder ir a contárselo. Lee estaba reaccionando de
una forma tan intensa que me asustaba, pero al mismo tiempo yo sentía algo muy
fuerte cuando él estaba cerca. Aunque no sabía lo que era. Siempre estaba un
poco cohibida cuando él estaba cerca. Notaba la piel más caliente, lo miraba de
reojo, dirigía mis comentarios a él para observar sus reacciones, y prestaba
más atención a sus palabras que a las de cualquiera. Cuando él expresaba una
opinión, me la tomaba con más interés que si por ejemplo se trataba de Kevin o de Chris.
Por las noches pensaba mucho en él cuando estaba en mi saco de dormir, y como
estaba pensando en él al quedarme dormida, solía soñar con él. Hasta tal punto
que —y sé que esto suena un poco estúpido, pero es cierto —lo asociaba con mi
saco de dormir. Cuando miraba a uno pensaba en el otro. Eso no significa
necesariamente que lo quisiera a él dentro de mi saco, pero de algún modo en mi
mente había empezado a asociarlos. De repente me encontré sonriendo pensando en
aquello, y me pregunté qué cara pondría él si de repente pudiera leerme el
pensamiento. —¿Sigues pensando mucho en Steve? —me preguntó. —No, en Steve no.
Quiero decir que pienso en él igual que pienso en mucha otra gente, me pregunto
si estarán bien y deseo que así sea, pero no pienso en él como tú te refieres.
—Entonces, si no he hecho nada que te haya molestado, y si tú ya no estás con
Steve, ¿en qué sitio me deja eso a mí? —preguntó, empezando a irritarse—. ¿Es
que te desagrado como persona? —No —dije yo, en parte escandalizada por aquella
idea, pero también un poco molesta por la forma en que me estaba coaccionando
para tener una relación con él. Los chicos siempre hacen eso. Quieren
respuestas definitivas (siempre que sean las respuestas que ellos quieren,
claro), y están convencidos de que si insisten lo suficiente las conseguirán.
—Mira —le dije—. Siento no poder enumerarte una lista de mis sentimientos por
ti, punto por punto y por orden alfabético. Pero es que no puedo. Estoy muy
confusa. Lo que pasó aquel día en el pajar no fue un accidente. Claro que
significó algo. Pero todavía no tengo claro el qué. —Vale. Dices que no te
desagrado —dijo lentamente, como si estuviera intentando atar cabos. No me
estaba mirando, y se lo veía muy nervioso, pero estaba claro que estaba
llegando a una pregunta importante—. Entonces, ¿significa eso que te gusto?
—Sí, Lee, me gustas mucho. Pero ahora mismo me estas volviendo loca. Es curioso
pensar la de veces que nos había imaginado manteniendo aquella conversación, y,
ahora que la estábamos teniendo, no estaba segura de estar diciendo lo que
quería decir. —Me he fijado en que miras a Homer de una manera… especial desde
que estamos aquí arriba. ¿Es que te mola?
—Si fuera así sería
asunto mío. —Porque a mí me parece que no te conviene. —¡Jo, Lee, hoy estás
insoportable! Quizá no deberías haber intentado apoyar la pierna todavía. Me
parece que te ha debilitado el cerebro. Vamos a pensar que ha sido eso; o el
calor, o algo, porque yo no te pertenezco, y no tienes ningún derecho a decidir
lo que me conviene y lo que no me conviene. Y que no se te olvide. Dicho eso,
salí en estampida hacia el otro lado del claro, donde Fi y Homer habían estado
cercando un corral para las gallinas. Las gallinas estaban allí, como en estado
de choque, quizá de oírme con aquella rabieta; aunque lo más probable es que
estuvieran preguntándose qué demonios hacían allí. Demonios, infierno, calor…
cuántas coincidencias. Me quedé un rato mirando a las gallinas, y luego volví a
atravesar el claro hacia donde el arroyo se adentraba entre los arbustos y
desaparecía en un oscuro túnel de maleza. Llevaba varios días pensando en
explorar aquello un poco, por imposible e infranqueable que pareciera. Quizás
aquel fuera el momento de hacerlo. Así se me pasaría un poco el mal rollo y me
pondría a pensar en otra cosa. Además, parecía un sitio fresco. Me quité las
botas, metí los calcetines dentro y me las até alrededor del cuello. Luego me
incliné e intenté imitar a un wombat. Soy lo bastante flexible para eso, y
además era la única forma de meterme bajo toda aquella vegetación. Utilicé el
arroyo como camino, pero tenía la misma sensación que cuando vas por un túnel.
La vegetación formaba una bóveda tan baja que me arañaba la espalda, a pesar de
que casi estaba besando el agua. Hacía fresco —me pregunté si el sol llevaría
años sin atravesar aquellas enredaderas—, y deseé no encontrarme con muchas
serpientes. El arroyo era más estrecho allí que en el claro, con un metro y
medio de ancho aproximadamente por sesenta centímetros de profundidad. El fondo
era de piedras, pero suaves y viejas, sin demasiadas aristas. De todas formas,
hacía un tiempo que los pies se me estaban curtiendo. Había bastantes pozas
oscuras que parecían muy profundas, así que las evité. El arroyo seguía
barboteando, a su ritmo, sin inmutarse por mi avance. Llevaba mucho tiempo
fluyendo por allí.
Lo seguí a lo largo de unos cien metros, aunque con bastante
serpenteo. El comienzo de la excursión había sido agradable, supongo que como
la mayoría, y esperaba que el final también lo fuera, pero la parte central se
estaba volviendo un poco tediosa. Me dolía la espalda, y me había hecho arañazos
bastante profundos en los brazos. Estaba empezando a sentir calor de nuevo.
Pero la bóveda de maleza parecía ser cada vez más alta: por aquí y por allá los
rayos de sol destellaban sobre el agua, y la frescura secreta de aquel túnel
estaba dando paso al mismo calor seco que había en el claro. Me erguí un poco.
Bastante más adelante, el arroyo parecía ensancharse unos diez metros antes de
girar a la derecha y volver a desaparecer entre la maleza. Se abrió en un canal
más espacioso, en el que las orillas ya no eran escarpadas. Se inclinaban
suavemente hacia atrás, y pude ver la tierra negra, unas rocas rojas y algunos
parches de musgo, en un rincón oscuro no mucho más grande que el salón de
nuestra casa. Seguí avanzando hacia él, aún con la espalda inclinada. Había
pequeñas florecillas azules esparcidas por la orilla. Al acercarme, pude ver un
macizo de flores rosas en el fondo de un arbusto, alejado del arroyo. Volví a
mirar y me di cuenta de que eran rosas. Mi corazón empezó a latir con fuerza,
¡Rosas! ¡En mitad del Infierno! ¡Pero eso era imposible! Chapoteé los metros
que faltaban hasta el punto en que las orillas empezaban a abrirse, y salí del
arroyo hacia la roca musgosa. Asomándome por entre la frondosa vegetación, tuve
que esforzarme por distinguir las sombras de lo sólido. La única certeza que
tenía era aquel rosal, con sus flores captando suficiente luz a través de las
zarzas para brillar como piezas de joyería. Pero entonces empecé a entender
poco a poco lo que estaba viendo. Atravesada, había una larga línea horizontal
de madera negra podrida, con un poste que hacía de soporte y el espacio oscuro
de la entrada. Estaba viendo el armazón, cubierto de maleza, de una cabaña. Me
acerqué lentamente, caminando de puntillas. Era un lugar muy silencioso, y me
inspiró un sentimiento de reverencia, como el que sentía en salón de mi abuela
en Stratton, con aquellos muebles antiguos y pesados y las cortinas siempre
corridas. Eran dos lugares totalmente distintos: uno, una cabaña abandonada y
cubierta de maleza; el otro, una sobria casa antigua de arenisca. Pero los dos
daban la impresión de haber dejado de estar vivos hacía mucho tiempo. A mi
abuela no le habría hecho ninguna gracia que la compararan con un asesino, pero
tanto ella como el hombre que vivía allí se habían apartado del mundo, habían
creado su propia isla. Era como si hubieran cruzado al más allá, a pesar de
seguir en la Tierra.
En la puerta de la cabaña, tuve que apartar un montón de
enredaderas y ramas de zarza. No estaba muy segura de querer entrar allí. Era
un poco como entrar en una tumba. ¿Y si el Ermitaño seguía allí? ¿Y si su
cadáver estaba tirado en el suelo? ¿O si su espíritu seguía esperando para alimentarse del
primer ser humano que atravesara aquella puerta? Había una atmósfera
inquietante en aquella cabaña, en todo el lugar, que no era nada armoniosa ni
agradable. Solo las rosas parecían aportar cierta calidez a aquel claro. Pero
mi curiosidad era muy fuerte: me resultaba impensable haber llegado hasta allí
y no seguir adelante. Me adentré en el oscuro interior y miré a mi alrededor,
intentando definir las formas oscuras que veía, igual que había tenido que
hacer antes para distinguir la cabaña de sus agrestes alrededores. Había una
cama, una mesa y una silla. Poco a poco, los objetos más pequeños y menos evidentes
se volvieron más claros a mi vista. Había un par de estantes en la pared, y a
su lado una tosca vitrina, y un hogar con una tetera aún encima. En el rincón
había una forma oscura que hizo que mi corazón se acelerase por un instante.
Parecía una bestia durmiente o algo así. Avancé unos cuantos pasos y la
inspeccioné. Parecía un baúl metálico, originalmente pintado en negro pero
ahora descascarillado por el óxido. Todo lo demás estaba igual que aquel arcón:
descomponiéndose. El suelo sobre el que me encontraba estaba cubierto de
ramitas y terrones de arcilla de las paredes, y de restos de zarigüeyas y
pájaros. La tetera estaba oxidada, el estante inferior torcido, y el techo
plagado de telarañas. Pero hasta las telarañas parecían antiguas y muertas,
colgando como el pelo de la señorita Havisham. Para entonces, mis ojos se
habían adaptado a la tenue luz. Me alivió comprobar que no había nadie en la
cama, aunque sí los restos medio podridos de unas mantas grises. La propia cama
estaba hecha de trozos de madera clavados entre sí, y aun así parecía bastante
robusta. En los estantes solo había algunas ollas viejas. Volví a girarme para
mirar la vitrina y me golpeé la cabeza con una fresquera que estaba colgada de
una viga. Me di en toda la sien con la esquina. —Joder —dije, frotándome con
fuerza. Eso sí que había dolido. Me arrodillé para mirar en el baúl. No parecía
que hubiera en la cabaña nada más interesante de lo que ya había visto. Solo el
interior del baúl permanecía oculto. Intenté levantar la tapa. Se resistía,
atascada por la suciedad y el óxido, y tuve que tirar de ella y sacudirla para
que se abriera unos centímetros. El metal rozaba contra el metal mientras
forzaba la tapa, que se dobló tanto que nunca volvería a cerrarse limpiamente.
Mi primera reacción al mirar dentro fue de decepción. Había
pocas cosas allí, un triste montoncito de objetos en el fondo del baúl. Casi
todo eran recortes de papel. Saqué todo fuera y lo llevé al exterior para examinarlo
con mejor luz. Había un cinturón de cuero trenzado, un cuchillo roto, un
tenedor y varias piezas de ajedrez: dos peones y un caballo roto. Los recortes
eran principalmente de periódicos viejos, aunque también había hojas de papel
de carta y medio libro de tapa dura titulado El corazón de las tinieblas,
de Joseph Conrad. Un gran escarabajo negro salió al abrir el libro, que cayó
abierto por una bonita ilustración en color de una embarcación penetrando en la
selva. En realidad eran dos libros en uno: había una segunda historia, titulada
Juventud. Los demás papeles estaban demasiado sucios y gastados para
tener algún interés. Parecía que la vida del Ermitaño iba a seguir siendo un
secreto, incluso ahora, tantos años después de su desaparición. Seguí husmeando
durante otros diez minutos o así, dentro y fuera, sin encontrar gran cosa.
Había otros intentos de cultivar flores: además de las rosas, había un manzano,
unas margaritas blancas de un dulce aroma y un gran macizo de menta. Intenté
imaginar a un asesino plantando y cultivando con esmero aquellas hermosas
plantas; pero no lo conseguí. Supuse que hasta los asesinos tendrían que tener
sus aficiones, y que debían de hacer algo con su tiempo libre. No podían
pasarse toda la vida sentados pensando en sus asesinatos. Al cabo de un rato,
cogí el cinturón y el libro y me metí en el arroyo para volver, encorvada, por
aquel túnel hasta el campamento. Fue un alivio emerger de nuevo a la luz del
sol después de haber estado en aquel sitio lúgubre. Había olvidado el calor que
hacía al sol, pero casi me alegré de sentir su feroz resplandor. En cuanto
aparecí, Homer se acercó dando zancadas. —¿Dónde has estado? —me preguntó—.
Estábamos preocupados. Estaba bastante enfadado. Parecía mi padre. Daba la
sensación de que había estado fuera más tiempo del que yo pensaba. —He tenido
un encuentro bastante íntimo con el Ermitaño del Infierno —contesté—. Pronto
dirigiré una visita guiada; bueno, eso en cuanto haya encontrado las galletas
de coco. Me muero de hambre.
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