lunes, 24 de febrero de 2014

Cap 15 Mañana: cuando la guerra empieze

Tras inspeccionar la cabaña del Ermitaño, seguimos trabajando por la tarde. Lee, que tenía menos movilidad, se centró en la organización, concretamente en un sistema de racionamiento de comida que nos permitiera aguantar hasta dos meses con las provisiones que teníamos —si teníamos la suficiente fuerza de voluntad para seguirlo a rajatabla—. Homer, Fi y yo preparamos unos cuantos caballones, y, cuando el largo día refrescó al fin, plantamos algunas semillas: lechugas, acelgas, coliflores, brócoli, guisantes y habas. No es que nos hiciera mucha ilusión pasarnos el resto de la vida comiendo aquellas cosas, pero como dijo Fi toda decidida, necesitábamos «comer sano», y con las habilidades culinarias de Lee, el brócoli podía convertirse en helado con trocitos de chocolate y la coliflor en una carroza real. Había sido un día largo y caluroso y duro y agotador. Habíamos empezado desde muy temprano. Mi conversación con Lee tampoco es que hubiera hecho las cosas más llevaderas. Ahora había un poco de tensión entre nosotros, y yo odiaba aquella sensación, y también había tensión en general por los cortes que nos pegábamos los unos a los otros ya en las horas finales del día. La única excepción era Homer, que no le dio ningún corte a Fi. Se había metido conmigo, por la cantidad de agua que les estaba poniendo a las semillas de verduras, y con Lee, porque según él el fútbol era superior al rugby; en cuanto a Fi, quedó inmune a sus ataques. Aunque él no fue inmune a ella. Cuando agarró un enorme trozo de bizcocho de frutas —de la señora Gruber— y se lo comió, ella le bombardeó con palabras como «glotón», «egoísta» y « tragón». Homer estaba tan acostumbrado a que lo regañaran, que era como regañar a una roca por ser sedimentaria. Pero cuando Fi la tomó con él, se quedó allí, como un niño, ruborizado y mudo. Luego se comió el resto del trozo de bizcocho, pero no creo que lo disfrutara. Yo me alegré de que Fi no me hubiera visto con las galletas de coco. 
Pues sí, encontrar la cabaña había sido lo más interesante que había pasado en toda la tarde. Fi se había cambiado a mi tienda mientras Corrie no estaba, y aquella noche, cuando nos acostamos, me dijo: —Ellie, ¿qué voy a hacer con Homer? —¿Te refieres a lo de que le gustas? —¡Sí! —Hum, eso es un problema. —Ojalá supiera qué hacer. Aquella era mi especialidad. Resolver la vida sentimental de mis amigos. Cuando acabara el instituto, pensaba dedicarme a ello profesionalmente: abriría un negocio en el que la gente pudiera venir a contarme sus problemas con sus novios y sus novias. Qué pena que yo no fuera capaz de resolver los míos. Rodé hasta colocarme de manera que pudiera ver la carita de Fi en la oscuridad. Sus grandes ojos estaban abiertos de par en par por la preocupación. —¿A ti te gusta? —Por algún sitio teníamos que empezar. —Sí, creo que sí. La verdad es que en el instituto no me gustaba, porque hay que reconocer que era un poco burro. Si alguien me hubiera dicho que acabaría gustándome, le habría pagado el taxi para ir al psiquiatra. Era tan inmaduro… —Ya te digo, ¿te acuerdas de la guerra de agua en la fiesta de Halloween?
—Ay, no me lo recuerdes. 
—Pero, si ahora te gusta, ¿qué es lo que te frena? —No lo sé. Eso es lo más difícil. No sé si me gusta tanto como yo a él, eso para empezar. Sería horrible empezar con él una relación y que él diera por hecho que mis sentimientos son tan intensos como los suyos. No creo que nunca llegara a gustarme tanto. Es que es tan… No se le ocurría ninguna palabra para terminar la frase, así que lo hice yo. —¿Tan griego? —¡Sí! Ya sé que nació allí y eso, pero es que sigue siendo muy griego en lo que se refiere a las chicas. —¿Y a ti te importa que sea griego, o medio griego, o lo que quiera que sea? —No, no, me gusta. Tiene morbo. La palabra «morbo» sonaba muy rara en boca de Fi. Era tan fina que no solía usar palabras así. —¿Y eso es lo que te frena, el no sentir algo tan fuerte como lo que siente él? —Más o menos. Siento que tengo que mantener las distancias con él para que no se lance. Es como construir una presa a contracorriente para que el agua no arrase un pueblo. Yo soy el pueblo, y construyo la presa comportándome con él como si tal cosa. —Puede que eso esté encendiendo aún más su pasión. —¿Tú crees? Nunca lo había pensado. Qué complicado es esto. —Bostezó—. ¿Tú qué harías en mi situación? 
Aquella era una pregunta difícil, porque, en cierto modo, yo también estaba en su situación. De hecho, eran mis sentimientos por Homer los que me frenaban de lanzarme con Lee. Ya me habría gustado naufragar en una isla desierta con dos tíos y que los dos me gustaran. Pero oír a Fi hablar de «morbo» me hizo darme cuenta de que lo de Homer era algo bastante físico. No quería pasarme horas hablando con él sobre la vida; quería pasarme horas con él emitiendo sonidos animales, como suspiros y gruñidos, en plan: «¡más fuerte!» o «¡vuelve a tocarme ahí!». Pero con Lee era diferente. Me fascinaban sus ideas, cómo veía él las cosas. Cuanto más hablaba con él, más sentía que podría ver la vida de otra manera. Era como si pudiera aprender de él. Yo no sabía mucho sobre la vida, pero cuando miraba su cara y sus ojos era como mirar el océano Atlántico. Quería saber lo que podía encontrar allí, los secretos tan interesantes que él conocía. En respuesta a la pregunta de Fi, me limité a decir: —No lo tengas en vilo demasiado tiempo. A Homer le gustan las emociones fuertes. Le gusta ir al grano. Digamos que no es el tío más paciente del mundo. —Entonces, ¿crees que deberías intentarlo? —dijo ella tímidamente. —«Es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado.» Si lo intentas y no sale, ¿qué habrás perdido? Pero si él pierde el interés, y al final no tienes nada con él, te pasarás el resto de tu vida pensando en lo que podría haber pasado.
Fi se quedó adormilada, pero yo me quedé despierta escuchando los sonidos de la noche, la brisa en los árboles calientes, los aullidos de los perros salvajes en la distancia, el graznido ocasional y ronco de algún pájaro. Me pregunté cómo me sentiría si Fi se enrollara con Homer. Ni yo misma me podía creer que de repente Homer me gustara tanto. Había sido mi vecino, como un hermano durante mucho tiempo. Intenté pensar en cómo eran las cosas hacía un mes, un año, cinco años, cuando era solo un niño. Intenté recordar cuándo se volvió atractivo, o por qué no me había fijado en él antes, pero no descubrí gran cosa intentando recordar cómo era en aquel entonces. Era como si se hubiera metamorfoseado. De la noche a la mañana se había vuelto sexy e interesante. 
Un perro volvió a aullar, y empecé a pensar en el Ermitaño. Quizás aquel aullido era él regresando a su casa profanada, buscando a las personas que habían entrado sin permiso en su refugio secreto. Me acerqué más a Fi, bastante asustada. Había sido raro encontrar aquella pequeña cabaña, tan hábilmente escondida. El Ermitaño debía de odiar mucho a la gente para tomarse tantas molestias. En cierto modo, yo había esperado que fuera un sitio lleno de energías malignas y satánicas, como si se hubiera pasado allí años celebrando misas negras. ¿Qué clase de hombre podría hacer algo como lo que él había hecho? ¿Cómo pudo seguir adelante con su vida? Pero la cabaña no parecía tan maléfica. Había en ella una atmósfera difícil de definir. Era un sitio triste e inquietante, pero no maléfico. A medida que el sueño se apoderó de mí, me dediqué a mi ritual nocturno, uno que realizaba últimamente todos los días, sin importar lo cansada que estuviera. Era una especie de película que pasaba por mi cabeza todas las noches. En la película, veía a mis padres en su vida diaria. Me aseguraba de ver sus caras todo lo posible, y me los imaginaba en todo tipo de situaciones cotidianas: a papá tirando balas de paja a las ovejas, esperando al volante a que yo abriera la verja, maldiciendo mientras ajustaba las correas del tractor, con sus pantalones de trabajo en los días de laboreo. Y a mamá en la cocina: era muy cocinillas; puede que el feminismo la hubiera vuelto más directa, pero no había cambiado mucho sus actividades. Me la imaginaba buscando sus libros de la biblioteca, recogiendo patatas, hablando por teléfono, maldiciendo mientras encendía la estufa de gasóleo y jurando que mañana mismo la cambiaría por una eléctrica. Y nunca lo hizo. Decía que la conservaba porque, cuando empezáramos a alojar turistas para estancias de turismo rural, les parecería muy pintoresco. Aquello me hizo sonreír.
No tenía claro si lo que estaba haciendo era sentirme mal intentando sentirme bien al pensar en mis padres, pero era mi forma de mantenerlos vivos en mis pensamientos. Tenía miedo de lo que podría pasar si dejaba de hacerlo, si les dejaba desvanecerse como se estaban desvaneciendo mis pensamientos para dar paso al sueño. Normalmente solía pensar en Lee también, más o menos a la misma hora. Me imaginaba abrazándolo, con su suave piel morena y sus labios firmes. Pero aquella noche estaba demasiado cansada, y ya había pensado bastante en él durante el día. En lugar de eso, me quedé dormida y soñé con él. 
Los dos días con Homer, Fi y Lee habían prometido ser interesantes, y así estaban resultando ser. De hecho, casi eran demasiado interesantes: estaban empezando a hacer mella en mis emociones. Teníamos los nervios a flor de piel, y nos preguntábamos cómo lo estarían llevando los demás. Pero el martes amaneció más fresco, y acabó siendo un día refrescante en la mayoría de los sentidos. También fue un día intrigante. Un día que nunca olvidaré. Habíamos acordado volver a madrugar. Yo había observado que, cuando más tiempo pasaba en el Infierno, más nos acomodábamos a los ritmos naturales, acostándonos cuando anochecía y levantándonos al amanecer. Aquella no era la rutina que teníamos en casa, ni por asomo. Pero poco a poco empezamos a acostumbrarnos a ella sin darnos cuenta. Y no fue tan fácil. Muchas veces nos quedábamos despiertos hasta bien entrada la noche y encendíamos un fuego para cocinar algo para el día siguiente, o simplemente para prepararnos una taza de té —más de uno echábamos de menos el té durante el día—, pero enseguida la gente empezaba a bostezar y a tirar los posos para volver a sus tiendas. Cuando aún hacía frío y humedad aquella mañana del martes, nos reunimos alrededor del fuego extinto, hablando de vez en cuando y escuchando las suaves voces de las urracas y el murmullo sorprendido de las gallinas. Nos tomamos nuestro desayuno frío habitual. Ahora, la mayoría de noches solía poner frutas secas a remojar, en un cazo bien cerrado para que las zarigüeyas no pudieran cogerlas. Por la mañana la fruta estaba jugosa y sabrosa, y nos la tomábamos con muesli u otros cereales. Fi solía tomársela con leche en polvo, también reconstituida la noche anterior para que estuviera lista por la mañana. En nuestra visita a la casa de los Gruber habíamos mangado algunos tubos más de leche condensada, pero no duraron mucho: somos tan ansiosos que nos los fundimos en un solo día.
Nuestra principal tarea por la mañana consistía en conseguir leña. Queríamos hacer una pila grande y luego camuflarla. Puede que parezca extraño con toda la maleza que nos rodeaba, pero era difícil encontrar leña, porque la maleza era muy densa. Y había que hacer mucha otras cosas: cortar la madera, cavar zanjas de drenaje alrededor de las tiendas, cavar un nuevo váter —ya habíamos llenado el primero— y hacer paquetes bien sellados de comida para esconderlos por la montaña, como había sugerido Homer. Como aún no podía moverse bien, a Lee le tocó esta última tarea, así como fregar los platos y limpiar los fusiles. El plan era trabajar duro la mayor parte de la mañana, hacer un descanso después de comer, y por la noche salir a traer más provisiones del Land Rover. Y conseguimos hacer muchas cosas antes de que el día se volviera lo suficientemente cálido para ralentizarnos. Conseguimos una pila de leña de aproximadamente un metro de alto por tres de ancho, más una pila de astillas aparte. Cavamos las zanjas y el váter, y luego montamos un gallinero un poco mejor. Es alucinante todo el trabajo que pueden sacar adelante cuatro personas, comparado con lo que mi padre y yo podíamos hacer. Pero me preocupaba que siguiéramos dependiendo tanto de las provisiones que traíamos en los vehículos. Aquella era una solución a corto plazo. Incluso cultivando nuestras propias verduras, y con las gallinas, distábamos mucho de ser autosuficientes. Suponiendo que tuviéramos que estar allí tres meses… o seis… o dos años. Era difícil de imaginar, pero muy posible. A la hora de la comida, cuando los otros dos estaban ocupados, Lee me dijo en voz baja: —¿Tú me enseñarías la cabaña del Ermitaño esta tarde? Yo estaba sorprendida. —Pero ayer, cuando fui con Homer y Fi… tu dijiste que la pierna… —Sí, lo sé. Pero hoy la he podido mover un poco. La tengo bastante mejor. Además, ayer estaba mosqueado contigo. Yo sonreí. —Vale, te llevaré. Haré de Robyn y te llevaré a cuestas si hace falta.
Aquel día debía de haber algo en el aire, porque cuando les dije a los otros dos que si Lee tenia la pierna mejor estaríamos fuera una o dos horas, Homer le lanzó un discreto guiño a Fi. Creo que Fi debió de haberle dado esperanzas a Homer por la mañana, porque no era un guiño tipo «Ohhhh, Lee y Ellie juntos…», sino más bien tipo «Qué bien, vamos a poder pasar un rato juntos». Fueron muy cucos. Estoy segura de que, aunque no les hubiéramos dado la oportunidad, se habrían inventado cualquier trola para irse por su cuenta. Aquello me puso celosa, y deseé poder cancelar nuestro chapoteo para quedarme allí de carabina. En el fondo no quería que Homer y Fi estuviesen juntos. Pero no había nada que pudiera hacer. Estaba atada de pies y manos. Aproximadamente a las dos, salí en dirección al arroyo con Lee cojeando a mi lado. El camino se me hizo sorprendentemente corto esta vez, porque ya sabía cómo recorrerlo e iba más segura, y porque Lee se podía mover mejor de lo que había esperado. El agua borboteaba, refrescante, y nosotros nos limitábamos a fluir con ella. —Es el mejor camino —comentó Lee—, porque así no dejamos huellas. —Hum. Al otro lado del Infierno están el río Holloway y Risdon —dije yo—. Debe de haber una forma de llegar desde aquí. Sería interesante descubrirlo, quizás siguiendo el arroyo. Llegamos a la cabaña, pero parecía que la prioridad de Lee era hablar. Se sentó en un tronco bastante húmedo que había junto al arroyo. —Voy a descansar un poco la pierna —dijo. —¿Te duele? —Un poco. Pero es de volver a usarla. Creo que el ejercicio me vendrá bien. —Hizo una pausa—. Oye, Ellie, no te he dado las gracias como es debido por venir a sacarme aquella noche del restaurante. Os comportasteis como unos héroes. Os la jugasteis por mí. No se me dan muy bien los discursos emocionales, pero no lo olvidaré en mi vida. —No pasa nada —dije, un poco incómoda—. Ya me diste las gracias. Además, tú habrías hecho lo mismo por nosotros. —Siento lo de ayer —dijo él. 
—¿Qué es lo que sientes? Dijiste lo que querías decir. Dijiste lo que pensabas. Y eso es más que lo que hice yo. —Pues dilo ahora. Yo sonreí. —Quizá debería. Aunque la verdad es que no tenía pensado decir nada más. —Me quedé reflexionando un instante, y decidí lanzarme. Estaba nerviosa, pero era emocionante—. Vale. Creo que voy a decirte lo que pienso, pero recuerda que eso no significa que sea lo que realmente pienso, porque ni siquiera sé lo que pienso. Él gruñó. —Ay, Ellie, qué complicada eres. Aún no has empezado a hablar y ya tengo un nudo en el estómago. Esto es igual que ayer. —Pero ¿quieres que sea sincera o no? —Vale, vale, sigue, que yo intentaré mantener mi presión sanguínea controlada.
—Está bien. —Después de decir aquello, no sabía muy bien por dónde empezar—. Lee, tú me gustas, mucho. Me pareces un chico interesante, divertido, inteligente, y tienes los ojos más bonitos de todo Wirrawee. Lo que pasa es que no estoy segura de que me gustes en el sentido que tú sabes. Aquel día en el pajar, mis sentimientos me jugaron una mala pasada. Pero hay algo en ti, no sé qué, que me pone un poco nerviosa. Nunca he conocido a nadie como tú. Y hay una cosa que me preocupa: imagínate que empezáramos a salir y que no funcionara. Aquí estamos los siete, bueno no, los ocho, viviendo en este sitio remoto, en una época extraña, mientras el mundo entero se vuelve del revés, y aun así nos llevamos bastante bien… la mayor parte del tiempo. Y no soportaría estropear eso solo porque de repente nos peleáramos y decidiéramos que no queríamos volver a vernos, o porque nos diera vergüenza estar en el mismo sitio. Sería horrible. Sería como Adán y Eva peleándose en el jardín del Edén. O sea, ¿con quién hablarían entonces? ¿Con el árbol? ¿Con la serpiente? 
—Jo, Ellie —dijo Lee—. ¿Por qué siempre tienes que estar dándole vueltas a las cosas? El futuro es el futuro. Ya se las resolverá solo. Podrías pasarte el día aquí sentada especulando sobre él, y al final del día, ¿qué tendrías? Un montón de suposiciones sin respuesta. Y mientras tanto no habrías hecho nada, no habrías vivido, porque habrías estado demasiado ocupada pensándolo todo. —Eso no es verdad —dije, empezando a sentirme molesta—. La forma en que cogimos el camión y fuimos a rescatarte, eso se pudo hacer porque lo pensamos. Si no nos hubiéramos planteado todas las posibilidades de antemano, no habría salido bien en la vida. —Pero hubo muchas cosas que tuvisteis que improvisar sobre la marcha —dijo él—. Recuerdo que me dijiste que habíais cambiado de plan sobre algo, creo que sobre la ruta que cogisteis. Y hubo muchas más cosas, como el frenazo para dejar fuera de combate al coche de detrás: aquella eras tú fluyendo con tu instinto. —Entonces, ¿crees que debería guiarme siempre por el instinto en vez de por la razón? Él se rió. —Así dicho, no. Supongo que hay un momento para cada cosa. Te diré cómo funciona. Es como mi música. —Lee era muy bueno: ya estaba en sexto de piano, el más avanzado de su edad de todo Wirrawee—. Cuando estoy aprendiendo una pieza, o cuando estoy tocando, tengo que usar el corazón y la mente. Mi mente está pensando en la técnica, y mi corazón está sintiendo la pasión de la música. Y supongo que pasa lo mismo con la vida. Tiene que haber ambas cosas. —¿Y tú crees que yo soy toda cabeza y nada de corazón? —¡No! Deja de tergiversar lo que digo. Pero acuérdate del tío que vivía aquí. Su corazón se fue secando poco a poco, como una pasa, y al final lo único que le quedaba era la razón. Espero que le sirviera de consuelo.
—¡Entonces crees que soy toda cabeza y nada de corazón! Crees que acabaré en esta cabaña, convertida en la ermitaña del Infierno, sin amigos y sin nadie que me quiera. Pues perdona, pero me voy al jardín a comer gusanos. —No, solo pienso que a la hora de que te guste alguien, por ejemplo yo, te andas con demasiado cuidado y eres demasiado calculadora. Deberías fluir con tus sentimientos. —Pero mis sentimientos son que estoy confusa —dije con tristeza. —Eso será seguramente porque tus sentimientos están nublados por tu mente. Puede que tus sentimientos broten de manera clara y sin dudas, pero antes de llegar a la superficie, tu cerebro se mete por medio y lo lía todo. —Entonces, ¿soy como una tele que está colocada demasiado cerca de un ordenador? ¿Tengo interferencias? —No estaba segura de si realmente me sentía así o solo era Lee que intentaba convencerme. Los chicos son capaces de cualquier cosa. —¡Exacto! —dijo Lee—. La pregunta es, ¿qué programa están poniendo en tu tele? ¿Un debate sobre el significado de la vida o una apasionada historia de amor? —Yo sé lo que a ti te gustaría que fuera —dije—. Una peli porno protagonizada por nosotros. Él sonrió. —¿Cómo podría decirte que te quiero por tu mente después de todo lo que he dicho? Pero así es.
Era la primera vez que hablaba de amor, y aquello me puso un poco en guardia. Aquella relación podía convertirse en algo serio fácilmente. El problema era que yo estaba evitando hablar de Homer, y una de las razones por las que Lee no podía entenderme era porque no sabía lo de Homer —aunque ya había intuido algo el día anterior—. Creo que todo habría sido menos lioso si yo hubiera sido más sincera con él. Pero yo sí pensaba en Hommer, y seguía confundida. Suspiré y me puse en pie. 
—Venga, lisiado, vamos a echa un vistazo a la cabaña. Aquella era mi tercera expedición a la cabaña, y estaba empezando a perder interés. Pero Lee estuvo husmeando un rato. Aquella vez había más luz; probablemente dependía del momento del día, y ahora se filtraban algunos rayos de sol que, en la pared del fondo, mitigaban la oscuridad. Lee se acercó a la única ventana que había, un cuadrado sin cristal en aquella misma pared. Sacó la cabeza por ella y echó un vistazo al macizo de menta, y luego inspeccionó el marco podrido de la ventana. —Es muy bonito —dijo—. Mira estas juntas. Espera, aquí hay algo de metal. —¿A qué te refieres? —Me acerqué a él y empezó a forcejear con la repisa de la ventana. Entonces vi a qué se refería: la madera de la repisa estaba podrida, y entre las esquirlas descompuestas se podía ver una superficie de metal sin brillo. Lee levantó la repisa. Estaba claro que estaba pensada para eso, porque debajo había una cavidad perfectamente trazada, no mucho más grande que una caja de zapatos. Y dentro de ella había una caja de metal gris, de este tamaño precisamente. —¡Vaya! —Yo estaba atónita y entusiasmada—. ¡Qué fuerte! Seguro que está llena de oro. Sin apartar la vista, Lee la levantó. —Es bastante ligera —dijo—. Demasiado para estar llena de oro.
La caja estaba empezando a mostrar signos de oxidación, con algunas líneas rojas abriéndose paso a lo largo de la superficie, pero estaba en buen estado de conservación. No estaba cerrada con llave, y se abrió fácilmente. Me asomé sobre el hombro de Lee, pero lo único que vi fueron papeles y fotografías. Fue un poco decepcionante, aunque después me di cuenta de que el oro no nos habría servido de mucho, con aquella vida de guerrilleros que llevábamos en el monte. Lee levantó los papeles y las fotos. Debajo había una especie de pequeño estuche azul, parecido a un monedero, pero de un material algo rígido y con un pequeño cierre dorado. Lee lo abrió con cuidado. Dentro, envuelto en papel de seda y sobre un pañuelo de lino blanco, había un colorido lazo, ancho y corto, unido a una pesada medalla de bronce. —Genial —murmuré—. Era un héroe de guerra. Lee cogió la medalla. El anverso presentaba la efigie de un rey —no estoy segura de cuál—, con las palabras «El que valeroso fuere». Lee le dio la vuelta. Grabada en el reverso figuraba la siguiente inscripción: «A Bertram Christie, por su gallardía, Batalla de Marana», y una fecha demasiado borrosa para leerla. El lazo era rojo, amarillo y azul. Tocamos la medalla, la sentimos, nos preguntamos acerca de ella, y luego volvimos a envolverla con cuidado y a dejarla en su caja antes de centrar nuestra atención en los papeles. Había varias cosas: un cuaderno, una o dos cartas, algunos recortes de periódico y un par de documentos que parecían oficiales. También había tres fotografías: de una pareja joven de expresión severa en el día de su boda, de una mujer sola de pie frente a una tosca casa de madera, y de la misma mujer con un niño pequeño. La mujer era joven, pero parecía triste; tenía el pelo negro y largo, y un rostro delgado y suave. Podría ser española. Miré fijamente aquellas fotos. —Deben de ser las personas que mató —susurré. —Si son las personas que mató, es raro que haya guardado las fotos —dijo Lee. Me fijé en el rostro del hombre de la foto de boda. Parecía joven, quizá más que la mujer. Miraba fijamente a la cámara, con unos ojos claros e intensos y una barbilla rotunda y bien afeitada. Yo no veía nada de asesino en su cara, ni nada de víctimas en la cara de su mujer y su hijo.
Lee se puso a desplegar los documentos. El primero parecía un recorte de periódico de un sermón. Solo leí el primer párrafo. Era un versículo de la Biblia, y decía: «La boda del necio es quebrantamiento para sí, y sus labios son lazos para su alma». Parecía largo y aburrido, así que dejé de leer. El otro recorte era un breve artículo titulado «Las víctimas de la tragedia del monte Tumbler descansan en paz». Decía así: Este lunes, un pequeño grupo de dolientes asistió a la parroquia del monte Tumbler, de la Iglesia de Inglaterra, donde el padre Horace Green ofició el rito de entierro, tras el cual se dio sepultura a Imogen Mary Christie, del monte Tumbler, y a su hijo, el niño Alfred Bertram Christie, de tres años de edad. Aunque la familia Christie no era muy conocida, pues habían llegado hacía poco y vivían a bastante distancia del pueblo —además de ser de temperamento reservado—, la tragedia ha conmocionado a los vecinos del distrito, que quedaron especialmente conmovidos con el sermón del padre Green, que decía así: «El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sinsabores, sale como una flor y es cortado». Los difuntos fueron posteriormente inhumados en el cementerio del monte Tumbler. El lunes próximo se celebrará una asamblea pública en la escuela de Bellas Artes del monte Tumbler, bajo la dirección del juez de paz don Donald McDonald, para volver a debatir la posibilidad de contratar los servicios de un médico para el distrito del monte Tumbler. La tragedia de la familia Christie ha reavivado la inquietud por contar con un servicio médico en la zona. El 15 de abril, se abrirá una investigación sobre las muertes de la señora Christie y su hijo, con motivo de la visita del juez del distrito. Mientras, al agente Whykes ha recomendado que no se preste oídos a los rumores infundados sobre los hechos de este caso, recomendación que comparte profundamente este corresponsal. Eso era todo. Lo leí por encima del hombro de Lee.
—Parece plantear más preguntas que las que responde —dije. 
—Y no menciona en ningún momento al marido —dijo Lee. Lo siguiente era una tarjeta formal en papel color crema, aunque había amarilleado. Parecía ser la mención que acompañaba a la medalla. En un lenguaje ampuloso, se describían los actos heroicos del soldado Bertran Christie al correr bajo fuego enemigo para rescatar a un «cabo de otro regimiento», herido e inconsciente. «Al conducir a su compañero a salvo de vuelta a su línea, el soldado Christie arriesgó su propia vida y demostró su gallardía, por lo que su Majestad tiene el honor de concederle la medalla de san Jorge.»
—Curiorífico y rarífico5 —dijo Lee. —Es como lo que te pasó a ti con Robyn —dije yo—. La verdad es que se habría merecido una medalla. Quedaban algunas cosas sueltas: certificados de nacimiento de los tres miembros de la familia, el certificado de matrimonio de Bertram e Imogen y una postal de esta última dirigida a Bertram que solo decía: «Cogeremos el tren de las 4:15. Mamá te envía recuerdos. Tu ferviente esposa, Imogen». Había también algunos documentos bancarios y un cuaderno con un montón de cuentas y cifras. Yo señalé una de las entradas y dije: —«Cama de matrimonio: 4 libras, 10 chelines y 6 peniques.» —¿Cuánto es eso? —preguntó Lee. —Unos ocho dólares, creo. ¿No había que multiplicar por dos las libras para hacer la conversión? Lo que no sé es cómo se hace con los chelines y los peniques.
Llegamos al último de los documentos oficiales, una extensa hoja con un sello rojo en la parte superior. Estaba mecanografiado y firmado al final con una rúbrica de tinta negra. Nos acomodamos para leerlo, y descubrimos, en el parco lenguaje del juez de instrucción, la historia del hombre que había matado a su mujer y a su hijo: 
Sea sabido por todas las personas al servicio de los tribunales de su Majestad que yo, HAROLD AMORY DOUGLAS BATTY, debidamente nombrado Juez de Instrucción del distrito del monte Tumbler, hago las siguientes conclusiones y recomendaciones respecto a las muertes de IMOGEN MARY CHRISTIE, de veinticuatro años y casada en este distrito, y ALFRED BERTRAM CHRISTIE, de tres años, niño nacido en este distrito, ambos residentes en el 16A del camino de Aberfoyle, a setenta kilómetros al este del monte Pink:

1. Que los fallecidos encontraron la muerte el día o en torno al día 24 de diciembre, a manos de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, como resultado de unas heridas de bala en la cabeza.
2. Que los fallecidos vivían con BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, granjero, en relación de esposa e hijo respectivamente, en una cabaña de madera en la dirección antes mencionada, siendo este un lugar remoto del distrito del monte Tumbler.
3. Que no existen pruebas de desavenencia marital entre BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE e IMOGEN MARY CHRISTIE, y que, muy al contrario, BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE era un esposo y padre afectuoso, IMOGEN MARY CHRISTIE una esposa diligente y ecuánime, y el niño ALFRED BERTRAM CHRISTIE un infante gentil, según el testimonio de WILSON HUBERT GEORGE, granjero y vecino de los fallecidos, y de MURIEL EDNA MAYBERRY, mujer casada y vecina de los fallecidos.
4. Que el médico o la enfermera más próximos al hogar de los Christie se encontraban en el lago Dunstan, a más de un día y medio de viaje, si no más.
5. Que en aquel momento había activos varios incendios forestales graves en las inmediaciones del camino de Aberfoyle, de la carretera del monte Tumbler al monte Octopus, al camino de Wild Goat y al sur del monte Pink, que dejaron aislada la propiedad de los Christie, y que BERTRAM HUBERT SEXTON CHIRSTIE conocía esta información.

 6. Que los fallecidos encontraron la muerte BIEN como resultado del incendio que consumió la residencia de los Christie, y durante el cual resultaron terriblemente quemados, y que BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE, pensando que sus heridas eran mortales e incapaz de soportar su sufrimiento, y sabiendo que no podía acceder a asistencia médica inmediata, los mató con sendos disparos en la cabeza con un fusil propiedad de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE; y que este es el testimonio de BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE O BIEN que ambos fallecidos fueron premeditadamente asesinados por BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE con el mencionado fusil, y sus cuerpos deliberadamente quemados en un intento por ocultar los hecho de este caso.
7. Que la ciencia forense no permite determinar qué sucedió primero, si los disparos o las quemaduras, según el testimonio del doctor JACKSON MUIRFIELD WATSON, médico y científico forense del Hospital del Distrito de Stratton, en Stratton.
8. Que las pesquisas policiales no han permitido localizar a ninguna otra persona que contara con pruebas acerca de las muertes de IMOGEN MARY CHRISTIE y ALFRED BERTRAM CHRISTIE, según el testimonio del agente FREDERICK JOHN WHYKES, de la comisaría de policía del monte Tumbler.
9. Que, con las pruebas de que dispongo, no puedo extraer ninguna conclusión adicional sobre el modo en que los fallecidos encontraron la muerte.

SE RECOMIENDA:
1. Que se considere con carácter urgente la provisión de servicios médicos al monte Tumbler.
2. Que el Fiscal General presente una acusación de ASESINATO PREMEDITADO contra BERTRAM HUBERT SEXTON CHRISTIE.
Firmado por mí, HAROLD AMORY DOUGLAS BATTY, en el Juzgado del Distrito del monte Tumbler, a día 18 de abril. 

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