miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 3



Cuando volvía a mi asiento, Henry me dijo con su escandalosa voz:
—Oh, Chloe, cuando estaba arriba en la sala esperando, me he encontrado esto en el suelo. —Me
acerqué adonde estaba él y vi dos botones plateados envejecidos que tenía en la palma de la mano—.
¿Puedes preguntar por ahí a ver si alguien los ha perdido? Parecen caros.
Sentí que se me ponía la cara como un tomate. Me había olvidado por completo de mi blusa
destrozada.
—Oh... claro.
—Henry, ¿puedo verlos? —dijo el capullo de mi jefe y los cogió de la mano de su hermano. Se
volvió hacia mí con una mueca burlona en la cara—. ¿Usted no tiene una blusa con unos botones como
estos?
Yo lancé una mirada rápida por la habitación; Henry y Elliott estaban absortos en otra conversación,
ajenos a lo que estaba pasando entre nosotros.
—No —le dije intentando disimular—. No son mías.
—¿Está segura? —Me cogió la mano y pasó un dedo por la parte interior de mi brazo hasta mi
palma antes de dejar caer los botones en ella y cerrarme la mano. Me quedé sin aliento y el corazón
empezó a martillearme en el pecho.
Aparté la mano bruscamente como si acabara de quemarme.
—Estoy segura.
—Juraría que la blusa que llevaba el otro día tenía botoncitos plateados. La blusa rosa. Lo recuerdo
porque me fijé que tenía uno un poco suelto cuando vino a buscarme al piso de arriba.
La cara empezó a arderme todavía más si es que eso era posible. Pero ¿a qué estaba jugando?
¿Estaba intentando insinuar que yo había orquestado las cosas para encontrarme con él a solas en la
sala de reuniones?
Se acercó un poco más, con su aliento caliente junto a mi oído, y me susurró:
—Debería tener más cuidado.
Intenté mantener la calma mientras alejaba mi mano de la suya.
—Eres un cabrón —le respondí con los dientes apretados.
Él se apartó y me miró sorprendido.
¿Cómo se atrevía a parecer sorprendido, como si hubiera sido yo la que hubiera roto las reglas? Una
cosa era ser un capullo conmigo, pero poner en peligro mi reputación delante de los demás
ejecutivos... Iba a poner las cosas en su sitio luego.
Durante la reunión intercambiamos miradas, la mía llena de furia y la suya con una incertidumbre
creciente. Estuve estudiando las diapositivas que tenía delante de mí todo lo que pude para evitar
mirarlo.
En cuanto acabó la reunión, recogí mis cosas y salí disparada de la sala. Pero, como suponía, él
salió detrás de mí y me siguió hasta el ascensor. Entramos y nos quedamos los dos bullendo de furia
en el fondo, mientras subíamos hacia el despacho.
¿Por qué demonios no iría más rápido esa maldita cosa y por qué alguien de cada piso decidía
utilizarlo justo ahora? La gente que nos rodeaba hablaba por los móviles, ordenaba archivos,
comentaba planes para la hora de la comida... El ruido creció hasta convertirse en un fuerte zumbido
que casi ahogada la bronca que le estaba echando mentalmente al señor Ryan. Para cuando llegamos al
piso once, el ascensor casi había alcanzado su capacidad total. Cuando la puerta se abrió y se metieron
tres personas más, me vi empujada contra él, con la espalda contra su pecho y mi trasero contra su...
¡oh!
Sentí que el resto de su cuerpo se tensaba un poco y oí que inspiraba con fuerza. En vez de
apretarme contra él, me mantuve todo lo lejos que pude. Él estiró la mano y me agarró la cadera para
acercarme de nuevo.
—Me gusta notarte contra mí —dijo con un murmullo grave y cálido junto a mi oído—. ¿Dónde...?
—Estoy a dos segundos de castrarte con uno de mis tacones.
Él se acercó todavía más.
—¿Por qué estás tan molesta?
Volví la cabeza y le dije casi en un susurro:
—Es muy propio de ti hacerme parecer una arpía trepa delante de tu padre.
Dejó caer la mano y me miró con la boca abierta.
—No. —Parpadeo. Parpadeo—. ¿Qué? —El señor Ryan confuso era increíblemente atractivo.
«Cabrón»—. Solo era un juego sin importancia.
—¿Y si te hubieran oído?
—No me oyeron.
—Pero podrían haberte oído.
Parecía que de verdad eso no se le había pasado por la cabeza, quizá fuera cierto. Resultaba fácil
para él «juguetear» desde su posición de poder. Era un ejecutivo adicto al trabajo. Yo era la chica que
estaba solo a mitad de su carrera.
La persona que había a nuestra izquierda nos miró y los dos nos quedamos de pie muy erguidos,
mirando hacia delante. Yo le di un buen codazo en el costado y él me dio un pellizco en el trasero con
la suficiente fuerza para hacerme soltar una exclamación.
—No me voy a disculpar —me dijo en un susurro.
«Claro que no. Capullo.»
Volvió a apretarse contra mí y sentí cómo crecía y se ponía aún más duro. Noté una calidez traidora
creciendo también entre mis piernas.
Llegamos al piso quince y unas cuantas personas más entraron. Dirigí la mano hacia atrás, la metí
entre los dos y se la cogí. Él exhaló su aliento cálido contra mi cuello y susurró:
—Sí, joder.
Y entonces le apreté.
—Joder. ¡Perdón! —susurró entre dientes junto a mi oído. Le solté, aparté la mano y sonreí para mí
—. Dios, solo estaba jugando un poco contigo.
Piso dieciséis. El resto de la gente salió en una marea; aparentemente iban todos a la misma
reunión.
En cuanto se cerraron las puertas y el ascensor empezó a moverse, oí un gruñido detrás de mí y vi
un movimiento rápido y repentino a la vez que el señor Ryan estrellaba la mano contra el botón de
parada del panel de control. Cuando sus ojos me miraron, estaban más oscuros que nunca. Con un
movimiento ágil, me bloqueó contra la pared del ascensor con su cuerpo. Se apartó lo justo para
dedicarme una mirada furiosa y murmurar:
—No te muevas.
Y aunque quería decirle que me dejara en paz, mi cuerpo me suplicaba que hiciera lo que él me
decía.
Estiró el brazo hasta los archivadores que yo había dejado caer, quitó un pósit de la parte superior y
lo colocó sobre la lente de la cámara que había en el techo.
Su cara estaba a pocos centímetros de la mía y notaba su respiración casi jadeante contra mi
mejilla.
—Yo nunca quise decir que estabas intentando trepar a base de polvos. —Exhaló y se inclinó hacia
mi cuello.
Me aparté todo lo que pude y lo miré boquiabierta.
—Y tú no estás pensando «suficiente». Estamos hablando de mi carrera. Tú tienes todo el poder
aquí. No tienes nada que perder.
—¿Que yo tengo el poder? Tú eres la que se ha apretado contra mí en el ascensor. Tú eres la que me
está haciendo esto.
Sentí que mi expresión bajaba de intensidad. No estaba acostumbrada a verlo vulnerable, ni siquiera
un poco.
—Entonces nada de golpes bajos.
Después de una larga pausa, él asintió.
El sonido del edificio llenaba el ascensor mientras seguíamos mirándonos. La necesidad de contacto
empezó a crecer, primero a la altura de mi ombligo y después empezó a bajar hasta llegar a mi
entrepierna.
Él se agachó y me lamió la mandíbula antes de cubrir mis labios con los suyos. Un gemido
involuntario salió de mi garganta cuando noté su erección contra mi abdomen. Mi cuerpo empezó a
actuar por instinto y lo rodeé con una pierna, apretándome contra su excitación, y mis manos subieron
hasta su pelo. Él se apartó lo justo para que sus dedos me abrieran el broche que tenía en la cintura. Mi
vestido se abrió delante de él.
—Menuda gatita furiosa —me susurró. Me puso las manos en los hombros y me miró a los ojos
mientras deslizaba la tela para que cayera al suelo.
Se me puso la piel de gallina cuando me cogió las manos, me giró y me apoyó las palmas contra la
pared.
Levantó las suyas para quitarme el pasador plateado del pelo, dejando que cayera sobre mi espalda
desnuda. Me agarró el pelo con las manos y con brusquedad me giró la cabeza a un lado para tener
acceso a mi cuello. Fue bajando por mis hombros y mi espalda dándome besos calientes y húmedos.
Su contacto me hacía sentir como una chispa de electricidad en cada centímetro de piel que me tocaba.
De rodillas detrás de mí, me agarró el trasero y clavó los dientes en mi carne, lo que me hizo soltar un
gemido, antes de que volviera a levantarse.
«Dios mío, ¿cómo sabía hacerme esas cosas?»
—¿Te ha gustado que te haya mordido el culo? —Me estaba apretando los pechos y tiraba de ellos.
—Tal vez.
—Eres una chica muy viciosa.
Solté un grito de sorpresa cuando me dio un azote justo en el sitio donde habían estado sus dientes y
respondí con un gemido de placer. Solté otra exclamación cuando sus manos agarraron las delicadas
cintas de mi ropa interior y me la rasgaron.
—Te voy a pasar otra factura, cabrón.
Él se rió por lo bajo malévolamente y se apretó contra mí de nuevo. La fresca pared contra mis
pechos hizo que todo mi cuerpo se estremeciera y volvieran los recuerdos de la primera vez en la
ventana. Se me había olvidado lo mucho que me gustaba el contraste (frío contra calor, duro contra
«él»).
—Merece la pena el gasto. —Deslizó la mano para rodearme la cintura y después la bajó por el
vientre, cada vez más abajo, hasta que uno de sus dedos descansó sobre mi clítoris.
—Creo que te pones estas cosas solo para provocarme.
¿Tendría razón y yo estaba delirando al pensar que me las ponía para mí?
La presión de su contacto hizo que empezara a sentir la necesidad. Sus dedos presionaban y
paraban, dejándome a medias. Bajó todavía más y se paró justo junto a mi entrada.
—Estás muy húmeda. Dios, tienes que haber estado pensando en esto toda la mañana.
—Que te den —gruñí a la vez que soltaba una exclamación cuando su dedo entró por fin mientras
me apretaba más contra él.
—Dilo. Dilo y te daré lo que quieres. —Un segundo dedo se unió al primero y la sensación me hizo
gritar.
Negué con la cabeza, pero mi cuerpo me traicionó otra vez. Él sonaba tan necesitado... Sus palabras
eran provocadoras y controladoras, pero parecía que él también estaba de alguna forma suplicando.
Cerré los ojos intentando aclarar mis pensamientos, pero todo aquello era demasiado. La sensación de
su cuerpo totalmente vestido contra mi piel desnuda, el sonido de su voz ronca y sus largos dedos
entrando y saliendo de mí me estaban acercando al precipicio. Subió la otra mano y me pellizcó con
fuerza un pezón a través de la fina tela del sujetador y yo gemí con fuerza. Estaba muy cerca.
—Dilo —volvió a gruñir mientras su pulgar subía y bajaba sobre mi clítoris—. No quiero que estés
todo el día enfadada conmigo.
Al final me rendí y se supliqué:
—Te quiero dentro de mí.
Él dejó escapar un gemido grave y estrangulado y apoyó la frente en mi hombro a la vez que
empezaba a moverse más rápido, empujando y moviéndose en círculos. Tenía las caderas pegadas a
mi trasero y su erección frotándose contra mí.
—Oh, Dios —gemí cuando sentí que los músculos se tensaban en lo más profundo de mí, con todos
mis sentidos centrados en el placer que estaba a punto de liberarse.
Y entonces los sonidos rítmicos de nuestros jadeos y gruñidos se vieron interrumpidos de repente
por el estridente timbre de un teléfono.
Nos quedamos paralizados al darnos cuenta de dónde estábamos, tirados el uno sobre el otro. El
señor Ryan maldijo y se apartó de mí para coger el teléfono de emergencia del ascensor.
Me di la vuelta, cogí el vestido, me lo puse sobre los hombros y empecé a abrochármelo con manos
temblorosas.
—Sí. —Pero qué tranquilo sonaba, ni siquiera se le notaba un poco jadeante. Nuestras miradas se
encontraron, cada una desde un extremo del ascensor—. Sí, ya veo... No, estamos bien... —Se agachó
lentamente y recogió mis bragas rotas y olvidadas del suelo del ascensor—. No, simplemente se ha
parado. —Escuchó a la persona que había al otro lado mientras frotaba la tela sedosa entre los dedos
—. Está bien. —Terminó la conversación y colgó el teléfono.
El ascensor dio una sacudida cuando empezó a ascender de nuevo. Él miró el trozo de encaje que
tenía en la mano y después me miró a mí y sonrió burlón, alejándose de la pared y acercándose a
donde yo estaba. Colocó una mano a un lado de mi cabeza, se inclinó, pasó la nariz por mi cuello y me
susurró:
—Me gusta tanto olerte como tocarte.
Se me escapó una exclamación ahogada.
—Y estas —dijo enseñándome las bragas que tenía en la mano— son mías.
El timbre del ascensor sonó cuando nos detuvimos en nuestra planta. Se abrieron las puertas y sin
una sola mirada hacia donde yo estaba, se metió la delicada tela rasgada en el bolsillo de la chaqueta
del traje y salió del ascensor.
4
Pánico. La emoción que me atrapó mientras me apresuraba —casi corría— hacia mi despacho, solo
podía describirse como puro pánico. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Estar a solas con ella en
esa pequeña prisión de acero (su olor, sus sonidos, su piel) hacía que mi autocontrol se evaporara. Era
perturbador. Esa mujer tenía una influencia sobre mí que no había experimentado nunca antes.
Por fin en la relativa seguridad de mi despacho, me dejé caer en el sofá de cuero. Me incliné hacia
delante y me tiré con fuerza del pelo deseando calmarme y que mi erección bajara.
Las cosas iban de mal en peor.
Había sabido desde el primer minuto en que me recordó la reunión de la mañana que no había forma
de que fuera capaz de formar un pensamiento coherente, mucho menos dar una presentación entera, en
esa maldita sala de reuniones. Y podía olvidarme al sentarme en esa mesa. Entrar allí y encontrármela
apoyada contra el cristal, enfrascada en sus pensamientos, fue suficiente para que se me pusiera dura
otra vez.
Me había inventado una historia inverosímil sobre que la reunión se iba a celebrar en otra planta y
ella se había enfadado conmigo por ello. ¿Por qué siempre se enfrentaba a mí? Pero me ocupé de
recordarle quién estaba al mando. De todas formas, como en todas las discusiones que hemos tenido,
ella encontró la forma de devolvérmela.
Me sobresalté al oír un estruendo en la oficina exterior. Seguido de un golpe. Y después otro. ¿Qué
demonios estaba pasando ahí? Me levanté y me encaminé a la puerta y al abrirla me encontré a la
señorita Mills dejando caer carpetas en diferentes montones. Crucé los brazos y me apoyé contra la
pared, observándola durante un momento. Verla tan enfadada no mejoraba el problema que tenía en
los pantalones lo más mínimo.
—¿Le importaría decirme cuál es el problema?
Ella levantó la vista para mirarme de una forma que parecía que me acabara de salir una segunda
cabeza.
—¿Se te ha ido la cabeza?
—No, ni lo más mínimo.
—Pues perdóname si estoy un poco tensa —dijo entre dientes cogiendo una pila de carpetas y
metiéndolas sin miramientos en un cajón.
—A mí tampoco me encanta la idea de...
—Bennett —saludó mi padre al entrar con paso vivo a mi despacho—. Muy buen trabajo el de la
sala de reuniones. Henry y yo acabamos de hablar con Dorothy y Troy y los dos estaban... —Se quedó
parado y mirando a donde estaba la señorita Mills, agarrándose al borde de la mesa con tanta fuerza
que tenía los nudillos blancos.
—Chloe, querida, ¿estás bien?
Ella se irguió y soltó la mesa, asintiendo. Tenía la cara hermosamente enrojecida y el pelo un poco
despeinado. Y eso se lo había hecho yo. Tragué saliva y me volví para mirar por la ventana.
—No pareces estar bien —dijo mi padre, se acercó a ella y le puso la mano en la frente—. Estás un
poco caliente.
Apreté la mandíbula al ver el reflejo de ambos en el cristal y una extraña sensación empezó a
subirme por la espalda. «¿De dónde viene esto?»
—La verdad es que no me encuentro muy bien —dijo ella.
—Entonces deberías irte a casa. Con tu horario de trabajo y el final del semestre en la universidad
seguro que estás...
—Tenemos la agenda llena hoy, me temo —dije volviéndome para mirarlos—. Quería acabar lo de
Beaumont, señorita Mills —gruñí con los dientes apretados.
Mi padre se volvió y me lanzó una mirada helada.
—Estoy seguro que tú puedes ocuparte de lo que haga falta, Bennett. —Se dirigió a ella—: Vete a
casa.
—Gracias, Elliott. —Me miró arqueando una ceja perfectamente esculpida—. Lo veré mañana por
la mañana, señor Ryan.
La miré mientras salía. Mi padre cerró la puerta tras ella y se volvió hacia mí con la mirada
encendida.
—¿Qué? —le pregunté.
—No te mataría ser un poco más amable, Bennett. —Se acercó y se sentó en la esquina de la mesa
de ella—. Tienes suerte de tenerla, ya lo sabes.
Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza.
—Si su personalidad fuera tan buena como sus habilidades con el PowerPoint, no tendríamos
ningún problema.
Él me atravesó con su mirada.
—Tu madre ha llamado y me ha dicho que te recuerde lo de la cena en casa esta noche. Henry y
Mina vendrán con la niña.
—Allí estaré.
Se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo para mirarme.
—No llegues tarde.
—No lo haré, ¡por Dios! —Sabía tan bien como cualquiera que nunca llegaba tarde, ni siquiera a
algo tan tonto como una cena familiar. Henry, en cambio, llegaría tarde a su propio funeral.
Por fin solo, volví a entrar en mi despacho y me dejé caer en mi silla. Vale, tal vez estaba un poco
de los nervios.
Metí la mano en el bolsillo y saqué lo que quedaba de su ropa interior. Estaba a punto de meterla en
el cajón con las otras, cuando me fijé en la etiqueta: «Agent Provocateur». Se había gastado un dineral
en esas. Eso encendió mi curiosidad y abrí el cajón para mirar las otras. La Perla. Maldita sea, esa
mujer iba realmente en serio con su ropa interior. Tal vez debería pararme en la tienda de La Perla del
centro en algún momento para ver por curiosidad cuánto le estaba costando a ella mi pequeña
colección. Me pasé la mano libre por el pelo, las volví a meter en el cajón y lo cerré.
Estaba oficialmente perdiendo la cabeza.
Por mucho que lo intenté, no pude concentrarme en todo el día. Incluso tras una carrera enérgica a la
hora de comer, no pude conseguir que mi mente se apartara de lo que había pasado esa mañana. Hacia
las tres supe que tenía que salir de allí. Llegué al ascensor, solté un gruñido y opté por las escaleras.
Justo entonces me di cuenta de que eso era un error todavía peor. Bajé corriendo los dieciocho pisos.
Cuando aparqué delante de la casa de mis padres esa noche, sentí que parte de mi tensión se
desvanecía. Al entrar en la cocina me vi inmediatamente envuelto por el olor familiar de la cocina de
mamá y la charla alegre de mis padres que llegaba desde el comedor.
—Bennett —me saludó cantarinamente mi madre cuando entré en la habitación.
Me agaché, le di un beso en la mejilla y dejé durante un momento que intentara arreglarme el pelo
rebelde. Después le aparté los dedos, le cogí un cuenco grande de las manos y lo coloqué en la mesa,
cogiendo una zanahoria como recompensa.
—¿Dónde está Henry? —pregunté mirando hacia el salón.
—Todavía no han llegado —respondió mi padre mientras entraba. Henry ya era un tardón, pero si le
añadíamos a su mujer y su hija tendríamos suerte si al menos conseguían llegar. Fui hasta el bar para
ponerle a mi madre un martini seco.
Veinte minutos después llegaron ecos de caos desde el vestíbulo y salí para recibirlos. Un
cuerpecito pequeño e inestable con una sonrisa llena de dientes se lanzó contra mis rodillas.
—¡Benny! —chilló la niña.
Cogí a Sofia en el aire y le llené las mejillas de besos.
—Dios, eres patético —gruñó Henry pasando a mi lado.
—Oh, como si tú fueras mucho mejor.
—Los dos deberíais cerrar la boca, si a alguien le importa mi opinión —dijo Mina, siguiendo a su
marido hacia el comedor.
Sofia era la primera nieta y la princesa de la familia. Como era habitual, ella prefirió sentarse en mi
regazo durante la cena y yo intenté evitarla para poder comer, haciendo todo lo posible para no sufrir
su «ayuda». Sin duda me tenía comiendo de su mano.
—Bennett, quería decirte una cosa —empezó mi madre pasándome la botella de vino—, ¿podrías
invitar a Chloe a cenar la semana que viene y hacer todo lo posible para convencerla de que venga?
Solté un gruñido como respuesta y recibí una patada en la espinilla por parte de mi padre.
—Dios. ¿Por qué insistís todos tanto en que venga? —pregunté.
Mi madre se irguió con su mejor expresión de madre indignada.
—Esta ciudad no es la suya y...
—Mamá —la interrumpí—, lleva viviendo aquí desde la universidad. Tiene veintiséis años. Esta
ciudad ya es bastante suya.
—La verdad, Bennett, es que tienes razón —respondió ella con un tono extraño en su voz—. Ella
vino aquí para estudiar, se licenció suma cum laude, trabajó con tu padre unos años antes de pasar a tu
departamento y ser la mejor empleada que has tenido nunca... Y todo ello mientras iba a clases
nocturnas para sacarse la carrera. Creo que Chloe es una chica increíble, así que hay alguien a quien
quiero que conozca.
Mi tenedor se quedó congelado en el aire cuando comprendí lo que acababa de decir. ¿Mamá quería
emparejarla con alguien? Intenté revisar mentalmente todos los hombres solteros que conocíamos y
tuve que descartarlos a todos inmediatamente: «Brad: demasiado bajo. Damian: se tira a todo lo que se
mueve. Kyle: gay. Scott: tonto». Qué raro era aquello. Sentí una presión en el pecho, pero no estaba
seguro de lo que era. Si tenía que definirlo diría que era... ¿enfado?
¿Y por qué me iba a enfadar que mi madre quisiera emparejarla con alguien? «Pues probablemente
porque te estás acostando con ella, idiota.» Bueno, acostándome con ella no follándomela. Vale, me la
había follado... dos veces. «Follándomela» implicaba una intención de continuar.
También le había metido mano un poco en el ascensor y estaba atesorando sus bragas rotas en el
cajón de mi mesa.
«Pervertido.»
Me froté la cara con las manos.
—Vale. Hablaré con ella. Pero no te ilusiones mucho. No tiene el más mínimo encanto, así que te
costará salirte con la tuya.
—¿Sabes, Ben? —dijo mi hermano—. Creo que todo el mundo estaría de acuerdo en decir que tú
eres el único que tiene problemas en el trato con ella.
Miré alrededor de la mesa y fruncí el ceño al ver que todas las cabezas asentían, dando la razón al
imbécil de mi hermano.
El resto de la noche consistió en más conversación sobre que necesitaba ser más simpático con la
señorita Mills y lo genial que todos pensaban que era y cuánto le iba a gustar a ella el hijo de la mejor
amiga de mi madre, Joel. Se me había olvidado por completo Joel. Estaba bastante bien, tenía que
reconocerlo. Excepto porque jugó a las Barbies con su hermana pequeña hasta que tuvo catorce años, y
lloró como un bebé cuando le di con una pelota de béisbol en la espinilla cuando teníamos quince
años.
Mills se lo iba a comer vivo.
Me reí para mis adentros solo de pensarlo.
También hablamos de las reuniones que teníamos planeadas para esa semana. Había una importante
el jueves por la tarde y yo iba a acompañar a mi padre y mi hermano. Sabía que la señorita Mills ya lo
tenía todo planeado y listo para entonces. Por mucho que odiara admitirlo, ella siempre iba dos pasos
por delante y anticipaba cualquier cosa que necesitara.
Me fui tras hacer la promesa de que haría todo lo posible para convencerla de que viniera, aunque
para ser sinceros no sabía cuándo iba a poder verla en los próximos días. Tenía reuniones y citas por
toda la ciudad, y dudaba de que, en los breves momentos que estuviera en la oficina, tuviera algo que
mereciera la pena decirle.
Mirando por la ventanilla mientras bajábamos lentamente por South Michigan Avenue la tarde
siguiente, me pregunté si sería posible que mi día mejorara. Odiaba verme atrapado en el tráfico. El
despacho estaba solo a unas manzanas y estaba considerando seriamente decirle al conductor que
parara el coche para poder salir e ir andando. Ya eran más de las cuatro y solo habíamos avanzado tres
manzanas en veinte minutos. Perfecto. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el asiento mientras
recordaba la reunión que acababa de tener.
No había nada en particular que hubiera ido mal: de hecho, era más bien al contrario. A los clientes
les habían encantado nuestras propuestas y todo había ido como la seda. Pero no podía evitar estar de
un humor de perros.
Henry se había ocupado de decirme cada quince minutos durante las tres últimas horas que me
estaba comportando como un adolescente malhumorado y para cuando acabamos de firmar los
contratos solo quería matarlo. No hacía más que preguntarme cada vez que podía qué demonios me
pasaba y francamente, supongo que era lo normal. Yo mismo tenía que admitir que había estado
imposible el último par de días. Y eso, teniendo en cuenta que hablábamos de mí, era algo
extraordinario. Como era propio de Henry, cuando ya se iba a casa declaró que lo que me hacía falta
era echar un polvo.
Si él supiera...
Solo había pasado un día. Solo un día desde que lo del ascensor me dejó excitadísimo y con un
deseo insoportable de tocar cada centímetro de su piel. Por cómo estaba actuando, cualquiera pensaría
que yo no había tenido sexo en seis meses. Pero no, apenas había pasado dos días sin tocarla y ya
parecía un lunático.
El coche se paró de nuevo y yo estuve a punto de gritar. El conductor bajó la mampara de
separación y me miró con una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, señor Ryan. Seguro que se está volviendo loco ahí atrás. Solo estamos a cuatro
manzanas. ¿Cree que preferiría caminar? —Miré por el cristal tintado de las ventanillas y vi que
acabábamos de pararnos justo en la acera contraria a la de la tienda de La Perla—. Puedo pararme
justo...
Yo ya había salido del coche antes de que tuviera oportunidad de acabar la frase.
De pie en la acera, esperando para cruzar, se me ocurrió que no tenía ni idea de qué sentido tenía
entrar en aquella tienda. ¿Qué planeaba hacer? ¿Le iba a comprar algo o solo me estaba torturando?
Entré y me paré delante de una mesa alargada cubierta de lencería con volantes. Los suelos eran de
una cálida madera de color miel y en los techos estaban dispuestos unos focos largos y cilíndricos,
reunidos en grupos a lo largo de todo la sala. La iluminación tenue se extendía por todo el espacio
creando un ambiente suave e íntimo, iluminando las mesas y los expositores de lencería cara. Algo en
el delicado encaje y la seda me devolvió un deseo por ella que ya me era demasiado familiar.
Pasé los dedos por la mesa que había cerca de la entrada de la tienda y me di cuenta de que ya había
captado la atención de una de las dependientas. Una rubia alta se dirigió hacia mí.
—Bienvenido a La Perla —me dijo levantando la vista para mirarme. Parecía una leona mirando un
buen filete. Se me ocurrió que una mujer que trabajaba en eso debía de saber cuánto había pagado por
mi traje y que mis gemelos eran de diamantes auténticos. En sus ojos prácticamente habían aparecido
signos de dólar parpadeantes—. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Está buscando un regalo para su esposa?
¿O para su novia tal vez? —añadió con un tono de flirteo en la voz.
—No, gracias —le respondí y de repente me sentí ridículo por estar ahí—. Solo estoy mirando.
—Bueno, si cambia de idea, dígamelo —me dijo con un guiño antes de girarse y volver al
mostrador. La vi alejarse y me enfadé inmediatamente porque ni siquiera se me había pasado por la
cabeza conseguir su número de teléfono. Joder. No era un mujeriego empedernido, pero una mujer
guapa en una tienda de lencería (de entre todos los sitios posibles) acaba de flirtear conmigo y a mí ni
se me había ocurrido flirtear también con ella. Pero ¿qué demonios me estaba pasando?
Estaba a punto de girarme para salir cuando algo me llamó la atención. Dejé deslizar los dedos por
el encaje negro de un liguero que colgaba de un expositor. No me había dado cuenta de que las
mujeres se ponían realmente esas cosas en otros lugares que no fueran las fotos de las páginas de
Playboy hasta que empecé a trabajar con «ella». Recordé una reunión el primer mes que trabajábamos
juntos. Había cruzado las piernas por debajo de la mesa y la falda se le había subido lo justo para que
quedara al descubierto la delicada cinta blanca con la que se sujetaba la media. Era la primera vez que
veía una prueba de su afición por la lencería, pero no era la primera vez que me pasaba la hora de la
comida masturbándome en mi oficina pensando en ella.
—¿Has visto algo que te guste?
Me giré, sorprendido de oír aquella voz familiar detrás de mí.
«Mierda.»
La señorita Mills.
Pero nunca la había visto así antes. Se la veía tan elegante como siempre, pero iba vestida
completamente informal. Llevaba unos vaqueros oscuros y ajustados y una camiseta de tirantes roja.
Llevaba el pelo en una coleta muy sexy y sin el maquillaje ni las gafas que siempre llevaba en la
oficina no parecía tener más de veinte.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —me preguntó y la falsa sonrisa desapareció de su cara.
—¿Y por qué iba a ser eso asunto tuyo?
—Solo sentía curiosidad. ¿No tienes suficientes piezas de mi lencería que has pensado en empezar
una colección propia? —Me miró fijamente señalando el liguero que todavía tenía en las manos.
Lo solté rápidamente.
—No, no, yo...
—De todas formas, ¿qué haces con ellas exactamente? ¿Las tienes guardadas en alguna parte como
una especie de recordatorio de tus conquistas? —Cruzó los brazos, lo que hizo que se le juntaran los
pechos.
Mi mirada se fue directamente a su escote y mi miembro se despertó dentro de los pantalones.
—Dios —dije negando con la cabeza—. ¿Por qué tienes que ser tan desagradable todo el tiempo? —
Podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas, los músculos que se tensaban mientras empezaba
literalmente a estremecerme de lujuria y de rabia.
—Supongo que tú sacas lo mejor de mí —me dijo. Estaba un poco inclinada hacia delante y su
pecho casi tocaba el mío. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que habíamos llamado la atención de
las otras personas que había en la tienda.
—Mira —le dije intentando recomponerme un poco—, ¿por qué no te calmas y bajas la voz? —
Sabía que teníamos que salir de allí pronto, antes de que ocurriera algo. Por alguna enfermiza razón,
mis discusiones con aquella mujer siempre acababan con sus bragas en mi bolsillo—. De todas
formas, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no estás en el trabajo?
Ella puso los ojos en blanco.
—Llevo trabajando para ti casi un año, por lo que creo que deberías recordar que tengo que ir a ver
a mi tutor una vez cada dos semanas. Acabo de salir y quería hacer unas compras. Tal vez deberías
ponerme una tobillera de seguimiento para poder tenerme vigilada todo el tiempo. Pero bueno, la
verdad es que has conseguido encontrarme aquí y eso que no llevo una.
La miré fijamente intentando encontrar algo que decirle.
—Siempre eres tan irritante conmigo...
«Muy bien, Ben. Esa ha sido buena.»
—Ven conmigo —me dijo, me agarró del brazo y me arrastró hasta la parte de atrás de la tienda.
Giramos una esquina y entramos en un probador. Obviamente se había pasado allí un buen rato; había
pilas de lencería en las sillas y los colgadores, todas ellas llenas de encajes indefinibles. Sonaba
música a través de unos altavoces encastrados en el techo y yo me alegré de no tener que preocuparme
de hablar en voz baja mientras la estrangulara.
Cerró la gran puerta con un espejo que había frente a un silloncito tapizado en seda y me miró
fijamente.
—¿Me has seguido hasta aquí?
—¿Y por qué demonios iba a hacer eso?
—Así que simplemente es casualidad que estuvieras mirando prendas en una tienda de lencería
femenina. ¿Un pasatiempo pervertido de los tuyos?
—No se lo crea usted tanto, señorita Mills.
—¿Sabes? Es una suerte que la tengas grande, así hace juego con esa bocaza tuya.
Y al segundo siguiente me encontré inclinándome hacia delante y susurrando:
—Estoy seguro de que te iba a encantar mi boca también.
De repente todo era demasiado intenso, demasiado alto y demasiado vívido. Su pecho subía y
bajaba y su mirada pasó a mi boca mientras se mordía el labio inferior. Se enroscó lentamente mi
corbata en la mano y me estiró hacia ella. Yo abrí la boca y sentí la presión de su suave lengua.
Ahora ya no podía apartarme y deslicé una mano hasta su mandíbula y subí la otra hasta su pelo. Le
solté el pasador que le sujetaba la coleta y sentí que unas suaves ondas me caían sobre la mano. Agarré
con fuerza esa mata de pelo, tirándole de la cabeza para poder acomodar mejor la boca. Necesitaba
más. Lo necesitaba todo de ella. Ella gimió y yo le tiré más fuerte del pelo.
—Te gusta.
—Dios, sí.
En ese momento, al oír esas palabras ya no me importó nada más: ni dónde estábamos, ni quiénes
éramos ni qué sentíamos el uno por el otro. Nunca en mi vida había sentido una química tan potente
con nadie. Cuando estábamos juntos así, nada más importaba.
Bajé las manos por sus costados y le agarré el borde de la camiseta, se la subí y se la quité por la
cabeza, rompiendo el beso solo durante un segundo. Para no quedarse atrás, ella me bajó la chaqueta
por los hombros y la dejó caer en el suelo.
Dibujaba círculos con los pulgares por toda la piel mientras movía las manos hasta la cintura de los
vaqueros. Se los abrí rápidamente y cayeron al suelo. Ella los apartó de una patada a la vez que se
quitaba las sandalias. Yo bajé por su cuello y sus hombros sin dejar de besarla.
—Joder —gruñí. Al levantar la vista pude ver su cuerpo perfecto reflejado en el espejo. Había
fantaseado con ella desnuda más veces de las que debería admitir, pero la realidad, a la luz del día, era
mejor. Mucho mejor. Llevaba unas bragas negras transparentes que solo le cubrían la mitad del trasero
y un sujetador a juego, y el pelo sedoso le caía por la espalda. Los músculos de sus piernas largas y
musculosas se flexionaron cuando se puso de puntillas para alcanzarme el cuello. La imagen, junto
con la sensación de sus labios, hizo que mi miembro empujara dolorosamente el confinamiento de los
pantalones.

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