El silencio cayó sobre nosotros durante varios minutos y me pregunté si se habría quedado dormida.
Me moví un poco y me sorprendió oír su voz.
—No te vayas —dijo en dirección a la oscuridad. Agaché la cabeza, le di
un beso en la coronilla e
inhalé profundamente su olor familiar.
—No me voy a ninguna parte.
«Joder, qué bien se está así.»
Algo cálido y húmedo me envolvió mi miembro otra vez y yo gemí en voz
alta. «El mejor sueño de
mi vida.» La Chloe del sueño gimió y eso envió una vibración a través de
mi polla y por todo mi
cuerpo.
—Chloe. —Oí mi propia voz y eso me sobresaltó un poco.
Había soñado con ella cientos de veces, pero esto parecía tan real... La
calidez desapareció y fruncí
el ceño. «No te despiertes, Ben. No te despiertes de algo así, joder.»
—Dilo otra vez. —Una voz suave y gutural entró en mi conciencia y me
obligó a abrir los ojos.
La habitación estaba a oscuras y yo estaba tumbado en una cama extraña.
La calidez volvió y dirigí
la mirada a mi regazo, donde una preciosa cabeza castaña se movía entre
mis piernas abiertas. Volvió
a meterse mi miembro en la boca.
De repente todo lo que había pasado aquella noche volvió a mí y la
neblina del sueño desapareció
rápidamente.
—¿Chloe?
No podía ser que tuviera tanta suerte como para que eso fuera real.
Debía haberse levantado en algún momento de la noche para apagar la luz
del baño; la habitación
estaba tan oscura que apenas podía distinguirla. Bajé las manos para
encontrarla y mis dedos siguieron
la línea de sus labios que rodeaban mi miembro.
Ella movía la cabeza arriba y abajo, con la lengua rodeándome y los
dientes rozándome levemente
el tronco del pene con cada movimiento. Su mano bajó hasta mis
testículos y yo gemí en voz alta
cuando los acarició con cuidado con su palma.
La sensación era tan intensa al darme cuenta de que mis sueños y la
realidad se habían unido, que
no sabía cuánto podría durar. Ella se movió un poco y su dedo acarició
levemente un lugar justo
debajo y un largo siseo escapó de entre mis dientes apretados. Nunca
nadie me había hecho eso. Casi
quería detenerla, pero la sensación era tan increíble que era incapaz de
moverme.
Mientras mis ojos se iban ajustando a la oscuridad, le pasé los dedos
por el pelo, la cara y la
mandíbula. Ella cerró los ojos y aumentó la fuerza de la succión,
acercándome más. La combinación
de su boca sobre mi pene y su dedo presionando contra mí era irreal,
pero la quería conmigo, su boca
contra mi boca, besándome los labios mientras me hundía en ella.
Me incorporé para sentarme, la coloqué en mi regazo y rodeé mi cadera
con sus piernas. Nuestros
pechos desnudos se apretaron, le cogí la cara entre las manos y la miré
a los ojos.
—Este ha sido el mejor despertar que he tenido en mi vida.
Ella se rió un poco y se lamió los labios, lo que los hizo brillar deliciosamente.
Bajé la mano y
coloqué mi miembro junto a su entrada y la levanté un poco. En un solo
movimiento continuo entré
profundamente dentro de ella. Ella dejó caer la frente contra mi hombro
y movió las caderas hacia
delante, introduciéndome más adentro.
Estar con ella en una cama era irreal. Me montaba de una forma pausada,
moviéndose muy poco.
Me besó cada centímetro del lado derecho del cuello, chupándomelo y
tirando de mi piel. Breves
sonidos marcaban cada círculo de sus caderas.
—Me gusta estar encima —jadeó—. ¿Sientes lo dentro que estás? ¿Lo
sientes?
—Sí.
—¿Quieres que vaya más rápido?
Negué con la cabeza, absolutamente perdido.
—No, Dios, no.
Durante un rato permaneció haciendo círculos pequeños lentamente
mientras subía y bajaba por mi
cuello mordiéndome. Pero entonces se acercó más y me susurró:
—Me voy a correr, Bennett.
Y en vez de soltar una sarta de maldiciones para describir lo que me
hacía oír eso, le mordí el
hombro y le hice un cardenal.
Moviéndose con más fuerza ahora, empezó a hablar. Palabras que apenas
podía procesar. Palabras
sobre mi cuerpo dentro de ella, su necesidad por mí. Palabras sobre mi
sabor y lo húmeda que estaba.
Palabras sobre querer que me corriera, necesitar que me corriera.
Con cada movimiento de las caderas la presión empezó a aumentar. La
agarré más fuerte, con un
miedo breve a dejarle cardenales cada vez que movía las manos y aumenté
la velocidad de las
embestidas. Ella gimió y se retorció encima de mí y justo cuando pensé
que no podría aguantar más,
ella gritó mi nombre de nuevo y sentí que empezaba a estremecerse a mi
alrededor. La gran intensidad
de su orgasmo provocó por fin el mío, y acerqué la cara a su cuello
ahogando un fuerte gemido contra
su suave piel.
Ella se dejó caer contra mí y yo nos bajé a ambos hacia la cama.
Estábamos sudados, jadeando y
más que agotados y ella tenía una apariencia terriblemente perfecta.
La acerqué hacia mí, su espalda contra mi pecho y la rodeé con mis
brazos, entrelazando mis
piernas con las suyas. Ella murmuró algo que no pude distinguir, pero se
durmió antes de que pudiera
preguntarle.
Algo había cambiado esa noche y lo último que pensé mientras se me
cerraban los ojos fue que ya
habría tiempo más que suficiente para hablar al día siguiente. Pero
cuando el sol de la mañana empezó
a colarse por la cortina oscura, me di cuenta con una incómoda sensación
de que ese día ya había
llegado.
14
La conciencia apareció en el límite de mi mente abotargada por el sueño,
y yo intenté apartarla a la
fuerza. No quería despertarme. Estaba caliente, cómoda y satisfecha.
Vagas imágenes de mi sueño pasaron por delante de mis ojos cerrados
mientras me acurrucaba en la
manta más calentita y que mejor olía en la que había dormido. Y la manta
se acurrucó a mi alrededor.
Algo cálido se apretó contra mí y abrí poco a poco los ojos para
encontrarme con una cabeza de
conocido pelo alborotado a unos centímetros de mi cara. Un centenar de
imágenes me recorrieron la
mente en ese preciso segundo cuando la realidad de la noche anterior
cayó como un jarro de agua fría
en mi cerebro.
«Madre de Dios.»
Había sido real.
Se me aceleró el corazón cuando levanté la cabeza un poco y me encontré
a mi atractivo hombre
enroscado alrededor de mi cuerpo. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho,
la boca perfecta un poco
abierta soltando bocanadas de aire caliente sobre mis pechos desnudos.
Su largo cuerpo caliente contra
el mío, las piernas entrelazadas y sus fuertes brazos apretados
alrededor de mi torso.
«Se había quedado.»
La intimidad de nuestra postura me golpeó con una fuerza tal que me dejó
sin aliento. No es que se
hubiera quedado, es que se había aferrado a mí.
Me esforcé por recuperar el aire y no entrar en pánico. Era mucho más
que consciente de cada
centímetro de nuestra piel en contacto. Sentí el poderoso latido de su
corazón contra mi pecho. Tenía
su miembro apretado contra mi muslo, semierecto durante el sueño. Me
ardían los dedos por tocarle.
Estaba deseando apretar mis labios contra su pelo. Era demasiado. Él era
demasiado.
Algo había cambiado la noche anterior y no estaba segura de estar lista
para ello. No sabía lo que
entrañaría ese cambio, pero ahí estaba. En cada movimiento, cada
contacto, cada palabra y cada beso
habíamos estado juntos. Nadie me había hecho sentir así, como si mi cuerpo
estuviera hecho para
encajar con el suyo.
Había estado con otros hombres, pero con él me sentía como si me
arrastrara una marea oculta,
completamente incapaz de cambiar el rumbo. Cerré los ojos, intentando
sofocar la sensación de pánico
que estaba creciendo en mi interior. No me arrepentía de lo que había
pasado. Había sido intenso —
como siempre— y seguramente el mejor sexo que había tenido en mi vida.
Solo necesitaba unos
minutos a solas antes de poder enfrentarme a él.
Le coloqué una mano en la cabeza y la otra en la espalda y conseguí
apartarle de mi cuerpo. Él
empezó a revolverse y yo me quedé helada, abrazándole fuerte y deseando
en silencio que volviera a
dormir. Él murmuró mi nombre antes de que su respiración se volviera de
nuevo regular y yo me
escapé de debajo de su cuerpo.
Le observé dormir durante un momento y el pánico se redujo no supe cómo.
Una vez más fui
consciente de lo guapo que era. En calma por el sueño, sus facciones
aparecían tranquilas y en paz,
con una expresión muy diferente de la que solía tener cuando estaba
cerca de mí. Un grueso rizo le
caía por la frente y sentí la urgente necesidad de apartárselo de la
cara. Ahí estaban las pestañas
largas, los pómulos perfectos, unos labios carnosos y la barba que le
cubría la mandíbula.
«Dios mío, es que es tan guapo...»
Empecé a caminar hacia el baño, pero vi mi reflejo en el espejo del
tocador del dormitorio.
«Vaya. Recién follada.» Sin duda esa era la imagen que ofrecía.
Me acerqué y examiné los leves arañazos rojos que tenía por el cuello,
los hombros, los pechos y el
estómago. Tenía una marca pequeña de un mordisco en la parte de debajo
de mi pecho izquierdo y un
chupetón en el hombro. Miré hacia abajo y pasé los dedos por las marcas
rojas que tenía en el interior
del muslo. Se me endurecieron los pezones al recordar la sensación de su
cara sin afeitar frotándose
con mi piel.
Mi pelo era un desastre enredado y despeinado y me mordí el labio al recordar
sus manos enredadas
en él. La forma en que me había atraído primero hacia su beso y después
sobre su miembro...
«Esto no me está ayudando.»
Una voz todavía pastosa por el sueño me sacó sobresaltada de mis
pensamientos.
—¿Recién despierta y ya tirándote de los pelos?
Me volví y vi un destello de su cuerpo desnudo mientras se giraba bajo
las sábanas y se sentaba.
Dejó que le cayeran hasta las caderas, dejando su torso al descubierto.
No creía que nunca pudiera
cansarme de mirar —y sentir— ese pecho ancho y musculoso, los
abdominales como una tabla de
lavar y esa hilera de vello que llevaba hasta el miembro más glorioso
que había visto en mi vida.
Cuando mis ojos, al fin, llegaron a su cara fruncí el ceño al ver su
sonrisa torcida.
—Te he pillado mirándote —murmuró pasándose una mano por la mandíbula.
No sabía si sonreír o si poner los ojos en blanco. Verlo desaliñado y
vulnerable en ese estado a
medio despertar me desorientaba. La noche anterior no nos molestamos en
cerrar las pesadas cortinas
y ahora el sol entraba a raudales, cegadoramente brillante al reflejarse
sobre la maraña de sábanas
blancas. Se le veía tan diferente... Seguía siendo el capullo de mi
jefe, pero ahora también era algo
más: un hombre, en mi cama, que parecía estar listo para el asalto
número... ¿Cuatro? ¿Cinco? Había
perdido la cuenta.
Mientras sus ojos recorrían cada centímetro de mi ser, recordé que yo
también estaba
completamente desnuda. En ese momento su expresión era tan intensa como
su contacto. Si seguía
mirándome de ese modo ¿ardería mi piel en llamas? ¿Sentiría su tacto
como si sus manos me
estuvieran tocando?
Intenté centrarme en algo que camuflara el hecho de que estaba
catalogando mentalmente cada
centímetro de su piel y me agaché para recuperar del suelo su camiseta
interior blanca. Había pasado
toda la noche delante del aparato de aire acondicionado y estaba un poco
fría, pero por suerte estaba
casi seca. Cuando introduje mi cabeza en el suave algodón, inhalé el
olor a salvia de su piel y al
emerger me encontré con su mirada oscura.
Sacó un poco la lengua para humedecerse los labios.
—Ven aquí —dijo en voz baja.
Me acerqué a la cama, con la intención de sentarme a su lado, pero él
tiró de mí para que quedara a
horcajadas sobre sus muslos y dijo:
—Dime en qué estás pensando.
¿Quería que condensara un millón de pensamientos en una sola frase? Ese
hombre estaba loco.
Así que abrí la boca y solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Has dicho que no has estado con nadie desde que nosotros estuvimos...
juntos por primera vez. —
Estaba mirando fijamente su clavícula para no tener que mirarle a los
ojos—. ¿Es cierto?
Por fin levanté la vista.
Él asintió y metió los dedos por debajo de la camiseta, acariciándome
lentamente desde la cadera
hasta la cintura.
—¿Por qué? —le pregunté.
Él cerró los ojos y negó con la cabeza una vez.
—No he deseado a nadie más.
No sabía muy bien cómo interpretar eso. ¿Quería decir que no había
conocido a nadie que deseara
pero que estaba abierto a ello?
—¿Normalmente eres monógamo cuando te estás acostando con alguien?
Él se encogió de hombros.
—Si eso es lo que se espera de mí.
Bennett me besó el hombro, la clavícula y subió por mi cuello. Estiré el
brazo hasta la mesita que
había detrás de él, cogí la botella de agua de cortesía y le di un sorbo
antes de pasársela a él. Él se la
terminó en unos cuantos tragos.
—¿Tenías sed?
—Sí. Y ahora tengo hambre.
—No me sorprende, porque no hemos comido desde hace... —Me detuve cuando
le vi mover ambas
cejas y sonreír.
Puse los ojos en blanco, pero se me cerraron cuando él se acercó y me
besó dulcemente en los
labios.
—¿Y la monogamia es lo que se espera de ti aquí? —le pregunté.
—Después de lo que pasó anoche, creo que tendrías que decírmelo tú.
No sabía cómo responder a eso. Ni siquiera estaba segura de que pudiera
estar con él así, mucho
menos pensar en la monogamia. La sola idea de cómo iba a funcionar todo
aquello hacía que la cabeza
me diera vueltas. ¿Íbamos a ser... amigos? ¿Diríamos «buenos días» y lo
diríamos de verdad? ¿Se iba
a sentir bien criticando mi trabajo?
Extendió los dedos sobre la parte baja de mi espalda apretándome contra
él y eso me apartó de mis
pensamientos.
—No te quites esa camiseta nunca —susurró.
—Vale. —Me eché hacia atrás para darle un mejor acceso a mi cuello—. Voy
a llevar esto y nada
más a la sesión de presentación de esta mañana.
Su risa sonó grave y juguetona.
—Ni hablar de eso.
—¿Qué hora es? —pregunté intentando ver el reloj que había detrás de él.
—Me importa una mierda. —Las puntas de sus dedos encontraron mi pecho y
empezaron a
deslizarse de un lado a otro por la suave piel de debajo.
En el proceso de intentar apartarme un poco de él, dejé al aire su piel
justo por encima de la cadera.
«Pero ¿qué demonios era eso?»
¿Era un tatuaje?
—¿Qué es...? —No fui capaz de encontrar las palabras. Apartándole un
poco, levanté la vista para
mirarlo a los ojos antes de volver a mirar la marca. Justo debajo del
hueso de la cadera tenía una línea
de tinta negra con unas palabras escritas en lo que supuse que sería
francés. ¿Cómo se me había
podido pasar por alto eso? Recordé brevemente todas las veces que
habíamos estado juntos. Siempre
había sido todo muy precipitado o a oscuras o en un estado de
semidesnudez.
—Es un tatuaje —dijo divertido apartándose un poco y acariciándome el
ombligo.
—Ya sé que es un tatuaje, pero... ¿Qué dice?
«El señor Seriedad en los Negocios tiene un puto tatuaje.» Otro trozo
del hombre que conocía que
caía y se hacía pedazos.
—Dice: «Je ne regrette rien».
Mis ojos se encontraron con los suyos y la sangre se me calentó al oír
su voz que se disolvía en su
perfecto acento francés.
—¿Qué es lo que has dicho?
Él volvió a sonreír.
—Je ne regrette rien.
Repitió cada palabra lentamente, poniendo énfasis en cada sílaba. Era lo
más sexy que había oído en
mi vida. Entre eso, el tatuaje y el hecho de que estaba completamente
desnudo debajo de mí, estaba a
punto de entrar en combustión espontánea.
—¿Eso no es una canción?
Él asintió.
—Sí, es una canción. —Y riendo por lo bajo prosiguió—. Puede que creas
que me arrepiento de esa
noche de borrachera en París, a miles de kilómetros de casa, sin un solo
amigo en la ciudad, en la que
decidí hacerme un tatuaje. Pero no, ni siquiera me arrepiento de eso.
—Dilo otra vez —le susurré.
Se acercó, moviendo las caderas contra las mías, el aliento cálido junto
a mi oído y susurró de
nuevo.
—Je ne regrette rien. ¿Lo entiendes?
Asentí.
—Di algo más. —Mi pecho subía y bajaba con cada respiración trabajosa y
mis pezones sensibles
rozaban contra el algodón de su camiseta.
Se inclinó un poco, me besó la oreja y dijo:
—Je suis à toi. —Su voz sonaba ahogada y grave mientras me agarraba para
acercarme y yo nos
saqué a ambos de la incomodidad hundiéndole en mí con un gemido. Me
encantaba la profundidad que
alcanzaba en esa postura. Él susurró una sola sílaba desconocida para mí
una y otra vez mientras me
miraba. En vez de agarrarme las caderas, sus manos agarraban con fuerza
ambos lados de la camiseta.
Era tan fácil, tan natural entre nosotros, pero de alguna forma se
añadió al espacio de incomodidad
que parecía no poder quitarme de encima. En vez de fijarme en eso, me
centré en sus suaves gemidos
dentro de mi boca, en la forma en que nos sentó a ambos repentinamente y
se puso a chuparme los
pechos por encima de la camiseta, dejando al descubierto la piel rosa de
debajo. Me perdí en sus dedos
necesitados en mis caderas y mis muslos, su frente apretada contra mi
clavícula cuando se acercó aún
más. Me perdí en la sensación de sus muslos debajo de mí y sus caderas
moviéndose más rápido y más
fuerte para venir al encuentro de todos mis movimientos.
Apartándome un poco, me puso la mano en el pecho y detuvo las caderas.
—El corazón me va a mil por hora. Dime lo bien que sienta esto.
Me relajé instintivamente cuando vi su sonrisa arrogante. ¿Es que creía
que necesitaba algo para
recordar quién habíamos sido menos de un día antes de aquello?
—Ya estás otra vez con eso de hablar. Para.
Ensanchó su sonrisa.
—Te encanta que te hable. Y te gusta todavía más cuando coincide con el
momento en que estoy
dentro de ti.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y qué es lo que me ha delatado? ¿Los orgasmos? ¿O la forma en que te
lo pido? Eres un gran
detective...
Él me guiñó un ojo, me subió un pie hasta su hombro y me besó la parte
interna del tobillo.
—¿Siempre has sido así? —le pregunté tirando inútilmente de su cadera.
Odiaba admitirlo, pero
quería que se moviera. Cuando estaba quieto me provocada, me rozaba, pero
lo sentía incompleto.
Cuando se movía yo solo quería más tiempo para quedarme quieta—. Me dan
pena las mujeres cuyos
egos desechados me han pavimentado el camino.
Bennett negó con la cabeza, inclinándose hacia mí e irguiéndose apoyado
sobre las manos. Gracias
a Dios empezó a moverse, con la cadera empujando hacia delante y
levantándose, proyectándose muy
profundamente en mi interior. Se me cerraron los ojos. Estaba tocándome
el punto exacto una, otra y
otra vez.
—Mírame —me susurró.
Abrí los ojos y vi el sudor en la frente y los labios abiertos mientras
me miraba la boca. Los
músculos de los hombros se destacaban cada vez que se movía y su torso
brillaba con una fina capa de
sudor. Lo observé mientras entraba y salía de mí. No estoy segura de lo
que dije cuando casi salió del
todo y después entro con más fuerza, pero lo dije en voz baja; era algo
sucio y lo olvidé
instantáneamente cuando me embistió de nuevo.
—Tú me haces sentir arrogante. Es la forma en que reaccionas ante mí lo
que me hace sentir como
un puto dios. ¿Cómo puedes no darte cuenta de eso?
No respondí pero él claramente no esperaba que lo hiciera porque su
mirada y los dedos de una de
sus manos bajaban por mi cuello y por mis pechos. Encontró un lugar
particularmente sensible y yo
solté una exclamación ahogada.
—Parece que alguien te ha mordido aquí —dijo pasando el pulgar por la
marca de sus dientes—.
¿Te ha gustado?
Tragué y empujé contra él.
—Sí.
—Chica pervertida.
Le pasé las manos por los hombros y por el pecho, después los
abdominales y los músculos de las
caderas y rocé una y otra vez con el pulgar su tatuaje.
—También me gusta esto.
Sus movimientos se hicieron irregulares y forzados.
—Oh, joder, Chloe... No puedo... No puedo aguantar más. —Oír su voz tan
desesperada y fuera de
control solo intensificó mi necesidad de él.
Cerré los ojos y me centré en la deliciosa sensación que empezaba a
extenderse por mi cuerpo.
Estaba tan cerca, justo al borde. Metí la mano entre los dos y mis dedos
encontraron el clítoris y
empecé a frotármelo lentamente.
Él inclinó la cabeza, miró mi mano y exclamó:
—Oh, joder. —Su voz sonaba desesperada y su respiración ya no era más
que una sucesión de
jadeos profundos—. Tócate así, justo así. Deja que te vea. —Sus palabras
eran todo lo que necesitaba
y con un último contacto de los dedos, sentí que el orgasmo me
embargaba.
El orgasmo fue intenso. Me apreté contra él y las uñas de mi mano libre
se clavaron en su espalda.
Él gritó y su cuerpo se estremeció cuando se corrió en mi interior. Todo
mi cuerpo se sacudió con las
consecuencias del orgasmo y me recorrieron unos leves temblores cuando
fue desapareciendo. Me
aferré a él, que se quedó quieto y su cuerpo se hundió contra el mío. Me
besó el hombro y el cuello
antes de darme un beso en los labios. Nuestros ojos se encontraron
brevemente y después se apartó de
mí.
—Dios, mujer —dijo con un profundo suspiro y forzando una risa—. Me vas
a matar.
Ambos rodamos para ponernos de costado al unísono, con las cabezas en
nuestras almohadas.
Cuando nuestras miradas se encontraron yo no fui capaz de apartarla. Ya
había perdido cualquier
esperanza que hubiera tenido de que la vez siguiente fuera menos intensa
o de que nuestra conexión se
fuera de alguna forma fundiendo si conseguíamos sacar todo aquello de
nuestros sistemas. Esa noche
de «tregua» no iba a atenuar nada. Yo ya quería acercarme, besarle la
mandíbula sin afeitar y volver a
tirar de él hacia mí. Mientras le miraba me quedó claro que cuando esto
acabara iba a doler una
barbaridad.
El miedo atenazó mi corazón y el pánico de la noche anterior volvió,
trayendo consigo un silencio
incómodo. Me senté y me tapé con las sábanas hasta la barbilla.
—Oh, mierda.
Su mano salió y me agarró por el brazo.
—Chloe, no puedo...
—Probablemente deberíamos ir preparándonos —le interrumpí antes de que
acabara esa frase.
Podía ser el principio de mil formas de romperme el corazón—. Tenemos
que asistir a una
presentación dentro de veinte minutos.
Él pareció confuso durante un momento antes de hablar.
—La ropa que tengo aquí no está seca. Y ni siquiera sé dónde está mi
habitación.
Intenté no ruborizarme al recordar lo rápido que había pasado todo la
noche anterior.
—Vale. Me llevaré tu llave y te traeré algo.
Me duché rápido y me envolví en una gruesa toalla deseando haber tenido
el buen juicio de traer
uno de los albornoces del hotel al baño conmigo. Inspiré hondo, abrí la
puerta y salí.
Él estaba sentado en la cama y levantó la vista para mirarme cuando
entré en la habitación.
—Es que necesito... —Empecé a decir señalando mi maleta. Él asintió pero
no hizo ademán de
hablar. Nunca había tenido vergüenza de mi cuerpo. Pero estar allí de
pie, sin nada más que una toalla,
sabiendo que él me estaba mirando, me hizo sentir inusualmente tímida.
Cogí unas cuantas cosas y eché a correr al pasar a su lado, sin pararme
hasta que estuve de nuevo en
la seguridad del baño. Me vestí más rápido de lo que creía posible y
decidí que me iba a recoger el
pelo y ya terminaría con el resto después. Cogí las tarjetas-llave de la
encimera y volví al dormitorio.
Él no se había movido. Sentado en el borde de la cama con los codos
apoyados en los muslos,
parecía perdido en sus pensamientos. ¿En qué estaría pensando? Toda la
mañana yo había sido un
manojo de nervios, con mis emociones pasando de un extremo a otro sin
parar, pero él parecía tan
tranquilo. Tan seguro. Pero ¿de qué estaba seguro? ¿Qué había decidido?
—¿Quieres que te traiga algo en concreto?
Cuando levantó la mirada, pareció algo sorprendido, como si no lo
hubiera pensado.
—Eh... Solo tengo unas pocas reuniones esta tarde, ¿no? —Yo asentí—.
Cualquier cosa que me
traigas estará bien.
Solo necesité un segundo para localizar su habitación; era justo la
siguiente puerta. Genial. Ahora
podría imaginármelo en una cama justo a otro lado de la pared donde
estaba la mía. Sus maletas
estaban allí y yo hice una breve pausa al darme cuenta de que iba a
tener que rebuscar entre sus cosas.
Levanté la maleta más grande y la coloqué sobre la cama para abrirla. Su
olor me provocó una
fuerte oleada de deseo. Empecé a buscar entre la ropa muy bien colocada.
Todo en él era tan ordenado y organizado que me hizo preguntarme cómo
sería su casa. No lo había
pensado mucho, pero de repente me pregunté si algún día la vería, si
llegaría a ver su cama.
Me di cuenta de que quería. ¿Querría él que fuera allí?
Me di cuenta de que me estaba entreteniendo y seguí buscando entre su
ropa hasta que por fin
localicé un traje de color carbón de Helmut Lang, una camisa blanca, una
corbata negra de seda,
bóxer, calcetines y zapatos.
Volví a colocar todo donde estaba, cogí la ropa y me dirigí a mi
habitación. Cuando salí del pasillo,
no pude reprimir una risa nerviosa ante lo absurdo de la situación. Por
suerte, logré recomponerme
cuando llegué a mi puerta. Di dos pasos en el interior antes de quedarme
helada.
Estaba de pie delante de la ventana abierta, rodeado de la luz del sol.
Cada una de las atractivas
líneas de su cuerpo cincelado se veía acentuada con todos sus perfectos
detalles por las sombras que se
proyectaban en su cuerpo. Tenía una toalla colgada en un lugar
indecentemente bajo de la cadera y
allí, asomando justo por encima de la toalla, estaba el tatuaje.
—¿Has visto algo que te gusta?
Volví, a regañadientes, a mirarle a la cara.
—Yo...
Mi mirada bajó a su cadera como atraída por un imán.
—Te he preguntado si has visto algo que te gusta. —Cruzó la habitación y
se detuvo justo delante
de mí.
—Te he oído —dije mirándolo fijamente—. Y no, solo estaba perdida en mis
pensamientos.
—¿Y en qué estabas pensando exactamente? —Él estiró la mano y me colocó
un mechón de pelo
húmedo tras la oreja. Ese simple contacto hizo que me diera un vuelco el
estómago.
—Que tenemos una agenda que cumplir.
Él dio un paso para acercarse.
—¿Y por qué no te creo?
—¿Porque te lo tienes demasiado creído? —le sugerí mirándolo a los ojos.
Él enarcó una ceja y me miró durante un momento antes de cogerme la ropa
de las manos y
colocarla sobre la cama. Antes de que pudiera moverme, él se quitó la toalla
de la cadera y la tiró a un
lado. «Santa madre de Dios.» Si había un espécimen de hombre más
atractivo sobre la tierra, yo
pagaría un buen dinero por verlo.
Cogió sus calzoncillos y empezó a ponérselos antes de detenerse para
mirarme.
—¿No acabas de decir que tenemos un agenda que cumplir? —me preguntó
mirándome divertido
—. A menos claro, que hayas visto algo que te gusta.
«Hijo de...»
Entorné los ojos y me giré rápidamente para volver al baño a acabar de
arreglarme. Mientras me
secaba el pelo no pude superar la incómoda sensación de que me estaba
intentando decir algo más
importante que: «Mírame el cuerpo desnudo un rato más».
Antes incluso de poder desentrañar mis propias emociones, ya estaba
intentando adivinar las suyas.
¿Me preocupaba que quisiera irse o quedarse?
Cuando acabé, él ya estaba vestido y esperando, mirando por la enorme
ventana. Se volvió, caminó
hacia mí y me puso las cálidas manos en la cara, mirándome con
intensidad.
—Necesito que me escuches.
Tragué saliva.
—Vale.
—No quiero salir por esa puerta y perder lo que hemos encontrado en esta
habitación.
Sus palabras me estremecieron. No se estaba declarando, no me estaba
prometiendo nada, pero
había dicho exactamente lo que necesitaba oír. Quizá ninguno de los dos
supiera qué estaba pasando,
pero no lo íbamos a dejar inacabado.
Exhalé temblorosa y le puse las manos en el pecho.
—Ni yo, pero tampoco quiero que tú carrera se trague la mía.
—Yo tampoco quiero eso.
Asentí pese a que esas palabras enmarañaban aún más mis sentimientos.
Fui incapaz de encontrar
algo que añadir.
—Está bien —dijo mirándome de arriba abajo—. Vámonos entonces.
15
El tema del congreso ese año era «La siguiente generación de estrategias
de marketing» y, como
forma de introducir a la nueva generación, los organizadores habían
programado una sesión de
presentación para todos los alumnos del máster de Chloe. La mayoría de
los alumnos de su programa
de estudios estaban allí, de pie, muy erguidos y nerviosos al lado de
sus paneles explicativos. De
hecho, hacer una presentación en ese congreso era un requisito
imprescindible de las prácticas del
máster de Chloe, pero ella había pedido que hicieran una excepción en su
caso dado el tamaño y la
naturaleza confidencial de la cuenta Papadakis, su proyecto principal.
Ningún otro alumno estaba
gestionando una cuenta de un millón de dólares.
La junta de la beca se había mostrado encantada de hacer la excepción e
incluso estuvieron a punto
de babear ante la expectativa de poder poner la historia de éxito de
Chloe en el folleto del programa
una vez que se completara su diseño, se firmara y se divulgara
públicamente.
Pero aunque ella no tenía que hacer una presentación, insistió en
recorrer todos los pasillos y
examinar todos los paneles. Teniendo en cuenta que aparentemente yo no
podía apartarme más de un
metro de ella y que no tenía ninguna reunión hasta las diez, la seguí
todo el tiempo, contando los
paneles (576) y mirándole el trasero (respingón, divertido para darle
unos azotes y ahora mismo
envuelto en lana negra).
Ella había mencionado en el ascensor que su mejor amiga, Julia, le había
proporcionado la mayoría
de ese armario que yo amaba y odiaba a la vez. La selección de esa
mañana, una falda lápiz ajustada y
una blusa de color azul oscuro, ahora también estaba en mi lista.
Intenté convencer a Chloe un par de
veces de que teníamos que volver a la habitación a buscar algo, pero
ella solo enarcó una ceja y me
preguntó:
—¿A buscar algo o en busca de «algo»?
La ignoré, pero ahora deseaba haber admitido que necesitaba otro asalto
antes de empezar con el
congreso. Me pregunté si habría accedido.
—¿Habrías vuelto a la habitación conmigo? —le pregunté al oído mientras
ella leía atentamente el
panel de un alumno sobre una idea para el proceso de renovación de marca
de una pequeña compañía
de teléfonos móviles. Los gráficos estaban pegados con celo al panel,
por Dios.
—Chis.
—Chloe, no vas a aprender nada de esta presentación. Vamos a tomarnos un
café y tal vez también
hacerme una mamada en el baño.
—Tu padre me dijo una vez que era imposible predecir de dónde iban a
venir las mejores ideas y
que leyera todo lo que encontrara. Además, son mis compañeros del
máster.
Esperé, jugueteando con un gemelo, pero ella aparentemente no iba a
hablar de la última parte de lo
que yo había dicho.
—Mi padre no tiene ni idea de lo que habla.
Ella se rió muy apropiadamente. Papá había estado en lo más alto de
todas las listas de los
veinticinco mejores consejeros delegados prácticamente desde que nació.
—No tienes que chupármela. Puedo follarte contra la pared —le susurré
carraspeando y mirando
alrededor para asegurarme de que nadie estaba lo bastante cerca para
oírme—. O podría tumbarte en el
suelo, abrirte de piernas y hacer que te corras con la lengua.
Ella se estremeció, le sonrió al alumno que había cerca de la siguiente
presentación y se acercó para
leerla. El hombre extendió la mano hacia mí.
—Discúlpeme, ¿es usted Bennett Ryan?
Asentí, distraído, mientras le estrechaba la mano y vi que Chloe se
alejaba un poco.
El pasillo estaba prácticamente desierto excepto por los alumnos que
había cerca de los paneles. E
incluso ellos habían empezado acercarse a zonas más interesantes, donde
las empresas más grandes —
patrocinadoras del congreso principalmente— habían montado expositores
brillantes y llenos de
marcas comerciales con la intención de animar un poco la sesión
inaugural del congreso dedicada a
los alumnos. Chloe se inclinó y escribió algo en su cuaderno: «¿Renovación
de marca para Jenkins
Financial?».
Le miré la mano y después la cara, concentrada con una expresión
pensativa. La cuenta de Jenkins
Financial no era una de las suyas. Ni siquiera era una que llevara yo.
Era una cuenta pequeña,
ocasionalmente gestionada por algún ejecutivo junior algo lerdo. ¿De
verdad sabía cuánto costaba
gestionar una enorme campaña de marketing como la que teníamos?
Antes de que pudiera preguntarle, ella se volvió y pasó a la siguiente
presentación y yo me quedé
embelesado viendo a Chloe trabajar. Nunca me había permitido observarla
tan abiertamente; la
vigilancia subrepticia que había llevado a cabo hasta el momento solo me
había revelado que era
brillante y decidida, pero nunca me había dado cuenta de la amplitud de
su conocimiento de la
empresa.
Quería felicitarla de alguna forma, pero las palabras se confundieron en
mi cabeza y un extraño
sentimiento defensivo apareció en mi pecho, como si alabarla a ella
rompiera de alguna forma la
estrategia.
—Tu caligrafía ha mejorado.
Ella me sonrió pulsando el botón del extremo del bolígrafo.
—Que te den.
Una erección se me despertó en los pantalones.
—Estás haciéndome perder el tiempo aquí.
—Entonces ¿por qué no vas a saludar a unos cuantos ejecutivos en la sala
de recepciones? Están
desayunando allí. Y tienen esas pequeñas magdalenas de chocolate que
finges que no te gustan.
—Porque no me apetece comer precisamente eso.
Una sonrisita apareció en sus labios. Ella me miró a la cara cuando otra
alumna se me presentó.
—He seguido su carrera desde que puedo recordar —dijo la mujer casi sin
aliento—. Lo oí hablar
aquí el año pasado.
Sonreí y le estreché la mano todo lo brevemente que pude, lo justo para
no parecer maleducado.
—Gracias por saludarme.
Llegamos al final del pasillo y le agarré el codo a Chloe.
—Todavía falta una hora para mi reunión. ¿Eres consciente de lo que me
estás haciendo?
Por fin me miró. Tenía las pupilas tan dilatadas que parecía que tenía
los ojos negros y se
humedeció los labios antes de hacer un mohín decadente.
—Supongo que tendrás que llevarme arriba para demostrármelo.
Chloe todavía estaba buscando unas bragas nuevas cuando yo ya llegaba
cinco minutos tarde a mi
reunión de la una. Era con Ed Gugliotti, un ejecutivo de marketing de
una empresa pequeña de
Minneapolis. Utilizábamos normalmente la empresa de Ed para subcontratar
proyectos pequeños, pero
ahora teníamos un proyecto algo más importante que estábamos pensando en
pasarle a ver qué tal lo
gestionaban. Cuando me subía la cremallera de los pantalones, me acordé
de que Ed siempre llegaba
patológicamente tarde.
Pero esta vez no. Ya me estaba esperando en una de las salas de
reuniones del hotel, con dos de sus
ejecutivos junior sentados a su lado con sonrisas ansiosas.
Odiaba llegar tarde.
—Ed —le dije a la vez que le saludaba con un apretón de manos. Él me
presentó a su equipo, Daniel
y Sam. Ambos me estrecharon la mano, pero cuando llegué a Sam, él tenía
su atención fija detrás de
mí, en la puerta.
Chloe acababa de entrar con el pelo suelto ahora, y se la veía
salvajemente hermosa pero muy
profesional, ocultando milagrosamente el hecho de que acababa de llegar
al orgasmo con un grito,
sobre la mesa de su habitación de hotel.
Gugliotti y sus chicos la observaron en un silencio embelesado mientras
se acercaba, traía una silla,
se sentaba a mi lado y se volvía para sonreírme. Tenía los labios rojos
e hinchados y una leve marca
roja estaba apareciendo en su mandíbula, una marca del roce de la barba.
«Perfecto.»
Carraspeé para que todo el mundo volviera a mirarme.
—Empecemos.
Era una reunión sencilla, algo que había hecho miles de veces. Describí
la cuenta en términos muy
generales y no confidenciales y por supuesto Gugliotti me dijo que creía
que su equipo podría
encontrar algo asombroso. Después de conocer a los hombres que le
asignaría, accedí. Planeamos
hacer otra reunión al día siguiente, cuando les presentaría la cuenta en
su totalidad y se la encargaría
oficialmente. La reunión se había acabado en menos de quince minutos, lo
que me daba tiempo antes
de la de las dos. Miré a Chloe y levanté una ceja en una pregunta
silenciosa.
—Comida —dijo con una risa—. Comamos algo.
El resto de la tarde fue productivo, pero estuve todo el rato con el
piloto automático; si alguien me
hubiera pedido detalles específicos sobre las reuniones, me habría
costado mucho recordarlos. Gracias
a Dios por Chloe y su forma obsesiva de tomar notas. Se me acercaron
muchos colegas, sin duda
estreché como cien manos durante la tarde, pero el único contacto que
recordaba era el suyo.
No dejaba de distraerme con ella y lo que me molestaba era que aquí era
diferente. Era trabajo, pero
era un mundo completamente nuevo, uno en el que podía fingir que
nuestras circunstancias eran las
que nosotros quisiéramos que fueran. La necesidad de estar cerca de ella
era incluso mayor de la que
sentía cuando mantenía las distancias. Volví a mirar al orador estrella
de la noche que estaba en la
tarima e intenté sin éxito una vez más dirigir mis pensamientos a algo
productivo. Estaba sentado
cerca, porque había dado la charla principal allí mismo el año pasado,
pero de todas formas no
conseguía encontrar la forma de conectar con aquella.
Vi por el rabillo del ojo que ella se removía e instintivamente miré al
otro lado de la mesa en donde
estaba. Cuando nuestras miradas se encontraron, todos los demás sonidos
se mezclaron, flotando a mi
alrededor pero sin llegar a entrar en mi conciencia.
Pensé en esa mañana y lo evidente que me había resultado su pánico. Por
el contrario yo me sentía
extrañamente tranquilo, como si todo lo que habíamos hecho nos hubiera
llevado a ese preciso
momento en el que ambos habíamos visto lo fácil que podría ser.
Un teléfono que sonó en algún lugar detrás de mí me sacó de mi trance y
aparté la mirada. Me
acomodé de nuevo en la silla y me quedé asombrado de cuánto había
llegado a inclinarme sobre la
mesa. Miré a mi alrededor y me quedé helado cuando una mirada
desconocida se encontró con la mía.
Aquel extraño no tenía ni idea de quiénes éramos ni de que Chloe
trabajaba para mí; solo nos miró a
los dos y apartó la mirada rápidamente. Pero en ese momento toda la
culpa que había estado
reprimiendo cayó sobre mí. Todo el mundo sabía quién era yo, nadie allí
la conocía a ella, y si alguna
vez se sabía que estábamos liados, el juicio de toda la comunidad la iba
a perseguir durante el resto de
su carrera.
Una rápida mirada a Chloe me dejó claro que ella podía ver el pánico
escrito en mi cara. Me pasé el
resto de la charla mirando hacia delante y sin volver a atreverme a
mirarla.
—¿Estás bien? —me preguntó en el ascensor, rompiendo el espeso silencio
que nos había
acompañado durante catorce pisos.
—Sí, Es que... —Me rasqué la nuca y evité su mirada—. Solo estaba
pensando.
—Voy a salir con unas amigas esta noche.
—Me parece una buena idea.
—Tú tienes una cena con Stevenson y Newberry a las siete. Creo que han
quedado contigo en un
sitio de sushi que te gusta, en el barrio de Gaslamp.
—Lo sé —le dije relajándome porque habíamos entrado en los habituales
detalles de trabajo—.
Repíteme cómo se llama su asistente. Ella siempre viene.
—Andrew.
La miré confuso.
—Suena un poco más masculino de lo que esperaba.
—Tiene un nuevo asistente.
«¿Cómo demonios sabía ella eso?»
Ella sonrió.
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