miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 9


El silencio cayó sobre nosotros durante varios minutos y me pregunté si se habría quedado dormida.
Me moví un poco y me sorprendió oír su voz.
—No te vayas —dijo en dirección a la oscuridad. Agaché la cabeza, le di un beso en la coronilla e
inhalé profundamente su olor familiar.
—No me voy a ninguna parte.
«Joder, qué bien se está así.»
Algo cálido y húmedo me envolvió mi miembro otra vez y yo gemí en voz alta. «El mejor sueño de
mi vida.» La Chloe del sueño gimió y eso envió una vibración a través de mi polla y por todo mi
cuerpo.
—Chloe. —Oí mi propia voz y eso me sobresaltó un poco.
Había soñado con ella cientos de veces, pero esto parecía tan real... La calidez desapareció y fruncí
el ceño. «No te despiertes, Ben. No te despiertes de algo así, joder.»
—Dilo otra vez. —Una voz suave y gutural entró en mi conciencia y me obligó a abrir los ojos.
La habitación estaba a oscuras y yo estaba tumbado en una cama extraña. La calidez volvió y dirigí
la mirada a mi regazo, donde una preciosa cabeza castaña se movía entre mis piernas abiertas. Volvió
a meterse mi miembro en la boca.
De repente todo lo que había pasado aquella noche volvió a mí y la neblina del sueño desapareció
rápidamente.
—¿Chloe?
No podía ser que tuviera tanta suerte como para que eso fuera real.
Debía haberse levantado en algún momento de la noche para apagar la luz del baño; la habitación
estaba tan oscura que apenas podía distinguirla. Bajé las manos para encontrarla y mis dedos siguieron
la línea de sus labios que rodeaban mi miembro.
Ella movía la cabeza arriba y abajo, con la lengua rodeándome y los dientes rozándome levemente
el tronco del pene con cada movimiento. Su mano bajó hasta mis testículos y yo gemí en voz alta
cuando los acarició con cuidado con su palma.
La sensación era tan intensa al darme cuenta de que mis sueños y la realidad se habían unido, que
no sabía cuánto podría durar. Ella se movió un poco y su dedo acarició levemente un lugar justo
debajo y un largo siseo escapó de entre mis dientes apretados. Nunca nadie me había hecho eso. Casi
quería detenerla, pero la sensación era tan increíble que era incapaz de moverme.
Mientras mis ojos se iban ajustando a la oscuridad, le pasé los dedos por el pelo, la cara y la
mandíbula. Ella cerró los ojos y aumentó la fuerza de la succión, acercándome más. La combinación
de su boca sobre mi pene y su dedo presionando contra mí era irreal, pero la quería conmigo, su boca
contra mi boca, besándome los labios mientras me hundía en ella.
Me incorporé para sentarme, la coloqué en mi regazo y rodeé mi cadera con sus piernas. Nuestros
pechos desnudos se apretaron, le cogí la cara entre las manos y la miré a los ojos.
—Este ha sido el mejor despertar que he tenido en mi vida.
Ella se rió un poco y se lamió los labios, lo que los hizo brillar deliciosamente. Bajé la mano y
coloqué mi miembro junto a su entrada y la levanté un poco. En un solo movimiento continuo entré
profundamente dentro de ella. Ella dejó caer la frente contra mi hombro y movió las caderas hacia
delante, introduciéndome más adentro.
Estar con ella en una cama era irreal. Me montaba de una forma pausada, moviéndose muy poco.
Me besó cada centímetro del lado derecho del cuello, chupándomelo y tirando de mi piel. Breves
sonidos marcaban cada círculo de sus caderas.
—Me gusta estar encima —jadeó—. ¿Sientes lo dentro que estás? ¿Lo sientes?
—Sí.
—¿Quieres que vaya más rápido?
Negué con la cabeza, absolutamente perdido.
—No, Dios, no.
Durante un rato permaneció haciendo círculos pequeños lentamente mientras subía y bajaba por mi
cuello mordiéndome. Pero entonces se acercó más y me susurró:
—Me voy a correr, Bennett.
Y en vez de soltar una sarta de maldiciones para describir lo que me hacía oír eso, le mordí el
hombro y le hice un cardenal.
Moviéndose con más fuerza ahora, empezó a hablar. Palabras que apenas podía procesar. Palabras
sobre mi cuerpo dentro de ella, su necesidad por mí. Palabras sobre mi sabor y lo húmeda que estaba.
Palabras sobre querer que me corriera, necesitar que me corriera.
Con cada movimiento de las caderas la presión empezó a aumentar. La agarré más fuerte, con un
miedo breve a dejarle cardenales cada vez que movía las manos y aumenté la velocidad de las
embestidas. Ella gimió y se retorció encima de mí y justo cuando pensé que no podría aguantar más,
ella gritó mi nombre de nuevo y sentí que empezaba a estremecerse a mi alrededor. La gran intensidad
de su orgasmo provocó por fin el mío, y acerqué la cara a su cuello ahogando un fuerte gemido contra
su suave piel.
Ella se dejó caer contra mí y yo nos bajé a ambos hacia la cama. Estábamos sudados, jadeando y
más que agotados y ella tenía una apariencia terriblemente perfecta.
La acerqué hacia mí, su espalda contra mi pecho y la rodeé con mis brazos, entrelazando mis
piernas con las suyas. Ella murmuró algo que no pude distinguir, pero se durmió antes de que pudiera
preguntarle.
Algo había cambiado esa noche y lo último que pensé mientras se me cerraban los ojos fue que ya
habría tiempo más que suficiente para hablar al día siguiente. Pero cuando el sol de la mañana empezó
a colarse por la cortina oscura, me di cuenta con una incómoda sensación de que ese día ya había
llegado.
14
La conciencia apareció en el límite de mi mente abotargada por el sueño, y yo intenté apartarla a la
fuerza. No quería despertarme. Estaba caliente, cómoda y satisfecha.
Vagas imágenes de mi sueño pasaron por delante de mis ojos cerrados mientras me acurrucaba en la
manta más calentita y que mejor olía en la que había dormido. Y la manta se acurrucó a mi alrededor.
Algo cálido se apretó contra mí y abrí poco a poco los ojos para encontrarme con una cabeza de
conocido pelo alborotado a unos centímetros de mi cara. Un centenar de imágenes me recorrieron la
mente en ese preciso segundo cuando la realidad de la noche anterior cayó como un jarro de agua fría
en mi cerebro.
«Madre de Dios.»
Había sido real.
Se me aceleró el corazón cuando levanté la cabeza un poco y me encontré a mi atractivo hombre
enroscado alrededor de mi cuerpo. Tenía la cabeza apoyada en mi pecho, la boca perfecta un poco
abierta soltando bocanadas de aire caliente sobre mis pechos desnudos. Su largo cuerpo caliente contra
el mío, las piernas entrelazadas y sus fuertes brazos apretados alrededor de mi torso.
«Se había quedado.»
La intimidad de nuestra postura me golpeó con una fuerza tal que me dejó sin aliento. No es que se
hubiera quedado, es que se había aferrado a mí.
Me esforcé por recuperar el aire y no entrar en pánico. Era mucho más que consciente de cada
centímetro de nuestra piel en contacto. Sentí el poderoso latido de su corazón contra mi pecho. Tenía
su miembro apretado contra mi muslo, semierecto durante el sueño. Me ardían los dedos por tocarle.
Estaba deseando apretar mis labios contra su pelo. Era demasiado. Él era demasiado.
Algo había cambiado la noche anterior y no estaba segura de estar lista para ello. No sabía lo que
entrañaría ese cambio, pero ahí estaba. En cada movimiento, cada contacto, cada palabra y cada beso
habíamos estado juntos. Nadie me había hecho sentir así, como si mi cuerpo estuviera hecho para
encajar con el suyo.
Había estado con otros hombres, pero con él me sentía como si me arrastrara una marea oculta,
completamente incapaz de cambiar el rumbo. Cerré los ojos, intentando sofocar la sensación de pánico
que estaba creciendo en mi interior. No me arrepentía de lo que había pasado. Había sido intenso —
como siempre— y seguramente el mejor sexo que había tenido en mi vida. Solo necesitaba unos
minutos a solas antes de poder enfrentarme a él.
Le coloqué una mano en la cabeza y la otra en la espalda y conseguí apartarle de mi cuerpo. Él
empezó a revolverse y yo me quedé helada, abrazándole fuerte y deseando en silencio que volviera a
dormir. Él murmuró mi nombre antes de que su respiración se volviera de nuevo regular y yo me
escapé de debajo de su cuerpo.
Le observé dormir durante un momento y el pánico se redujo no supe cómo. Una vez más fui
consciente de lo guapo que era. En calma por el sueño, sus facciones aparecían tranquilas y en paz,
con una expresión muy diferente de la que solía tener cuando estaba cerca de mí. Un grueso rizo le
caía por la frente y sentí la urgente necesidad de apartárselo de la cara. Ahí estaban las pestañas
largas, los pómulos perfectos, unos labios carnosos y la barba que le cubría la mandíbula.
«Dios mío, es que es tan guapo...»
Empecé a caminar hacia el baño, pero vi mi reflejo en el espejo del tocador del dormitorio.
«Vaya. Recién follada.» Sin duda esa era la imagen que ofrecía.
Me acerqué y examiné los leves arañazos rojos que tenía por el cuello, los hombros, los pechos y el
estómago. Tenía una marca pequeña de un mordisco en la parte de debajo de mi pecho izquierdo y un
chupetón en el hombro. Miré hacia abajo y pasé los dedos por las marcas rojas que tenía en el interior
del muslo. Se me endurecieron los pezones al recordar la sensación de su cara sin afeitar frotándose
con mi piel.
Mi pelo era un desastre enredado y despeinado y me mordí el labio al recordar sus manos enredadas
en él. La forma en que me había atraído primero hacia su beso y después sobre su miembro...
«Esto no me está ayudando.»
Una voz todavía pastosa por el sueño me sacó sobresaltada de mis pensamientos.
—¿Recién despierta y ya tirándote de los pelos?
Me volví y vi un destello de su cuerpo desnudo mientras se giraba bajo las sábanas y se sentaba.
Dejó que le cayeran hasta las caderas, dejando su torso al descubierto. No creía que nunca pudiera
cansarme de mirar —y sentir— ese pecho ancho y musculoso, los abdominales como una tabla de
lavar y esa hilera de vello que llevaba hasta el miembro más glorioso que había visto en mi vida.
Cuando mis ojos, al fin, llegaron a su cara fruncí el ceño al ver su sonrisa torcida.
—Te he pillado mirándote —murmuró pasándose una mano por la mandíbula.
No sabía si sonreír o si poner los ojos en blanco. Verlo desaliñado y vulnerable en ese estado a
medio despertar me desorientaba. La noche anterior no nos molestamos en cerrar las pesadas cortinas
y ahora el sol entraba a raudales, cegadoramente brillante al reflejarse sobre la maraña de sábanas
blancas. Se le veía tan diferente... Seguía siendo el capullo de mi jefe, pero ahora también era algo
más: un hombre, en mi cama, que parecía estar listo para el asalto número... ¿Cuatro? ¿Cinco? Había
perdido la cuenta.
Mientras sus ojos recorrían cada centímetro de mi ser, recordé que yo también estaba
completamente desnuda. En ese momento su expresión era tan intensa como su contacto. Si seguía
mirándome de ese modo ¿ardería mi piel en llamas? ¿Sentiría su tacto como si sus manos me
estuvieran tocando?
Intenté centrarme en algo que camuflara el hecho de que estaba catalogando mentalmente cada
centímetro de su piel y me agaché para recuperar del suelo su camiseta interior blanca. Había pasado
toda la noche delante del aparato de aire acondicionado y estaba un poco fría, pero por suerte estaba
casi seca. Cuando introduje mi cabeza en el suave algodón, inhalé el olor a salvia de su piel y al
emerger me encontré con su mirada oscura.
Sacó un poco la lengua para humedecerse los labios.
—Ven aquí —dijo en voz baja.
Me acerqué a la cama, con la intención de sentarme a su lado, pero él tiró de mí para que quedara a
horcajadas sobre sus muslos y dijo:
—Dime en qué estás pensando.
¿Quería que condensara un millón de pensamientos en una sola frase? Ese hombre estaba loco.
Así que abrí la boca y solté lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Has dicho que no has estado con nadie desde que nosotros estuvimos... juntos por primera vez. —
Estaba mirando fijamente su clavícula para no tener que mirarle a los ojos—. ¿Es cierto?
Por fin levanté la vista.
Él asintió y metió los dedos por debajo de la camiseta, acariciándome lentamente desde la cadera
hasta la cintura.
—¿Por qué? —le pregunté.
Él cerró los ojos y negó con la cabeza una vez.
—No he deseado a nadie más.
No sabía muy bien cómo interpretar eso. ¿Quería decir que no había conocido a nadie que deseara
pero que estaba abierto a ello?
—¿Normalmente eres monógamo cuando te estás acostando con alguien?
Él se encogió de hombros.
—Si eso es lo que se espera de mí.
Bennett me besó el hombro, la clavícula y subió por mi cuello. Estiré el brazo hasta la mesita que
había detrás de él, cogí la botella de agua de cortesía y le di un sorbo antes de pasársela a él. Él se la
terminó en unos cuantos tragos.
—¿Tenías sed?
—Sí. Y ahora tengo hambre.
—No me sorprende, porque no hemos comido desde hace... —Me detuve cuando le vi mover ambas
cejas y sonreír.
Puse los ojos en blanco, pero se me cerraron cuando él se acercó y me besó dulcemente en los
labios.
—¿Y la monogamia es lo que se espera de ti aquí? —le pregunté.
—Después de lo que pasó anoche, creo que tendrías que decírmelo tú.
No sabía cómo responder a eso. Ni siquiera estaba segura de que pudiera estar con él así, mucho
menos pensar en la monogamia. La sola idea de cómo iba a funcionar todo aquello hacía que la cabeza
me diera vueltas. ¿Íbamos a ser... amigos? ¿Diríamos «buenos días» y lo diríamos de verdad? ¿Se iba
a sentir bien criticando mi trabajo?
Extendió los dedos sobre la parte baja de mi espalda apretándome contra él y eso me apartó de mis
pensamientos.
—No te quites esa camiseta nunca —susurró.
—Vale. —Me eché hacia atrás para darle un mejor acceso a mi cuello—. Voy a llevar esto y nada
más a la sesión de presentación de esta mañana.
Su risa sonó grave y juguetona.
—Ni hablar de eso.
—¿Qué hora es? —pregunté intentando ver el reloj que había detrás de él.
—Me importa una mierda. —Las puntas de sus dedos encontraron mi pecho y empezaron a
deslizarse de un lado a otro por la suave piel de debajo.
En el proceso de intentar apartarme un poco de él, dejé al aire su piel justo por encima de la cadera.
«Pero ¿qué demonios era eso?»
¿Era un tatuaje?
—¿Qué es...? —No fui capaz de encontrar las palabras. Apartándole un poco, levanté la vista para
mirarlo a los ojos antes de volver a mirar la marca. Justo debajo del hueso de la cadera tenía una línea
de tinta negra con unas palabras escritas en lo que supuse que sería francés. ¿Cómo se me había
podido pasar por alto eso? Recordé brevemente todas las veces que habíamos estado juntos. Siempre
había sido todo muy precipitado o a oscuras o en un estado de semidesnudez.
—Es un tatuaje —dijo divertido apartándose un poco y acariciándome el ombligo.
—Ya sé que es un tatuaje, pero... ¿Qué dice?
«El señor Seriedad en los Negocios tiene un puto tatuaje.» Otro trozo del hombre que conocía que
caía y se hacía pedazos.
—Dice: «Je ne regrette rien».
Mis ojos se encontraron con los suyos y la sangre se me calentó al oír su voz que se disolvía en su
perfecto acento francés.
—¿Qué es lo que has dicho?
Él volvió a sonreír.
—Je ne regrette rien.
Repitió cada palabra lentamente, poniendo énfasis en cada sílaba. Era lo más sexy que había oído en
mi vida. Entre eso, el tatuaje y el hecho de que estaba completamente desnudo debajo de mí, estaba a
punto de entrar en combustión espontánea.
—¿Eso no es una canción?
Él asintió.
—Sí, es una canción. —Y riendo por lo bajo prosiguió—. Puede que creas que me arrepiento de esa
noche de borrachera en París, a miles de kilómetros de casa, sin un solo amigo en la ciudad, en la que
decidí hacerme un tatuaje. Pero no, ni siquiera me arrepiento de eso.
—Dilo otra vez —le susurré.
Se acercó, moviendo las caderas contra las mías, el aliento cálido junto a mi oído y susurró de
nuevo.
—Je ne regrette rien. ¿Lo entiendes?
Asentí.
—Di algo más. —Mi pecho subía y bajaba con cada respiración trabajosa y mis pezones sensibles
rozaban contra el algodón de su camiseta.
Se inclinó un poco, me besó la oreja y dijo:
—Je suis à toi. —Su voz sonaba ahogada y grave mientras me agarraba para acercarme y yo nos
saqué a ambos de la incomodidad hundiéndole en mí con un gemido. Me encantaba la profundidad que
alcanzaba en esa postura. Él susurró una sola sílaba desconocida para mí una y otra vez mientras me
miraba. En vez de agarrarme las caderas, sus manos agarraban con fuerza ambos lados de la camiseta.
Era tan fácil, tan natural entre nosotros, pero de alguna forma se añadió al espacio de incomodidad
que parecía no poder quitarme de encima. En vez de fijarme en eso, me centré en sus suaves gemidos
dentro de mi boca, en la forma en que nos sentó a ambos repentinamente y se puso a chuparme los
pechos por encima de la camiseta, dejando al descubierto la piel rosa de debajo. Me perdí en sus dedos
necesitados en mis caderas y mis muslos, su frente apretada contra mi clavícula cuando se acercó aún
más. Me perdí en la sensación de sus muslos debajo de mí y sus caderas moviéndose más rápido y más
fuerte para venir al encuentro de todos mis movimientos.
Apartándome un poco, me puso la mano en el pecho y detuvo las caderas.
—El corazón me va a mil por hora. Dime lo bien que sienta esto.
Me relajé instintivamente cuando vi su sonrisa arrogante. ¿Es que creía que necesitaba algo para
recordar quién habíamos sido menos de un día antes de aquello?
—Ya estás otra vez con eso de hablar. Para.
Ensanchó su sonrisa.
—Te encanta que te hable. Y te gusta todavía más cuando coincide con el momento en que estoy
dentro de ti.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y qué es lo que me ha delatado? ¿Los orgasmos? ¿O la forma en que te lo pido? Eres un gran
detective...
Él me guiñó un ojo, me subió un pie hasta su hombro y me besó la parte interna del tobillo.
—¿Siempre has sido así? —le pregunté tirando inútilmente de su cadera. Odiaba admitirlo, pero
quería que se moviera. Cuando estaba quieto me provocada, me rozaba, pero lo sentía incompleto.
Cuando se movía yo solo quería más tiempo para quedarme quieta—. Me dan pena las mujeres cuyos
egos desechados me han pavimentado el camino.
Bennett negó con la cabeza, inclinándose hacia mí e irguiéndose apoyado sobre las manos. Gracias
a Dios empezó a moverse, con la cadera empujando hacia delante y levantándose, proyectándose muy
profundamente en mi interior. Se me cerraron los ojos. Estaba tocándome el punto exacto una, otra y
otra vez.
—Mírame —me susurró.
Abrí los ojos y vi el sudor en la frente y los labios abiertos mientras me miraba la boca. Los
músculos de los hombros se destacaban cada vez que se movía y su torso brillaba con una fina capa de
sudor. Lo observé mientras entraba y salía de mí. No estoy segura de lo que dije cuando casi salió del
todo y después entro con más fuerza, pero lo dije en voz baja; era algo sucio y lo olvidé
instantáneamente cuando me embistió de nuevo.
—Tú me haces sentir arrogante. Es la forma en que reaccionas ante mí lo que me hace sentir como
un puto dios. ¿Cómo puedes no darte cuenta de eso?
No respondí pero él claramente no esperaba que lo hiciera porque su mirada y los dedos de una de
sus manos bajaban por mi cuello y por mis pechos. Encontró un lugar particularmente sensible y yo
solté una exclamación ahogada.
—Parece que alguien te ha mordido aquí —dijo pasando el pulgar por la marca de sus dientes—.
¿Te ha gustado?
Tragué y empujé contra él.
—Sí.
—Chica pervertida.
Le pasé las manos por los hombros y por el pecho, después los abdominales y los músculos de las
caderas y rocé una y otra vez con el pulgar su tatuaje.
—También me gusta esto.
Sus movimientos se hicieron irregulares y forzados.
—Oh, joder, Chloe... No puedo... No puedo aguantar más. —Oír su voz tan desesperada y fuera de
control solo intensificó mi necesidad de él.
Cerré los ojos y me centré en la deliciosa sensación que empezaba a extenderse por mi cuerpo.
Estaba tan cerca, justo al borde. Metí la mano entre los dos y mis dedos encontraron el clítoris y
empecé a frotármelo lentamente.
Él inclinó la cabeza, miró mi mano y exclamó:
—Oh, joder. —Su voz sonaba desesperada y su respiración ya no era más que una sucesión de
jadeos profundos—. Tócate así, justo así. Deja que te vea. —Sus palabras eran todo lo que necesitaba
y con un último contacto de los dedos, sentí que el orgasmo me embargaba.
El orgasmo fue intenso. Me apreté contra él y las uñas de mi mano libre se clavaron en su espalda.
Él gritó y su cuerpo se estremeció cuando se corrió en mi interior. Todo mi cuerpo se sacudió con las
consecuencias del orgasmo y me recorrieron unos leves temblores cuando fue desapareciendo. Me
aferré a él, que se quedó quieto y su cuerpo se hundió contra el mío. Me besó el hombro y el cuello
antes de darme un beso en los labios. Nuestros ojos se encontraron brevemente y después se apartó de
mí.
—Dios, mujer —dijo con un profundo suspiro y forzando una risa—. Me vas a matar.
Ambos rodamos para ponernos de costado al unísono, con las cabezas en nuestras almohadas.
Cuando nuestras miradas se encontraron yo no fui capaz de apartarla. Ya había perdido cualquier
esperanza que hubiera tenido de que la vez siguiente fuera menos intensa o de que nuestra conexión se
fuera de alguna forma fundiendo si conseguíamos sacar todo aquello de nuestros sistemas. Esa noche
de «tregua» no iba a atenuar nada. Yo ya quería acercarme, besarle la mandíbula sin afeitar y volver a
tirar de él hacia mí. Mientras le miraba me quedó claro que cuando esto acabara iba a doler una
barbaridad.
El miedo atenazó mi corazón y el pánico de la noche anterior volvió, trayendo consigo un silencio
incómodo. Me senté y me tapé con las sábanas hasta la barbilla.
—Oh, mierda.
Su mano salió y me agarró por el brazo.
—Chloe, no puedo...
—Probablemente deberíamos ir preparándonos —le interrumpí antes de que acabara esa frase.
Podía ser el principio de mil formas de romperme el corazón—. Tenemos que asistir a una
presentación dentro de veinte minutos.
Él pareció confuso durante un momento antes de hablar.
—La ropa que tengo aquí no está seca. Y ni siquiera sé dónde está mi habitación.
Intenté no ruborizarme al recordar lo rápido que había pasado todo la noche anterior.
—Vale. Me llevaré tu llave y te traeré algo.
Me duché rápido y me envolví en una gruesa toalla deseando haber tenido el buen juicio de traer
uno de los albornoces del hotel al baño conmigo. Inspiré hondo, abrí la puerta y salí.
Él estaba sentado en la cama y levantó la vista para mirarme cuando entré en la habitación.
—Es que necesito... —Empecé a decir señalando mi maleta. Él asintió pero no hizo ademán de
hablar. Nunca había tenido vergüenza de mi cuerpo. Pero estar allí de pie, sin nada más que una toalla,
sabiendo que él me estaba mirando, me hizo sentir inusualmente tímida.
Cogí unas cuantas cosas y eché a correr al pasar a su lado, sin pararme hasta que estuve de nuevo en
la seguridad del baño. Me vestí más rápido de lo que creía posible y decidí que me iba a recoger el
pelo y ya terminaría con el resto después. Cogí las tarjetas-llave de la encimera y volví al dormitorio.
Él no se había movido. Sentado en el borde de la cama con los codos apoyados en los muslos,
parecía perdido en sus pensamientos. ¿En qué estaría pensando? Toda la mañana yo había sido un
manojo de nervios, con mis emociones pasando de un extremo a otro sin parar, pero él parecía tan
tranquilo. Tan seguro. Pero ¿de qué estaba seguro? ¿Qué había decidido?
—¿Quieres que te traiga algo en concreto?
Cuando levantó la mirada, pareció algo sorprendido, como si no lo hubiera pensado.
—Eh... Solo tengo unas pocas reuniones esta tarde, ¿no? —Yo asentí—. Cualquier cosa que me
traigas estará bien.
Solo necesité un segundo para localizar su habitación; era justo la siguiente puerta. Genial. Ahora
podría imaginármelo en una cama justo a otro lado de la pared donde estaba la mía. Sus maletas
estaban allí y yo hice una breve pausa al darme cuenta de que iba a tener que rebuscar entre sus cosas.
Levanté la maleta más grande y la coloqué sobre la cama para abrirla. Su olor me provocó una
fuerte oleada de deseo. Empecé a buscar entre la ropa muy bien colocada.
Todo en él era tan ordenado y organizado que me hizo preguntarme cómo sería su casa. No lo había
pensado mucho, pero de repente me pregunté si algún día la vería, si llegaría a ver su cama.
Me di cuenta de que quería. ¿Querría él que fuera allí?
Me di cuenta de que me estaba entreteniendo y seguí buscando entre su ropa hasta que por fin
localicé un traje de color carbón de Helmut Lang, una camisa blanca, una corbata negra de seda,
bóxer, calcetines y zapatos.
Volví a colocar todo donde estaba, cogí la ropa y me dirigí a mi habitación. Cuando salí del pasillo,
no pude reprimir una risa nerviosa ante lo absurdo de la situación. Por suerte, logré recomponerme
cuando llegué a mi puerta. Di dos pasos en el interior antes de quedarme helada.
Estaba de pie delante de la ventana abierta, rodeado de la luz del sol. Cada una de las atractivas
líneas de su cuerpo cincelado se veía acentuada con todos sus perfectos detalles por las sombras que se
proyectaban en su cuerpo. Tenía una toalla colgada en un lugar indecentemente bajo de la cadera y
allí, asomando justo por encima de la toalla, estaba el tatuaje.
—¿Has visto algo que te gusta?
Volví, a regañadientes, a mirarle a la cara.
—Yo...
Mi mirada bajó a su cadera como atraída por un imán.
—Te he preguntado si has visto algo que te gusta. —Cruzó la habitación y se detuvo justo delante
de mí.
—Te he oído —dije mirándolo fijamente—. Y no, solo estaba perdida en mis pensamientos.
—¿Y en qué estabas pensando exactamente? —Él estiró la mano y me colocó un mechón de pelo
húmedo tras la oreja. Ese simple contacto hizo que me diera un vuelco el estómago.
—Que tenemos una agenda que cumplir.
Él dio un paso para acercarse.
—¿Y por qué no te creo?
—¿Porque te lo tienes demasiado creído? —le sugerí mirándolo a los ojos.
Él enarcó una ceja y me miró durante un momento antes de cogerme la ropa de las manos y
colocarla sobre la cama. Antes de que pudiera moverme, él se quitó la toalla de la cadera y la tiró a un
lado. «Santa madre de Dios.» Si había un espécimen de hombre más atractivo sobre la tierra, yo
pagaría un buen dinero por verlo.
Cogió sus calzoncillos y empezó a ponérselos antes de detenerse para mirarme.
—¿No acabas de decir que tenemos un agenda que cumplir? —me preguntó mirándome divertido
—. A menos claro, que hayas visto algo que te gusta.
«Hijo de...»
Entorné los ojos y me giré rápidamente para volver al baño a acabar de arreglarme. Mientras me
secaba el pelo no pude superar la incómoda sensación de que me estaba intentando decir algo más
importante que: «Mírame el cuerpo desnudo un rato más».
Antes incluso de poder desentrañar mis propias emociones, ya estaba intentando adivinar las suyas.
¿Me preocupaba que quisiera irse o quedarse?
Cuando acabé, él ya estaba vestido y esperando, mirando por la enorme ventana. Se volvió, caminó
hacia mí y me puso las cálidas manos en la cara, mirándome con intensidad.
—Necesito que me escuches.
Tragué saliva.
—Vale.
—No quiero salir por esa puerta y perder lo que hemos encontrado en esta habitación.
Sus palabras me estremecieron. No se estaba declarando, no me estaba prometiendo nada, pero
había dicho exactamente lo que necesitaba oír. Quizá ninguno de los dos supiera qué estaba pasando,
pero no lo íbamos a dejar inacabado.
Exhalé temblorosa y le puse las manos en el pecho.
—Ni yo, pero tampoco quiero que tú carrera se trague la mía.
—Yo tampoco quiero eso.
Asentí pese a que esas palabras enmarañaban aún más mis sentimientos. Fui incapaz de encontrar
algo que añadir.
—Está bien —dijo mirándome de arriba abajo—. Vámonos entonces.
15
El tema del congreso ese año era «La siguiente generación de estrategias de marketing» y, como
forma de introducir a la nueva generación, los organizadores habían programado una sesión de
presentación para todos los alumnos del máster de Chloe. La mayoría de los alumnos de su programa
de estudios estaban allí, de pie, muy erguidos y nerviosos al lado de sus paneles explicativos. De
hecho, hacer una presentación en ese congreso era un requisito imprescindible de las prácticas del
máster de Chloe, pero ella había pedido que hicieran una excepción en su caso dado el tamaño y la
naturaleza confidencial de la cuenta Papadakis, su proyecto principal. Ningún otro alumno estaba
gestionando una cuenta de un millón de dólares.
La junta de la beca se había mostrado encantada de hacer la excepción e incluso estuvieron a punto
de babear ante la expectativa de poder poner la historia de éxito de Chloe en el folleto del programa
una vez que se completara su diseño, se firmara y se divulgara públicamente.
Pero aunque ella no tenía que hacer una presentación, insistió en recorrer todos los pasillos y
examinar todos los paneles. Teniendo en cuenta que aparentemente yo no podía apartarme más de un
metro de ella y que no tenía ninguna reunión hasta las diez, la seguí todo el tiempo, contando los
paneles (576) y mirándole el trasero (respingón, divertido para darle unos azotes y ahora mismo
envuelto en lana negra).
Ella había mencionado en el ascensor que su mejor amiga, Julia, le había proporcionado la mayoría
de ese armario que yo amaba y odiaba a la vez. La selección de esa mañana, una falda lápiz ajustada y
una blusa de color azul oscuro, ahora también estaba en mi lista. Intenté convencer a Chloe un par de
veces de que teníamos que volver a la habitación a buscar algo, pero ella solo enarcó una ceja y me
preguntó:
—¿A buscar algo o en busca de «algo»?
La ignoré, pero ahora deseaba haber admitido que necesitaba otro asalto antes de empezar con el
congreso. Me pregunté si habría accedido.
—¿Habrías vuelto a la habitación conmigo? —le pregunté al oído mientras ella leía atentamente el
panel de un alumno sobre una idea para el proceso de renovación de marca de una pequeña compañía
de teléfonos móviles. Los gráficos estaban pegados con celo al panel, por Dios.
—Chis.
—Chloe, no vas a aprender nada de esta presentación. Vamos a tomarnos un café y tal vez también
hacerme una mamada en el baño.
—Tu padre me dijo una vez que era imposible predecir de dónde iban a venir las mejores ideas y
que leyera todo lo que encontrara. Además, son mis compañeros del máster.
Esperé, jugueteando con un gemelo, pero ella aparentemente no iba a hablar de la última parte de lo
que yo había dicho.
—Mi padre no tiene ni idea de lo que habla.
Ella se rió muy apropiadamente. Papá había estado en lo más alto de todas las listas de los
veinticinco mejores consejeros delegados prácticamente desde que nació.
—No tienes que chupármela. Puedo follarte contra la pared —le susurré carraspeando y mirando
alrededor para asegurarme de que nadie estaba lo bastante cerca para oírme—. O podría tumbarte en el
suelo, abrirte de piernas y hacer que te corras con la lengua.
Ella se estremeció, le sonrió al alumno que había cerca de la siguiente presentación y se acercó para
leerla. El hombre extendió la mano hacia mí.
—Discúlpeme, ¿es usted Bennett Ryan?
Asentí, distraído, mientras le estrechaba la mano y vi que Chloe se alejaba un poco.
El pasillo estaba prácticamente desierto excepto por los alumnos que había cerca de los paneles. E
incluso ellos habían empezado acercarse a zonas más interesantes, donde las empresas más grandes —
patrocinadoras del congreso principalmente— habían montado expositores brillantes y llenos de
marcas comerciales con la intención de animar un poco la sesión inaugural del congreso dedicada a
los alumnos. Chloe se inclinó y escribió algo en su cuaderno: «¿Renovación de marca para Jenkins
Financial?».
Le miré la mano y después la cara, concentrada con una expresión pensativa. La cuenta de Jenkins
Financial no era una de las suyas. Ni siquiera era una que llevara yo. Era una cuenta pequeña,
ocasionalmente gestionada por algún ejecutivo junior algo lerdo. ¿De verdad sabía cuánto costaba
gestionar una enorme campaña de marketing como la que teníamos?
Antes de que pudiera preguntarle, ella se volvió y pasó a la siguiente presentación y yo me quedé
embelesado viendo a Chloe trabajar. Nunca me había permitido observarla tan abiertamente; la
vigilancia subrepticia que había llevado a cabo hasta el momento solo me había revelado que era
brillante y decidida, pero nunca me había dado cuenta de la amplitud de su conocimiento de la
empresa.
Quería felicitarla de alguna forma, pero las palabras se confundieron en mi cabeza y un extraño
sentimiento defensivo apareció en mi pecho, como si alabarla a ella rompiera de alguna forma la
estrategia.
—Tu caligrafía ha mejorado.
Ella me sonrió pulsando el botón del extremo del bolígrafo.
—Que te den.
Una erección se me despertó en los pantalones.
—Estás haciéndome perder el tiempo aquí.
—Entonces ¿por qué no vas a saludar a unos cuantos ejecutivos en la sala de recepciones? Están
desayunando allí. Y tienen esas pequeñas magdalenas de chocolate que finges que no te gustan.
—Porque no me apetece comer precisamente eso.
Una sonrisita apareció en sus labios. Ella me miró a la cara cuando otra alumna se me presentó.
—He seguido su carrera desde que puedo recordar —dijo la mujer casi sin aliento—. Lo oí hablar
aquí el año pasado.
Sonreí y le estreché la mano todo lo brevemente que pude, lo justo para no parecer maleducado.
—Gracias por saludarme.
Llegamos al final del pasillo y le agarré el codo a Chloe.
—Todavía falta una hora para mi reunión. ¿Eres consciente de lo que me estás haciendo?
Por fin me miró. Tenía las pupilas tan dilatadas que parecía que tenía los ojos negros y se
humedeció los labios antes de hacer un mohín decadente.
—Supongo que tendrás que llevarme arriba para demostrármelo.
Chloe todavía estaba buscando unas bragas nuevas cuando yo ya llegaba cinco minutos tarde a mi
reunión de la una. Era con Ed Gugliotti, un ejecutivo de marketing de una empresa pequeña de
Minneapolis. Utilizábamos normalmente la empresa de Ed para subcontratar proyectos pequeños, pero
ahora teníamos un proyecto algo más importante que estábamos pensando en pasarle a ver qué tal lo
gestionaban. Cuando me subía la cremallera de los pantalones, me acordé de que Ed siempre llegaba
patológicamente tarde.
Pero esta vez no. Ya me estaba esperando en una de las salas de reuniones del hotel, con dos de sus
ejecutivos junior sentados a su lado con sonrisas ansiosas.
Odiaba llegar tarde.
—Ed —le dije a la vez que le saludaba con un apretón de manos. Él me presentó a su equipo, Daniel
y Sam. Ambos me estrecharon la mano, pero cuando llegué a Sam, él tenía su atención fija detrás de
mí, en la puerta.
Chloe acababa de entrar con el pelo suelto ahora, y se la veía salvajemente hermosa pero muy
profesional, ocultando milagrosamente el hecho de que acababa de llegar al orgasmo con un grito,
sobre la mesa de su habitación de hotel.
Gugliotti y sus chicos la observaron en un silencio embelesado mientras se acercaba, traía una silla,
se sentaba a mi lado y se volvía para sonreírme. Tenía los labios rojos e hinchados y una leve marca
roja estaba apareciendo en su mandíbula, una marca del roce de la barba.
«Perfecto.»
Carraspeé para que todo el mundo volviera a mirarme.
—Empecemos.
Era una reunión sencilla, algo que había hecho miles de veces. Describí la cuenta en términos muy
generales y no confidenciales y por supuesto Gugliotti me dijo que creía que su equipo podría
encontrar algo asombroso. Después de conocer a los hombres que le asignaría, accedí. Planeamos
hacer otra reunión al día siguiente, cuando les presentaría la cuenta en su totalidad y se la encargaría
oficialmente. La reunión se había acabado en menos de quince minutos, lo que me daba tiempo antes
de la de las dos. Miré a Chloe y levanté una ceja en una pregunta silenciosa.
—Comida —dijo con una risa—. Comamos algo.
El resto de la tarde fue productivo, pero estuve todo el rato con el piloto automático; si alguien me
hubiera pedido detalles específicos sobre las reuniones, me habría costado mucho recordarlos. Gracias
a Dios por Chloe y su forma obsesiva de tomar notas. Se me acercaron muchos colegas, sin duda
estreché como cien manos durante la tarde, pero el único contacto que recordaba era el suyo.
No dejaba de distraerme con ella y lo que me molestaba era que aquí era diferente. Era trabajo, pero
era un mundo completamente nuevo, uno en el que podía fingir que nuestras circunstancias eran las
que nosotros quisiéramos que fueran. La necesidad de estar cerca de ella era incluso mayor de la que
sentía cuando mantenía las distancias. Volví a mirar al orador estrella de la noche que estaba en la
tarima e intenté sin éxito una vez más dirigir mis pensamientos a algo productivo. Estaba sentado
cerca, porque había dado la charla principal allí mismo el año pasado, pero de todas formas no
conseguía encontrar la forma de conectar con aquella.
Vi por el rabillo del ojo que ella se removía e instintivamente miré al otro lado de la mesa en donde
estaba. Cuando nuestras miradas se encontraron, todos los demás sonidos se mezclaron, flotando a mi
alrededor pero sin llegar a entrar en mi conciencia.
Pensé en esa mañana y lo evidente que me había resultado su pánico. Por el contrario yo me sentía
extrañamente tranquilo, como si todo lo que habíamos hecho nos hubiera llevado a ese preciso
momento en el que ambos habíamos visto lo fácil que podría ser.
Un teléfono que sonó en algún lugar detrás de mí me sacó de mi trance y aparté la mirada. Me
acomodé de nuevo en la silla y me quedé asombrado de cuánto había llegado a inclinarme sobre la
mesa. Miré a mi alrededor y me quedé helado cuando una mirada desconocida se encontró con la mía.
Aquel extraño no tenía ni idea de quiénes éramos ni de que Chloe trabajaba para mí; solo nos miró a
los dos y apartó la mirada rápidamente. Pero en ese momento toda la culpa que había estado
reprimiendo cayó sobre mí. Todo el mundo sabía quién era yo, nadie allí la conocía a ella, y si alguna
vez se sabía que estábamos liados, el juicio de toda la comunidad la iba a perseguir durante el resto de
su carrera.
Una rápida mirada a Chloe me dejó claro que ella podía ver el pánico escrito en mi cara. Me pasé el
resto de la charla mirando hacia delante y sin volver a atreverme a mirarla.
—¿Estás bien? —me preguntó en el ascensor, rompiendo el espeso silencio que nos había
acompañado durante catorce pisos.
—Sí, Es que... —Me rasqué la nuca y evité su mirada—. Solo estaba pensando.
—Voy a salir con unas amigas esta noche.
—Me parece una buena idea.
—Tú tienes una cena con Stevenson y Newberry a las siete. Creo que han quedado contigo en un
sitio de sushi que te gusta, en el barrio de Gaslamp.
—Lo sé —le dije relajándome porque habíamos entrado en los habituales detalles de trabajo—.
Repíteme cómo se llama su asistente. Ella siempre viene.
—Andrew.
La miré confuso.
—Suena un poco más masculino de lo que esperaba.
—Tiene un nuevo asistente.
«¿Cómo demonios sabía ella eso?»

Ella sonrió.

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