miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 11

—Nosotros —aclaró con una paciencia forzada—. Tú y yo. Chloe y Bennett. Hombre y arpía. Me
doy cuenta de que esto no es fácil para ti.
—Bueno, estoy bastante segura de que no tengo ganas de pelear todo el tiempo. —Le di un golpe de
broma en el hombro—. Aunque de alguna extraña manera me gusta esa parte.
Bennett se rió, pero no pareció un sonido totalmente feliz.
—Hay mucho espacio fuera de «no pelear todo el tiempo». ¿Dónde quieres estar?
«Juntos. Tu novia. Alguien que ve el interior de tu casa y que se queda allí a veces.» Fui a
responder, pero las palabras se evaporaron en mi garganta.
—Supongo que depende de si es realista pensar que podemos ser «algo».
Él dejó caer la mano y se rascó la cara. La película volvió y los dos entramos en lo que a mí me
pareció el silencio más extraño de la historia.
Finalmente me cogió la mano otra vez y me dio un beso en la palma.
—Vale, cariño. Me las arreglaré con eso de no pelear todo el tiempo.
Me quedé mirando los dedos con los que envolvía los míos. Después de lo que me pareció una
eternidad, conseguí decir:
—Lo siento. Es que todo esto es un poco nuevo.
—Para mí también —me recordó.
Volvimos a quedarnos en silencio de nuevo mientras seguíamos viendo la película, riéndonos en los
mismos puntos y cambiando de postura lentamente hasta que estuve prácticamente tumbada encima
de él. Por el rabillo del ojo miraba de vez en cuando el reloj de la pared y calculaba mentalmente las
horas que nos quedaban en San Diego.
Catorce.
Catorce horas de esta realidad perfecta en la que podía tenerlo siempre que quisiera y todo aquello
no era secreto, ni sucio, ni teníamos que utilizar la ira como elemento preparatorio.
—¿Cuál es tu película favorita? —me preguntó girándome hasta quedar encima de mí. Tenía la piel
caliente y yo quería quitarle lo que llevaba puesto, pero a la vez no quería que se moviera ni un
centímetro ni un segundo.
—Me gustan las comedias —empecé a decir—. Está Clerks, pero también, Tommy Boy, Zombies
Party, Arma letal, El juego de la sospecha, cosas así. Pero tengo que decir que mi película favorita de
siempre probablemente sea La ventana indiscreta.
—¿Por James Stewart o por Grace Kelly? —me preguntó agachándose para besarme el cuello
creándome una estela de fuego.
—Por ambos, pero seguramente más por Grace Kelly.
—Ya veo. Tienes varios hábitos muy Grace Kelly. —Subió la mano y me apartó un mechón de pelo
que se me había salido de la coleta—. He oído que Grace Kelly también tenía una boca muy sucia —
añadió.
—Te encanta que tenga la boca tan sucia.
—Cierto. Pero me gusta más cuando la tienes llena —dijo con una sonrisa elocuente en la boca.
—¿Sabes? Si lograras callarte alguna vez serías totalmente perfecto.
—Sería un rompedor de bragas silencioso, lo que me parece que es algo más escalofriante que un
jefe furioso y con tendencia a romper bragas.
Empecé a reír debajo de él y él me hizo cosquillas por las costillas.
—Pero sé que te encanta que lo haga —dijo con voz ronca.
—¿Bennett? —le dije intentando parecer despreocupada—. ¿Qué haces con ellas?
Él me dedicó una mirada oscura y provocativa.
—Las guardo en un lugar seguro.
—¿Puedo verlas?
—No.
—¿Por qué? —le pregunté entornando los ojos.
—Porque intentarías recuperarlas.
—¿Y por qué iba a querer recuperarlas? Están todas rotas.
Él sonrió pero no respondió.
—¿Por qué lo haces de todas formas?
Me estudió durante un momento, obviamente pensando en la respuesta. Finalmente se incorporó
sobre un codo y acercó la cara a solo un par de centímetros de la mía.
—Por la misma razón por la que a ti te gusta.
Y con esas palabras, se puso de pie y tiró de mí para que le acompañara al dormitorio.
17
Tenía experiencia con negociaciones, negativas y regateos, pero ahí estaba, en la desconocida posición
de haber puesto todas mis fichas en juego, pero como se trataba de Chloe, no me importaba. En ese
caso yo iba con todo.
—¿Tienes ganas de llegar a casa? Han sido casi tres semanas fuera.
Ella se encogió de hombros mientras tiraba de mis bóxer sin la más mínima ceremonia y me
envolvía con su cálida mano con una familiaridad que hacía que se me despertaran lugares hasta
entonces desconocidos.
—Me lo estoy pasando bastante bien aquí, ¿sabes?
Yo me fui demorando en cada botón de la blusa, besándole cada centímetro de piel cuando se
mostraba ante mí.
—¿Cuánto tiempo tenemos para jugar antes de nuestro vuelo?
—Trece horas —me dijo sin mirar el reloj. La respuesta había sido muy rápida y por la forma en
que sentí su piel cuando metí dos dedos bajo su ropa interior, no parecía que estuviera deseando dejar
esa habitación de hotel pronto.
Le rocé los muslos con los dedos, jugué con su lengua y me froté contra su pierna hasta que sentí
que se arqueaba hacia mí. Me rodeó la cintura con las piernas y extendió las manos sobre mi pecho
mientras yo bajaba la mano para ayudarme a entrar en su interior, decidido a hacerla correrse tantas
veces como pudiera antes de que saliera el sol.
Para mí no había nada más en el mundo que su piel suave y resbaladiza y el cálido aire que
proyectaban sus gemidos en mi cuello. Una y otra vez me moví encima de ella, enmudecido por mi
propia necesidad, perdido en ella. Sus caderas se movían al mismo ritmo que las mías y levantaba la
espalda para apretar sus pechos contra mí. Quería decirle: «Esto, lo que tenemos, y es lo más increíble
que he sentido en toda mi vida. ¿Tú lo sientes también?».
Pero no tenía palabras. Solo instinto y deseo y el sabor de ella en mi lengua y el recuerdo de su risa
resonando en mis oídos. Quería que ese sonido no dejara de reproducirse. Lo quería todo de ella: ser
su amante, su compañero para las peleas y su amigo. En esa cama podía serlo todo.
—No sé cómo hacer esto —dijo en un momento extraño; a punto de llegar al orgasmo y aferrándose
a mí tan fuerte que creí que me iba a dejar cardenales. Pero supe a lo que se refería porque era algo
doloroso estar tan lleno de esa necesidad y no tener ni idea de cómo iban a salir las cosas. La quería de
una forma que me hacía sentir como si en cada segundo estuviera saciado y a la vez muerto de
hambre... y mi cerebro no sabía que hacer con todo aquello. En vez de responderle o decirle lo que
pensaba que podíamos hacer, le besé el cuello, apreté los dedos sobre la suave piel de su cadera y le
dije:
—Yo tampoco, pero no estoy preparado para dejarlo pasar tan pronto.
—Me siento tan bien... —Susurró contra mi garganta y yo gruñí en una agonía silenciosa,
evidentemente incapaz de lograr encontrar algo coherente como respuesta.
Tenía miedo de acabar aullando.
La besé.
La empujé aún más contra el colchón.
Ese éxtasis desgarrador siguió durante mucho tiempo. Su cuerpo se elevaba para encontrarse con el
mío y su boca, húmeda, ávida y dulce, no dejaba de morderme.
Me desperté cuando alguien me arrancó la almohada de debajo de la cabeza y Chloe murmuró algo
incoherente sobre espinacas y perritos calientes.
Estaba hablando en sueños aquella inquieta acaparadora de la cama.
Le pasé una mano ansiosa por el trasero antes de volverme para mirar el reloj. Solo eran un poco
más de las cinco de la mañana, pero sabía que teníamos que levantarnos pronto para poder llegar al
vuelo de las ocho. Por mucho que odiara dejar nuestro pequeño y feliz antro de perversión, no había
trabajado nada mientras estábamos allí y estaba empezando a sentirme cada vez más culpable por la
carrera que había dejado a un lado. Durante la última década, mi trabajo había sido mi vida, y aunque
cada vez estaba más cómodo con el devastador efecto que Chloe tenía sobre mi equilibrio, tenía que
volver a centrarme. Era hora de volver a casa, recuperar mi papel de jefe y triunfar de nuevo.
El sol de primera hora de la mañana se filtraba por la ventana e inundaba su piel pálida con una luz
azul grisáceo. Estaba tumbada de costado y enroscada, de cara a mí, con el pelo oscuro enmarañado
sobre la almohada que tenía detrás de ella y la mayor parte de la cara oculta por mi almohada.
Podía entender sus dudas a la hora de decidir cómo iba a funcionar nuestra relación cuando
volviéramos a la realidad. La burbuja de San Diego había sido fantástica, en parte porque allí no se
daban ninguno de los aspectos que hacían que nuestra relación fuera complicada: su trabajo en Ryan
Media, mi papel en el negocio familiar, su beca, nuestras actitudes independientes que chocaban.
Aunque quería presionarla para definir lo que había entre nosotros y establecer expectativas para que
no nos hundiéramos, su enfoque, más a favor de ir probando, era probablemente el correcto.
No nos habíamos molestado en recoger las mantas y volverlas a poner en la cama después de
haberlas tirado al suelo la noche anterior, así que tuve la oportunidad de quedarme mirando su cuerpo
desnudo. Sin duda podía acostumbrarme a despertarme con esa mujer en mi cama.
Pero por desgracia no teníamos una mañana libre por delante. Intenté despertarla poniéndole la
mano en el hombro, después le di un beso en el cuello y por fin un fuerte pellizco en el trasero.
Ella estiró la mano y me dio un cachete fuerte en el brazo antes de que me diera tiempo de
apartarme. Y eso que no estaba seguro de que estuviera despierta del todo.
—Gilipollas.
—Deberíamos levantarnos y ponernos en marcha. Tenemos que estar en el aeropuerto dentro de
poco más de una hora.
Chloe se movió y me miró, con las arrugas de la almohada marcadas en la cara y los ojos
desenfocados. No se molestó en cubrirse el cuerpo como lo había hecho la primera mañana, pero la
sonrisa que mostraba no era radiante.
—Vale —dijo, se sentó, bebió un poco de agua y me dio un beso en el hombro antes de salir de la
cama.
Observé su cuerpo desnudo mientras caminaba hacia el baño, pero ella no me miró. No necesitaba
exactamente un polvo mañanero rápido, pero no me habría importado una sesión de caricias o una
charla todavía tumbados en la cama.
«Creo que no debería haberle pellizcado el trasero.»
Cuando terminé de recoger mis cosas, todavía no había salido, así que me acerqué y llamé a la
puerta del baño.
—Voy a mi habitación a ducharme y hacer la maleta.
Ella se quedó en silencio unos segundos.
—Vale.
—¿No me puedes decir algo más que «vale»?
Su risa me llegó desde el otro lado de la puerta.
—Creo que antes te he llamado «gilipollas».
Sonreí.
Pero cuando abrí la puerta para marcharme, ella abrió la puerta del baño y salió para caer
directamente en mis brazos, rodeándome con su cuerpo y apretando la cara contra mi cuello. Todavía
estaba desnuda y cuando levantó la vista, sus ojos parecían un poco enrojecidos.
—Lo siento —dijo besándome la mandíbula antes de acercar la cara para darme un beso largo y
profundo—. Es que me pongo nerviosa antes de volar.
Se volvió y entró en el baño antes de que pudiera mirarla a los ojos para averiguar si me estaba
diciendo la verdad.
La habitación de al lado se veía extrañamente inmaculada, incluso para una cadena de hoteles de
categoría. No necesité mucho tiempo para hacer la maleta y menos para ducharme y vestirme. Pero
algo evitó que volviera a la habitación de Chloe tan pronto. Era como si ella necesitara un poco de
tiempo allí a solas para librar la batalla silenciosa que se estuviera produciendo en su interior. Para mí
era obvio que ella estaba atravesando un conflicto, pero ¿hacia dónde se decantaría al final? ¿Decidiría
que quería intentarlo? ¿O decidiría que no era posible encontrar un equilibrio entre el trabajo y
nosotros?
Cuando mi impaciencia superó a mi caballerosidad, saqué mi maleta al pasillo y llamé a su puerta.
Ella la abrió vestida como una pin up caracterizada de mujer de negocios traviesa y me llevó un
siglo subir desde sus piernas hasta sus pechos y por fin a su cara.
—Hola, preciosa.
Ella me dedicó una sonrisa tímida.
—Hola.
—¿Lista? —pregunté pasando a su lado para coger su maleta. La manga de mi chaqueta le rozó el
brazo desnudo y antes de que pudiera entender del todo lo que estaba pasando, ella me había agarrado
la corbata y se la había enredado en el puño. Un segundo después tenía la espalda contra la pared y su
boca sobre la mía.
Me quedé helado por la sorpresa.
—Vaya, menudo saludo —murmuré contra sus labios.
Con una mano sobre mi pecho, empezó a soltarme la corbata y gimió dentro de mi boca cuando
sintió que mi miembro empezaba a crecer contra su cuerpo. Sus hábiles dedos me sacaron la corbata
del cuello de la camisa y después la tiraron al suelo antes de que pudiera siquiera recordar que
teníamos que coger un vuelo.
—Chloe —dije esforzándome por apartarme de ella y de sus besos—. Cielo, no tenemos tiempo
para esto.
—No me importa. —Ella no era más que dientes y labios, lametones por todo mi cuello, manos
ávidas soltándome el cinturón y cogiendo mi sexo.
Solté una maldición entre dientes, completamente incapaz de resistirme a la forma en que me
agarraba a través de los pantalones ni a su forma exigente de apartarme y quitarme la ropa.
—Joder, Chloe, has perdido la cabeza, estás salvaje.
La giré y ahora fue su espalda la que estaba contra la pared. Le metí la mano debajo de la blusa y le
aparté a un lado sin miramientos una copa del sujetador. Su necesidad era contagiosa y mis dedos
recibieron encantados el endurecimiento de sus pezones y la curva firme de su pecho que ella apretaba
contra mi palma. Bajé la mano y le subí la falda hasta la cadera, le bajé la ropa interior que ella apartó
a un lado con el pie y la levanté del suelo.
Necesitaba estar dentro de ella en ese preciso instante.
—Dime que me deseas —me dijo. Las palabras salían a la vez que sus exhalaciones y eran
prácticamente solo aire. Estaba temblando y tenía los ojos fuertemente cerrados.
—No tienes ni idea. Quiero todo lo que me quieras dar.
—Dime que podemos hacer esto. —Me bajó los pantalones y los calzoncillos por debajo de las
rodillas y me rodeó la cintura con las piernas a la vez que me clavaba el tacón del zapato en el trasero.
Cuando mi miembro se deslizó contra ella, entrando solo un poco, le cubrí la boca porque dejó escapar
una especie de lamento, casi un gemido.
O un sollozo.
Me aparté para mirarle la cara. Tenía lágrimas cayéndole por las mejillas.
—¿Chloe?
—No pares —me dijo con un hipo, inclinándose para besarme el cuello. Escondiéndose. Intentó
meter una mano entre los dos para cogerme. Era una extraña forma de desesperación. Ambos
habíamos probado los polvos frenéticos y rápidos escondidos en alguna parte, pero esto era algo
completamente diferente.
—Para. —La empujé, incrustándola contra la pared—. Cariño, ¿qué estás haciendo?
Por fin abrió los ojos, fijos en el cuello de mi camisa. Me soltó un botón y después otro.
—Solo necesito sentirte una vez más.
—¿Qué quieres decir con «una vez más»?
Ella no me miró ni dijo nada más.
—Chloe, cuando salgamos de esta habitación podemos dejarlo todo aquí. O podemos llevarnos todo
lo que hay con nosotros. Creo que podemos arreglárnoslas... Pero ¿tú también lo crees?
Ella asintió mordiéndose el labio con tanta fuerza que ya lo tenía blanco. Cuando lo soltó, se volvió
de un rojo tentador y decadente.
—Eso es lo que quiero.
—Te lo he dicho, quiero más de esto. Quiero estar contigo. Quiero ser tu amante —le juré mientras
me pasaba las manos por el pelo—. Me estoy enamorando de ti, Chloe.
Ella se inclinó, riendo, y el alivio se sintió en todo su cuerpo. Cuando se puso de pie, me acercó otra
vez y apretó los labios contra mi mejilla.
—¿Lo dices en serio?
—Totalmente en serio. Quiero ser el único tío que te folla contra las ventanas y también la primera
persona que veas por la mañana a tu lado... después de haberme robado la almohada. También me
gustaría ser la persona que te traiga a ti polos de lima cuando hayas comido sushi en mal estado. Solo
nos quedan unos meses en los que esto puede ser potencialmente complicado.
Con mi boca sobre la suya y las manos agarrándole la cara, creo que por fin empezó a entender.
—Prométeme que me llevarás a la cama cuando volvamos —me dijo.
—Te lo prometo.
—A tu cama.
—Joder, sí, a mi cama. Tengo una cama enorme con un cabecero al que puedo atarte y azotarte por
ser tan idiota.
Y en ese momento los dos éramos totalmente perfectos.
En el pasillo, le di un beso final en la palma, dejé caer su mano y abrí la marcha hacia el vestíbulo.
18
Bennett fue al coche mientras yo me quedaba en la recepción dejando las llaves de las habitaciones.
Con una última mirada al vestíbulo, intenté recordar todo lo que había pasado en aquel viaje. Cuando
salí y vi a Bennett al lado del botones, mi corazón empezó a latir como un loco bajo mis costillas.
Todo me daba vueltas todavía. Me di cuenta de que me había dado muchas oportunidades de decirle lo
que quería y yo había estado demasiado insegura de si podíamos hacer que funcionara. Aparentemente
él era más fuerte que yo.
«Me estoy enamorando de ti.»
Se me retorció el estómago deliciosamente.
El señor Gugliotti vio a Bennett desde la acera y se acercó. Se estrecharon las manos y parecieron
intercambiar comentarios corteses. Quería acercarme y unirme a la conversación como una más, pero
me preocupaba no poder contener lo que estaba ocurriendo en ese momento en mi corazón y que mis
sentimientos por Bennett se vieran en mi cara.
El señor Gugliotti me miró, pero no pareció reconocerme fuera de contexto. Volvió a mirar a
Bennett y asintió ante algo que había dicho. Esa falta de reconocimiento me hizo dudar aún más.
Todavía no era alguien en quien se fijara la gente. Tenía en las manos los papeles del hotel, la lista de
cosas por hacer de Bennett y su maletín. Me quedé algo alejada: solo una becaria.
Haciendo tiempo, intenté disfrutar de los últimos momentos de brisa del mar. La voz profunda de
Bennett me llegaba desde la distancia que nos separaba.
—Parece que entre todos sacaron unas cuantas buenas ideas. Me alegro de que Chloe tuviera la
oportunidad de participar en el ejercicio.
El señor Gugliotti asintió y dijo:
—Chloe es inteligente. Todo fue bien.
—Estoy seguro de que podemos ponernos en contacto a través de videoconferencia pronto para
empezar el proceso de traspaso de la cuenta.
«¿Ejercicio? ¿Empezar?» Pero ¿no es eso lo que he hecho ya? Le di a Gugliotti unos documentos
legales para que los firmara y los enviara de vuelta por mensajería...
—Suena bien. Le pediré a Annie que te llame para arreglarlo. Me gustaría repasar los términos
contigo. No estoy cómodo teniendo que firmarlos ahora.
—Claro, es normal.
El corazón se me aceleró cuando una espiral de pánico y humillación recorrió mis venas. Era como
si la reunión que habíamos tenido no hubiera sido más que una mera representación para mí y que el
trabajo de verdad se llevaría a cabo entre esos dos hombres cuando volvieran al mundo real.
«¿Es que todo el congreso ha sido una enorme fantasía?» Me sentí ridícula al recordar los detalles
que había compartido con Bennett. Qué orgullosa había estado de hacer eso por él y ocuparme de ello
mientras él estaba enfermo...
—Henry me dijo que Chloe tiene una beca Miller. Es fantástico. ¿Se va a quedar en Ryan Media
cuando la termine? —preguntó Gugliotti.
—No lo sé con seguridad todavía. Es una niña increíble. Pero todavía le falta un poco de rodaje.
Me quedé sin aliento de repente, como si me hubieran encerrado en un vacío. Bennett tenía que
estar de broma. Yo sabía sin necesidad de que Elliott me lo dijera (y me lo había dicho infinidad de
veces) que tendría trabajos para elegir cuando terminara. Llevaba años trabajando en Ryan Media,
dejándome los cuernos para sacar adelante mi trabajo y mi licenciatura. Conocía algunas cuentas
mejor que la gente que las llevaba. Y Bennett lo sabía.
Gugliotti rió.
—Le falte rodaje o no, yo la contrataría sin pensarlo. Mantuvo muy bien el tipo en la reunión,
Bennett.
—Claro que sí —dijo Bennett—. ¿Quién te crees que la ha formado? La reunión contigo fue una
buena forma de que entrara un poco en materia, por eso te lo agradezco. No dudo de que le irá
estupendamente acabe donde acabe. Eso sí, cuando esté lista.
No parecía otra cosa que el Bennett Ryan que conocía. No era el amante que había dejado unos
minutos atrás, agradecido y orgulloso de mí por haber sido capaz de dar la cara por él de forma tan
competente. Este ni siquiera era el tipo odioso que solo hacía alabanzas a regañadientes. Este era otra
persona. Alguien que me llamaba «niña» y que actuaba como si «él» me hubiera hecho un favor a
«mí».
¿Rodaje? ¿Acaso lo había hecho solo «bien»? ¿Él había sido mi «mentor»? ¿En qué universo?
Me quedé mirando los zapatos de la gente que pasaba delante de mí mientras entraban y salían por
las puertas giratorias. ¿Por qué me parecía que se me había caído el alma a los pies dejando nada más
que un agujero lleno de ácido?
Llevaba en el mundo de los negocios el tiempo suficiente para saber cómo funcionaba. La gente que
estaba arriba no había llegado allí compartiendo sus logros. Habían llegado gracias a hacer grandes
promesas, reclamar para sí grandes cosas y alimentar unos egos todavía más grandes.
«En mis primeros seis meses en Ryan Media conseguí una cuenta de marketing de sesenta millones
de dólares.
»He gestionado la cartera de cien millones de dólares de L’Oréal.
»He diseñado la última campaña de Nike.
»Y convertí un ratón de campo en un tiburón de los negocios.»
Siempre había sentido que me alababa contra su voluntad, y había algo satisfactorio en demostrar
que no tenía razón, en superar sus expectativas aunque solo fuera para fastidiarlo. Pero ahora que
habíamos admitido que nuestros sentimientos se habían convertido en algo más, él quería reescribir la
historia. Él no había sido un mentor para mí; yo no había necesitado que lo fuera. Él no me había
empujado hacia el éxito; si algo había hecho antes de este viaje era ponerse en mi camino. Había
intentado que dimitiera siendo todo el tiempo un cabrón.
Y lo había dado todo por él a pesar de ello. Y ahora estaba arrastrando mis logros por el fango solo
para salvar la cara por no haber asistido a una reunión.
Mi corazón se rompió en mil pedazos.
—¿Chloe?
Levanté la vista y me encontré con su expresión confundida.
—El coche está listo. Creía que habíamos quedado en encontrarnos fuera.
Parpadeé y me limpié los ojos como si tuviera algo dentro y no como si estuviera a punto de caerme
redonda allí mismo, en el vestíbulo del hotel Wynn.
—Es verdad. —Cogí las cosas y lo miré—. Se me había olvidado.
De todas las mentiras que le había dicho, esa era la peor porque él la notó inmediatamente. Y por la
forma en que unió las cejas y se acercó, con la mirada ansiosa e inquisitiva, no tenía ni idea de por qué
yo sentía que tenía que mentirle sobre algo como eso.
—¿Estás bien, cariño?
Parpadeé de nuevo. Me había encantado cuando me había llamado eso mismo veinte minutos antes,
pero ahora no parecía estar bien.
—Solo cansada.
También supo que estaba mintiendo, pero esta vez no me preguntó nada. Me puso la mano en la
parte baja de la espalda y me llevó hasta el coche.
19
Sabía que las mujeres se pueden poner de mal humor de repente. Conocía unas cuantas que se veían
enfrascadas en pensamientos y situaciones imaginarias y con un solo «qué pasaría si...» se remontaban
desde treinta mil años atrás hasta el futuro y se enfadaban por algo que asumían que ibas a hacer tres
días después.
Pero no me parecía que eso fuera lo que estaba pasando con Chloe y de todas formas ella nunca
había sido ese tipo de mujer. La había visto furiosa antes. Demonios, de hecho había visto todos los
estados de enfado que tenía: molesta, iracunda, detestable y cercana a la violencia.
Pero nunca la había visto dolida.
Se enterró en una montaña de documentos en el corto viaje hasta el aeropuerto. Se excusó para
llamar a su padre y ver cómo estaba mientras esperábamos en la puerta. En el avión se durmió en
cuanto llegamos a nuestros asientos, ignorando mis ingeniosas peticiones de que entráramos en el club
de los que han follado a más de mil metros. Abrió los ojos el tiempo justo para rechazar la comida,
aunque yo sabía que no había desayunado nada. Cuando se despertó por fin empezábamos a descender
y se puso a mirar por la ventanilla en vez de mirarme a mí.
—¿Me vas a decir qué ocurre?
Tardó mucho en contestarme y mi corazón empezó a acelerarse. Intenté pensar en todos los
momentos en que podía haberlo fastidiado todo. Sexo con Chloe en la cama. Más sexo con Chloe.
Orgasmos para Chloe. Había tenido muchos orgasmos, para ser sinceros. No creía que fuera eso.
Despertarnos, ducha, profesarle mi amor básicamente. El vestíbulo del hotel, Gugliotti, aeropuerto.
Me detuve. La conversación con Gugliotti me había hecho sentir muy falso. No estaba seguro de por
qué había actuado como un capullo posesivo, pero no podía negar que Chloe tenía ese efecto en mí.
Había estado increíble en la reunión, lo sabía, pero no tenía ni la más mínima intención de dejar que
ella bajara un escalón y acabara trabajando para un hombre como Gugliotti cuando acabara su máster.
Él seguramente la trataría como a un trozo de carne y se pasaría el día mirándole el trasero.
—Oí lo que dijiste. —Lo dijo en voz tan baja que necesité un momento para registrar que había
dicho algo y otro más para procesarlo. Se me cayó el alma a los pies.
—¿Lo que dije cuándo?
Ella sonrió y se volvió, por fin, para mirarme.
—A Gugliotti. —Joder, estaba llorando.
—Sé que he sonado posesivo. Lo siento.
—Que has sonado posesivo... —murmuró volviéndose otra vez hacia la ventanilla—. Has sonado
desdeñoso... ¡Me has hecho parecer infantil! Has actuado como si la reunión fuera un ejercicio de
formación. Me he sentido ridícula por cómo te la describí ayer, pensando que era algo más.
Le puse la mano en el brazo y me reí un poco.
—Los hombres como Gugliotti tienen un ego muy grande. Necesita sentir que los ejecutivos los
escuchan. Hiciste todo lo que hacía falta. Él solo quería que yo fuera el que le pasara el contrato
«oficial».
—Pero eso es absurdo. Y tú lo has alentado, utilizándome a mí como peón.
Parpadeé confuso. Yo había hecho exactamente lo que había dicho. Pero así se jugaba el juego, ¿no?
—Eres mi asistente.
Una breve carcajada escapó de sus labios y se volvió hacia mí otra vez.
—Claro. Porque tú te has preocupado todo este tiempo de cómo ha progresado mi carrera.
—Claro que lo he hecho.
—¿Cómo puedes saber que necesito rodaje? Apenas te fijaste en mi trabajo antes de ayer.
—Eso es totalmente falso —dije y negué con la cabeza. Estaba empezando a irritarme—. Lo sé
porque he estado observando «todo» lo que has hecho. No quiero ejercer presión sobre ti para que
hagas más de lo que puedes hacer ahora, y por eso estoy manteniendo el control sobre la cuenta de
Gugliotti. Pero lo hiciste muy bien y estoy muy orgulloso de ti.
Ella cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el asiento.
—Me has llamado «niña».
—¿Ah, sí? —Busqué en mi memoria y me di cuenta de que tenía razón—. Supongo que no quería
que te viera como la mujer de negocios explosiva que eres e intentara contratarte y tirársete.
—Dios, Bennett. Eres tan imbécil... ¡Tal vez quiera contratarme porque puedo hacer bien el trabajo!
—Discúlpame. Estoy actuando como un novio posesivo.
—Eso del «novio posesivo» no es nuevo para mí. Es que has actuado como si me hubieras hecho un
favor. Es lo condescendiente que has sido. Y no estoy segura de que ahora sea el mejor momento para
entrar en la interacción típica de jefe y asistente.
—Te he dicho que creo que lo hiciste fantásticamente con él.
Ella se me quedó mirando mientras empezaba a ponerse roja.
—No deberías haber dicho eso en primer lugar. Deberías haber dicho: «Bien. Vamos a volver al
trabajo». Y ya está. Y con Gugliotti actuaste como si me tuvieras bajo tu ala. Antes de esto habrías
fingido que apenas me conocías.
—¿De verdad tenemos que hablar de por qué era un capullo antes? Tú tampoco eras la persona más
dulce del mundo. ¿Y por qué lo vamos a sacar a relucir ahora precisamente?
—No estoy hablando de que tú fueras un capullo antes. Estoy hablando de cómo eres ahora. Estás
intentando compensarme. Por eso exactamente es por lo que no hay que tirarse al jefe. Eras un buen
jefe antes: me dejabas hacer mi trabajo y tú hacías el tuyo. Ahora eres el mentor preocupado que me
llama «niña» mientras habla con el hombre ante el que le he salvado el culo. Es increíble.
—Chloe...
—Puedo tratar contigo cuando eres un cabrón tremendo, Bennett. Estoy acostumbrada, es lo que
espero de ti. Así es cómo funcionan las cosas. Porque aparte de todos los resoplidos y portazos, sé que
me respetas. Pero el modo en que te has comportado hoy... eso establece una línea que no había antes.
—Negó con la cabeza y volvió a mirar por la ventana.
—Creo que estás exagerando.
—Tal vez —dijo agachándose para sacar el teléfono de su bolso—. Pero me he dejado los cuernos
para llegar donde estoy ahora... ¿Y qué estoy haciendo arriesgándolo?
—Podemos hacer las dos cosas, Chloe. Durante unos pocos meses, podemos trabajar y estar juntos.
Esto, lo que está pasando hoy, se llama miedo a pasar de nivel.
—No estoy segura —dijo parpadeando y mirando más allá de mí—. Estoy intentando hacer lo más
inteligente, Bennett. Nunca antes había cuestionado mi valía, ni cuando creía que tú sí lo hacías. Y
entonces, cuando creía que veías exactamente quién era, me has menospreciado así... —Levantó la
vista con los ojos llenos de dolor—. Supongo que no quiero empezar a cuestionarme ahora, después de
todo lo que he trabajado.
El avión aterrizó con una sacudida, pero eso no me sobresaltó tanto como lo que ella acababa de
decir. Había tenido discusiones con los presidentes de algunos de los departamentos financieros más
grandes del mundo. Me había metido en el bolsillo a ejecutivos que creían que podían machacarme.
Podía pelear con esta mujer hasta que terminara el mundo y solo me sentiría más hombre con cada
palabra. Pero justo en ese momento no fui capaz de encontrar nada que decirle.
Decir que no pude dormir esa noche sería poco. Apenas pude siquiera tumbarme. Todas las superficies
planas parecían tener su forma y eso que ella nunca había estado en mi casa. El mero hecho de que
hubiéramos hablado de ello y que hubiera planeado que ella viniera a mi casa la primera noche nada
más volver, hacía que su fantasma pareciera estar allí permanentemente.
La llamé y no me cogió el teléfono. Cierto que eran las tres de la mañana, pero yo sabía que ella
tampoco estaba durmiendo. Su silencio se vio empeorado por el hecho de que sabía cómo se sentía.
Sabía que estaba tan metida en aquello como yo, pero ella pensaba que no debería.
No veía el momento de que llegara el día siguiente.
Entré a las seis, antes de que ella llegara. Nos traje café a los dos y actualicé mi agenda para ahorrarle
un poco de tiempo que pudiera utilizar para ponerse al día después de haber estado fuera. Envié por
fax el contrato a Gugliotti diciéndole que la versión que vio en San Diego era la versión final y que lo
que Chloe le dijo era lo que valía. Le di dos días para devolverlos firmados.
Y después me puse a esperar.
A las ocho mi padre entró en el despacho y Henry cerró la puerta detrás de él. Mi padre fruncía el
ceño a menudo, pero muy pocas veces cuando me miraba a mí. Y Henry nunca parecía molesto.
Pero ahora mismo los dos parecían tener ganas de asesinarme.
—¿Qué has hecho? —Mi padre dejó caer una hoja de papel sobre mi mesa.
La sangre se me heló en las venas.
—¿Qué es eso?
—Es la carta de dimisión de Chloe. Me la ha mandado a través de Sara esta mañana.
Pasó un minuto entero antes de que pudiera hablar. En ese tiempo lo único que se oyó fue la voz de
mi hermano diciendo:
—Ben, imbécil, ¿qué ha pasado?
—La he fastidiado —dije finalmente apretándome las manos contra los ojos.
Mi padre se sentó con la cara seria. Estaba sentado en la misma silla en la que, menos de un mes
antes, se había sentado Chloe con las piernas abiertas y se había tocado mientras yo intentaba
mantener la compostura por teléfono.
«Dios, ¿cómo he dejado que pase esto?»
—Dime qué ha ocurrido —mi padre habló en voz muy baja: un período de calma entre dos
terremotos.
Me aflojé la corbata porque me estaba agobiando por la presión que sentía en el pecho.
«Chloe me ha dejado.»
—Estamos juntos. O estábamos.
Henry gritó:
—¡Lo sabía!
A la vez que mi padre gritaba:
—¿Que vosotros qué?
—No lo estábamos hasta San Diego —les aclaré rápidamente—. Antes de San Diego solo
estábamos...
—¿Follando? —intentó ayudarme graciosamente Henry y recibió una mirada reprobatoria de mi
padre.
—Sí. Solo estábamos... —Una punzada de dolor me atravesó el pecho. Su expresión cuando me
incliné para besarla. Cómo se mordía el carnoso labio inferior. Su risa contra mi boca—. Y como
ambos sabéis, yo soy un imbécil. Pero ella me plantaba cara de todas formas —les aseguré—. Y en
San Diego se convirtió en algo más. Joder. —Estiré la mano para coger la carta, pero la aparté—. ¿De
verdad ha dimitido?
Mi padre asintió con su expresión inescrutable. Ese había sido su superpoder durante toda mi vida:
en los momentos en los que más sentía, mostraba lo mínimo.
—Por eso tenemos la política de no confraternización en la oficina, Ben —me dijo bajando la voz al
llegar a mi diminutivo—. Creía que era más inteligente que todo esto.
—Lo sé. —Me froté la cara con las manos y después le hice un gesto a Henry para que se sentara y
les conté todos los detalles de lo que había pasado con mi intoxicación alimentaria, la reunión con
Gugliotti y cómo Chloe me había sustituido diligente y competentemente. Dejé claro que acabábamos
de decidir que íbamos a estar juntos cuando me encontré con Ed en el hotel.
—Eres un maldito estúpido —dijo mi hermano cuando terminé y ¿cómo no iba a estar de acuerdo?
Después de una dura charla y de asegurarme de que teníamos que hablar largo y tendido de todas las
formas en que lo había fastidiado todo, mi padre se fue a su despacho para llamar a Chloe y pedirle
que volviera a trabajar para él lo que le quedaba de las prácticas del máster.
Él no solo estaba preocupado por el efecto sobre Ryan Media, aunque si ella decidía quedarse
cuando acabara su máster podría fácilmente convertirse en uno de los miembros más importantes de
nuestro equipo de marketing estratégico. También le irritaba que a ella le quedaban menos de tres
meses para encontrar un nuevo puesto de asistente, aprender los entresijos del nuevo trabajo y hacerse
cargo de otro proyecto para presentar ante la junta de la beca. Y dada su influencia en la facultad de
empresariales, lo que ellos dijeran determinaría si Chloe obtenía una matrícula de honor y una carta de
recomendación del consejero delegado de JT Miller.
Eso podía propiciar un buen principio para su carrera o destrozarla.
Henry y yo nos sentamos en un silencio sepulcral durante la siguiente hora; él me miraba fijamente
y yo miraba por la ventana. Casi podía sentir cuántas ganas tenía de darme una paliza. Mi padre volvió
a mi despacho, recogió la carta de dimisión y la dobló en tres partes. Todavía no había sido capaz de
mirarla. La había escrito a ordenador y, por primera vez desde que la conocí, no había nada que
deseara más que ver su caligrafía ridículamente mala en vez de esa carta impersonal en blanco y negro
escrita en Times New Roman.
—Le he dicho que esta empresa la valora y que esta familia la quiere y que queremos que vuelva.
—Mi padre hizo una pausa y me miró—. Me ha dicho que esas son razones todavía más poderosas
para que ella quiera hacer esto sola.
Chicago se convirtió en un universo paralelo, uno en el que era como si Billy Sianis nunca hubiera
echado la maldición de la cabra sobre los Chicago Cubs y como si Oprah nunca hubiera existido
porque en él, Chloe ya no trabajaba para Ryan Media. Había dimitido. Había dejado uno de los

proyectos más grandes de la historia de Ryan Media. Me había dejado a mí.

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