lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 20, 21 y 22 Mañana: cuando la guerra empieze

El almacén de Curr’s, distribuidores de la marca Blue Star, estaba en Back Street, a unas seis calles desde el puente. Fi y yo lo encontramos sin problemas, lo que nos produjo un gran alivio. Las dos habíamos acordado que podríamos darnos un descanso cuando llegáramos y, sin duda, lo necesitábamos. Habíamos cargado con esas motos enormes del demonio unos cuatro kilómetros, parándonos y escondiéndonos como diez veces cuando una de las dos, o las dos, creía haber oído un ruido o haber detectado movimiento. Esa situación ya nos crispaba bastante los nervios; me reventaba pensar cómo estaríamos cuando la cosa empezara a ponerse seria de verdad. Tengo que reconocer que me sentía un poco insegura haciendo equipo con Fi. Estaba claro que yo nunca iba a ser una heroína, pero al menos estaba acostumbrada a hacer cosas al aire libre, cosas prácticas, y supongo eso te da cierta confianza. Me refiero a las tareas cotidianas que hago por mí misma, como cortar madera, utilizar una motosierra, conducir, montar a caballo (a papá le gustaba utilizar caballos para manejar el ganado), hacer trabajos de peón, marcar corderos o dar de beber a las ovejas. Todo eso eran tareas rutinarias en mi vida, a las que nunca concedí mucho valor. Pero, sin ser consciente de ello, me había acostumbrado a hacer cosas sin buscar cada sesenta segundos la aprobación o el reproche del adulto que esté supervisándome. Fi había mejorado un montón en ese sentido, pero todavía se la veía como dubitativa. Admiraba el valor que había demostrado asumiendo la tarea que Homer le había encomendado, porque considero que el verdadero valor se demuestra cuando tienes mucho miedo y lo superas. Yo tenía mucho miedo, pero Fi tenía mucho, mucho miedo. Tuve que confiar en que, en el momento clave, no se quedara clavada. Ja, ja.
Después de esconder las motos, nos encaminamos hacia Curr’s. Intenté poner en práctica todo lo que había aprendido con los videojuegos. Mi favorito era Catacomb, y jugando descubrí que la única manera de llegar al nivel diez era manteniendo la cabeza fría. Cada vez que me enfadaba, o me confiaba, o me pasaba de atrevida, me eliminaban, incluso los monstruillos más elementales y previsibles. Para conseguir la máxima puntuación, tenía que ser astuta, pensar, era alerta y obrar con cautela. Así pues avanzamos lentamente, cruce por cruce, mirando detrás de cada esquina. La única vez que hablamos fue cuando dije a Fi: —Tendremos que hacer lo mismo a la vuelta, cuando vayamos con el camión. —A lo que ella asintió sin decir nada. Y la única vez que mi concentración flanqueó fue cuando me sorprendí preguntándome si volvería a jugar alguna vez con la consola. Por lo que llegaba a ver, todo estaba tranquilo en Curr’s. Había una gran verja cerrada con una cadena y un candado, y una alta valla de alambre que rodeaba el almacén entero, pero habíamos venido preparadas al traer los alicates. También teníamos unas fuertes cizallas, pero no servían para la verja: la cadena era demasiado grande. El plan B consistía en reventar la verja con el camión al salir. Nos paramos veinte minutos a hacer una pausa. Nos sentamos detrás de un árbol, en el lado opuesto al recinto, recuperando el aliento, mientras Fi intentaba llamar a Homer y a Lee con el walkie-talkie. Ya estábamos a punto de darlo por imposible e ir por el camión cisterna cuando oímos el susurro seco de Homer en el receptor. —Sí, te oímos, Fi. Corto y cambio. Por algún motivo, oír su voz nos llenó de una emoción y un alivio enormes. A Fi le brillaban los ojos. —¿Cómo está Lee? —Bien. —¿Dónde estáis? Corto y cambio. —En el lugar previsto. ¿Y vosotras? Corto y cambio. —Sí, lo mismo. Estamos a punto de entrar. Tiene buena pinta. Tienen mucha cantidad de lo que buscábamos. Corto y cambio. —Vale, genial. Volved a llamarnos cuando estéis situadas. Corto y cambio. —Hasta luego —susurro, Fi—. Te quiero.
Se hizo una pausa, y entonces llegó la respuesta. 
—Sí, yo también te quiero, Fi. Que Homer dijera eso a alguien ya era bastante bueno, que lo dijera conmigo y con Lee escuchando era alucinante. Apagamos el walkie-talkie y nos acercamos con cautela a la valla del recinto. A lo largo de todo su perímetro había unas grandes luces de seguridad, pero al parecer no había electricidad en esta parte del pueblo. Confié en que eso significara que tampoco estarían en funcionamiento las alarmas antirrobo. Tomé una profunda bocanada de aire e hice el primer corte. No se disparó ninguna alarma, no se encendió ninguna luz, no sonó ninguna sirena. Hice otro corte, y otro más, hasta abrir un agujero del tamaño de una liebre. —No vamos a poder pasar por ahí —musitó Fi. Como ella era del tamaño de un conejo y yo del tamaño de una oveja shetland, estaba claro a quién se refería. —Pues tendremos que hacerlo —respondí—. Estar aquí parada me pone nerviosa. Estamos al descubierto. Anda, métete. Fi pasó una pierna y luego retorció el cuerpo grácilmente para pasarlo detrás, y por último deslizo la otra pierna. Todas esas clases de ballet tienen su utilidad, pensé con envidia. Era evidente que tenía que agrandar el agujero, así que hice unos cortes más, pero incluso así me desgarré la camiseta y me arañé una pierna al pasar. Cruzamos la explanada a hurtadillas hasta donde estaban aparcados los camiones. Tanteé las puertas de un par de ellos, pero estaban bloqueadas. Nos acercamos al despacho y espiamos a través de la mugrienta ventana. En la pared opuesta había un tablón, de donde colgaban varias llaves. —Ahí esta nuestro objetivo —dije. Me di la vuelta en busca de una piedra, la recogí y me dirigí hacia la ventana. —Espera —me detuvo Fi. —¿Qué? —¿Puedo hacerlo yo? Siempre he querido romper una ventana. 
—Deberías haber formado parte de la pandilla de la ruleta griega de Homer —respondí, pero le pasé la piedra. Con una risilla, Fi echó el brazo hacia atrás y dio un fuerte golpe a la ventana con la piedra. Entonces retrocedió de un salto cuando una lluvia de cristales se precipitó hacia nosotras. Tardamos un rato en quitárnoslos de la ropa y el pelo. Después metí la mano y abrí la puerta desde dentro. Las llaves estaban bien organizadas, con el número de registro del camión en cada una, así que cogimos un puñado y volvimos a la explanada. Elegí el semirremolque que se veía más viejo y más sucio, porque los nuevos y más pulcros parecían brillar demasiado a la luz de la luna. Era un internacional ACCO de morro plano. Lo primero que hicimos fue ir a la parte de atrás del remolque, subir por la fina escala de acero hasta el techo y desplazarnos por la superficie curva para inspeccionar los compartimientos de la cisterna. Resultó que había cuatro tapas, colocadas a igual distancia a lo largo del techo. Giré una de las tapas y la saqué. Era bastante parecida a los tapones de los bidones de leche que todavía teníamos en nuestra vieja lechería. Salió con bastante facilidad, aunque era un poco pesada. Quise mirar si había gasolina dentro, pero no se veía nada. Intenté hacer memoria. Cuando el camión venía a nuestra propiedad todos los meses, ¿qué hacia el conductor? —Sujeta eso —susurré a Fi con urgencia mientras le daba la tapa. Baje por la escala y, definitivamente, encontré lo que estaba buscando: una varita medidora colocada en un soporte en la parte baja del remolque. La saqué de un tirón y sin perder un segundo volví a encaramarme por la escala. Metí la varita en el depósito que habíamos abierto. Estaba demasiado oscuro para ver el nivel exacto, pero el resplandor húmedo reveló a la luz de la luna que estaba bastante lleno. Volvimos a colocar la tapa y comprobamos los otros tres depósitos. Dos de ellos estaban llenos; ni siquiera tuvimos que mojar la varita. El último estaba casi vacío, pero daba lo mismo. Teníamos más que suficiente para provocar una explosión que ni el Krakatoa. Volvimos a enroscar las tapas y bajamos rápidamente por la escala.
Me acerqué a la puerta del conductor, la abrí, entré y abrí la puerta del acompañante para que entrara Fi, y después me puse a examinar los mandos. Todo parecía en orden, pero cuando giré el contacto, empezó a sonar un pitido continuo y se encendió la señal luminosa correspondiente a los frenos. Esperé a que se apagara, pero no lo hizo. —Les pasa algo a los frenos —le dije a Fi—. Tendremos que probar con otro. Dedicamos los diez minutos siguientes a recorrer la fila de camiones, probándolos uno por uno, pero siempre con el mismo resultado. Empecé a lamentar haber hecho ese descanso. A ese paso, llegaríamos tarde al puente. —No hay manera —dije al fin—. Tendremos que coger el primero y arriesgarnos yendo sin frenos. Frenaré reduciendo las marchas. Volvimos a subirnos al ACCO. Arranqué y el motor se puso en marcha de inmediato. Para mi asombro, el pitido de aviso y la señal luminosa cesaron en pocos segundos. —Frenos de aire —dije a Fi, enfadada conmigo misma por no haberlo pensado antes—. Tienen que acumular presión o algo así. Nunca había conducido algo con frenos de aire. Me costó meter la primera marcha y tuve que pisar a fondo el embrague varias veces para que entrara. Estaba sudando a mares, y Fi esta temblando. El motor armaba un escándalo tremendo en el silencio de la noche. Finalmente, solté el embrague con suavidad. El motor dio una sacudida para tirar del peso del remolque, y empezó a avanzar lentamente. Lo alejé de los demás vehículos de la explanada para tener espacio suficiente para girar. Entonces di la vuelta para dirigirlo hacia la verja.
Da mucho miedo hacer colisionar a propósito un vehículo contra algo. En el último momento me faltó valor y reduje de pronto, de modo que choqué contra la verja con demasiada suavidad para causar daño alguno. Estaba muy enfadada conmigo misma. Con mi típica arrogancia, me había preocupado por el valor de Fi, pero debería haberme preocupado más por el mío. Solté una maldición y casi me cargué la caja de cambios intentando meter marcha atrás, la encontré, y me sobresalte al oír los fuertes pitidos de aviso que se dispararon inmediatamente en la parte trasera del vehículo. Por lo visto, aquel camión pitaba a la mínima de cambio. Por culpa de mi impaciencia, había retrocedido demasiado rápido. El remolque chocó con un poste al 
girar bruscamente, y a punto estuvo de doblarse en dos. Fi se agarró al respaldo del asiento, pálida como un sudario. —¡Ellie! —gritó—. ¡Lo que llevamos atrás es gasolina, no agua! —Ya lo sé —dije—. Lo siento. Esta vez dirigí el camión con aplomo hacia la verja, que se tensó por un momento antes de reventar como una presa. Dirigí una rápida sonrisa a Fi, y entonces di un amplio giro para entrar en la calzada sin toparme con nada. El remolque nos seguía de maravilla. Para mitigar el ruido, puse la palanca de cambios en punto muerto, deslicé el camión hasta un macizo de árboles y allí lo aparqué. Fi ya estaba llamando a los chicos con el walkie-talkie, pero el motor provocaba demasiada interferencia. —Bajaré a la esquina a comprobar que no haya nadie, y llamaré desde allí. —Vale. Acto seguido, se bajó de la cabina y se fue hacia la esquina. La observé por el parabrisas. Siempre había admirado muchas cosas de ella, pero ahora era su coraje lo que admiraba, en lugar de su belleza y gracilidad. Daba la impresión de que pudiera llevársela el menor soplo de viento, pero ahí la tenías, caminando sola por las calles desiertas de un pueblo situado en zona de guerra. No hay mucha gente capaz de hacer eso; y menos si han tenido la vida acomodada que había tenido ella. La vi llegar a la esquina, echar un largo y cuidadoso vistazo en cada dirección, hacerme una señal con el pulgar hacia arriba y después ponerse a hablar por el transmisor. Al cabo de unos pocos minutos, me hizo la señal de avanzar; otra vez metí la marcha atrás sin querer, pero entonces encontré la primera y acerqué el camión hacia donde estaba ella para recogerla. —¿Has podido contactar con ellos? —Sí. Están bien. Han pasado un par de patrullas, pero ningún convoy. Ay, Ellie —me dijo, volviéndose de pronto hacia mí—, ¿crees que seremos capaces de hacerlo? —No lo sé, Fi —contesté, intentando esbozar una sonrisa de confianza—. Tal vez sí. Espero que sí, de verdad. 
Ella asintió y volvió a mirar hacia delante. Seguimos hasta la siguiente esquina. —A partir de aquí iré andando y te avisaré a cada esquina —me dijo—. Iremos igual de rápido así. Apaga el motor mientras estés esperando, ¿te parece? Hace bastante ruido.
—Vale. Pasamos dos cruces más de ese modo, pero en el siguiente vi que ella echaba un vistazo a la calle por la derecha y, acto seguido, retrocedía y corría hacia mí. Me bajé del camión de un salto y corrí a su encuentro. Jadeó una sola palabra: «patrulla», juntas saltamos una valla baja que daba al jardín frontal de una casa. Justo enfrente teníamos un enorme y viejo eucalipto. Estaba tan nerviosa que me sentía incapaz de ver nada más. Mis ojos y mi mente se concentraron completamente en él; nada más existía para mí en ese instante. Trepé por él como una zarigüeya, sin sentir dolor a pesar de estar arañándome las manos. Fi me siguió. Ascendí unos tres metros hasta que oí unas voces, procedentes de la esquina, que me frenaron. Moviéndome con el máximo sigilo, centímetro a centímetro, trepé por una rama para echar una ojeada. No sabía si subir hasta allí había sido un error o no. Recordé que papá, una vez que puso un parche grande y feo en un agujero que habían hecho las zarigüeyas en el alero del tejado, me dijo «El ojo humano no mira por encima de su propia altura». En aquel momento deseé como nunca en mi vida que así fuera. El problema era que, si al final nos veían, no seríamos como zarigüeyas en un árbol, sino como conejos en una trampa. Desde allí no había escapatoria posible. Esperamos y observamos. Las voces prosiguieron por un rato, y entonces las oímos subir de tono cuando se encaminaron en nuestra dirección. Sentí una intensa desazón. Aquello señalaba el fin de nuestro gran plan. Y podía señalar el nuestro, también, porque, en cuanto vieran el remolque, su primera reacción sería aislar la zona y registrarla. Me sorprendí que no lo hubieran visto ya. Habían dejado de hablar, pero aún oía el rumor de las botas. Mi mente iba a cien por hora; demasiados pensamientos cruzándola a demasiada velocidad. Intenté retener alguno para ver si sugería alguna forma de escapar de allí, pero el pánico me impedía concentrarme en nada excepto en el árbol. Poco a poco, por la presión que sentía en la pierna izquierda, me di cuenta de que Fi me sujetaba como una zarigüeya colgada de una rama poco estable. Me apretaba tanto que estaba segura de que me saldrían moretones. Entonces vi un movimiento a través del ramaje y, unos instantes después, los soldados entraron lentamente en mi campo de visión. Eran cinco, tres hombres y dos mujeres. Uno de los hombres era mayor, al menos de cuarenta años, pero los otros dos debían de tener unos dieciséis. Las mujeres tendrían unos veinte. Avanzaban con mucha parsimonia, dos por la acera y tres por la calzada. Habían dejado de hablar entre sí y caminaban distraídos, mirando a su alrededor o bien al suelo. No parecían muy marciales, y supuse que eran soldados de leva. El camión cisterna estaba al otro lado de la calle, a unos cincuenta metros de donde estaban ellos. No podía creerme que no lo hubieran visto todavía, y me preparé para oír el repentino grito que anunciara el hallazgo. Los dedos de Fi me habían cortado ya la circulación de la pierna: era solo cuestión de tiempo que todo el pie, de la pantorrilla hacia abajo, cayera al césped. Me pregunté cómo reaccionarían los soldados si lo oían caer, y estuve a punto de dejar escapar una risilla histérica. La patrulla siguió adelante. Y siguió adelante. Los soldados pasaron por delante del camión como si no existiera. Pero hasta que no estuvieron cien metros más allá, y Fi y yo nos hubimos bajado del árbol y visto a lo lejos sus negras espaldas, no nos atrevimos a pensar que estábamos a salvo. Nos miramos con una mezcla de sorpresa y alivio. Estaba tan contenta que ni siquiera mencioné los moretones de la pierna. Meneando la cabeza, dije: —Deben de haber pensado que era un vehículo aparcado más. —Supongo que si no han pasado nunca antes por esta calle… —dedujo Fi—. Será mejor que llame a Homer. Eso hizo, y enseguida oí la suave respuesta de él. —Nos hemos retrasado un poco —explico Fi—. A Ellie le apetecía subir a un árbol. En cinco minutos nos ponemos en marcha otra vez. Estamos a tres calles de distancia. Corto y cambio. Se oyó un ronquido en el receptor, no de interferencias sino de risa, antes de que ella apagara el aparato.
Esperamos casi diez minutos por si acaso, y entonces giré el contacto y oí el estridente pitido de la señal de los frenos antes que el motor volviera a rugir. Avanzamos dos cruces más; cuando, en la última esquina, Fi me hizo la señal de seguir, apagué el motor para bajar en punto muerto hacia ella silenciosamente. Aquello fue un grave error. La señal empezó a pitar y a parpadear otra vez, lo que quería decir que me había quedado sin frenos. Acto seguido, el volante tembló y se bloqueó, de modo que me quedé también sin dirección. Intenté mover la palanca de cambios para arrancar, pero no me entró la marcha que quería y en lugar de eso se produjo un chirrido que me puso los pelos de punta. El camión se salió por la cuneta con una sacudida y empezó a desviarse cada vez más hacia la izquierda, en dirección a una serie de vallas alineadas. Recordé el aviso de Fi: «Lo que llevamos atrás es gasolina, no agua», y sentí el vértigo. Cogí la llave de contacto, la giré sin éxito, volví a girarla y, con las vallas a pocos metros, oí el precioso sonido del precioso motor. Giré el volante. —No te pases, o se doblará en dos. —Esta vez era mi voz. El remolque rozó algo, una fila de lo que fuera, vallas o arbustos o las dos cosas, casi se llevó por delante a Fi también, y finalmente frenó en seco a solo un metro de la esquina. Quité el contacto y luego tiré del freno de mano, preguntándome por qué no se me había ocurrido eso antes. Me recliné en el respaldo jadeando, con la boca abierta para que entrara aire por mi garganta tensa y dolorida. Fi entró en la cabina. —Cielos, ¿qué ha pasado? —preguntó. —Creo que acabo de suspender mi examen de conducir —respondí, meneando la cabeza. Según el plan, teníamos que aparcar un poco más allá, detrás de uno de unos arboles de la zona de acampada. No sabía si hacer eso y arriesgarme a arrancar de nuevo el ruidoso motor, o quedarnos donde estábamos, en el lado descubierto de la calle. Finalmente decidimos movernos. Fi se desplazó hasta un punto donde tenía una buena panorámica del puente y estuvo vigilando hasta que todos los centinelas se situaron en el extremo más alejado. Habían pasado veinte minutos más. Entonces me hizo una señal y moví el camión hasta las negras sombras de los árboles. Volvimos a contactar con los chicos y después hicimos todos los preparativos. Subimos por la escala hasta el techo de la cisterna otra vez y aflojamos las tapas de los cuatro depósitos. A continuación, metimos la cuerda en uno de ellos y la sumergimos por completo excepto por el extremo, que atamos a un asa de seguridad que había al lado de la tapa. Volvimos a bajar. Después, ya solo quedaba esperar. 
Y vaya si esperamos. Estuvimos charlando un rato en voz baja. Nos sentamos entre los árboles, de cara a las barbacoas, a una distancia prudencial del camión. Había mucho silencio. Hablamos sobre todo de los chicos. Quería saber todo lo que pudiera de Homer, y desde luego también tenía ganas de hablar de Lee. Fi estaba totalmente encandilada con Homer. Me sorprendía mucho verla así. Si alguien me hubiese dicho un año antes, o incluso un mes antes, que pasaría esto, le habría preguntado si tenía seguro médico, porque le habría enviado directamente a un pabellón psiquiátrico. Pero allí estaba Fi, con su elegancia, su Vogue, su ropa de diseño, su mansión exclusiva, loquita por los huesos de Homer, bestia como él solo, más chulo que nadie, grafitero y rebelde sin causa. A primera vista parecía impensable. Pero ya no era ningún secreto que en ambos había mucho más de lo que yo había podido imaginar. Fi parecía delicada y temerosa, y ella misma afirmaba serlo, pero poseía una resolución que no había visto antes en ella. Llevaba dentro una fuerza especial, una llama ardiente. Como el fuego producido por la gasolina de los aviones, que arde sin ser vista. En cuanto a Homer… En fin, Homer me había dado la mayor sorpresa de mi vida. Hasta parecía más atractivo esos días, seguramente porque iba con la cabeza alta, caminaba con más confianza y se comportaba de forma diferente. Tenía tanta imaginación y tanto sentido común que ni yo misma apenas daba crédito. Si alguna vez volvíamos al instituto, lo propondría para el puesto de delegado de alumnos, aunque luego tuviera que dar a oler sales a los profesores. —Es como dos personas distintas —comentó Fi—. Es tímido conmigo pero seguro de sí mismo cuando está en un grupo. Pero el lunes me besó, y creo que eso ha roto un poco el hielo. Pensaba que nunca se lanzaría. No me digas, pensé. Me avergonzaba pensar hasta qué punto habíamos avanzado Lee y yo después del primer beso. —¿Sabes? —prosiguió Fi—, me ha dicho que en octavo ya le gustaba. Y yo ni me enteré. Pero igual ha sido mejor así. Creía que era un indeseable. ¡Y esos chavales con los que se juntaba antes! 
—Antes y ahora —repuse—. O, al menos, hasta que empezó todo esto. —Es verdad —dijo Fi—, pero ya no creo que quiera seguir juntándose con ellos. Ha cambiado mucho, ¿no te parece? —Ya lo creo. —Quiero aprender todo lo que pueda sobre la vida en el campo —añadió Fi—. Así, cuando nos casemos, podré ayudarlo un montón. ¡Dios mío!, pensé. Cuando se ponen a hablar así, sabes que son un caso perdido. Aunque reconozco haber tenido mis pequeñas fantasías en las que Lee y yo, el matrimonio perfecto, viajábamos juntos por el mundo. Sin embargo, escuchando a Fi, se me ocurrió que el verdadero motivo de que últimamente me sintiera atraída por Homer, de forma tan intensa como desconcertante, era que tenía miedo de perderlo. Era mi hermano. Como yo no tenía ningún hermano ni él ninguna hermana, nos habíamos adoptado el uno al otro. Habíamos crecido juntos. Podía decirle cosas que él no consentiría a nadie más. En algunas ocasiones en las que llevaba sus locuras demasiado lejos, yo había sido la única persona a la que se habría dignado a escuchar. No quería perder nuestra relación, y menos en aquel momento en que habíamos perdido, para siempre o no, tantas relaciones en nuestra vida. Mis padres parecían algo muy lejano; cuanto más lejos los veía, más cerca quería atar a Homer. Me sorprendió tener una visión tan lúcida de mis sentimientos, como si hubiera otra Ellie acechando en mi interior de la que nunca había tenido noticias. Igual que había otro Homer y otra Fiona acechando dentro de cada cual. Me pregunté qué más sorpresas me tendría reservadas esa Ellie secreta, y decidí en aquel mismo instante que intentaría seguirle mejor la pista en el futuro. Fi me preguntó entonces qué tal con Lee, y le contesté sin tapujos: —Lo quiero. —Ella no hizo ningún comentario, y sin darme apenas cuenta, seguí diciendo—: Es muy distinto a cualquier otra persona que haya conocido. A veces es como si hubiera salido de mis propios sueños. Parece mucho más maduro que la mayoría de los demás chicos del instituto. No sé cómo los soporta. Supongo que por eso es tan reservado. Y, ¿sabes?, tengo la sensación de que llegará lejos en la vida, no sé, que será alguien famoso, o primer ministro o algo así. No lo veo quedándose en Wirrawee toda la vida. Creo que tiene un potencial enorme.
—Fue increíble cómo se tomó lo de la herida de bala —dijo Fi—. Reaccionó con mucha calma. Si me hubiera pasado eso a mí, todavía estaría conmocionada. La verdad, Ellie, es que nunca os había imaginado juntos a ti y a Lee. Me parece alucinante. Pero hacéis muy buena pareja. —¡Pues anda que tú y Homer! Riendo, nos instalamos en un lugar donde podíamos observar el puente. Las horas transcurrían lentamente. Fi incluso durmió veinte minutos o así. Yo aluciné, aunque cuando le llamé la atención negó rotundamente haber cerrado los ojos siquiera. Me sentía cada vez más tensa a medida que pasaba el tiempo. Solo quería acabar con aquello, con esa locura insensata en la que nos habíamos embarcado. El problema era que no pasaba ningún convoy. Homer y Lee querían actuar después del paso de un convoy para disponer de tiempo suficiente antes de que llegara la siguiente tanda. Pero estábamos acercándonos a las cuatro de la madrugada y, para mi exasperación, la carretera seguía desierta. De pronto, se produjo un cambio en la actividad del puente. Los centinelas seguían en el extremo de la bahía de Cobbler, pero incluso desde la distancia a la que estábamos noté que estaban más alerta, más despiertos. Se agruparon en el centro del puente y empezaron a mirar hacia la carretera, en dirección opuesta a nosotras. Di un codazo a Fi. —Está pasando algo —dije—. Puede que llegue un convoy. Nos levantamos y forzamos la vista para intentar ver algo en la oscura carretera. Pero una vez más fue el comportamiento de los centinelas lo que nos anunció lo que iba a pasar. Empezaron a retroceder, y entonces el pequeño destacamento se partió en dos mitades, situándose cada una en un parapeto del puente. Uno de los centinelas corrió en pequeños círculos por un momento, y después hizo ademán de huir por la carretera en dirección a Wirrawee, antes de cambiar de opinión y refugiarse también en uno de los parapetos. —Son las vacas —deduje—. Tienen que serlo.
Corrimos hacia el camión cisterna, dejando atrás el walkie-talkie, ahora innecesario. No había tiempo de preocuparse por si llegaba una patrulla por la calle. Nos subimos a la cabina de un salto y pusimos el motor en marcha. Mientras arrancaba levanté la vista, y aunque actuar con rapidez era crucial en aquel momento, no pude evitar perder un segundo para admirar la espectacular escena del puente. Un centenar o más de cabezas de ganado, vacas hereford de primera, de magnífico pelaje rojo, se abalanzaba hacia la vieja estructura de madera como un imparable tren de carne. Iban a toda pastilla. Incluso desde aquella distancia oía el estruendo de las pezuñas sobre la madera. Parecían locomotoras fuera de control. —Uau —susurré. —¡Vamos! —chilló Fi. Pisé el acelerador, y el remolque avanzó con todo su peso. Teníamos unos quinientos metros que recorrer, y estaba segregando tanta adrenalina que me sentía inmune al peligro, a las balas, a todo. —¡Vamos! —gritó Fi otra vez.
Al meter el remolque debajo del puente, lo llevé tan a la izquierda como pude, para que quedara encajado bajo la parte más baja de la superestructura. Lo difícil era hacerlo sin rozar el pilón y provocar chispas que desencadenaran un final tan rápido como horrible para ambas. Entramos justitas pero bien, dejando un espacio de menos de dos metros entre el techo del remolque y el puente. Aquella era la primera vez que alguno de nosotros había pensado en la posibilidad de que el camión cisterna no cupiera debajo del puente; para entonces había sido demasiado tarde par plantearse este problema. Habíamos tenido suerte. Fi no podía abrir la puerta porque estaba demasiado pegada al pilón, de modo que empezó a desplazarse hacia mi lado. Yo salí de la cabina medio saltando, medio cayendo. Encima de mi cabeza, el puente temblaba y atronaba por el efecto de la estampida, que había llegado a nuestro extremo. Mientras yo subía por la escala hacia el techo de la cisterna, Fi salió de la cabina y, sin mirar atrás, echó a correr hacia las motos. En aquella carrera, que yo también tendría que hacer un momento después, se hallaba nuestro mayor riesgo. Había que atravesar unos doscientos metros de terreno al descubierto para llegar a los matorrales donde habíamos escondido las motos. No habría protección alguna contra las airadas balas que pudieran disparar hacia nosotras. Sacudí la cabeza para librarme de aquellos pensamientos funestos y corrí por la pasarela del techo del remolque, agazapada para no darme contra la parte baja del puente. Cuando llegué a donde estaba la cuerda, levanté la vista. Fi había desaparecido, y no me quedaba más remedio que confiar en que hubiera llegado a las motos sana y salva. Empecé a tirar de la empapada cuerda, sacando una vuelta tras otra, para lanzarla al camino del suelo. Los vapores eran asfixiantes en aquel espacio tan recluido. Estaban empezando a marearme, y me habían provocado un instantáneo dolor de cabeza. Otra cosa en la que tendríamos que haber pensado: en el extremo de la cuerda que tenía que quedarse en el depósito deberíamos haber atado un gancho para impedir que se saliera cuando yo echara a correr con el otro extremo. Ya era demasiado tarde para eso. En aquel momento solo pude encajar la tapa tan fuerte como pude y confiar en que resistiera. Bajé a toda prisa por la escala. El rato que tardé en sacar la cuerda se me había hecho eterno. En aquel lapso de tiempo había sido ajena al estruendo que sonaba a centímetros de mi cabeza, pero en aquel momento me di cuenta de que estaba empezando a atenuarse. Podía distinguir pataleos aislados de las pezuñas. Empapándome repentinamente de sudor, encontré el cabo suelto de la cuerda, lo agarré y eché a correr. Tenía gasolina por todas partes, había estado respirándola, y por ello me sentía muy rara, como si estuviera flotando sobre el césped. Pero no era una sensación agradable, sino más bien la que te produce estar en un barco que cabecea. Estaba a unos cien metros de los matorrales cuando oí dos sonidos simultáneos; uno traía buenas noticias y el otro no. El bueno era un rugido creado por las motos. El malo era un grito que llegaba desde el puente. Hay sonidos que, dichos en cualquier idioma, tienen un significado inconfundible en cuanto salen de la garganta. Cuando era pequeña tenía un perro llamado Rufus, un cruce de border collie y springer spaniel. Era un conejero nato, y muchas tardes me gustaba sacarlo al campo solo por el placer de verlo correr a toda velocidad en pos de un conejo a la fuga. Cuando estaba en plena persecución, emitía un característico gañido agudo que no utilizaba en ninguna otra ocasión. Siempre que oía ese sonido, estuviera donde estuviera, sabía que Rufus estaba persiguiendo un conejo. El grito del puente, aunque no fue formulado en mi idioma, era igual de inconfundible. Era un grito de ‹‹¡alarma!›› ‹‹¡venid rápido!››. Aunque me quedaba un centenar de metros que correr, me pareció de pronto una distancia infinita. Creí que nunca alcanzaría mi meta, que no sería capaz de recorrer tanto trecho, que podría pasarme el resto de mi vida corriendo sin llegar a terreno seguro. Fue un momento terrible, en el que vi la muerte muy de cerca. Entré en un extraño estado en el que me sentía como si estuviera ya en los dominios de la muerte aunque no me hubiera alcanzado ninguna bala. No sabía siquiera si se disparó alguna bala. Pero, si en aquel momento me hubiera alcanzado una, no creo que la hubiese sentido. Solo la gente viva puede sentir dolor, y yo estaba siendo arrastrada por una bruma que me alejaba del reino de los vivos. En aquel momento apareció Fi, gritando:
—¡Ellie, por favor! 
Estaba de pie, entre los arbustos, pero parecía estar justo delante de mí, y su cara se veía enorme. Creo que fue el ‹‹por favor›› lo que me sacó del trance: me hizo sentir que me necesitaba, que era importante para ella. Nuestra amistad, nuestro amor, como quieras llamarlo, atravesó el terreno descubierto y me hizo reaccionar. De pronto, fui consciente de que había balas silbando por el aire, de que mis pies pisaban el suelo con fuerza, de que estaba resollando y me dolía el pecho, y entonces, al amparo de los árboles, me acerqué a trompicones a las motos y solté el extremo de la cuerda para que Fi lo recogiera. Tuve ganas de abrazarla, pero conservaba el suficiente raciocinio para saber que yo era una leprosa empapada en gasolina: un abrazo mío habría equivalido a una sentencia de muerte para ella. Sujeté la moto que estaba más lejos, quité la pata de cabra de una patada y le di la vuelta para ponerla de cara a Fi. En el mismo instante se oyó el silbido de la llama al encenderse, y un reguero de fuego empezó a atravesar el césped a toda velocidad. Fi volvió corriendo hacia mí. Para mi sorpresa, tenía la cara encendida, no por el efecto del fuego sino por algo que le venía de dentro. Estaba eufórica. Empecé a preguntarme si, en su interior, no habría acechando una pirómana secreta. Sujetó su moto; las orientamos y las ruedas traseras giraron con una arrancada que cavó surcos en el cuidado césped del terreno de acampada de Wirrawee. Fi iba a la cabeza, lanzando salvajes gritos de guerra. Y si, confieso que hicimos el caballito en el séptimo green del campo del golf. Lo siento. Fue muy inmaduro de nuestra parte. 257

Cuando nos reunimos con Homer y Lee más arriba, en un barranco que hay detrás de la casa de los Fleet, durante diez minutos se formó una algarabía de sonidos porque estábamos todos intentando hablar a la vez. Alivio, emoción, explicaciones, disculpas. —¡A callar todos! —gritó finalmente Lee, recurriendo a la técnica de Homer, y aprovechó el silencio repentino que se produjo para decir—: Vale, así está mejor. Fi, empieza tú. Nosotras contamos nuestra historia, y los chicos la suya. Sintiéndose a salvo en su lado del río, se habían quedado allí para contemplar la explosión; el terremoto que nosotros oírnos y sentimos pero no vimos. —Uau, Ellie, ha sido lo más alucinante que haya visto nunca —dijo Homer. Empecé a temer que a él también lo hubiéramos convertido en un pirómano. —Si, fue la bomba —añadió Lee. —Contádnoslo todo —les dije—. Tomaos todo el tiempo que necesitéis, tenemos todo el día. I.a mañana ya había llegado, y estábamos desayunando latas saladas de la despensa de los Fleet. Yo comí judias en salsa y atún. Mi estado de ánimo era muy bueno; me había dado un baño en la presa antes del amanecer y fue un alivio lavarme los últimos restos de gasolina de la piel. Me apetecía que me trataran con cariño, y estaba deseando pasar el resto del día con Lee haciéndonos arrumacos. Pero mientras tanto me contenté con tumbarme, cerrar los ojos y escuchar un cuento de hadas. 
—Bueno, al principio todo iba muy bien —dijo Horner—. Llegamos al rancho sin dificultades, aunque ir empujando esas motos los últimos kilómetros fue más bien duro. —Homer había tenido que hacerlo dos veces; primero llevó su moto hasta el escondite, y después volvió y llevó la de Lee—. Como ya sabéis —prosiguió—, según el plan yo tenía que sacar las vacas a la carretera en orden y en silencio. Después, Lee tenía que esconderse en la carretera y saltar hacia ellas de pronto con las luces, mientras yo usaba la aguijada para provocar una estampida. —Solo habíamos podido encontrar una aguijada, y descartamos el bote de aerosol por ser demasiado peligroso, pero encontramos un flash de cámara a pilas, y Homer estaba seguro de que unos fuertes y rápidos destellos de luz servirían. —Total, que allí estábamos —continuó Homer—. Bien instaladítos, tumbados en el prado, contemplando las estrellas y soñando con enormes chuletones recién asados. Tuvimos un par de charlas con vosotras, como ya sabéis, y esperamos tranquilamente a que pasara un convoy. Entonces nos topamos con dos grandes problemas. Uno era que no llegaba ningún convoy. Eso a lo mejor no haber sido tan grave, si al menos hubiéramos podido llamaros y deciros que ibamos a seguir adelante de todos modos. Aunque en ese caso correríamos el gran riesgo de encontrarnos de pronto con un convoy en el culo. Pero el otro problema era que el walkie-talkie de los cojones dejó de funcionar. No nos lo podíamos creer. Lo probamos todo, y Lee acabó desmontándolo entero, pero estaba más muerto que los dinosaurios. «Estábamos bastante desesperados, la verdad. Sabiamos que estabais allí esperando, corriendo un gran peligro, hasta que llegará una señal que no se iba a producir. Se puede decir que en aquel momento estábamos al borde del pánico. Teníamos dos opciones: seguir con las vacas y contar con que sabríais reaccionar a tiempo, o cancelarlo todo. Pero no podíamos cancelarlo sin avisaros, porque eso os habría dejado en una situación muy dificil. Ese era un punto flaco del plan, y es que se apoyaba demasiado en los walkie-talkies. Al menos he aprendido una cosa: nunca confies demasiado en las máquinas.
»De modo que en realidad solo teníamos una opción. Estaba haciéndose tan tarde que ya no podíamos seguir esperando el convoy. Lee se fue a la carretera con el flash, y yo empecé a mover el rebaño. 
—Pero ¿cómo? —preguntó Fi. —¿Qué? —¿Cómo? ¿Cómo obligas a un gran rebaño a hacer lo que quieres, en mitad de la noche? Recordé que había hecho esta pregunta antes. Se lo estaba tomando en serio, lo de querer vivir en el campo. —Bueno —contestó Homer, que parecía sentirse un poco tonto—, hay que sisear. —¿Qué? —Sisear. Es un viejo truco de vaquero. Me lo enseñó la señora Bamford. No les gustan los siseos, así que vas andando detrás de ellas imitando a una serpiente. Casi esperaba ver a Fi sacarse una libreta y anotarlo con esmero. Tras haber revelado uno de sus secretos profesionales, Homer prosiguió su historia. —Nos habíamos hecho ilusiones de poder contenerlas en la carretera hasta que los centinelas estuvieran en el extremo adecuado del puente, pero no hubo manera. Las vacas estaban demasiado inquietas, y teníamos miedo de que apareciera un convoy o una patrulla. Así que cogimos la aguijada y el flash y nos fuimos para allá. —Fue divertido —comentó Lee, reflexivo—. Excepto los primeros segundos, en que creí que iban a arrollarme. —Pero los guardias estaban en el extremo adecuado del puente —dije—. En el sitio perfecto.
—¿Sí? Bueno, pues ha sido el único golpe de suerte que hemos tenido en todo este asunto. Eso no estaba nada planeado. Simplemente volvimos frenéticas a las vacas hasta que empezaron a correr más que nosotros, y entonces volvimos a toda prisa hacia las motos. Ya no vimos nada más hasta cuando paramos las motos en la orilla a mirar. Y os digo una cosa, ojalá hubiésemos cogido una cámara además del flash, porque fue increíble. Las últimas vacas estaban alejándose del puente, y los soldados todavia estaban refugiados en los parapetos, pero estaban disparando como si se hubiera abierto la veda para cazar patos. Ellie, hasta el día que me muera seguíré sin entender cómo no recibiste ningún tiro. El aire estaba lleno de balas. Nosotros gritábamos «¡Corre, Ellie, corre, corre!», y tú no soltaste la cuerda, eso es lo más alucinante. También veíamos el camión bajo el puente, esperando pacientemente a que lo hicierais explotar. Y entonces desapareciste entre los matorrales. Te lo juro, parecía que flotaras en ese momento, como un ángel. Se me pasó por la cabeza la idea loca de que te habían matado y estaba viendo tu espíritu. Yo me reí al oírlo, pero no dije nada. —Entonces, un segundo después, apareció la llama —dijo Homer—. No creo que los soldados entendieran qué era eso. Se quedaron ahí parados, señalándola y avisándose unos a otros. No veían el camión, porque estaba muy bien encajado bajo el puente. Pero de pronto todos cayeron en la cuenta de que estaban en peligro. Dieron media vuelta y se fueron del puente cagando leches. Tuvieron el tiempo justo de escapar. —Mirándome a mí, añadió—. Te alegrará saber que creo que nadie salió herido. Le expresé mi agradecimiento con un gesto de la cabeza. Para mí significaba mucho, pero no todo. Si a sabiendas me dedicaba a hacer cosas como reventar puentes, el hecho de que por pura potra nadie saliera herido no me exime de culpa. Desde el momento en que tomé la decisión de encargarme del remolque, ya estaba preparada para vivir con las consecuencias, fueran cuales fuesen.
—Hubo una pausa de otro segundo —siguió diciendo Homer—. Y entonces saltó por los aires. Os juro que nunca había visto nada igual. El puente se elevó unos cinco metros por el lado del camión. De hecho, estuvo suspendido en el aire unos segundos antes de caer otra vez en su sitio. Pero, al caer, todo había quedado como mal alineado. De pronto, hubo una segunda explosión, y salieron volando trozos de puente por todas partes. Una enorme bola de fuego voló hacia cielo, y entonces hubo dos explosiones más, y ya solo veíamos fuego. Había llamas por todas partes, además del incendio principal. El parque entero parecía estar ardiendo, y ya no te digo el puente. Como ha dicho Lee, ha sido la bomba. —La verdad es que Wirrawee necesitaba un puente nuevo desde hacia mucho tiempo —apuntó Lee—. Ahora parece que tendrán que poner uno. El cuento de hadas de Homer había sido muy emocionante, y me había encantado oírlo, aunque casi me daba miedo la magnitud de lo que habíamos hecho, y de lo que éramos capaces de hacer. La única parte que Homer había omitido fue cómo se echó a llorar cuando vio que las dos estábamos sanas y salvas. En aquel momento vi la dulzura propia de Homer, la que tenía cuando era niño y que, supongo, mucha gente creía que había perdido en la adolescencia. Buscamos un lugar protegido del sol entre las rocas. Lee haría la primera guardia. Yo quería sentarme con él, hacerle compañía, pero de pronto me invadió una oleada de fatiga, tan intensa que me fallaron las piernas y me dejé caer al suelo. Me arrastré hasta un hueco con buena pinta que había entre unos peñascos y me puse cómoda con la ayuda de una almohada que había sisado de la casa. Entré en un sueño tan profundo que era como si me hubiera quedado inconsciente. Lee me dijo más tarde que había intentado despertarme para que hiciera la siguiente guardia, pero no pudo, y entonces hizo el turno en mi lugar. No me desperté hasta las cuatro. Se hizo casi de noche antes de que cualquiera de nosotros fuera capaz de demostrar un atisbo de vida o de energía. Lo único que nos puso en marcha fue el deseo de volver a casa, de volver a ver a los otros cuatro. Decidimos que podíamos coger las motos sin peligro: elegimos una ruta que nos llevaría a todos de vuelta a mi casa, donde habíamos dejado el Land Rover, siguiendo un trazado entrecortado que nos permitiría sortear patrullas no deseadas.
Es curioso pero, cuando pienso en ese camino de vuelta, me pregunto por qué no tuve ninguna premonición. Supongo que estábamos todos demasiado cansados, y además creíamos que lo peor había pasado, que ya habíamos hecho nuestro trabajo y que nos merecíamos un descanso. 
De algún modo, te educan para que creas que así es como debería ser la vida. Nos pusimos en marcha a eso de las diez. Fuimos con cuidado, viajando lentamente, con el mayor silencio posible. Era cerca de medianoche cuando subimos por mi viejo camino de entrada a casa, dimos la vuelta por atrás y nos fuimos directamente al garaje. El Land Rover estaba oculto entre los arbustos, pero quería coger más herramientas del cobertizo. Paré la moto, la apoyé en la pata de cabra y doblé la esquina para entrar en el gran cobertizo de piezas mecánicas. Lo que vi allí fue como uno de esos pesebres vivientes de Navidad, con José y María y los pastores y todo eso, cada uno en su posición, en carne y hueso pero petrificados. El pesebre viviente de nuestro cobertizo estaba iluminadó por una tenue linterna, con las pilas que empezaban a agotarse. Kevin estaba sentado apoyándose en una antigua prensa de lana que estaba arrimada a la pared. Agachada a su lado estaba Robyn, con una mano en su hombro. Chris estaba de pie al otro lado, bajando la vista hacia Corrie, que se encontraba tumbada en el regazo de Kevin. Tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y el semblante pálido. Cuando aparecí en la entrada, Kevin, Chris y Robyn volvieron la cara hacía mí, pero Corrie seguía sin abrir los ojos. Yo no podía moverme. Era como si me hubiera incorporado al pesebre viviente. Y entonces Kevin dijo: —Le han pegado un tiro, Ellie. Su voz me devolvió a la realidad. Me acerqué corriendo y me arrodillé al lado de Corrie. Oí las exclamaciones de Homer y los demás cuando entraron en el cobertizo, pero mi atención estaba centrada en ella. Le salía un poco de sangre de la boca, unas pequeñas y minúsculas pompas de sangre rosada. —¿Dónde la han herido? —les pregunté. —En la espalda —contestó Chris. Mantenía una calma casi antinatural. Robyn estaba sollozando en silencio; Kevin estaba temblando. 
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Fi, acercándose. Alcé la mirada hacia ella. Sus enormes ojos parecían llenarle la cara, presa del horror. —Tendremos que llevarla al pueblo —respondió Homer—. Sabemos que el hospital sigue en funcionamiento. Tendremos que confiar en ellos para que la curen. No hay otra opción. Tenía razón. No había otra opción. —Iré por el Land Rover —dije, poniéndome en pie. —No —dijo Horner enseguida—. El Mercedes todavía está aqui. Está más cerca y el viaje será mejor para ella. Corrí a cogerlo. Lo acerqué al cobertizo y salí de un salto para ayudar a levantar a Corrie y meterla dentro. Pero para eso no me necesitaban; la movieron despacio y con cuidado y la dejaron en el asiento de atrás. Después cubrimos el suelo con sacos de arpillera y protegimos a Corrie con cojines por todas partes para que no pudiera moverse. Contuve mis sollozos al verla allí tumbada, con el pecho subiendo y bajando lentamente con cada gorgoteante respiración. Aquella era mi querida Corrie, mi amiga de toda la vida. Si Horner era mi herrnano, ella era mi hermana. Su rostro se veía muy plácido, pero percibía que se libraba una terrible batalla dentro de su cuerpo, una lucha a muerte. Me enderecé y me volví hacia los demás. Homer estaba hablando. —Esto va a sonar cruel —decía—, pero lo único que podemos hacer es llevarla a las puertas del hospital, abandonar el coche con Corrie dentro, llamar al timbre y salir pitando. Tenemos que pensar de forma racional. Siete personas son mejor que seis. Si perdemos no solo a Corrie sino a alguien más, eso nos dejará muy debilitados. Por no hablar de las preguntas desagradables que tendrá que responder esa persona.
—No —objetó Kevin, poniéndose en pie—. No. No me importa lo que sea racional o lo que sea lógico. Corrie es mi novia, y no voy a dejarla tirada y salir corriendo. Tenemos que hacerlo yo o Ellie, porque somos los únicos que conducimos, y Ellie, si no te importa, preferiría hacerlo yo. No dije nada, no me moví siquiera. No podía. Kevin se fue hacia el asiento del conductor y se sentó en él. Fi se asomo a través de la ventanilla y le dio un beso. Él le sujeto el brazo un breve instante y después la soltó. —Buena suerte, Kevin —le deseó Lee. —Sí —dijo Homer mientras el coche arrancaba en marcha atrás—. Suerte, Kevin. Chris dio unas palmaditas al capó del coche. Robyn lloraba dernasiado para poder hablar. Yo corrí hacia la parte delantera del coche y me apoyé en la ventanilla del conductor, caminando al ritmo del coche mientras este seguía retrocediendo. —Kevin —le dije—. Dile a Corrie que estaré esperándola. —De tu parte —respondió él. —Y a ti, Kevin. —Gracias, Ellie. El coche había salido a la explanada y empezaba a girar. Kevin puso la primera, encendió las luces y se alejó. Vi su cara de concentración mientras evitaba los baches del camino de entrada. Sabía que Corrie estaba en buenas manos, y entendí también el porqué de las luces. Me quedé allí mirando hasta que el resplandor rojo de las luces traseras hubo desaparecido a lo lejos. —Vámonos a casa —dijo Homer—, al Infierno. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario