lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 10 Mañana: cuando la guerra empieze


Al caer la tarde, Corrie pareció recobrar un poco la razón. Entendía lo que le decíamos y contestaba con susurros, aunque su voz estaba desprovista de vitalidad. Y cuando la levantamos y la llevamos a caminar, se movía como una anciana. La arropamos con mantas cogidas de las camas de los esquiladores. Estaba claro que no conseguiríamos montarla en la bicicleta. Así que, en cuanto anocheció, Homer y Kevin cogieron el Toyota y se marcharon a casa de este último para recuperar el Ford. Homer aún consideraba importante dejar el Toyota en casa de Corrie, para que nadie supiera que lo habíamos estado utilizando. Esperaba que los soldados nos dieran por muertos en la explosión que asoló la casa. —Al fin y al cabo, puede que ni siquiera estuviesen seguros de que había alguien allí —argumentó—. Tal vez advirtieron un movimiento en la casa, o puede que Flip levantase sus sospechas. Homer tenía una destreza particular para meterse en la piel de los soldados, pensar como ellos y ver las cosas desde su perspectiva. Supongo que a eso lo llaman imaginación. Fui a buscar a Flip, pero no había rastro de ella. De haber sobrevivido a la explosión, lo más probable es que aún siguiese corriendo. Quizá ya estuviese cerca de Stratton. Aun así, prometí a Kevin que la buscaría mientras él iba por el Ford. Los chicos regresaron alrededor de las diez. No nos sentimos tranquilas en su ausencia; ahora dependíamos demasiado los unos de los otros. Pero, por fin, los coches asomaron dando bandazos camino arriba, sorteando los escombros. Era obvio que Homer conducía el Toyota. Era un pésimo conductor.
En cuanto llegaron tuvimos otra pelea. Homer insistía en que debíamos retomar el plan original, incluyendo la separación en grupos. Corrie ya se encontraba bastante mal durante las horas en que los chicos estuvieron fuera y, ahora, al oír que Homer y yo debíamos ir a Wirrawee, en pleno territorio comanche según ella, se echó a llorar y se aferró a mí. Le rogó a Homer que no siguiera adelante con sus planes, pero él no estaba dispuesto a dar marcha atrás. —No podemos meternos bajo la cama y quedarnos ahí hasta que todo esto acabe —le dijo—. Hoy hemos cometido muchísimos errores, y estamos pagando un precio demasiado alto. Pero aprenderemos. Y tenemos que encontrar a Robyn y a Lee. Quieres que vuelvan, ¿verdad que sí? Aquel fue el único argumento que pareció convencer un poco a Corrie. Mientras reflexionaba acerca de ello, Kevin la hizo subir al Ford. Acto seguido, Fi y él se acomodaron uno a cada lado de ella; nosotros mascullamos un apresurado adiós y nos montamos en las bicicletas con destino a Wirrawee. No puedo decir que me entusiasmase la idea. Pero sabía que éramos los más cualificados para hacerlo. Y quería pasar más tiempo con aquel nuevo Homer, un chico interesante e inteligente al que había conocido sin conocer durante tantos años. Desde nuestra excursión al Infierno, Lee había captado mi interés, pero cuantas más horas estaba separada de él y cerca de Homer, más cambiaban las cosas.
Recuerdo que, por alguna razón, una vez acompañé a mi padre a los mataderos. Mientras él hablaba de negocios con el director, yo observé cómo conducían a los animales hasta la rampa que los llevaba a la zona de sacrificio. Nunca olvidaré a aquellos dos novillos que ascendían por la rampa, a dos minutos de la muerte, mientras uno de ellos aún intentaba montar al otro. Sé que es una comparación algo burda, pero esa era nuestra situación. «En medio de la muerte estamos en vida»4 Nos hallábamos en medio de una lucha desesperada por seguir vivos y, sin embargo, ahí estaba yo, aún pensando en chicos y en el amor.
Tras avanzar unos cuantos minutos en silencio, Homer me alcanzó para que fuésemos el uno junto al otro. —Cógeme de la mano, Ellie —dijo—. ¿Puedes conducir con una sola mano? —Claro. Continuamos así durante un kilómetro o dos. Estuvimos a punto de chocar el uno contra el otro una decena de veces. Luego nos soltamos para ganar velocidad. Hablamos mucho; no sobre bombas, muerte ni destrucción, sino sobre pequeñas trivialidades. Y, después, para pasar el tiempo, jugamos un rato. —Nombra cuatro países que empiecen por B antes de llegar al desvío —Ay, socorro. Brasil, Bélgica. Bretaña, supongo. Hum… ¿Bali? ¡Ah, espera! ¡Bolivia! Vale, te toca. Cinco hortalizas de color verde antes de que pasemos ese poste telegráfico. —Col, brócoli, espinaca —empezó—. Ve despacio. Ah, guisantes y judías, por supuesto. Ahora tú. Cinco razas de perro. Tienes hasta que lleguemos a la señal. —Qué fácil. Corgi galés, labrador, pastor alemán, pastor escocés y pastor australiano. Venga, aquí va una de griegos. Nombra tres variedades de aceitunas. —¡Aceitunas! ¡Si no conozco ningún tipo! —Pues hay tres: te las puedes comer rellenas, te las puedes comer partidas o te las puedes comer con un pepinillo en el culo. Rio con tanta fuerza que a punto estuvo de salirse de la carretera.
Al llegar a la señal que indicaba cinco kilómetros, nos pusimos otra vez serios. Avanzábamos pegados a un lateral, sin hablar. Homer iba unos doscientos metros por detrás de mí. Me gusta tomar el control de la situación —no es ningún secreto—, y creo que Homer ya había tenido suficiente para un buen rato. A cada curva que nos acercábamos, me apeaba y seguía a pie. Entonces, le hacía un gesto a Homer para indicarle que la carretera estaba despejada. Pasamos el cartel de «Bienvenidos» y la vieja iglesia, y nos adentramos en lo que él llamaba «el extrarradio de Wirrawee». Ya que toda la población de Wirrawee apenas podría ocupar una manzana en la ciudad, la idea del extrarradio era otro chiste de Homer. Cuanto más cerca estábamos de casa de Robyn, más nerviosa me ponía. Estaba muy preocupada por Lee y por ella. Los echaba mucho de menos, y me asustaba la idea de un nuevo enfrentamiento con los soldados. Habían pasado tantas cosas durante el día que apenas tuve tiempo de pensar en ellos, excepto para decirme a mí misma obviedades y banalidades como «me pregunto dónde estarán», «espero que estén allí esta noche» u «ojalá estén sanos y salvos». Esos eran mis verdaderos pensamientos, pero no dejaban de ser obvios y tontos. Recorrimos con sumo cuidado el último kilómetro que nos separaba de casa de Robyn. Caminábamos junto a las bicicletas, en alerta ante el menor movimiento: una rama que se mecía bajo la brisa, el ruido de un trozo de corteza al caer de un eucalipto, el grito de un ave nocturna. Una vez llegamos a la verja, observamos el camino de entrada. La casa estaba silenciosa y oscura. —Tengo una duda —susurró Homer—. ¿Dijimos que nos reuniríamos en la casa o en la colina que hay detrás? —Creo que en la colina. —Sí, eso pensaba yo. Echemos un vistazo allí primero.
Dejamos las bicicletas escondidas tras una zarza que quedaba cerca de la puerta y rodeamos la casa atravesando hierbajos. Yo iba a la cabeza y me movía tan sigilosamente como podía y, aun así, varios obstáculos me cogieron por sorpresa, como la carretilla con la que choqué o el aspersor con el que tropecé antes de caer. Tras el encontronazo de Corrie con el tractor cortacésped en casa de la señora Alexander, empecé a preguntarme si había alguien que guardara las cosas en su sitio. Esta vez, dudaba que pudiese transformar la carretilla o el aspersor en armas letales. A lo sumo podríamos activar el aspersor y mojar al enemigo. Reí al imaginarme la escena y Homer me lanzó una mirada de desconcierto. —Te lo estás pasando en grande, ¿verdad? —susurró. Negué con la cabeza, pero lo cierto era que me sentía más segura y relajada. Siempre he preferido la acción; hacer cosas me hace sentir bien. Por ejemplo, ver la televisión me parece aburrido; prefiero ocuparme del ganado, preparar la comida e incluso arreglar el cercado. Desde lo alto de la colina nada había cambiado. Las vistas de Wirrawee eran las mismas, las luces seguían encendidas en el recinto ferial y en algún que otro edificio. Uno de ellos, según Homer, era el hospital. Y, a juzgar por su aspecto, estaba en funcionamiento. Sin embargo, no había ni rastro de Robyn y Lee. Aguardamos unos veinte minutos; entonces, cuando empezamos a bostezar y a tener frío, decidimos pasar al plan B: explorar la casa. Nos pusimos en pie y bajamos la colina. Estábamos a cincuenta metros de la casa cuando Homer me agarró por el brazo. —Hay alguien ahí dentro —dijo. —¿Cómo lo sabes? —He visto movimiento en una de las ventanas. Seguimos observando durante un buen rato, pero no vimos nada. —Podría ser un gato —sugerí. —¿Y por qué no un ornitorrinco? Va a ser que no.
Avancé un poquito hacia delante, por nada en particular, sino porque estaba cansada de quedarme allí quieta. Homer me siguió. No me detuve hasta casi alcanzar la puerta trasera, tan cerca que, de tender la mano, la habría tocado. Aún no estaba segura de por qué hacíamos aquello. Mi mayor temor era que cayésemos en una emboscada. Pero existía la posibilidad de que Robyn y Lee estuviesen ahí dentro, y no podíamos marcharnos sin descartarla. Quería abrir la puerta, pero no sabía cómo proceder sin hacer ruido alguno. Intenté recordar escenas de películas en las que los protagonistas se ven inmersos en situaciones similares, pero no se me ocurrió ninguna. En las películas, suelen derribar la puerta de una patada y entrar disparando a bocajarro. Había, como mínimo, dos razones por las que no podíamos actuar de ese modo. Una: era demasiado ruidoso; dos: no llevábamos armas. Me deslicé hasta la puerta y permanecí en una postura incómoda, con la espalda pegada a la pared e intentando abrir la puerta con la mano izquierda. No obstante, no podía hacer fuerza, así que opté por volverme, agacharme e intentar abrir con la mano derecha. Giré el pomo muy lentamente pero, por un instante, me faltó valor y me detuve en seco, con la mano en el pomo, en aquella posición inclinada. Entonces, tiré de la puerta hacia mí, con demasiada brusquedad, porque casi esperaba que estuviera cerrada. Se entreabrió unos treinta centímetros, emitiendo el chillido de un alma en pena. Homer estaba detrás de mí y no podía verlo, pero oía y sentía su respiración en el aire y lo oí enderezarse ligeramente. Cómo deseé tener una lata de aceite a mano. Esperé antes de decidir que no tenía sentido esperar. Tiré de la puerta, que se abrió un metro más, emitiendo un sonido estridente a cada centímetro. Empezaba a sentir náuseas, pero me armé de valor y avancé tres pasos en la oscuridad. Me quedé ahí, esperando que mis ojos se adaptaran y fueran capaces de distinguir en las tinieblas las siluetas que se alzaban ante mí. Noté un movimiento en el aire cuando Homer me alcanzó: al menos, esperaba que fuese él. Ante la idea de que no se tratara de Homer, me vi invadida por una sensación de pánico tan violenta que tuve que reprenderme por mi falta de autocontrol. Sin embargo, mi determinación me instó a avanzar un par de pasos más, hasta que con la rodilla golpeé en algún tipo de sillón. En ese preciso instante, oí un chirrido en la habitación contigua, como si alguien hubiese desplazado una silla sobre un suelo de madera. Intenté a la desesperada pensar quién podría haber allí y qué aspecto tendría, pero estaba demasiado cansada como para resolver ese tipo de enigmas. Así que procuré convencerme de que no había sido una silla, de que no había nadie allí, de que me estaba imaginando cosas. Pero entonces, llegó la temida confirmación: el crujido de una tabla del suelo bajo el peso de un pie. 
Por instinto, me agaché y fui deslizándome lentamente hacia la derecha. Rodeé el sillón con el que había tropezado. Detrás de mí, Homer hizo lo mismo. Me tendí en la moqueta. Olía a paja, a paja seca y fresca. Podía oír a Homer arrastrándose, como un viejo perro que intenta buscar la postura idónea. Me asombró que estuviese haciendo tanto ruido. ¿Acaso no se daba cuenta? Frente a mí, distinguí algo más: el inconfundible sonido de alguien que coloca un cartucho en la recámara y amartilla el fusil. —¡Robyn! —grité. Después de aquello, Homer dijo que estaba loca. E incluso cuando me expliqué, dijo que era imposible que hubiese atado tantos cabos en una décima de segundo. Pero así fue. Sabía que los soldados que iban tras nosotros utilizaban modernas armas automáticas. Y el que oí cargar era el típico fusil monotiro. Del mismo modo, recordé que el señor Mathers iba a cazar con mi padre a menudo y que tenía su propio fusil, uno del calibre 243. Así que supe que debía de tratarse de Robyn o de Lee, y pensé que era mejor decir algo antes de que empezaran a disparar. Más tarde, me di cuenta de que podía haber sido cualquier otra persona, un saqueador, desertor u okupa, o alguien que huyese de los soldados. Por suerte no fue así, pero no sé cómo habría reaccionado de haber barajado todas aquellas posibilidades en su momento. —Ellie —dijo Robyn antes de desfallecer. Siempre ha sido un poco propensa al desmayo. Recuerdo el día que el servicio médico irrumpió en clase del señor Kassar y este anunció que iban a vacunar a las chicas contra la rubeola. En cuanto mencionó la palabra «vacuna», Robyn se desplomó en el suelo. Y en geografía, mientras veíamos un documental sobre tatuajes faciales en las islas Salomón, volvimos a perderla.
Homer llevaba una linterna, y fuimos al cuarto de baño para coger algo de agua y salpicarle la cara a Robyn. Volvió en sí. Menudo día de salpicar caras llevábamos. El caso es que el suministro de agua seguía funcionando y aquello me pareció un dato interesante. No había electricidad en casa de Robyn, pese a que habíamos visto luz en otras partes de Wirrawee. 
Yo estaba bastante tranquila, pero uno de los peores momentos estaba por llegar. Cuando Robyn se sentó, lo primero que le pregunté fue: —¿Dónde está Lee? —Recibió un disparo —dijo, y tuve la sensación de que era yo quien había recibido el tiro y que todo a mi alrededor se venía abajo. Homer emitió un profundo y terrible gemido; bajo el halo de la linterna, vi cómo su cara se contorsionaba. En un instante pareció viejo y feo. Agarró a Robyn; al principio pensé que quería sacarle más información, pero creo que simplemente necesitaba aferrarse a alguien. Estaba desesperado. —No está muerto —explicó Robyn—. Es una herida limpia, pero bastante importante. En la pantorrilla. A Robyn también se la veía demacrada; la linterna tampoco ayudaba, su rostro era más bien una calavera, con sus pómulos pronunciados, las mejillas flácidas y los ojos hundidos. Y, para colmo, olíamos fatal. Parecía haber pasado una eternidad desde nuestro chapuzón en el río, y desde entonces habíamos sudado mucho. —¿Cómo podemos encontrarlo? —preguntó Homer, afligido—. ¿Está libre? ¿Dónde se encuentra? —Tranquilo —contestó Robyn—. Está en el restaurante. Pero es demasiado temprano para ir allí. Es la hora punta en Barker Street. Me arriesgué muchísimo para llegar hasta aquí.
Nos relató lo sucedido. Tuvieron problemas en cada esquina, casi tropiezan con una patrulla, se escondieron al pasar un camión, oyeron que alguien les pisaba los talones… El restaurante de los padres de Lee quedaba en plena zona comercial, y su casa encima del local. Tal y como Homer y Fi habían comprobado con sus propios ojos, Barker Street, la principal calle comercial, estaba hecha un desastre. Robyn y Lee llegaron por el extremo opuesto por el que lo hicieron Homer y Fiona, pero se encontraron con los mismos problemas. Necesitaron una hora para atravesar una manzana, porque se toparon con dos grupos de soldados que saqueaban la zona; uno en la droguería y otro en la cafetería de Ernie. Mientras esperaban escondidos en la escalera de la compañía de seguros City and Country, oyeron un ruido que procedía de la escalera. Alzaron la cabeza y encontraron al señor Clement, el dentista, agazapado y mirándolos furtivamente. Robyn y Lee se emocionaron mucho al verlo, tanto como nosotros al oír la noticia. Sin embargo, el señor Clement no mostró el mismo entusiasmo. Resulta que había estado allí todo el tiempo sin decir una palabra. Hizo ese ruido solo porque le había dado un calambre en la pierna. Cuando ellos le preguntaron por qué no había atraído su atención, se limitó a decir algo como: «En boca cerrada no entran moscas». A regañadientes y mostrando impaciencia, les proporcionó información que resultó ser muy valiosa. Dijo que todas las personas a las que habían cogido estaban retenidas en el recinto ferial. Mencionó que había dos tipos de soldados: los profesionales y los que solo estaban ahí para engordar las tropas. Reclutas, probablemente. Los profesionales eran extremadamente eficientes, pero los reclutas estaban mal entrenados y peor equipados, y algunos de ellos se comportaban con mucha crueldad. Por extraño que parezca, eran los soldados profesionales quienes trataban mejor a la gente. Dijo que no había soldados suficientes para llevar a cabo una redada exhaustiva por todo el pueblo, casa por casa. Su política consistía en preservar sus propias vidas, a cualquier precio. Si una casa levantaba sospechas, en vez de arriesgarse a caer en una emboscada, colocaban un lanzamisiles delante y la volaban. Dijo que pensaba que unas cuantas decenas de personas seguían escondidas, y que, tras comprobar lo que les había pasado a aquellos que, en sus propias palabras, «se hacían los héroes», habían optado por no asomar la cabeza. Robyn tuvo la impresión de que el señor Clement escondía a su familia cerca, pero dado que no respondería a ninguna pregunta personal, desistió. Entonces, una patrulla pasó frente al edificio, y el señor Clement se puso muy nervioso, hasta el punto de que los instó a que se marcharan. 
Ellos avanzaron sigilosamente por la calle. No había manera de quedar a cubierto, ni suficiente oscuridad debido a la luz que manaba de las diferentes tiendas. Se acercaban a la puerta del quiosco de prensa cuando se oyeron disparos calle abajo. Robyn dijo que eran tan potentes que tuvo la sensación de tenerlos a diez metros, pero en realidad no sabían quién estaba disparando ni dónde se apostaban los tiradores. Lo que sí tuvieron claro fue que ellos eran los objetivos. —Estábamos a dos pasos del vestíbulo acristalado que lleva al quiosco —explicó Robyn—. Eso fue nuestra salvación. Fue como si estuviésemos destinados a dar esos dos pasos. Ni una decena de balazos nos lo habría impedido. Se adentraron en aquel refugio y se encaminaron hacia la puerta derribada del quiosco. Robyn iba a la cabeza; no se había percatado de que Lee había sido alcanzado. El interior estaba oscuro, pero entraba suficiente luz de la calle como para guiar sus pasos. El inconveniente era que esa misma luz también podía convertirlos en el blanco perfecto. Por supuesto, ambos sabían que el quiosco daba al aparcamiento del edificio y a Glover Street. Su idea era salir por la puerta trasera y elegir la dirección que pareciese más segura. Pero cuando Robyn estaba a punto de alcanzar la puerta, se dio cuenta de dos cosas: por un lado, de que estaba cerrada; por otro lado, de que Lee había quedado rezagado muy por detrás. —Pensé que se había detenido para echar un vistazo a las revistas porno —dijo. Pero cuando se volvió sobre sí misma y reparó en la palidez de su rostro, supo que estaba herido. Cojeaba, y llevaba la mano contra el costado. La miraba fijamente, mordiéndose el labio, decidido a no gritar de dolor. Ella esperaba que solo fuese un tirón muscular, pero preguntó: —¿Te han dado? Y él asintió. 
Robyn no tardó en cambiar de tema. Pese a ello, me empeño en escribir todo esto porque quiero que la gente sepa ese tipo de cosas y, en este caso, lo valiente que fue Robyn aquella noche. No pretendo que le cuelguen una medalla, y ella tampoco —bueno no lo sé, habrá que preguntárselo, probablemente le encantaría—, pero desde mi punto de vista, actuó como una verdadera heroína. Cogió la fotocopiadora que descansaba en una estantería junto al mostrador de lotería y la arrojó contra la puerta. Acto seguido, corrió hasta Lee, lo cargó a su espalda, sobre sus hombros, y atravesó la puerta destrozada, apartando los pedazos de cristal a patadas. Ahora sé que Robyn está en forma, que es fuerte sin serlo. No sabría decir por qué. Supongo que tiene que ver con esas historias en las que una madre es capaz de levantar un coche para rescatar a su bebé atrapado debajo. Luego, si al día siguiente se le pide que repita su hazaña, le resulta imposible, porque ya no está en una situación extrema. Robyn, que cree en Dios, tiene una explicación bien distinta. ¿Quién sabe? No soy tan estúpida como para decir que se equivoca. Bueno, con Lee a cuestas, Robyn anduvo tambaleándose a lo largo de los cinco edificios que los separaban del restaurante. La vieja puerta trasera, frente al aparcamiento, estaba rota, por lo que no tuvo problemas para entrar. Dejó a Lee en el suelo, levantó la puerta del garaje y lo arrastró hacia el oscuro interior. Hecho esto, se apresuró hacia la entrada principal para echar un vistazo a Barker Street. Había tres soldados en el interior del quiosco. Al cabo de un par de minutos, aparecieron dos más, y los cinco se marcharon juntos. Pasaron junto al restaurante, con un cigarrillo encendido en la mano, hablando y riendo. Por lo visto, se alejaban sin mostrar demasiado interés, por lo que Robyn pensó que no les darían demasiados problemas durante un rato. —Puede que os tomaran por saqueadores —conjeturó Homer—. Como dijo el señor Clement, debe de haber unos cuantos merodeando por aquí, y las patrullas estarán acostumbradas a verlos. No iban a molestarse en montar una gran operación solo por eso. Y tampoco iban a volar Barker Street por los aires sin que fuese absolutamente necesario. —Pero sí volaron la casa de Corrie —recordé yo.
—Ya —contestó Homer—. La diferencia es que las tiendas de Barker Street siguen llenas de cosas. Y tal vez hayan conseguido relacionar la casa de Corrie con el episodio del cortacésped-bomba. O es posible que solo fuese un objetivo fácil y seguro. Quizás estén volando todas las granjas. Robyn parecía aterrada, y tuvimos que explicarle lo que había sucedido en casa de Corrie. Ella también acabó su historia. Mientras Lee yacía en el suelo soltando chistes groseros, ella le desgarró los pantalones. Estaba tan frío y pálido, que Robyn pensó que se encontraba en estado de choque. Detuvo la hemorragia con un vendaje compresivo, lo arropó para que guardase el calor y, no sé cómo, encontró el valor para regresar a la agencia de seguros City and Country. Ahí esperó cerca de una hora al señor Clement. Cuando este llegó, con un par de bolsas de comida, ella lo acosó para que accediera a ir a echar un vistazo a la herida de Lee. —No estaba por la labor —admitió—. Pero al final se portó muy bien. Fue a su consulta y regresó con todo tipo de material, analgésicos incluidos. Le puso una inyección a Lee antes de inspeccionar su herida. Dijo que la bala lo había atravesado limpiamente y que si no se infectaba se recuperaría pronto, pero que la herida necesitaría tiempo para cicatrizar. Lo cosió y, hecho esto, me enseñó cómo ponerle las inyecciones. Y, después de hacerme prometer que no volvería a molestarlo, me dejó unas cuantas cosas: analgésicos, desinfectante, una jeringuilla y agujas. Le he puesto dos inyecciones hoy. ¡Ha sido lo más! —¡Robyn! —Era yo, sin dar crédito, quien estaba a punto de desfallecer—. ¡Si basta con que alguien pronuncie la palabra «inyección» para que te desmayes! —Ya lo sé —contestó, ladeando la cabeza, pensativa—. Tiene gracia, ¿verdad? —¿Y cómo se encuentra? —preguntó Homer—. ¿Puede andar? —No demasiado. El señor Clement dijo que debía descansar mientras tuviese los puntos. Una semana como mínimo. Me enseñó cómo quitárselos. 
Puse los ojos en blanco. ¡Robyn quitando puntos! Me ahorré el comentario. —¿Hay rastro de la familia de Lee? —No. Además, el local estaba hecho un desastre. Las ventanas rotas, las mesas y las sillas destrozadas. Y el piso de arriba también ha sido saqueado. Es difícil saber si hubo un enfrentamiento ahí o si los soldados lo destrozaron por diversión. —¿Y cómo reaccionó Lee? —Por culpa de su pierna, no pudo subir al piso de arriba, así que tuve que describirle el panorama. Entonces, se interesó por algo en concreto, y tuve que subir corriendo otra vez para buscarlo. Subí y bajé esa escalera un montón de veces. Lee estaba bastante afectado. Se le vino el mundo encima: su familia, su casa, el restaurante, la pierna. Pero esta noche estaba mejor. Tenía buen color. Hace tres horas que lo vi. He estado sentada aquí todo este tiempo, esperándoos. Ya empezaba a preocuparme. —Tenías que esperar en la colina que hay detrás de la casa —protesté. —¡Qué va! ¡Debía esperar aquí! ¡Eso fue lo que dijimos! —¡No! ¡En la colina! —Escuchad, acordamos que... Era una locura. Estábamos teniendo una discusión. Homer dijo con tono cansado:
—¡Callaos! La próxima vez tendremos que organizar mejor las cosas. De todos modos, Ellie, cuando hablamos de ello antes, tampoco tenías muy claro si era en la casa o en la colina. —Enmudecimos. Entonces, Homer prosiguió—: Tendremos que sacarlo de allí. No tardarán en encontrarlo si se queda en el restaurante. Cuanto más tiempo pasen aquí, mejor se organizarán y más dominio tendrán sobre el territorio. Puede que de momento no se preocupen por personas como el señor Clement, pero eso no tardará en cambiar. Con lo de la casa de Corrie demostraron que van muy en serio. En un pacto tácito, permanecimos sentados; tres mentes concentradas en la solución de un mismo problema: cómo alejar a Lee de Barker Street pese a su pierna herida. —Uno de los mayores inconvenientes es que, comparado con el resto del pueblo, Barker Street parece estar plagada de soldados —añadió Homer. —Necesitamos un vehículo —dijo Robyn, aportando su granito de arena. —¿En serio? ¡Qué lista! —contesté yo, sin aportar nada en absoluto. —¿Qué os parece un vehículo silencioso? —preguntó Homer—. Si nos paseamos en coche por ese barrio, nos arriesgamos a que nos cosan a balazos. —Hagamos una lluvia de ideas —sugirió Robyn. —Genial —celebré con sarcasmo—. Traeré las tizas de colores y la pizarra. —¡Ellie! —me reprendió Robyn. —Segundo aviso —dijo Homer—. Al tercero te quedas fuera. No sé qué me ocurría. El cansancio, seguramente. Y tengo una tendencia a ponerme sarcástica cuando estoy cansada. —Lo siento —dije—. Me pondré seria. ¿Cuál ha sido la última propuesta? Vehículos silenciosos. Está bien. Carritos de golf, de la compra, carretillas. 
Mi respuesta me dejó asombrada, y los otros también se quedaron bastante impresionados. —¡Ellie! —exclamó de nuevo Robyn, pero con un tono muy distinto esta vez. —Cochecitos. Remolques —dijo Homer. Empezaron a fluir las ideas. —Muebles con ruedas. —Bicitaxis. —Vehículos tirados por caballos. —Toboganes. Esquís. Trineos. Montacargas. —Esas cosas con ruedas, como se llamen, que utilizaban antaño para servir el té. —Sí, ya sé a qué te refieres. —Y coches sin motor. —Camas con ruedas. Camas de hospitales. —Camillas. —Sillas de ruedas. Tal y como había sucedido con la tapa del depósito del tractor cortacésped, habíamos pasado por alto lo más obvio. Homer y yo miramos a Robyn.
—¿Podría ir en silla de ruedas? 
Robyn reflexionó. —Supongo que sí. Creo que la pierna le dolerá, pero si podemos sujetársela en alto y evitar los choques... Y podría ponerle otra inyección —añadió con un brillo en los ojos. —¡Robyn! ¡Qué peligro tienes! —¿Qué otra opción factible tenemos entre todo lo que hemos dicho? —La carreta, pero también sufriría mucho. Desde luego para nosotros sería mucho más fácil que las demás propuestas. Una camilla sería perfecta para Lee, pero estamos demasiado cansados. Dudo que pudiésemos llevarlo muy lejos. —Un montacargas sería lo más divertido. Y creo que son fáciles de manejar. Además, las balas rebotarían. Hubo algo en la última sugerencia de Homer que hizo que se me encendiese la bombilla. —Puede que estemos abordando este asunto desde la perspectiva equivocada. —¿En serio? —Bueno, solo hemos considerado medios de transporte ligeros y discretos. ¿Por qué no irnos al otro extremo? Buscar algo tan indestructible que nos traiga sin cuidado quién nos vea o nos oiga. Robyn se enderezó en su asiento. —¿Cómo qué? —No sé, un bulldozer
—¡Ya lo tengo! —dijo Robyn—. Uno de esos camiones que llevan una pala en la parte delantera. Podríamos utilizarla como escudo. De repente, estábamos muy animados. —De acuerdo —accedió Homer—. Estudiemos esto paso a paso. Primer problema, el conductor. ¿Qué tal tú, Ellie? —Yo creo que sí. En casa utilizamos la vieja Dodge para recoger el heno de los prados y cosas así. Es como conducir un gran coche. Tiene dos velocidades, pero no supone ningún inconveniente. No debería afirmar nada hasta que la vea, pero creo que no habrá ningún problema. —Pues entonces vamos al segundo punto: dónde conseguirla. Robyn nos interrumpió. Olvidaba que ella no había visto a Homer en acción en casa de Corrie. —Estás hecho un estratega, Homer. —¿Cómo? —Si sigues así, ¿qué será de tu reputación? ¿Ya te has cansado de ser el chico salvaje y alocado? Él se echó a reír, pero no tardó en ponerse serio de nuevo. Robyn me hizo una mueca y yo le guiñé un ojo. —¿Y bien? ¿Qué me decís del problema número dos? —Bueno, es obvio que la solución se encuentra en el depósito municipal de vehículos. Está, digamos, a unas tres manzanas del restaurante. Es probable que hayan forzado la puerta, pero será mejor que llevemos una cizalla por si acaso. Las llaves de los vehículos tienen que estar en alguna oficina, suponiendo, claro está, que el edificio no haya sido saqueado. 
—De acuerdo. Tiene sentido. Problema número tres. Supongamos que recogemos a Lee. Está claro que no podemos ir a casa de Ellie en el camión. Y Lee tampoco puede montar en bicicleta. ¿Cómo llegaremos hasta ahí? Aquella era la mayor dificultad, y nadie tenía respuestas. Nos quedamos sentados, intercambiando miradas, buscando una solución. Fue Homer quien finalmente habló: —Vale, volveremos a estudiar esa cuestión luego. Veamos otros detalles. El plan es bueno, francamente. Contamos con el factor sorpresa, y además nos coloca en una posición de fuerza. Si acomodásemos a Lee en una silla de ruedas y, bajando por la calle, nos topásemos con una patrulla, ¿qué haríamos? ¿Empujar con más fuerza? ¿Dejar a Lee tirado? Estaríamos en una posición muy vulnerable. En cambio, si Robyn regresa al restaurante, prepara a Lee, lo acerca a la calle, le hace acupuntura, le extrae el apéndice y cualquier otra cosa que se le ocurra para entretenerse, Ellie y yo podríamos ir por el camión, bajar a toda pastilla por la carretera, parar, meteros dentro, arrancar y salir pitando. Si pasamos a la acción entre las tres y las cuatro de la madrugada, los pillaremos en su momento de mayor debilidad. —Todos los seres humanos están más debilitados a esas horas —aporté mi granito de arena—. Lo aprendí en biología. Entre las tres y las cuatro de la madrugada sube el índice de muertes en los hospitales. —Bueno, gracias por esa tranquilizadora aportación —dijo Robyn. —Debemos estar al máximo —advirtió Homer. —¿Y dónde vamos a colocar a Lee? —pregunté—. Vamos a tener que recogerlos en un abrir y cerrar de ojos. No habrá sitio en la cabina, así que tendremos que acomodarlo en la parte de atrás. Homer me miró. Le brillaban los ojos. Supe que el chico salvaje y alocado no andaba muy lejos.
—Lo pondremos en la pala —dijo, y esperó a ver cómo reaccionábamos. 
Nuestra primera reacción no le decepcionó mucho. De hecho, cuanto más pensaba en ello, más sentido le veía. Todo dependía de si podríamos manejar la pala con rapidez y precisión. Si podíamos hacerlo, era la mejor solución. De otro modo, ocurriría una tragedia. Una vez barajamos las opciones, Robyn sugirió algo más. —Si tenemos un coche esperándonos en algún lugar hasta el que les cueste seguirnos o donde no puedan valerse de sus armas, podremos cambiar de vehículo... Y dirigirnos bien a casa de Ellie o bien a otro lugar del pueblo donde pasar la noche. Intenté pensar en algún sitio donde pudiésemos llevar a cabo el cambiazo. Algún lugar especial... algún lugar diferente... Cerré los ojos durante un momento, y para despertarme tuve que enderezarme de un salto y sacudir el cuerpo. —¿El cementerio? —sugerí cargada de esperanza—. Quizá sean supersticiosos. No creo que ninguno entendiera de qué estaba hablando. Homer miró su reloj. —Tenemos que tomar una decisión ya —anunció. —Está bien —dijo Robyn—. ¿Qué te parece esto? Ellie ha mencionado el cementerio. ¿Conocéis Three Pigs Lane? Queda justo después. Es un sendero largo y estrecho que lleva hacia Meldon Marsh Road. Ahí es donde creo que deberíamos hacerlo. Diez minutos más tarde, el plan quedó zanjado. A mí me pareció bueno. No era perfecto, pero serviría. 

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