lunes, 24 de febrero de 2014

Epilogo: Mañana: cuando la guerra empieze

Es difícil decidir dónde empezar las historias. Me parece recordaba que lo había dicho al principio de esta. Pero también es difícil decidir dónde acabarlas. Nuestra historia no ha terminado todavía. Llevamos una semana aquí aislados desde que Kevin se fue llevando a Corrie en el asiento trasero del coche. He estado escribiendo frenéticamente todo este tiempo, pero los demás han pasado mucho tiempo en lo alto de la Costura del Sastre, oteando. No ha habido señales de patrullas por el momento, por lo que pensamos que Kevin ha podido engañarlos inventándose dónde han estado escondidos él y Corrie. Ese material de acampada seguía en el templo masónico, y a lo mejor se acordó de eso y supo sacarle provecho. No hablamos de las demás posibilidades, de que Kevin pudiera no haber llegado hasta el hospital, por ejemplo. No sabemos qué les habrá pasado, pero rezo diez veces al día por ellos. Si paso aunque sea una hora sin pensar en ellos, me siento culpable. Me alegro de haber puesto nuestra historia al día. Supongo que ahora tendré que enseñársela a los demás. Ojalá les guste. Es bueno dejar un testimonio, ser recordados. No dejo de pensar en la caja metálica del Ermitaño. Sin eso, no habríamos sabido nada de él, excepto los rumores, que no ofrecían mucha luz. No sé cuánto tiempo nos quedaremos aquí. Quizá tanto como el Ermitaño. Tenemos gallinas y hemos plantado verduras, y no hemos perdido la esperanza de conseguir hurones y redes. A eso habían ido Kevin y Corrie aquella noche, a la propiedad del tío de Kevin, a conseguirlos. Ni siquiera llegaron a ver a los soldados que les dispararon. De pronto, había balas volando, y una alcanzó a Corrie. Kevin volvió atrás, la recogió y la llevó en brazos hasta mi casa. Lealtad, coraje, bondad. Me pregunto si eso también son invenciones humanas, o si simplemente existen.
Miro a mi alrededor. Allí está Homer, haciendo listas y trazando planes.

Dios sabe qué nos estará preparando. Robyn está leyendo la Biblia. Reza en silencio todas las noches. Me cae bien, y me gusta lo sólidas que son sus creencias. Chris también está escribiendo, seguramente una poesía. No he comprendido ninguna de las que me ha enseñado hasta ahora —dudo de que él mismo las entienda—, pero intento hacer comentarios inteligentes sobre ellas. Fi está plantando postes para montar un corral más grande. Lee está sentado a mi lado, intentando montar una trampa para conejos. No parece probable que con eso pueda atrapar un conejo cuyo coeficiente intelectual sea superior a diez, pero quién sabe. Igual el coeficiente de los conejos se mide con cifras de un solo dígito. En todo caso, me gusta la forma en que Lee se para cada tantos minutos para acariciarme la pierna con sus dedos enjutos y tostados. Tenemos que hacer piña, es lo único que sé. Todos sacamos de quicio a los demás en algunas ocasiones, pero no quiero terminar aquí sola, como el Ermitaño. Entonces sí que esto sería el infierno. Los seres humanos hacen cosas tan horribles los unos a los otros que a veces mi cerebro me dice que deben de ser malvados. Pero mi corazón no está tan seguro. Solo espero que seamos capaces de sobrevivir. 

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