Los perros estaban
muertos. Eso fue lo primero que pensé. No saltaban ni ladraban cuando llegamos
con el coche, ni tampoco me recibieron entre gemidos de alegría como siempre
hacían al verme correr hacia ellos. Yacían junto a sus casetas de metal
galvanizado, cubiertos de moscas, ajenos al calor de los últimos rayos de sol.
Sus ojos enrojecidos rezumaban desesperación y sus hocicos estaban cubiertos de
espuma reseca. Estaba acostumbrada a verlos tirar con todas sus fuerzas de las
cadenas —era la danza frenética que ejecutaban cada vez que me veían llegar—
pero aquella vez, las cadenas estaban tendidas en el suelo, inertes. Todos
tenían el cuello empapado en sangre, a la altura del collar. De los cinco
perros, cuatro eran aún jóvenes. Compartían un cubo de agua para beber, pero lo
habían volcado y ahora yacía a un lado, seco y vacío. Horrorizada, los examiné
uno a uno, muy deprisa: todos muertos. Me acerqué corriendo a Millie, la
madre, a la que habíamos separado de sus cachorros porque no dejaban de
molestarla. Su cubo seguía en pie y aún contenía algo de agua; de súbito, al
acercarme, ella realizó un débil movimiento con el rabo e intentó ponerse en
pie. Me chocó ver que aún estaba viva, puesto que ya había dado por sentado que
tampoco habría sobrevivido. Lo más racional habría sido dejarla y entrar
corriendo en casa, porque era consciente de que no habría sucedido semejante
tragedia a menos que algo más horrible aún les hubiese pasado a mis padres. Sin
embargo, mi mente había dejado de funcionar racionalmente. Solté la cadena de Millie
y la vieja perra bregó por levantarse, pero seguidamente se desplomó sobre
sus rodillas delanteras. Llegué a la brutal conclusión de que no podía
malgastar más tiempo con ella. Ya la había ayudado suficiente.
—Haz algo por la
perra —grité a Corrie, y salí disparada hacia la casa.
Mi amiga ya se había puesto en marcha; estaba actuando con
más rapidez que los demás que, conmocionados, seguían deambulando a nuestro
alrededor. Empezaban a asimilar que algo malo sucedía, pero no habían sacado
las mismas conclusiones que yo. Y mi mente las sacaba tan rápido que me vi
presa del pánico. Corrie vaciló, se volvió hacia los perros e interpeló a
Kevin: —Encárgate de los perros, Kevin. Dicho esto, fue detrás de mí. No había
nada raro en el interior de la casa, y eso era lo peor. No había señal de vida
por ningún lado. Todo estaba limpio y ordenado. Y a aquellas horas del día, lo
más normal hubiese sido que aún quedaran restos de comida sobre la mesa de la
cocina, platos en el fregadero y se oyera de fondo el parloteo de la
televisión. No obstante, todo estaba sumido en silencio. Corrie abrió la puerta
detrás de mí, entró sin hacer ruido, y susurró: —¡Dios mío, qué ha pasado! —No
fue una pregunta. Su tono de voz me aterrorizó aun más, y me quedé allí
plantada—. ¿Qué les ha pasado a los perros? —inquirió. —Están todos muertos
menos Millie. Y a ella no le queda mucho. Eché un vistazo a mi alrededor
en busca de una nota, una nota dirigida a mí, pero no logré encontrar nada.
—Llamemos a alguien —sugirió—. Llamemos a mis padres. —No. Llama a los padres
de Homer. Su casa queda más cerca. Sabrán qué ha sucedido. Cogió el teléfono y
me lo dio. Yo descolgué el auricular y, cuando empecé a marcar los números, me
di cuenta de que no se oía tono alguno. Acerqué aún más el teléfono al oído.
Nada. En aquel momento, experimenté una sensación de miedo bien distinta; un
tipo de miedo que jamás había sentido antes.
—No hay línea
—expliqué a Corrie.
—Dios mío —repitió. Puso los ojos como platos y palideció.
Robyn y Fi irrumpieron en la cocina, con los otros siguiéndolas de cerca. —¿Qué
ocurre? —preguntaron—. ¿Qué está pasando? Kevin entró llevando a Millie en
brazos. —Dale algo de comer. Busca en la nevera —dije. —Iré yo —se ofreció
Homer. Intenté explicar la situación, pero de forma tan atropellada que acabe
confundiéndome y yéndome por las ramas. Desistí y me limité a decir con tono
desesperado: —Tenemos que hacer algo. En aquel preciso instante. Homer apareció
con un cuenco de carne picada. Lo siguió un olor nauseabundo. —La nevera no
funciona —dijo—. Huele fatal. —Fatal —repetí embargada por la sensación de
miedo. Él se quedó mirándome. Robyn se acercó a la televisión mientras Homer y
Kevin intentaban animar a Millie para que comiese algo, vimos como Robyn
se disponía a encender el aparato, pero tampoco respondía. —Qué raro —murmuró.
—¿Te dijeron tus
padres que se marchaban a algún sitio? —preguntó Fi. Yo ni siquiera me molesté
en contestar.
—Tal vez tu abuela se puso enferma... —dijo Corrie. —¿Y por
eso iban a cortar la corriente? —inquirí con un tono rebosante de sarcasmo.
—Puede que hubiese una avería general en la compañía eléctrica —sugirió Kevin—.
Quizá se quedaron sin electricidad unos días y tuvieron que marcharse. —No han
dejado ninguna nota —espeté—. Y nunca habrían permitido que nuestros perros
muriesen. Todos enmudecimos durante un momento. Nadie sabía qué decir. —No hay
ninguna explicación posible a todo esto —dijo Robyn. —Parece cosa de ovnis
—sentenció Kevin—. Como si los hubiesen abducido los extraterrestres o algo
así. —Sin embargo en cuanto reparó en la expresión de mi cara, se apresuró
añadir—: No pretendo hacerme el gracioso, Ellie. Sé que algo grave ha pasado.
Pero es que no se me ocurre ninguna explicación. Lee susurró algo a Robyn.
Tampoco me molesté en preguntarles de qué se trataba. Y en cuanto distinguí el
terror en el rostro de Robyn, preferí no saberlo. Hice un enorme esfuerzo
mental por mantener la calma —Volvamos al Land Rover —resolví—. Traed a la
perra. Iremos a casa de Homer. —Espera un momento —dijo Lee—. ¿Tienes una
radio? ¿Una que funcione con pilas?
—Sí, pero no sé
dónde está —contesté, lanzándole una mirada interrogativa. Seguía sin saber lo
que pretendía, pero la expresión de su cara no me tranquilizó más que la de
Robyn—. ¿Para qué la quieres?
En realidad, prefería que no me contestara. —Yo tengo mi walkman
en el Land Rover —dijo Robyn. Lee se volvió hacia ella. —¿Has oído algún
boletín de noticias desde que nos marchamos? —No. En un par de ocasiones
intenté sintonizar alguna emisora, pero no encontré ninguna. Supuse que los
acantilados que rodean el Infierno dificultaban la recepción. —¿Encontrarás tu
radio? —preguntó Lee. —Supongo que sí —contesté, y corrí a mi habitación. No me
apetecía perder el tiempo de esa manera. Deseaba con todas mis fuerzas llegar a
casa de Homer, lanzarme a los brazos de la dulce señora Yannos y dejar que me
arropase y despejase mis miedos, que me dijese que todo aquello no era más que
un malentendido. Pero algo horrible ocupaba la mente de Lee y yo no podía dejar
de hacerle caso. Regresé con la radio y la encendí conforme me apresuraba por
el pasillo. Giré el sintonizador en busca de una emisora. Para cuando llegué a
la cocina, ya había rastreado todo el espectro radiofónico y no oí nada más que
interferencias. Lo achaqué a las prisas, siempre voy con prisas. Nunca aprenderé.
Lo intenté de nuevo bajo la inquieta mirada de los demás, que no daban crédito.
Esta vez procedí con suma minuciosidad, pero el resultado fue el mismo: nada.
Nos invadió una sensación de pánico. Miramos a Lee, esperando que se sacara una
explicación de la manga, como por arte de magia. Se limitó a negar con la
cabeza. —No sé qué decir —admitió—. Vayamos a casa de Homer.
También probamos la
radio del Land Rover pero en vano. Arranqué y pisé el acelerador a fondo, con
tanta brusquedad que Kevin, que aún no se había acomodado en el asiento, se golpeó la cabeza y casi
dejó caer a Millie, a la que seguía cuidando. El Land Rover avanzó a
trompicones unos cuantos metros hasta que se me caló. Podía oír la voz de mi
abuela diciendo: «Vísteme despacio que tengo prisa». Aspiré una profunda
bocanada de aire y lo intenté de nuevo, con más calma esta vez. La cosa fue
mejor. Pasamos la valla y tomamos la carretera, mientras le decía a Homer: —He
olvidado echar un vistazo a las gallinas. —Tranquila, Ellie —contestó él—. Todo
irá bien. Encontraremos una solución. Pero no fue capaz de mirarme a los ojos.
Se quedó quieto en el asiento, con semblante preocupado, sin apartar la vista
del parabrisas. La casa de Homer queda a un kilómetro y medio de la nuestra. Lo
único que queríamos ver conforme nos acercábamos, lo que más anhelábamos ver,
era movimiento. No había ninguno. Tras toparme contra la rejilla del redil,
toqué el claxon con insistencia, al máximo. Lee me detuvo desde el asiento
trasero del coche. —No hagas eso, Ellie. Una vez más me asustó preguntar por
qué, pero le hice caso. Me paré de un frenazo a un lado de la puerta principal.
Homer se apeó de un salto y echó a correr hacia su casa. Abrió la puerta de par
en par y entró, gritando: —¡Mamá! ¡Papá! Ya antes de abandonar el asiento del
conductor, el vacío que detecté en su voz habló por sí solo.
De camino a la puerta, oí que alguien arrancaba el Land
Rover. Me giré sobre mi misma y observé. Lee estaba al volante. Aguardé. Era un
conductor pésimo y, sin embargo, tras varias maniobras y acelerones, se las
ingenió para desplazar el vehículo bajo la sombra del enorme y viejo pimentero
que se alzaba justo detrás del depósito. Los retazos de la despreocupada
conversación que tuvimos en el Infierno me vinieron a la mente. Y entonces lo
comprendí todo, y repudié y temí ese recuerdo. Lee salió del coche y se dirigió
hacia donde yo me encontraba. En cuanto se acercó a la puerta le grité: —¡Lee!
¡Te equivocas! ¡Déjalo ya! ¡Deja de pensar en eso! ¡Te equivocas! Robyn apareció
detrás de mí y me agarró por el brazo. —Lo más probable es que se equivoque
—dijo—. Pero la radio... —Enmudeció durante un instante—. No pierdas la calma,
Ellie. No, hasta que sepamos algo. Entramos juntas en la casa. Nada más cruzar
la puerta y sumirnos en un silencio sepulcral añadió: —Reza, Ellie. Reza con
toda tu alma. Pude distinguir lo que parecieron mugidos desde la parte trasera
de la casa, de modo que me dirigí al patio. Allí encontré a Homer, que, con
semblante grave, intentaba ordeñar a su vaca. Las ubres goteaban leche, la res
se agitaba incómoda y mugía en cuanto él intentaba tocarla. —¿Sabes ordeñar,
Ellie? —preguntó con tono suave. —No, lo siento, Homer. Jamás aprendí a
hacerlo. Se lo preguntaré a los demás. En cuanto me adentré en la casa, añadió:
—Ellie, el periquito
está en la terraza interior.
—Vale —contesté antes de echar a correr en aquella dirección.
Sin embargo, Corrie se me había adelantado. El periquito estaba vivo, pero en
su jaula no quedaban más que unas gotas de agua sucia. Le pusimos agua fresca
que apuró como hacía mi padre con su primera cerveza tras una dura jornada
esquilando el ganado. —Tienes vaca lechera en casa, ¿verdad? —pregunté a
Corrie—. ¿Puedes relevar a Homer ahí fuera? —Claro —contestó antes de ir hacia
allí. Todos empezamos a actuar con una calma forzada. Sabía cómo de asustados
debían de estar Corrie y los demás sin saber que había sido de sus familias,
pero aún no podíamos hacer gran cosa por ellos. Llevé el periquito a la cocina,
donde Lee acababa de colgar el teléfono. Lo miré enarcando ambas cejas; el negó
con la cabeza. Homer apareció momentos más tarde. —Tenemos un emisor receptor
LCI en el despacho —dijo sin mirar a nadie. —¿Qué significa «LCI»? —preguntó
Fi. No me había percatado de que se encontraba allí, de pie junto a la puerta
de la despensa —Lucha contra incendios —explicó Homer, lacónico. —¿No sería
arriesgado? —preguntó Robyn. —Y yo qué sé —respondió Homer—. Es imposible saber
nada. Acuciada por la desesperación y ansiosa por convencerlos, me dirigí a
ellos con tono enérgico:
—Esto es ridículo.
Sé lo que estáis pensando, y es imposible del todo. Imposible. Este tipo de
cosas no pasan aquí, no en este país. —Entonces, cargada de esperanza, recordé
algo—. ¡Los incendios! Todos estarán ahí fuera intentando apagar esos incendios. Habrá uno
de estos fuegos descontrolados y quizá la gente siga movilizada —Ellie, no se
trataba de ese tipo de incendios —dijo Homer—. Y tú lo sabes. Sabes
perfectamente qué pinta tiene un incendio descontrolado. —Yo no sé mucho sobre
esas cosas —dijo Lee—, pero ¿no se supone que debería haber un montón de gente
hablando por esa radio mientras siguen activos los incendios? —¡Sí! —exclamó
Homer, apresurándose a encenderla. —Pero si no hay corriente —dijo Fi. —Funciona
con pilas —contesté yo. Seguimos a Homer y nos hacinamos en el diminuto
despacho. Él subió el volumen al máximo, pero no hizo falta. Unas
interferencias monótonas e interminables llenaron el silencio de la habitación.
—¿Has comprobado la frecuencia? —pregunté en voz baja. Homer asintió con una
expresión desilusionada. Quise abrazarlo, comprobar si Fi también iba a hacerlo
y, cuando vi que había abandonado la habitación, me decidí. Al cabo de un
minuto, Homer dijo: —¿Creéis que deberíamos emitir una señal por radio? —¿Qué
opinas tú, Ellie? —me preguntó Lee. Sabía que tenía que barajar todas las
posibilidades. Recordé lo tensas que se pusieron las cosas antes de que nos
fuéramos de excursión: todos esos políticos armando escándalo. Procuré razonar
con calma y contesté: —Lo único que justificaría esa señal sería ayudar a nuestras
familias. Es decir, si están en peligro o en apuros. Pero, de ser así, todo el
mundo debe de estar en el mismo barco. Y las autoridades tendrían constancia de
ello. Así que transmitir un aviso no ayudaría a los nuestros... »Otra razón
para emitir es que estamos desesperados por saber lo que está sucediendo. Pero
claro, al hacerlo, quizá nos pongamos en peligro... —Intenté mantener un tono
de voz sereno—. Si algo malo ha pasado... Si hay gente ahí fuera… —En
definitiva, ¿qué hacemos? —preguntó Lee. —No creo que debamos hacerlo —dije
cargada de pena. —Estoy de acuerdo —asintió Homer. —Yo también —añadió Lee.
—Ahora iremos a casa de Corrie —prosiguió Homer—. Y a la de Kevin. Y Robyn… Ni
siquiera sé dónde vive. —Justo a las afueras —contesté. —En ese caso, por orden
geográfico, Corrie y Kevin están primero. —Miró a Lee, que asintió sin mediar
palabra. Ya había deducido quién sería el último. Los siete nos reunimos en la
cocina con una sincronización casi perfecta. Corrie cargaba con un recipiente
de leche que apestaba y más bien parecía un montón de huevos revueltos
blancuzcos. Kevin la acompañaba. Iban cogidos de la mano y se sujetaban con
fuerza. Vertí algo de leche en un cuenco para dársela a Millie, que al
fin empezaba a mostrar algo de entusiasmo. La olfateó antes de beber a ávidos
lengüetazos. Kevin se volvió hacia Homer para decirle:
—¿Te importa si nos
vamos ya a nuestras casas? Podemos ir solos si disponemos de un vehículo… —Me
miró entonces—. O del Land Rover.
—Mi padre dijo que solo yo...—empecé, pero enmudecí en cuanto
me percaté de lo ridículo que sonaba aquello. Sin embargo, había demostrado
mucha lógica en el despacho de los Yannos. Robyn tomó la palabra. —Tenemos que
pensar, chicos. Sé que todos estamos deseando salir de aquí, pero esta vez no
podemos dejarnos llevar por nuestros sentimientos. Podría haber mucho en juego
ahí fuera. Es posible que vidas humanas. Debemos asumir que algo muy grave ha
ocurrido, algo perverso incluso. Si nos equivocamos, ya nos reiremos de ello
luego, pero tenemos que admitir que nuestras familias no se han ido al bar ni
tampoco de vacaciones. —Desde luego que ha ocurrido algo malo —le grité—.
¿Crees que mi padre dejaría que sus perros murieran de ese modo? ¿Crees que
mañana me echaré unas risas cuando recuerde todo esto? Yo lloraba y gritaba al
mismo tiempo. Nos quedamos sin palabras y, de repente, todo el mundo perdió los
nervios. Robyn prorrumpió en llanto mientras vociferaba: —¡No era eso lo que
quería decir, Ellie! ¡Sabes perfectamente que no! —¡Callaos! ¡Callaos todos!
—chillaba Corrie. Kevin comenzó a frotarse el pelo con la punta de los dedos,
diciendo: —Dios mío. Dios mío, ¿qué está pasando? Fi se había llevado la mano a
la boca y daba la impresión de que se la iba a comer. Se puso tan pálida que
pensé que se desplomaría de un momento a otro. De repente, Homer, fuera de sí,
dijo: —Fi, una cosa es comerse las uñas, pero eso es demasiado.
Todos miramos a Fi
e, instantes después, estallamos en carcajadas. Un tanto histéricas, pero
carcajadas al fin y al cabo. Lee incluso derramó alguna que otra lágrima. Sin embargo, se apresuró a enjugarse
la cara y decir: —Escuchemos a Robyn. Venga, chicos. —Lo siento, Robyn —me
disculpé—. Sé que no pretendías… —Yo también lo siento —dijo ella—. No me he
expresado bien. Aspiró una profunda bocanada de aire y apretó los puños. Era
obvio que intentaba calmarse, como hacía de vez en cuando en la cancha de
baloncesto. Al fin prosiguió: —Mirad, no pretendía dar un discurso. Lo único
que quiero decir es que debemos andarnos con cuidado. Si corremos de acá para
allá, vamos a siete casas diferentes… Bueno, tal vez no sea muy inteligente por
nuestra parte. Eso es todo. Deberíamos tomar ciertas decisiones, como si seguir
juntos o dividirnos en grupos, como Kevin y Corrie plantean hacer. O si es
buena idea utilizar los vehículos. O si deberíamos evitar hacer cualquier
movimiento a plena luz del día. Ya casi ha anochecido. Para empezar, propongo
que nadie salga de aquí hasta que caiga la noche, y que cuando alguien quiera
hacerlo no lleve ninguna linterna. —¿Qué crees que está pasando? —pregunté—.
¿Coincides con Lee? —Bueno —contestó Robyn—. No parece que la gente se esté
marchando a toda prisa de aquí, como sucede cuando hay una situación de
emergencia. Se fueron hace unos días. Y esperaban regresar poco después. Ahora
bien, ¿por qué motivo se marcharía la gente de casa con la idea de regresar al
cabo de unos días? Todos conocemos la respuesta. —El Día de la Conmemoración
—dijo Corrie—. La feria. —Exacto.
—Homer —intervine—.
¿Hay algún modo de saber si tus padres volvieron de la feria? No se me ocurrió
antes, pero yo podría haber comprobado si están o no un par de toros que papá
iba a presentar pero que jamás hubiese vendido a ningún precio. No habría
regresado de la feria sin ellos. Si mi madre lo permitiese, los toros dormirían
en la habitación con ellos. Homer reflexionó durante un minuto. —Pues sí
—contestó—. Mi madre hace bordados. Cada año presenta una pieza y, después, ya
gane, pierda, o empate, se la trae a casa y la cuelga en su pared de trofeos.
Se emociona mucho colocándola ahí arriba. Esperad un segundo. Salió corriendo y
los demás aguardamos en silencio. Regresó un momento más tarde. —Nada —dijo—.
Ahí no hay nada. —Está bien —prosiguió Robyn—. Supongamos que un montón de
gente fue a la feria y no regresó. Y supongamos también que desde el Día de la
Conmemoración no hay ni corriente ni línea telefónica, ninguna emisora que
emita y varios focos de incendio. Y, además, que algo impidió a los que fueron
a la feria regresar a sus casas. ¿Adónde nos lleva eso? —Y además está lo otro
—añadió Lee. Robyn se volvió hacia él. —Sí —dijo. —La noche de la feria,
cientos de aviones, puede que miles, llegaron del mar volando muy bajo y a gran
velocidad —explicó Lee. —Y sin luces —recordé yo, dándome cuenta de ese
importante detalle por primera vez. —¿Sin luces? —preguntó Kevin—. No
mencionaste nada de eso.
—En aquel momento no caí en ello —admití—. Sabes, es como
cuando ves algo pero no lo registras conscientemente. Eso fue lo que sucedió.
—Supongamos otra cosa —dijo Fi con un tono y una expresión que denotaban
enfado—. Supongamos que lo que estáis diciendo es absolutamente ridículo. Me
recordó a mí misma, minutos antes, en aquella misma habitación. ¿No había
empleado yo la misma palabra? Y sin embargo, empezaba a aceptar la hipótesis de
Lee y Robyn. Aquel pequeño detalle sobre las luces de vuelo me hizo cambiar de
opinión. Ningún avión en una misión reglamentaria habría volado sin ellas. Debí
notarlo en su momento y me sentí enfadada conmigo misma. —Hay decenas de
teorías mucho más plausibles —prosiguió Fi—. ¡Decenas! No sé por qué no os las
planteáis siquiera. —Venga, Fi. Dispara —dijo Kevin—. Pero rápido. —La tensión
se le leía en el rostro. —De acuerdo —dijo Fi—. Número uno: están enfermos.
Fueron a la feria, comieron algo en mal estado y están ingresados en el
hospital. —En ese caso los vecinos andarían por aquí, vigilando la casa
—rebatió Homer. —Ellos también han caído enfermos. —Eso no explica por qué no
hay emisoras de radio —dijo Corrie. —Pues entonces todos están enfermos
—sentenció Fi—. Es una epidemia nacional, como un virus o una enfermedad. —Eso
no explica lo de los aviones —repuso Robyn. —Solo regresaban del Día de la
Conmemoración, como ya dijimos.
—¿Sin luces? ¿Y tantos aviones? Fi, no sé si el país dispone
de tantos aviones. Dudo que nuestras Fuerzas Aéreas estén tan dotadas. —Está
bien —prosiguió Fi—. Ha habido una situación de alarma nacional, y todos han
acudido a prestar ayuda. —¿Y los aviones? —Las Fuerzas Aéreas, que acuden en
auxilio y a las que quizá se unieron los Ejércitos del aire de otros países.
—¿Y por qué volaban sin luces? —Robyn había levantado la voz. Estaba perdiendo
los estribos, como le sucedía en la cancha de baloncesto. —Eso no lo sabemos a
ciencia cierta —gritó Fi a su vez. No podía creer que estuviese gritando.
Bueno, siempre hay una primera vez para todo, pensé—. Puede que Ellie se
equivoque —prosiguió—. Ocurrió en mitad de la noche. Estaba medio dormida. Pero
si no lo ha dicho hasta ahora. No puede estar segura del todo. —Los vi, Fi
—reafirmé—. Estoy segura. En ese momento no le di importancia. No estoy ciega,
solo es que mi cerebro no me funcionaba del todo. Sea como sea. Robyn los vio.
Y también Lee. Pregúntales. —Nosotros no vimos nada —espetó Robyn—. Solo los
oímos. —Tranquilizaos, chicos —interrumpió Homer—. Mantengamos la calma o no
iremos a ninguna parte. Vamos, Fi. ¿Qué más? —No lo sé —reconoció—. Yo creo que
han tenido que salir deprisa y corriendo para acudir a echar una mano en alguna
parte. Puede que haya algunas ballenas varadas. —Entonces, ¿dos familias se han
marchado sin dejar siquiera una nota? —preguntó Kevin.
—Si no contamos los
aviones, no parece tan extraño —dijo Fi—. Quizá solo sea algún tipo de
emergencia a nivel local.
—No olvides las emisoras de radio —insistió Robyn. —Fi, todas
tus teorías son igual de válidas —intervino Lee—. Y no digo que estés
equivocada. Lo más probable es que tengas razón, que lo de los aviones no sea
más que una coincidencia, y que el tema de la radio también tenga una
explicación. Pero lo que me pone los pelos de punta es que sí existe una teoría
que lo explica todo, y que encaja a la perfección. ¿Recuerdas nuestra
conversación de la otra mañana, en el Infierno? ¿Aquello de que el Día de la
Conmemoración era el momento perfecto para llevarlo a cabo? Fi asintió en
silencio y dejó que las lágrimas le corrieran por las mejillas. Todos nos
echamos a llorar, incluso Lee, que prosiguió entre sollozos: —Chicos, puede que
las historias de mi madre me hayan hecho pensar en eso antes que vosotros. Y
tal como dijo Robyn antes, si nos equivocamos… —Le costaba pronunciar cada una
de sus palabras, y su cara se crispaba como la de alguien en pleno infarto—. Si
nos equivocamos, podremos reírnos todo lo que queramos. Pero por ahora, en este
instante, digamos que es cierto. Digamos que el país ha sido invadido. Creo que
estamos en guerra.
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