Fue un suplicio esperar a que oscureciese. Siempre había alguien que se impacientaba: «De acuerdo, ya es suficiente, vamos», antes de que otra persona le parara los pies: «No, espera, todavía hay demasiada luz». Ese es el inconveniente del verano: los días son larguísimos. Habíamos tomado la decisión de no correr riesgo alguno y nos atendríamos a ella. La luna tardó en salir. Su contorno era tan fino que cuando salimos a la calle, apenas se veía nada. Llevábamos un par de linternas que Homer había encontrado, pero acordamos no utilizarlas si no era absolutamente necesario. Dejamos a Millie en la cocina de Homer, sobre una manta. Estaba demasiado débil para ir a ninguna otra parte. Caminamos un kilómetro y medio por la carretera y, después, viramos hacia el último prado de los Yannos, donde tomaríamos un atajo para alcanzar el sendero que conducía a casa de Kevin. Yo avanzaba junto a Homer. Apenas hablamos, excepto cuando de repente recordé que no le había preguntado acerca de sus perros. —Solo nos quedaban dos —contestó—. Y no estaban allí. No estoy seguro de adónde pueden haber ido. Padecían un grave problema de eccema y creo recordar que mi padre habló de llevarlos al veterinario. No sabría decir si realmente lo dijo o si lo he soñado.
En cuanto alcanzamos
el sendero, Kevin empezó a correr. Todavía faltaban dos kilómetros para llegar
pero, sin mediar palabra, todos salimos tras él. Kevin es un tipo grandote; no
tiene la constitución de un esprínter. Avanzaba con pesadez, como un percherón
al trote aunque, por una vez, no pudimos seguirle el ritmo, a excepción de
Robyn, que siempre estaba en forma. Al cabo de un rato los perdí de vista, pero
me llegaban los jadeos de Kevin a través de la oscuridad. Conforme nos
acercábamos a la casa, Lee advirtió: —Ándate con ojo cuando llegues, Kevin. —Pero no obtuvo
respuesta. Supuse que Robyn y Kevin nos llevaban dos o tres minutos de ventaja.
Aunque de nada sirvió. La casa presentaba el mismo escenario que la de Homer y
la mía: tres perros pastores que, todavía encadenados, no sobrevivieron; una
cacatúa muerta en una jaula de la veranda y, en los escalones de esta, dos
corderos huérfanos adoptados por la familia que corrieron la misma suerte. Sin
embargo, su vieja corgi estaba encerrada en el interior de la casa, y disponía
de un cuenco de comida y otro de agua en el lavadero. La perra estaba viva,
pero como había empleado una de las habitaciones a modo de retrete, el hedor
era insoportable. Al ver a Kevin, se puso contentísima; cuando llegamos aún
seguía lamiéndole la cara, emitiendo lastimosos quejidos y realizando alegres
acrobacias. Era tal su emoción que la perra se hizo pis encima. Corrie, con
semblante grave, apareció con una fregona y un puñado de trapos. La conocía lo
suficiente para saber que siempre que las cosas se ponían demasiado
sentimentales, le daba por limpiar. Qué manía tan útil. Celebramos otra breve
asamblea. Por lo visto, nos sobraban tanto los problemas como las opciones.
Robyn tuvo la brillante idea de recurrir a las bicicletas: veloces y silenciosas,
eran el modo de transporte perfecto. Kevin tenía dos hermanitos, de modo que
nos hicimos con las tres bicis aparcadas en el cobertizo. Homer preguntó si
sabíamos de alguna persona que no pensaba asistir a la feria; se le ocurrió que
dar con alguien que se hubiese quedado en casa aquel día podría ayudarnos a
resolver el misterio. Lee dijo que dudaba que sus padres hubiesen asistido: sus
hermanas y hermanos solían acudir, pero no sus padres. Kevin insistió en
llevarse a la corgi, Flip, con nosotros. Se negaba a dejarla allí
después de lo mal que lo abría pasado. Nos vimos enfrentados a un dilema. Todos
sentimos pena por la perra, que seguía a Kevin como a una sombra, como si la
llevara atada a una correa invisible de un metro. Pero empezábamos a estar cada
vez más preocupados por nuestra propia seguridad. Finalmente, acordamos
llevarla con nosotros hasta casa de Corrie y, según lo que encontrásemos allí,
tomar una decisión u otra.
—Kevin —le advirtió Lee—. Es posible que nos veamos obligados
a tomar decisiones difíciles. Él se limitó a asentir. Era consciente de ello.
Robyn, a quien se le había ocurrido la idea de las bicicletas, recorrió al
trote la mayor parte del camino a casa de Corrie. Solo podían ir dos personas
en cada bicicleta y ella insistió que no le vendría mal hacer algo de
ejercicio. Homer llevaba a Kevin, quien a su vez cargaba con Flip. En un
éxtasis de amor y gratitud, la perrita pasó todo el trayecto lamiéndole la
cara. Habría sido una escena muy graciosa si nos hubiesen quedado fuerzas emocionales
para reírnos. En la imagen que siempre recordaré de nuestra llegada a casa de
Corrie, ella estaba deshecha en lágrimas, sola en medio del salón. Y tras
comprobar el resto de las habitaciones, aparecía Kevin, la veía y se apresuraba
hacia su lado para estrecharla en sus brazos y sujetarla con fuerza.
Permanecieron así durante varios minutos. Aprecié mucho aquel gesto de Kevin.
Dada la insistencia de Robyn, accedimos a comer algo antes de hacer nada más.
Mantuvo la cabeza fría toda la tarde, y seguía con pleno dominio de sus
facultades, pese a saber que la próxima etapa nos llevaría a su casa. Homer,
ella y yo hicimos unos bocadillos con pan duro y salami, y unas lechugas y
tomates que recogimos del reputado huerto de la señora Mackenzie. También encontramos
un cartón de leche, así que preparamos café y té en un hornillo portátil. Entre
la boca seca y el nudo en la garganta, nos costó probar bocado. Sin embargo, no
daríamos la cena por concluida hasta que cada uno comiera al menos un
bocadillo. Nuestros estómagos lo agradecieron, y nuestra moral también. Durante
la comida, resolvimos que iríamos a casa de Robyn aun a sabiendas de que
aquello suponía enfrentarse a una nueva serie de dificultades. En medio del
campo, donde prácticamente vivíamos todos, donde el aire era puro y los prados
extensos y desiertos, nos movíamos con relativa tranquilidad. El peligro no se
nos antojaba real. Sabíamos que de haber peligro, nos estarían aguardando en el
pueblo.
Robyn detalló, para los que no habían estado allí, la
distribución de su casa, así como la zona de Wirrawee donde se situaba su
propiedad. Pensamos que sería más seguro ir por Coachman Lane, un camino de
tierra que desembocaba en un terreno de unas cuatro hectáreas, al final del
cual se encontraban algunas casas, entre ellas la de Robyn. Desde la colina que
se alzaba tras su casa, podríamos abarcar el pueblo y hacernos una idea de la
situación. Había llegado el momento de marcharse. Corrie esperaba en la entrada
a que yo saliese del baño. Se me olvidó que los Mackenzie no disponían del
suministro de agua urbano y su inodoro se accionaba mediante una bomba de
presión que funcionaba con electricidad. Así que tuve que bajar a la tina del
huerto, llenar un cubo de agua, regresar al baño para llenar la cisterna y por
fin tirar de la cadena. Corrie empezaba a impacientarse, y yo la hice esperar
más de lo previsto. Y a en el pasillo, pasé junto al teléfono y reparé que
había un mensaje en el fax. —Corrie —grité—. ¿Quieres ver esto? —Lo sostuve en
alto y cuando la vi encaminarse hacia mí, añadí—. Probablemente sea viejo, pero
nunca se sabe. Ella lo cogió. A medida que avanzaba en su lectura, vi que se
quedaba boquiabierta. Una expresión de espanto pareció deformar su rostro,
estrechándolo, alargándolo. Me miró con ojos como platos antes de devolverme el
papel. Mientras yo lo leía, permaneció allí plantada, temblando. Leí las
siguientes palabras, bruscos garabatos escritos del puño del señor Mackenzie. Corrie,
estoy en la secretaría de la feria. Algo va mal. La gente dice que no son más
que unas maniobras del Ejército, pero prefiero enviarte esto, por si acaso.
Después me marcharé a casa para romper este mensaje en pedacitos y así nadie
sabrá nunca lo idiota que he sido. Pero, Corrie, si lees esto, vete al monte.
Ten muchísimo cuidado. No salgas de allí hasta que sepas que no hay peligro. Te
quiero mucho, cariño, Papá.
Las últimas veinte palabras o así quedaban subrayadas, desde
«vete al monte» hasta el final. Intercambiamos una larga mirada, antes de
darnos un fuerte abrazo. A ambas se nos escapó alguna lágrima; salimos de la
casa corriendo para mostrárselo a los demás. Creo que aquel día agoté todas mis
lágrimas porque, desde entonces, no he vuelto a llorar. Al marcharnos de casa
de los Mackenzie, procedimos con suma cautela. Por primera vez, actuamos como
gente que se sabe involucrada en una guerra, como soldados, como guerrilleros.
Corrie nos dijo: —Siempre me río de papá por ser tan precavido. Si hasta se
lleva a todos lados un nivel de burbuja. Pero su lema favorito es: «El tiempo
dedicado a ser precavidos, nunca es tiempo perdido». Tal vez sea buena idea
hacerlo nuestro por una temporada. Conseguimos otra bici, la de Corrie. De este
modo, adoptábamos un modo de movernos que pensamos era un justo equilibrio
entre velocidad y seguridad. Fijamos puntos de referencia, y el primero era la
vieja iglesia de Cristo. Una primera pareja, Robyn y Lee en este caso, se
desplazaría hasta allí. Si consideraban que no había peligro, regresarían y
dejarían caer un paño de cocina en la calle, a unos doscientos metros de la
iglesia. La pareja siguiente partiría cinco minutos después de Robyn y Lee y,
los tres últimos, al cabo de otros cinco minutos. Acordamos no hacer el menor
ruido. Dejamos la vieja corgi de Kevin, Flip, atada en casa de los
Mackenzie. Nuestro temor nos obligaba a pensar en cada detalle.
Sin embargo, el
trayecto a casa de Robyn sucedió sin mayor contratiempo. Lento, pero sin
incidentes. Encontramos su casa en el mismo estado que las demás: vacía,
invadida por los olores e incluso cubierta ya de telarañas. Aquello me hizo
pensar en lo rápido que se podía desmoronar una casa si nadie se ocupaba de
ella. Siempre me habían parecido tan sólidas, tan perennes. Como ese poema que
siempre recitaba mi madre: «Vosotros, poderosos, mirad mi obra y desesperad».2 Ese era el único
verso que recordaba y, por primera vez, vislumbraba la verdad que encerraba.
Era la una y media de la madrugada. Ascendimos la colina que se alzaba tras la
casa de Robyn y observamos Wirrawee. De repente, me sentí muy cansada. El
pueblo estaba sumido en las tinieblas; no había ni una farola encendida. Sin
embargo, debía de haber corriente porque unos focos muy potentes —los que
solían utilizar en las pistas de carreras— iluminaban el recinto ferial, y también
despuntaban las luces de un par de edificios en el centro del pueblo. Tomamos
asiento y discutimos en voz baja cuál sería el siguiente paso. No nos
replanteamos la idea de dirigirnos a casa de Fi y de Lee. No porque esperásemos
encontrar a alguien ahí, sino porque cinco de nosotros habíamos visto nuestras
casas, la desolación que allí reinaba, habíamos tenido la oportunidad de
enfrentarnos a esa realidad, y era justo que los dos que quedaban disfrutaran
del mismo derecho. Un camión salió a marcha reducida del recinto ferial y se
dirigió hacia uno de los edificios iluminados, en Barker Street, creo.
Enmudecimos y observamos con atención. Desde el día que vimos los aviones,
aquella era la primera señal de vida humana después de la nuestra. Entonces, Homer
hizo una sugerencia que no fue muy bien recibida: —Creo que deberíamos
separarnos. Se oyó un susurro de alaridos, de protestas, si es que tal cosa es
posible. Aquello ya distaba de la iniciativa de Kevin y Corrie cuando se
ofrecieron a ir por su cuenta. Lo único que ambos pretendían era no obligarnos
a irnos de la casa de Homer. Pero este no se daría por vencido tan fácilmente.
—Debemos salir del
pueblo antes de que amanezca. Es una buena caminata y andamos cortos de tiempo.
Patearse estas calles no va a ser fácil ni rápido. Estamos cansados y eso ya
nos hará ir más lentos, sin mencionar que debemos andarnos con pies de plomo.
Además, dos personas pueden moverse más deprisa que siete. Por último, seamos
sinceros: si hay soldados y detienen a uno de nosotros… bueno, mejor
dos que siete. No me hace ninguna gracia decirlo, pero cinco
personas libres y dos enchironadas pinta mejor como ecuación que cero libres y
siete tras las rejas. Ya sabéis que soy un genio de las matemáticas. Nos había
dejado sin habla. Sabíamos que tenía razón, excepto quizás en lo que atañía a
matemáticas. —¿Qué propones exactamente? —dijo Kevin. —Yo iré con Fi. Siempre
he querido ver cómo es por dentro una de esas casas de ricachones de la parte
alta del pueblo. Esta es mi gran oportunidad. —Fi le dirigió una débil patada
que él dejo que lo golpeara es la espinilla—. Tal vez Robyn pueda acompañar a
Lee a su casa. ¿Qué os parece? Y los otros tres podéis ir al recinto y echar un
buen vistazo. Todas esas luces… Quizá sea su base. O puede incluso que estén
reteniendo allí a la gente. Una vez digerimos todo aquello, Robyn intervino:
—Sí, es la mejor opción. Creo que los que no lleven ropa oscura, deberían
regresar a casa para hacerse con alguna prenda, ¿qué os parece? Nos reunimos
aquí, en la colina, a las tres de la mañana, ¿vale? —¿Y si alguien no regresa?
—inquirió Fi en un hilo de voz. Una posibilidad aterradora. Tras unos minutos
de silencio, ella misma respondió a su pregunta—. Propongo que, en el caso de
que alguien no aparezca, esperemos hasta las tres y media. Después nos
marcharíamos a toda prisa, pero volveríamos mañana por la noche, es decir, esta
noche. Y que los que se queden atrás se mantengan bien escondidos durante el
día. —Sí —coincidió Homer—. Es lo mejor que podemos hacer.
Kevin, Corrie y yo
no necesitábamos ropa oscura, así que estábamos listos para partir. Nos pusimos
en pie, abrazamos a los demás y les deseamos buena suerte. Un minuto más tarde,
cuando volví la vista atrás, ya no los veía. Descendimos la colina en dirección
a Warrigle Street, trepamos la verja de la casa de los Mathers y avanzamos
sigilosamente a un lado de la carretera, manteniéndonos cerca de la línea de los árboles. Kevin iba a la cabeza. Yo rezaba que no
se encontrara con ningún bicho. No era un buen momento para ponerse a chillar
como un loco. A pesar del recinto ferial también se situaba en las afueras del
pueblo, estaba justo en el extremo opuesto en donde nos encontrábamos. Nos quedaba
una larga caminata por delante. Sin embargo, avanzamos con bastante rapidez al
no tener que pasar por las calles principales. No es que Wirawee tenga
demasiadas calles principales. Estar en movimiento me animaba: era lo único que
me hacia mantener la cordura. Caminar en silencio sin dejar de observar lo que
te rodeaba requiere una ingente cantidad de concentración. En ocasiones me
distraía y hacía algún ruido, a lo que los otros dos contestaban volviéndose
sobre sí mismos y fulminándome con la mirada. Yo me encogía de hombros,
extendía los brazos y hacía una mueca. Seguía sin comprender que quizás aquello
fuera cuestión de vida y muerte, que aquella era la situación más grave en la
que me había visto metida nunca. Desde luego, lo sabía; solo que no era capaz
de recordarlo cada segundo. Mi mente no era tan disciplinada. Y además, Kevin y
Corrie tampoco eran tan sigilosos como pensaban. La oscuridad también era un
inconveniente. Resultaba difícil no tropezarse con alguna piedra o pisar alguna
ramita seca o, en una ocasión, tropezar con un cubo de basura. Al adentrarnos
en Racecourse Road, nos sentimos algo más confiados, puesto que no había tantas
viviendas por aquella zona. Cuando pasamos frente a la casa de la señora
Alexander me detuve a oler las enormes rosas que crecían a lo largo de su
valla. Me encantaba su jardín. Ella celebraba una fiesta todos los años, una
fiesta de Navidad. Solo habían pasado unas pocas semanas desde que estuve allí
mismo, bajo uno de sus manzanos, sujetando una bandeja de galletas y diciendo a
Steve que no quería seguir saliendo con él. Tenía la sensación de que habían
pasado cinco años. Fue una decisión dura, y el hecho de que Steve respondiese
con tanta dulzura me hizo sentir peor. Puede que reaccionase así a propósito ¿O
acaso era yo la cínica?
Me pregunté dónde
estaría Steve y la señora Alexander y los Mathers y mamá y papá. Todo el mundo.
¿De verdad nos habían atacado, invadido? Era incapaz de imaginar cómo se
sintieron, cuál fue su reacción. Tuvieron que quedarse estupefactos. Sin duda,
alguien habría intentado oponer resistencia. Algunos de nuestro amigos no
correspondían al tipo de personas que agachan la cabeza ante un grupo de
soldados que aparece para arrebatarles sus tierras y casas. El señor George,
por ejemplo. Un inspector de urbanismo acudió a su propiedad el año pasado para
denegarle el permiso para la ampliación de su cobertizo de esquileo, y acabó
demandándolo por amenazarlo con una palanca. En ese aspecto, mi padre también
era muy testarudo. Esperaba que no se hubiese producido ningún incidente
violento, que todos hubiesen sido razonables. Avancé a trompicones, sin dejar
de pensar en mis padres. Nuestras vidas siempre habían transcurrido ajenas a
los azares del mundo exterior. Claro que eso no significa que no nos afectaran
las imágenes de guerras, hambrunas e inundaciones que veíamos en el telediario.
Por mucho que, en algunas ocasiones, intentara ponerme en la piel de esas
personas, me resultaba imposible. La imaginación tiene sus límites. El único
efecto verdadero que el mundo exterior tenía sobre nosotros se limitaba a las
variaciones de las cotizaciones de la lana o del ganado. Podía pasar que, en
otro continente, a miles de kilómetros de distancia, un par de países firmaran
un tratado agrícola y, un año más tarde, tuviéramos que despedir a uno de
nuestros jornaleros. Pero, a pesar de nuestro aislamiento, de nuestra vida
desprovista de glamour, me encantaba vivir en el campo. Otros no veían
el momento de marcharse a la ciudad. Después de acabar los estudios, les
faltaba tiempo para dirigirse con las maletas hechas a la estación de
autobuses. Querían gentío, bullicio, tiendas de comida rápida y gigantescos
centros comerciales. Querían adrenalina corriendo por sus venas. A mí me
gustaban esas cosas, en pequeñas dosis, y sabía que me gustaría vivir una
temporada en la ciudad. Pero también era consciente de que mi sitio estaba en
campo abierto, aunque tuviese que pasar media vida con la cabeza metida en el
motor de un tractor o rescatando corderos enganchados en vallas de alambre de
espino, o saliendo llena de moretones tras las típicas coces de vacas que no
quieren que te acerques a sus crías.
A aquellas alturas,
seguía sin haber asimilado lo que había sucedido. No me sorprende. Disponíamos
de poquísima información. No teníamos más que pistas, hipótesis, conjeturas.
Por ejemplo, me negaba a plantearme la posibilidad de que mi madre o mi padre
—o cualquier otro— hubiese resultado herido o muerto. Era consciente de que aquellas eran las consecuencias lógicas de una invasión,
batalla o guerra, pero mi raciocinio quedaba encerrado en una cajita mientras
que mi imaginación quedaba en otra caja completamente diferente. Y yo no dejaba
que una se comunicara con la otra. Supongo que nunca llegas a asimilar que tus
padres morirán algún día. Es como contemplar tu propia muerte. Mis sentimientos
también estaban en otra caja. Durante esa expedición, hice lo que pude por
mantenerlos bajo llave. Eso sí, acepté la posibilidad de que mis padres se
encontraran retenidos en contra de su voluntad en algún lugar. Imaginé a mi
padre, enfadado como un toro en un redil, negándose a aceptar lo que había
sucedido, a someterse a una autoridad ajena. Ni siquiera se molestaría en
intentar comprender lo ocurrido, por qué motivo había irrumpido esa gente. No
querría saber qué idioma hablaban; cuáles eran sus ideas ni su cultura. Pese a
la sensación de pavor y asombro que experimentaba, yo si quería comprender;
todavía necesitaba respuestas a todas esas preguntas. El caso de mi madre sería
bien distinto. Ella haría lo posible por mantener la cabeza fría, por no
venirse abajo. La imaginé observando las colinas, tal vez a través de las rejas
de un campo de prisioneros, haciendo caso omiso de las nimias distracciones,
las voces de fondo, las vejaciones infligidas deliberadamente. Entonces me di
cuenta de que estaba retratando a mis padres según lo que había visto en casa.
Llegamos al final de Racecourse Road. Yo me había quedado rezagada detrás, y
Kevin y Corrie me estaban esperando. Formamos una pequeña y discreta piña entre
un árbol y una valla. Cualquiera que reparara en nosotros nos confundiría con
algún tipo de oscuro y extraño arbusto. Empezaba a refrescar y, mientras
aguardábamos agazapados; noté que mis dos compañeros estaban temblando. —Ahora
que estamos tan cerca, tendremos que extremar las precauciones —susurró Kevin—.
Intenta no volver a quedarte atrás, Ellie.
—Lo siento. Estaba pensando. —Bueno, ¿cuál es el plan?
—preguntó. —Acercarnos lo suficiente como para echar un vistazo —dijo Corrie—.
No tenemos demasiado tiempo. La prioridad es andarse con cuidado. Si no
logramos ver nada, volveremos a casa de Robyn. Si hay alguien ahí fuera, sería
una estupidez dejar que nos vean y salgan tras nosotros. —Entendido —accedió
Kevin, y se dispuso a enderezarse. Me sacaba de mis casillas. Era típico de él
no molestarse en preguntar mi opinión. Tiré de él y lo arrastré hacia abajo.
—¿Qué? —dijo—. Tenemos que movernos, Ellie. —Sí. Pero precipitarnos como
idiotas es una cosa bien distinta. ¿Y si nos descubren? ¿Y si salen corriendo
tras nosotros? Ya no podríamos regresar a casa de Robyn. Los conduciríamos
directamente hacia allí. —Bueno, pues separémonos. Será más difícil perseguir a
tres personas a la vez que a un solo grupo. En cuanto estemos seguros de que
nadie nos sigue, iremos por separado a casa de Robyn. —De acuerdo —¿Eso es
todo? —¡No! Si pensamos de un modo racional, como Homer hace un rato, no
deberíamos acercarnos los tres al recinto. Que vaya uno solo mientras los demás
se quedan aquí. Así reduciremos la posibilidad de que alguien nos vea. O las
pérdidas en caso de que nos atrapen. —¡No! —protestó Corrie—. ¡Estás siendo
demasiado racional! ¡Sois mis mejores amigos! ¡No quiero ser tan racional!
Pensándolo mejor, yo
tampoco quería.
—De acuerdo —accedí—. Todos para uno y uno para todos. Vamos.
Seremos los tres mosqueteros. Cruzamos la carretera con el sigilo de una sombra
y doblamos la esquina. La luz del recinto ferial se filtraba hasta ese punto,
muy tenuemente, aunque era suficiente para marcar la diferencia. Nos detuvimos
al llegar, nerviosos. Era como si un solo paso bajo la luz fuera a delatar
nuestra presencia ante todo un ejército de centinelas hostiles. Ponía los pelos
de punta. En aquel instante empecé a entender en qué consistía el verdadero
coraje. Hasta entonces, todo me había parecido ficticio, como el típico juego
en una noche de campamento. Pero emerger de esas sombras requeriría armarse de
un valor que no conocía, que jamás había tenido que demostrar. Tuve que
observar tanto mi cuerpo como mi mente con el fin de averiguar si otra faceta
desconocida para mí se escondía en alguna parte. Tenía la sensación de que
llevaba dentro ese espíritu, pero se trataba de un recurso al que nunca
recurrí. Si lograba dar con él, podría hacerlo mío y quizá, solo quizá, pudiese
empezar a disipar ese miedo que me paralizaba el cuerpo. Sí, tal vez fuera
capaz de hacer algo tan peligroso y temible. Un simple movimiento era la clase
para dar con ese espíritu. Había un árbol a unos cuatro pasos de mí, a mi
izquierda, que la luz del recinto ferial iluminaba. De repente, me obligué a
emerger de las sombras y acercarme hasta ahí en cuatro pasos tan ligeros como
veloces: una sorprendente danza que me inyectó una pequeña dosis de orgullo y
exaltación. ¡Eso es!, pensé. ¡Lo he conseguido! Había sido la danza del valor.
Tuve la sensación entonces, y sigo teniéndola ahora, de que esos cuatro pasos
me transformaron. En aquel instante dejé de ser una ingenua adolescente del
campo para convertirme en otra persona, una persona más compleja y capaz;
incluso diría que una persona capaz de hacer grandes cosas, no únicamente una
niña obediente y educada. No tenía tiempo de explorar mi nuevo e interesante
yo, pero me prometí a mí misma que lo haría más adelante. Cuando Corrie y Kevin
se nos unieron momentos más tarde, aún me sentía algo exaltada. Intercambiamos
una mirada y sonreímos, orgullosos, emocionados, algo sorprendidos también.
—De acuerdo —dijo Kevin—. ¿Y ahora qué? De repente, era de mí
de quien esperaba instrucciones. Puede que se hubiese percatado del cambio que
acababa de experimentar. Claro que, a lo mejor, él también había cambiado.
—Sigamos avanzando hacia la izquierda, de árbol en árbol. Tenemos que llegar
hasta ese gran eucalipto de ahí. Nos situará frente a la zona de árboles
talados. Desde ese punto tendremos buenas vistas. Me puse en marcha en cuanto
terminé la frase. Estaba tan acelerada que no caí en que estaba haciendo con
Kevin lo que yo le había reprochado minutos antes. Desde mi nueva posición
avanzada, pude detectar movimiento: tres hombres uniformados salieron despacio
de las sombras que había tras la tribuna y rodearon a paso firme el perímetro
delimitado por la alambrada. Empuñaban algún tipo de arma, tal vez fusiles,
pero estaban demasiado lejos para distinguirlo. Pese a las numerosas pistas de
las que disponíamos, aquella fue la primera prueba que confirmó nuestras
sospechas: un Ejército enemigo había invadido y tomado el control de nuestro
país. Era increíble, espantoso. Una sensación de rabia y miedo se apoderó de
mí. Quise gritarles que se marcharan de allí, pero también escapar y
esconderme. No podía apartar la vista de ellos. Una vez desaparecieron de mi
campo visual al pasar tras las cuadras, oí los rápidos y ligeros pasos de Kevin
y Corrie que me alcanzaban. —¿Habéis visto a los hombres? —pregunté. —Bueno, sí
y no —susurró Corrie—. En realidad, no eran todos hombres. Había al menos una
mujer. —¿De verdad? ¿Estás segura? Ella se encogió de hombros. —¿Quieres que te
diga también de qué color son sus botones?
No insistí más. Corrie tiene una vista de lince. Seguimos
avanzamos de árbol en árbol en pequeñas carreras hasta que, sin aliento, nos
reunimos tras el gran eucalipto. Desde allí, observamos con cuidado la escena:
Corrie, arrodillada, echaba un vistazo a la derecha del pie del árbol; Kevin,
agachado, escrutaba a través de la horqueta; y yo, al otro lado, espiaba desde
detrás del tronco. Nuestro punto de observación era bastante bueno: a unos
sesenta metros de la valla, dominábamos un tercio del recinto ferial. Lo
primero en lo que reparé fue en una serie de enormes tiendas de campaña que
ocupaba parte de la superficie ovalada del recinto. Variaban en formas y
colores, pero todas eran muy grandes. Lo segundo que vi fue a una pareja de
soldados armados en la pista de carreras. No estaban haciendo nada en
particular, allí estaban apostados, uno mirando hacia las tiendas, y el otro
hacia los pabellones. Era obvio que se trataba de centinelas que vigilaban lo
que fuera que se escondiera en el interior de las tiendas. Uno de ellos era una
mujer; Corrie tenía razón. El recinto ferial seguía luciendo la decoración
festiva, pese a que deberían haberla retirado cuatro días antes. Sin embargo,
las norias y atracciones, la exposición de caravanas y tractores, los troncos
apilados tras la tala y los remolques de comida rápida seguían allí. A lo
lejos, a nuestra izquierda, permanecía el silencioso océano de vehículos
aparcados, la mayoría ocultos en la noche, como animales descansando, el resto
brillando bajo la luz artificial. Nuestro coche debía de encontrarse entre
todos ellos. Puede que algunos perros hubieran quedado encerrados en el
interior de los vehículos de sus dueños. Intenté no pensar en sus horribles
agonías, como la que sufrieron nuestras propias mascotas. Puede que los
soldados se hubiesen compadecido de ellos y los hubiesen rescatado cuando la
operación llegó a su fin. Tal vez tuvieron tiempo de hacerlo.
Los observamos
durante ocho minutos —yo misma los cronometré— antes de que sucediese algo. En
el instante en que Kevin se inclinó detrás del tronco para susurrarme:
«Deberíamos irnos» y yo asentí, un hombre emergió de una de las tiendas. Caminó
con las manos en la cabeza y se quedó allí quieto. De inmediato, los centinelas
despertaron de su letargo, y uno de ellos se dirigió aprisa hacia el hombre. El
otro se enderezó y se volvió para mirarlo. El centinela y el hombre hablaron
durante unos momentos antes de que este último, aún con las manos en la cabeza,
se encaminara hacia el bloque de los aseos y desapareciese dentro. En el último segundo, cuando la luz de
la puerta del aseo le iluminó el rostro, lo reconocí. Era el señor Coles, mi
profesor de cuarto en el colegio de Wirrawee. Finalmente, ya no cabía ninguna
duda. Un escalofrío me estremeció. Sentí que se me erizaba la piel. Aquella era
la nueva realidad de nuestras vidas. Empecé a temblar, pero no disponía de
tiempo para eso. Teníamos que irnos. Volvimos sobre nuestros pasos, a través
del césped, retrocediendo de árbol en árbol. Recordé que un par de años antes
hubo una gran polémica cuando el ayuntamiento quiso talar esos mismos árboles
para ampliar el aparcamiento. Se armó tal revuelo que no tuvieron otra que dar
marcha atrás. Sonreí para mí misma en la oscuridad, aunque sin alegría alguna.
Menos mal que los buenos habían ganado. Nadie habría imaginado lo útiles que
iban a ser esos árboles para nosotros. Alcancé el último árbol y di una suave
palmada a su tronco. Sentí un gran afecto hacia él. Corrie estaba justo detrás
de mí, y después apareció Kevin. —Casi ha pasado el peligro —dije, antes de
retomar la marcha. Debí haber tocado madera una vez más, porque en el momento
en que asomé la cabeza detrás del tronco, un tiroteo resonó detrás de mí. Las
balas pasaron silbando junto a nosotros, arrancando enormes pedazos del árbol
que quedaba a mi izquierda. Oí a Corrie y a Kevin soltar un grito. Tuve la
sensación de que el miedo me separaba del suelo. Durante un momento, perdí el
contacto con la tierra. Fue una emoción extraña, como si hubiese dejado de
existir. Instantes después, me encontré abalanzándome hacia la esquina, rodando
entre la hierba y serpenteando como una tijereta que busca refugio. Me volví
para llamar a Kevin y Corrie pero, en cuanto me disponía a hacerlo, ambos
cayeron sobre mí, cortándome la respiración. —Vámonos cagando leches —dijo
Kevin, tirando de mí hacia arriba—. Se están acercando.
No sé bien cómo
pero, sin aire en los pulmones, eché a correr por la carretera. Durante unos
cientos de metros, el único sonido que pude percibir fue el de mis jadeos y el
leve contacto de mis pies en la calzada.
Aunque habíamos acordado, siguiendo la lógica, separarnos en
caso de que nos persiguieran, no estaba dispuesta a hacerlo. En aquel momento,
solo una bala podía haberme separado de esas dos personas. De pronto, se habían
convertido en mi familia. Kevin volvía la vista atrás una y otra vez. —Salgamos
de la carretera —resolló, justo cuando empezaba a retomar el aliento.
Alcanzamos el camino de entrada de una casa. En cuanto pusimos un pie dentro,
oí un grito. Una ráfaga de balas atravesó las ramas con una fuerza tremenda,
como un fuerte golpe de viento. Me di cuenta de que corríamos enfrente de la
casa de la señora Alexander. —Conozco este lugar —dije a los demás—. Seguidme.
No es que tuviera un plan en mente; lo que no quería era seguir a alguien que
no sabía hacia dónde se dirigía en medio de la oscuridad. El pánico seguía
guiando mis pasos. Los conduje hasta la pista de tenis, intentando a la
desesperada pensar en algo. Correr no nos bastaría. Aquella gente iba armada,
se movería con rapidez y podía solicitar refuerzos sin problemas. Lo único que
jugaba a nuestro favor era que desconocían si íbamos armados o no. Tal vez
temieran que los lleváramos hacia una emboscada. Eso nos vendría bien. Pero
mejor todavía habría sido poder conducirlos de verdad hasta una emboscada.
Rodeamos la parte
trasera de la casa, donde había menos luz. Fue entonces cuando supe que,
mientras fantaseaba con la idea de la emboscada, acababa de llevar a Kevin y
Corrie hasta un callejón sin salida. No había valla ni puerta trasera, solo una
hilera de edificios. Un siglo atrás, eran los cuartos de los sirvientes, la
cocina y el lavadero. Ahora los utilizaban como garajes, cobertizos, trasteros.
Detuve a mis dos amigos. Me aterrorizó la visión de sus rostros desfigurados
por el pánico, en parte porque sabía que yo debía de presentar el mismo
aspecto. Sus dientes y ojos resplandecían en la oscuridad y su descontrolada
respiración parecía llenar el silencio de la noche, como un viento demoníaco.
Me estaba viniendo abajo. Lo único que ocupaba mi mente era mi arrogancia por
ocupar el liderazgo, por empecinarme en que sabía lo que hacía, podía costarnos
la vida. Aún no estaba segura de si los demás se habían dado cuenta de lo ignorante
que había sido. Me obligué a hablar, sin que por ello me dejasen de castañetear
los dientes. No tenía la menor idea de lo que iba a decirles, y la rabia que
sentía contra mí misma pareció canalizarse contra ellos. No estoy muy orgullosa
de cómo actué aquella noche. —¡Callaos! ¡Callaos y escuchadme, por el amor de
Dios! —exclamé—. Solo tenemos un par de minutos. Este es un jardín muy grande.
No se adentrarán en plena noche. No saben nada de nosotros. —Me he hecho daño
en la pierna —gimoteó Corrie. —¿Qué? ¿Te ha alcanzado una bala? —No, he
tropezado con algo. Allí detrás. —Es un tractor cortacésped. Yo también he
estado a punto de tropezar con él. Una lluvia de disparos nos interrumpió. Fue
ensordecedora. Pudimos distinguir el resplandor del fuego escupido por las
armas. Conforme observábamos, temblando, empezamos a entender su táctica.
Avanzaban juntos, peinando el jardín y disparando a cualquier cosa que pudiese
confundirse con una silueta humana: un arbusto, la parrilla de una barbacoa,
una pila de estiércol. Lo más probable era que nos hubiesen visto el tiempo
suficiente como para pensar que llevábamos las manos vacías. Aun así, seguían
avanzando con cautela. Me costaba respirar. Al fin, empecé a pensar. Pero mi
cerebro funcionaba de igual modo que mis pulmones, a sofocantes intervalos.
—Sí, gasolina… Podemos intentar derramarla… No, eso les daría tiempo… Pero si
la dejamos allí… Cerillas… y un cincel o algo parecido. —Ellie, ¿qué demonios
estás diciendo?
—Buscad cerillas o
un mechero. Y un cincel. Y también un martillo. Rápido. Daos prisa. Mirad en
esos cobertizos.
Nos separamos y nos dirigimos a toda prisa hacia los oscuros
edificios. Corrie iba cojeando. Entré en un garaje. Avancé a tientas y localicé
las frías y lisas líneas de un coche. Me encaminé hacia el asiento del
acompañante. La puerta estaba abierta; como la mayoría de los vecinos del
pueblo, la señora Alexander no se había molestado en cerrar con llave. Todos
confiaban en todos. Era algo que iba a cambiar para siempre. Cuando la puerta
se abrió, la luz interior, para mi horror, se encendió. Encontré el interruptor
y la apagué. Hecho esto, me quedé inmóvil, temblando, esperando a que las balas
acribillaran los muros del edificio. No ocurrió nada. Abrí la guantera, que
estaba provista de una lucecita, más discreta; de todas formas, necesitaba algo
de iluminación. Ahí estaba, la dichosa caja de cerillas. Por suerte, la señora
Alexander era una fumadora empedernida. Cogí las cerillas, cerré de un golpe la
guantera y salí corriendo del garaje; estaba tan encantada con el hallazgo que
pasé por alto el hecho de que los soldados pudiesen aguardar fuera. Pero solo
estaba Kevin. —¿Has encontrado algo? —El martillo y el cincel. —Te adoro,
Kevin. —Oye, lo he oído —susurró Corrie desde la oscuridad. —Llevadme hasta el
cortacésped —dije. Minutos antes, dos personas habían tropezado con él sin
quererlo. Y ahora que los tres deseábamos localizarlo, nos resultó imposible.
Pasaron dos minutos angustiosos. Sentí que la piel se me enfriaba cada vez más,
como si unos insectos congelados reptaran sobre mi cuerpo. Al fin, concluí: —Es
inútil. Dejémoslo. Aunque haciendo alarde de mi terquedad, como una idiota,
seguí buscándolo.
Entonces, oímos un
nuevo susurro de Corrie: —Ahí está. Kevin y yo convergimos hasta donde ella se
encontraba y, en ese preciso instante, vi el haz de una linterna barrer una
zona cercana a la puerta de la veranda. —Se acercan —dije—. Rápido. Ayudadme a
empujarlo. Pero no hagáis ruido. Llevamos el cortacésped hasta un lateral del
camino de entrada, cerca del muro de ladrillos del estudio de la señora
Alexander. —¿Para qué necesitas el martillo y el cincel? —susurró Kevin con
tono de urgencia. —Para perforar el depósito de gasolina —contesté—. Pero ahora
que lo pienso, haríamos demasiado ruido. —¿Por qué quieres perforarlo?
—preguntó—. ¿Por qué no desenroscar la tapa simplemente? No dejaba de sentirme
como una estúpida. Más tarde, comprendí que había sido doblemente estúpida,
porque el martillo y el cincel habrían bastado para provocar una chispa que nos
habría hecho volar por los aires. Kevin había entendido lo que yo quería y
desenroscó la tapa del depósito. —Tendremos que ponernos detrás del muro
—susurré—. Y dejar un rastro de gasolina hasta allí.
Kevin asintió y se
quitó la camiseta. La introdujo en el depósito y la empapó. Acto seguido,
enroscó la tapa y utilizó la camiseta para trazar el reguero de combustible
hasta la pared. Disponíamos de unos pocos segundos. Podíamos oír crujir la
gravilla bajo unas pisadas medidas y amenazantes, y también algún esporádico
murmullo. Distinguí la voz de un hombre y la de una mujer. Avisté de nuevo la luz de la
linterna, que rozó el camino de entrada. —Tenemos que asegurarnos de que están
todos juntos —me susurró Kevin al oído. Asentí. Yo misma acababa de ver ese
problema. Pude ver dos siluetas negras, pero supuse que los tres centinelas que
habíamos avistado antes nos seguían de cerca. Kevin lo confirmó, susurrándome
de nuevo: —Antes, en la carretera, eran tres. Asentí otra vez antes de inspirar
profundamente y dejar escapar un débil gemido de dolor. El efecto que produjo
sobre los dos soldados fue inmediato. Se volvieron hacia nosotros como si
llevaran un radar encima. Yo emití un pequeño suspiro y un sollozo. Uno de los
soldados, el hombre, gritó apremiado en un idioma que no pude reconocer.
Instantes después, el tercer soldado apareció tras la línea de árboles y se
unió a los dos primeros. Intercambiaron unas cuantas palabras, señalando en nuestra
dirección. Tuvieron que haber deducido ya que no íbamos armados: de haberlo
estado, ya habríamos disparado unas cuantas veces. Se dispersaron un poco antes
de encaminarse a paso lento hacia nosotros. Yo esperé y esperé, hasta que
quedaron a unos tres metros del cortacésped. La pequeña y oscura forma
aguardaba allí, como pidiendo a gritos que repararan en ella. Por primera vez,
pude verles la cara y, entonces, rasqué la cerilla. No se encendió. Mi pulso,
tan firme hasta aquel momento, empezó a fallarme. Pensé que estábamos a punto
de morir por mi incapacidad de encender una cerilla. Me pareció injusto,
ridículo. Lo intenté de nuevo, pero temblaba demasiado. Los soldados casi
habían sobrepasado el cortacésped. Kevin me agarró por la muñeca. —Hazlo —me masculló,
feroz, al oído.
A juzgar por el modo
en el que los soldados volvieron sus ansiosos semblantes hacia nosotros, habían
oído a Kevin. Rasqué la cerilla por tercera vez, casi segura de que no quedaría sulfuro
suficiente para provocar la ignición. Pero se encendió, emitiendo un sonido
áspero, y la lancé al suelo. Pero lo hice demasiado rápido; no sé ni cómo no se
apagó. Debería haberlo hecho, y a punto estuvo de extinguirse. Primero, se
ahogó en un diminuto punto de luz y, una vez más, pensé que estábamos
condenados y que todo era por mi culpa. Y entonces, la gasolina prendió,
emitiendo un zumbido breve y apagado. Las llamas se extendieron a trompicones
por la línea de gasolina, cual serpiente indecisa, pero a gran velocidad. Los
soldados lo vieron, desde luego. Se volvieron a mirar y se estremecieron.
Cogidos por sorpresa, no fueron capaces de actuar con suficiente rapidez, lo
mismo me habría pasado a mí. Uno enderezó el brazo, como para apuntar. Otro se
inclinó hacia atrás, casi a cámara lenta. Esa es la última imagen que tengo de
ellos, porque Kevin tiró de mí tras el muro de ladrillo y, un instante más
tarde, el cortacésped se convirtió en una bomba. La noche pareció iluminarse.
El muro se sacudió y de nuevo se quedó quieto. Una pequeña bola naranja desgarró
la oscuridad, proyectando pequeñas balas de fuego. El sonido fue ensordecedor y
espeluznante. Los oídos me dolían. Pude ver trozos de metralla despedidos hacia
los árboles, y oí y sentí una serie de pedacitos clavándose en el muro tras el
cual nos escondíamos. Kevin tiraba de mí, diciendo: —Corre, corre. Al mismo
tiempo, empezaron los gritos al otro lado del muro. Echamos a correr en medio
de los árboles frutales y bajamos la cuesta en diagonal, pasamos frente al
gallinero y alcanzamos la valla de la señora Alexander en la esquina que
colindaba con la siguiente propiedad. Los gritos que oíamos a nuestras espaldas
desgarraron la noche. Creí que cuanto más rápido y más lejos corriésemos, menos
tardarían los gritos en extinguirse. Pero no sucedió así. Yo ya no sabía si los
estaba oyendo de verdad o si resonaban en mi mente en un eco prolongado. —En el
momento justo —resolló Corrie detrás de mí.
Tardé un minuto en
entender a qué se refería con aquello: era el momento de reencontrarse con los
demás.
—Podemos dirigirnos directamente hacia allí —dijo Kevin.
—¿Cómo tienes la pierna, Corrie? —pregunté, intentando sin mucho éxito volver a
la normalidad. —Está bien —contestó. Vimos que unos focos se aproximaban. Nos
agazapamos en un jardín mientras un camión pasaba a toda velocidad. Se trataba
de un camión plataforma de la ferretería de Wirrawee, pero en lugar de
herramientas de jardín, eran soldados lo que transportaba en la parte trasera.
Aunque solo eran dos. Corrimos sin parar hasta Warrigle Street y galopamos a lo
largo del empinado camino de los Mathers, sin tomar precaución alguna. Nos
costaba mucho respirar. Mis piernas respondían despacio, como si fuera una
anciana. Me dolían un montón. Me detuve y esperé a Corrie, y luego seguimos
andando juntas, cogidas de la mano. No nos sentíamos capaces de hacer nada más,
ni de ir más rápido ni de enfrentarnos a nadie. Homer y Fi estaban allí,
rodeados de bicicletas, que ya sumaban siete. Ya no tendríamos que compartir
las bicicletas, pero paradójicamente solo quedábamos cinco. No había rastro de
Robyn ni de Lee. Pasaban cinco minutos de las tres y media, y desde la cima de
la colina podíamos ver varios vehículos abandonando el recinto ferial, todos en
dirección a Racecourse Road. Uno de ellos era la ambulancia de Wirrawee. No
podíamos esperar más. Tras mascullar unas cuantas palabras cansadas entre
nosotros —principalmente para confirmar que la casa de Fi también estaba vacía—
nos montamos a las frías bicicletas y bajamos la colina. No sé cómo se
sintieron los demás, pero yo tenía la impresión de pedalear de forma estática.
Me enderecé y obligué a mis piernas a forzar la marcha. Conforme entrábamos en
calor, todos fuimos cogiendo más y más velocidad. Me parecía increíble que
fuésemos capaces de reunir más energía. En mi caso, la simple necesidad de
mantener el ritmo y de no quedar rezagada me permitía seguir acelerando. Para
cuando pasamos el cartel de «Bienvenidos a Wirrawee», huíamos como alma que
lleva el diablo.
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