domingo, 23 de febrero de 2014

Cap, 6 Mañana: cuando la guerra empieze


Los perros estaban muertos. Eso fue lo primero que pensé. No saltaban ni ladraban cuando llegamos con el coche, ni tampoco me recibieron entre gemidos de alegría como siempre hacían al verme correr hacia ellos. Yacían junto a sus casetas de metal galvanizado, cubiertos de moscas, ajenos al calor de los últimos rayos de sol. Sus ojos enrojecidos rezumaban desesperación y sus hocicos estaban cubiertos de espuma reseca. Estaba acostumbrada a verlos tirar con todas sus fuerzas de las cadenas —era la danza frenética que ejecutaban cada vez que me veían llegar— pero aquella vez, las cadenas estaban tendidas en el suelo, inertes. Todos tenían el cuello empapado en sangre, a la altura del collar. De los cinco perros, cuatro eran aún jóvenes. Compartían un cubo de agua para beber, pero lo habían volcado y ahora yacía a un lado, seco y vacío. Horrorizada, los examiné uno a uno, muy deprisa: todos muertos. Me acerqué corriendo a Millie, la madre, a la que habíamos separado de sus cachorros porque no dejaban de molestarla. Su cubo seguía en pie y aún contenía algo de agua; de súbito, al acercarme, ella realizó un débil movimiento con el rabo e intentó ponerse en pie. Me chocó ver que aún estaba viva, puesto que ya había dado por sentado que tampoco habría sobrevivido. Lo más racional habría sido dejarla y entrar corriendo en casa, porque era consciente de que no habría sucedido semejante tragedia a menos que algo más horrible aún les hubiese pasado a mis padres. Sin embargo, mi mente había dejado de funcionar racionalmente. Solté la cadena de Millie y la vieja perra bregó por levantarse, pero seguidamente se desplomó sobre sus rodillas delanteras. Llegué a la brutal conclusión de que no podía malgastar más tiempo con ella. Ya la había ayudado suficiente.
—Haz algo por la perra —grité a Corrie, y salí disparada hacia la casa. 
Mi amiga ya se había puesto en marcha; estaba actuando con más rapidez que los demás que, conmocionados, seguían deambulando a nuestro alrededor. Empezaban a asimilar que algo malo sucedía, pero no habían sacado las mismas conclusiones que yo. Y mi mente las sacaba tan rápido que me vi presa del pánico. Corrie vaciló, se volvió hacia los perros e interpeló a Kevin: —Encárgate de los perros, Kevin. Dicho esto, fue detrás de mí. No había nada raro en el interior de la casa, y eso era lo peor. No había señal de vida por ningún lado. Todo estaba limpio y ordenado. Y a aquellas horas del día, lo más normal hubiese sido que aún quedaran restos de comida sobre la mesa de la cocina, platos en el fregadero y se oyera de fondo el parloteo de la televisión. No obstante, todo estaba sumido en silencio. Corrie abrió la puerta detrás de mí, entró sin hacer ruido, y susurró: —¡Dios mío, qué ha pasado! —No fue una pregunta. Su tono de voz me aterrorizó aun más, y me quedé allí plantada—. ¿Qué les ha pasado a los perros? —inquirió. —Están todos muertos menos Millie. Y a ella no le queda mucho. Eché un vistazo a mi alrededor en busca de una nota, una nota dirigida a mí, pero no logré encontrar nada. —Llamemos a alguien —sugirió—. Llamemos a mis padres. —No. Llama a los padres de Homer. Su casa queda más cerca. Sabrán qué ha sucedido. Cogió el teléfono y me lo dio. Yo descolgué el auricular y, cuando empecé a marcar los números, me di cuenta de que no se oía tono alguno. Acerqué aún más el teléfono al oído. Nada. En aquel momento, experimenté una sensación de miedo bien distinta; un tipo de miedo que jamás había sentido antes.
—No hay línea —expliqué a Corrie.
—Dios mío —repitió. Puso los ojos como platos y palideció. Robyn y Fi irrumpieron en la cocina, con los otros siguiéndolas de cerca. —¿Qué ocurre? —preguntaron—. ¿Qué está pasando? Kevin entró llevando a Millie en brazos. —Dale algo de comer. Busca en la nevera —dije. —Iré yo —se ofreció Homer. Intenté explicar la situación, pero de forma tan atropellada que acabe confundiéndome y yéndome por las ramas. Desistí y me limité a decir con tono desesperado: —Tenemos que hacer algo. En aquel preciso instante. Homer apareció con un cuenco de carne picada. Lo siguió un olor nauseabundo. —La nevera no funciona —dijo—. Huele fatal. —Fatal —repetí embargada por la sensación de miedo. Él se quedó mirándome. Robyn se acercó a la televisión mientras Homer y Kevin intentaban animar a Millie para que comiese algo, vimos como Robyn se disponía a encender el aparato, pero tampoco respondía. —Qué raro —murmuró.
—¿Te dijeron tus padres que se marchaban a algún sitio? —preguntó Fi. Yo ni siquiera me molesté en contestar. 
—Tal vez tu abuela se puso enferma... —dijo Corrie. —¿Y por eso iban a cortar la corriente? —inquirí con un tono rebosante de sarcasmo. —Puede que hubiese una avería general en la compañía eléctrica —sugirió Kevin—. Quizá se quedaron sin electricidad unos días y tuvieron que marcharse. —No han dejado ninguna nota —espeté—. Y nunca habrían permitido que nuestros perros muriesen. Todos enmudecimos durante un momento. Nadie sabía qué decir. —No hay ninguna explicación posible a todo esto —dijo Robyn. —Parece cosa de ovnis —sentenció Kevin—. Como si los hubiesen abducido los extraterrestres o algo así. —Sin embargo en cuanto reparó en la expresión de mi cara, se apresuró añadir—: No pretendo hacerme el gracioso, Ellie. Sé que algo grave ha pasado. Pero es que no se me ocurre ninguna explicación. Lee susurró algo a Robyn. Tampoco me molesté en preguntarles de qué se trataba. Y en cuanto distinguí el terror en el rostro de Robyn, preferí no saberlo. Hice un enorme esfuerzo mental por mantener la calma —Volvamos al Land Rover —resolví—. Traed a la perra. Iremos a casa de Homer. —Espera un momento —dijo Lee—. ¿Tienes una radio? ¿Una que funcione con pilas?
—Sí, pero no sé dónde está —contesté, lanzándole una mirada interrogativa. Seguía sin saber lo que pretendía, pero la expresión de su cara no me tranquilizó más que la de Robyn—. ¿Para qué la quieres? 
En realidad, prefería que no me contestara. —Yo tengo mi walkman en el Land Rover —dijo Robyn. Lee se volvió hacia ella. —¿Has oído algún boletín de noticias desde que nos marchamos? —No. En un par de ocasiones intenté sintonizar alguna emisora, pero no encontré ninguna. Supuse que los acantilados que rodean el Infierno dificultaban la recepción. —¿Encontrarás tu radio? —preguntó Lee. —Supongo que sí —contesté, y corrí a mi habitación. No me apetecía perder el tiempo de esa manera. Deseaba con todas mis fuerzas llegar a casa de Homer, lanzarme a los brazos de la dulce señora Yannos y dejar que me arropase y despejase mis miedos, que me dijese que todo aquello no era más que un malentendido. Pero algo horrible ocupaba la mente de Lee y yo no podía dejar de hacerle caso. Regresé con la radio y la encendí conforme me apresuraba por el pasillo. Giré el sintonizador en busca de una emisora. Para cuando llegué a la cocina, ya había rastreado todo el espectro radiofónico y no oí nada más que interferencias. Lo achaqué a las prisas, siempre voy con prisas. Nunca aprenderé. Lo intenté de nuevo bajo la inquieta mirada de los demás, que no daban crédito. Esta vez procedí con suma minuciosidad, pero el resultado fue el mismo: nada. Nos invadió una sensación de pánico. Miramos a Lee, esperando que se sacara una explicación de la manga, como por arte de magia. Se limitó a negar con la cabeza. —No sé qué decir —admitió—. Vayamos a casa de Homer.
También probamos la radio del Land Rover pero en vano. Arranqué y pisé el acelerador a fondo, con tanta brusquedad que Kevin, que aún no se había acomodado en el asiento, se golpeó la cabeza y casi dejó caer a Millie, a la que seguía cuidando. El Land Rover avanzó a trompicones unos cuantos metros hasta que se me caló. Podía oír la voz de mi abuela diciendo: «Vísteme despacio que tengo prisa». Aspiré una profunda bocanada de aire y lo intenté de nuevo, con más calma esta vez. La cosa fue mejor. Pasamos la valla y tomamos la carretera, mientras le decía a Homer: —He olvidado echar un vistazo a las gallinas. —Tranquila, Ellie —contestó él—. Todo irá bien. Encontraremos una solución. Pero no fue capaz de mirarme a los ojos. Se quedó quieto en el asiento, con semblante preocupado, sin apartar la vista del parabrisas. La casa de Homer queda a un kilómetro y medio de la nuestra. Lo único que queríamos ver conforme nos acercábamos, lo que más anhelábamos ver, era movimiento. No había ninguno. Tras toparme contra la rejilla del redil, toqué el claxon con insistencia, al máximo. Lee me detuvo desde el asiento trasero del coche. —No hagas eso, Ellie. Una vez más me asustó preguntar por qué, pero le hice caso. Me paré de un frenazo a un lado de la puerta principal. Homer se apeó de un salto y echó a correr hacia su casa. Abrió la puerta de par en par y entró, gritando: —¡Mamá! ¡Papá! Ya antes de abandonar el asiento del conductor, el vacío que detecté en su voz habló por sí solo. 
De camino a la puerta, oí que alguien arrancaba el Land Rover. Me giré sobre mi misma y observé. Lee estaba al volante. Aguardé. Era un conductor pésimo y, sin embargo, tras varias maniobras y acelerones, se las ingenió para desplazar el vehículo bajo la sombra del enorme y viejo pimentero que se alzaba justo detrás del depósito. Los retazos de la despreocupada conversación que tuvimos en el Infierno me vinieron a la mente. Y entonces lo comprendí todo, y repudié y temí ese recuerdo. Lee salió del coche y se dirigió hacia donde yo me encontraba. En cuanto se acercó a la puerta le grité: —¡Lee! ¡Te equivocas! ¡Déjalo ya! ¡Deja de pensar en eso! ¡Te equivocas! Robyn apareció detrás de mí y me agarró por el brazo. —Lo más probable es que se equivoque —dijo—. Pero la radio... —Enmudeció durante un instante—. No pierdas la calma, Ellie. No, hasta que sepamos algo. Entramos juntas en la casa. Nada más cruzar la puerta y sumirnos en un silencio sepulcral añadió: —Reza, Ellie. Reza con toda tu alma. Pude distinguir lo que parecieron mugidos desde la parte trasera de la casa, de modo que me dirigí al patio. Allí encontré a Homer, que, con semblante grave, intentaba ordeñar a su vaca. Las ubres goteaban leche, la res se agitaba incómoda y mugía en cuanto él intentaba tocarla. —¿Sabes ordeñar, Ellie? —preguntó con tono suave. —No, lo siento, Homer. Jamás aprendí a hacerlo. Se lo preguntaré a los demás. En cuanto me adentré en la casa, añadió:
—Ellie, el periquito está en la terraza interior. 
—Vale —contesté antes de echar a correr en aquella dirección. Sin embargo, Corrie se me había adelantado. El periquito estaba vivo, pero en su jaula no quedaban más que unas gotas de agua sucia. Le pusimos agua fresca que apuró como hacía mi padre con su primera cerveza tras una dura jornada esquilando el ganado. —Tienes vaca lechera en casa, ¿verdad? —pregunté a Corrie—. ¿Puedes relevar a Homer ahí fuera? —Claro —contestó antes de ir hacia allí. Todos empezamos a actuar con una calma forzada. Sabía cómo de asustados debían de estar Corrie y los demás sin saber que había sido de sus familias, pero aún no podíamos hacer gran cosa por ellos. Llevé el periquito a la cocina, donde Lee acababa de colgar el teléfono. Lo miré enarcando ambas cejas; el negó con la cabeza. Homer apareció momentos más tarde. —Tenemos un emisor receptor LCI en el despacho —dijo sin mirar a nadie. —¿Qué significa «LCI»? —preguntó Fi. No me había percatado de que se encontraba allí, de pie junto a la puerta de la despensa —Lucha contra incendios —explicó Homer, lacónico. —¿No sería arriesgado? —preguntó Robyn. —Y yo qué sé —respondió Homer—. Es imposible saber nada. Acuciada por la desesperación y ansiosa por convencerlos, me dirigí a ellos con tono enérgico:
—Esto es ridículo. Sé lo que estáis pensando, y es imposible del todo. Imposible. Este tipo de cosas no pasan aquí, no en este país. —Entonces, cargada de esperanza, recordé algo—. ¡Los incendios! Todos estarán ahí fuera intentando apagar esos incendios. Habrá uno de estos fuegos descontrolados y quizá la gente siga movilizada —Ellie, no se trataba de ese tipo de incendios —dijo Homer—. Y tú lo sabes. Sabes perfectamente qué pinta tiene un incendio descontrolado. —Yo no sé mucho sobre esas cosas —dijo Lee—, pero ¿no se supone que debería haber un montón de gente hablando por esa radio mientras siguen activos los incendios? —¡Sí! —exclamó Homer, apresurándose a encenderla. —Pero si no hay corriente —dijo Fi. —Funciona con pilas —contesté yo. Seguimos a Homer y nos hacinamos en el diminuto despacho. Él subió el volumen al máximo, pero no hizo falta. Unas interferencias monótonas e interminables llenaron el silencio de la habitación. —¿Has comprobado la frecuencia? —pregunté en voz baja. Homer asintió con una expresión desilusionada. Quise abrazarlo, comprobar si Fi también iba a hacerlo y, cuando vi que había abandonado la habitación, me decidí. Al cabo de un minuto, Homer dijo: —¿Creéis que deberíamos emitir una señal por radio? —¿Qué opinas tú, Ellie? —me preguntó Lee. Sabía que tenía que barajar todas las posibilidades. Recordé lo tensas que se pusieron las cosas antes de que nos fuéramos de excursión: todos esos políticos armando escándalo. Procuré razonar con calma y contesté: —Lo único que justificaría esa señal sería ayudar a nuestras familias. Es decir, si están en peligro o en apuros. Pero, de ser así, todo el mundo debe de estar en el mismo barco. Y las autoridades tendrían constancia de ello. Así que transmitir un aviso no ayudaría a los nuestros... »Otra razón para emitir es que estamos desesperados por saber lo que está sucediendo. Pero claro, al hacerlo, quizá nos pongamos en peligro... —Intenté mantener un tono de voz sereno—. Si algo malo ha pasado... Si hay gente ahí fuera… —En definitiva, ¿qué hacemos? —preguntó Lee. —No creo que debamos hacerlo —dije cargada de pena. —Estoy de acuerdo —asintió Homer. —Yo también —añadió Lee. —Ahora iremos a casa de Corrie —prosiguió Homer—. Y a la de Kevin. Y Robyn… Ni siquiera sé dónde vive. —Justo a las afueras —contesté. —En ese caso, por orden geográfico, Corrie y Kevin están primero. —Miró a Lee, que asintió sin mediar palabra. Ya había deducido quién sería el último. Los siete nos reunimos en la cocina con una sincronización casi perfecta. Corrie cargaba con un recipiente de leche que apestaba y más bien parecía un montón de huevos revueltos blancuzcos. Kevin la acompañaba. Iban cogidos de la mano y se sujetaban con fuerza. Vertí algo de leche en un cuenco para dársela a Millie, que al fin empezaba a mostrar algo de entusiasmo. La olfateó antes de beber a ávidos lengüetazos. Kevin se volvió hacia Homer para decirle:
—¿Te importa si nos vamos ya a nuestras casas? Podemos ir solos si disponemos de un vehículo… —Me miró entonces—. O del Land Rover. 
—Mi padre dijo que solo yo...—empecé, pero enmudecí en cuanto me percaté de lo ridículo que sonaba aquello. Sin embargo, había demostrado mucha lógica en el despacho de los Yannos. Robyn tomó la palabra. —Tenemos que pensar, chicos. Sé que todos estamos deseando salir de aquí, pero esta vez no podemos dejarnos llevar por nuestros sentimientos. Podría haber mucho en juego ahí fuera. Es posible que vidas humanas. Debemos asumir que algo muy grave ha ocurrido, algo perverso incluso. Si nos equivocamos, ya nos reiremos de ello luego, pero tenemos que admitir que nuestras familias no se han ido al bar ni tampoco de vacaciones. —Desde luego que ha ocurrido algo malo —le grité—. ¿Crees que mi padre dejaría que sus perros murieran de ese modo? ¿Crees que mañana me echaré unas risas cuando recuerde todo esto? Yo lloraba y gritaba al mismo tiempo. Nos quedamos sin palabras y, de repente, todo el mundo perdió los nervios. Robyn prorrumpió en llanto mientras vociferaba: —¡No era eso lo que quería decir, Ellie! ¡Sabes perfectamente que no! —¡Callaos! ¡Callaos todos! —chillaba Corrie. Kevin comenzó a frotarse el pelo con la punta de los dedos, diciendo: —Dios mío. Dios mío, ¿qué está pasando? Fi se había llevado la mano a la boca y daba la impresión de que se la iba a comer. Se puso tan pálida que pensé que se desplomaría de un momento a otro. De repente, Homer, fuera de sí, dijo: —Fi, una cosa es comerse las uñas, pero eso es demasiado.
Todos miramos a Fi e, instantes después, estallamos en carcajadas. Un tanto histéricas, pero carcajadas al fin y al cabo. Lee incluso derramó alguna que otra lágrima. Sin embargo, se apresuró a enjugarse la cara y decir: —Escuchemos a Robyn. Venga, chicos. —Lo siento, Robyn —me disculpé—. Sé que no pretendías… —Yo también lo siento —dijo ella—. No me he expresado bien. Aspiró una profunda bocanada de aire y apretó los puños. Era obvio que intentaba calmarse, como hacía de vez en cuando en la cancha de baloncesto. Al fin prosiguió: —Mirad, no pretendía dar un discurso. Lo único que quiero decir es que debemos andarnos con cuidado. Si corremos de acá para allá, vamos a siete casas diferentes… Bueno, tal vez no sea muy inteligente por nuestra parte. Eso es todo. Deberíamos tomar ciertas decisiones, como si seguir juntos o dividirnos en grupos, como Kevin y Corrie plantean hacer. O si es buena idea utilizar los vehículos. O si deberíamos evitar hacer cualquier movimiento a plena luz del día. Ya casi ha anochecido. Para empezar, propongo que nadie salga de aquí hasta que caiga la noche, y que cuando alguien quiera hacerlo no lleve ninguna linterna. —¿Qué crees que está pasando? —pregunté—. ¿Coincides con Lee? —Bueno —contestó Robyn—. No parece que la gente se esté marchando a toda prisa de aquí, como sucede cuando hay una situación de emergencia. Se fueron hace unos días. Y esperaban regresar poco después. Ahora bien, ¿por qué motivo se marcharía la gente de casa con la idea de regresar al cabo de unos días? Todos conocemos la respuesta. —El Día de la Conmemoración —dijo Corrie—. La feria. —Exacto.
—Homer —intervine—. ¿Hay algún modo de saber si tus padres volvieron de la feria? No se me ocurrió antes, pero yo podría haber comprobado si están o no un par de toros que papá iba a presentar pero que jamás hubiese vendido a ningún precio. No habría regresado de la feria sin ellos. Si mi madre lo permitiese, los toros dormirían en la habitación con ellos. Homer reflexionó durante un minuto. —Pues sí —contestó—. Mi madre hace bordados. Cada año presenta una pieza y, después, ya gane, pierda, o empate, se la trae a casa y la cuelga en su pared de trofeos. Se emociona mucho colocándola ahí arriba. Esperad un segundo. Salió corriendo y los demás aguardamos en silencio. Regresó un momento más tarde. —Nada —dijo—. Ahí no hay nada. —Está bien —prosiguió Robyn—. Supongamos que un montón de gente fue a la feria y no regresó. Y supongamos también que desde el Día de la Conmemoración no hay ni corriente ni línea telefónica, ninguna emisora que emita y varios focos de incendio. Y, además, que algo impidió a los que fueron a la feria regresar a sus casas. ¿Adónde nos lleva eso? —Y además está lo otro —añadió Lee. Robyn se volvió hacia él. —Sí —dijo. —La noche de la feria, cientos de aviones, puede que miles, llegaron del mar volando muy bajo y a gran velocidad —explicó Lee. —Y sin luces —recordé yo, dándome cuenta de ese importante detalle por primera vez. —¿Sin luces? —preguntó Kevin—. No mencionaste nada de eso.
—En aquel momento no caí en ello —admití—. Sabes, es como cuando ves algo pero no lo registras conscientemente. Eso fue lo que sucedió. —Supongamos otra cosa —dijo Fi con un tono y una expresión que denotaban enfado—. Supongamos que lo que estáis diciendo es absolutamente ridículo. Me recordó a mí misma, minutos antes, en aquella misma habitación. ¿No había empleado yo la misma palabra? Y sin embargo, empezaba a aceptar la hipótesis de Lee y Robyn. Aquel pequeño detalle sobre las luces de vuelo me hizo cambiar de opinión. Ningún avión en una misión reglamentaria habría volado sin ellas. Debí notarlo en su momento y me sentí enfadada conmigo misma. —Hay decenas de teorías mucho más plausibles —prosiguió Fi—. ¡Decenas! No sé por qué no os las planteáis siquiera. —Venga, Fi. Dispara —dijo Kevin—. Pero rápido. —La tensión se le leía en el rostro. —De acuerdo —dijo Fi—. Número uno: están enfermos. Fueron a la feria, comieron algo en mal estado y están ingresados en el hospital. —En ese caso los vecinos andarían por aquí, vigilando la casa —rebatió Homer. —Ellos también han caído enfermos. —Eso no explica por qué no hay emisoras de radio —dijo Corrie. —Pues entonces todos están enfermos —sentenció Fi—. Es una epidemia nacional, como un virus o una enfermedad. —Eso no explica lo de los aviones —repuso Robyn. —Solo regresaban del Día de la Conmemoración, como ya dijimos.
—¿Sin luces? ¿Y tantos aviones? Fi, no sé si el país dispone de tantos aviones. Dudo que nuestras Fuerzas Aéreas estén tan dotadas. —Está bien —prosiguió Fi—. Ha habido una situación de alarma nacional, y todos han acudido a prestar ayuda. —¿Y los aviones? —Las Fuerzas Aéreas, que acuden en auxilio y a las que quizá se unieron los Ejércitos del aire de otros países. —¿Y por qué volaban sin luces? —Robyn había levantado la voz. Estaba perdiendo los estribos, como le sucedía en la cancha de baloncesto. —Eso no lo sabemos a ciencia cierta —gritó Fi a su vez. No podía creer que estuviese gritando. Bueno, siempre hay una primera vez para todo, pensé—. Puede que Ellie se equivoque —prosiguió—. Ocurrió en mitad de la noche. Estaba medio dormida. Pero si no lo ha dicho hasta ahora. No puede estar segura del todo. —Los vi, Fi —reafirmé—. Estoy segura. En ese momento no le di importancia. No estoy ciega, solo es que mi cerebro no me funcionaba del todo. Sea como sea. Robyn los vio. Y también Lee. Pregúntales. —Nosotros no vimos nada —espetó Robyn—. Solo los oímos. —Tranquilizaos, chicos —interrumpió Homer—. Mantengamos la calma o no iremos a ninguna parte. Vamos, Fi. ¿Qué más? —No lo sé —reconoció—. Yo creo que han tenido que salir deprisa y corriendo para acudir a echar una mano en alguna parte. Puede que haya algunas ballenas varadas. —Entonces, ¿dos familias se han marchado sin dejar siquiera una nota? —preguntó Kevin.
—Si no contamos los aviones, no parece tan extraño —dijo Fi—. Quizá solo sea algún tipo de emergencia a nivel local. 

—No olvides las emisoras de radio —insistió Robyn. —Fi, todas tus teorías son igual de válidas —intervino Lee—. Y no digo que estés equivocada. Lo más probable es que tengas razón, que lo de los aviones no sea más que una coincidencia, y que el tema de la radio también tenga una explicación. Pero lo que me pone los pelos de punta es que sí existe una teoría que lo explica todo, y que encaja a la perfección. ¿Recuerdas nuestra conversación de la otra mañana, en el Infierno? ¿Aquello de que el Día de la Conmemoración era el momento perfecto para llevarlo a cabo? Fi asintió en silencio y dejó que las lágrimas le corrieran por las mejillas. Todos nos echamos a llorar, incluso Lee, que prosiguió entre sollozos: —Chicos, puede que las historias de mi madre me hayan hecho pensar en eso antes que vosotros. Y tal como dijo Robyn antes, si nos equivocamos… —Le costaba pronunciar cada una de sus palabras, y su cara se crispaba como la de alguien en pleno infarto—. Si nos equivocamos, podremos reírnos todo lo que queramos. Pero por ahora, en este instante, digamos que es cierto. Digamos que el país ha sido invadido. Creo que estamos en guerra. 

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