Es difícil decidir
dónde empezar las historias. Me parece recordaba que lo había dicho al
principio de esta. Pero también es difícil decidir dónde acabarlas. Nuestra
historia no ha terminado todavía. Llevamos una semana aquí aislados desde que
Kevin se fue llevando a Corrie en el asiento trasero del coche. He estado
escribiendo frenéticamente todo este tiempo, pero los demás han pasado mucho
tiempo en lo alto de la Costura del Sastre, oteando. No ha habido señales de
patrullas por el momento, por lo que pensamos que Kevin ha podido engañarlos
inventándose dónde han estado escondidos él y Corrie. Ese material de acampada seguía
en el templo masónico, y a lo mejor se acordó de eso y supo sacarle provecho.
No hablamos de las demás posibilidades, de que Kevin pudiera no haber llegado
hasta el hospital, por ejemplo. No sabemos qué les habrá pasado, pero rezo diez
veces al día por ellos. Si paso aunque sea una hora sin pensar en ellos, me
siento culpable. Me alegro de haber puesto nuestra historia al día. Supongo que
ahora tendré que enseñársela a los demás. Ojalá les guste. Es bueno dejar un
testimonio, ser recordados. No dejo de pensar en la caja metálica del Ermitaño.
Sin eso, no habríamos sabido nada de él, excepto los rumores, que no ofrecían
mucha luz. No sé cuánto tiempo nos quedaremos aquí. Quizá tanto como el
Ermitaño. Tenemos gallinas y hemos plantado verduras, y no hemos perdido la
esperanza de conseguir hurones y redes. A eso habían ido Kevin y Corrie aquella
noche, a la propiedad del tío de Kevin, a conseguirlos. Ni siquiera llegaron a
ver a los soldados que les dispararon. De pronto, había balas volando, y una
alcanzó a Corrie. Kevin volvió atrás, la recogió y la llevó en brazos hasta mi
casa. Lealtad, coraje, bondad. Me pregunto si eso también son invenciones
humanas, o si simplemente existen.
Miro a mi alrededor. Allí está Homer, haciendo listas y
trazando planes.
Dios sabe qué nos
estará preparando. Robyn está leyendo la Biblia. Reza en silencio todas las
noches. Me cae bien, y me gusta lo sólidas que son sus creencias. Chris también
está escribiendo, seguramente una poesía. No he comprendido ninguna de las que
me ha enseñado hasta ahora —dudo de que él mismo las entienda—, pero intento
hacer comentarios inteligentes sobre ellas. Fi está plantando postes para
montar un corral más grande. Lee está sentado a mi lado, intentando montar una
trampa para conejos. No parece probable que con eso pueda atrapar un conejo
cuyo coeficiente intelectual sea superior a diez, pero quién sabe. Igual el
coeficiente de los conejos se mide con cifras de un solo dígito. En todo caso,
me gusta la forma en que Lee se para cada tantos minutos para acariciarme la
pierna con sus dedos enjutos y tostados. Tenemos que hacer piña, es lo único
que sé. Todos sacamos de quicio a los demás en algunas ocasiones, pero no
quiero terminar aquí sola, como el Ermitaño. Entonces sí que esto sería el
infierno. Los seres humanos hacen cosas tan horribles los unos a los otros que
a veces mi cerebro me dice que deben de ser malvados. Pero mi corazón no está
tan seguro. Solo espero que seamos capaces de sobrevivir.
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