Eran las 3.05. Tenía escalofríos; no temblores, sino
escalofríos. Aunque cada vez me costaba más diferenciar lo uno de lo otro. De
igual modo se me hacía difícil decir cuando terminaba un escalofrió y empezaba
el siguiente. Frío, miedo, agitación. Todas esas emociones contribuían
enormemente a ese estado. Pero la que me dominaba era el miedo. Aquello me hizo
pensar en algo, una cita de algún sitio. Sí, de la Biblia: «y la mayor de ellas
es el amor». Mi miedo nacía del amor. Del amor hacia mis amigos. No quería
fallarles. Si lo hacía, morirían. Miré de nuevo el reloj. Las 3.08. Habíamos
sincronizado nuestros relojes como en las películas. Apreté un poco más la
correa a la altura de la barbilla. Debía de tener una pinta estúpida, pero las
únicas cosas de utilidad que encontramos en el depósito municipal, sin contar
las llaves de contacto, fueron aquellos cascos. Me puse uno y arrojé seis más
al interior de la cabina. Dudo que detuvieran una bala, pero tal vez marcaran
la diferencia entre la muerte y el daño cerebral permanente. El escalofrío se
transformó en temblor. Eran las 3.10. Giré la llave de contacto. El camión
rugió y dio sacudidas. Di marcha atrás con sumo cuidado e intenté borrar de mi
imaginación la imagen de los soldados aguardando detrás de cada árbol, detrás
de cada vehículo. «Nunca retrocedas una pulgada más de lo necesario.» Era la
voz de mi padre. Aquella máxima también la aplicaba cuando debía ir hacia
delante. Y no me refiero solo a conducir. Sonreí, pisé el embrague de nuevo y
metí la segunda. Solté el embrague demasiado deprisa y se me caló. De repente,
el frío y la soledad se vieron remplazados por la asfixia y el sudor. Aquel era
uno de los puntos débiles de nuestro plan: no tenía tiempo para acostumbrarme
al vehículo, para practicar un poco.
En cuanto salí por
la puerta y me adentré en Sherlock Road, encendí las luces. Aquel fue otro de
los detalles que suscitaron más divergencias. Seguía sin dar la razón a Homer y
Robyn, pero en eso habíamos quedado, y así lo hice. Homer había dicho: —Eso los
confundirá. Pensarán que se trata de uno de los suyos. Quizá nos dé unos pocos
segundos. Y yo había rebatido: —Los atraeré. El ruido lo oirán a una manzana o
dos a la redonda, pero la luz la verán a un kilómetro. Estuvimos dándole muchas
vueltas a aquello. Al alcanzar Barker Street, me dispuse a tomar la curva. Era
muy difícil maniobrar aquella gigantesca máquina tan pesada como perezosa.
Empecé a girar unos cien metros antes de llegar a la esquina, pero aun así no
fue suficiente. Tomé demasiado espacio y a punto estuve de chocar contra el
canalón que quedaba en el extremo opuesto de Barker Street. Para cuando
conseguí enderezar el camión y colocarme en el carril derecho, ya estaba
llegando al punto de encuentro con Robyn y Lee. Y allí estaban. Lee, pálido,
apoyado en un poste de teléfono, me miraba como si yo fuese una aparición. ¿O
era él el fantasma? Llevaba un enorme vendaje blanco alrededor de la
pantorrilla, y su pierna descansaba sobre un cubo de basura. Y Robyn, justo a
su lado, no me miraba a mí sino que lanzaba miradas furtivas en todas
direcciones.
Ya había bajado la pala todo lo que pude mientras pasaba
delante de ellos. Intenté bajarla un poco más y frené. Debería haber hecho lo
contrario, frenar primero y bajar la pala después, porque esta rascó el suelo
creando una estela de chispas y arando el asfalto unos veinte metros. Entonces,
el camión se sacudió y se me caló de nuevo. En realidad, no habría sido necesario
bajar la pala más, porque a Lee no le habría costado meterse dentro con un
pequeño salto. Sin embargo, yo quise mostrar mi dominio y destreza. Y ahora,
por pasarme de lista, tenía que arrancar
de nuevo, dar marcha atrás y, mientras Lee avanzaba a dolorosos saltos, subir
un poco la pala y bajarla otra vez. Robyn lo ayudó a subir. No había perdido la
calma en ningún momento. Yo observé por el parabrisas, demasiado absorta en su
silenciosa lucha para mirar a ningún otro lugar. Oí un silbido y supe que algo
iba mal. Alcé la mirada, sobresaltada. Lee acababa de incorporarse en la pala y
estaba tendido. Robyn, que también había oído el silbido, no se molestó en
comprobar de donde venía sino que se deslizó hasta la puerta del acompañante.
Avisté a unos cuantos soldados al final de la calle, señalando y mirándonos.
Algunos ya se apoyaban sobre una rodilla y empuñaban sus fusiles. Puede que los
faros del camión nos hubiesen dado unos segundos más, porque aún no habían
disparado. Aunque ya habíamos trazado una ruta, decidí que ya no tenía que
acatar aquella decisión tomada por unanimidad: las circunstancias habían
cambiado. Levanté la pala y, acto seguido, agarré la palanca de cambios. El
camión chirrió cuando metí la marcha atrás. «No sueltes el embrague demasiado
aprisa», me rogué a mí misma. «Vamos, no te cales», le rogué al camión.
Empezamos a retroceder. —Ponte un casco —grité a Robyn.
Ella se echó a reír, pero se puso el casco. Nos alcanzaron
las primeras balas. Retumbaban en la chapa del camión con tal fuerza que tuve
la impresión de que un gigante armado con una maza nos estaba atacando. Algunas
rebotaban antes de perderse en la oscuridad, cual violentos mosquitos ciegos.
Recé para que esas balas perdidas no alcanzaran a ningún inocente. El parabrisas
se desplomó en una cascada de cristales. «Nunca retrocedas una pulgada más de
lo necesario.» Por si no te has dado cuenta, papá, hemos adoptado el sistema
métrico. Las pulgadas desaparecieron con los barcos de vapor y la televisión en
blanco y negro. De todos modos, a veces tienes que retroceder para seguir
avanzando. Si quieres llegar a algún lado. El camión, sin embargo, reculaba con
demasiada rapidez. Yo quería tomar la curva en marcha atrás porque no tenía
tiempo para parar, cambiar la marcha y tomarla en el debido sentido. Empecé a
girar el volante a toda velocidad, esperando que Lee se agarrara con todas sus
fuerzas. Al menos, mi desastroso modo de conducir aquella máquina se lo estaba
poniendo difícil a los soldados: éramos un blanco errático. Chocamos contra
algo e instintivamente me hundí en el asiento cuando algo cayó sobre el techo
del camión. Era un árbol. Di un volantazo y las ruedas del lado izquierdo
se levantaron del suelo. Robyn perdió los nervios y soltó un grito. —Lo siento
—se disculpó entonces. No podía creer que hubiese encontrado el momento para
decir eso. Afortunadamente, la máquina no se volcó si no que acabó aterrizando
sobre sus ruedas, y nosotros pudimos seguir nuestro camino, arrasando con todas
las vallas y los arbustos que se nos ponían por delante. Utilizaba
principalmente los retrovisores laterales; el volquete me entorpecía la vista
desde la ventanilla trasera y el espejo retrovisor. Una bala más nos alcanzó;
pasó tan cerca de mí que noté su soplo al surcar el aire antes que destrozara
la ventanilla lateral. Dando bandazos, volvimos a incorporarnos a la carretera
y quedamos fuera del alcance de la patrulla. Por el retrovisor izquierdo vi de
refilón un pequeño vehículo que llevaba las largas puestas. Era un jeep, creo. Era
imposible esquivarlo, y no lo hicimos. Chocamos violentamente contra él y
pasamos por encima. Tanto Robyn como yo nos golpeamos la cabeza con el techo.
Al menos, el uso del casco quedo justificado. Sonreí con malicia ante la
ocurrencia. Arrollar el jeep fue como subir un montículo a todas velocidad. Di
un brusco volantazo y el camión dio un giro de ciento ochenta grados. Al menos,
ahora íbamos en la dirección correcta. Delante de nosotros, quedaba el coche
que acabábamos de golpear. Avisté algunos cuerpos en su interior. Lo que
quedaba del vehículo parecía haber sido aplastado por una gigantesca roca. Dos
o tres soldados se apartaban arrastrándose por el suelo como cochinillas. Pisé
el acelerador y cargamos hacia adelante. Logramos sortear el jeep que, de paso,
recibió un golpe, primero con la pala y después con la esquina izquierda de la
cabina. Sentí pena por Lee: había olvidado levantar la pala. Bajamos a toda
velocidad por Sherlock Road. No se veía nada. Intenté poner las largas, pero no
sucedió nada: al parecer, solo disponíamos de las luces del estacionamiento.
Entonces, Robyn dijo: —Tienes sangre por toda la cara. Me di cuenta de que
aquello también explicaba por qué no podía ver bien. Hasta entonces había
pensado que era sudor.
—Ponte el cinturón
de seguridad —dije. Ella se echó a reír de nuevo, pero hizo lo que le pedía.
—¿Crees que Lee estará bien? —Rezo por ello. En ese preciso momento, llegó la
imagen más reconfortante que jamás habría esperado ver. Una delgada mano
apareció por encima de la pala, hizo el signo de la victoria o de la paz —con
aquella luz no llegué a verlo bien—, antes de desaparecer de nuevo. En esa
ocasión, las dos nos echamos a reír. —¿Estás bien? —preguntó Robyn preocupada—.
¿Tu cara? —Creo que sí, estoy bien. Ni siquiera sé de dónde viene la sangre. No
me duele, pero sí pica. El viento arremetía contra nuestros rostros conforme yo
aceleraba. Pasamos otra manzana, la que quedaba después del instituto, antes de
que Robyn mirara por su ventanilla y anunciara: —Ahí vienen. Yo miré por el
retrovisor lateral y vi los focos. Al parecer, había dos vehículos. —¿Cuánto
nos queda? —Unos dos kilómetros. Quizá tres. —Empieza a rezar otra vez. —¿Acaso
crees que he parado en algún momento?
Tenía el acelerador
pisado tan a fondo, que el pie me dolía. Pero los soldados se cercaban tan
deprisa que tuve la sensación de que estábamos parados. Al alcanzar el cruce
siguiente, solo iban cincuenta metros por detrás de nosotros. —Están disparando
—dijo Robyn—. Puedo ver los destellos. Nos saltamos una señal de stop a
noventa y cinco por hora. Uno de los coches quedaba ahora pegado detrás del
camión; sus focos se reflejaban en el retrovisor lateral. De repente, el espejo
voló. Y aunque no le quité la vista de encima, no lo vi desaparecer. Pero era
evidente que ya no estaba. No fue la señal de stop la que me dio la
idea; ya había pensado en esa táctica. Pero cuanto la vi asomar, supe que era
un buen presagio. Decidí seguir su consejo. Solo esperaba que Lee saliera ileso
de aquello. —¡Sujétate con todas tus fuerzas! —grité a Robyn. Entonces, pisé a
fondo el freno. Utilicé tanto el freno de pie como el freno de mano. El camión
patinó, se desvió hacia un lado y a punto estuvo de volcar. Aún seguía
patinando cuando oí el satisfactorio sonido del coche que nos daba caza
embistiéndose contra la parte posterior derecha del camión. Vi como se lo
tragaba la oscuridad mientras salía despedido descontroladamente. Luego dio
unas cuantas vueltas de campana. El camión se detuvo sin dejar de balancearse
con violencia. El motor se me caló de nuevo y, durante un minuto, fuimos el
blanco perfecto. Apremiada, giré la llave de contacto con tanta fuerza que el
metal se dobló. El segundo coche estaba frenando y casi se había detenido a
unos cien metros de distancia. Arranqué. Empujé la palanca de cambio. Más
destellos emergieron del vehículo de nuestros perseguidores y, de súbito, oí
los impactos debajo de mí. Nos incorporamos de nuevo a la carretera y pisé el
acelerador, pero el camión parecía bambolearse, avanzando lentamente y a
trompicones. —¿Qué ocurre? —preguntó Robyn. Se la veía asustada, cosa rara en
ella.
—Han disparado a las ruedas.
El retrovisor de
Robyn seguía intacto, de modo que eché una ojeada. El segundo coche se había
puesto en marcha de nuevo y se acercaba rápido. Robyn miraba por la ventanilla
trasera. —¿Qué hay ahí detrás? —No lo sé. No he mirado. —Pues hay algo. ¿Cómo
se acciona el volquete? —Con esa palanca azul, creo. Robyn la agarró y tiró de
ella. El segundo coche intentaba adelantarnos. Yo no dejaba de virar para
impedírselo, un proceso que me facilitaban las ruedas pinchadas. De repente,
algo empezó a verterse desde la parte trasera emitiendo un ruido tenue. Sigo
sin saber de qué se trataba, gravilla, lodo o algo así. Por el retrovisor de
Robyn, vi que el coche frenaba de forma tan brusca que casi se levantó de
morro. Un minuto más tarde, llegábamos a Three Pigs Lane.
Di un giro para dejar el camión perpendicular a la carretera,
y poder así cortar el paso, tal y como lo habíamos acordado. Por un momento, no
pude ver a Homer por ningún lado. Tuve náuseas. Lo único que quería era caer de
rodillas al suelo y vomitar. Robyn, sin embargo, mostró una inquebrantable fe.
Salió de la cabina y echó a correr hacia la pala y ayudó a Lee a ponerse en
pie. Entonces, vi a Homer, que retrocedía a una velocidad temeraria, sin luces,
hacia nosotros. Me bajé de un salto y eché a correr hacia él mientras daba un
aparatoso frenazo en la cuneta, a escasos metros delante de mí. Todo el mundo
parecía ir marcha atrás aquella noche, y con poca pericia, además. Oí una nueva
detonación, y otra bala pasó silbando a mi lado y se perdió en la noche. Homer
se apeó del vehículo. Era un coche familiar BMW, y enseguida abrió la puerta
trasera y ayudó a Lee a subir. Robyn corrió hacia la puerta del acompañante, la
abrió e hizo lo propio con la puerta trasera para ahorrar tiempo a Homer. Una
bala impactó en el coche, perforando esa misma puerta. Por lo visto, era un
solo tirador, que disparaba con una pistola. Era muy posible que hubiera una
única persona en el segundo coche. Homer había dejado abierta la puerta del
conductor y el motor encendido. Subí al coche a toda prisa desde la cuneta.
Eché un vistazo a mí alrededor, Lee estaba dentro, Robyn también y Homer subiendo. Por los
pelos. Como venía de conducir el camión, accioné el embrague y la palanca con
demasiada brusquedad. Salimos a trompicones de la cuneta. Se oyó un grito de
dolor desde la parte trasera del BMW. Pisé el embrague y lo intenté de nuevo,
esta vez con más suavidad. Entonces, una bala destrozó la ventanilla lateral y
el parabrisas. Había pasado rozándome. Habíamos tenido suerte, porque cuando
alguien dispara a un blanco en movimiento en la oscuridad, la balanza suele
inclinarse a favor del blanco. Aprendí esa lección yendo de caza. A veces,
disparaba a una liebre o a un conejo que los perros iban persiguiendo. En
realidad, solo conseguía malgastar munición y poner la vida de los perros en
peligro, aunque era divertido. Solo acerté una vez, y fue de chiripa. Tenía que
reconocer que esos tipos lo estaban haciendo muy bien. No debíamos
subestimarlos. Puede que algunos no hubiesen recibido el adiestramiento
adecuado, como había mencionado el señor Clement, pero, aun así, nos habían
hecho pasar un muy mal rato. El BMW parecía surcar el aire. Íbamos por un
camino de tierra, pero más recto y liso que la mayoría. —Bonito coche —dije a
Homer, lanzándole una mirada por el espejo retrovisor. Él me respondió con una
sonrisa maliciosa. —Ya puestos, elegí uno bueno. —¿De quién es? —Ni idea.
Estaba en una de esas mansiones construidas junto al campo de golf. Robyn, que
se sentaba a mi lado, se volvió hacia la parte trasera del coche. —¿Estás bien,
Lee?
Hubo un momento de
silencio que rompió la débil voz de Lee. Tuve la sensación de no haberla oído
desde hacía años. —Mejor de lo que estaba en ese condenado camión. Estallamos
en sonoras carcajadas, liberando la tensión acumulada. Robyn me miró, me quitó
el casco y empezó a inspeccionar mi frente conforme yo conducía. —No —dije—. Me
distraes. —Pero tienes sangre por toda la cara, hasta en los hombros. —No creo
que sea grave. —Era cierto; no sentía nada—. Un trocito de cristal clavado,
seguramente. Las heridas en la cabeza suelen sangrar bastante. Estábamos
acercándonos a Meldon Marsh Road. Aminoré la marcha, apagué las luces y me
incliné hacia delante para concentrarme. Conducir de noche sin luces es muy difícil
y peligroso, pero supuse que habíamos perdido el factor sorpresa del que
disfrutábamos con el camión. Esa gente debía de llevar radios encima. En
adelante, no nos quedaba otra que apostar por el sigilo. Ir directamente a mi
casa nos habría llevado unos cuarenta o cincuenta minutos. Nos quedaban un par
de horas de oscuridad, y cuando tramamos aquel plan, en casa de Robyn,
acordamos dejar ese margen para aprovecharlo. Teníamos que decidir cuál era el
mal menor: ir directos a casa, y en ese caso los soldados no tardarían en dar
con nosotros; o deambular por la carretera y exponernos al riesgo de cruzarnos
con patrullas enemigas. Podríamos habernos escondido en algún lugar y no
dirigirnos hacia mi casa hasta la noche siguiente, pero supusimos que conforme
pasaran los días, el control que aquella gente tendría sobre el distrito sería
mayor. Y después del duro golpe que acabábamos de asestarles; cabía la
posibilidad de que acudieran con refuerzos a la noche siguiente. Además, todos nos
moríamos por reencontrarnos con Fi, Corrie y Kevin, y regresar a nuestro
santuario, al Infierno. No podíamos soportar la idea de pasar otro día más
lejos de allí. Queríamos llegar lo antes posible. En aquel momento, tuvimos que
recurrir a todo nuestro autocontrol para no tomar la ruta más corta. Mientras
aguardaba en Three Pigs Lane nuestra llegada, aparcado en la sombra, Homer
había tenido tiempo de esbozar un itinerario. De modo que, siguiendo las marcas
que había trazado en el mapa, comenzó a dar instrucciones. —Por aquí pasaremos
por casa de Chris Lang —dijo mientras yo conducía tan aprisa como me atrevía
por Meldon Marsh Road—. Una vez allí, cambiaremos de coche. Si las llaves no
están puestas, sé dónde encontrarlas. —¿Por qué cambiar de coche? —preguntó Lee
con tono cansado desde la parte trasera. Seguramente temía otro doloroso
traslado. —El plan es subir en coche al Infierno en un todoterreno y
escondernos allí durante una temporada —le explicó Homer—. En casa de Ellie
encontraremos el Land Rover cargado y listo para partir. Eso significa que
tendremos que dejar atrás cualquier coche que hayamos utilizado para llegar
hasta allí. Imaginaos, si una patrulla llega un día o dos después a casa de
Ellie y encuentra el BMV acribillado que han estado buscando por todo el distrito...
Bueno, puede que tomen represalias contra los padres de Ellie. Nadie dijo una
palabra hasta que Lee intervino. —Los padres de Chris tienen un Mercedes. —Sí,
también se me ha pasado por la cabeza —admitió Homer—. Y están en el
extranjero, así que probablemente el Mercedes esté en el garaje, no en el
recinto ferial. Y no creo que Chris se haya sacado el carné de conducir
todavía. Que vayamos a librar una guerra no significa que no podamos hacerlo
con estilo. La siguiente a la izquierda, Ellie.
Llegamos a casa de
Chris al cabo de diez minutos. Fuimos directamente al garaje y a los
cobertizos, que quedaban a unos cien metros más allá. Empezábamos a notar el
cansancio. No se trataba solo de agotamiento físico sino también emocional,
dada la intensidad de las últimas horas. Salimos del coche con los músculos
entumecidos. Los otros fueron a buscar el Mercedes mientras yo me quedaba en la
parte trasera del BMV hablando con Lee. Me impactó ver lo pálido que estaba; su
pelo era más oscuro y sus ojos más grandes que nunca. Olía incluso peor que
nosotros, y una mancha oscura había aparecido en su vendaje. —Estás sangrando
—dije. —Un poco. Puede que se hayan soltado un par de puntos. —Tienes una pinta
horrible. —Y huelo fatal. No te recomiendo quedarte tirada durante veinticuatro
horas sin parar de sudar. —Enmudeció durante un momento. Entonces, algo
cohibido, añadió—: Escúchame, Ellie; gracias por sacarme de ahí. Cada minuto de
esas veinticuatro horas no dejé de oír las pisadas de los soldados, creyendo
que venían por mí. —Siento el brutal paseo que te he dado en el camión. —Aún no
me lo creo —sonrió él—. Cuando pisaste a fondo los frenos, ya hacia el final,
salí disparado. No sé cómo, pero di una especie de voltereta y volví a
aterrizar en la pala. Creo que fue entonces cuando se me soltaron los puntos.
—Vaya, lo siento. Teníamos que deshacernos del coche que venía detrás. —Me
enjugué la cara—. Dios, no puedo creer todo lo ocurrido. —Un par de balas
impactaron contra la pala. No la atravesaron, ¡pero hicieron un ruido! Pensé
que estaba muerto. Pero no creo que supieran que estaba ahí dentro. Si no,
habrían vaciado sus cargadores contra la pala.
Homer salió del garaje al volante de un enorme Mercedes de
color verde oliva. Lee se echó a reír¡.
—Homer no cambiará
nunca. —Pues sí que ha cambiado. —¿Tú crees? Me gustaría ver ese cambio. Es un
chaval muy inteligente. Escucha, Ellie, tenemos un problema. Si dejamos el BMV
aquí, y una patrulla lo encuentra, acabarán relacionándonos con la familia de
Chris. Puede que quemen la casa, o incluso que la paguen con él, si es que lo
tienen como prisionero. —Tienes razón. Me volví hacia los otros, que estaban
apeándose del Mercedes. Les comuniqué lo que Lee acababa de decir. Homer
escuchó, asintió y señaló la presa. —¿Podemos hacer eso? —pregunté—. Es un
bonito BMV, flamante si no fuera por un par de balazos. Parecía que sí, que
podíamos. Desplacé el coche hasta arriba, lo puse en punto muerto, salí y le di
un buen empujón. Era un coche ligero y se movió con facilidad. Se deslizó
cuesta abajo, trazando una línea casi perfecta hasta el agua. Flotó a lo largo
de unos cuantos metros y, poco a poco, empezó a hundirse. Entonces, dejó de
flotar, se volcó hacia un lado y se fue sumergiendo. Desapareció entre un
repentino gorgoteo y un montón de burbujas. Robyn, Homer y yo soltamos un
discreto grito de alegría. Y fue ese pequeño sonido lo que sacó a Chris de su
escondite. Tenía una pinta extraña; iba en pijama. Se quedó inmóvil, frotándose
los ojos y sin apartar la vista de nosotros. Es probable que a él también le
resultara extraño el panorama: una pandilla de espantapájaros que le devolvían
atónitos la mirada. Había emergido de la antigua pocilga, que ya no era más que
una hilera de viejos cobertizos tan abandonados y decrépitos que resultaba un
escondite perfecto.
El tiempo se nos echaba encima. Tuvimos que tomar alguna que
otra decisión expeditiva. A Chris no le llevó mucho tiempo decantarse por venir con nosotros.
Durante una semana, no había tenido contacto con nadie. Se había limitado a
observar, primero desde un árbol y después desde la pocilga, un vaivén de
patrullas que se acercaban a la propiedad de sus padres. Un primer grupo se
llevó todas las joyas y el dinero en efectivo; Chris había enterrado algunos
objetos de valor después de eso. Había pasado el resto de la semana escondido y
solo salía para controlar el ganado o para coger algunas cosas de casa. Su
historia, contada desde la parte trasera de su Mercedes mientras viajábamos por
carreteras secundarias, nos hizo darnos cuenta de la suerte que habíamos tenido
al no toparnos con ninguna patrulla. Su propiedad quedaba más cerca del pueblo
que las nuestras, también era mucho más grande y llamativa, de modo que recibía
visitas diarias de los soldados. —Se los ve nerviosos —comentó—. No se hacen
los héroes. Siempre van en grupo. Durante los primeros días, estaban muy
inseguros, aunque ahora han ganado en confianza. —¿Cómo empezó todo?
—pregunté—. Quiero decir, ¿cuándo te diste cuenta de que algo raro estaba
pasando? Chris era de un temperamento bastante reservado, pero había pasado
tanto tiempo solo que se convirtió en el alma de la fiesta. —Bueno, ocurrió al
día siguiente después de que mis padres se marcharan de viaje. ¿Os acordáis?
Por esa misma razón no pude ir de excursión con vosotros. Murray, nuestro
jornalero, iba con su familia a la feria y se ofreció a llevarme, pero yo
pasaba de ir. Dudaba que me divirtiese sin vosotros, chicos. Y de todos modos,
no me va mucho ese rollo.
Chris era un chico de constitución delgada con una mirada
intensa y un montón de tics, como el de toser en mitad de cada frase. Ni el Día
de la Conmemoración ni las competiciones de tala de árboles eran lo suyo. Le
iban más los Grateful Dead, el Bosco y la informática. También era conocido por
escribir poesía y consumir más sustancias ilegales de las que se pueden
encontrar en cualquier laboratorio de policía. Su lema era: «Si se puede
cultivar, fúmatelo». El noventa por ciento del instituto pensaba que era un
tipo raro, el otro diez por ciento que era una leyenda. Pero, por unanimidad,
lo consideraban un genio. —En fin, el caso es que Murray no regresó aquella
noche, pero yo no me di cuenta, porque su casa queda algo alejada de la
nuestra. En realidad, no hubo nada que llamara mi atención. Los aviones de
guerra desfilaban a toda velocidad, pero supuse que era por el Día de la
Conmemoración. Entonces, alrededor de las nueve, se fue la corriente. Sucede
tan a menudo que no me extraño, solo esperé a que regresase. Pero una hora más
tarde seguía sin haber luz, así que pensé que era mejor llamar y comprobar qué
estaba pasando. Fue entonces cuando me di cuenta de que no había línea, lo que
sí me extrañó. Puede ocurrir que se corte una cosa u otra, pero jamás las dos a
la vez. Total, que fui a casa de Murray pero no había nadie. Supuse que debían
de haber salido a tomar algo, y regresé a mi casa. Me acosté, no sin antes
encender una vela, como podréis imaginar —dijo, haciendo ademán de dar una
calada—. Cuando me desperté por la mañana, vi que la cosa seguía igual. Pensé
que debía de ocurrir algo grave, así que fui a casa de Murray pero seguía sin
haber nadie. Salí a la carretera y me encaminé hacia casa de los Ramsay,
nuestros vecinos, pero cuando llegué estaba vacía, por lo que seguí caminando.
Tampoco encontré nadie en casa de los Arthur. Me di cuenta de que no había
tráfico. A ver si soy la única persona que queda en el planeta, me dije. Al
doblar una esquina, encontré un coche destrozado con tres cadáveres dentro. Se
había estrellado contra un árbol, pero no era la causa de las muertes: estaban
acribillados a balazos. Ya imaginaréis que me rayé y eché a correr hacia el
pueblo. En la siguiente esquina, me topé con otra tragedia: habían volado la
casa del tío Al. Ya no quedaba más que una pila de escombros humeantes. Vi que
un par de vehículos se aproximaban, y en lugar de ponerme en medio de la
carretera y darles el alto, cosa que habría hecho de haberlos visto un poco
antes, me escondí y observé. Eran camiones militares llenos de soldados, y no
eran de los nuestros. De ahí que pensé: o me he fumado algo demasiado fuerte, o
las cosas han cambiado mucho en Wirrawee. Desde entonces no me han dejado de
pasar cosas raras, como despertar en mitad de la noche y encontrar un BMW
flotando en la presa, sin ir más lejos.
Chris nos mantuvo entretenidos durante al menos media hora
entre que terminaba su relato y nosotros le contábamos el nuestro. Lo más
importante de todo es que nos mantuvo despiertos. Bueno, en realidad Homer y
Robyn se habían quedado profundamente dormidos mucho antes de que llegásemos a
mi casa. Chris, Lee y yo éramos los únicos que seguíamos
despiertos. No sé cómo lo llevaron los demás, pero a mí me costó horrores
mantener los ojos abiertos. Recurrí a cosas como empaparme los párpados con
saliva, que puede parecer una guarrada, pero algo ayuda. Me vi embargada por
una gran sensación de alivio cuando vi los primeros y tenues rayos de la mañana
despuntando desde el este y reflejándose en el tejado de hierro galvanizado de
mi casa. Solo entonces me di cuenta de que había estado conduciendo el coche
más elegante que podría llegar a tener. Y no había reparado en ello ni una sola
vez. Eso sí que fue una oportunidad echada a perder. Estaba bastante mosqueada
conmigo misma.
Mientras estuvimos fuera, había venido poca gente. Habían
venido a saquear, y, como en casa de Chris, se llevaron joyas y algunas cosas
más: mi reloj, algunos marcos de plata, mi navaja suiza. No hicieron demasiado
destrozo. Aunque me dio mucha rabia, estaba demasiado cansada para sentirla en
todo su impacto. Corrie, Kevin y Fi también habían estado allí. Todas las cosas
de la lista estaban borradas, y habían dejado un mensaje en la pizarra de la
nevera: «Hemos ido a donde van los malos. ¡Nos vemos allí!». Yo me reí, y luego
lo froté hasta que se borró del todo. Ya estaba empezando a preocuparme en
serio por nuestra seguridad. Homer y Robyn le habían quitado el vendaje a Lee y
estaban examinando su herida, Robyn con su recién descubierta fascinación por
la sangre. Yo me asomé por encima de su hombro. Nunca antes había visto una
herida de bala en una persona. Aun así, no tenía tan mala pinta. El señor
Clement había hecho un buen trabajo para ser un dentista. Solo había unos
cuantos puntos, pero la piel de alrededor estaba toda amoratada, con un montón
de colores interesantes, azules, negros y violáceos. Un poco de sangre fresca
se había filtrado desde el fondo de la hilera de puntos, sin duda era la sangre
que yo había visto en la venda. —Parece que está hinchada —dije. —Tendrías que
haberla visto ayer —contestó Lee—. Ahora está mucho mejor. —Eso es por el
masaje que te di ayer en la pala del camión. —¿Qué se siente cuando te
disparan? —preguntó Chris. Lee ladeó la cabeza y se quedó pensativo por un
instante.
—Es como si te
atravesaran la pierna con un trozo muy grande de alambre de espino al rojo
vivo. Pero no me di cuenta de que era una bala. Pensé que algo de la tienda se
había caído y me había golpeado. —¿Te dolió? —pregunté yo. —Al principio no.
Pero luego no podía apoyarla. Entonces Robyn me cogió. No empezó a dolerme
hasta que estuvimos dentro del restaurante y me tumbé. Entonces sentí como si
me estuvieran quemando. Me dolía un montón. Homer había desinfectado toda la
zona de la herida y estaba empezando a colocar de nuevo la venda. Cuando Robyn
examinó mi cabeza, encontró un profundo corte por encima del nacimiento del
pelo y me lo curó. Parecían las únicas heridas que teníamos. Cuando terminó,
fui a buscar el Land Rover, y lo encontré con todo dentro muy bien organizado y
escondido donde habíamos acordado, a unos quinientos metros de la casa, en el
viejo huerto donde mis abuelos habían construido su primera casa en aquellas
tierras. Teníamos todo el día por delante antes de subir a las montañas para
encontrarnos con los demás. Dormir era la prioridad de todos, salvo de Chris,
que había dormido mucho en comparación con nosotros. Le tocó el primer turno de
vigilancia. Y el segundo y el tercero y el cuarto. Era demasiado peligroso
dormir en la casa, así que cogimos las mantas y nos instalamos en el pajar más
viejo y alejado que encontramos. Yo puse a todos de los nervios al salir para
coger las armas del Land Rover, pero es que no podía dejar de pensar en lo que
había pasado en casa de Corrie y en lo que había dicho Homer de que teníamos
que aprender de aquello; teníamos que aprender nuevas formas de sobrevivir. Y
luego dormimos y dormimos y dormimos. Dicen que los adolescentes son capaces de
pasarse el día durmiendo. A mí siempre me habían alucinado los perros, lo
felices que parecen durmiendo veinte horas al día. Pero también los envidiaba.
Es el tipo de vida que siempre me habría gustado llevar a mí.
Nosotros no llegamos a dormir veinte horas, pero no porque no
lo intentáramos. Yo me desperté un par de veces a lo largo de la noche, me di
la vuelta, miré a Lee, que parecía inquieto, luego a Robyn, que estaba a mi
lado durmiendo como un bebé, y luego volví a sumergirme en un profundo sueño.
Por una vez en la vida, pude recordar mis sueños con todo detalle. No soñé con
disparos, ni con vehículos chocando, ni con gente gritando y muriendo, aunque
desde entonces he soñado bastante con esas cosas. Aquella mañana soñé que papá
hacía una barbacoa para un montón de
invitados, en casa. Yo no podía ver lo que estaba cocinando, pero estaba muy
afanado con su enorme tenedor, ensartando unas salchichas o algo así. Parecía
que todo el pueblo estaba allí, paseándose por la casa y por el jardín. Yo
saludé al padre Cronin, que estaba de pie junto a la barbacoa, pero él no me
contestó. Entré en la cocina, pero había demasiada gente. Luego apareció
Corrie, pidiéndome que fuera a jugar con ella, y habría estado bien si no fuera
porque ella tenía ocho años. La seguí y bajé hasta el río, y me subí en un
barco. Resultó que allí estaba casi todo el pueblo, y que mamá y papá dirigían
el barco, y en cuanto Corrie y yo nos subimos, soltaron amarras y zarpamos. No
sé adónde íbamos, pero hacía calor, todos estaban sudando, la gente se quitaba
la ropa. Miré hacia la orilla y allí estaba el padre Cronin, saludándonos con
la mano —¿o quizás estaba sacudiendo el puño en el aire porque nos estábamos
desnudando todos—. Y no sé si nos estábamos desnudando porque hacía calor o por
otra razón. Corrie estaba allí, quieta, pero ya no teníamos ocho años, y luego
ella tenía que ir a algún sitio, con alguien, y entonces apareció Lee en su
lugar. Él también se estaba desnudando, muy serio, como si fuera un ritual
sagrado o algo así. Los dos nos tumbamos juntos todavía muy serios, y empezamos
a tocarnos, suavemente y con ternura. En eso estábamos cuando me desperté
sudando y me di cuenta de que estaba a pleno sol. El día se estaba volviendo
cada vez más caluroso. Me volví y miré a los demás, al primero que vi fue a
Lee, que me estaban mirando con ojos oscuros. Yo estaba tan cortada después de
aquel sueño que me puse roja y empecé a hablar atropelladamente. —Vaya, la
temperatura ha subido casi diez grados —dije—. Me estoy asando. Tendré que
moverme. Debo de haber estado durmiendo más tiempo del que pensaba. Cogí mi
manta y me cambié al otro lado de Lee, pero aproximadamente a la misma
distancia de él. Seguía hablando atropelladamente. —¿Necesitas algo? ¿Te traigo
algo? ¿Has descansado? ¿Te duele mucho la pierna? —Estoy bien —contestó él. Me
calmé un poco después de haberme apartado del sol. Desde mi nueva posición pude
ver al otro lado del prado, la maleza y las montañas.
—Es bonito, ¿verdad? —comenté—. Toda la vida viviendo aquí y
a veces ni me doy cuenta de lo bonito que es. Todavía no me puedo creer que podamos estar a
punto de perderlo. Pero eso me ha hecho fijarme ahora en todo. En cada árbol,
cada roca, cada pajar, cada oveja. Quiero llevarme una foto en mi mente, por si
acaso… bueno, por si acaso. —Sí, es bonito —dijo Lee—. Tú tienes suerte. El
restaurante no tiene nada de bonito. Y aun así, siento lo mismo que tú por tus
tierras. Creo que es porque hemos levantado todo nosotros mismos. Si alguien
rompe una ventana, está rompiendo el cristal que mi padre cortó, el mismo
cristal que yo he limpiado cientos de veces, y si rajan las cortinas, están rajando
las cortinas que hizo mi madre. Te acabas encariñando con un sitio, y acaba
siendo especial para ti. Supongo que adquiere cierta belleza. Me arrastré un
poco más hacia él. —¿No te sentiste fatal al encontrarlo todo destrozado?
—Había tantas cosas por las que sentirse fatal que no sabía por dónde empezar.
Creo que ni siquiera lo he asimilado todavía. —Yo tampoco. Cuando vinimos esta
mañana y vi que habían estado aquí… No sé. Me lo había imaginado, pero aun así
me sentía fatal, aunque no lo suficientemente mal. Y luego me sentí culpable
por no sentirme peor. Creo que, como tú has dicho, son demasiadas cosas. Han
pasado demasiadas cosas. —Sí. Fue solo una palabra, pero siempre recordaré cómo
la dijo, como si le importara mucho todo lo que yo había estado diciendo. Me
deslicé un poco más cerca de él, y seguí hablando. —Y cuando pienso en Corrie,
en lo terrible que ha tenido que ser para ella… Mucho peor que para mí. Ha
debido de ser espantoso para todos los que tenéis hermanos pequeños. Me imagino
cómo se sentirán los padres de Chris, en el extranjero, pensando que quizá
nunca puedan volver al país, sin tener ni idea de cómo está su hijo. —Aún no
conocemos el alcance de esto. Podría afectar a muchos países. ¿Te acuerdas de
aquella broma que hicimos sobre la tercera guerra mundial cuando estábamos en
el Infierno? Puede que no estuviéramos tan equivocados. Me rodeó con su brazo y
nos quedamos allí tumbados, mirando las viejas vigas de madera del pajar.
—He soñado contigo —dije.
—¿Cuándo? —Ahora,
aquí, en el pajar. —¿Ah, sí? ¿Y qué has soñado? —Pues… que estábamos haciendo
algo parecido a lo que estamos haciendo ahora. —¿Si? Pues me alegro de que se
haya hecho realidad. —Yo también. Yo también me alegraba, pero estaba confusa
entre mis sentimientos por él y mis sentimientos por Homer. La noche anterior
había estado cogida de la mano de Homer, sintiéndome tan a gusto, con aquella
calidez, y allí estaba ahora, con Lee. Él me dio un beso suave en la nariz,
luego otro un poco menos suave en la boca, y luego me besó varias veces más,
apasionadamente. Yo también lo besaba, pero entonces paré. No estaba dispuesta
a convertirme en la golfa del pueblo, y no me parecía muy buena idea estar con
dos chicos a la vez. Suspiré y me aparté de él. —Voy a ver cómo está Chris
—dije. Chris estaba la mar de bien. Estaba dormido, yo estaba furiosa. Grité,
chillé y luego le di una patada, una patada fuerte. Hasta yo misma me sorprendí
de lo que hice. Incluso ahora, cuando lo pienso, me vuelvo a sorprender de mí
misma. Lo que más me asustaba era pensar que quizá todas aquellas cosas
violentas que había hecho, con el tractor cortacésped y el camión, me habían
convertido en un monstruo horrible en solo un par de noches. Pero, por otra
parte, era imperdonable que Chris se hubiera dormido. Había puesto en peligro
la vida de todos nosotros por ser tan flojo. Recuerdo que cuando estábamos en
el campamento de Outward Bound, hablando en el almuerzo, alguien contó que en
el Ejército el castigo por quedarte dormido cuando estás de guardia es la
muerte. Nos quedamos todos impactados. Pero podíamos entenderlo, y quizás
aquello fuera lo más impactante, que era totalmente lógico. Frío y despiadado,
pero lógico. No esperas que la vida sea así, al menos no tan extrema. Pero, por
un momento, sentí ganas de matar a Chris. Y él tenía cara de miedo cuando se
apartó rodando y se puso de pie. —Dios santo, Ellie, relájate, ¿vale? —murmuró.
—¿Que me relaje? —le grité a la cara—. Eso es lo que estabas
haciendo tú, ¿no? Como sigamos relajándonos, estamos muertos. ¿No te das cuenta de cómo ha
cambiado todo esto, Chris? ¿Es que no lo entiendes? Porque si no lo entiendes,
mejor que cojas un fusil y acabes de una vez con nosotros. Porque eso es lo que
estás haciendo cuando te relajas. Chris se marchó, ruborizado y murmurando para
sí. Yo ocupé su sitio. Tras un minuto o dos, creo que entré en una especie de
estado de choque postergado. Hasta entonces había bloqueado mis reacciones
emocionales porque no había tiempo para esos lujos. Pero dicen que las
emociones reprimidas son emociones postergadas. Y yo llevaba mucho tiempo
postergando emociones, y ahora les había llegado el momento de pasar factura.
No recuerdo lo que pasó durante la mayor parte de la tarde. Mucho después,
Homer me dijo que me pasé horas envuelta en mantas, sentada en un rincón del
pajar, temblando y diciéndole a todo el que se acercaba que tuviera cuidado.
Supongo que atravesé el mismo proceso que Corrie, solo que un poco distinto.
Recuerdo claramente haberme negado a comer, que tenía mucha hambre, pero que no
quería probar bocado porque estaba segura de que me pondría enferma si lo
hacía. Homer me comentó que, en realidad, tragaba como una lima, hasta tal
punto que pensaron que la comida me iba a sentar mal y se negaron a darme más.
Qué raro. Me enfadé mucho cuando no me dejaron conducir el Land Rover, porque
había prometido, solemnemente a mi padre que no le dejaría conducirlo a nadie
más. Pero, de repente, me cansé de discutir, me arrastré hacia la abarrotada
parte trasera junto a Lee y me puse a dormir. Homer condujo el Land Rover hasta
la Costura del Sastre. De haberlo sabido, no habría dejado de discutir tan
repentina y definitivamente. No sé bien cómo aquella noche conseguí llegar
andando hasta el Infierno, meterme en una tienda junto a Corrie, que estaba
como loca de contenta de vernos, y dormir durante tres días, despertándome solo
de vez en cuando para comer, ir al baño y hablar a duras penas con los demás.
Recuerdo haber estado consolando a Chris, que estaba convencido de que él era
el causante de mi crisis nerviosa. No se me ocurrió preguntar cómo Lee había
podido llegar hasta el Infierno, pero cuando fui recuperando la cordura
descubrí que habían hecho una camilla con ramas para trasladarlo. En medio de
la oscuridad y a lo largo de toda la bajada, Robyn y Homer se turnaban en un
extremo de la camilla mientras el delgado Chris llevaba el otro extremo.
Supongo que así se redimió por lo que había hecho.
Durante esos tres días tuve las pesadillas que no había
tenido aquella mañana en el pajar. Había figuras diabólicas huyendo de mí a
gritos, y yo iba pisando
cráneos, que se rompían bajo mis pies. Había cuerpos quemados que extendían sus
manos hacia mí, suplicando clemencia. Yo mataba a todo el mundo, incluso a las
personas que más quería. Manipulé sin cuidado unas bombas de gas y acabé
causando una explosión que voló mi casa, con mis padres dentro. Incendié un
pajar en el que estaban durmiendo mis amigos. Atropellé a mi prima echando
marcha atrás con un coche, y no pude rescatar a mi perro cuando fue arrastrado
por una inundación. Y aunque corría de acá para allá pidiendo auxilio, gritando
a la gente que llamara a una ambulancia, nadie respondía. Parecía no
interesarles. No es que fueran crueles, simplemente estaban ocupados, o no les
importaba. Yo era un demonio de la muerte, y no quedaban ángeles en el mundo,
nadie que pudiera hacerme mejor de lo que era o salvarme del daño que estaba
causando. Y entonces me desperté. Era temprano, muy temprano. Iba a ser un buen
día. Me quedé tumbada en el saco de dormir, mirando el cielo y los árboles.
¿Por qué existirían tan pocas palabras para designar el color verde? Cada hoja
y cada árbol tenían su propio tono de verde. Un ejemplo más de que la
naturaleza seguía yendo por delante de los humanos. De repente algo revoloteó
de una rama a otra en la copa de un árbol: era un pajarillo de color rojo
oscuro y negro con unas alas largas que estaba inspeccionando cada centímetro
de la corteza. Más arriba aún, un par de cacatúas blancas surcaban el aire. Por
los gritos, supe que había una bandada en algún lugar fuera del alcance de mi
vista, y que aquellos dos pájaros se habían quedado rezagados. Me incorporé
para intentar ver el resto de la bandada, pero seguían fuera de mi vista. Así
que salí de la tienda, agarrando el saco junto a mi pecho, como si fuera una
especie de insecto a medio salir de su crisálida. Las cacatúas se dispersaron
por el aire como unos ángeles estentóreos. Se arremolinaron, pero eran
demasiadas para contarlas, y, cuando desaparecieron de mi vista, seguía oyendo
sus amistosos chillidos. Solté el saco de dormir y me acerqué al arroyo. Robyn
estaba allí, lavándose el pelo. —Hola —me saludó. —Hola. —¿Cómo te encuentras?
—Bien. —¿Tienes hambre?
—Sí, un poco. —No me
extraña. No has comido nada desde antes de ayer por la tarde. —¿En serio? —Ven.
Te prepararé algo. ¿Te gustan los huevos? Me comí unos huevos duros fríos —no
podíamos encender fuego durante el día—, unas galletas, un poco de jamón y un
cuenco de muesli con leche en polvo. No sé si fueron las cacatúas, Robyn o el
muesli, pero cuando terminé de desayunar sentí que las fuerzas me volvían.
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