Prólogo
He sido disparado.
Y resulta que una herida
de bala es más incómodo de lo que había imaginado.
Mi piel está fría y
húmeda; estoy haciendo un esfuerzo hercúleo para respirar. La tortura está
ahogando mi brazo derecho y haciéndome difícil enfocarme. Tengo que apretar mis
ojos y mis dientes, y forzarme a prestar atención.
El caos es inaguantable.
Varias personas están
gritando y muchas de ellas están tocándome, y quiero que aparten sus manos
quirúrgicamente. Continúan gritando “¡Señor!” como si aún estuvieran esperando
que yo les diera órdenes, como si no tuvieran idea de qué hacer sin mi
instrucción. La comprensión me exhausta.
—Señor, ¿puede
escucharme? —Otro grito. Pero esta vez, una voz que no detesto.
—Señor, por favor, ¿puede
escucharme…?
—He recibido un disparo,
Delalieu —me las arreglo para decir. Abro mis ojos. Miro en los suyos acuosos—.
No me he vuelto sordo.
De repente el ruido
desaparece. Los soldados se callan. Delalieu me mira. Preocupado.
Suspiro.
—Llévame
de vuelta —le digo, moviéndome, sólo un poco. El mundo se tambalea y se
estabiliza a la vez—. Alerta a los médicos y tén mi cama preparada para nuestra
llegada. Mientras tanto, levanta mi brazo y continúa aplicando presión directa
a la herida. La bala ha roto o fracturado algo, y esto requerirá de consulta.
Delalieu no dice nada por
un instante muy largo.
—Es bueno ver que está
bien, señor. —Su voz es una cosa nerviosa y temblorosa—. Es bueno ver que está
bien.
—Eso
fue una orden, Lieutenant.
—Por
supuesto —dice él rápidamente, con la cabeza inclinada—. Seguro, señor. ¿Cómo
debería dirigir a los soldados?
—Encuéntrala
—le digo. Se me está volviendo más difícil hablar. Tomo un pequeño respiro y
paso una mano temblorosa por mi frente. Estoy sudando de una manera excesiva
que no se me escapa.
—Sí,
señor. —Se mueve para ayudarme a levantar, pero agarro su brazo.
—Una
última cosa.
—¿Señor?
—Kent
—digo, mi voz ahora irregular—. Asegúrate de que lo mantengan vivo para mí.
Delalieu
levanta la mirada, sus ojos se estrechan.
—¿Al
sargento Adam Kent?
—Sí.
—Sostengo su mirada—. Quiero lidiar con él por mi propia cuenta.
Capítulo 1
Delalieu está parado al
pie de mi cama, con la tablilla con sujetapapeles en la mano.
La suya es mi segunda
visita esta mañana. La primera fue de mis médicos, que confirmaron que la
cirugía fue bien. Dijeron que siempre y cuando me quedara en cama esta semana,
las nuevas drogas que me habían dado deberían acelerar mi proceso de curación.
También dijeron que debería estar pronto en condiciones de retomar las
actividades diarias, pero estaré obligado a usar un cabestrillo durante al
menos un mes.
Les dije que era una
teoría interesante.
—Mis pantalones,
Delalieu. —Estoy incorporándome, intentando calmar mi mente contra las náuseas
de esas nuevas drogas. Mi brazo derecho me es fundamentalmente inútil ahora.
Levanto la mirada.
Delalieu me está mirando, sin pestañear. La nuez de Adán oscilando en su
garganta.
Ahogo un suspiro.
—¿Qué pasa? —Uso mi brazo
izquierdo para estabilizarme contra el colchón y me obligo a ponerme en
posición vertical. Toma cada onza de energía que me queda, y estoy aferrándome
a la estructura de la cama. Rechazo el esfuerzo de Delalieu para ayudarme;
cierro mis ojos contra el dolor y el mareo—. Cuéntame lo que ha pasado —le
digo—. No hay razón de prolongar las malas noticias.
Su voz se quiebra dos
veces cuando dice:
—El sargento Adam Kent ha
escapado, señor.
Mis
ojos proyectan un blanco brillante y vertiginoso tras mis párpados.
Tomo un profundo respiro
y trato de pasar mi mano buena por mi pelo. Está grueso y seco y apelmazado con
lo que debe ser la suciedad mezclada con mi propia sangre. Estoy tentado de
golpear con mi puño restante la pared.
En su lugar me tomo un
momento para serenarme.
De repente, soy muy
consciente de todo lo que me rodea en el aire, los olores y los pequeños ruidos
y los pasos fuera de mi puerta. Odio esos rugosos pantalones de algodón que me
han puesto. Odio que no esté usando calcetines. Quiero ducharme. Quiero
cambiarme.
Quiero poner una bala en
la espina de Adam.
—Pistas —demando. Me
muevo hacia mi baño y hago una mueca de dolor contra el frío aire cuando golpea
mi piel; aún estoy sin camisa. Intentando mantener la calma—. Dime que no me
has traído esta información sin pistas.
Mi mente es un almacén de
cosas humanas organizadas cuidadosamente. Casi puedo ver mi cerebro mientras
funciona, archivando pensamientos e imágenes. Bloqueo las cosas que no me
sirven. Me focalizo sólo en lo que hay que hacer: los componentes básicos de
supervivencia y la infinidad de cosas de las que me debo encargar durante el
día.
—Por supuesto —dice
Delalieu. El miedo en su voz me remuerde la conciencia; lo desecho—. Sí, señor
—dice—, pensamos que sabemos a dónde podría haber ido, y tenemos razón en creer
que el argento Kent y la… y la chica… bueno, con el Sargento Kishimoto habiendo
huido también, tenemos razón en creer que están todos juntos, señor.
Los cajones en mi mente
están golpeándose para abrirse. Recuerdos. Teorías. Susurros y sensaciones.
Los empujo a un
precipicio.
—Por supuesto que sí.
—Sacudo la cabeza. Me arrepiento de ello. Cierro mis ojos contra la repentina
inestabilidad—. No me des información que ya he deducido por mí mismo, —me las
arreglo para decir—. Quiero algo concreto. Dame una pista sólida, Lieutenant, o
déjame hasta que tengas una.
—Un
auto —dice rápidamente—. Un auto fue reportado por robo, señor, y fuimos
capaces de rastrear una localización no identificada, pero entonces desapareció
del mapa. Es como si dejara de existir, señor.
Levanto la vista. Le doy
mi completa atención.
—Seguimos los rastros que
dejó en nuestro radar —dice él, hablando de manera más calmada ahora—, y nos
condujeron a una extensión de tierra aislada y estéril. Pero hemos rastreado la
zona y no encontramos nada.
—Eso es algo al menos.
—Me froto la nuca, luchando contra la debilidad que siento en lo profundo de
mis huesos—. Te encontraré en la sala L en una hora.
—Pero, señor —dice él,
con sus ojos dirigiéndose a mi brazo—, necesitará asistencia, hay un proceso,
requerirá de un ayudante de convalecencia.
—Retírate.
Él vacila.
Entonces.
—Sí, señor.
Capítulo 2
Me las
arreglo para bañarme sin perder la conciencia.
Era
más un baño con esponja, pero lo siento mejor que nada. Tengo un extremadamente
bajo umbral para el desorden; ofende a mi esencia. Me ducho regularmente. Hago
seis comidas al día. Dedico dos horas de cada día a entrenar y al ejercicio
físico. Y detesto estar descalzo.
Ahora,
me encuentro desnudo, hambriento, cansado, y descalzo en mi armario. No es para
nada ideal.
Mi
armario está separado en varias secciones. Camisas, corbatas, pantalones,
chaquetas y botas. Calcetines, guantes, bufandas, y abrigos. Todo está ordenado
por colores, luego por tonalidades de color. Cada pieza de ropa que contiene
está meticulosamente elegida y arreglada para tener las medidas exactas de mi
cuerpo. No me siento como yo mismo hasta que estoy totalmente vestido; es parte
de quien soy cómo comienzo el día.
Ahora,
no tengo la mínima idea de cómo se supone que me vista.
Mi
mano tiembla mientras alcanzo la pequeña botella azul que me dieron esta
mañana. Pongo dos de las pastillas de forma cuadrada en mi boca y les permito
disolverse. No estoy seguro de lo que hacen; sólo sé que ayudan a reponer la
sangre que he perdido. Así que me inclino contra la pared hasta que mi cabeza
se despeja y me siento más fuerte.
Esta,
una tarea tan fácil. No fue un obstáculo que anticipara. Me pongo primero los calcetines; la simple idea requiere más
esfuerzo que dispararle a un hombre. Brevemente, me pregunto lo que los médicos
deben haber hecho con mi ropa. Mi ropa, me digo a mí mismo, sólo mi ropa; estoy
concentrándome sólo en la ropa de ese día. Nada más. Ningún otro detalle.
Botas.
Calcetínes. Pantalones. Suéter. Mi chaqueta militar con sus muchos botones.
Los
muchos botones que ella rompió.
Es un
pequeño recuerdo, pero es suficiente para aguijonearme.
Trato
de luchar contra él, pero persiste, y cuanto más trato de ignorar el recuerdo,
más se multiplica en un monstruo que no puede ser contenido. Ni siquiera me doy
cuenta de que me he caído de nuevo contra la pared hasta que siento el frío
escalando por mi piel; estoy respirando muy fuerte y entrecerrando mis ojos de
nuevo contra la repentina ráfaga de mortificación.
Sé que
ella estaba aterrorizada, horrorizada, incluso, pero no pensé nunca que estos
sentimientos fueran dirigidos directamente hacia mí. La había visto implicarse
mientras pasábamos tiempo juntos; parecía más cómoda mientras las semanas
pasaban. Más feliz. Relajada. Me permití creer que ella había visto un futuro
para nosotros; que quería estar conmigo y simplemente pensé que era posible.
Nunca
había esperado que su recién encontrada felicidad fuera una consecuencia de
Kent.
Corro
mi mano buena por la longitud de mi rostro; cubro mi boca. Las cosas que le
dije.
Una
constricta respiración.
La
manera en que la toqué.
Mi
mandíbula se tensa.
Si no
hubiera nada excepto atracción sexual estoy seguro de que no sufriría tal
insoportable humillación. Pero yo quería mucho más que su cuerpo. Por una vez, obligo a mi mente que no imagine nada mas que paredes.
Paredes. Paredes blancas. Bloques de cemento. Cuartos vacios. Espacios
abiertos.
Construyo
paredes hasta que comienzan a derrumbarse, y entonces me fuerzo a colocarlas en
su lugar. Construyo y construyo y permanezco inmóvil hasta que mi mente se
aclara, descontamina y no contiene nada más que una pequeña habitación blanca.
Una sencilla luz cuelga desde el techo.
Clara.
Prístina. Ininterrumpida.
Parpadeo
de vuelta a la inundación del desastre presionando contra el pequeño mundo que
he construido; trago fuerte el miedo acechando sigilosamente en mi garganta.
Empujo la pared de regreso, provocando más paz en la habitación hasta que
finalmente respiro. Hasta que soy capaz de levantarme.
A
veces desearía poder alejarme de mí mismo durante un tiempo. Quiero dejar este
raído cuerpo atrás, pero mis cadenas son demasiadas, mis cargas demasiado
pesadas. Esta vida es todo lo que queda de mí. Y sé que no seré capaz de
encontrarme en el espejo durante el resto del día.
Estoy
de repente asqueado de mí mismo. Tengo que salir de esta habitación lo más
rápido posible, o mis propios pensamientos me declararan la guerra. Tomo una
precipitada decisión y durante el resto del día, presto poca atención a lo que
llevo puesto. Me pongo unos pantalones ligeros y salgo sin camisa. Deslizo mi
brazo bueno en la manga de una chaqueta y permito a mi otro hombro cubrir el
cabestrillo que llevo en mi brazo dañado. Me veo ridículo, expuesto así, pero
ya encontraré una solución mañana.
Primero,
tengo que salir de aquí.
Capítulo 3
Delalieu
es la única persona aquí que no me odia.
Él aún
pasa la mayoría del tiempo en mi presencia encogido de miedo, pero de alguna
manera no tiene interés en ascender a mi posición. Puedo sentirlo, aunque no lo
entiendo. Él probablemente es la única persona en el edificio que se alegra de
que no esté muerto.
Levanto una mano para mantener lejos al soldado que se apresura
hacia adelante cuando abro la puerta. Me toma una intensa
cantidad de concentración evitar que mis dedos tiemblen mientras limpio el leve
brillo de transpiración en mi frente, pero no me permitiré ni un momento de
debilidad. Estos hombres no temen por mi seguridad; sólo quieren un vistazo de
cerca del espectáculo en el que me he convertido. Quieren un vistazo en mi
primera línea de la rotura de mi cordura. Pero no deseo ser cuestionado.
Mi
trabajo es dirigir.
Me han
disparado; pero no será mortal. Hay cosas que deber ser arregladas; yo las
arreglaré.
Esta
herida será olvida.
Su
nombre no será dicho.
Mis
dedos se contraen y relajan mientras me dirijo a la Habitación L. Nunca antes
me di cuenta de cuán largo es el pasillo y cuántos soldados se alinean en la
entrada. No hay indulto en sus curiosas mirada ni decepción de que no muriera.
Ni siquiera tengo que mirarles para saber lo que están pensando. Pero saber cómo se
sienten me vuelve más decidido a vivir una larga vida.
No
daré a nadie la satisfacción de mi muerte.
***
—No.
Hago
señas al servicio de café y té para que se alejen por cuarta vez.
—No
tomo cafeína, Delalieu. ¿Por qué siempre insistes en servirla con mis comidas?
―Supongo que siempre espero que cambies de opinión, señor.
Levanto
la vista. Delalieu tiene una extraña y temblorosa sonrisa. No estoy totalmente
seguro, pero creo que acaba de hacer un chiste.
—¿Por
qué? —Alcanzo una rebanada de pan—. Soy perfectamente capaz de mantener mis
ojos abiertos. Sólo un idiota confiaría en la energía de un grano de café o
unas hierbas para mantenerse despierto todo el día.
Delalieu
ya no sonríe.
—Sí —dice—.
Cierto, señor. —Y baja la vista a su comida. Yo miro sus dedos alejarse de la
taza de café.
Pongo
el pan de vuelta en mi plato.
—Mis
opiniones —le digo, tranquilamente esta vez— no deberían tan fácilmente
desechar las tuyas. Mantén tus convicciones. Brinda argumentos claros y
lógicos. Incluso si estás en descuerdo.
—Por
supuesto, señor —susurra. No dice nada durante unos segundos. Pero entonces lo
veo alcanzar su taza de café de nuevo.
Delalieu.
Él,
creo, es mi única vía de conversación.
Él fue
originalmente asignado a este sector por mi padre, y se le ha ordenado
permanecer aquí hasta que ya no sea capaz de nada. Y aunque probablemente tiene
cuarenta y cinco años, insiste en permanecer directamente debajo de mí. He
conocido el rostro de Delalieu desde que era un niño; solía verle en los
alrededores de nuestra casa, sentado en los muchos encuentros que tenían lugar
cada año antes de que El Restablecimiento tomara el mando.
Había
una infinita cantidad de encuentros en mi casa.
Mi
padre estaba siempre planeando cosas, encabezando discusiones y susurrando
conversaciones. Nunca me fue permitido ser parte de ello. Los hombres de esos
encuentros están dirigiendo el mundo ahora, así que cuando miro a Delalieu no
puedo evitar preguntarme por qué él nunca aspiró a más. Era parte del régimen
desde el comienzo, pero de alguna manera parece contentarse con morir justo
como está ahora. Elige permanecer servil, incluso cuando le doy la oportunidad
de expresarse; rechaza ser ascendido, incluso cuando le ofrezco un sueldo más
alto.
Y
aunque aprecio su lealtad, su dedicación me enerva. No parece desear más que lo
que tiene.
No
debería confiar en él.
Y sin
embargo, lo hago.
Pero
he comenzado a cambiar de opinión por la falta de sociable conversación. No puedo
mantener nada sino una fría distancia de mis soldados, no sólo porque todos
desearían verme muerto, sino también porque tengo una responsabilidad como su
líder de tomar decisiones objetivas. Me he sentenciado a una vida de solicitud,
una donde no tengo iguales, y no me importa sino mi propia vida. Aspiré a
erigirme como un líder temido, y he tenido éxito, nadie cuestionará mi
autoridad o dará una opinión contraria. Nadie me hablará como si no fuera nada excepto el comandante en jefe y
regente del Sector 45. La amistad no es algo que haya experimentado nunca. Ni
como niño, ni ahora.
Sin
embargo.
Hace
un mes, encontré la excepción de la regla. Hubo una persona que me miró
directamente a los ojos. La misma persona que me ha hablado sin miedo; alguien
que no ha temido mostrar enojados, verdaderos y crudos sentimientos en mi
presencia; la única que alguna vez se atrevió a desafiarme, a elevarme la voz.
Cierro
los ojos lo que se siente como la décima vez hoy. Aflojo mi puño en torno al
tenedor, dejándolo caer en la mesa. Mi brazo ha comenzado a latir con fuerza de
nuevo, y alcanzo las pastillas metidas en mi bolsillo.
—No
debería tomar más de ocho de esas durante veinticuatro horas, señor.
Abro
el bote y meto tres más en mi boca. Desearía de verdad que mi mano dejara de
temblar. Mis músculos se sienten demasiado apretados, demasiado tensos.
Estirados.
No
espero a que las pastillas se disuelvan. Las muerdo, triturándolas a pesar de
su sabor amargo. Hay algo acerca del nauseabundo sabor metálico que me ayuda a
concentrarme.
—Cuéntame
sobre Kent.
Delalieu
golpea los dedos en su taza de café. El servicio de la cena han dejado la
habitación bajo mi petición: Delalieu no recibe ayuda mientras empieza a
recoger la comida. Me reclino en la silla, mirando la pared justo detrás de él,
mentalmente haciendo un recuento de los minutos que he perdido hoy,
—Deja
el café.
—Yo,
sí, por supuesto, lo siento, señor...
—Detente.
Delalieu deja caer la servilleta enrollada. Sus manos se congelan
en su lugar, cerniéndose sobre su plato.
—Habla.
Veo su
garganta moverse mientras traga, duda.
—No lo
sabemos, señor —susurra—. El edificio debería haber sido imposible de
encontrar, y mucho menos de quebrantar. Había sido forzado y oxidado. Pero
cuando lo encontramos —dice—, cuando lo encontramos, estaba... la puerta había
sido destruida. Y no estamos seguros de cómo lo hicieron.
Me
levanto.
—¿A
qué te refieres con destruida?
Él
niega con la cabeza.
—Fue...
muy extraño, señor. La puerta había sido... aplastada. Como si algún tipo de
animal le hubiera clavado las garras. Había sólo un agujero abierto y desigual
en medio del marco.
Me
levanto completamente demasiado rápido, agarrando la mesa en busca de apoyo.
Estoy sin aliento ante el pensamiento de ello, ante la posibilidad de lo que
debía haber pasado. Y no puedo evitarlo, pero me permito el doloroso placer de
volver a recordar su nombre una vez más porque sé que debe haber sido ella.
Ella debía haber hecho algo extraordinario y yo no estaba allí para
presenciarlo.
—Busca
un transporte —le digo—. Te encontraré en el Cuadrante en exactamente diez
minutos.
—¿Señor?
Ya he
salido por la puerta.
Capítulo 4
Desgarrado desde el
centro. Como un animal. Es verdad.
Para un observador
desprevenido sería la única explicación, pero incluso entonces no tendría
ningún sentido. Ningún animal vivo podría clavar sus garras a través de muchos
centímetros de acero reforzado sin amputar sus propios miembros.
Y ella no es un animal.
Ella es una criatura
suave y mortal. Tierna, tímida y aterradora. Está completamente fuera de
control y no tiene idea de lo que es capaz. Y aunque ella me odia, no puedo dejar
de estar fascinado por ella. Estoy encantado por su fingida inocencia; celoso,
incluso, del poder que ejerce tan inconscientemente. Quiero mucho ser una parte
de su mundo. Quiero saber lo que pasa por su cabeza, sentir lo que ella siente.
Parece un enorme peso a llevar.
Y ahora está ahí fuera,
en alguna parte, desencadenada en la sociedad.
Qué hermoso desastre.
Paso los dedos por los
bordes dentados del agujero, con cuidado de no cortarme. No hay diseño en él,
ninguna premeditación. Sólo un fervor angustiado tan evidente en el rasgado
caótico para abrir la puerta. No puedo evitar preguntarme si sabía lo que
estaba haciendo cuando sucedió esto, o si fue inesperado para ella como en el
día en que rompió ese muro de hormigón para llegar a mí.
Tengo que reprimir una
sonrisa. Me pregunto cómo debe recordar ese día. Cada soldado con el que he
trabajado entró en una simulación sabiendo exactamente qué esperar, pero a
propósito le oculté esos detalles. Creí que la experiencia debía ser lo más
diluida posible, esperaba que los elementos falsamente realistas dieran
autenticidad al suceso. Más que nada, quería que ella tuviera
la oportunidad de explorar su verdadera naturaleza, de ejercer su fuerza en un
espacio seguro, y dado su pasado, conocí a un niño que sería el perfecto
gatillo. Pero nunca podría haber previsto tales resultados revolucionarios. Su
actuación fue más de lo que tenía esperado. Y a pesar de que quería hablar
sobre los efectos con ella más tarde, cuando la encontré estaba ya planeando su
escape.
Mi sonrisa se tambalea.
―¿Le
gustaría entrar, señor? ―La voz de Delalieu me devuelve al presente―. No
hay mucho para ver dentro, pero es interesante observar que el agujero es lo
suficientemente grande para que alguien pase fácilmente por ahí. Parece claro,
señor, cuál era la intención.
Asiento con la cabeza,
distraído. Mis ojos cuidadosamente catalogan las dimensiones del agujero, trato
de imaginar lo que debe de haber sido para ella, estar aquí, tratando de pasar.
Deseo tanto ser capaz de hablar con ella acerca de todo esto.
Mi corazón se retuerce
tan de repente.
Me recuerda, una vez más,
que ya no está conmigo. Ella ya no vive en la base.
Es mi culpa que ella se
haya ido. Me permití creer que por fin estaba haciéndolo bien y afectó a mi
juicio. Debería haber estado prestando más atención a los detalles. A mis
soldados. Perdí de vista mi propósito y mi meta más grande, la única razón por
la que la llevé a la base. Fui estúpido. Descuidado.
Pero la verdad es que yo
estaba distraído.
Por ella.
Era tan terca e infantil
cuando llegó por primera vez, pero a medida que pasaban las semanas parecía
haberse resuelto, me parecía menos ansiosa, de alguna manera menos
aterrorizada. Tengo que seguir recordándome a mí mismo que sus mejoras no tenían
nada que ver conmigo.
Tenían que ver con Kent.
Una traición que de
alguna manera parecía imposible. Que ella me dejara por un idiota robótico,
insensible como Kent. Sus pensamientos son tan vacíos, tan sin sentido, es como
conversar con una lámpara
de escritorio. No entiendo lo que podría haberle ofrecido, lo que posiblemente
podría haber visto en él, salvo una herramienta para escapar.
Ella todavía no ha
comprendido que no hay futuro para ella en el mundo de la gente común. No
pertenece a la compañía de aquellos que nunca la van a entender. Y tengo que
recuperarla.
Sólo me doy cuenta de que
he dicho la última parte en voz alta cuando Delalieu habla.
―Tenemos
tropas en todo el sector buscándola ―dice―. Y hemos alertado a los sectores vecinos,
sólo en caso de que su grupo cruce sob....
―¿Qué? ―Giro
alrededor, con mi voz algo tranquila, cosa peligrosa—. ¿Qué acabas de decir?
Delalieu se ha vuelto de
un tono blanco enfermizo.
―¡Estuve
inconsciente durante sólo una noche! Y ya ha alertado a los otros sectores de
esta catástrofe...
―Pensé
que le gustaría encontrarlos, señor, y pensé que si trataban de buscar un
refugio en otra parte...
Me tomo un momento para
respirar, para reunir mis pensamientos.
―Lo
siento, señor, pensé que sería más seguro...
―Ella
está con dos de mis propios soldados, teniente. Ninguno de los dos son lo
suficientemente estúpidos como para guiarla hacia otro sector. No tienen ni el
espacio ni las herramientas necesarias para obtener la autorización con el fin
de poder cruzar la línea del sector.
―Pero...
―Ellos
han estado fuera un día. Están muy mal heridos y necesitados de ayuda. Están
viajando a pie y con un vehículo robado que es fácilmente rastreable. ¿Qué tan
lejos ―le digo, la frustración irrumpe en mi voz— podrían haber ido?
Delalieu no dice nada.
―Usted
ha dado una alerta nacional. Usted lo ha notificado a múltiples sectores, lo
que significa todo el país ahora lo sabe. Lo que significa que las capitales
han recibido el rumor. ¿Qué significa eso? ―Torno
mi única mano buena en un puño―. ¿Qué cree que significa eso, teniente?
Por un momento, parece
incapaz de hablar.
Entonces.
―Señor ―jadea―, por
favor, perdóneme.
Capítulo 5
Delalieu me sigue a mi
puerta.
―Reúne a las tropas en el Cuadrante mañana a
las diez en punto ―le
digo a modo de despedida―. Voy a tener que hacer un anuncio acerca de los acontecimientos
recientes, así como
lo que está por
venir.
―Sí, señor ―dice Delalieu.
Él no levanta la vista. Él no
me ha mirado desde que salimos de la bodega.
Tengo otras cosas de qué
preocuparme.
Sin contar con la
estupidez de Delalieu, hay un número infinito de cosas de las que me debo encargar en este momento.
No podemos permitirnos más dificultades, y no puedo estar distraído. No
por ella. Ni por Delalieu. Ni por nadie. Tengo que concentrarme.
Este es un mal momento
para ser herido.
Noticias de nuestra
situación ya
han llegado a un nivel nacional. Los civiles y los sectores vecinos son
conscientes de nuestro alzamiento menor, y tenemos que aplacar los rumores,
tanto como sea posible. De alguna manera tengo que desactivar las alertas que
Delalieu ya ha enviado y
al mismo tiempo eliminar cualquier esperanza de rebelión
entre los ciudadanos. Ya están demasiado dispuestos a resistir, y cualquier chispa de la
controversia será reavivar
su fervor.
Muchos ya han muerto y
todavía no
parecen entender que la posición en contra del Restablecimiento sólo trae más
destrucción. Los
civiles deben ser pacificados.
No quiero guerra en mi
sector. Ahora
más que
nunca, tengo que estar en control de mí mismo y de mis responsabilidades. Pero mi
mente está dispersa,
mi cuerpo cansado y herido. Durante todo el día he estado a centímetros
de colapsar, y no sé qué hacer. No tengo ni idea de cómo
solucionarlo. Esta debilidad es ajena a mi ser.
En sólo dos
días,
una chica ha logrado paralizarme.
He tomado aún más de
estas repugnantes pastillas, pero me siento más débil de lo que estaba esta mañana.
Pensé que podía
ignorar el dolor y la incomodidad de un hombro herido, pero la complicación se
niega a disminuir. Ahora estoy totalmente dependiente de lo que van a llevar a
cabo estas próximas
semanas de frustración. Medicina, médicos, horas en la cama.
Todo
esto por un beso.
Es
casi insoportable.
―Voy a estar en mi oficina durante el resto
del día ―le
digo a Delalieu―. Haz
que mis comidas sean enviadas a mi habitación, y que no me molesten a menos que haya
alguna novedad.
―Sí, señor.
―Eso es todo, Teniente.
―Sí, señor.
***
No me doy cuenta de lo
mal que me siento hasta que cierro la puerta de la habitación detrás de mí. Me
tambaleo hacia la cama y agarro el marco para evitar caerme. Estoy sudando de
nuevo y decido quitarme el abrigo extra que llevaba en nuestra excursión. Me
quito la chaqueta que había arrojado cuidadosamente sobre mi hombro lesionado esta mañana y
caigo de espaldas sobre la cama. De repente estoy congelado. Mi mano buena
tiembla cuando alcanzo el botón medico.
Tengo que hacer que cambien
el vendaje de mi hombro. Tengo que comer algo sustancial. Y más que
cualquier otra cosa, necesito desesperadamente tomar una ducha de verdad, lo
que parece del todo imposible.
Alguien está de pie
junto a mí. Parpadeo
varias veces, pero sólo puedo distinguir las líneas generales de su figura. Un rostro
sigue enfocándose
y desenfocándose
hasta que finalmente me doy por vencido. Mis ojos se cierran Mi cabeza está latiendo.
El dolor punzante pasa a través de mis huesos y subiendo por mi cuello; niebla
roja, amarilla y azul se confunden detrás de mis párpados. Capto retazos de la conversación en
torno a mí.
―Parece
haber desarrollado una fiebre…
―Probablemente
lo sedó…
―¿Cuántas
ha tomado?
Ellos me van a matar, me
doy cuenta. Esta es la oportunidad perfecta. Estoy débil e incapaz de
defenderme y alguien finalmente ha venido a matarme. Esto es todo. Mi momento.
Ha llegado. Y de alguna manera parece que no puedo aceptarlo.
Registro las voces, un
sonido inhumano escapa de mi garganta. Algo duro golpea mi puño y se
estrella contra el suelo. Manos drásticas sujetan mi brazo derecho y lo atan
en su lugar. Algo se aprieta alrededor de mis tobillos y muñeca.
Estoy golpeando contra estas nuevas restricciones y moviéndome desesperadamente
en el aire.
La oscuridad parece estar
presionando contra mis ojos, mis oídos, mi garganta. No puedo respirar, no
puede oír o
ver claramente y la asfixia del momento es tan aterradora que estoy casi seguro
de que he perdido la cabeza.
Algo frío y
cortante pellizca mi brazo
Sólo
tengo un momento para reflexionar sobre el dolor antes de que me envuelva.
Capítulo 6
-Juliette ―susurro―, ¿qué
estás haciendo aquí?
Estoy a medio vestir,
preparándome para mi día, y es demasiado pronto para los visitantes. Estas
horas justo antes de cuando sale el sol son mis únicos momentos de paz, y nadie
debería estar aquí. Parece imposible que adquiriera el acceso a mis aposentos privados.
Alguien debería haberla
detenido.
En cambio, ella está de
pie en mi puerta, mirándome. La he visto tantas veces, pero esto es diferente,
me está causando dolor físico mirarla. Pero de alguna manera todavía me siento
atraído hacia ella, queriendo estar cerca de ella.
―Lo
siento mucho ―dice ella, y está retorciéndose las manos, mirando a otro lado de
mí―. Lo siento tanto, tanto.
Me doy cuenta de lo que
lleva puesto.
Es un vestido de color
verde oscuro con mangas ajustadas; un corte simple hecho de algodón elástico
que se adhiere a las suaves curvas de su figura. Complementa las manchas de
color verde en sus ojos de una manera que no podía haber previsto. Es uno de
los muchos vestidos que elegí para ella. Pensé que podría disfrutar de tener
algo agradable después de estar enjaulada como un animal durante tanto tiempo.
Y no lo puedo explicar, pero me da una extraña sensación de orgullo ver que
ella llevaba algo que escogí yo mismo.
―Lo
siento ―dice por tercera vez.
Estoy
más impresionado por lo imposible que es que ella esté aquí. En mi dormitorio.
Viéndome sin camisa. Su cabello es tan largo que cae por la mitad de la
espalda, tengo que apretar los puños contra esta insufrible necesidad de pasar
mis manos por él. Ella es tan hermosa.
No entiendo por qué sigue
pidiendo disculpas.
Cierra la puerta detrás
de ella. Está caminando hacia mí. Mi corazón está latiendo rápidamente ahora, y
no se siente natural. Yo no reacciono de esta manera. No pierdo el control. La
veo todos los días y logro mantener cierta apariencia de dignidad, pero algo
está mal; esto no es correcto.
Ella toca mi brazo.
Ella está pasando los
dedos a lo largo de la curva de mi hombro, y es el roce de su piel contra la
mía lo que me da ganas de gritar. El dolor es insoportable, pero no puedo
hablar; estoy congelado en mi lugar.
Quiero decirle que se
detenga, que se vaya, pero partes de mí están en guerra. Estoy feliz de tenerla
cerca aun si duele, incluso si no tiene ningún sentido. Pero me parece que no
puedo llegar a ella; no puedo abrazarla como siempre lo he querido.
Ella me mira.
Me busca con sus extraños
ojos verde azulados y me siento culpable de pronto, sin entender porqué. Pero
hay algo en la forma en que me mira que siempre me hace sentir insignificante,
como si ella fuera la única que se diera cuenta de que estoy totalmente vacío
por dentro. Ella encontró las grietas en este disfraz que estoy obligado a usar
todos los días, y me petrifica.
Que esta chica sepa
exactamente cómo romperme.
Ella apoya su mano contra
mi clavícula.
Entonces, agarra mi
hombro, clava los dedos en mi piel como si estuviera tratando de arrancarme el
brazo. La agonía es tan cegadora que esta vez realmente grito. Caigo de
rodillas ante ella y agarra mi brazo, retorciéndolo hasta que estoy agitado por
el esfuerzo de mantener la calma, luchando por perderme en el dolor.
―Juliette
―jadeo―, por favor...
No hay comentarios:
Publicar un comentario