Llegamos a casa de
Corrie pocos minutos antes del amanecer. Empezaban a despuntar los primeros
rayos de sol. El camino se me hizo interminable. En cuanto nos cruzábamos con
un árbol me decía a mí misma que estábamos cerca de la salida. Dudo de que ni
siquiera estuviésemos a mitad de camino cuando empecé a hacerme aquella
ilusión. Me dolía todo el cuerpo: empezó con las piernas, luego el pecho, la
espalda, los brazos, la garganta y, por último, la boca. Estaba quemada,
dolorida, mareada. La cabeza me pesaba cada vez más, hasta que acabé siguiendo
la rueda trasera de quienquiera que fuera delante de mí, Corrie, creo. En mi
cabeza, tarareaba el monótono estribillo de una canción sin sentido alguno: ¿Qué
veo cuando miro tu cara retratada? Los ojos de un ángel me devuelven la mirada.
Debí de repetirlos unas mil veces. Daba vueltas y vueltas en mi cabeza,
como las ruedas de mi bici. Me sentía tan frustrada que tenía ganas de gritar,
no había manera de quitármelo de la mente. No quería pensar en lo ocurrido en
casa de la señora Alexander, ni en la suerte que habían corrido esos tres
soldados que nos persiguieron, ni tampoco en lo que podría haberles pasado a
Lee y a Robyn. Con lo cual, no tenía más remedio que cantar para mis adentros:
Los ojos de un ángel
caído del mismo cielo.
Eres mi dulce ángel, el único que quiero. Intentaba recordar algo más que el
estribillo, pero no lo logré. En algún momento, alguien preguntó: ―¿Qué has
dicho, Ellie? Me di cuenta de que debía de estar cantando en voz alta, pero
estaba demasiado cansada para contestar a quienquiera que hubiese formulado la
pregunta. Ni siquiera sé quién lo hizo. Tal vez fueron imaginaciones mías. No
recuerdo que nadie hablase en ese instante. Incluso la decisión de dirigirnos a
casa de Corrie parecía haber sido fruto de la ósmosis. No fue hasta haber
recorrido la mitad del camino de entrada cuando me permití pensar que habíamos
llegado, que lo habíamos conseguido. Supongo que los demás se encontraban en el
mismo estado que yo. Me detuve frente al porche de los Mackenzie y aguardé
allí, intentando acopiar la energía necesaria para levantar el pie y bajarme de
la bicicleta. Permanecí en aquella posición durante un buen rato. Era
consciente de que tarde o temprano tendría que levantar la pierna, pero no
sabía cuándo sería capaz de hacerlo. Al final, Homer dijo con tono dulce:
―Vamos, Ellie. Me avergoncé de mi propia debilidad, y me las arreglé para
bajarme de la bicicleta e incluso arrastrarla hasta el cobertizo.
En el interior de la
casa, Flip alrededor de Kevin como una perrita enamorada; Corrie estaba
haciendo café en el hornillo portátil; Fi estaba sentada a la mesa de la cocina
con la cabeza entre las manos; y Homer estaba sacando platos y cubiertos. No
podía creer lo mucho que se notaba la ausencia de Lee y Robyn: era casi como si
la cocina estuviese vacía.
―¿Qué puedo hacer? ―pregunté, como una estúpida. Ya no era
capaz de pensar por mí misma. ―Solo siéntate a comer ―dijo Homer. Había
encontrado cereales, azúcar y otro cartón de leche. Yo casi me atraganto con
los primeros bocados, pero al cabo de un rato, mientras volvía a recordar el
hábito de comer, la mezcla empezó a asentarse en mi estómago. Poco a poco
comenzamos a hablar, hasta que nos resultó imposible parar. Estábamos tan cansados
como nerviosos, y la conversación acabó transformándose en una batalla de
balbuceos. Nadie escuchaba a nadie, y acabamos gritando. Al final, Homer se
puso en pie, agarró una taza vacía de café y la lanzó con fuerza contra la
chimenea, donde acabó haciéndose añicos. ―Una costumbre griega ―explicó ante
nuestro asombro, y después volvió a tomar asiento―. Hablemos por turnos ―dijo―.
Ellie, tú primero. ¿Qué os ha pasado?
Aspiré una profunda bocanada de aire y, con algo de fuerzas
gracias a la mezcla de muesli y arroz inflado que acababa de comer, comencé a
describir lo que habíamos presenciado en el recinto ferial. Kevin y Corrie
intervenían de vez en cuando si me saltaba algún detalle, pero fue cuando
llegué a lo acontecido en el jardín trasero de la casa de la señora Alexander
cuando se me trabó la lengua. No podía mirar a nadie, solo a la mesa, al trozo
de caja de muesli que había estado estrujando entre mis dedos. Me costaba creer
que yo, la Ellie de todo la vida, una chica corriente en todos los sentidos,
nada especial, hubiera podido matar a tres personas. Era algo demasiado grave
como para quitármelo de la cabeza. Cuando pensaba en ello en esos términos
―matar a tres personas―, me sentía horrorizada. Tuve la sensación de que
quedaría marcada de por vida, de que jamás volvería a ser normal otra vez, de
que me sentiría vacía para el resto de mi vida. Puede que Ellie caminara,
hablara, comiera y bebiera como cualquiera, pero en su fuero interno, sus
sentimientos estaban condenados a marchitarse y morir. Yo no pensaba en
aquellos tres soldados como personas: no podía, porque no tenía una sensación
real de ellos. No vi sus rostros con claridad. No
conocía sus nombres, sus edades, sus familias ni su historia, su concepción de
la vida. Seguía sin saber de qué país procedían. Desconocía todo lo que
necesitas saber antes de conocer verdaderamente a alguien, de ahí que esos
soldados apenas existieran como personas reales para mí. De modo que intenté
describir la escena como si no hubiese participado, como una espectadora,
alguien que lo lee de un libro. Una historia ajena, no la mía. Me sentía
culpable y avergonzada por lo que había sucedido. También me asustaba justo lo
contrario: que si contaba la peripecia del tractor cortacésped con el menor
dramatismo, los demás, sobre todo los chicos, sacarían pecho y me vitorearían
como una heroína. No quería ser Rambo, solo yo: solo Ellie. Sin embargo, sus
reacciones distaron mucho de lo que había esperado. Cuando iba por la mitad de
la historia, Homer puso una de sus enormes manos morenas sobre las mías, lo que
me impidió seguir destrozando la caja de muesli, y Corrie se acercó y me rodeó
con el brazo. Fi se quedó boquiabierta y escuchó sin apartar los ojos de mi
cara, como si no fuese capaz de creer lo que estaba oyendo. Kevin se quedó allí
sentado, con semblante grave. No tengo ni idea de en qué estaba pensando, pero
era obvio que no emitía gritos de guerra ni se disponía a hacer tres marcas en
su cinturón, como había temido que hiciese. Una vez acabé, todos enmudecieron.
Fue Homer quien tomó la palabra. ―Hicisteis lo correcto, chicos. No os sintáis
mal por ellos. Esto es la guerra, y las reglas han cambiado. Esa gente ha
invadido nuestra tierra, encerrado a nuestras familias. Son responsables de la
muerte de tus perros, Ellie, e intentaron mataros a los tres. La sangre griega
que corre por mis venas me permite entender ese tipo de cosas. Sabían lo que
hacían desde el momento en que abandonaron su país para venir aquí. Fueron
ellos quienes se saltaron las normas, no nosotros.
―Gracias, Homer ―contesté.
Sus palabras me
ayudaron mucho. ―¿Y qué os ha pasado a vosotros dos? ―preguntó Kevin. ―Bueno ―empezó
Homer―. Empezamos con una buena carrera por Honey Street. Pero cuanto más nos
adentrábamos en el pueblo, más cuidado debíamos tener, y nos vimos obligados a
reducir la marcha. No observamos mucho movimiento hasta llegar a la esquina de
Maldon con West. Allí sí que tuvo que haber algo de acción, una contienda,
diría yo. Había dos coches de policía, ambos volcados, y un camión empotrado en
un árbol. Y cartuchos vacíos por todos lados, cientos. Pero ningún cadáver, ni
nada parecido. ―Aunque sí había sangre ―añadió Fi―. Un montón de sangre. ―Sí,
suponemos que era sangre. Una infinidad de manchas oscuras. Y además había
restos de gasolina y de otras cosas aquí y allá. Un autentico desastre. Así que
nos movimos con extrema precaución. Luego atajamos por Jubilee Park. Pensábamos
bajar por Baker Street pero, creedme, es una zona devastada. Parecía una de
esas escenas de disturbios en Estados Unidos que se ven en televisión. Todas
las tiendas tenían los escaparates rotos, y había un montón de cosas esparcidas
por la calle. Yo diría que se habían montado una gran fiesta. ―Deben de pensar
que estamos en navidad.
―Dudo que les importe la Navidad. Lo que sí os digo es que la
escena fue bastante cómica. Justo frente a nosotros, en el escaparate de
Tozers', había un gran cartel que decía: «Se emprenderán acciones legales
contra los ladrones». Pues van a tener mucho trabajo, porque la tienda ha sido
saqueada.
»En fin, el caso es que decidimos bajar por el callejón que
hay junto a Tozers'. Estaba oscuro, lo que nos vino de perlas. Tiene gracia lo
rápido que se convierte uno en una criatura de la noche. Deambulamos por el
callejón, cruzamos el aparcamiento y nos adentramos en Glover Street. Y
entonces, Fi, que tiene un oído súper desarrollado, creyó oír voces, así que nos
escondimos en los aseos públicos. En el de los hombres,
por supuesto: no estaba
dispuesto a correr el riesgo de que me atraparan en el de mujeres. De
hecho, no fue un movimiento muy inteligente. Por lo visto, vosotros disteis con
la solución adecuada bastante rápido, pero a nosotros no nos vendrían mal
algunas clases. El caso es que si alguien nos hubiese visto entrar allí, o sí
nos hubiesen cogido dentro, nos habrían hecho picadillo. Era una auténtica
trampa mortal. Y alguien se acercaba, yo también distinguí las voces. Ya que
estaba allí, pensé que podría aprovechar para cambiar el agua al canario, pero
cuando estás tan asustado… Bueno, no sé vosotras, chicas, pero nosotros podemos
quedarnos ahí plantados media hora y no echar gota… ―Venga Homer. Al grano.
Quiero irme pronto a dormir. ―De acuerdo, de acuerdo. Entonces decidimos
esperarnos. Fueran quienes fueran, no parecían tener mucha prisa. ―Homer mató
el tiempo haciendo pintadas en las paredes ―interrumpió Fi. ―Sí, es cierto
―admitió Homer con descaro―. Pensé que era la primera vez en mi vida que podía
hacerlo sin temer las consecuencias. Cuando todo esto acabe, tendrán cosas más
importantes que hacer que preocuparse por los mensajes que he dejado en los
aseos. Y, oye, que sepáis que fueron mensajes patrióticos. ―Pues no sé qué
puede haber de patriótico en «Los griegos son la caña» ―volvió a interrumpir
Fi. ―Pero también escribí otras cosas. ―Homer, eres idiota ―refunfuñó Kevin―.
Nunca te tomas nada en serio. Sin embargo, yo recordaba la mano de Homer sobre
las mías cuando evoqué los gritos de los tres soldados alcanzados por la
metralla de mi bomba casera. Y también recordaba sus reconfortantes palabras.
Le sonreí y le guiñé un ojo. Sabía lo que pretendía con todo aquello.
―En fin, esos tipos seguían acercándose. Y cuando digo
«tipos», no excluyo a nadie. Como en vuestra patrulla, que había hombres y
mujeres. Unos seis o siete en total. Nuestra mayor preocupación era que decidieran
utilizar los aseos. Mi idea era que nos encerrásemos en uno de los retretes,
así habría quedado visible la señal «Ocupado», y seguro que lo habrían
respetado. Pero a Fi no le entusiasmó demasiado la idea, y al final optamos por
colarnos por debajo de la puerta del cuarto de limpieza. Tiene que ser uno de
los pocos lugares que se han salvado del saqueo. No había apenas espacio y el
hedor era terrible, pero nos sentimos más seguros. Aunque, como ya he dicho
antes, cometidos una estupidez: aquel lugar era una trampa mortal. Y cómo no,
dos minutos más tarde, se oyó el ruido de unas botas que irrumpían en los
aseos. Eran tres, pensamos. Dos de ellos utilizaron el urinario, y el tercero
se dirigió hacia el trono. Menos mal que nos escondimos, porque no habría
querido que Fi presenciase la escena. El tipo se instaló en el retrete justo al
lado de nosotros y, joder, si minutos antes olía mal, ahora apestaba. Creo que
intentan ahorrar munición gaseándonos directamente. Y no digo nada de los
efectos de sonido… Homer nos obsequió con una pequeña parodia sonora. La
perrita, Flip, que estaba sentada en el regazo de Kevin, alzó las orejas
y ladró. Incluso Fi se echó a reír. ―¡Menos mal que Flip no nos
acompañaba! ―comentó Homer antes de proseguir con la historia―. No conseguimos
averiguar gran cosa, excepto que comen un montón de huevos y queso. Hablaron
mucho, pero en ningún idioma que pueda identificar. Que no son muchos. Griegos
no son, de eso estoy seguro. Fi es la que sabe de idiomas. ¿Cuántos
estudias, Fi? Unos seis, ¿no? Y aun así no fue capaz de determinar
de dónde eran. Entendí que con aquella noche que habían pasado juntos, Homer se
sentía más en confianza con Fi. Había dado con el estilo y tono para tratar con
ella. Y, por lo visto, a ella no le disgustaba. Se reía con sus chistes y se le
iluminaba la cara cuando lo miraba. Estaba desprendiéndose de la frialdad que
la caracterizaba.
―Bueno ―continuó Homer―. Por fin terminaron lo que fuese que
estuvieran haciendo, y los oímos marcharse. Esperamos cinco minutos y volvimos
a deslizarnos bajo la puerta del cuartucho. Y al asomarnos a la puerta, tuvimos
tiempo de verlos mientras desaparecían por Glover Street. Era un grupo
variopinto. Ocho soldados en total, tres de ellos mujeres, creo. De los
hombres, dos parecían bastante mayores, y otros
dos bastante
jóvenes, de nuestra edad o incluso menores. Iban ataviados con uniformes viejos
y bastos. ―Supongo ―dijo Corrie― que para invadir un país de este tamaño,
tuvieron que movilizar a cualquiera que tuviese dos brazos y dos piernas.
―Nosotros no teníamos ningún tractor cortacésped al alcance de la mano
―prosiguió Homer―, así que nos escabullimos de puntillas en la dirección
opuesta. No ocurrió gran cosa hasta que llegamos a casa de Fi… ―Sí que hubo
algo ―discrepó Fi―. ¿No te acuerdas de las sombras? ―Ah, sí
―contestó Homer―. Cuéntalo tú. Yo no las vi. ―A unas dos manzanas de mi casa
―empezó Fi―, hay una cafetería, y tras ellas, un parquecito. La cafetería ha
sido saqueada, como el resto de las tiendas. Avanzamos con sigilo por el parque
y entonces creí advertir dos sombras que salían de la cafetería. De personas,
claro. Tampoco eran sombras exactamente; es solo una manera de hablar, porque
estaba tan oscuro que era el aspecto que tenían. Al principio pensé que podía
tratarse de soldados: agarré a Homer y nos escondimos tras un árbol. Cuando
volví a mirar, ya desaparecían por Sherlock Road, pero, a juzgar por su modo de
actuar, deduje que no eran soldados. Les grité para llamar su atención. Ellos
se detuvieron y echaron un vistazo a su alrededor. Intercambiaron unas cuantas
palabras y echaron a correr. Eso es todo. ―Yo no los vi ―explicó Homer―. Casi
me da un ataque cuando Fi se puso a chillar. Pensé que había inhalado demasiado
desinfectante en el cuarto de la limpieza. Pero si te paras a pensar, es lógico
que aún haya gente suelta vagando por ahí. Es imposible que hayan apresado a
todo el mundo en tan poco tiempo.
»A lo que iba. Subimos la colina hasta la casa de Fi. Estaba
cerrada a cal y canto, pero ella sabía dónde había una llave de repuesto. Y
ahora yo también. Quién sabe, tal vez algún día la necesite. Fi me empujó al
interior, con algunas instrucciones, el primer interruptor quedaba a unos cien metros de
la puerta, al otro lado del enorme recibidor. Así que ella se quedó sentada en
los escalones de fuera mientras yo avanzaba por aquella habitación negra como
boca de lobo. Os lo juro, fue bastante acojonante. Ya sabéis que tengo poderes
paranormales… Pude sentir una presencia ahí dentro. Sabía que no estaba solo. A
mitad de camino, de repente, oí un grito sobrenatural que venía desde arriba.
Justo después, me atacaron. Unas garras demoníacas me rajaron, y una voz
fantasmal me susurraba al oído. Fue así como averiguamos que el gato de Fi,
escondido en las vigas del techo, estaba vivito y coleando. La familia de Fi
estaba restaurando el techo de la casa. ―Dios, Homer, no tienes remedio ―bostezó
Kevin―. Acaba ya. ―Bueno, os ahorraré los detalles más deprimentes. Como ya os
he dicho, cuando llegamos a la casa de Robyn, no entramos a nadie. Eso sí, todo
estaba en perfecto estado. Estoy seguro de que están bien, de que nuestras
familias están bien. Según parece, los tienen retenidos en el recinto ferial, y
una vez que esa gente empiece a organizarse, puede que los suelten. Por lo
menos, no les faltará comida. Para empezar, tienen la tarta decorada de mi
madre, que está para chuparse los dedos. Hubo un momento de silencio que Corrie
rompió. ―¿Tuvisteis algún problema de regreso a casa de Robyn? ―preguntó. Homer
adoptó una expresión seria, pero su voz se suavizó. ―¿Conocéis a los Andersen?
―¿El señor Andersen, que entrena al equipo de rugby?
―El mismo. ¿Sabes cuál es su casa? Bueno, pues a la vuelta
tomamos un camino diferente para evitar el centro, y pasamos frente a la casa
de los Andersen. O lo que queda de ella. Mi madre siempre dice que tengo la
habitación hecha un desastre, que se diría que ha estallado una bomba dentro.
Pues bien, ahora entiendo mejor a qué se refiere: creo que la casa de los
Andersen sí que fue alcanzada por una bomba. Y
otras dos casas más
entre la suya y la vía férrea. Esa zona del pueblo ha quedado bastante
devastada. Se quedó allí sentado, sin apartar la vista de la mesa, como si aún
pudiese ver las casas reducidas a escombros. Entonces, alzó la cabeza y los
hombros, y continuó hablando: ―Eso es lo que hay. Llegamos a casa de Robyn a
las tres menos cuarto. Esperábamos cruzarnos con Lee y Robyn de camino, pero no
había rastro de ellos. La espera en casa de Robyn nos pareció una eternidad.
Nos aterrorizó la idea de que ninguno de vosotros regresase, de que os hubiesen
atrapado. Entonces, oímos los disparos en el recinto ferial. A punto estuve de
mearme encima. Luego, oímos más disparos y esa explosión, en Racecourse Road.
Dios mío, era como si las llamas del infierno apuntaran hacía el cielo. Tuvo
que rebasar el cinco en la escala de Richter. Fue espectacular. Está claro que
se os dan bien los fuegos artificiales. Pero ya podéis imaginar que presenciar
tal cosa sin tener idea de a qué viene no fue muy agradable. No me gustaría que
volviese a ocurrir. Luego bostezó y dijo: ―Creo que deberíamos dormir un poco.
De nada nos serviría quedarnos aquí sentados, intentando averiguar qué ha sido
de Lee y Robyn. Solo conseguiríamos deprimirnos más. Y ya pensaremos qué
táctica adoptar más tarde. Lo que necesitamos ahora es reponer fuerzas. Solo
por hoy, si nos turnamos para vigilar, estaremos bien aquí. Dudo que esa gente
tenga los recursos necesarios como para peinar todo el distrito en un solo día.
―Me parece bien ―dije―. Pero deberíamos disponer de una vía de escape en el
caso de que aparezcan. La lección que Fi y tú aprendisteis en el cuarto de
limpieza también podemos aplicarla aquí. ―Esas bolitas amarillas ―dijo Fi,
arrugando la nariz―. Debía de haber miles. ¿Por qué
siempre hay tantas bolitas amarillas en los aseos de los hombres?
―¿Cómo sabes lo que
siempre hay o deja de haber en los aseos de los hombres? ―preguntó Homer.
―Imagino que dormiremos en los cuartos de los esquiladores, ¿no? ―dijo Corrie―.
Quien se quede de guardia puede vigilar desde la casita del árbol. Si tenemos
un vehículo detrás de los cuartos de los esquiladores, podremos atravesar el
prado y adentrarnos en el monte antes de que nadie pueda alcanzarnos. ―¿Y no
verán ni oirán el vehículo? ―inquirió Homer. Corrie consideró su pregunta. ―Tal
vez. No deberían, si nuestro guardia de turno los divisa con tiempo y todos nos
movemos con rapidez. ―Bueno, llevemos también las bicicletas hasta allí. Así
dispondremos de una opción más silenciosa, por si acaso. Y limpiemos la cocina
para que nadie sepa que hemos estado aquí. Homer me sorprendía más y más
conforme pasaban las horas. Me costaba creer que aquel chico tan avispado, que
durante quince minutos nos había hecho reír, hablar y sentirnos bien otra vez,
no despertara la confianza de nadie en la escuela, ni siquiera para pedirle que
repartiese unos libros.
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