Al día siguiente no
hicimos gran cosa. Nadie se levantó antes de las diez o las once. Lo primero
que encontramos fue una bolsa de galletas que olvidamos la noche anterior al
guardar la comida en las mochilas. Estaba vacía. Gracias a nosotros algún
agradecido animal había ganado un poco de peso. El desayuno se convirtió en un
almuerzo que se prolongó hasta la tarde. No hicimos otra cosa que quedarnos
tirados y darnos un buen banquete. Kevin y Corrie vivieron una romántica sesión
en el saco de dormir de él; Fi y yo nos sentamos con los pies en el agua fría
mientras divagábamos sobre lo que sería de nuestras vidas una vez acabásemos
los estudios y nos marchásemos de Wirrawee. Lee estaba leyendo un libro, Sin
novedad en el frente. Robyn tenía los cascos de su walkman puestos.
Homer hizo un poco de todo: trepó a un árbol, fue al arroyo para buscar oro,
recogió un montón de leña e intentó hacer salir a alguna serpiente de su
agujero. Cuando me sentí con algo de fuerzas, me uní a él y fuimos a comprobar
si el camino seguía más allá. Pero no pudimos encontrar ni rastro. Una espesa
maleza nos cortaba el paso en todas direcciones. Y, curiosamente, no vimos por
ninguna parte una cabaña, una cueva o cualquier refugio en el que el anciano
pudo haberse alojado de haber vivido aquí abajo. Al final, hartos de intentar
abrirnos camino por los agrestes matorrales, nos dimos por vencidos y
regresamos al claro. Y cuando llegamos, Homer por fin encontró su serpiente.
Eran las seis de la tarde, y la temperatura del suelo empezaba a bajar. Homer
se encaminó hacia su saco de dormir, se quitó las botas y se recostó con una
bolsa de nachos en la mano. —Este sitio es una pasada —dijo—. Es perfecto. En
ese momento, la serpiente; que se había colocado en su saco de dormir, debió de
retorcerse bajo él porque Homer se levantó de un salto y corrió como diez
metros.
—¡Me cago en la…! —gritó—. ¡Hay algo ahí dentro! ¡Hay una
serpiente en mi saco! Hasta Kevin y Corrie dejaron de hacer lo que fuera que
estuviesen haciendo y se acercaron aprisa. Hubo una acalorada discusión:
primero, sobre si Homer estaba imaginando cosas; segundo, cuando todos vimos
moverse a la serpiente, sobre cómo sacarla de allí sin que nadie perdiera la
vida. Kevin quería llevar el saco de dormir al arroyo, llenarlo de piedras y
hundirlo para ahogar a la serpiente. Pero a Homer no le convenció la idea: le
gustaba su saco de dormir. Tampoco estábamos seguros de si los colmillos de la
serpiente podían o no atravesar el saco. De niña, un trasquilador me contó una
historia espeluznante. Al parecer, su hijo fue mordido a través de la manta
mientras estaba acostado en su cama. Jamás supe si era verídica o no, pero el
caso es que nunca he podido sacarme esa historia de la cabeza.
Decidimos poner en
práctica el consejo que los expertos nos dieron desde niños: las serpientes
temen más a la gente que la gente a las serpientes. Supusimos que, si nos
colocábamos a un extremo del saco de dormir, la serpiente saldría por el otro
lado y reptaría a toda leche en la dirección opuesta, hacia la maleza. Así que
nos hicimos con dos palos gruesos; Robyn cogió uno y Kevin el otro. Los colaron
bajo el saco y se aprestaron a levantarlo muy despacio. Fue una escena
memorable; mejor incluso que ver la televisión. Durante un minuto, no ocurrió
absolutamente nada, aunque conforme se estiraba la tela, el contorno de la
serpiente quedaba perfectamente visible. Y, sin lugar a dudas, se trataba de un
magnífico ejemplar. Robyn y Kevin intentaron inclinar el saco para que la
serpiente acabara deslizándose hacia afuera por la abertura. Lo estaban
haciendo muy bien; era un perfecto trabajo en equipo. El saco llegó a la altura
de la espinilla, de la rodilla y seguía subiendo. Pero entonces, no supimos
cómo, los palos quedaron demasiado separados. Corrie los avisó y, en cuanto se
dieron cuenta, empezaron a corregir la orientación. Sin embargo, el palo de
Robyn se le resbaló durante un segundo que resultó ser crucial. El saco acabó
cayendo al suelo, como si tuviese vida propia, y una serpiente muy cabreada
emergió de su interior. El único pensamiento racional que me ocupaba en aquel
momento fue la curiosidad, pero se demostró que las serpientes provocaban en
Kevin el mismo temor que los insectos. Se quedó allí plantado, pálido y
tembloroso, como si fuera a echarse a llorar. Creo que el pánico lo tenía tan
paralizado que habría dejado que la serpiente le trepara por la pierna y le
mordiera. En cierto modo, tenía su gracia, teniendo en cuenta lo valiente que
se lo veía levantando el saco con el palo, cuando aún se sentía a salvo. No obstante,
he de decir que yo no dedicaba demasiado tiempo ni atención a los pensamientos
racionales en aquella etapa de mi vida, y mi mente irracional estaba tomando el
control. Me dijo que entrara en pánico; entré en pánico. Me dijo que echara a
correr; eché a correr. Me dijo que no moviera un dedo por nadie; no lo moví. No
fue hasta momentos más tarde cuando eché un vistazo a mi alrededor para
asegurarme de que todos estaban bien... y para ver dónde se encontraba la
serpiente. Kevin seguía parado en la misma posición; Robyn aguardaba a unos
cuantos metros delante de mí y hacía lo mismo que yo, miraba, temblaba y
resoplaba; Fi se había metido en el arroyo, no sé por qué; Lee había trepado a
un árbol, estaba a unos seis metros de altura y seguía subiendo a gran
velocidad; Corrie, demostrando una gran inteligencia, se había colocado junto a
la hoguera y la utilizaba como pantalla de protección; a Homer no se lo veía por
ningún lado. Y, de repente, a la serpiente tampoco. —¿Dónde está? —grité. —Se
ha ido por ahí —dijo Corrie, señalando la maleza—. Iba detrás de mí, pero en
cuanto vine hasta aquí y salté sobre la hoguera, se fue a otro lado. Para
tratarse de alguien que acababa de escapar de una serpiente desquiciada,
parecía la más calmada de todos. —¿Dónde está Homer? —pregunté. —Se ha ido por
ahí —contestó Corrie mientras señalaba en la dirección opuesta en la que había
huido la serpiente. El peligro parecía haber pasado, incluso para Homer. Poco a
poco, fui templando los nervios y me acerqué a la hoguera. Lee, con aire algo
avergonzado, empezó a bajar del árbol. Incluso Homer acabó apareciendo tras
asomar la cabeza con suma cautela de entre unos densos matorrales.
—¿Por qué te has
metido en el arroyo? —pregunté a Fi.
—Pues para huir de la serpiente, claro. —Pero Fi, las
serpientes saben nadar. —Qué va, no nadan... ¿En serio? Cielos. Cielos. Podría
haber muerto. Gracias por avisarme, chicos. Y con aquello se puso punto final
al momento de mayor emoción de la jornada, sin contar con la salchicha sorpresa
con la que Homer y Kevin nos obsequiaron a la hora de la merienda. No niego que
fuera toda una sorpresa pero, como la serpiente, habría podido prescindir
perfectamente de ese tipo de emociones. Nos fuimos pronto a la cama. Fue uno de
esos días en los que acabamos agotados de no hacer nada. Me metí en el saco de
dormir a las nueve y media, no sin antes comprobar con cuidado que estaba
vacío. Para entonces, solo Fi y Homer seguían despiertos, charlando
tranquilamente junto a la hoguera. Suelo dormir a pierna suelta, y aquella
noche no fue una excepción. Me desperté en algún momento, pero no tengo ni idea
de qué hora era, tal vez las tres o las cuatro de la madrugada. Era una noche
fría. Me estaba haciendo pis, pero esperé unos diez minutos por si se me
pasaba. Me parecía demasiado cruel tener que salir de un saco de dormir tan
acogedor. Tuve que echarme a mí misma un buen sermón: «Venga, tendrás que ir
tarde o temprano. Y te sentirás mejor después. Deja de ser tan quejica. Cuanto
antes vayas, antes podrás volver a este saco tan calentito». Al final, dio
resultado. Me obligué a salir y trastabillé unos diez metros en busca de un
árbol adecuado. Un par de minutos después, mientras regresaba, algo me detuvo
en seco. Me había parecido distinguir un zumbido lejano. Aguardé, sin estar muy
segura de haberlo oído o no, pero el sonido se hizo cada vez más fuerte y
claro. Es curioso lo distintos que son los sonidos artificiales de los sonidos
naturales. Para empezar, diría que un sonido artificial es más constante y
uniforme, y sin duda aquel era de esos. Supuse que debía de tratarse de algún
tipo de aeronave. Esperé, mirando al cielo.
Si existe algo que
verdaderamente es diferente aquí arriba, es el cielo. Y aquella noche, el cielo
era el típico de una noche despejada en la montaña: salpicado por una infinidad de estrellas, algunas
potentes y brillantes; otras, diminutas y débiles como puntitos; unas
parpadeaban y otras se veían rodeadas por un halo neblinoso. Hay ciertas vistas
de las cuales acabo cansándome, pero jamás del cielo nocturno en la montaña.
Puedo perderme en su inmensidad. De repente, el potente zumbido se hizo rugido.
Ese cambio se produjo de forma tan súbita que parecía increíble. Seguramente
sería por las altas paredes rocosas que cercaban nuestro campamento. Y como una
nube de murciélagos negros que, entre chillidos, oscurecen las estrellas, una
escuadrilla de aviones en formación de «V» emergió a muy poca altura. Le siguió
otra, y otra... Hasta seis escuadrillas atravesaron el cielo sobre mí. El
ruido, la velocidad y la oscuridad de los aviones de reacción me sobresaltaron.
Me di cuenta de que estaba agachada, como protegiéndome de una paliza. Me
enderecé. Por lo visto, se habían ido. El estrépito se diluyó muy pronto, hasta
que dejé de oírlo. Pero algo persistía. El aire ya no parecía tan puro, tan
limpio. Fue todo un cambio de atmósfera. La quietud se había evaporado; el frío
tan apacible como mordaz acababa de ser remplazado por una desconocida humedad.
Podía distinguir un olor a combustible. Creíamos ser de los primeros seres
humanos en invadir esta cuenca, pero los humanos lo han invadido todo, por
todos lados. No necesitan acceder a pie a un lugar para invadirlo. Ni siquiera
el Infierno era inmune. En cuanto alcancé el saco de dormir, Fi, soñolienta,
dijo: —¿Qué era ese ruido? Al parecer, y por más que me costase creerlo, era la
única que se había despertado. —Aviones —contesté. —Hum. Ya me lo imaginaba
—dijo—. Supongo que regresan del Día de la Conmemoración. Por supuesto, pensé.
Debe de ser eso.
Empecé a verme arrastrada hacia un sueño inquieto y plagado
de pesadillas. Aún no me había dado cuenta de que había algo extraño en todo
aquello: decenas de aviones que vuelan a ras del suelo, de noche y sin luces.
Aunque no fue hasta mucho más tarde cuando realmente recordé que volaban sin
luces. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Robyn dijo: —¿Alguien más
oyó esos aviones anoche? —Sí —repuse—. Yo estaba despierta. Tenía que hacer
pis. —Parecía no tener fin —prosiguió Robyn—. Debía de haber cientos. —Seis
grupos —maticé yo—. Muy seguidos y volando muy bajo. Pero pensaba que estabas
dormida. Solo Fi lo mencionó. Robyn me miró fijamente. —¿Seis grupos? Pero si
no dejaron de desfilar durante toda la noche. Decenas y decenas más bien. Y Fi
estaba dormida. Pensé que tú también lo estabas. Lee y yo los contamos, pero
todos los demás estabais roncando. —Dios mío —dije cuando caí en la cuenta—.
Debo de haber visto un grupo diferente. —Pues yo no oí nada —intervino Kevin,
mientras desgarraba el envoltorio de su segunda barra de Mars. Siempre decía
que comía dos Mars para desayunar y, a aquellas alturas de la excursión, no
había fallado ni una vez. —Puede que haya estallado la tercera guerra mundial
—dijo Lee—. A lo mejor nos han invadido y nosotros aquí sin saberlo.
—Sí —coincidió
Corrie desde su saco de dormir—. Aquí estamos incomunicados. Podría suceder
cualquier cosa en el mundo y ni nos enteraríamos.
—Pues mejor así —dijo Kevin. —Imaginad que cuando volvamos en
unos cuantos días, nos encontramos con que ha estallado una guerra nuclear, que
no queda nada y que somos los únicos supervivientes —conjeturó Corrie—. Dadme
una barrita de muesli, venga. —¿Manzana, fresa o albaricoque? —ofreció Kevin.
—Manzana. —Si hubiese estallado una guerra nuclear, no sobreviviríamos —dijo
Fi—. La lluvia radiactiva estaría cayendo ahora mismo sobre nuestras cabezas,
lentamente, como cae la lluvia del cielo. Ni nos enteraríamos. —¿Qué libro
leísteis el año pasado en clase de literatura? —preguntó Kevin—. Seguro que fue
ese.... X no sé qué, ¿verdad?
—¿Z? ¿Z
for Zachariah?* —Sí, ese mismo. Era muy bueno. El único
libro que valía la pena de los que nos han dado a leer. —En serio —insistió
Robyn—. ¿Qué creéis que estaban haciendo esos aviones? —Yo creo que regresaban
del Día de la Conmemoración —repitió Fi como la noche anterior—. Ya sabes que
hacen espectáculos aéreos, exhibiciones y cosas por el estilo.
—No sería mala fecha
para llevar a cabo una invasión —añadió Lee—. Todo el país está de fiesta. El
Ejército, la Armada y las Fuerzas Aéreas desfilan por toda la ciudad,
fanfarroneando. No queda nadie al mando del país.
—Pues yo lo haría el día de Navidad —rebatió Kevin—. En mitad
de la tarde, cuando todos duermen. Supongo que fue una conversación de lo más
normal pero, por alguna razón, me estaba sacando de quicio. Me puse en pie y
bajé hasta el arroyo, donde encontré a Homer. Estaba sentado en un banco de
grava, peinando el terreno con una piedra plana. —¿Qué estás haciendo?
—pregunté. —Buscando oro. —¿Sabes cómo hacerlo? —No. —¿Y has encontrado algo?
—Sí, montones de oro. Los he colocado detrás de los árboles para que los demás
no los vean. —Muy egoísta por tu parte. —Sí, bueno, así soy yo. Ya me conoces.
Tenía razón acerca de algo: lo conocía bien. Era como un hermano para mí. Al
ser vecinos, crecimos juntos. Y pese a que tenía muchos defectos, el egoísmo no
era uno de ellos. —Oye, Ellie —añadió después de que llevara unos pocos minutos
sentada a su lado, observándolo inspeccionar la grava. —¿Sí? —¿Qué piensas de
Fi?
A punto estuve de caer al arroyo. Cuando alguien te hace esta
pregunta, con ese tono de voz, solo puede significar una cosa. ¡Pero estábamos
hablando de Homer! Las únicas mujeres que admiraba eran las que salían en las
revistas. A las de carne y hueso las trataba a patadas. ¡Y de todas las
mujeres, tenía que ser Fi! Aun así, quería contestar a su pregunta sin
desalentarlo. —Quiero a Fi. Ya lo sabes. La veo como muy... perfecta. —Ya, la
verdad es que tienes razón, creo. Admitir aquello le dio vergüenza, y se pasó
unos minutos más escarbando el suelo en busca de oro. —Supongo que piensa que
soy un bocazas, ¿no? —confesó por fin. —No lo sé. No tengo ni idea, Homer. Pero
no creo que te odie. Anoche estuvisteis hablando como si fueseis amigos de toda
la vida. —Sí, es verdad —carraspeó—. Fue entonces cuando por primera vez…
cuando me di cuenta... Bueno, es la primera vez que me fijo verdaderamente en
ella. Desde pequeño, siempre pensé que era una pija estirada. Pero no lo es. Es
una chica muy simpática. —Yo misma podría habértelo confirmado. —Sí, pero ya
sabes, vive en esa mansión y habla como una finolis. Y yo y mi familia… Bueno,
solo somos granjeros griegos para gente como ella. —Fi no es así. Tienes que
darle una oportunidad.
—Por supuesto que se
la daré. De lo que no estoy seguro es de si ella me la dará a mí.
Se quedó observando la gravilla con aire taciturno, dejó
escapar un suspiro y se puso en pie. De repente, la expresión de su cara había
cambiado. Se había puesto rojo y empezaba a retorcer el pescuezo como si,
después de todos estos años, su cuello empezara a hartarse de conectar la
cabeza con el cuerpo. Eché un vistazo para ver qué había desencadenado esa
reacción. Era Fi, que bajaba al arroyo para cepillarse sus perfectos dientes.
Me costó reprimir una sonrisa. He visto antes a personas víctimas de un
flechazo, pero nunca pensé que a Homer le ocurriese algo parecido. Y el hecho
de que fuese Fi la causante me dejó alucinada. No tenía ni idea de lo que
pensaría ella o cuál sería su reacción. Apostaba a que se lo tomaría a broma,
despacharía el asunto con rapidez pero con dulzura, y después acudiría a mí
para echarse unas risas. No es que lo hiciese porque era cruel, sino porque
nadie se tomaba muy en serio a Homer. Lo cierto es que él siempre había
incitado a los demás a pensar que no tenía sentimientos. Decía cosas como
«Tengo el corazón de radio, no se derretiría ni en cinco mil años». Siempre se
sentaba al fondo de la clase y se ganaba las críticas de las chicas. «Sí, soy
un insensible, ¿y qué más? ¿Un machista? Vamos, ¿no tenéis nada más que añadir?
Seguro que se os ocurre algo mejor. Anda, Sandra, anímate…» Ellas se ponían más
y más furiosas mientras él se reclinaba en su silla, sonriendo y provocándolas.
Sabían perfectamente lo que pretendía, pero no eran capaces de contenerse. De
modo que, con el paso del tiempo, empezamos a creerlo cuando decía que era
demasiado duro para tener sentimientos. Y me hacía mucha gracia que Fi, la
chica más delicada de todo nuestro curso, fuese la única que lo hubiese
desarmado, por decirlo de algún modo.
Fui a dar un paseo,
volviendo por el camino hasta el último de los Escalones de Satán. El sol ya había
calentado la enorme pared de granito; me recosté en ella y, con los ojos
entrecerrados, pensé en nuestra excursión, en el camino, en el hombre que lo
había trazado y en este lugar llamado Infierno. ¿Por qué lo llamaría la gente
Infierno?, me pregunté. Todos estos peñascos y rocas, toda esta vegetación. Un
sitio salvaje, pero no infernal. La naturaleza salvaje es fascinante, dura y
maravillosa a la vez. No existe un lugar que se merezca tal nombre. No hay nada
infernal en este lugar, sino gente que lo llama así; gente que se empeña en
ponerle nombres a los lugares para que nadie pueda verlos ya de otro modo. Cada
vez que los contemplen o piensen en ellos, lo primero que verán será una
gigantesca señal que rece: «Comisión de Vivienda» o «colegio privado», «iglesia»,
«mezquita» o «sinagoga». Dejan de mirar en cuanto ven esos rótulos.
Lo mismo sucedía con Homer, que durante todos aquellos años
había cargado con un gran rótulo alrededor del cuello. Y yo, como una estúpida,
me empeñaba en seguir leyéndolo. Los animales eran más inteligentes. No sabían
leer. Los perros, los caballos, los gatos no se molestaban en leer etiqueta
alguna. Recurrían a sus propias mentes, a su propio juicio. No, el Infierno no
tenía nada que ver con ningún lugar. El Infierno se encontraba en las personas.
Quizás el Infierno fueran las personas.
Durante aquellos días
de acampada en el claro, no hicimos otra cosa que comer y holgazanear. Cada
día, alguien decía algo como: «De hoy no pasa, tenemos que subir a la cima y
dar un buen paseo», a lo que siempre contestábamos con un «Sí, me apunto», «Sí,
nos estamos oxidando» o «Sí, buena idea». Pero, por alguna razón, jamás lo
hacíamos. Siempre se nos echaba encima la hora de la comida; a continuación
venía la siesta; después leíamos un poco o nos mojábamos los pies en el arroyo;
entonces caía la tarde y, sin apenas darnos cuenta, nos sorprendía la noche.
Corrie y yo éramos seguramente las más activas. Dimos unos cuantos paseos, regresamos
al puente y exploramos nuevos acantilados donde poder mantener nuestras largas
conversaciones privadas. Charlamos sobre chicos y amigos, las clases y los
padres, lo típico. Decidimos que, cuando acabara el instituto, pasaríamos los
seis meses siguientes trabajando y ahorrando para un viaje juntas al
extranjero. Estábamos encantadas con la idea. ―Me gustaría pasar años y años
fuera de casa ―dijo Corrie, con una mirada soñadora. ―¡Venga, Corrie! Pero si
te dio nostalgia cuando hicimos aquel campamento en octavo, ¡y solo fueron
cuatro días! ―No estaba nostálgica. Lo pasé porque Ian y los demás se metían
conmigo. ―Menudos desgraciados. Los odiaba. ―¿Te acuerdas de cuando los
pillaron bombardeándonos con mecheros? Estaban chiflados. Al menos han madurado
un poco desde entonces.
―Ian sigue siendo un
gilipollas.
―Ya no me quita el sueño. No es tan malo. Corrie era mucho
más indulgente que yo. Y más tolerante también. ―¿Crees que tus padres te
dejarán ir al extranjero? ―pregunté. ―No lo sé. Puede que accedan si los
convenzo con tiempo. Ya me dejaron solicitar aquel programa de intercambio,
¿recuerdas? ―Es muy fácil entenderse con tus padres. ―Y con los tuyos. ―Supongo
que en general, sí. Aunque a veces mi padre tiene unos arrebatos... Y además es
muy machista. No sabes lo que me ha costado convencerlo para que me dejasen
hacer esta excursión. Claro que si yo hubiese sido un chico, no habría habido
problema. ―Hum. Mi padre no es tan malo. Lo he educado bien. Esbocé una
sonrisa. Mucha gente subestimaba a Corrie. Tenía un modo muy sutil de manejar a
la gente para conseguir lo que quería. Establecimos un itinerario: Indonesia,
Tailandia, China, India y después, Egipto. Corrie quería que, una vez allí, nos
adentrásemos en el continente africano, pero yo prefería seguir hacia Europa.
Ella quería verlo todo, regresar a su casa, estudiar enfermería y después
marcharse al país que más enfermeros necesitara. La admiraba por ello, pero yo
estaba más interesada en hacer dinero.
El tiempo pasó muy
rápido. Incluso el último día, cuando nos estábamos quedando sin provisiones,
nadie quiso subir hasta el Land Rover para abastecernos. Así que improvisamos y
acopiamos un tentempié que, de encontrarnos en otra situación, habría acabado
en el cubo de basura más cercano. Llegamos a comer cosas con las que ni
siquiera yo alimentaría a mis gallinas. No quedaba mantequilla, ni leche en
polvo, ni tampoco condensada porque el primer día dejamos secos todos los
tubos. Tampoco fruta, té ni queso. Nada de chocolate, y eso sí que era preocupante, aunque no lo suficientemente grave como
para que alguien moviera el trasero. ―Es como el círculo que se muerde la cola,
o como se diga eso ―explicó Kevin―. Si tuviésemos chocolate, tendría fuerzas
para ir al Land Rover por más. Pero, sin chocolate, no podría llegar ni al
primer escalón. Nuestra principal excusa, eso sí, era el calor. Fi tenía a
Homer embelesado. No dejaba de hablarme de ella y siempre se las ingeniaba para
colocarse, como de casualidad, en cualquier sitio por donde ella pasara, aunque
cada vez que se dirigía a él, se ponía rojo como un tomate. Fi, por su parte,
me decepcionó mucho. No me contó absolutamente nada; cuando yo le comentaba
algo se limitaba a hacerse la tonta aunque cualquiera con dos dedos de frente
lo habría captado de inmediato. Los siete habíamos conseguido pasar cinco días
juntos sin que hubiese ninguna discusión grave. No estaba nada mal. Aunque
admito que sí hubo algún que otro rifirrafe. Como cuando Kevin recriminó a Fi
que no ayudase con la comida o los platos. Ocurrió justo después del revuelo
con la serpiente gigante; imagino que a Kevin le avergonzaba no haber salido
airoso de la situación. Y encima, la salchicha sorpresa tampoco generó mucha
admiración, y quizá se sintiese algo sensible. En cualquier caso, Fi se estaba
ganando la reputación de desaparecer en cuanto había trabajo que hacer, por lo
que Kevin tampoco andaba muy desencaminado. También estaba la sempiterna
protesta de Corrie «No tiene gracia, Homer» si este salpicaba su saco de dormir
con agua fría, cuando este se entretuvo haciendo cosas crueles y repugnantes a
un escarabajo negro, cuando le tiró una araña a la camiseta o cuando arrancó la
última página de su libro y la escondió para que ella se quedase sin saber si
los protagonistas acababan o no enrollándose. Corrie era una de las víctimas
preferidas de Homer: solo tenía que asomar el capote para que ella cargara
contra él. Tenía suerte de que Corrie no fuese rencorosa.
Puesto que tengo que
ser sincera, he de admitir que yo también me las ingenié para sacar de quicio a
una o dos personas en un par de ocasiones. Kevin me dijo que me comportaba como una
sabelotodo cuando el sugerí cómo reavivar el fuego. De hecho, la hoguera me
puso en aprietos más de una vez. Supongo que me gusta toquetearla demasiado.
Cada vez que daba señales de sofocarse, que el humo salía en la dirección
equivocada o que el cazo no estaba colocado encima de las mejores brasas, tenía
que acercarme armada de un palo, para «arreglarlo». Bueno, así es como lo llamo
yo. Para los demás, es «dar el coñazo». Mi mayor riña fue en realidad una
estupidez. No sé, puede que todas las riñas sean estúpidas. Estábamos hablando
sobre los colores de los coches: cuáles son los más llamativos y cuáles los más
discretos. Kevin dijo que el blanco era el más llamativo de todos y el negro el
más discreto; Lee votó favor del amarillo y verde respectivamente; yo me
decanté por el rojo y el caqui. No recuerdo las respuestas de los demás. El
caso es que, de súbito, la discusión se caldeó. ―¿Y por qué crees que las
ambulancias y los coches de policía son blancos? ―gritó Kevin. ―¿Y por qué
crees tú que los coches de bomberos con rojos? ―chillé yo a mi vez. ―¿Y por qué
creéis que hay tantos taxis amarillos? ―añadió Lee alzando un poco la voz,
aunque dudo que fuese su intención. Fue un diálogo de besugos. Yo estaba segura
de mi apuesta por el caqui como color más discreto puesto que es el color del
Ejército. Sin embargo, Kevin me contó una historia larguísima sobre cómo casi
se estrella con un vehículo negro una semana después de sacarse el carné de
conducir. ―Eso no demuestra que un coche negro pase más desapercibido, sino que
tú eres un peligro a volante ―espeté yo. No recuerdo cómo terminó aquello, lo
que demuestra hasta qué punto fue una estupidez.
No obstante, en
nuestra última noche, mientras estábamos sentados alrededor de la hoguera jugando al juego de la verdad, Robyn
saltó: ―No quiero volver a casa. He pasado la mejor semana de mi vida en el
mejor de los lugares. ―Sí ―coincidió Lee―. Ha sido genial. ―Pues yo estoy
deseando tomarme una ducha caliente ―rebatió Fi―. Y comer algo en condiciones. ―Tenemos
que repetirlo ―sugirió Corrie―. Y volver al mismo lugar los mismos que estamos
ahora. ―Sí, vale ―añadió Homer que se moría por disponer de cinco días más para
venerar a Fi. ―Guardemos este lugar en secreto ―propuso Robyn―. O pronto
empezará a venir todo el mundo y lo destrozarán. ―Es una buena zona para
acampar ―intervine―. La próxima vez deberíamos llevar a cabo una búsqueda en
toda regla y averiguar dónde vivía el Ermitaño. ―Puede que no tuviese más que
una choza y que se haya venido abajo ―aventuró Lee. ―Pues la construcción del
puente es bien sólida. Apostaría que su choza era mejor aún. ―O quizá viviese
en una cueva o algo parecido.
Volvimos a retomar
el juego de la verdad, pero preferí irme a la cama antes de que me obligaran a
confesar todas las cosas que había hecho con Steve. Supuse que ya había largado
suficiente, así que preferí retirarme. Sin embargo, tuve un sueño agitado. Como
ya he dicho, suelo dormir a pierna suelta, pero las últimas noches de acampada
no logré hacerlo. Para sorpresa mía, me di cuenta de que no veía el momento de
llegar a casa, ver cómo andaban las cosas, asegurarme de que todo iba bien. Experimenté una extraña sensación de
inquietud. Nos pusimos manos a la obra muy temprano a la mañana siguiente.
Tiene gracia, pero puedes quitarte de encima el noventa por ciento del trabajo
en una hora mientras que el diez te ocupa al menos dos. Es la ley de Ellie. De modo
que ya eran casi las once de la mañana y el sol empezaba a pegar cuando
terminamos. Antes de ponernos en marcha, echamos un último vistazo a la hoguera
y nos despedimos con amargura de nuestro claro secreto. La subida era tan
pronunciada que no tardamos en comprender por qué ninguno había mostrado mucho
entusiasmo por subir a la Costura del Sastre. Nuestra mayor motivación, sin
contar la insistencia de Fi en la ducha y la comida, era comprobar desde qué
punto partía el camino en la cima. No podíamos entender por qué, ni nosotros ni
el resto de la gente que nos precedió, habíamos conseguido dar con el sendero.
Seguimos pateándonos el camino, sudando y refunfuñando en los tramos más
difíciles y, a veces, empujando a la persona que teníamos delante cuando nos
veíamos obligados a atravesar los huecos estrechos que se abrían entre los
Escalones de Satán. Me percaté de que Homer avanzaba pegado a Fi y aprovechaba
cualquier oportunidad que se le presentaba para ayudarla con algún que otro
empujón. Fi le lanzaba una sonrisa y él se ruborizaba. ¿Era posible que le
gustase?, me pregunté. O puede que le divirtiera tenerlo comiendo de su mano.
El caso es que si una chica se decidía hacerle semejante jugada a Homer, él se
lo había buscado. Fi se encargaría de vengarnos a todas las demás.
Nuestras mochilas
pesaban bastante menos gracias a que nos lo habíamos comido todo, aunque al
cabo de un rato tuvimos la sensación de que pesaban más que nunca. No obstante,
no tardamos en acercaros a la cima, y mantuvimos la vista al frente para ver
dónde desembocaba el camino. La respuesta, cuando estuvimos lo bastante cerca
para conocerla, fue sorprendente. De pronto, el camino viraba desde los
Escalones de Satán y se difuminaba entre un corrimiento de tierra compuesto por
gravilla y rocas. Era la primera vez que andábamos en campo abierto desde que
abandonamos el campamento. Nos llevó unos cuanto minutos localizar el camino al
otro lado, pues era más estrecho y borroso. Fue como pasar de una carretera a
una pista forestal. Aunque el sendero fuese visible desde la cresta, nadie
repararía en él. Y si alguien se tropezaba con él, pensaría que no se trataba
más que de una senda de ganado. El camino continuaba ascendiendo
hasta culminar en un enorme y centenario eucalipto de Wombegonoo. Los últimos
cien metros trascurrían a través de un ramaje tan espeso que tuvimos que
agacharnos para atravesarlo. Era prácticamente un túnel, pero un camuflaje
ideal porque cualquiera que mirara en su dirección desde Wombegonoo no vería
más que una maleza impenetrable. El eucalipto quedaba a los pies de una lengua
rocosa que se prolongaba hasta la cumbre de Wombegonoo. Sus múltiples troncos,
que debieron de separarse en sus primeros años de vida, le daban un aire
peculiar y más bien parecían los pétalos de una amapola. De hecho, el camino se
iniciaba en el hueco formado en mitad del árbol: la pista nos guió
adecuadamente hasta el hueco después de hacernos pasar bajo uno de los troncos.
El hueco era tan grade que cabíamos los siete, aunque algo apretados. A la
izquierda, a la derecha y debajo, el árbol quedaba ceñido por la maraña
característica del Infierno; más arriba, por la pared de roca que, como dijo
Robyn, despistaría a cualquiera. Una distribución perfecta.
Hicimos un descanso
al llegar a Wombegonoo. Fue breve puesto que prácticamente no nos quedaba
comida y habíamos sido demasiado perezosos como para cargar agua desde el
arroyo. Fue un paseo de unos cuarenta minutos hasta el leal Land Rover, que se
encontramos tal y como lo habíamos dejado, aparcado bajo la sombra de los
árboles, aguardando con paciencia. Nos lanzamos hacia él entre vítores de
alegría. Primero bebimos algo de agua, después devoramos la comida, incluido
todo lo saludable a lo que habíamos renunciado cinco días antes. Es increíble
lo rápido que puede cambiar tu actitud. Recuerdo que alguien dijo en la radio
que los prisioneros liberados al fin de la Segunda Guerra Mundial mostraban una
gratitud infinita por cualquier pedacito de comida que pudieran llevarse a la
boca, pero que al cabo de dos días empezaban a protestar porque les daban sopa
de fideos en vez de sopa de tomate. Es exactamente lo que nos pasó a nosotros.
Y lo que nos pasa a día de hoy. Aquel día, en el Land Rover, yo soñaba con el
helado que, una semana atrás, en casa había tirado a la basura porque tenía
demasiados pedacitos de hielo pegados. En aquel instante, hubiese dado
cualquier cosa por volver a tenerlo en las manos. No podía creer que lo hubiese
lanzado a la basura con tanta indiferencia. Pero supongo que al cabo de una
hora o dos en casa, me habría desecho de él igualmente.
Una vez alcanzamos el Land Rover, me dio la sensación de que
los demás habían perdido las ganas de regresar a casa. Había sido un día
caluroso y húmedo, y en el cielo deambulaban un montón de nubes bajas. Era
imposible avistar la costa. Era el tipo de tiempo que mina la energía de
cualquiera. Aunque he de decir que no era mi caso. Seguía inquieta, ansiosa por
llegar a casa y comprobar que todo iba bien. Pero no podía obligar a los demás
a acatar mi voluntad. Aún estaba resentida porque esa misma mañana Robyn me
había dicho que era algo marimandona. Me dolió, sobre todo viniendo de ella,
que no suele tener palabras desagradables para nadie. Así que me quedé callada
mientras los demás descansaban bajo los esporádicos rayos de sol, digiriendo la
comida que acabábamos de engullir. Al cabo de un rato Kevin y Corrie
desaparecieron carretera abajo. Homer se apostaba tan cerca de Fi como se
atrevió, pero ella no parecía haberse percatado de su proximidad. Yo charle un
rato con Lee sobre la vida en el restaurante. Fue interesante. Jamás se me pasó
por la cabeza que fuese algo tan duro. Explicó que sus padres no utilizaban
microondas ni ninguna otra invención moderna ―seguían preparando la comida de
forma tradicional―, lo que suponía mucho más trabajo. Su padre bajaba al
mercado dos veces por semana y cuando lo hacía salía de casa a las tres y media
de la madrugada. Al oír aquello, supe que llevar un restaurante nunca sería lo
mío. Por fin, a media tarde, nos pusimos en marcha. De camino recogimos a Kevin
y Corrie, que se encontraban en la carretera, a un kilómetro de distancia.
Descendimos traqueteando a la misma velocidad a la que habíamos ascendido. En
cuanto la llanura se abrió ante nosotros, distinguimos unos seis focos a lo
lejos, diseminados por todo el paisaje. Dos de ellos parecían ser bastante
importantes. Era demasiado pronto para que se tratara de un incendio forestal,
y demasiado tarde para que se tratara de una quema de rastrojos. Pero eso fue
lo único que llamó nuestra atención, y ninguno de los focos quedaba remotamente
cerca de nuestros respectivos hogares.
Cuando alcanzamos el
río, la mayoría votó por darse un chapuzón, con lo cual nos detuvimos de nuevo,
algo más de una hora. Yo empezaba a ponerme nerviosa, pero no podía hacer nada
más para que se diesen prisa. No nadé más que cinco minutos, y Lee ni siquiera
se metió en el agua. Cuando salí, me senté a su lado y charlamos de nuevo. Al
cabo de un rato, dije: ―Ojalá se cansaran ya. Estoy deseando volver a casa. Lee me
miró y preguntó: ―¿Por qué? ―No lo sé. Estoy de un humor raro. Uno malo. ―Sí,
se te ve algo preocupada. ―Quizá sean esos incendios. No encuentro explicación
válida. ―Has estado muy nerviosa durante gran parte de la excursión. ―¿En
serio? Sí, supongo que sí. No sé por qué. ―Qué raro ―dijo Lee lentamente―. Yo
también tengo la misma sensación. ―¿De verdad? Pues no se te nota. ―Eso
intento. ―Me lo creo. ―Es posible que sean remordimientos ―añadí al rato―. Me
siento culpable por no haber asistido a la feria. Siempre llevamos muchas reses
para exhibirlas, y mi padre cree que todos deberíamos apoyar la feria. Se
necesita mucho tiempo para acicalar el ganado, transportarlo hasta allí,
cepillarlos, darles de comer, pasearlos y presentarlos. Mi padre no puso
ninguna pega y yo ayudé a acicalarlos, pero le he dejado solo con un montón de
trabajo. ―¿Los lleváis hasta allí solo para mostrar vuestro apoyo a la feria?
―No... Es una feria
muy importante, sobre todo para las vacas charolais. Para muchos, es la oportunidad de darse a conocer
y de mostrarse ante los demás como un buen ganadero. Hoy en día, hay que cuidar
de las relaciones públicas. ―Lo mismo pasa en hostelería... Aquí vienen.
Efectivamente, Robyn y Fi, las últimas que quedaban en el agua, salían
chapoteando entre risas. Fi estaba radiante, apartándose la larga melena de los
ojos y contoneándose con la gracilidad de una garza. Eché un vistazo a Homer,
Kevin estaba hablándole y él intentaba fingir que le prestaba atención, pero
miraba frenéticamente a Fi por el rabillo del ojo. En cuanto me fijé de nuevo
en ella, supe que era consciente de todo. Había algo ensayado en su modo de
caminar, y también en su postura bajo el atardecer, propia de una modelo a
quien haces un reportaje en la playa. Me dio la impresión de que no solo lo
sabía todo sino que también estaba encantada. Tardamos una media hora desde el
río hasta la casa. No podría decir si aquel día me sentía feliz ―la
preocupación y el nerviosismo se hacían más y más palpables― pero de lo que
estoy segura es de que no he sido feliz desde entonces.
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