El ministro de Defensa estaba sentado sobre una roca, con los
pies metidos en el arroyo. Kevin estaba tumbado en el agua fría, dejando que
corriera sobre su cuerpo grande y peludo. Fi se había encaramado en otra roca,
por encima de la cabeza de Homer, y parecía una pequeña diosa. Se la veía tan
liviana que no me habría extrañado que le salieran de pronto alas de arco iris
y se fuera volando con ellas. Robyn estaba tumbada de espaldas sobre la orilla,
leyendo My Brilliant Career8. Chris se
encontraba a pocos metros de mí, bajo un árbol, acompañado de sus canutos. Bien
pensado, no sé si debería llamarlos «sus canutos». Chris estaba contemplando
los rocosos despeñaderos que se veían a lo lejos, a través de los árboles.
Corrie estaba sentada al lado de Robyn. Tenía la radio puesta otra vez. Estaba
probando unas pilas nuevas que habían encontrado en Wirrawee. Una de las
mujeres con las que habían hablado les había dicho que a veces se oían emisoras
pirata de radio, que daban noticias y consejos. Corrie también estaba tanteando
la onda corta, pero sería difícil captar nada durante el día, y no estábamos en
un buen lugar para la recepción de radio.
Yo estaba arrimada a Lee, con la cabeza en su pecho,
acurrucándome en él como si fuera un bebé. Habíamos pasado casi toda la tarde
abrazándonos, besándonos y tocándonos apasionadamente, hasta que tuve la
sensación de estar desmenuzándome; como si las fibras que mantenían mi cuerpo
de una pieza estuvieran desapareciendo. Hacia Homer me había sentido más
atraída físicamente, pero lo que me atrajo de Lee en un principio fue su mente,
su cara inteligente y sensible, y la seguridad que sentía estando con él. Homer
no irradiaba seguridad precisamente. Pero por debajo del sereno exterior de Lee
encontré a alguien profundamente apasionado. Yo era virgen y sabía que él
también lo era; de
hecho, creo que todos lo éramos, excepto tal vez Kevin. Estoy bastante segura
que él y Sally Noack habían hecho guarrerías con frecuencia el año pasado,
cuando tuvieron una larga relación. Pero si aquella tarde calurosa hubiésemos
gozado de intimidad en el claro del Infierno, creo que Lee y yo habríamos
perdido la virginidad juntos. Yo me apretaba contra él sin soltarle nunca, como
si quisiera meter todo mi cuerpo dentro de él, y me gustaba poder hacerlo
gemir, suspirar y sudar. Disfrutaba dándole placer, aunque no habría sabido
decir cuándo se trataba de placer y cuándo de dolor. Yo lo provocaba y lo
tocaba, preguntándole: «¿Esto duele? ¿Y esto? ¿Y esto?», y él decía entre
jadeos: «Ay mi madre… no, sí, no». Eso me hacía sentir poderosa. Pero luego se
cobró su venganza. No sé cuál de los dos rió el último… o gimió el último. Por
lo general, cuando estoy fuera de control, cuando me arrastra una corriente de
aguas embravecida, sea por la risa o por la melancolía o por una de mis famosas
rabietas, sigo siendo capaz de salir fuera de mí, sonreír y pensar: «Menuda
loca». Parte de mi mente se despega de mí, puede observarme, ser consciente de
todo lo que hago y reflexionar sobre ello. Pero aquella tarde, con Lee, no.
Estaba perdida en el torrente de mis sentimientos. Si la vida es una lucha
contra las emociones, estaba perdiendo irremisiblemente. Casi daba miedo. De
hecho, me sentí aliviada cuando Homer nos llamó a gritos diciendo que teníamos
que empezar nuestra asamblea. ―¿Está bien el libro? ―le pregunté a Robyn. ―Sí,
no está mal ―contestó ―. Tenemos que leérnoslo para la clase de literatura.
Todavía no nos habíamos hecho del todo la idea de que el mundo había cambiado,
de que no íbamos a empezar las clases el día indicado. Supongo que deberíamos
estar encantados de no tener que ir al instituto, pero no era así. Estaba
empezando a desear volver a utilizar el cerebro; enfrentarme a nuevas ideas y
teorías complicadas. En aquel momento decidí que seguiría el ejemplo de Robyn y
leería alguno de los libros más densos que nos habíamos traído. Había uno
llamado La letra escarlata que tenía pinta de ser bastante serio.
―Bueno, chicos, tenemos más decisiones que tomar ―empezó a decir Homer―. He
estado mirando al cielo cada cinco minutos, esperando a que llegaran los soldados
americanos con sus grandes helicópteros verdes, pero de momento no ha habido
suerte. Y Corrie todavía no ha oído ningún boletín de noticias que nos diga que
va a llegar ayuda. O sea, que tendremos que apañárnoslas solos un poco más.
»Tal y como yo lo
veo, tenemos varias opciones, ahora que sabemos un poco mejor cómo está el
asunto. La primera: quedarnos quietecitos sin hacer nada. Y no es ninguna
cobardía. Tiene muchas cosas a favor. No estamos preparados para esto, y es
importante para nosotros mismos, para nuestras familias y, ya puestos, para
todo el país, que sigamos con vida. La segunda: podemos intentar rescatar a
nuestros familiares y puede que a otra gente del recinto ferial. Es bastante
difícil, y seguramente está muy por encima de nuestras posibilidades. Vale que
tenemos fusiles y escopetas, pero serían como pistolas de juguete al lado de lo
que tienen esos payasos. La tercera: podemos hacer algo diferente para ayudar a
los buenos. Que somos nosotros, por cierto, por si alguien se ha perdido.
―Sonrió a Robyn―. Podríamos implicarnos de alguna manera que ayude a los
nuestros a ganar esta guerra y recuperar nuestro país. Hay otras cosas que
podríamos hacer, claro, otras opciones, como trasladarnos a otra parte o
rendirnos, pero son tan remotas que no creo que valga la pena tenerlas en
cuenta, aunque podernos hacerlo si alguien quiere, por supuesto. »Total, que
esto es lo que hay, esto es lo que pienso y algo tendremos que hacer. Tenemos
tres opciones, y creo que ha llegado el momento de que elijamos una y nos
atengamos a ella. Dicho esto, se reclinó de nuevo, se cruzó de brazos y volvió
a meter los pies en el agua. Se hizo un silencio, hasta que Robyn recogió el
guante.
―Todavía no tengo muy claro qué hay que hacer y qué no hay
que hacer con todo este tinglado ―dijo―, pero tampoco me veo quedándome aquí
sentada sin hacer nada durante meses. Es algo instintivo en mí, no sería capaz.
Estoy de acuerdo con Homer en que el recinto ferial está más allá de nuestras
capacidades, pero me parece que deberíamos salir e intentar algo. Por otro
lado, tampoco quiero que vayamos por ahí matando a todo el que encontremos. He
leído libros sobre Vietnam como Fallen Angels9, donde
una mujer escondía una mina entre las ropas de su propio hijo y se lo daba a un
soldado para que lo sujetara, y entonces los hacía explotar a los dos. Todavía
tengo pesadillas con eso. Y ya estoy teniendo pesadillas con esa gente a la que
atropellamos. Pero supongo que mis pesadillas no se pueden comparar con lo que
han tenido que sufrir muchas personas. Mis pesadillas son solo un precio que
tengo que pagar, eso ya lo sé. Diga lo que diga esa gente sobre una invasión
«limpia», creo que todas las guerras son sucias, inmorales y depravadas. No
tiene nada de limpio que destrozaran la casa de Corrie, o que mataran a la
familia Francis. Sé que puede sonar a contradicción,
pero en realidad no
lo es. Puedo entender por qué esta gente nos invade, pero no me gusta nada lo
que están haciendo y no los veo muy éticos precisamente. Esta guerra es algo
que no ha impuesto, y no tengo las agallas necesarias para ser una objetora de
conciencia. Solo espero que podamos evitar hacer más cosas que contribuyan a la
suciedad, la inmoralidad y la depravación. Nadie tuvo más que añadir durante un
rato. Entonces Fi, que tenía un aspecto pálido y desolado, dijo: ―Entiendo que
desde el punto de vista de la lógica deberíamos hace esto o lo otro. Pero solo
sé que la idea de hacer cualquier cosa basta para hacerme sangrar la nariz. Lo
único que quiero hacer es bajar a la cabaña del Ermitaño y esconderme debajo de
su vieja cama roñosa hasta que haya pasado todo. Os aseguro que tengo que
contenerme para no hacer eso. Supongo que, cuando llegue el momento,
seguramente haré lo que tenga que hacer, pero sobre todo será porque me habré
obligado a seguiros el ritmo. No quiero decepcionaros. Me moriría de vergüenza
si no pudiera secundaros en cualquier cosa que decidamos hacer. Ahora mismo no
creo que podamos ayudar a nuestras familias de ningún modo, y no quedar mal
delante de todos vosotros se ha convertido en mi principal objetivo. Y lo que
más me preocupa es no poder garantizar que no me venga abajo con tanta presión.
Tengo tanto miedo que podría reaccionar de cualquier manera, ese es el
problema. Puede que me quede allí parada, chillando. ―Es la presión del grupo
―comentó Lee, dirigiendo sin embargo una sonrisa comprensiva a Fi. Había usado
una de las expresiones favoritas de la señora Gilchrist, la directora de
nuestro instituto. ―Pues está claro que eres la única que está así ―dijo
Homer―. Los demás no conocemos la palabra «miedo». Kevin ni siquiera sabe cómo
se escribe. No tenemos sentimientos. Somos androides, Terminators, Robocops.
Hemos sido elegidos por Dios para cumplir con nuestra misión. Somos Superman,
Batman y Wonder Woman ―y entonces prosiguió en tono más serio―: No, es verdad
que es un problema. Ninguno de nosotros sabemos cómo reaccionaremos cuando la
cosa se ponga fea. Solo puedo juzgar por lo que he sentido hasta ahora,
haciendo cosas insignificantes, como esperar en ese coche en Three Pigs Lane.
Me castañeaban tanto los dientes que tenía que cerrar bien la boca para que no
se me salieran. No sé cómo no eché la pota. Estaba completamente convencido de
que iba a morir.
Seguimos dándole vueltas y más vueltas al tema. Aparte de Fi,
los que estaban menos dispuestos a actuar eran Chris y, curiosamente, Kevin. Lo de Chris podía
entenderlo. Casi siempre vivía en su propio mundo, sus padres estaban en el
extranjero, no tenía muchos amigos. De hecho, no creo que le gustara mucho la
gente. Seguramente podría haber vivido tranquilamente en la cabaña del
Ermitaño… No como Fi, que se habría vuelto loca antes del primer día. Pero me
daba la impresión de que, como Fi, Chris se apuntaría a cualquier cosa que
decidiéramos; en su caso porque no tenía la energía o la iniciativa necesarias
para enfrentarse al grupo. Kevin, que cambiaba su actitud de un día para otro,
era más desconcertante. Unas veces se le veía sediento de sangre y otras,
acobardado. Me pregunté si eso dependía de cuánto tiempo hubiera pasado desde
la última vez que se había enfrentado a un peligro. Podría ser que si había
entrado en acción recientemente se amilanaba, buscaba la calma. Pero si había
pasado un tiempo a salvo, empezaba a recuperar su agresividad. En cuanto a mí,
las emociones me abrumaban. Deseaba ser capaz de tomar decisiones calmadas y
lógicas, hacer dos listas de puntos a favor y en contra en una hoja de papel,
pero siempre se metían los sentimientos por medio. Cuando pensaba en esas balas
y en el cortacésped y en la incursión en camión, sentía temblores y mareos y me
entraban ganas de gritar. Lo mismo que Fi y Homer y todos los demás. No sabía
cómo lo manejaría cuando volviera a afrontar algo así. Igual sería más fácil. O
igual más difícil. Sin embargo, creo que todos pensábamos que debíamos hacer
algo, aunque fuera solo porque la idea de no hacer nada nos parecía tan
escandalosa que ni siquiera podíamos planteárnosla. Así pues, empezamos a
barajar ideas. Poco a poco acabamos hablando cada vez más de la carretera de la
bahía de Cobbler. Nos pareció que era donde estaba sucediendo lo más
importante. Decidimos que, cuando Homer, Fi, Lee y yo saliéramos la noche
siguiente, concentraríamos allí nuestra atención.
Me alejé del lugar de reunión, dejando atrás a los demás,
incluido Lee, y me puse a andar un rato por el camino. Al final me senté en uno
de los Escalones de Satán, cuando ya caía la calurosa tarde. Por debajo, oía el
arroyo arremolinándose sobre un montón de rocas. Llevaba unos diez minutos allí
cuando una libélula se posó cerca de mis pies. Para entonces yo debía de
haberme convertido en parte del paisaje, porque el insecto no me prestó ninguna
atención. Cuando lo miré, me di cuenta de que tenía algo en la boca. Fuera lo
que fuera, todavía estaba revolviéndose y agitando las alitas. Me acerqué
lentamente para ver la escena más de cerca. La libélula seguía ajena a mi
presencia. Entonces vi que era un mosquito lo que tenía y que estaba comiéndolo
vivo.
Pedazo a pedazo, el
mosquito, sin dejar de resistirse frenéticamente, fue siendo engullido. Yo me
quedé observando, fascinada, hasta que desapareció por completo. La libélula se
quedó allí encaramada un minuto más o así, y de pronto alzó el vuelo. Volví a
sentarme, apoyada en la roca caliente. Así eran los dictados de la naturaleza.
El mosquito sentía el dolor y pánico pero la libélula era ajena a la crueldad.
Carecía de imaginación para ponerse en el lugar de su presa. Simplemente, se
zampó su comida. Los seres humanos llamarían malvada a la gran libélula que
destruye al mosquito sin tener en cuenta su sufrimiento. Y, sin embargo,
también desprecian a los mosquitos, a los que llaman perversos y sanguinarios.
Todas estas palabras, como «malvado» y «perverso», carecen de significado en la
naturaleza. Sí, la maldad es una invención humana.
Estaba oscuro, seguramente era medianoche. Estábamos
escondidos en un gran conducto de alcantarilla, asomándonos por el borde a la
negra carretera. Habíamos estado a pocos segundos de cometer un gran y fatal
error. Tal como lo habían contado Robyn y los demás, ellos se habían deslizado
a hurtadillas hasta la carretera, se habían quedado allí vigilando durante una
hora o así, y después se fueron por donde habían venido. Nosotros habíamos
empleado la misma estrategia. Estábamos a unos cincuenta metros del arcén de
gravilla. Yo iba a la cabeza, seguida de un renqueante Lee y de Fi, y Homer
cerraba la marcha. Un levísimo sonido fuera de lo común me llamó la atención.
Ya iba a pasarlo por alto, pero el instinto pudo más, y me paré y miré a la
derecha. Y allí estaban, formando una sólida masa oscura que se aproximaba
lentamente por la carretera. Pero entonces mis instintos me traicionaron: me
decían que me quedara quieta; impedían que me fuera a ningún lado. Tenía que
recuperar el raciocinio urgentemente. Se activó una voz decidida en mi cerebro
que me decía: si no haces nada, morirás. Muévete, pero muévete despacio. Con
control. No te dejes llevar por el pánico. Empecé a retroceder, como una
película en marcha atrás, y estuve a punto de chocar con Lee. Por suerte, no
dijo nada; noté su sorprendida vacilación, y entonces él también empezó a
desplazarse hacia atrás. Para entonces, la patrulla estaba tan cerca que seguir
moviéndonos se hizo demasiado peligroso. Nos quedamos quietos, fingiendo ser
árboles.
Había unos diez soldados y marchaban en doble fila, formando
siluetas que se recortaban contra el cielo, más altos que nosotros porque
estábamos entre los matorrales que había más allá de la cuneta. No sabía dónde
estaban Fi y Homer, y esperé que no salieran de sopetón de entre la maleza. De
pronto, casi se me paró el corazón al oír un rumor a cierta distancia a la
izquierda, una agitación repentina. Los soldados reaccionaron como si alguien
hubiera pulsado un botón en su espalda. Moviéndose rápidamente, se dispersaron en
una amplia línea y se echaron al suelo. Entonces empezaron a arrastrarse sobre
los codos, hacia donde
estábamos Lee y yo, de forma que el más cercano estaba a pocos metros a nuestra
izquierda. Toda la maniobra era de una eficacia espeluznante. Al parecer,
aquellos eran los soldados profesionales que había mencionado el señor Clement.
Un instante después, una linterna gigante, cuya luz se abría camino a través de
la noche, empezó a explorar los matorrales. Seguimos su avance con la vista,
corno si nos hubiera atrapado. Y entonces la luz vaciló, se detuvo, se
concentró, y vi lo que en realidad había captado. Un gazapo, muy joven,
agachado hasta el suelo, con su cabecita mirando a derecha e izquierda,
olisqueando el resplandor blanco que lo rodeaba. Se oyeron risas procedentes de
la carretera. Percibí la relajación que se produjo entonces. Los hombres
empezaron a ponerse en pie. Oí un fusil amartillándose, unos comentarios, y
seguidamente una fuerte y violenta explosión. El conejo se convirtió de pronto en
pequeños fragmentos de carne, desparramados sobre el suelo y las rocas, y un
trozo de pelaje se quedó estampado en un tronco de árbol. Ninguno bajó al
terraplén. Eran solo soldados aburridos divirtiéndose. La luz se apagó, la
patrulla recuperó su formación y siguió enfilando la carretera como un oscuro
cocodrilo. Solo cuando ya no se veían ni se oían, y cuando Fi y Homer
aparecieron, me permití el lujo de temblar descontroladamente. Cuando al final
nos metimos en el conducto, avanzamos como caracoles, más que como cocodrilos o
como soldados, arrastrándonos en silencio. No sé los demás, pero yo podría
haber dejado fácilmente un reluciente rastro detrás de mí, un rastro de sudor.
Nos quedarnos allí cerca de una hora y, en ese espacio de
tiempo, solo vimos un pequeño convoy. Lo encabezaban dos coches blindados,
seguidos por media docena de jeeps, media docena de camiones y finalmente otros
dos coches blindados. También vimos una segunda patrulla: un camión con un foco
instalado en el techo de la cabina y una ametralladora en la parte de atrás. No
era un sistema muy inteligente, porque pudimos verlo desde muy lejos, con la
luz que peinaba el campo, a un lado y a otro. Tuvimos tiempo suficiente para
zambullirnos en la vegetación y mirar escondidos detrás de los árboles. No me
habría gustado estar en el lugar de los soldados, en ese camión, porque eran un
objetivo fácil para guerrilleros potenciales. Igual era señal de que no había
mucha actividad de guerrilla por esa zona. Pero, mientras esperaba
detrás de mi árbol a que hubiera pasado el camión, me sorprendió e incluso me
alarmó un poco darme cuenta de hasta qué punto estaba empezando a pensar como
un soldado. Si estuviéramos subidos a un árbol con fusiles, pensé, y una
persona disparara al foco y los otros fueran por el artillero... O mejor aún,
si una persona disparara por delante al parabrisas para neutralizar a los de la
cabina... Satisfechos con nuestra «misión de reconocimiento», nos adentramos
más en la vegetación para hablar. Todos coincidíamos en que era peligroso y
seguramente inútil quedarnos más tiempo allí. Miramos a Homer para que nos
diera ideas sobre qué hacer a continuación. —¿Y si subimos al Heron?
—preguntó—. Quiero echarle un vistazo a una cosa. El Heron era el río local,
así llamado en honor a Arthur Chesterfield Heron, la primera persona que se
asentó en el distrito. La mitad de las cosas de Wirrawee, incluido el
instituto, tenían su nombre. El río se desbordaba de vez en cuando, de modo que
su lecho era ancho y arenoso, y el agua en sí serpenteaba libremente sobre él.
Un largo y viejo puente de madera, de casi un kilómetro, atravesaba el Heron
justo a las afueras del pueblo. El puente era demasiado estrecho e inseguro
para la carretera y, más o menos una vez al año, se alzaban voces que clamaban
por que se construyera uno nuevo, pero al final nunca se hacía nada. Cerrarlo
durante una temporada habría sido un gran trastorno, y el desvío que habría que
tomar para llegar al pueblo habría sido largo e incómodo. Entretanto, el puente
era una especie de atracción turística: no había mucha demanda de postales de
Wirrawee, pero las pocas que había mostraban el puente o bien el monumento
conmemorativo o el nuevo centro deportivo.
Debajo del puente, a lo largo de ambas orillas del río,
estaban el terreno de acampada y el camino panorámico. Lo de «panorámico» era
de risa; era simplemente una carretera que pasaba por la rotonda, las barbacoas
y la piscina, y después seguía hasta los jardines florales. Pero era allí
adonde nos quería llevar Homer, y allí nos fuimos todos. Bueno, todos menos
uno. Lee ya se había ganado el jornal. Le dolía la pierna y estaba sudando. Me
di cuenta de lo agotado que estaba cuando lo dejamos sentado bajo un árbol y le
dijimos que esperara allí, y él apenas protestó; cerró los ojos y ya no se
movió. Le di un beso en la frente y lo dejé
allí, confiando en que a la vuelta pudiéramos encontrar otra vez el árbol.
Extremamos las precauciones al acercarnos al puente, ya que supusimos que
estaría muy vigilado. Era claramente el punto más vulnerable de la carretera, y
supongo que por eso Homer tenía tantas ganas de verlo. Llegarnos allí dando un
rodeo, campo a través, pasando por los cultivos de los Kristicevic. Me pregunté
cómo estaría mi amiga Natalie Kristicevic mientras picoteaba tirabeques de sus
huertos. Me alegré de poder comer algo de verdura fresca, aunque Fi se pusiera
nerviosa con el ruido que hacía al mordisquear las vainas. Desde la plantación
de maíz teníamos una buena panorámica del puente y del terreno de acampada. Vimos
las oscuras siluetas de los soldados caminando a lo largo del puente. Parecía
haber seis, cuatro montando guardia en un extremo mientras los otros dos
patrullaban a intervalos regulares. Llegó otro convoy, y los centinelas se
reunieron al final del puente, observándolo. Uno tenía una carpeta
sujetapapeles y anotaba algo en ella, tal vez el número de vehículos. Mientras
uno hablaba con los conductores, los demás parecían registrar los camiones por
debajo. Estuvieron un buen rato así. Después, los vehículos más grandes
cruzaron lentamente el puente, dejando bastante distancia entre uno y otro.
Estaba claro que no tenían mucha fe en el mítico puente de Wirrawee. A eso de
las cuatro de la madrugada recogimos a Lee y nos retirarnos a nuestro
escondite, que era una caseta situada en la propiedad de los Fleet y que
alquilaban a turistas de la ciudad. Estaba en un lugar bastante aislado y
discreto, por lo que supusimos que era seguro. Fi se ofreció voluntaria para
hacer la primera guardia; los demás nos desplomamos rendidos en las camas y
dormimos a pierna suelta. No fue hasta media tarde que tuvimos la energía
necesaria para hablar de tácticas. Estaba claro que Homer había dedicado un
rato largo a pensar en el puente, porque fue directo al grano. —Tenemos que volarlo
—dijo con ojos brillantes.
La última vez que había visto sus ojos brillar así fue en el
instituto, cuando me dijo que había aflojado todos los tornillos del atril de
la directora en el
salón de actos. Si volar el puente iba a terminar creando un desastre tan
grande como el de aquel día, que no contara conmigo. —Vale —le dije,
siguiéndole la corriente—, ¿y cómo vamos a hacerlo? Con ojos más encendidos que
nunca, nos lo explicó. —Lo que hizo Ellie con el tractor cortacésped me ha dado
la idea —dijo—. La gasolina es la forma más sencilla y efectiva de hacer
explosiones, así que he estado pensando en cómo podríamos repetir lo que hizo
Ellie, pero a mayor escala. Y, evidentemente, la versión más grande que existe
de un cortacésped es un camión cisterna. Lo que tenemos que hacer es encontrar
uno lleno de gasolina, aparcado debajo del puente, en el camino panorámico, y
después hacerlo explotar. Será un buen petardo. Se hizo un silencio sepulcral.
Tenía un montón de preguntas, pero no tenía aliento suficiente para
formularlas. Para empezar, sabía quién conduciría el camión cisterna. —¿De
dónde sacaremos el camión? —preguntó Fi. —De Curr's. Curr's era el distribuidor
local de la gasolina Blue Star. Venían a nuestra propiedad una vez por semana
para llenar nuestro depósito. Era un negocio importante, con una flota de
camiones cisterna bastante grande. Esa parte era sin duda posible. De hecho,
podría ser la parte más fácil de todo aquel plan de locos. Homer interrumpió
mis pensamientos. Me había preguntado algo. —¿Qué? —Te preguntaba si
conducirías un vehículo articulado.
—Supongo que sí. Debe de ser parecido a conducir el camión de
casa cuando teníamos puesto el remolque. La pregunta es ¿cómo demonios voy a llevarlo bajo
el puente, salir y volarlo con los soldados del puente mirando, saludando y
haciendo fotos? —Ningún problema. —¿Ningún problema? —Ninguno. —Ah, vale
—repliqué—. Pues como ya está todo arreglado, ya puedo relajarme. —Escuchad
—dijo Homer—, mientras anoche ibais hacia Wirrawee con los ojos cerrados, yo me
fijé en un par de cosas. Por ejemplo, ¿qué queda más allá del puente, en
dirección a la bahía de Cobbler? Homer estaba convirtiéndose a marchas forzadas
en los profesores que siempre había despreciado. —No lo sé, díganoslo usted
—dije, siguiéndole el juego. —La propiedad de los Kristicevic —dijo Fi,
siguiéndole el juego un poco mejor. —¿Y al otro lado? —Solo prados —contestó
Fi. Todos estábamos mirando a Homer, esperando a que sacara el conejo de la
chistera. —No son solo prados —dijo, ofendido—. Típico de los del pueblo. Uno
de los ranchos más famosos del distrito, y lo llamáis «solo prados».
—Hum —dije, haciendo memoria—. Esa es la propiedad de los
Roxburgh. El rancho Gowan Brae de vacas hereford.
—Sí —dijo Homer con
tono enfático. Yo todavía no veía ninguna conexión, por mucho que me esforzara.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Adiestrar a las vacas para que tiren del camión
hasta dejarlo bajo el puente? ¿O provocar la explosión con metano? Si
encontramos una vaca que lleve suficiente tiempo muerta para haberse hinchado,
podemos hacerle un agujero en el costado y encender una llama con el gas. Lo he
visto hacer alguna vez. —Escuchad —dijo Homer—. Os diré lo que he visto. En el
prado que hay pegado a la carretera, el señor Roxburgh tiene un rebaño de
vacas, todas ellas magníficas. Son un montón, pero es un buen prado y es
suficiente para todas. Ahora, poneos en el lugar de un joven soldado en el
extranjero que está vigilando un puente largo y estrecho, es muy tarde de noche
y está esforzándose por permanecer despierto y alerta. Y de pronto oye un ruido
y, cuando se gira, hay un centenar o así de cabezas de hereford corriendo en
estampida hacia él, a toda leche. Unas cincuenta toneladas de vacuno, surgiendo
de la oscuridad a sesenta o setenta kilómetros por hora. ¿Qué haríais en su
lugar? —Correr —contestó Lee enseguida. —No, no haríais eso —dijo Homer. —No,
no haríamos eso —repetí, pensativa—. Demasiadas vacas, y vendrían demasiado
rápido. —¿Entonces, qué haríais? —volvió a preguntar Homer. —Echar a correr
hacia los parapetos. Y seguramente nos refugiaríamos detrás. Cosa que es
bastante fácil en ese viejo puente de madera. —¿Y en qué dirección miraríais?
—preguntó Homer. —A las vacas —respondí, más lentamente.
—Justo. Ya está todo dicho —dijo Homer, y entonces se reclinó
y se cruzó de brazos.
Los demás lo
miramos: tres personas poniendo en orden pensamientos que iban en tres
direcciones distintas. —¿Cómo obligas a las vacas a hacer lo que quieres?
—preguntó Fi. —¿Cómo escapamos después? Con esto no puedo correr lejos —dijo
Lee, señalando su pierna vendada. Yo no tenía preguntas. Sabía que los detalles
podían pulirse. Era un plan muy arriesgado, pero también muy brillante. Homer
contestó en primer lugar la pregunta de Lee. —En moto —dijo—. Llevo tiempo
pensando que, para ser una guerrilla efectiva, deberíamos hacernos con unas
motos todoterreno y desplazarnos campo a través y no por carretera. Seríamos
más ágiles y escurridizos. Luego, llevaré al ganado a la carretera utilizando
mis inigualables técnicas de vaquero. Lo he hecho ya de noche. Da buen
resultado; de hecho, en cierto modo es mejor. Así las vacas recelan menos. Si
es una noche lo bastante clara, que debería serlo, ni siquiera hay que utilizar
luces, porque las pone demasiado nerviosas. Así pues, yo las sacaría, y
entonces Lee y yo las azuzaríamos, si él se ve capaz. Podríamos utilizar una
aguijada eléctrica, por ejemplo, y tal vez un bote de aerosol y una caja de
cerillas. En el instituto me la cargué por fabricar un lanzallamas con eso,
pero sabía que algún día me sería útil. Un fogonazo en el lomo y las tienes
corriendo hasta el amanecer. Cuando hayan salido en estampida a la carretera,
nos adentraremos en la oscuridad y escaparemos con las motos. »Siempre parece
que me escaqueo haciendo las tareas menos peligrosas —se disculpó, volviéndose
hacía nosotras—. Pero creo que tenemos que hacerlo así. Ellie es nuestra mejor
conductora, y la necesitaremos para el camión cisterna. Y como Lee está
demasiado cojo para correr, no sirve para ir de copiloto, porque los dos
tendrán que salir por piernas. Yo soy el que tiene más experiencia con el
ganado. Homer se quedaba corto: era un fiera con el ganado. Pero no había terminado
de hablar.
—Ahora os digo cómo
funcionaría. Lo que he pensado es que tú podrías robar un camión cisterna y
bajarlo al puente en tramos lentos, mientras Fi te acompaña a pie, comprobando
a cada esquina que no haya moros en la costa y haciéndote señales para que
sigas. Luego lo escondes en ese rincón, al lado de las boleras, bien cerquita
del puente. Esperaremos a que pase un convoy, momento en que por lo visto los
soldados pasan al extremo de la derecha del puente, y así también ganaremos un
buen lapso de tiempo hasta que llegue el siguiente convoy. Después sacaremos a
las vacas a la carretera y las haremos huir en estampida. Cuando lleguen a un
extremo del puente, puedes colocar el camión debajo del otro extremo. A lo
mejor podrías ir en punto muerto con el motor apagado. Allí hay bastante
pendiente. Luego te bajas y vas dejando un reguero de gasolina hasta llegar a
una distancia segura. Eso es mejor que lo haga solo una de las dos, de manera
que si una se salpica la ropa, pueda alejarse antes de que la otra meta fuego a
la gasolina. Cuando hayáis prendido la llama, salís cagando leches hacia las
dos motos que habremos dejado escondidas en un rincón. Y os vais de allí. ¿Qué
os parece? Simple, ¿eh? Podéis llamarme genio. Seguimos hablando durante horas
y más horas, buscando puntos débiles, intentando mejorar el plan. Había un
sinfín de cosas que podían salir mal. Podría ocurrir que el rebaño no se
moviera, que llegara otro vehículo por la carretera en el peor momento, que los
camiones cisterna estuvieran vigilados o vacíos, o incluso que no estuvieran
allí. Pensé que la parte más peligrosa podría llegar cuando Fi y yo escapáramos
del camión a las motos. En ese momento quedaríamos muy a la vista, durante
medio minuto o así. Si nos vieran los centinelas, tendríamos problemas de
verdad. Pero Homer estaba seguro de que estarían ocupados con las vacas. Sí,
era un buen plan. Muy astuto. Y quizá lo que más me gustaba de él era el efecto
que producía sobre Lee. Estaba decidido a hacerlo. Tenía la cabeza cada vez más
levantada mientras hablábamos; se comportaba de forma más abierta, empezaba a
sonreír y a reír. Había estado mucho tiempo deprimido desde que recibió esa
bala, pero ahora me decía: —Si hacemos esto, si tenemos éxito, podré volver a
sentir orgullo.
No me había dado cuenta de cuánto le avergonzaba no haber
podido anidar a su familia.
Hicimos una lista de
todas las cosas que necesitábamos, una lista pequeña: cuatro motos, dos walkie-talkies,
dos alicates, unas cizallas para cortar hierro, linternas, botes de aerosol,
cerillas, aguijadas, cuerda y un camión cisterna lleno de gasolina. Cuatro
cosillas de nada. Empezamos nuestra búsqueda en la propiedad de los Fleet, y
entonces pasamos al rancho vecino, recogiendo lo que necesitábamos sobre la
marcha. Las motos representaban el mayor problema. La gente de campo no suele
cuidar mucho de sus motos. La mitad de las que encontramos se sostenían con
alambre y cinta aislante. Necesitábamos motos rápidas y fiables, que arrancaran
a la primera. Y después teníamos que llenarles el depósito, revisar el aceite,
las luces y los frenos, y reunirlas en un punto central, que acabó siendo el
garaje de los Fleet. Aquella tarde trabajamos bastante duro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario