Quedamos en salir a las ocho de la mañana, bien tempranito. A las diez ya estábamos casi a punto. Sobre las diez y media ya nos encontrábamos a cuatro kilómetros de casa, donde comienza el ascenso de la Costura del Sastre. Se trata de una larga, lenta y empinada ruta que, con el paso de los años, ha quedado en un estado desastroso. Además de cruzar varios arroyos, está plagada de zonas embarradas y socavones tan grandes que pensé que el Land Rover no podría con ellos. No sé cuántas veces tuvimos que detenernos porque un árbol caído nos entorpecía el paso. Llevábamos una motosierra y, al cabo de un rato, Homer sugirió que la dejásemos encendida, que él se haría cargo de ella, y que así nos ahorraríamos el tiempo de arrancarla de nuevo cada vez que otro tronco nos obstaculizara el paso. Imagino que no iba en serio. Espero que no fuese en serio. Hacía mucho tiempo que nadie subía hasta allí. No podía ser de otro modo porque si alguien quería llegar hasta el ramal no le quedaba otra que atravesar nuestra propiedad. Si mi padre hubiese sabido en qué condición estaba la pista, jamás nos habría dejado el Land Rover. Confía en mí como conductora, pero no tanto. Aun así, mientras bregaba con el volante, avanzamos a empellones. A veces, lográbamos recorrer una distancia de cinco kilómetros sin mayor contratiempo y, con suerte, de hasta diez. A mitad de camino, tuvimos que hacer otra parada imprevista cuando Fi decidió que iba a vomitar. Me apresuré a detener el vehículo y ella salió disparada por la puerta trasera, pálida como un sudario. Entre los arbustos dejó un viscoso banquete para el primer dingo o gato montés que pasara por allí.
No fue una escena
muy agradable que digamos. Fi lo hacía todo con mucha clase, pero ni siquiera
ella fue capaz de poner una nota de elegancia al episodio del vómito. Hecho
esto, siguió por su propio pie durante un buen trecho mientras el resto
continuábamos balanceándonos a bordo del Land Rover, cuesta arriba. Pese a lo
extraño de la situación, nos divertimos mucho. Como dijo Lee, fue como montar
en esa atracción de la feria, la Coctelera, pero muchísimo mejor: la vuelta
duraba más y nos salió gratis.
En realidad, al embarcarnos en esta aventura, nos íbamos a
perder la feria. Partimos un día antes del Día de la Conmemoración, fecha señalada
en la que todo el país deja de trabajar. Aunque nuestro distrito va incluso más
allá: la gente deja de trabajar y acude en masa a Wirrawee. Y es así porque,
según la tradición, en el Día de la Conmemoración se celebra también la feria
de Wirrawee. Todo un acontecimiento que no nos importó demasiado perdernos. No
puedes colar bolas en la boca del payaso indefinidamente del mismo modo que no
puedes emocionarte siempre que tu madre se ha hecho con el premio al pastel
mejor decorado. No pasaba nada si nos saltábamos la tradición por una vez. Eso
fue lo que pensamos. Para cuando llegamos a la cima ya eran las dos y media. Fi
recorrió a pie el último par de kilómetros, pero todos los demás nos sentimos
aliviados al poder apearnos del coche y estirar las piernas. Nos encontrábamos
en la vertiente sur de una loma cercana al monte Martin. Fin de la pista
forestal: a partir de ahí iríamos en el coche de San Fernando. Nos tomamos
nuestro tiempo para deambular por la zona y admirar las vistas. A un lado
asomaba el océano: la esplendida bahía de Cobbler, uno de mis paisajes
favoritos y, según mi padre, uno de los puertos naturales más maravillosos del
mundo, en cuyas aguas solo surca algún que otro pesquero o yate. Quedaba
demasiado alejada del pueblo como para ser una zona concurrida aunque, en
aquella ocasión, avistamos un par de barcos. Uno de ellos parecía ser un enorme
pesquero. El océano era de un color tan azul como la sangre real; sus aguas,
profundas, oscuras y mansas. Al lado opuesto, la Costura del Sastre punteaba el
camino hasta la cima del monte Martín, abrupta cresta de rocas negras y
desnudas en forma de delgada línea, como si siglos atrás un cirujano hubiese
practicado una gigantesca incisión. Pendiente abajo, el camino por donde
habíamos llegado ofrecía otra vista: la ruta se había vuelto invisible bajo el
dosel de los árboles y un toldo de enredaderas. A lo lejos, se entreveían las
fértiles tierras del distrito de Wirrawee; un paisaje salpicado por casas y
arboledas entre las que discurría el apacible río Wirrawee. Y justo al otro
extremo se situaba el infierno. —Vaya —dijo Kevin, echando un buen vistazo—.
¿De verdad vamos a meternos allí? —O a intentarlo por lo menos —repuse yo, ya
no tan segura de repente aunque intentando aparentar firmeza y seguridad.
—Es impresionante —añadió Lee—. Estoy impresionado. —Tengo
dos preguntas —prosiguió Kevin—. Pero no haré más que una: ¿cómo? —¿Cuál era la
otra? —La otra es ¿por qué? Pero me niego a preguntar eso. Tú solo dime cómo y
me conformaré. Me conformo con poca cosa. —No es eso lo que dice Corrie
—contestó Homer, adelantándose a mi respuesta. Se lanzaron unas cuantas
piedras, hubo algún que otro forcejeo y Homer estuvo a punto de tomar el camino
más directo hacía el infierno. Los chicos son adictos a dos cosas: lanzarse
piedras y pelear, aunque parece que estos dos han perdido la afición
últimamente. Me pregunto a qué se debe. —Entonces, ¿vamos a meternos allí?
—repitió finalmente Kevin. Yo señalé a la derecha. —Ahí está. Esa es nuestra ruta.
—¿Eso? ¿Ese montón de despeñaderos? Estaba exagerando un poquito, aunque no
demasiado. Los Escalones de Satán son gigantescos bloques de granito que
parecen haber sido colocados al azar, de mayor a menor, por algún gigante
borracho, allá por la Edad de Piedra. En ellos no crece vegetación alguna: no
pueden estar más pelados. Cuanto los miraba, más irrealizable me parecía el
descenso. No por ello renuncié a pronunciar mi gran arenga. —Chicos, no sé si
será posible o no, pero hay un montón de gente en Wirrawee que asegura que sí.
Según cuentan, un anciano, ex asesino, pasó años viviendo allí: el Ermitaño del
Infierno. Y si lo ha logrado un jubilado, seguro que nosotros también podemos.
Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos para conseguirlo. Vamos, salgamos
al ruedo y cojamos al toro por los cuernos. —Vaya, Ellie —dijo Lee con un tono
cargado de respeto—. Ahora entiendo por qué eres la capitana del equipo de
baloncesto. —¿Cómo se puede ser un ex asesino? —preguntó Robyn. —¿Qué?
—¿Que cuál es la
diferencia entre un asesino y un ex asesino?
Robyn siempre iba directa al grano. —Tengo otra pregunta
—interrumpió Kevin —¿Sí? —¿Conoces a alguien en concreto que haya bajado hasta
allí? —Hum… Venga, saquemos las cosas del Land Rover. Hecho esto, nos sentamos
sobre nuestras mochilas y contemplamos las vistas que se extendían bajo el
cielo azul de siempre mientras hincábamos el diente al pollo y la ensalada. La
mochila de Fi quedaba justo en mi campo visual y, en cuanto reparé en ella, me
di cuenta de lo abultada que estaba. —Fi —dije al cabo de un rato—. ¿Qué llevas
en esa mochila? Ella se enderezó con una expresión de asombro en el rostro.
—¿Pues qué voy a llevar? Unas cuantas prendas y esas cosas. Lo mismo que todos.
—¿Qué prendas exactamente? —Las que me dijo Corrie. Camisetas, jerséis,
guantes, calcetines, ropa interior, toalla. —¿Solo eso? Algo más tienes que
llevar. Fi empezaba a parecer algo avergonzada. —Pijamas. —Venga, Fi. —Un
vestido. —¿Un vestido? ¡Fi! —Bueno, nunca se sabe con quién te puedas encontrar.
—¿Y qué más? —Se acabó. No os diré nada más. Os reiréis de mí. —Fi, todavía
tenemos que meter toda la comida en estas mochilas. Y cargar con ellas hasta
Dios sabe dónde. —Ah. Entonces, ¿crees que debería dejar aquí la almohada?
Formamos una comisión de seis personas encargada de
reorganizar la mochila de Fi. Por supuesto, ella quedó excluida de dicha
comisión. Después de esto, repartimos la comida que Corrie y yo habíamos
comprado. Habíamos sido sumamente precavidas. A primera vista, había suficiente
para alimentar a un ejército, pero éramos siete y planeábamos pasar allí cinco
días. Por más que lo intentamos, no hubo manera de cargarlo todo. Los artículos
voluminosos nos dieron bastantes problemas. Nos vimos obligados a tomar unas
cuantas decisiones difíciles como elegir entre los cereales y los malvaviscos,
el pan de pita y los donuts rellenos de mermelada, o el muesli y las patatas
fritas. Me avergüenza decir qué provisiones decidimos quedarnos en cada caso,
aunque lo justificamos diciendo: —Bueno, puede que de todos modos no nos
alejemos demasiado del Land Rover, así que siempre podemos regresar por más
comida. Alrededor de las cinco, nos pusimos en marcha. Cargábamos con las
mochilas a la espalda como si fuesen jorobas gigantes, extrañas protuberancias.
Avanzamos a lo largo de la cresta con Robyn a la cabeza, y Kevin y Corrie
rezagados detrás, hablando en voz baja, más absortos el uno en el otro que en
el paisaje que se extendía ante ellos. El terreno estaba duro y seco; aunque la
Costura del Sastre fuese recta, la ruta serpenteaba hacia adentro y hacia
afuera. Sin embargo, no se trataba de una caminata difícil y, además, el sol
estaba alto. Cada uno de nosotros llevaba tres botellas de agua, y aun
suponiendo mucho peso extra en las mochilas, no nos duraría demasiado.
Confiábamos en que encontraríamos agua en el infierno, si es que conseguíamos
llegar hasta allí, claro. En caso contrario, tendríamos que regresar al Land
Rover a la mañana siguiente. Y, cuando se agotasen las garrafas de agua, tendríamos
que bajar un par de kilómetros en coche hasta un manantial donde solía acampar
con mis padres. Yo caminaba junto a Lee y hablamos sobre películas de terror.
Era todo un experto: debía de haber visto más de mil. Aquello me sorprendió
mucho puesto que solo estaba enterada de que tocaba el piano y el violín, lo
que no parecía encajar muy bien con pelis así. Me dijo que las veía de noche,
cuando no podía conciliar el sueño. Tuve la sensación de que tenía que ser un
chico bastante solitario. Desde arriba, los Escalones de Satán parecían tan
indómitos e imponentes como desde lejos. Nos detuvimos a contemplarlos mientras
Kevin y Corrie nos alcanzaban. —Hum —dijo Homer—. Interesante.
Aquella fue la oración más corta que jamás había pronunciado.
—Debe de haber un modo de descender —añadió Corrie, que llegó en ese preciso
momento. —Mirad ahí abajo, a la izquierda. Cuando éramos niños decíamos que
parecía un sendero —rememoré—. Siempre creímos que debía de ser el camino del
Ermitaño. Y también nos metíamos miedo imaginando que podía aparecer en el
momento menos esperado. —Es posible que no sea más que un anciano amable e
incomprendido —apuntó Fi. —Lo dudo —rebatí yo—. Se dice que asesinó a su mujer
y a su bebé. —De todas formas no creo que sea ningún camino —terció Corrie—. A
lo sumo una simple falla. Nos quedamos un rato allí plantados, observando, como
si con ello pudiésemos abrir una ruta. Ni que estuviésemos en Narnia o algo
así. Homer deambulaba por la escarpadura, algo más allá. —Creo que podremos
sortear el primer bloque —gritó—. Ese saliente de ahí abajo parece llegar
bastante cerca del suelo, al otro lado. Nos dirigimos hacia donde Homer se
encontraba. Desde luego, sí, parecía posible. —¿Y si una vez allí no podemos
avanzar más? —preguntó Fi. —Pues nada. Volveremos a subir y buscaremos una
alternativa —contestó Robyn. —¿Y si no podemos volver a subir? —Todo lo que
baja, debe subir —explicó Homer, dejando bien claro lo mucho que había
aprendido en clase de ciencias durante todos estos años. —Vamos allá —dijo
Corrie con sorprendente firmeza.
Aquello me alegró
mucho. No quería presionar demasiado a nadie, pero sentía que el éxito o el
fracaso de aquella expedición repercutiría en mí o, al menos, en Corrie y en
mí. Fuimos nosotras quienes los convencimos para ir, quienes prometimos que lo
pasaríamos en grande y también fue nuestra idea descender al Infierno. De no
salir bien nuestro plan, me sentiría fatal, como si hubiese organizado una
fiesta en la que únicamente sonara el CD de Sintonías de Programas
de Éxitos de la Televisión de mi madre. Al menos, se los veía entusiasmados por
acometer el primero de los Escalones de Satán. Y, sin embargo, incluso este
primer paso supuso todo un reto. Tuvimos que descender hasta una maraña de
viejos troncos y zarzamoras y, acto seguido, trepar por una empinada y
agrietada pared rocosa. Acabamos llenos de arañazos. Entre sudores y jadeos,
palabrotas, empujones y tirones a las mochilas de los demás, llegamos al
saliente al que se refería Homer. —Como todos los escalones sean iguales…
—resolló Fi, sin necesidad de terminar su frase. —Por aquí —anunció Homer. Se
puso a gatas y se volvió hacia nosotros antes de deslizarse por el saliente con
los pies por delante. —Sí, claro —espetó Fi. —Ningún problema —oímos decir a
Homer. Aunque sí había un problema: encontrar el modo de volver a subir. Pero
puesto que nadie dijo nada, yo tampoco lo hice. Supongo que nos dejamos llevar
por la emoción del momento. Robyn fue tras Homer; después los siguió Kevin que,
entre quejidos, acabó arrastrándose con sumo cuidado detrás de ellos. A
continuación, bajé yo, no sin magullarme la mano. No era nada fácil porque el
peso de las mochilas nos desequilibraba y nos tiraba hacia atrás. Para cuando
toqué el suelo, Homer y Robyn ya habían dejado atrás el saliente y se abrían
camino entre la maleza para inspeccionar el segundo y gigantesco bloque de
granito. —Sera más sencillo bajar por el otro lado —dijo Lee. Me encaminé hacia
él y, juntos, barajamos las distintas opciones. Era muy complicado. Nos aguardaba
una gran caída a ambos lados del bloque, pese a la cantidad de arbustos y
maleza que surgían de la pared. En cuanto a la roca en sí, era alta y
escarpada. Nuestra única esperanza era un viejo árbol caído que desaparecía en
las sombras y los matorrales pero que, al menos, parecía ir en la dirección
correcta. —Ahí está nuestro camino —anuncié. —Hum —masculló Homer al aparecer a
nuestro lado.
Me monté a
horcajadas sobre el tronco y empecé a deslizarme lentamente por él.
—Está encantada, ¿a que sí? —dijo Kevin. Sonreí en cuanto oí
la palma de Corrie golpear alguna zona desnuda del cuerpo de Kevin. El tronco
estaba algo blando y húmedo pero resistía bien. Era sorprendentemente largo, y,
conforme avanzaba, me di cuenta de que me estaba llevando a la base de la roca.
Unos enormes bichos negros, escarabajos, cochinillas y tijeretas, empezaron a
salir del interior de la madera sobre la que estaba montada, que se hacía más
fina y podrida conforme progresaba hacia el otro extremo. Sonreí de nuevo,
esperando haber espantado a todo bicho viviente antes de que le tocara a Fi
seguirme por el tronco. Cuando me puse en pie, vi que me encontraba bajo un
saliente huérfano de vegetación; quedaba frente a una pantalla de árboles que
prácticamente ocultaba el siguiente bloque gigantesco. Podríamos abrirnos paso
a través de la arboleda, no sin sufrir unos cuantos arañazos y moretones,
aunque nada nos aseguraba que después lográsemos sortear el bloque de granito,
bien rodeándolo, bien pasando por encima bien por debajo. Mientras los demás me
alcanzaban, di unos pasos de lado a lo largo de la roca con el fin de mirar a
través de la barrera de árboles, en busca de una posible vía de acceso. Fi
llegó la cuarta, casi sin aliento pero sin queja alguna. Resultó bastante
cómico comprobar que quien se puso nervioso por los insectos fue Kevin.
Recorrió a toda prisa el último trecho del tronco profiriendo gritos
histéricos: —¡No, por favor! ¡Ayuda! ¡Hay bichos por todos lados! ¡Quitádmelos
de encima! ¡Quitádmelos de encima! Se pasó los tres minutos siguientes
frotándose con violencia, girando sobre sí mismo como una peonza por el
estrecho espacio del que disponíamos, esforzándose por detectar cualquier bicho
que pudiera haberse colado en las ropas, que se sacudía frenéticamente. No pude
evitar preguntarme cómo se las ingeniaba para lidiar con las ovejas plagadas de
moscas. Kevin se tranquilizó al cabo de un rato, pero nosotros seguíamos sin
dar con el modo de dejar atrás el saliente. —Bueno —observó Robyn con
entusiasmo—. Visto lo visto, tendremos que acampar aquí toda la semana. Nos
quedamos sin palabras durante un rato.
—Ellie —intervino Lee con tono amable—. Dudo que encontremos
un camino para bajar. Y cuanto más nos alejemos, más difícil será dar marcha
atrás. —Bajemos solo un escalón más —insistí antes de añadir, con demasiado
énfasis—: El tres es mi número de la suerte. Echamos otro vistazo, aunque sin
gran convicción. Finalmente, Corrie dijo: —Quizá lo consigamos arrastrándonos
por aquí. Debe de haber algún modo de llegar al otro lado. Se refería a una
brecha tan estrecha que nos obligaba a quitarnos las mochilas para atravesarla.
Yo me sentía con ánimos y tomé la mochila de Corrie mientras ella se retorcía
para adentrarse en el diminuto agujero que se abría entre la maleza. Primero desapareció
su cabeza, después su espalda y, por último, sus piernas. —Esto es una locura
—oí protestar a Kevin, pero Corrie dijo: —Vale, ahora pásame la mochila. Así
pues, empujé el bulto entre la fronda. Y mientras Robyn se quedaba sujetando mi
mochila, entré en segundo lugar. No tardé en darme cuenta de que Corrie había
elegido el camino correcto, aunque eso no significaba que fuera fácil. Si no
fuese terca como una mula, me habría dado por vencida en aquel preciso
instante. Acabamos arrastrándonos con la panza pegada al suelo como conejos
infectados por la mixomatosis. Yo iba empujando delante de mí la mochila de
Corrie, y avisté un muro de piedra a mi izquierda. Dado que íbamos pendiente
abajo, deduje que probablemente estuviésemos rodeando el tercero de los
Escalones de Satán. Entonces, Corrie se detuvo en seco, obligándome a parar.
—¿Estás oyendo lo que yo? —dijo.
Hay ciertas
preguntas que me sacan de quicio, como «¿Quién lo hubiera dicho?» o «¿Estás
dando el cien por cien?» (la pregunta predilecta de nuestro tutor); «¿Sabes en
qué estoy pensando?» o «¿Qué demonios crees que estás haciendo, jovencita?»
(típica de mi padre cuando está enfadado). No soporto ninguna de esas
preguntas. Y «¿Estás oyendo lo que yo?» entra en la misma categoría. Además,
con el calor, el cansancio y la frustración, acabé contestando de malas
maneras. Tras un minuto de silencio, Corrie, demostrando tener más paciencia
que yo, dijo: —Ahí delante hay agua. Oigo correr el agua. Agucé el oído y
me di cuenta de que estaba oyendo lo mismo. Se lo comuniqué a todos los demás.
No es que fuese un gran hallazgo, pero al menos nos animó a continuar un poco
más. Yo avanzaba con resolución, oyendo cómo el sonido se hacía cada vez más
nítido y cercano. Debía de tratarse de una corriente fuerte y, a aquella
altitud, implicaba la presencia de un manantial. A todos nos vendría de
maravilla un trago del agua fresca que manaba de aquellas montañas. La
necesitaríamos a la hora de afrontar el reto de ascender de nuevo hasta la
parte alta del infierno. Y ya iba siendo hora de asumir ese reto. Se estaba
haciendo tarde; pronto tendríamos que instalar el campamento. De repente, di
con la corriente y con Corrie, que plantada junto a una roca me sonreía.
—Bueno, algo hemos encontrado —dije yo, devolviéndole la sonrisa. Se trataba de
un rincón diminuto. El sol no llegaba hasta allí, de modo que era oscuro,
fresco y recóndito. El agua borbotaba sobre las resbaladizas rocas coloreadas
de verde por el musgo. Me arrodillé y me empapé la cara antes de ponerme a beber
a lengüetazos como un perro. Los demás fueron llegando uno a uno. No había
mucho espacio, pero Robyn empezó a explorar en una dirección, avanzando con
sumo tiento de piedra en piedra mientras Lee hacía lo propio en otra dirección.
Admiré la energía de ambos. —Es un arroyo precioso —dijo Fi—. Pero, Ellie, será
mejor que volvamos arriba. —Tienes razón, pero antes relajémonos cinco minutos.
Nos lo hemos ganado. —Esto es peor que el campamento de Outward Bound —protestó
Homer. —Pues ojalá hubiese ido yo —dijo Fi—. Todos estuvisteis allí, ¿a que sí?
Yo estuve y me lo pasé en grande. Había ido de acampada con mis padres
muchísimas veces, pero lo de Outward Bound supuso una experiencia más ruda. En
cuanto empecé a pensar en ello, a recordar aquellos días, Robyn reapareció
súbitamente, con una expresión que casi daba miedo. Pese a que la densa maleza
me impedía erguirme del todo, me enderecé todo lo que pude en el acto.
—¿Qué ha pasado?
Robyn, con el semblante de alguien que se reconoce la voz
pero es incapaz de creer sus propias palabras, dijo: —Acabo de encontrar un
puente.
El camino estaba
cubierto por hojas y ramas y, en ciertos puntos, se veía tragado por la maleza.
Pero comparado con lo que acabábamos de bajar, era como una autopista. Por fin
podíamos andar dispersos a lo largo del camino, maravillados. Fue tal el
alivio, el asombro y la satisfacción, que la cabeza casi me daba vueltas.
—Ellie —dijo Homer con tono solemne—. Jamás volveré a decir que eres una mula
terca y loca de remate. —Gracias Homer. Fue un momento muy agradable. —Os diré
una cosa —intervino Kevin—. Menos mal que no dejé que ninguno de vosotros,
aguafiestas, se diese por vencido allá arriba, cuando no dejabais de quejaros. Preferí
dejar pasar aquel comentario. En cuanto al puente, se trataba de una
construcción vetusta aunque construida con esmero, de un metro de ancho por
cinco de largo, que cruzaba el arroyo en un amplio claro. Hasta tenía
barandilla. En lugar de las típicas tablas de madera, su superficie estaba
compuesta por troncos redondos, cortados y en perfecta uniformidad. En los
extremos de cada tronco, unas ensambladuras los encajaban en unos travesaños;
el primero y el último leño estaban asegurados a los travesaños por estacas de
madera. —Es una obra magnífica —dijo Kevin—. Me recuerda a mis primeros
trabajos. De repente, todos derrochábamos energía, como si hubiésemos consumido
algún tipo de droga. A punto estuvimos de decidir acampar en el claro, que era
fresco y ofrecía algo de sombra, pero pudo más el impulso de explorar los
alrededores. Volvimos a echarnos la mochila al hombro y, sin dejar de
cotorrear, nos apresuramos camino abajo.
—¡La historia del ermitaño debe de ser cierta! ¿Quién se
habría tomado tantas molestias? —Me pregunto cuánto tiempo pasaría aquí ese
hombre. —¿Por qué suponéis que es un hombre? —Los lugareños no mencionaron
nunca a ninguna ermitaña. —Sin duda «ermitaño» es de género masculino —dijo
Lee, dándoselas de sabelotodo. —Debe de haber vivido aquí durante muchos años
para tomarse la molestia de construir un puente. —Y este camino lo tuvo que
trazar alguien. —Pues si estuvo viviendo aquí años, tuvo tiempo de hacer el
puente y muchas cosas más. ¡Imaginad lo difícil que tiene que ser ocupar tanto
tiempo libre! —Sí, tu única preocupación es la comida. Una vez que la tienes
resuelta, te queda todo el día libre. —Me pregunto de qué vivirías tú. —Pues de
zarigüeyas. Y de conejos, quizá. —No creo que haya muchos conejos por aquí.
Pero si ualabís. Y montones de zarigüeyas. Y gatos salvajes. —Puaj. —Siempre
puedes cultivar hortalizas. —O apañártelas en plan «El último superviviente».
—Claro, seguro que el ermitaño ve esos programas. —Y wombats. —Sí. ¿A qué
sabrán los wombats? —De todos modos, dicen que la mayoría de la gente come
demasiado. Si él solo se alimentaba cuando de verdad tenía hambre no tuvo que
necesitar gran cosa. —Con algo de entrenamiento, puedes llenar el estómago con
mucho menos.
—¿Conocéis a Andy Farrar? Encontró un bastón en el monte,
cerca de Wombergonoo. Era muy bonito, tallado a mano. Todo el mundo decía que
debía de pertenecer al Ermitaño, pero yo me lo tomaba a guasa. El camino nos
llevaba cada vez más abajo. Se desviaba de vez en cuando, como buscando la
mejor ruta, pero siempre cuesta abajo. Sudaríamos la gota gorda a la hora de
volver a subir. Perdimos bastante altitud. Aunque nos encontrábamos en una zona
tranquila, sombreada, fresca y húmeda. No había flores, pero sí más matices de
verde y marrón de los que alcanza nuestro vocabulario. El terreno estaba
plagado de hojarasca: había momentos en los que montones de cortezas, hojas y
ramitas ocultaban el camino, pero bastaba buscar entre los árboles para volver
a encontrarlo. Bastante a menudo, la ruta nos acercaba de nuevo a los Escalones
de Satán y, durante unos cuantos metros, debíamos avanzar pegados a las enormes
paredes de granito. En una ocasión, el camino se colaba entre dos de los
escalones y seguía su curso al otro lado. El hueco solo medía un par de metros
de ancho, por lo que fue como entrar en un túnel que se abría entre gigantescas
masas rocosas. —Es muy bonito para llamarse Infierno —me hizo notar Fi mientras
descansábamos un instante en el fresco túnel de piedra. —Hum. Me pregunto
cuándo fue la última vez que alguien estuvo aquí. —Yo iría más lejos —dijo
Robyn, que se encontraba frente a Fi—. Me pregunto cuántos seres humanos habrán
pisado este suelo en toda la historia del universo. ¿Por qué iban a molestarse
los aborígenes? ¿O los exploradores, o los colonos? No conocemos a nadie que lo
haya hecho. Puede que aparte del Ermitaño, seamos los únicos que han llegado
hasta aquí. A aquellas alturas, quedaba claro que nos aproximábamos al final de
la pendiente. El terreno empezaba a nivelarse y los últimos rayos de sol se
filtraban para calentarnos la cara. Tanto la maleza como los árboles se hacían
más dispersos, aunque sin ralear. El camino confluyó hasta el arroyo y lo
bordeó durante unos pocos centenares de metros, tras los cuales desembocaba en
lo que acabaría siendo nuestra zona de acampada nocturna.
Nos encontrábamos en
un claro que venía a medir lo mismo que un campo de jóquey e incluso algo más.
Aunque habría sido una lata jugar allí, puesto que no era exactamente un claro.
Quedaba salpicado por unos cuantos árboles: tres magnificentes y longevos
eucaliptos, y unos pocos pimpollos y chupones. El arroyo quedaba al lado oeste.
Podías
oírlo pero no verlo. Su cauce era más bajo y ancho en aquel
punto, y estaba helado, incluso siendo verano. A primeras horas de la mañana el
agua hasta dolía. Pero si te morías de calor, era un gustazo poder mojarse la
cara. Ese es el lugar donde me encuentro ahora, por cierto. Armamos tal
alboroto que estoy segura de que todo bichito que habitara en el claro no nos
tomó como turistas en el Infierno, sino como turistas salidos de él. Y Kevin...
Bueno, jamás abandonará su mala costumbre de romper las ramas de los árboles en
lugar de caminar unos cuantos metros para recoger las que ya han caído. Es una
de las razones por la que jamás me tragué el cuento de que Kevin fuese un chico
tan cariñoso y sensible, por más que Corrie lo repitiese. Aunque he de
reconocer que se le daba bien encender hogueras; al cabo de cinco minutos ya
había conseguido que una columna de humo blanco se elevara hasta el cielo y,
dos minutos más tarde, que las llamas ardieran con fuerza. Decidimos que no
valía la pena entretenernos con las tiendas —de todos modos solo contábamos con
dos tiendas y media— y ya que la temperatura era buena y el cielo estaba
despejado, nos limitaríamos a tender un par de lonas para resguardarnos del
rocío. Hecho esto, Lee y yo nos pusimos a cocinar. Y Fi a dar vueltas a nuestro
alrededor. —¿Qué vamos a comer? —De momento unos fideos instantáneos. Dos
minutos y listos. Más tarde haremos algo de carne pero tengo demasiada hambre
para esperar. —¿Qué son fideos instantáneos? —inquirió Fi. Lee y yo
intercambiamos una mirada y sonreímos. —Tiene que ser una sensación increíble
saber que estás a punto de cambiar para siempre la vida de alguien —dijo Lee.
—¿Nunca has comido fideos instantáneos? —pregunté a Fi. —No. Mis padres solo
cocinan comida sana. Jamás había conocido a alguien que no hubiese comido
fideos instantáneos. A veces Fi parecía una mariposa exótica.
No recuerdo ninguna
excursión o acampada en la que la gente se sentara alrededor del fuego para
compartir cuentos o canciones. Por lo visto, nunca sucedía así. Sin embargo, aquella noche nos
quedamos despiertos hasta muy tarde y hablamos durante horas y horas. Creo que
nos emocionaba estar allí, en un lugar tan peculiar como hermoso, al que tan
pocos seres humanos habían accedido nunca. No quedan muchos enclaves vírgenes
en la Tierra, y nosotros habíamos tenido la suerte de dar con aquel desconocido
reino virgen. Fue genial. Sabía que no podía tenerme en pie, pero estaba
demasiado emocionada para irme a dormir. No lo hice hasta que los demás
empezaron a bostezar, a levantarse y a mirar sus sacos de dormir. Cinco minutos
más tarde, todos estábamos acostados y solo cinco minutos después, caí rendida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario