miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 8

12
Como esperaba, el vuelo a San Diego me dio tiempo para pensar. Me sentía querida y descansada
después de la visita a mi padre. Tras su cita con el gastroenterólogo, que nos tranquilizó diciéndonos
que el tumor era benigno, nos pasamos el resto del tiempo hablando y recordando a mamá, incluso
planeando un viaje para que viniera a verme a Chicago.
Para cuando me despidió con un beso, yo me sentía lo más preparada posible, teniendo en cuenta la
situación. Estaba muy nerviosa por volver a ver cara a cara al señor Ryan, pero me había dado a mí
misma la mejor charla de preparación posible, y había hecho varias compras por internet y tenía la
maleta llena de nuevas «braguitas poderosas». Había pensado mucho en mis opciones y estaba
bastante segura de que tenía un plan.
El primer paso era admitir que este problema venía de algo más que de la tentación que producía la
cercanía. Estar separados por miles de kilómetros de distancia no había servido para calmar mi
necesidad. Había soñado con él casi cada noche, despertándome cada mañana frustrada y sola. Había
pasado demasiado tiempo pensando en lo que estaría haciendo, preguntándome si estaría tan
confundido como yo e intentando arrancarle a Sara toda la información que podía sobre cómo iban las
cosas por allí.
Sara y yo tuvimos una interesante conversación cuando me llamó para informarme de cómo iba lo
de mi sustitución temporal. Me reí como una histérica cuando me enteré de la sucesión de asistentes.
Por supuesto que a Bennett le estaba costando mantener a alguien cerca de él. Era un gilipollas.
Yo estaba acostumbrada a sus cambios de humor y a su actitud hosca; profesionalmente nuestra
relación funcionaba como un reloj. Pero el lado personal era una pesadilla. Casi todo el mundo lo
sabía, aunque no conocían el alcance de la situación.
Muchas veces recordé nuestros últimos días juntos. Algo en nuestra relación estaba cambiando y yo
no estaba segura de cómo me hacía sentir eso. No importaba cuántas veces nos dijéramos que no iba a
volver a pasar, porque lo haría. Estaba aterrada de que ese hombre, que era mucho más que malo para
mí, tuviera más control sobre mi cuerpo de lo que lo tenía yo, no importaba cuánto intentara
convencerme a mí misma de lo contrario.
No quería ser una mujer que sacrificaba sus ambiciones por un hombre.
De pie en la zona de llegadas, me di una última charla de preparación. Podía hacerlo. Oh, Dios,
esperaba poder hacerlo. Las mariposas de mi estómago no paraban de revolotear y me preocupé
brevemente por si acababa vomitando.
Su avión se había retrasado en Chicago y eran más de las seis y media cuando por fin aterrizó en
San Diego. Aunque el tiempo en el avión me había venido bien para pensar, las otras siete horas de
espera posteriores solo habían vuelto a poner en funcionamiento mis nervios.
Me puse de puntillas intentando ver mejor entre la multitud, pero no lo vi. Volví a mirar mi móvil y
leí otra vez su mensaje.
Acabo de aterrizar. Nos vemos en unos minutos.
No había nada sentimental en ese mensaje, pero hizo que me diera un vuelco el estómago. Nuestros
mensajes de la noche anterior habían sido igual; nada de lo que dijimos era especial, solo le pregunté
qué tal había ido el resto de la semana. Eso no se consideraría inusual en ninguna otra relación, pero
era algo totalmente nuevo para nosotros. Tal vez había una posibilidad de que pudiéramos dejar a un
lado la animosidad constante y acabar siendo... ¿qué, amigos?
Con el estómago hecho un nudo empecé a caminar arriba y abajo, deseando que mi mente cambiara
de marcha y se calmaran los latidos de mi corazón. Sin pensarlo me paré a medio paso y me volví
hacia la multitud que se acercaba, buscándolo entre la marea de caras desconocidas. Me quedé sin
aliento cuando una mata de pelo conocido destacó entre las demás.
«Por Dios, compórtate, Chloe.»
Intenté una vez más mantener mi cuerpo bajo control y volví a levantar la vista. «Joder, estoy hecha
una mierda.» Ahí estaba, mejor de lo que nunca le había visto. ¿Cómo demonios consigue una persona
mejorar su aspecto en nueve días y bajar de un avión sin haber perdido ni un ápice de encanto?
Era casi una cabeza más alto que las personas que lo rodeaban, ese tipo de altura que resalta entre la
multitud, y yo le di gracias al universo por eso. Su pelo oscuro estaba tan alborotado como siempre;
sin duda se había pasado las manos por el pelo cien veces durante la última hora. Llevaba pantalones
de sport oscuros, un blazer color carbón y una camisa blanca con el cuello desabrochado. Parecía
cansado y se veía un principio de barba en su cara, pero eso no fue lo que hizo que mi corazón se
pusiera a mil por hora. Él iba mirando al suelo, pero en cuanto nuestras miradas se encontraron, su
cara se dividió con la sonrisa más abiertamente feliz que le había visto nunca. Antes de que pudiera
evitarlo, sentí explotar también mi sonrisa, amplia y nerviosa.
Él se detuvo frente a mí, con una expresión un poco más tensa de lo normal; los dos esperábamos
que el otro dijera cualquier cosa.
—Hola —dije algo violenta, intentando liberar algo de la tensión que había entre nosotros.
Todas las partes de mi cuerpo querían empujarlo hacia el baño de señoras, pero no sé por qué me
pareció que no era la mejor manera de saludar al jefe. Aunque no es que eso nos hubiera importado
nunca antes.
—Eh... Hola —respondió con la frente un poco arrugada.
«¡Joder, despierta, Chloe!»
Ambos nos volvimos para dirigirnos a la cinta de equipajes y yo sentí que se me ponía toda la piel
de gallina solo por estar cerca de él.
—¿Qué tal el vuelo? —le pregunté aunque sabía cuánto odiaba volar en compañías aéreas
comerciales, aunque fuera en primera clase. Aquella situación era tan ridícula... Estaba deseando que
dijera alguna estupidez para que pudiera contestarle con un grito.
Él pensó un momento antes de responder.
—Bueno, no ha estado mal una vez que hemos logrado despegar. No me gusta lo llenos que van los
aviones. —Se detuvo y esperó, rodeado por el bullicio de la gente, pero lo único que yo noté fue la
tensión que crecía entre nosotros y cada centímetro de espacio que había entre nuestros cuerpos—. ¿Y
cómo se encuentra tu padre? —preguntó un momento después.
Asentí.
—Era benigno. Gracias por preguntar.
—De nada.
Pasaron varios minutos en un incómodo silencio y yo me sentí más que aliviada al ver salir su
equipaje por la cinta. Ambos fuimos a cogerlo al mismo tiempo y nuestras manos se tocaron
brevemente sobre el asa. Me aparté y al levantar la vista me encontré con su mirada.
Se me cayó el alma a los pies al ver en sus ojos el ansia que tan bien conocía. Ambos murmuramos
unas disculpas y yo aparté la mirada, pero no antes de ver la sonrisita que aparecía en su cara.
Afortunadamente ya era el momento de ir a recoger el coche de alquiler y ambos nos dirigimos hacia
el aparcamiento.
Pareció satisfecho cuando nos acercamos al coche, un Mercedes Benz SLS AMG. Le encantaba
conducir (bueno, lo que le gustaba era ir rápido) y yo, siempre que necesitaba un coche, intentaba
alquilarle alguno con el que pudiera divertirse.
—Muy bonito, señorita Mills —dijo pasando la mano sobre el capó—. Recuérdeme que me plantee
subirle el sueldo.
Sentí que el deseo familiar de darle un puñetazo recorría mi cuerpo y eso me calmó. Todo era
mucho más fácil cuando él se comportaba como un gilipollas integral.
Al pulsar el botón para abrir el maletero le dediqué una mirada de reproche y me aparté para que
metiera sus cosas. Se quitó la chaqueta y me la dio. Yo la tiré en el maletero.
—¡Ten cuidado! —me reprendió.
—Yo no soy tu botones. Guarda tú tu propia chaqueta.
Él se rió y se agachó para coger su maleta.
—Dios, solo quería que me la sujetaras un momento.
—Oh. —Con las mejillas ruborizadas por mi reacción exagerada, estiré el brazo, recogí la chaqueta
y la doblé sobre mi brazo—. Perdón.
—¿Por qué asumes siempre que me voy a comportar como un capullo?
—¿Porque normalmente lo eres?
Con otra carcajada, metió la maleta en el maletero.
—Debes de haberme echado mucho de menos.
Abrí la boca para contestar pero me distraje mirándole los músculos de la espalda que le tensaron la
camisa al colocar su equipaje en el maletero al lado del mío. De cerca me di cuenta de que la camisa
blanca tenía un sutil estampado gris y que estaba hecha a medida para ceñir sus anchos hombros y su
estrecha cintura sin que le sobrara tela por ninguna parte. Los pantalones eran gris oscuro y estaban
perfectamente planchados. Estaba segura de que él nunca se hacía su propia colada y, maldita sea,
¿quién iba a echárselo en cara cuando estaba tan sexy con las prendas a medida que le limpiaban en la
tintorería?
«¡Para ya!»
Cerró el maletero con un golpe, sacándome de mi ensoñación, y yo le di las llaves cuando me tendió
la mano. Él dio la vuelta, abrió mi puerta, y esperó a que me sentara antes de cerrarla. «Sí, eres un
verdadero caballero...», pensé.
Condujo en silencio; los únicos sonidos eran el ronroneo del motor y la voz del GPS dándonos
direcciones para llegar al hotel. Yo me entretuve repasando la agenda e intentando ignorar al hombre
que tenía al lado.
Quería mirarlo, estudiar su cara. Estaba deseando estirar la mano y tocar la sombra de barba de su
mandíbula, decirle que parara y me tocara.
Todos esos pensamientos no dejaban de pasar por mi mente, lo que me hizo imposible
concentrarme en los papeles que tenía delante. El tiempo que habíamos pasado separados no había
aplacado en absoluto el efecto que tenía sobre mí. Quería preguntarle cómo habían ido las dos últimas
semanas. La verdad es que lo que quería saber era cómo estaba.
Con un suspiro cerré la carpeta que tenía en el regazo y me volví para mirar por la ventanilla.
Debimos pasar junto al océano, buques de la Marina y gente pasando por las calles, pero yo no vi
nada. Lo único que había en mi mente era lo que había en el interior del coche. Sentía cada
movimiento, cada respiración. Sus dedos daban golpecitos contra el volante. La piel chirriaba cuando
se movía en el asiento. Su olor llenaba el espacio cerrado y me hacía imposible recordar por qué
necesitaba resistirme. Él me envolvía completamente.
Tenía que ser fuerte para probar que era yo quien controlaba mi vida, pero todas las partes de mí me
pedían a gritos sentirlo. Necesitaría recomponerme en el hotel antes del congreso, pero con él tan
cerca, todas esas buenas intenciones me abandonaron.
—¿Está bien, señorita Mills? —El sonido de su voz me sobresaltó y me volví para encontrarme con
sus ojos color avellana. Mi estómago se llenó otra vez de mariposas al ver la intensidad que había tras
ellos. ¿Cómo había podido olvidar lo largas que eran sus pestañas?
—Ya hemos llegado. —Señaló el hotel y me sorprendí de que ni siquiera me hubiera dado cuenta—.
¿Va todo bien?
—Sí —respondí con rapidez—. Es que ha sido un día muy largo.
—Hummm —murmuró sin dejar de mirarme. Vi que su mirada pasaba a mi boca y Dios, cómo
quería que me besara. Echaba de menos el dominio de sus labios sobre los míos, como si no hubiera
nada en el mundo que pudiera desear más que saborearme. Y sospechaba que a veces eso podía incluso
ser cierto.
Como si me viera de alguna forma atraída por él, me incliné hacia su asiento. La electricidad se
puso en funcionamiento entre nosotros y volvió a mirarme a los ojos. Él también se inclinó para
acercarse a mí y sentí su aliento caliente contra la boca.
De repente mi puerta se abrió y yo di un salto en el asiento, sobresaltada al ver al botones del hotel
allí de pie, expectante, con la mano tendida. Salí del coche e inspiré hondo el aire que no estaba lleno
de su olor intoxicante. El botones cogió las maletas y el señor Ryan se disculpó para ir a contestar una
llamada mientras nos registrábamos.
El hotel estaba lleno de otros asistentes al congreso y vi varias caras que me eran familiares. Había
hecho planes para quedar con un grupo de alumnos de mi máster en algún momento de aquel viaje.
Saludé con la mano a una mujer que reconocí. Estaría muy bien poder ver a amigos mientras
estábamos allí. Lo último que necesitaba era sentarme sola en mi habitación del hotel y fantasear con
el hombre que estaría abajo, en la sala.
Después de que me dieran las llaves y de decirle al botones que subiera las maletas a nuestras
habitaciones, me dirigí al salón en busca del señor Ryan. La recepción de bienvenida estaba en su
apogeo y, tras examinar la gran estancia, lo encontré al lado de una morena muy alta. Estaban bastante
juntos, con la cabeza de él un poco inclinada para escucharla.
Su cabeza no me dejaba ver la cara de la mujer y entorné los ojos cuando me di cuenta de que ella
levantaba la mano y le agarraba el antebrazo. Se rió por algo que él dijo y se apartó un poco, lo que me
dejó verla mejor.
Era guapísima, con un pelo liso y negro que le llegaba por los hombros. Mientras la miraba, ella le
puso algo en la mano y le cerró los dedos sobre ello. Una expresión extraña cruzó la cara del señor
Ryan cuando miró lo que tenía en la mano.
«Tiene que estar de coña. ¿Le acaba... Le acaba de dar la llave de su habitación?»
Los observé un momento más y entonces algo dentro de mí saltó al ver que seguía mirando la llave
como si estuviera pensándose si metérsela o no en el bolsillo. Solo pensar en él mirando a otra mujer
con la misma intensidad, deseando a otra, hizo que el estómago se me retorciera por la furia. Antes de
poder detenerme, crucé con decisión la sala hasta llegar junto a ambos.
Le puse la mano en el antebrazo y él parpadeó al mirarme, con una expresión de duda en la cara.
—Bennett, ¿ya podemos subir a la habitación? —le pregunté en voz baja.
Él abrió mucho los ojos y también la boca por el asombro. Nunca le había visto tan mudo como en
ese momento.
Y entonces me di cuenta: yo nunca antes le había llamado por su nombre de pila.
—¿Bennett? —volví a preguntar y algo pasó como un relámpago por su cara. Lentamente la
comisura de su boca se elevó hasta formar una sonrisa y nuestras miradas se encontraron un momento.
Al volverse hacia ella, él sonrió con condescendencia y habló en una voz tan suave que hizo que me
estremeciera.
—Discúlpanos —dijo, devolviéndole discretamente su llave—. Como ves, no he venido solo.
El pulso acelerado provocado por la victoria eclipsó completamente el horror que debería estar
sintiendo en ese momento. Él colocó su mano cálida en la parte baja de mi espalda mientras me
guiaba hacia la salida del salón y después cruzamos el vestíbulo. Pero cuando nos acercábamos a los
ascensores, mi euforia se fue viendo reemplazada por otra cosa. Me empezó a entrar el pánico cuando
me di cuenta de lo irracional de mi comportamiento.
Recordar nuestro constante juego del gato y el ratón me agotaba. ¿Cuántas veces al año viajaba él?
¿Cuántas veces le habrían puesto una llave en la mano? ¿Iba a estar allí todas las veces para alejarle de
la tentación? Y si no estaba, ¿se metería tranquilamente en la habitación de otra?
Y, además, ¿quién demonios creía que podría ser para él? ¡Y a mí no debería importarme!
Tenía el corazón a mil por hora y la sangre me atronaba en los oídos. Otras tres parejas se metieron
con nosotros en el ascensor y yo recé para poder llegar a mi habitación antes de explotar. No me podía
creer lo que acababa de hacer. Levanté la vista y le vi con una sonrisita triunfante.
Inspiré hondo e intenté recordarme que eso era exactamente lo que necesitaba para permanecer
alejada. Lo que había pasado en el salón no era algo propio de mí y sí, algo muy poco profesional por
parte de ambos, sobre todo en un lugar público de trabajo. Quería gritarle, hacerle daño, enfurecerlo
como él me había hecho enfurecer a mí, pero cada vez me costaba más encontrar la voluntad para
hacerlo.
Subimos en un silencio tenso hasta que la última pareja salió del ascensor y nos dejó solos. Cerré
los ojos, intentando centrarme solo en respirar, pero, por supuesto, todo lo que podía oler allí era a él.
No quería que estuviera con nadie más y ese sentimiento era tan abrumador que me dejaba sin aliento.
Y era aterrador, porque si tenía que ser sincera conmigo misma, él podía destrozarme el corazón.
Podría destrozarme a mí.
El ascensor paró con un timbrazo suave y las puertas se abrieron en nuestra planta.
—¿Chloe? —me dijo con la mano en mi espalda.
Me volví y salí apresuradamente del ascensor.
—¿Adónde vas? —gritó desde detrás de mí. Oí sus pasos y supe que iba a haber problemas—.
¡Chloe, espera!
No podía huir de él para siempre. Ni siquiera estaba segura de que quisiera seguir haciéndolo.
13
Un millón de pensamientos cruzaron por mi mente en ese preciso segundo. No podíamos seguir
haciendo eso. Teníamos que seguir adelante o parar. «Ahora.» Estaba interfiriendo con mis negocios,
mi sueño, mi cabeza... toda mi maldita vida.
Pero no importaba cuánto intentara engañarme, yo sabía lo que quería. No podía dejarla ir.
Ella prácticamente salió corriendo por el pasillo, pero yo fui tras ella.
—¡No puedes hacer algo como eso y después esperar que te deje largarte sin más!
—¿Cómo que «no puedes»? —me gritó por encima del hombro. Llegó a su habitación e intentó
torpemente meter la llave en la cerradura hasta que lo consiguió.
Llegué a su puerta justo cuando la estaba abriendo y nuestras miradas se encontraron durante un
breve momento antes de que entrara corriendo e intentara cerrarla a la fuerza. Metí la mano y abrí la
puerta de un empujón tan violento que golpeó con fuerza la pared que tenía detrás.
—Pero ¿qué coño crees que estás haciendo? —me chilló.
Entró en el baño que estaba justo enfrente de la puerta y se volvió para mirarme.
—¿Vas a dejar de huir de mí? —pregunté y la seguí. Mi voz resonaba en aquel pequeño espacio—.
Si esto es por esa mujer de abajo...
Ella pareció más furiosa al oír mis palabras, si es que eso era posible, y dio un paso hacia mí.
—No te atrevas a seguir por ese camino. Yo nunca he actuado como una novia celosa. —Negó con
la cabeza indignada antes de girarse hacia el lavabo y buscar algo en su bolso.
La miré mientras me iba frustrando cada vez más. ¿Y a qué más podía deberse aquello? Estaba
totalmente desconcertado. Cuando se enfadaba así, a estas alturas ya debería haberme empujado
contra la pared y tenerme medio desnudo. Pero esta vez parecía realmente preocupada.
—¿Crees que me voy a interesar por cualquier mujer que me ponga la llave de su habitación en la
mano? Pero ¿qué tipo de tío crees que soy?
Ella golpeó un cepillo contra la superficie del lavabo y levantó la vista para mirarme furiosa.
—¿No estarás hablando en serio? Sé que tú has hecho esto antes. Solo sexo, nada de compromisos...
Estoy segura de que te dan llaves de habitación continuamente.
Abrí la boca para responder; para ser sincero, sí que había tenido relaciones que no se basaban más
que en el sexo, sin embargo lo que tenía con Chloe hacía tiempo que no era «solo sexo».
Pero ella me interrumpió antes de que pudiera hablar.
—Yo nunca he hecho nada ni parecido a esto y ya no sé cómo llevarlo —me dijo y su voz iba
subiendo con cada palabra—. Pero cuando estoy contigo, es como si nada más importara. Esto... Esto
—continuó haciendo un gesto que nos incluía a ambos— ¡no tiene nada que ver conmigo! Es como si
me convirtiera en una persona diferente cuando estoy contigo, y lo odio. No puedo hacerlo, Bennett.
No me gusta la persona en la que me estoy convirtiendo. Trabajo mucho. Me importa mi trabajo. Soy
inteligente. Y nada de eso importará si la gente se entera de lo que está pasando entre nosotros.
Búscate a otra.
—Ya te lo he dicho, no he estado con nadie desde que empezamos con esto.
—Eso no significa que no vayas a coger una llave si te la ponen en la mano. ¿Qué habrías hecho si
no hubiera aparecido?
—Devolvérsela —dije sin dudarlo.
Pero ella solo se rió; claramente no me creía.
—Mira, todo esto me tiene agotada ahora mismo. Solo quiero darme una ducha y meterme en la
cama.
Era casi imposible siquiera pensar en irme de allí y dejar aquello sin resolver, pero ella ya se había
apartado de mí y estaba abriendo el grifo de la ducha. Cuando fui a abrir la puerta que daba al pasillo,
la miré, ya envuelta en vapor y mirando cómo me iba. Y parecía tan confusa como yo, maldita sea.
Sin pensarlo, crucé la habitación, le cogí la cara entre las manos y la acerqué a mí. Cuando nuestros
labios se encontraron, ella dejó escapar un sonido estrangulado de rendición e inmediatamente hundió
las manos en mi pelo. La besé con más fuerza, reclamando sus sonidos como míos, haciendo míos
también sus labios y su sabor.
—Firmemos una tregua por una noche —le dije dándole tres breves besos en los labios, uno a cada
lado y uno un poco más largo en el centro, en el corazón de su boca—. Dámelo todo de ti por una
noche, no te guardes nada. Por favor, Chloe, te dejaré en paz después de eso, pero no te he visto
durante casi dos semanas y... necesito esta noche al menos.
Ella se quedó mirándome durante varios dolorosos minutos, claramente luchando consigo misma. Y
entonces, con un suave sonido de súplica, levantó los brazos y me atrajo hacia a ella, poniéndose de
puntillas para acercarse tanto como fuera posible.
Mis labios eran duros e implacables pero ella no se apartó, apretando sus curvas contra mí. Yo
estaba perdido para todo excepto para ella. Nos dimos un golpe con la pared, con la encimera, con la
puerta de la ducha, retorciéndonos y tirando el uno del otro en nuestra desesperación. La habitación
estaba totalmente llena de vapor para entonces y nada parecía real. Podía olerla, saborearla y sentirla,
pero nada de eso parecía suficiente.
Nuestros besos se hicieron más profundos, nuestras caricias más salvajes. Le agarré el trasero, los
muslos, subí las manos hasta sus pechos y los acaricié, necesitando notar todas y cada una de las
partes de su cuerpo en mis palmas simultáneamente. Ella me empujó contra la pared y repentinamente
una calidez cayó por mi hombro y por mi pecho, sacándome de mi ensoñación. Habíamos entrado en
la ducha con la ropa todavía puesta. Nos estábamos empapando.
Pero no nos importó.
Sus manos me recorrían el cuerpo frenéticamente, tirando de la camisa para sacármela de los
pantalones. Con las manos temblorosas me la desabrochó, arrancándome algunos botones por las
prisas, antes de bajarme la tela mojada por los hombros y tirarla fuera de la ducha.
La seda húmeda de su vestido se le pegaba al cuerpo, acentuando cada curva. Le rocé la tela sobre
los pechos y noté los pezones tensos debajo. Ella gimió y puso su mano sobre la mía guiando mis
movimientos.
—Dime lo que quieres. —Mi voz sonaba ronca por la necesidad—. Dime qué quieres que te haga.
—No lo sé —susurró contra mi boca—. Solo quiero ver cómo te vas deshaciendo.
Quería decirle que ya podía ver eso ahora y, para ser totalmente sincero, llevaba viéndolo durante
semanas, pero me faltaron las palabras al bajarle las manos por los costados y meterlas bajo el
vestido. Nos estuvimos provocando con la boca el uno al otro y el sonido de la ducha ahogó nuestros
gemidos. Metí las manos dentro de sus bragas y sentí el calor contra mis dedos.
Como necesitaba ver más de ella, saqué los dedos y los llevé al dobladillo de su vestido. Con un
solo movimiento se lo levanté y se lo saqué por la cabeza. Me quedé helado al ver lo que había debajo.
«Dios Santo.» Estaba intentado matarme.
Di un paso atrás y me apoyé contra la pared de la ducha. Ella estaba delante de mí, calada hasta los
huesos, con unas bragas de encaje blanco que se ataban a ambos lados de su cadera con un lazo de
seda. Tenía los pezones duros y se veían bajo el sujetador a juego y no pude evitar estirar la mano para
tocarlos.
—Joder, eres tan hermosa —dije pasándole las yemas de los dedos por los pechos tensos. Un
estremecimiento visible la recorrió y mi mano subió por su cuerpo, por encima de su clavícula, por el
cuello y hasta su mandíbula.
Podíamos follar justo allí, húmedos y resbaladizos contra los azulejos y tal vez lo hiciéramos más
adelante, pero ahora mismo quería tomarme mi tiempo. Mi corazón se aceleró al pensar que teníamos
toda la noche por delante. Nada de apresurarse ni de esconderse. Nada de peleas amargas ni de culpas.
Teníamos toda la noche para estar solos y me iba a pasar toda la noche con ella... en una cama.
Metí la mano por detrás de ella y cerré la ducha. Ella se apretó contra mí, acercando su cuerpo todo
lo que pudo. Yo le cogí la cara y la besé profundamente, con mi lengua deslizándose contra la suya.
Sus caderas se movieron contra las mías y abrí la puerta de la ducha, sin dejar de abrazarla mientras
salíamos.
No podía dejar de tocarle la piel: por la espalda, sobre la suave curva al final y volviendo a subir por
sus costados hasta sus pechos. Necesitaba sentir, saborear cada centímetro de su piel.
Nuestro beso no se rompió mientras salíamos del baño, tropezando torpemente mientras nos íbamos
quitando con desesperación lo que nos quedaba de la ropa. Me quité de una patada los zapatos
mojados mientras la llevaba hacia el dormitorio, y ella me acariciaba el estómago en busca de mi
cinturón. La ayudé y pronto me liberé también de los pantalones y los bóxer. Acelerado, los aparté a
un lado de una patada y aterrizaron un poco más allá en un montoncito húmedo.
Seguí la línea de sus costillas con los nudillos antes de deslizar las manos hacia el cierre de su
sujetador, lo solté y prácticamente se lo arranqué del cuerpo. Acercándola a mí, gemí dentro de su
boca cuando sus pezones duros rozaron mi pecho. Las puntas de su cabello húmedo me hacían
cosquillas en las manos mientras se las pasaba por la espalda desnuda, y sentí electricidad contra mi
piel.
La habitación estaba a oscuras, la única iluminación venía de la escasa cuña de luz que se escapaba
por la puerta del baño y de la luna del cielo nocturno. La parte de atrás de sus rodillas chocó con la
cama y yo me dirigí a la última prenda que quedaba entre nosotros. Mi boca subió hasta sus labios y
después bajó por su cuello, por ambos pechos y por su torso. Le fui dando breves besos y mordiscos
por el estómago y finalmente llegué al encaje blanco que escondía el resto de ella.
Me puse de rodillas delante de ella, levanté la vista y encontré su mirada. Tenía las manos en mi
pelo y pasaba los dedos entre los mechones mojados y alborotados.
Estiré la mano y cogí el delicado lazo de seda entre los dedos, tiré y vi cómo se deshacía en su
cadera. Una expresión de confusión cruzó su cara mientras yo pasaba los dedos por todo el borde de
encaje hasta el otro lado y hacía lo mismo. La tela cayó de su cuerpo sin daños y ella quedó
completamente desnuda delante de mí. No las había roto, pero podía estar más que segura de que tenía
intención de llevarme esa preciosidad conmigo.
Ella rió; parecía que me había leído la mente.
La empujé un poco para atrás para que quedara sentada en el borde de la cama y, todavía de rodillas
delante de ella, le abrí las piernas. Le acaricié la piel sedosa de las pantorrillas y le besé el interior de
los muslos y entre las piernas. Su sabor invadió mi boca y se me subió a la cabeza, borrando todo lo
demás. Joder, qué cosas me hacía esa mujer.
La empujé otra vez para que se tumbara sobre las sábanas y por fin me acerqué para unirme a ella,
pasándole los labios y la lengua por el cuerpo, con sus manos todavía enredadas en mi pelo,
guiándome hacia donde ella me necesitaba más. Le metí el pulgar en la boca porque deseaba que me
lamiera algo mientras yo ponía mi boca en sus pechos, sus costillas, su mandíbula.
Sus suspiros y gemidos llenaron la habitación y se mezclaron con los míos. Era más difícil de lo
que había sido nunca y solo quería enterrarme en ella una y otra vez. Alcancé su boca y le saqué mi
pulgar húmedo para pasárselo por la mejilla. Entonces ella tiró de mí y cada centímetro de nuestros
cuerpos desnudos quedó alineado.
Nos besamos con pasión, las manos buscando y agarrando, intentando acercarnos todo lo posible.
Nuestras caderas se encontraron y mi miembro se deslizó contra su calor húmedo. Cada vez que
pasaba sobre su clítoris, ella emitía un gemido. Con un leve movimiento podría estar en lo más
profundo de ella.
Quería eso más que nada en el mundo, pero necesitaba oír algo de ella primero. Cuando había dicho
mi nombre abajo, había provocado algo dentro de mí. No lo había comprendido del todo todavía, no
sabía si significaba algo que no estaba totalmente preparado para explorar, pero sabía que necesitaba
oírlo, oír que era a mí a quien quería. Necesitaba saber que, por esa noche, era mía.
—Joder, me muero por estar dentro de ti ahora mismo —le susurré al oído. Ella se quedó sin aliento
pero se le escapó un profundo suspiro entre los labios—. ¿Es eso lo que tú quieres?
—Sí —lloriqueó con la voz suplicante y sus caderas se separaron de la cama buscando las mías. La
punta de mi pene rozó su entrada y yo apreté la mandíbula porque quería prolongar aquello. Sus
talones me recorrían las piernas arriba y abajo, hasta que al final pararon cuando me rodeó la cintura.
Le cogí las dos manos y se las coloqué por encima de la cabeza a la vez que entrelazaba nuestros
dedos.
—Por favor, Bennett —me suplicó—. Estoy a punto de perder la cabeza.
Bajé la cabeza de forma que nuestras frentes se tocaran y finalmente empujé para entrar en su
interior.
—Oh, joder —gimió.
—Dilo otra vez. —Me estaba quedando sin aliento al empezar a moverme para entrar y salir de ella.
—Bennett... ¡joder!
Quería oírlo una y otra vez. Me puse de rodillas y empecé a empujar hacia su interior con un ritmo
más constante. Teníamos las manos todavía entrelazadas.
—No voy a tener bastante de esto nunca.
Estaba cerca y necesitaba aguantar. Llevaba separado de ella demasiado tiempo y nada de lo que
había en las fantasías que había tenido con ella podía compararse con aquello.
—Te quiero así todos los días —dije contra su piel húmeda—. Así y agachada sobre mi mesa. De
rodillas chupándomela.
—¿Por qué? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué te encanta hablarme así? Eres un capullo.
Bajé sobre ella otra vez, riéndome contra su cuello.
Nos movimos a la vez sin esfuerzo, una piel cubierta de sudor deslizándose contra otra. Con cada
embestida ella elevaba las caderas para encontrarse conmigo y sus piernas, que me rodeaban la
cintura, me empujaban más adentro. Estaba tan perdido en ella que pareció que se paraba el tiempo.
Teníamos las manos fuertemente agarradas por encima de la cabeza y empezó a apretarme más fuerte.
Ella estaba cada vez más cerca, sus gritos eran cada vez más fuertes y mi nombre no dejaba de salir de
sus labios, acercándome al abismo.
—Ríndete. —Mi voz era irregular por la desesperación que sentía. Estaba muy cerca pero quería
esperarla—. Suéltate, Chloe, córrete.
—Oh, Dios, Bennett —gimió—. Dime algo más. —Joder, a mi chica le ponía que le dijera
guarradas—. Por favor.
—Estás tan caliente y tan húmeda. Cuando estás cerca —jadeé—, se te enrojece la piel de todo el
cuerpo y tu voz se vuelve ronca. Y, joder, no hay nada más perfecto que tu cara cuando te corres.
Ella me apretó con más fuerza con las piernas y sentí que su respiración se aceleraba a la vez que se
tensaba a mi alrededor.
—Esos labios tan retorcidos se abren y se ponen suaves cuando jadeas por mí y cuando me suplicas
que te dé placer y, no hay nada mejor que el sonido que haces cuando por fin llegas.
Y eso fue todo lo que hizo falta. Hice las embestidas más profundas, levantándola de la cama con
cada empujón. Yo ya estaba justo al borde en ese momento y cuando ella gritó mi nombre no pude
contenerme más.
Ella amortiguó sus gritos contra mi cuello mientras sentía que se dejaba ir, apretándose
salvajemente debajo de mí (nada en el mundo era tan bueno como aquello, dejar que la espiral fuera
creciendo en nuestro interior y después se hiciera pedazos a la vez, los dos juntos) y yo también hice
lo mismo.
Después acerqué mi cara a la suya y nuestras narices se tocaron. Nuestras respiraciones seguían
siendo rápidas y trabajosas. Tenía la boca seca, me dolían los músculos y estaba agotado. Le solté las
manos que estaba agarrando con fuerza y le froté los dedos suavemente, intentando que les volviera la
circulación.
—Madre mía —dijo. Todo parecía tan diferente, pero a la vez muy poco definido. Rodé para
apartarme de ella, cerré los ojos e intenté bloquear la maraña de pensamientos que tenía en la cabeza.
A mi lado, ella se estremeció.
—¿Tienes frío? —le pregunté.
—No —respondió negando con la cabeza—. Solo estoy muy abrumada.
Tiré de ella hacia mí y estiré el brazo para cubrirnos a ambos con las mantas. No quería irme, pero
no sabía si estaba invitado a quedarme.
—Yo también.

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