miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 2

2
«Dios, qué jodido estoy.»
Llevaba mirando al techo desde que me había despertado hacía treinta minutos. El cerebro: hecho
un lío. La polla: como una piedra.
Bueno, como una piedra otra vez.
Fruncí el ceño sin dejar de mirar el techo. No importaba cuántas veces me hubiera masturbado
desde que ella me dejó el día anterior, aquello no parecía bajar nunca. Y aunque nunca creí que fuera
posible, era peor que los otros cientos de veces que me había levantado así. Porque esta vez sabía lo
que me estaba perdiendo. Y eso que ella ni siquiera me había dado la oportunidad de correrme.
Nueve meses. Nueve putos meses de erecciones matutinas, de masturbaciones y de infinitas
fantasías con alguien que ni siquiera deseaba. Bueno, eso no era del todo cierto. La deseaba. La
deseaba más que a ninguna otra mujer que hubiera visto en la vida. El mayor problema era que
también la odiaba.
Y ella me odiaba a mí. Pero me odiaba de verdad. En mis treinta y un años nunca había conocido a
nadie que me sacara de quicio como lo hacía la señorita Mills.
Solo su nombre ya me ponía a mil. «Maldita traidora.» Bajé la vista hacia el lugar donde estaba
formando una tienda de campaña con las sábanas. Ese estúpido apéndice era el que me había metido
en ese lío en un primer momento. Me froté la cara con las manos y me senté en la cama.
«¿Por qué demonios no he podido mantenerla metida en los pantalones?» Lo había conseguido
durante casi un año. Y funcionaba. Guardaba las distancias, le daba órdenes... Joder, tenía que admitir
que había sido un verdadero cabrón ese tiempo. Y de repente, perdí la cabeza sin más. Solo hizo falta
un momento. Sentado en aquella sala en silencio, su olor me envolvió y esa dichosa falda... Y la forma
en que me puso el trasero en la cara... Perdí el control.
Estaba seguro de que si me la tiraba una vez sería algo decepcionante y dejaría de desearla tanto.
Por fin tendría algo de paz. Pero ahí estaba de nuevo, en mi cama, empalmado como si no me hubiera
corrido en semanas. Miré el reloj; solo habían pasado cuatro horas.
Me di una ducha rápida, frotándome con fuerza como para borrar cualquier rastro que me quedara
de ella de la noche anterior. Iba a parar eso: tenía que hacerlo. Bennett Ryan no actuaba como un
adolescente en celo, y sin duda no iba follándose por ahí a las chicas de la oficina. Lo último que
necesitaba era una mujer dependiente fastidiándolo todo. No podía permitir que la señorita Mills
tuviera ese control sobre mí.
Todo iba mucho mejor antes de saber lo que me estaba perdiendo. Por muy horrible que fuera
entonces, ahora era un millón de veces peor.
Iba de camino a mi despacho cuando entró ella. Por la forma en la que se había ido la noche anterior
(prácticamente salió corriendo), suponía que podía esperar una de dos: o aparecería por la mañana
haciéndome ojitos y pensando que lo de anoche significaba algo, que «nosotros» éramos algo, o iba a
hacerme la vida imposible.
Si alguien se enteraba de lo que habíamos hecho, no solo podía perder mi trabajo, sino que podía
perder todo por lo que había luchado. Pero, por mucho que la odiara, no la veía haciendo algo como
eso. Si había algo que había aprendido sobre la señorita Mills en ese tiempo era que se trataba de una
persona leal, en quien se podía confiar. Llevaba trabajando para Ryan Media Group desde la
universidad y por algo se había convertido en una parte muy valiosa de la empresa. Ahora le quedaban
solo unos meses para acabar su máster y después podría escoger el trabajo que más le gustara. Seguro
que no iba a poner eso en peligro.
Pero, joder, lo que hizo fue ignorarme. Entró llevando una gabardina hasta la rodilla que ocultaba
cualquier cosa que llevara debajo, pero que le servía más que bien para mostrar esas piernas
fantásticas que tenía.
Oh, mierda... Si llevaba esos zapatos había posibilidades de que... «No, ese vestido no. Por favor,
por el amor de Dios, ese vestido no...» Sabía perfectamente que no había forma de que tuviera fuerza
de voluntad para soportar aquello justo ese día.
La miré fijamente mientras colgaba la gabardina en el armario y se sentaba en su mesa.
Madre de Dios, esa mujer era la mayor tentación del mundo.
Y sí, llevaba el vestido blanco. Con un escote bastante pronunciado que acentuaba la suave piel del
cuello y las clavículas y la tela blanca pegándose perfectamente a esos pechos increíbles; ese vestido
era la ruina de mi existencia, mi cielo y mi infierno en un envoltorio delicioso.
La falda le llegaba justo por debajo de las rodillas y era lo más sexy que había visto en mi vida. No
era provocativo en sí mismo, pero había algo en el corte y en ese maldito blanco virginal que me tuvo
de nuevo como una moto prácticamente todo el día. Y siempre se dejaba el pelo suelto cuando se
ponía ese vestido. Una de mis fantasías recurrentes era quitarle todas las horquillas del pelo y
agarrárselo mientras me la follaba.
Dios, es que siempre me ponía de mal humor.
Como siguió sin hacerme ni caso, me volví y entré como un torbellino en mi oficina y di un
portazo. ¿Por qué seguía afectándome así? Nada ni nadie me habían distraído así y la odiaba por ser la
primera en conseguirlo.
Pero una parte de mí lo que odiaba era el recuerdo de su expresión victoriosa cuando me dejó sin
aliento y prácticamente suplicándole que me la chupara. Esa chica los tenía bien puestos.
Me tragué la sonrisa que surgía en mis labios y me centré en seguir odiándola.
Trabajo. Me centraría en el trabajo y dejaría de pensar en ella. Caminé hasta mi mesa y me senté
intentando dirigir mi atención a cualquier cosa salvo la sensación extraordinaria de sus labios
rodeándome la noche anterior.
«No es el momento, Bennett.»
Abrí mi ordenador portátil para comprobar mi agenda para ese día. Mi agenda... Mierda. Ella tenía
la versión más actualizada en su ordenador. Esperaba no perderme ninguna reunión esa mañana,
porque no estaba dispuesto a pedirle a la «Princesa de hielo» que entrara en mi despacho hasta que no
fuera absolutamente necesario.
Estaba revisando una hoja de cálculo cuando oí que llamaban a mi puerta.
—Adelante —dije.
De repente un sobre blanco cayó de golpe en mi mesa. Levanté la vista y vi a la señorita Mills
mirándome con una ceja enarcada insolentemente. Sin decir ni una palabra se dio la vuelta y salió de
mi despacho.
Miré fijamente el sobre con un ataque de pánico. Seguramente era una carta formal detallando mi
conducta y expresando su intención de ponerme una demanda por acoso. Esperaba un membrete y su
firma al final de la página.
Lo que no me esperaba era el recibo de una tienda de ropa de internet... Y cargado en la tarjeta de
crédito de la empresa. Me levanté de la silla de un salto y salí corriendo de mi despacho tras ella. Se
dirigía hacia las escaleras. Bien. Estábamos en la planta dieciocho y seguramente nadie aparte de ella
y yo iba a utilizar esas escaleras. Podía gritarle todo lo que quisiera y nadie se iba a enterar.
La puerta se cerró con un ruido metálico y sus tacones resonaron bajando los escalones justo delante
de mí.
—Señorita Mills, ¿dónde demonios cree que va?
Ella siguió andando sin volverse.
—Es la hora del café, así que en mi calidad de «secretaria», que es lo que soy —dijo entre dientes
—, voy a la cafetería de la planta catorce a buscarle uno. Usted no puede pasar sin su dosis de cafeína.
¿Cómo alguien tan sexy podía ser tan arpía a la vez? La alcancé en el rellano entre dos plantas, la
agarré del brazo y la empujé contra la pared. Ella entornó los ojos despectivamente y siseó con los
dientes apretados. Le puse el recibo delante de la cara y la miré fijamente.
—¿Qué es esto?
Ella sacudió la cabeza.
—¿Sabes? Para ser un pedante sabelotodo a veces eres muy tonto. ¿Tú qué crees? Es un recibo.
—Ya me he dado cuenta —gruñí arrugando el papel. La pinché con una parte puntiaguda del recibo
en la delicada piel justo encima de uno de sus pechos; sentí que mi polla se despertaba cuando ella
soltó una exclamación ahogada y sus pupilas se dilataron—. ¿Por qué te has comprado ropa y la has
cargado a la tarjeta de la empresa?
—Porque un cabrón me hizo jirones la blusa. —Se encogió de hombros y después acercó la cara un
poco y susurró—. Y las bragas.
Joder.
Inspiré hondo por la nariz y tiré el papel al suelo, me incliné hacia delante y uní mis labios con los
de ella mientras enredaba los dedos en su pelo, apretando su cuerpo contra la pared. Mi polla latía
contra su abdomen mientras sentía que su mano seguía el mismo camino que la mía y se metía entre
mi pelo para agarrármelo con fuerza.
Le subí el vestido por los muslos y gemí dentro de su boca cuando mis dedos encontraron otra vez
el borde de encaje de sus medias hasta el muslo. Lo hacía para atormentarme, seguro. Sentí que me
pasaba la lengua sobre los labios mientras yo rozaba con los dedos la tela cálida y húmeda de sus
bragas. Las agarré con fuerza y les di un fuerte tirón.
—Pues apunta que tienes que comprarte otras —le dije y después le metí la lengua dentro de la
boca.
Ella gimió profundamente cuando metí dos dedos en su interior. Estaba todavía más húmeda de lo
que estaba la noche anterior, si es que eso era posible. «Menuda situación tenemos ahora mismo entre
manos.» Ella se apartó de mis labios con una exclamación cuando empecé a follarla con los dedos con
fuerza mientras con el pulgar le frotaba con energía y ritmo el clítoris.
—Sácatela —me dijo—. Necesito sentirte. Ahora.
Yo entrecerré los ojos, intentando ocultar el efecto que sus palabras tenían en mí.
—Pídamelo por favor, señorita Mills.
—Ahora —dijo con mayor urgencia.
—¿Eso no es un poco exigente?
Me dedicó una mirada que le habría minado la moral a alguien menos canalla que yo, y no pude
evitar reírme. Mills sabía defender su territorio.
—Tienes suerte. Hoy me siento generoso.
Me quité todo lo rápido que pude el cinturón, los pantalones y los calzoncillos antes de levantarla a
pulso y embestirla. Dios, qué sensación. Mejor que nada. Eso explicaba por qué no podía quitármela
de la cabeza. Algo me decía que nunca me iba a hartar de eso.
—Maldita sea —murmuré.
Ella inspiró con fuerza y sentí que me apretaba. Su respiración se había vuelto irregular. Mordió el
hombro de mi chaqueta y me rodeó con una pierna cuando empecé a moverme rápido y fuerte con ella
aún contra la pared. En cualquier momento alguien podía aparecer en las escaleras y pillarme
follándomela, pero nada podía importarme menos en aquel momento. Necesitaba quitármela de la
cabeza cuanto antes.
Levantó la cabeza y fue mordisqueándome el cuello hasta que atrapó mi labio inferior entre los
dientes.
—Cerca —me dijo con voz grave y apretó su pierna alrededor de mi cintura para acercarme y
profundizar más—. Estoy cerca.
«Perfecto.»
Enterré mi cara en su cuello y en su pelo para amortiguar mi gemido al correrme con fuerza y sin
avisar dentro de ella, apretándole el trasero con las manos. Y salí antes de que pudiera frotarse más
contra mí, dejándola en el suelo sobre sus piernas inestables.
Me miró con la boca abierta y los ojos en llamas. Las escaleras se llenaron de un silencio sepulcral.
—¿En serio? —dijo resoplando sonoramente. Echó la cabeza hacia atrás y golpeó la pared con un
ruido seco.
—Gracias, ha sido fantástico. —Me subí los pantalones que tenía a la altura de las rodillas.
—Eres un cabrón.
—Creo que eso ya me lo habías dicho —murmuré bajando la vista para subirme la cremallera.
Cuando volví a levantarla, ella se había arreglado el vestido, pero se la veía hermosamente
desaliñada, y parte de mí deseó estirar el brazo y deslizar la mano entre sus piernas para hacer que se
corriera. Pero una parte de mí aún mayor estaba disfrutando con la furiosa insatisfacción que había en
sus ojos.
—El que siembra vientos, recoge tempestades, por así decirlo.
—Qué pena que seas un polvo tan malo —respondió con frialdad. Se volvió para seguir bajando las
escaleras, pero se detuvo de repente y se volvió para mirarme—. Y qué suerte que esté tomando la
píldora. Gracias por preguntar, imbécil.
La vi desaparecer bajando las escaleras y gruñí mientras regresaba a mi despacho. Me dejé caer en
la silla con un resoplido y me pasé las manos por el pelo antes de sacar sus bragas rotas de mi bolsillo.
Me quedé mirando la seda blanca que tenía entre los dedos durante un momento y después abrí el
cajón de mi mesa y las metí dentro junto con las de la noche anterior.
3
Cómo demonios conseguí bajar esos escalones sin matarme es algo que no sabría explicar. Salí
corriendo como si el lugar estuviera en llamas, dejando al señor Ryan solo en las escaleras con la boca
abierta, la ropa desordenada y el pelo revuelto como si alguien lo hubiera asaltado.
Pasé sin pararme por la cafetería de la catorce y llegué a la última puerta del rellano, que crucé de
un salto (algo nada fácil con esos zapatos), abrí la puerta metálica y me apoyé contra la pared,
jadeando.
«Pero ¿qué acaba de pasar?» ¿Acabo de follarme a mi jefe en las escaleras? Solté una exclamación
y me tapé la boca con las manos. ¿Y le he ordenado que lo haga? «Oh, Dios.» Pero ¿qué demonios me
pasa?
Alucinada me aparté con dificultad de la pared y subí unos cuantos tramos de escaleras hasta el
baño más cercano. Comprobé todos los cubículos para asegurarme de que estaban vacíos y después
cerré con llave la puerta principal. Cuando me acerqué al espejo del baño hice una mueca. Parecía que
me hubieran centrifugado y puesto a secar.
Mi pelo era un desastre. Todas mis ondas tan cuidadosamente ordenadas eran ahora una masa de
nudos salvajes. Al parecer al señor Ryan le gustaba que llevara el pelo suelto. Tendría que recordarlo.
«Un momento... ¿Qué?» ¿De dónde había salido eso? No tenía que recordar nada, ni hablar. Golpeé
la encimera de los lavabos con el puño y me acerqué más para evaluar los daños.
Tenía los labios hinchados y el maquillaje corrido. El vestido estaba dado de sí y prácticamente me
quedaba colgando; y otra vez me había quedado sin bragas.
«Hijo-de-puta.» Ya eran las segundas. ¿Qué hacía con ellas?
—¡Oh, Dios! —exclamé en un ataque de terror. No estarían en alguna parte de la sala de reuniones,
¿verdad? ¿Las habría recogido y tirado? Debería preguntarle para estar segura. Pero no. No le iba a dar
la satisfacción de reconocer que esto... esto... ¿Qué era esto?
Sacudí de nuevo la cabeza, frotándome la cara con las manos. Dios, lo había estropeado todo.
Cuando llegué esa mañana tenía un plan. Iba a entrar allí, tirarle ese recibo a su atractiva cara y decirle
que se lo metiera por donde le cupiera. Pero él estaba tan tremendamente sexy con ese traje color gris
antracita y el pelo tan bien peinado hacia arriba, como una señal de neón que pedía a gritos que lo
despeinaran, que simplemente había perdido la capacidad de pensar con claridad. Patético. ¿Qué tenía
él que hacía que el cerebro se me convirtiera en papilla y me humedeciera así?
Esto no estaba bien. ¿Cómo iba a poder mirarlo sin imaginármelo desnudo? Bueno, vale, no
desnudo. Técnicamente no le había visto totalmente desnudo todavía, pero lo que había visto me hacía
estremecer.
«Oh, no. ¿Acabo de decir “todavía”?»
Podría dimitir. Lo pensé durante un minuto, pero no me gustó lo que me hizo sentir. Me encantaba
mi trabajo y el señor Ryan podía ser el mayor capullo del mundo, pero había podido tratar con él
durante nueve meses y (si no teníamos en cuenta las últimas veinticuatro horas) me las había apañado
para conseguir trabajar con él como no lo había hecho nadie antes. Y por mucho que odiara admitirlo,
me encantaba verlo trabajar. Era un capullo tremendamente impaciente, un perfeccionista obsesivo, le
ponía a todo el mundo el listón a la misma altura y no aceptaba nada que no fuera lo mejor que
pudieras hacer. Pero tenía que admitir que siempre había agradecido que diera por hecho que podía
hacerlo mejor, trabajar más, hacer lo que hiciera falta para sacar adelante mi tarea... incluso aunque
sus métodos no me encantaran. Realmente era un genio del mundo del marketing; toda su familia lo
era.
Y esa era otra. Su familia. Mi padre estaba en Dakota del Norte y, cuando empecé como
recepcionista mientras estaba en la universidad, Elliott Ryan fue muy bueno conmigo. Todos lo habían
sido. El hermano de Bennett, Henry, era otro ejecutivo senior y el hombre más amable que había
conocido nunca. Me encantaba toda la gente de allí, así que dimitir no era una opción.
El mayor problema eran las prácticas. Necesitaba presentar mi informe sobre la experiencia en la
empresa a la junta de la beca JT Miller antes de terminar mi máster, y quería que mi proyecto final
fuera brillante. Por eso me había quedado en Ryan Media Group: Bennett Ryan me ofreció la cuenta
Papadakis (el plan de marketing de una promotora inmobiliaria multimillonaria) que era un proyecto
mucho más grande que el de cualquiera de mis compañeros. Cuatro meses no eran suficientes para
empezar en otra parte y encontrar algún proyecto interesante con el que poder lucirme... ¿verdad?
No. Definitivamente no podía dejar Ryan Media.
Tomada esa decisión, sabía que necesitaba un plan de acción. Tenía que seguir siendo profesional y
asegurarme de que entre el señor Ryan y yo nunca, jamás volviera a pasar nada, aunque «nada» fuera
el sexo más caliente y más intenso que había tenido en mi vida, incluso aunque me negara los
orgasmos.
Cerdo.
Yo era una mujer fuerte e independiente. Tenía una carrera que construir y había trabajado infinitas
horas para llegar a donde estaba. Mi mente y mi cuerpo no se gobernaban por la lujuria. Solo tenía que
recordar lo que era: un mujeriego, un arrogante, un cabezota y un gilipollas que daba por hecho que
todos los que lo rodeaban eran idiotas.
Le sonreí a mi reflejo en el espejo y repasé el conjunto de recuerdos recientes que tenía de Bennett
Ryan.
«Le agradezco que me haya hecho un café cuando fue a hacerse el suyo, señorita Mills, pero si
hubiera querido beberme una taza de barro habría pasado mi taza por la tierra del jardín esta mañana.»
«Si insiste en golpear el teclado como si le fuera la vida en ello, señorita Mills, le agradecería que
mantuviera cerrada la puerta que comunica nuestros despachos.»
«¿Hay alguna razón para que esté necesitando tantísimo tiempo para llevar los borradores de los
contratos al departamento legal? ¿Es que soñar despierta con peones de granja está ocupando todo su
tiempo?»
Vaya, aquello iba a ser más fácil de lo que creía.
Sintiendo mi determinación renovada, me arreglé el vestido, me coloqué el pelo y me dirigí, sin
bragas y llena de confianza, a la salida del baño. Cogí el café que había ido a buscar y volví a mi
despacho, evitando las escaleras.
Abrí la puerta exterior y entré. La puerta del señor Ryan estaba cerrada y no llegaba ningún ruido
desde el interior. Tal vez estuviera a punto de salir. «Qué más quisiera.» Me senté en mi silla, abrí el
cajón, saqué mi neceser y me retoqué el maquillaje antes de volver al trabajo. Lo último que quería
era tener que verlo, pero si no tenía intención de dimitir, eso iba a suceder en algún momento.
Cuando revisé el calendario recordé que el señor Ryan tenía una presentación para los demás
ejecutivos el lunes. Hice una mueca de asco al darme cuenta de que eso significaba que iba a tener que
hablar con él hoy para preparar los materiales. También tenía una convención en San Diego el mes que
viene, lo que significa no solo que iba a tener que estar en el mismo hotel que él, sino en el mismo
avión, el coche de la empresa y también en todas las reuniones que surgieran. No, seguro que no había
nada incómodo en todo eso.
Durante la siguiente hora me descubrí mirando cada pocos minutos hacia su puerta. Y cada vez que
lo hacía, sentía mariposas en el estómago. ¡Qué estupidez! ¿Qué me estaba pasando? Cerré el archivo
que no estaba consiguiendo leer y dejé caer la cabeza entre las manos justo cuando oí que se abría la
puerta.
El señor Ryan salió y evitó mirarme. Se había arreglado la ropa, llevaba el abrigo colgado sobre el
brazo y un maletín en la mano, pero todavía tenía el pelo totalmente enmarañado.
—Estaré ausente el resto del día —dijo con una calma extraña—. Cancele mis citas y haga los
ajustes necesarios.
—Señor Ryan —dije y él se detuvo ya con la mano en el picaporte—. No olvide que tiene una
presentación para el comité ejecutivo el lunes a las diez. —Le estaba hablando a su espalda. Estaba
quieto como una estatua con los músculos en tensión—. Si quiere puedo tener las hojas de cálculo, los
archivos y los materiales de la presentación preparados en la sala de reuniones a las nueve y media.
La verdad es que estaba disfrutando de aquello. No había ni una pizca de comodidad en su postura.
Asintió brevemente y empezó a salir por la puerta cuando le detuve de nuevo.
—Y, señor Ryan —añadí con dulzura—, necesito su firma en estos informes de gastos antes de que
se vaya.
Él hundió los hombros y resopló impaciente. Se volvió para acercarse hasta mi mesa y, aún sin
mirarme, se inclinó y revisó los formularios con las etiquetas de «Firmar aquí».
Le tendí un boli.
—Por favor firme donde están las etiquetas, señor Ryan.
Odiaba que le dijeran que hiciera lo que ya estaba a punto de hacer. Yo contuve una risita. Me quitó
el boli y levantó lentamente la barbilla, poniendo sus ojos avellana a la altura de los míos. Nos
quedamos mirando durante lo que parecieron varios minutos. Ninguno de los dos apartó la mirada.
Durante un breve momento sentí una necesidad casi irresistible de inclinarme hacia él, morderle el
labio inferior y rogarle que me tocara.
—No me desvíes las llamadas —casi me escupió a la vez que firmaba apresuradamente el último
formulario y tiraba el boli sobre la mesa—. Si hay alguna emergencia, contacta con Henry.
—Capullo —murmuré entre dientes mientras lo veía desaparecer.
Decir que mi fin de semana fue un asco sería poco decir. Apenas comí, apenas dormí y lo poco que
dormí estuvo interrumpido por fantasías de mi jefe desnudo encima, debajo y detrás de mí. Incluso
deseé volver al trabajo para tener algo con lo que distraerme.
La mañana del sábado me desperté frustrada y de mal humor, pero no sé cómo conseguí
recomponerme y ocuparme de las tareas de la casa y de la compra semanal. Pero el domingo por la
mañana no tuve tanta suerte. Me desperté sobresaltada, jadeando y temblando, con el cuerpo cubierto
de sudor y envuelta en un revoltijo de sábanas de algodón. El sueño que había tenido era tan intenso
que me había llevado hasta el orgasmo. El señor Ryan y yo nos encontrábamos otra vez encima de la
mesa de la sala de reuniones, pero esta vez los dos estábamos totalmente desnudos. Él estaba tumbado
boca arriba y yo a horcajadas sobre él, mi cuerpo moviéndose sobre el suyo, subiendo y bajando sobre
su pene. Él me tocaba por todas partes: la cara, el cuello, encima de los pechos y bajando hasta las
caderas, donde me agarraba para guiar mis movimientos. Yo sentí que estaba a punto de correrme
cuando nuestras miradas se encontraron

—¡Mierda! —gruñí y salí de la cama. Eso iba de mal en peor y muy rápido. ¿Quién iba a pensar que
trabajar con un cabrón irritable iba a acabar en que te follen contra una ventana y además te guste?
Abrí el grifo de la ducha y mientras esperaba que se calentara el agua, mis pensamientos empezaron
a divagar. Quería ver su mirada cuando la levantara desde mi entrepierna, su expresión al ponerse
encima de mí, sentir cuánto me deseaba. Necesitaba oír el sonido de su voz diciendo mi nombre al
correrse.
Se me cayó el alma a los pies. Fantasear con él era un billete directo hacia los problemas. Un billete
solo de ida. Estaba a punto de conseguir mi máster. Él era un ejecutivo. Él no tenía nada que perder y
yo podía perderlo todo.
Me duché y me vestí rápido para salir a almorzar con Sara y con Julia. Sara y yo nos veíamos todos
los días en el trabajo, pero era más difícil quedar con Julia, mi mejor amiga desde el instituto.
Trabajaba en el departamento de ventas de la firma Gucci y siempre estaba llenando mi armario de
muestras y restos de stock. Gracias a ella y a su descuento, yo tenía una ropa genial. Seguía siendo
cara, pero merecía la pena. Me pagaban bien en Ryan Media y mi beca cubría todos los gastos de la
universidad, pero ni siquiera así podía gastarme mil novecientos dólares en un vestido sin que me
dieran ganas de suicidarme.
A veces me preguntaba si Elliott me pagaba tan bien porque sabía que era la única que podía
manejar a su hijo. Oh, si él supiera...
Decidí que era una mala idea contarles a las chicas lo que estaba ocurriendo. Sara trabajaba para
Henry Ryan y veía a Bennett por el edificio muy a menudo. No podía pedirle que guardara un secreto
como ese. Julia, por otro lado, me echaría la bronca. Durante casi un año me había oído quejarme
sobre lo estúpido que era mi jefe y no le iba a hacer gracia saber que me lo estaba tirando.
Dos horas más tarde estaba sentada con mis dos mejores amigas bebiendo mimosas en el patio de
nuestro restaurante favorito, hablando de hombres, ropa y trabajo. Julia me sorprendió trayéndome un
vestido que estaba hecho de la tela más suntuosa que había visto en toda mi vida. Estaba metido en
una bolsa para trajes que colgaba de una silla que había a mi lado.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Julia entre dos trozos de melón—. ¿El cerdo de tu jefe sigue
haciéndotelo pasar mal, Chloe?
—Oh, el cabrón atractivo... —suspiró Sara y yo me puse a estudiar atentamente las gotas de
condensación de mi copa. Ella se metió una uva en la boca y habló mientras la masticaba—. Dios,
tendrías que verlo, Julia. Es la mejor descripción de él que he oído en mi vida. Es un dios. Y lo digo en
serio. No tiene nada de malo, al menos físicamente. Una cara perfecta, el cuerpo, la ropa, el pelo... Oh,
Dios, el pelo. Lo lleva así, como en un despeinado artístico increíble —dijo haciendo gestos por
encima de su cabeza—. Parece que acabara de follarse a alguien hasta dejarla sin aliento.
Puse los ojos en blanco. No necesitaba que nadie me recordara lo del pelo.
—Y, no sé lo que te habrá dicho Chloe, pero es odioso —siguió Sara poniéndose seria—. Quiero
decir, a los quince minutos de conocerlo ya quería reventarle las cuatro ruedas con una navaja. Es el
mayor cabrón que he conocido.
Estuve a punto de atragantarme con un trozo de piña. Si Sara supiera... Y además estaba muy bien
dotado en cuanto a atributos masculinos. Era injusto.
—¿Y por qué es tan capullo?
—¿Quién sabe? —contestó Sara, y después parpadeó como si estuviera realmente pensando que
podía tener una buena excusa—. ¿Tal vez tuvo una infancia difícil?
—Pero ¿conoces a su familia? —le pregunté escéptica—. Su infancia ha tenido que ser idílica.
—Cierto —concedió—. Tal vez es algún tipo de mecanismo de defensa. Quizá está amargado y cree
que tiene que trabajar más y reivindicarse ante todo el mundo continuamente porque ser tan guapo...
Reí entre dientes.
—No hay ninguna razón profunda. Él cree que a todo el mundo debe importarle tanto su trabajo
como a él, pero la mayoría de la gente no comparte su visión. Y eso le molesta.
—¿Le estás defendiendo, Chloe? —le preguntó Sara con una sonrisa sorprendida.
—De ninguna manera.
Noté que los ojos azules de Julia estaban fijos en mí y que los había entornado en una acusación
silenciosa. Me había quejado mucho de mi jefe en los últimos meses, pero tal vez no había
mencionado que era guapísimo.
—Chloe, ¿me has estado ocultando algo? ¿Está macizo tu jefe? —me preguntó.
—Sí que es guapísimo, pero su personalidad hace que sea muy difícil apreciarlo. —Intenté parecer
todo lo despreocupada que pude. Julia podía leer casi cualquier cosa que yo pensara.
—Bueno —dijo encogiéndose de hombros y dándole un largo sorbo a su bebida—, tal vez la tiene
pequeña y eso es lo que realmente le saca de quicio.
Yo vacié mi copa de un trago mientras mis dos amigas se partían de risa.
El lunes por la mañana entré en el edificio hecha un manojo de nervios. Había tomado una decisión:
no iba a sacrificar mi trabajo por nuestra falta de buen juicio. Quería acabar en ese puesto con una
presentación estelar para la junta de la beca y después salir de allí para empezar mi verdadera carrera.
Nada de sexo ni de fantasías. Podía trabajar con el señor Ryan (solo negocios) durante unos meses
más.
Como sentía la necesidad de reforzar mi confianza en mí misma, me puse el vestido nuevo que me
había traído Julia. Resaltaba mis curvas, pero no era demasiado provocativo. Pero mi arma secreta
para aumentar mi confianza era mi ropa interior. Siempre me ha gustado la lencería cara, así que no
tardé mucho en descubrir dónde estaban los sitios para cazar las mejores rebajas. Llevar algo sexy
debajo de la ropa me hacía sentir poderosa, y las bragas que llevaba me funcionaban a la perfección.
Eran de seda negra con bordados por delante, y la parte de atrás tenía una serie de cintas de tul que se
cruzaban para encontrarse en el centro, cerca del coxis, formando un exquisito lazo negro. Con cada
paso la tela del vestido me acariciaba la piel. Hoy podría soportar cualquier cosa por parte del señor
Ryan y devolverle todas las pelotas.
Había llegado pronto, con tiempo para prepararme para la presentación. Ese no era estrictamente mi
trabajo, pero el señor Ryan se negaba a tener un ayudante para estas cosas y cuando se le dejaba solo
era un desastre a la hora de hacer que las presentaciones fueran agradables: ni café, ni servicio de
desayuno, solo una sala llena de gente, diapositivas y documentación prístinos y, como siempre,
muchísimo trabajo.
El vestíbulo estaba desierto; el amplio espacio se abría a lo largo de tres plantas y brillaba debido al
granito pulido de los suelos y las paredes de travertino. Cuando salí del ascensor y se cerraron las
puertas, me di una arenga a mí misma, repasé mentalmente las discusiones que había tenido con el
capullo de mi jefe y todos los comentarios insolentes que había hecho sobre mí.
«Teclee, no escriba nada a mano. Su letra parece la de una niña pequeña, señorita Mills.»
«Si quisiera disfrutar de toda su conversación con su tutor del máster, dejaría la puerta de mi
despacho abierta de par en par y pediría palomitas. Por favor, baje la voz cuando hable por teléfono.»
Podía hacerlo. Ese gilipollas había elegido a la mujer equivocada para complicarle la vida y no
tenía ni la más mínima intención de dejar que me intimidara. Bajé la mano hasta mi trasero y sonreí
perversa... «Braguitas poderosas.»
Tal y como esperaba, la oficina todavía estaba vacía cuando llegué. Cogí lo que podía necesitar para
la presentación y me dirigí a la sala de reuniones para prepararlo todo. Intenté ignorar la respuesta de
perro de Paulov que tuve al ver las ventanas y la brillante mesa de la sala.
«Para, cuerpo. Empieza a funcionar, cerebro.»
Mirando la sala iluminada por el sol, dejé los archivos y el ordenador portátil sobre la enorme mesa
y ayudé a los empleados del catering a colocar las cosas para el desayuno junto a la pared del fondo.
Veinte minutos después las propuestas estaban colocadas, el proyector preparado y el desayuno
listo. Como me sobraba tiempo, me acerqué a la ventana. Estiré la mano y toqué el cristal, abrumada
por las sensaciones que me hacía recordar: el calor de su cuerpo contra mi espalda, el contacto del
cristal frío contra los pechos y el grave y animal sonido de su voz en mi oído.
«Pídeme que haga que te corras.»
Cerré los ojos y me acerqué, apretando las palmas y la frente contra la ventana y dejando que la
fuerza de los recuerdos se apoderara de mí.
Abandoné sobresaltada mi fantasía al oír un carraspeo detrás de mí.
—¿Soñando despierta en horario de oficina?
—Señor Ryan —exclamé casi sin aliento y me volví. Nuestras miradas se encontraron y una vez
más me sentí abrumada por lo guapo que era. Él rompió el contacto visual para examinar la sala.
—Señorita Mills —dijo y cada palabra sonó breve y cortante—, voy a hacer la presentación en la
cuarta planta.
—¿Perdón? —le pregunté mientras la irritación me inundaba—. ¿Por qué? Siempre utilizamos esta
sala. ¿Y por qué ha esperado hasta el último minuto para decírmelo?
—Porque —gruñó apoyando los puños en la mesa— soy el jefe. Yo pongo las reglas y decido
cuándo y dónde pasan las cosas. Tal vez si no se hubiera entretenido tanto esta mañana mirando por
las ventanas, podría haber encontrado el tiempo necesario para confirmar los detalles conmigo.
Mi mente estaba asediada por imágenes imposibles de mi puño golpeándole la garganta. Necesité
todo mi autocontrol para no saltar por encima de la mesa y estrangularle. Una sonrisa de suficiencia
apareció en su cara.
—Por mí no hay problema —dije tragándome la rabia—. De todas formas en esta habitación no se
ha tomado ninguna buena decisión.
Cuando volví la esquina para entrar en la nueva sala escogida para la reunión, mis ojos se encontraron
inmediatamente con los del señor Ryan. Sentado en su silla con las manos extendidas y las puntas de
los dedos unidas, era el vivo retrato de la paciencia apenas contenida. «Qué típico.»
Entonces reparé en la persona que estaba a mi lado: Elliott Ryan
—Deja que te ayude con eso, Chloe —me dijo y cogió un montón de archivadores de mis brazos
para que pudiera meter con más facilidad el carrito lleno de la comida en la sala.
—Gracias, señor Ryan. —Le dediqué una mirada airada a mi jefe.
—Chloe —me dijo el patriarca de los Ryan riendo—, ¿cuántas veces te he dicho que me llames
Elliott? —Cogió un par de carpetas y pasó el resto del montón al otro lado de la mesa para que lo
cogieran los ayudantes.
Era tan guapo como sus dos hijos: alto y musculoso; los tres Ryan compartían las mismas facciones
cinceladas. El pelo entrecano de Elliott se había ido volviendo blanco con los años, pero seguía siendo
uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida.
Le sonreí con gratitud mientras me sentaba.
—¿Qué tal está Susan?
—Está bien. No deja de insistirme en que vengas a visitarnos algún día —añadió con un guiño.
No escapó a mi atención la risita irritada del más joven de los Ryan, que seguía sentado en su sitio
cerca de mí.
—Por favor, salúdela de mi parte.
Sonaron unos pasos detrás de mí y una mano apareció para darme un tironcito de una oreja.
—Hola, chica —dijo Henry Ryan dedicándome una amplia sonrisa—. Disculpad que llegue tarde.
Pensaba que íbamos a reunirnos en vuestra planta.
Miré con el rabillo del ojo a mi jefe con aire de suficiencia y me lo encontré mirándome. La pila de
carpetas volvió a mis manos y le pasé una copia.
—Aquí tiene, señor Ryan.
Sin más que una breve mirada, agarró rápidamente una y empezó a hojearla.
«Gilipollas.»

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