12 FIESTA DE FIN AÑO.
El sábado desperté sin dolor alguno, eso era algo bueno. Supuse que el té de canela había funcionado bien como analgésico.
Las siguientes horas me dediqué a trabajar en mi persona, entonces oí un sonido familiar, líquido, suave: la ducha.
—¿Nathan, te falta mucho? —llamé desde mi cuarto, asomando mi cabeza por la puerta semiabierta, sintiéndome momentáneamente como una tortuga, incluso tenía el rostro verde, cubierto de pepinos que había rebanado hace un rato para refrescar mi piel. Mi hermano, Rodrigo, solía burlarse cada vez que me untaba en la piel, mis mascarillas caseras, según él eran ensaladas y punto. Pero él no tenía idea de lo mucho que esas ensaladas favorecían mi tez, la hidrataban y también, disminuían las bolsas bajo los ojos. Para alguien como yo que se lo pasaba desvelada leyendo y madrugando para ir al cole, las mascarillas eran más que vanidad, eran una necesidad imperante.
Volví a insistir, pero no tuve respuesta y fue entonces cuando un pinchazo en mi pecho, justo en el lado donde el corazón habita, me obligó a recordar que Nathan perfectamente podría haberse ido sin que yo lo notara. Tal vez había dejado la ducha abierta, por pura diversión, mal que mal, no tenía ninguna obligación de acompañarme.
No debería importarme, ni siquiera dolerme. Después de todo, se suponía que yo no tenía ganas de ir a la maldita fiesta. No mucho, en cualquier caso. Corrí a su cuarto sin pensármelo dos veces. En otra ocasión me hubiera detenido a pensar en los pros y los contras, pero se trataba del baile de fin de curso y Nathan tenía culpa de que estuviera pensando en asistir. No dejaría que lo arruinara.
Sí, definitivamente no le permitiría hacerme esto, antes lo enfrentaría…
Continué repitiéndome eso durante todo el trayecto hasta su cuarto, tal vez si continuaba diciéndomelo, terminaría por creerlo.
Entré a su cuarto sin golpear. Él nunca cerraba con pestillo, un gran error o un exceso de confianza. Segundos después, deduje que se trataba de lo primero, cuando me lo encontré semidesnudo justo a tiempo para ver cómo se envolvía una toalla azul marino alrededor de las caderas. El canalla, estaba bendiciéndome con un primer plano de su espalda. Errr… Enfrentarlo, sí, a eso había venido. Su pecho todavía estaba mojado y tenía el cabello revuelto, y pequeñas gotitas cristalinas se escurrían por su cuello, los músculos posteriores de sus hombros y otras partes más… «¡Enfrentarlo!» Boquiabierta, casi jadeando, di media vuelta y salí cerrando la puerta con fuerza, para luego descansar mi cabeza sobre esta. Sentía que mi cara se tornaba de un rojo violento a un azul, lo que era más que entendible, después de perder el aire al apreciar de primera fuente la perfección de su anatomía. —No pienses en eso… no pienses en eso… Esperé que se calmaran los latidos de mi corazón, pero parecía que mientras más intentas algo, como no pensar en el cuerpo de Nate, más lo haces.
De repente, la puerta donde me apoyaba se abrió y de ahí salió un disgustado vampiro. Y gracias a Dios, se había puesto ropa. —¿Sabes algo? —Las gotas de su pelo mojado salieron disparadas en todas las direcciones cuando me dio un empujón con el fin de correrme de su puerta y así ocupar mi lugar—. Para ser solo un bocadillo te tomas bastantes atribuciones. —No era mi intención —titubeé. Era casi cierto. —¿Qué cosa? ¿Andar de voyeur o salir antes de ver todo el paquete? Sus ojos se entrecerraron y a mí se me secó la garganta, mientras intentaba relacionar las palabras. Claramente había doble sentido en la oración. Dejó escapar un resoplido, si era de irritación o burla, no sabría decirlo. —Quería preguntarte si te faltaba mucho… Acomodó su brazo derecho en el borde de la puerta y descansó su cabeza sobre él; gotas cristalinas resbalaron desde su cabello hasta la curva de sus dedos. ¿No podían solo evaporarse y dejar que me concentrara? —Panda, ¿cuántas veces tendré que decírtelo? Eres una pésima mentirosa.
—No estoy mintiendo. Y sobre lo otro, bueno, si tanto te molesta, bien podrías mantenerla cerrada. —¿Y perderme esto? Ni hablar.
Tamborileó con las yemas de sus dedos sobre la puerta, mientras yo buscaba furtivamente algún túnel secreto ubicado preferentemente bajo mis pies para hundirme ahí y no salir en un par de años.
—Vaya, supongo que entonces ya te puedes ir —le dije entre dientes. Porque dada las circunstancias, hasta su cabello parecía intimidarme. Ahí todo empapado y adherido a su sien.
—¿Por qué? Esta es mi habitación. —Muy clever y ¡Deja de llamarme Panda! —cambié de tema, fingiendo que sus ojos de mercurio no me estaban taladrando.
—No. Me divierto cuando te enojas —sus dedos dejaron de castigar mis oídos y se quedaron quietos sobre la puerta. Los míos en cambio, empezaron a sudar—. ¿Pero eso tú ya lo sabías no?
Asentí y a eso le siguió otro de sus bufidos. Últimamente se lo pasaba resoplando.
—Ahora, vas a ir a ponerte muy guapa, mientras yo termino de vestirme.
—A mí me pareces perfecto así —hablé sin pensar. Nate respondió poniendo sus ojos en blanco, restándole importancia a mi comentario empalagoso.
—Eso ya lo sospechaba, pero una camiseta vieja y unos pantalones de chándal no te harán quedar bien en la fiesta.
—¿No?
Él comenzó a negar mientras sus manos jugueteaban tentadoras con el borde de su pantalón dándole énfasis a su punto.
—Mica, solo me puse esto para salir del cuarto porque saliste corriendo como una virgen mancillada.
Asentí, muda.
—Y ambos sabemos que no encajas con el prototipo, ya que para eso necesitas, digamos, ser virgen, cosa que ya sabemos, no eres.
Mi asentimiento no fue una sorpresa para ninguno de los dos.
—Podría aburrirme de esto… —me amenazó.
Tragué pesado y hablé.
—No, no podrías. De otro modo terminarías solo y eres demasiado holgazán para salir cada noche por una presa nueva.
—¡Solo porque es tedioso limpiar sus mentes!
Esta vez fui yo quien se encogió de hombros.
—Lo que sea. Te resulta fácil conmigo, conozco tu secreto y me conformo con lo que me das —respondí autómata, asombrada de lo que decía, pero sin ser capaz de articular otra cosa.
—Dicho así suena casi malo…
—Dicho así suena real, tú lo sabes, y yo lo sé. Pero tengo una mente demasiado débil para resistirme a tu coacción.
—Eres astuta…
Sonreí. No lo era, ni siquiera un poquito. Solo estaba repitiendo sus palabras de memoria y no había nada de inteligente en seguir atada a él a pesar de saberlo.
—Y tú eres el rey de los egoístas.
—Así me gusta, sincera y letal. Ahora cariño ve a ponerte ese vestido que me trae loco.
Mientras avanzaba, no dejaba de preguntarme si lograría hacerlo bien esta noche. Me había llevado cuarenta minutos salir del baño después de ver mi reflejo en el espejo.
No es que hubiera mostrado algo del otro mundo, me conocía de memoria, pero el vestido había liberado una especie de magia en mí.
Y ni siquiera era negro. No era sexy, ni fea, ni normal… era única, aunque últimamente ser “única” me parecía más un triste consuelo que una definición real de mí misma. Lo cierto es que había encontrado un adjetivo que me quedaba bastante bien, mi rostro era algo exótico. Pestañeé, imaginando el efecto que tendría aquel gesto con mis pestañas ahora cubiertas por una costosa mascara que me había comprado.
Desearía poder decir que mi mamá arregló mi cabello para esta noche, que mi hermano me aconsejó no beber mucho alcohol y que mi móvil no ha dejado de sonar por las llamadas preocupadas de papá para aconsejarme sobre una sana diversión, pero no sería cierto.
Me detuve un momento, cuando otra de las puertas, en el gimnasio, atrapó el reflejo de mi cuerpo. En el cristal, mi vestido verde agua parecía ondearse como el oleaje de verano. No arreglé mucho mi cabello; no tenía ni el tiempo ni las ganas, y desde luego no el dinero, para asistir a una peluquería, por lo que lo había dejado caer suelto en mi espalda. Me gustaba mi pelo, era una de las pocas cosas que me daba seguridad y a lo que le podía sacar partido.
Y lo hubiera llevado libre el resto de la noche, si antes de salir del apartamento Nathan no me hubiera puesto una tiara en la cabeza. Al principio no me había gustado, es decir no era una corona ni nada, pero, seguía siendo un artículo demasiado delicado para que alguien como él me lo diera. Y cuando sus manos fuertes lo acomodaron sobre mi cabeza, bien pues, se sintió genial, lo admito.
Luego, cuando comenzaba a ver los finos detalles que portaba el adorno; esas pequeñísimas rositas color plata dividida en dos filas, él me hizo saber que como me gustaban los vampiros que “brillaban” a la luz del día, se le ocurrió que una tiara parecía lo más indicado.
Él disfrutaba burlándose de los personajes que yo solía amar. Si su intención fue hacerme reír, no lo consiguió ni un poco.
—Tranquila —me susurró, justo cuando yo reparaba en que mis dedos se habían enterrado en su brazo, remangando su saco y haciendo que el puño de su camisa gris le sobresaliera del traje.
Liberé un poco el agarre, la cantidad exacta para que su vestimenta no perdiera elegancia, pero sin soltar la seguridad que me otorgaba su abrazo.
—Es bueno que no sea humano —sonrió acercándose a mi oído y depositando un beso corto en él, mientras me arrastraba al centro de la pista—. De otro modo me hubieras arrancado el brazo.
Tentada con la idea de comenzar a echarme aire en la cara con mis propias manos, me negué a mirarlo y dejé que Nathan me guiara.
Y lo hizo. Sus manos guiaron a las mías hasta que éstas encontraron sitio en su cuello y una vez ahí, no lo soltaron en toda la noche.
Mientras nos movíamos, podía sentir la mirada de cada uno de mis compañeros clavadas en mí. Tenía una vaga idea de lo que tenían que estar pensando; ni siquiera Yania sabía lo de Nathan, ¿Cómo podría? si la última vez que hablamos me dejó en ridículo al mostrarle a la mitad del alumnado las cicatrices en mi cuello. No la odié por eso, usar tantos días seguidos una bufanda levantaba sospechas hasta en el más indiferente de los humanos. De todos modos las cosas habían ido de lo raro a lo rarísimo.
Tanto Yania como María José comenzaron a creer que estaba loca, nunca me lo dirán, pero bastaba con darles un vistazo para darme cuenta que lo pensaban.
No todos los días tu mejor amiga, que además es una fan de los vampiros, llega a clases con orificios en el cuello, si eso no sonaba a locura… bien, ni siquiera yo podría definir lo que era.
—¿En qué piensas?
—Dímelo tú.
Nathan frunció el ceño, pero no añadió nada.
—No me gusta meterme en tu cabeza si no es necesario.
—Imagina que es una emergencia.
—Así no es como funciona y lo sabes.
¿Lo sabía?, en serio si existía algún método o formula mega secreta me la estaba perdiendo y Nathan tuvo que haberlo notado porque torció su boca y luego negó.
—No importa, olvídalo de todos modos tenemos compañía.
Mi estómago comenzó a revolverse incluso antes de verlo.
Lucas. Su sola visión despertó todas las mariposas que dormían en mi estómago, incluso cuando bailaba abrazado a Rita.
¿Cómo? Se supone que no quedaba nada por sentir, de hecho me había olvidado de él. De vez en cuando tenía recaídas, sobre todo cuando Nathan se ausentaba, él se había vuelto mi antídoto. Claramente yo no necesitaba a un estúpido humano insensible que se negaba a quererme. Aun así, con un glorioso inmortal sosteniendo mi cintura, todo lo que mi mente conseguía procesar era que unos ojos celestes quemaban donde las manos de Nate ahora tocaban.
—Sonríe… te está mirando —pero era condenadamente difícil hacerlo, cuando tenía sus dos manos pellizcándome la piel.
—Te lo estás pasando en grande, ¿no?
—Bueno, no es que pasar una noche de miércoles junto a un montón de retoños encabece mi lista de diversión nocturna —se detuvo y alzó mi barbarilla con uno de sus dedos. No pude evitar sonreír—. Pero, podría ser peor, podría haber sido un viernes.
—Tienes razón —admití liberándome de su agarre y retomando el ritmo con mis pies.
—Es mi optimismo, no puedo con él.
Bailamos, reímos e incluso se tomó la molestia de hacerme girar en sus brazos, lo que fue seguido de una pila de silbidos y ovaciones. Nate sabía muy bien cómo adaptarse y, a la vez, hacerse notar. Si antes había pasado desapercibido para algunos, ahora podía ir olvidándose de ese anonimato.
—Por cierto, me encanta el vestido.
—Lo sé, lo mencionaste al menos un millón de veces.
—¿Tantas?
—Olvídalo. Supongo que después de todo, tengo que agradecerle a tu amiguita el buen gusto.
Nate me acercó más a su cuerpo, con las palmas de sus manos ejerciendo una presión cálida en la piel que dejaba al descubierto el escote de mi vestido.
—Estás hermosa, eso es lo que importa —dijo intentando hacerme sentir bien.
¿Para qué se esforzaba? no era acaso suficiente con traerme aquí, con no matarme, con darme un techo y hacerme feliz al convertirse en mi fantasía hecha realidad.
No tenía derecho a pedirle más y sin embargo, no hacía sino exigirle.
¿Tan difícil era conformarme?
—Gracias —respondí, a sabiendas de que no podía decir otra cosa y de que seguía notando esos ojos celestes enterrados en mí.
—Necesito un poco de aire —avisé a Nate después de otros dos bailes. No pareció molestarle para nada. Supongo que algo tenía que ver en ello que la profesora de Química, vestida con un nada recatado strapless rojo, le ofreciera ocupar mi lugar.
“Así no se aburriría tanto”, dijo a mi oído antes soltar mi cintura.
Salí del gimnasio dispuesta a perderme en el jardín del colegio, me quité los hermosos tacones a juego con mi vestido, y caminé descalza por los solitarios pasillos.
La cabeza me daba vueltas, los ojos me ardían y sentía un agujero en mi pecho. Nathan no me amaba y probablemente no lo haría jamás. Quizás no había mentido cuando dijo que no tenía un corazón. Por otra parte, estaba Lucas, acusándome con esos ojos casi tan crueles como los de mi vampiro salvaje y en ese casi estaba la diferencia. En esos iris celeste podías ver la presencia de un alma capaz de amar, en cambio, los iris de Nate siempre estaban vacíos.
Decidí que había caminado suficiente, pero en lugar de devolverme me quedé ahí, a mitad del pasillo observando las interminables ventanas y puertas.
Di unos últimos pasos hasta una solitaria mesa individual que siempre estaba junto al cuarto de aseo y me senté sobre ella. No quería volver al bullicio. No quería enfrentarme a las miradas curiosas. No quería que Nate se preocupara.
Pero por sobre todo, no quería ver a Lucas con ella.
Con un suspiro subí ambos pies en la mesa y examiné los estragos que habían causado los tacones.
Las yemas de los dedos de mis pies ardían, y el borde de mi meñique manifestaba un rojo doloroso. Pronto me saldría una ampolla.
—Maldición.
De repente, dos manos cubrieron mi boca con violencia y fui sacudida por dos fuertes brazos. Sin mucha resistencia de mi parte, fui arrastrada hasta la puerta más cercana: El cuarto de aseo.
El lugar estaba oscuro y apenas podía recordar la última vez que había entrado ahí, pero olía igual… a desinfectante y polvo.
¿Quién pensaría que solía amar ese aroma? ¿O qué aquel cuartucho me parecía el lugar más romántico en el mundo? Por supuesto, en aquel entonces besarse a escondidas parecía ser una de las maravilla del mundo.
Cuando él habló, yo ya estaba decidida a no oírlo. No importaba qué dijera, ni cómo lo dijera. Tenía que salir de ahí.
—¿Por qué me miras así? —no era el saludo que esperaba, por lo que respondí con otra pregunta.
—¿Qué se supone que haces, Lucas?
—Horneo galletas, ¿no lo parece?
Retrocedí y choqué contra una de las repisas. Un tarro me golpeó la cabeza, pero aguanté el dolor. Suficiente tenía con soportar la brisa cálida que su boca dejaba en la piel desnuda de mis hombros y cuello. Apenas lograba ver su rostro y no quería arriesgarme a tocarlo. Lo escuché quejarse, probablemente también le había caído algún utensilio de limpieza. Bien, eso le pasaba por jugar al secuestrador con la persona equivocada.
—Hablo en serio.
—Lo sé —aceptó de mala gana, arrastrando las palabras—. Escucha Mica, no tengo mucho tiempo.
Acto seguido, sus manos enmarcaron mi rostro.
«No le creas, no le creas» decía mi cabeza, mientras tanto mi corazón se derretía bajo la dulce agonía de sus dedos acariciando mi piel.
—Ella te está esperando —conseguí decir, evocando la perfecta imagen de Rita envolviendo entre sus brazos el impecable cuello del traje de Lucas.
—Te quiero —contraatacó, incluso más certero que una lanza en mi pecho. Un golpe bajo, sí, pero efectivo.
Aparté sus manos, sintiéndome sucia. No importaba lo mucho que luchara y me alejase, estaba llena de él.
«¿Querer?»
Así de fácil, cientos de recuerdos, que creía sepultados resurgieron como flores en plena primavera; como si fuera la cosa más perfecta y natural, como si no hubiera roto mi corazón en cientos de pedazos.
—¿En serio? —me mordí el labio inferior, intentando tragarme el llanto. Al menos no podía verme y no podía saber que lloraba—. Hasta donde recuerdo tú solías pensar que estaba loca.
—No es así…—pero lo era.
—En serio Lucas, ahórrate las explicaciones para quién les importe. Yo no las necesito.
—Pensé que te importaba.
—Pensaste mal. Ahora déjame salir, hay alguien esperándome en la pista.
El «a ti también» iba implícito.
—¿Sigues con ese? —tuvo la desfachatez de preguntar y ni siquiera intentó disimular el disgusto. Era el rey de los descarados.
—Por fortuna.
—No deberías…
Bien, pues ahora yo estaba riendo y no me refería a dicha, sino a burla. ¿En serio se atrevía a decirme con quien debía o no estar?
¡Esto era el colmo!
—No es quién crees que es —insistió, mientras yo me rendía a mis impulsos más bajo y le decía lo que realmente creía, incluso cuando se trataba de una soberana estupidez.
—Lo dices porque estás celoso.
—Desde luego que lo estoy, pero eso no me trasforma en un ciego.
La imposibilidad de su respuesta me dejó muda por más segundos de los que pude contar. Prácticamente se sentía como si me hubieran golpeado en el estómago. No tenía aire.
—Tienes razón
—¿La tengo?
—No te transforma en un ciego, pero sí en un idiota.
Un idiota al que yo solía querer. Un idiota que pasó a ser mi Sol, con el que disfrutaba cosas tan básicas como compartir el mismo cielo.
Por eso no lo detuve cuando se acercó y se inclinó todavía más… porque en este juego éramos dos los idiotas y porque había olvidado que mi vampiro esperaba en el gimnasio. Había dejado pasar la fantasía por la asquerosa dependencia dela realidad.
—Dejaría de ser un idiota, Miki… dejaría eso y mucho más por ti.
Percibí el tono ronco de su voz, de la misma forma que fui consciente de su dedo en la comisura de mi boca, y luego, un par de labios cálidos donde solían estar sus manos. Más lágrimas cayeron cuando mi corazón despertó, y no se estaba quejando, no. Otra vez se había unido a sus ex aliadas de guerra contra la razón; y ahora, corazón y hormonas, respondían al beso de Lucas.
Y me gustaba que lo hiciera.
13 CAÍDA
Mientras la boca de Lucas se movía contra la mía, intenté pensar en otra cosa. El cuarto donde estábamos, el sueldo que pisábamos… lo que fuera, con tal de no dejarme llevar. Porque admitir que disfrutaba el beso era, como mínimo, reprochable. Eso sin mencionar que me convertía en alguien más patético de lo que ya era. Aún podía culpar al alcohol, Lucas no tenía por qué saber que yo no había probado una gota de las cervezas infiltradas que estaban repartiendo los alumnos.
No era una mala idea.
«Sabes Lucas, el beso no estuvo mal, en serio, he probado peores, probablemente sea culpa del alcohol… ¡¿No me digas que no bebiste algo antes de venir para amenizar las cosas?!»
Vale, tal vez decir eso no fuera la mejor idea.
Y por más que intentara distraerme en otra cosa, era dolorosamente consciente de él. Todo él; sus manos sosteniendo mi rostro, las mías exigiendo cercanía, mientras lo tomaban desde su cuello.
Era curioso que incluso en estos momentos, con una oda a la perfección esperándome en el gimnasio, mi corazón solo clamase por él, llamándole a gritos. Me alejé de sus labios y enterré mi nariz en esa parte cálida que residía casi oculta en la curva de su garganta, parecía haberla escondido para todos menos para mí.
Me estremecí por la fragancia de su loción, la recordaba, por supuesto, en la misma medida que recordaba la interminable cantidad de mentiras que me había dicho durante el tiempo que habíamos estado encerrados.
—Tengo que irme.
—Lo sé — pero en vez de dejarme ir, había vuelto a besarme y yo no parecía capaz de apartarlo. Mis labios, adormecidos por sus besos, lo anhelaban más que nunca. Lo quería, no parecía ser un gran secreto, pero mintiéndome a mí misma como acostumbraba, fue fácil convencerme de que lo había superado.
—Hablo en serio.
—Uhm…
Más besos, más fricción. Sus labios sabían a miedo, dolor e hizo que me preguntara ¿Qué sabor tendría el amor?
¿Sería acaso así de amargo? Sonreí, había algo de amargor en la boca de Lucas, aunque parecía más factible que hubiera estado bebiendo.
Exacto… él había estado bebiendo. No había otra razón posible para que quisiera besarme, o saber de mí. Otra vez, esa maldita vocecilla molesta que no hacía más que repetirme lo obvio: no era lo suficientemente mujer para Lucas, no fui lo suficientemente buena como hija para retener a papá, ni para conservar el amor de mi madre. Vamos, ni siquiera Rodrigo era capaz de pasar más de media hora conmigo. Y ¿Yo? ¿Me quería? ¡¿Cómo se supone que Lucas me iba a querer?!
—Lo siento —le dije—, esto fue un error —pero no lo era, al menos no para mí. Mucho menos cuando mis labios todavía se sentían tibios gracias a sus besos. Al día siguiente, quizás me arrepentiría ¡claro! después de llorar toda la noche.
Salí del cuartucho olvidándome de todo.
Podría haberme dirigido al baño de chicas, tal vez peinarme e incluso retocar mi maquillaje, en lugar de eso corrí en dirección al gimnasio.
Corrí hacia Nathan…
Supongo, que en el fondo de mi corazón, Nate se había convertido en mi salvador. Aunque se pareciera más al enmascarado del hacha, que a un príncipe encantador, como se hacía llamar.
Para mi sorpresa, no se encontraba acompañado. No había pistas de mi profesora ni su llamativo strapless rojo. Tragándome la curiosidad, no le pregunté por ella, y él tampoco preguntó por mi tardanza, que debió ser bastante, ya que la mitad de la gente ya se había retirado, y solo quedaban por ahí rezagados y profesores.
Mientras bailábamos intenté pensar en películas de vampiro y un par de series de moda, era la única vía que conocía para mantener a Nate fuera de mis pensamientos. Eso, junto a La Cuncuna Amarilla eran repelentes infalibles contra vampiros lectores de mentes.
—No ha sido tan malo —soltó él.
—Te creo.
—Hey, hablaba en serio. Un chico tiene derecho a divertirse de vez en cuando —no dudaba de eso, pero claramente mi enmascarado con hacha manejaba otros conceptos de “diversión”, preferentemente que involucrara un cuerpo cubierto de sangre.
Me encogí de hombros.
—Si tú lo dices.
—Eres imposible y no digas gracias, no es un halago. Por otra parte, me gustan tus ojos.
Su abrupto cambio de tema me tomó por sorpresa, pestañé confundida procesando la información antes de responder.
—No tienen nada de especial.
—¿Quién lo dice? Oh, vamos, no me digas que ahora además de ser una experta en vampiros también sabes sobre estética oftalmológica.
Negué.
—A eso me refiero cuando digo que eres imposible. Tus ojos son bellos Mica, fin del asunto —sin embargo no lo eran, no si los comparabas con los de Nate. Yo no tenía ojos grises, ni de un marrón sensual, por el contrario eran de un pardo deslavado que, en el mejor de los casos, parecían una mala copia de los Clutter.
Patética, lo sé.
—Me gusta tu traje —admití desviando el tema hacia tierra segura. Era fácil hablar con Nathan cuando la atención se centraba en él, que era casi la mayor parte del tiempo. Pese a vivir juntos, tenía muchas dudas sobre él, de hecho, era más rápido hacer una lista de las cosas que sabía, que de las que aún ignoraba.
No tenía idea de su pasado, ni de cómo se ganaba la vida, solo sabía que él salía cuando le daba la gana y tardaba el tiempo que le apetecía…
Yo para él era algo así como una mascota, solo que además me utilizaba como comida.
Continuamos bailando.
Honestamente, las notas lentas de One Republic hacían difícil pensar con claridad, porque lo único que me apetecía era bailar al compás de su cadenciosa melodía; bailar y no pensar en nada que no fuera la mirada de mercurio de Nate observándome con reserva. Demasiado tarde comprendí el sentido de su letra y ya no me apeteció bailar para nada, tal y como decía la agradable voz de Ryan Tedder: “Era demasiado tarde para disculparse…”
El mayor problema era que no sabía si debía perdonar o ser quien ofreciera las disculpas, y de ser este último el caso, ¿a quién?
¿A Nathan? por besarme con otro cuando él se suponía debía ser mi pareja esta noche. ¿A Lucas? por dejarlo abandonado en el cuarto de aseo. O tal vez, a Rita. Realmente, ni siquiera había pensado en ella… digamos, nunca.
Mi padre era probablemente el causante de un sinnúmero de sus noches en vela. Yo había estado en los zapatos de Rita y, había escuchado a mamá llorar noches enteras y a la mañana siguiente levantarse con ojos hinchados. Por otra parte, Lucas era la pareja de Rita esta noche, no importaba la razón, yo me había besado con un chico que traía acompañante.
Había solo una palabra para catalogar a las personas como yo, Perra.
Observé al hermoso vampiro que se encontraba frente a mí. Su camisa gris lucía impoluta y sus perfilados labios no habían sonreído desde que había regresado al gimnasio, podría haberme percatado antes si no estuviera tan ensimismada en mis dilemas morales. En un acto de excesiva estupidez mis manos se empuñaron en las solapas de su traje, un muy costoso traje, y lo atraje hacia mí.
No iba a besarlo, por supuesto. Mi noche tenía un límite de errores permitidos y ya había rebasado la cuenta, sin mencionar que Nathan no me daría la oportunidad, probablemente me sacaría volando de un empujón.
Un completo caballero.
Su boca adoptó una línea recta logrando que su rostro perdiera algo de ese exuberante atractivo. Pude ver la duda asomando en sus ojos.
«Lee mi mente», quise decir, «Lee mi mente, porque ahora mismo no me quedan fuerzas para hablar»
Pero en lugar de hablar, me limité a confesar en silencio:
«Lo siento Nate. Sé que te aburro, sé que necesito madurar y dejar de vivir en pos de la fantasía, pero no puedo. No puedo enfrentarme a la realidad, no quiero abrir los ojos. El mundo de afuera es demasiado cruel, demasiado frío, demasiado vivo.
Necesito de esto y necesito de ti, porque mientras te tenga a mi lado, los relojes de mi vida dejan de marcar las pautas del tiempo y el resto del mundo puede esperar»
Suspiré, sin dejar de aferrarme a su traje.
Quería que me abrazara, que me dejara esconder la cabeza en su pecho y me ayudara a olvidar a Lucas. Incluso tenía la esperanza de que saliera con alguna frase mordaz, del tipo que quitan las ganas de reír y en cambio provocaba caerle a golpes. Todo eso hubiera sido mil veces mejor que pensar. No obstante, Nathan tenía planes muy diferentes. Haciendo caso omiso a lo que mis pensamientos le gritaban, acogió mi rostro entre sus manos y posó sus labios sobre los míos.
Y lo que sucedió a continuación me catapultó como la reina de las perras. Sin embargo, no importaba. Nadie había vivido algo así. No podían juzgarme.
Inicialmente, quedé estática en mi sitio. Si me lo preguntan, me convertí en una versión bastante decente de un témpano de hielo. Me había congelado, pero de estupefacción, ya que en todos los otros aspectos posibles me encontraba en llamas. Tampoco él esperó a que yo reaccionara, desde luego que no. En lugar de darme tiempo, me tocó con su lengua, ipso facto un cosquilleo de placer se inició en mi vientre y algo desconocido barrió con mi raciocinio.
En mi estómago comenzó a desparramarse un fuego líquido que ardía en la misma medida que me agradaba. No sabía qué hacer o qué decir.
Sus manos parecieron entretenerse en mi cabello, mientras las mías ascendían y descendían por su cuello, era cálido al igual que sus labios, para nada similar a lo que había oído o leído.
Abrí mi boca para él. Y Nathan la cerró en el acto, alejándose de mí y formando una sonrisa compasiva.
—Necesito un trago —me dijo—. Iré por él, no tardo, creo que a ambos nos hace falta.
Mientras asentía, no pude evitar pensar en lo suave que había sido su toque. No necesitaba un trago, lo que necesitaba era que regresara. Se había alejado demasiado pronto.
Mierda, comenzaba a dudar si el beso había sido real, todo había sucedido tan rápido. No sería difícil atribuirlo a mi imaginación.
Yania se encontraba bailando en una esquina cercana y me guiñó un ojo cuando la divisé, me ruboricé al instante. Bailé con un par de chicas de la clase, no solía juntarme con ellas, pero cualquier cosa que quedarme esperando a Nate sola, mientras todos los ojos curiosos e insidiosos estaban sobre mí.
Las luces se encendieron y los profesores que quedaban comenzaron a enviar a los estudiantes a casa. Una de las chicas me invitó a unirme a un grupo de alumnos para bebernos las últimas reminiscencias del contrabando de alcohol.
Pude haber dicho que no, pude haber usado algún acopio de madurez, pero todo se sentía demasiado confuso e irreal como para desear estar sobria.
La seguí hasta la leñera del liceo, ahí nos esperaban otras tres personas. Reconocí a los compañeros de Lucas enseguida. Eran dos chicos de piel morena que solían jugar en el equipo de futbol. La tercera persona era una mujer que nunca antes había visto en el colegio. Parecía fuera de lugar, era hermosa de un modo extraño. Me hizo recordar a Nate; piel pálida y ojos de un extraño color entre gris y blanco… extraño. Aunque, yo ya iba por mi segunda lata de cerveza.
—Vaya, hueles bien —dijo ella, mientras me ofrecía otra cerveza.
—uhm… ¿Gracias?
Uno de los chicos se río del comentario y comenzó a hilar un pitillo de marihuana, eso me puso de nervios. No me malinterpreten, no era una santa, pero había pasado un tiempo considerable desde que la había probado, dos años enteros y fue solo una vez.
—Paso —me excusé cuando me ofrecieron una calada. Obviamente, el resto no opinaba igual y en menos de diez minutos todos estaban drogados y riendo por nada.
No fue hasta la cuarta cerveza que recordé a Nathan y lo mucho que se estaba tardando.
Me excusé y corrí en dirección a la salida, o al menos hice el intento. No era fácil con todo ese alcohol en la sangre y sobre todo cuando todo lo que había comido en la tarde era manzana. Para cuando llegué al pasillo central, la respiración me faltaba.
—Maldita sea —bufé mientras revisaba las salas abiertas y los baños. No había señal de Nathan por ningún lado.
—¡Nate! —grité llamándolo, sin dejar de correr.
Volví a intentarlo, esta vez más fuerte y, aunque alcé como nunca antes el tono de mi voz, no quería dejarme llevar por la desesperación. Todo parecía indicar que se había ido sin mí… después de besarme.
Di pasos a ciegas los siguientes quince minutos y no fue hasta que pasé por el cuarto de aseo que un escalofrío despertó la poca sobriedad que me quedaba. Una mancha oscura se extendía por debajo de la puerta, la abrí y de repente, todo lo que conocía de la vida pareció perder sentido. Los grises entre el bien y el mal podrían solo ser parte de los mitos con moraleja que te cuentan de niña, porque lo que mis ojos ahora veían, constataban otra cosa. No, no era eso… era la materialización del concepto: Los pecados se pagan.
Mis pecados.
Supe enseguida que gritar no era sabio, e hice acopio de toda mi voluntad para mantener la boca cerrada.
Las paredes estaban salpicadas de carmesí y sentí nauseas al inhalar el fétido olor de la sangre, entre óxido y algo más que no puedo describir. Casi podía oír el sonido de sus gritos y gemidos de dolor. Seguramente se había desmayado entre jadeos. Los podía sentir retumbando en mis oídos como una macabra sinfonía para la cual, su orquesta, había sido especialmente cruel.
Observé consternada los brazos de Lucas doblados tras su cabeza de una forma antinatural. La congoja en su rostro era tan indiscutible que me hizo pensar en todo el dolor que tuvo que haber sentido cuando aún estaba consciente. A su lado, el charco de sangre se esparcía por el suelo, ensuciando la escoba que minutos atrás había sido testigo de nuestro encuentro, y más allá, la marca de los zapatos de su carnicero.
La sangre era oscura y espesa, igual a la que Nathan tomaba de mi cuello, pero ahora no había sido como cuando se alimentaba, y por la expresión que tenía en su rostro, podría afirmar que era lo último que le apetecería probar en su vida.
—¿Qué has hecho? —le pregunté en un susurro, sabiendo que no me respondería.
—Tenía hambre —dijo encogiéndose de hombros, mientras yo observaba su costoso traje cubierto de sangre. Naturalmente que debía alimentarse, pero lo que estaba presenciando era una jodida masacre. Lucas tenía cortes en sus labios y cejas, por lo que Nate, antes de alimentarse, lo había golpeado.
—¡Nate!, al menos debiste ser cuidadoso —dije intentando que no notara mi horror—.No hay forma de que podamos salir de aquí sin levantar sospechas.
De pronto me sentía más sobria que nunca, excepto que hipee.
—Salud.
—¿Sabes qué? —No me gustaba la forma en que me sonreía, no cuando el cabello de Lucas parecía estar tan empapado de sangre como la costosa camisa de Nathan y el resto del suelo que ahora pisábamos—. No me importa que te alimentes de humanos. En serio, puedes comerte a mi profesora de Química si lo deseas, pero en lo que respecta a mis amigos, mantente alejado, ¿sí?
La sonrisa desapareció de su boca.
—Pensé que él no era tu amigo.
—No lo es —repuse.
—¿Entonces? —esperó y algo en la forma en que se me quedó viendo me hizo sentir temor. Una sensación poco habitual desde que estábamos juntos, entendiendo que ya de por sí vivir con él debería ser escalofriante. De todos modos me obligué a sonreírle, mientras procuraba no ver la mancha de sangre en el cuello de su camisa, ni el hilillo borgoña que se deslizaba a lo largo de su barbilla.
Si le mostraba algún signo de perturbación, él lo tomaría como una señal para meterse en mi mente, y no podía permitirlo.
—Tan solo deja a Lucas en paz —le pedí sonriendo y rogando porque mis labios terminaran lo que mis ojos eran incapaces de iniciar: una mentira.
Sin embargo, él comenzó a hablar, antes que alcanzara a decir una letra.
—Al parecer olvidaste esto —señaló, imitando la clásica pose de mago haciendo aparecer de la nada un conejo. Sin embargo, no fue un conejo lo que salió de su manga, sino mi tiara.
En un gesto estúpido me llevé la mano a la cabeza y lo único que pude sentir fue el bulto del golpe que me había dejado el tarro al caerme en la cabeza.
—Tu “amigo” fue bastante entusiasta en hacerme saber que te la habías dejado con él en el cuarto de aseo.
Abrí mi boca, lista para replicar, pero no hallé mi voz.
—Ni siquiera está muerto, puedes volver a respirar —no podría haberlo adivinado si él no lo hubiese mencionado. Sin embargo, era cierto es que tenía los pulmones hinchados por no soltar el aire.
—Solo porque llegué, de no ser así…—odié que la voz me fallara a último minuto.
—Está bien, ya sé por dónde vas y no me gusta nada.
—Tal como yo lo veo, las cosas no podrían ir peor —respondí.
—¿Cómo debería decirlo? —se aflojó la corbata mientras avanzaba por sobre el cuerpo de Lucas. Retrocedí automáticamente, como si nuestros cuerpos fueran imanes de polos opuestos—. Sin asustarte más… quiero decir.
—No me asustas — repliqué moviéndome a un costado para que pudiera salir del cuarto.
—Ajá.
—Hablo en serio.
—Mica, no te creo. Lo siento —no lo sentía en absoluto—. De todos modos, ya no importa. Tenemos que irnos.
Hizo un ademán para que lo siguiera, pero no me moví de mi sitio.
Hasta ese instante, había resistido las ansias locas de arrojarme sobre Lucas y abrigarlo con mis brazos. ¡Quería protegerlo!, quería alejarlo de Nathan, susurrarle palabras de tranquilidad y, en el mejor de los casos, ser capaz de sentir los latidos de su corazón, pero se trataba de mi vida y nunca he tenido el control de total de ella. Por eso, en lugar de actuar como la protagonista de las novelas que solía leer, renuncié a la idea, y de paso, a Lucas. Después de todo, era mi culpa que estuviera así.
Había necesitado que las cosas llegaran hasta ese punto para comprender que realmente lo amaba.
Y aun así, no tenía derecho a nada, a nada que no fuera una explicación más convincente por parte de Nathan.
—¿Por qué lo hiciste? — él se quedó callado, pero en cambio sus ojos, esos pálidos e insensibles orbes plateados me dijeron todo. Esa incalculable variedad de escenarios, cada uno peor que el anterior. Toda la verdad ante mis ojos, justo ahora, cuando me sentía más indigna y menos importante. Supongo que tenía sus razones. Pero, ¿no fui yo quien lo buscó?, ¿no era acaso mi culpa que se comportara de forma tan desalmada?
Bajé la cabeza para no seguir viendo la crueldad en sus ojos.
Una gota de sangre me salpicó el vestido, luego las pantorrillas y finalmente la cara, solo entonces comprendí que había sido Nate. Era un gesto tan infantil y travieso tal como la imagen de un niño chapoteando en el agua. Sin embargo, no era agua con lo que Nathan me había salpicado, sino sangre, sangre roja, espesa y perteneciente a la persona que yo amaba. Correcto o no, sincero o no, yo lo amaba. Y ahora estaba al borde de la muerte por mi culpa.
Dejé escapar un suspiro, supongo que más prologado de lo que Nate se esperaba, dado que yo le había dicho que Lucas no era mi amigo ¿Qué más daba lo que le pasara, no? Así era la lógica de Nate; sádica y liviana. Había tenido que llegar a hasta este punto para comprenderlo.
—Mica —llamó, más bien fue un susurro. Aunque, no había real diferencia. Podía sentirlo en mi pecho, en mi cabeza e incluso en mi piel. Nathan y yo estábamos conectados en un montón de formas que no podía explicar. Pero mi mayor problema en ese momento era tener la cabeza libre de su compulsión, lo que parecía ir de mal en peor.
¿Por qué demonios no me lavaba el cerebro? ¡¿Por qué no me quitaba este dolor del pecho de una maldita vez?!
Creí oír mi nombre otra vez, ¿importaba acaso? Busqué con la mirada el rostro pálido de Lucas una última vez. Sin embargo solo capté un atisbo. Alcancé a comprobar que sus ojos estaban cerrados. Gracias a Dios. No hubiera soportado ver el reproche en ellos. No importaba que Nate dijera que lo había dejado vivo, si por vivo se entendía “con una pizca de sangre en las venas”, pero en mi corazón… yo lo había matado.
—A veces hago cosas… cosas que no podrías entender ni en un millón de años y, aunque sé que te gustaría creerlo, no fue por celos —el silencio que siguió a su revelación fue casi tan letal como sus palabras—. Realmente lo siento.
—Hay que ayudarlo…
—No hay tiempo. Va a estar bien, ya te lo dije.
La sangre goteaba de su cuerpo y no podía dejar de mirar la sonrisa de satisfacción de Nate, sus dientes manchados de sangre, su boca más roja de lo habitual. Un asesino en medio del éxtasis.
—Míralo, ¡Mírate! —grité sin poder contenerme más. En cambio él, no movió un músculo— ¡Te estoy diciendo que mires!
—Tú no me das órdenes.
Tragué, no de miedo, y sí que lo tenía, sino porque Nate estaba en lo cierto. Yo no le daba órdenes… la mayor parte del tiempo, yo ni siquiera existía.
—¡Eres un monstruo!
—Vaya, te habías tardado en notarlo. “Ay Nate, te necesito, Ay Nate el mundo de afuera es demasiado cruel, demasiado frío, demasiado vivo” —dijo parodiando mi voz —no fue eso lo que mentalizaste, momentos atrás. Bueno Micaela, acá está tu fantasía, ¿qué prefieres ahora, la realidad o la ficción de tus novelas? —preguntó, pero no caería en su juego. En vez de responder con algo mordaz me sequé la cara. No eran lágrimas, sino la sangre de Lucas que Nate me había salpicado. Aquello tan solo aumentó mi pavor y rabia. Lo cierto es que ni siquiera yo estaba a salvo.
—Cállate, cállate por favor Nate. Solo… No puedo dejarlo aquí.
Su expresión se tornó feroz y luego sus fríos ojos grises se volvieron cálidos, como mercurio líquido. Antes de que me mostrara esa sonrisa que lo podía todo, di una zancada sobre el cuerpo de Lucas y tomé la escoba que reposaba junto a él. Volví a mi posición inicial haciendo el mismo movimiento. Ahora blandía la escoba entre Nathan y yo.
Me miró con expresión divertida por un momento. Ambos sabíamos que mi triste intento de arma no era nada amenazadora. Sin detenerme a pensarlo demasiado, y con todas mis fuerzas, azoté el palo contra el canto de la puerta consiguiendo que se partiera en dos mitades astilladas.
Bien, era una mejora considerable.
—No… No me mires así.
—¿Así, cómo?
Tragué e inhalé hondo. Ni siquiera tenía tiempo para sentir temor, ¡necesitaba sacar a Lucas de ese lugar!
—Vaya, parece que Panda quiere jugar. Esto se está tornando interesante —sentenció. Su sonrisa siempre tensa y controlada, mientras me taladraba con la mirada.
Los pasos de Nate, eliminando la distancia entre ambos, emitían un eco reverberante en la baldosa del pasillo, y cuando finalmente quedó plantado frente a mí, el silencio que le siguió me puso los pelos de punta.
Uno a uno, los dedos de su mano fueron envolviendo mis muñecas emulando unas esposas y rápidamente las subió por sobre mi cabeza.
Su expresión era neutra, pero algo me decía que era mejor no saber qué tipo de pensamientos transitaba por su cabeza en estos momentos.
Noté que Nathan tenía la mandíbula rígida y su barbilla retraída, alerta a cualquier indicio de terror que yo dejara entrever.
Contuve la respiración unos segundos antes de intentar liberarme, pero como era de esperarse me agarró con más fuerza. Así que por el bien de Lucas y el mío, dejé de luchar y las dejé ahí, quietas asegurándome de no soltar la improvisada estaca que ahora ejercía presión contra mis palmas, hiriéndome con sus astillas.
—Mica…
—¿Qué?
—¿A qué viene eso? —Preguntó en voz baja, al tiempo que ponía una de sus enormes manos en mi espalda y comenzaba a trazar círculos, me envaré y sus dedos crujieron contra mi cuerpo—. Ya sabes que prometí no leer tu mente, a no ser que se trate de una emergencia.
—Últimamente para ti todo es una emergencia —me quejé, recordando las innumerables veces que se había inmiscuido en mi cabeza sin mi permiso. Nate sabía que yo tenía razón, ya que suspiró y liberó su presión.
—Eres consciente de que ahora es tu turno de soltar ese trozo de porquería ¿verdad?
Asentí, pero no la solté. Nate castañeó su lengua cabreado, con una mano me tomó de la cintura y me subió hasta su hombro. No había ni siquiera alcanzado a reaccionar cuando en un único y certero movimiento me sentó en la mesa, que ya había olvidado que estaba ahí.
—Aquí —dijo acomodándose entre mis piernas y apuntando su pecho—. No me mires así, ésta es una buena forma de liberar tensiones.
Un frío húmedo me recorrió desde la nunca hasta la planta de los pies, dolía. Una especie de estremecimiento viscoso y desagradable, tan diferente a otras sensaciones, que no encontraba las palabras exactas para describirlo.
—No seas cobarde, tarde o temprano tenía que llegar el momento.
—¿Momento? —titubeé.
—Claro, en días fríos como hoy, es normal que quieras entrar en calor.
Mis manos temblaban, pero no solté la estaca.
—Anda, vamos a darle un vistazo a mi corazón deforme.
Nate me sonrió y dejó de acariciar mi espalda para llevar su palma hasta mi cara. Acunó mi rostro con su mano y con la otra envolvió firmemente mis dedos e impulsó la estaca hacia su pecho.
POR-TODO-LO-QUE-ES-SAGRADO.
Ahogué un chillido, tratando de zafarme. Sin embargo él me detuvo con ojos severos y sin dejar de sonreír. Un sonido ronco salió de su garganta, mientras me obligaba a estacarlo más profundo en ese punto donde debería estar bombeando su corazón. Mi mano vibraba al mismo tiempo que la madera iba desgarrando piel, atravesando tendones, músculos y rompiendo huesos.
—No tengo corazón, no puede dolerme.
Luego se desplomó en el piso, quieto, mudo y sin vida.
Esta historia continúa en Atalaya
SINOPSIS:
“Mica ha pasado los últimos meses viviendo con Nathan, un sarcástico y sexy vampiro. Sin embargo, el dulce cuento de hadas que prometían las novelas románticas se trasformó en una horrible pesadilla cuando en la fiesta de fin de año Nathan ataca a su ex novio dejándolo al borde de la muerte. Aunque Mica logra deshacerse de él, ahora debe lidiar con las consecuencias de haber deseado lo que no debía, mientras una amenaza aún más cruel se cierne sobre su futuro”
Quien vive más de una vida, debe morir más de una muerte.
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