domingo, 23 de febrero de 2014

Cap, 4 y 5 Mañana: cuando la guerra empieze

Al día siguiente no hicimos gran cosa. Nadie se levantó antes de las diez o las once. Lo primero que encontramos fue una bolsa de galletas que olvidamos la noche anterior al guardar la comida en las mochilas. Estaba vacía. Gracias a nosotros algún agradecido animal había ganado un poco de peso. El desayuno se convirtió en un almuerzo que se prolongó hasta la tarde. No hicimos otra cosa que quedarnos tirados y darnos un buen banquete. Kevin y Corrie vivieron una romántica sesión en el saco de dormir de él; Fi y yo nos sentamos con los pies en el agua fría mientras divagábamos sobre lo que sería de nuestras vidas una vez acabásemos los estudios y nos marchásemos de Wirrawee. Lee estaba leyendo un libro, Sin novedad en el frente. Robyn tenía los cascos de su walkman puestos. Homer hizo un poco de todo: trepó a un árbol, fue al arroyo para buscar oro, recogió un montón de leña e intentó hacer salir a alguna serpiente de su agujero. Cuando me sentí con algo de fuerzas, me uní a él y fuimos a comprobar si el camino seguía más allá. Pero no pudimos encontrar ni rastro. Una espesa maleza nos cortaba el paso en todas direcciones. Y, curiosamente, no vimos por ninguna parte una cabaña, una cueva o cualquier refugio en el que el anciano pudo haberse alojado de haber vivido aquí abajo. Al final, hartos de intentar abrirnos camino por los agrestes matorrales, nos dimos por vencidos y regresamos al claro. Y cuando llegamos, Homer por fin encontró su serpiente. Eran las seis de la tarde, y la temperatura del suelo empezaba a bajar. Homer se encaminó hacia su saco de dormir, se quitó las botas y se recostó con una bolsa de nachos en la mano. —Este sitio es una pasada —dijo—. Es perfecto. En ese momento, la serpiente; que se había colocado en su saco de dormir, debió de retorcerse bajo él porque Homer se levantó de un salto y corrió como diez metros. 
—¡Me cago en la…! —gritó—. ¡Hay algo ahí dentro! ¡Hay una serpiente en mi saco! Hasta Kevin y Corrie dejaron de hacer lo que fuera que estuviesen haciendo y se acercaron aprisa. Hubo una acalorada discusión: primero, sobre si Homer estaba imaginando cosas; segundo, cuando todos vimos moverse a la serpiente, sobre cómo sacarla de allí sin que nadie perdiera la vida. Kevin quería llevar el saco de dormir al arroyo, llenarlo de piedras y hundirlo para ahogar a la serpiente. Pero a Homer no le convenció la idea: le gustaba su saco de dormir. Tampoco estábamos seguros de si los colmillos de la serpiente podían o no atravesar el saco. De niña, un trasquilador me contó una historia espeluznante. Al parecer, su hijo fue mordido a través de la manta mientras estaba acostado en su cama. Jamás supe si era verídica o no, pero el caso es que nunca he podido sacarme esa historia de la cabeza.
Decidimos poner en práctica el consejo que los expertos nos dieron desde niños: las serpientes temen más a la gente que la gente a las serpientes. Supusimos que, si nos colocábamos a un extremo del saco de dormir, la serpiente saldría por el otro lado y reptaría a toda leche en la dirección opuesta, hacia la maleza. Así que nos hicimos con dos palos gruesos; Robyn cogió uno y Kevin el otro. Los colaron bajo el saco y se aprestaron a levantarlo muy despacio. Fue una escena memorable; mejor incluso que ver la televisión. Durante un minuto, no ocurrió absolutamente nada, aunque conforme se estiraba la tela, el contorno de la serpiente quedaba perfectamente visible. Y, sin lugar a dudas, se trataba de un magnífico ejemplar. Robyn y Kevin intentaron inclinar el saco para que la serpiente acabara deslizándose hacia afuera por la abertura. Lo estaban haciendo muy bien; era un perfecto trabajo en equipo. El saco llegó a la altura de la espinilla, de la rodilla y seguía subiendo. Pero entonces, no supimos cómo, los palos quedaron demasiado separados. Corrie los avisó y, en cuanto se dieron cuenta, empezaron a corregir la orientación. Sin embargo, el palo de Robyn se le resbaló durante un segundo que resultó ser crucial. El saco acabó cayendo al suelo, como si tuviese vida propia, y una serpiente muy cabreada emergió de su interior. El único pensamiento racional que me ocupaba en aquel momento fue la curiosidad, pero se demostró que las serpientes provocaban en Kevin el mismo temor que los insectos. Se quedó allí plantado, pálido y tembloroso, como si fuera a echarse a llorar. Creo que el pánico lo tenía tan paralizado que habría dejado que la serpiente le trepara por la pierna y le mordiera. En cierto modo, tenía su gracia, teniendo en cuenta lo valiente que se lo veía levantando el saco con el palo, cuando aún se sentía a salvo. No obstante, he de decir que yo no dedicaba demasiado tiempo ni atención a los pensamientos racionales en aquella etapa de mi vida, y mi mente irracional estaba tomando el control. Me dijo que entrara en pánico; entré en pánico. Me dijo que echara a correr; eché a correr. Me dijo que no moviera un dedo por nadie; no lo moví. No fue hasta momentos más tarde cuando eché un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que todos estaban bien... y para ver dónde se encontraba la serpiente. Kevin seguía parado en la misma posición; Robyn aguardaba a unos cuantos metros delante de mí y hacía lo mismo que yo, miraba, temblaba y resoplaba; Fi se había metido en el arroyo, no sé por qué; Lee había trepado a un árbol, estaba a unos seis metros de altura y seguía subiendo a gran velocidad; Corrie, demostrando una gran inteligencia, se había colocado junto a la hoguera y la utilizaba como pantalla de protección; a Homer no se lo veía por ningún lado. Y, de repente, a la serpiente tampoco. —¿Dónde está? —grité. —Se ha ido por ahí —dijo Corrie, señalando la maleza—. Iba detrás de mí, pero en cuanto vine hasta aquí y salté sobre la hoguera, se fue a otro lado. Para tratarse de alguien que acababa de escapar de una serpiente desquiciada, parecía la más calmada de todos. —¿Dónde está Homer? —pregunté. —Se ha ido por ahí —contestó Corrie mientras señalaba en la dirección opuesta en la que había huido la serpiente. El peligro parecía haber pasado, incluso para Homer. Poco a poco, fui templando los nervios y me acerqué a la hoguera. Lee, con aire algo avergonzado, empezó a bajar del árbol. Incluso Homer acabó apareciendo tras asomar la cabeza con suma cautela de entre unos densos matorrales.
—¿Por qué te has metido en el arroyo? —pregunté a Fi. 
—Pues para huir de la serpiente, claro. —Pero Fi, las serpientes saben nadar. —Qué va, no nadan... ¿En serio? Cielos. Cielos. Podría haber muerto. Gracias por avisarme, chicos. Y con aquello se puso punto final al momento de mayor emoción de la jornada, sin contar con la salchicha sorpresa con la que Homer y Kevin nos obsequiaron a la hora de la merienda. No niego que fuera toda una sorpresa pero, como la serpiente, habría podido prescindir perfectamente de ese tipo de emociones. Nos fuimos pronto a la cama. Fue uno de esos días en los que acabamos agotados de no hacer nada. Me metí en el saco de dormir a las nueve y media, no sin antes comprobar con cuidado que estaba vacío. Para entonces, solo Fi y Homer seguían despiertos, charlando tranquilamente junto a la hoguera. Suelo dormir a pierna suelta, y aquella noche no fue una excepción. Me desperté en algún momento, pero no tengo ni idea de qué hora era, tal vez las tres o las cuatro de la madrugada. Era una noche fría. Me estaba haciendo pis, pero esperé unos diez minutos por si se me pasaba. Me parecía demasiado cruel tener que salir de un saco de dormir tan acogedor. Tuve que echarme a mí misma un buen sermón: «Venga, tendrás que ir tarde o temprano. Y te sentirás mejor después. Deja de ser tan quejica. Cuanto antes vayas, antes podrás volver a este saco tan calentito». Al final, dio resultado. Me obligué a salir y trastabillé unos diez metros en busca de un árbol adecuado. Un par de minutos después, mientras regresaba, algo me detuvo en seco. Me había parecido distinguir un zumbido lejano. Aguardé, sin estar muy segura de haberlo oído o no, pero el sonido se hizo cada vez más fuerte y claro. Es curioso lo distintos que son los sonidos artificiales de los sonidos naturales. Para empezar, diría que un sonido artificial es más constante y uniforme, y sin duda aquel era de esos. Supuse que debía de tratarse de algún tipo de aeronave. Esperé, mirando al cielo.
Si existe algo que verdaderamente es diferente aquí arriba, es el cielo. Y aquella noche, el cielo era el típico de una noche despejada en la montaña: salpicado por una infinidad de estrellas, algunas potentes y brillantes; otras, diminutas y débiles como puntitos; unas parpadeaban y otras se veían rodeadas por un halo neblinoso. Hay ciertas vistas de las cuales acabo cansándome, pero jamás del cielo nocturno en la montaña. Puedo perderme en su inmensidad. De repente, el potente zumbido se hizo rugido. Ese cambio se produjo de forma tan súbita que parecía increíble. Seguramente sería por las altas paredes rocosas que cercaban nuestro campamento. Y como una nube de murciélagos negros que, entre chillidos, oscurecen las estrellas, una escuadrilla de aviones en formación de «V» emergió a muy poca altura. Le siguió otra, y otra... Hasta seis escuadrillas atravesaron el cielo sobre mí. El ruido, la velocidad y la oscuridad de los aviones de reacción me sobresaltaron. Me di cuenta de que estaba agachada, como protegiéndome de una paliza. Me enderecé. Por lo visto, se habían ido. El estrépito se diluyó muy pronto, hasta que dejé de oírlo. Pero algo persistía. El aire ya no parecía tan puro, tan limpio. Fue todo un cambio de atmósfera. La quietud se había evaporado; el frío tan apacible como mordaz acababa de ser remplazado por una desconocida humedad. Podía distinguir un olor a combustible. Creíamos ser de los primeros seres humanos en invadir esta cuenca, pero los humanos lo han invadido todo, por todos lados. No necesitan acceder a pie a un lugar para invadirlo. Ni siquiera el Infierno era inmune. En cuanto alcancé el saco de dormir, Fi, soñolienta, dijo: —¿Qué era ese ruido? Al parecer, y por más que me costase creerlo, era la única que se había despertado. —Aviones —contesté. —Hum. Ya me lo imaginaba —dijo—. Supongo que regresan del Día de la Conmemoración. Por supuesto, pensé. Debe de ser eso. 
Empecé a verme arrastrada hacia un sueño inquieto y plagado de pesadillas. Aún no me había dado cuenta de que había algo extraño en todo aquello: decenas de aviones que vuelan a ras del suelo, de noche y sin luces. Aunque no fue hasta mucho más tarde cuando realmente recordé que volaban sin luces. A la mañana siguiente, durante el desayuno, Robyn dijo: —¿Alguien más oyó esos aviones anoche? —Sí —repuse—. Yo estaba despierta. Tenía que hacer pis. —Parecía no tener fin —prosiguió Robyn—. Debía de haber cientos. —Seis grupos —maticé yo—. Muy seguidos y volando muy bajo. Pero pensaba que estabas dormida. Solo Fi lo mencionó. Robyn me miró fijamente. —¿Seis grupos? Pero si no dejaron de desfilar durante toda la noche. Decenas y decenas más bien. Y Fi estaba dormida. Pensé que tú también lo estabas. Lee y yo los contamos, pero todos los demás estabais roncando. —Dios mío —dije cuando caí en la cuenta—. Debo de haber visto un grupo diferente. —Pues yo no oí nada —intervino Kevin, mientras desgarraba el envoltorio de su segunda barra de Mars. Siempre decía que comía dos Mars para desayunar y, a aquellas alturas de la excursión, no había fallado ni una vez. —Puede que haya estallado la tercera guerra mundial —dijo Lee—. A lo mejor nos han invadido y nosotros aquí sin saberlo.
—Sí —coincidió Corrie desde su saco de dormir—. Aquí estamos incomunicados. Podría suceder cualquier cosa en el mundo y ni nos enteraríamos. 
—Pues mejor así —dijo Kevin. —Imaginad que cuando volvamos en unos cuantos días, nos encontramos con que ha estallado una guerra nuclear, que no queda nada y que somos los únicos supervivientes —conjeturó Corrie—. Dadme una barrita de muesli, venga. —¿Manzana, fresa o albaricoque? —ofreció Kevin. —Manzana. —Si hubiese estallado una guerra nuclear, no sobreviviríamos —dijo Fi—. La lluvia radiactiva estaría cayendo ahora mismo sobre nuestras cabezas, lentamente, como cae la lluvia del cielo. Ni nos enteraríamos. —¿Qué libro leísteis el año pasado en clase de literatura? —preguntó Kevin—. Seguro que fue ese.... X no sé qué, ¿verdad?
—¿Z? ¿Z for Zachariah?* —Sí, ese mismo. Era muy bueno. El único libro que valía la pena de los que nos han dado a leer. —En serio —insistió Robyn—. ¿Qué creéis que estaban haciendo esos aviones? —Yo creo que regresaban del Día de la Conmemoración —repitió Fi como la noche anterior—. Ya sabes que hacen espectáculos aéreos, exhibiciones y cosas por el estilo.
—No sería mala fecha para llevar a cabo una invasión —añadió Lee—. Todo el país está de fiesta. El Ejército, la Armada y las Fuerzas Aéreas desfilan por toda la ciudad, fanfarroneando. No queda nadie al mando del país. 
—Pues yo lo haría el día de Navidad —rebatió Kevin—. En mitad de la tarde, cuando todos duermen. Supongo que fue una conversación de lo más normal pero, por alguna razón, me estaba sacando de quicio. Me puse en pie y bajé hasta el arroyo, donde encontré a Homer. Estaba sentado en un banco de grava, peinando el terreno con una piedra plana. —¿Qué estás haciendo? —pregunté. —Buscando oro. —¿Sabes cómo hacerlo? —No. —¿Y has encontrado algo? —Sí, montones de oro. Los he colocado detrás de los árboles para que los demás no los vean. —Muy egoísta por tu parte. —Sí, bueno, así soy yo. Ya me conoces. Tenía razón acerca de algo: lo conocía bien. Era como un hermano para mí. Al ser vecinos, crecimos juntos. Y pese a que tenía muchos defectos, el egoísmo no era uno de ellos. —Oye, Ellie —añadió después de que llevara unos pocos minutos sentada a su lado, observándolo inspeccionar la grava. —¿Sí? —¿Qué piensas de Fi? 
A punto estuve de caer al arroyo. Cuando alguien te hace esta pregunta, con ese tono de voz, solo puede significar una cosa. ¡Pero estábamos hablando de Homer! Las únicas mujeres que admiraba eran las que salían en las revistas. A las de carne y hueso las trataba a patadas. ¡Y de todas las mujeres, tenía que ser Fi! Aun así, quería contestar a su pregunta sin desalentarlo. —Quiero a Fi. Ya lo sabes. La veo como muy... perfecta. —Ya, la verdad es que tienes razón, creo. Admitir aquello le dio vergüenza, y se pasó unos minutos más escarbando el suelo en busca de oro. —Supongo que piensa que soy un bocazas, ¿no? —confesó por fin. —No lo sé. No tengo ni idea, Homer. Pero no creo que te odie. Anoche estuvisteis hablando como si fueseis amigos de toda la vida. —Sí, es verdad —carraspeó—. Fue entonces cuando por primera vez… cuando me di cuenta... Bueno, es la primera vez que me fijo verdaderamente en ella. Desde pequeño, siempre pensé que era una pija estirada. Pero no lo es. Es una chica muy simpática. —Yo misma podría habértelo confirmado. —Sí, pero ya sabes, vive en esa mansión y habla como una finolis. Y yo y mi familia… Bueno, solo somos granjeros griegos para gente como ella. —Fi no es así. Tienes que darle una oportunidad.
—Por supuesto que se la daré. De lo que no estoy seguro es de si ella me la dará a mí.
Se quedó observando la gravilla con aire taciturno, dejó escapar un suspiro y se puso en pie. De repente, la expresión de su cara había cambiado. Se había puesto rojo y empezaba a retorcer el pescuezo como si, después de todos estos años, su cuello empezara a hartarse de conectar la cabeza con el cuerpo. Eché un vistazo para ver qué había desencadenado esa reacción. Era Fi, que bajaba al arroyo para cepillarse sus perfectos dientes. Me costó reprimir una sonrisa. He visto antes a personas víctimas de un flechazo, pero nunca pensé que a Homer le ocurriese algo parecido. Y el hecho de que fuese Fi la causante me dejó alucinada. No tenía ni idea de lo que pensaría ella o cuál sería su reacción. Apostaba a que se lo tomaría a broma, despacharía el asunto con rapidez pero con dulzura, y después acudiría a mí para echarse unas risas. No es que lo hiciese porque era cruel, sino porque nadie se tomaba muy en serio a Homer. Lo cierto es que él siempre había incitado a los demás a pensar que no tenía sentimientos. Decía cosas como «Tengo el corazón de radio, no se derretiría ni en cinco mil años». Siempre se sentaba al fondo de la clase y se ganaba las críticas de las chicas. «Sí, soy un insensible, ¿y qué más? ¿Un machista? Vamos, ¿no tenéis nada más que añadir? Seguro que se os ocurre algo mejor. Anda, Sandra, anímate…» Ellas se ponían más y más furiosas mientras él se reclinaba en su silla, sonriendo y provocándolas. Sabían perfectamente lo que pretendía, pero no eran capaces de contenerse. De modo que, con el paso del tiempo, empezamos a creerlo cuando decía que era demasiado duro para tener sentimientos. Y me hacía mucha gracia que Fi, la chica más delicada de todo nuestro curso, fuese la única que lo hubiese desarmado, por decirlo de algún modo.
Fui a dar un paseo, volviendo por el camino hasta el último de los Escalones de Satán. El sol ya había calentado la enorme pared de granito; me recosté en ella y, con los ojos entrecerrados, pensé en nuestra excursión, en el camino, en el hombre que lo había trazado y en este lugar llamado Infierno. ¿Por qué lo llamaría la gente Infierno?, me pregunté. Todos estos peñascos y rocas, toda esta vegetación. Un sitio salvaje, pero no infernal. La naturaleza salvaje es fascinante, dura y maravillosa a la vez. No existe un lugar que se merezca tal nombre. No hay nada infernal en este lugar, sino gente que lo llama así; gente que se empeña en ponerle nombres a los lugares para que nadie pueda verlos ya de otro modo. Cada vez que los contemplen o piensen en ellos, lo primero que verán será una gigantesca señal que rece: «Comisión de Vivienda» o «colegio privado», «iglesia», «mezquita» o «sinagoga». Dejan de mirar en cuanto ven esos rótulos. 
Lo mismo sucedía con Homer, que durante todos aquellos años había cargado con un gran rótulo alrededor del cuello. Y yo, como una estúpida, me empeñaba en seguir leyéndolo. Los animales eran más inteligentes. No sabían leer. Los perros, los caballos, los gatos no se molestaban en leer etiqueta alguna. Recurrían a sus propias mentes, a su propio juicio. No, el Infierno no tenía nada que ver con ningún lugar. El Infierno se encontraba en las personas. Quizás el Infierno fueran las personas. 



Durante aquellos días de acampada en el claro, no hicimos otra cosa que comer y holgazanear. Cada día, alguien decía algo como: «De hoy no pasa, tenemos que subir a la cima y dar un buen paseo», a lo que siempre contestábamos con un «Sí, me apunto», «Sí, nos estamos oxidando» o «Sí, buena idea». Pero, por alguna razón, jamás lo hacíamos. Siempre se nos echaba encima la hora de la comida; a continuación venía la siesta; después leíamos un poco o nos mojábamos los pies en el arroyo; entonces caía la tarde y, sin apenas darnos cuenta, nos sorprendía la noche. Corrie y yo éramos seguramente las más activas. Dimos unos cuantos paseos, regresamos al puente y exploramos nuevos acantilados donde poder mantener nuestras largas conversaciones privadas. Charlamos sobre chicos y amigos, las clases y los padres, lo típico. Decidimos que, cuando acabara el instituto, pasaríamos los seis meses siguientes trabajando y ahorrando para un viaje juntas al extranjero. Estábamos encantadas con la idea. ―Me gustaría pasar años y años fuera de casa ―dijo Corrie, con una mirada soñadora. ―¡Venga, Corrie! Pero si te dio nostalgia cuando hicimos aquel campamento en octavo, ¡y solo fueron cuatro días! ―No estaba nostálgica. Lo pasé porque Ian y los demás se metían conmigo. ―Menudos desgraciados. Los odiaba. ―¿Te acuerdas de cuando los pillaron bombardeándonos con mecheros? Estaban chiflados. Al menos han madurado un poco desde entonces.
―Ian sigue siendo un gilipollas. 
―Ya no me quita el sueño. No es tan malo. Corrie era mucho más indulgente que yo. Y más tolerante también. ―¿Crees que tus padres te dejarán ir al extranjero? ―pregunté. ―No lo sé. Puede que accedan si los convenzo con tiempo. Ya me dejaron solicitar aquel programa de intercambio, ¿recuerdas? ―Es muy fácil entenderse con tus padres. ―Y con los tuyos. ―Supongo que en general, sí. Aunque a veces mi padre tiene unos arrebatos... Y además es muy machista. No sabes lo que me ha costado convencerlo para que me dejasen hacer esta excursión. Claro que si yo hubiese sido un chico, no habría habido problema. ―Hum. Mi padre no es tan malo. Lo he educado bien. Esbocé una sonrisa. Mucha gente subestimaba a Corrie. Tenía un modo muy sutil de manejar a la gente para conseguir lo que quería. Establecimos un itinerario: Indonesia, Tailandia, China, India y después, Egipto. Corrie quería que, una vez allí, nos adentrásemos en el continente africano, pero yo prefería seguir hacia Europa. Ella quería verlo todo, regresar a su casa, estudiar enfermería y después marcharse al país que más enfermeros necesitara. La admiraba por ello, pero yo estaba más interesada en hacer dinero.
El tiempo pasó muy rápido. Incluso el último día, cuando nos estábamos quedando sin provisiones, nadie quiso subir hasta el Land Rover para abastecernos. Así que improvisamos y acopiamos un tentempié que, de encontrarnos en otra situación, habría acabado en el cubo de basura más cercano. Llegamos a comer cosas con las que ni siquiera yo alimentaría a mis gallinas. No quedaba mantequilla, ni leche en polvo, ni tampoco condensada porque el primer día dejamos secos todos los tubos. Tampoco fruta, té ni queso. Nada de chocolate, y eso sí  que era preocupante, aunque no lo suficientemente grave como para que alguien moviera el trasero. ―Es como el círculo que se muerde la cola, o como se diga eso ―explicó Kevin―. Si tuviésemos chocolate, tendría fuerzas para ir al Land Rover por más. Pero, sin chocolate, no podría llegar ni al primer escalón. Nuestra principal excusa, eso sí, era el calor. Fi tenía a Homer embelesado. No dejaba de hablarme de ella y siempre se las ingeniaba para colocarse, como de casualidad, en cualquier sitio por donde ella pasara, aunque cada vez que se dirigía a él, se ponía rojo como un tomate. Fi, por su parte, me decepcionó mucho. No me contó absolutamente nada; cuando yo le comentaba algo se limitaba a hacerse la tonta aunque cualquiera con dos dedos de frente lo habría captado de inmediato. Los siete habíamos conseguido pasar cinco días juntos sin que hubiese ninguna discusión grave. No estaba nada mal. Aunque admito que sí hubo algún que otro rifirrafe. Como cuando Kevin recriminó a Fi que no ayudase con la comida o los platos. Ocurrió justo después del revuelo con la serpiente gigante; imagino que a Kevin le avergonzaba no haber salido airoso de la situación. Y encima, la salchicha sorpresa tampoco generó mucha admiración, y quizá se sintiese algo sensible. En cualquier caso, Fi se estaba ganando la reputación de desaparecer en cuanto había trabajo que hacer, por lo que Kevin tampoco andaba muy desencaminado. También estaba la sempiterna protesta de Corrie «No tiene gracia, Homer» si este salpicaba su saco de dormir con agua fría, cuando este se entretuvo haciendo cosas crueles y repugnantes a un escarabajo negro, cuando le tiró una araña a la camiseta o cuando arrancó la última página de su libro y la escondió para que ella se quedase sin saber si los protagonistas acababan o no enrollándose. Corrie era una de las víctimas preferidas de Homer: solo tenía que asomar el capote para que ella cargara contra él. Tenía suerte de que Corrie no fuese rencorosa.
Puesto que tengo que ser sincera, he de admitir que yo también me las ingenié para sacar de quicio a una o dos personas en un par de ocasiones. Kevin me dijo que me comportaba como una sabelotodo cuando el sugerí cómo reavivar el fuego. De hecho, la hoguera me puso en aprietos más de una vez. Supongo que me gusta toquetearla demasiado. Cada vez que daba señales de sofocarse, que el humo salía en la dirección equivocada o que el cazo no estaba colocado encima de las mejores brasas, tenía que acercarme armada de un palo, para «arreglarlo». Bueno, así es como lo llamo yo. Para los demás, es «dar el coñazo». Mi mayor riña fue en realidad una estupidez. No sé, puede que todas las riñas sean estúpidas. Estábamos hablando sobre los colores de los coches: cuáles son los más llamativos y cuáles los más discretos. Kevin dijo que el blanco era el más llamativo de todos y el negro el más discreto; Lee votó favor del amarillo y verde respectivamente; yo me decanté por el rojo y el caqui. No recuerdo las respuestas de los demás. El caso es que, de súbito, la discusión se caldeó. ―¿Y por qué crees que las ambulancias y los coches de policía son blancos? ―gritó Kevin. ―¿Y por qué crees tú que los coches de bomberos con rojos? ―chillé yo a mi vez. ―¿Y por qué creéis que hay tantos taxis amarillos? ―añadió Lee alzando un poco la voz, aunque dudo que fuese su intención. Fue un diálogo de besugos. Yo estaba segura de mi apuesta por el caqui como color más discreto puesto que es el color del Ejército. Sin embargo, Kevin me contó una historia larguísima sobre cómo casi se estrella con un vehículo negro una semana después de sacarse el carné de conducir. ―Eso no demuestra que un coche negro pase más desapercibido, sino que tú eres un peligro a volante ―espeté yo. No recuerdo cómo terminó aquello, lo que demuestra hasta qué punto fue una estupidez.
No obstante, en nuestra última noche, mientras estábamos sentados alrededor de la hoguera jugando al juego de la verdad, Robyn saltó: ―No quiero volver a casa. He pasado la mejor semana de mi vida en el mejor de los lugares. ―Sí ―coincidió Lee―. Ha sido genial. ―Pues yo estoy deseando tomarme una ducha caliente ―rebatió Fi―. Y comer algo en condiciones. ―Tenemos que repetirlo ―sugirió Corrie―. Y volver al mismo lugar los mismos que estamos ahora. ―Sí, vale ―añadió Homer que se moría por disponer de cinco días más para venerar a Fi. ―Guardemos este lugar en secreto ―propuso Robyn―. O pronto empezará a venir todo el mundo y lo destrozarán. ―Es una buena zona para acampar ―intervine―. La próxima vez deberíamos llevar a cabo una búsqueda en toda regla y averiguar dónde vivía el Ermitaño. ―Puede que no tuviese más que una choza y que se haya venido abajo ―aventuró Lee. ―Pues la construcción del puente es bien sólida. Apostaría que su choza era mejor aún. ―O quizá viviese en una cueva o algo parecido.
Volvimos a retomar el juego de la verdad, pero preferí irme a la cama antes de que me obligaran a confesar todas las cosas que había hecho con Steve. Supuse que ya había largado suficiente, así que preferí retirarme. Sin embargo, tuve un sueño agitado. Como ya he dicho, suelo dormir a pierna suelta, pero las últimas noches de acampada no logré hacerlo. Para sorpresa mía, me di cuenta de que no veía el momento de llegar a casa, ver cómo andaban las cosas, asegurarme de que todo iba bien. Experimenté una extraña sensación de inquietud. Nos pusimos manos a la obra muy temprano a la mañana siguiente. Tiene gracia, pero puedes quitarte de encima el noventa por ciento del trabajo en una hora mientras que el diez te ocupa al menos dos. Es la ley de Ellie. De modo que ya eran casi las once de la mañana y el sol empezaba a pegar cuando terminamos. Antes de ponernos en marcha, echamos un último vistazo a la hoguera y nos despedimos con amargura de nuestro claro secreto. La subida era tan pronunciada que no tardamos en comprender por qué ninguno había mostrado mucho entusiasmo por subir a la Costura del Sastre. Nuestra mayor motivación, sin contar la insistencia de Fi en la ducha y la comida, era comprobar desde qué punto partía el camino en la cima. No podíamos entender por qué, ni nosotros ni el resto de la gente que nos precedió, habíamos conseguido dar con el sendero. Seguimos pateándonos el camino, sudando y refunfuñando en los tramos más difíciles y, a veces, empujando a la persona que teníamos delante cuando nos veíamos obligados a atravesar los huecos estrechos que se abrían entre los Escalones de Satán. Me percaté de que Homer avanzaba pegado a Fi y aprovechaba cualquier oportunidad que se le presentaba para ayudarla con algún que otro empujón. Fi le lanzaba una sonrisa y él se ruborizaba. ¿Era posible que le gustase?, me pregunté. O puede que le divirtiera tenerlo comiendo de su mano. El caso es que si una chica se decidía hacerle semejante jugada a Homer, él se lo había buscado. Fi se encargaría de vengarnos a todas las demás.
Nuestras mochilas pesaban bastante menos gracias a que nos lo habíamos comido todo, aunque al cabo de un rato tuvimos la sensación de que pesaban más que nunca. No obstante, no tardamos en acercaros a la cima, y mantuvimos la vista al frente para ver dónde desembocaba el camino. La respuesta, cuando estuvimos lo bastante cerca para conocerla, fue sorprendente. De pronto, el camino viraba desde los Escalones de Satán y se difuminaba entre un corrimiento de tierra compuesto por gravilla y rocas. Era la primera vez que andábamos en campo abierto desde que abandonamos el campamento. Nos llevó unos cuanto minutos localizar el camino al otro lado, pues era más estrecho y borroso. Fue como pasar de una carretera a una pista forestal. Aunque el sendero fuese visible desde la cresta, nadie repararía en él. Y si alguien se tropezaba con él, pensaría que no se trataba más que de una senda de ganado. El camino continuaba ascendiendo hasta culminar en un enorme y centenario eucalipto de Wombegonoo. Los últimos cien metros trascurrían a través de un ramaje tan espeso que tuvimos que agacharnos para atravesarlo. Era prácticamente un túnel, pero un camuflaje ideal porque cualquiera que mirara en su dirección desde Wombegonoo no vería más que una maleza impenetrable. El eucalipto quedaba a los pies de una lengua rocosa que se prolongaba hasta la cumbre de Wombegonoo. Sus múltiples troncos, que debieron de separarse en sus primeros años de vida, le daban un aire peculiar y más bien parecían los pétalos de una amapola. De hecho, el camino se iniciaba en el hueco formado en mitad del árbol: la pista nos guió adecuadamente hasta el hueco después de hacernos pasar bajo uno de los troncos. El hueco era tan grade que cabíamos los siete, aunque algo apretados. A la izquierda, a la derecha y debajo, el árbol quedaba ceñido por la maraña característica del Infierno; más arriba, por la pared de roca que, como dijo Robyn, despistaría a cualquiera. Una distribución perfecta.
Hicimos un descanso al llegar a Wombegonoo. Fue breve puesto que prácticamente no nos quedaba comida y habíamos sido demasiado perezosos como para cargar agua desde el arroyo. Fue un paseo de unos cuarenta minutos hasta el leal Land Rover, que se encontramos tal y como lo habíamos dejado, aparcado bajo la sombra de los árboles, aguardando con paciencia. Nos lanzamos hacia él entre vítores de alegría. Primero bebimos algo de agua, después devoramos la comida, incluido todo lo saludable a lo que habíamos renunciado cinco días antes. Es increíble lo rápido que puede cambiar tu actitud. Recuerdo que alguien dijo en la radio que los prisioneros liberados al fin de la Segunda Guerra Mundial mostraban una gratitud infinita por cualquier pedacito de comida que pudieran llevarse a la boca, pero que al cabo de dos días empezaban a protestar porque les daban sopa de fideos en vez de sopa de tomate. Es exactamente lo que nos pasó a nosotros. Y lo que nos pasa a día de hoy. Aquel día, en el Land Rover, yo soñaba con el helado que, una semana atrás, en casa había tirado a la basura porque tenía demasiados pedacitos de hielo pegados. En aquel instante, hubiese dado cualquier cosa por volver a tenerlo en las manos. No podía creer que lo hubiese lanzado a la basura con tanta indiferencia. Pero supongo que al cabo de una hora o dos en casa, me habría desecho de él igualmente. 
Una vez alcanzamos el Land Rover, me dio la sensación de que los demás habían perdido las ganas de regresar a casa. Había sido un día caluroso y húmedo, y en el cielo deambulaban un montón de nubes bajas. Era imposible avistar la costa. Era el tipo de tiempo que mina la energía de cualquiera. Aunque he de decir que no era mi caso. Seguía inquieta, ansiosa por llegar a casa y comprobar que todo iba bien. Pero no podía obligar a los demás a acatar mi voluntad. Aún estaba resentida porque esa misma mañana Robyn me había dicho que era algo marimandona. Me dolió, sobre todo viniendo de ella, que no suele tener palabras desagradables para nadie. Así que me quedé callada mientras los demás descansaban bajo los esporádicos rayos de sol, digiriendo la comida que acabábamos de engullir. Al cabo de un rato Kevin y Corrie desaparecieron carretera abajo. Homer se apostaba tan cerca de Fi como se atrevió, pero ella no parecía haberse percatado de su proximidad. Yo charle un rato con Lee sobre la vida en el restaurante. Fue interesante. Jamás se me pasó por la cabeza que fuese algo tan duro. Explicó que sus padres no utilizaban microondas ni ninguna otra invención moderna ―seguían preparando la comida de forma tradicional―, lo que suponía mucho más trabajo. Su padre bajaba al mercado dos veces por semana y cuando lo hacía salía de casa a las tres y media de la madrugada. Al oír aquello, supe que llevar un restaurante nunca sería lo mío. Por fin, a media tarde, nos pusimos en marcha. De camino recogimos a Kevin y Corrie, que se encontraban en la carretera, a un kilómetro de distancia. Descendimos traqueteando a la misma velocidad a la que habíamos ascendido. En cuanto la llanura se abrió ante nosotros, distinguimos unos seis focos a lo lejos, diseminados por todo el paisaje. Dos de ellos parecían ser bastante importantes. Era demasiado pronto para que se tratara de un incendio forestal, y demasiado tarde para que se tratara de una quema de rastrojos. Pero eso fue lo único que llamó nuestra atención, y ninguno de los focos quedaba remotamente cerca de nuestros respectivos hogares.
Cuando alcanzamos el río, la mayoría votó por darse un chapuzón, con lo cual nos detuvimos de nuevo, algo más de una hora. Yo empezaba a ponerme nerviosa, pero no podía hacer nada más para que se diesen prisa. No nadé más que cinco minutos, y Lee ni siquiera se metió en el agua. Cuando salí, me senté a su lado y charlamos de nuevo. Al cabo de un rato, dije: ―Ojalá se cansaran ya. Estoy deseando volver a casa. Lee me miró y preguntó: ―¿Por qué? ―No lo sé. Estoy de un humor raro. Uno malo. ―Sí, se te ve algo preocupada. ―Quizá sean esos incendios. No encuentro explicación válida. ―Has estado muy nerviosa durante gran parte de la excursión. ―¿En serio? Sí, supongo que sí. No sé por qué. ―Qué raro ―dijo Lee lentamente―. Yo también tengo la misma sensación. ―¿De verdad? Pues no se te nota. ―Eso intento. ―Me lo creo. ―Es posible que sean remordimientos ―añadí al rato―. Me siento culpable por no haber asistido a la feria. Siempre llevamos muchas reses para exhibirlas, y mi padre cree que todos deberíamos apoyar la feria. Se necesita mucho tiempo para acicalar el ganado, transportarlo hasta allí, cepillarlos, darles de comer, pasearlos y presentarlos. Mi padre no puso ninguna pega y yo ayudé a acicalarlos, pero le he dejado solo con un montón de trabajo. ―¿Los lleváis hasta allí solo para mostrar vuestro apoyo a la feria?
―No... Es una feria muy importante, sobre todo para las vacas charolais. Para muchos, es la oportunidad de darse a conocer y de mostrarse ante los demás como un buen ganadero. Hoy en día, hay que cuidar de las relaciones públicas. ―Lo mismo pasa en hostelería... Aquí vienen. Efectivamente, Robyn y Fi, las últimas que quedaban en el agua, salían chapoteando entre risas. Fi estaba radiante, apartándose la larga melena de los ojos y contoneándose con la gracilidad de una garza. Eché un vistazo a Homer, Kevin estaba hablándole y él intentaba fingir que le prestaba atención, pero miraba frenéticamente a Fi por el rabillo del ojo. En cuanto me fijé de nuevo en ella, supe que era consciente de todo. Había algo ensayado en su modo de caminar, y también en su postura bajo el atardecer, propia de una modelo a quien haces un reportaje en la playa. Me dio la impresión de que no solo lo sabía todo sino que también estaba encantada. Tardamos una media hora desde el río hasta la casa. No podría decir si aquel día me sentía feliz ―la preocupación y el nerviosismo se hacían más y más palpables― pero de lo que estoy segura es de que no he sido feliz desde entonces. 

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