lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 7 Mañana: cuando la guerra empieze


 Fue un suplicio esperar a que oscureciese. Siempre había alguien que se impacientaba: «De acuerdo, ya es suficiente, vamos», antes de que otra persona le parara los pies: «No, espera, todavía hay demasiada luz». Ese es el inconveniente del verano: los días son larguísimos. Habíamos tomado la decisión de no correr riesgo alguno y nos atendríamos a ella. La luna tardó en salir. Su contorno era tan fino que cuando salimos a la calle, apenas se veía nada. Llevábamos un par de linternas que Homer había encontrado, pero acordamos no utilizarlas si no era absolutamente necesario. Dejamos a Millie en la cocina de Homer, sobre una manta. Estaba demasiado débil para ir a ninguna otra parte. Caminamos un kilómetro y medio por la carretera y, después, viramos hacia el último prado de los Yannos, donde tomaríamos un atajo para alcanzar el sendero que conducía a casa de Kevin. Yo avanzaba junto a Homer. Apenas hablamos, excepto cuando de repente recordé que no le había preguntado acerca de sus perros. —Solo nos quedaban dos —contestó—. Y no estaban allí. No estoy seguro de adónde pueden haber ido. Padecían un grave problema de eccema y creo recordar que mi padre habló de llevarlos al veterinario. No sabría decir si realmente lo dijo o si lo he soñado.
En cuanto alcanzamos el sendero, Kevin empezó a correr. Todavía faltaban dos kilómetros para llegar pero, sin mediar palabra, todos salimos tras él. Kevin es un tipo grandote; no tiene la constitución de un esprínter. Avanzaba con pesadez, como un percherón al trote aunque, por una vez, no pudimos seguirle el ritmo, a excepción de Robyn, que siempre estaba en forma. Al cabo de un rato los perdí de vista, pero me llegaban los jadeos de Kevin a través de la oscuridad. Conforme nos acercábamos a la casa, Lee advirtió: —Ándate con ojo cuando llegues, Kevin. —Pero no obtuvo respuesta. Supuse que Robyn y Kevin nos llevaban dos o tres minutos de ventaja. Aunque de nada sirvió. La casa presentaba el mismo escenario que la de Homer y la mía: tres perros pastores que, todavía encadenados, no sobrevivieron; una cacatúa muerta en una jaula de la veranda y, en los escalones de esta, dos corderos huérfanos adoptados por la familia que corrieron la misma suerte. Sin embargo, su vieja corgi estaba encerrada en el interior de la casa, y disponía de un cuenco de comida y otro de agua en el lavadero. La perra estaba viva, pero como había empleado una de las habitaciones a modo de retrete, el hedor era insoportable. Al ver a Kevin, se puso contentísima; cuando llegamos aún seguía lamiéndole la cara, emitiendo lastimosos quejidos y realizando alegres acrobacias. Era tal su emoción que la perra se hizo pis encima. Corrie, con semblante grave, apareció con una fregona y un puñado de trapos. La conocía lo suficiente para saber que siempre que las cosas se ponían demasiado sentimentales, le daba por limpiar. Qué manía tan útil. Celebramos otra breve asamblea. Por lo visto, nos sobraban tanto los problemas como las opciones. Robyn tuvo la brillante idea de recurrir a las bicicletas: veloces y silenciosas, eran el modo de transporte perfecto. Kevin tenía dos hermanitos, de modo que nos hicimos con las tres bicis aparcadas en el cobertizo. Homer preguntó si sabíamos de alguna persona que no pensaba asistir a la feria; se le ocurrió que dar con alguien que se hubiese quedado en casa aquel día podría ayudarnos a resolver el misterio. Lee dijo que dudaba que sus padres hubiesen asistido: sus hermanas y hermanos solían acudir, pero no sus padres. Kevin insistió en llevarse a la corgi, Flip, con nosotros. Se negaba a dejarla allí después de lo mal que lo abría pasado. Nos vimos enfrentados a un dilema. Todos sentimos pena por la perra, que seguía a Kevin como a una sombra, como si la llevara atada a una correa invisible de un metro. Pero empezábamos a estar cada vez más preocupados por nuestra propia seguridad. Finalmente, acordamos llevarla con nosotros hasta casa de Corrie y, según lo que encontrásemos allí, tomar una decisión u otra. 
—Kevin —le advirtió Lee—. Es posible que nos veamos obligados a tomar decisiones difíciles. Él se limitó a asentir. Era consciente de ello. Robyn, a quien se le había ocurrido la idea de las bicicletas, recorrió al trote la mayor parte del camino a casa de Corrie. Solo podían ir dos personas en cada bicicleta y ella insistió que no le vendría mal hacer algo de ejercicio. Homer llevaba a Kevin, quien a su vez cargaba con Flip. En un éxtasis de amor y gratitud, la perrita pasó todo el trayecto lamiéndole la cara. Habría sido una escena muy graciosa si nos hubiesen quedado fuerzas emocionales para reírnos. En la imagen que siempre recordaré de nuestra llegada a casa de Corrie, ella estaba deshecha en lágrimas, sola en medio del salón. Y tras comprobar el resto de las habitaciones, aparecía Kevin, la veía y se apresuraba hacia su lado para estrecharla en sus brazos y sujetarla con fuerza. Permanecieron así durante varios minutos. Aprecié mucho aquel gesto de Kevin. Dada la insistencia de Robyn, accedimos a comer algo antes de hacer nada más. Mantuvo la cabeza fría toda la tarde, y seguía con pleno dominio de sus facultades, pese a saber que la próxima etapa nos llevaría a su casa. Homer, ella y yo hicimos unos bocadillos con pan duro y salami, y unas lechugas y tomates que recogimos del reputado huerto de la señora Mackenzie. También encontramos un cartón de leche, así que preparamos café y té en un hornillo portátil. Entre la boca seca y el nudo en la garganta, nos costó probar bocado. Sin embargo, no daríamos la cena por concluida hasta que cada uno comiera al menos un bocadillo. Nuestros estómagos lo agradecieron, y nuestra moral también. Durante la comida, resolvimos que iríamos a casa de Robyn aun a sabiendas de que aquello suponía enfrentarse a una nueva serie de dificultades. En medio del campo, donde prácticamente vivíamos todos, donde el aire era puro y los prados extensos y desiertos, nos movíamos con relativa tranquilidad. El peligro no se nos antojaba real. Sabíamos que de haber peligro, nos estarían aguardando en el pueblo. 
Robyn detalló, para los que no habían estado allí, la distribución de su casa, así como la zona de Wirrawee donde se situaba su propiedad. Pensamos que sería más seguro ir por Coachman Lane, un camino de tierra que desembocaba en un terreno de unas cuatro hectáreas, al final del cual se encontraban algunas casas, entre ellas la de Robyn. Desde la colina que se alzaba tras su casa, podríamos abarcar el pueblo y hacernos una idea de la situación. Había llegado el momento de marcharse. Corrie esperaba en la entrada a que yo saliese del baño. Se me olvidó que los Mackenzie no disponían del suministro de agua urbano y su inodoro se accionaba mediante una bomba de presión que funcionaba con electricidad. Así que tuve que bajar a la tina del huerto, llenar un cubo de agua, regresar al baño para llenar la cisterna y por fin tirar de la cadena. Corrie empezaba a impacientarse, y yo la hice esperar más de lo previsto. Y a en el pasillo, pasé junto al teléfono y reparé que había un mensaje en el fax. —Corrie —grité—. ¿Quieres ver esto? —Lo sostuve en alto y cuando la vi encaminarse hacia mí, añadí—. Probablemente sea viejo, pero nunca se sabe. Ella lo cogió. A medida que avanzaba en su lectura, vi que se quedaba boquiabierta. Una expresión de espanto pareció deformar su rostro, estrechándolo, alargándolo. Me miró con ojos como platos antes de devolverme el papel. Mientras yo lo leía, permaneció allí plantada, temblando. Leí las siguientes palabras, bruscos garabatos escritos del puño del señor Mackenzie. Corrie, estoy en la secretaría de la feria. Algo va mal. La gente dice que no son más que unas maniobras del Ejército, pero prefiero enviarte esto, por si acaso. Después me marcharé a casa para romper este mensaje en pedacitos y así nadie sabrá nunca lo idiota que he sido. Pero, Corrie, si lees esto, vete al monte. Ten muchísimo cuidado. No salgas de allí hasta que sepas que no hay peligro. Te quiero mucho, cariño, Papá. 
Las últimas veinte palabras o así quedaban subrayadas, desde «vete al monte» hasta el final. Intercambiamos una larga mirada, antes de darnos un fuerte abrazo. A ambas se nos escapó alguna lágrima; salimos de la casa corriendo para mostrárselo a los demás. Creo que aquel día agoté todas mis lágrimas porque, desde entonces, no he vuelto a llorar. Al marcharnos de casa de los Mackenzie, procedimos con suma cautela. Por primera vez, actuamos como gente que se sabe involucrada en una guerra, como soldados, como guerrilleros. Corrie nos dijo: —Siempre me río de papá por ser tan precavido. Si hasta se lleva a todos lados un nivel de burbuja. Pero su lema favorito es: «El tiempo dedicado a ser precavidos, nunca es tiempo perdido». Tal vez sea buena idea hacerlo nuestro por una temporada. Conseguimos otra bici, la de Corrie. De este modo, adoptábamos un modo de movernos que pensamos era un justo equilibrio entre velocidad y seguridad. Fijamos puntos de referencia, y el primero era la vieja iglesia de Cristo. Una primera pareja, Robyn y Lee en este caso, se desplazaría hasta allí. Si consideraban que no había peligro, regresarían y dejarían caer un paño de cocina en la calle, a unos doscientos metros de la iglesia. La pareja siguiente partiría cinco minutos después de Robyn y Lee y, los tres últimos, al cabo de otros cinco minutos. Acordamos no hacer el menor ruido. Dejamos la vieja corgi de Kevin, Flip, atada en casa de los Mackenzie. Nuestro temor nos obligaba a pensar en cada detalle.
Sin embargo, el trayecto a casa de Robyn sucedió sin mayor contratiempo. Lento, pero sin incidentes. Encontramos su casa en el mismo estado que las demás: vacía, invadida por los olores e incluso cubierta ya de telarañas. Aquello me hizo pensar en lo rápido que se podía desmoronar una casa si nadie se ocupaba de ella. Siempre me habían parecido tan sólidas, tan perennes. Como ese poema que siempre recitaba mi madre: «Vosotros, poderosos, mirad mi obra y desesperad».2 Ese era el único verso que recordaba y, por primera vez, vislumbraba la verdad que encerraba. Era la una y media de la madrugada. Ascendimos la colina que se alzaba tras la casa de Robyn y observamos Wirrawee. De repente, me sentí muy cansada. El pueblo estaba sumido en las tinieblas; no había ni una farola encendida. Sin embargo, debía de haber corriente porque unos focos muy potentes —los que solían utilizar en las pistas de carreras— iluminaban el recinto ferial, y también despuntaban las luces de un par de edificios en el centro del pueblo. Tomamos asiento y discutimos en voz baja cuál sería el siguiente paso. No nos replanteamos la idea de dirigirnos a casa de Fi y de Lee. No porque esperásemos encontrar a alguien ahí, sino porque cinco de nosotros habíamos visto nuestras casas, la desolación que allí reinaba, habíamos tenido la oportunidad de enfrentarnos a esa realidad, y era justo que los dos que quedaban disfrutaran del mismo derecho. Un camión salió a marcha reducida del recinto ferial y se dirigió hacia uno de los edificios iluminados, en Barker Street, creo. Enmudecimos y observamos con atención. Desde el día que vimos los aviones, aquella era la primera señal de vida humana después de la nuestra. Entonces, Homer hizo una sugerencia que no fue muy bien recibida: —Creo que deberíamos separarnos. Se oyó un susurro de alaridos, de protestas, si es que tal cosa es posible. Aquello ya distaba de la iniciativa de Kevin y Corrie cuando se ofrecieron a ir por su cuenta. Lo único que ambos pretendían era no obligarnos a irnos de la casa de Homer. Pero este no se daría por vencido tan fácilmente.
—Debemos salir del pueblo antes de que amanezca. Es una buena caminata y andamos cortos de tiempo. Patearse estas calles no va a ser fácil ni rápido. Estamos cansados y eso ya nos hará ir más lentos, sin mencionar que debemos andarnos con pies de plomo. Además, dos personas pueden moverse más deprisa que siete. Por último, seamos sinceros: si hay soldados y detienen a uno de nosotros… bueno, mejor 
dos que siete. No me hace ninguna gracia decirlo, pero cinco personas libres y dos enchironadas pinta mejor como ecuación que cero libres y siete tras las rejas. Ya sabéis que soy un genio de las matemáticas. Nos había dejado sin habla. Sabíamos que tenía razón, excepto quizás en lo que atañía a matemáticas. —¿Qué propones exactamente? —dijo Kevin. —Yo iré con Fi. Siempre he querido ver cómo es por dentro una de esas casas de ricachones de la parte alta del pueblo. Esta es mi gran oportunidad. —Fi le dirigió una débil patada que él dejo que lo golpeara es la espinilla—. Tal vez Robyn pueda acompañar a Lee a su casa. ¿Qué os parece? Y los otros tres podéis ir al recinto y echar un buen vistazo. Todas esas luces… Quizá sea su base. O puede incluso que estén reteniendo allí a la gente. Una vez digerimos todo aquello, Robyn intervino: —Sí, es la mejor opción. Creo que los que no lleven ropa oscura, deberían regresar a casa para hacerse con alguna prenda, ¿qué os parece? Nos reunimos aquí, en la colina, a las tres de la mañana, ¿vale? —¿Y si alguien no regresa? —inquirió Fi en un hilo de voz. Una posibilidad aterradora. Tras unos minutos de silencio, ella misma respondió a su pregunta—. Propongo que, en el caso de que alguien no aparezca, esperemos hasta las tres y media. Después nos marcharíamos a toda prisa, pero volveríamos mañana por la noche, es decir, esta noche. Y que los que se queden atrás se mantengan bien escondidos durante el día. —Sí —coincidió Homer—. Es lo mejor que podemos hacer.
Kevin, Corrie y yo no necesitábamos ropa oscura, así que estábamos listos para partir. Nos pusimos en pie, abrazamos a los demás y les deseamos buena suerte. Un minuto más tarde, cuando volví la vista atrás, ya no los veía. Descendimos la colina en dirección a Warrigle Street, trepamos la verja de la casa de los Mathers y avanzamos sigilosamente a un lado de la carretera, manteniéndonos cerca de la línea de los árboles. Kevin iba a la cabeza. Yo rezaba que no se encontrara con ningún bicho. No era un buen momento para ponerse a chillar como un loco. A pesar del recinto ferial también se situaba en las afueras del pueblo, estaba justo en el extremo opuesto en donde nos encontrábamos. Nos quedaba una larga caminata por delante. Sin embargo, avanzamos con bastante rapidez al no tener que pasar por las calles principales. No es que Wirawee tenga demasiadas calles principales. Estar en movimiento me animaba: era lo único que me hacia mantener la cordura. Caminar en silencio sin dejar de observar lo que te rodeaba requiere una ingente cantidad de concentración. En ocasiones me distraía y hacía algún ruido, a lo que los otros dos contestaban volviéndose sobre sí mismos y fulminándome con la mirada. Yo me encogía de hombros, extendía los brazos y hacía una mueca. Seguía sin comprender que quizás aquello fuera cuestión de vida y muerte, que aquella era la situación más grave en la que me había visto metida nunca. Desde luego, lo sabía; solo que no era capaz de recordarlo cada segundo. Mi mente no era tan disciplinada. Y además, Kevin y Corrie tampoco eran tan sigilosos como pensaban. La oscuridad también era un inconveniente. Resultaba difícil no tropezarse con alguna piedra o pisar alguna ramita seca o, en una ocasión, tropezar con un cubo de basura. Al adentrarnos en Racecourse Road, nos sentimos algo más confiados, puesto que no había tantas viviendas por aquella zona. Cuando pasamos frente a la casa de la señora Alexander me detuve a oler las enormes rosas que crecían a lo largo de su valla. Me encantaba su jardín. Ella celebraba una fiesta todos los años, una fiesta de Navidad. Solo habían pasado unas pocas semanas desde que estuve allí mismo, bajo uno de sus manzanos, sujetando una bandeja de galletas y diciendo a Steve que no quería seguir saliendo con él. Tenía la sensación de que habían pasado cinco años. Fue una decisión dura, y el hecho de que Steve respondiese con tanta dulzura me hizo sentir peor. Puede que reaccionase así a propósito ¿O acaso era yo la cínica?
Me pregunté dónde estaría Steve y la señora Alexander y los Mathers y mamá y papá. Todo el mundo. ¿De verdad nos habían atacado, invadido? Era incapaz de imaginar cómo se sintieron, cuál fue su reacción. Tuvieron que quedarse estupefactos. Sin duda, alguien habría intentado oponer resistencia. Algunos de nuestro amigos no correspondían al tipo de personas que agachan la cabeza ante un grupo de soldados que aparece para arrebatarles sus tierras y casas. El señor George, por ejemplo. Un inspector de urbanismo acudió a su propiedad el año pasado para denegarle el permiso para la ampliación de su cobertizo de esquileo, y acabó demandándolo por amenazarlo con una palanca. En ese aspecto, mi padre también era muy testarudo. Esperaba que no se hubiese producido ningún incidente violento, que todos hubiesen sido razonables. Avancé a trompicones, sin dejar de pensar en mis padres. Nuestras vidas siempre habían transcurrido ajenas a los azares del mundo exterior. Claro que eso no significa que no nos afectaran las imágenes de guerras, hambrunas e inundaciones que veíamos en el telediario. Por mucho que, en algunas ocasiones, intentara ponerme en la piel de esas personas, me resultaba imposible. La imaginación tiene sus límites. El único efecto verdadero que el mundo exterior tenía sobre nosotros se limitaba a las variaciones de las cotizaciones de la lana o del ganado. Podía pasar que, en otro continente, a miles de kilómetros de distancia, un par de países firmaran un tratado agrícola y, un año más tarde, tuviéramos que despedir a uno de nuestros jornaleros. Pero, a pesar de nuestro aislamiento, de nuestra vida desprovista de glamour, me encantaba vivir en el campo. Otros no veían el momento de marcharse a la ciudad. Después de acabar los estudios, les faltaba tiempo para dirigirse con las maletas hechas a la estación de autobuses. Querían gentío, bullicio, tiendas de comida rápida y gigantescos centros comerciales. Querían adrenalina corriendo por sus venas. A mí me gustaban esas cosas, en pequeñas dosis, y sabía que me gustaría vivir una temporada en la ciudad. Pero también era consciente de que mi sitio estaba en campo abierto, aunque tuviese que pasar media vida con la cabeza metida en el motor de un tractor o rescatando corderos enganchados en vallas de alambre de espino, o saliendo llena de moretones tras las típicas coces de vacas que no quieren que te acerques a sus crías.
A aquellas alturas, seguía sin haber asimilado lo que había sucedido. No me sorprende. Disponíamos de poquísima información. No teníamos más que pistas, hipótesis, conjeturas. Por ejemplo, me negaba a plantearme la posibilidad de que mi madre o mi padre —o cualquier otro— hubiese resultado herido o muerto. Era consciente de que aquellas eran las consecuencias lógicas de una invasión, batalla o guerra, pero mi raciocinio quedaba encerrado en una cajita mientras que mi imaginación quedaba en otra caja completamente diferente. Y yo no dejaba que una se comunicara con la otra. Supongo que nunca llegas a asimilar que tus padres morirán algún día. Es como contemplar tu propia muerte. Mis sentimientos también estaban en otra caja. Durante esa expedición, hice lo que pude por mantenerlos bajo llave. Eso sí, acepté la posibilidad de que mis padres se encontraran retenidos en contra de su voluntad en algún lugar. Imaginé a mi padre, enfadado como un toro en un redil, negándose a aceptar lo que había sucedido, a someterse a una autoridad ajena. Ni siquiera se molestaría en intentar comprender lo ocurrido, por qué motivo había irrumpido esa gente. No querría saber qué idioma hablaban; cuáles eran sus ideas ni su cultura. Pese a la sensación de pavor y asombro que experimentaba, yo si quería comprender; todavía necesitaba respuestas a todas esas preguntas. El caso de mi madre sería bien distinto. Ella haría lo posible por mantener la cabeza fría, por no venirse abajo. La imaginé observando las colinas, tal vez a través de las rejas de un campo de prisioneros, haciendo caso omiso de las nimias distracciones, las voces de fondo, las vejaciones infligidas deliberadamente. Entonces me di cuenta de que estaba retratando a mis padres según lo que había visto en casa. Llegamos al final de Racecourse Road. Yo me había quedado rezagada detrás, y Kevin y Corrie me estaban esperando. Formamos una pequeña y discreta piña entre un árbol y una valla. Cualquiera que reparara en nosotros nos confundiría con algún tipo de oscuro y extraño arbusto. Empezaba a refrescar y, mientras aguardábamos agazapados; noté que mis dos compañeros estaban temblando. —Ahora que estamos tan cerca, tendremos que extremar las precauciones —susurró Kevin—. Intenta no volver a quedarte atrás, Ellie. 
—Lo siento. Estaba pensando. —Bueno, ¿cuál es el plan? —preguntó. —Acercarnos lo suficiente como para echar un vistazo —dijo Corrie—. No tenemos demasiado tiempo. La prioridad es andarse con cuidado. Si no logramos ver nada, volveremos a casa de Robyn. Si hay alguien ahí fuera, sería una estupidez dejar que nos vean y salgan tras nosotros. —Entendido —accedió Kevin, y se dispuso a enderezarse. Me sacaba de mis casillas. Era típico de él no molestarse en preguntar mi opinión. Tiré de él y lo arrastré hacia abajo. —¿Qué? —dijo—. Tenemos que movernos, Ellie. —Sí. Pero precipitarnos como idiotas es una cosa bien distinta. ¿Y si nos descubren? ¿Y si salen corriendo tras nosotros? Ya no podríamos regresar a casa de Robyn. Los conduciríamos directamente hacia allí. —Bueno, pues separémonos. Será más difícil perseguir a tres personas a la vez que a un solo grupo. En cuanto estemos seguros de que nadie nos sigue, iremos por separado a casa de Robyn. —De acuerdo —¿Eso es todo? —¡No! Si pensamos de un modo racional, como Homer hace un rato, no deberíamos acercarnos los tres al recinto. Que vaya uno solo mientras los demás se quedan aquí. Así reduciremos la posibilidad de que alguien nos vea. O las pérdidas en caso de que nos atrapen. —¡No! —protestó Corrie—. ¡Estás siendo demasiado racional! ¡Sois mis mejores amigos! ¡No quiero ser tan racional!
Pensándolo mejor, yo tampoco quería. 
—De acuerdo —accedí—. Todos para uno y uno para todos. Vamos. Seremos los tres mosqueteros. Cruzamos la carretera con el sigilo de una sombra y doblamos la esquina. La luz del recinto ferial se filtraba hasta ese punto, muy tenuemente, aunque era suficiente para marcar la diferencia. Nos detuvimos al llegar, nerviosos. Era como si un solo paso bajo la luz fuera a delatar nuestra presencia ante todo un ejército de centinelas hostiles. Ponía los pelos de punta. En aquel instante empecé a entender en qué consistía el verdadero coraje. Hasta entonces, todo me había parecido ficticio, como el típico juego en una noche de campamento. Pero emerger de esas sombras requeriría armarse de un valor que no conocía, que jamás había tenido que demostrar. Tuve que observar tanto mi cuerpo como mi mente con el fin de averiguar si otra faceta desconocida para mí se escondía en alguna parte. Tenía la sensación de que llevaba dentro ese espíritu, pero se trataba de un recurso al que nunca recurrí. Si lograba dar con él, podría hacerlo mío y quizá, solo quizá, pudiese empezar a disipar ese miedo que me paralizaba el cuerpo. Sí, tal vez fuera capaz de hacer algo tan peligroso y temible. Un simple movimiento era la clase para dar con ese espíritu. Había un árbol a unos cuatro pasos de mí, a mi izquierda, que la luz del recinto ferial iluminaba. De repente, me obligué a emerger de las sombras y acercarme hasta ahí en cuatro pasos tan ligeros como veloces: una sorprendente danza que me inyectó una pequeña dosis de orgullo y exaltación. ¡Eso es!, pensé. ¡Lo he conseguido! Había sido la danza del valor. Tuve la sensación entonces, y sigo teniéndola ahora, de que esos cuatro pasos me transformaron. En aquel instante dejé de ser una ingenua adolescente del campo para convertirme en otra persona, una persona más compleja y capaz; incluso diría que una persona capaz de hacer grandes cosas, no únicamente una niña obediente y educada. No tenía tiempo de explorar mi nuevo e interesante yo, pero me prometí a mí misma que lo haría más adelante. Cuando Corrie y Kevin se nos unieron momentos más tarde, aún me sentía algo exaltada. Intercambiamos una mirada y sonreímos, orgullosos, emocionados, algo sorprendidos también. 
—De acuerdo —dijo Kevin—. ¿Y ahora qué? De repente, era de mí de quien esperaba instrucciones. Puede que se hubiese percatado del cambio que acababa de experimentar. Claro que, a lo mejor, él también había cambiado. —Sigamos avanzando hacia la izquierda, de árbol en árbol. Tenemos que llegar hasta ese gran eucalipto de ahí. Nos situará frente a la zona de árboles talados. Desde ese punto tendremos buenas vistas. Me puse en marcha en cuanto terminé la frase. Estaba tan acelerada que no caí en que estaba haciendo con Kevin lo que yo le había reprochado minutos antes. Desde mi nueva posición avanzada, pude detectar movimiento: tres hombres uniformados salieron despacio de las sombras que había tras la tribuna y rodearon a paso firme el perímetro delimitado por la alambrada. Empuñaban algún tipo de arma, tal vez fusiles, pero estaban demasiado lejos para distinguirlo. Pese a las numerosas pistas de las que disponíamos, aquella fue la primera prueba que confirmó nuestras sospechas: un Ejército enemigo había invadido y tomado el control de nuestro país. Era increíble, espantoso. Una sensación de rabia y miedo se apoderó de mí. Quise gritarles que se marcharan de allí, pero también escapar y esconderme. No podía apartar la vista de ellos. Una vez desaparecieron de mi campo visual al pasar tras las cuadras, oí los rápidos y ligeros pasos de Kevin y Corrie que me alcanzaban. —¿Habéis visto a los hombres? —pregunté. —Bueno, sí y no —susurró Corrie—. En realidad, no eran todos hombres. Había al menos una mujer. —¿De verdad? ¿Estás segura? Ella se encogió de hombros. —¿Quieres que te diga también de qué color son sus botones? 
No insistí más. Corrie tiene una vista de lince. Seguimos avanzamos de árbol en árbol en pequeñas carreras hasta que, sin aliento, nos reunimos tras el gran eucalipto. Desde allí, observamos con cuidado la escena: Corrie, arrodillada, echaba un vistazo a la derecha del pie del árbol; Kevin, agachado, escrutaba a través de la horqueta; y yo, al otro lado, espiaba desde detrás del tronco. Nuestro punto de observación era bastante bueno: a unos sesenta metros de la valla, dominábamos un tercio del recinto ferial. Lo primero en lo que reparé fue en una serie de enormes tiendas de campaña que ocupaba parte de la superficie ovalada del recinto. Variaban en formas y colores, pero todas eran muy grandes. Lo segundo que vi fue a una pareja de soldados armados en la pista de carreras. No estaban haciendo nada en particular, allí estaban apostados, uno mirando hacia las tiendas, y el otro hacia los pabellones. Era obvio que se trataba de centinelas que vigilaban lo que fuera que se escondiera en el interior de las tiendas. Uno de ellos era una mujer; Corrie tenía razón. El recinto ferial seguía luciendo la decoración festiva, pese a que deberían haberla retirado cuatro días antes. Sin embargo, las norias y atracciones, la exposición de caravanas y tractores, los troncos apilados tras la tala y los remolques de comida rápida seguían allí. A lo lejos, a nuestra izquierda, permanecía el silencioso océano de vehículos aparcados, la mayoría ocultos en la noche, como animales descansando, el resto brillando bajo la luz artificial. Nuestro coche debía de encontrarse entre todos ellos. Puede que algunos perros hubieran quedado encerrados en el interior de los vehículos de sus dueños. Intenté no pensar en sus horribles agonías, como la que sufrieron nuestras propias mascotas. Puede que los soldados se hubiesen compadecido de ellos y los hubiesen rescatado cuando la operación llegó a su fin. Tal vez tuvieron tiempo de hacerlo.
Los observamos durante ocho minutos —yo misma los cronometré— antes de que sucediese algo. En el instante en que Kevin se inclinó detrás del tronco para susurrarme: «Deberíamos irnos» y yo asentí, un hombre emergió de una de las tiendas. Caminó con las manos en la cabeza y se quedó allí quieto. De inmediato, los centinelas despertaron de su letargo, y uno de ellos se dirigió aprisa hacia el hombre. El otro se enderezó y se volvió para mirarlo. El centinela y el hombre hablaron durante unos momentos antes de que este último, aún con las manos en la cabeza, se encaminara hacia el bloque de los aseos y desapareciese dentro. En el último segundo, cuando la luz de la puerta del aseo le iluminó el rostro, lo reconocí. Era el señor Coles, mi profesor de cuarto en el colegio de Wirrawee. Finalmente, ya no cabía ninguna duda. Un escalofrío me estremeció. Sentí que se me erizaba la piel. Aquella era la nueva realidad de nuestras vidas. Empecé a temblar, pero no disponía de tiempo para eso. Teníamos que irnos. Volvimos sobre nuestros pasos, a través del césped, retrocediendo de árbol en árbol. Recordé que un par de años antes hubo una gran polémica cuando el ayuntamiento quiso talar esos mismos árboles para ampliar el aparcamiento. Se armó tal revuelo que no tuvieron otra que dar marcha atrás. Sonreí para mí misma en la oscuridad, aunque sin alegría alguna. Menos mal que los buenos habían ganado. Nadie habría imaginado lo útiles que iban a ser esos árboles para nosotros. Alcancé el último árbol y di una suave palmada a su tronco. Sentí un gran afecto hacia él. Corrie estaba justo detrás de mí, y después apareció Kevin. —Casi ha pasado el peligro —dije, antes de retomar la marcha. Debí haber tocado madera una vez más, porque en el momento en que asomé la cabeza detrás del tronco, un tiroteo resonó detrás de mí. Las balas pasaron silbando junto a nosotros, arrancando enormes pedazos del árbol que quedaba a mi izquierda. Oí a Corrie y a Kevin soltar un grito. Tuve la sensación de que el miedo me separaba del suelo. Durante un momento, perdí el contacto con la tierra. Fue una emoción extraña, como si hubiese dejado de existir. Instantes después, me encontré abalanzándome hacia la esquina, rodando entre la hierba y serpenteando como una tijereta que busca refugio. Me volví para llamar a Kevin y Corrie pero, en cuanto me disponía a hacerlo, ambos cayeron sobre mí, cortándome la respiración. —Vámonos cagando leches —dijo Kevin, tirando de mí hacia arriba—. Se están acercando.
No sé bien cómo pero, sin aire en los pulmones, eché a correr por la carretera. Durante unos cientos de metros, el único sonido que pude percibir fue el de mis jadeos y el leve contacto de mis pies en la calzada. 
Aunque habíamos acordado, siguiendo la lógica, separarnos en caso de que nos persiguieran, no estaba dispuesta a hacerlo. En aquel momento, solo una bala podía haberme separado de esas dos personas. De pronto, se habían convertido en mi familia. Kevin volvía la vista atrás una y otra vez. —Salgamos de la carretera —resolló, justo cuando empezaba a retomar el aliento. Alcanzamos el camino de entrada de una casa. En cuanto pusimos un pie dentro, oí un grito. Una ráfaga de balas atravesó las ramas con una fuerza tremenda, como un fuerte golpe de viento. Me di cuenta de que corríamos enfrente de la casa de la señora Alexander. —Conozco este lugar —dije a los demás—. Seguidme. No es que tuviera un plan en mente; lo que no quería era seguir a alguien que no sabía hacia dónde se dirigía en medio de la oscuridad. El pánico seguía guiando mis pasos. Los conduje hasta la pista de tenis, intentando a la desesperada pensar en algo. Correr no nos bastaría. Aquella gente iba armada, se movería con rapidez y podía solicitar refuerzos sin problemas. Lo único que jugaba a nuestro favor era que desconocían si íbamos armados o no. Tal vez temieran que los lleváramos hacia una emboscada. Eso nos vendría bien. Pero mejor todavía habría sido poder conducirlos de verdad hasta una emboscada.
Rodeamos la parte trasera de la casa, donde había menos luz. Fue entonces cuando supe que, mientras fantaseaba con la idea de la emboscada, acababa de llevar a Kevin y Corrie hasta un callejón sin salida. No había valla ni puerta trasera, solo una hilera de edificios. Un siglo atrás, eran los cuartos de los sirvientes, la cocina y el lavadero. Ahora los utilizaban como garajes, cobertizos, trasteros. Detuve a mis dos amigos. Me aterrorizó la visión de sus rostros desfigurados por el pánico, en parte porque sabía que yo debía de presentar el mismo aspecto. Sus dientes y ojos resplandecían en la oscuridad y su descontrolada respiración parecía llenar el silencio de la noche, como un viento demoníaco. Me estaba viniendo abajo. Lo único que ocupaba mi mente era mi arrogancia por ocupar el liderazgo, por empecinarme en que sabía lo que hacía, podía costarnos la vida. Aún no estaba segura de si los demás se habían dado cuenta de lo ignorante que había sido. Me obligué a hablar, sin que por ello me dejasen de castañetear los dientes. No tenía la menor idea de lo que iba a decirles, y la rabia que sentía contra mí misma pareció canalizarse contra ellos. No estoy muy orgullosa de cómo actué aquella noche. —¡Callaos! ¡Callaos y escuchadme, por el amor de Dios! —exclamé—. Solo tenemos un par de minutos. Este es un jardín muy grande. No se adentrarán en plena noche. No saben nada de nosotros. —Me he hecho daño en la pierna —gimoteó Corrie. —¿Qué? ¿Te ha alcanzado una bala? —No, he tropezado con algo. Allí detrás. —Es un tractor cortacésped. Yo también he estado a punto de tropezar con él. Una lluvia de disparos nos interrumpió. Fue ensordecedora. Pudimos distinguir el resplandor del fuego escupido por las armas. Conforme observábamos, temblando, empezamos a entender su táctica. Avanzaban juntos, peinando el jardín y disparando a cualquier cosa que pudiese confundirse con una silueta humana: un arbusto, la parrilla de una barbacoa, una pila de estiércol. Lo más probable era que nos hubiesen visto el tiempo suficiente como para pensar que llevábamos las manos vacías. Aun así, seguían avanzando con cautela. Me costaba respirar. Al fin, empecé a pensar. Pero mi cerebro funcionaba de igual modo que mis pulmones, a sofocantes intervalos. —Sí, gasolina… Podemos intentar derramarla… No, eso les daría tiempo… Pero si la dejamos allí… Cerillas… y un cincel o algo parecido. —Ellie, ¿qué demonios estás diciendo?
—Buscad cerillas o un mechero. Y un cincel. Y también un martillo. Rápido. Daos prisa. Mirad en esos cobertizos. 
Nos separamos y nos dirigimos a toda prisa hacia los oscuros edificios. Corrie iba cojeando. Entré en un garaje. Avancé a tientas y localicé las frías y lisas líneas de un coche. Me encaminé hacia el asiento del acompañante. La puerta estaba abierta; como la mayoría de los vecinos del pueblo, la señora Alexander no se había molestado en cerrar con llave. Todos confiaban en todos. Era algo que iba a cambiar para siempre. Cuando la puerta se abrió, la luz interior, para mi horror, se encendió. Encontré el interruptor y la apagué. Hecho esto, me quedé inmóvil, temblando, esperando a que las balas acribillaran los muros del edificio. No ocurrió nada. Abrí la guantera, que estaba provista de una lucecita, más discreta; de todas formas, necesitaba algo de iluminación. Ahí estaba, la dichosa caja de cerillas. Por suerte, la señora Alexander era una fumadora empedernida. Cogí las cerillas, cerré de un golpe la guantera y salí corriendo del garaje; estaba tan encantada con el hallazgo que pasé por alto el hecho de que los soldados pudiesen aguardar fuera. Pero solo estaba Kevin. —¿Has encontrado algo? —El martillo y el cincel. —Te adoro, Kevin. —Oye, lo he oído —susurró Corrie desde la oscuridad. —Llevadme hasta el cortacésped —dije. Minutos antes, dos personas habían tropezado con él sin quererlo. Y ahora que los tres deseábamos localizarlo, nos resultó imposible. Pasaron dos minutos angustiosos. Sentí que la piel se me enfriaba cada vez más, como si unos insectos congelados reptaran sobre mi cuerpo. Al fin, concluí: —Es inútil. Dejémoslo. Aunque haciendo alarde de mi terquedad, como una idiota, seguí buscándolo.
Entonces, oímos un nuevo susurro de Corrie: —Ahí está. Kevin y yo convergimos hasta donde ella se encontraba y, en ese preciso instante, vi el haz de una linterna barrer una zona cercana a la puerta de la veranda. —Se acercan —dije—. Rápido. Ayudadme a empujarlo. Pero no hagáis ruido. Llevamos el cortacésped hasta un lateral del camino de entrada, cerca del muro de ladrillos del estudio de la señora Alexander. —¿Para qué necesitas el martillo y el cincel? —susurró Kevin con tono de urgencia. —Para perforar el depósito de gasolina —contesté—. Pero ahora que lo pienso, haríamos demasiado ruido. —¿Por qué quieres perforarlo? —preguntó—. ¿Por qué no desenroscar la tapa simplemente? No dejaba de sentirme como una estúpida. Más tarde, comprendí que había sido doblemente estúpida, porque el martillo y el cincel habrían bastado para provocar una chispa que nos habría hecho volar por los aires. Kevin había entendido lo que yo quería y desenroscó la tapa del depósito. —Tendremos que ponernos detrás del muro —susurré—. Y dejar un rastro de gasolina hasta allí.
Kevin asintió y se quitó la camiseta. La introdujo en el depósito y la empapó. Acto seguido, enroscó la tapa y utilizó la camiseta para trazar el reguero de combustible hasta la pared. Disponíamos de unos pocos segundos. Podíamos oír crujir la gravilla bajo unas pisadas medidas y amenazantes, y también algún esporádico murmullo. Distinguí la voz de un hombre y la de una mujer. Avisté de nuevo la luz de la linterna, que rozó el camino de entrada. —Tenemos que asegurarnos de que están todos juntos —me susurró Kevin al oído. Asentí. Yo misma acababa de ver ese problema. Pude ver dos siluetas negras, pero supuse que los tres centinelas que habíamos avistado antes nos seguían de cerca. Kevin lo confirmó, susurrándome de nuevo: —Antes, en la carretera, eran tres. Asentí otra vez antes de inspirar profundamente y dejar escapar un débil gemido de dolor. El efecto que produjo sobre los dos soldados fue inmediato. Se volvieron hacia nosotros como si llevaran un radar encima. Yo emití un pequeño suspiro y un sollozo. Uno de los soldados, el hombre, gritó apremiado en un idioma que no pude reconocer. Instantes después, el tercer soldado apareció tras la línea de árboles y se unió a los dos primeros. Intercambiaron unas cuantas palabras, señalando en nuestra dirección. Tuvieron que haber deducido ya que no íbamos armados: de haberlo estado, ya habríamos disparado unas cuantas veces. Se dispersaron un poco antes de encaminarse a paso lento hacia nosotros. Yo esperé y esperé, hasta que quedaron a unos tres metros del cortacésped. La pequeña y oscura forma aguardaba allí, como pidiendo a gritos que repararan en ella. Por primera vez, pude verles la cara y, entonces, rasqué la cerilla. No se encendió. Mi pulso, tan firme hasta aquel momento, empezó a fallarme. Pensé que estábamos a punto de morir por mi incapacidad de encender una cerilla. Me pareció injusto, ridículo. Lo intenté de nuevo, pero temblaba demasiado. Los soldados casi habían sobrepasado el cortacésped. Kevin me agarró por la muñeca. —Hazlo —me masculló, feroz, al oído.
A juzgar por el modo en el que los soldados volvieron sus ansiosos semblantes hacia nosotros, habían oído a Kevin. Rasqué la cerilla por tercera vez, casi segura de que no quedaría sulfuro suficiente para provocar la ignición. Pero se encendió, emitiendo un sonido áspero, y la lancé al suelo. Pero lo hice demasiado rápido; no sé ni cómo no se apagó. Debería haberlo hecho, y a punto estuvo de extinguirse. Primero, se ahogó en un diminuto punto de luz y, una vez más, pensé que estábamos condenados y que todo era por mi culpa. Y entonces, la gasolina prendió, emitiendo un zumbido breve y apagado. Las llamas se extendieron a trompicones por la línea de gasolina, cual serpiente indecisa, pero a gran velocidad. Los soldados lo vieron, desde luego. Se volvieron a mirar y se estremecieron. Cogidos por sorpresa, no fueron capaces de actuar con suficiente rapidez, lo mismo me habría pasado a mí. Uno enderezó el brazo, como para apuntar. Otro se inclinó hacia atrás, casi a cámara lenta. Esa es la última imagen que tengo de ellos, porque Kevin tiró de mí tras el muro de ladrillo y, un instante más tarde, el cortacésped se convirtió en una bomba. La noche pareció iluminarse. El muro se sacudió y de nuevo se quedó quieto. Una pequeña bola naranja desgarró la oscuridad, proyectando pequeñas balas de fuego. El sonido fue ensordecedor y espeluznante. Los oídos me dolían. Pude ver trozos de metralla despedidos hacia los árboles, y oí y sentí una serie de pedacitos clavándose en el muro tras el cual nos escondíamos. Kevin tiraba de mí, diciendo: —Corre, corre. Al mismo tiempo, empezaron los gritos al otro lado del muro. Echamos a correr en medio de los árboles frutales y bajamos la cuesta en diagonal, pasamos frente al gallinero y alcanzamos la valla de la señora Alexander en la esquina que colindaba con la siguiente propiedad. Los gritos que oíamos a nuestras espaldas desgarraron la noche. Creí que cuanto más rápido y más lejos corriésemos, menos tardarían los gritos en extinguirse. Pero no sucedió así. Yo ya no sabía si los estaba oyendo de verdad o si resonaban en mi mente en un eco prolongado. —En el momento justo —resolló Corrie detrás de mí.
Tardé un minuto en entender a qué se refería con aquello: era el momento de reencontrarse con los demás. 
—Podemos dirigirnos directamente hacia allí —dijo Kevin. —¿Cómo tienes la pierna, Corrie? —pregunté, intentando sin mucho éxito volver a la normalidad. —Está bien —contestó. Vimos que unos focos se aproximaban. Nos agazapamos en un jardín mientras un camión pasaba a toda velocidad. Se trataba de un camión plataforma de la ferretería de Wirrawee, pero en lugar de herramientas de jardín, eran soldados lo que transportaba en la parte trasera. Aunque solo eran dos. Corrimos sin parar hasta Warrigle Street y galopamos a lo largo del empinado camino de los Mathers, sin tomar precaución alguna. Nos costaba mucho respirar. Mis piernas respondían despacio, como si fuera una anciana. Me dolían un montón. Me detuve y esperé a Corrie, y luego seguimos andando juntas, cogidas de la mano. No nos sentíamos capaces de hacer nada más, ni de ir más rápido ni de enfrentarnos a nadie. Homer y Fi estaban allí, rodeados de bicicletas, que ya sumaban siete. Ya no tendríamos que compartir las bicicletas, pero paradójicamente solo quedábamos cinco. No había rastro de Robyn ni de Lee. Pasaban cinco minutos de las tres y media, y desde la cima de la colina podíamos ver varios vehículos abandonando el recinto ferial, todos en dirección a Racecourse Road. Uno de ellos era la ambulancia de Wirrawee. No podíamos esperar más. Tras mascullar unas cuantas palabras cansadas entre nosotros —principalmente para confirmar que la casa de Fi también estaba vacía— nos montamos a las frías bicicletas y bajamos la colina. No sé cómo se sintieron los demás, pero yo tenía la impresión de pedalear de forma estática. Me enderecé y obligué a mis piernas a forzar la marcha. Conforme entrábamos en calor, todos fuimos cogiendo más y más velocidad. Me parecía increíble que fuésemos capaces de reunir más energía. En mi caso, la simple necesidad de mantener el ritmo y de no quedar rezagada me permitía seguir acelerando. Para cuando pasamos el cartel de «Bienvenidos a Wirrawee», huíamos como alma que lleva el diablo.

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