martes, 18 de febrero de 2014

Cap 1 y 2, ANATEMA LISSA D'ANGELO




DEDICATORIA
Anatema, es para ti, Angie. Gracias por prestarme tu vida y darle un alma a Mica.
Anatema también es para todos los fans que han madrugado noches enteras, perdidos entre las páginas de una saga o un Fanfiction por leer “solo un capítulo más”.
Yo también pasé por eso, sigo viviéndolo, no tengo planes próximos de cambiar.

PRÓLOGO PRÓLOGO PRÓLOGO
Dejé a Yania continuar con su lectura de Ocaso. Rodé los ojos cuando retomó el parloteo de lo sexy que sería tener los colmillos del vampiro atravesando su cuello. Yo había estado en esa posición y no había nada de sexy en que te mordieran, sobre todo en el cuello. Dolía como la mierda y ni siquiera te volvías súper fuerte. No importaba lo comestible que se vieran en la pantalla, los vampiros no eran más que un dolor en el trasero. Y en el mío, un dolor constante.
Pensé en Becca, protagonista de Ocaso. Pensé en todas las noches que me desvelé leyendo sus puntos de vista, sus teorías e ilusiones. Recordé el problema que le suponía elegir, entre dos seres sobrenaturales, y, sin darme cuenta me encontré parodiando sus textos.
Estaba convencida de tres cosas:
Primero; solía amar a los vampiros: Edgard, Stefano, Ramon Salvador, etcétera. A decir verdad, todo lo que tuviera colmillos y ojos claros.
Segundo; una noche algo sorprendente, y a la vez, horrible sucedió.
Y tercero; los mordiscos son dulces. ¡Claro! Tanto como puede serlo una motosierra en tu cuello.
Mi nombre es Micaela Palacios y esta es la historia de cómo un vampiro se comió mi corazón. Literalmente.
Mi anatema inició luego de las vacaciones de invierno. El primer día de clases, un lunes 27 de julio del 2009.

1 INICIOS DEL INFIERNO
Por esos días yo era ingenua y afortunada. Ignoraba la macabra realidad que se entretejía a mí alrededor y disfrutaba de la fantasía que proporcionaba la ignorancia.
Aquel amanecer de Julio íbamos caminando por los pasillos del liceo Armando Robles Rivera, era un liceo típico, según yo. Donde sea que mirara, había alumnos por montón, todos saludándose y relatando historias sobre sus vacaciones. Algunos parecían francamente alegres y otros en cambio, se limitaban a sonreír por cortesía mientras tomaban nota de los cambios de look. Yo pertenecía a este último grupo, la verdad es que no estaba desesperada por volver a clases, no extrañaba nada de ese maldito edificio ubicado en Arauco 474. Y era mil veces más entretenido mirar los reflejos rosa en la cabeza de Yania.
—¿No es ese tu novio? —preguntó ésta, sorprendiéndome mientras señalaba con su dedo al protagonista y podría decirse, víctima de mi pequeña mentira blanca.
«¡Trágame Tierra!»
La culpa y el nerviosismo se tradujeron en una cantidad exagerada de sangre centelleando en mis mejillas, mientras yo me debatía entre improvisar un cuadro de amnesia disociativa o darme a la fuga.
Ahora, mentira como mentira, así, del verbo mentir, no era. Vale, tal vez un poco, una pizca, casi nada ¡Por supuesto que era mi novio! Solo que él aún no lo sabía. Le había dicho a todas mis amigas que estábamos saliendo, no con afán de engañarlas, nada que ver. Sencillamente quería salir del paso. Bien, lo admito. Había comenzado por salir del paso, luego me emocioné hablando –inventando— sobre nuestra relación, y ahora que lo veo frente a mí, es obvio que mi ficción terminó saliéndose de control.
Llevaba días con querer ver la película de Keanu Reeves en la que hacía de extraterrestre-robot vengador de la naturaleza o algo así. En realidad no entendía muy bien la trama, solo quería ver a Keanu Reeves. Tenía que admitir que ir al cine sola era penoso, pero ¿qué más iba a hacer? No tenía novio, ni siquiera un amigo dispuesto a
personificar ese papel por 104 minutos, que son los que dura la película… y ¡realmente quería ver a Reeves!
De modo que ahí estaba yo. Sola en el único cine de Valdivia con mis Popcorn tamaño familiar en una mano y las entradas en la otra, cuando divisé el característico cabello de Yania.
Tengo que decir que Yania Vulinovic, ha sido mi mejor amiga desde que tengo diez años. Es rusa, y según la última encuesta del Centro Ruso de Estudio de la Opinión Pública (VTsIOM por sus siglas en ruso), el 91 por ciento de los rusos, respetan y aman a sus amigos.
Y es cierto, Yania estuvo conmigo cuando cumplí once y papá nos abandonó. Y continuó ahí cuando comencé a usar sujetador y entré en esa edad detestable y poco tolerable de los trece años. Por eso, cuando la vi en compañía de Diego —uno de los pocos tipos remotamente sexys del instituto, el padre de los clichés—, en la misma fila que yo, no pude decir la verdad. Sencillamente era demasiado patético admitir que estaba sola en el cine cuando ella venía acompañada de un chico de tercero.
Entonces, me excusé diciendo que venía acompañada con un “ligue ocasional de vacaciones”. Lástima que en un arranque de inspiración
terminé apuntando al primer chico que se cruzó en el perímetro para darle consistencia a mi mentira.
Luego, la suerte estuvo de mi lado. Quiero decir ¿Qué probabilidades habían de que el chico en cuestión fuera al cine por la misma película que yo y, aún más increíble, sin pareja?
Ninguna, pero aun así ocurrió. Vale, puede que lo haya oído discutiendo con una mujer minutos antes. Chica que me resultaba familiar. Probablemente del colegio. Pero mi intención no había sido mentir ¡lo juro! Pero cuando la vi partir, abandonándolo en la fila, solo, como un pobre cachorrito bajo la lluvia, mi cerebro registró la escena y la guardó en la carpeta de oportunidades.
Al final, resultó que accidentalmente terminé sentada junto a él. De vez en cuando me las arreglaba para conversarle de forma casual, más que nada cuando descubría a Yania o a Diego viéndome. No lo atosigué con largas charlas, en realidad, nada demasiado cargante sino del tipo: “¿Podrías decirme la hora?” Incluso llegué a simular que había perdido un arete en su asiento. Él rio y luego comenzó a buscar bajo sus piernas. Eso me dio oportunidad de tocar su cuerpo lo suficiente para que Yania se tragara mi farsa.
Mi plan salió a la perfección. Mis amigas se lo habían tragado y yo había salvado el invierno aludiendo mis alegrías a este galán que ni siquiera tenía idea de lo bien que nos la habíamos pasado y que, por lo demás, no volvería a ver. Salvo que dicho galán, apareció el primer día de clases en mi instituto. Supongo que debí sospecharlo, quiero decir, lo había visto acompañado por una chica de mi colegio aquel día en el cine.
La vergüenza y las humillaciones, eran unas amigas bastante persistentes y cargantes en mi vida; como Jim Carrey en la película The Cable Guy, en donde Jim se toma la amistad de una manera bastante rara, convirtiéndose al final, en un sicótico acosador, salvo que en mi versión no existía un director que dijera Corte para que la vergüenza junto a las humillaciones se fueran a casa. En fin.
Incapaz de avanzar por el pasillo, me quedé ahí, quieta, muerta de vergüenza, esperando lo peor.
—¿Qué hace besando a esa rubia? —La voz ronca de Yania, carente de su habitual tono burlón y reemplazada por un obvio desconcierto, me recordó que estaba metida en tremendo problema y que esta vez no podría evadir mi responsabilidad.
Me quedé de piedra observando las baldosas blanco y negro a mis pies, cual peón en tablero de ajedrez, llegando a la última línea, a punto de ser devorado por el rey.
«Jaque Mate»
Dios mío, realmente quería salir de aquí.
¡Quería… Quería ir a Hogwarts!
Una sacudida en mis hombros me trajo de vuelta al presente: ¡mentira, me habían atrapado en la mentira!
Observé a Yania idiotizada mientras me zamarreaba. Su extravagante pelo entre rojo y naranjo, parecía una fogata a punto de salirse de control y arrasar con todo, yo incluida. Vestía el uniforme del colegio a su manera. Entendiéndose el estilo Yania como: jumper azul marino a mitad de muslo, bajo éste la camisa blanca de algodón, remangada hasta los codos y en lugar de zapatos, traía botines sobre bucaneras azules.
Sí, ella era ruda, a su lado yo parecía una gomita de esas con forma de osito. Y no me acompleja, todo el mundo los adora. Son dulces, blanditos… Igual que mi panza y muslos.
—Oh, Mica. Lo siento tanto…
En algún punto, había dejado de zarandearme, sus ojos azules estaban fijos en los míos; aguados, su boca adquirió una mueca triste y se veía bastante destrozada, más que yo por lo menos, que aún estaba semi-shockeada. Porque inventarse un novio es bastante triste, pero que además el novio de ficción te monte los cuernos, se pasa de humillante.
Ya ven. Eso de que el Karma es una perra, ni siquiera se acerca a la realidad. Es mucho peor.
Me preparé para decirle a Yania alguna cosa, ojalá otra mentira que me sacara del apuro, y cuando quise verbalizar lo que había inventado, ya era demasiado tarde. Yania corría en dirección a mi novio falso y su supuesta amante, para…
«Dios, ¿Había sido eso una bofetada?»
—¡Por romper el corazón de mi amiga! —rugió Yania, alias defensora de las mujeres cornudas. Tenía una expresión asesina y lo siguiente que supe fue que había seis pares de ojos mirándome, y por la forma en que lo hacían, les debía una explicación.
Lo mejor que se me ocurrió —corrijo—, lo único que se me ocurrió fue no decir una palabra.
La chica con la que me había engañado mi novio imaginario —quien sospecho, debía ser la novia real— me observaba muerta de vergüenza. Una parte de mí—minúscula, casi inexistente—, me recordó que la única persona que debería sentirse avergonzada era yo, pero era tan mínima que preferí ignorarla. Por otra parte, mi novio de ficción, se ganó una segunda bofetada, esta vez cortesía de la rubia. Rubia natural, para que suene más lindo, menos envidioso. Incluso me dio pena la pobre.
También sentí lástima por él, pero la alejé de inmediato cuando recordé que tarde o temprano me tocaría enfrentarlo.
Esperaba que fuera tarde.
—Lo siento —se excusó la rubia natural. Ahora que los miraba bien, lucían bastante similares. Incluso podrían pasar por hermanos, ¡incesto! Ascoooo ¡Cochinos celos! Lucían grandiosos, hacían una pareja de lo más mona.
—Juro que no tenía idea. Él no me dijo… —comenzó a excusarse mientras se cubría el rostro con una mano. La pobre chica se mordía sus labios, avergonzada, sin que su acompañante hiciera nada por arreglar o desmejorar la situación. En realidad, mi novio falso parecía haber caído en estado catatónico o algo así.
Estuve a punto de decir la verdad, y con esto me refiero a decir todo. No solo que no era mi novio, sino que durante dos semanas, estuve contando detalladas historias románticas con él.
Incluso me planteé confesar que había asistido sola al cine para ver a Keanu Reeves. No estaba segura sobre cuál de las tres confesiones era más humillante. Pero en lugar de ser honesta, me limité a seguir siendo una adolescente; o sea, mentir nuevamente:
—No me sorprende —respondí con mi espalda tiesa y la piel de mi cara tirante y roja.
Así es como yo era… Era lo que mis padres habían hecho de mí.
—Yo… este —la rubia natural se giró hacia mi supuesto novio como buscando una pista sobre qué hacer o decir. Al final, se cansó de esperar alguna señal de él, quien por cierto seguía sin inmutarse—. Creo que mejor me voy.
«Mierda»
—Sí—me sorprendió que fuera él quien tomara la palabra—, creo que es lo mejor —volvió su rostro hacia donde estaban mis amigas y yo. Entonces, me percaté de un brillo calculador bailando en sus ojos celestes—. Con mi novia tenemos un montón de cosas que aclarar.
«Mierda-mierda»
A pesar de mis intentos por no quedar a solas con él, no pude posponer más lo inevitable. Si bien había conseguido evitarlo en las primeras asignaturas él cobró venganza al final del día.
Resultó que el rubiecito tenía nombre: Lucas Urzúa. Era un año mayor que yo. Se había mudado a Valdivia hace dos meses —exactamente el tiempo que llevábamos de ficticia relación— y, como si no tuviera suficiente, resultó ser bastante rencoroso.
Por supuesto, todo esto me lo hizo saber al terminar las clases, justo después de que me arrastrara de un brazo hacia las duchas de hombres; una estructura del tamaño aproximado de un vagón de metro, cubierta de baldosas blancas, oscurecidas por el sarro, grafitis y mensajes obscenos. Por ley general, obviaba ese sitio, ni siquiera me acercaba al aseo de damas, me revolvía el estómago entrar ahí, prefería mil veces aguantar hasta llegar a casa, pero en esta ocasión, con los ojos clavados en el suelo monocromático, solo podía pensar en fingir demencia y salir corriendo de ahí.
Como dije antes, Lucas me puso al día. Desde luego, yo también le hice saber algunos de mis antecedentes, más que nada para que supiera a qué atenerse. Le expliqué mis razones para mentir y resultó que me
recordaba. No era la acosadora del cine, ni la maniática, solo fue como: “Ah, ¡Con que eras tú!”
Lo que estaba bien, al menos sentí alivio de no haber actuado muy obvia en esa fatídica tarde de cine. De todas maneras, no era algo que debería hacerme sentir mejor ya que estaba allí, acorralada como una cucaracha —no lo digo en plan víctima, me lo merecía, lo había hecho ver como a un patán—, en un cuarto donde los chicos solían asearse. No quedaba un alma en el lugar, pero de todos modos Lucas se había encargado de buscar una de las duchas vacías. Para rematar la escena, estábamos muy cerca. No por decisión propia, conste.
Su mano estaba sobre a mi cuello y su rostro demasiado inclinado sobre el mío, tanto que parecía que quería besarme, digo, era eso o tenía serios problemas de miopía.
—No creo que sea buena idea —solté nerviosa ante la idea de que me besara, ni siquiera había escuchado lo que me había preguntado. Probablemente porque estaba demasiado preocupada sobre la cuestión de que estábamos solos en el maldito lugar. Y no digamos, uh, que lugar tan romántico. Todo el sitio olía a una mezcla repulsiva entre desinfectante y sudor.
Lucas entrecerró los ojos y durante unos segundos no hizo nada salvo mirarme, su inspección era grosera. Los ojos celestes registrando cada imperfección de mi piel. Era tan obvio que lo hacía deliberadamente.
Su actitud coqueta, típica de hombre en busca de algo, de no haber sido porque me lo merecía —sí, aún no me había olvidado del incidente, le había arruinado su romance con la rubiecita natural—, le estaría gritando.
Qué rabia me daba el tipo. Y su pelo tan rubio, su piel tan pálida. Sí reconozco que soy superficial, pero quién no lo es a mi edad; los prefería morenos y ya. Sí, Lucas era apuesto, pero al tenerlo tan cerca, observarlo con tanto detalle, lo único que provocaba en mí… Era la destrucción de mi autoestima. Minimizarme al reflejar tanto nuestras diferencias físicas.
Yo era blanca, con un largo cabello castaño teñido de negro, bajita, bien latina, Chilena. Él era… Anda a saber, en Valdivia había toda clase de inmigrantes, en su mayoría de alemanes, los que llegaron a la región las dos últimas décadas del siglo XIX. Gracias a ellos, Valdivia se industrializó y nos convertimos en excelentes productores de cerveza.
Cerveza y hombres hermosos; dos productos que merecen la pena ser mencionados. Bien, ya estoy divagando.
Para cuando Lucas se alejó, la satisfacción era evidente en sus facciones: ojos pícaros y una sonrisa igual de ladina, le iluminaba el rostro.
—Qué curioso, a mí me parece una idea de lo más tentadora.
Ipso facto, el músculo que se escondía tras mi pecho comenzó a latir a una rapidez desaforada, estaba furiosa, creí que mi cara estallaría de tanta sangre acumulada en ella.
¿Y qué si estaba roja? Estaba furiosa. No me ponía nerviosa. Ni sus ojos celestes, ni su boca sonriéndome de forma lasciva. Ni siquiera su brazo a un costado de mi cabeza.
Clavé la vista en el suelo. Las baldosas eran celestes, con manchas grisáceas debido a la corrosión.
—¿Siempre eres así de grosero? —le increpé con ira, porque el enojo era mejor que cualquier otra cosa. “Furia era sinónimo de fuerza”, mamá lo decía todo el tiempo. Lamentablemente, pensar en ella hizo que mi determinación decayera.
Lucas, por su parte, pareció salir de algún tipo de trance, como si lo hubieran abofeteado por tercera vez. Lo que después de todo no
parecía mala idea, pero cuando levanté mi mano para darle un dramático golpe en la mejilla, él la atrapó con la suya.
—Esto es nuevo. Primero, finges que soy tu novio…
—Ya te dije que lo sentía —murmuré avergonzada.
Él negó sereno mientras erguía todo el largo de su cuerpo, librándome de la trampa que había formado con su torso y manos
—…y luego me golpeas porque actúo como lo que se supone que soy.
—No te golpeé —me defendí e inmediatamente crucé los brazos sobre mi pecho. Tenía que darle fuerza a mi postura. Incluso si me merecía su mal humor, quería permanecer digna hasta el final.
—Pero querías, de la misma forma que querías que fuera tu novio.
—¡No es verdad! —chillé muerta de vergüenza, tapándome la cara, porque ambos sabíamos que estaba mintiendo.
Cuando quité las manos de mi rostro, Lucas no sonreía, pero tampoco parecía enojado. De hecho, tenía la cabeza recostada en la pared de baldosa, y esa pose le daba una apariencia de paz absoluta. Entretanto yo me debatía entre volver a intentar golpearlo para luego salir pirando de ahí, o esperar paciente a que se hartara y me dejara ir sin daños emocionales.
Opté por la segunda. Me gustaría decir que reaccioné y decidí asumir las consecuencias de mis actos, pero la verdad es que nunca he sido buena practicando la violencia. Ni verbal, ni física. De modo que no me quedó más elección que esperar pacientemente a que se le pasara la rabieta, y de una vez por todas, dejara de lado esa tortura pacífica que estaba practicando tan eficientemente en mí.
—En este momento, no hay diferencia. Por tu culpa me quedé sin cita para el viernes.
«Es una lástima», pensé. Prácticamente podía oír como encajan los engranajes de algún plan que de seguro no me iba a gustar.
—Además, soy nuevo en la escuela y necesito que alguien me enseñe.
«No me digas», dudaba que fuera difícil para él conseguir un reemplazo para su novia o ex novia.
—Supongo que no nos quedan más opciones. Tendrás que ser mi novia.
«¡¿WTF?! ¿Qué infiernos había dicho?»
Me quedé viéndolo sin entender nada. Corrijo, sin querer entender nada. Esto era tan irreal, a decir verdad, era una completa locura. Pasaron varios segundos antes de que pudiera reaccionar. Claro, si por
reaccionar se entiende abrir y cerrar la boca un par de veces sin conseguir decir palabra alguna.
Como era de esperarse él enarcó una ceja todavía sin lucir molesto, pero me dio la impresión de que estaba cerca de cabrearse.
—Entonces —titubeé, sentía la lengua pesada—, ¿Qué decías?
—Oíste perfecto.
—No, no pude haber oído perfecto, porque lo que escuché fue una estupidez. En serio. De seguro que tantas bofetadas te hicieron daño.
—Estoy seguro que sí, porque tu amiga, la que disgustó a su peluquero, me dio bastante duro.
Mordí la cara interna de mi mejilla para no reír, pero no lo logré. Sabía que hacerlo me convertía en una pésima amiga, pero no podía evitarlo. Él tenía razón. El look de Yania apestaba. No era fea, al contrario, sus genes rusos la hacían mucho más hermosa que el promedio de las chicas del colegio. Sin embargo, el último tinte de cabello que había elegido era espantoso.
—Sé serio.
—Lo soy. Mira, tú me metiste en esto, ¿no puede ser tan malo o sí?
Si existía algún modo menos romántico de pedir una cita, me gustaría haberlo escuchado. Quién sabe, tal vez existían records de falta
de tacto o algo así. Aunque, estaba demasiado avergonzada y arrepentida para traer más ruina a la vida del pobre chico nuevo. Y sí, también me sentía un poco atraída hacía él— siendo sincera— más que nada por su aspecto.
Ya les dije que en ese entonces era superficial.
Pero alguien se encargó de cambiar esa característica de mi personalidad… Y no fue bonito.

2 VIDA HUMANA
Existía más de una razón por la que no le presentaba mis novios a mamá. No era que saliera con muchos chicos, en realidad Lucas era el primero. Sino que en mi familia, existían serios problemas de confianza, mamá casi nunca se encontraba en casa y por último y más importante, ella era el tipo de mujer que hacía que los tipos de cualquier edad voltearán a verla.
Sin duda, mamá jamás prestaría algún tipo de atención especial a alguno de mis novios. Existen códigos que ni siquiera ella sería capaz de romper. De cualquier manera, no era bonito saber que el chico con quien sales estaba en casa solo para mirar a tu madre, y la cuestión es que yo quería que eso—lo que sea que eso fuera— funcionara.
Llevábamos dos meses y medio de relación, y esta vez era en serio; y para mi sorpresa, estar con Lucas no había resultado ser el infierno que temía. En realidad era todo lo contrario.
Ahora bien, la primera vez que nos besamos se sintió rara. Su boca era suave, húmeda y por alguna extraña razón me recordó a la textura de los pollos. No los que traen plumas, sino los que venden crudos en los supermercados. Supongo que el hecho de haber sido el primer beso, influyó en que lo sintiera así.
Novata.
Pero la práctica hace al maestro y la etapa de los besos con textura a pollo muerto había pasado. Así mismo, lo que comenzó como una mentira había dado lugar a una relación bastante prometedora.
Yo le gustaba. Y cuando no me lo recordaba con sus palabras, lo demostraba con su cuerpo. Lucas parecía ignorar una indiscutible realidad: yo era diferente al resto de nuestros compañeros de clases y era bastante difícil no darse cuenta del cómo los demás me miraban con desdén, o sonreían burlescamente. O quizá Lucas sí se percataba del bullying silencioso del que era víctima, pero lo disimulaba muy bien.
Me gustaba esa parte de él. A su lado no era el bicho raro, ni tampoco una octava maravilla del mundo. Con él me sentía yo, y eso estaba bien, porque no había más que eso: Yo.
Como Yania se empeñaba en decir: no era fea. Claramente jamás sería Miss Universo, ni tampoco saldría en el anuario escolar como una de las más bellas. Pero no estaba mal. La única razón por la que me encontraban rara, era debido a un grupo de idiotas que me descubrieron en una de las premieres de Henry Ploter, un par de años atrás. Y… bueno, no hubiese sido tan grave si en esos momentos no estuviera haciendo un cosplay de maga. De todos modos, aquello era cosa del pasado. Aunque no podía negar que, aunque improvisé mi disfraz con una túnica y una varita cualquiera, lograba un efecto bastante realista en mi caracterización.
De cualquier manera, las personas en general, eran bastante hipócritas con el tema del fanatismo. Quiero decir, si vas por la calle y ves a un chico con una camiseta negra de letras amarillas que dicen: Nirvana. ¡Ya! Él es cool, porque sabemos que Kurt Cobain es prácticamente una leyenda, pero intenta usar una que diga: Mago en Entrenamiento o Muérdeme.
Sí. Lo sé. Muy mala idea.
—¡Llegué! Hola… —avisé, sabiendo que nadie contestaría. No tenía el poder para ver el futuro, en realidad el único poder que tenía era el de ahorrar dinero para invertirlo en literatura. Sin embargo, en ocasiones la esperanza es todo lo que tienes y no me parecía malo desear que por alguna vez mamá estuviera esperándome en casa y me preguntara “¿Qué tal estuvo tu día?”.
Cada vez que cerraba la puerta tras de mí, no podía evitar mirar hacia la escalera a mi derecha. Siempre imaginaba a mamá bajando para saludar. Era un acto absurdo, pero tan mecánico como inevitable.
Suspiré por mera costumbre.
—Bien, iré a comer —con el correr del tiempo había desarrollado la habilidad o mejor dicho, la necesidad de hablar sola. No es que fuera esquizofrénica, créanme en algún momento de verdad me lo planteé, a veces me preguntaba si valía la pena mantener conversaciones en voz alta. No es que esperara una respuesta o algo así. Una cosa era hablar sola y otra muy distinta era oír voces en tu cabeza. No había llegado a ese punto… aún. En fin, la casa era grande, la sentía tan vacía y fría, que me provocaba escalofríos.
A falta de mascotas, no me quedaban muchas opciones. De hecho tenía un hermano mayor, Rodrigo; de veintitrés años, estudiante de
ingeniería en sonido, creyente acérrimo de que algún día formaría su propia banda, yo no le veía futuro en eso. Más que nada porque se lo pasaba todo el día encerrado en su cuarto jugando World of Warcraft. Era un total idiota procrastinador.
Freí unos huevos y calenté en el microondas los restos de arroz que habían sobrado del día anterior. Horas más tarde, casi entrada la noche, había escuchado a Rodrigo salir. Siempre lo hacía. Con mamá fuera de la casa la mayor parte del tiempo, no teníamos límites, salvo los que nosotros mismos nos autoimponíamos. Al final, había cerrado mis ojos y me había dedicado a contar ovejas. Estaba agotada emocionalmente, incluso para leer.
Con el correr de los días, me vi obligada a tomar una decisión que había roto mi corazón: mantendría la, eh… relación con Lucas en secreto.
Ya había notado que la gente nos miraba mucho cuando estábamos juntos y no quería eso para él. Exponerlo al rechazo del resto era un acto egoísta. Por mucho que odiara los discursos de mi padre, desde pequeña me habían enseñado a no herir, al menos no intencionalmente. Y Lucas era carne fresca para los coyotes. No solo había llegado a
mitad de semestre en su último año de colegio, sino que también salía con la rara de la clase.
Como sea. Independientemente de si se adaptaba fácil o no, exhibirlo me parecía malo, un acto inhumano; no sé si un sacrificio social, porque esas cosas me traían sin cuidado. Aun así, le había pedido que mantuviéramos lo nuestro en secreto.
¿Y la verdad? me hirió la rapidez con la que había aceptado el trato.
Sin embargo, fuera de todo pensamiento paranoico, Lucas era genial en muchas formas. Incluso diferente a los demás, sobre todo cuando estábamos solos. El modo en que me besaba y tocaba. Rayos, eso hacía que me olvidara de todo.
El poco tiempo que le robábamos a nuestras horas de sueño para estar juntos nunca era suficiente. Lo más difícil era afrontar cada día sabiendo que solo lo tendría para mí cuando las horas hábiles pasaran.
—Tienes que estar bromeando —escupió Yania con irritación cuando le conté la verdad sobre Lucas y yo. Entendiendo por verdad el admitir que me había inventado un novio y luego confesar que apenas dos meses atrás habíamos comenzado a salir de verdad, solo para añadir después que actualmente estábamos llevando nuestra relación en secreto. María José Ellery, mi otra mejor amiga, había sido mucho más comprensiva, probablemente porque a ella no le mentí en primer lugar.
En el fondo, preferiría no habérselo admitido, nunca. Pero lo hice más que nada, porque Yania le estaba tomando una aversión insana a mi novio, ya que aún cargaba en su mente la imagen de mi Lucas besando a la rubia natural. Sin embargo, qué otra cosa podía hacer, Yania era así… tenía esta fascinación por hacer notar los errores o defectos de los demás. Hábito que la imposibilitaba para la autocrítica y la reflexión de sus propios problemas.
Quizá de esa manera ocultaba sus inseguridades. Sin embargo, al verla con ese color chicle o purpura deslavado con el que se tiñó el cabello, y además, llevarlo cortado como un plumero, destruía cualquier teoría sobre su fisiología sicológica, porque ¡por favor! hay que estar bastante segura de uno mismo para salir así a la calle.
—Necesitas ayuda profesional —había dicho ella para dar el tema por cerrado. Continuaba enojada, pero lo superaría. Estaba segura de eso.
Como sea, todo marchaba bien y ya no me preocupaba seguir ocultando la verdad con mentiras. Eso que dicen sobre la verdad que te hace libre, parecía ser cierto.
A su vez, Lucas y yo congeniábamos perfectos. Resultó ser que él era un excelente amante. Bien, esto último no era exactamente cierto, pero era lo que Lucas pensaba, y no quería mancillar su orgullo con una verdad tan fea. Lo mismo ocurría con la versión oficial que manejaban mis amigas, una verdad a medias. Les había dicho que él besaba bien. Para Yania, María José y también mi familia, yo seguía siendo virgen, y seguiría siéndolo hasta el matrimonio. Admitámoslo, es lo que todos los padres quieren oír...
En realidad solo nos habíamos acostado una vez. ¿La ocasión? Celebrar el segundo mes de relación. Ninguno tenía experiencia en esa área y el poco tiempo que había durado nuestra primera vez no fue grato para ninguno de los dos: sus movimientos fueron torpes, apresurados y bruscos. Sudaba y temblaba un montón… Ni hablemos de mí.
Y dada la pésima experiencia, no tuve muchas ganas de volver a intentarlo. No durante lo que quedaba del mes, al menos. Desde entonces no habíamos sacado el tema a colación.
Ya estábamos a veintiocho de Septiembre. Cinco días, cuatro horas y nueve minutos habían pasado desde que habíamos quedado en juntarnos en el cine para ver una película de terror. Di un vistazo a mi ropa, para asegurarme de que no me había puesto zapatos de juegos distintos al salir corriendo de casa.
Incliné mi cabeza, traía mis converse habituales y el resto, pues, no había mucho que mirar. Estaba nerviosa así que opté por vestir con ropa cómoda: jeans negros y un sweater gris. Estábamos en pleno invierno, lo que en Valdivia significaba que llovería a cántaros, así que me había arriesgado a traer mi preciosa bufanda de mago.
El cine estaba repleto, una fila de sobre veinte personas bordeaba la cafetería ubicada a un lado de la insignificante cinta que separaba las salas de cine de la boletería.
Ansias locas barrieron con mi estabilidad al observar la hora en mi reloj: seis con cinco. Acordamos que sería a las seis con treinta, pero comencé a prepararme a las cuatro de la tarde. Los nervios pueden hacer que rompas cosas o derrames el café sobre la ropa, así que preferí hacer todo con anticipación y la anticipación me llevó hasta el cine media hora antes.
«Genial, esto era simplemente genial».
Cuando por fin lo vi llegar, no pude evitarlo y terminé tragándome el nudo con tamaño de bola de tenis que se había formado en mi garganta. Era eso o colgarme a su cuello.
Lucas traía puestos unos vaqueros oscuros, casi negros y una camiseta gris remangada hasta los codos. Un paraguas negro colgaba de su brazo. Mi primer pensamiento fue que se veía absolutamente comestible, el segundo fue que vestíamos del mismo color.
Mi corazón brincó y me asusté. Habían pasado dos meses desde que habíamos iniciamos nuestra relación-penitencia. Él prefería lo primero
y últimamente, también yo. ¿Qué puedo decir? Mi expiación era jodidamente placentera. O solía serlo.
Además, aunque Lucas mostraba señas de disfrutar lo nuestro, seguía sin querer darle nombre, o tal vez él asumía que éramos "algo" y era yo quién se estaba rebanando los sesos intentando entenderlo.
—Llegas temprano —dijo desviando su vista de mi rostro al móvil que descansaba en su palma.
Pestañeé, un gesto horrible que se repetía un montón cuando estaba nerviosa. No era como pestañear rápido, sino todo lo contrario como si mis parpados se pegaran o les diera un maldito calambre. En resumidas cuentas, yo pestañeaba jodidamente lento. Y Lucas lo notó.
—También tú —repuse, antes que él dijera algo relacionado con mi nerviosismo. Después de todo, había estado dando vistazos a mi móvil cada cinco minutos, eran las seis con quince. Él no había llegado lo que se diría tarde, la película iniciaba un cuarto para las siete y acordamos llegar quince minutos antes de que empezara.
—Culpable —me sonrió, ladeando su rostro levemente mientras arqueaba una ceja sugestivamente—. Quería verte, no solo hoy, sino toda la semana.
Me sentía igual, pero luego recordé lo distante que había estado en la semana.
—No es lo que me pareció.
La sonrisa de su boca desapareció y sus labios adquirieron un rictus serio.
—No es fácil hablar con “alguien”, cuando ese “alguien” se pasa la mitad del día huyendo de ti.
—¡No huía!
—Claro que no —se había cruzado de brazos mientras me veía serio—. Solo te sientas al otro lado del comedor. Muy maduro, señorita.
—Oye, cálmate un poco. Que te sientes en la mesa de esos tarados no me lo pone fácil.
—¿Tarados?
—Disculpa, me expresé mal. Son solo tipos que hablan de perseguir una pelota, mientras un par de rubias teñidas asienten como si entendieran. ¿Cómo podrían serlo?
—Bueno son parte del equipo de fútbol de la escuela. No puedes referirte así de ellas solo por tener buen gusto. Espera un momento ¿Estás celosa?
Atónita, me tragué una maldición. Esta vez, ni siquiera pestañeé con dificultad, porque ya no quedaba nerviosismo en mí, solo rabia.
—¿Eso piensas de mí?
Los ojos de él se desviaron a mi derecha, seguí su mirada, un grupo importante de personas se había formado a mi espalda, mayormente mujeres, probablemente esperando la función.
Lucas tomó mi mano entre las suyas y me arrastró hasta las escaleras junto al baño de damas. Era la primera vez que lo hacía en público y era una lástima que fuera en esta situación,
Qué absurdo que ese simple contacto se sintiera tan íntimo después de todo lo que habíamos compartido.
—Esto de llevarme a sitios oscuros se te da bien —bromeé, intentando quitarle la tensión al momento, pero en cuanto las palabras salieron disparadas de mi boca, supe que había sido un error garrafal.
La cara de Lucas lo decía todo.
—Al parecer no.
Sabía lo que quería decir con eso, se refería a nuestra última vez juntos.
Al sexo.
Me miró triste y avergonzado. Lucía como un niño pequeño que se ha perdido en el supermercado. Maldición, ¿Cómo diablos lo hacía? Otro mohín de esos y no me haría responsable de mis actos.
Ahí de pie con su pecho subiendo y bajando con algo parecido al miedo, supe que lo podía perder. Más bien… Que no lo podría retener. No me pregunten cómo, solo lo sabía.
Era como tener la certeza de que en realidad nada te pertenece. Nada es completamente tuyo. Ni mis padres, ni mis amigas, ni siquiera él. Me rebelé contra ese pensamiento y me aferré a la esperanza.
—Lucas… —Quería excusarme. Quería decirle algo que se oyera lógico, razonable, cualquier cosa que lo hiciera permanecer a mi lado. Sin embargo, no conseguí terminar, porque…
—¡Gracias al cielo! —, de repente tenía sus manos asidas a mi cabeza y su boca obstruyendo la mía.
¡Tan de película!
El beso empezó rudo, como siempre. Tal vez un poco torpe pero después de que el nerviosismo se diluyera, el gesto se tornó más enternecedor. Era un gesto más sincero y menos impulsivo.
—Miki, perdóname —volvió a besarme—.He sido un idiota —otro beso—. No debí presionarte. ¡Maldición!, no debí apurar las cosas.
Su boca descendió hasta rozar mi mandíbula.
—Fui un estúpido. Estábamos tan bien.
—Lucas —su lengua realmente era capaz de provocarme escalofríos.
—¡Lucas, mírame! —pero él seguía besándome. Atacar mis labios era una mejor alternativa, a la opción de enfrentar mis ojos.
Tomé su cara entre mis manos, mis dedos punzando en su mandíbula y lo forcé a mirarme.
—Estamos bien ¿Me oyes? Nada ha cambiado —añadí con determinación. Podría apostar a que no me creyó. Sin embargo, fue bastante bueno en disfrazarlo, ya que me regaló una sonrisa cargada de alivio y besó mi frente.
—Vas a desear pasar conmigo esta noche — dijo minutos más tarde con sus labios besando mi oído en medio de susurros, mientras nos instalábamos en las butacas del cine. Por fortuna, nuestra pequeña discusión había sido más breve de lo que pensé. Supongo que decir que algunos minutos se hacen eternos es una exageración, pero de que se hacen largos, se hacen largos.
—Sucio —bromeé, observando el título de la película en la pantalla.
Ocaso.
—¿Yo? Pero si no he dicho nada.
—¿Qué hay sobre “querer pasar la noche contigo”?.
—Muy bien, ahora quién es la mal pensada. Yo me refería a la película. Esteban me advirtió que era bastante explícita, por eso imaginé que desearías tener compañía esta noche.
—Sí, claro.
—De hecho, él usó la palabra “Gore”.
Le di un codazo justo cuando un par de chicas en el cine comenzaba a gritar, pese a que la pantalla continuaba con el título en ella. Bueno eso y un montón de pinos tras las letras que rezumaban misterio.
Le di una mirada rápida. El muy canalla estaba partido de la risa.
Vale, puede que tuviera razón. Si con solo ver el nombre de la película gritaban de ese modo, no quería ni imaginar el resto.
Aferré mis manos a su brazo y lo escuché suspirar complacido.
—Juro que no te vas a arrepentir — me advirtió con un deje de satisfacción. Y tenía razón. Yo no lo había hecho. El único arrepentido fue él.
Supongo que en ese momento, debería haber sabido que las cosas no acabarían bien, pero no lo intuí. Estaba demasiado absorta observando la película y claro, también al protagonista: Edgard Clutter.
Y así fue como Stephanie Moyer arruinó mi vida.
Una semana después de ver Ocaso, Lucas me regaló el libro. Al día siguiente ya lo había terminado y gracias a mi personalidad saga-adictiva, había llamado a Yania para que me prestara Luna Llena, la segunda parte de la saga. Esa misma noche lo terminé y, aunque era noche de colegio, a las 4:00 am conversaba con mis dos amigas por Skype sobre las teorías del tercer libro que aún no tenía nombre.
Decir que me había gustado el libro era quedarse corta. Había sido como una de esas revelaciones místicas, como ver la luz —o como diría Enrique Iglesias— una experiencia religiosa.
Ese mismo fin de semana organizamos una pijamada para conversar sobre Ocaso, pero terminó con Yania y María José actuando como la inquisición. Se me había ocurrido la maravillosa idea de actualizarlas sobre Lucas y yo. Ambas estaban de acuerdo en que debía exigirle que le diéramos un nombre a “eso” que teníamos. Yania, por un lado, insistía en que Lucas prácticamente me había forzado a tener sexo, lo cual es una completa estupidez. Puede que no haya estado lista, pero no me había forzado. Por otro lado, yo también quería darle un sustantivo apropiado a lo nuestro y dejar de llamarlo “eso”.
Para el final de la noche habíamos acordado que:
Habían 65 diferencias entre el libro y la película de Ocaso, y aunque Robert Paterson era muy guapo, no era Edgard Clutter.
No puedes hacerte la manicure antes de irte a dormir, se arruinará irremediablemente.
La fiesta de alianzas del liceo era la ocasión para definir mi relación con Lucas.
Lamentablemente, en la vida uno propone y ella dispone… Y ese día nada sucedió como lo habíamos dispuesto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario