"Así que, supongo que somos lo que somos por un montón de razones. Y tal vez nunca sabremos la mayoría de ellas. Pero incluso si no tenemos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a dónde vamos a partir de ahí. Todavía podemos hacer cosas. Y podemos tratar de sentirnos bien sobre ellas ". ― Stephen Chbosky, The Perks of Being a Wallflower
martes, 18 de febrero de 2014
Cap 7 Y 8 ANATEMA LISSA D'ANGELO
7 BIENVENIDA REALIDAD
Tras llegar a casa, después de aguantar un horrible viaje en bus, cuyo chofer parecía estar más pendiente de terminar de fumar su cigarrillo que de respetar las normas del tránsito, me apresuré en tomar una ducha y ponerme el pijama.
Lo sé, ninguna persona normal se iba a dormir tan temprano, entendiendo que apenas eran las seis de la tarde, pero he repetido muchas veces, yo no era normal, ni quería serlo.
Sin nada más que hacer, luego de haber terminado los deberes de química, mi estómago hizo un sonido familiar, y un poco vergonzoso. Hambre, como si esto fuera algo de qué avergonzarse, era una necesidad primaria. Robar y mentir eran actos vergonzosos, que mi estómago sonara, bueno, tal vez lo era pero solo si lo hacía en público. Sin embargo, estaba sola en casa y nadie me haría algún comentario por el rugido de mis tripas.
Mi hermano Rodrigo había salido con su novia de turno y mamá, supongo que también, aunque en el caso de ella era novio. Lo cierto es que Richard era una especie rara de ser humano que yo aún no terminaba de asimilar o entender.
Mi improvisada merienda fue mejor de lo que esperaba ¡No había nada más glorioso que comer con hambre! Sin nada que hacer, subí a mi habitación, obligándome a no pensar en las palabras de Lucas, pero fallé garrafalmente en cada intento. Llegué a mi cuarto por inercia y de la misma forma me dirigí hacia el espejo.
Aunque muchas veces he sentido de cerca el terror, nunca antes lo había sentido por lo desconocido, seres sobrenaturales, espíritus, etcétera. Los seres humanos ya eran lo suficientemente monstruosos para sentir pavor ¿Vampiros y fantasmas? Pan comido. Excepto que ahora, en todo lo que podía pensar era en ahogar el grito de horror que se esmeraba por escapar desde mi pecho. No tendría por qué temer mientras no admitiese que me sentía asustada.
Siempre había sido así: «Si no lo digo, no es real».
Si no confesaba que me dolía, pues no terminaría llorando. Eso fue lo que me mantuvo en pie todo el tiempo que me pasé soportando la indiferencia de Lucas y en el peor de los casos sus burlas, y fue esa misma convicción lo que me instó a tocar las marcas en mi cuello.
Repasé más de cerca las heridas, ignorando el temblor en mis dedos. Estaba baja de azúcar, eso era todo. Una persona escéptica hubiera pensado que se trataba de una picadura de araña, ya me había pasado dos veces. Pero esta vez era distinto, lo sabía. No había fiebre ni picazón en las heridas, lo cierto es que si no fuera por Lucas apenas lo hubiera notado. Quizás la sensación de resaca me hubiera hecho sospechar un poco, pero más tarde, mucho más tarde.
—Guau —dejé escapar un silbido, mientras tanteaba las pequeñas punciones, que no eran tan notorias, un par de círculos carmesíes que parecían derramarse como estrellas, en su centro varios tonos más oscuros, de todos modos era una suerte que mis amigas no se dieran cuenta. Aunque, probablemente lo habían hecho y simplemente, lo habían ignorado.
Sin dejar de mirarme, comencé a repasar, otra vez, los sucesos de la noche del sábado. No parecía una buena idea y fue precisamente por eso que lo hice:
Colegio, yogur, cama, en ese orden. Sin embargo, continuaba sin ver nada. Volví a intentarlo, pero todo en lo que podía pensar era en que Lucas debía haber estado realmente pendiente de mí, para reparar en las mordidas de mi cuello.
Porque me habían mordido, eso seguro, no había otra forma de explicar estas heridas, aunque lo cierto es que no recordaba casi nada; unos ojos claros, bastante demoniacos de un hermoso vampiro.
Porque tenía que ser un vampiro, incluso cuando los ojos satánicos pudieran ser parte de un sueño, lo que a estas alturas parecía probable, las heridas no podían haber salido de la nada.
Volví mi atención al espejo; mi reflejo parecía el de alguien enfermo, lucía demacrada y con una dramática falta de color en las mejillas, lo que no me sorprendió en absoluto.
Si no fuera porque yo era, ya sabes… yo, incluso dudaría, pero se trataba de mí y me conocía demasiado. No estaba loca.
Me fui a la cama temprano, sin revisar el correo y apenas resistiendo el deseo de encender el computador.
Grité, mordí y pataleé, pero no importaba lo que hiciera era incapaz de escapar de las garras de un psicópata que se entretenía mutilando mi cuello. ¡Despierta, despierta, despierta! No fue hasta que abrí los ojos que pude dejar de gritar, solo para dar paso a un llanto desgarrador e infantil. Me pasé el resto de la semana teniendo pesadillas igual de intensas, dolorosas y cada una más vívida que la anterior.
Decidí contarles a mis amigas sobre los sueños que me acosaban, desde que Yania muy apegada a su forma de ser, comenzó a hacer bromas crueles sobre mis “tatuajes” en el cuello.
Si no creían en la veracidad de mis cicatrices, mucho menos confiarían en que por las noches un extraño de ojos grises me visitaba en la alcoba. Yo misma no terminaba de creerlo, pero el dolor y su risa.
Todo eso no podía ser inventado.
Desde el salón, asomé la cabeza hacia el pasillo, casi esperando que alguno de los jugadores del equipo de fútbol apareciera de repente para gastarme alguna broma maliciosa. Habitualmente, eran en referencia a los vampiros o algún comentario sobre mis pechos, daba igual. Por desgracia, ser la rara de los vampiros no me hacía invisible antes los ojos de los hombres, solo les sumaba repertorio para sus burlas. Aun así, al final del día, seguía siendo un par de tetas y piernas largas en su lista por conquistar.
De hecho, conquistar era una palabra demasiado linda para el término que ellos usaban, pero yo era una señorita después de todo. Las palabras que ellos decían no se verían bien en mis labios.
Por fortuna el área parecía despejada, lo que no debería sorprenderme dado que era viernes y a diferencia del resto del mundo, no tenía ningún jodido panorama… al menos no uno diferente al de leer fanfiction o alguna novela romántica.
La mayoría de los alumnos de la escuela, para ser más precisa, la mayoría de los alumnos del universo parecían encontrar cierta entretención en conseguir escabullirse más temprano de clases los días viernes. Como si las fiestas fueran a empezar a la una de la tarde.
Idiotas.
Dicho así, podría parecer una resentida social y lo cierto es que, nunca me disgustó que se marcharan temprano, si eso no significara quedarme ordenando las mesas del salón, sola… obvio. Pero este viernes en particular, habíamos votado para elegir al encargado de aseo y orden nivel aulas. Incluso mis amigas votaron, espero que no por mí. Sin embargo, si es que lo hubiesen hecho, jamás podría culparlas, se trataba de ellas o yo. Si la situación hubiera sido a la inversa probablemente hubiese hecho lo mismo. De hecho, lo hice en más de una ocasión.
Observé el reloj en mi móvil y gemí de disgusto al ver la hora, eran las tres de la tarde, retiro lo dicho, quedarse sola después de clases era una jodida mierda. Y odiaba a mis amigas por abandonarme. Llevé de mala gana la escoba al cuarto de aseo donde solíamos enrollarnos con Lucas antes de romper. Si antes adoraba el lugar, ahora solo me provocaba punzadas en el pecho. Quizá de rabia o dolor. No sé.
La enorme reja del portón parecía la de una cárcel, sus fuertes barrotes cubriendo todo la manzana alcanzaban su grosor máximo justo en la puerta frontal, donde me encontraba yo ahora, dando el paso que me guiaría a la libertad o en su defecto, a las afueras de la escuela.
Salí y ahí estaba él.
Su cabello lucía más oscuro, probablemente porque estaba empapado.
Se había duchado.
Por un momento me pregunté qué diablos hacía aquí. No parecía molesto. De hecho, parecía bastante amigable. No normal, sino diferente, como me gustaba. Nos miramos lo que me pareció una eternidad, hasta que finalmente él tomó la iniciativa.
—¿Hola? —preguntó, con actitud infantil y casi idiota.
—Hola —respondí, actuando aún más infantil y más idiota.
—Me quedé a las prácticas de fútbol…—me avisó, como si tuviera la necesidad de excusarse por estar aquí, por estar conmigo; por esperarme.
—Ok —Un nuevo monosílabo, pero lo que en realidad quería decir era: “¡Lo sé, pero eso fue hace tres horas!”
La situación no podía ser más incómoda. Puede que yo no significara la gran cosa para él, pero él seguía siendo importante para mí.
—Te esperé… —lo dijo tan de golpe que pensé que había sido producto de mi imaginación, como tantas otras veces, y no fue hasta que me tomó de los hombros y se acercó hasta mi rostro, que comprendí que lo había dicho en serio.
—Lucas.
—Shhh.
No me quería callar, deseaba exigirle que me explicara por qué había cambiado tanto, por qué se había convertido en un clon de sus compañeros quienes, a su vez, me tenían como carne de cañón; blanco de sus bromas, malos tratos, prejuicios y, por qué no decirlo, condenas.
Pero también quería que me besara. Recordé nuestra primera cita, lo mucho que se quejó porque los vampiros de la película en lugar de ser aterradores, como él se pensaba, resultaban ser seres que brillaban como princesas cubiertas de lentejuelas. Y sin embargo, no había dudado en regalarme el libro de Ocaso, a la semana siguiente.
—Las cosas pueden ser mejores —dijo antes de posar sus labios sobre los míos. Fue algo rápido y un poco torpe, pero cuando me envolvió en sus brazos no fue torpe en absoluto—. Solo tienes que volver a ser tú, hacer las cosas que hacías antes…
—¿De qué hablas? —pregunté cerrando mis ojos, intentando relajarme, pero mi cuerpo continuaba tenso.
—De nada importante, Miki… —Ahí estaba de nuevo, mi antiguo apodo saliendo de sus labios. Por un instante, me pregunté si Becca se sintió así de bien cuando Edgard la besó por última vez, el día de su cumpleaños. En el libro parecía ser que él casi había perdido el control, ¿Cómo convirtió ese último beso en algo tan memorable?
No tengo jodida idea, pero este beso compartido con Lucas, podía ser suave, podía ser corto, pero estaba desgarrando mi corazón, pero no me importó. De hecho, prácticamente me lo estaba comiendo por completo. Su aliento calentó la superficie de mi oreja, causando en mí un incontrolable escalofrío. Era igual que siempre, las mismas palabras, su mismo olor, el modo en que sus manos envolvían mis hombros, sin embargo, me pareció mejor, casi mágico.
—Vas a hacerlo bien, ya lo verás.
Sonreí, sin poder decir nada, sin querer decir nada. No quería estropear el momento al pedirle explicaciones, porque realmente no entendía qué demonios estaba diciéndome.
—Hey, ¿Por qué lloras?
Rápidamente, comencé a secar las manchas saladas que surcaban mis mejillas. La verdad, no usaba mucho maquillaje, pero la máscara para pestañas era un complemento fundamental para mis ojos, como la leche para el cereal.
No debía verme nada guapa.
—Estoy horrible —me quejé, alejando sus pulgares de mi rostro, que habían intentado secarlo sin resultado.
—No estás tan mal—se detuvo un momento, escrutando mi cara—, de hecho eres bastante bonita… siempre lo has sido.
—Gracias.
Él me sonrió, pero rápidamente frunció el ceño y se alejó un poco de mí.
—Sobre lo de antes, hablaba en serio.
—Está bien.
—No, no lo está —negó y una mirada familiar cruzó su rostro. Yo había visto esa expresión fijarse en sus ojos antes, y no auguraba nada bueno—. No quiero que sufras.
—¿Por qué lo haría?
Él se pasó una mano por el cabello, revolviendo la humedad que aún quedaba en él.
—Ya sabes cómo son los chicos, no te dejarán entrar al grupo sin gastarte un par de bromas antes.
¿Grupo? Sonreí.
—¿Y por qué querría estar en ese grupo? —le pregunté, sin borrar la sonrisa de mi cara. En serio, no entendía.
—¿Por mí tal vez?, ¿No es esto de lo que hemos estado hablando desde que llegué?
Fruncí el ceño.
—¿Desde qué llegaste? Creí que me habías estado esperando…
Un sutil rubor cubrió sus mejillas.
—Es lo mismo.
—No, no lo es —no lo era en absoluto, Lucas había salido hace tres horas, incluso antes que el resto de los estudiantes. No podía haber estado simplemente esperándome. Entonces reparé en su vestimenta, ni siquiera llevaba el traje del equipo, o el uniforme habitual. Traía unos jeans y una camiseta blanca que se ceñía a su cuerpo…
Y también traía un chupón en su cuello.
—Miki…—suspiró, como si estuviera realmente costándole mucho escoger qué palabras usar—.La genta habla, la gente comenta sobre ti todo el tiempo. Solo te pido que actúes normal por un tiempo. ¿Es tan difícil para ti? ¿Por mí?
Y fueron precisamente esas palabras las que me hicieron trizas por dentro. Podría haberme llamado con todos los insultos habidos y por haber, incluso pudo haberme dicho que ya no me quería, pero fingir que le importaba algo solo para hacerme “normal”.
Eso dolía, demonios cuándo iba a lograr entender que no era normal, era única.
—¿Algún problema con mi chica?
Lo reconocí antes de girarme. Era la voz de quién me atormentaba por las noches. Era su risa cínica y arrogante, pero no por eso me dejaba de gustar.
Se interpuso entre Lucas y yo con un movimiento sutil, calmado, no de esas intervenciones ensayadas que aparecen en la televisión.
—Te hice una pregunta…—insistió, esta vez levantándolo desde el cuello, mientras yo intentaba, sin resultados, apartar la vista de sus ojos grises.
—Micaela, amor ¿Estás bien? —preguntó, girándose hacia mí, soltando el cuello de Lucas.
Quise preguntarle quien era, como conocía mi nombre y por qué le importaba si estaba bien o no, pero cuando sus brazos me escondieron en su inmenso torso por medio de un abrazo, todo lo que hice fue cerrar los ojos y controlar mi respiración, era eso o gritar. ¿Qué estaba pasando? ¿Cuándo crucé a este mundo alterno de locos?
—Hoy vas a morir —soltó por encima de mi cabeza, la amenaza no iba dirigida a mí, sin embargo el tono cruel que adoptó su voz me dio un escalofrío. Lo siguiente que escuché fue el sonido que hicieron los pies de Lucas al alejarse corriendo.
—Muchas gracias —tartamudeé, minutos después, mientras me alejaba de su cuerpo y observaba avergonzada la mancha de humedad en su chaqueta.
Él respondió con un suspiro que fue similar a cuando te aguantas la risa, pero mientras más me alejaba de su cuerpo, más me hacía consciente de la realidad.
—¿Quién eres?
Llevó una mano hasta su pecho y su boca se curvó en un mohín. Dios, realmente parecía que se iba a poner a llorar, si ignorabas el brillo malicioso en sus ojos.
—Mica, Mica. Si no fuera porque tuvimos una noche inolvidable, realmente podría llegar a sentirme ofendido.
Bien, ahora estaba sonriendo.
—¿Una noche inolvidable? tienes que estar bromeando.
Habría agregado un “no te conozco”, pero sí lo conocía, o al menos conocía esos ojos crueles.
—¿Bromear?
Sí, definitivamente esa era una sonrisa.
Al final, soltó una carcajada tan agradable que me faltó poco para unirme a su risa, era demasiado cálida y contagiosa.
—Suelo hacerlo a menudo —la sonrisa abandonó su rostro—, pero esta tarde no has tenido tanta suerte.
Bien, la amenaza estaba implícita en sus palabras.
8 CARA A CARA
A Lo miré de arriba abajo. El hombre que estaba frente a mí tenía un arete pequeño en su oreja izquierda, vestía unos jeans desgastados y una chaqueta negra con cuello estilo Mao. Sus ojos grises lucían tan claros que parecían ser blancos.
En los últimos meses se había puesto de moda entre los hombres llevar el cabello desordenado, pero el peinado del desconocido frente a mí, era totalmente opuesto a los cánones de la vanguardia juvenil: Su pelo era negro, lo llevaba muy corto y peinado en puntas. No parecía estar usando gel u otro producto modelador. Sabía cómo llevar un arete sin perder su masculinidad. Era atractivo y por la forma en que se movía, parecía saberlo. Había algo más en esos ojos plata y sonrisa inhumana, no sabría decir qué… pero sí asegurar que todo su aspecto vaticinaba problemas
—Hey, tranquila. Solo bromeaba, deja que te acompañe y así nos ponemos al día.
—¿Bromeabas?
—Soy bueno mintiendo…
—Como quieras —dije encogiéndome de hombros, no era como si pudiera decir otra cosa cuando él continuaba clavándome su mirada de mercurio. Lamento ser redundante, pero ¿Cómo decirlo? esos ojos desafiaban las barreras de la lógica y estaban obligando a mi razón fingir que no existía lo imposible.
—Pues, yo lo quiero así —contraatacó con una voz grave y un segundo después me tenía agarrada de la cintura, más bien atrapada. No era como si yo tuviera planes próximos para escapar, pero de todos modos un movimiento como ese podía llegar a intimidar a cualquiera.
Y yo no era alguien cualquiera, pero de todas maneras me intimidaba...
—Eh… ¿Qué estás haciendo? —como queja dejaba mucho que desear, pero no era fácil aparentar dignidad cuando un tipo que parecía ser la encarnación de la sensualidad insistía en tocarte justo donde eres más sensible.
—Lo que quiero —se estaba burlando, era obvio.
—No es gracioso.
—No se supone que lo sea. Además ¿No fuiste tú quien me dijo que podía hacer lo que quisiera?
No recordaba muy bien cuales habían sido mis palabras, pero estaban lejos de ser esas. Intenté deshacerme de su agarre. Dejar que un desconocido me acompañara a casa era una irresponsabilidad.
—Mira —empecé—, agradezco que me hayas ayudado y siento si te di una idea equivocada, pero…
Su mano abandonó mi cuerpo.
—Listo, ya se fue.
Fruncí el ceño, sin entender, pero giré mi cabeza hacia atrás para seguir su mirada.
—Tu amiguito —explicó, obligándome a volver mi atención al frente. Además, la forma en que dijo “amiguito”, lo hizo sonar como la peor de las groserías—. ¿Por qué esa cara? ¿Acaso querías que te devolviera con el mocoso?
Tragué el nudo en mi garganta fingiendo que no dolía ser tan crédula, y tan fácil de manipular. Y por segunda vez en el mismo día. Pero este tipo no me había utilizado, solo había intentado ayudarme frente a la humillación de la que estaba siendo víctima por culpa de Lucas. No era culpa de este extraño que yo no supiera diferenciar la ficción de la realidad.
—No. No es nada —mentí, agradeciendo que el desconocido no pudiera leer mentes.
—Por cierto, soy Nathan Eberhard —dijo extendiéndome su mano y la estreché. Antes de que me dijera su nombre lo hubiera imaginado con cualquier otro: Edgard, Stefano, Ramon Salvador, Vladimir. Bien, puede que no fuera particularmente creativa a la hora de escoger seudónimos. Sin embargo, ahora que sabía cómo se llamaba, no podía imaginar uno mejor, incluso cuando no tuviera jodida idea de lo que significaba.
—Significa regalo de Dios —agregó con sorna después de un rato y no estaba exagerando. Por primera vez en mi vida, comenzaba a creer en la bondad del buen Dios. El nombre le quedaba perfecto.
Distinto a lo que me temí en un inicio, el camino a casa se hizo corto. El humor de mi acompañante tuvo bastante que ver en con eso. No mencionó nada sobre su comentario anterior de una semana inolvidable, pero asumí que lo había dicho para que Lucas, quién aún estaba cerca, escuchara. Además, terminaba de digerir la nueva jugada de Lucas.
No debería sorprenderme. No debería doler. Pero si el corazón obedeciera a la razón, el mundo no estaría como lo vemos.
Mi colegio está ubicado en la Calle Arauco, una de las avenidas principales que cruza toda la ciudad. En la vereda del frente está ubicado el único centro comercial de Valdivia, por lo que esperar que esa calle estuviese vacía, era casi tan imposible como que un tipo como Nathan me acompañara a casa. Como decía anteriormente, era una arteria transitada por mucha gente, y qué decir de los vehículos particulares y públicos.
De hecho, mientras avanzamos, más de una cabeza se giró en nuestra dirección. Y cuando pasábamos frente a las vitrinas de una conocida marca de electrodomésticos, un par de promotoras se asomaron quedando pegadas a los vidrios, tal y como esos peluches que ornamentan los parabrisas traseros de los autos.
Él sonrió complacido, pero no dijo nada, solo apresuró el paso, adelantándose unos centímetros de mí. Estaba por gritarle que debíamos doblar en la próxima cuadra, cuando él se me adelanto, girando a la derecha hacia la calle Beauchef.
Joder.
¿Cómo diablos?
Suspiré y sacudí la cabeza,
La sonrisa de Nathan me pareció deliciosa mientras nos acercábamos al portón de mi casa y yo también me reí. Sus ojos grises brillaron con picardía, cuando se lamió los labios antes de preguntar:
—¿Sabes de qué raza era el caballo de Drácula?
—Pura sangre.
Él arqueó las cejas.
—¿Qué?
—No se suponía que lo supieras —se detuvo un momento, con el entrecejo fruncido. Abrió la cerca, nunca le ponían seguro, y me dejó entrar para luego hacerlo él—. Desde luego, contigo es mejor no suponer nada.
Avancé por los cuadritos de cemento que separaban la cerca de la puerta principal y noté que se había callado, como esperando una respuesta.
—Sabias palabras —coincidí, sin mirarlo e intentando meter la llave en la cerradura. Nuestras manos se tocaron cuando él se dispuso a ayudarme. Le di una palmadita para que la alejara, después de todo se trataba de mi casa. El mismo sitio donde pretendía dejar entrar a un extraño.
—Sabes —me giré hacia él, bloqueando con mi cuerpo la puerta abierta—, me parece que no es una buena idea.
Tras soltar un hondo suspiro, sus manos se apoyaron en la madera de alerce que revestía el marco de la puerta, dado que estaba semiabierta, terminó por abrirse completamente y fueron sus brazos los que impidieron a mi cuerpo dar de lleno contra el suelo.
No era el mejor salvavidas, ya que él mismo había causado mi traspié, probablemente su rápida respuesta le hubiera hecho ganar puntos en otra ocasión, pero justo ahora, me inquietaba.
¿Él y yo solos en casa?
¡Sí!, gritó mi cuerpo, pero mi conciencia era tremendamente obstinada.
Alcé el rostro, dispuesta a deshacerme de su agarre y advertirle que lo mejor sería dejar nuestra plática para otra instancia. Fue entonces cuando Nathan me sonrió con la promesa de un futuro lleno de paz y exento de problemas. Cuando sus brazos envolvieron mi cuerpo y su boca tocó mi oído, yo simplemente asentí con una sonrisa boba:
—A mí me parece que sí.
Desperté en lo que parecía ser mi cama, pero no fue hasta que la luz verde del reloj de mi velador indicó que eran las doce, en que terminé de convencerme. Lentamente comencé a girar la cabeza, fingiendo que el dolor en mi sien, era solo imaginario por lo que pronto se iría.
Pero no, el dolor era malditamente real. Suspiré aliviada al encontrar mi almohada de Edgard Clutter en el rincón izquierdo de mi cama. Estaba húmeda para variar, así que instantáneamente me llevé una mano a la boca, secando los restos de saliva. Mi habitación estaba a oscuras, pero no necesitaba ver su rostro para saber que estaba ahí. La textura sedosa de la tela me hizo reconocerlo, apreté el almohadón contra mi pecho, mientras apretaba los dientes ante una nueva punzada de dolor en mi cabeza. Últimamente las jaquecas eran cada vez más frecuentes… y dolorosas, y eso sin mencionar mis pesadillas.
Antes de ser consciente de mis actos, el pobre Edgard fue a parar contra la pared, mientras yo me llevaba ambas manos a la cabeza soportando la sexta punzada en menos de diez minutos.
—Maldita sea —dijo alguien sentándose a mi lado y tendiéndome un vaso de agua.
Estaba bastante segura que en ocasiones como estás uno debería preguntar ¿Quién eres?, o como mínimo comenzar a gritar, en cambio, todo lo que hice fue aceptar el vaso y las dos pastillas que me ofrecía.
—Es mi culpa —añadió con una sonrisa, mientras se sentaba a mi lado en la cama. Simplemente asentí, insólitamente convencida de que él tenía la razón y notando que poco a poco el dolor iba menguando.
—Supongo que tienes miedo —hizo una pausa y bajó la voz—.Desde luego que sí, haces bien en temerme.
Lo hacía, pero no porque fuera un posible ladrón oculto en mi alcoba, ni siquiera un potencial violador. Había más, algo fuera del entendimiento humano.
Cuando me giñó el ojo, enterré mis manos en el cobertor de la cama y realmente quise gritar, pero no podía. Algo realmente malo le había ocurrido a mis cuerdas vocales, había quedado muda, porque no había otra forma de explicar que estando sola en mi habitación con un desconocido yo continuara sin poder hablar.
—Verás, tú y yo hicimos un trato hace unos días. ¿Lo recuerdas?
Tragué el nudo alojado en mi garganta.
—Por supuesto que no —la sonrisa transformó su oscuro rostro en la faz de un ángel, pero al instante reemplacé esa idea por la de Azrael, el ángel de la muerte le quedaba mucho mejor—. Solo para que lo sepas, puedes responder. De hecho, me agradaría mucho que lo hicieras, porque los monólogos suelen ser aburridos. Sobre todo cuando la única espectadora está medio muerta.
«Medio muerta…»
Instantáneamente llevé una mano hasta mi cuello. Tras palparlo, uno a uno los dedos de mi mano comenzaron a temblar y pronto todo lo que vi fue una imagen borrosa del extraño acercándose. Mis lágrimas hacían difícil observarle con claridad.
—Además, la luz está apagada —añadió él—. ¿Quieres que la encienda por ti?
—Lees mentes…
—Y también chupo sangre, pero eso tú ya lo sabías ¿No?
—Noo…oh—intenté gritar, pero estaba disfónica.
Enarcó sus cejas llevándose un largo y blanco dedo hacia sus labios, como un recordatorio, pero yo sabía que realmente se trataba de una advertencia. No entendía bien el cómo, sencillamente lo sabía y punto final.
En medio de toda la oscuridad, él se las ingeniaba para contrastar con gracia. Desde mi ventana, un solitario rayo lunar se filtraba por el visillo, rompiéndose en la piel del vampiro e iluminando sus ojos.
—Quiero decir… —murmuré, sin separar mis manos aún enterradas en el cobertor—. No lo sabía.
—Micaela —me llamó, pero solo atiné a fruncir el ceño y él rodó los ojos antes de añadir:
—Bien, Mica. No te gusta tu nombre —me hizo callar alzando una mano—. No respondas, no era una pregunta. A nadie podría gustarle un nombre como ese ¿En qué rayos pensaban tus padres?
Me mordí la lengua intentando disipar el temor y reemplazarlo por la ira, pero lo cierto es que no era nada fácil, probablemente porque las heridas en mi cuello continuaban húmedas y ardían como el demonio.
—Relájate y no grites.
Instantáneamente retrocedí dándome un golpe brutal contra el respaldo de mi cama ¡Como si no tuviera mi dosis suficiente de dolor!
—Hey, ten cuidado.
Sonreí con histeria.
—¿Y me lo dices tú?
—No veo a nadie más por aquí.
—Estaba evitando que me mordieras, genio.
Él rodó sus ojos y al instante me vi con su mano rodeando mi cuello. Tenía una mano enorme y no sería difícil para él romperme el cuello, sin embargo no lo hizo.
—¿Vas a calmarte?
Asentí.
—¿Puedo soltarte sin que comiences a gritar?
Asentí nuevamente.
Bufó molesto, pero finalmente me soltó. Retrocedió apoyando sus codos sobre mi cama dándome una sonrisa que parecía ser seductora. Probablemente esa sonrisa me hubiese mandado directo al cielo, pero mi estómago se encontraba tan revuelto que todo en lo que podía pensar era en vomitar.
—¿Me estas tomando el pelo?
No dije nada, tampoco esperó a que lo hiciera. En un momento se encontraba sentado en la cama frente a mí con su sonrisa socarrona, y al siguiente, la luz de mi cuarto se había encendido y yo tenía una cacerola entre mis manos.
—¿Y esto?
—Fue todo lo que encontré, no conocía tu cocina…
El pánico momentáneamente olvidado, regresó con fuerza.
—¿Has estado en mi casa antes?
—Veamos —estiró la mano y la dio vuelta, enumerando los dedos de su palma a la vez que respondía—. En tu cuarto, el baño de abajo, el de esta planta, la sala de estar, el comedor, y ahora también la cocina.
—Está bien, mejor no quiero saberlo.
—Tú preguntaste —me miró fijamente, mientras me enrostraba mi idiotez.
—Ya, pero me arrepentí.
Sabía que estaba actuando como una cría y cruzarme de brazos no ayudaba en nada a mi actual imagen, pero no podía hacer otra cosa. Esto era bastante loco e irreal. Además…
—¡Mierda!
—Vaya, ¿Con esa boca comes?
Lo ignoré deliberadamente, mientras inhalaba profundo en un ridículo intento por aplacar el dolor.
—Haz que pare, por favor…
—No lo sé. No eres amable conmigo.
Otra sonrisa volvió a asomarse en sus labios y estuvo cerca de contagiármela, salvo que las lágrimas que habían bajado hasta mi boca eran un aliciente aún mayor y la risa no salía.
—Por favor…
—¿Y si no puedo?
Llevé ambas manos a mi rostro, intentando arrancarme el dolor de una maldita vez. Era como si me estuvieran partiendo el cráneo en dos.
—Sé que puedes. De otro modo, no estarías aquí.
Nathan dejó escapar una nueva maldición y luego el dolor sencillamente me dejó, me abandonó y en su lugar, mi mente quedó repleta de recuerdos, imágenes horribles y monstruosas, y cada una era peor que la anterior.
Cuando volví a alzar el rostro, su mirada ya no era pícara, sino fría y animal.
—Cuando aprenderás Mica. Cuidado con lo que deseas.
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