Solo ha pasado media
hora desde que alguien —Robyn, si no me equivoco— ha sugerido que lo pusiésemos
todo por escrito, y solo veintinueve minutos desde que me han encomendado esa
tarea. Y durante ese lapso de tiempo, todos se han agolpado a mi alrededor,
observando la página en blanco y vociferando sus sugerencias e ideas. ¡Vamos,
chicos! ¡Largaos! No conseguiré acabar nunca. Ni siquiera sé por dónde empezar.
Además, no hay quien pueda concentrarse con tanto alboroto. Vale, eso está
mejor. Les he pedido que me dejen tranquila un rato y Homer ha respaldado la
iniciativa, así que, por fin, se han ido y puedo pensar con más claridad. No sé
si seré capaz de hacerlo. Ya podría haberlo dicho antes. Sé por qué me han
elegido a mí: parece que soy la que mejor redacta de todo el grupo. Pero no
basta con saber redactar. Hay pequeños detalles que lo complican todo, como
sacar a la luz los sentimientos, las emociones. Bueno, ya lidiaremos con eso
cuando llegue el momento. Si es que llega. Habrá que esperar a ver lo que
sucede.
Estoy sentada en el
tronco de un árbol caído, junto al arroyo. Es precioso. No se trata de un viejo
árbol podrido y roído por la carcoma, sino de uno joven con un suave tronco de
color rojizo y unas hojas que todavía tienen algo de verdor. No sé por qué se
habrá venido abajo —parece muy sano—; quizá crecía demasiado cerca del agua. Se
está bien aquí. No es más que una charca de unos diez metros de largo por tres
de ancho, aunque es más profunda de lo que parece. En el centro, el agua te
llegaría por la cintura. Hay pequeñas y constantes ondas concéntricas formadas por los insectos que se deslizan sobre
la superficie. Me pregunto dónde descansarán. Y cuándo. ¿Cerrarán los ojos
cuando duermen? ¿Cómo se llamarán? Esos atareados, anónimos e insomnes insectos…
A decir verdad, escribo sobre la carca solo para eludir lo que me han encargado
hacer. Me comporto como Chris, siempre inventándose excusas para no hacer lo
que no le apetece. Ojo, no es que vaya a echarme atrás. Les he dado mi palabra.
Espero que a Chris no le importe que me hayan elegido a mí en vez de a él para
hacer esto. Lo cierto es que se le da muy bien escribir. Lo he visto algo
dolido, puede que incluso un poco celoso. Sin embargo, él no estuvo aquí cuando
todo empezó, con lo cual no habría servido para esto. Bueno, será mejor que en
lugar de lavarme las manos, me ponga manos a la obra. Solo hay una manera de
hacerlo: relatar lo ocurrido por orden cronológico. Sé que es importante para
nosotros plasmarlo todo en el papel. De ahí que nos entusiasmara tanto la
sugerencia de Robyn. Es de vital importancia. Poner por escrito lo que nos ha
pasado es nuestro modo de afirmar que somos importantes, que significamos algo.
Que hemos conseguido cambiar el curso de las cosas. No sé hasta qué punto, pero
un cambio es un cambio. Y escribirlo quizá permita que alguien nos recuerde. Y,
de verdad, eso es lo único que nos importa. Ninguno de nosotros aspira a
convertirse en una pila de huesos blanquecinos, a dejar este mundo de modo
inadvertido, anónimo. Y lo que es peor, sin que nadie sepa nada ni aprecie los
riesgos que hemos corrido. Eso me hace pensar que tal vez deba escribir esto
como quien escribe un libro de historia, en un lenguaje muy serio, formal. Lo
que pasa es que soy incapaz de hacer algo así. Cada cual tiene su manera de
hacer las cosas y esta es la mía. Si no les gusta a los demás, tendrán que
buscar a otra persona. De acuerdo, allá vamos.
Todo empezó cuando…
Qué gracia me hacen estas palabras. La gente las utiliza sin tener ni idea de
qué significan. ¿Cómo situar el punto en el que algo se inicia? Todo comenzó cuando naciste. O incluso
antes, cuando tus padres se casaron. Y por qué no, cuando ellos mismos vinieron
al mundo. O, ya que estamos, cuando los seres humanos salieron chapoteando de
una sopa fangosa, viscosa, perdieron las aletas y se irguieron sobre sus
piernas. Tanto da, no importa, porque lo que nos sucedió a nosotros sí tuvo un
comienzo bien definido. Fue así: todo empezó cuando Corrie y yo dijimos que
queríamos pasar unos cuantos días de acampada en el monte, después de Navidad. Lo
decidimos sin más, casi a modo de guasa, después de decir algo como: «Oye, ¿a
qué molaría…?». Solíamos ir a acampar a menudo, desde que éramos unas crías.
Llenábamos de gasolina los depósitos de las motos e íbamos río abajo, dormíamos
al raso, bajo las estrellas, o, en las noches más frías, bajo una lona colocada
entre dos árboles. De modo que sabíamos lo que hacíamos. A veces nos acompañaba
alguien, que solía ser Robyn o Fi. Nunca chicos. A esa edad, crees que tienen
el cerebro de un mosquito y ni siquiera te fijas en ellos. Hasta que creces.
Parece mentira, pero ahí estábamos hace unas pocas semanas, repantigadas frente
a la televisión, viendo algún bodrio y hablando sobre las vacaciones. Corrie
dijo: —Hace siglos que no vamos al río. Hagámoslo. —Vale. Oye, ¿y si le pido el
Land Rover a mi padre? —Vale. Oye, ¿y si avisamos a Kevin y Homer? —¡Eso, eso!
¡Que vengan los chicos! Aunque dudo que nos dejen nuestros padres. —Nunca es
tarde. Merece la pena intentarlo.
—Vale. Oye, si
conseguimos el Land Rover, podríamos ir más lejos. ¿Sabes lo que molaría? Subir
hasta la Costura del Sastre y adentrarnos en el Infierno.
—Sí, vale. Vamos a preguntarlo. La Costura del Sastre es una
cresta que lleva desde el monte Martin hasta Wombegonoo. Es rocosa y muy
estrecha, y ciertos tramos son bastante empinados. Sin embargo, es transitable,
e incluso en algunos puntos uno se puede resguardar de la intemperie. Las
vistas son impresionantes. Se puede ascender en coche casi hasta la cumbre,
cerca del monte Martin, por una antigua pista forestal difícil de encontrar: se
ha visto tragada por la vegetación. El Infierno es una caldera llena de rocas,
árboles, zarzamoras, maleza, dingo y wombats que se sitúa en la otra vertiente
de la Costura. Es un lugar salvaje y nunca he visto a nadie llegar hasta allí.
Y eso que solía acercarme al borde de las escarpaduras para contemplarlo desde
arriba. Por lo que sabía, no había ninguna ruta de acceso hasta allí abajo: los
acantilados que lo circundan son espectaculares y llegan a alcanzar varios
cientos de metros de altura. Hay una serie de pequeños precipicios llamados
Escalones de Satán cuyos remates acaban dentro. Pero, créeme, si eso son
escalones, la Gran Muralla de China es, por así decirlo, la valla de mi casa.
Si existía un acceso posible, la clave debía de estar en esos despeñaderos. Yo
siempre quise intentarlo. Los lugareños contaban historias sobre el Ermitaño
del Infierno, un hombre que fue acusado de asesinato y, según decían, llevaba
años viviendo allí. Se rumoreaba que se había cargado a su mujer y a su hijo.
Por mucho que quise creer en su existencia, siempre me costó tragarme el
cuento. No dejaba de dar vueltas a preguntas incómodas como: «¿Y cómo es que no
acabaron colgándolo, como hicieron con tantos otros criminales en aquella época?».
En cualquier caso, seguía siendo una buena historia y albergaba la esperanza de
que fuese cierta. Bueno, no los asesinatos, pero al menos sí la existencia de
un ermitaño.
En fin, el caso es
que fue así como empezó todo, como se planeó la excursión. Nada más tomar esta
decisión algo fortuita, nos pusimos a organizarlo todo. Lo primero que debíamos
hacer era convencer a nuestros padres de que nos dejasen ir. No es que no
confíen en nosotras, pero tal y como lo expuso mi padre: «Eso es mucho pedir». Dilataron
el asunto. No nos dijeron que no, sino que se pusieron a sugerir otras cosas
que podíamos hacer. Supongo que la mayoría de los padres opera del mismo modo.
No quieren enzarzarse en una discusión, así que proponen otras alternativas que
les agradan más y con las que esperan convencerte. «¿Por qué no vais al sitio
de siempre, cerca del río?» «¿Por qué no les pedís a Robyn y Meriam que os
acompañen en vez
de a los chicos?» «¿Por qué no vais en moto? ¿O a caballo?
Una acampada a la vieja usanza será mucho más divertido.» El concepto que mi
madre tenía de la diversión consistía en sentarse a hacer mermelada para la
sección de conservas de la feria de Wirrawee, así que no era ninguna autoridad
en la materia. Me siento algo rara escribiendo cosas como estas, teniendo en
cuenta por todo lo que hemos pasado. Aun así, prefiero ser sincera a ponerme
sentimental. Por fin llegamos a un acuerdo que, al fin y al cabo, no estuvo
nada mal. Podíamos coger el Land Rover siempre y cuando fuera yo quien lo
condujese, pese a que Kevin tenía el carné de conducir y yo no. Sin embargo,
papá sabe que soy buena conductora. Teníamos permiso, además, para subir a la
cima de la Costura del Sastre. Accedieron también a que invitásemos a los
chicos a condición de que viniera más gente: no menos de seis y no más de ocho.
Eso es porque mis padres pensaban que con un grupo grande se reducía la
probabilidad de que nos montásemos una orgía. Tampoco lo admitieron
abiertamente —alegaron que era por nuestra seguridad—, pero los conozco demasiado
bien. Y sí, no me tiembla la mano a la hora de escribir la Z, la C y la O de
«los conozco», para que nadie interprete mal mis garabatos y lea «los conocía».
Tuvimos que prometer
que no beberíamos alcohol ni fumaríamos, y que los chicos tampoco lo harían.
Aquello me hizo pensar en cómo los adultos hacen que crecer sea tan difícil.
Dan por sentado que harás alguna locura a la menos oportunidad. Es más, a veces
son ellos mismos los que te meten malas ideas en la cabeza. Dudo que nos
hubiésemos molestado en comprar priva o tabaco. Entre otras cosas porque es
demasiado caro y, después de Navidad, todos andamos bastante pelados. Pero lo
más gracioso es que cuando nuestros padres creen que estamos haciendo alguna
locura, siempre resulta que están equivocados; mientras que cuando piensan que
somos unos santos, tampoco suelen acertar. Por ejemplo, jamás tuvieron el menor
ápice de sospecha sobre lo que podía pasar en los ensayos para las obras de
teatro del instituto y, no obstante, yo pasaba el tiempo con Steve
desabrochando botones y cinturones hasta que volvíamos a abrocharlo todos a la
desesperada cuando el señor Kassar empezaba a gritar: «¡Steve! ¡Ellie! ¿Ya están otra vez? ¡Que alguien me traiga
una palanca para separarlos!». Qué tío más gracioso, el señor Kassar. En la
lista final figuraban ocho personas, nosotras incluidas. No preguntamos a
Elliot porque es un gandul, ni tampoco a Meriam porque estaba haciendo
prácticas con los padres de Fi. Cinco minutos después de hacer la lista, uno de
los chicos que entraba en ella, Chris Lang, apareció en mi casa junto a su
padre. Se lo preguntamos directamente. El señor Lang es un hombre robusto que
siempre lleva corbata, sin importar lo que esté haciendo o dónde esté. A mí me
parece un tipo demasiado serio y estirado. Chris dice que su padre debió de
nacer en Villatiesos, y eso lo resume todo. Cuando su padre anda cerca, Chris
está bastante callado. No obstante, se lo soltamos en cuanto los dos tomaron
asiento a la mesa de la cocina y empezaron a engullir los bollos recién hechos
de mi madre. Le bastó una sola frase para desmoralizarnos. Por lo visto, el
señor y la señora Lang se iban de viaje al extranjero y, pese a que disponían
de una empleada del hogar, Chris tenía que quedarse en casa para encargarse de todo.
Empezábamos mal. Sin embargo, al día siguiente, me monté en la moto y fui a
casa de Homer atajando por los prados. Suelo ir por carretera, pero a mi madre
le preocupaba el poli nuevo de Wirrawee que solo se dedicaba a poner multas a
diestro y siniestro. Durante su primera semana en la ciudad, multó a la esposa
del juez por no llevar el cinturón de seguridad puesto. Desde que ese tipo
llegó, todos se andaban con pies de plomo. Encontré a Homer junto al arroyo,
probando una válvula que acababa de limpiar. Cuando lo alcancé, vi que la
sostenía en alto. Al comprobar que no tenía ninguna fuga, adoptó una expresión
rebosante de optimismo. —Mira esto —dijo mientras yo me apeaba de la Yamaha—.
Impermeable como un submarino. —¿Cuál era el problema?
—No tengo ni idea. Solo sé que hace tres minutos había una
fuga de agua y ahora no. Con eso me basta. —Sostuve la tubería mientras él
atornillaba la válvula—. Estas bombas de agua me sacan de quicio —dijo—. Cuando
mi viejo estire la pata, pondré presas por toda la propiedad. —Me parece bien.
Nos podrás alquilar la excavadora para levantarlas. —Ah, ¿con esas me sales?
—Apretó los músculos de mi brazo derecho—. ¡Si estás en buena forma! Podrías
excavar el terreno con tus propias manos. Le di un buen empujón para tirarlo al
arroyo, pero era demasiado fuerte. Lo observé bombear hasta extraer agua y,
acto seguido, lo ayudé a acercar cubos a la bomba para que terminara de
cebarla. De paso, lo puse al corriente de nuestros planes. —Sí, sí. Me apunto
—dijo—. Preferiría ir a un hotel tropical y beber cócteles, de esos con
sombrillitas, pero mientras tanto me conformo. Comimos en su casa y pidió
permiso a sus padres para ir de acampada. —Ellie y yo nos vamos al monte unos
días —anunció sin más. Ese era su modo de pedir permiso. Su madre no mostró la
menor reacción; su padre enarcó una ceja sobre su taza de café; y su hermano,
George, empezó a acribillarnos a preguntas. En cuento empezamos a hablar de
fechas, espetó: —¿Y qué pasa con la feria? —No podemos adelantar nuestra escapada
—intervine—. Los Mackenzie están esquilando ovejas. —Ya. Pero ¿quién va a
cepillar los toros para la feria?
—Tú naciste con un
secador de pelo en la mano —se burló Homer—. Ya te he visto frente al espejo
los sábados por la noche. No te pongas pesado con los toros y aplícales algo de grasa en el pelaje.
—Dicho esto, se volvió hacia mí para añadir—: Mi viejo guarda en el cobertizo
un bidón de grasa de ciento cincuenta litros y lo reserva exclusivamente para
George y sus sábados por la noche. Puesto que George no era conocido por tener
un gran sentido del humor, mantuve la cabeza gacha y comí otra cucharada de
tabulé. Total, que Homer se apuntaba y Corrie telefoneó esa misma noche para
decir que Kevin también venía. —No mostró demasiado entusiasmo —comentó—. Creo
que prefiere ir a la feria. Pero ha cedido por mí. —Puaj, tía, me vas a hacer
vomitar —dije—. Que vaya a la feria si es eso lo que quiere. Hay montones de
tíos que matarían por acompañarnos. —Sí, los que tienen menos de doce años
—suspiró Corrie—. Los hermanos pequeños de Kevin están locos por venir. Pero
son muy críos, incluso para ti. —Y demasiado mayores para ti —repuse con
brusquedad. Una vez colgué el teléfono, llamé a Fiona para contarle nuestros
planes. —¿Quieres venir? —pregunté. —¡Oh, cielos! —exclamó sorprendida cuando
le puse al corriente de todos los detalles del viaje—. ¿De verdad queréis que
vaya? Ni me molesté en contestarle. —¡Cielos! —Fi era la única persona que
conocía de menos de sesenta años que decía «cielos»—. ¿Y quién más viene?
—Corrie y yo. Homer
y Kevin. Y estamos pensando en comentárselo a Robyn y Lee.
—Pues me gustaría ir. Espera un momento, voy a preguntar a
mis padres. Fue una larga espera. Al final regresó con unas cuantas preguntas.
Comunicó mis respuestas a su madre o padre, o a ambos, a los que podía oír de
fondo. Tras diez minutos de intercambio, se sucedió otra larga conversación
hasta que Fi volvió a ponerse al auricular. —Se están haciendo de rogar
—suspiró—. Estoy segura de que me dejarán, pero antes mi madre quiere llamar a
la tuya para asegurarse. Lo siento. —No pasa nada. Te anoto con un signo de
interrogación en la lista y te llamo el fin de semana, ¿vale? Colgué. Me costó
hablar por teléfono porque la televisión me ensordecía con sus gritos. Mi madre
había subido el volumen para poder escuchar el telediario desde la cocina. Un
rostro ceñudo ocupaba la pantalla. Me detuve y observé durante un momento.
—Nuestro ministro de Exteriores es un pelele —vociferaba—. Es un pusilánime y
un cobarde. Es el nuevo Neville Chamberlain. No entiende a la gente con la que
está tratando. ¡Ellos respetan la contundencia, no la debilidad! —¿No es la
seguridad nacional un asunto prioritario en la política del Gobierno? —inquirió
el entrevistador. —¿Prioritario? ¿Prioritario? ¡Estará usted de broma! ¿Acaso
no tiene constancia de los recortes efectuados en el presupuesto de Defensa?
Gracias a Dios, estaré lejos de todo esto una semana, pensé yo.
Fui al despacho de
mi padre y llamé a Lee. Me llevó un rato hacer entender a su madre que quería
hablar con su hijo. Aún no dominaba el idioma. Lee me hacía mucha gracia
hablando por teléfono. Parecía suspicaz. Reaccionaba con lentitud a cualquier cosa que le
decía, como si 1midiera cada una de sus palabras. —Tengo
que tocar en el concierto del Día de la Conmemoración —repuso cuando
especifiqué la fecha. Hubo un breve silencio que yo misma interrumpí. —Pero ¿te
apetece venir? Entonces, él se echó a reír. —¡Desde luego! Será más divertido
que el concierto. Corrie se quedó de piedra cuando le comenté que propondría a
Lee que nos acompañase. En realidad, no solíamos juntarnos con él en el
instituto. Aparentaba ser un chico serio, metido en su música, pero a mí me
parecía de lo más interesante. De repente, me di cuenta de que no disponíamos
de tanto tiempo entre clase y clase, y no quería dejar escapar aquella
oportunidad de conocer a alguien como Lee. ¡Había gente de nuestro curso que
seguía sin saber los nombres de sus compañeros de clase! Y eso que es un centro
pequeñito. Yo sentía una gran curiosidad por ciertos chicos, y cuanto más
diferentes fueran de la gente con la que normalmente salía, más curiosidad
tenía. —Bueno, ¿qué te parece? —pregunté. Hubo otra pausa. El silencio me hizo
sentir incómoda, así que seguí hablando—: ¿Quieres preguntar a tus padres? —No,
no. Ya me ocuparé de ellos después. Si, iré. —No pareces muy entusiasmado. —¡Sí
que lo estoy! Solo estaba pensando en los posibles inconvenientes. Pero estaré
allí. ¿Qué tengo que llevar?
Por último, llamé a Robyn. —Ay, Ellie —gimió—. ¡Me
encantaría! Pero mis padres no me dejarán. —Venga, Robyn. No hay nada que se te
resista. Presiónalos un poco. —Ay, Ellie —suspiró—. No tienes ni idea de cómo
son mis padres. —Pregúntales de todos modos. Esperaré. —Vale. Al cabo de unos
minutos, oí retumbar el auricular. Supuse que lo estaba cogiendo Robyn, así que
pregunté: —¿Y bien? ¿Has conseguido engatusarlos? Por desgracia, fue el señor
Mathers quien respondió. —No, Ellie, no ha conseguido engatusarnos. —¡Ah, señor
Mathers! —Pese a que quise que me tragase la tierra, lo dije riendo porque
sabía que podía manejar al señor Mathers a mi antojo. —¿De qué va todo esto,
Ellie? —Bueno, hemos pensando que ya va siendo hora de que mostremos algo de
independencia e iniciativa y demás virtudes. Queremos ir a acampar unos días a
la Costura del Sastre. Alejarnos de la perversión y el vicio que infestan
Wirrawee y respirar el aire puro de la montaña. —Hum… ¿Y no os acompaña ningún
adulto?
—Bueno, señor
Mathers, usted está invitado. Siempre y cuando no tenga más de treinta años,
¿de acuerdo?
—Eso se llama discriminación, Ellie. Bromeamos durante unos
cinco minutos hasta que él empezó a ponerse serio. —Lo que sucede, Ellie, es
que pensamos que sois demasiado críos para vagar solos por la montaña. —Señor
Mather, ¿qué hacía usted cuando tenía nuestra edad? —Vale, me has pillado
—rió—. Trabajaba como aprendiz en una granja de Callamatta Downs. Eso ocurrió
antes de que me volviese un esnob y llevase camisa y corbata. —El señor Mathers
era agente de seguros. —¡Pues lo que vamos a hacer no es nada comparado con lo
que supone trabajar en una granja de Callamatta Downs! —Hum… —Al fin y al cabo,
¿qué es lo peor que podría pasarnos? ¿Cazadores en todoterrenos? Antes tendrían
que atravesar nuestra casa y mi padre los detendría. ¿Un incendio forestal? Hay
tantas rocas allí que estaríamos incluso más seguros que en casa. ¿Que nos mordiese
una serpiente? Todos sabemos qué hacer si nos muerde una serpiente. No podemos
perdernos porque la Costura del Sastre es como una autopista. He estado
subiendo a esas montañas desde el día que aprendí a andar. —Hum… —¿Y si
contratamos uno de esos seguros suyos, señor Mathers? ¿Aceptaría entonces? ¿Hay
trato?
Robyn llamó a la
mañana siguiente para decir que había trato, incluso sin seguro. Estaba
emocionada y encantada. Tuvo una larga charla con sus padres; la mejor, según
dijo. Era la primera vez que depositaban tanta confianza en ella, de modo que
puso mucho entusiasmo para que todo saliese bien.
—Ay, Ellie. Espero que no ocurra ninguna desgracia —repitió
una y otra vez. Lo gracioso de todo esto era que si alguien podía presumir de
tener una hija en la que poder confiar ciegamente, esos eran los Mathers.
Aunque, por lo visto, aún no se habían dado cuenta de ello. El único problema
que podía darles Robyn era llegar tarde a la iglesia. Y probablemente su
retraso tuviese una explicación razonable, como haber ayudado a un boy scout
a cruzar la carretera. Las cosas no podían ir mejor. El sábado por la
mañana, mi madre y yo fuimos de compras a la ciudad, y nos cruzamos con Fi y su
madre. Las dos mamás mantuvieron una conversación muy seria mientras Fi y yo
fingíamos mirar los escaparates de Tozers’ cuando en realidad escuchábamos a
hurtadillas. Mi madre intentaba quitar hierro al asunto. —Son unos chicos
sensatos —la oí decir—. Todos son muy responsables. Por suerte, se ahorró
mencionar la última hazaña de Homer: acababan de pillarlo vertiendo disolvente
por la calzada, prendiéndole fuego y aguardando agazapado a que se acercara un
coche. Lo hizo una decena de veces antes de que le echaran el guante. Yo no
quería ni pensar en el susto que se habrían llevado los conductores de los
vehículos. El caso es que mi madre convenció a la madre de Fi, y ya pude borrar
el signo de interrogación que aparecía junto al nombre de mi amiga. Nuestra
lista de ocho quedaba reducida a siete, pero contábamos con el sí definitivo de
todos. El grupo que formábamos pintaba muy bien, estábamos contentas. Bueno,
contentas porque íbamos nosotras, y los cinco restantes eran buena gente.
Intentaré describirlos como yo los veía por aquel entonces, porque no solo han
cambiado, sino que la idea que yo tenía de ellos tampoco es la misma.
Por ejemplo, siempre
pensé que Robyn era una chica bastante reservada y seria. Cada año, recibía un
diploma por su constancia en el trabajo en clase, y estaba muy metida en la
iglesia, aunque yo sabía que había algo más en ella. Le gustaba ganar. Y ese
espíritu competitivo salía a la luz en el deporte. Estábamos juntas en el
equipo de
baloncesto y, sinceramente, me avergonzaban algunas de las
cosas que hacía. ¡Eso sí que es determinación! En cuanto sonaba el pitido
inicial de un partido, se transformaba en un helicóptero suspendido en el aire,
se precipitaba hacia todos lados y apartaba a la gente a empujones si era
necesario. Si el árbitro no andaba espabilado, Robyn podía hacer tanto daño en
un partido como un avión de combate. En cuanto pitaban el final, Robyn volvía a
la normalidad y estrechaba las manos de sus adversarios con suma tranquilidad
mientras decía: «Buen partido». Muy extraño. Robyn es bajita pero fuerte, y
posee un pasmoso equilibrio mental. Se desliza con elegancia por la pista
mientras el resto parecemos avanzar con pesadez por ella, como si fuera de
fango. No debería incluir a Fi en ese grupo, porque he de decir que también es
ligera y grácil. Fi siempre ha sido como una heroína para mí, la mujer
perfecta. Cuando hacía algo mal, yo la reprendía: «¡Fi! ¡No hagas eso! ¡Eres mi
modelo a seguir!». Me encanta su piel, preciosa y suave. Posee lo que mi madre
llama «unos rasgos delicados». Por su aspecto, se diría que jamás ha trabajado,
nunca ha estado expuesta al sol ni se ha manchado las manos. Y es cierto porque
a diferencia de nosotros, granjeros, ella ha vivido en el pueblo y ha pasado
más tiempo tocando el piano que desparasitando ovejas o marcando corderos. Sus
padres son abogados. Kevin sí que responde más a la descripción del típico
granjero. Es el mayor del grupo. Era novio de Corrie y, de no haber venido,
ella hubiese perdido el interés de inmediato. En lo primero en lo que te
fijabas al conocer a Kevin era en su enorme boca. Lo segundo, el tamaño de sus
manos. Son enormes, como paletas. Era conocido por su desmesurado ego y le
encantaba apuntarse el tanto de todo. A veces me sacaba de quicio, aunque sigo
pensando que fue lo mejor que le pasó a Corrie. Ella era demasiado reservada antes
de salir con él. Pasaba desapercibida. Los dos solían hablar mucho en el
instituto y, un día, ella me contó que era un tipo muy sensible y cariñoso.
Aunque jamás pude comprobarlo por mí misma, sí me percaté de que Corrie ganaba
en confianza conforme su relación con Kevin avanzaba, y con eso me bastaba.
Me divertía imaginar
qué aspecto tendría Kevin dentro de veinte años, cuando se convirtiera en
presidente de la comisión de fiestas, jugara al críquet en el club todos los
sábados, hablase sobre lo que había subido
el precio del cordero y se pasease con sus tres hijos… Y por
qué no, con Corrie. Nosotros estábamos acostumbrados a ese mundo. Jamás nos
planteamos en serio que pusiese cambiar tanto. Lee vivía en el pueblo, como Fi.
«Lee y Fi, de Wirrawee», solíamos canturrear. Aunque era lo único que tenían en
común. Lee era tan moreno como Fi rubia. Él tenía el pelo rapado y oscuro, unos
ojos marrones, una mirada perspicaz y una voz suave que se comía la última
sílaba de ciertas palabras. Su padre era tailandés y su madre vietnamita, y
ambos regentaban un restaurante de comida asiática. Un restaurante muy bueno,
dicho sea de paso, al que íbamos a menudo. A Lee se le daban bien la música y
el arte. En realidad, se le daban bien muchas cosas, pero cuando algo se le
resistía podía convertirse en una persona muy irritante. Era capaz de
enfurruñarse y pasar días sin hablar con nadie. El último, Homer, vivía cerca
de mi casa, carretera abajo. Homer era un tipo salvaje, extravagante. Le traía
sin cuidado tanto lo que él mismo hacía como lo que pensasen los demás. Siempre
me acuerdo de una vez cuando éramos críos y comí en su casa. La señora Yannos
hizo lo imposible para que Homer se comiese sus coles de Bruselas. Acabaron
teniendo una discusión espantosa a la que Homer puso punto y final en el
momento en que acribilló a su madre con las coles. Una de ellas la golpeó con
fuerza en la frente. Me quede boquiabierta. Jamás había visto algo parecido. Si
hubiese sido yo, mis padres me habrían encadenado al parachoques del tractor y
arrastrado por la carretera. Cuando estábamos en octavo, Homer se compinchó con
unos cuantos pirados y se divertían a diario con lo que él mismo llamó «la
ruleta griega». El juego consistía en ir durante la pausa del mediodía a un
aula que quedara fuera de vigilancia de los profesores. Y allí, uno tras otro
aguardaba su turno para correr hacia la ventana y embestirla con la cabeza. El
juego no paraba hasta que el timbre marcaba el comienzo de las clases o la
ventana se hacía añicos, lo que sucediese antes. El que rompía el cristal —o
sus padres— tenía que pagar uno nuevo. No pocas ventanas acabaron rotas durante
las sesiones de la ruleta griega hasta que la dirección de la escuela se enteró
de lo que estaba sucediendo.
Homer parecía
hallarse en un brete constante. Otro de sus pequeños hobbies consistía en
observar a los obreros que subían al tejado de la escuela para arreglar
goteras, sacar pelotas o cambiar canalones. Homer esperaba hasta que los
obreros se instalaban y se afanaban en sus tareas. Entonces entraba en acción. Media hora más tarde
se oían unos gritos desde el tejado: «¡Ayuda! ¡Bájenos de aquí! ¡Algún
desgraciado nos ha robado la escalera!». Homer era un canijo de pequeño, pero
había crecido mucho durante los últimos años hasta convertirse en uno de los
más corpulentos de todo el instituto. Siempre insistieron en que se uniera al
equipo de rugby, pero él odiaba los deportes y jamás formó parte de ningún
equipo. Le gustaba cazar y a menudo llamaba a mis padres para preguntar si podía
acercarse a nuestra propiedad con su hermano y acribillar a algún que otro
conejo. Y también le gustaba nadar. Y la música, aunque es algo rara. Homer y
yo pasábamos mucho tiempo juntos cuando éramos pequeños, y aún seguíamos muy
unidos. Y esos eran Los Cinco. Supongo que incluyéndonos a Corrie y a mí
seríamos Los Siete Secretos. ¡Ja! Esas novelas nada tienen que ver con
lo que nos sucedió a nosotros. No se me ocurre ningún libro —ni ninguna
película— que guarde similitud con nuestra historia. Todos hemos tenido que
reescribir los guiones de nuestras vidas en el transcurso de las últimas
semanas. Hemos aprendido mucho y ahora sabemos lo que importa, lo que
verdaderamente importa. Ha sido muy duro.
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