miércoles, 26 de marzo de 2014

Destroy me, parte 3

Están decepcionados de que yo esté delante de ellos; enojados, incluso disgustados; de que no esté muerto por la herida.
Pero me temen.
Y eso es todo lo que necesito.
―Fui lesionado ―les digo―, mientras estaba en la búsqueda de dos de nuestros soldados desertores. El soldado Adam Kent y el soldado Kenji Kishimoto quienes colaboraron en la huida en un esfuerzo por secuestrar a Juliette Ferrars, nuestra más reciente transferencia y crítica posesión para el Sector 45. Ellos han sido acusados por el delito de usurpar y detener a la Srta. Ferrars en contra de su voluntad. Pero, y lo más importante, han sido justamente condenados por traición contra el Restablecimiento. Cuando sean encontrados, van a ser ejecutados en el acto.
Terror, me doy cuenta, es uno de los sentimientos más fáciles de leer. Incluso en el rostro estoico de un soldado.
―En segundo lugar ―digo, más lentamente esta vez―, en un intento de acelerar el proceso de estabilización del Sector 45, los ciudadanos, y el resultante caos de estas recientes interrupciones, el comandante supremo del Restablecimiento se nos ha unido en la base. Él llegó ―les digo―, no treinta y seis horas antes.
Algunos hombres han dejado caer sus puños. Se olvidan de ellos mismos. Sus ojos están asustados.
Petrificados.
―Van a darle la bienvenida ―les digo.
Se dejan caer de rodillas.
Es extraño, manejar este tipo de poder. Me pregunto si mi padre está orgulloso de lo que ha creado. Que sea capaz de poner a miles de hombres adultos de rodillas, con sólo unas pocas palabras, con sólo el sonido de su título. Es un tipo horrible, una especie de cosa adictiva.
Cuento con hasta cinco en la cabeza.
―Levántense.
Lo hacen. Y luego se marchan. Cinco pasos hacia atrás, hacia delante, de pie en su lugar. Levantan el brazo izquierdo, doblan los dedos en puños y caen sobre una rodilla. Esta vez, no los hago pararse.
Prepárense, señores les digo. No vamos a descansar hasta que Kent y Kishimoto sean encontrados y la Srta. Ferrars haya regresado a la base. Voy a hablar con el comandante supremo en estas próximas veinticuatro horas, nuestra nueva misión pronto será definida claramente. Mientras tanto ustedes debe entender dos cosas: en primer lugar, vamos a reducir la tensión entre los ciudadanos y esforzarnos en recordarles sus promesas de nuestro nuevo mundo. Y en segundo lugar, tengan la certeza de que vamos a encontrar a los soldados Kent y Kishimoto. Me detengo. Mirando alrededor, centrándome en sus rostros. Que su destino sirva como ejemplo para ustedes. No invitamos traidores al Restablecimiento. Y no los perdonamos. 



Capítulo 12
Uno de los hombres de mi papá me está esperando afuera de mi puerta. Miro en su dirección pero no lo suficiente para distinguir sus facciones.
—Diga su asunto, soldado.
—Señor —dice él—, he sido ordenado para informarle que el comandante supremo requiere su presencia en sus cuarteles para cenar a las veinte mil horas.
—Considere su mensaje recibido. —Me muevo para desbloquear mi puerta.
Él da un paso hacia adelante, bloqueando mi camino.
Me doy vuelta para enfrentarlo.
Él está parado a menos de unos centímetros de mí: un acto implícito de irrespeto; un nivel de confort que ni siquiera Delalieu se permite. Pero a diferencia de mis hombres, los psicópatas que rodean a mi padre se consideran afortunados. Ser un miembro de la élite guardia del comandante supremo es considerado un privilegio y un honor. No le responden a nadie que no sea él.
Y ahora mismo, este soldado está tratando de probar que está en mayor rango que yo. Está celoso de mí. Piensa que soy indigno de ser el hijo del supremo comandante del Restablecimiento. Prácticamente está escrito en su rostro.
Tengo que detener el impulso de reírme mientras miro sus fríos ojos grises y el hueco negro que es su alma. Tiene sus mangas enrolladas encima de sus codos, sus tatuajes militares claramente definidos y mostrándose. Las bandas concéntricas de tinta negra alrededor de sus antebrazos son en rojo, verde y azul, el único signo en su persona que índica que es un soldado en un alto rango elevado. Es un enfermizo ritual de marcado del que siempre me he rehusado a tomar parte.
El soldado sigue mirándome.
Inclino mi cabeza en su dirección, alzo mis cejas.
—Soy requerido —dice él—, para esperar la aceptación verbal de esta invitación.
Me tomo un momento para considerar mis opciones, que son ninguna. 
Yo, como el resto de las marionetas en este mundo, soy completamente sumiso de la voluntad de mí padre. Es una verdad con la que estoy completamente forzado a aceptar cada día: que nunca seré capaz de defenderme del hombre cuyo puño está apretado alrededor de mi columna.
Me hace odiarme.
Encuentro los ojos del soldado de nuevo y me pregunto, por un instante, si tiene nombre antes de darme cuenta que ni siquiera pudiera importarme menos.
—Considérelo aceptado.
—Sí, lo sé
—Y la próxima vez, soldado, no se parara cerca de mí a cinco pies de distancia de mí sin primero pedir permiso.
Él pestañea, asombrado.
—Señor, yo…
—Está confundido. —Lo corto—. Asume que su trabajo con el comandante supremo le confiere inmunidad de las reglas que gobierna la vida de los otros soldados. Aquí, usted está equivocado.
Su mandíbula se tensa.
—Nunca olvide —digo, ahora en voz baja—, que si quisiera su trabajo, yo podría tenerlo. Y nunca olvide que el hombre al que le sirve tan inmensamente es el mismo hombre que me enseñó a disparar un arma cuando yo tenía nueve años.
Sus fosas nasales se abren. Mira hacia adelante.
—Entregue su mensaje, soldado. Y luego memorice este: no me hable de nuevo.
Ahora sus ojos están enfocados en un punto directamente detrás de mí, sus hombros rígidos.
Espero.
Su mandíbula sigue tensa. Lentamente levanta su mano en saludo.
—Se puede ir —digo.
Cierro mi puerta y me inclino contra esta. Sólo necesito un momento. Estiro la mano para alcanzar la botella que dejé en mi mesa de noche y saco dos píldoras cuadradas; las lanzo a mi boca, cerrando mis ojos mientras se disuelven. La oscuridad de detrás de mis párpados es un alivio bienvenido.
Hasta que el recuerdo de su rostro se fuerza en mi consciencia. 
Me siento en mi cama y dejo caer mi cabeza en mi mano. No debería estar pensando en ella ahora mismo. Tengo horas de papeleo para arreglar y el estrés adicional de la visita de mi padre para contener.
Cenar con él debería ser un espectáculo. Un espectáculo destroza almas. Aprieto mis ojos cerrados fuertemente y hago un débil esfuerzo para construir las paredes que seguramente despejarían mi mente. Pero esta vez, no funcionaron. Su rostro sigue apareciendo, su diario atormentándome desde su lugar en mi bolsillo. Y comienzo a darme cuenta de que una pequeña parte de mí no quiere alejar los pensamientos de ella. Una parte de mí disfruta la tortura.
Esta chica me está destruyendo.
Una chica que ha pasado el último año en un asilo para locos. Una chica que me intentaría disparar si la beso. Una chica que escapó con otro hombre sólo para alejarse de mí.
Por puesto esta es la chica de la cual me enamoraría.
Cierro una mano encima de mi boca.
Estoy volviéndome loco.
Me quito las botas. Me subo por la cama y permito que mi cabeza golpee las almohadas de debajo de mí.
Ella durmió aquí, pienso. Durmió en mi cama. Se despertó en mi cama.
Ella estuvo aquí y yo la dejé escapar.
Fallé.
La perdí.
Ni siquiera me doy cuenta que he sacado el cuaderno de mi bolsillo hasta que lo estoy sosteniendo frente a mi rostro. Mirándolo. Estudiando la cubierta desteñida en un intento por entender donde pudo haber adquirido tal cosa. Debió haberlo robado de algún lugar, aunque no puedo imaginarme dónde.
Hay tantas cosas que quiero preguntarle. Tantas cosas que deseo poderle decir.
En cambio, abro el diario y leo.
Algunas veces cierro mis ojos y pinto estas paredes de un color diferente.
Imagino que estoy usando medias calientes y sentada junto al fuego. Me imagino que alguien me ha dado un libro para leer, una historia para que me aleje de la tortura de mí propia mente. Quiero ser alguien más en otro lugar con algo que llene mi mente. Quiero correr, sentir el viendo jalando mi cabello. Quiero pretender que esto es sólo una historia dentro de una historia. Que esta celda es sólo una escena, que estas manos no me pertenecen, que esta ventana lleva a algún lugar hermoso si simplemente pudiera romperla. Pretendo que esta almohada está limpia, pretendo que esta cama es suave. Pretendo y pretendo y pretendo hasta que el mundo se vuelve tan impresionante detrás de mis párpados que ya no lo puedo contener. Pero luego mis ojos se abren y estoy agarrada alrededor de mi garganta por un par de manos que no dejarán de sofocarme.
Sofocarme sofocarme.
Mis pensamientos, pienso, pronto serán escuchados.
Mi mente, espero, pronto será encontrada.
El diario cae de mi mano y hacia mi pecho. Paso mi mano libre por mi rostro, por mi cabello. Froto la parte posterior de mi cuello y me levanto tan rápido que mi cabeza golpea el cabezal y estoy agradecido por eso. Me tomo un momento para apreciar el dolor.
Luego recojo el libro.
Y volteo la página.
Me pregunto que están pensando. Mis padres. Me pregunto dónde estarán. Me pregunto si ahora estarán bien, si ahora son felices, si finalmente obtuvieron lo que quisieron. Me pregunto si alguna vez mi mamá tendrá otro hijo. Me pregunto si alguien será lo suficientemente amable para matarme, y me pregunto si el infierno es mejor que esto. Me pregunto cómo se ve mi rostro ahora. Me pregunto si alguna vez volveré a respirar aire fresco.
Me pregunto tantas cosas.
Algunas veces me quedo despierta por días simplemente contando todo lo que puedo encontrar. Cuento las paredes, las grietas en las paredes, mis dedos de las manos y los pies. Cuento los resortes en la cama, los hilos de las sábanas, los pasos que doy para cruzar la habitación y devolverme. Cuento mis dientes y los cabellos individuales en mi cabeza y los números de los segundos que puedo contener mi respiración.
Pero algunas veces me canso tanto que olvido que ya no se me permite desear más, y me encuentro deseando la única cosa que siempre he querido. Con lo único que siempre he soñado.
Deseo todo el tiempo un amigo.
Lo sueño. Me imagino cómo sería. Sonreír y que me sonrían. Tener una persona para confiar; alguien que no me lance cosas o ponga mis manos en el fuego o me golpee por haber nacido. Alguien que escuche que fui abandonada y trate de encontrarme, alguien que nunca esté asustado de mí.
Alguien que sepa que nunca traté de herirlos. Me encojo en una esquina de esta habitación y entierro mi cabeza en mis rodillas y me balanceo hacia atrás y adelante hacia atrás y adelante hacia atrás y adelante y deseo y deseo y deseo y sueño con cosas imposibles hasta que me he dormido por llorar.
Me pregunto cómo sería tener un amigo.
Y luego me pregunto quién más está encerrado en este asilo. Me pregunto de dónde vienen los otros gritos.
Me pregunto si vienen por mí.
Trato de mantenerme concentrado, diciéndome que esto son sólo palabras vacías pero estoy mintiendo. Porque de algún modo, sólo leer estas palabras es demasiado; y el pensar en su dolor me está causando una cantidad de agonía insoportable.
Saber que ella experimentó esto.
Fue abandonada por sus propios padres, marginada y abusada toda su vida. La empatía no es una palabra que haya conocido, pero ahora me está ahogando, llevándome a un mundo que nunca sabía que podía entrar.
Y aunque siempre había creído que ella y yo compartíamos tantas cosas, no sabía cuán profundo podía sentirlo.
Me está matando.
Me pongo de pie. Comienzo a pasear por mi habitación hasta que finalmente tengo el nervio de seguir leyendo.
Luego tomo una profunda respiración.
Y volteo la página.
Hay algo hirviendo dentro de mí.
Algo que nunca me había atrevido a sacar, algo de lo que estoy atemorizada de reconocer. Hay una parte de mí reclamando ser libre de la jaula en la que he sido atrapada, golpeando en las paredes de mi corazón, rogando por ser libre.
Rogando por dejarse ir.
Cada día me siento como si estuviera volviendo vivir la misma pesadilla. Abro mi boca para gritar, para pelear, para mover mis puños pero mis cuerdas vocales están cortadas, mis brazos son pesados y pesan como si estuvieran atrapados en cemento mojado y grito pero nadie puede escucharme, nadie puede alcanzarme y estoy atrapada. Y me está matando.Siempre tuve que hacerme de sumisa, sirviente, retorcida en una fregona pasiva y suplicante sólo para hacer que todos se sintieran a salvo y cómodos. Mi existencia se ha vuelto una pelea para probar que soy inofensiva, que no soy una amenaza, que soy capaz de vivir entre otros humanos sin herirlos.
Y estoy tan cansada estoy tan cansada estoy tan cansada estoy tan cansada y algunas veces me pongo tan molesta.
No sé que me está pasando.
—Dios, Juliette —jadeo.
Y caigo de rodillas.
—Llama por transporte de inmediato.
Necesito salir. Necesito salir de inmediato.
—¿Señor? Quiero decir, sí, señor, por supuesto… pero dónde…
—Tengo que visitar las barracas —digo—. Debo hacer mis rondas antes de mi reunión esta tarde.
Esto es a la vez verdad y mentira. Pero estoy dispuesto a hacer cualquier cosa en este momento que pueda sacar mi mente de este diario.
—Oh, ciertamente, señor. ¿Le gustaría que lo acompañara?
—Eso no será necesario, Teniente, pero gracias por la oferta.
—Yo, s-señor —vacila—. Por supuesto, es m-mi placer, señor, asistirlo.
Buen Dios, me he olvidado de mis sentidos. Nunca le agradecí a Delalieu. Probablemente le he dado un paro cardíaco a este pobre hombre.
—Estaré listo para irme en diez minutos. —Lo corto.
Se detiene de repente. Luego.
—Sí, señor. Gracias, señor.
Estoy presionando mi puño contra mi boca mientras la llamada se desconecta. 

Capítulo 13
Nosotros teníamos casas. Antes.
De todos los diferentes tipos.
Casas de 1 piso. Casas de 2 pisos. Casas de 3 pisos.


Compramos adornos de jardín y luces centelleantes, aprendimos a andar en bicicleta sin las ruedas de entrenamiento.
Compramos vidas confinadas dentro de 1, 2, 3 pisos ya construidos, pisos atrapados dentro de estructuras que no podíamos cambiar.
Vivimos en aquellos pisos por un tiempo.
Nosotros seguimos el relato establecido para nosotros, la prosa inmovilizada en cada metro cuadrado de espació que nosotros habíamos adquirido. Estábamos contentos con los giros de la trama que sólo redirigieron suavemente nuestras vidas. Firmamos en la línea punteada por las cosas que no sabíamos que nos importaban. Comimos las cosas que no deberíamos, gastamos dinero cuando no podíamos, perdimos de vista la tierra que teníamos que habitar y perdimos perdimos perdimos todo. Comida. Agua. Recursos.
Pronto los cielos fueron grises con contaminación química, y las plantas y animales estaban enfermos por modificación genética, y las enfermedad se arraigaban a si misma en nuestro aire, nuestra comida, nuestra sangre y huesos.
La comida desapareció. Las personas estaban muriendo. Nuestro imperio cayó en pedazos.
El Restablecimiento dijo que nos ayudaría. Salvaría. Reconstruiría nuestra sociedad.
En lugar de eso ellos nos desgarraron a todos nosotros. 
Disfruto viniendo a los compuestos.
Es un extraño lugar para buscar refugio, pero hay algo sobre ver tantos civiles en este vasto, abierto espacio que me recuerda lo que estoy destinado a hacer. Estoy tan a menudo confinado entre las paredes del cuartel general del Sector 45 que olvido las caras de esos que están luchando y esos por los que estamos luchando.
Me gusta recordar.
Casi todos los días visito cada grupo en los compuestos; saludo a los residentes y les pregunto sobre sus condiciones de vida. No puedo dejar de sentir curiosidad sobre qué debe de ser la vida para ellos ahora. Porque mientras el mundo cambió para todos los demás, siempre se mantuvo igual para mí. Reglamentado. Aislado. Sombrío.
Hubo un tiempo cuando las cosas eran mejores, cuando mi padre no estaba siempre tan enojado. Yo tenía unos cuatro años entonces. Él solía dejar que me sentara en su regazo y buscara es sus bolsillos. Yo podía quedarme lo que quisiera siempre y cuando mi argumento fuera lo suficientemente convincente. Esa era su idea de un juego.
Pero todo eso era antes.
Envuelvo mi abrigo con más fuerza alrededor de mi cuerpo, siento el material presionar contra mi espalda. Me estremezco sin querer.
La vida que conozco es la única que importa. La asfixia, el lujo, las noches sin dormir y los cadáveres. Siempre fui enseñado a concentrarme en el poder y dolor, ganando e infringiendo.
Nada me aflije.
Tomo todo.
Es la única manera que se cómo vivir en este cuerpo maltrecho. Vacío mi mente de las cosas que me infectan y agobian mi alma, y tomo todo lo que puedo de las pequeñas simpatías que vienen en mi camino. No sé lo que es vivir una vida normal; no sé como simpatizar con los civiles que perdieron sus casas. Yo no sé que debe de haber sido para ellos antes de que El Restablecimiento se hiciera cargo.
Así que disfruto visitar los compuestos. Disfruto viendo como otras personas viven; me gusta que la ley los obliga a responder mis preguntas. No tendría otra manera de saber, de lo contrario.
Pero mi tiempo se ha acabado. Presté poca atención al reloj antes de salir de la base y no me di cuenta que tan pronto el sol va a ponerse. La mayoría de los civiles están regresando a casa a retirarse por la noche, sus cuerpos inclinados, acurrucados contra el frío mientras ellos caminan arrastrando los pies hacia los grupos de metal que comparten con al menos otras tres familias.
Estas casas improvisadas son construidas a partir de contenedores de transporte de doce metros; están apilados uno junto al otro y uno encima del otro, puestos juntos en grupos de cuatro y seis. Cada contenedor ha sido aislado; adaptado con dos ventanas y una puerta. Escaleras para los niveles de arriba adheridas a cada lado. Los techos están revestidos con paneles solares para proveer electricidad gratis para cada agrupamiento.
Es algo de lo que estoy orgulloso.
Porque fue mi idea.
Cuando estábamos buscando refugio temporal para los civiles, sugerí restaurar los viejos contenedores que recubren los muelles de cada puerto alrededor del mundo. No sólo son baratos, fácilmente reciclables, y altamente personalizables, pero son apilables, portátiles, y construidos para resistir a los elementos. Requieren mínima construcción, y con el equipo correcto, miles de viviendas pueden estar listas en cuestión de días.
Le tiré la idea a mi padre, pensando que podría ser la opción más eficaz, una solución temporal que sería mucho menos cruel que tiendas de campaña; algo que ofreciera un verdadero, seguro refugio. Pero el resultado fue tan eficaz que El Restablecimiento no vio necesidad de actualizar. Aquí, en tierra que solía ser un vertedero, hemos apilado miles de contenedores, grupos de desteñidos, cubos rectangulares que son fáciles de monitorear y seguir la pista.
A las personas todavía se les dice que estas casas son temporales. Que un día van a regresar a los recuerdos de su vida anterior, y que las cosas van a ser brillantes y hermosas de nuevo. Pero todo eso es una mentira.
El Restablecimiento no tiene planes para moverlos. 
Civiles son enjaulados en este suelo regulado; estos contenedores se han convertido en sus prisiones.
Todo ha sido numerado. El pueblo, sus casas, su nivel de importancia para El Restablecimiento.
Aquí, ellos se han convertido en parte de un enorme experimento. Un mundo en el que ellos trabajan para apoyar las necesidades de un régimen que les hace promesas que nunca se cumplen.
Esta es mi vida.
Este triste mundo.
La mayoría de los días me siento tan enjaulado como estos civiles, y eso es probablemente el porqué siempre vengo aquí. Es como correr de una prisión a otra; una existencia en la que no hay alivio, no hay refugio. Donde incluso mi propia mente es un traidor.
Debería de ser más fuerte que esto.
He estado entrenando hace poco más de una década. Cada día trabajo para afilar mis fuerzas físicas y mentales. Yo soy un metro setenta y seis y 77 kilos de músculo. He sido construido para sobrevivir, para maximizar aguante y energía, y estoy más cómodo cuando estoy sosteniendo una pistola en mi mano. Puedo limpiar, desarmar, y rearmar más de 150 diferentes tipos de armas de fuego. Puedo dispararle a un objetivo a través del centro desde casi cualquier distancia. Puedo romper la tráquea de una persona con sólo el borde de mi mano. Puedo paralizar temporalmente a un hombre sin nada más que mis nudillos.
En el campo de batalla, soy capaz de desconectarme a mí mismo de los movimientos que me han enseñado a memorizar.
He desarrollado una reputación como de un frío, insensible monstruo que no teme a nada y se preocupa por menos.
Pero todo esto es muy engañoso.
Porque la verdad es, que yo no soy más que un cobarde. 

Capítulo 14
El sol se está poniendo.
Pronto no voy a tener más remedio que volver a la base, donde voy a tener que quedarme quieto y escuchar a mi padre hablar en lugar de dispararle un tiro en la boca abierta.
Así que a ganar tiempo.
Puedo observar desde lejos mientras los niños corren alrededor cuando sus padres los llevan a sus casas. Me pregunto acerca de cómo algún día tendrán la edad suficiente para darse cuenta de que las tarjetas de registro del Restablecimiento que llevan son en realidad tarjetas de seguimiento para cada uno de sus movimientos. Que el dinero que sus padres ganan por trabajar en cualquier fábrica está clasificado en esta, estrechamente monitorizado. Estos niños crecerán y comprenderán finalmente que todo lo que hacen es grabado, cada conversación diseccionada por los rumores de rebelión. No saben que se crean perfiles para todos los ciudadanos, y que cada perfil está lleno de documentación sobre sus amistades, relaciones y hábitos de trabajo, incluso la forma en que eligen pasar su tiempo libre.
Sabemos todo sobre todos.
Demasiado.
Tanto, de hecho, que rara vez recuerdo que estamos tratando con personas reales, vivas hasta que las veo en los campos. He aprendido de memoria los nombres de casi todas las personas en el Sector 45. Me gusta saber quién vive dentro de mi jurisdicción, soldados y civiles por igual. Así es como yo sabía, por ejemplo, que el soldado Seamus Fletcher, 45B-76.423, estaba golpeando a su esposa y niños cada noche.
Sabía que él estaba gastando todo su dinero en alcohol, sabía que había estado matando de hambre a su familia. Estuve monitoreando los RESTANTES dólares que gastaba en nuestros centros de suministro y observé cuidadosamente a su familia en los campos. Sabía que sus tres hijos estaban por debajo de la edad de diez años y no habían comido en las últimas semanas, sabía que en repetidas ocasiones habían estado en los campos médicos por huesos rotos y puntos de sutura. Sabía que había golpeado a su hija de nueve años, en la boca y partido el labio, fracturado su mandíbula, y roto sus dos dientes delanteros, y sabía que su esposa estaba embarazada. También sabía que él la golpeó con tanta fuerza una noche que perdió a su hijo al día siguiente.
Lo sabía, porque estaba allí.
Había estado parando por cada residencia, visitando a los civiles, haciendo preguntas sobre su salud y situaciones de vida en general. Quería saber acerca de sus condiciones de trabajo y si algún miembro de su familia estaba enfermo y tenía que estar en cuarentena.
Ella estaba allí ese día. La esposa de Fletcher. Su nariz estaba rota tan fuertemente que sus dos ojos se habían hinchado. Su cuerpo era tan delgado y frágil, su color tan pálido que creí que podría romperse por la mitad con sólo sentarse. Pero cuando le pregunté acerca de sus heridas, ella no me miró a los ojos. Dijo que se había caído, que a causa de su caída, había perdido el embarazo y se logró romper la nariz en el proceso.
Asentí con la cabeza. Agradecí su cooperación para responder a mis preguntas.
Y entonces convoqué una asamblea.
Soy muy consciente de que la mayoría de mis soldados roban nuestros centros de almacenamiento. Yo superviso nuestro inventario de cerca, y sé que los suministros faltan todo el tiempo. Pero permito estas infracciones para que no alteren el sistema. Unos pocos panes extra o barras de jabón mantienen a mis soldados de un mejor espíritu; trabajan más duro si están saludables, y la mayoría están apoyando a sus cónyuges, hijos y parientes. Entonces se trata de una concesión que permito.
Pero hay algunas cosas que no perdono. 
No me considero un hombre moral. No filosofo sobre la vida o me causo molestias con las leyes y principios que rigen a la mayoría de las personas. No pretendo saber la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Pero si vivo con un cierto tipo de código. Y a veces, creo, que tienes que aprender a disparar primero.
Seamus Fletcher estaba asesinando a su familia. Y le disparé en la frente porque pensé que sería más amable que rasgarlo en pedazos con la mano.
Pero mi padre me recogió de donde Fletcher murió. Mi padre tenía a sus tres hijos y su madre muerta, todo por culpa de ese bastardo borracho del que habían dependido para proveerse. Él era su padre, su marido, y la razón por la que todos murieron de una manera brutal y prematura.
Y algunos días me pregunto por qué insisto en seguir vivo. 

Capítulo 15
Una vez que estoy de vuelta en la base, me dirijo hacia abajo.
Ignoro los soldados y su saludo cuando paso, prestando poca atención a la mezcla de curiosidad y recelo en sus ojos. Ni siquiera me doy cuenta de que me dirigía en esta dirección hasta que llegué a la sede, pero mi cuerpo parece saber más lo que necesito en este momento de lo que mi mente lo hace. Mis pisadas son pesadas, el sonido constante de mis botas se hace eco a lo largo del camino de piedra mientras llego a los niveles más bajos.
No he estado aquí en casi dos semanas.
La habitación ha sido reconstruida desde mi última visita, el panel de vidrio y el muro de concreto han sido sustituidos. Y hasta donde yo sé, ella fue la última persona que utilizó este sitio.
Yo mismo la traje aquí.
Empujo a través de un conjunto de puertas giratorias dobles en el vestuario que se encuentra adyacente a la plataforma de simulación. Mis manos buscan un interruptor en la oscuridad, los tonos de luz parpadean una vez que vuelve a la vida. Un zumbido sordo de electricidad vibra a través de estas vastas dimensiones. Todo está en silencio, abandonado.
Así es como me gusta.
Tiro tan rápido como este brazo herido me permite. Todavía me quedan dos horas antes de que mi padre me espere para la cena, así que no debería sentirme tan ansioso, pero mis nervios no están cooperando. Todo parece estar alcanzándome al mismo tiempo. Mis fracasos. Mi cobardía. Mi estupidez.
A veces estoy tan cansado de esta vida.
Estoy de pie descalzo sobre este piso de concreto en nada más que un cabestrillo para el brazo, odiando la forma en que esta lesión constantemente me ralentiza. Agarro los pantalones cortos escondidos en mi armario y tiro de ellos lo más rápidamente posible, apoyado contra la pared. Cuando por fin estoy en posición vertical, golpeo el cierre del casillero y camino hacia la habitación contigua.
Choco con otro interruptor, y la cubierta operativa principal zumba a la vida. Las computadoras pitan y parpadean mientras el programa vuelve a calibrar; paso los dedos por el teclado.
Utilizamos estas habitaciones para generar simulaciones.
Manipulamos la tecnología para crear entornos y experiencias que existen en su totalidad en la mente humana. No sólo somos capaces de crear el marco, sino que también podemos controlar los detalles minuciosos. Los sonidos, los olores, la confianza falsa, la paranoia. El programa fue diseñado originalmente para ayudar a los soldados del tren para misiones específicas, así como para ayudarlos a superar los miedos que de lo contrario los paralizarían en el campo de batalla.
Yo lo uso para mis propios fines.
Solía venir aquí todo el tiempo antes de llegar a la base. Este fue mi espacio seguro, mi único escape del mundo. Sólo deseo que no viniera con un uniforme. Estos pantalones cortos son de almidón e incómodos, el poliéster y la picazón es irritante. Pero los pantalones cortos están revestidos con un químico especial que reacciona con la piel y la información alimenta a los sensores, además ayuda a colocarme en la experiencia, y me permitirá correr por millas sin chocar contra las paredes reales, físicas en mi entorno real. Y para que el proceso sea lo más eficaz posible, tengo que estar usando casi nada. Las cámaras son hipersensibles al calor del cuerpo, y funcionan mejor cuando no están en contacto con materiales sintéticos.
Espero que este detalle sea corregido en la próxima generación del programa.
El mainframe me pide información, rápidamente introduzco un código de acceso que me otorga la autorización para levantar una historia de mis simulaciones anteriores. Miro por encima de mi hombro mientras el equipo procesa los datos, miro a través del recién reparado espejo de dos vías que ve hacia la cámara principal. Todavía no puedo creer que ella rompió una pared entera de vidrio y hormigón y logró alejarse ilesa.
Increíble.
El equipo emite un sonido dos veces, me giro de nuevo a su alrededor. Los programas en mi historia están cargados y listos para ser ejecutados. Su archivo está en el tope de la lista.
Respiro profundo, tratando de quitarme de encima el recuerdo. No me arrepiento de ponerla en medio de una experiencia tan horrible, no sé si ella alguna vez se permitió finalmente perder el control, para finalmente habitar su propio cuerpo, si no hubiera encontrado un método eficaz de provocarla. En última instancia, realmente creo que la ayudé, tal como pretendía hacerlo. Pero desearía que no me hubiera apuntado con un arma a la cara y que saltara por una ventana poco después.
Tomo otra respiración lenta, estabilizadora.
Y selecciono la simulación por la que vine aquí. 

Capítulo 16
Estoy en la cámara principal.
Enfrentándome a mí mismo.


Esta es una simulación muy simple. No cambié mi ropa o mi pelo o siquiera el suelo alfombrado de la habitación. No hice nada excepto crear un duplicado de mí mismo y darle a él un arma.
Él no dejará de mirarme
Uno.
Inclina la cabeza
—¿Estás listo? —Pausa—. ¿Estás preocupado?
Mi corazón se acelera.
Él eleva su brazo. Sonríe un poco.
—No te preocupes —dice—. Ya casi hemos terminado.
Dos.
—Sólo un poco más y te dejaré —dice, apuntando el arma directamente a mi frente.
Las palmas de mis manos están sudando. Mi pulso acelerándose.
—Estarás bien —miente—. Te lo prometo. 
Tres.
Boom. 

Capítulo 17
¿Estás seguro de que no tienes hambre? — pregunta mi padre, todavía masticando—. Esto está realmente bueno.
Me muevo a un lado en mi lugar. Concentrado en los pliegues planchados en los pantalones que estoy usando.
—¿Hm? —pregunto. En realidad pude escucharlo sonreír.
Estoy muy consciente de los soldados cubriendo las paredes de esta habitación. Él siempre los mantiene cerca, y siempre en constante competencia entre ellos. Su primera asignación fue determinar quién de los once era el eslabón más débil. El que tuviera el argumento más convincente era luego obligado a deshacerse de su blanco. Mi padre encuentra estas prácticas divertidas.
—Me temo que no estoy hambriento. La medicina —miento—, me quita el apetito.
—Ah —dice él. Lo escucho poner sus cubiertos en la mesa—. Claro. Que inconveniente.
No digo nada.
—Déjennos solos.
Dos palabras y sus hombres se dispersan en cuestión de segundos. La puerta se desliza cerrada detrás de ellos.

—Mírame —dice. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario