—Estaba sentado a mi lado en la charla y me preguntó si iba a asistir a
la cena de esta noche.
Me pregunté si ese sería el par de ojos desconocidos que me habían
pillado mirando a Chloe y se
habían preguntado por la forma en que yo la miraba. Tartamudeé un poco
antes de que ella me
interrumpiera.
—Le he dicho que tenía otros planes.
La incomodidad volvió. Quería que estuviera conmigo esa noche, y ella
pronto ya no estaría de
prácticas conmigo. ¿Podría ser su amante entonces? ¿Podría ser todavía
su jefe ahora?
—¿Querías venir?
Ella negó con la cabeza mirando hacia las puertas cuando llegamos al
piso treinta.
—Creo que debería dedicarme a mis propios asuntos.
El breve viaje de vuelta desde el restaurante fue silencioso y
solitario, con la única compañía de mis
pensamientos confusos. Crucé el gran vestíbulo del hotel hasta el
ascensor y fui como un robot hasta
la habitación de Chloe antes de recordar que no me iba a quedar con
ella. No recordaba cuál era la mía
e intenté tres habitaciones de la planta antes de rendirme y preguntar
en recepción. Cuando volví me
di cuenta de que mi habitación estaba justo al lado de la suya.
Era una imagen gemela de su habitación, pero completamente diferente de
formas que no eran
evidentes. Esa ducha no había dejado correr nuestros fingimientos la
noche anterior; no habíamos
dormido juntos, acurrucados el uno contra el otro, en esta cama. Esas
paredes no estaban llenas de los
sonidos de los orgasmos que había tenido debajo de mi cuerpo. Esa mesa
no se había roto por un polvo
rápido a última hora de la mañana.
Miré el teléfono y vi que tenía dos llamadas perdidas de mi hermano.
«Genial.» Normalmente ya
habría hablado con mi padre y mi hermano varias veces, para hablarles de
las reuniones y los
potenciales clientes que había conocido. Pero hasta ahora no había
hablado con ninguno de los dos ni
una vez. Tenía miedo de que pudieran ver a través de mí y saber que no
tenía la cabeza puesta
totalmente en esto esta semana.
Eran más de las once y me pregunté si estaría todavía con sus amigas o
ya habría vuelto. Tal vez
estaba tumbada en la cama, despierta, obsesionándose por las mismas
cosas que yo. Sin pensar, cogí el
teléfono y marqué el número de su habitación. Sonó cuatro veces antes de
que un contestador
automático respondiera. Colgué y la llamé al móvil.
Respondió al primer tono.
—¿Señor Ryan?
Hice una mueca. Estaba con los otros alumnos; no me iba a llamar Bennett
en esa situación.
—Hola. Yo... solo quería asegurarme de que tenías algún medio de
transporte para volver a hotel.
Su risa me llegó a través de la línea, amortiguada por el sonido de las
voces y el latido de la música
muy alta a su alrededor.
—Hay como unos setenta taxis esperando fuera. Cogeré uno cuando acabemos
aquí.
—¿Y cuándo será eso?
—Cuando Melissa se acabe esta copa y probablemente nos tomemos otra más.
Y cuando Kim
decida que ya está harta de bailar con todos los tíos guarros y
mujeriegos que hay aquí. Supongo que
volveré en algún momento entre ahora y mañana por la mañana antes de las
ocho.
—¿Pretendes ser graciosa? —le pregunté mientras sentía que una sonrisa
aparecía en mi cara.
—Sí.
—Bien —dije exhalando con fuerza—. Mándame un mensaje cuando llegues
sana y salva.
Permaneció en silencio un momento y después dijo:
—Lo haré.
Colgué, dejé caer el teléfono a mi lado en la cama y me quedé mirando al
suelo durante una hora
probablemente. Ni siquiera sabía qué hacer conmigo mismo.
Finalmente me levanté y volví abajo.
Todavía estaba en el vestíbulo cuando ella volvió a las dos de la
mañana, con las mejillas enrojecidas
y la sonrisa en la cara mientras metía el teléfono en su bolso. Mi móvil
sonó y lo miré.
Ya he vuelto sana y salva.
La vi pasar delante del mostrador de recepción y dirigirse directamente
hacia donde yo estaba,
sentado cerca de los ascensores. Se paró cuando me vio, con los ojos
vidriosos y el traje arrugado.
Estoy seguro de que mi pelo era un completo desastre porque había estado
muy preocupado. De
repente no tenía ni idea de qué hacía allí esperándola como un marido
ansioso. Solo sabía que yo no
podía ser el que decidiera que no funcionaría, porque, en el fondo,
quería hacer que funcionara.
—¿Bennett? —dijo mirando a su amiga, que se despidió con la mano y se
dirigió al ascensor. No
me importaba una mierda lo que estuviera pensando su amiga, pero pude
sentir su mirada fija en
nosotros hasta que llegó el ascensor.
Chloe llevaba un diminuto vestido negro y tacones, y yo quise hacer una
petición para que ese
atuendo se convirtiera en su uniforme hasta que acabara su período de
prácticas. Unas tiras muy finas
se cruzaban desde sus dedos con las uñas pintadas de rosa hasta sus
espinillas. Quería quitarle ese
vestido de su cuerpo y follármela allí mismo en el sofá, agarrándome a
esos tacones para guardar el
equilibrio.
—Hola —murmuré hipnotizado por la gran cantidad de pierna desnuda que
tenía delante de mí.
Ella se acercó y se paró solo a unos centímetros de mí.
—¿Qué haces aquí abajo?
—Esperar.
Me esforcé por ocultar cuánto me afectaba ella, cómo mis pensamientos actuales
apenas podían
separarse de la fantasía de tener mis manos entre su pelo, de la forma
en que podía cubrirle los
pequeños pezones rosas totalmente con mi pulgar o de cómo su clítoris
era la parte más suave de
cualquier cuerpo que hubiera tocado nunca. Quería saborearla de los
dedos de los pies a los lóbulos de
las orejas, contándole en el proceso todos los pensamientos que me
surgieran.
—¿Estás borracho?
Negué con la cabeza. «No de la forma que tú crees.»
—Alguien se fijó en que te miraba antes.
—Lo sé. —Ella acercó la mano y me pasó los dedos por el pelo—. Vi tu
cara durante la charla.
—Me entró el pánico.
Chloe no respondió; solo se rió con un sonido suave y ronco.
—No me preocupo por mí, sino por ti.
La oí inhalar bruscamente y sentí que sus dedos me tiraban del pelo.
Cuando la miré a la cara,
parecía desconcertada.
¿Cómo podía no saber lo encaprichado que estaba a esas alturas? Estaba
seguro de que podía verlo
cada vez que la miraba. Como siempre, quería agarrarle el trasero y
darle un azote cada vez que
hiciera cualquier ruido. Tirarle del pelo cuando me corriera. Darle otro
mordisco en el pecho. Rozarle
con los dientes toda la espalda. Darle un pellizco en la parte de atrás
del muslo y después calmarle el
dolor con la más suave de las caricias.
Pero también quería verla dormir, y despertarse y mirarme y deducir sus
sentimientos por sus
reacciones espontáneas.
Estaba empezando a darme cuenta que no era solo sexo y que no estaba
logrando sacarla de mi
sistema. El sexo era la ruta más rápida para la clase de posesión que
necesitaba. Pero me estaba
enamorando de ella, demasiado rápida e intensamente como para encontrar
algo a lo que agarrarme
por si acaso.
Y era aterrador.
Decidí decirle la verdad.
—Necesito otra noche.
Ella inspiró hondo y me miró, y solo cuando lo hizo se me ocurrió que
ella podía estar sintiendo
algo muy diferente a lo que sentía yo.
—Dime que no si no quieres. Es que... —Me pasé una mano por el pelo y
levanté la vista para
mirarla—. Es que me gustaría mucho estar contigo otra vez esta noche.
—Ansioso, ¿eh?
—No te haces una idea.
Arriba, en su habitación, entre las sábanas y enredado a su cuerpo tenso
y dulce que me rodeaba y me
apretaba, todo lo demás desapareció a mi alrededor. Su olor y sus
sonidos me nublaban el cerebro y
hacían que mis embestidas fueran fuertes y erráticas. Ella estaba
empapada, toda ella: su piel por fuera
y su carne por dentro, toda resbaladiza y atrayéndome más adentro. Tenía
las piernas abrazadas a mi
cadera y me obligó a ponerme boca arriba con una risa, montándome con la
espalda arqueada y la
cabeza caída hacia atrás, los dedos hundidos en mi abdomen para
sujetarse a mí. Su piel brillaba y me
senté debajo de ella porque necesitaba sentir cómo se deslizaba su pecho
contra el mío cuando se
movía y se restregaba contra mí. Volví a ponerme encima, abalanzándome
sobre ella una vez más,
esta vez con sus piernas en mis hombros y la boca temblando mientras
luchaba por encontrar algo que
decir.
Me clavó las uñas en la espalda y yo solté el aire entre los dientes
apretados mientras le decía «sí» y
«más» porque quería que me marcara que me dejara algo que siguiera
estando allí al día siguiente.
Ella se corrió una vez y luego otra y después otra más y yo la tiré del
pelo, que tenía alborotado e
indómito. Caí sobre ella, enganchando palabras de forma incoherente
cuando me corrí, intentando
decirle lo que los dos ya sabíamos: que todo lo que pasara fuera de esa
habitación era irrelevante.
16
Volvimos lentamente de la dimensión en la que estuviéramos, con las
extremidades enredadas en las
sábanas, y hablamos durante horas sobre nuestro día, sobre la reunión
con Gugliotti, sobre la cena y la
noche con mis amigas. Hablamos de la mesa que habíamos roto y de que
solo llevaba ropa interior
para una semana, así que no podía romperme más.
Hablamos de todo excepto de la confusión que yo sentía en lo más
profundo de mi corazón.
Le pasé un dedo por el pecho y él me detuvo con su mano y se lo llevó a
los labios.
—Es agradable hablar contigo —dijo.
Reí y le aparté el pelo de la frente.
—Hablas conmigo todos los días. Y cuando digo hablar quiero decir
gritar. Chillar. Dar portazos.
Hacer muecas.
Me fue dibujando espirales sobre el estómago con los dedos para
distraerme.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Lo sabía. Sabía exactamente lo que quería decir y quería encontrar una
forma de alargar aquel
momento, justo así cómo estábamos, hasta la eternidad.
—Cuéntame algo entonces.
Él me miró a la cara, sonriendo un poco nervioso.
—¿Qué quieres saber?
—¿La verdad? Creo que quiero saberlo todo. Pero empecemos por algo
sencillo. Hazme el historial
de las mujeres de Bennett.
Se pasó un largo dedo por la frente.
—Algo sencillo —repitió con una risa—. Yaaaa. —Carraspeó y después me
miró—. Unas cuantas
en el instituto, unas cuantas en la universidad, unas cuantas en el
máster. Unas cuantas después de eso.
Y después una relación estable cuando viví en Francia.
—¿Detalles? —Enredé un mechón de pelo alrededor del dedo, esperando que
eso no fuera
presionarlo mucho.
Pero para mi sorpresa me respondió sin vacilar.
—Se llamaba Silvie. Era abogada en un pequeño bufete de París. Estuvimos
juntos tres años y
rompimos unos meses antes de que volviera a casa.
—¿Por eso decidiste volver?
Elevó la comisura de la boca en una sonrisa.
—No.
—¿Te rompió el corazón?
Su sonrisa se convirtió en una sonrisita burlona dirigida a mí.
—No, Chloe.
—¿Le rompiste tú el suyo? —¿Por qué le estaba preguntando aquello? ¿Es
que quería que me dijera
que sí? Sabía que era capaz de romperle el corazón a alguien. Y estaba
bastante segura de que acabaría
rompiéndome el mío.
Él se acercó para besarme, atrapándome el labio inferior antes de
susurrarme.
—No. Ambos pensamos que aquello ya no funcionaba. Mi vida sentimental ha
estado totalmente
exenta de dramas. Hasta que llegaste tú.
Reí.
—Me alegro de haber cambiado el patrón.
Sentí su risa en las vibraciones que recorrieron mi piel y él me besó el
cuello.
—Vaya que si lo has hecho. —Sus largos dedos bajaron hasta mi estómago,
mis caderas y
finalmente entre mis piernas—. Tu turno.
—¿De tener un orgasmo? Sí, por favor.
Él rodeó perezosamente con un dedo mi clítoris antes de deslizarlo en mi
interior. Conocía mi
cuerpo mejor que yo. ¿Cuándo había ocurrido eso?
—No —murmuró—. Tu turno de contar tu historial.
—No puedo pensar en nada cuando estás haciendo eso.
Con un beso en el hombro apartó la mano y la puso sobre mi estómago,
volviendo a describir
círculos.
Hice un mohín pero él lo ignoró y se puso a observar los dedos que tenía
sobre mi cuerpo.
—Dios, ha habido tantos hombres... No sé por dónde empezar.
—Chloe... —dijo en tono de advertencia.
—Un par en el instituto, uno en la universidad.
—¿Solo has tenido relaciones sexuales con tres hombres?
Me aparté para mirarlo.
—Einstein, he tenido relaciones con «cuatro» hombres.
Una sonrisa satisfecha apareció en su cara.
—Cierto. ¿Y soy el mejor por un margen vergonzosamente grande?
—¿Lo soy yo?
Su sonrisa desapareció y parpadeó sorprendido.
—Sí.
Era sincero. Y eso hizo que algo dentro de mí se derritiera hasta
producirme un breve ronroneo
cálido. Extendí la mano para cogerle la barbilla intentando ocultar lo
que esa información me estaba
haciendo.
—Bien.
Le besé el hombro y gemí contenta. Me encantaba su sabor y oler ese
aroma a salvia y a limpio.
Metí los dedos entre su pelo y tiré hacia atrás para poder morderle la
mandíbula, el cuello y los
hombros. Él se quedó muy quieto, un poco incorporado por encima de mí y
sin devolverme los besos.
¿Qué demonios...?
Inhaló para hablar y después cerró la boca de nuevo. No sé cómo, pero
logré apartar la boca de él lo
justo para pronunciar:
—¿Qué?
—Me acabo de dar cuenta de que crees que soy un mujeriego empedernido, pero
me importa.
—¿Qué te importa?
—Quiero oírtelo decir.
Lo miré y él me devolvió la mirada y sus iris empezaron a tornarse de
ese tono verde tirando a
castaño que sabía que se le ponía cuando se enfadaba. Revisé mentalmente
los últimos minutos
intentando entender de qué estaba hablando.
Oh.
—Oh, sí.
Juntó las cejas.
—¿Sí qué, señorita Mills?
El calor me llenó. Su voz sonó diferente al decir eso. Brusca. Exigente.
Y tremendamente sexy.
—Sí, tú eres el mejor por un margen vergonzosamente grande.
—Eso está mejor.
—Al menos hasta ahora.
Él rodó para ponerse encima de mí, me agarró las muñecas y me las sujetó
por encima de la cabeza.
—No me provoques.
—¿Que no te provoque? Por favor... —le dije casi sin aliento. Su miembro
estaba apretado contra la
parte interior de mi muslo. Lo quería más arriba, empujando hacia mi
interior—. Provocarnos es
prácticamente todo lo que hacemos.
Como si quisiera demostrar que estaba equivocada, bajó la mano para
agarrársela y la guió hacia mi
interior, tirando de mi pierna para que le rodeara la cadera con ella. Y
se quedó muy quieto,
mirándome. Su labio superior se elevó un poco.
—Muévete por favor —le susurré.
—¿Eso te gustaría?
—Sí.
—¿Y si no lo hago?
Me mordí el labio e intenté mirarlo fijamente.
—Eso es una provocación —dijo en un gruñido, sonriendo.
—¿Por favor? —Intenté mover las caderas, pero él siguió mis movimientos
para que no pudiera
conseguir ninguna fricción.
—Chloe, yo nunca te provoco. Yo te follo hasta que te dejo casi sin
sentido.
Reí y vi que se le cerraban los ojos porque mi cuerpo le apretaba aún
más.
—Aunque no es que tuvieras mucho sentido en la cabeza ya de principio
—dijo mordiéndome el
cuello—. Ahora dime lo bien que te hago sentir. —Algo en su voz, cierta
vulnerabilidad o una forma
de bajar el tono al final de la frase, me dijo que no estaba solo
jugueteando.
—Nunca nadie me había hecho correrme antes. Ni con las manos, ni con la
boca, ni con ninguna
otra cosa.
Había estado manteniendo la inmovilidad hasta entonces, aunque los
signos de esfuerzo para
lograrlo eran evidentes; le temblaban los hombros y respiraba
entrecortadamente, como si todo su
cuerpo quisiera explotar en una enorme maraña entre las sábanas. Pero
cuando dije eso, se quedó
completamente helado.
—¿Nadie?
—Solo tú. —Me estiré para darle un mordisco en la mandíbula—. Yo diría
que eso te da cierta
ventaja.
Él dijo mi nombre en una exhalación cuando sus caderas empezaron a
moverse adelante y atrás. Y
otra vez. La conversación había terminado; su boca encontró la mía, y
después mi barbilla, mi
mandíbula y mis orejas. Su mano subió por mi costado, mi pecho y
finalmente hasta mi cara.
Creí que los dos estábamos perdidos en el ritmo; pude sentir el clímax
más allá de mí pero muy
cerca y le clavé ambos talones en el trasero porque necesitaba que se
moviera más y más rápido, lo
necesitaba todo de él. Pero entonces me susurró:
—Ojalá lo hubiera sabido.
—¿Por qué? —conseguí preguntar en una exhalación que apenas hizo llegar
el sonido a mis labios.
«Más rápido», le pedía a gritos mi cuerpo. «Más.»—. ¿Es que eso
cambiaría de alguna forma lo
capullo que eres?
Él me apartó las piernas, me giró y me puso de rodillas.
—No lo sé. Solo me gustaría haberlo sabido —gruñó empezando a embestirme
de nuevo—. Dios.
Tan profundo.
Sus movimientos eran tan fluidos que era como el agua danzarina y
ondeante, como un rayo de sol
que se colara en la habitación. Los muelles del colchón se quejaron
debajo de nosotros y la fuerza de
sus embestidas me empujaba hacia el cabecero de la cama.
—Casi. —Me aferré a las sábanas mientras suplicaba en mi interior que
siguiera—. Casi. Más
fuerte.
—Joder. Estoy tan cerca. Vamos. —Sincronizaba un movimiento con el
anterior porque sabía que
había llegado al punto en el que no podía cambiar nada—. ¡Vamos!
Su cara, su pelo, su voz, su olor... Cada parte de su cuerpo me llenó la
mente cuando
obedientemente llegué al clímax debajo de él.
Sus embestidas eran salvajes; entonces todos los músculos se le quedaron
helados antes de fundirse
contra mi cuerpo. «Joder, joder joder...» murmuró en mi pelo antes de
quedarse en silencio y dejar
todo su cuerpo aún encima de mí.
El aire acondicionado se encendió con un zumbido constante. Cuando
consiguió recuperar el
aliento, Bennett se apartó de mí y me pasó la mano por la espalda
sudada.
—¿Chloe?
—¿Hummm?
—Quiero más que esto. —Su voz sonaba tan ronca y pastosa que ni siquiera
estaba segura de que
estuviera despierto del todo.
Me quedé helada y mis pensamientos explotaron formando un terrible caos.
—¿Qué acabas de decir?
Abrió los ojos con un esfuerzo evidente y me miró.
—Quiero estar contigo.
Me incorporé sobre un codo y lo miré, totalmente incapaz de extraer una
sola palabra de mi cerebro.
—Tengo mucho sueño. —Se le cerraron los ojos y me puso un brazo pesado
alrededor para
atraerme hacia él—. Ven aquí, cariño. —Metió la cara en mi cuello y
murmuró—: No pasa nada si tú
no quieres. Aceptaré cualquier cosa que me des. Solo déjame quedarme
aquí hasta mañana, ¿vale?
De repente yo estaba totalmente despierta, mirando fijamente a la pared
oscura y escuchando el
zumbido del aire acondicionado. Me aterraba que eso lo cambiara todo y
más aún que él no supiera lo
que estaba diciendo y que eso no cambiara nada.
—Vale —le susurré a la oscuridad al oír que su respiración se
ralentizaba hasta adoptar el ritmo
constante del sueño.
Rodé y abracé una almohada contra mi cuerpo, buscando algo de consuelo.
Su olor no me dejaba
dormir, pero las sábanas frías del otro lado de la cama me decían que
estaba sola. Miré hacia la puerta
del baño, intentando centrarme en cualquier ruido que se oyera desde el
interior, pero no había
ninguno.
Seguí tumbada allí, agarrando la almohada mientras se me iban cayendo
los párpados. Quería
esperarlo. Necesitaba el consuelo de su cuerpo caliente al lado del mío
y el contacto de sus fuertes
brazos rodeándome. Me lo imaginé abrazándome, susurrándome que esto era
real y que nada iba a
cambiar por la mañana. No pasó mucho tiempo antes de que los ojos se me
cerraran y volviera a un
sueño incómodo.
Algo más tarde volví a despertarme, sola de nuevo. Me moví para mirar la
hora: eran las 5.14 de la
madrugada.
«¿Qué?» En la oscuridad me puse lo primero que encontré y fui hasta el baño.
—¿Bennett? —No hubo respuesta. Llamé suavemente—. ¿Bennett? —Un gruñido
y el sonido de
alguien revolviéndose me llegó desde el otro lado de la puerta.
—Vete. —Su voz era ronca y resonaba contra las paredes del baño.
—¿Bennett, estás bien?
—No me encuentro bien. Pero me repondré, vuelve a la cama.
—¿Necesitas algo?
—Estoy bien. Solo vuelve a la cama, por favor.
—Pero...
—Chloe... —gruñó, evidentemente irritado.
Me volví, sin saber muy bien qué hacer, mientras luchaba con una
sensación extraña y
desestabilizadora. ¿Se ponía enfermo alguna vez? En casi un año yo no le
había visto con nada más
grave que una congestión. Era obvio que no me quería esperándolo al otro
lado de la puerta, pero
tampoco podía volver a dormir.
Volví a la cama, estiré las mantas y me encaminé al saloncito de la
suite. Cogí una botella de agua
del minibar y me senté en el sofá.
Si estaba enfermo, es decir enfermo de verdad, no podría ir a la reunión
con Gugliotti que tenía
dentro de un par de horas.
Encendí la televisión y empecé a pasar canales. La teletienda. Una
película mala, la comedia Nick at
Nite. Aaah, El mundo de Wayne. Me acomodé en el sofá, metí las piernas
debajo del cuerpo y me
preparé para esperar. A media película, oí que corría agua en el baño.
Me incorporé y escuché porque
era el primer sonido que se oía en más de una hora. La puerta del baño
se abrió y yo salté del sofá y
cogí otra botella de agua antes de entrar en el dormitorio.
—¿Te encuentras mejor? —le pregunté.
—Sí. Creo que ahora solo necesito dormir. —Se tiró en la cama y enterró
la cara en la almohada
con un gemido.
—¿Qué?... ¿Qué te pasaba? —Coloqué la botella de agua en la mesita de
noche y me senté en el
borde de la cama a su lado.
—El estómago. Creo que ha sido el sushi de la cena. —Tenía los ojos
cerrados e incluso en la
escasa luz que llegaba desde la otra habitación, pude ver que tenía un
aspecto horrible. Se apartó de mí
un poco, pero yo lo ignoré, colocándole una mano en el pelo y la otra en
la mejilla. Tenía el pelo
húmedo y la cara pálida y pegajosa y, a pesar de su reacción inicial, se
acercó al sentir mi contacto.
—¿Por qué no me has despertado? —le pregunté apartando unos cuantos
mechones húmedos de su
frente.
—Porque lo último que necesitaba era que tú estuvieras ahí viéndome
vomitar —respondió de mal
humor y yo puse los ojos en blanco y le ofrecí la botella de agua.
—Podría haber hecho algo. No tienes que ser tan masculino con estas
cosas.
—Y tú no seas tan femenina. ¿Qué podrías haber hecho? La intoxicación
alimentaria es un asunto
bastante solitario.
—¿Qué quieres que le diga a Gugliotti?
Gruñó y se pasó las manos por la cara.
—Mierda. ¿Qué hora es?
Miré el reloj.
—Un poco más de las siete.
—¿A qué hora es la reunión?
—A las ocho.
Él empezó a levantarse, pero no me costó nada volver a tumbarlo sobre la
cama.
—¡No te pienso dejar ir a esa reunión así! ¿Cuándo has vomitado por
última vez?
Gruñó de nuevo.
—Hace unos minutos.
—Exacto. Asqueroso. Lo llamaré para que cambie la reunión.
Él me sujetó del brazo antes de que pudiera ir hasta la mesa para coger
el teléfono.
—Chloe. Hazlo tú.
Elevé las cejas casi hasta el nacimiento del pelo.
—¿Que haga qué?
Él esperó.
—¿La reunión?
Asintió.
—¿Sin ti?
Asintió de nuevo.
—¿Me vas a enviar sola a una reunión?
—Señorita Mills, la veo muy aguda esta mañana.
—Que te den —dije riendo y dándole un leve empujón—. No voy a hacerlo
sin ti.
—¿Por qué no? Estoy seguro de que conoces la cuenta que les estamos
ofreciendo tan bien como yo.
Además, si cambiamos la reunión, necesitarán una visita a Chicago y por
supuesto nos enviarán por
ella una generosa factura. Por favor, Chloe.
Me quedé mirándolo, esperando que de repente apareciera en su cara una
sonrisa burlona y retirara
el ofrecimiento. Pero no lo hizo. Y la verdad era que conocía la cuenta
y los términos. Podía hacerlo.
—Vale —dije sonriendo y sintiendo una oleada de esperanza de que
nosotros (los dos) podíamos
manejar aquella situación después de todo—. Me apunto.
Su expresión se endureció y utilizó una voz que no le había oído en
varios días, pero que envió
oleadas de necesidad por todo mi cuerpo.
—Cuénteme su plan, señorita Mills.
Asentí y comencé:
—Tengo que asegurarme de que tienen claros los parámetros y los plazos
del proyecto. Debo tener
cuidado de que no se pasen con las promesas; sé que Gugliotti es famoso
por eso. —Cuando Bennett
asintió, sonriendo un poco, continué—. Y hay que confirmar las fechas de
inicio del contrato y los
puntos más importantes.
Cuando le dije los cinco que había enumerándolos a la vez con los dedos,
su sonrisa creció.
—Lo vas a hacer bien.
Me incliné y le besé la frente húmeda.
—Lo sé.
Dos horas después, si alguien me hubiera preguntado que si podía volar,
habría dicho que sí sin
pensarlo.
La reunión había ido perfectamente. El señor Gugliotti, que se había
molestado inicialmente por
encontrarse a una asistente junior en donde debería estar un ejecutivo
de Ryan Media, se había
aplacado al oír las circunstancias. Y más tarde pareció impresionado por
el nivel de detalles que yo les
proporcioné. Incluso me ofreció un trabajo.
—Después de que acabe su trabajo con el señor Ryan, por supuesto —me
dijo con un guiño y yo
intenté darle largas con mucho tacto.
Ni siquiera sabía si alguna vez iba a querer acabar mi trabajo con el
señor Ryan.
Mientras volvía de la reunión, llamé a Susan para preguntarle qué le
gustaba a Bennett cuando
estaba enfermo. Como sospechaba, la última vez que había podido
malcriarle dándole sopa de pollo y
polos de sabores todavía llevaba aparato en los dientes. Estuvo
encantada de oírme y tuve que
tragarme toda la culpa que sentía cuando me preguntó si se estaba
comportando como era debido. Le
aseguré que todo iba bien y que solo estaba sufriendo un leve virus
estomacal y que, por supuesto, le
diría que llamara. Con una pequeña bolsa de comida en la mano, entré en
la habitación y me detuve en
la minúscula zona de la cocina para dejar la bolsa y quitarme el traje
de lana a medida.
Solo con la combinación, entré en el dormitorio, pero Bennett no estaba.
La puerta del baño estaba
abierta y tampoco estaba allí. Parecía que el servicio de limpieza había
pasado; las sábanas estaban
planchadas y limpias y en el suelo no estaban las pilas de ropa que
habíamos dejado. La puerta del
balcón estaba abierta para que entrara la brisa fresca. Lo encontré
fuera, sentado en una tumbona, con
los codos apoyados en las rodillas y la cabeza en las manos. Parecía que
se había dado una ducha y
ahora llevaba puestos unos vaqueros negros y una camiseta de manga corta
verde.
Mi piel respondió al verlo, calentándose.
—Hola —le dije.
Él levantó la vista y examinó todas mis curvas.
—Madre de Dios. Espero que no llevaras eso para ir la reunión.
—Bueno, sí —dije riendo—, pero lo llevaba debajo de un traje azul marino
muy correcto.
—Bien —dijo entre dientes. Me acercó a él y me rodeó la cintura con los
brazos antes de apretar su
frente contra mi estómago—. Te he echado de menos.
El pecho se me apretó un poco. ¿Qué estábamos haciendo? ¿Era todo
aquello real o estábamos
jugando a las casitas durante unos cuantos días para después volver a la
normalidad? No creía que
pudiera volver a lo que era normal para nosotros después de aquello y no
estaba segura de que fuera
capaz de ver varios pasos más allá para saber cómo iba a ser.
«¡Pregúntale, Chloe!»
Él levantó la vista para mirarme, con los ojos ardientes fijos en los
míos mientras esperaba que
dijera algo.
—¿Te encuentras mejor? —le pregunté.
«Cobarde.»
Su expresión se puso triste, pero lo ocultó rápidamente.
—Mucho mejor —dijo—. ¿Cómo ha ido la reunión?
Aunque todavía estaba de subidón por la reunión con Gugliotti y me moría
por contarle todos los
detalles, cuando me preguntó eso me apartó los brazos de la cintura y se
sentó, lo que me dejó fría y
vacía. Quería que le diera al botón de rebobinar y que volviera dos
minutos atrás cuando me había
dicho que me echaba de menos y yo podría haberle dicho: «Yo también te
he echado de menos». Le
habría besado y ambos nos habríamos distraído y le habría contado lo de
Gugliotti varias horas
después.
En cambio le di todos los detalles de la reunión en ese momento: cómo
había reaccionado Gugliotti
al verme y cómo había redirigido su atención al proyecto que teníamos
entre manos. Le repetí todos
los detalles de la discusión con tanta precisión que, para cuando terminé
la historia, Bennett se estaba
riendo por lo bajo.
—Vaya, cuánto hablas.
—Creo que ha ido bien —dije acercándome. «Vuelve a rodearme con los
brazos otra vez.»
Pero él no lo hizo. Se tumbó y me miró con una sonrisa tensa, de nuevo
el lejano cabrón atractivo.
—Eres muy buena, Chloe. No me sorprende en absoluto.
No estaba acostumbrada a ese tipo de halagos viniendo de él. Una
caligrafía mejorada, una mamada
increíble... Esas eran las cosas en las que se fijaba. Pero me
sorprendió darme cuenta de cuánto me
importaba su opinión. ¿Siempre me había importado tanto? ¿Iba a empezar
a tratarme diferente si
éramos amantes que cuando éramos simplemente follamigos? No estaba
segura de que quisiera que
fuera un jefe más amable o que intentara mezclar los aspectos de amante
y mentor. Me gustaba el tipo
odioso en el trabajo... y también en la cama.
Pero en cuanto lo pensé, me di cuenta de que la forma en que
interactuábamos ahora me parecía un
objeto extraño y ajeno en la distancia, como un par de zapatos que hace
mucho tiempo que te quedan
pequeños. Estaba hinchida entre el deseo de que dijera algo desagradable
para traerme bruscamente a
la realidad y el de que me acercara a su cuerpo y me besara los pechos
por encima de la combinación.
«Una vez más, Chloe. Razón número 750.000 para no follarte al jefe: Vas
a convertir una relación
muy claramente definida en un desastre con las fronteras borrosas.»
—Se te ve muy cansado —le susurré mientras le pasaba los dedos entre el
pelo de la nuca.
—Lo estoy —murmuró—. Me alegro de no haber ido. He vomitado. Mucho.
—Gracias por compartir eso —reí. Me aparté a regañadientes y le puse las
manos en la cara—. Te
he traído polos, ginger ale, galletas de jengibre y galletas saladas.
¿Qué quieres para empezar?
Él me miró totalmente confundido durante un segundo antes de balbucear:
—¿Has llamado a mi madre?
Bajé al salón del congreso durante unas cuantas horas para que pudiera
dormir un poco más. Él opuso
mucha resistencia, pero me di cuenta de que incluso medio polo de lima
hacía que se sintiera mareado
y adquiriera un tono de verde similar al del helado. Además, en este
congreso en concreto, él no podía
dar diez pasos sin que alguien le parara, le alabara o le diera un
discurso. Ni aunque hubiera estado
sano habría conseguido llegar a ver nada que mereciera la pena el tiempo
que le iba a dedicar de todas
formas.
Cuando volví a la habitación estaba despatarrado en el sofá en una
postura muy poco atractiva, sin
camisa y con la mano metida por la parte delantera de los bóxer. Había
algo muy cotidiano en la
forma en que estaba sentado, aburrido y viendo la televisión. Agradecí
recordar que ese hombre era,
en algunos aspectos, solo un hombre. Nada más que una persona que iba
buscándose la vida por el
planeta sin pasar cada segundo del día poniéndolo patas arriba.
Y en alguna parte de esa epifanía en que Bennett no era más que Bennett,
estaba enterrada una
salvaje necesidad de que hubiera una oportunidad de que se estuviera convirtiendo
en «mi nada más
que Bennett» y durante un segundo deseé eso más de lo que creía haber
deseado nada nunca.
Una mujer con un pelo esplendorosamente brillante agitó la cabeza y nos
sonrió desde la pantalla
del televisor. Me dejé caer en el sofá a su lado.
—¿Qué estás viendo?
—Un anuncio de champú —me respondió sacándose la mano de los
calzoncillos para acercármela.
Comencé a decir algo sobre microbios, pero me callé cuando empezó a
masajearme los dedos—. Pero
están poniendo Clerks.
—Es una de mis películas favoritas —le dije.
—Lo sé. Hablabas de ella el día que te conocí.
—La verdad es que la cita era de Clerks II —aclaré y después me detuve—.
Un momento, ¿te
acuerdas de eso?
—Claro que me acuerdo. Sonabas como un universitario grosero pero con la
pinta de una modelo.
¿Qué hombre podría olvidar eso?
—Habría dado cualquier cosa por saber qué pensaste en aquel momento.
—Estaba pensando: «Oh, una becaria muy follable a las doce en punto.
Descanse, soldado. Repito:
¡descanse!».
Me reí y me apoyé contra su hombro.
—Dios, el momento en que nos conocimos fue terrible.
Él no dijo nada pero no dejó de pasarme el pulgar por los dedos,
presionando primero y acariciando
después. Nunca me habían dado un masaje en las manos antes e incluso
aunque él intentara convertirlo
en una sesión de sexo oral, sería capaz de rechazarla para que siguiera
haciendo lo que estaba
haciendo.
«Bueno, eso es una gran mentira. Yo querría esa boca entre mis piernas
cualquier día del...»
—¿Cómo quieres que sea, Chloe? —me preguntó sacándome de mi debate
interno.
—¿Qué?
—Cuando volvamos a Chicago.
Lo miré sin comprender, pero el pulso se me aceleró y envió la sangre en
potentes oleadas por mis
venas.
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