"Así que, supongo que somos lo que somos por un montón de razones. Y tal vez nunca sabremos la mayoría de ellas. Pero incluso si no tenemos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir a dónde vamos a partir de ahí. Todavía podemos hacer cosas. Y podemos tratar de sentirnos bien sobre ellas ". ― Stephen Chbosky, The Perks of Being a Wallflower
miércoles, 19 de febrero de 2014
BEAUTIFUL BASTARD, parte 7
9
La observé mientras varias expresiones cruzaban su cara: vergüenza, irritación y después...
¿curiosidad? Conseguí distinguir vagamente la voz de un hombre al otro lado y sentí que el troglodita
de mi interior se despertaba de nuevo. ¿Quién demonios la estaba llamando?
De repente ella entornó los ojos y algo en mi interior me dijo que debería ponerme nervioso.
—Bueno, muchas gracias por decírmelo. Sí. Sí, lo haré. Vale. Sí, te llamaré cuando me decida.
Gracias por llamar, Joel.
¿Joel? «El cabrón de Cignoli.»
Ella colgó y volvió a meter el teléfono en el bolso lentamente. Mirando al suelo negó con la cabeza
y se le escapó una breve carcajada antes de que una sonrisa malévola apareciera en sus labios.
—¿Hay algo que quiera decirme, señor Ryan? —me preguntó dulcemente y no sé por qué eso me
puso aún más nervioso.
Rebusqué en mi cerebro, pero no se me ocurría nada. «¿De qué estará hablando?»
—He tenido una conversación de lo más extraña —me dijo—. Parece que Joel ha comprobado su
correo esta mañana y tenía una confirmación de entrega de sus flores. ¿Y a que no sabes lo que decía
en ella?
Ella se acercó un paso hacia mí e instintivamente yo di un paso atrás. No me gustaba la dirección
que estaba tomando aquello.
—Parece que alguien firmó la entrega.
«Oh, mierda.»
—El nombre que había en la confirmación era Bennett Ryan.
«Jo-der.» ¿Por qué demonios firmé con mi nombre? Intenté pensar una respuesta, pero de repente
tenía la mente en blanco. Obviamente mi silencio le dijo a ella todo lo que necesitaba saber.
—¡Hijo de puta! Firmaste la entrega y después me mentiste. —Me dio un empujón en el pecho y
sentí el instinto repentino de protegerme los huevos—. ¿Por qué has hecho eso?
Tenía la espalda contra la pared y buscaba frenéticamente una salida alternativa.
—Yo... ¿qué? —balbuceé. Parecía que el corazón se me iba a salir del pecho.
—En serio. ¿Por qué demonios lo has hecho?
Necesitaba una respuesta y la necesitaba rápido. Me pasé las manos por el pelo por enésima vez en
los últimos cinco minutos y decidí que probablemente lo mejor era confesar.
—No lo sé, ¿vale? —le grité—. Solo es que... ¡joder!
Ella sacó su teléfono y pareció mandar un mensaje a alguien.
—¿Qué haces? —pregunté.
—No es que sea asunto tuyo, pero le estoy diciendo a Julia que siga sin mí. No pienso salir de aquí
hasta que me digas la verdad. —Me miró fijamente y sentí la furia que la estaba consumiendo. Pensé
durante un segundo en decirle a Emily lo que estaba pasando, pero ella me había visto salir detrás de
Chloe; seguro que se lo había imaginado para entonces.
—¿Y bien?
La miré a los ojos y dejé escapar un profundo suspiro. No había forma de que yo pudiera explicarlo
sin que pareciera que había perdido la cabeza.
—Vale, sí, yo las recogí.
Se me quedó mirando con la respiración acelerada y los puños cerrados con tanta fuerza que tenía
los nudillos blancos.
—¿Y?
—Y... las tiré. —Mientras estaba allí de pie delante de ella me di cuenta de que me merecía toda su
furia. Había estado siendo injusto. No le estaba ofreciendo nada pero seguía poniéndome en el camino
de alguien que podría hacerla feliz.
—Joder, eres increíble —dijo entre dientes.
Supe que estaba haciendo todo lo que podía para no lanzarse hacia mí y darme una paliza.
—Explícame por qué hiciste eso —añadió.
Y ahí llegaba la parte que no sabía explicar.
—Porque... —Me rasqué la parte de atrás de la cabeza. Odiaba haberme metido en aquella situación
—. Porque no quiero que salgas con Joel.
—De todos los imbéciles, machistas... Pero ¿quién demonios te crees que eres? Que nos enrollemos
no significa que puedas tomar decisiones sobre mi vida. No somos pareja, no estamos saliendo. Dios,
¡si ni siquiera nos caemos bien! —gritó.
—¿Y crees que eso yo no lo sé? No tiene sentido, lo sé, ¿vale? Pero es que cuando vi las flores...
Vamos, ¡pero si eran putas rosas!
Puso una expresión como si estuviera a punto de hacer que me mandaran a prisión inmediatamente.
—Pero ¿es que te estás metiendo algo? ¿Y qué tiene que ver el hecho de que fueran rosas con nada
de esto?
—¡Tú odias las rosas! —Cuando dije eso, su cara se quedó seria y su mirada se volvió suave y
oscura. Yo seguí divagando—. Las vi y reaccioné, sin más. No me paré a pensarlo. Solo imaginar que
él pudiera tocarte... —Cerré los puños junto a los costados y dejé la frase sin terminar mientras
intentaba recuperar la compostura. Me estaba enfadando más y más por segundos: conmigo por ser
débil y dejar que las emociones se me fueran de las manos, otra vez, y con ella por tenerme así de esa
forma inexplicable.
—Vale, mira —dijo inspirando hondo para calmarse—. No voy a decir que estoy de acuerdo con lo
que has hecho, pero lo entiendo... hasta cierto punto.
La miré asombrado.
—Mentiría si dijera que yo no me he sentido igualmente posesiva contigo —dijo reticente.
No me podía creer lo que estaba oyendo. ¿Acababa de admitir que se sentía igual que yo?
—Pero eso no cambia el hecho de que me mentiste. Y en mi propia cara. Puede que seas un
gilipollas arrogante la mayor parte del tiempo, pero hasta ahora siempre has sido alguien que confiaba
en que iba a ser sincero conmigo.
Hice una mueca de dolor. Tenía razón.
—Lo siento. —Mi disculpa se quedó en el aire y no sé cuál de los dos se mostró más sorprendido
por ella.
—Demuéstralo.
Me miró totalmente serena, ni una pizca de emoción se veía en sus facciones. ¿Qué quería decir?
Entonces lo entendí. «Demuéstralo.» No podíamos hablar porque las palabras solo nos llevaban a tener
más problemas. Pero ¿esto? Esto era lo que éramos y si ella iba a darme esa oportunidad de
compensarla por lo que había hecho, yo iba a aprovecharla.
La odiaba tanto en aquel momento... Odiaba que tuviera razón y yo no, y odiaba que me estuviera
obligando a elegir. Y odiaba cuánto la deseaba, eso era lo que más odiaba de todo.
Crucé la distancia que había entre los dos y le coloqué la mano en la nuca. La atraje hacia mí,
mirándola a los ojos mientras acercaba su boca a la mía. Había un desafío no expresado allí. Ninguno
de los dos se iba a echar atrás ni a admitir que esto (fuera lo que fuera) estaba más allá de nuestro
control.
O tal vez ya lo habíamos admitido los dos.
En cuanto nuestros labios se tocaron, me llenó ese rumor familiar que me recorría todo el cuerpo.
Metí las manos profundamente entre su pelo, obligándola a echar la cabeza hacia atrás y a aceptar
todo lo que le estaba dando. Puede que todo aquello fuera por ella, pero sin duda yo iba a ser quien lo
controlara. Apreté mi cuerpo contra el suyo y gemí al notar como cada una de sus curvas encajaban
contra las mías. Quería que esa necesidad desapareciera, quedarme satisfecho y seguir adelante; pero
cada vez que la tocaba era mejor de lo que recordaba.
Me puse de rodillas, le agarré las caderas y la acerqué más a mí mientras mis labios seguían la línea
de la cintura de sus pantalones. Le subí la camiseta y le besé cada centímetro de piel visible,
disfrutando de cómo se le tensaban los músculos mientras yo exploraba. Levanté la vista para mirarla,
metiendo los dedos por dentro de la cintura del pantalón. Sus ojos estaban cerca y se estaba mordiendo
el labio inferior. Sentí como se me endurecía por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer.
Le bajé los pantalones y vi cómo se le ponía la piel de gallina al hacer descender los dedos por sus
piernas. Metió los dedos entre mi pelo y tiró con fuerza y yo gemí y volví a mirarla. Seguí el borde de
la delicada ropa interior de seda y me detuve en las finas cintas de sus caderas.
—Son casi demasiado bonitas para estropearlas —dije enredándome una cinta en cada mano—.
Casi. —Con un breve tirón se rompieron con facilidad, lo que me permitió tirar de la tela rosa para
quitársela y poder metérmela en el bolsillo.
Una sensación de urgencia me embargó entonces y liberé rápidamente una de sus piernas para
colocarla sobre mi hombro y besarle la suave piel del interior del muslo.
—Oh, mierda —dijo exhalando y pasándome las manos por el pelo—. Oh, mierda, por favor.
Cuando por primera vez le acaricié y después le lamí lentamente el clítoris, ella me agarró el pelo
con fuerza y movió las caderas contra mi boca. Unas palabras ininteligibles salieron de sus labios en
un susurro ronco, y ver cómo se deshacía del todo delante de mis ojos hizo que me diera cuenta de que
ella estaba tan indefensa ante todo aquello como yo. Estaba enfadada conmigo, tan enfadada que
probablemente parte de ella quería enrollarme la pierna alrededor del cuello y estrangularme, pero al
menos me estaba dejando hacerlo algo que era, de muchas formas, mucho más íntimo que solamente
follar. Yo estaba de rodillas, pero ella estaba desnuda y vulnerable.
Estaba caliente y húmeda y sabía tan dulce como parecía.
—Podría devorarte entera —le susurré apartándome lo justo para poder ver su expresión. Le di un
beso en la cadera y murmuré—: Esto sería mucho mejor si pudiera tumbarte en alguna parte. En la
mesa de la sala de reuniones, tal vez.
Ella me tiró del pelo para acercarme otra vez a ella.
—Por ahora esto está bien así para mí. No te atrevas a parar.
Estuve a punto de admitir en voz alta que no podía y que estaba empezando a detestar la idea de
siquiera intentarlo, pero pronto me vi perdido en su piel otra vez. Quería memorizar todas las súplicas
y las maldiciones que salían de su boca sabiendo que yo era la razón de las mismas. Gemí contra ella,
lo que la hizo soltar una exclamación y retorcer el cuerpo para acercarlo. Deslicé dos dedos en su
interior y le tiré de la cadera con la otra mano para animarla a que encontrara su ritmo junto conmigo.
Ella empezó a mover las caderas, lentamente al principio, apretándose contra mí, y después más
rápido. Pude sentir cómo se tensaba: las piernas, el abdomen y las manos en mi pelo.
—Estoy muy cerca —jadeó y sus movimientos se volvieron titubeantes, irregulares y un poco
salvajes y, joder, yo no me sentía nada salvaje en ese momento.
Quería morderla y chuparla, enterrar mis dedos en su interior y volverla loca. Me preocupé por si
me estaba volviendo demasiado brusco, pero su respiración pasó a unos leves jadeos y después a unas
súplicas tensas. Entonces giré la muñeca y empujé más adentro y ella gritó, sus piernas temblaron y el
clímax la embargó.
Frotándole la cadera le bajé lentamente la pierna y me quedé observando sus pies por si acaso
intentaba darme una patada de todas formas. Me pasé un dedo por el labio y contemplé cómo ella
volvía a la realidad.
Me apartó y se colocó la ropa rápidamente, mirándome arrodillado delante de ella. La realidad
volvió cuando los diferentes sonidos de gente comiendo al otro lado de la puerta se mezclaron con el
sonido de nuestra respiración trabajosa.
—No te he perdonado —me dijo, se agachó para coger su bolso, quitó el pestillo de la puerta y salió
del baño.
Yo me levanté despacio y vi cómo la puerta se cerraba tras ella mientras intentaba entender lo que
acababa de pasar. Debería estar furioso. Pero sentí que la comisura de la boca se me elevaba para
formar una sonrisa y estuve a punto de echarme a reír por lo absurdo de todo aquello.
Maldita sea, lo había vuelto a hacer. Me estaba ganando y eso que estábamos jugando a mi propio
juego.
La noche fue un infierno. Apenas dormí ni comí y sufría una erección prácticamente constante desde
que salí del restaurante el día anterior. Cuando me dirigí al trabajo, sabía que lo tenía muy crudo. Ella
iba a hacer todo lo que pudiera para torturarme y castigarme por haberla mentido; lo enfermizo era
que... yo lo estaba deseando.
Me sorprendió encontrar su mesa vacía cuando llegué. «Qué raro», pensé, ella casi nunca llegaba
tarde. Entré en mi despacho y empecé a poner las cosas en orden para empezar el día. Quince minutos
después estaba hablando por teléfono cuando oí que la puerta exterior se cerraba de un portazo. Bueno,
sin duda ella no me iba a decepcionar; oí que se cerraban de golpe cajones y archivadores y supe que
iba a ser un día interesante.
A las diez y cuarto me interrumpió mi intercomunicador.
—Señor Ryan —su voz tranquila llenó la habitación y a pesar de su obvia irritación, me vi
sonriendo mientras pulsaba el botón para responder.
—¿Sí, señorita Mills? —le contesté y oí que la sonrisa se reflejaba en mi tono.
—Tenemos que estar en la sala de reuniones dentro de quince minutos. Y usted tiene que salir a
mediodía para comer con el presidente de Kelly Industries a las doce y media. Stuart lo esperará en el
aparcamiento.
—¿Usted no me acompaña? —Parte de mí se preguntó si estaba evitando quedarse a solas conmigo.
No sabía muy bien cómo sentirme por eso.
—No, señor. Solo la dirección. —Oí el ruido de papeles mientras ella seguía hablando—. Además,
hoy tengo que hacer algunos preparativos para el viaje a San Diego.
—Saldré dentro de un momento —solté el botón y me puse de pie para ajustarme la corbata y la
chaqueta.
Cuando salí de mi despacho, mis ojos se posaron en ella inmediatamente. Si tenía alguna duda sobre
si me iba a hacer sufrir, se disipó justo en ese momento. Ella estaba inclinada sobre su mesa con un
vestido de seda azul que mostraba sus largas piernas delgadas de una forma perfecta. Tenía el pelo
recogido sobre la cabeza y cuando se giró hacia mí, vi que llevaba las gafas puestas. ¿Cómo iba a ser
capaz de hablar de forma coherente con ella sentada a mi lado?
—¿Listo, señor Ryan? —Sin esperar respuesta, cogió sus cosas y empezó a caminar por el pasillo.
De repente, parecía que sus caderas se movían más. La muy descarada me estaba provocando.
De pie en el ascensor lleno de gente, nuestros cuerpos se vieron apretados el uno contra el otro
involuntariamente y yo tuve que reprimir un gemido. Pudo ser mi imaginación, pero me pareció ver el
principio de una sonrisa cuando ella rozó «accidentalmente» mi miembro semierecto. Dos veces.
Durante las dos horas siguientes pasé mi propio infierno personal. Cada vez que la miraba, estaba
haciendo algo para volverme loco: lanzaba miradas traviesas, se lamía el labio inferior, cruzaba y
descruzaba las piernas o se retorcía con aire ausente un mechón con el dedo. Incluso se le cayó un boli
y puso la mano despreocupadamente en mi muslo cuando se agachó para recogerlo.
En la comida que tenía después, me sentí a la vez agradecido por librarme del tormento que estaba
suponiendo, y desesperado por volver a sufrirlo. Asentí y hablé en los momentos apropiados, pero no
estaba realmente allí. Y por supuesto que mi padre fue consciente de que estaba de un humor
especialmente silencioso y hosco. Cuando íbamos de vuelta a la oficina, empezó a sermonearme.
—Durante tres días tú y Chloe vais a estar juntos en San Diego sin la pantalla que supone el trabajo
de oficina, y no va a haber nadie para meterse entre ambos. Espero que la trates con el máximo
respeto. Y antes de que te pongas a la defensiva —añadió levantando ambas manos en cuanto notó que
iba a rebatirle—, también he hablado de esto con Chloe.
Abrí mucho los ojos y lo miré. ¿Había hablado con la señorita Mills sobre «mi» conducta
profesional?
—Sí, soy consciente de que no eres solo tú —dijo mientras entrábamos en un ascensor vacío—. Ella
me ha asegurado que hace todo lo que puede. ¿Por qué crees que, desde el principio, te propuse como
su tutor para las prácticas? No tenía ni la más mínima duda de que estaría a la altura de tus
expectativas.
Henry estaba en silencio a su lado, con una sonrisa de suficiencia en la cara. «Gilipollas.»
Fruncí un poco el ceño al darme cuenta de lo que pasaba: ella había hablando en mi defensa. Podía
haberme hecho parecer un déspota sin problema, pero en vez de eso ella había aceptado parte de la
culpa.
—Papá, admito que mi relación con ella es poco convencional —empecé, rezando para que no
supiera lo cierta que era en realidad esa frase—. Pero te aseguro que eso no interfiere de ninguna
forma en mi capacidad para llevar el negocio. No tienes nada de qué preocuparte.
—Bien —dijo mi padre cuando llegamos a mi despacho.
Entré y me encontré a la señorita Mills al teléfono, de espaldas a la puerta, hablando en un tono casi
inaudible.
—Bueno, tengo que dejarte, papá. Tengo que ocuparme de unas cosas y te cuento en cuanto pueda.
Duerme un poco, ¿vale? —dijo en voz baja. Tras una breve pausa rió, pero no dijo nada más durante
en momento. Ni yo ni los dos hombres que estaban a mi lado nos atrevimos a decir nada—. Yo
también te quiero, papá.
Mi estómago se tensó al oír aquellas palabras y la forma en que tembló su voz al decirlas. Cuando
se volvió en su silla, se sobresaltó al encontrarnos ahí a los tres. Empezó a recoger unos papeles que
había sobre su mesa rápidamente.
—¿Qué tal ha ido la reunión?
—Perfectamente, como siempre —dijo mi padre—. Tú y Sara habéis hecho un gran trabajo
ocupándoos de todo. No sé que harían mis hijos sin vosotras dos.
Ella levantó un poco una ceja y vi que se esforzaba por no mirarme y regodearse. Pero entonces su
cara mostró una expresión de desconcierto y me di cuenta de que yo estaba sonriéndole de oreja a
oreja, esperando ver un poco de su típico descaro. De repente puse la mejor cara que pude y me dirigí
a mi despacho. Solo entonces me percaté de que no la había visto sonreír ni una sola vez desde que
habíamos vuelto y la encontramos hablando por teléfono.
10
Mi cabeza no estaba funcionando en ese momento. Tenía que enseñarle unas cosas al señor Ryan antes
de que se fuera, tenía unos documentos que tenía que firmar, pero sentía como si estuviera caminando
por arenas movedizas, la conversación con mi padre dándome vueltas sin parar en la cabeza. Cuando
entré en el despacho del señor Ryan me quedé mirando los papeles que llevaba en las manos, dándome
cuenta de todas las cosas que tenía que organizar ese día: billetes de avión, alguien que se ocupara de
mi correo, tal vez la contratación de un trabajador temporal para el tiempo que estuviera fuera. Pero
¿cuánto tiempo iba a estar fuera?
Me di cuenta de que el señor Ryan estaba comentando algo (en voz alta) en mi dirección. Pero ¿qué
estaba diciendo? Apareció en mi visión y oí el final de lo que decía:
—... apenas está prestando atención. Dios, señorita Mills, ¿es que necesito escribírselo?
—¿Podemos dejar este jueguecito por hoy? —le pregunté cansada.
—El... ¿el qué?
—Esta rutina de jefe gilipollas.
Él abrió mucho los ojos y frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Me he dado cuenta de que te encanta ser un cabrón de los que hacen historia conmigo, y
reconozco que es algo sexy a veces, pero llevo un día terrible y de verdad te agradecería que
simplemente te limitaras a no hablarme. A mí. —Estaba a punto de echarme a llorar y sentía una
presión dolorosa en el pecho—. Por favor.
Parecía que alguien le hubiera deslumbrado con unos faros, mirándome fijamente a la vez que
parpadeaba. Por fin dijo:
—¿Qué ha pasado?
Tragué saliva, arrepintiéndome de mi salida de tono. Las cosas siempre iban mejor con él cuando
conseguía mantener la compostura.
—He reaccionado mal cuando me ha gritado. Discúlpeme.
Él se levantó y empezó a caminar hacia mí, pero en el último minuto se detuvo y se sentó en la
esquina de su mesa, jugueteando incómodo con un pisapapeles de cristal.
—No, quiero decir que ¿por qué llevas un día tan horrible? ¿Qué está pasando? —Su voz era muy
suave y nunca le había oído hablar así aparte de en los momentos de sexo. Esta vez hablaba en voz
baja y no era para mantener en secreto la conversación, parecía realmente preocupado.
No quería hablar con él de aquello porque en parte esperaba que se burlara de mí. Pero una parte
mayor estaba empezando a sospechar que no lo haría.
—Le han hecho unas pruebas a mi padre. Tenía problemas para comer.
El señor Ryan se puso serio.
—¿Comer? ¿Es una úlcera?
Le expliqué lo que sabía, que era algo que había empezado de repente y que las primeras pruebas
mostraban una pequeña masa en el esófago.
—¿Puedes ir a casa?
Me lo quedé mirando.
—No lo sé. ¿Puedo?
Él hizo una mueca de dolor y parpadeó.
—¿Tan cabrón soy en realidad?
—A veces. —Me arrepentí inmediatamente, porque no, nunca había hecho que me hiciera pensar
que me impidiera acompañar a mi padre enfermo.
Asintió y tragó con dificultad mientras miraba por la ventana.
—Te puedes tomar todo el tiempo que necesites, por supuesto.
—Gracias.
Me quedé mirando al suelo, esperando que continuara con la lista de tareas del día. Pero el silencio
llenó el despacho. Podía ver por el rabillo del ojo que había vuelto a girarse y ahora me miraba.
—¿Estás bien? —dijo en voz tan baja que ni siquiera estaba segura de haberlo oído.
Pensé en mentirle para acabar con aquella conversación tan extraña. Pero en vez de eso le dije:
—La verdad es que no.
Estiró la mano y me la metió entre el pelo.
—Cierra la puerta del despacho —me pidió.
Asentí, un poco decepcionada por que me echara de esa forma.
—Le traeré los contratos del departamento legal...
—Quería decir que cierres la puerta pero que te quedes.
Oh.
«Oh.»
Me volví y caminé por la gruesa alfombra en completo silencio. La puerta del despacho se cerró con
un sonoro clic.
—Pon el pestillo.
Giré el pestillo y sentí que se acercaba hasta que noté su respiración cálida en la nuca.
—Déjame tocarte. Déjame hacer algo.
Él lo había entendido. Sabía lo que podía darme: distracción, alivio, placer ante esa oleada de dolor.
Yo no respondí porque sabía que no necesitaba hacerlo. Había ido a cerrar la puerta después de todo.
Pero entonces sentí sus labios apretándose suavemente contra mi hombro y subiendo por mi cuello.
—Hueles... tan bien —me dijo soltándome el vestido donde lo llevaba atado detrás del cuello—.
Siempre se me queda tu olor impregnado durante horas.
No dijo si eso era algo bueno o malo y yo me di cuenta de que no me importaba. Me gustaba que
oliera como yo cuando ya no estaba.
Cuando bajó las manos hasta las caderas, me volví para mirarlo y él se inclinó para besarme en un
solo movimiento fluido. Esto era diferente. Su boca era suave, casi pidiéndome permiso. No había
nada de indecisión en el beso (nunca había nada de indecisión en él), pero ese beso parecía más un
gesto de cariño y menos la señal de una batalla perdida.
Me bajó el vestido por los hombros y cayó al suelo. Él se aparto un poco, dándome solo el espacio
para dejar que el aire fresco de la oficina me refrescara su calor de la piel.
—Eres preciosa.
Antes de que pudiera procesar la forma tan suave en que había dicho esas nuevas palabras, él puso
una sonrisita y se inclinó para besarme a la vez que me agarraba las bragas, las retorcía y las rompía.
Eso ya era habitual.
Bajé las manos hasta sus pantalones, pero él se apartó negando con la cabeza. Metió la mano entre
mis piernas y encontró la piel suave y húmeda. Su respiración se aceleró contra mi mejilla. Sus dedos,
no sabía cómo, eran fuertes y a la vez cuidadosos, y le salían palabras sucias con voz profunda: me
decía que era preciosa y muy guarra. Me decía que era una tentación y cómo lo hacía sentir.
Me dijo cuántas ganas tenía de oír el sonido que hacía al correrme.
E incluso cuando lo hice, boqueando y agarrando las hombreras de su traje, lo único que podía
pensar era en que yo también quería tocarlo. Que quería, igual que él, oírlo perderse en mí. Y eso me
aterraba.
Él sacó los dedos, rozando con ellos mi sensible clítoris al hacerlo, y se estremeció
involuntariamente.
—Lo siento, lo siento —me susurró en respuesta, besándome la mandíbula, la barbilla, el...
—No lo sientas —le dije apartando la boca de la suya. La repentina intimidad que me ofrecía,
además de todo lo que había pasado ese día, era muy desconcertante, demasiado.
Apoyó su frente contra la mía durante unos segundos antes de asentir una sola vez. Me sentí
devastada de repente porque me di cuenta de que siempre había asumido que él tenía todo el poder y
yo ninguno, pero en ese momento supe que podía tener tanto poder sobre él como quisiera. Solo tenía
que ser lo bastante valiente para ejercerlo.
—Me iré de la ciudad este fin de semana. Y no sé cuánto tiempo estaré fuera.
—Bueno, entonces vuelva al trabajo mientras aún está aquí, señorita Mills.
11
Cuando amaneció el jueves, supe que teníamos que hablar. Yo iba a estar fuera de la oficina todo el
viernes, así que el jueves era nuestro último día juntos antes de que se fuera. Había estado con su tutor
del máster toda la mañana, y yo, según pasaban los minutos, me iba poniendo cada vez más nervioso
acerca de... todo. Estaba bastante seguro de que la interacción en mi despacho del día anterior nos
había revelado a ambos que ella estaba lentamente llegándome cada vez más. Quería estar con ella
casi todo el tiempo y no solo en plan «desnudos y salvajes». Quería estar cerca de ella y mi propia
necesidad de autoconservación llevaba toda la semana dándome la lata.
¿Qué había dicho ella? «No quiero querer esto. No es bueno para mí.» Y solo cuando nos descubrió
Mina, al salir del baño, entendí de verdad lo que quería decir Chloe. Había estado odiando mi deseo
por ella porque era la primera vez en mi toda vida que era incapaz de sacar algo de mi cabeza a la
fuerza y centrarme en el trabajo, pero nadie (ni siquiera mi familia) me culparía por sentirme atraído
por Chloe. Por el contrario, ella siempre se vería afectada por la mala reputación de ser una mujer que
se había acostado con el jefe para ascender. Para alguien tan brillante y tan dedicada como ella, esa
asociación sería una constante y dolorosa espina.
Hacía bien en poner distancia entre nosotros. Esa necesidad que sentíamos cuando estábamos juntos
era totalmente insana. Nada bueno podía salir de ahí y decidí una vez más utilizar el tiempo que
íbamos a estar separados para volver a centrarme. Cuando entré en mi despacho después de comer, me
sorprendió encontrarla sentada en su mesa, muy ocupada trabajando en algo en su ordenador.
—No sabía que iba a venir esta tarde —dije intentando mantener mi voz alejada de cualquier
emoción.
—Sí, tenía que ocuparme de unos preparativos de última hora para San Diego y todavía tengo que
hablar de mi ausencia con usted —dijo sin apartar la vista del monitor del ordenador.
—¿Por qué no viene a mi despacho entonces?
—No —me dijo rápidamente—. Creo que podemos hablar de esto aquí fuera. —Me lanzó una
mirada traviesa y me hizo un gesto para señalar la silla que tenía delante—. ¿Por qué no se sienta,
señor Ryan?
«Ah, la ventaja de jugar en casa.» Me senté frente a ella.
—Sé que mañana no va a estar, así que no hay razón para que yo venga entonces. Me he dado cuenta
de que no le gusta tener asistente, pero he buscado un reemplazo temporal para las dos semanas que
voy a estar ausente y ya le he dado a Sara una lista detallada de su agenda y las cosas que necesita.
Dudo que vaya a haber ningún problema, pero, por si acaso, ella me ha prometido estar pendiente de
usted también. —Levantó una ceja desafiante y yo puse los ojos en blanco.
Ella continuó:
—Tiene todos mis números, incluyendo el de la casa de mi padre en Bismarck, por si necesita algo.
Comprobó una lista que tenía delante y me di cuenta de lo serena y eficiente que se estaba
mostrando. No es que no supiera que era todas esas cosas, pero me resultó aún más evidente entonces.
Nuestras miradas se encontraron y ella prosiguió:
—Llegaré a California unas horas antes que usted, así que lo recogeré en el aeropuerto.
Seguimos mirándonos unos minutos más y yo estuve casi seguro de que ambos estábamos pensando
lo mismo: San Diego iba a ser una prueba tremenda.
La atmósfera del despacho empezó a cambiar lentamente, el silencio diciendo mucho más de lo que
cualquier palabra podía decir. Apreté con fuerza la mandíbula cuando noté que se le había acelerado la
respiración. Necesité toda mi fuerza de voluntad para no rodear su mesa y acercarme a besarla.
—Que tenga buen viaje, señorita Mills —le dije satisfecho de que mi voz no traicionara mi
agitación interna. Me puse de pie, y añadí—: La veré en San Diego entonces.
—Sí.
Asentí y entré en mi despacho, cerrando la puerta detrás de mí. No la vi durante el resto del día y
por una vez, nuestra tensa despedida me pareció algo completamente inadecuado.
Estuve todo el fin de semana pensando cómo viviría su ausencia durante dos semanas. Por un lado
sería agradable estar en el trabajo sin distracciones, pero por otro me pregunté si me sentiría raro al no
tenerla. Ella había sido una constante en mi vida durante casi un año y, a pesar de nuestras diferencias,
saber que estaba por allí se había convertido en algo reconfortante.
Sara entró en el despacho a las nueve en punto, sonriendo ampliamente al acercarse a mí. La seguía
una morena atractiva de veintitantos que me presentó como Kelsey, mi asistente temporal. Ella me
miró con una sonrisa tímida y vi cómo Sara le ponía una mano en el hombro para tranquilizarla.
Decidí que iba a utilizar aquello como una oportunidad. Le iba a demostrar a todo el mundo que mi
reputación solo era resultado de trabajar con alguien tan cabezota como la señorita Mills.
—Encantado de conocerte, Kelsey —dije sonriendo y ofreciéndole la mano para estrechar la suya.
Ella me miró extrañada, con los ojos un poco vidriosos.
—Encantada de conocerlo también, señor —dijo mirando a Sara. Ella miró mi mano desconcertada
y después me miró a mí antes de dirigirse a Kelsey.
—Está bien. Ya hemos repasado todo lo que dejó Chloe. Ahí está tu mesa. —Llevó a la chica a la
silla de la señorita Mills.
Sentí una extraña sensación al ver la imagen de otra persona sentada allí. Sentí que mi sonrisa
vacilaba y me volví hacia Sara.
—Si necesita algo, ya te lo hará saber. Estaré en mi despacho.
Kelsey dimitió antes de comer. Aparentemente «fui un poco brusco» cuando ella provocó un
pequeño incendio en el microondas de la sala de descanso. La última vez que la vi estaba llorando y
salía corriendo por la puerta chillando algo sobre un entorno de trabajo hostil.
El segundo asistente temporal, un chico que se llamaba Isaac, llegó a eso de las dos de la tarde.
Isaac parecía muy inteligente y yo estaba deseando trabajar con alguien que no fuera una chica
emotiva. Pronto me encontré sonriendo ante el repentino giro que habían dado los acontecimientos.
Por desgracia, me alegré demasiado pronto.
Todas las veces que pasaba junto a Isaac, sentado ante su ordenador, él estaba conectado a internet
viendo fotos de gatitos o algún vídeo musical. Minimizaba rápidamente la ventana, pero
desafortunadamente para Isaac, yo no soy un idiota integral. Le dije diplomáticamente que no se
molestara en venir al día siguiente.
La tercera no resultó mucho mejor. Se llamaba Jill; hablaba demasiado, llevaba la ropa demasiado
ceñida y la forma con que masticaba la tapa de su bolígrafo me recordaba a un animal que intentara
liberarse de una trampa. No tenía nada que ver con la forma en que la señorita Mills sujetaba
pensativamente el extremo del boli entre los dientes cuando estaba muy enfrascada en sus
pensamientos. Eso era algo sutil y sexy; esto era obsceno. Inaceptable. El martes por la tarde ya no
estaba.
La semana continuó más o menos igual. Pasé por diferentes asistentes. Oí la risa atronadora de mi
hermano en el pasillo al lado de mi despacho más de una vez. «Imbécil.» Él ni siquiera trabajaba en
esta planta. Empecé a sentir que la gente estaba disfrutando demasiado con mi infortunio e incluso
empecé a verlo incluso como un caso de recoger lo que había sembrado.
Aunque no tenía ninguna duda de que Sara había informado a la señorita Mills de mis pesadillas
con los asistentes temporales, recibí varios mensajes de texto de ella durante la primera semana para
ver cómo iban las cosas. Empecé a esperarlos con ansiedad, mirando incluso mi teléfono
periódicamente para comprobar que no me había perdido la alerta de llegada. Odiaba admitirlo, pero
en este punto habría vendido hasta mi coche para tenerla de vuelta a ella y a sus maneras de arpía.
Además de echar de menos su cuerpo, algo que necesitaba desesperadamente, también echaba de
menos el fuego que había entre nosotros. Ella sabía que yo era un cabrón y lo aguantaba. No tenía ni
idea de por qué, pero lo hacía. Durante esa primera semana que estuvimos separados empezó a crecer
el respeto que tenía por su profesionalidad.
Cuando pasó la segunda semana sin un solo mensaje de ella, me encontré preguntándome qué
estaría haciendo y con quién. También me pregunté si habría intercambiado más llamadas con Joel.
Estaba bastante seguro de que no habían vuelto a verse y de que ella y yo habíamos llegado a una
precaria tregua con respecto al incidente de las flores. Aun así, no sabía si él habría vuelto a llamarla
para ver cómo iban las cosas y si intentaría empezar algo mientras ella estaba en su casa.
Su casa. ¿Estaba en su casa ahora, con su padre? ¿O ya consideraba Chicago como su casa? Por
primera vez se me pasó por la cabeza que si su padre estaba muy enfermo, ella podría decidir volver a
Dakota del Norte para estar con él.
Joder.
Empecé a hacer la maleta para el vuelo del domingo por la noche cuando oí que mi teléfono sonaba
en la cama, al lado de mi maletín. Al leer el nombre de la pantalla sentí un leve escalofrío.
Lo recogeré mañana a las 11.30. Terminal B, cerca de los monitores de llegadas. Mándeme un mensaje cuando aterrice.
Me quedé quieto un momento mientras me hacía a la idea de que íbamos a estar juntos al día
siguiente.
Lo haré. Gracias.
De nada. ¿Ha ido todo bien?
Me quedé un poco sorprendido de que me preguntara por el resto de la semana. Estábamos en un
territorio desconocido. Mientras trabajábamos ella me escribía mensajes y correos electrónicos con
frecuencia, pero normalmente nos limitábamos a simples respuestas de sí y no. Nunca nada personal.
¿Era posible que ella hubiera pasado una semana tan frustrante como la mía?
Muy bien. ¿Y tú? ¿Cómo está tu padre?
Me reí y pulsé «Enviar»; esa situación se estaba volviendo cada vez más extraña. Menos de un
minuto después recibí otro mensaje.
Todo bien. Lo he echado de menos pero tengo ganas de volver a casa.
«A casa.» Me fijé en las palabras que había elegido y tragué saliva; de repente sentía mucha tensión
en el pecho.
Mañana nos vemos.
Puse el despertador del teléfono, lo coloqué en la mesita de noche y me senté en la cama al lado de
mi equipaje. Iba a verla en menos de doce horas.
Y no estaba muy seguro de cómo me hacía sentir eso.
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