"Así que, supongo que somos lo que somos por un montón de razones. Y tal vez nunca sabremos la mayoría de ellas. Pero incluso si no tenemos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a dónde vamos a partir de ahí. Todavía podemos hacer cosas. Y podemos tratar de sentirnos bien sobre ellas ". ― Stephen Chbosky, The Perks of Being a Wallflower
miércoles, 19 de febrero de 2014
BEAUTIFUL BASTARD, parte 6
—Hola, señor Ryan.
Mis labios se elevaron un poco al verla hacer su papel delante de mi familia.
—Señorita Mills —respondí con un gesto de la cabeza. Nuestras miradas no se separaron ni cuando
mi madre llamó a todo el mundo para que saliera al patio a tomar algo antes de cenar.
Cuando pasó a mi lado, hablé en un tono tan bajo que solo ella pudo oír.
—¿Una buena tarde de compras ayer?
Sus ojos se encontraron con los míos con esa sonrisa angelical en la cara.
—Eso te gustaría a ti saber. —Me rozó al pasar y sentí que todo mi cuerpo se tensaba—. Por cierto,
ha llegado una nueva línea de ligueros —me susurró antes de seguir a los demás al exterior.
Me quedé parado y la boca se me abrió a la vez que mi mente volvía acelerada a nuestro escarceo en
el probador de La Perla.
Un poco más adelante, Joel se acercó a ella.
—Espero que no te importara que te mandara flores ayer a la oficina. Admito que tal vez es un poco
excesivo, pero estaba deseando conocerte.
Sentí que se me hacía un nudo en el estómago cuando las palabras de Joel me sacaron de mi
ensoñación lujuriosa.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Flores? ¿Me llevaron flores?
Yo me encogí de hombros y negué con la cabeza.
—Me fui pronto, ¿se acuerda?
Salí a prepararme un gimlet de vodka Belvedere.
Según fue avanzando la noche, no pude evitar estar pendiente de ella por el rabillo del ojo. Cuando
la cena por fin empezó, era evidente que las cosas entre ella y Joel iban muy bien. Incluso flirteaba
con él.
—Chloe, el señor y la señora Ryan me han contado que eres de Dakota del Norte. —La voz de Joel
interrumpió otra fantasía, esta vez de mi puño golpeando su mandíbula. Levanté la vista para ver
cómo le sonreía cálidamente.
—Así es. Mi padre es dentista en Bismarck. Nunca he sido una chica de ciudad. Hasta Fargo me
parecía demasiado grande. —Se me escapó una risita y su mirada se dirigió directamente hacia mí—.
¿Le divierte, señor Ryan?
Reí entre dientes mientras le daba un sorbo a mi bebida, mirándola por encima del borde del vaso.
—Lo siento, señorita Mills. Es que me resulta fascinante que no le gusten las ciudades grandes,
pero que haya escogido la tercera ciudad más importante de Estados Unidos para ir a la universidad
y... todo lo que ha venido después.
La expresión de sus ojos me dijo que, en otras circunstancias, yo ya estaría desnudo y encima de
ella o tumbado en el suelo sobre un charco de mi propia sangre.
—La verdad, señor Ryan —dijo con la sonrisa volviendo a su cara—, es que mi padre volvió a
casarse y como mi madre nació aquí, vine a pasar un tiempo con ella hasta que murió.
Me miró fijamente durante un momento y tengo que admitir que sentí una punzada de culpa en el
pecho. Pero desapareció en cuanto volvió a mirar a Joel y se mordió el labio de esa forma tan inocente
que solo ella podía hacer parecer tan sexy.
«Deja de flirtear con él.»
Cerré los puños mientras los dos seguían hablando. Pero varios minutos después me quedé helado.
«¿Podía ser?» Sí, eso sin duda era su pie subiendo por la pernera de mi pantalón. Menuda pícara
diabólica estaba hecha, tocándome a mí mientras mantenía una conversación con un hombre que
ambos sabíamos que no podría satisfacerla. Observé sus labios que se cerraban alrededor del tenedor y
se me puso dura cuando se pasó la lengua lentamente por los labios para eliminar los restos de salsa
marinera que le había dejado el pescado.
—Vaya, del mejor cinco por ciento de tu clase en Northwestern. ¡Qué bien! —dijo Joel y después
me miró—. Seguro que estás contento de tener a alguien tan increíble trabajando para ti, ¿no?
Chloe tosió levemente, trayendo la servilleta que tenía en el regazo para cubrirse la boca. Yo sonreí
y la miré a ella y después a Joel.
—Sí, es increíble tener a la señorita Mills a mis órdenes. Ella siempre consigue acabar todo el
trabajo.
—Oh, Bennett. Qué amable por tu parte —exclamó mi madre y yo vi cómo la cara de la señorita
Mills empezaba a enrojecer. Mi sonrisa desapareció cuando sentí su pie encima de mi entrepierna.
Entonces presionó muy levemente contra mi erección. «Madre de Dios.» Ahora me tocó toser a mí, a
punto de atragantarme con mi cóctel.
—¿Está bien, señor Ryan? —me preguntó con fingida preocupación y yo asentí mirándola fijamente
como si quisiera matarla. Ella se encogió de hombros y volvió a Joel—. ¿Y tú? ¿Eres de Chicago?
Continuó frotando suavemente contra mí el dedo del pie y yo intenté mantener el control de mi
respiración y mi expresión neutral. Cuando Joel empezó a contarle cosas sobre su infancia y la época
en que fue al colegio con nosotros, para acabar hablándole de su negocio de contabilidad que iba
viento en popa, vi que su expresión cambiaba de una de fingido interés a una de genuina intriga.
«Mierda, no.»
Metí la mano izquierda debajo del mantel y encontré la piel de su tobillo. La vi sobresaltarse un
poco por mi contacto. Empecé a mover los dedos en leves círculos, le pasé el pulgar por el arco del pie
y me sentí satisfecho cuando la oí pedirle a Joel que le repitiera lo que acababa de decir.
Pero entonces él dijo que le gustaría quedar con ella algún día de esa semana para comer. Mi mano
pasó a cubrirle la parte superior del pie y a apretarlo con más fuerza contra mi erección
Ella sonrió burlona.
—Podrás prescindir de ella durante la comida ¿no, Bennett? —me preguntó Joel con una sonrisa
alegre y el brazo descansando sobre el respaldo de la silla de Chloe.
Necesité todo mi autocontrol para no saltar por encima de la mesa y arrancárselo.
—Oh, hablando de citas para comer, Bennett —interrumpió Mina tocándome el brazo con la mano
—. ¿Te acuerdas de mi amiga Megan? La conociste el mes pasado en nuestra casa. Veintitantos, de mi
altura, pelo rubio, ojos azules. Bueno, me ha pedido tu número. ¿Te interesa?
Miré a Chloe cuando sentí los tendones de su pie tensarse y la vi tragar lentamente mientras
esperaba mi respuesta.
—Claro. Ya sabes que prefiero las rubias. Puede ser un cambio agradable.
Tuve que contenerme para no chillar cuando bajó el talón y me apretó los testículos contra la silla.
Los mantuvo allí durante un segundo, levantó la servilleta y se limpió la boca.
—Disculpadme, tengo que ir al servicio.
Cuando ella entró en la casa, toda mi familia me miró con el ceño fruncido.
—Bennett —dijo mi padre con los dientes apretados—. Creía que ya habíamos hablado de esto.
Cogí mi copa y me la llevé a los labios.
—No sé a qué te refieres.
—Bennett —añadió mi madre—, creo que deberías ir a pedirle disculpas.
—¿Por qué? —pregunté dejando mi copa sobre la mesa con demasiada fuerza.
—¡Ben! —exclamó mi padre levantando la voz, lo que no dejaba posibilidad alguna de discusión.
Tiré la servilleta sobre mi plato y me aparté de la mesa. Crucé la casa como una flecha buscándola
en los baños de las dos primeras plantas, hasta que al llegar a la tercera vi que la puerta del baño
estaba cerrada.
De pie al otro lado de la puerta, con la mano apoyada en el picaporte, luché conmigo mismo. Si
entraba ahí, ¿qué iba a ocurrir? Solo había una cosa que me interesaba a mí y sin duda no era
disculparme. Pensé en llamar, pero sabía con seguridad que ella no me iba a invitar a entrar. Escuché
con atención, esperando algún ruido o señal de movimiento del interior. Nada. Por fin giré el picaporte
y me sorprendió encontrarlo abierto.
Había estado en ese baño muy pocas veces desde que mi madre lo remodeló. Ahora era una
habitación preciosa y moderna, con una encimera de mármol hecha a medida y un amplio espejo que
cubría una pared. Encima del tocador había una pequeña ventana por la que se veía el patio y los
terrenos que había más abajo. Ella estaba sentada en el banco acolchado, delante del tocador, mirando
al cielo.
—¿Has venido a humillarme? —preguntó. Le quitó la tapa a su pintalabios y se lo fue aplicando con
pequeños toques.
—Me han enviado para comprobar que están intactos tus delicados sentimientos. —Me volví para
poner el pestillo en la puerta del baño y el chasquido resonó en el silencio de la habitación.
Ella se rió y su mirada se encontró con la mía en el espejo. Se la veía muy serena, pero me fijé en su
pecho que subía y bajaba; su respiración estaba tan acelerada como la mía.
—Te aseguro que estoy bien. —Volvió a ponerle la tapa al pintalabios y lo metió en el bolso. Se
levantó e intentó pasar a mi lado hacia la puerta—. Estoy acostumbrada a que seas un capullo. Pero
Joel parece muy agradable. Debería volver abajo.
Puse la mano en la puerta y me acerqué a su cara.
—Me parece que no. —Le rocé con los labios un lugar debajo de la oreja y ella se estremeció por el
contacto—. ¿Sabes? Él quiere algo que es mío y no puede tenerlo.
Ella se me quedó mirando fijamente.
—Pero ¿en qué época te crees que estamos? Déjame salir. Yo no soy tuya.
—Puede que tú te creas eso —le susurré mientras mis labios bajaban levemente por su cuello—,
pero tu cuerpo —dije metiéndole las manos bajo la falda y presionando la mano contra el encaje
húmedo que tenía entre las piernas— piensa otra cosa.
Ella cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajo cuando mis dedos se movieron haciendo círculos
lentos contra su clítoris.
—Que te jodan.
—Déjame que te ayude a hacerlo —dije contra su cuello.
Ella dejó escapar una carcajada temblorosa y yo la empujé contra la puerta del baño. Le cogí ambas
manos y se las levanté por encima de la cabeza, manteniéndoselas sujetas con las mías, y me incliné
para besarla. Sentí que luchaba sin muchas fuerzas contra mi sujeción y negué con la cabeza,
apretando más las manos.
—Déjame —repetí apretando mi miembro endurecido contra ella.
—Oh, Dios —dijo con la cabeza ladeada para darme acceso a su cuello—. No podemos hacer esto
aquí.
Bajé mis labios por su cuello y por su clavícula hasta el hombro. Le sujeté ambas muñecas con una
mano y bajé la mano libre para soltar lentamente una de las cintas que le sujetaban la parte de arriba,
besándole la piel que acababa de quedar expuesta. Me pasé al otro lado y al repetir la acción me vi
recompensado con que la parte de delante de su vestido se deslizó hacia abajo revelando un sujetador
sin tirantes de encaje blanco. «Joder.» ¿Tenía alguna pieza de lencería aquella mujer que no me
hiciera quedarme a punto de correrme en los pantalones? Bajé la boca hasta sus pechos mientras le
desabrochaba el sujetador. No me iba a perder la visión de sus pechos desnudos esta vez. Se abrió con
facilidad y el encaje cayó, revelando la imagen que llenaba mis fantasías más obscenas. Cuando me
metí un pezón rosado en la boca, ella gimió y sus rodillas cedieron un poco.
—Chis —susurré contra su piel
—Más —me dijo—. Otra vez.
La levanté y ella me rodeó la cintura con las piernas, lo que unió más nuestros cuerpos. Le solté las
manos y ella inmediatamente me las llevó al pelo y tiró de mí con brusquedad para que me acercara.
Joder, me encantaba que hiciera eso. Volví a empujarla contra la puerta pero entonces me di cuenta de
que había demasiada ropa por medio; quería sentir el calor de su piel contra la mía, quería enterrarme
por completo en ella y mantenerla aplastada contra la pared hasta mucho después de que todos se
hubieran ido a dormir.
Ella pareció leerme el pensamiento porque sus dedos bajaron por mis costados y empezaron a
sacarme frenéticamente el polo de los pantalones, levantándomelo y quitándomelo por la cabeza.
El sonido de las risas que llegaba del exterior se coló por la ventana abierta y sentí que ella se
tensaba contra mí. Pasó un largo momento antes de que su mirada se encontrara con la mía y estaba
claro que le costaba decir lo que quería decir.
—No deberíamos hacer esto —dijo por fin, negando con la cabeza—. Él me está esperando. —Ella
intentó con poco entusiasmo apartarme, pero yo no me moví.
—Pero ¿tú quieres estar con él? —le pregunté sintiendo una oleada de posesión abriéndose en mi
interior. Ella me sostuvo la mirada pero no respondió.
La bajé y la dirigí hacia el tocador, parando solo para colocarme justo detrás de ella. Desde donde
estábamos teníamos una visión perfecta del patio de abajo.
Acerqué su espalda desnuda a mi pecho y puse la boca junto a su oreja.
—¿Lo ves? —le pregunté deslizando las manos por sus pechos—. Mírale. —Bajé las manos por su
abdomen, por toda la falda, y hasta sus muslos—. ¿Te hace sentir así?
Mis dedos la rozaron al subir por un muslo y meterse debajo de sus bragas. Un siseo bajo escapó de
su boca y yo sentí su humedad y entré en ella.
—¿Conseguiría alguna vez que te mojaras así?
Ella gimió y apretó las caderas contra mí.
—No...
—Dime lo que quieres —susurré contra su hombro.
—Yo... No lo sé.
—Mírate —le dije mientras mis dedos no dejaban de entrar y salir de ella—. Sí sabes lo que
quieres.
—Quiero sentirte dentro de mí, ahora. —No hizo falta que me lo pidiera dos veces. Me desabroché
los pantalones en un segundo y me los bajé hasta la cadera, apretándome contra su trasero antes de
levantarle la falda y agarrarle las bragas con las manos.
—Rómpelas —me susurró.
Antes nunca había podido ser tan salvaje y tan primitivo con nadie, en cambio con ella parecía justo
lo que había que hacer. Tiré con fuerza y las sutiles bragas se rasgaron con facilidad. Las lancé al
suelo y le pasé las manos por la piel, bajando los dedos por sus brazos hasta sus manos, donde le
apreté las palmas contra la mesa que teníamos delante.
En ese momento era una visión absolutamente maravillosa: agachada, con la falda subida hasta las
caderas y su trasero perfecto a la vista. Ambos gemimos cuando yo me coloqué y me deslicé en su
interior profundamente. Me incliné, le di un beso y volví a decir «chis» contra su espalda.
Más risas nos llegaron del exterior. Joel estaba ahí abajo. Joel, que en el fondo era un buen tío pero
que quería apartarla de mí. Ese pensamiento bastó para hacerme empujar aún con más fuerza.
Sus ruidos estrangulados me hicieron sonreír y la recompensé aumentando el ritmo. Un parte muy
retorcida de mí sintió cierta reafirmación al ver a Chloe silenciada por lo que le estaba haciendo.
Soltaba exclamaciones ahogadas y buscaba con los dedos algo a lo que agarrarse mientras tenía mi
miembro en su interior, duro, más duro, cada vez que intentaba hacer algún sonido pero no podía.
Le hablé suavemente junto a su oído, y le pregunté si quería que la follara. Le pregunté si le gustaba
que le dijera esas guarradas, si le gustaba verme así de sucio, follándola tan fuerte que le iba a dejar
cardenales.
Ella consiguió balbucear un sí y cuando empecé a moverme más rápido y más fuerte, ella me
suplicó que le diera más.
Los botes de la mesa estaban tintineando y volcándose por la fuerza de nuestros movimientos, pero
a mí no me importaba. La agarré del pelo y tiré para incorporarla y que su espalda quedara contra mi
pecho.
—¿Crees que él puede hacerte sentir así?
Seguí embistiéndola, obligándola a mirar por la ventana.
Sabía que me estaba poniendo en evidencia. Mi mundo se estaba cayendo a pedazos a mi alrededor.
Necesitaba que ella pensara en mí esa noche cuando estuviera en su cama. Quería que ella me sintiera
cuando cerrara los ojos y se tocara, recordando la forma en que habíamos follado. Mi mano libre subió
por su costado hasta sus pechos, cubriéndolos y retorciéndole los pezones.
—No —gimió—. Así nunca. —Bajé de nuevo la mano por el costado y se la coloqué detrás de la
rodilla para subírsela hasta la mesa, lo que la abrió aún más a mí y me permitió entrar más
profundamente en ella.
—¿Has visto lo bien que me envuelves? —gruñí contra su cuello—. Te siento tan bien... Cuando
bajes, quiero que recuerdes esto. Recuerda lo que me haces.
La sensación se estaba volviendo abrumadora y sabía que cada vez estaba más cerca. Estaba más
que desesperado. La necesitaba como una droga y ese sentimiento consumía todos mis pensamientos.
Le cogí la mano, entrelacé nuestros dedos y las bajé por su cuerpo hasta su clítoris, ambas manos
acariciando y provocando. Gemí por la sensación que tuve al entrar y salir de ella con tanta facilidad.
—¿Sientes eso? —le susurré al oído, abriendo los dedos para que quedaran uno a cada lado de mí.
Ella volvió la cabeza y gimió contra la piel de mi cuello. No era suficiente, necesitaba mantenerla
en silencio. Aparté la mano de su pelo, le tapé la boca con cuidado y le di un beso sobre la piel
enrojecida de la mejilla. Ella dejó escapar un grito amortiguado, posiblemente mi nombre, cuando su
cuerpo se tensó y después se apretó a mi alrededor.
Cuando ella cerró los ojos y sus labios se relajaron por fin en un suspiro satisfecho, empecé a buscar
lo que yo necesitaba: cada vez más rápido, mirando nuestro reflejo en el espejo para poder ver cómo
mis últimas embestidas hacían que se movieran sus pechos.
El clímax empezó a desgarrarme. Ella dejó caer la mano de mi pelo para taparme la boca a mí ahora
y yo cerré los ojos y dejé que la ola me embargara. Unas embestidas finales más profundas y fuertes y
me derramé dentro de ella.
Abrí los ojos y le di un beso en la palma antes de apartarla de mi boca y apoyé la frente contra su
hombro. Las voces que llegaban desde abajo, ajenas a todo, seguían llegándonos. Ella se apoyó contra
mí y se quedó allí en silencio unos momentos.
Lentamente empezó a apartarse y yo fruncí el ceño por la pérdida del contacto. Miré cómo se
colocaba de nuevo la falda, recuperaba el sujetador e intentaba volver a atar los lazos del vestido. Yo
bajé la mano para subirme los pantalones, recogí el encaje desgarrado de sus bragas y me lo metí en el
bolsillo. Ella seguía peleándose con el vestido y yo me acerqué, le aparté las manos y le até de nuevo
los lazos evitando su mirada.
De repente la habitación era demasiado pequeña y ambos nos miramos en un silencio incómodo.
Cogí el picaporte, deseando decir algo para arreglarlo, cualquier cosa. ¿Cómo podía pedirle que follara
conmigo y solo conmigo y esperar que no cambiara nada más? Incluso yo sabía que pedirle eso era
ganarme una buena patada en los huevos. Pero las palabras sobre lo que sentía al verla con Joel no
habían cristalizado aún. Tenía la mente en blanco. Frustrado, abrí la puerta. Y los dos nos quedamos
de piedra al ver lo que había ante nosotros.
Allí, de pie ante la puerta, con los brazos cruzados y las cejas elevadas por la sorpresa, estaba Mina.
8
Cuando abrió la puerta y ambos nos encontramos cara a cara con Mina, me quedé helada.
—¿Qué era exactamente lo que estabais haciendo los dos ahí dentro? —preguntó mientras su
mirada pasaba de uno a otro.
Una recapitulación de todo lo que podía haber oído me pasó en un segundo por la cabeza y sentí un
calor que se extendía por toda mi piel.
Me atreví a mirar al señor Ryan justo cuando él hacía lo mismo. Después me volví hacia Mina y
negué con la cabeza.
—Nada, teníamos que hablar. Eso es todo. —Intenté fingir, pero sabía que el temblor de mi voz me
delataba.
—Oh, he oído algo ahí dentro y no tengo la más mínima duda de que no era hablar —dijo sonriendo
burlonamente.
—No seas ridícula, Mina. Estábamos discutiendo un tema de trabajo —dijo él intentando pasar a su
lado.
—¿En el baño? —preguntó.
—Sí. Me habéis mandado aquí arriba para que viniera a buscarla y ahí es donde la he encontrado.
Ella se puso delante de él para bloquearle el camino.
—¿Crees que soy tonta? No es ningún secreto que vosotros no «habláis», ¡gritáis! ¿Y ahora? ¿Estáis
saliendo?
—¡No! —gritamos los dos a la vez y nuestras miradas se encontraron durante un breve momento
antes de apartarlas rápidamente.
—Vale... así que solo estáis follando —dijo y ninguno de los dos fue capaz de encontrar las palabras
para responder. La tensión en ese pasillo era tan densa que llegué a considerar brevemente cuánto
daño podía provocar un salto desde una ventana del tercer piso—. ¿Cuánto tiempo lleváis así?
—Mina... —empezó él negando con la cabeza y por una vez llegué a sentirme mal por su
incomodidad. Nunca le había visto así antes. Era como si en todo ese tiempo no se le hubiera ocurrido
que podía haber consecuencias aparte de nuestra propia confusión.
—¿Cuánto tiempo, Bennett? ¿Chloe? —dijo mirándonos a los dos.
—Yo... nosotros solo... —empecé, pero ¿qué iba a decir? ¿Solo qué? ¿Cómo podía explicar aquello?
—. Nosotros...
—Cometimos un error. Ha sido un error.
Su voz cortó de raíz mis pensamientos y lo miré en shock. ¿Por qué me molestaba tanto que hubiera
dicho eso? Había sido un error, pero oírselo decir... me dolía.
No pude apartar los ojos de él aunque ella empezó a hablar.
—Error o no, tenéis que parar. ¿Y si hubiera sido Susan? Y Bennett, ¡eres su jefe! ¿Es que se te ha
olvidado eso? —Suspiró profundamente—. Mirad, vosotros dos sois adultos y no sé lo que está
pasando aquí, pero sea lo que sea, que no se entere Elliott.
Una oleada de náuseas me embargó ante la idea de que Elliott se enterara de aquello y lo
decepcionado que iba a estar. No podía soportarlo.
—Eso no será un problema —dije evitando a propósito la mirada de Bennett—. Pretendo aprender
de mi error. Disculpadme.
Pasé al lado de ambos y me dirigí a las escaleras, el enfado y el dolor me provocaban un peso
muerto en el fondo del estómago. La fuerza de mi ética del trabajo y mi motivación siempre me
habían mantenido a flote en los peores momentos de mi vida: las rupturas, la muerte de mi madre, los
malos momentos con los amigos. Mi valor como empleada de Ryan Media Group ahora estaba
manchado por mis propias dudas. ¿Le estaba haciendo verme de forma diferente porque me lo estaba
tirando? Ahora que parecía haber registrado (por fin) que si los demás se enteraban de lo nuestro podía
ser algo malo para él, ¿empezaría a cuestionar mi juicio a nivel global?
Yo era más inteligente que todo aquello. Y ya era hora de que empezara a actuar en consecuencia.
Me recompuse antes de salir afuera y volver a mi asiento junto a Joel.
—¿Va todo bien? —me preguntó.
Volví la cabeza y me permití mirarlo durante un momento. Realmente era bastante mono: pelo
oscuro bien peinado, una cara amable y los ojos azules más bonitos que había visto en mi vida. Tenía
todo lo que yo debería estar buscando. Levanté la mirada un segundo después cuando el señor Ryan
volvió a la mesa con Mina, pero la aparté rápidamente.
—Sí, es que no me encuentro muy bien —dije volviéndome otra vez hacia Joel—. Creo que voy a
tener que retirarme ya.
—Vamos —dijo Joel levantándose para apartarme la silla—. Te acompañaré al coche.
Me despedí sintiendo, incómoda, la palma de Joel en la parte baja de mi espalda mientras salíamos
de la casa. Una vez en la entrada, me dedicó una sonrisa tímida y me cogió la mano.
—Ha sido un placer conocerte, Chloe. Me gustaría poder llamarte alguna vez y tal vez salir a comer
como te he dicho.
—Déjame tu teléfono —le dije.
Una parte de mí se sentía mal por hacer aquello; estar con un hombre en el piso de arriba no hacía
ni veinte minutos y ahora darle mi número a otro. Pero ya era hora de dejar atrás aquello y una cita
para comer con un chico agradable parecía un buen punto de partida.
Su sonrisa se ensanchó cuando le devolví el teléfono y él me dio su tarjeta. Me cogió la mano y se
la llevó a los labios.
—Te llamo el lunes. Con suerte las flores no se habrán marchitado del todo.
—Lo que importa es la intención —le dije sonriendo—. Gracias.
Parecía tan sincero, tan feliz por la simple posibilidad de volver a verme que se me ocurrió que yo
debería estar sonriendo como una tonta o sintiendo mariposas en el estómago. Pero la verdad es que
tenía ganas de vomitar.
—Debería irme.
Joel asintió y me abrió la puerta del coche.
—Claro. Espero que te mejores. Conduce con cuidado y que tengas buenas noches, Chloe.
—Buenas noches, Joel.
Cerró la puerta. Encendí el motor y con la mirada fija adelante me alejé de la casa de la familia de
mi jefe.
A la mañana siguiente, en yoga, consideré la posibilidad de abrirle mi corazón a Julia. Antes estaba
bastante segura de que podía manejar las cosas yo sola, pero después de pasar una noche entera
mirando al techo y volviéndome loca, me di cuenta de que necesitaba desfogarme con alguien.
Estaba Sara, y ella mejor que nadie podría entender lo desquiciante que podía ser mi jefe macizo.
Pero también trabajaba para Henry y no quería ponerla en una posición incómoda, pidiéndole que
guardara un secreto tan grande como aquel. Sabía que Mina no tendría ningún problema en hablar
conmigo si se lo pedía, pero había algo en el hecho de que ella fuera parte de la familia, y además
sabiendo lo que podía haber oído, que me hacía sentir bastante incómoda.
Había veces que realmente deseaba que mi madre siguiera viva. Solo pensar en ella me produjo un
profundo dolor en el pecho y se me llenaron los ojos de lágrimas. Mudarme allí para pasar los últimos
años de su vida con ella había sido la mejor decisión que había tomado en mi vida. Y aunque vivir tan
lejos de mi padre y mis amigos había sido duro a veces, sabía que todo ocurre por una razón. Solo
deseaba que esa razón se diera prisa y se manifestara de una vez.
¿Podría decírselo a Julia? Tenía que admitir que estaba aterrada por lo que podía pensar de mí. Pero
más que eso, estaba aterrada por decírselo en voz alta a alguien.
—Vale, no dejas de mirarme —me dijo—. O tienes algo en mente o te estoy avergonzando porque
estoy sudada y horrible.
Intenté no decirle nada, intenté no darle importancia y dejar que pensara que estaba diciendo
tonterías. Pero no pude. El peso y la presión de las últimas semanas me estaban aplastando y antes de
que pudiera controlarlo, mi barbilla empezó a temblar y empecé a berrear como un bebé.
—Eso era lo que me parecía. Vamos, Chloe. —Me ofreció la mano, me ayudó a levantarme y,
recogiendo todas nuestras cosas, me llevó hacia la puerta.
Veinte minutos, dos mimosas y una crisis nerviosa después, estaba mirando la expresión de espanto
de Julia en nuestro restaurante favorito. Se lo conté todo: lo de romperme las bragas, que me gustaba
que me rompiera las bragas, los diferentes sitios, los «te odio» de la mitad de las sesiones, que Mina
nos había pillado, mi culpa por sentir que estaba traicionando a Elliott y a Susan, lo de Joel, las
declaraciones trogloditas del señor Ryan y, por fin, mi miedo a estar en la relación más insana de la
historia del mundo y, sin ningún poder en absoluto.
Cuando levanté la vista para mirarla, hice una mueca de dolor; ella tenía una cara como si acabara
de ver un accidente de coche.
—Vale, vamos a ver si lo he entendido bien.
Asentí mientras esperaba que continuara.
—Te estás acostando con tu jefe.
Me encogí un poco.
—Bueno, técnicamente no...
Ella levantó la mano para que no terminara la frase.
—Sí, sí. Eso lo he entendido. ¿Y ese es el mismo jefe al que te refieres cariñosamente como «el
atractivo cabrón»?
Suspiré profundamente y asentí de nuevo.
—Pero lo odias.
—Correcto —murmuré apartando la mirada—. Odio. Eso es lo que siento: mucho odio.
—No quieres estar con él, pero no puedes mantenerte alejada.
—Dios, suena mucho peor oírselo decir a otra persona —gruñí y escondí la cara entre las manos—.
Suena ridículo.
—Pero los momentos sexis... Son buenos —dijo con un toque de humor en la voz.
—«Buenos» no es suficiente para describirlos, Julia. Ni fenomenales, intensos, alucinantes y
asombrosos como de multiorgasmo es suficiente para describirlos.
—¿«Asombrosos como de multiorgasmo» existe?
Me froté la cara con las manos y volví a suspirar.
—Cállate.
—Bueno —respondió pensativa y carraspeó—. Supongo que lo de la polla pequeña no era un
problema después de todo...
Dejé que mi cabeza cayera sobre mis brazos que estaban encima de la mesa.
—No. No, sin duda eso no es un problema. —Levanté la vista un poco al oír el sonido de risas
ahogadas—. ¡Julia! ¡Esto no tiene ninguna gracia!
—Perdona que discrepe. Hasta tú tienes que ver la gran locura que es esto. De todas las personas
que he conocido, eres la última que yo habría imaginado que podía acabar en esta situación. Siempre
has sido tan seria, con todos y cada uno de los pasos de tu vida planificados. Vamos, has tenido muy
pocos novios de verdad y has estado con ellos lo que todo el mundo consideraba una cantidad absurda
de tiempo antes de acostaros. Este hombre tiene que ser algo de otro mundo.
—Sé que no hay nada malo en tener una relación puramente sexual con alguien... puedo con eso. Sé
que a veces puedo ser demasiado controladora, pero lo peor es el hecho que siento que no tengo
control sobre mí misma cuando estoy con él. Es que ni siquiera me gusta y aun así... sigo cayendo.
Julia le dio un sorbo a su mimosa y prácticamente pude ver los engranajes de su cerebro trabajando
mientras reflexionaba sobre lo que le acababa de decir.
—¿Qué es lo que te importa?
Levanté la vista para mirar a Julia, comprendiendo por dónde iba.
—Mi trabajo. Mi vida después de esto. Mi valor como empleada. Saber que mi contribución marca
la diferencia.
—¿Puedes sentirte bien en todos esos aspectos y follártelo a la vez?
Me encogí de hombros, incapaz de desenmarañar mis pensamientos sobre ese tema.
—No lo sé. Si yo sintiera que son cosas independientes, tal vez. Pero nuestras únicas interacciones
se producen en el trabajo. No hay ningún momento en que esto no vaya tanto de trabajo como de sexo.
—Entonces tienes que encontrar una forma de dejar de hacerlo. Necesitas mantener la distancia.
—No es tan fácil —respondí, negando con la cabeza y empecé a divagar—. Trabajo para él. No
puedo evitar fácilmente todos los momentos a solas con él. He jurado varias veces que no volveríamos
a tener sexo y he vuelto a tenerlo a las pocas horas; es ridículo. Y además, tenemos que ir a un
congreso dentro de dos semanas. El mismo hotel, muy cerca todo el tiempo. ¡Y con camas!
—Chloe, pero ¿qué te ocurre? —me preguntó Julia con un tono asombrado—. ¿Es que quieres que
esto continúe?
—¡No! ¡Claro que no!
Ella me miró escéptica.
—Lo que pasa... es que soy diferente con él. Es como si quisiera cosas que nunca había querido
antes y tal vez debería permitirme querer esas cosas. Solo desearía que fuera otra persona la que me
hiciera desearlas, alguien agradable, como Joel por ejemplo. Mi jefe no tiene nada de agradable.
—¿Tu jefe te hace querer qué? ¿Qué te den azotes y esas cosas? —inquirió Julia con una risita, pero
cuando yo aparté la vista oí que soltaba una exclamación ahogada—. Oh, Dios mío, ¿te ha dado
azotes?
La miré con los ojos como platos.
—Julia, ¿no puedes decirlo más alto? Creo que el tío del fondo no te ha oído. —En cuanto me
aseguré de que nadie nos estaba mirando, me aparté unos mechones sueltos de la frente y respondí—.
Mira, ya sé que tengo que parar esto, pero yo...
Me detuve porque sentí que se me ponía toda la piel de gallina. Se me quedó el aliento atravesado
en la garganta y me volví lentamente para mirar hacia la puerta. Era él, desaliñado y vestido con una
camiseta negra y vaqueros, zapatillas de deporte y el pelo más despeinado que de costumbre. Me di la
vuelta para mirar a Julia mientras sentía que toda la sangre había abandonado mi cara.
—Chloe, ¿qué ocurre? Parece que hubieras visto un fantasma —dijo Julia extendiendo la mano por
encima de la mesa para tocarme el brazo.
Tragué con dificultad en un intento por recuperar mi voz, y después la miré.
—¿Ves a ese hombre que hay junto a la puerta? ¿El alto y guapo? —Ella levantó un poco la cabeza
para mirar y yo le di una patada por debajo de la mesa—. ¡No seas tan descarada! Es mi jefe.
Julia abrió mucho los ojos y se quedó con la boca abierta.
—¡Madre mía! —exclamó y negó con la cabeza mientras le miraba de arriba abajo—. No lo decías
en broma, Chloe. Es un cabrón realmente atractivo. No sería yo la que lo echara de mi cama. O mi
coche. O el probador. O el ascensor o...
—¡Julia! ¡No me estás ayudando!
—¿Quién es la rubia? —preguntó señalándola.
Me volví para ver cómo un camarero llevaba hasta su mesa al señor Ryan con una rubia alta con las
piernas muy largas. La mano de él estaba apoyada en la parte baja de la espalda de la chica. Sentí en el
pecho una terrible punzada de celos.
—Pero qué cabrón —exclamé entre dientes—. Después de lo que hizo anoche... Tiene que estar de
broma.
Justo cuando estaba a punto de responderme, el teléfono de Julia sonó y ella lo buscó en su bolso. El
saludo de «¡Hola, cariño!» me comunicó que era su prometido y que esa llamada le iba a llevar un
rato.
Volví a mirar al señor Ryan, hablando y riéndose con la rubia. No podía apartar los ojos de ellos. Él
estaba todavía más atractivo en ese ambiente relajado: sonreía y le bailaban los ojos cuando se reía.
«¡Gilipollas!» Como si hubiera podido oír mis pensamientos, él levantó la cabeza y nuestras miradas
se encontraron. Apreté la mandíbula y aparté la vista, tirando la servilleta sobre la mesa. Tenía que
salir de allí.
—Ahora vuelvo, Julia.
Ella asintió y me despidió con la mano distraídamente, sin dejar su conversación. Me levanté y pasé
junto a su mesa asegurándome de evitar su mirada. Acababa de doblar la esquina y ya veía la
seguridad del baño de señoras cuando sentí una mano fuerte en mi antebrazo.
—Espera.
Esa voz provocó un relámpago en mi interior.
«Muy bien, Chloe, puedes hacerlo. Simplemente vuélvete, míralo y dile que se vaya a la mierda. Es
un cabrón que dijo anoche que tú eras un error y hoy aparece con una rubia delante de tus narices.»
Cuadré los hombros y me giré para mirarlo. «Mierda.» De cerca estaba aún más guapo. Nunca le
había visto de otra forma que no fuera perfectamente arreglado, pero obviamente no se había afeitado
aquella mañana y yo sentí la necesidad desesperada de notar cómo su barba me raspaba las mejillas.
O los muslos.
—¿Qué coño quieres? —le escupí, arrancando el brazo de su mano. Sin la ventaja que me daban los
tacones, él era mucho más alto que yo. Tenía que levantar la vista para mirarlo a la cara, pero pude ver
unas leves ojeras bajo sus ojos. Parecía cansado. Bueno, le estaba bien empleado. Si pasaba las noches
tan mal como yo, eso me alegraba.
Se pasó las manos por el pelo y miró a nuestro alrededor incómodo.
—Quería hablar contigo. Para explicarte lo de anoche.
—¿Y qué hay que explicar? —pregunté señalando con la cabeza hacia el comedor y la rubia que
todavía estaba sentada en su mesa. Sentí una presión aguda en el pecho—. «Un cambio de ambiente.»
Ya veo. Me alegro de haberte encontrado aquí así... Me recuerda por qué esto que hay entre nosotros
es una mala idea. No quiero estar follándome indirectamente a todas las demás mujeres.
—Pero ¿de qué demonios estás hablando? —me preguntó mirándome—. ¿Hablas de Emily?
—¿Así se llama? Bueno, pues que usted y Emily tengan una comida muy agradable, señor Ryan. —
Me di la vuelta para irme pero me detuvo de nuevo agarrándome el brazo—. Suéltame.
—¿Y por qué te importa?
Nuestra discusión había empezado a atraer la atención del personal que pasaba de camino a la
cocina. Después de echar un vistazo alrededor, él me metió en el baño de señoras y cerró la puerta con
el pestillo.
«Fantástico, otro baño.»
Le aparté de un empujón cuando se acercó.
—Pero ¿qué crees que estás haciendo? ¿Y qué quieres decir con que por qué me importa?
«Follaste» conmigo anoche, diciéndome que no podía querer salir con Joel y ahora estás aquí con otra.
No sé por qué he permitido que se me olvidara que eres un mujeriego. Tu comportamiento es justo el
que cabía esperar... Con quien estoy enfadada es conmigo. —Estaba tan furiosa que prácticamente me
estaba clavando las uñas en las palmas de las manos.
—¿Es que crees que estoy aquí con una «cita»? —Soltó el aire lentamente y negó con la cabeza—.
Esto es increíble, joder. Emily es una amiga. Dirige una organización sin ánimo de lucro que Ryan
Media apoya. Eso es todo. Tenía que haber quedado con ella el lunes para firmar unos papeles pero ha
tenido un cambio de última hora en un vuelo y se va del país esta tarde. No he estado con nadie desde
el... —Hizo una pausa para pensar mejor sus palabras—. Desde que nosotros... ya sabes... —Terminó
haciendo un movimiento impreciso señalándonos a ambos.
«¿Qué?»
Nos quedamos allí de pie, mirándonos el uno al otro mientras intentaba dejar que me calaran
aquellas palabras. No se había acostado con nadie más. Pero ¿eso era posible? Sabía con seguridad que
era un donjuán. Yo personalmente había visto la colección siempre creciente de mujeres florero que
llevaba a los eventos corporativos, eso sin mencionar las historias sobre él que iban de boca en boca
por todo el edificio. E incluso si lo que estaba diciendo era cierto, eso no cambiaba el hecho de que
seguía siendo mi jefe y que todo aquello estaba muy mal.
—¿Todas esas mujeres que se lanzan a tus brazos y no te has tirado a ninguna? Oh, estoy
conmovida. —Me volví hacia la puerta.
—No es tan difícil de creer —gruñó y pude sentir su mirada atravesándome la espalda.
—¿Sabes qué? No importa. Todo ha sido un error, ¿no?
—De eso es de lo que quería hablarte. —Se acercó y su olor (a miel y a salvia) me envolvió. De
repente me sentí atrapada, como si no hubiera suficiente oxígeno en aquella diminuta habitación.
Necesitaba salir de allí inmediatamente. ¿Qué me había dicho Julia hacía menos de cinco minutos?
Que no me quedara a solas con él. Buen consejo. Me gustaban mucho estas bragas en concreto y no
quería verlas hechas jirones y en su bolsillo.
«Vale, eso no es más que una mentira.»
—¿Vas a volver a ver a Joel? —me preguntó desde detrás de mí. Tenía la mano en el picaporte.
Todo lo que tenía que hacer era girarlo y estaría a salvo. Pero me quedé helada, mirando aquella
maldita puerta durante lo que me parecieron varios minutos.
—¿Y eso importa?
—Creía que ya habíamos hablado de eso anoche —dijo y noté su aliento cálido en mi pelo.
—Sí, dijimos muchas cosas anoche. —Sus dedos subieron por mi brazo y deslizaron el fino tirante
de la camiseta por mi hombro.
—No quería decir que fue un error —susurró contra mi piel—. Me entró el pánico.
—Eso no significa que no sea verdad. —Mi cuerpo se apoyó instintivamente contra él y ladeé un
poco la cabeza para permitirle un mejor acceso—. Y ambos lo sabemos.
—De todas formas no debería haberlo dicho. —Me colocó la coleta por encima del hombro y sus
suaves labios bajaron por mi espalda—. Vuélvete.
Una palabra. ¿Cómo era posible que esa simple palabra me hiciera cuestionármelo todo? Una cosa
era que me apretara contra una pared o me agarrara por la fuerza, pero ahora lo estaba dejando todo a
mi elección. Me mordí el labio con fuerza e intenté obligarme a girar el picaporte. De hecho la mano
me tembló antes de caer derrotada contra mi costado.
Me volví y levanté la vista para mirarlo a los ojos.
Él apoyó la mano en mi mejilla, rozándome el labio inferior con el pulgar. Nuestras miradas se
unieron y justo cuando pensaba que no podría esperar un segundo más, él me acercó a su cuerpo y
apretó su boca contra la mía.
En cuanto nos besamos, mi cuerpo dejó de resistirse y de repente parecía que no podía estar lo
bastante cerca. El bolso cayó sobre el suelo de baldosas a mis pies y enterré las manos en su pelo,
tirando de él hacia mí. Él me apoyó contra la pared y me pasó las manos por el cuerpo, levantándome
un poco. Me las metió dentro de los pantalones de yoga y las dejó sobre mi trasero.
—Joder, pero ¿qué llevas? —Se quejó contra mi cuello, con las palmas pasando una y otra vez
sobre el satén rosa. Me levantó del todo, yo le rodeé la cintura con las piernas y él me apretó más
contra la pared. Gimió y me cogió el lóbulo de la oreja entre los dientes.
Me bajó un lado de la camiseta y se metió uno de mis pezones en la boca. Yo dejé caer la cabeza,
que golpeó contra la pared, cuando sentí el roce de su cara sin afeitar contra mi pecho. Un sonido
estridente se oyó, sacándome de mi ensimismamiento. Oí que él soltaba un juramento. Era mi
teléfono. Me bajó y se apartó. En su cara ya había aparecido su habitual ceño fruncido.
Me arreglé la ropa rápidamente, cogí mi bolso e hice una mueca cuando vi la foto que aparecía en la
pantalla.
—Julia —respondí sin aliento.
—Chloe, ¿estás en el baño follándote a ese hombre macizo?
—Ahora mismo vuelvo, ¿vale? —colgué y metí el teléfono en el bolso. Lo miré y sentí que mi lado
racional volvía tras la breve interrupción—. Tengo que irme.
—Mira, yo... —Le cortó mi teléfono que volvió a sonar.
Contesté sin molestarme en mirar la pantalla.
—¡Dios, Julia! ¡No estoy aquí follándome a ningún macizo!
—¿Chloe? —la voz confundida de Joel fue la que me llegó a través del teléfono.
—Oh... hola. —«Mierda.» No podía estar pasándome esto a mí.
—Me alegro de oír que no te... estás follando... a ¿un macizo? —dijo Joel riéndose tenso.
—¿Quién es? —preguntó Bennett con un gruñido.
Le puse la mano sobre los labios y le dediqué la mirada más sucia que pude.
—Oye, no puedo hablar ahora mismo.
—Sí, siento molestarte un domingo, pero es que no podía dejar de pensar en ti. No quiero crearte
ningún problema ni nada, pero justo después de que te fueras comprobé mi correo y tenía una
confirmación de que habían entregado tus flores.
—¿Ah, sí? —pregunté con fingido interés. Tenía los ojos fijos en los de Bennett.
—Sí, y parece que quien firmó la entrega fue Bennett Ryan.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario