miércoles, 19 de febrero de 2014

BEAUTIFUL BASTARD, parte 5


—Vamos a ver, solo para que me quede claro —le dije sacudiendo la cabeza e intentando mantener
cierta apariencia de calma—, ¿has hecho gestiones para comprarme lencería?
—Bueno, es para reemplazar las cosas que yo... —se detuvo, posiblemente para reconsiderar su
respuesta—. Para reemplazar las cosas que han resultado estropeadas. Si no la quieres, no la uses,
joder —bufó entre dientes antes de girarse para irse de nuevo.
—Eres un hijo de puta. —Me acerqué para quedarme de pie delante de él con el elegante papel
ahora hecho una bola arrugada en mi puño—. ¿Te parece gracioso? ¿Es que crees que yo soy una
muñeca que puedas vestir a tu conveniencia para divertirte? —No sabía con quién estaba más
enfadada: con él por pensar eso de mí o conmigo por permitir que todo aquello hubiera tenido lugar.
—Oh, sí —se mofó—. Me parece algo para partirse.
—Toma esto y métetelo por donde te quepa. —Le tiré la bola de papel color marfil contra el pecho,
cogí el bolso, giré sobre mis talones y literalmente salí corriendo hacia el ascensor. «Cabrón ególatra
y mujeriego.»
Lógicamente yo sabía que su intención no era insultarme, al menos eso esperaba. Pero ¿aquello?
Aquello era exactamente por lo que no había que tirarse al jefe y por lo que definitivamente no había
que exhibirse y hacerle un numerito en su despacho.
Aparentemente yo me había perdido esa parte de los consejos de orientación.
—¡Señorita Mills! —gritó, pero lo ignoré y entré en el ascensor.
«Vamos», me dije mientras pulsaba repetidamente el botón del aparcamiento. Apareció justo
cuando se cerraban las puertas y sonreí para mí mientras lo veía desaparecer. «Muy madura, Chloe.»
—¡Mierda, mierda, mierda! —grité dentro del ascensor vacío, a punto de golpear el suelo con el
pie. Ese cabrón me había arrancado el último par de bragas.
Sonó el timbre del ascensor que indicaba que habíamos llegado al aparcamiento. Murmurando para
mí me encaminé a mi coche. El aparcamiento estaba poco iluminado y mi coche era uno de los pocos
que quedaban en esa planta, pero yo estaba demasiado furiosa para pararme un segundo a pensarlo.
Cualquiera que quisiera tocarme las narices en ese momento iba a tener muy mala suerte. Justo en el
momento en que ese pensamiento cruzó mi mente, oí la puerta de las escaleras abrirse
estrepitosamente y el señor Ryan habló a mi espalda.
—¡Dios! ¿Podrías esperar, joder? —me gritó.
No dejé de fijarme en que estaba sin aliento. Supongo que bajar corriendo dieciocho pisos tenía ese
efecto.
Abrí el coche y la puerta y tiré mi bolso en el asiento del acompañante.
—¿Qué coño quiere, señor Ryan?
—Vamos a ver, ¿puedes desconectar el modo arpía y escucharme durante dos segundos?
Me volví bruscamente para mirarlo.
—¿Es que crees que soy algún tipo de prostituta?
Cien emociones diferentes pasaron por su cara en un momento: enfado, impresión, confusión, odio
y maldita sea, justo en ese momento estaba para comérselo. Se desabrochó el cuello de la camisa, su
pelo era un desastre y una gota de sudor que le corría por un lado de la mejilla no me estaba poniendo
las cosas fáciles. Pero estaba decidida a seguir furiosa.
Manteniendo una distancia de seguridad, él negó con la cabeza.
—Dios —dijo mirando a su alrededor en el aparcamiento—. ¿Crees que te veo como una prostituta?
¡No! Era solo por si acaso... —Se detuvo intentado organizar sus pensamientos. Pero pareció rendirse
al poco, con la mandíbula tensa.
La rabia me recorría el cuerpo con tal fuerza que, antes de que pudiera detenerme, di un paso
adelante y le di una bofetada fuerte en la cara. El sonido resonó en el aparcamiento vacío. Con una
mirada sorprendida y furiosa, levantó una mano y se tocó el lugar donde le había pegado.
—Eres el jefe, pero tú no eres quien decide cómo funciona esto.
El silencio cayó sobre nosotros. Los sonidos del tráfico y del mundo exterior apenas se registraban
en mi conciencia.
—¿Pues sabes qué? —empezó a decir con la mirada oscurecida y dando un paso hacia mí—. Hasta
ahora no he oído ninguna queja.
«Oh, ese modo de hablar tan suave.»
—Ni contra la ventana. —Otro paso—. Ni en el ascensor ni en las escaleras. Ni en el probador
mientras veías cómo te follaba. —Y otro—. Ni cuando has abierto las piernas esta mañana en mi
despacho, no he oído ni una sola palabra de protesta salir de tu boca.
Mi pecho subía y bajaba rápidamente, sentía el frío metal del coche a través de la fina tela de mi
vestido. Incluso con aquellos zapatos de tacón, él me sacaba una cabeza sin problemas y cuando se
inclinó pude sentir su aliento cálido contra mi pelo. Solo tenía que mirar hacia arriba y nuestras bocas
se encontrarían.
—Bueno, yo he acabado con todo eso —dije con los dientes apretados, pero cada respiración me
traía un breve momento de alivio cuando mi pecho rozaba el suyo.
—Claro que sí —susurró negando con la cabeza y acercándose aún más, de forma que su erección
quedó apretada contra mi vientre. Apoyó la mano en el coche, atrapándome—. Has acabado del todo.
—Excepto... Quizá... —dije, aunque no estaba segura de si tenía intención de decirlo en voz alta.
—¿Quizá solo una vez más? —Sus labios apenas rozaron los míos.
Fue demasiado suave, demasiado real.
Volví la cara hacia arriba y susurré contra su boca.
—No quiero desear esto. No es bueno para mí.
Él dilató las aletas de la nariz un poco y justo cuando pensaba que iba a volverme loca, me cogió el
labio inferior con fuerza entre los suyos y me atrajo hacia él. Gimiendo en mi boca hizo más profundo
el beso y me empujó bruscamente contra el coche. Como la última vez, levantó las manos y me quitó
las horquillas del pelo.
Nuestros besos empezaron siendo provocadores y después más duros, acercándonos y alejándonos,
las manos enredadas en el pelo y las lenguas deslizándose la una contra la otra. Solté una exclamación
cuando él flexionó un poco las rodillas, clavándome su erección.
—Dios —gemí, rodeándole con una pierna y hundiéndole el tacón en el muslo.
—Lo sé —jadeó él contra mi boca. Bajó la vista hacia mi pierna, me cogió el trasero con las manos
y me dio un fuerte apretón a la vez que murmuraba—. ¿Te he dicho lo sexis que son esos zapatos?
¿Qué intentas hacerme con esos lacitos tan traviesos?
—Bueno, llevo otro lazo en otro sitio, pero vas a necesitar un poco de suerte para encontrarlo.
Él se apartó.
—Métete en el maldito coche —me dijo con la voz ronca saliéndole de lo más profundo de la
garganta a la vez que abría la puerta de un tirón.
Lo miré fijamente, deseando que algún pensamiento racional consiguiera colarse en mi cerebro
confuso. ¿Qué debería hacer? ¿Qué quería? ¿Podía simplemente dejarle tomarme de esa forma otra
vez? Estaba tan abrumada por todo aquello que todo mi cuerpo temblaba. La razón me abandonaba
rápidamente mientras sentía su mano subir por mi cuello y meterse entre mi pelo.
Me lo agarró con fuerza, tiró de mi cabeza hacia él y me miró a los ojos.
—Ahora.
La decisión estaba tomada y una vez más enrollé su corbata alrededor de mi mano y le empujé hacia
el asiento de atrás. Cuando la puerta se cerró tras él, no perdió el tiempo; se lanzó hacia el cierre de la
parte delantera de mi vestido. Gemí al sentir que separaba la tela y me pasaba las manos por la piel
desnuda. Me empujó hacia atrás para que me tumbara sobre la fresca piel y, poniéndose de rodillas
entre mis piernas, me colocó la palma entre los pechos y la fue bajando lentamente por mi abdomen
hasta el liguero de encaje. Sus dedos siguieron las delicadas cintas hasta el borde de mis medias y
volvieron a subir para entretenerse en seguir todo el contorno de mis bragas. Los músculos de mi
abdomen se tensaban con cada uno de sus movimientos y yo intentaba desesperadamente controlar mi
respiración. Rozando con la punta de los dedos los lacitos blancos, levantó la vista y me dijo:
—La suerte no tiene nada que ver con esto.
Tiré de él, agarrándole por la camisa, y le metí la lengua en la boca, gimiendo cuando su palma se
apretó contra mí. Nuestros labios se pusieron a buscar; nuestros besos se hicieron más largos y más
profundos, ganando en urgencia con cada centímetro de piel que se iba descubriendo. Le saqué la
camisa de los pantalones y exploré la piel lisa de sus costillas, la clara definición de los músculos de
su cadera y la suave línea de vello que salía de su ombligo y me animaba a ir más abajo.
Como quería provocarlo de la forma que me estaba provocando él a mí, seguí su cinturón con mis
dedos hasta la silueta dura que tenía debajo de los pantalones.
Él gimió dentro de mi boca.
—No sabes lo que me estás haciendo.
—Dímelo —le susurré. Estaba utilizando sus mismas palabras contra él y saber que se acababan de
cambiar las tornas por el momento me excitaba—. Dímelo y te daré lo que quieres.
Él gimió y se mordió el labio, con la frente apoyada contra la mía, para después estremecerse.
—Quiero que me folles tú a mí.
Le temblaban las manos mientras me cogía las bragas nuevas y cerraba el puño y, aunque fuera una
locura, estaba deseando que me las rompiera. La pura pasión entre nosotros era diferente a cualquier
cosa que hubiera experimentado; no quería que se reprimiera. Sin una palabra me las arrancó y el
dolor de la tela al dejar mi piel se sumó al placer.
Empujé hacia delante con la pierna para echarlo hacia atrás y apartarlo de mí. Me senté, lo tiré
sobre el asiento trasero y me puse a horcajadas en su regazo. Le abrí la camisa de un tirón, lo que
envió botones despedidos por todo el asiento.
Yo ya estaba perdida para todo el mundo excepto para él y para aquello: la sensación del aire contra
mi piel, los sonidos irregulares de nuestras respiraciones, el calor de su beso y la idea de lo que estaba
por venir. Frenéticamente le solté el cinturón y los pantalones y con su ayuda conseguí bajárselo por
las piernas. La punta de su miembro me rozó y yo cerré los ojos y bajé lentamente sobre él,
deslizándolo poco a poco en mi interior.
—Oh, Dios —gemí, la sensación de él dentro de mí solo hizo que el efecto agridulce se
intensificara.
Levanté las caderas y empecé a cabalgar sobre él, sintiendo cada movimiento más intenso que el
anterior. El dolor que me estaban produciendo sus dedos ásperos en las caderas avivaba mi lujuria.
Tenía los ojos cerrados y amortiguaba sus gemidos enterrando la cabeza en mi pecho. Movió los
labios por encima de mi sujetador de encaje y me bajó una de las copas para cogerme el pezón
endurecido entre los dientes. Le agarré el pelo con fuerza, lo que le provocó un gemido y su boca se
abrió alrededor de mi piel.
—Muérdeme —le susurré.
Y él lo hizo, con fuerza, lo que me hizo gritar y tirarle más fuerte del pelo.
Mi cuerpo estaba en armonía con el suyo, reaccionaba a todas sus miradas, sus sonidos y sus
contactos. Y ambos odiábamos y a la vez adorábamos cómo me hacía sentir. Yo nunca había sido una
de esas mujeres que pierden fácilmente el control, pero cuando me tocaba así, yo estaba encantada de
dejarme llevar.
—¿Te gusta sentir mis dientes? —me preguntó con la respiración entrecortada e irregular—.
¿Fantaseas con otros sitios en los que te puedo morder?
Me apoyé en su pecho para incorporarme y lo miré.
—No sabes cuándo debes cerrar la boca, ¿verdad?
Él me levantó y me tiró bruscamente sobre el asiento. Separándome las piernas, volvió a entrar en
mi interior. Mi coche era demasiado pequeño para eso, pero no había nada que pudiera detenernos.
Incluso con las piernas dobladas de una forma extraña debajo de él y con los brazos por encima de la
cabeza para evitar que chocara con la puerta, aquello era demasiado.
Él se puso de rodillas y adoptó una posición más cómoda, me cogió una pierna y se la colocó sobre
un hombro, lo que hizo que entrara más profundamente en mí.
—Oh, Dios, sí.
—¿Sí? —Me levantó la otra pierna para apoyarla sobre el otro hombro. Extendió el brazo y agarró
el marco de la puerta para guardar el equilibrio y hacer las embestidas más profundas—. ¿Así es como
te gusta?
El cambio de ángulo me hizo dar un respingo cuando las sensaciones más deliciosas se extendieron
por todo mi cuerpo.
—No. —Apoyé las manos contra la puerta y levanté las caderas del asiento para ir al encuentro de
cada movimiento de la suya—. Me gusta más fuerte.
—Joder —murmuró y volvió la cabeza un poco para que su boca abierta me fuera dejando besos
húmedos por toda la pierna.
Nuestros cuerpos ya brillaban por el sudor, las ventanas estaban empañadas y nuestro gemidos
llenaban el espacio en silencio del coche. La penumbra que producían las luces del aparcamiento
resaltaba todas las hendiduras, que parecían esculpidas, y todos los músculos del hermoso cuerpo que
tenía encima de mí. Lo miré embelesada, tenso por el esfuerzo y el pelo alborotado y pegado a su
frente húmeda, los tendones de su cuello estirados como cuerdas.
Dejó caer la cabeza entre sus brazos estirados, cerró los ojos con fuerza y negó.
—Oh, Dios —jadeó—. Es que... no puedo parar.
Yo me arqueé para estar más cerca, con la necesidad de encontrar una forma de sentirlo más
profunda, más completamente en mi interior. Nunca había tenido unas ganas tan intensas de consumir
otro cuerpo como las que tenía cuando él estaba dentro de mí, pero incluso entonces, parecía que
nunca podía estar lo bastante cerca de las partes de él que quería sentir. Y justo con ese pensamiento
en mi mente, la deliciosa tensión en espiral que sentía en mi piel y en el vientre cristalizó para
convertirse en una dolor tan profundo que bajé las piernas de sus hombros a la vez que tiraba de él
para colocar todo su peso sobre mí mientras suplicaba: «Por favor, por favor, por favor», una y otra
vez.
Estaba cerca, tan cerca.
Mis caderas empezaron a dibujar círculos y las suyas respondieron con fuerza y constancia,
desatados tanto él, que estaba encima, como yo, que estaba debajo.
—Estoy tan cerca, joder, por favor.
—Lo que quieras —gimió él en respuesta, antes de inclinarse para morderme el labio y proseguir—.
Quédate con lo que quieras.
Yo chillé al correrme, con las uñas hundidas en su espalda y el sabor de su sudor en mis labios.
Él soltó un juramento con la voz profunda y ronca y con una última embestida muy potente se tensó
sobre mí.
Exhausto y temblando, se dejó caer con la cara contra mi cuello. No pude resistir la necesidad de
pasarle las manos temblorosas por el pelo húmedo mientras estaba ahí tumbado, jadeando, con el
corazón acelerado contra mi pecho. Tenía un millón de pensamientos cruzando por mi mente mientras
pasaban los minutos.
Lentamente nuestras respiraciones se fueron calmando y estuve a punto de creer que se había
dormido cuando apartó la cabeza.
Mi cuerpo cubierto de sudor sintió inmediatamente el frío cuando él empezó a vestirse. Lo observé
durante un momento antes de incorporarme y ponerme el vestido, luchando con fuertes sentimientos
encontrados. Además de algo que me satisfacía físicamente, el sexo con él era lo más divertido que
había hecho en mucho tiempo.
Pero es que era tan estúpido...
—Asumo por lo que ha pasado que vas a ignorar la cuenta que te he abierto. Y me doy cuenta de
que esto no puede volver a pasar —dijo, apartándome de mis propios pensamientos. Me volví para
mirarlo. Se estaba poniendo la camisa rota con la mirada fija en algún punto delante de él.
Pasaron unos segundos antes de que se volviera a mirarme.
—Di algo para que sepa que me has oído.
—Dígale a Susan que iré a cenar, señor Ryan. Y sal inmediatamente de mi puto coche.
6
El ardor de mi pecho era casi suficiente para distraerme del lío que tenía en la cabeza. Pero solo
«casi».
Aumenté la inclinación de la cinta de correr y me obligué a exigirme más. Los pies golpeando, los
músculos ardiendo... eso siempre funcionaba. Así es como yo vivía mi vida. No había nada que no
pudiera lograr si me exigía lo suficiente: los estudios, la carrera, la familia, las mujeres.
Mierda: mujeres.
Agobiado sacudí la cabeza y subí el volumen de mi iPod, esperando que eso pudiera distraerme lo
suficiente para conseguir un poco de paz.
Debería haber sabido que no iba a funcionar. No importaba cuánto lo intentara, ella siempre estaba
allí. Cerraba los ojos y todo volvía: tumbado sobre ella, sintiéndola envolviéndome, sudoroso,
excitado, queriendo parar pero incapaz de hacerlo. Estar dentro de ella era la tortura más perfecta.
Saciaba el hambre que sentía en ese momento, pero como un yonqui, me encontraba consumido por la
necesidad de más droga en cuanto dejaba de tenerla. Era aterrador, pero cuando estaba con ella era
capaz de hacer cualquier cosa que me pidiera. Y esa sensación estaba empezando a penetrar en
momentos como ese también, en los que ni siquiera estaba a su lado pero seguía queriendo ser lo que
ella necesitaba. Ridículo.
Alguien me quitó uno de los auriculares de un tirón y yo me volví hacia la fuente de la distracción.
—¿Qué? —pregunté mirando a mi hermano.
—Si sigues subiendo eso, vamos a tener que despegarte del suelo en cualquier momento, Ben —me
respondió—. ¿Qué ha hecho ella estaba vez para fastidiarte tanto?
—¿Quién?
Él puso los ojos en blanco.
—Chloe.
Sentí que se me tensaba el estómago al oír su nombre y volví a centrar mi atención en la cinta de
correr.
—¿Y qué te hace pensar que esto tiene algo que ver con ella?
Él rió sacudiendo la cabeza.
—No conozco a ninguna otra persona que produzca esta reacción en ti. Y sabes por qué es, ¿verdad?
Él había apagado su máquina y ahora tenía toda su atención centrada en mí. Mentiría si dijera que
no me estaba poniendo un poco nervioso. Mi hermano era perceptivo, demasiado, a veces. Y si había
algo que yo quería ocultarle era precisamente eso.
Mantuve la mirada fija adelante mientras seguía corriendo, intentando no cruzar la mirada con él.
—Ilumíname.
—Porque vosotros dos os parecéis bastante —dijo con aire de suficiencia.
—¿Qué? —Varias personas se volvieron para ver por qué estaba gritando en medio de un gimnasio
lleno de gente. Dejé caer la mano sobre el botón de parada y lo miré—. Pero ¿cómo se te ha podido
ocurrir eso? No nos parecemos en nada. —Estaba sudado, sin aliento y acelerado después de haber
corrido más de quince kilómetros. Aunque justo en ese momento la subida de mi presión arterial no
tenía nada que ver el ejercicio físico.
Le di un largo trago a la botella de agua mientras Henry no dejaba de sonreír burlón.
—¿Con quién crees que estás hablando? No he conocido a dos personas más parecidas en mi vida.
Primero... —Hizo una pausa, carraspeó y levantó la mano para ir enumerando las cosas con los dedos
—. Ambos sois inteligentes, determinados, trabajáis mucho y sois leales. Y... —continuó señalándome
— ella es una bomba. De hecho es la primera mujer en toda tu vida que puede plantarte cara y que no
te sigue a todas partes como un perrito perdido. Y odias profundamente cuánto necesitas eso.
¿Es que todo el mundo había perdido la cabeza? Claro que ella era alguna de esas cosas; ni siquiera
yo podía negar que era increíblemente inteligente. Y trabajaba mucho y muy duro; a veces me
sorprendía lo bien que se mantenía al día con todo. Y sin duda tenía determinación, aunque yo
describiría esa cualidad algo más próxima a los adjetivos de cabezota y terca. Y no se podía poner en
tela de juicio su lealtad. Podría haberme traicionado cien veces desde que empezamos con aquel juego
enfermizo.
Me quedé de pie mirándolo mientras intentaba formular una respuesta.
—Bueno, sí, y también es una bruja de tomo y lomo.
«Muy bien, Bennett. Muy elaborada esa respuesta.»
Bajé de la máquina, la limpié y crucé el gimnasio intentando escapar.
Él se echó a reír encantado, detrás de mí.
—¿Ves? Sabía que te estaba afectando.
—Que te den, Henry.
Me dispuse a hacer unos abdominales pero él apareció por encima de mí, sonriendo como el gato
que se comió al canario.
—Bueno, yo ya he acabado aquí —dijo frotándose las manos. Parecía cada vez más satisfecho
consigo mismo—. Supongo que me voy a casa.
—Bien. Vete.
Riéndose se dio la vuelta.
—Oh, pero antes de que se me olvide, Mina me ha pedido que me entere de si has conseguido
convencer a Chloe para que venga a cenar.
Asentí, incorporándome para atarme mejor los cordones.
—Dijo que iría.
—¿Soy yo el único que cree que es gracioso que mamá esté intentando emparejarla con Joel
Cignoli?
Ahí estaba esa sensación en el pecho otra vez. Henry y yo habíamos crecido con Joel y era un tío
bastante decente, pero algo en la idea de ellos dos juntos me hacía sentir ganas de darle un puñetazo a
algo.
—Bueno, Joel es genial —continuó—. Aunque Chloe es un poco demasiado para él, ¿no crees? —
Noté que se quedaba mirándome más de la cuenta—. Pero, oye, que lo intente si cree que tiene alguna
oportunidad.
Me tumbé y empecé a hacer abdominales un poco más rápido de lo necesario.
—Hasta luego, Benny.
—Sí, hasta luego —murmuré.
El domingo por la noche, tumbado en la cama, repetí el plan en mi cabeza. Estaba pensando en ella
demasiado y de forma diferente. Tenía que ser fuerte y pasar una semana sin tocarla. Era una especie
de desintoxicación. Siete días. Podría hacerlo. Siete días sin tocarla y todo eso se habría acabado.
Podría seguir con mi vida. Solo tenía que tomar un par de precauciones.
Primero, no podía permitir verme empujado a discutir con ella. Por alguna razón, para nosotros dos
discutir era como una especie de juego preliminar. Segundo: nada de volver a fantasear con ella,
nunca. Eso significaba nada de volver a revivir encuentros sexuales, nada de imaginar otros nuevos y
nada de visualizarla desnuda o con cualquiera de las partes de mi cuerpo en contacto con las suyas.
Y durante la mayor parte del tiempo las cosas parecieron ir conforme al plan. Estaba en un estado
constante de quietud y la semana me pareció que duraba una eternidad, pero aparte de un montón de
fantasías obscenas, pude mantener el control. Hice todo lo que pude para ocupar mi tiempo fuera de la
oficina, pero durante los ratos que estábamos obligados a estar juntos, yo mantenía una distancia
constante y la mayor parte del tiempo nos tratamos el uno al otro con la misma aversión educada que
habíamos practicado antes.
Pero juro que ella no dejaba de intentar romper mi determinación. Cada día parecía que la señorita
Mills estaba más atractiva que el anterior. Todos los días había algo de su ropa o de lo que hacía que
llevaba mi mente a terreno prohibido. Hice el trato conmigo mismo de que no habría más «sesiones» a
la hora de comer. Tenía que parar aquello e imaginármela mientras me masturbaba (mierda,
imaginármela masturbándose) no me iba a ayudar.
El lunes se dejó el pelo suelto. Y todo en lo que podía pensar mientras estaba sentada al otro lado de
la mesa durante una reunión era en enredar mis manos en su pelo mientras ella me la chupaba.
El martes llevaba una falda hasta la rodilla que le marcaba las curvas y esas medias con la costura
detrás. Parecía una pin up caracterizada de secretaria sexy.
El miércoles se puso un traje. Eso resultó inesperadamente peor, porque no pude apartar mi mente
de cómo sería bajarle esos pantalones por sus largas piernas.
El jueves llevaba una blusa sencilla con el cuello de pico pero las dos veces que se agachó para
recogerme el boli le eché un buen vistazo a lo que tenía debajo. Y solo una de las veces fue a
propósito.
Para cuando llegó el viernes creí que iba a explotar. No me había masturbado ni una vez en toda la
semana e iba por ahí con el peor caso de dolor de huevos conocido por el hombre.
Cuando entré en la oficina el viernes por la mañana recé para que hubiera llamado para decir que
estaba enferma. Pero de alguna forma sabía que no iba a tener esa suerte. Estaba cachondo y de un
humor especialmente malo y cuando abrí la puerta del despacho estuve a punto de tener un ataque al
corazón. Estaba agachada regando una planta, con un vestido de punto color carbón y botas hasta la
rodilla. Todas las curvas de su cuerpo estaban allí delante de mí. Alguien ahí arriba tenía que odiarme
mucho.
—Buenos días, señor Ryan —me dijo dulcemente cuando pasé a su lado, lo que hizo que me
detuviera. Algo estaba ocurriendo. Nunca me decía nada con dulzura. La miré suspicaz.
—Buenos días, señorita Mills. Parece estar de un humor excelente esta mañana. ¿Es que ha muerto
alguien?
La comisura de su boca se elevó con una sonrisa diabólica.
—Oh, no. Solo estoy contenta por la cena de mañana y por conocer a su amigo Joel. Henry me lo ha
contado todo de él. Creo que tenemos mucho en común.
«Hijo de puta.»
—Oh, claro. La cena. Se me había olvidado por completo. Sí, usted y Joel... Bueno, como es un niño
de mamá y un cabrón autoritario, los dos seguramente encontrarán una conexión amorosa muy sólida.
Me vendría bien una taza de café si va a ir a por una para usted. —Me giré y me encaminé a mi
despacho.
Se me ocurrió que tal vez no sería bueno para mí permitir que me hiciera café. Cualquier día me iba
a echar algo en él. Arsénico o algo así.
Antes de que me diera tiempo a sentarme, ella llamó a mi puerta.
—Adelante.
Puso el café frente a mí con la fuerza suficiente para que se saliera un poco y cayera sobre lo que
ella sabía perfectamente que era una mesa hecha a medida de quince mil dólares, y se volvió para
mirarme.
—¿Vamos a hacer la reunión habitual sobre su agenda esta mañana? —Estaba de pie cerca de mi
mesa en un lugar bañado por la luz del sol. Unas sombras se proyectaban sobre su vestido, acentuando
la curva de sus pechos. Joder, quería meterme uno de sus pezones tensos en la boca. ¿Hacía frío en mi
oficina? ¿Cómo podía tener frío ella si yo estaba sudando a mares?
Tenía que salir de allí.
—No. Se me había olvidado que tengo una reunión en el centro esta tarde. Así que me voy dentro de
diez minutos y estaré todo el día fuera. Mándeme un email con todos los detalles —le respondí
apresuradamente encaminándome a la seguridad y la cobertura de mi mesa.
—No sabía que tenía ninguna reunión fuera de la oficina hoy —dijo escéptica.
—No, no tiene por qué saberlo —le dije—. Es personal.
Cuando no respondió me atreví a mirarla y vi una expresión extraña en su cara. ¿Qué significaba esa
cara? Obviamente se la veía enfadada, pero había algo más. Estaba... ¿estaba celosa?
—Oh —respondió mordiéndose el labio inferior—. ¿Es con alguien que yo conozca? —Ella nunca
hacía preguntas sobre adónde iba—. Es por si su padre o su hermano le necesitan para algo.
—Bueno... —Hice una pausa para torturarla un poco más—. En estos tiempos, si alguien necesita
localizarme para algo puede llamarme al móvil. ¿Algo más, señorita Mills?
Ella dudó un momento antes de levantar la barbilla y cuadrar los hombros.
—Como no va a estar aquí, estaba pensando que me gustaría empezar mi fin de semana un poco
más pronto. Quiero hacer unas compras para mañana por la noche.
—No hay problema. La veré mañana.
Nuestras miradas se encontraron por encima de la mesa y la electricidad que había en el aire se hizo
tan palpable que pude sentir que se me aceleraba el corazón.
—Espero que su «reunión» sea de lo más agradable —me dijo con los dientes apretados mientras
salía y cerraba la puerta tras ella.
Sentí alivio cuando la oí marcharse quince minutos después. Decidí que ya estaba seguro y podía
irme, recogí mis cosas y me encaminé hacia la puerta. Me detuvo un hombre que llevaba un enorme
ramo de flores.
—¿Puedo ayudarlo en algo? —le pregunté.
Él levantó la vista de su portapapeles y miró a su alrededor antes de responder.
—Tengo una entrega para la señorita Chloe Mills.
«Pero ¿qué...? ¿Quién demonios le mandaba flores? ¿Es que estaba saliendo con alguien mientras
nosotros...?» Ni siquiera pude terminar ese pensamiento.
—La señorita Mills ha salido a comer. Volverá dentro de una hora —mentí. Tenía que echarle un
vistazo a la tarjeta—. Yo se lo firmaré y me aseguraré de que las reciba. —Él puso las flores sobre la
mesa.
Firmé rápidamente, le di una propina y me despedí cuando se fue. Durante tres largos minutos me
quedé allí de pie, mirando las flores, deseando poder dejar de ser tan idiota y no mirar la tarjeta.
Rosas. Ella odiaba las rosas. Solté una risita porque quien quiera que le hubiera mandado eso no la
conocía en absoluto. Hasta yo sabía que no le gustaban las rosas. La había oído decírselo a Sara un día,
cuando hablaba de que una de sus citas le había mandado un ramo. Se las había regalado a alguien
porque no le gustaba su olor tan fuerte. Finalmente mi curiosidad pudo conmigo y arranqué la tarjeta
del ramo.
Estoy deseando que llegue la cena.
JOEL CIGNOLI
Esa extraña sensación empezó a expandirse lentamente por mi pecho de nuevo mientras arrugaba la
tarjeta en mi puño cerrado.
Recogí las flores de la mesa, salí por la puerta, cerré con llave y caminé por el pasillo hasta el
ascensor.
Justo cuando se abrieron las puertas, pasé junto a una papelera y, sin pensármelo dos veces, tiré el
jarrón con todo su contenido dentro.
No sabía qué demonios me estaba pasando. Pero sí sabía que de ninguna de las manera ella acabaría
saliendo con Joel Cignoli.
7
Me pasé la mayor parte del sábado corriendo en el lago, tratando de airearme un poco, de tomar
distancia y aclarar mis pensamientos. Pero aun así el viaje de una hora en coche hasta la casa de mis
padres me dio mucho tiempo para que volviera la maraña de frustraciones a mi cabeza: la señorita
Mills, cómo la odiaba, cuánto la deseaba, las flores que le había enviado Joel. Me arrellané un poco
más en el asiento e intenté que el ruido sordo del motor del coche me serenara. Sin embargo, no
funcionó.
Los hechos eran los siguientes: me sentía posesivo con ella. No de una forma romántica, sino más
bien del tipo: «Darle un golpe en la cabeza, arrastrarla del pelo y follármela», por así decirlo. Como si
ella fuera mi juguete y yo no quisiera que ninguno de los demás niños del parque jugaran con él. ¿No
era eso muy enfermizo? Si ella me oyera alguna vez admitir tal cosa, me cortaría los huevos y me los
haría comer.
Ahora la cuestión era saber cómo proceder. Obviamente Joel estaba interesado. ¿Cómo no iba a
estarlo? Todo lo que le había llegado era información de segunda mano de mi familia, que obviamente
la adoraba, y estaba seguro de que le habían enseñado por lo menos una fotografía. Si yo solo supiera
eso de ella, también estaría interesado. Pero no había forma de que él llegara a tener una conversación
con ella y la encontrara igual de atractiva.
«A menos que solo quiera follársela...»
El sonido del cuero del volante chirriando bajo mis manos me dejó claro que era mejor que no
pensara en eso.
Él no habría accedido a conocerla en la casa de mis padres si no quisiera de ella más que sexo,
¿verdad? Sopesé esa idea. Tal vez sí que quería conocerla mejor. Mierda, incluso yo tenía que admitir
que estuve un poco intrigado antes de que llegáramos a hablar. Por supuesto eso no me duró mucho y
después ella ha demostrado ser una de las personas más exasperantes que he conocido en la vida.
Desgraciadamente para mí, el sexo con ella es el mejor que he tenido.
Joder, mejor que él no llegara tan lejos con ella. No estaba seguro de tener un buen sitio para
esconder un cuerpo por allí.
Todavía recuerdo el momento en que la vi por primera vez. Mis padres vinieron a visitarme por
Navidad cuando todavía vivía en el extranjero y uno de mis regalos fue un marco de fotos digital.
Mientras miraba las fotos con mi madre, paré la presentación en una de mis padres de pie junto a una
chica muy guapa de pelo castaño.
—¿Quién es la que está contigo y con papá? —le pregunté.
Mamá me dijo que se llamaba Chloe Mills y que trabajaba de asistente para mi padre y empezó a
contarme todo tipo de maravillas. No tendría más de veinte años en la foto, pero su belleza natural era
deslumbrante.
A lo largo de los años su cara aparecía de vez en cuando en las fotos que me enviaba mi madre:
recepciones de la empresa, fiestas de Navidad e incluso fiestas en la casa. Su nombre también salía
ocasionalmente cuando me contaba historias de los contratiempos habituales del trabajo y la familia.
Así que cuando se tomó la decisión de que volvería a casa y me ocuparía de la dirección de
operaciones, mi padre me explicó que Chloe acababa de terminar su licenciatura en empresariales en
la Universidad Northwestern, que había obtenido una beca para un máster que requería experiencia en
el mundo real y que mi trabajo era la posición perfecta para ser su tutor durante un año. Mi familia la
quería y confiaba en ella, y el hecho de que ni mi padre ni mi hermano tuvieran ninguna reserva sobre
su capacidad para desempeñar el puesto a mí me lo decía todo. Accedí inmediatamente. Estaba un
poco preocupado porque mi opinión sobre su apariencia interfiriera con mi capacidad para ser su jefe,
pero me tranquilicé rápidamente diciéndome que el mundo estaba lleno de mujeres preciosas y que me
resultaría fácil separar ambos aspectos.
Oh, qué estúpido fui.
Y ahora podía ver perfectamente todos los errores que había cometido durante los últimos meses,
cómo, incluso desde aquel primer día, todo me había llevado al punto en el que me encontraba
entonces.
Para complicar aún más las cosas, últimamente parecía que no podía llegar a nada con nadie sin
pensar en ella. Solo pensar lo que había pasado la última vez me provocaba una mueca de dolor.
Había sido unos días antes del «incidente de la ventana», como yo lo llamaba. Yo tenía que asistir a
una gala de una organización benéfica. Al entrar en el despacho me quedé impresionado al ver a la
señorita Mills con un vestido azul increíblemente sexy que no le había visto nunca antes. En cuanto la
vi, quise tirarla sobre la mesa y follármela sin parar.
Toda esa noche, con mi bellísima acompañante rubia a mi lado, estuve distraído. Sabía que estaba
llegando al final de mi resistencia y que en algún momento todo iba a volar por los aires. No tenía ni
idea de lo pronto que iba a ser eso.
Traté de probarme a mí mismo que la señorita Mills no se me estaba metiendo así en la cabeza,
yéndome a casa con la rubia. Entramos a trompicones en su apartamento y nos besamos y nos
desnudamos muy rápido, pero todo se enfrió. No es que ella no fuera lo bastante sexy e interesante,
pero cuando la tumbé en la cama era castaño el pelo que yo veía esparcido sobre la almohada. Al
besarle los pechos lo que quería sentir era unos pechos suaves y abundantes, no aquellos de silicona.
Incluso mientras me estaba poniendo el condón y acercándome a ella, sabía que era un cuerpo sin cara
que estaba utilizando para satisfacer mis propias necesidades egoístas.
Intenté mantener a Chloe lejos de mis pensamientos pero fui incapaz de detener esas imágenes
prohibidas de cómo sería tenerla debajo de mí. Solo entonces conseguí empalmarme del todo y me
puse rápidamente encima de aquella chica, odiándome al instante por ello. Ahora me sentaba peor ese
recuerdo que cuando pasó, porque ahora la había dejado meterse en mi cabeza y quedarse allí.
Si podía soportar aquella noche, las cosas iban a ser más fáciles. Aparqué el coche y empecé a
repetirme mentalmente: «Puedes hacerlo. Puedes hacerlo».
—¿Mamá? —llamé mientras miraba en todas las habitaciones.
—Aquí fuera, Bennett.
Oí que la respuesta llegaba desde el patio trasero.
Abrí las puertas y me saludó la sonrisa de mi madre que estaba dándole los últimos toques a la mesa
que había puesto fuera.
Me incliné para que pudiera darme un beso.
—¿Por qué vamos a cenar aquí esta noche?
—Hace una noche preciosa y he pensado que estaríamos todos más cómodos aquí que sentados en
un comedor atestado. No creo que le moleste a nadie, ¿tú qué crees?
—No, claro que no —respondí—. Se está muy bien aquí. No te preocupes.
Y realmente se estaba muy bien. El patio estaba cubierto por una enorme pérgola blanca con las
vigas envueltas por enredaderas trepadoras muy tupidas. En el medio había una gran mesa rectangular
en la que cabían ocho personas, cubierta con un suave mantel color marfil y la porcelana favorita de
mi madre. Había velas y flores azules sobresaliendo de pequeños recipientes plateados por toda la
mesa y un candelabro de hierro forjado emitía una luz vacilante por encima de nuestras cabezas.
—Sabes que ni yo voy a ser capaz de evitar que Sofia acabe tirando todo esto de la mesa, ¿verdad?
—dije metiéndome una uva en la boca.
—Oh, se va a quedar con los padres de Mina esta noche. Y menos mal —continuó—, porque si
estuviera aquí acapararía toda la atención.
«Mierda.» Si estuviera Sofia poniéndome caritas desde el otro lado de la mesa al menos tendría
algo con lo que distraerme de la presencia de Joel.
—Esta noche es para Chloe. Me encantaría que ella y Joel conectaran. —Ella siguió yendo de acá
para allá por el patio, encendiendo velas y haciendo ajustes de última hora, completamente ajena a mi
angustia.
Estaba jodido. Contemplé un segundo la idea de huir de todo aquello cuando oí a Henry... Puntual
por una vez.
—¿Dónde está todo el mundo? —gritó y su voz profunda resonó en la casa vacía.
Le abrí la puerta a mi madre y al entrar encontramos a mi hermano en la cocina.
—¿Y qué, Ben? —dijo mientras apoyaba su cuerpo larguirucho contra la encimera—. ¿Ansioso por
lo de esta noche?
Esperé hasta que mi madre volvió a salir de la habitación para mirarlo con escepticismo.
—Supongo que sí —respondí intentando parecer muy informal—. Creo que mamá ha hecho barritas
de limón. Mis favoritas.
—Pero qué mentiroso eres. Yo estoy deseando ver a Cignoli intentando ligar con Chloe delante de
todo el mundo. Va a ser una noche entretenida, ¿no crees?
Justo cuando Henry estaba arrancando un trozo de pan, entró Mina y le apartó las manos.
—¿Es que quieres que tu madre se enfade porque le estropeas la cena que ha planeado? Haz el favor
de ser agradable esta noche, Henry. Nada de provocar a Chloe ni de bromear con ella. Seguro que está
muy nerviosa por todo esto. Dios sabe que ya tiene bastante con soportar a este —dijo señalándome.
—Pero ¿qué dices? —Ya me estaba cansando de aquel club de fans enfervorecidos de Chloe Mills
—. Yo no le hago nunca nada.
—Bennett. —Mi padre estaba de pie en el umbral haciéndome un gesto para que me acercara a él.
Salí de la cocina y lo seguí a su estudio—. Por favor compórtate lo mejor que puedas esta noche. Sé
que tú y Chloe no os lleváis bien, pero está en nuestra casa, no en tu oficina, y espero que aquí la trates
con respeto.
Apreté la mandíbula con fuerza y asentí mientras pensaba en todas las formas en que la había
faltado al respeto durante las últimas semanas.
Fui al baño un momento y justo entonces llegó Joel, con una botella de vino y unas cuantas
variaciones de sus efusivos saludos: «¡Oh, estás fantástica!» para mamá, «¿Cómo está la niña?» para
Mina, y una recia combinación de apretón de manos y abrazo para Henry y papá.
Yo me quedé algo separado de los demás en el vestíbulo, preparándome mentalmente para la noche
que me esperaba.
Habíamos sido muy amigos de Joel mientras crecíamos y en el instituto, pero no le había visto
desde que volví a casa. No había cambiado mucho. Era un poco más bajo que yo, con una constitución
delgada, pelo muy negro y ojos azules. Supongo que algunas mujeres lo considerarían atractivo.
—¡Bennett! —Apretón de manos, abrazo masculino—. Dios, tío. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Mucho, Joel. Creo que desde justo después del instituto —le respondí estrechándole la mano con
fuerza—. ¿Qué tal estás?
—Genial. A mí me han ido las cosas muy bien. ¿Y a ti? He visto fotos tuyas en revistas, así que
supongo que a ti también te ha ido bastante bien. —Me dio unas palmaditas en el hombro
amistosamente.
«Qué idiota.»
Yo asentí y le devolví una sonrisa forzada. Decidí que necesitaba unos minutos más para pensar, me
disculpé y subí arriba, a lo que había sido mi antigua habitación.
Nada más cruzar la puerta me sentí más tranquilo. La habitación había cambiado poco desde que yo
tenía dieciocho. Incluso cuando estaba en el extranjero, mis padres la mantuvieron prácticamente
igual que cuando me fui a la universidad. Me senté en mi antigua cama y pensé en cómo me sentiría si
la señorita Mills tuviera algo que ver con Joel. Realmente era un tío majo, y aunque odiaba admitirlo,
había una posibilidad real de que congeniaran. Pero solo pensar en otro hombre tocándola hacía que
todos los músculos de mi cuerpo se pusieran en tensión. Volví mentalmente al momento en el coche
en el que le había dicho a ella que no podía parar. Incluso ahora, a pesar de todas mis bravuconerías
falsas, seguía sin saber si podía hacerlo.
Oí que volvían los saludos y la voz de Joel en el piso de abajo y decidí que era hora de ser un
hombre y enfrentarme a lo que estuviera por venir.
Cuando llegué al último rellano la vi. Me daba la espalda, pero me quedé sin aire en los pulmones.
Llevaba un vestido blanco.
¿Por qué tenía que ser blanco?
Era una especie de vestidito de verano muy de niña, que le llegaba justo por encima de la rodilla y
dejaba a la vista sus largas piernas. La parte de arriba era de la misma tela y tenía lacitos que se ataban
encima de los hombros. No podía pensar en otra cosa que en cuánto me gustaría soltar esos lacitos y
ver la prenda caerle hasta la cintura. O tal vez hasta el suelo.
Nuestras miradas se encontraron desde diferentes extremos de la habitación y ella sonrió con una
sonrisa tan genuina y feliz que durante un segundo incluso me la creí.

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