domingo, 23 de febrero de 2014

Cap 1, Mañana: cuando la guerra empieze

Solo ha pasado media hora desde que alguien —Robyn, si no me equivoco— ha sugerido que lo pusiésemos todo por escrito, y solo veintinueve minutos desde que me han encomendado esa tarea. Y durante ese lapso de tiempo, todos se han agolpado a mi alrededor, observando la página en blanco y vociferando sus sugerencias e ideas. ¡Vamos, chicos! ¡Largaos! No conseguiré acabar nunca. Ni siquiera sé por dónde empezar. Además, no hay quien pueda concentrarse con tanto alboroto. Vale, eso está mejor. Les he pedido que me dejen tranquila un rato y Homer ha respaldado la iniciativa, así que, por fin, se han ido y puedo pensar con más claridad. No sé si seré capaz de hacerlo. Ya podría haberlo dicho antes. Sé por qué me han elegido a mí: parece que soy la que mejor redacta de todo el grupo. Pero no basta con saber redactar. Hay pequeños detalles que lo complican todo, como sacar a la luz los sentimientos, las emociones. Bueno, ya lidiaremos con eso cuando llegue el momento. Si es que llega. Habrá que esperar a ver lo que sucede.
Estoy sentada en el tronco de un árbol caído, junto al arroyo. Es precioso. No se trata de un viejo árbol podrido y roído por la carcoma, sino de uno joven con un suave tronco de color rojizo y unas hojas que todavía tienen algo de verdor. No sé por qué se habrá venido abajo —parece muy sano—; quizá crecía demasiado cerca del agua. Se está bien aquí. No es más que una charca de unos diez metros de largo por tres de ancho, aunque es más profunda de lo que parece. En el centro, el agua te llegaría por la cintura. Hay pequeñas y constantes ondas concéntricas formadas por los insectos que se deslizan sobre la superficie. Me pregunto dónde descansarán. Y cuándo. ¿Cerrarán los ojos cuando duermen? ¿Cómo se llamarán? Esos atareados, anónimos e insomnes insectos… A decir verdad, escribo sobre la carca solo para eludir lo que me han encargado hacer. Me comporto como Chris, siempre inventándose excusas para no hacer lo que no le apetece. Ojo, no es que vaya a echarme atrás. Les he dado mi palabra. Espero que a Chris no le importe que me hayan elegido a mí en vez de a él para hacer esto. Lo cierto es que se le da muy bien escribir. Lo he visto algo dolido, puede que incluso un poco celoso. Sin embargo, él no estuvo aquí cuando todo empezó, con lo cual no habría servido para esto. Bueno, será mejor que en lugar de lavarme las manos, me ponga manos a la obra. Solo hay una manera de hacerlo: relatar lo ocurrido por orden cronológico. Sé que es importante para nosotros plasmarlo todo en el papel. De ahí que nos entusiasmara tanto la sugerencia de Robyn. Es de vital importancia. Poner por escrito lo que nos ha pasado es nuestro modo de afirmar que somos importantes, que significamos algo. Que hemos conseguido cambiar el curso de las cosas. No sé hasta qué punto, pero un cambio es un cambio. Y escribirlo quizá permita que alguien nos recuerde. Y, de verdad, eso es lo único que nos importa. Ninguno de nosotros aspira a convertirse en una pila de huesos blanquecinos, a dejar este mundo de modo inadvertido, anónimo. Y lo que es peor, sin que nadie sepa nada ni aprecie los riesgos que hemos corrido. Eso me hace pensar que tal vez deba escribir esto como quien escribe un libro de historia, en un lenguaje muy serio, formal. Lo que pasa es que soy incapaz de hacer algo así. Cada cual tiene su manera de hacer las cosas y esta es la mía. Si no les gusta a los demás, tendrán que buscar a otra persona. De acuerdo, allá vamos.
Todo empezó cuando… Qué gracia me hacen estas palabras. La gente las utiliza sin tener ni idea de qué significan. ¿Cómo situar el punto en el que algo se inicia? Todo comenzó cuando naciste. O incluso antes, cuando tus padres se casaron. Y por qué no, cuando ellos mismos vinieron al mundo. O, ya que estamos, cuando los seres humanos salieron chapoteando de una sopa fangosa, viscosa, perdieron las aletas y se irguieron sobre sus piernas. Tanto da, no importa, porque lo que nos sucedió a nosotros sí tuvo un comienzo bien definido. Fue así: todo empezó cuando Corrie y yo dijimos que queríamos pasar unos cuantos días de acampada en el monte, después de Navidad. Lo decidimos sin más, casi a modo de guasa, después de decir algo como: «Oye, ¿a qué molaría…?». Solíamos ir a acampar a menudo, desde que éramos unas crías. Llenábamos de gasolina los depósitos de las motos e íbamos río abajo, dormíamos al raso, bajo las estrellas, o, en las noches más frías, bajo una lona colocada entre dos árboles. De modo que sabíamos lo que hacíamos. A veces nos acompañaba alguien, que solía ser Robyn o Fi. Nunca chicos. A esa edad, crees que tienen el cerebro de un mosquito y ni siquiera te fijas en ellos. Hasta que creces. Parece mentira, pero ahí estábamos hace unas pocas semanas, repantigadas frente a la televisión, viendo algún bodrio y hablando sobre las vacaciones. Corrie dijo: —Hace siglos que no vamos al río. Hagámoslo. —Vale. Oye, ¿y si le pido el Land Rover a mi padre? —Vale. Oye, ¿y si avisamos a Kevin y Homer? —¡Eso, eso! ¡Que vengan los chicos! Aunque dudo que nos dejen nuestros padres. —Nunca es tarde. Merece la pena intentarlo.
—Vale. Oye, si conseguimos el Land Rover, podríamos ir más lejos. ¿Sabes lo que molaría? Subir hasta la Costura del Sastre y adentrarnos en el Infierno. 
—Sí, vale. Vamos a preguntarlo. La Costura del Sastre es una cresta que lleva desde el monte Martin hasta Wombegonoo. Es rocosa y muy estrecha, y ciertos tramos son bastante empinados. Sin embargo, es transitable, e incluso en algunos puntos uno se puede resguardar de la intemperie. Las vistas son impresionantes. Se puede ascender en coche casi hasta la cumbre, cerca del monte Martin, por una antigua pista forestal difícil de encontrar: se ha visto tragada por la vegetación. El Infierno es una caldera llena de rocas, árboles, zarzamoras, maleza, dingo y wombats que se sitúa en la otra vertiente de la Costura. Es un lugar salvaje y nunca he visto a nadie llegar hasta allí. Y eso que solía acercarme al borde de las escarpaduras para contemplarlo desde arriba. Por lo que sabía, no había ninguna ruta de acceso hasta allí abajo: los acantilados que lo circundan son espectaculares y llegan a alcanzar varios cientos de metros de altura. Hay una serie de pequeños precipicios llamados Escalones de Satán cuyos remates acaban dentro. Pero, créeme, si eso son escalones, la Gran Muralla de China es, por así decirlo, la valla de mi casa. Si existía un acceso posible, la clave debía de estar en esos despeñaderos. Yo siempre quise intentarlo. Los lugareños contaban historias sobre el Ermitaño del Infierno, un hombre que fue acusado de asesinato y, según decían, llevaba años viviendo allí. Se rumoreaba que se había cargado a su mujer y a su hijo. Por mucho que quise creer en su existencia, siempre me costó tragarme el cuento. No dejaba de dar vueltas a preguntas incómodas como: «¿Y cómo es que no acabaron colgándolo, como hicieron con tantos otros criminales en aquella época?». En cualquier caso, seguía siendo una buena historia y albergaba la esperanza de que fuese cierta. Bueno, no los asesinatos, pero al menos sí la existencia de un ermitaño.
En fin, el caso es que fue así como empezó todo, como se planeó la excursión. Nada más tomar esta decisión algo fortuita, nos pusimos a organizarlo todo. Lo primero que debíamos hacer era convencer a nuestros padres de que nos dejasen ir. No es que no confíen en nosotras, pero tal y como lo expuso mi padre: «Eso es mucho pedir». Dilataron el asunto. No nos dijeron que no, sino que se pusieron a sugerir otras cosas que podíamos hacer. Supongo que la mayoría de los padres opera del mismo modo. No quieren enzarzarse en una discusión, así que proponen otras alternativas que les agradan más y con las que esperan convencerte. «¿Por qué no vais al sitio de siempre, cerca del río?» «¿Por qué no les pedís a Robyn y Meriam que os acompañen en vez 
de a los chicos?» «¿Por qué no vais en moto? ¿O a caballo? Una acampada a la vieja usanza será mucho más divertido.» El concepto que mi madre tenía de la diversión consistía en sentarse a hacer mermelada para la sección de conservas de la feria de Wirrawee, así que no era ninguna autoridad en la materia. Me siento algo rara escribiendo cosas como estas, teniendo en cuenta por todo lo que hemos pasado. Aun así, prefiero ser sincera a ponerme sentimental. Por fin llegamos a un acuerdo que, al fin y al cabo, no estuvo nada mal. Podíamos coger el Land Rover siempre y cuando fuera yo quien lo condujese, pese a que Kevin tenía el carné de conducir y yo no. Sin embargo, papá sabe que soy buena conductora. Teníamos permiso, además, para subir a la cima de la Costura del Sastre. Accedieron también a que invitásemos a los chicos a condición de que viniera más gente: no menos de seis y no más de ocho. Eso es porque mis padres pensaban que con un grupo grande se reducía la probabilidad de que nos montásemos una orgía. Tampoco lo admitieron abiertamente —alegaron que era por nuestra seguridad—, pero los conozco demasiado bien. Y sí, no me tiembla la mano a la hora de escribir la Z, la C y la O de «los conozco», para que nadie interprete mal mis garabatos y lea «los conocía».
Tuvimos que prometer que no beberíamos alcohol ni fumaríamos, y que los chicos tampoco lo harían. Aquello me hizo pensar en cómo los adultos hacen que crecer sea tan difícil. Dan por sentado que harás alguna locura a la menos oportunidad. Es más, a veces son ellos mismos los que te meten malas ideas en la cabeza. Dudo que nos hubiésemos molestado en comprar priva o tabaco. Entre otras cosas porque es demasiado caro y, después de Navidad, todos andamos bastante pelados. Pero lo más gracioso es que cuando nuestros padres creen que estamos haciendo alguna locura, siempre resulta que están equivocados; mientras que cuando piensan que somos unos santos, tampoco suelen acertar. Por ejemplo, jamás tuvieron el menor ápice de sospecha sobre lo que podía pasar en los ensayos para las obras de teatro del instituto y, no obstante, yo pasaba el tiempo con Steve desabrochando botones y cinturones hasta que volvíamos a abrocharlo todos a la desesperada cuando el señor Kassar empezaba a gritar: «¡Steve! ¡Ellie! ¿Ya están otra vez? ¡Que alguien me traiga una palanca para separarlos!». Qué tío más gracioso, el señor Kassar. En la lista final figuraban ocho personas, nosotras incluidas. No preguntamos a Elliot porque es un gandul, ni tampoco a Meriam porque estaba haciendo prácticas con los padres de Fi. Cinco minutos después de hacer la lista, uno de los chicos que entraba en ella, Chris Lang, apareció en mi casa junto a su padre. Se lo preguntamos directamente. El señor Lang es un hombre robusto que siempre lleva corbata, sin importar lo que esté haciendo o dónde esté. A mí me parece un tipo demasiado serio y estirado. Chris dice que su padre debió de nacer en Villatiesos, y eso lo resume todo. Cuando su padre anda cerca, Chris está bastante callado. No obstante, se lo soltamos en cuanto los dos tomaron asiento a la mesa de la cocina y empezaron a engullir los bollos recién hechos de mi madre. Le bastó una sola frase para desmoralizarnos. Por lo visto, el señor y la señora Lang se iban de viaje al extranjero y, pese a que disponían de una empleada del hogar, Chris tenía que quedarse en casa para encargarse de todo. Empezábamos mal. Sin embargo, al día siguiente, me monté en la moto y fui a casa de Homer atajando por los prados. Suelo ir por carretera, pero a mi madre le preocupaba el poli nuevo de Wirrawee que solo se dedicaba a poner multas a diestro y siniestro. Durante su primera semana en la ciudad, multó a la esposa del juez por no llevar el cinturón de seguridad puesto. Desde que ese tipo llegó, todos se andaban con pies de plomo. Encontré a Homer junto al arroyo, probando una válvula que acababa de limpiar. Cuando lo alcancé, vi que la sostenía en alto. Al comprobar que no tenía ninguna fuga, adoptó una expresión rebosante de optimismo. —Mira esto —dijo mientras yo me apeaba de la Yamaha—. Impermeable como un submarino. —¿Cuál era el problema? 
—No tengo ni idea. Solo sé que hace tres minutos había una fuga de agua y ahora no. Con eso me basta. —Sostuve la tubería mientras él atornillaba la válvula—. Estas bombas de agua me sacan de quicio —dijo—. Cuando mi viejo estire la pata, pondré presas por toda la propiedad. —Me parece bien. Nos podrás alquilar la excavadora para levantarlas. —Ah, ¿con esas me sales? —Apretó los músculos de mi brazo derecho—. ¡Si estás en buena forma! Podrías excavar el terreno con tus propias manos. Le di un buen empujón para tirarlo al arroyo, pero era demasiado fuerte. Lo observé bombear hasta extraer agua y, acto seguido, lo ayudé a acercar cubos a la bomba para que terminara de cebarla. De paso, lo puse al corriente de nuestros planes. —Sí, sí. Me apunto —dijo—. Preferiría ir a un hotel tropical y beber cócteles, de esos con sombrillitas, pero mientras tanto me conformo. Comimos en su casa y pidió permiso a sus padres para ir de acampada. —Ellie y yo nos vamos al monte unos días —anunció sin más. Ese era su modo de pedir permiso. Su madre no mostró la menor reacción; su padre enarcó una ceja sobre su taza de café; y su hermano, George, empezó a acribillarnos a preguntas. En cuento empezamos a hablar de fechas, espetó: —¿Y qué pasa con la feria? —No podemos adelantar nuestra escapada —intervine—. Los Mackenzie están esquilando ovejas. —Ya. Pero ¿quién va a cepillar los toros para la feria?
—Tú naciste con un secador de pelo en la mano —se burló Homer—. Ya te he visto frente al espejo los sábados por la noche. No te pongas pesado con los toros y aplícales algo de grasa en el pelaje. —Dicho esto, se volvió hacia mí para añadir—: Mi viejo guarda en el cobertizo un bidón de grasa de ciento cincuenta litros y lo reserva exclusivamente para George y sus sábados por la noche. Puesto que George no era conocido por tener un gran sentido del humor, mantuve la cabeza gacha y comí otra cucharada de tabulé. Total, que Homer se apuntaba y Corrie telefoneó esa misma noche para decir que Kevin también venía. —No mostró demasiado entusiasmo —comentó—. Creo que prefiere ir a la feria. Pero ha cedido por mí. —Puaj, tía, me vas a hacer vomitar —dije—. Que vaya a la feria si es eso lo que quiere. Hay montones de tíos que matarían por acompañarnos. —Sí, los que tienen menos de doce años —suspiró Corrie—. Los hermanos pequeños de Kevin están locos por venir. Pero son muy críos, incluso para ti. —Y demasiado mayores para ti —repuse con brusquedad. Una vez colgué el teléfono, llamé a Fiona para contarle nuestros planes. —¿Quieres venir? —pregunté. —¡Oh, cielos! —exclamó sorprendida cuando le puse al corriente de todos los detalles del viaje—. ¿De verdad queréis que vaya? Ni me molesté en contestarle. —¡Cielos! —Fi era la única persona que conocía de menos de sesenta años que decía «cielos»—. ¿Y quién más viene?
—Corrie y yo. Homer y Kevin. Y estamos pensando en comentárselo a Robyn y Lee. 
—Pues me gustaría ir. Espera un momento, voy a preguntar a mis padres. Fue una larga espera. Al final regresó con unas cuantas preguntas. Comunicó mis respuestas a su madre o padre, o a ambos, a los que podía oír de fondo. Tras diez minutos de intercambio, se sucedió otra larga conversación hasta que Fi volvió a ponerse al auricular. —Se están haciendo de rogar —suspiró—. Estoy segura de que me dejarán, pero antes mi madre quiere llamar a la tuya para asegurarse. Lo siento. —No pasa nada. Te anoto con un signo de interrogación en la lista y te llamo el fin de semana, ¿vale? Colgué. Me costó hablar por teléfono porque la televisión me ensordecía con sus gritos. Mi madre había subido el volumen para poder escuchar el telediario desde la cocina. Un rostro ceñudo ocupaba la pantalla. Me detuve y observé durante un momento. —Nuestro ministro de Exteriores es un pelele —vociferaba—. Es un pusilánime y un cobarde. Es el nuevo Neville Chamberlain. No entiende a la gente con la que está tratando. ¡Ellos respetan la contundencia, no la debilidad! —¿No es la seguridad nacional un asunto prioritario en la política del Gobierno? —inquirió el entrevistador. —¿Prioritario? ¿Prioritario? ¡Estará usted de broma! ¿Acaso no tiene constancia de los recortes efectuados en el presupuesto de Defensa? Gracias a Dios, estaré lejos de todo esto una semana, pensé yo.
Fui al despacho de mi padre y llamé a Lee. Me llevó un rato hacer entender a su madre que quería hablar con su hijo. Aún no dominaba el idioma. Lee me hacía mucha gracia hablando por teléfono. Parecía suspicaz. Reaccionaba con lentitud a cualquier cosa que le decía, como si 1midiera cada una de sus palabras. —Tengo que tocar en el concierto del Día de la Conmemoración —repuso cuando especifiqué la fecha. Hubo un breve silencio que yo misma interrumpí. —Pero ¿te apetece venir? Entonces, él se echó a reír. —¡Desde luego! Será más divertido que el concierto. Corrie se quedó de piedra cuando le comenté que propondría a Lee que nos acompañase. En realidad, no solíamos juntarnos con él en el instituto. Aparentaba ser un chico serio, metido en su música, pero a mí me parecía de lo más interesante. De repente, me di cuenta de que no disponíamos de tanto tiempo entre clase y clase, y no quería dejar escapar aquella oportunidad de conocer a alguien como Lee. ¡Había gente de nuestro curso que seguía sin saber los nombres de sus compañeros de clase! Y eso que es un centro pequeñito. Yo sentía una gran curiosidad por ciertos chicos, y cuanto más diferentes fueran de la gente con la que normalmente salía, más curiosidad tenía. —Bueno, ¿qué te parece? —pregunté. Hubo otra pausa. El silencio me hizo sentir incómoda, así que seguí hablando—: ¿Quieres preguntar a tus padres? —No, no. Ya me ocuparé de ellos después. Si, iré. —No pareces muy entusiasmado. —¡Sí que lo estoy! Solo estaba pensando en los posibles inconvenientes. Pero estaré allí. ¿Qué tengo que llevar?
Por último, llamé a Robyn. —Ay, Ellie —gimió—. ¡Me encantaría! Pero mis padres no me dejarán. —Venga, Robyn. No hay nada que se te resista. Presiónalos un poco. —Ay, Ellie —suspiró—. No tienes ni idea de cómo son mis padres. —Pregúntales de todos modos. Esperaré. —Vale. Al cabo de unos minutos, oí retumbar el auricular. Supuse que lo estaba cogiendo Robyn, así que pregunté: —¿Y bien? ¿Has conseguido engatusarlos? Por desgracia, fue el señor Mathers quien respondió. —No, Ellie, no ha conseguido engatusarnos. —¡Ah, señor Mathers! —Pese a que quise que me tragase la tierra, lo dije riendo porque sabía que podía manejar al señor Mathers a mi antojo. —¿De qué va todo esto, Ellie? —Bueno, hemos pensando que ya va siendo hora de que mostremos algo de independencia e iniciativa y demás virtudes. Queremos ir a acampar unos días a la Costura del Sastre. Alejarnos de la perversión y el vicio que infestan Wirrawee y respirar el aire puro de la montaña. —Hum… ¿Y no os acompaña ningún adulto?
—Bueno, señor Mathers, usted está invitado. Siempre y cuando no tenga más de treinta años, ¿de acuerdo? 
—Eso se llama discriminación, Ellie. Bromeamos durante unos cinco minutos hasta que él empezó a ponerse serio. —Lo que sucede, Ellie, es que pensamos que sois demasiado críos para vagar solos por la montaña. —Señor Mather, ¿qué hacía usted cuando tenía nuestra edad? —Vale, me has pillado —rió—. Trabajaba como aprendiz en una granja de Callamatta Downs. Eso ocurrió antes de que me volviese un esnob y llevase camisa y corbata. —El señor Mathers era agente de seguros. —¡Pues lo que vamos a hacer no es nada comparado con lo que supone trabajar en una granja de Callamatta Downs! —Hum… —Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que podría pasarnos? ¿Cazadores en todoterrenos? Antes tendrían que atravesar nuestra casa y mi padre los detendría. ¿Un incendio forestal? Hay tantas rocas allí que estaríamos incluso más seguros que en casa. ¿Que nos mordiese una serpiente? Todos sabemos qué hacer si nos muerde una serpiente. No podemos perdernos porque la Costura del Sastre es como una autopista. He estado subiendo a esas montañas desde el día que aprendí a andar. —Hum… —¿Y si contratamos uno de esos seguros suyos, señor Mathers? ¿Aceptaría entonces? ¿Hay trato?
Robyn llamó a la mañana siguiente para decir que había trato, incluso sin seguro. Estaba emocionada y encantada. Tuvo una larga charla con sus padres; la mejor, según dijo. Era la primera vez que depositaban tanta confianza en ella, de modo que puso mucho entusiasmo para que todo saliese bien. 
—Ay, Ellie. Espero que no ocurra ninguna desgracia —repitió una y otra vez. Lo gracioso de todo esto era que si alguien podía presumir de tener una hija en la que poder confiar ciegamente, esos eran los Mathers. Aunque, por lo visto, aún no se habían dado cuenta de ello. El único problema que podía darles Robyn era llegar tarde a la iglesia. Y probablemente su retraso tuviese una explicación razonable, como haber ayudado a un boy scout a cruzar la carretera. Las cosas no podían ir mejor. El sábado por la mañana, mi madre y yo fuimos de compras a la ciudad, y nos cruzamos con Fi y su madre. Las dos mamás mantuvieron una conversación muy seria mientras Fi y yo fingíamos mirar los escaparates de Tozers’ cuando en realidad escuchábamos a hurtadillas. Mi madre intentaba quitar hierro al asunto. —Son unos chicos sensatos —la oí decir—. Todos son muy responsables. Por suerte, se ahorró mencionar la última hazaña de Homer: acababan de pillarlo vertiendo disolvente por la calzada, prendiéndole fuego y aguardando agazapado a que se acercara un coche. Lo hizo una decena de veces antes de que le echaran el guante. Yo no quería ni pensar en el susto que se habrían llevado los conductores de los vehículos. El caso es que mi madre convenció a la madre de Fi, y ya pude borrar el signo de interrogación que aparecía junto al nombre de mi amiga. Nuestra lista de ocho quedaba reducida a siete, pero contábamos con el sí definitivo de todos. El grupo que formábamos pintaba muy bien, estábamos contentas. Bueno, contentas porque íbamos nosotras, y los cinco restantes eran buena gente. Intentaré describirlos como yo los veía por aquel entonces, porque no solo han cambiado, sino que la idea que yo tenía de ellos tampoco es la misma.
Por ejemplo, siempre pensé que Robyn era una chica bastante reservada y seria. Cada año, recibía un diploma por su constancia en el trabajo en clase, y estaba muy metida en la iglesia, aunque yo sabía que había algo más en ella. Le gustaba ganar. Y ese espíritu competitivo salía a la luz en el deporte. Estábamos juntas en el equipo de 
baloncesto y, sinceramente, me avergonzaban algunas de las cosas que hacía. ¡Eso sí que es determinación! En cuanto sonaba el pitido inicial de un partido, se transformaba en un helicóptero suspendido en el aire, se precipitaba hacia todos lados y apartaba a la gente a empujones si era necesario. Si el árbitro no andaba espabilado, Robyn podía hacer tanto daño en un partido como un avión de combate. En cuanto pitaban el final, Robyn volvía a la normalidad y estrechaba las manos de sus adversarios con suma tranquilidad mientras decía: «Buen partido». Muy extraño. Robyn es bajita pero fuerte, y posee un pasmoso equilibrio mental. Se desliza con elegancia por la pista mientras el resto parecemos avanzar con pesadez por ella, como si fuera de fango. No debería incluir a Fi en ese grupo, porque he de decir que también es ligera y grácil. Fi siempre ha sido como una heroína para mí, la mujer perfecta. Cuando hacía algo mal, yo la reprendía: «¡Fi! ¡No hagas eso! ¡Eres mi modelo a seguir!». Me encanta su piel, preciosa y suave. Posee lo que mi madre llama «unos rasgos delicados». Por su aspecto, se diría que jamás ha trabajado, nunca ha estado expuesta al sol ni se ha manchado las manos. Y es cierto porque a diferencia de nosotros, granjeros, ella ha vivido en el pueblo y ha pasado más tiempo tocando el piano que desparasitando ovejas o marcando corderos. Sus padres son abogados. Kevin sí que responde más a la descripción del típico granjero. Es el mayor del grupo. Era novio de Corrie y, de no haber venido, ella hubiese perdido el interés de inmediato. En lo primero en lo que te fijabas al conocer a Kevin era en su enorme boca. Lo segundo, el tamaño de sus manos. Son enormes, como paletas. Era conocido por su desmesurado ego y le encantaba apuntarse el tanto de todo. A veces me sacaba de quicio, aunque sigo pensando que fue lo mejor que le pasó a Corrie. Ella era demasiado reservada antes de salir con él. Pasaba desapercibida. Los dos solían hablar mucho en el instituto y, un día, ella me contó que era un tipo muy sensible y cariñoso. Aunque jamás pude comprobarlo por mí misma, sí me percaté de que Corrie ganaba en confianza conforme su relación con Kevin avanzaba, y con eso me bastaba.
Me divertía imaginar qué aspecto tendría Kevin dentro de veinte años, cuando se convirtiera en presidente de la comisión de fiestas, jugara al críquet en el club todos los sábados, hablase sobre lo que había subido 
el precio del cordero y se pasease con sus tres hijos… Y por qué no, con Corrie. Nosotros estábamos acostumbrados a ese mundo. Jamás nos planteamos en serio que pusiese cambiar tanto. Lee vivía en el pueblo, como Fi. «Lee y Fi, de Wirrawee», solíamos canturrear. Aunque era lo único que tenían en común. Lee era tan moreno como Fi rubia. Él tenía el pelo rapado y oscuro, unos ojos marrones, una mirada perspicaz y una voz suave que se comía la última sílaba de ciertas palabras. Su padre era tailandés y su madre vietnamita, y ambos regentaban un restaurante de comida asiática. Un restaurante muy bueno, dicho sea de paso, al que íbamos a menudo. A Lee se le daban bien la música y el arte. En realidad, se le daban bien muchas cosas, pero cuando algo se le resistía podía convertirse en una persona muy irritante. Era capaz de enfurruñarse y pasar días sin hablar con nadie. El último, Homer, vivía cerca de mi casa, carretera abajo. Homer era un tipo salvaje, extravagante. Le traía sin cuidado tanto lo que él mismo hacía como lo que pensasen los demás. Siempre me acuerdo de una vez cuando éramos críos y comí en su casa. La señora Yannos hizo lo imposible para que Homer se comiese sus coles de Bruselas. Acabaron teniendo una discusión espantosa a la que Homer puso punto y final en el momento en que acribilló a su madre con las coles. Una de ellas la golpeó con fuerza en la frente. Me quede boquiabierta. Jamás había visto algo parecido. Si hubiese sido yo, mis padres me habrían encadenado al parachoques del tractor y arrastrado por la carretera. Cuando estábamos en octavo, Homer se compinchó con unos cuantos pirados y se divertían a diario con lo que él mismo llamó «la ruleta griega». El juego consistía en ir durante la pausa del mediodía a un aula que quedara fuera de vigilancia de los profesores. Y allí, uno tras otro aguardaba su turno para correr hacia la ventana y embestirla con la cabeza. El juego no paraba hasta que el timbre marcaba el comienzo de las clases o la ventana se hacía añicos, lo que sucediese antes. El que rompía el cristal —o sus padres— tenía que pagar uno nuevo. No pocas ventanas acabaron rotas durante las sesiones de la ruleta griega hasta que la dirección de la escuela se enteró de lo que estaba sucediendo.
Homer parecía hallarse en un brete constante. Otro de sus pequeños hobbies consistía en observar a los obreros que subían al tejado de la escuela para arreglar goteras, sacar pelotas o cambiar canalones. Homer esperaba hasta que los obreros se instalaban y se afanaban en  sus tareas. Entonces entraba en acción. Media hora más tarde se oían unos gritos desde el tejado: «¡Ayuda! ¡Bájenos de aquí! ¡Algún desgraciado nos ha robado la escalera!». Homer era un canijo de pequeño, pero había crecido mucho durante los últimos años hasta convertirse en uno de los más corpulentos de todo el instituto. Siempre insistieron en que se uniera al equipo de rugby, pero él odiaba los deportes y jamás formó parte de ningún equipo. Le gustaba cazar y a menudo llamaba a mis padres para preguntar si podía acercarse a nuestra propiedad con su hermano y acribillar a algún que otro conejo. Y también le gustaba nadar. Y la música, aunque es algo rara. Homer y yo pasábamos mucho tiempo juntos cuando éramos pequeños, y aún seguíamos muy unidos. Y esos eran Los Cinco. Supongo que incluyéndonos a Corrie y a mí seríamos Los Siete Secretos. ¡Ja! Esas novelas nada tienen que ver con lo que nos sucedió a nosotros. No se me ocurre ningún libro —ni ninguna película— que guarde similitud con nuestra historia. Todos hemos tenido que reescribir los guiones de nuestras vidas en el transcurso de las últimas semanas. Hemos aprendido mucho y ahora sabemos lo que importa, lo que verdaderamente importa. Ha sido muy duro. 

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