Al caer la tarde, Corrie pareció recobrar un poco la razón.
Entendía lo que le decíamos y contestaba con susurros, aunque su voz estaba
desprovista de vitalidad. Y cuando la levantamos y la llevamos a caminar, se
movía como una anciana. La arropamos con mantas cogidas de las camas de los
esquiladores. Estaba claro que no conseguiríamos montarla en la bicicleta. Así
que, en cuanto anocheció, Homer y Kevin cogieron el Toyota y se marcharon a
casa de este último para recuperar el Ford. Homer aún consideraba importante
dejar el Toyota en casa de Corrie, para que nadie supiera que lo habíamos
estado utilizando. Esperaba que los soldados nos dieran por muertos en la
explosión que asoló la casa. —Al fin y al cabo, puede que ni siquiera
estuviesen seguros de que había alguien allí —argumentó—. Tal vez advirtieron
un movimiento en la casa, o puede que Flip levantase sus sospechas.
Homer tenía una destreza particular para meterse en la piel de los soldados,
pensar como ellos y ver las cosas desde su perspectiva. Supongo que a eso lo
llaman imaginación. Fui a buscar a Flip, pero no había rastro de ella.
De haber sobrevivido a la explosión, lo más probable es que aún siguiese
corriendo. Quizá ya estuviese cerca de Stratton. Aun así, prometí a Kevin que
la buscaría mientras él iba por el Ford. Los chicos regresaron alrededor de las
diez. No nos sentimos tranquilas en su ausencia; ahora dependíamos demasiado
los unos de los otros. Pero, por fin, los coches asomaron dando bandazos camino
arriba, sorteando los escombros. Era obvio que Homer conducía el Toyota. Era un
pésimo conductor.
En cuanto llegaron
tuvimos otra pelea. Homer insistía en que debíamos retomar el plan original,
incluyendo la separación en grupos. Corrie ya se encontraba bastante mal
durante las horas en que los chicos estuvieron fuera y, ahora, al oír que Homer
y yo debíamos ir a Wirrawee, en pleno territorio comanche según ella, se echó a
llorar y se aferró a mí. Le rogó a Homer que no siguiera adelante con sus
planes, pero él no estaba dispuesto a dar marcha atrás. —No podemos meternos
bajo la cama y quedarnos ahí hasta que todo esto acabe —le dijo—. Hoy hemos
cometido muchísimos errores, y estamos pagando un precio demasiado alto. Pero
aprenderemos. Y tenemos que encontrar a Robyn y a Lee. Quieres que vuelvan,
¿verdad que sí? Aquel fue el único argumento que pareció convencer un poco a
Corrie. Mientras reflexionaba acerca de ello, Kevin la hizo subir al Ford. Acto
seguido, Fi y él se acomodaron uno a cada lado de ella; nosotros mascullamos un
apresurado adiós y nos montamos en las bicicletas con destino a Wirrawee. No
puedo decir que me entusiasmase la idea. Pero sabía que éramos los más
cualificados para hacerlo. Y quería pasar más tiempo con aquel nuevo Homer, un
chico interesante e inteligente al que había conocido sin conocer durante
tantos años. Desde nuestra excursión al Infierno, Lee había captado mi interés,
pero cuantas más horas estaba separada de él y cerca de Homer, más cambiaban
las cosas.
Recuerdo que, por alguna razón, una vez acompañé a mi padre a
los mataderos. Mientras él hablaba de negocios con el director, yo observé cómo
conducían a los animales hasta la rampa que los llevaba a la zona de
sacrificio. Nunca olvidaré a aquellos dos novillos que ascendían por la rampa,
a dos minutos de la muerte, mientras uno de ellos aún intentaba montar al otro.
Sé que es una comparación algo burda, pero esa era nuestra situación. «En medio
de la muerte estamos en vida»4 Nos hallábamos en
medio de una lucha desesperada por seguir vivos y, sin embargo, ahí estaba yo,
aún pensando en chicos y en el amor.
Tras avanzar unos
cuantos minutos en silencio, Homer me alcanzó para que fuésemos el uno junto al
otro. —Cógeme de la mano, Ellie —dijo—. ¿Puedes conducir con una sola mano?
—Claro. Continuamos así durante un kilómetro o dos. Estuvimos a punto de chocar
el uno contra el otro una decena de veces. Luego nos soltamos para ganar
velocidad. Hablamos mucho; no sobre bombas, muerte ni destrucción, sino sobre
pequeñas trivialidades. Y, después, para pasar el tiempo, jugamos un rato.
—Nombra cuatro países que empiecen por B antes de llegar al desvío —Ay,
socorro. Brasil, Bélgica. Bretaña, supongo. Hum… ¿Bali? ¡Ah, espera! ¡Bolivia!
Vale, te toca. Cinco hortalizas de color verde antes de que pasemos ese poste
telegráfico. —Col, brócoli, espinaca —empezó—. Ve despacio. Ah, guisantes y
judías, por supuesto. Ahora tú. Cinco razas de perro. Tienes hasta que
lleguemos a la señal. —Qué fácil. Corgi galés, labrador, pastor alemán, pastor
escocés y pastor australiano. Venga, aquí va una de griegos. Nombra tres
variedades de aceitunas. —¡Aceitunas! ¡Si no conozco ningún tipo! —Pues hay
tres: te las puedes comer rellenas, te las puedes comer partidas o te las
puedes comer con un pepinillo en el culo. Rio con tanta fuerza que a punto
estuvo de salirse de la carretera.
Al llegar a la señal que indicaba cinco kilómetros, nos
pusimos otra vez serios. Avanzábamos pegados a un lateral, sin hablar. Homer
iba unos doscientos metros por detrás de mí. Me gusta tomar el control de la situación —no es
ningún secreto—, y creo que Homer ya había tenido suficiente para un buen rato.
A cada curva que nos acercábamos, me apeaba y seguía a pie. Entonces, le hacía
un gesto a Homer para indicarle que la carretera estaba despejada. Pasamos el
cartel de «Bienvenidos» y la vieja iglesia, y nos adentramos en lo que él
llamaba «el extrarradio de Wirrawee». Ya que toda la población de Wirrawee
apenas podría ocupar una manzana en la ciudad, la idea del extrarradio era otro
chiste de Homer. Cuanto más cerca estábamos de casa de Robyn, más nerviosa me
ponía. Estaba muy preocupada por Lee y por ella. Los echaba mucho de menos, y
me asustaba la idea de un nuevo enfrentamiento con los soldados. Habían pasado
tantas cosas durante el día que apenas tuve tiempo de pensar en ellos, excepto
para decirme a mí misma obviedades y banalidades como «me pregunto dónde
estarán», «espero que estén allí esta noche» u «ojalá estén sanos y salvos».
Esos eran mis verdaderos pensamientos, pero no dejaban de ser obvios y tontos.
Recorrimos con sumo cuidado el último kilómetro que nos separaba de casa de
Robyn. Caminábamos junto a las bicicletas, en alerta ante el menor movimiento:
una rama que se mecía bajo la brisa, el ruido de un trozo de corteza al caer de
un eucalipto, el grito de un ave nocturna. Una vez llegamos a la verja,
observamos el camino de entrada. La casa estaba silenciosa y oscura. —Tengo una
duda —susurró Homer—. ¿Dijimos que nos reuniríamos en la casa o en la colina
que hay detrás? —Creo que en la colina. —Sí, eso pensaba yo. Echemos un vistazo
allí primero.
Dejamos las bicicletas escondidas tras una zarza que quedaba
cerca de la puerta y rodeamos la casa atravesando hierbajos. Yo iba a la cabeza
y me movía tan sigilosamente como podía y, aun así, varios obstáculos me
cogieron por sorpresa, como la carretilla con la que choqué o el aspersor con
el que tropecé antes de caer. Tras el encontronazo de Corrie con el tractor
cortacésped en casa de la señora Alexander, empecé a preguntarme si había
alguien que guardara las cosas en su sitio. Esta vez,
dudaba que pudiese transformar la carretilla o el aspersor en armas letales. A
lo sumo podríamos activar el aspersor y mojar al enemigo. Reí al imaginarme la
escena y Homer me lanzó una mirada de desconcierto. —Te lo estás pasando en
grande, ¿verdad? —susurró. Negué con la cabeza, pero lo cierto era que me
sentía más segura y relajada. Siempre he preferido la acción; hacer cosas me
hace sentir bien. Por ejemplo, ver la televisión me parece aburrido; prefiero
ocuparme del ganado, preparar la comida e incluso arreglar el cercado. Desde lo
alto de la colina nada había cambiado. Las vistas de Wirrawee eran las mismas,
las luces seguían encendidas en el recinto ferial y en algún que otro edificio.
Uno de ellos, según Homer, era el hospital. Y, a juzgar por su aspecto, estaba
en funcionamiento. Sin embargo, no había ni rastro de Robyn y Lee. Aguardamos
unos veinte minutos; entonces, cuando empezamos a bostezar y a tener frío,
decidimos pasar al plan B: explorar la casa. Nos pusimos en pie y bajamos la
colina. Estábamos a cincuenta metros de la casa cuando Homer me agarró por el
brazo. —Hay alguien ahí dentro —dijo. —¿Cómo lo sabes? —He visto movimiento en
una de las ventanas. Seguimos observando durante un buen rato, pero no vimos
nada. —Podría ser un gato —sugerí. —¿Y por qué no un ornitorrinco? Va a ser que
no.
Avancé un poquito hacia delante, por nada en particular, sino
porque estaba cansada de quedarme allí quieta. Homer me siguió. No me detuve
hasta casi alcanzar la puerta trasera, tan cerca que, de tender la mano, la habría
tocado. Aún no estaba segura de por qué hacíamos aquello. Mi mayor temor era
que cayésemos en una emboscada. Pero existía la posibilidad de que Robyn y Lee
estuviesen ahí dentro, y no podíamos marcharnos sin descartarla. Quería abrir
la puerta, pero no sabía cómo proceder sin hacer ruido alguno. Intenté recordar
escenas de películas en las que los protagonistas se ven inmersos en
situaciones similares, pero no se me ocurrió ninguna. En las películas, suelen
derribar la puerta de una patada y entrar disparando a bocajarro. Había, como
mínimo, dos razones por las que no podíamos actuar de ese modo. Una: era
demasiado ruidoso; dos: no llevábamos armas. Me deslicé hasta la puerta y
permanecí en una postura incómoda, con la espalda pegada a la pared e
intentando abrir la puerta con la mano izquierda. No obstante, no podía hacer
fuerza, así que opté por volverme, agacharme e intentar abrir con la mano
derecha. Giré el pomo muy lentamente pero, por un instante, me faltó valor y me
detuve en seco, con la mano en el pomo, en aquella posición inclinada.
Entonces, tiré de la puerta hacia mí, con demasiada brusquedad, porque casi
esperaba que estuviera cerrada. Se entreabrió unos treinta centímetros,
emitiendo el chillido de un alma en pena. Homer estaba detrás de mí y no podía
verlo, pero oía y sentía su respiración en el aire y lo oí enderezarse ligeramente.
Cómo deseé tener una lata de aceite a mano. Esperé antes de decidir que no
tenía sentido esperar. Tiré de la puerta, que se abrió un metro más, emitiendo
un sonido estridente a cada centímetro. Empezaba a sentir náuseas, pero me armé
de valor y avancé tres pasos en la oscuridad. Me quedé ahí, esperando que mis
ojos se adaptaran y fueran capaces de distinguir en las tinieblas las siluetas
que se alzaban ante mí. Noté un movimiento en el aire cuando Homer me alcanzó:
al menos, esperaba que fuese él. Ante la idea de que no se tratara de Homer, me
vi invadida por una sensación de pánico tan violenta que tuve que reprenderme
por mi falta de autocontrol. Sin embargo, mi determinación me instó a avanzar
un par de pasos más, hasta que con la rodilla golpeé en algún tipo de sillón.
En ese preciso instante, oí un chirrido en la habitación contigua, como si
alguien hubiese desplazado una silla sobre un suelo de madera. Intenté a la
desesperada pensar quién podría haber allí y qué aspecto tendría, pero estaba demasiado
cansada como para resolver ese tipo de enigmas. Así que procuré convencerme de
que no había sido una silla, de que no había nadie allí, de que me estaba
imaginando cosas. Pero entonces, llegó la temida confirmación: el crujido de
una tabla del suelo bajo el peso de un pie.
Por instinto, me
agaché y fui deslizándome lentamente hacia la derecha. Rodeé el sillón con el
que había tropezado. Detrás de mí, Homer hizo lo mismo. Me tendí en la moqueta.
Olía a paja, a paja seca y fresca. Podía oír a Homer arrastrándose, como un
viejo perro que intenta buscar la postura idónea. Me asombró que estuviese
haciendo tanto ruido. ¿Acaso no se daba cuenta? Frente a mí, distinguí algo
más: el inconfundible sonido de alguien que coloca un cartucho en la recámara y
amartilla el fusil. —¡Robyn! —grité. Después de aquello, Homer dijo que estaba
loca. E incluso cuando me expliqué, dijo que era imposible que hubiese atado
tantos cabos en una décima de segundo. Pero así fue. Sabía que los soldados que
iban tras nosotros utilizaban modernas armas automáticas. Y el que oí cargar
era el típico fusil monotiro. Del mismo modo, recordé que el señor Mathers iba
a cazar con mi padre a menudo y que tenía su propio fusil, uno del calibre 243.
Así que supe que debía de tratarse de Robyn o de Lee, y pensé que era mejor
decir algo antes de que empezaran a disparar. Más tarde, me di cuenta de que
podía haber sido cualquier otra persona, un saqueador, desertor u okupa, o
alguien que huyese de los soldados. Por suerte no fue así, pero no sé cómo
habría reaccionado de haber barajado todas aquellas posibilidades en su
momento. —Ellie —dijo Robyn antes de desfallecer. Siempre ha sido un poco
propensa al desmayo. Recuerdo el día que el servicio médico irrumpió en clase
del señor Kassar y este anunció que iban a vacunar a las chicas contra la
rubeola. En cuanto mencionó la palabra «vacuna», Robyn se desplomó en el suelo.
Y en geografía, mientras veíamos un documental sobre tatuajes faciales en las
islas Salomón, volvimos a perderla.
Homer llevaba una linterna, y fuimos al cuarto de baño para
coger algo de agua y salpicarle la cara a Robyn. Volvió en sí. Menudo día de
salpicar caras llevábamos. El caso es que el suministro de agua seguía
funcionando y aquello me pareció un dato interesante. No había electricidad en
casa de Robyn, pese a que habíamos visto luz en otras partes de Wirrawee.
Yo estaba bastante
tranquila, pero uno de los peores momentos estaba por llegar. Cuando Robyn se
sentó, lo primero que le pregunté fue: —¿Dónde está Lee? —Recibió un disparo
—dijo, y tuve la sensación de que era yo quien había recibido el tiro y que
todo a mi alrededor se venía abajo. Homer emitió un profundo y terrible gemido;
bajo el halo de la linterna, vi cómo su cara se contorsionaba. En un instante pareció
viejo y feo. Agarró a Robyn; al principio pensé que quería sacarle más
información, pero creo que simplemente necesitaba aferrarse a alguien. Estaba
desesperado. —No está muerto —explicó Robyn—. Es una herida limpia, pero
bastante importante. En la pantorrilla. A Robyn también se la veía demacrada;
la linterna tampoco ayudaba, su rostro era más bien una calavera, con sus
pómulos pronunciados, las mejillas flácidas y los ojos hundidos. Y, para colmo,
olíamos fatal. Parecía haber pasado una eternidad desde nuestro chapuzón en el
río, y desde entonces habíamos sudado mucho. —¿Cómo podemos encontrarlo?
—preguntó Homer, afligido—. ¿Está libre? ¿Dónde se encuentra? —Tranquilo
—contestó Robyn—. Está en el restaurante. Pero es demasiado temprano para ir
allí. Es la hora punta en Barker Street. Me arriesgué muchísimo para llegar
hasta aquí.
Nos relató lo sucedido. Tuvieron problemas en cada esquina,
casi tropiezan con una patrulla, se escondieron al pasar un camión, oyeron que
alguien les pisaba los talones… El restaurante de los padres de Lee quedaba en
plena zona comercial, y su casa encima del local. Tal y como Homer y Fi habían
comprobado con sus propios ojos, Barker Street, la principal calle comercial,
estaba hecha un desastre. Robyn y Lee llegaron por el extremo opuesto por el
que lo hicieron Homer y Fiona, pero se encontraron con los mismos problemas.
Necesitaron una hora para atravesar una manzana, porque se toparon con dos
grupos de soldados que
saqueaban la zona; uno en la droguería y otro en la cafetería de Ernie.
Mientras esperaban escondidos en la escalera de la compañía de seguros City and
Country, oyeron un ruido que procedía de la escalera. Alzaron la cabeza y
encontraron al señor Clement, el dentista, agazapado y mirándolos furtivamente.
Robyn y Lee se emocionaron mucho al verlo, tanto como nosotros al oír la
noticia. Sin embargo, el señor Clement no mostró el mismo entusiasmo. Resulta
que había estado allí todo el tiempo sin decir una palabra. Hizo ese ruido solo
porque le había dado un calambre en la pierna. Cuando ellos le preguntaron por
qué no había atraído su atención, se limitó a decir algo como: «En boca cerrada
no entran moscas». A regañadientes y mostrando impaciencia, les proporcionó
información que resultó ser muy valiosa. Dijo que todas las personas a las que
habían cogido estaban retenidas en el recinto ferial. Mencionó que había dos
tipos de soldados: los profesionales y los que solo estaban ahí para engordar las
tropas. Reclutas, probablemente. Los profesionales eran extremadamente
eficientes, pero los reclutas estaban mal entrenados y peor equipados, y
algunos de ellos se comportaban con mucha crueldad. Por extraño que parezca,
eran los soldados profesionales quienes trataban mejor a la gente. Dijo que no
había soldados suficientes para llevar a cabo una redada exhaustiva por todo el
pueblo, casa por casa. Su política consistía en preservar sus propias vidas, a
cualquier precio. Si una casa levantaba sospechas, en vez de arriesgarse a caer
en una emboscada, colocaban un lanzamisiles delante y la volaban. Dijo que
pensaba que unas cuantas decenas de personas seguían escondidas, y que, tras
comprobar lo que les había pasado a aquellos que, en sus propias palabras, «se
hacían los héroes», habían optado por no asomar la cabeza. Robyn tuvo la
impresión de que el señor Clement escondía a su familia cerca, pero dado que no
respondería a ninguna pregunta personal, desistió. Entonces, una patrulla pasó
frente al edificio, y el señor Clement se puso muy nervioso, hasta el punto de
que los instó a que se marcharan.
Ellos avanzaron
sigilosamente por la calle. No había manera de quedar a cubierto, ni suficiente
oscuridad debido a la luz que manaba de las diferentes tiendas. Se acercaban a
la puerta del quiosco de prensa cuando se oyeron disparos calle abajo. Robyn
dijo que eran tan potentes que tuvo la sensación de tenerlos a diez metros,
pero en realidad no sabían quién estaba disparando ni dónde se apostaban los
tiradores. Lo que sí tuvieron claro fue que ellos eran los objetivos.
—Estábamos a dos pasos del vestíbulo acristalado que lleva al quiosco —explicó
Robyn—. Eso fue nuestra salvación. Fue como si estuviésemos destinados a dar
esos dos pasos. Ni una decena de balazos nos lo habría impedido. Se adentraron
en aquel refugio y se encaminaron hacia la puerta derribada del quiosco. Robyn
iba a la cabeza; no se había percatado de que Lee había sido alcanzado. El
interior estaba oscuro, pero entraba suficiente luz de la calle como para guiar
sus pasos. El inconveniente era que esa misma luz también podía convertirlos en
el blanco perfecto. Por supuesto, ambos sabían que el quiosco daba al
aparcamiento del edificio y a Glover Street. Su idea era salir por la puerta
trasera y elegir la dirección que pareciese más segura. Pero cuando Robyn
estaba a punto de alcanzar la puerta, se dio cuenta de dos cosas: por un lado,
de que estaba cerrada; por otro lado, de que Lee había quedado rezagado muy por
detrás. —Pensé que se había detenido para echar un vistazo a las revistas porno
—dijo. Pero cuando se volvió sobre sí misma y reparó en la palidez de su
rostro, supo que estaba herido. Cojeaba, y llevaba la mano contra el costado.
La miraba fijamente, mordiéndose el labio, decidido a no gritar de dolor. Ella
esperaba que solo fuese un tirón muscular, pero preguntó: —¿Te han dado? Y él
asintió.
Robyn no tardó en
cambiar de tema. Pese a ello, me empeño en escribir todo esto porque quiero que
la gente sepa ese tipo de cosas y, en este caso, lo valiente que fue Robyn
aquella noche. No pretendo que le cuelguen una medalla, y ella tampoco —bueno
no lo sé, habrá que preguntárselo, probablemente le encantaría—, pero desde mi
punto de vista, actuó como una verdadera heroína. Cogió la fotocopiadora que
descansaba en una estantería junto al mostrador de lotería y la arrojó contra
la puerta. Acto seguido, corrió hasta Lee, lo cargó a su espalda, sobre sus
hombros, y atravesó la puerta destrozada, apartando los pedazos de cristal a
patadas. Ahora sé que Robyn está en forma, que es fuerte sin serlo. No sabría
decir por qué. Supongo que tiene que ver con esas historias en las que una
madre es capaz de levantar un coche para rescatar a su bebé atrapado debajo.
Luego, si al día siguiente se le pide que repita su hazaña, le resulta
imposible, porque ya no está en una situación extrema. Robyn, que cree en Dios,
tiene una explicación bien distinta. ¿Quién sabe? No soy tan estúpida como para
decir que se equivoca. Bueno, con Lee a cuestas, Robyn anduvo tambaleándose a
lo largo de los cinco edificios que los separaban del restaurante. La vieja
puerta trasera, frente al aparcamiento, estaba rota, por lo que no tuvo
problemas para entrar. Dejó a Lee en el suelo, levantó la puerta del garaje y
lo arrastró hacia el oscuro interior. Hecho esto, se apresuró hacia la entrada
principal para echar un vistazo a Barker Street. Había tres soldados en el
interior del quiosco. Al cabo de un par de minutos, aparecieron dos más, y los
cinco se marcharon juntos. Pasaron junto al restaurante, con un cigarrillo
encendido en la mano, hablando y riendo. Por lo visto, se alejaban sin mostrar demasiado
interés, por lo que Robyn pensó que no les darían demasiados problemas durante
un rato. —Puede que os tomaran por saqueadores —conjeturó Homer—. Como dijo el
señor Clement, debe de haber unos cuantos merodeando por aquí, y las patrullas
estarán acostumbradas a verlos. No iban a molestarse en montar una gran
operación solo por eso. Y tampoco iban a volar Barker Street por los aires sin
que fuese absolutamente necesario. —Pero sí volaron la casa de Corrie —recordé
yo.
—Ya —contestó Homer—. La diferencia es que las tiendas de
Barker Street siguen llenas de cosas. Y tal vez hayan conseguido relacionar la casa de Corrie con
el episodio del cortacésped-bomba. O es posible que solo fuese un objetivo
fácil y seguro. Quizás estén volando todas las granjas. Robyn parecía aterrada,
y tuvimos que explicarle lo que había sucedido en casa de Corrie. Ella también
acabó su historia. Mientras Lee yacía en el suelo soltando chistes groseros,
ella le desgarró los pantalones. Estaba tan frío y pálido, que Robyn pensó que
se encontraba en estado de choque. Detuvo la hemorragia con un vendaje
compresivo, lo arropó para que guardase el calor y, no sé cómo, encontró el
valor para regresar a la agencia de seguros City and Country. Ahí esperó cerca
de una hora al señor Clement. Cuando este llegó, con un par de bolsas de
comida, ella lo acosó para que accediera a ir a echar un vistazo a la herida de
Lee. —No estaba por la labor —admitió—. Pero al final se portó muy bien. Fue a
su consulta y regresó con todo tipo de material, analgésicos incluidos. Le puso
una inyección a Lee antes de inspeccionar su herida. Dijo que la bala lo había
atravesado limpiamente y que si no se infectaba se recuperaría pronto, pero que
la herida necesitaría tiempo para cicatrizar. Lo cosió y, hecho esto, me enseñó
cómo ponerle las inyecciones. Y, después de hacerme prometer que no volvería a
molestarlo, me dejó unas cuantas cosas: analgésicos, desinfectante, una
jeringuilla y agujas. Le he puesto dos inyecciones hoy. ¡Ha sido lo más!
—¡Robyn! —Era yo, sin dar crédito, quien estaba a punto de desfallecer—. ¡Si
basta con que alguien pronuncie la palabra «inyección» para que te desmayes!
—Ya lo sé —contestó, ladeando la cabeza, pensativa—. Tiene gracia, ¿verdad? —¿Y
cómo se encuentra? —preguntó Homer—. ¿Puede andar? —No demasiado. El señor
Clement dijo que debía descansar mientras tuviese los puntos. Una semana como
mínimo. Me enseñó cómo quitárselos.
Puse los ojos en
blanco. ¡Robyn quitando puntos! Me ahorré el comentario. —¿Hay rastro de la
familia de Lee? —No. Además, el local estaba hecho un desastre. Las ventanas
rotas, las mesas y las sillas destrozadas. Y el piso de arriba también ha sido
saqueado. Es difícil saber si hubo un enfrentamiento ahí o si los soldados lo
destrozaron por diversión. —¿Y cómo reaccionó Lee? —Por culpa de su pierna, no
pudo subir al piso de arriba, así que tuve que describirle el panorama.
Entonces, se interesó por algo en concreto, y tuve que subir corriendo otra vez
para buscarlo. Subí y bajé esa escalera un montón de veces. Lee estaba bastante
afectado. Se le vino el mundo encima: su familia, su casa, el restaurante, la
pierna. Pero esta noche estaba mejor. Tenía buen color. Hace tres horas que lo
vi. He estado sentada aquí todo este tiempo, esperándoos. Ya empezaba a preocuparme.
—Tenías que esperar en la colina que hay detrás de la casa —protesté. —¡Qué va!
¡Debía esperar aquí! ¡Eso fue lo que dijimos! —¡No! ¡En la colina! —Escuchad,
acordamos que... Era una locura. Estábamos teniendo una discusión. Homer dijo
con tono cansado:
—¡Callaos! La próxima vez tendremos que organizar mejor las
cosas. De todos modos, Ellie, cuando hablamos de ello antes, tampoco tenías muy
claro si era en la casa o en la colina. —Enmudecimos. Entonces, Homer
prosiguió—: Tendremos que sacarlo de allí. No tardarán en encontrarlo si se
queda en el restaurante. Cuanto más tiempo pasen aquí, mejor se organizarán y
más dominio tendrán sobre el territorio. Puede que de momento no se
preocupen por personas como el señor Clement, pero eso no tardará en cambiar.
Con lo de la casa de Corrie demostraron que van muy en serio. En un pacto
tácito, permanecimos sentados; tres mentes concentradas en la solución de un
mismo problema: cómo alejar a Lee de Barker Street pese a su pierna herida.
—Uno de los mayores inconvenientes es que, comparado con el resto del pueblo,
Barker Street parece estar plagada de soldados —añadió Homer. —Necesitamos un
vehículo —dijo Robyn, aportando su granito de arena. —¿En serio? ¡Qué lista!
—contesté yo, sin aportar nada en absoluto. —¿Qué os parece un vehículo
silencioso? —preguntó Homer—. Si nos paseamos en coche por ese barrio, nos
arriesgamos a que nos cosan a balazos. —Hagamos una lluvia de ideas —sugirió
Robyn. —Genial —celebré con sarcasmo—. Traeré las tizas de colores y la
pizarra. —¡Ellie! —me reprendió Robyn. —Segundo aviso —dijo Homer—. Al tercero
te quedas fuera. No sé qué me ocurría. El cansancio, seguramente. Y tengo una
tendencia a ponerme sarcástica cuando estoy cansada. —Lo siento —dije—. Me
pondré seria. ¿Cuál ha sido la última propuesta? Vehículos silenciosos. Está
bien. Carritos de golf, de la compra, carretillas.
Mi respuesta me dejó
asombrada, y los otros también se quedaron bastante impresionados. —¡Ellie!
—exclamó de nuevo Robyn, pero con un tono muy distinto esta vez. —Cochecitos.
Remolques —dijo Homer. Empezaron a fluir las ideas. —Muebles con ruedas.
—Bicitaxis. —Vehículos tirados por caballos. —Toboganes. Esquís. Trineos.
Montacargas. —Esas cosas con ruedas, como se llamen, que utilizaban antaño para
servir el té. —Sí, ya sé a qué te refieres. —Y coches sin motor. —Camas con
ruedas. Camas de hospitales. —Camillas. —Sillas de ruedas. Tal y como había
sucedido con la tapa del depósito del tractor cortacésped, habíamos pasado por
alto lo más obvio. Homer y yo miramos a Robyn.
—¿Podría ir en silla de ruedas?
Robyn reflexionó.
—Supongo que sí. Creo que la pierna le dolerá, pero si podemos sujetársela en
alto y evitar los choques... Y podría ponerle otra inyección —añadió con un
brillo en los ojos. —¡Robyn! ¡Qué peligro tienes! —¿Qué otra opción factible
tenemos entre todo lo que hemos dicho? —La carreta, pero también sufriría
mucho. Desde luego para nosotros sería mucho más fácil que las demás
propuestas. Una camilla sería perfecta para Lee, pero estamos demasiado
cansados. Dudo que pudiésemos llevarlo muy lejos. —Un montacargas sería lo más
divertido. Y creo que son fáciles de manejar. Además, las balas rebotarían.
Hubo algo en la última sugerencia de Homer que hizo que se me encendiese la
bombilla. —Puede que estemos abordando este asunto desde la perspectiva
equivocada. —¿En serio? —Bueno, solo hemos considerado medios de transporte
ligeros y discretos. ¿Por qué no irnos al otro extremo? Buscar algo tan
indestructible que nos traiga sin cuidado quién nos vea o nos oiga. Robyn se
enderezó en su asiento. —¿Cómo qué? —No sé, un bulldozer.
—¡Ya lo tengo! —dijo
Robyn—. Uno de esos camiones que llevan una pala en la parte delantera.
Podríamos utilizarla como escudo. De repente, estábamos muy animados. —De
acuerdo —accedió Homer—. Estudiemos esto paso a paso. Primer problema, el
conductor. ¿Qué tal tú, Ellie? —Yo creo que sí. En casa utilizamos la vieja
Dodge para recoger el heno de los prados y cosas así. Es como conducir un gran
coche. Tiene dos velocidades, pero no supone ningún inconveniente. No debería
afirmar nada hasta que la vea, pero creo que no habrá ningún problema. —Pues
entonces vamos al segundo punto: dónde conseguirla. Robyn nos interrumpió.
Olvidaba que ella no había visto a Homer en acción en casa de Corrie. —Estás
hecho un estratega, Homer. —¿Cómo? —Si sigues así, ¿qué será de tu reputación?
¿Ya te has cansado de ser el chico salvaje y alocado? Él se echó a reír, pero
no tardó en ponerse serio de nuevo. Robyn me hizo una mueca y yo le guiñé un
ojo. —¿Y bien? ¿Qué me decís del problema número dos? —Bueno, es obvio que la
solución se encuentra en el depósito municipal de vehículos. Está, digamos, a
unas tres manzanas del restaurante. Es probable que hayan forzado la puerta,
pero será mejor que llevemos una cizalla por si acaso. Las llaves de los
vehículos tienen que estar en alguna oficina, suponiendo, claro está, que el
edificio no haya sido saqueado.
—De acuerdo. Tiene
sentido. Problema número tres. Supongamos que recogemos a Lee. Está claro que
no podemos ir a casa de Ellie en el camión. Y Lee tampoco puede montar en
bicicleta. ¿Cómo llegaremos hasta ahí? Aquella era la mayor dificultad, y nadie
tenía respuestas. Nos quedamos sentados, intercambiando miradas, buscando una
solución. Fue Homer quien finalmente habló: —Vale, volveremos a estudiar esa
cuestión luego. Veamos otros detalles. El plan es bueno, francamente. Contamos
con el factor sorpresa, y además nos coloca en una posición de fuerza. Si
acomodásemos a Lee en una silla de ruedas y, bajando por la calle, nos
topásemos con una patrulla, ¿qué haríamos? ¿Empujar con más fuerza? ¿Dejar a
Lee tirado? Estaríamos en una posición muy vulnerable. En cambio, si Robyn
regresa al restaurante, prepara a Lee, lo acerca a la calle, le hace acupuntura,
le extrae el apéndice y cualquier otra cosa que se le ocurra para entretenerse,
Ellie y yo podríamos ir por el camión, bajar a toda pastilla por la carretera,
parar, meteros dentro, arrancar y salir pitando. Si pasamos a la acción entre
las tres y las cuatro de la madrugada, los pillaremos en su momento de mayor
debilidad. —Todos los seres humanos están más debilitados a esas horas —aporté
mi granito de arena—. Lo aprendí en biología. Entre las tres y las cuatro de la
madrugada sube el índice de muertes en los hospitales. —Bueno, gracias por esa
tranquilizadora aportación —dijo Robyn. —Debemos estar al máximo —advirtió
Homer. —¿Y dónde vamos a colocar a Lee? —pregunté—. Vamos a tener que
recogerlos en un abrir y cerrar de ojos. No habrá sitio en la cabina, así que
tendremos que acomodarlo en la parte de atrás. Homer me miró. Le brillaban los
ojos. Supe que el chico salvaje y alocado no andaba muy lejos.
—Lo pondremos en la pala —dijo, y esperó a ver cómo
reaccionábamos.
Nuestra
primera reacción no le decepcionó mucho. De hecho, cuanto más pensaba en ello,
más sentido le veía. Todo dependía de si podríamos manejar la pala con rapidez
y precisión. Si podíamos hacerlo, era la mejor solución. De otro modo,
ocurriría una tragedia. Una vez barajamos las opciones, Robyn sugirió algo más.
—Si tenemos un coche esperándonos en algún lugar hasta el que les cueste
seguirnos o donde no puedan valerse de sus armas, podremos cambiar de
vehículo... Y dirigirnos bien a casa de Ellie o bien a otro lugar del pueblo donde
pasar la noche. Intenté pensar en algún sitio donde pudiésemos llevar a cabo el
cambiazo. Algún lugar especial... algún lugar diferente... Cerré los ojos
durante un momento, y para despertarme tuve que enderezarme de un salto y
sacudir el cuerpo. —¿El cementerio? —sugerí cargada de esperanza—. Quizá sean
supersticiosos. No creo que ninguno entendiera de qué estaba hablando. Homer
miró su reloj. —Tenemos que tomar una decisión ya —anunció. —Está bien —dijo
Robyn—. ¿Qué te parece esto? Ellie ha mencionado el cementerio. ¿Conocéis Three
Pigs Lane? Queda justo después. Es un sendero largo y estrecho que lleva hacia
Meldon Marsh Road. Ahí es donde creo que deberíamos hacerlo. Diez minutos más
tarde, el plan quedó zanjado. A mí me pareció bueno. No era perfecto, pero
serviría.
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