lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 16 y 17 Mañana: cuando la guerra empieze


En la caja había otros dos documentos.
Uno era una carta de la madre de Imogen Christie. Decía así:
Querido señor Christie —«¡señor Christie!», comentó Lee; y yo le dije: «Es que en esa época eran muy formales»—: He recibido su carta fechada el 12 de noviembre. Entiendo que se encuentra en una posición difícil. Como sabe, siempre le he apoyado y he defendido su versión sobre la terrible muerte de mi querida hija y mi querido nieto como la única posiblemente verdadera, y siempre la he creído y he rezado fervientemente porque así fuera. Y me regocijé, como ya sabe, cuando el jurado le declaró inocente, porque creo que ha sido usted un hombre injustamente acusado, y que si el sistema no es capaz de hacer justicia en un caso como el suyo, yo reniego del sistema. Pero el jurado hizo lo único que podía hacer, a pesar de la sentencia del juez. Como usted también sabe, yo siempre me he aferrado a esa versión, y así la he transmitido de un confín del distrito al otro. No se me ocurre cómo podría haber hecho otra cosa. Ningún hombre, ni ninguna mujer tampoco, puede detener las habladurías, y, si son tan graves como usted dice y se viera obligado a abandonar el distrito, sería una vergüenza. Y es que no hay quien detenga a las mujeres cuando se ponen a rumorear, y lo digo a pesar de mi condición de mujer, porque así es el mundo y no cabe duda de que lo seguirá siendo. Y sepa usted que siempre será bienvenido bajo el techo de Imogen Emma Eakin Lo último era un poema, un poema sencillo: En esta vida de oraje, dos pilares sostienen mi fortaleza. Ante los trances ajenos, gentileza, ante los propios, coraje.
Después de leer aquello, Lee envolvió todo de nuevo en silencio y lo volvió a colocar en la caja. No me sorprendió que volviera a dejarla en la
cavidad y que dejara caer la repisa encima. Sabía que no íbamos a dejarla allí para siempre, para que se descompusiera en pedazos y luego en polvo, pero en aquel momento había demasiadas cosas que asimilar, demasiado en que pensar. Abandonamos la cabaña en silencio, y con su silencio la dejamos. A medio camino de vuelta por el arroyo, me volví para mirar a Lee, que iba chapoteando detrás de mí. Era prácticamente el único sitio en aquel fresco túnel de vegetación en el que podía estar de pie. Rodeé su cuello con mis brazos y lo besé apasionadamente. Tras un momento de estupor, cuando ya tenía los labios dormidos, él empezó a besarme también, apretando su boca con fuerza contra la mía. Allí estábamos, de pie en aquel arroyo frío, intercambiando besos apasionados. Yo exploré no solo sus labios, sino también su olor, el tacto de su piel, la forma de sus omóplatos, la tibieza de su nuca. Al cabo de un rato me solté y apoyé mi cabeza en su hombro, aun rodeándole con un brazo. Miré el agua fría correr, siguiendo su irremediable curso. —Ese informe del juez de instrucción... —le dije. —¿Sí? —Antes estábamos hablando de la razón y las emociones. —Sí. ¿Y? —¿Alguna vez has visto a alguien hablar de emociones con tanta frialdad como en ese informe? —No, no creo. Me giré más, para apretar mi cara contra su pecho, y susurré: —Yo no quiero ser como ese juez. —No. —Él me acarició el pelo, luego metió sus dedos en mi melena y me apretó la nuca suavemente, como dándome un masaje. Al cabo de unos minutos, dijo—: Salgamos de este arroyo. Me estoy congelando por segundos. El agua ya me llega hasta las rodillas, y cada vez está más profundo. Yo solté una risita. —Vamos rápido entonces. No quisiera que el agua te suba aún más alto.
De vuela en e1 claro, era evidente que algo había pasado entre Homer y Fi. Homer estaba sentado bajo un árbol, y Fi acurrucada contra él. Él estaba mirando a través del claro, hacia uno de los Escalones de Satán que se alzaba en la distancia. No estaban hablando, y cuando nos vieron se levantaron y se pusieron a dar vueltas, Homer más preocupado por las apariencias que Fi, a la que se veía más natural. Pero, al fijarme en ellos el resto de la tarde —no es que los espiara, solo tenía curiosidad por ver cómo se comportaban—, sentí que eran diferentes a nosotros. Parecían más nerviosos el uno con el otro, como niños de doce años en su primera cita. Fi me explicó cómo había ido todo cuando nos escapamos un momento para cotillear. —No se quiere nada —se quejó—. A cada cosa agradable que le digo, o hace como que no la ha oído o se quita mérito. ¿Sabes? —dijo mirándome con aquellos enormes ojos inocentes—, parece que tiene un problema con eso de que mis padres sean abogados y con que vivamos en una casa como la nuestra. Siempre está gastando bromas sobre la casa, sobre todo cuando fuimos allí la otra noche, pero en el fondo creo que para él no es ninguna broma. —¡Ay, Fi! ¿Cómo has tardado tanto en darte cuenta? —¿Por qué lo dices? ¿Es que él te ha dicho algo? —Enseguida se puso de los nervios, como solo ella sabe hacerlo. Yo estaba un poco entre la espada y la pared, pero quería proteger a Homer, y no quería delatar ninguna confidencia. Así que decidí hablar de una forma menos directa. —Bueno, tu estilo de vida es muy distinto al suyo. Y ya sabes el tipo de tíos con los que siempre se ha juntado en el instituto. Estaría más a gusto en la cafetería que jugando al croquet con tus padres. —Mis padres no juegan al croquet. —Ya, pero tú sabes a lo que me refiero. —Ay, no sé qué hacer. Parece que no se atreve a decir nada por si me río de él o lo miro por encima del hombro. Como si alguna vez lo hubiera hecho. Me parece muy gracioso que se comporte así conmigo, con lo seguro que se lo ve con el resto de la gente. Suspiré. —Si pudiera entender a Homer, entendería a todos los tíos.
Estaba empezando a oscurecer, y teníamos que empezar a organizamos para una larga noche, que comenzaría con otra subida por los Escalones de Satán. Yo estaba cansada y no me apetecía mucho ir, sobre todo porque Lee no podía venir. La pierna seguía molestándole. Llegado el momento, anduve arrastrando los pies detrás de Homer y Fi, porque me sentía demasiado débil para quejarme —y porque pensé que me sentiría culpable si lo hacía—. Pero, poco a poco, la dulzura de la noche me reanimó. Empecé a respirar más profundamente y a percibir las silenciosas montañas que nos rodeaban. Era un sitio bonito, estaba con mis amigos y eran buenas personas, y estábamos lidiando bien con aquellas circunstancias difíciles. Había muchas cosas por las que sentirse mal, pero, de alguna manera, los periódicos que había leído en la cabaña del Ermitaño, y aquel bonito y largo beso con Lee, me habían dado una perspectiva más optimista de la vida. Sabía que no iba a durar, pero intenté disfrutarla mientras pudiera. Al llegar al Land Rover, nos pusimos a construir un nuevo escondite para los vehículos, para que estuvieran más ocultos de la vista de cualquiera que pasara por el camino. No fue una tarea fácil, y al final tuvimos que contentarnos con un hueco entre unos árboles, como un kilómetro pendiente abajo. La principal ventaja era que para llegar hasta allí había que conducir por las rocas, con lo que no dejaríamos huellas, siempre y cuando los neumáticos estuvieran secos. Y el principal inconveniente era que tendríamos que andar más para llegar hasta el Infierno, que ya de por sí era un camino largo. Fi y Homer iban a esperar a los otros cuatro, que estaba previsto que llegaran sobre el amanecer, pero yo no quería dejar a Lee solo en el campamento toda la noche. Así que, por aquella caritativa razón y no otra, llené la mochila hasta arriba, cogí una bolsa de ropa, y, cargada como un burro, me puse en modo «tracción a las cuatro ruedas» y volví caminando al Infierno sola. Era casi media noche cuando me despedí de Fi y de Homer. Ellos dijeron que iban a echarse en la parte trasera del Land Rover para dormir unas horas mientras esperaban. Eso era lo que decían que iban a hacer, claro.
La luna estaba bastante alta en el cielo cuando me fui. Las rocas se erguían, brillantes, a lo largo de la angosta cresta de la Costura del Sastre. De repente, un pajarillo salió volando de un árbol bajo que había frente a mí, dando un graznido y batiendo las alas. Los arbustos creaban siluetas que parecían duendes y demonios que esperaban para abalanzarse sobre mí. El camino se abría paso entre ellos de forma desordenada: si un sastre hubiera cosido aquello, debería de estar loco, o poseído, o ambas cosas. Las ramas blancas y muertas brillaban frente a mí como esqueletos, y mis pies hacían crujir la gravilla. Quizá debería haberme sentido asustada, andando por allí en la oscuridad. Pero no lo estaba, no podría estarlo. La fresca brisa nocturna acariciaba mi rostro todo el rato, y el olor de las acacias daba al aire un suave dulzor. Aquel era mi país; sentía como si hubiera brotado de aquel suelo, como los silenciosos árboles que me rodeaban, como las flexibles plantas de hojas minúsculas que festoneaban el camino. Quería volver con Lee, volver a ver su rostro serio y aquellos ojos marrones que me embelesaban cuando sonreían y me tenían en vilo cuando estaban serios. Pero también quería quedarme allí para siempre. Sentía que si me quedaba más rato, podría convertirme en parte del paisaje, en un árbol oscuro, retorcido y tragante. Estaba andando muy despacio, con ganas de encontrarme con Lee pero no demasiado pronto. Apenas notaba el peso de las provisiones que cargaba. Recordé cómo hacía bastante tiempo —me parecían años— había pensado en aquel sitio, en el Infierno, y en cómo solo los humanos podían haberle dado ese nombre. Solo los humanos entienden de infiernos; de hecho, son expertos en la materia. Recordé haberme preguntado si los humanos serían el infierno. Por ejemplo el Ermitaño; fuera lo que fuera lo que había sucedido aquella terrible Nochebuena, si había cometido un acto de inmenso amor o de terrible maldad... En definitiva, aquel era el único problema: como humano, podía haber hecho lo uno, lo otro, o ambas cosas a la vez. Otras criaturas no tienen ese problema. Hacen lo que hacen y punto. Yo no sabía si el Ermitaño era un santo o un demonio. Lo que sí sabía era que, desde que dio aquellos dos tiros, parecía que tanto él como la gente de su entorno lo habían enviado al infierno; los demás lo habían desterrado, pero él también lo había hecho. No necesitaba atravesar las montañas hasta aquel rincón salvaje de calor, rocas y maleza: llevaba el infierno dentro, como nos pasa a todos, como una pequeña carga a nuestras espaldas que apenas notamos la mayor parte de las veces, o como una gran joroba de sufrimiento que nos doblega bajo su peso. Yo también tenía las manos manchadas de sangre, como el Ermitaño, y al igual que no sabía si sus acciones habían sido buenas o malas, tampoco sabía si lo eran las mías. ¿Había matado por el amor de mis amigos, como parte de una noble cruzada para rescatarlos a ellos y a mi familia, para mantener libre nuestra tierra? ¿O había matado porque valoraba mi vida por encima de la de los demás? ¿Sería capaz de matar a otra decena de personas con el único fin de sobrevivir? ¿Y a cien? ¿Y a mil? ¿Hasta qué punto me había condenado a mí misma al infierno, si es que no estaba condenada ya? La Biblia decía: «No matarás», pero luego narraba cientos de historias de gente que se mataba y se convertía en héroes, como David con Goliat. Aquello no ayudaba mucho. 
Yo no me sentía como una asesina, pero tampoco como una heroína. Estaba sentada en una roca en lo alto del monte Martin pensando en todo aquello. La luna brillaba tanto que podía ver hasta el infinito. Los árboles y las rocas, incluso las cumbres de otras montañas, proyectaban enormes sombras negras en los prados. Pero no se veía a los diminutos humanos que avanzaban por el paisaje como insectos, cometiendo sus monstruosos y hermosos actos. Solo veía mi propia sombra, proyectada en la roca por la luna a mis espaldas. La gente, las sombras, el bien, el mal, el infierno: todo aquello eran nombres, etiquetas, nada más. Los humanos habían creado aquellos opuestos. La naturaleza no reconoce los opuestos. Ni siquiera la vida y la muerte son opuestos en la naturaleza: una es solamente la continuación de la otra. Lo único que se me ocurría era confiar en mi instinto. En realidad, era lo único que tenía. Las leyes humanas, las leyes morales, las leyes religiosas, parecían artificiales y básicas, casi infantiles. Sentía dentro de mí aquel anhelo —que a menudo se quedaba en un mero impulso— de encontrar la manera de hacer lo correcto. Y en ese sentido, tenía fe. Lo llames como lo llames —instinto, conciencia, imaginación—, es como una necesidad de contrastar continuamente lo que hago con una especie de límites que llevo dentro; contrastar, contrastar y volver a contrastar. Quizá los criminales de guerra y los asesinos en serie hagan lo propio con esos límites y reciban así el empuje que necesitan para seguir adelante por el camino que han tomado. ¿Cómo podía saber yo si era diferente?
Me levanté y anduve lentamente por la cumbre del monte Martin. Aunque me estaba atormentando, tenía que vivir con aquella sensación. Sentía que si me mantenía cerca, si la agarraba y no la dejaba ir, podría conseguir sacarla, arrancarla de mi mente resentida. Y sí, se me ocurría una cosa en la que yo era diferente. Era una cuestión de seguridad en uno mismo. La gente que tenía pensamientos brutales y que actuaba de forma brutal —fueran racistas, sexistas o fanáticos— no parecían dudar nunca de sí mismos. Siempre estaban seguros de estar en lo cierto. Como la señora Olsen, del instituto, que castigaba más ella sola que todo el resto del equipo docente junto y que no paraba de quejarse de las normas del centro y de la «falta de disciplina de estos niños». O el señor Rodd, que vivía más abajo en nuestra misma carretera y que nunca mantenía a un jornalero más de seis semanas —había tenido catorce en los últimos dos años— porque según él todos eran unos vagos, unos estúpidos o unos insolentes. O el señor y la señora Nelson, que cada vez que su hijo hacía algo malo conducían cinco kilómetros y lo soltaban allí para que volviera andando a casa, y que, cuando tenía diecisiete años, lo echaron para siempre porque encontraron jeringuillas en su habitación. Aquella gente era a la que yo consideraba chunga. Y todos parecían tener una cosa en común: el absoluto convencimiento de que ellos tenían razón y los demás no. Casi envidiaba la fuerza de sus convicciones. Seguro que les hacía la vida mucho más fácil. Quizá mi falta de confianza, mi enfermiza costumbre de preguntarme y poner en tela de juicio todo lo que decía o hacía, fuera un don, algo que hacía la vida dolorosa a corto plazo pero a largo plazo podría conducirme a... ¿a qué? ¿Al sentido de la vida? Al menos me daba alguna oportunidad de dilucidar qué debía o no debía hacer. Tanto darle a la cabeza me había cansado más que la caminata arriba y abajo por las montañas. La luna estaba en su máximo esplendor, pero no podía quedarme allí. Me levanté y bajé por las rocas hasta el eucalipto y el principio del camino. Cuando llegué al campamento me molestó encontrar a Lee profundamente dormido. Pero no podía culparlo, teniendo en cuenta lo tarde que era. Lo que pasaba es que yo llevaba toda la tarde esperando a verlo y volver a hablar con él. Al fin y al cabo, era culpa suya que yo hubiera estado comiéndome el tarro de aquella manera. Él era quien había empezado, con aquella charla sobre la mente y el corazón. Y ahora tenía que conformarme con arrastrarme hasta su tienda y dormir a su lado. El único consuelo era que, al despertar a la mañana siguiente, se daría cuenta de que había dormido conmigo sin saberlo siquiera. Creo que todavía estaba pensando en eso cuando me quedé dormida. 

Robyn, Kevin, Corrie y Chris sonreían de oreja a oreja, y les devolví la sonrisa sin esfuerzo. Era un enorme alivio, una enorme alegría, volver a verlos. Los abracé con ansia, consciente de pronto del miedo que había pasado por ellos. Pero, por una vez, todo parecía haber salido bien. Era algo maravilloso. No habían contado gran cosa a Homer ni a Fi, porque estaban agotados y porque no querían repetir la misma historia cuando nos vieran a Lee y a mí. Lo único que dijeron fue que no habían visto a ningún familiar nuestro, pero que habían averiguado que se encontraban sanos y salvos en el recinto ferial. Al oír eso, me sentí tan aliviada que me caí sentada al suelo, como si algo me hubiera cortado la respiración. Lee se apoyó en el tronco de un árbol, cubriéndose la cara con las manos. Creo que nada podía importarnos más que eso. Aunque teníamos muchas preguntas, éramos conscientes de lo cansados que estaban todos, por lo que les dejamos que desayunaran antes de que nos contaran nada más. Y, con un buen desayuno en el estómago —aunque consistiera solo en unos pocos huevos frescos, cocinados a toda prisa en un pequeño pero arriesgado fuego que extinguimos también a toda prisa—, ya llenos de comida y de adrenalina, se pusieron cómodos para contárnoslo todo. Robyn tuvo la palabra la mayor parte del tiempo. Ya era su líder oficiosa cuando se fueron, y resultaba interesante observar hasta qué punto acaparaba la atención ahora. Lee y yo nos sentamos en un tronco cogidos de la mano, Fi se dejó arropar por Homer, dentro de la “V” formada por las piernas abiertas de él, y Kevin se tumbó en el suelo con la cabeza sobre el regazo de Corrie. Éramos como un grupo de parejas perfectas, y aunque seguía preguntándome si preferiría estar en el lugar de Fi, no podía quejarme. La pena era que no hubiera posibilidad de que Chris y Robyn acabaran juntos, porque entonces sí que habríamos sido las parejas perfectas.
Chris se había traído un paquete de cigarrillos y dos botellas de oporto que había cogido “de recuerdo”, como él decía. Se sentó en el tronco a mi lado, hasta que se puso a fumar y yo le pedí amablemente que se apartara. No pude evitar preguntarme hasta qué límite llevaríamos el concepto de coger cosas “de recuerdo”. Eso me trajo a la memoria lo que había estado pensando la noche anterior. Si íbamos a desobedecer las leyes del país, deberíamos crear en su lugar unas reglas propias. En realidad no me arrepentía de todas las veces que habíamos infringido la ley —hasta el momento podíamos ser acusados de robo, allanamiento de morada, daños a la propiedad, asalto, homicidio o incluso asesinato, de conducir sin permiso y sin luces, de saltarnos los stop, y seguro que de muchas más cosas—. Todo apuntaba a que además no tardaríamos en cometer el delito de beber antes de la edad permitida, aunque reconozco que no sería la primera vez en mi vida. Eso tampoco me daba problemas de conciencia: siempre he pensado que esa ley era un ejemplo más de la estupidez de la mayoría de las leyes. Al fin y al cabo, decidir que a los diecisiete años, once meses y veintinueve días eras una persona demasiado inmadura para probar el alcohol pero que un día después podías ponerte ciego de cerveza no era una idea precisamente brillante. Aun así, no me gustaba la idea de que Chris pillara priva y cigarros en cualquier momento y lugar que le apeteciera. Supongo que porque no era tan necesario como las demás cosas que habíamos birlado. He de confesar que me había llevado chocolate de casa de los Gruber, lo que tampoco era tan diferente. Sin embargo, en Outward Bound nos daban chocolate para que tuviéramos energía, así que al menos se puede decir que eso tiene algo de necesario. No es que se pueda decir lo mismo del alcohol o la nicotina. Me pregunté qué habría pasado si Chris hubiera traído algo más fuerte al Infierno, o si hubiera querido cultivar marihuana o algo aquí. Pero en aquel momento Robyn iba a empezar su gran discurso, de modo que dejé de pensar en cuestiones morales y me concentré en ella. —Bueno, chicas y chicos —empezó a decir—, ¿tenéis las orejas a punto? Hemos pasado un par de días bastante interesantes. Aunque vosotros también parece que hayáis pasado un par de días interesantes —apuntó, mirándonos a Lee y a mí, y a Fi y a Homer—. No sé si conviene volver a dejaros aquí solos. —Está bien, mamá, empieza ya —dijo Homer.
—Vale, vale, pero que sepáis que os voy a estar vigilando. Bueno, ¿por dónde empiezo? Lo primero es que, como ya os hemos dicho, no hemos visto a nadie de nuestras familias, pero hemos tenido noticias de ellos. La gente con la que hemos hablado nos ha jurado que están todos bien. De hecho, todos los del recinto ferial están como una rosa. Lo que hemos dicho medio en broma hace un rato es verdad: comida no les falta. Se han comido los bollos, las tartas decoradas, los bizcochos, el pan casero, los huevos dobles, los pasteles de fantasía… ¿Me dejo algo? —Las tartas de frutas —añadió Corrie, que era una experta en el tema—. Las mermeladas, las conservas y los encurtidos. El mejor surtido de galletas. —Vale, vale, vale —protestaron como tres personas a la vez.
—Y además, están acabando con el ganado —dijo Robyn—. Es una pena, porque era lo mejorcito del distrito. O sea que tienen productos de la mejor calidad. Todas las mañanas hacen pan en los salones de té de la CWA6; allí tienen un par de hornos. Aunque durante un tiempo empezaron a quedarse sin verduras, porque se comieron entero el puesto de los Young Farmers7, que por cierto ayudé a montar el día antes de que saliéramos de excursión. —Pero si tú no eres de los Young Farmers —le dije. —No, pero Adam sí —contestó ella, con un aire ligeramente sonrojado. Cuando se hubieron apagado nuestros inmaduros silbidos, aullidos y ruidos de animales, ella siguió hablando, sin dejarse amilanar.
—Pero ha habido ciertas novedades —dijo—. Ahora han montado cuadrillas que salen del recinto ferial a diario. Van en grupos de ocho o diez, acompañados de tres o cuatro guardias. Hacen tareas como limpiar las calles, enterrar cadáveres, conseguir comida (verdura, por ejemplo) y ayudar en el hospital. 
—Entonces, ¿el hospital sigue en funcionamiento? Nos lo imaginábamos. —Sí. Ellie les ha dado trabajo —contestó, y pareció arrepentirse de haberlo dicho en el mismo momento en que lo hizo. —¿Qué? ¿Te han dicho algo? Ella negó con la cabeza. —No, no, nada. —Venga ya, no hagas eso, Robyn. ¿Qué te han dicho? —No es nada, Ellie. Ha habido bajas. Eso ya lo sabias. —Entonces, ¿qué te han dicho? Robyn estaba incómoda. Yo sabía que me arrepentiría, pero ya era demasiado tarde para parar. —¡Robyn! ¡Deja de tratarme como a una cría! ¡Dímelo ya! Ella hizo una mueca de dolor, pero aun así me respondió. —Nos han dicho que han muerto dos de los soldados heridos por el cortacésped. Y dos de los que atropellamos. —Ah —dije. Robyn lo había dicho en tono neutro y reposado, pero la impresión seguía siendo terrible. La cara me empezó a sudar, y me sentí mareada. Lee me cogió la mano con fuerza, pero yo casi no lo noté. Corrie se acercó y se sentó a mi otro lado, donde antes estaba Chris, y me abrazó.
Al cabo de un minuto Chris dijo: —Es diferente de las películas, ¿verdad? —Sí —contesté—. No os preocupéis por mí. Sigue, Robyn, por favor. —¿Estás segura? —Del todo. —Resulta que hay algunas bajas más en el hospital. El primer y segundo día hubo muchos combates, y mucha gente resultó herida o muerta. Soldados y civiles. No en el recinto ferial (allí el efecto sorpresa fue tan perfecto que ocuparon el lugar en diez minutos) sino en el pueblo y en otras partes del distrito, con la gente que no había ido a la feria. Y todavía no ha terminado. Hay algunos grupos de guerrilleros, gente corriente como nosotros, supongo, que siguen por ahí y atacan a patrullas siempre que pueden. Pero el pueblo en sí está en calma. No debe de quedar nadie escondido, y están seguros de tener la situación bajo control. —¿Están tratando bien a la gente? —En general, sí. Por ejemplo, las personas que estaban en el hospital el día de la invasión se han quedado allí, donde reciben cuidados. La gente con la que hemos hablado dice que los soldados tienen mucho interés en no mancharse las manos. Saben que tarde o temprano vendrán las Naciones Unidas y la Cruz Roja, y no quieren provocar su indignación. Siempre están hablando de una invasión “limpia”. Esperan que, si no hay denuncias de campos de concentración, torturas, violaciones y cosas así, se reducirán las posibilidades de que se impliquen países como Estados Unidos. —Muy listos —comentó Homer. —Si, pero a pesar de eso ha habido como cuarenta muertos solo en Wirrawee y alrededores. El señor Althaus, por ejemplo. Toda la familia Francis. El señor Underhill. La señora Nasser. John Leung. Y hay gente que ha recibido palizas por no obedecer órdenes.
Nos quedamos sin palabras de la impresión. El señor Underhill era el único al que conocía bien. Era un joyero del pueblo. Era un hombre tan pacífico que no podía imaginarme cómo podía haber provocado a los soldados. A lo mejor intentó impedir que saquearan su tienda. —Entonces, ¿con quién habéis hablado? —preguntó Lee al rato. —Ah, si, ahí quería llegar. Estoy contándolo todo desordenado. Bueno, pues lo que pasó es lo siguiente. Entramos en el pueblo la primera noche sin problemas. Llegamos a la casa de mi profesora de música a eso de la una y media. La llave estaba donde ella siempre la dejaba. Es un buen escondite, como os había dicho, porque hay muchas puertas y ventanas por las que salir en un momento dado. Hay una buena vía de escape por una ventana del primer piso, por ejemplo, por la que se llega a un tejado y luego una gran rama, y te plantas en la casa de al lado en un par de segundos. Además, desde el puesto de observación se abarca toda la calle y el camino de entrada frontal a la casa, y la valla trasera no se puede atravesar a menos que vengan en tanque. Por eso era ideal. »Lo primero que hicimos después de sondear la casa fue pertrecharnos y montar el falso campamento en el templo masónico. Esa parte fue bastante divertida: dejamos allí algunas revisas, fotos y osos de peluche para que diera el pego. Luego, Kevin hizo el primer turno de guardia y los demás nos acostamos. Alrededor de las once de la mañana, yo estaba de guardia y, de pronto, vi a un grupo de personas en la calle. Entre ellas estaba el señor Keogh, uno que antes trabajaba en la oficina de correos. —¿Uno viejo y calvo?
—Sí. Se jubiló el año pasado, creo. Total, que desperté a los demás enseguida, como os podéis imaginar, y los observamos mientras recorrían la calle. Había tres soldados en total, y seis personas del pueblo. Tenían una furgoneta y una camioneta, y parecía que estuvieran llevándose cosas de las viviendas. Dos de ellos entraban en las casas mientras los soldados se quedaban fuera. Pasaban unos diez minutos en cada una, y luego salían con bolsas de basura llenas de cosas. Algunas bolsas las dejaban directamente en la camioneta, pero otras pasaban por la inspección de los soldados, y las metían en la furgoneta. 
»Lo que hicimos fue esperar a que estuvieran cerca de nosotros, y entonces nos escondimos en partes diferentes de la casa. Yo estaba en la cocina, escondida en un armario escobero. Llevaba allí unos veinte minutos cuando entró el señor Keogh. Abrió la puerta de la nevera y empezó a sacar toda la comida estropeada y apestosa. Eso es lo que no fuimos capaces de hacer nosotros cuando llegamos allí a la una y media con el estomago vacío. »—¡Señor Keogh! —susurré—. Soy Robyn Mathers. »¿Y sabéis qué?, ni siquiera pestañeó. Yo pensé, cómo controla este tío. Y entonces me acordé de que está bastante sordo. No me había ni oído. Así que abrí la puerta del escobero, me acerqué por detrás y le di unos toquecitos en el hombro. ¡No veas! Aunque Chris ha dicho antes que la guerra no es como en las películas, esto sí que lo fue. Dio tal bote que parecía que hubiese tocado un cable pelado de la nevera. Tuve que sujetarlo. Yo pensé, “socorro, que no le dé un infarto”. Al final se calmó, y tuvimos una conversación muy rápida. Tenía que seguir trabajando mientras hablábamos; me dijo que, si tardaba demasiado, los soldados sospecharían y entrarían. Dijo que su trabajo consistía en hacer que las casas volvieran a ser habitables, limpiarlas de comida pasada y animales muertos, y llevarse joyas y otros objetos de valor. Me contó lo que sabía de nuestros familiares, y lo demás que os he dicho. Me dijo que también saldrían cuadrillas al campo, a partir de cualquier día de estos, para cuidar del ganado y poner los ranchos en funcionamiento otra vez. Y que iban a colonizar todo el país con su propia gente: se repartirían los ranchos, y a nosotros nos pondrían a hacer las tareas domésticas, como limpiar los váteres, supongo. Tenía que irse, pero me dijo que seguirían por West Street después de Barrabool Avenue, y que si me metía en una de las casa de allí podríamos seguir hablando. Y, acto seguido, se fue.
»Bueno, cuando la casa volvió a quedarse vacía, tuvimos una asamblea rápida. Kevin había hablado con una tal señora Lee, que se había metido en el dormitorio donde se escondía él, y Kevin le sacó más información. Así pues, acordamos ir West Street para volver a intentarlo. No nos costó mucho llegar allí, pasando a través de los jardines traseros, y probamos en varias casas. Las primeras dos seguían cerradas con llave, pero la tercera estaba abierta, de modo que nos repartirnos por las habitaciones. Yo me metí debajo de la cama del dormitorio principal. Chris montó guardia y nos dijo cuándo calculaba que estarían cerca, o sea casi dos horas. Fue un aburrimiento. Si queréis saber cuántos cuadrados forman los alambres del somier de los del número 28 de West Street, os lo puedo decir. Pero al final llegó alguien, una señora a la que no conocía. Se fue hacia el tocador con una bolsa verde y empezó a meter cosas dentro. Le susurré: »—Disculpe, soy Robyn Mathers. —Y sin girarse siquiera me contestó en voz baja: »—Ah, vale, el señor Keogh me ha dicho que estuviese pendiente por si veía a gente joven por aquí. »Hablamos unos minutos, yo sin salir de debajo de la cama, pero asomando la cabeza afuera. Me dijo que odiaba tener que hacer aquel trabajo, pero que los soldados a veces miraban en las casas después de que salieran los del pueblo, y que los castigaban si habían dejado algo de valor dentro. »—A veces escondo algo en las habitaciones cuando me parece que es un recuerdo familiar —me dijo—, pero no sé si servirá de algo a la larga. »También me dijo que habían elegido a las personas menos peligrosas para formar esas cuadrillas, niños y ancianos sobre todo, y que esas personas sabían que, si intentaban escapar o rebelarse, los familiares que tuvieran en el recinto ferial serían castigados. »—Por eso prefiero no hablar demasiado rato contigo, mi niña —me dijo. Era una ancianita muy maja. »Otra cosa que me dijo era que la carretera que conecta con la bahía de Cobbler es la clave de todo. Gracias a ella pudieron atacar este distrito tan deprisa y con tanta contundencia. Llevan los suministros a la bahía por barco y desde ahí los mandan en camiones por la carretera. —Lo que yo decía —intervine yo.
Nunca me había considerado un genio militar, pero me gustó ver que había acertado en esto. 
—Total, que nos pusimos a charlar como si fuéramos viejas amigas —prosiguió Robyn—. Incluso me contó que antes trabajaba de limpiadora en la farmacia a tiempo parcial, y cuántos nietos tenía y cómo se llamaban. Parecía haberse olvidado de lo que me había dicho sobre tener una conversación corta. Si hubiera tenido un par de minutos más, habría sido capaz de llevarme a la cocina y prepararme un té, pero de pronto me di cuenta de que se oían unos pasos muy sigilosos que se acercaban por el pasillo. Escondí la cabeza como una tortuga, pero os aseguro que me moví mucho más rápido que cualquier tortuga. Y lo siguiente que vi fueron unas botas justo al lado de la cama. Eran negras, pero estaban muy sucias y llenas de marcas y rozaduras. Era un soldado, y se había acercado a hurtadillas para sorprenderla. Yo pensé, ¿y ahora qué hago? Intenté recordar todos los movimientos de artes marciales que me sonaran, pero lo único que se me ocurría era darle en la entrepierna. —Le pasa eso mismo con todos los tíos —apuntó Kevin, pero Robyn hizo oídos sordos. —Tenía mucho miedo, porque no quería causarle problemas a esa señora tan simpática. Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Y sigo sin saberlo. Pero tampoco quería que me mataran, soy así de rara. Estaba tan paralizada que era incapaz de hacer nada. Oí que el soldado decía, con voz muy suspicaz, algo tipo «Tú hablas». Entonces fue cuando me di cuenta de que la cosa pintaba muy fea. Rodé por el suelo hasta el otro lado de la cama y después salí arrastrándome por debajo de la colcha. Estaba en un pequeño hueco que había entre la cama y la pared, de un metro de ancho o así. Oí que la señora decía con una risa nerviosa: »—Hablaba sola. Al espejo.
»Me pareció una explicación muy mala, y supongo que lo mismo pensaría él. Solo podía juzgar por lo que oía y suponía. Sabía que iba a registrar la habitación, y me imaginé que empezaría levantando la colcha y mirando debajo de la cama. Después daría la vuelta por los pies de la cama y miraría en el armario empotrado o en el hueco donde estaba yo. No había más sitios para esconderse allí. Era un dormitorio muy austero, nada agradable. Total, que me preparé para el frufrú que haría al levantar la colcha, y efectivamente había tanto silencio que lo oí. De hecho, incluso me pareció oír los latidos del corazón de la señora. Por lo menos, mis propios latidos sí que los oía. No se ni cómo no los oía el soldado. En cualquier caso, lo peor fue que no se produjo el segundo frufrú que debería haber producido al soltar la colcha. Estaba sufriendo lo inimaginable, preguntándome si él todavía estaría mirando debajo de la cama o si iría a echar un vistazo al sitio donde estaba yo. Os juro que escuché con tanta atención que me pareció que me crecían las orejas. Era corno si tuviera dos antenas parabólicas, una a cada lado de la cabeza. —Y las tienes —comentó Kevin, que no dejaba escapar ni una. —Y al final oí algo, un levísimo crujido que supuse que venía de su bota. Parecía estar dando la vuelta por los pies de la cama. Ya no me oía el corazón, porque se me había parado. Y pensé, bueno, no puedo quedarme aquí tumbada esperando a que me peguen un tiro. Tengo que arriesgarme. Así que volví a rodar debajo de la cama. Y efectivamente, un segundo después, vi sus botas en el hueco donde había estado antes. Pero los flecos del borde de la colcha todavía se movían por el lado por donde los había tocado al moverme y lo pasé fatal, inmóvil y preguntándome si él se habría dado cuenta. Estaba convencida de que los tenía que haber visto: a mí me parecía que estaban muy a la vista. Se quedó allí parado una eternidad. No sé qué estaría mirando. No había mucho que mirar, solo un cuadro de un puente largo sobre un riachuelo, en Suiza o algún sitio así. Luego, las botas empezaron a girar sobre sí mismas y empecé a oír al soldado haciendo ruidos más fuertes, abriendo los armarios de uno en uno y registrándolos. Y después le dijo a la señora: »—Vamos, casa siguiente. —Y se fueron los dos. »Me quedé allí tumbada un buen rato, por si era una trampa, pero al final llegó Kevin, me sacó de allí y me dijo que se habían ido. La verdad es que lo pasé muy mal. Bueno, ya os podéis hacer una idea. »Corrie también habló con alguien, en la cocina, ¿no es así? —preguntó a Corrie, que hizo un leve asentimiento—. Y fue cuando te dijeron lo de las bajas causadas en los dos enfrentamientos que hemos tenido con ellos, ¿no?
—Sí —contestó Corrie—. Creo que causaron bastante sensación. Hablé con un hombrecillo extraño que aparentaba unos cincuenta años. 
Tampoco sé cómo se llama. No quería hablar mucho conmigo, porque tenía miedo de que nos pillaran. Pero me dijo que había cierta actividad de guerrilla. También era suya la teoría de la invasión «limpia». —Y aquí se acabaron nuestras conversaciones secretas con las cuadrillas —siguió diciendo Robyn—. Volvimos a nuestro escondite y nos quedarnos allí hasta el anochecer. —Al contar la parte siguiente, miró a Homer. Era como si ella y los demás se sintieran un poco culpables pero, al mismo tiempo, no aceptaran reproches sobre la forma en que habían hecho las cosas—. Bueno, ya sé que habíamos planeado con gran detalle que Kevin y Corrie espiarían en el recinto ferial y todo eso, pero las cosas se ven diferentes cuando estás allí. Preferirnos no perdernos de vista en ningún momento mientras estuviéramos en Wirrawee. —Qué bonito es el amor adolescente —bromeé, pero Robyn siguió hablando sin hacer una pausa siquiera.
—Y esa noche decidimos seguir todos juntos. En primer lugar, salimos a la carretera, para ver qué ocurría allí. Resulta que la están usando mucho. En la hora que estuvimos allí, pasaron dos convoyes. Uno estaba formado por cuarenta vehículos y el otro por veintinueve. O sea, que está siendo muy transitada, para ser una vieja carretera rural. No había visto tanto movimiento desde el festival de surf. Después volvimos al pueblo y nos acercamos al recinto ferial. Daba mucho miedo, supongo que por lo que os pasó cuando estuvisteis allí. De hecho, me pareció muy valiente por parte de Corrie y Kevin que quisieran volver. Os aseguro que es un sitio peligroso. En el recinto ferial está su cuartel general y los barracones, además de nuestra gente, y supongo que por eso lo tienen tan bien vigilado. Han talado la mayoría de los árboles del aparcamiento, es decir, que no hemos podido encontrar ningún lugar refugiado al que acercarnos. Supongo que precisamente por eso los habrán talado. Y han puesto alambre de espino en todo el perímetro, a unos cincuenta metros de la valla principal. No me imaginaba que hubiera tanto alambre en Wirrawee. Y han instalado focos nuevos, reflectores, que iluminan todos los alrededores como si fuera de día. Había un montón de pájaros desorientados volando por allí. Solo llegamos a espiar desde Racecourse Road, cosa que hicimos durante una hora o así. Me imagino que nos daba demasiado miedo acercarnos más, pero sinceramente no creo que hubiera mucho que ver, solo un montón de centinelas y soldados patrullando. Si alguien estaba pensando en presentarse allí en uniforme de camuflaje y abrirse paso a tiros para rescatar a todo el mundo, ya puede volver a la cama y seguir soñando con el reino mágico de Disney. Esto no es la tele, es la vida real. Si tengo que ser sincera, y he prometido que lo sería, todos habíamos tenido esos delirios en un momento u otro. Eran solo sueños, pero eran unos sueños con mucha fuerza, en los que liberábamos a los nuestros, lo arreglábamos todo, éramos unos héroes. Pero en secreto, aunque eso me hiciera sentir culpable y avergonzada, me aliviaba ver ese sueño aplastado de forma tan contundente. En realidad, la perspectiva de hacer algo así era tan temible, tan aterradora, que me daba vértigo pensar en ella. Estaba segura de que moriríamos si lo intentábamos, de que moriríamos con las tripas reventadas y desparramadas por el suelo del aparcamiento del recinto ferial, para acabar pudriéndonos al sol entre un enjambre de moscas. No podía sacarme de la cabeza esa imagen, salida probablemente de todas las ovejas muertas que había visto a lo largo de mi vida. —Nos alegró poder alejarnos de ese sitio —prosiguió Robyn—. Volvimos al pueblo y revoloteamos por allí como murciélagos, intentando contactar con dentistas o con cualquier otro del pueblo. Y eso me recuerda que ya va siendo hora de que te quite esos puntos —añadió, dirigiendo una dulce sonrisa a Lee, que parecía un poco nervioso. Yo todavía estaba intentando imaginar a Kevin revoloteando, cosa nada fácil—. Pero no encontramos a nadie —siguió diciendo Robyn—. No vimos ni un alma. Seguramente todavía queda alguien por los alrededores, pero deben de ser muy pocos y estar muy bien escondidos. —Entonces sonrió y se relajó—. Y con esto terminamos nuestro informe sobre el estado de la nación. Muchas gracias y buenas noches. —Oye, igual sí que acabamos siendo nosotros la nación —observó Kevin—. Puede que seamos los únicos que quedamos libres, o sea, que seríamos nosotros el Gobierno y todo eso, ¿no? Me pido ser primer ministro. —Yo seré el jefe de la policía —dijo Chris.
Cada uno eligió un puesto, o se lo dieron los demás. Homer era el ministro de Defensa y jefe del Estado Mayor. Lee era el pensionista del año, por lo de su pierna. Robyn quería ser ministra de Sanidad pero fue nombrada arzobispo. —Yo seré ministra de Kevin —dijo Corrie. A veces podía llegar a ser un poco cargante. Fi era la fiscal general, ya que sus padres son abogados. Yo fui nombrada poeta del reino, cosa que me hizo bastante ilusión. A lo mejor fue eso lo primero que le dio a Robyn la idea de que yo escribiera nuestra historia. —Bueno, ahora os toca a vosotros —dijo Chris al cabo de un rato—. ¿Qué habéis estado haciendo vosotros aquí, aparte de poneros morenos? Ya habían podido admirar el gallinero y probar los huevos, así que les pusimos al día acerca de todo lo demás, sobre todo acerca de la cabaña del Ermitaño, que pensamos que podría convenirse en una buena base secundaria para nosotros. —Quiero encontrar una salida por el fondo del Infierno, hacia el río Holloway —dije—. Estoy convencida de que este arroyo va a parar allí. Si tuviéramos una salida trasera, este refugio sería todavía más seguro. Y desde el río podríamos acceder a toda la zona de Risdon. Lee y yo no les contamos lo de la caja metálica con los papeles del Ermitaño. No teníamos motivos para hacerlo. Ni siquiera habíamos acordado no decírselo a los demás. Nos parecía un asunto demasiado privado. —Escuchad, estas gallinas me han hecho pensar en otros animales que podríamos tener —dijo Kevin—. Yo no soy vegetariano, y quiero comer carne. Y creo que tengo la solución. Todos esperamos con expectación mientras él se inclinaba hacia delante y decía una sola palabra con un tono solemne, casi reverente:
—Hurones 
—¡Ay, no! —chilló Corrie—. ¡Qué horror! ¡Son asquerosos! No los soporto. Kevin parecía afectado por aquella falta de lealtad por parte de la única persona con la que normalmente podía contar. —No son asquerosos —afirmó, con voz dolida—. Son limpios e inteligentes, y muy sociables también. —Sí, tan sociables que se te suben por la pernera del pantalón —dijo Homer. —¿Qué son los hurones? —preguntó Fi—. ¿Se comen? —Si, se hacen bocadillos con ellos. Y no se los mata. Se comen vivos, mientras se retuercen y chillan entre las dos rebanadas de pan. Es la comida más nutritiva del mundo. —Ese era Kevin, haciéndose el gracioso. Acto seguido, dio una lección a Fi sobre los hurones, en cuyo transcurso se hizo patente que él tampoco sabía gran cosa de ellos. —Es verdad que esos viejos que viven en las afueras de Wirrawee, los mineros retirados, tienen algunos hurones y se alimentan de conejos —apuntó Homer—. Están pelados, y es así como tienen su ración de carne. —¿Lo veis? —dijo Kevin, sentándose sobre sus talones. Era una idea bastante buena. Yo tampoco sabía gran cosa sobre ellos, excepto que tenías que tapar todas las madrigueras con redes, con las que se topaban los conejos al intentar escapar, y se quedaban atrapados allí. Y aunque no había muchos conejos en las montañas donde nos refugiamos, la verdad es que abundaban bastante en el distrito. Pero entonces Chris encontró una pega. —¿No deben de estar todos muertos, los hurones?—preguntó—. Si han hecho prisioneros a sus dueños, o los han matado, no hay nadie que los cuide y los mantenga con vida. 
Kevin adoptó un aire de suficiencia al contestar: —En principio, sí. Pero mi tío, el que vive después de la salida de Stratton, los deja correr libres. Los tiene a montones, y los ha adiestrado para que vengan cuando silba. Son como perros. Saben que recibirán comida cuando oyen esa llamada. Algunos se vuelven salvajes, pero tiene tantos que no le importa. Así pues, añadimos los hurones a nuestra lista de cosas que conseguir, hacer o investigar. —Voto por ir a planchar la oreja un rato —dijo Homer, poniéndose en pie mientras se estiraba y bostezaba—. Igual Ellie podría organizar otra visita guiada a la cabaña del Ermitaño después del almuerzo, para los que deseen participar en esta única y fascinante experiencia histórica. Podríamos celebrar un consejo de guerra esta tarde, para planear nuestra próxima estrategia. —Lo que tú digas, ya que eres el ministro de Defensa —dije

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