domingo, 23 de febrero de 2014

Cap, 2 y 3 Mañana: cuando la guerra empieze


Quedamos en salir a las ocho de la mañana, bien tempranito. A las diez ya estábamos casi a punto. Sobre las diez y media ya nos encontrábamos a cuatro kilómetros de casa, donde comienza el ascenso de la Costura del Sastre. Se trata de una larga, lenta y empinada ruta que, con el paso de los años, ha quedado en un estado desastroso. Además de cruzar varios arroyos, está plagada de zonas embarradas y socavones tan grandes que pensé que el Land Rover no podría con ellos. No sé cuántas veces tuvimos que detenernos porque un árbol caído nos entorpecía el paso. Llevábamos una motosierra y, al cabo de un rato, Homer sugirió que la dejásemos encendida, que él se haría cargo de ella, y que así nos ahorraríamos el tiempo de arrancarla de nuevo cada vez que otro tronco nos obstaculizara el paso. Imagino que no iba en serio. Espero que no fuese en serio. Hacía mucho tiempo que nadie subía hasta allí. No podía ser de otro modo porque si alguien quería llegar hasta el ramal no le quedaba otra que atravesar nuestra propiedad. Si mi padre hubiese sabido en qué condición estaba la pista, jamás nos habría dejado el Land Rover. Confía en mí como conductora, pero no tanto. Aun así, mientras bregaba con el volante, avanzamos a empellones. A veces, lográbamos recorrer una distancia de cinco kilómetros sin mayor contratiempo y, con suerte, de hasta diez. A mitad de camino, tuvimos que hacer otra parada imprevista cuando Fi decidió que iba a vomitar. Me apresuré a detener el vehículo y ella salió disparada por la puerta trasera, pálida como un sudario. Entre los arbustos dejó un viscoso banquete para el primer dingo o gato montés que pasara por allí.
No fue una escena muy agradable que digamos. Fi lo hacía todo con mucha clase, pero ni siquiera ella fue capaz de poner una nota de elegancia al episodio del vómito. Hecho esto, siguió por su propio pie durante un buen trecho mientras el resto continuábamos balanceándonos a bordo del Land Rover, cuesta arriba. Pese a lo extraño de la situación, nos divertimos mucho. Como dijo Lee, fue como montar en esa atracción de la feria, la Coctelera, pero muchísimo mejor: la vuelta duraba más y nos salió gratis. 
En realidad, al embarcarnos en esta aventura, nos íbamos a perder la feria. Partimos un día antes del Día de la Conmemoración, fecha señalada en la que todo el país deja de trabajar. Aunque nuestro distrito va incluso más allá: la gente deja de trabajar y acude en masa a Wirrawee. Y es así porque, según la tradición, en el Día de la Conmemoración se celebra también la feria de Wirrawee. Todo un acontecimiento que no nos importó demasiado perdernos. No puedes colar bolas en la boca del payaso indefinidamente del mismo modo que no puedes emocionarte siempre que tu madre se ha hecho con el premio al pastel mejor decorado. No pasaba nada si nos saltábamos la tradición por una vez. Eso fue lo que pensamos. Para cuando llegamos a la cima ya eran las dos y media. Fi recorrió a pie el último par de kilómetros, pero todos los demás nos sentimos aliviados al poder apearnos del coche y estirar las piernas. Nos encontrábamos en la vertiente sur de una loma cercana al monte Martin. Fin de la pista forestal: a partir de ahí iríamos en el coche de San Fernando. Nos tomamos nuestro tiempo para deambular por la zona y admirar las vistas. A un lado asomaba el océano: la esplendida bahía de Cobbler, uno de mis paisajes favoritos y, según mi padre, uno de los puertos naturales más maravillosos del mundo, en cuyas aguas solo surca algún que otro pesquero o yate. Quedaba demasiado alejada del pueblo como para ser una zona concurrida aunque, en aquella ocasión, avistamos un par de barcos. Uno de ellos parecía ser un enorme pesquero. El océano era de un color tan azul como la sangre real; sus aguas, profundas, oscuras y mansas. Al lado opuesto, la Costura del Sastre punteaba el camino hasta la cima del monte Martín, abrupta cresta de rocas negras y desnudas en forma de delgada línea, como si siglos atrás un cirujano hubiese practicado una gigantesca incisión. Pendiente abajo, el camino por donde habíamos llegado ofrecía otra vista: la ruta se había vuelto invisible bajo el dosel de los árboles y un toldo de enredaderas. A lo lejos, se entreveían las fértiles tierras del distrito de Wirrawee; un paisaje salpicado por casas y arboledas entre las que discurría el apacible río Wirrawee. Y justo al otro extremo se situaba el infierno. —Vaya —dijo Kevin, echando un buen vistazo—. ¿De verdad vamos a meternos allí? —O a intentarlo por lo menos —repuse yo, ya no tan segura de repente aunque intentando aparentar firmeza y seguridad. 
—Es impresionante —añadió Lee—. Estoy impresionado. —Tengo dos preguntas —prosiguió Kevin—. Pero no haré más que una: ¿cómo? —¿Cuál era la otra? —La otra es ¿por qué? Pero me niego a preguntar eso. Tú solo dime cómo y me conformaré. Me conformo con poca cosa. —No es eso lo que dice Corrie —contestó Homer, adelantándose a mi respuesta. Se lanzaron unas cuantas piedras, hubo algún que otro forcejeo y Homer estuvo a punto de tomar el camino más directo hacía el infierno. Los chicos son adictos a dos cosas: lanzarse piedras y pelear, aunque parece que estos dos han perdido la afición últimamente. Me pregunto a qué se debe. —Entonces, ¿vamos a meternos allí? —repitió finalmente Kevin. Yo señalé a la derecha. —Ahí está. Esa es nuestra ruta. —¿Eso? ¿Ese montón de despeñaderos? Estaba exagerando un poquito, aunque no demasiado. Los Escalones de Satán son gigantescos bloques de granito que parecen haber sido colocados al azar, de mayor a menor, por algún gigante borracho, allá por la Edad de Piedra. En ellos no crece vegetación alguna: no pueden estar más pelados. Cuanto los miraba, más irrealizable me parecía el descenso. No por ello renuncié a pronunciar mi gran arenga. —Chicos, no sé si será posible o no, pero hay un montón de gente en Wirrawee que asegura que sí. Según cuentan, un anciano, ex asesino, pasó años viviendo allí: el Ermitaño del Infierno. Y si lo ha logrado un jubilado, seguro que nosotros también podemos. Tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos para conseguirlo. Vamos, salgamos al ruedo y cojamos al toro por los cuernos. —Vaya, Ellie —dijo Lee con un tono cargado de respeto—. Ahora entiendo por qué eres la capitana del equipo de baloncesto. —¿Cómo se puede ser un ex asesino? —preguntó Robyn. —¿Qué?
—¿Que cuál es la diferencia entre un asesino y un ex asesino? 
Robyn siempre iba directa al grano. —Tengo otra pregunta —interrumpió Kevin —¿Sí? —¿Conoces a alguien en concreto que haya bajado hasta allí? —Hum… Venga, saquemos las cosas del Land Rover. Hecho esto, nos sentamos sobre nuestras mochilas y contemplamos las vistas que se extendían bajo el cielo azul de siempre mientras hincábamos el diente al pollo y la ensalada. La mochila de Fi quedaba justo en mi campo visual y, en cuanto reparé en ella, me di cuenta de lo abultada que estaba. —Fi —dije al cabo de un rato—. ¿Qué llevas en esa mochila? Ella se enderezó con una expresión de asombro en el rostro. —¿Pues qué voy a llevar? Unas cuantas prendas y esas cosas. Lo mismo que todos. —¿Qué prendas exactamente? —Las que me dijo Corrie. Camisetas, jerséis, guantes, calcetines, ropa interior, toalla. —¿Solo eso? Algo más tienes que llevar. Fi empezaba a parecer algo avergonzada. —Pijamas. —Venga, Fi. —Un vestido. —¿Un vestido? ¡Fi! —Bueno, nunca se sabe con quién te puedas encontrar. —¿Y qué más? —Se acabó. No os diré nada más. Os reiréis de mí. —Fi, todavía tenemos que meter toda la comida en estas mochilas. Y cargar con ellas hasta Dios sabe dónde. —Ah. Entonces, ¿crees que debería dejar aquí la almohada? 
Formamos una comisión de seis personas encargada de reorganizar la mochila de Fi. Por supuesto, ella quedó excluida de dicha comisión. Después de esto, repartimos la comida que Corrie y yo habíamos comprado. Habíamos sido sumamente precavidas. A primera vista, había suficiente para alimentar a un ejército, pero éramos siete y planeábamos pasar allí cinco días. Por más que lo intentamos, no hubo manera de cargarlo todo. Los artículos voluminosos nos dieron bastantes problemas. Nos vimos obligados a tomar unas cuantas decisiones difíciles como elegir entre los cereales y los malvaviscos, el pan de pita y los donuts rellenos de mermelada, o el muesli y las patatas fritas. Me avergüenza decir qué provisiones decidimos quedarnos en cada caso, aunque lo justificamos diciendo: —Bueno, puede que de todos modos no nos alejemos demasiado del Land Rover, así que siempre podemos regresar por más comida. Alrededor de las cinco, nos pusimos en marcha. Cargábamos con las mochilas a la espalda como si fuesen jorobas gigantes, extrañas protuberancias. Avanzamos a lo largo de la cresta con Robyn a la cabeza, y Kevin y Corrie rezagados detrás, hablando en voz baja, más absortos el uno en el otro que en el paisaje que se extendía ante ellos. El terreno estaba duro y seco; aunque la Costura del Sastre fuese recta, la ruta serpenteaba hacia adentro y hacia afuera. Sin embargo, no se trataba de una caminata difícil y, además, el sol estaba alto. Cada uno de nosotros llevaba tres botellas de agua, y aun suponiendo mucho peso extra en las mochilas, no nos duraría demasiado. Confiábamos en que encontraríamos agua en el infierno, si es que conseguíamos llegar hasta allí, claro. En caso contrario, tendríamos que regresar al Land Rover a la mañana siguiente. Y, cuando se agotasen las garrafas de agua, tendríamos que bajar un par de kilómetros en coche hasta un manantial donde solía acampar con mis padres. Yo caminaba junto a Lee y hablamos sobre películas de terror. Era todo un experto: debía de haber visto más de mil. Aquello me sorprendió mucho puesto que solo estaba enterada de que tocaba el piano y el violín, lo que no parecía encajar muy bien con pelis así. Me dijo que las veía de noche, cuando no podía conciliar el sueño. Tuve la sensación de que tenía que ser un chico bastante solitario. Desde arriba, los Escalones de Satán parecían tan indómitos e imponentes como desde lejos. Nos detuvimos a contemplarlos mientras Kevin y Corrie nos alcanzaban. —Hum —dijo Homer—. Interesante. 
Aquella fue la oración más corta que jamás había pronunciado. —Debe de haber un modo de descender —añadió Corrie, que llegó en ese preciso momento. —Mirad ahí abajo, a la izquierda. Cuando éramos niños decíamos que parecía un sendero —rememoré—. Siempre creímos que debía de ser el camino del Ermitaño. Y también nos metíamos miedo imaginando que podía aparecer en el momento menos esperado. —Es posible que no sea más que un anciano amable e incomprendido —apuntó Fi. —Lo dudo —rebatí yo—. Se dice que asesinó a su mujer y a su bebé. —De todas formas no creo que sea ningún camino —terció Corrie—. A lo sumo una simple falla. Nos quedamos un rato allí plantados, observando, como si con ello pudiésemos abrir una ruta. Ni que estuviésemos en Narnia o algo así. Homer deambulaba por la escarpadura, algo más allá. —Creo que podremos sortear el primer bloque —gritó—. Ese saliente de ahí abajo parece llegar bastante cerca del suelo, al otro lado. Nos dirigimos hacia donde Homer se encontraba. Desde luego, sí, parecía posible. —¿Y si una vez allí no podemos avanzar más? —preguntó Fi. —Pues nada. Volveremos a subir y buscaremos una alternativa —contestó Robyn. —¿Y si no podemos volver a subir? —Todo lo que baja, debe subir —explicó Homer, dejando bien claro lo mucho que había aprendido en clase de ciencias durante todos estos años. —Vamos allá —dijo Corrie con sorprendente firmeza.
Aquello me alegró mucho. No quería presionar demasiado a nadie, pero sentía que el éxito o el fracaso de aquella expedición repercutiría en mí o, al menos, en Corrie y en mí. Fuimos nosotras quienes los convencimos para ir, quienes prometimos que lo pasaríamos en grande y también fue nuestra idea descender al Infierno. De no salir bien nuestro plan, me sentiría fatal, como si hubiese organizado una fiesta en la que únicamente sonara el CD de Sintonías de Programas de Éxitos de la Televisión de mi madre. Al menos, se los veía entusiasmados por acometer el primero de los Escalones de Satán. Y, sin embargo, incluso este primer paso supuso todo un reto. Tuvimos que descender hasta una maraña de viejos troncos y zarzamoras y, acto seguido, trepar por una empinada y agrietada pared rocosa. Acabamos llenos de arañazos. Entre sudores y jadeos, palabrotas, empujones y tirones a las mochilas de los demás, llegamos al saliente al que se refería Homer. —Como todos los escalones sean iguales… —resolló Fi, sin necesidad de terminar su frase. —Por aquí —anunció Homer. Se puso a gatas y se volvió hacia nosotros antes de deslizarse por el saliente con los pies por delante. —Sí, claro —espetó Fi. —Ningún problema —oímos decir a Homer. Aunque sí había un problema: encontrar el modo de volver a subir. Pero puesto que nadie dijo nada, yo tampoco lo hice. Supongo que nos dejamos llevar por la emoción del momento. Robyn fue tras Homer; después los siguió Kevin que, entre quejidos, acabó arrastrándose con sumo cuidado detrás de ellos. A continuación, bajé yo, no sin magullarme la mano. No era nada fácil porque el peso de las mochilas nos desequilibraba y nos tiraba hacia atrás. Para cuando toqué el suelo, Homer y Robyn ya habían dejado atrás el saliente y se abrían camino entre la maleza para inspeccionar el segundo y gigantesco bloque de granito. —Sera más sencillo bajar por el otro lado —dijo Lee. Me encaminé hacia él y, juntos, barajamos las distintas opciones. Era muy complicado. Nos aguardaba una gran caída a ambos lados del bloque, pese a la cantidad de arbustos y maleza que surgían de la pared. En cuanto a la roca en sí, era alta y escarpada. Nuestra única esperanza era un viejo árbol caído que desaparecía en las sombras y los matorrales pero que, al menos, parecía ir en la dirección correcta. —Ahí está nuestro camino —anuncié. —Hum —masculló Homer al aparecer a nuestro lado.
Me monté a horcajadas sobre el tronco y empecé a deslizarme lentamente por él.
—Está encantada, ¿a que sí? —dijo Kevin. Sonreí en cuanto oí la palma de Corrie golpear alguna zona desnuda del cuerpo de Kevin. El tronco estaba algo blando y húmedo pero resistía bien. Era sorprendentemente largo, y, conforme avanzaba, me di cuenta de que me estaba llevando a la base de la roca. Unos enormes bichos negros, escarabajos, cochinillas y tijeretas, empezaron a salir del interior de la madera sobre la que estaba montada, que se hacía más fina y podrida conforme progresaba hacia el otro extremo. Sonreí de nuevo, esperando haber espantado a todo bicho viviente antes de que le tocara a Fi seguirme por el tronco. Cuando me puse en pie, vi que me encontraba bajo un saliente huérfano de vegetación; quedaba frente a una pantalla de árboles que prácticamente ocultaba el siguiente bloque gigantesco. Podríamos abrirnos paso a través de la arboleda, no sin sufrir unos cuantos arañazos y moretones, aunque nada nos aseguraba que después lográsemos sortear el bloque de granito, bien rodeándolo, bien pasando por encima bien por debajo. Mientras los demás me alcanzaban, di unos pasos de lado a lo largo de la roca con el fin de mirar a través de la barrera de árboles, en busca de una posible vía de acceso. Fi llegó la cuarta, casi sin aliento pero sin queja alguna. Resultó bastante cómico comprobar que quien se puso nervioso por los insectos fue Kevin. Recorrió a toda prisa el último trecho del tronco profiriendo gritos histéricos: —¡No, por favor! ¡Ayuda! ¡Hay bichos por todos lados! ¡Quitádmelos de encima! ¡Quitádmelos de encima! Se pasó los tres minutos siguientes frotándose con violencia, girando sobre sí mismo como una peonza por el estrecho espacio del que disponíamos, esforzándose por detectar cualquier bicho que pudiera haberse colado en las ropas, que se sacudía frenéticamente. No pude evitar preguntarme cómo se las ingeniaba para lidiar con las ovejas plagadas de moscas. Kevin se tranquilizó al cabo de un rato, pero nosotros seguíamos sin dar con el modo de dejar atrás el saliente. —Bueno —observó Robyn con entusiasmo—. Visto lo visto, tendremos que acampar aquí toda la semana. Nos quedamos sin palabras durante un rato.
—Ellie —intervino Lee con tono amable—. Dudo que encontremos un camino para bajar. Y cuanto más nos alejemos, más difícil será dar marcha atrás. —Bajemos solo un escalón más —insistí antes de añadir, con demasiado énfasis—: El tres es mi número de la suerte. Echamos otro vistazo, aunque sin gran convicción. Finalmente, Corrie dijo: —Quizá lo consigamos arrastrándonos por aquí. Debe de haber algún modo de llegar al otro lado. Se refería a una brecha tan estrecha que nos obligaba a quitarnos las mochilas para atravesarla. Yo me sentía con ánimos y tomé la mochila de Corrie mientras ella se retorcía para adentrarse en el diminuto agujero que se abría entre la maleza. Primero desapareció su cabeza, después su espalda y, por último, sus piernas. —Esto es una locura —oí protestar a Kevin, pero Corrie dijo: —Vale, ahora pásame la mochila. Así pues, empujé el bulto entre la fronda. Y mientras Robyn se quedaba sujetando mi mochila, entré en segundo lugar. No tardé en darme cuenta de que Corrie había elegido el camino correcto, aunque eso no significaba que fuera fácil. Si no fuese terca como una mula, me habría dado por vencida en aquel preciso instante. Acabamos arrastrándonos con la panza pegada al suelo como conejos infectados por la mixomatosis. Yo iba empujando delante de mí la mochila de Corrie, y avisté un muro de piedra a mi izquierda. Dado que íbamos pendiente abajo, deduje que probablemente estuviésemos rodeando el tercero de los Escalones de Satán. Entonces, Corrie se detuvo en seco, obligándome a parar. —¿Estás oyendo lo que yo? —dijo.
Hay ciertas preguntas que me sacan de quicio, como «¿Quién lo hubiera dicho?» o «¿Estás dando el cien por cien?» (la pregunta predilecta de nuestro tutor); «¿Sabes en qué estoy pensando?» o «¿Qué demonios crees que estás haciendo, jovencita?» (típica de mi padre cuando está enfadado). No soporto ninguna de esas preguntas. Y «¿Estás oyendo lo que yo?» entra en la misma categoría. Además, con el calor, el cansancio y la frustración, acabé contestando de malas maneras. Tras un minuto de silencio, Corrie, demostrando tener más paciencia que yo, dijo: —Ahí delante hay agua. Oigo correr el agua. Agucé el oído y me di cuenta de que estaba oyendo lo mismo. Se lo comuniqué a todos los demás. No es que fuese un gran hallazgo, pero al menos nos animó a continuar un poco más. Yo avanzaba con resolución, oyendo cómo el sonido se hacía cada vez más nítido y cercano. Debía de tratarse de una corriente fuerte y, a aquella altitud, implicaba la presencia de un manantial. A todos nos vendría de maravilla un trago del agua fresca que manaba de aquellas montañas. La necesitaríamos a la hora de afrontar el reto de ascender de nuevo hasta la parte alta del infierno. Y ya iba siendo hora de asumir ese reto. Se estaba haciendo tarde; pronto tendríamos que instalar el campamento. De repente, di con la corriente y con Corrie, que plantada junto a una roca me sonreía. —Bueno, algo hemos encontrado —dije yo, devolviéndole la sonrisa. Se trataba de un rincón diminuto. El sol no llegaba hasta allí, de modo que era oscuro, fresco y recóndito. El agua borbotaba sobre las resbaladizas rocas coloreadas de verde por el musgo. Me arrodillé y me empapé la cara antes de ponerme a beber a lengüetazos como un perro. Los demás fueron llegando uno a uno. No había mucho espacio, pero Robyn empezó a explorar en una dirección, avanzando con sumo tiento de piedra en piedra mientras Lee hacía lo propio en otra dirección. Admiré la energía de ambos. —Es un arroyo precioso —dijo Fi—. Pero, Ellie, será mejor que volvamos arriba. —Tienes razón, pero antes relajémonos cinco minutos. Nos lo hemos ganado. —Esto es peor que el campamento de Outward Bound —protestó Homer. —Pues ojalá hubiese ido yo —dijo Fi—. Todos estuvisteis allí, ¿a que sí? Yo estuve y me lo pasé en grande. Había ido de acampada con mis padres muchísimas veces, pero lo de Outward Bound supuso una experiencia más ruda. En cuanto empecé a pensar en ello, a recordar aquellos días, Robyn reapareció súbitamente, con una expresión que casi daba miedo. Pese a que la densa maleza me impedía erguirme del todo, me enderecé todo lo que pude en el acto. 
—¿Qué ha pasado? 

Robyn, con el semblante de alguien que se reconoce la voz pero es incapaz de creer sus propias palabras, dijo: —Acabo de encontrar un puente. 


El camino estaba cubierto por hojas y ramas y, en ciertos puntos, se veía tragado por la maleza. Pero comparado con lo que acabábamos de bajar, era como una autopista. Por fin podíamos andar dispersos a lo largo del camino, maravillados. Fue tal el alivio, el asombro y la satisfacción, que la cabeza casi me daba vueltas. —Ellie —dijo Homer con tono solemne—. Jamás volveré a decir que eres una mula terca y loca de remate. —Gracias Homer. Fue un momento muy agradable. —Os diré una cosa —intervino Kevin—. Menos mal que no dejé que ninguno de vosotros, aguafiestas, se diese por vencido allá arriba, cuando no dejabais de quejaros. Preferí dejar pasar aquel comentario. En cuanto al puente, se trataba de una construcción vetusta aunque construida con esmero, de un metro de ancho por cinco de largo, que cruzaba el arroyo en un amplio claro. Hasta tenía barandilla. En lugar de las típicas tablas de madera, su superficie estaba compuesta por troncos redondos, cortados y en perfecta uniformidad. En los extremos de cada tronco, unas ensambladuras los encajaban en unos travesaños; el primero y el último leño estaban asegurados a los travesaños por estacas de madera. —Es una obra magnífica —dijo Kevin—. Me recuerda a mis primeros trabajos. De repente, todos derrochábamos energía, como si hubiésemos consumido algún tipo de droga. A punto estuvimos de decidir acampar en el claro, que era fresco y ofrecía algo de sombra, pero pudo más el impulso de explorar los alrededores. Volvimos a echarnos la mochila al hombro y, sin dejar de cotorrear, nos apresuramos camino abajo. 
—¡La historia del ermitaño debe de ser cierta! ¿Quién se habría tomado tantas molestias? —Me pregunto cuánto tiempo pasaría aquí ese hombre. —¿Por qué suponéis que es un hombre? —Los lugareños no mencionaron nunca a ninguna ermitaña. —Sin duda «ermitaño» es de género masculino —dijo Lee, dándoselas de sabelotodo. —Debe de haber vivido aquí durante muchos años para tomarse la molestia de construir un puente. —Y este camino lo tuvo que trazar alguien. —Pues si estuvo viviendo aquí años, tuvo tiempo de hacer el puente y muchas cosas más. ¡Imaginad lo difícil que tiene que ser ocupar tanto tiempo libre! —Sí, tu única preocupación es la comida. Una vez que la tienes resuelta, te queda todo el día libre. —Me pregunto de qué vivirías tú. —Pues de zarigüeyas. Y de conejos, quizá. —No creo que haya muchos conejos por aquí. Pero si ualabís. Y montones de zarigüeyas. Y gatos salvajes. —Puaj. —Siempre puedes cultivar hortalizas. —O apañártelas en plan «El último superviviente». —Claro, seguro que el ermitaño ve esos programas. —Y wombats. —Sí. ¿A qué sabrán los wombats? —De todos modos, dicen que la mayoría de la gente come demasiado. Si él solo se alimentaba cuando de verdad tenía hambre no tuvo que necesitar gran cosa. —Con algo de entrenamiento, puedes llenar el estómago con mucho menos. 
—¿Conocéis a Andy Farrar? Encontró un bastón en el monte, cerca de Wombergonoo. Era muy bonito, tallado a mano. Todo el mundo decía que debía de pertenecer al Ermitaño, pero yo me lo tomaba a guasa. El camino nos llevaba cada vez más abajo. Se desviaba de vez en cuando, como buscando la mejor ruta, pero siempre cuesta abajo. Sudaríamos la gota gorda a la hora de volver a subir. Perdimos bastante altitud. Aunque nos encontrábamos en una zona tranquila, sombreada, fresca y húmeda. No había flores, pero sí más matices de verde y marrón de los que alcanza nuestro vocabulario. El terreno estaba plagado de hojarasca: había momentos en los que montones de cortezas, hojas y ramitas ocultaban el camino, pero bastaba buscar entre los árboles para volver a encontrarlo. Bastante a menudo, la ruta nos acercaba de nuevo a los Escalones de Satán y, durante unos cuantos metros, debíamos avanzar pegados a las enormes paredes de granito. En una ocasión, el camino se colaba entre dos de los escalones y seguía su curso al otro lado. El hueco solo medía un par de metros de ancho, por lo que fue como entrar en un túnel que se abría entre gigantescas masas rocosas. —Es muy bonito para llamarse Infierno —me hizo notar Fi mientras descansábamos un instante en el fresco túnel de piedra. —Hum. Me pregunto cuándo fue la última vez que alguien estuvo aquí. —Yo iría más lejos —dijo Robyn, que se encontraba frente a Fi—. Me pregunto cuántos seres humanos habrán pisado este suelo en toda la historia del universo. ¿Por qué iban a molestarse los aborígenes? ¿O los exploradores, o los colonos? No conocemos a nadie que lo haya hecho. Puede que aparte del Ermitaño, seamos los únicos que han llegado hasta aquí. A aquellas alturas, quedaba claro que nos aproximábamos al final de la pendiente. El terreno empezaba a nivelarse y los últimos rayos de sol se filtraban para calentarnos la cara. Tanto la maleza como los árboles se hacían más dispersos, aunque sin ralear. El camino confluyó hasta el arroyo y lo bordeó durante unos pocos centenares de metros, tras los cuales desembocaba en lo que acabaría siendo nuestra zona de acampada nocturna.
Nos encontrábamos en un claro que venía a medir lo mismo que un campo de jóquey e incluso algo más. Aunque habría sido una lata jugar allí, puesto que no era exactamente un claro. Quedaba salpicado por unos cuantos árboles: tres magnificentes y longevos eucaliptos, y unos pocos pimpollos y chupones. El arroyo quedaba al lado oeste. Podías
oírlo pero no verlo. Su cauce era más bajo y ancho en aquel punto, y estaba helado, incluso siendo verano. A primeras horas de la mañana el agua hasta dolía. Pero si te morías de calor, era un gustazo poder mojarse la cara. Ese es el lugar donde me encuentro ahora, por cierto. Armamos tal alboroto que estoy segura de que todo bichito que habitara en el claro no nos tomó como turistas en el Infierno, sino como turistas salidos de él. Y Kevin... Bueno, jamás abandonará su mala costumbre de romper las ramas de los árboles en lugar de caminar unos cuantos metros para recoger las que ya han caído. Es una de las razones por la que jamás me tragué el cuento de que Kevin fuese un chico tan cariñoso y sensible, por más que Corrie lo repitiese. Aunque he de reconocer que se le daba bien encender hogueras; al cabo de cinco minutos ya había conseguido que una columna de humo blanco se elevara hasta el cielo y, dos minutos más tarde, que las llamas ardieran con fuerza. Decidimos que no valía la pena entretenernos con las tiendas —de todos modos solo contábamos con dos tiendas y media— y ya que la temperatura era buena y el cielo estaba despejado, nos limitaríamos a tender un par de lonas para resguardarnos del rocío. Hecho esto, Lee y yo nos pusimos a cocinar. Y Fi a dar vueltas a nuestro alrededor. —¿Qué vamos a comer? —De momento unos fideos instantáneos. Dos minutos y listos. Más tarde haremos algo de carne pero tengo demasiada hambre para esperar. —¿Qué son fideos instantáneos? —inquirió Fi. Lee y yo intercambiamos una mirada y sonreímos. —Tiene que ser una sensación increíble saber que estás a punto de cambiar para siempre la vida de alguien —dijo Lee. —¿Nunca has comido fideos instantáneos? —pregunté a Fi. —No. Mis padres solo cocinan comida sana. Jamás había conocido a alguien que no hubiese comido fideos instantáneos. A veces Fi parecía una mariposa exótica.
No recuerdo ninguna excursión o acampada en la que la gente se sentara alrededor del fuego para compartir cuentos o canciones. Por lo visto, nunca sucedía así. Sin embargo, aquella noche nos quedamos despiertos hasta muy tarde y hablamos durante horas y horas. Creo que nos emocionaba estar allí, en un lugar tan peculiar como hermoso, al que tan pocos seres humanos habían accedido nunca. No quedan muchos enclaves vírgenes en la Tierra, y nosotros habíamos tenido la suerte de dar con aquel desconocido reino virgen. Fue genial. Sabía que no podía tenerme en pie, pero estaba demasiado emocionada para irme a dormir. No lo hice hasta que los demás empezaron a bostezar, a levantarse y a mirar sus sacos de dormir. Cinco minutos más tarde, todos estábamos acostados y solo cinco minutos después, caí rendida.  

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