Están
decepcionados de que yo esté delante de ellos; enojados, incluso disgustados;
de que no esté muerto por la herida.
Pero me temen.
Y eso es todo lo que
necesito.
―Fui lesionado ―les
digo―,
mientras estaba en la búsqueda de dos de nuestros soldados desertores. El soldado Adam Kent y
el soldado Kenji Kishimoto quienes colaboraron en la huida en un esfuerzo por
secuestrar a Juliette Ferrars, nuestra más reciente transferencia y crítica
posesión para
el Sector 45. Ellos han sido acusados por el delito de usurpar y detener a la
Srta. Ferrars en contra de su voluntad. Pero, y lo más
importante, han sido justamente condenados por traición
contra el Restablecimiento. Cuando sean encontrados, van a ser ejecutados en el
acto.
Terror, me doy cuenta, es
uno de los sentimientos más fáciles
de leer. Incluso en el rostro estoico de un soldado.
―En segundo lugar ―digo,
más
lentamente esta vez―, en un intento de acelerar el proceso de estabilización del
Sector 45, los ciudadanos, y el resultante caos de estas recientes
interrupciones, el comandante supremo del Restablecimiento se nos ha unido en
la base. Él llegó ―les
digo―, no
treinta y seis horas antes.
Algunos hombres han
dejado caer sus puños. Se
olvidan de ellos mismos. Sus ojos están asustados.
Petrificados.
―Van a darle la bienvenida ―les
digo.
Se dejan caer de
rodillas.
Es extraño,
manejar este tipo de poder. Me pregunto si mi padre está orgulloso
de lo que ha creado. Que sea capaz de poner a miles de hombres adultos de
rodillas, con sólo
unas pocas palabras, con sólo el sonido de su título. Es un tipo horrible, una especie de cosa adictiva.
Cuento con hasta cinco en
la cabeza.
―Levántense.
Lo hacen. Y luego se
marchan. Cinco
pasos hacia atrás,
hacia delante, de pie en su lugar. Levantan el brazo izquierdo, doblan los
dedos en puños y
caen sobre una rodilla. Esta vez, no los hago pararse.
―Prepárense, señores ―les digo―. No vamos a
descansar hasta que Kent y Kishimoto sean encontrados y la Srta. Ferrars haya
regresado a la base. Voy a hablar con el comandante supremo en estas próximas veinticuatro horas, nuestra nueva
misión pronto será definida claramente. Mientras tanto ustedes
debe entender dos cosas: en primer lugar, vamos a reducir la tensión entre los ciudadanos y esforzarnos en
recordarles sus promesas de nuestro nuevo mundo. Y en segundo lugar, tengan la
certeza de que vamos a encontrar a los soldados Kent y Kishimoto. ―Me detengo. Mirando alrededor, centrándome en sus rostros―. Que su destino sirva como ejemplo para
ustedes. No invitamos traidores al Restablecimiento. Y no los perdonamos.
Capítulo 12
Uno de los hombres de mi papá me está esperando
afuera de mi puerta. Miro en su dirección pero no lo suficiente para distinguir
sus facciones.
—Diga su asunto, soldado.
—Señor —dice él—, he sido ordenado para
informarle que el comandante supremo requiere su presencia en sus cuarteles
para cenar a las veinte mil horas.
—Considere su mensaje recibido. —Me muevo para
desbloquear mi puerta.
Él da un paso hacia adelante, bloqueando mi
camino.
Me doy vuelta para enfrentarlo.
Él está parado a menos de unos centímetros de mí:
un acto implícito de irrespeto; un nivel de confort que ni siquiera Delalieu se
permite. Pero a diferencia de mis hombres, los psicópatas que rodean a mi padre
se consideran afortunados. Ser un miembro de la élite guardia del comandante
supremo es considerado un privilegio y un honor. No le responden a nadie que no
sea él.
Y ahora mismo, este soldado está tratando de
probar que está en mayor rango que yo. Está celoso de mí. Piensa que soy
indigno de ser el hijo del supremo comandante del Restablecimiento.
Prácticamente está escrito en su rostro.
Tengo que detener el impulso de reírme mientras
miro sus fríos ojos grises y el hueco negro que es su alma. Tiene sus mangas
enrolladas encima de sus codos, sus tatuajes militares claramente definidos y
mostrándose. Las bandas concéntricas de tinta negra alrededor de sus antebrazos
son en rojo, verde y azul, el único signo en su persona que índica que es un
soldado en un alto rango elevado. Es un enfermizo ritual de marcado del que
siempre me he rehusado a tomar parte.
El soldado sigue mirándome.
Inclino mi cabeza en su dirección, alzo mis
cejas.
—Soy requerido —dice él—, para esperar la
aceptación verbal de esta invitación.
Me tomo un momento para considerar mis opciones,
que son ninguna.
Yo, como el resto
de las marionetas en este mundo, soy completamente sumiso de la voluntad de mí
padre. Es una verdad con la que estoy completamente forzado a aceptar cada día:
que nunca seré capaz de defenderme del hombre cuyo puño está apretado alrededor
de mi columna.
Me hace odiarme.
Encuentro los ojos del soldado de nuevo y me
pregunto, por un instante, si tiene nombre antes de darme cuenta que ni
siquiera pudiera importarme menos.
—Considérelo aceptado.
—Sí, lo sé
—Y la próxima vez, soldado, no se parara cerca de
mí a cinco pies de distancia de mí sin primero pedir permiso.
Él pestañea, asombrado.
—Señor, yo…
—Está confundido. —Lo corto—. Asume que su
trabajo con el comandante supremo le confiere inmunidad de las reglas que
gobierna la vida de los otros soldados. Aquí, usted está equivocado.
Su mandíbula se tensa.
—Nunca olvide —digo, ahora en voz baja—, que si
quisiera su trabajo, yo podría tenerlo. Y nunca olvide que el hombre al que le
sirve tan inmensamente es el mismo hombre que me enseñó a disparar un arma
cuando yo tenía nueve años.
Sus fosas nasales se abren. Mira hacia adelante.
—Entregue su mensaje, soldado. Y luego memorice
este: no me hable de nuevo.
Ahora sus ojos están enfocados en un punto
directamente detrás de mí, sus hombros rígidos.
Espero.
Su mandíbula sigue tensa. Lentamente levanta su
mano en saludo.
—Se puede ir —digo.
Cierro mi puerta y me inclino contra esta. Sólo
necesito un momento. Estiro la mano para alcanzar la botella que dejé en mi
mesa de noche y saco dos píldoras cuadradas; las lanzo a mi boca, cerrando mis
ojos mientras se disuelven. La oscuridad de detrás de mis párpados es un alivio
bienvenido.
Hasta que el recuerdo de su rostro se fuerza en
mi consciencia.
Me siento en mi
cama y dejo caer mi cabeza en mi mano. No debería estar pensando en ella ahora
mismo. Tengo horas de papeleo para arreglar y el estrés adicional de la visita
de mi padre para contener.
Cenar con él debería ser un espectáculo. Un
espectáculo destroza almas. Aprieto mis ojos cerrados fuertemente y hago un
débil esfuerzo para construir las paredes que seguramente despejarían mi mente.
Pero esta vez, no funcionaron. Su rostro sigue apareciendo, su diario
atormentándome desde su lugar en mi bolsillo. Y comienzo a darme cuenta de que
una pequeña parte de mí no quiere alejar los pensamientos de ella. Una parte de
mí disfruta la tortura.
Esta chica me está destruyendo.
Una chica que ha pasado el último año en un asilo
para locos. Una chica que me intentaría disparar si la beso. Una chica que
escapó con otro hombre sólo para alejarse de mí.
Por puesto esta es la chica de la cual me
enamoraría.
Cierro una mano encima de mi boca.
Estoy volviéndome loco.
Me quito las botas. Me subo por la cama y permito
que mi cabeza golpee las almohadas de debajo de mí.
Ella durmió aquí, pienso. Durmió en
mi cama. Se despertó en mi cama.
Ella estuvo aquí y yo la dejé escapar.
Fallé.
La perdí.
Ni siquiera me doy cuenta que he sacado el
cuaderno de mi bolsillo hasta que lo estoy sosteniendo frente a mi rostro.
Mirándolo. Estudiando la cubierta desteñida en un intento por entender donde
pudo haber adquirido tal cosa. Debió haberlo robado de algún lugar, aunque no
puedo imaginarme dónde.
Hay tantas cosas que quiero preguntarle. Tantas
cosas que deseo poderle decir.
En cambio, abro el diario y leo.
Algunas veces
cierro mis ojos y pinto estas paredes de un color diferente.
Imagino que estoy
usando medias calientes y sentada junto al fuego. Me imagino que alguien me ha
dado un libro para leer, una historia para que me aleje de la tortura de mí
propia mente. Quiero ser alguien más en otro lugar con algo que llene mi mente.
Quiero correr, sentir el viendo jalando mi cabello. Quiero pretender
que esto es sólo una historia dentro de una historia. Que esta celda es sólo
una escena, que estas manos no me pertenecen, que esta ventana lleva a algún
lugar hermoso si simplemente pudiera romperla. Pretendo que esta almohada está
limpia, pretendo que esta cama es suave. Pretendo y pretendo y pretendo hasta
que el mundo se vuelve tan impresionante detrás de mis párpados que ya no lo
puedo contener. Pero luego mis ojos se abren y estoy agarrada alrededor de mi
garganta por un par de manos que no dejarán de sofocarme.
Sofocarme
sofocarme.
Mis pensamientos,
pienso, pronto serán escuchados.
Mi mente, espero,
pronto será encontrada.
El diario cae de mi mano y hacia mi pecho. Paso
mi mano libre por mi rostro, por mi cabello. Froto la parte posterior de mi
cuello y me levanto tan rápido que mi cabeza golpea el cabezal y estoy
agradecido por eso. Me tomo un momento para apreciar el dolor.
Luego recojo el libro.
Y volteo la página.
Me pregunto que
están pensando. Mis padres. Me pregunto dónde estarán. Me pregunto si ahora
estarán bien, si ahora son felices, si finalmente obtuvieron lo que quisieron.
Me pregunto si alguna vez mi mamá tendrá otro hijo. Me pregunto si alguien será
lo suficientemente amable para matarme, y me pregunto si el infierno es mejor
que esto. Me pregunto cómo se ve mi rostro ahora. Me pregunto si alguna vez
volveré a respirar aire fresco.
Me pregunto tantas
cosas.
Algunas veces me
quedo despierta por días simplemente contando todo lo que puedo encontrar.
Cuento las paredes, las grietas en las paredes, mis dedos de las manos y los
pies. Cuento los resortes en la cama, los hilos de las sábanas, los pasos que
doy para cruzar la habitación y devolverme. Cuento mis dientes y los cabellos
individuales en mi cabeza y los números de los segundos que puedo contener mi
respiración.
Pero algunas veces
me canso tanto que olvido que ya no se me permite desear más, y me encuentro
deseando la única cosa que siempre he querido. Con lo único que siempre he
soñado.
Deseo todo el
tiempo un amigo.
Lo sueño. Me
imagino cómo sería. Sonreír y que me sonrían. Tener una persona para confiar;
alguien que no me lance cosas o ponga mis manos en el fuego o me golpee por
haber nacido. Alguien que escuche que fui abandonada y trate de encontrarme,
alguien que nunca esté asustado de mí.
Alguien que sepa
que nunca traté de herirlos. Me encojo en una
esquina de esta habitación y entierro mi cabeza en mis rodillas y me balanceo
hacia atrás y adelante hacia atrás y adelante hacia atrás y adelante y deseo y
deseo y deseo y sueño con cosas imposibles hasta que me he dormido por llorar.
Me pregunto cómo
sería tener un amigo.
Y luego me pregunto
quién más está encerrado en este asilo. Me pregunto de dónde vienen los otros
gritos.
Me pregunto si
vienen por mí.
Trato de mantenerme concentrado, diciéndome que
esto son sólo palabras vacías pero estoy mintiendo. Porque de algún modo, sólo
leer estas palabras es demasiado; y el pensar en su dolor me está causando una
cantidad de agonía insoportable.
Saber que ella experimentó esto.
Fue abandonada por sus propios padres, marginada
y abusada toda su vida. La empatía no es una palabra que haya conocido, pero
ahora me está ahogando, llevándome a un mundo que nunca sabía que podía entrar.
Y aunque siempre había creído que ella y yo
compartíamos tantas cosas, no sabía cuán profundo podía sentirlo.
Me está matando.
Me pongo de pie. Comienzo a pasear por mi
habitación hasta que finalmente tengo el nervio de seguir leyendo.
Luego tomo una profunda respiración.
Y volteo la página.
Hay algo hirviendo
dentro de mí.
Algo que nunca me
había atrevido a sacar, algo de lo que estoy atemorizada de reconocer. Hay una
parte de mí reclamando ser libre de la jaula en la que he sido atrapada,
golpeando en las paredes de mi corazón, rogando por ser libre.
Rogando por dejarse
ir.
Cada día me siento
como si estuviera volviendo vivir la misma pesadilla. Abro mi boca para gritar,
para pelear, para mover mis puños pero mis cuerdas vocales están cortadas, mis
brazos son pesados y pesan como si estuvieran atrapados en cemento mojado y
grito pero nadie puede escucharme, nadie puede alcanzarme y estoy atrapada. Y
me está matando.Siempre tuve que
hacerme de sumisa, sirviente, retorcida en una fregona pasiva y suplicante sólo
para hacer que todos se sintieran a salvo y cómodos. Mi existencia se ha vuelto
una pelea para probar que soy inofensiva, que no soy una amenaza, que soy capaz
de vivir entre otros humanos sin herirlos.
Y estoy tan cansada
estoy tan cansada estoy tan cansada estoy tan cansada y algunas veces me pongo
tan molesta.
No sé que me está
pasando.
—Dios, Juliette —jadeo.
Y caigo de rodillas.
—Llama por transporte de inmediato.
Necesito salir. Necesito salir de inmediato.
—¿Señor? Quiero decir, sí, señor, por supuesto…
pero dónde…
—Tengo que visitar las barracas —digo—. Debo
hacer mis rondas antes de mi reunión esta tarde.
Esto es a la vez verdad y mentira. Pero estoy
dispuesto a hacer cualquier cosa en este momento que pueda sacar mi mente de
este diario.
—Oh, ciertamente, señor. ¿Le gustaría que lo
acompañara?
—Eso no será necesario, Teniente, pero gracias
por la oferta.
—Yo, s-señor —vacila—. Por supuesto, es m-mi
placer, señor, asistirlo.
Buen Dios, me he olvidado de mis sentidos. Nunca
le agradecí a Delalieu. Probablemente le he dado un paro cardíaco a este pobre
hombre.
—Estaré listo para irme en diez minutos. —Lo
corto.
Se detiene de repente. Luego.
—Sí, señor. Gracias, señor.
Estoy presionando mi puño contra mi boca mientras
la llamada se desconecta.
Capítulo 13
Nosotros teníamos casas.
Antes.
De todos los diferentes
tipos.
Casas de 1 piso. Casas de
2 pisos. Casas de 3 pisos.
Compramos
adornos de jardín y luces centelleantes, aprendimos a
andar en bicicleta sin las ruedas de entrenamiento.
Compramos
vidas confinadas dentro de 1, 2, 3 pisos ya construidos, pisos atrapados dentro
de estructuras que no podíamos cambiar.
Vivimos
en aquellos pisos por un tiempo.
Nosotros
seguimos el relato establecido para nosotros, la prosa inmovilizada en cada
metro cuadrado de espació que nosotros
habíamos adquirido. Estábamos contentos con los giros de la trama que sólo redirigieron suavemente nuestras vidas. Firmamos en la línea punteada por las cosas que no sabíamos que nos importaban. Comimos las cosas que no deberíamos, gastamos dinero cuando no podíamos,
perdimos de vista la tierra que teníamos
que habitar y perdimos perdimos perdimos todo. Comida. Agua. Recursos.
Pronto
los cielos fueron grises con contaminación química, y las plantas y animales estaban enfermos por modificación genética, y las
enfermedad se arraigaban a si misma en nuestro aire, nuestra comida, nuestra
sangre y huesos.
La
comida desapareció. Las personas
estaban muriendo. Nuestro imperio cayó en
pedazos.
El
Restablecimiento dijo que nos ayudaría.
Salvaría. Reconstruiría nuestra sociedad.
En
lugar de eso ellos nos desgarraron a todos nosotros.
Disfruto
viniendo a los compuestos.
Es un extraño lugar para
buscar refugio, pero hay algo sobre ver tantos civiles en este vasto, abierto
espacio que me recuerda lo que estoy destinado a hacer. Estoy tan a menudo
confinado entre las paredes del cuartel general del Sector 45 que olvido las caras
de esos que están luchando y esos por los que estamos luchando.
Me gusta recordar.
Casi todos los días
visito cada grupo en los compuestos; saludo a los residentes y les pregunto
sobre sus condiciones de vida. No puedo dejar de sentir curiosidad sobre qué
debe de ser la vida para ellos ahora. Porque mientras el mundo cambió para
todos los demás, siempre se mantuvo igual para mí. Reglamentado. Aislado.
Sombrío.
Hubo un tiempo cuando las
cosas eran mejores, cuando mi padre no estaba siempre tan enojado. Yo tenía
unos cuatro años entonces. Él solía dejar que me sentara en su regazo y buscara
es sus bolsillos. Yo podía quedarme lo que quisiera siempre y cuando mi
argumento fuera lo suficientemente convincente. Esa era su idea de un juego.
Pero todo eso era antes.
Envuelvo mi abrigo con
más fuerza alrededor de mi cuerpo, siento el material presionar contra mi
espalda. Me estremezco sin querer.
La vida que conozco es la
única que importa. La asfixia, el lujo, las noches sin dormir y los cadáveres.
Siempre fui enseñado a concentrarme en el poder y dolor, ganando e
infringiendo.
Nada me aflije.
Tomo todo.
Es la única manera que se
cómo vivir en este cuerpo maltrecho. Vacío mi mente de las cosas que me
infectan y agobian mi alma, y tomo todo lo que puedo de las pequeñas simpatías
que vienen en mi camino. No sé lo que es vivir una vida normal; no sé como
simpatizar con los civiles que perdieron sus casas. Yo no sé que debe de haber
sido para ellos antes de que El Restablecimiento se hiciera cargo.
Así que disfruto visitar
los compuestos. Disfruto
viendo como otras personas viven; me gusta que la ley los obliga a responder
mis preguntas. No tendría otra manera de saber, de lo contrario.
Pero mi tiempo se ha
acabado. Presté poca atención al reloj antes de salir de la base y no me di
cuenta que tan pronto el sol va a ponerse. La mayoría de los civiles están
regresando a casa a retirarse por la noche, sus cuerpos inclinados, acurrucados
contra el frío mientras ellos caminan arrastrando los pies hacia los grupos de
metal que comparten con al menos otras tres familias.
Estas casas improvisadas
son construidas a partir de contenedores de transporte de doce metros; están
apilados uno junto al otro y uno encima del otro, puestos juntos en grupos de
cuatro y seis. Cada contenedor ha sido aislado; adaptado con dos ventanas y una
puerta. Escaleras para los niveles de arriba adheridas a cada lado. Los techos
están revestidos con paneles solares para proveer electricidad gratis para cada
agrupamiento.
Es algo de lo que estoy
orgulloso.
Porque fue mi idea.
Cuando estábamos buscando
refugio temporal para los civiles, sugerí restaurar los viejos contenedores que
recubren los muelles de cada puerto alrededor del mundo. No sólo son baratos,
fácilmente reciclables, y altamente personalizables, pero son apilables,
portátiles, y construidos para resistir a los elementos. Requieren mínima
construcción, y con el equipo correcto, miles de viviendas pueden estar listas
en cuestión de días.
Le tiré la idea a mi padre,
pensando que podría ser la opción más eficaz, una solución temporal que sería
mucho menos cruel que tiendas de campaña; algo que ofreciera un verdadero,
seguro refugio. Pero el resultado fue tan eficaz que El Restablecimiento no vio
necesidad de actualizar. Aquí, en tierra que solía ser un vertedero, hemos
apilado miles de contenedores, grupos de desteñidos, cubos rectangulares que
son fáciles de monitorear y seguir la pista.
A las personas todavía se
les dice que estas casas son temporales. Que un día van a regresar a los
recuerdos de su vida anterior, y que las cosas van a ser brillantes y hermosas
de nuevo. Pero todo eso es una mentira.
El Restablecimiento no
tiene planes para moverlos.
Civiles
son enjaulados en este suelo regulado; estos contenedores se han convertido en
sus prisiones.
Todo ha sido numerado. El
pueblo, sus casas, su nivel de importancia para El Restablecimiento.
Aquí, ellos se han
convertido en parte de un enorme experimento. Un mundo en el que ellos trabajan
para apoyar las necesidades de un régimen que les hace promesas que nunca se
cumplen.
Esta es mi vida.
Este triste mundo.
La mayoría de los días me
siento tan enjaulado como estos civiles, y eso es probablemente el porqué
siempre vengo aquí. Es como correr de una prisión a otra; una existencia en la
que no hay alivio, no hay refugio. Donde incluso mi propia mente es un traidor.
Debería de ser más fuerte
que esto.
He estado entrenando hace
poco más de una década. Cada día trabajo para afilar mis fuerzas físicas y mentales.
Yo soy un metro setenta y seis y 77 kilos de músculo. He sido construido para
sobrevivir, para maximizar aguante y energía, y estoy más cómodo cuando estoy
sosteniendo una pistola en mi mano. Puedo limpiar, desarmar, y rearmar más de
150 diferentes tipos de armas de fuego. Puedo dispararle a un objetivo a través
del centro desde casi cualquier distancia. Puedo romper la tráquea de una
persona con sólo el borde de mi mano. Puedo paralizar temporalmente a un hombre
sin nada más que mis nudillos.
En el campo de batalla,
soy capaz de desconectarme a mí mismo de los movimientos que me han enseñado a
memorizar.
He desarrollado una
reputación como de un frío, insensible monstruo que no teme a nada y se
preocupa por menos.
Pero todo esto es muy
engañoso.
Porque la verdad es, que
yo no soy más que un cobarde.
Capítulo 14
El sol se está poniendo.
Pronto no voy a tener más
remedio que volver a la base, donde voy a tener que quedarme quieto y escuchar
a mi padre hablar en lugar de dispararle un tiro en la boca abierta.
Así que a
ganar tiempo.
Puedo observar desde
lejos mientras los niños corren alrededor cuando sus padres los llevan a sus casas. Me
pregunto acerca de cómo algún día
tendrán la edad
suficiente para darse cuenta de que las tarjetas de registro del
Restablecimiento que llevan son en realidad tarjetas de seguimiento para cada
uno de sus movimientos. Que el dinero que sus padres ganan por trabajar en
cualquier fábrica
está clasificado
en esta, estrechamente
monitorizado. Estos niños crecerán y comprenderán finalmente que todo lo que hacen es grabado, cada conversación
diseccionada por los rumores de rebelión. No saben que se crean perfiles para
todos los ciudadanos, y que cada perfil está lleno de documentación
sobre sus amistades, relaciones y hábitos de trabajo, incluso la forma en que
eligen pasar su tiempo libre.
Sabemos todo sobre todos.
Demasiado.
Tanto, de hecho, que rara
vez recuerdo que estamos tratando con personas reales, vivas hasta que las veo
en los campos. He aprendido de memoria los nombres de casi todas las personas
en el Sector 45. Me gusta saber quién vive dentro de mi jurisdicción,
soldados y civiles por igual. Así es
como yo sabía, por
ejemplo, que el soldado Seamus Fletcher, 45B-76.423, estaba golpeando a su
esposa y niños
cada noche.
Sabía que
él estaba gastando todo su dinero en alcohol, sabía que había estado matando de hambre a su familia.
Estuve monitoreando los RESTANTES dólares que gastaba en nuestros centros de
suministro y observé cuidadosamente a su familia en los campos. Sabía que
sus tres hijos estaban por debajo de la edad de diez años y
no habían
comido en las últimas
semanas, sabía que
en repetidas ocasiones habían estado en los campos médicos por huesos rotos y puntos de
sutura. Sabía que
había
golpeado a su hija de nueve años, en la boca y partido el labio, fracturado su mandíbula,
y roto sus dos dientes delanteros, y sabía que su esposa estaba embarazada. También
sabía que
él la golpeó con tanta fuerza una noche que perdió a su hijo al día
siguiente.
Lo sabía,
porque estaba allí.
Había
estado parando por cada residencia, visitando a los civiles, haciendo preguntas
sobre su salud y situaciones de vida en general. Quería
saber acerca de sus condiciones de trabajo y si algún
miembro de su familia estaba enfermo y tenía que estar en cuarentena.
Ella estaba allí ese día. La
esposa de Fletcher. Su nariz estaba rota tan fuertemente que sus dos ojos se
habían
hinchado. Su cuerpo era tan delgado y frágil, su color tan pálido
que creí que
podría
romperse por la mitad con sólo sentarse. Pero cuando le pregunté acerca de sus heridas, ella no
me miró a los ojos. Dijo que se había caído, que a causa de su caída,
había
perdido el embarazo y se logró romper la nariz en el proceso.
Asentí con la
cabeza. Agradecí su
cooperación para
responder a mis preguntas.
Y entonces convoqué una
asamblea.
Soy muy consciente de que
la mayoría de
mis soldados roban nuestros centros de almacenamiento. Yo superviso nuestro
inventario de cerca, y sé que los suministros faltan todo el tiempo. Pero
permito estas infracciones para que no alteren el sistema. Unos pocos panes
extra o barras de jabón mantienen a mis soldados de un mejor espíritu;
trabajan más duro
si están saludables, y la mayoría están
apoyando a sus cónyuges,
hijos y parientes. Entonces se trata de una concesión que
permito.
Pero hay algunas cosas
que no perdono.
No me
considero un hombre moral. No filosofo sobre la vida o me causo molestias con
las leyes y principios que rigen a la mayoría de las personas. No pretendo saber la
diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Pero si vivo con un cierto tipo
de código.
Y a veces, creo, que tienes que aprender a disparar primero.
Seamus Fletcher estaba
asesinando a su familia. Y le disparé en la frente porque pensé que sería más
amable que rasgarlo en pedazos con la mano.
Pero mi padre me recogió de
donde Fletcher murió. Mi padre tenía a sus tres hijos y su madre muerta, todo por culpa de ese
bastardo borracho del que habían dependido para proveerse. Él era su padre, su marido, y la razón por
la que todos murieron de una manera brutal y prematura.
Y
algunos días me
pregunto por qué insisto en seguir vivo.
Capítulo 15
Una vez
que estoy de vuelta en la base, me dirijo hacia abajo.
Ignoro
los soldados y su saludo cuando paso, prestando poca atención a la mezcla de
curiosidad y recelo en sus ojos. Ni siquiera me doy cuenta de que me dirigía en
esta dirección hasta que llegué a la sede, pero mi cuerpo parece saber más lo
que necesito en este momento de lo que mi mente lo hace. Mis pisadas son
pesadas, el sonido constante de mis botas se hace eco a lo largo del camino de
piedra mientras llego a los niveles más bajos.
No he
estado aquí en casi dos semanas.
La
habitación ha sido reconstruida desde mi última visita, el panel de vidrio y el
muro de concreto han sido sustituidos. Y hasta donde yo sé, ella fue la última
persona que utilizó este sitio.
Yo
mismo la traje aquí.
Empujo
a través de un conjunto de puertas giratorias dobles en el vestuario que se
encuentra adyacente a la plataforma de simulación. Mis manos buscan un
interruptor en la oscuridad, los tonos de luz parpadean una vez que vuelve a la
vida. Un zumbido sordo de electricidad vibra a través de estas vastas dimensiones. Todo
está en silencio, abandonado.
Así es
como me gusta.
Tiro
tan rápido como este brazo herido me permite. Todavía me quedan dos horas antes
de que mi padre me espere para la cena, así que no debería sentirme tan
ansioso, pero mis nervios no están cooperando. Todo parece estar alcanzándome
al mismo tiempo. Mis fracasos. Mi cobardía. Mi estupidez.
A
veces estoy tan cansado de esta vida.
Estoy
de pie descalzo sobre este piso de concreto en nada más que un cabestrillo para
el brazo, odiando la forma en que esta lesión constantemente me ralentiza.
Agarro los pantalones cortos escondidos en mi armario y tiro de ellos lo más
rápidamente posible, apoyado contra la pared. Cuando por fin estoy en posición
vertical, golpeo el cierre del casillero y camino hacia la habitación contigua.
Choco
con otro interruptor, y la cubierta operativa principal zumba a la vida. Las
computadoras pitan y parpadean mientras el programa vuelve a calibrar; paso los
dedos por el teclado.
Utilizamos
estas habitaciones para generar simulaciones.
Manipulamos
la tecnología para crear entornos y experiencias que existen en su totalidad en
la mente humana. No sólo somos capaces de crear el marco, sino que también
podemos controlar los detalles minuciosos. Los sonidos, los olores, la
confianza falsa, la paranoia. El programa fue diseñado originalmente para
ayudar a los soldados del tren para misiones específicas, así como para ayudarlos a superar los miedos que de lo
contrario los paralizarían en el campo de batalla.
Yo lo
uso para mis propios fines.
Solía
venir aquí todo el tiempo antes de llegar a la base. Este fue mi espacio
seguro, mi único escape del mundo. Sólo deseo que no viniera con un uniforme.
Estos pantalones cortos son de almidón e incómodos, el poliéster y la picazón
es irritante. Pero los pantalones cortos están revestidos con un químico
especial que reacciona con la piel y la información alimenta a los sensores,
además ayuda a colocarme en la experiencia, y me permitirá correr por millas
sin chocar contra las paredes reales, físicas en mi entorno real. Y para que el
proceso sea lo más eficaz posible, tengo que estar usando casi nada. Las
cámaras son hipersensibles al calor del cuerpo, y funcionan mejor cuando no
están en contacto con materiales sintéticos.
Espero
que este detalle sea corregido en la próxima generación del programa.
El
mainframe me pide información, rápidamente introduzco un código de acceso que
me otorga la autorización para levantar una historia de mis simulaciones
anteriores. Miro por encima de mi hombro mientras el equipo procesa los datos,
miro a través del recién reparado espejo de dos vías que ve hacia la cámara
principal. Todavía no puedo creer que ella rompió una pared entera de vidrio y
hormigón y logró alejarse ilesa.
Increíble.
El
equipo emite un sonido dos veces, me giro de nuevo a su alrededor. Los
programas en mi historia están cargados y listos para ser ejecutados. Su archivo está en el tope de la lista.
Respiro
profundo, tratando de quitarme de encima el recuerdo. No me arrepiento de
ponerla en medio de una experiencia tan horrible, no sé si ella alguna vez se
permitió finalmente perder el control, para finalmente habitar su propio
cuerpo, si no hubiera encontrado un método eficaz de provocarla. En última
instancia, realmente creo que la ayudé, tal como pretendía hacerlo. Pero
desearía que no me hubiera apuntado con un arma a la cara y que saltara por una
ventana poco después.
Tomo
otra respiración lenta, estabilizadora.
Y
selecciono la simulación por la que vine aquí.
Capítulo 16
Estoy
en la cámara principal.
Enfrentándome
a mí mismo.
Esta es una simulación muy simple. No cambié mi ropa o mi
pelo o siquiera el suelo alfombrado de la habitación. No hice
nada excepto crear un duplicado de mí mismo y darle a él un arma.
Él no
dejará de mirarme
Uno.
Inclina
la cabeza
—¿Estás
listo? —Pausa—. ¿Estás preocupado?
Mi
corazón se acelera.
Él
eleva su brazo. Sonríe un poco.
—No te
preocupes —dice—. Ya casi hemos terminado.
Dos.
—Sólo
un poco más y te dejaré —dice, apuntando el arma directamente a mi frente.
Las
palmas de mis manos están sudando. Mi pulso acelerándose.
—Estarás
bien —miente—. Te lo prometo.
Tres.
Boom.
Capítulo 17
¿Estás
seguro de que no tienes hambre? — pregunta mi padre, todavía masticando—. Esto
está realmente bueno.
Me
muevo a un lado en mi lugar. Concentrado en los pliegues planchados en los
pantalones que estoy usando.
—¿Hm?
—pregunto. En realidad pude escucharlo sonreír.
Estoy
muy consciente de los soldados cubriendo las paredes de esta habitación. Él
siempre los mantiene cerca, y siempre en constante competencia entre ellos. Su
primera asignación fue determinar quién de los once era el eslabón más débil.
El que tuviera el argumento más convincente era luego obligado a deshacerse de
su blanco. Mi padre encuentra estas prácticas divertidas.
—Me
temo que no estoy hambriento. La medicina —miento—, me quita el apetito.
—Ah
—dice él. Lo escucho poner sus cubiertos en la mesa—. Claro. Que inconveniente.
No
digo nada.
—Déjennos
solos.
Dos
palabras y sus hombres se dispersan en cuestión de segundos. La puerta se
desliza cerrada detrás de ellos.
—Mírame
—dice.
No hay comentarios:
Publicar un comentario