miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 4

Ella me mordió la oreja y sus manos pasaron a los botones de mi camisa.
—Creo que a ti también te gusta el sexo duro.
Yo me solté el cinturón y los pantalones, los bajé hasta el suelo junto con los bóxer y después la
empujé hacia el silloncito.
Un estremecimiento me recorrió cuando le acaricié las costillas con las manos en dirección al cierre
de su sujetador. Tenía los pechos apretados contra mí como si quisiera meterme prisa y yo la besé por
el cuello mientras le soltaba rápidamente el sujetador y le bajaba los tirantes. Me aparté un poco para
dejar que el sujetador cayera y por primera vez pude tener una visión completa de sus pechos
completamente desnudos ante mí. «Joder, son perfectos.» En mis fantasías les había hecho de todo:
tocarlos, besarlos, chuparlos, follármelos, pero nada comparado con la realidad de simplemente
quedarme mirándolos.
Sus caderas se sacudieron contra mí; nada aparte de sus bragas nos separaba ya. Enterré mi cabeza
entre sus pechos y ella metió las manos entre mi pelo, acercándome.
—¿Quieres probarme? —me susurró mirándome fijamente. Me tiró del pelo con suficiente fuerza
para apartarme de su piel.
No se me ocurrió ninguna respuesta ocurrente, nada hiriente que hiciera que dejara de hablar y
simplemente se dedicara a follarme. Sí que quería probar su piel. Lo deseaba más de lo que había
deseado nada en mi vida.
—Sí.
—Pídemelo con educación entonces.
—Y una mierda te lo voy a pedir con educación. Suéltame.
Ella gimió, inclinándose hacia delante para permitirme meterme un pezón perfecto en la boca, lo
que hizo que me tirara aún más fuerte del pelo. Mierda, eso era genial.
Miles de pensamientos me pasaban por la mente. No había nada en este mundo que quisiera más
que hundirme en ella, pero sabía que cuando acabara, nos iba a odiar a los dos: a ella por hacerme
sentir débil y a mí por permitir que la lujuria anulara mi sentido común. Pero también sabía que no
podía parar. Me había convertido en un yonqui que solo vivía para el siguiente chute. Mi vida
perfectamente organizada se estaba rompiendo en pedazos y todo lo que me importaba era sentirla.
Deslicé la mano por sus costados y dejé que mis dedos rozaran el borde de sus bragas. Ella se
estremeció y yo cerré los ojos con fuerza mientras agarraba la tela fuertemente con las manos,
deseando poder parar.
—Vamos, rómpelas... Sabes que lo estás deseando —murmuró junto a mi oído y después me
mordió con fuerza. Medio segundo después sus bragas no eran más que un montón de encaje tirado en
una esquina del probador. Le agarré las caderas con fuerza, la levanté mientras sujetaba la base de mi
miembro con la otra mano y la empujé hacia mí.
La sensación fue tan intensa que tuve que obligarla a dejar las caderas quietas para no explotar. Si
perdía el control ahora, ella me lo echaría en cara más tarde. Y no le iba a dar esa satisfacción.
En cuanto recuperé el control otra vez, empecé a moverme. No lo habíamos hecho en esa postura
nunca (ella encima, mirándonos a la cara) y aunque odiaba admitirlo, nuestros cuerpos encajaban a la
perfección. Bajé las manos desde sus caderas hasta sus piernas, le agarré una con cada mano y me
rodeé la cintura con ellas. El cambio de posición me hizo entrar más profundamente en ella y hundí la
cara en su cuello para evitar que se me oyera gemir.
Era consciente del murmullo de voces a nuestro alrededor, con gente entrando y saliendo de los
otros probadores. La idea de que podían pillarnos en cualquier momento solo mejoraba la situación.
Ella arqueó la espalda a la vez que ahogaba un gemido y dejó caer la cabeza. Esa forma
engañosamente inocente con que se mordía el labio me estaba volviendo loco. Una vez más me vi
mirando por encima de su hombro para vernos en el espejo. No había visto nada tan erótico en toda mi
vida.
Ella me tiró del pelo otra vez para llevar mi boca hacia la suya y nuestras lenguas se deslizaron la
una contra la otra, acompasadas con el movimiento de nuestras caderas.
—Estás increíble encima de mí —le susurré junto a la boca—. Gírate, tienes que ver una cosa. —
Tiré de ella y la giré para que viera el espejo. Con su espalda contra mi pecho, ella se agachó un poco
para volver a meterme en ella.
—Oh, Dios —dijo. Suspiró profundamente y dejó caer la cabeza sobre mi hombro y yo no estaba
seguro de si era por notarme dentro de ella o por la imagen del espejo. O por ambas.
La agarré del pelo y la obligué a volver a levantarse.
—No, quiero que mires justo ahí —dije con voz ronca junto a su oído, mi mirada encontrando la
suya en el espejo—. Quiero que lo veas. Y mañana, cuando te encuentres dolorida, quiero que te
acuerdes de quién te lo hizo.
—Deja de hablar —me dijo, pero se estremeció y supe que disfrutaba con cada palabra. Sus manos
subieron por su cuerpo y después se acercaron al mío hasta que se hundieron entre mi pelo.
Yo recorrí cada centímetro de su cuerpo y le cubrí de besos y mordiscos la parte posterior de los
hombros. En el espejo podía ver cómo entraba y salía de ella y por mucho que no quisiera guardar esos
recuerdos en mi cabeza, supe que esa era una imagen que no iba a olvidar. Bajé una mano hasta su
clítoris.
—Oh, mierda —murmuró—. Por favor.
—¿Así? —le pregunté apretándolo y rodeándolo.
—Sí, por favor, más, por favor, por favor.
Nuestros cuerpos estaban ahora cubiertos por una fina capa de sudor, lo que hacía que el pelo se le
pegara un poco a la frente. Su mirada no se apartaba del lugar donde estábamos unidos mientras
seguíamos moviéndonos el uno contra el otro y supe que los dos estábamos cerca. Quería que nuestras
miradas se encontraran en el espejo... pero inmediatamente pensé que eso le iba a revelar demasiado.
No quería que viera tan claramente lo que me estaba haciendo.
Las voces que nos rodeaban seguían sonando, completamente ajenas a lo que estaba ocurriendo en
esa minúscula habitación. Si no hacía algo, nuestro secreto no se iba a poder mantener mucho tiempo.
Cuando sus movimientos se hicieron más frenéticos y sus manos se apretaron más y más en mi pelo,
le puse la mano en la boca para amortiguar su grito cuando se corrió allí, rodeándome.
Yo acallé mis propios gemidos contra su hombro y tras unas pocas embestidas más, exploté en lo
más profundo de ella. Su cuerpo cayó sobre mí y yo me apoyé contra la pared.
Necesitaba levantarme. Necesitaba levantarme y vestirme, pero no creía que mis piernas
temblorosas pudieran sostenerme. Cualquier esperanza que hubiera tenido de que el sexo se volviera
menos intenso con el tiempo y yo pudiera olvidarme de esa obsesión acababa de esfumarse.
La razón estaba empezando a volver lentamente a mí, junto con la decepción por haber vuelto a
sucumbir a esa debilidad. La levanté y la aparté de mi regazo antes de agacharme para coger mis
calzoncillos.
Cuando se giró para mirarme yo esperaba odio o indiferencia, pero vi algo vulnerable en sus ojos
antes de que le diera tiempo a cerrarlos y a apartar la vista. Ambos nos vestimos en silencio; la zona
de probadores de repente parecía demasiado pequeña y silenciosa y yo era consciente incluso de todas
y cada una de sus respiraciones.
Me enderecé la corbata y recogí las bragas rotas del suelo, depositándolas en mi bolsillo. Fui a
agarrar el picaporte y me detuve. Estiré la mano y la pasé lentamente por la tela de encaje de una
prenda que colgaba de uno de los ganchos de la pared.
Sus ojos se encontraron con los míos y le dije:
—Compra el liguero también.
Y sin mirar atrás, salí del probador.
5
Había ochenta y tres agujeros, veintinueve tornillos, cinco aspas y cuatro bombillas en el ventilador de
techo, que además era lámpara, que tenía en mi dormitorio encima de la cama. Me giré hacia un lado y
ciertos músculos se burlaron de mí y me proporcionaron una prueba definitiva de por qué no podía
dormir.
«Quiero que lo veas. Y mañana, cuando te encuentres dolorida, quiero que te acuerdes de quién te lo
hizo.»
Y no estaba de broma.
Sin darme cuenta mi mano había bajado hasta mi pecho, haciendo rodar distraídamente un pezón
entre los dedos por debajo de la camiseta. Al cerrar los ojos, el contacto de mis manos se convirtió en
el suyo en mi memoria. Sus dedos largos y hábiles rozándome la parte baja de los pechos, sus pulgares
acariciándome los pezones, cogiéndome los pechos con sus grandes manos... «Mierda.» Dejé escapar
un profundo suspiro y le di una patada a una almohada de mi cama. Sabía exactamente adónde me
llevaba esa línea de pensamiento. Había hecho exactamente lo mismo tres noches seguidas y tenía que
parar enseguida. Con un resoplido me puse boca abajo y cerré los ojos con fuerza, deseando poder
quedarme dormida. Como si eso me hubiera funcionado alguna vez.
Todavía recordaba, con total claridad, el día, casi un año y medio atrás, en que Elliott me había
pedido que fuera a su despacho para hablar. Había empezado en Ryan Media Group trabajando como
asistente junior de Elliott mientras estaba en la universidad. Cuando mi madre murió, Elliott me tomó
bajo su protección, no tanto como una figura paterna, sino más bien como un mentor cariñoso y
amable que me llevaba a su casa a cenar para comprobar mi estado emocional. Él insistió en que su
puerta siempre estaría abierta para mí. Pero esa mañana en concreto, cuando llamó a mi despacho,
sonaba extrañamente formal y francamente, eso me dio un miedo de muerte.
En su despacho él me explicó que su hijo menor había vivido en París durante los últimos seis años,
trabajando como ejecutivo de marketing para L’Oréal. Este hijo del que hablaba, Bennett, iba a volver
a casa por fin y dentro de seis meses iba a asumir el puesto de director de operaciones de Ryan Media.
Elliott sabía que me quedaba un año de mi licenciatura en empresariales y que estaba buscando
opciones para prácticas que me dieran la experiencia directa e importantísima que necesitaba. Insistió
en que hiciera mis prácticas de máster en Ryan Media Group y que el más joven de los Ryan estaría
más que encantado de tenerme en su equipo.
Elliott me pasó el memorándum para toda la empresa que iba a hacer circular la semana siguiente
para anunciar la llegada de Bennett Ryan.
«Madre mía.» Eso fue lo único que pude pensar cuando volví a mí despacho y le eché un vistazo a
aquel documento. Vicepresidente ejecutivo de marketing de productos en L’Oréal París. El nominado
más joven que había aparecido nunca en la lista de «Los 40 de menos de 40» de Crain’s, que se había
publicado varias veces en el Wall Street Journal . Doble máster por la Stern School of Business de la
Universidad de Nueva York y la HEC de París, donde se especializó en finanzas corporativas y
negocios globales, y en el que se graduó summa cum laude. Todo eso solo con treinta años. Dios mío.
¿Qué era lo que Elliott había dicho? «Extremadamente dedicado.» Eso era subestimarlo y mucho.
Henry había dejado caer que su hermano no tenía su personalidad relajada, pero cuando parecí algo
preocupada, él me tranquilizó rápidamente.
—Tiene tendencia a ser un poco estirado y demasiado perfeccionista a veces, pero no te preocupes
por eso, Chloe. Sabrás lidiar con sus arrebatos. Seguro que hacéis muy buen equipo. Vamos, mujer —
me dijo rodeándome con su largo brazo—, ¿cómo no te va a adorar?
Odiaba admitirlo ahora, pero para cuando él llegó, incluso estaba un poco enamorada de Bennett
Ryan. Estaba muy nerviosa por tener la oportunidad de trabajar con él, pero también estaba
impresionada con todo lo que había conseguido y además tan rápido y tan pronto en su carrera. Y
mirar su foto en internet tampoco es que me complicara las cosas: el tío era una maravilla. Nos
comunicamos por correo electrónico para concertar asuntos sobre su llegada y aunque parecía bastante
amable: nunca era demasiado amistoso.
El gran día, no se esperaba a Bennett hasta después de la reunión de la junta de la tarde, en la que se
le iba a presentar oficialmente. Yo tuve todo el día para irme poniendo cada vez más nerviosa. Como
Sara era tan buena amiga, subió para distraerme. Se sentó en mi silla y nos pasamos más de una hora
hablando de los méritos de las películas de la saga Clerks.
Solo un rato después me estaba riendo tanto que las lágrimas me corrían por la cara. No me di
cuenta de que Sara se ponía tensa cuando se abrió la puerta exterior del despacho, ni me fijé en que
había alguien de pie detrás de mí. Y aunque Sara intentó avisarme con un breve gesto de la mano
pasando de un lado a otro de la garganta (el gesto universal para: «Corta y cierra la boca»), la ignoré.
Porque, aparentemente, soy una idiota.
—Y entonces —seguí diciendo mientras me reía y me abrazaba los costados— ella va y dice:
«Anoté el pedido a uno al que hice una mamada después del baile de fin de curso» y él responde: «Sí,
yo también he servido a tu hermano».
Otra oleada de carcajadas me embargó y me agaché dando un pequeño paso hacia atrás hasta que
choqué con algo duro y cálido.
Me volví y me dio muchísima vergüenza darme cuenta de que acababa de restregar el trasero contra
el muslo de mi nuevo jefe.
—¡Señor Ryan! —dije al reconocerlo de las fotos—. Lo siento mucho.
Él no parecía estar divirtiéndose.
En un intento de relajar la tensión, Sara se puso de pie y extendió la mano.
—Es un placer conocerlo por fin. Soy Sara Dillon, la asistente de Henry.
Mi nuevo jefe simplemente miró su mano sin devolverle el gesto y levantó una de sus cejas
perfectas.
—¿No querrá decir del «señor Ryan»?
Sara dejó caer la mano mientras lo miraba, obviamente confusa. Había algo en su presencia tan
intimidante que la había dejado sin palabras. Cuando se recuperó, balbució:
—Bueno... aquí somos algo informales. Nos tuteamos y nos llamamos por el nombre de pila. Esta
es tu asistente, Chloe.
Él asintió.
—Señorita Mills, usted se dirigirá a mí como «señor Ryan». Y la espero en mi despacho dentro de
cinco minutos para hablar del decoro adecuado en el lugar de trabajo. —Su voz sonaba seria cuando
habló y asintió brevemente en dirección a Sara—. Señorita Dillon.
Después me miró a mí durante otro momento y se volvió hacia su nuevo despacho. Yo observé
horrorizada cómo se cerraba la puerta del primer infausto portazo de nuestra historia.
—¡Qué cabrón! —murmuró Sara con los labios apretados.
—Un cabrón muy atractivo —respondí.
Esperando poder mejorar un poco las cosas, bajé a la cafetería a por una taza de café. Incluso le
había preguntado a Henry cómo le gustaba el café a Bennett: solo. Cuando volví hecha un manojo de
nervios al despacho, al llamar a la puerta me respondió con un brusco «adelante» y yo deseé que
dejaran de temblarme las manos. Puse una sonrisa amistosa, intentando causarle una mejor impresión
esta vez, y al abrir la puerta me lo encontré hablando por teléfono y escribiendo furiosamente en un
cuaderno que tenía delante. Me quedé sin aliento cuando le oí hablar con una voz pausada y profunda
en un perfecto francés.
—Ce sera parfait. Non. Non, ce n’est pas nécessaire. Seulement quatre. Oui. Quatre. Merci, Ivan.
Colgó pero no levantó la mirada del papel para mirarme. Cuando estuve de pie justo delante de su
mesa, se dirigió a mí con el mismo tono duro de antes.
—En el futuro, señorita Mills, tendrá las conversaciones ajenas al trabajo fuera de la oficina. Le
pagamos por trabajar, no por cotillear. ¿He sido lo bastante claro?
Me quedé de pie en silencio durante un momento hasta que me miró a los ojos y enarcó una ceja.
Sacudí la cabeza para salir del trance, dándome cuenta justo en ese momento de la verdad sobre
Bennett Ryan: aunque era mucho más guapo en persona que en las fotos, hasta incluso dejarte sin
aliento, él no tenía nada que ver con lo que había imaginado. Y tampoco tenía nada que ver con su
padre ni su hermano.
—Muy claro, señor —dije mientras daba la vuelta a la mesa para ponerle el café delante.
Pero justo cuando estaba a punto de llegar a su mesa, uno de mis tacones se quedó trabado en la
alfombra y me caí hacia delante. Oí que un fuerte «¡Mierda!» salía de mis labios y el café se convertía
en una mancha ardiente sobre su traje caro.

—Oh, dios mío, señor Ryan. ¡Lo siento muchísimo!
Corrí hacia el lavabo de su baño para coger una toalla, volví corriendo y me puse de rodillas delante
de él para intentar quitarle la mancha. En mi precipitación y en medio de aquella humillación que yo
creía que no podía ser peor, de repente me di cuenta de que le estaba frotando furiosamente la toalla
contra la bragueta. Aparté los ojos y la mano, a la vez que sentía el rubor ardiente que me cubría la
cara hasta el cuello, al darme cuenta del evidente bulto de la parte delantera de sus pantalones.
—Puede irse ahora, señorita Mills.
Asentí y salí corriendo de la oficina, avergonzada porque acababa de causar una primera impresión
horrible.
Gracias a Dios después de eso había demostrado mi eficacia con bastante rapidez. Había veces en
que él incluso parecía impresionado conmigo, aunque siempre era cortante y borde. Lo achaqué a que
él era el mayor imbécil del mundo, pero siempre me pregunté si había algo específico en mí que nunca
le había gustado.
Aparte de lo de la toalla, claro.
Cuando llegué al trabajo, me encontré con Sara de camino al ascensor. Hicimos planes para comer un
día de la semana siguiente y me despedí de ella al llegar a su planta. Ya en la planta dieciocho me fijé
en que la puerta del despacho del señor Ryan estaba cerrada como era habitual, así que no podía saber
si ya había llegado o no. Encendí el ordenador e intenté prepararme mentalmente para el día.
Últimamente la ansiedad se apoderaba de mí cada vez que me sentaba en esa silla.
Sabía que le iba a ver esa mañana; repasábamos la agenda de la semana siguiente todos los viernes.
Pero no podía saber de qué humor iba a estar.
Aunque últimamente su humor había estado todavía peor de lo habitual, las últimas palabras que me
había dicho el día anterior fueron: «Compra el liguero también». Y yo lo había hecho. Y lo llevaba
puesto en ese mismo momento. ¿Por qué? No tenía ni idea. ¿Qué demonios había querido decir con
eso? ¿Es que creía que me lo iba a ver? Ni de coña. Entonces ¿por qué me lo había puesto? «Juro por
Dios que si me lo rompe...» Y frené antes de que pudiera acabar la frase.
Claro que no me lo iba a romper. No le iba a dar la oportunidad de hacerlo.
«No dejes de decirte eso, Mills.»
Responder unos cuantos emails, corregir el contrato sobre temas de propiedad intelectual del
informe Papadakis y pedir presupuesto a varios hoteles apartó mi mente de la situación durante un
rato, pero más o menos una hora después la puerta se abrió. Levanté la vista y me encontré con un
señor Ryan muy profesional. Su traje oscuro de dos botones estaba impecable, complementado
perfectamente por el toque de color que le daba la corbata de seda roja. Parecía tranquilo y
completamente relajado. No quedaba ninguna señal de aquel salvaje que me había follado en el
probador de La Perla unas dieciocho horas y treinta y seis minutos atrás. Y no es que estuviera
contando el tiempo ni nada...
—¿Lista para empezar?
—Sí, señor.
Él asintió una vez y volvió a su despacho.
Vale, así que ahora iba a ser así. Por mí, bien. No estaba segura de lo que había estado esperando,
pero en cierto modo estaba aliviada de que nada hubiera cambiado. Las cosas entre nosotros se estaban
volviendo cada vez más intensas y sería un golpe mayor si todo acabara y yo tuviera que recoger
además los trocitos de mi carrera. Esperaba poder pasar por todo eso sin mayores desastres al menos
hasta que acabara el máster.
Le seguí a su despacho y tomé asiento. Empecé repasando la lista de tareas y citas que necesitaban
de su atención. Él escuchó sin hacer ningún comentario, anotando cosas o introduciéndolas en su
ordenador cuando era necesario.
—Hay una reunión con Red Hawk Publishing programada para las tres de esta tarde. Su padre y su
hermano también van a asistir. Probablemente le llevará el resto de la tarde, así que he vaciado su
agenda... —Y así seguimos hasta que finalmente llegamos a la parte que estaba temiendo—. Y por
último, el congreso JT Miller Marketing Insight Conference es en San Diego el mes que viene —dije y
de repente fijé la vista en los garabatos que estaba dibujando en mi agenda. La pausa que siguió
pareció durar siglos y por fin levanté la vista para ver qué le estaba llevando tanto tiempo. Me estaba
mirando fijamente, dando golpecitos con su pluma de oro sobre la mesa, sin ni la más mínima
expresión en la cara.
.
—¿Me va a acompañar? —preguntó.
—Sí. —Mi única palabra creó un silencio sofocante en el despacho. No tenía ni idea de lo que
estaba pensando mientras seguíamos mirándonos—. Está estipulado en las condiciones de mi beca que
tengo que asistir. Y... eh... también creo que le vendrá bien tenerme allí... hum... para ayudarlo a llevar
sus asuntos.
—Haga todos los preparativos necesarios —dijo con un aire tajante mientras acaba de escribir en su
ordenador. Asumiendo que eso significaba que ya me podía ir, me puse de pie y empecé a caminar
hacia la puerta.
—Señorita Mills.
Me volví para mirarlo y aunque nuestras miradas no se encontraron, me di cuenta de que él casi
parecía nervioso. Bueno, eso sí era un cambio.
—Mi madre me ha pedido que la invite de su parte a cenar la semana que viene.
—Oh. —Sentí que el calor me subía a las mejillas—. Bueno, dígale por favor que tengo que
consultar mi agenda. —Me di la vuelta para marcharme otra vez.
—Me ha dicho que tengo que... pedirle encarecidamente que vaya.
Me volví lentamente y vi que ahora sí que me estaba mirando fijamente y sin duda parecía
incómodo.
—¿Y por qué exactamente tendría que hacerlo?
—Bueno —dijo y carraspeó—, aparentemente hay alguien que quiere que conozca.
Eso era algo nuevo. Conocía a los Ryan desde hacía años y, aunque Susan había mencionado de
pasada algún nombre de vez en cuando, nunca había intentado activamente emparejarme con nadie.
—¿Tu madre está intentando encontrarme novio? —le pregunté volviendo hacia la mesa y cruzando
los brazos sobre el pecho.
—Eso parece. —Algo en su cara no casaba con su respuesta desenfadada.
—¿Y por qué? —le pregunté con una ceja enarcada.
Él frunció la frente con una irritación evidente.
—¿Y cómo demonios quieres que lo sepa? No es que nos sentemos a la mesa a hablar de ti —
refunfuñó—. Tal vez está preocupada porque, con esa personalidad tan brillante que tienes, acabes
siendo una vieja solterona que lleve un vestido de flores y que viva en una casa llena de gatos.
Me incliné hacia delante con las palmas en su mesa y lo miré fijamente.
—Bueno, tal vez debería preocuparse de que su hijo se convierta en un viejo verde que se pasa el
tiempo atesorando bragas y persiguiendo a chicas en tiendas de lencería.
Él saltó de la silla y se inclinó hacia mí con una expresión furiosa en la cara.
—¿Sabes? Eres la mujer más... —Tuvo que interrumpirse cuando sonó el teléfono.
Nos miramos duramente, ambos con la respiración acelerada. Por un instante creí que se iba a
lanzar sobre mí por encima de la mesa. Y durante otro instante quise encarecidamente que lo hiciera.
Sin dejar de mirarme a los ojos extendió la mano para coger el teléfono.
—¿Sí? —preguntó bruscamente por el auricular sin apartar la mirada—. ¡George! Sí, claro que
tengo un momento.
Volvió a sentarse en su silla y yo me quedé allí por si necesitaba algo de mí mientras hablaba con el
señor Papadakis. Levantó el dedo índice en mi dirección para que esperara antes de empezar a
deslizarlo sobre su pluma, que hacía rodar por la mesa mientras escuchaba lo que le decían por el
auricular.
—¿Necesitas que me quede? —le pregunté.
Él asintió una vez antes de hablar por el teléfono.
—No creo que haga falta ser tan específico en esta fase, George. —El tono profundo de su voz
reverberó por toda mi columna—. Con solo un perfil general bastará. Necesitamos saber el alcance de
esta propuesta antes de poder pasar a hacer borradores.
Me revolví un poco en el lugar donde estaba. Él era un ególatra por hacer que me quedara allí de pie
como si estuviera sujetando un plato de uvas y abanicándolo mientras hablaba con un colega.
Levantó la vista para mirarme y le vi bajar los ojos hasta mi falda, donde algo le llamó la atención.
Al volver a levantar la vista sus ojos se abrieron un poco más de lo normal, como si quisiera
preguntarme algo. Y entonces extendió la mano, sujetando el boli entre el índice y el pulgar, y utilizó
la punta para levantarme el dobladillo de la falda a la altura del muslo.
Abrió los ojos de par en par cuando vio el liguero.
—Lo entiendo —murmuró por el teléfono mientras dejaba caer la falda—. Creo que estamos de
acuerdo en que eso es un desarrollo positivo.
Sus ojos subieron por mi cuerpo y su mirada se fue oscureciendo poco a poco. El corazón empezó a
latirme con fuerza. Cuando me miraba así yo solo quería subirme a su regazo y atarlo a la silla con su
corbata.
—No, no. Nada tan amplio en este punto. Como le he dicho, solo estamos hablando de un perfil
preliminar.
Di la vuelta a la mesa y me senté en una silla frente a él, que arqueó una ceja, interesado, y después
se metió la punta del boli entre los dientes y la mordió.
El calor crecía entre mis piernas así que me cogí el borde de la falda y me la subí por los muslos,
exponiendo la piel al aire fresco de la oficina y a los ojos deseosos que no se apartaban de mí desde el
otro lado de la mesa.
—Sí, ya veo —dijo al teléfono, pero su voz era más profunda, casi ronca ahora, aunque seguía
sonando tranquilo.
Seguí con los dedos los contornos de las tiras del liguero, pasando por mi piel y por la seda de la
ropa interior. Nada (ni nadie) me habían hecho nunca sentir tan sexy como él. Era como si él cogiera
todos mis pensamientos sobre el trabajo, mi vida y mis objetivos y me dijera: «Todo esto está muy
bien, pero mira esto otro que yo te ofrezco. Puede que sea retorcido y muy peligroso pero lo estás
deseando. Me estás deseando a mí».
Y si lo hubiera dicho en voz alta, habría tenido razón.
—Sí —repitió—. Creo que ese es el camino ideal.
«Eso crees, ¿eh?» Le sonreí, me mordí el labio y él me dedicó una media sonrisa diabólica en
respuesta. Los dedos de una mano siguieron subiendo, me cubrí con ellos un pecho y apreté. Con la
otra mano aparté la parte central de mis bragas y pasé dos dedos por la piel húmeda.
El señor Ryan tosió y se apresuró a coger su vaso de agua.
—Está bien, George. Le echaremos un vistazo cuando lo recibamos. Podemos hacerlo en ese plazo.
Empecé a mover la mano mientras pensaba en sus dedos largos haciendo rodar el bolígrafo y en
esas mismas manos agarrándome las caderas y la cintura y los muslos mientras me empujaba en el
probador de la tienda de lencería.
El movimiento se hizo más rápido, se me cerraron los ojos y deje caer la cabeza contra el respaldo
de la silla. Intenté no hacer ruido mordiéndome el labio con fuerza pero se me escapó un leve gemido.
Me estaba imaginando sus manos y sus antebrazos fibrosos, con los músculos tensándose bajo la piel,
mientras sus dedos se movían dentro de mí. Sus piernas delante de mi cara la noche en la sala de
reuniones, tensas y esculpidas, esforzándose para no embestirme.
Y esos ojos, fijos en mí, oscuros y suplicantes.
Levanté la cabeza y los vi justo como me los imaginaba, no mirando mi mano, sino con la expresión
ávida centrada en mi cara mientras yo seguía con el movimiento y la sensación. Mi clímax fue a la vez
abrumador e insatisfactorio: quería que fuera su contacto el que me hiciera todo aquello y no el mío.
En algún momento había colgado el teléfono y me di cuenta de que mi respiración sonaba
demasiado fuerte en la habitación en silencio. Él seguía sentado frente a mí, se le veían gotas de sudor
en la frente y sus manos agarraban los brazos de la silla como si se estuviera resistiendo ante un fuerte
vendaval.
—Pero ¿qué me estás haciendo? —preguntó en voz baja.
Le sonreí y me aparté el flequillo de los ojos de un soplido.
—Estoy bastante segura de que lo que acabo de hacer me lo he hecho a mí.
Él levantó ambas cejas.
—No, eso sin duda.
Me levanté colocándome la falda sobre los muslos.
—Si eso es todo, señor Ryan, vuelvo al trabajo.
Para cuando volví de refrescarme un poco en el baño, tenía un mensaje de texto del señor Ryan en el
que me informaba de que debíamos encontrarnos en el aparcamiento para ir al centro. Menos mal que
los otros ejecutivos y sus ayudantes también iban a la reunión con Red Hawk. Sabía por nuestros
antecedentes que si tenía que sentarme en una limusina a solas con ese hombre durante veinte minutos
(sobre todo después de lo que acababa de hacer) solo había dos posibles resultados. Y solo uno de
ellos haría que él acabara como había llegado.
La limusina estaba esperando justo a la salida y mientras me acercaba a nuestro conductor, él me
sonrió ampliamente y me abrió la puerta.
—Hola, Chloe, ¿qué tal el trabajo?
—Movido, divertido e interminable. ¿Qué tal los estudios? —Le devolví la sonrisa. Stuart era mi
conductor favorito, y aunque tenía tendencia a flirtear un poco, siempre me hacía sonreír.
—Si pudiera dejar la física, todavía podría graduarme en biología, seguro. Qué pena que no seas
científica; podrías darme clases particulares —me dijo subiendo y bajando las cejas.
—Si ustedes dos han terminado, tenemos un lugar importante al que ir. Debería dedicarse a flirtear
con la señorita Mills en su tiempo libre. —Aparentemente el señor Ryan ya estaba dentro del coche
esperándome y nos miró reprobatoriamente a ambos antes de retirarse de nuevo a la parte de atrás.
Sonreí y puse los ojos en blanco en dirección a Stuart antes de entrar.
El coche estaba vacío a excepción del señor Ryan.
—¿Dónde están los demás? —pregunté confundida mientras iniciábamos la marcha.
—Tienen una cena más tarde así que han decidido ir en otro coche. —Estaba enfrascado en sus
papeles. No pude evitar notar la forma en que daba golpecitos en el suelo con sus zapatos Oxford
italianos a la última moda.
Lo miré suspicaz. No se le veía diferente. De hecho estaba súper sexy. Llevaba el pelo en su
desastre calculado habitual. Cuando se llevó la pluma de oro a los labios distraídamente, justo como lo
había hecho antes en el despacho, tuve que revolverme en el asiento para aliviar la repentina
incomodidad.
Cuando levantó la vista y me miró, la media sonrisita de su cara me hizo saber que me había pillado
comiéndomelo con los ojos.
—¿Has visto algo que te gusta? —preguntó.
—No, aquí no —respondí con una sonrisita yo también. Y como sabía que le iba a afectar, volví a
cruzar las piernas a propósito, asegurándome de que se me subiera la falda un poco más de lo
apropiado. Tal vez le hacía falta recordar quién tenía más posibilidades de ganar ese juego. Su ceño
fruncido volvió un segundo después. Misión cumplida.
Los dieciocho minutos y medio que quedaban de nuestro viaje de veinte minutos los pasamos
lanzándonos miradas lascivas en el coche mientras yo intentaba fingir que no estaba fantaseando con
tener su atractiva cabeza entre las piernas.
Creo que no hace falta decir que, para cuando llegamos, ya estaba de mal humor.
Las tres horas siguientes se me hicieron eternas. Los otros ejecutivos llegaron y se hicieron las
presentaciones. Una mujer particularmente llamativa pareció interesarse inmediatamente por mi jefe.
Tendría treinta y pocos, con un grueso pelo pelirrojo, ojos oscuros muy brillantes y un cuerpo para
morirse. Y, claro, esa sonrisa que era capaz de hacer que se le cayeran las bragas a cualquiera se puso
en funcionamiento y estuvo a punto de dejarla inconsciente toda la tarde.
Gilipollas.
Cuando entramos en el despacho al final del día, después de un viaje de vuelta aún más tenso que el
de ida, pareció que el señor Ryan todavía tenía algo que decir. Y si no lo soltaba pronto, iba a explotar.
Cuando quería que se estuviera calladito, no podía mantener la boca cerrada. Pero cuando necesitaba
que dijera algo, se quedaba mudo.
Una sensación de déjà vu y de terror me embargó al cruzar el edificio semidesierto en dirección al
ascensor. En cuanto las puertas doradas se cerraron deseé estar en cualquier parte menos de pie a su
lado. «¿Es que de repente hay menos oxígeno aquí?» Mientras miraba su reflejo en las puertas
brillantes, me di cuenta de que era difícil adivinar cómo se sentía. Se había aflojado la corbata y tenía
la chaqueta del traje colgada de un brazo. Durante la reunión se había subido las mangas de la camisa
parcialmente sobre los antebrazos y yo intenté no quedarme mirando las líneas que formaban sus
músculos por debajo de la piel. Aparte de la constante forma de apretar la mandíbula y la mirada baja,
parecía totalmente relajado.
Cuando llegamos al piso dieciocho dejé escapar un enorme suspiro. Esos habían sido los cuarenta y
dos segundos más largos de mi vida. Le seguí a través de la puerta intentando mantener la mirada
lejos de él mientras entraba rápidamente en su despacho. Pero para mi sorpresa no cerró la puerta
detrás de él. Y él siempre cerraba la puerta.
Comprobé rápidamente los mensajes y me ocupé de unos cuantos detalles de última hora antes de
irme de fin de semana. Creo que nunca antes había tenido tanta prisa por salir de allí. Bueno, eso no
era realmente cierto. La última vez que estuvimos solos en aquella planta también salí huyendo
bastante rápido. Mierda, si había un momento para no pensar en eso era precisamente aquel, en la
oficina vacía. Solos él y yo.
Él salió de su despacho justo cuando yo estaba recogiendo mis cosas. Colocó un sobre color marfil
sobre mi mesa y se encaminó hacia la puerta sin detenerse. «¿Qué demonios era aquello?» Abrí
deprisa el sobre y vi mi nombre en varias hojas de un elegante papel color marfil. Eran los formularios
para abrir una cuenta de crédito privada en La Perla, con el nombre del señor Bennett Ryan como
titular.
«¿Ha abierto una cuenta para mí?»
—¿Qué demonios es esto? —pregunté furiosa. Salté de la silla y continué—. ¿Me has abierto una
línea de crédito?
Él se detuvo y, tras dudar un momento, se volvió para mirarme.
—Tras el espectáculo que has protagonizado hoy, hice una llamada y las gestiones necesarias para
que puedas comprarte todo lo que... necesites. Por supuesto hay un límite en la cuenta —dijo con
pragmatismo tras haber eliminado cualquier rastro de incomodidad de su cara. Por eso era tan bueno
en lo que hacía. Tenía una capacidad asombrosa para recuperar el control en cualquier situación. Pero
¿creía realmente que podía controlarme?

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