Fi me despertó alrededor de las once. Eso fue lo que
acordamos, pero era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Me sentía pesada,
atontada, lenta. El simple hecho de trepar al árbol supuso todo un calvario.
Permanecí junto al tronco mirando hacia arriba durante cinco minutos antes de
encontrarme con fuerzas para subir. A algunas personas les cuesta poco
despejarse, y a otras, algo más. Yo me despierto hecha polvo. Pero sé por
experiencia que, si me siento durante media hora, voy recobrando las fuerzas
poco a poco. Así que me quedé sentada en la casita del árbol, en estado
letárgico, observando la lejana carretera, esperando pacientemente que mi
cuerpo empezara a responderme de nuevo.
Una vez que me acostumbré a estar allí, no estuvo tan mal. Me
di cuenta, para mi asombro, de que solo habían pasado veinte horas desde que
emergimos del monte para encontrarnos con ese nuevo mundo. La vida puede
cambiar de la noche a la mañana. En muchos sentidos, tendríamos que estar
acostumbrados al cambio. Habíamos visto muchos con nuestros propios ojos. Esta
casita del árbol, por ejemplo. Bajo la sombra de su techo. Corrie y yo habíamos
pasado un montón de horas preparando la merienda para nuestras muñecas y organizando
su vida social, jugando a los profesores, espiando a los esquiladores o
fingiendo que éramos prisioneras retenidas allí. Todos nuestros juegos eran
simulacros del mundo adulto, de sus rituales y viviendas, aunque no nos dábamos
cuenta, claro está. Y entonces llegó el día que dejamos de jugar. Hacía un par
de meses que habíamos abandonado nuestros juegos habituales, y unos días que
las vacaciones habían empezado. Pero saqué las muñecas para intentarlo de
nuevo: todo se había evaporado. Se había acabado la magia. Ni siquiera podía
recordar cómo lo habíamos hecho, pero intenté recrear la atmósfera, los
argumentos, el modo en el que nuestras muñecas se habían movido, habían pensado
y hablado. Y, sin embargo, fue como leer un libro sin sentido. Me asombró lo rápido
que todo había desaparecido; me entristeció lo mucho que había perdido; me
asustó el cambio que había experimentado y no saber cómo llenaría las horas que
me quedaban por delante. De repente, oí un sonido desde abajo. Cuando miré vi
el pelo rojo de Corrie, que empezaba a trepar al árbol. Me aparté hacia la
izquierda para dejarle algo de sitio y, unos segundos más tarde, se acomodó a
mi lado. —No podía dormir —explicó—. Demasiadas cosas en las que pensar. —Yo sí
he dormido, aunque no sé cómo lo he logrado. —¿Has tenido pesadillas? —No lo
sé. Nunca me acuerdo de mis sueños. —No como el tal Theo del colegio, o como
quiera que se llame. Cada mañana, nos contaba los sueños que había tenido con
todo lujo de detalles. Vaya aburrimiento. —Él era aburrido. —Me pregunto dónde
estarán todos —dijo Corrie—. Espero que los tengan en el recinto ferial y que
estén bien. No puedo pensar otra cosa. Sigo dándole vueltas a todas esas
lecturas en clase de historia sobre la Segunda Guerra Mundial, Kampuchea y
cosas parecidas. El terror me paraliza el cerebro. Y entonces pienso en el modo
en que esos soldados nos dispararon y cómo gritaron cuando estalló el
cortacésped. Arrancó un trozo de corteza sin demostrar mucho entusiasmo.
—Ellie, no puedo creer que esto esté pasando. Las invasiones solo ocurren en
otros países y en televisión. Incluso si logramos sobrevivir a esto, jamás
volveré a sentirme segura.
—Estaba pensando en los juegos a los que solíamos jugar aquí.
—Sí, sí. Aquellas
meriendas. Y cuando vestíamos a las muñecas. ¿Recuerdas el día que les pintamos
los labios a todas? —Hasta que perdimos el interés. —Hum. Simplemente ha ido
desvaneciéndose, ¿no crees? Crecimos, eso es todo. Luego vinieron otras cosas
como los chicos. —Fue una época tan inocente... ¿Sabes qué? Cuando entramos en
el instituto, solía volver la vista atrás, sonreía y pensaba: «¡Vaya, pues sí
que era inocente!». Santa Claus y las hadas... Incluso me tragaba el cuento de
que mi madre colgaba mis dibujos en la puerta de la nevera porque eran auténticas
obras de arte. Pero he aprendido algo. Corrie, seguíamos siendo inocentes.
Hasta ayer. Ya no creíamos en Santa Claus, pero sí en otras fantasías. Tú misma
lo dijiste. Tú mencionaste la mayor fantasía de todas: que nos creíamos a
salvo. Sí, esa fue la más grande. Ahora sabemos que no lo estamos y, tal y como
lo dijiste, no volveremos a sentirnos seguras. Así que, adiós inocencia: ha
sido un placer conocerte, pero ha llegado el momento de despedirnos de ti. Nos
quedamos allí sentadas, mirando el oscuro trecho de carretera que, más allá de
los prados, se extendía a lo largo del paisaje como una delgada serpiente
negra. Por allí aparecerían si venían por nosotros. Pero no se distinguía
movimientos, solo a los pájaros, que seguían sus inalterables rutinas. —¿Crees
que vendrán?—preguntó Corrie al cabo de un rato.
—¿Quiénes? ¿Los soldados? No lo sé, pero Homer dijo algo...
sobre que no tenían recursos suficientes como para registrar todo el distrito.
Creo que tiene mucha razón. Verás, mi teoría es que están utilizando este valle
como un corredor hacia ciudades y pueblos grandes. A mi modo de ver, han
aterrizado en la bahía de Cobbler, y su principal interés en la zona es
mantener Wirrawee tranquilo para tener acceso libre al resto del país. La bahía
de Cobbler es un puerto impresionante y, recuerda, no pudimos verlos al salir
del Infierno porque el cielo estaba encapotado. Apuesto a que la bahía está
llena a rebosar de barcos y que hay tráfico atestando las carreteras en estos
momentos. Dudo que Wirrawee sea un objetivo prioritario para nadie. No tenemos
bases secretas armadas de
misiles ni plantas de energía nuclear. O al menos no las teníamos la última vez
que me fijé. —No sé —dijo Corrie cargada de dudas—. No sabemos muy bien lo que
tramaba la señora Norris en el laboratorio del instituto. —¡Niñas! ¡Bajad de
ese árbol ahora mismo!—vociferó alguien desde abajo. No fue necesario comprobar
de quien se trataba—. ¡Menudas vigilantes de pacotilla! —dijo Homer, que ya
trepaba hasta nosotras—. Además, he oído lo que decían de la señora Norris, mi
profesora favorita. Pienso chivarme en cuanto volvamos al instituto. —Sí,
dentro de veinte años. —¿No fue en clase de la señora Norris cuando saltaste
por la ventana y bajaste por el canalón?—pregunté. —Podría ser —admitió Homer.
—¿Qué? —preguntó Corrie entre risas. —Es que la clase se puso un poco aburrida
—explicó Homer—. Aún más aburrida que de costumbre. Así que decidí marcharme.
La ventana quedaba más cerca que la puerta, y cuando se volvió para escribir en
la pizarra, me subí al alféizar y empecé a descender por el canalón. —Y
entonces apareció la señora Maxwell —añadí. —Y dijo: «¿Qué estás haciendo?»
—Una pregunta bastante acertada, en realidad —bromeé. —Así que le dije que
estaba inspeccionando las cañerías —concluyó Homer y dejo caer la cabeza, como
si recordara la tormenta que siguió a aquello.
Reímos con tanta
fuerza que nos costó seguir aferrados a las ramas de los árboles. —Dicen que el
hombre desciende del mono —dijo Corrie—. Pero tú, Homer, casi desciendes
directo del árbol. Un sonido familiar nos interrumpió. Dejamos de hablar y
estiramos el cuello para rastrear el cielo. —Ahí está —dijo Corrie, señalando.
En un estrépito, un caza sobrevoló a toda velocidad las colinas, tan bajo que
pudimos distinguir su emblema. —¡Es uno de los nuestros! —celebró Homer con
entusiasmo—. ¡No han abandonado la partida! El caza se alzó lo suficiente para
sortear el macizo y, a continuación, viró a la izquierda en dirección a
Stratton. —¡Mirad! —exclamó Corrie. Oscuros, siniestros, tres aviones más
habían emprendido una feroz persecución. Volaban a una altura un tanto
superior, pero seguían la misma trayectoria. El ruido era ensordecedor; rajó la
quietud del cielo y de la tierra como un interminable desgarrón de Velcro. Homer
volvió a desplomarse en su sitio en el tronco del árbol. —Tres contra uno
—dijo—. Espero que sea un tipo con suerte. —Un tipo o una tipa —mascullé yo,
distraída.
El día avanzaba rápido. Cuando todo el mundo estuvo
despierto, ya tarde, comimos y divagamos largo y tendido sobre Lee y Robyn,
sobre dónde podrían estar o qué podría haberles sucedido. Al cabo de un rato,
nos dimos cuenta de que la conversación no nos llevaba a ninguna parte. Hacía
más o menos diez minutos que Homer había enmudecido, y conforme nuestras voces
se apagaban, todas las miradas se posaron
en él. Quizá pasara
siempre que alguien se quedara callado durante un rato. O puede que fuera así
porque empezábamos a reconocer el liderazgo de Homer. Él no parecía reparar en
ello, hablaba con toda la naturalidad del mundo, como si tuviese una solución
para todo. —A ver qué os parece esto —dijo—. Ya sabéis mi opinión sobre lo de
permanecer juntos. Tal vez sea bueno para la moral, pero acabará jugando en
nuestra contra. Tenemos que endurecernos, y cuanto antes, mejor. Que nos guste
estar juntos no significa que sea lo más importante. ¿Sabéis a qué me refiero?
Lo que sugiero es que dos de nosotros regresen a Wirrawee para buscar a Lee y
Robyn. Si a medianoche, digamos, todavía no han conseguido dar con ellos, que
vayan a casa de Lee para comprobar que no están allí escondidos, o heridos
quizá. —Pensaba que ya no creías en la amistad —apuntó Kevin—. Me parece
demasiado arriesgado ir a casa de Lee, si tan preocupados estamos por salvar el
pellejo. Homer le lanzó una mirada fría, e incluso Corrie hizo una mueca. —No
estoy haciendo esto únicamente por una cuestión de amistad —explicó Homer—. Es
un riesgo calculado. Siete son mejor que cinco, así que debemos correr los
riesgos que hagan falta y aumentar nuestro efectivo y volver a ser siete. —Y
podríamos acabar siendo tres —dijo Kevin. —Podríamos acabar siendo cero. Desde
ahora, Kevin, cualquier cosa supone un riesgo. No estaremos a salvo en ningún
sitio, en ningún momento, hasta que todo esto acabe. Lo unico que podemos hacer
es sopesar las posibilidades. Si esto se alarga demasiado, nos atraparán tarde
o temprano. Pero si no hacemos nada al respecto, nos atraparán antes. El mayor
de los riesgos es no correr ningún riesgo. O correr riesgos estúpidos. Es cuestión
de buscar un equilibrio entre lo uno y lo otro. Está claro que quienes vayan en
busca de Lee y Robyn han de ser extremadamente cautelosos. Pero estoy seguro de
que lo lograrán.
—¿Y qué harán los
otros tres? —preguntó Kevin—. ¿Quedarse aquí sentados, comer y dormir? ¡Lástima
que no haya nada interesante en la televisión! —No —contestó Homer,
inclinándose hacia adelante—. Sugiero que carguen el Toyota de Corrie con todo
lo que puedan encontrar de utilidad. Entonces, irán a casa de Kevin y repetirán
la operación. Y también a mi casa, y a la de Ellie si hay tiempo. En casa de
Kevin, se harán con el Land Rover y lo llenarán también. Hablo de comida, ropa,
gasolina, armas, herramientas, cualquier cosa... Para el amanecer, tendremos
dos coches con el depósito lleno, equipados hasta el techo y listos para
partir. —¿Partir adónde? —preguntó Kevin. —Al infierno —respondió Homer. Ese
era el don de Homer. Combinaba la acción y astucia para anticiparse. Intuía,
creo yo, que la pasividad era nuestra enemiga. Cualquiera que nos hubiese visto
en ese momento no habría sospechado que nos encontrábamos en una situación
desesperada. Ahí estábamos, incorporándonos en nuestros asientos, emocionados,
ruborizados y con un brillo en la mirada. Teníamos cosas que hacer, cosas
definidas y positivas. De repente, parecía obvio que teníamos un futuro por
delante, y que sería en el Infierno. Empezamos a darnos cuenta de que quizás
hubiese una vida para nosotros. —Haremos listas —dijo Fi—. Corrie, necesitamos
papel y lápiz.
Tardamos una hora en completar aquella tarea. Las listas
incluían todo tipo de cosas, como dónde encontrar las llaves de los depósitos
de gasolina, cómo dar con una bomba manual para los neumáticos del coche, qué
nivel de aceite debía tener el Land Rover, y cuál de mis ositos de peluche
quería llevarme: Alvín. En cuanto a la comida, nos interesaba
principalmente encontrar arroz, fideos, latas, té, café, mermeladas, Vegemite3,
galletas y queso. A Kevin se lo vio medio
agobiado al
comprobar que estaba a punto de volverse vegetariano. Pero seguro que
encontraríamos montones de huevos en cocinas y gallineros. La ropa seguía
siendo prioritaria, sobre todo ropa caliente, en el caso de que nos
sorprendiera un temporal o pasáramos una larga temporada en el monte. Y
preferiblemente ropa oscura, para quedar bien camuflados. Dedicamos buena parte
del tiempo a pensar en el material extra. Aún quedaban muchas cosas de nuestra
escapada al Infierno dentro del Land Rover, pero tendríamos que comprobar su
estado. Y no dejábamos de pensar en artículos que necesitábamos reponer:
jabones, cepillos y líquido para lavar los platos, champú, pasta y cepillos de
dientes, pastillas para encender el fuego, bolígrafos, papel, mapas del
distrito, brújulas, libros para leer, una radio por si alguna emisora empezaba
a emitir de nuevo, y pilas, linternas, repelente de insectos, kits de primeros
auxilios, cuchillas de afeitar, tampones, barajas, un juego de ajedrez,
cerillas, velas, bronceador, prismáticos, la guitarra de Kevin, papel
higiénico, despertador, cámaras de fotos y carretes, fotos de familia. Homer no
hizo ningún comentario acerca de las fotografías, pero intervino en cuanto vio
que otros tesoros familiares venían a añadirse a las listas. —No podemos
llevarnos ese tipo de cosas —dijo, cuando Corrie nombró los diarios de su
madre. —¿Y por qué no? Para ella eran muy importantes. Siempre decía que si se
declaraba un incendio en casa, sería lo primero que rescataría. —Corrie, no nos
vamos de picnic. Debemos empezar a meternos en la piel de unos guerrilleros. Ya
llevamos ositos de peluche y guitarras. Creo que es suficiente. —Si podemos
llevar fotografías de familia, podemos llevar los diarios de mi madre —repitió
Corrie con obstinación. —Eso es exactamente lo que acabará sucediendo —explicó
Homer—. Tú dices: «si podemos llevarnos las fotos, también podemos llevarnos
los diarios»; y entonces, otro dirá: «pues si podemos llevarnos los diarios,
podemos llevarnos los trofeos de fútbol de mi padre», y antes de que caigamos
en la cuenta, necesitaremos un par de camiones.
Fue una de las
muchas discusiones que tuvimos aquella tarde. Estábamos cansados y nerviosos.
Temíamos por Lee y Robyn, y por nuestras familias. Fue Fi quien puso punto y
final a aquella discusión en particular. Hizo una de esas sugerencias que, de
tan obvias, acabas preguntándote por qué no se le ha ocurrido a nadie antes.
—¿Y por qué no reúnes todos los objetos de valor que hay en tu casa? —dijo a
Corrie—. Las joyas de tu madre y demás… Después puedes esconderlo todo en algún
sitio. Enterrarlas en el huerto. Me pareció una idea tan brillante que esperé
tener la oportunidad de hacer lo mismo. Entretanto Kevin no dejaba de intentar
colar más cosas en la lista, especialmente condones. Conforme las escribía,
Corrie iba tachándolas, hasta que al final el papel llevaba tantos artículos
como borrones. Sin embargo, en cuanto llego el momento de hablar de armas él se
puso muy serio. —Tenemos un par de fusiles y una escopeta. Uno de los fusiles
solo es del calibre 22; el otro, en cambio, es del 222. La escopeta, del
calibre 12, es una preciosidad. Habrá munición de sobra para los fusiles, no
tanta para la escopeta. A no ser que mi padre se haya reabastecido mientras
estuvimos fuera, lo que dudo. Habló de ello pero no creo que fuese al pueblo
hasta el Día de la Conmemoración, en el que la tienda de deportes estaba cerrada.
Entre el resto de nosotros, solo sacamos una Hornet del calibre 22 y otra del
410. Mi padre tenía un calibre 303, pero la munición era tan cara que dudaba
que le quedara. Yo estaba explicando a los demás dónde guardábamos la munición
en casa. Ya había intuido que formaría parte de la expedición al pueblo. De
repente, oímos un desagradable ruido a lo lejos. Sonaba como un avión, pero más
fuerte y áspero, y se acercaba muy rápidamente. —Un helicóptero —dijo Corrie
con semblante asustado.
Corrimos hacia las ventanas.
—¡Alejaos de las
putas ventanas! —gritó Homer. Entonces, se volvió hacia mí y añadió—: Olvidamos
que uno de nosotros debía quedarse en el árbol —Se apresuró a soltar del tirón
una serie de órdenes—: Kevin, ve al salón; Fi, al cuarto de baño; Corrie, a tu
habitación; Ellie, a la terraza interior. Mirad con mucha atención a las
ventanas, y comprobad que nadie se acerque por la carretera o a través de los
prados. Y mantenedme informado. Estaré en el despacho, cargando el fusil del
calibre 22. Hicimos lo que nos dijo. Había elegido cuatro habitaciones que
juntas nos ofrecían una perspectiva de trescientos sesenta grados sobre el
terreno. Me deslicé por el suelo de la terraza interior como una gigantesca
cucaracha asustada y, al llegar al otro extremo de la habitación, me puse en
pie y me escondí tras las cortinas para echar un vistazo afuera. No veía el
helicóptero pero si lo oía, fuerte, ronco, amenazante. Escruté el paisaje con
atención pero no distinguí nada en particular. Entonces, algo apareció en mi
campo de visión. Se trataba de Flip, la pequeña corgi, que caminaba
dando saltitos por el patio. Me sentí mareada. La verían desde lo alto, ¿y qué
pensarían? ¿Un perro sano vagando alegre alrededor de una casa que se suponía
que llevaba una semana abandonada? Me pregunté si debería llamar su atención,
por si aún no habían reparado en ella. Pero si respondía a mi llamada con
demasiado entusiasmo, levantaría más sospechas aún. Tomé una decisión, la de no
hacer nada y, en ese preciso momento, el helicóptero descendió en picado por el
lado de la casa que yo vigilaba. Era un chisme horrible, enorme, y oscuro, como
una poderosa avispa, que zumbaba y acechaba; una máquina de matar. Me encogí
tras las cortinas; no quería mirar los rostros de las personas que se escondían
en el interior de la máquina. Tuve la sensación de que podían ver a través de
los muros de la casa. Me agaché, retrocedí hasta el otro extremo de la
habitación, a lo largo de la pared siguiente, salí por la puerta y eché a
correr hacia el despacho, donde ya aguardaban los demás. —¿Y bien? —preguntó
Homer. —No hay soldados a la vista —dije—. Pero Flip está ahí afuera,
dando vueltas. Deben de haberla visto desde el helicóptero.
—Podría bastar para levantar sus sospechas —sentenció Homer—.
Estarán preparados para detectar cualquier cosa que esté fuera de lugar. —Soltó un
taco—. Tenemos mucho que aprender, suponiendo que salgamos sanos y salvos de
esta. ¿Cuántos hombres hay en la cabina del helicóptero? Yo tenía varias
respuestas: «Es difícil de decir», «Tal vez tres», «No los he visto», «Tres o
cuatro, puede que haya más sentados en la parte trasera». —Si aterrizan, lo más
probable es que se dispersen. —Homer pensaba en voz alta—. Un calibre 22 no nos
servirá de mucho. El Toyota sigue en el cobertizo de esquileo. No puedo creer
que hayamos sido tan estúpidos. Es inútil intentar llegar hasta él. Regresad a
vuestras respectivas habitaciones y observad lo que están haciendo. Intentad
contar cuántos son. Pero no les deis ni la más mínima oportunidad de que os
vean. Regresé corriendo a la terraza interior, pero no había rastro del
helicóptero. Sin embargo, su horrible y estrepitoso sonido parecía llenar mi
cabeza, la casa entera. Estaba presente en cada una de las habitaciones. Volví
corriendo al despacho. —Está en el lado oeste —informó Kevin—. No aterriza, permanece
en vuelo estático. —Mirad, chicos —dijo Homer—. Si aterriza, creo que solo
tenemos dos opciones. Podemos escabullirnos en la dirección opuesta a la que
haya aterrizado, y utilizar los árboles para intentar huir al monte. Las
bicicletas no nos servirán, y es imposible llegar hasta el Toyota. Así que
iríamos a pie, contando únicamente con nuestro cerebro y nuestra forma física.
La segunda opción sería rendirnos. Hubo un silencio escalofriante y desolador.
En realidad, solo teníamos una opción, y Homer lo sabía. —No quiero ser una
heroína muerta —dije—. Pensadlo bien. Creo que deberíamos rendirnos.
—Estoy de acuerdo —se apresuró a contestar Homer, como si
quisiese adelantarse a cualquier opinión contraria.
El único que
probablemente pusiera pegas era Kevin. Los cuatro lo miramos. Él vaciló.
Entonces, tragó saliva y asintió: —De acuerdo. —Volvamos al salón —dijo Homer—.
Veamos si sigue ahí. Atravesamos corriendo el pasillo y Kevin se coló en la
habitación y se deslizó hasta la ventana. —Sigue ahí —confirmó—. No está
haciendo nada en particular. Solo observando. No, espera… se mueve… desciende
un poco… Fi soltó un grito. Yo la miré. Había estado muy callada toda la tarde.
Daba la impresión de que estaba a punto de desfallecer. La agarré de la mano y
ella la apretó con tanta fuerza que pensé que era yo la que se desplomaría.
Kevin continuó con su informe. —Están mirando en mi dirección —dijo—. No puedo
creer que no me hayan visto. —No te muevas —le advirtió Homer—. El movimiento
es lo que nos delata. —Ya lo sé —protestó Kevin— ¿Qué crees, que voy a ponerme
a bailar claqué? Durante dos minutos permanecimos quietos, como maniquíes en un
escaparate. La habitación parecía ponerse más y más oscura. Cuando Kevin retomó
la palabra lo hizo en un susurro, como si hubiese soldados en el pasillo. —Se
mueve… No sé… Un poco hacia un lado, hacia arriba… Quizá se coloquen al otro
lado de la casa para echar un vistazo.
—Este será el movimiento decisivo, hagan una cosa u otra
—dijo Homer—. No tardarán demasiado en tomar una decisión.
Fi se aferró a mi
mano incluso con más fuerza, algo que no hubiese creído posible. Era peor que
cargar con un montón de bolsas de plástico llenas a rebosar de comida para
perros. Kevin siguió hablando como si no hubiese oído a Homer. —Sigue
desviándose hacia un lado… Sube un poco más… No, retrocede ligeramente. Vamos,
lárgate guapa. Sí, para atrás y acelerando. Eso es. Vamos nena, vete a tomar
viento. ¡Sí! ¡Sí! Vuela, vuela a casa. —Se volvió hacia nosotros,
despreocupado, encogido de hombros—. ¿Veis? Lo único que he tenido que hacer es
valerme de mi encanto. Corrie cogió el primer objeto a su alcance y se lo
lanzó. El sonido de los rotores empezó a sonar como una motosierra distante. El
objetivo era una estatuilla de la Virgen que, por suerte para Corrie, Kevin
atrapó al vuelo. Fi rompió a llorar. Homer lanzó una temblorosa sonrisa antes
de retomar el control de la situación. —Hay que ponerse las pilas —dijo—. Hemos
tenido suerte. A partir de ahora, no podremos permitirnos cometer tantos errores.
—Nos apremió a atravesar el salón y dirigirnos hacia la puerta—. Tendremos esta
pequeña asamblea ahí afuera, donde podamos vigilar la carretera —dijo—. Ahora
bien, os diré lo que pienso. Si veis algún cabo suelto, decídmelo. Si no,
haremos lo que yo diga y ya está, ¿de acuerdo? No tenemos tiempo para
enzarzarnos en debates interminables. »Muy bien. En primer lugar: las perras. Flip
y la otra, como quiera que se llame, se quedan en mi casa. —Millie —maticé
yo. —Sí —dijo Homer—. Millie. Chicos, tenemos que abandonarlas. Dejad
todo el pienso que queráis, pero es todo lo que podemos hacer. En segundo
lugar: las vacas. He echado un vistazo a la tuya, Corrie. No solo tiene
mastitis, sino además gangrena. Tendremos que sacrificarla. Un disparo será
menos cruel que dejarla ahí sufriendo. Miré a Corrie, que intentaba contener
las lágrimas.
—Tercero: el Toyota
—prosiguió Homer—. De momento, no nos lo podemos llevar. Lo habrán visto desde
arriba, se darán cuenta si de repente desaparece. Las tres personas encargadas
de llenar los vehículos tendrán que cargar todo lo que puedan en las
bicicletas, pedalear hasta la casa de Kevin y allí coger un coche para luego
recoger el Land Rover. Miró a Kevin para comprobar si era posible. Él asintió.
—El Ford sigue ahí. —Bien. Esperaba que pudiésemos coger toda la verdura
posible del huerto de la madre de Corrie. Pero no creo que tengamos tiempo, a
no ser que lo hagamos de noche. Por ahora, creo que deberíamos escondernos en
el monte hasta que caiga la noche. Coged las bicicletas y cualquier otra cosa
que sea de vital importancia, pero larguémonos. Puede que manden tropas al
pueblo. Estoy seguro de que no vendrán cuando todo esté a oscuras, pero hasta
entonces existe riesgo. »Y por último, lo de esta noche. —Hablaba muy rápido,
pero no se nos escapaba nada—. Creo que Ellie y yo deberíamos ir al pueblo.
Necesitamos a un conductor aquí, y Kevin y Ellie son nuestros mejores
conductores. Y no sería justo hacer un grupo solo de chicos y otro de chicas.
Si vosotros tres conseguís llegar a casa de Ellie para el amanecer, nos
reuniremos allí. Si no estamos allí mañana, dadnos hasta la medianoche y
después marchaos hasta el Infierno. Dejad un coche escondido en casa de Ellie y
camuflad el otro en alguna parte, en la cima, cerca de la Costura del Sastre.
Luego, bajad al campamento. Iremos allí por nuestros propios medios en cuanto
nos sea posible. Conforme hablaba, Homer escrutaba nervioso la carretera. Se
puso de pie. —Ese helicóptero me ha dejado mosca. Salgamos ahora mismo, y
busquemos las provisiones de esta noche. Me reuniré con vosotros en el
cobertizo de esquileo. Tendremos que llevarnos todas las bicicletas. Las
necesitamos.
Cogió el fusil y
miró a Corrie, enarcando sus pobladas cejas negras. Ella vaciló un momento y,
entonces, murmuró: —Hazlo tú. Ella vino con nosotros mientras Homer se iba solo
hacia los árboles que quedaban al final del cercado de la casa, donde la vaca
aguardaba quieta. El disparo retumbó pocos minutos más tarde, cuando nosotros
corríamos hacia los cuartos de los esquiladores. Corrie se enjugó los ojos con
la mano izquierda. La otra se aferraba a la mano de Kevin. Yo le di una
palmadita en la espalda, aunque me pareció un gesto inadecuado. Sabía cómo se
sentía. Se le coge mucho cariño a una vaca lechera. Ya había visto a papá
rematando de un tiro a perros de trabajo demasiado viejos; a canguros atrapados
en vallas, demasiado débiles como para ponerse de pie; a ovejas invendibles en
el mercado. Sabía que Millie tenía los días contados. Pero nunca
habíamos disparado a una vaca lechera. —Espero que mis padres aprueben que
hagamos esto —lloriqueó Corrie. —Lo que no habrían aprobado es que rompieras
esa estatuilla —dije en un intento por animarla. —Suerte que juego en primera
base —añadió Kevin.
Al cabo de dos minutos, en los cuartos de los esquiladores,
se nos unió Homer. Justo a tiempo. Unos noventa segundos más tarde, un caza
negro, rápido y letal, apareció al oeste, volando muy bajo. Sonaba como esos
tornos de los dentistas, pero amplificado mil veces. Lo observamos desde las
ventanitas de un cuarto de esquilador, demasiado fascinados y asustados, como
para movernos. Había algo siniestro en él, algo diabólico. Pasaba por la zona
con un propósito en concreto, despiadado. Por las leves sacudidas que se
advirtieron una vez pasó la carretera, se habría dicho que aminoró la
velocidad. Bajo cada ala, salieron disparados dos pequeños dardos, dos
horribles cosas negras que fueron creciendo conforme se precipitaban hacia
nosotros. Se acercaban, terriblemente rápido. Corrie soltó un grito que jamás
olvidaré, como el de un pájaro herido. Un cohete golpeó la casa, no hizo falta
un segundo. Como a cámara lenta, la construcción se vino abajo. Parecía pender
del aire, como un modelo
de lego a punto de ser montado. Entonces, una gigantesca flor naranja empezó a
abrirse en el interior de la casa. Creció muy deprisa hasta que ya no quedaba
espacio y tuvo que abrirse camino a través de las paredes para seguir
floreciendo. De súbito, todo estalló. Ladrillos, madera, hierro galvanizado,
cristal, muebles; los afilados pétalos naranjas volaron en todas direcciones.
La casa quedó hecha añicos esparcidos por todo el cercado, colgando de los
árboles, pegados a las vallas, tirados por el suelo. No quedó más que una
mancha negra en la zona donde antes se había levantado la casa: no había
llamas, solo humo que se alzaba lentamente desde los cimientos. Como el trueno,
la detonación se extendió por los prados, resonando a lo lejos en las colinas.
Los escombros aterrizaron en el tejado de los cuartos de los esquiladores cual
granizo. No podía creer que aquella lluvia se prolongara tanto. Y después, una
vez empezó a atenuarse esa ruidosa tromba de fragmentos pesados, cayeron sin
parar ligeros copos de nieve: trozos de papel, de material, fragmentos de fibra
que se diseminaban tranquila y delicadamente por todo el paisaje. El segundo
proyectil impactó contra la ladera que se alzaba tras la casa. No estoy segura
de si iba dirigido o no hacia los cuartos de los esquiladores. No nos alcanzó
por un pelo. Se estrelló contra la colina con tanta fuerza que el macizo entero
pareció estremecerse; hubo un momento de silencio antes de la explosión y, poco
después, se descolgó toda una sección del montículo. El avión viró bruscamente
e hizo un recorrido por encima del arroyo del prado. Imagino que para disfrutar
del espectáculo. Entonces, giró una vez más y aceleró de camino a su repugnante
guardia.
Corrie
estaba en el suelo, hipando y agitándose con violencia como un pez al extremo
del sedal. Tenía los ojos completamente en blanco. No había manera de calmarla.
Nos asustamos. Homer salió corriendo en busca de un cubo de agua. Le salpicamos
la cara. Aquello pareció despertarla un poco. Yo cogí el cubo y se lo derramé
entero por encima de la cabeza. Dejó de hipar y se quedó allí sollozando, con
la cabeza entre las rodillas, las manos alrededor de los tobillos, empapada en
agua. La secamos y la abrazamos, pero pasaron horas hasta que finalmente se
calmó y fue capaz de mirarnos en la cara. Tuvimos que quedarnos allí a esperar,
rezando para que los aviones no regresaran, para que no enviasen convoyes de
soldados. Corrie no podía moverse, y nosotros no lo haríamos sin ella.
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