—Pero
puede que haberlo hecho una vez me empuje a hacerlo de nuevo.
—Yo también lo he hecho.
—Sí. Pero no sé por qué, tengo la
sensación de que lo tuyo fue diferente. Chris me contó que el soldado estaba
hecho pedazos. Y, de algún modo, no es lo mismo rematar a alguien con un
cuchillo que con un arma de fuego. —Yo me quedé callada, y él prosiguió al cabo
de un rato—: ¿Piensas mucho en ello?
Entonces, me eché a llorar a lágrima
viva; de tanto sollozar tuve la impresión de que iba a echar los pulmones por
la boca. No pude parar hasta pasado un buen rato. Lo increíble fue que Lee no
dejó de abrazarme, como si estuviese dispuesto a consolarme por toda la
eternidad. Al final, desembuché lo de la pesadilla que me acechaba estando
despierta.
—Tenía la impresión de que una
gigantesca sombra planeaba en el cielo, amenazante, sobre mí. Lo oscurecía todo
a mí alrededor y me seguía a todas partes.
Cuando logré templar los nervios,
emprendimos el descenso. Yo me sujetaba con fuerza a Lee, pese a que así era
más difícil avanzar por el estrecho camino. Nos sentamos a descansar un momento
sobre una roca. Una diminuta araña se posó en mi brazo y, tras localizar el
fino hilo por el que había llegado hasta mí, pude dejarla en el suelo.
—Vaya, una araña haciendo puenting
—dijo Lee, que observaba la escena. Yo sonreí—. ¿Crees que lo que hice estuvo
mal? —preguntó, sin apartar la vista de la araña.
—No lo sé. Pregúntale a Robyn.
Pregúntale a Homer. Pregúntale a cualquiera, menos a mí.
—Pero tú siempre pareces saber discernir
lo que está bien de lo que está mal —apuntó.
—¿Qué? ¿Cómo? —Me aparté un metro de
él y lo miré boquiabierta—. ¿Pero qué dices?
—¿Acaso no es cierto?
—Lee, sé discernir lo que está bien
de lo que está mal tanto como lo sabría hacer esa araña.
—¿Tú crees? Siempre se te ve muy
segura de ti misma.
—Dios
mío, ¿hablas en serio? Fi me dijo hace un rato que parece que no me da miedo
nada. Venga ya, pensaba que me conocíais mejor. A ver si vamos a tener que
empezar desde cero. Lo único de lo que estoy segura es de que no estoy segura
de nada. Le doy mil vueltas a cualquier decisión que tomamos. ¿Recuerdas
aquella vez que dormí contigo sin que te enterases?
Él estalló en carcajadas. Una noche
regresé tarde al campamento y no había nadie allí excepto nosotros dos. Lee
estaba dormido y yo me arrastré al interior de su tienda y me acosté a su lado.
—Bueno, pues esa noche, en el camino
de vuelta al Infierno, me detuve un momento en la Costura del Sastre y me quedé
allí sentada mirando el cielo e intentando encontrar alguna que otra respuesta.
—Sí, me acuerdo. Algo me contaste.
—Pues hallé una sola, nada más,
aunque era bastante importante para mí. Me di cuenta de que lo único que me
salva es la falta de confianza en mí misma. Que es una especie de don.
—¿De qué estás hablando?
—Quiero decir que cuanto más
convencida estás de tus creencias, más riesgos corres de equivocarte. A mí me
da miedo la gente que es demasiado segura de sí misma, que lo ve todo blanco o
todo negro, que nunca llega a plantearse que pueda estar equivocada o que los
demás puedan estar en lo cierto. Si eres una persona insegura, al menos no
dejas de poner en tela de juicio tus acciones ni de preguntarte si vas por el
buen camino. En resumidas cuentas, me acabas de insultar de mala manera.
Él se echó a reír.
—Lo siento. Ahora bien, en el
campamento, estabas muy segura de que lo que hacía Homer no estaba bien.
—Ya, claro. Bueno, es que no estaba
bien. De verdad, a veces desearía que todo en la vida fuese blanco o negro.
—Pues entonces habría más racismo.
—Muy gracioso.
—Y a todo esto, ¿qué estaba haciendo
Homer exactamente?
—Nada de lo que debas preocuparte.
Digamos que ha vuelto a la infancia
durante unos cuantos minutos, eso es todo.
—Oye, bajemos a las rocas llanas.
Las rocas llanas quedaban situadas en
un punto donde el arroyo emergía de la vegetación, en su primer contacto con el
aire libre desde el manantial donde nacía, allá arriba, cerca de la Costura del
Sastre. Para llegar hasta allí había que dejar atrás el camino a la altura del
primero de los Escalones de Satán y abrirse paso entre la vegetación hasta
alcanzar un pequeño claro escondido entre los matorrales. Allí, el arroyo se
ensanchaba y discurría por una serie de rocas lisas y alargadas, donde se
estaba muy a gusto, ya que se calentaban al absorber los rayos del sol. No era
fácil llegar hasta allí, pero merecía la pena. Tuve que cojear sobre mi
dolorida pierna hasta que encontramos una buena roca donde poder estirarnos el
uno junto al otro, escuchar el suave borboteo del agua y el gorjeo de una
urraca. Parecía que ambos sonidos se hacían eco mutuamente.
—¿Cómo tienes las manos? —preguntó
Lee, cogiéndome la muñeca.
—Bien. Ya no me duelen tanto. Pero es
muy molesto llevar las vendas.
Lee se acercó un poco más a mí y
descansó su cabeza junto a la mía, por lo que quedamos mejilla contra mejilla.
Su piel se me antojó tan cálida y cómoda como la roca en la que estábamos
tumbados. Noté que se ponía romántico; yo no estaba muy segura de si estaba con
ese ánimo, pero me dejé llevar, como el arroyo. Así que, cuando me besó, le
devolví el beso, hasta que sus firmes labios y su lengua empezaron a provocarme
un agradable hormigueo. Quise traerlo más cerca de mí, pero mis dedos vendados
me lo impedían. Era una escena algo ridícula, y sonreí al imaginar qué
impresión se llevaría cualquiera que nos viera en ese momento. Aunque disimulé
esa sonrisa: no quería incomodar a Lee.
Entonces, me di cuenta de que
empezaba a levantarme la camiseta, y me estremecí al sentir su mano paseándose
por mi vientre. Aquellos dedos estaban hechos para tocar el violín, no para
atacar ni asesinar a nadie. Sus caricias resultaban muy leves, aunque sus dedos
eran firmes, ni suaves ni débiles. Por suerte —o experiencia tal vez—, había
encontrado uno de mis puntos más sensibles y delicados; me encanta que me
acaricien la barriga. Yo tenía la camiseta hasta el sujetador, lo que no me
preocupaba en absoluto, aunque sí me pregunté qué tendría él en mente y hasta
dónde pretendía llegar. Agachó la cabeza y me hizo una pedorreta por encima del
ombligo, antes de trazar pequeños círculos
con la punta de la lengua. Yo no estaba excitada en absoluto; él, por el
contrario, sí que lo estaba, y se estaba esforzando mucho por hacerme entrar en
calor. No tardó en conseguirlo. Empecé a sentirme mejor y, al poco rato, más
que mejor. Bajo mi piel se prolongaban pequeñas oleadas de sensaciones
agradables que llegaban hasta muy dentro y se encontraban con otras oleadas que
surgían desde zonas más bajas del vientre. Todo se tornó cálido, agradable,
relajado y pausado, estando allí tumbada sobre las rocas calientes, con Lee no
menos calientes junto a mí.
Él estaba de lado, apoyado sobre el
codo derecho, acariciándome con la mano que le quedaba libre. Con el dorso de
la mano empezó a dibujar nuevos círculos sobre mi vientre, más lentos, grandes
y amplios.
—Qué agradable —dije, cerrando los
ojos.
La única sensación que me pesaba era
que necesitaba ir a hacer pis. No obstante, no me apetecía nada levantarme, así
que supuse que podía posponerlo un poco. Lee utilizó las yemas de los dedos
antes de dar la vuelta a la mano y valerse de los nudillos. Me sentía tan
cansada y relajada que deseé que no parase nunca. Y aunque sabía que era algo
egoísta por mi parte, esperé también no tener que hacer nada a cambio. Y cuando
me desabrochó el primer botón de los vaqueros pensé que más me valía no
quedarme en aquella postura demasiado tiempo. Me di la vuelta sobre la piedra y
rodeé a Lee con los antebrazos, subiéndole torpemente la camiseta por detrás y
manteniéndolo tan cerca de mí como podía. Él tenía la rodilla entre mis
piernas, y yo lo besé con fuerza. Pensaba que, manteniéndolo así abrazado,
lograría que no fuese más allá con mis botones. Pero coló sus cálidas manos
dentro de la cinturilla —por la parte de atrás— y me acarició lentamente la
piel.
—Mmm —solté un largo y lento suspiro,
cual abeja bajo el efecto de un tranquilizante.
Lee no decía nada. Pero cuanta más
presión ejercía sobre la zona lumbar, más ganas me entraban de ir al baño. Al
final, empecé a apartarlo.
—No —dijo—. No pares.
—Tengo que hacerlo.
Seguí besándolo unos cuantos minutos
más antes de separarme. Estaba de rodillas junto a él, aún con mis torpes dedos
vendados apuntando al aire. Me incliné y le di una ráfaga de besos en los
labios. Pero
él apartó la cabeza y preguntó, con un tono bastante tajante:
—¿Adónde vas?
Yo me eché a reír.
—A hacer pis, si tanto te interesa.
—¿Y piensas volver?
—No sé si puedo fiarme de ti. Ni
tampoco si puedo fiarme de mí misma.
Él forzó una sonrisa. Yo me puse en
pie y me detuve un momento para mirarlo fijamente.
—Me gustas mucho —dije—. Pero tengo
mis dudas… Aquí, en el Infierno, las cosas pueden salirse de madre. Yo misma,
sin ir más lejos.
No estaba segura de si él había entendido
lo que quería decir. Pero tendría que conformarse con aquello, de momento.
Desaparecí cojeando entre los matorrales buscando un lugar en el que poder
plantarme. Para cuando hubiera conseguido tener los vaqueros desabrochados y
bajados, sin nadie que me ayudase, él habría tenido tiempo de sobra para
enfriarse.
Capítulo
13
El zumbido de las interferencias
sofocaba casi por completo las voces que emergían de nuestra radio. El ruido
encontró un eco en la lluvia que aporreaba el tejado sin dar tregua, que se
filtraba por el hierro galvanizado en algunas partes y calaba las paredes en
otras. El diluvio incesante se colaba por la chimenea y salpicaba el suelo de
madera.
Ataviados con nuestra ropa caliente,
nos apiñamos alrededor de la pequeña radio negra. Las pilas estaban casi
agotadas, y aunque durante el primer minuto las voces se oían bastante nítidas,
ahora empezaban a sonar distorsionadas. Con todo, por primera vez, las noticias
eran esperanzadoras. La voz del locutor estadounidense nos había catapultado al
tercer puesto de las noticias más relevantes de día.
—Una amplia extensión de la costa sur
ha sido arrebatada a las fuerzas de ocupación. Parece ser que tras una cruenta
batalla librada en las inmediaciones de Newington, los Ejércitos de aire y
tierra de Nueva Zelanda han infligido grandes pérdidas en un batallón de las
tropas invasoras. Las fuerzas de combate neoguineanas han logrado llevar a cabo
un desembarco al norte del país, en la zona del cabo Martindale. En Washington,
la senadora Rosie Sims insiste en que Estados Unidos revise cuanto antes su
política internacional a la luz de las nuevas alianzas formadas en la región
Asia-Pacífico. La senadora Sims insta además a que se destine la cantidad de
cien millones de dólares a ayuda militar para apoyar al país sitiado, y aunque
es poco probable que el Senado apruebe la propuesta de Sims, la opinión pública
respalda cada vez más la necesidad de una intervención indirecta.
Acto seguido, oímos la voz de nuestro
«gran líder», el primer ministro australiano, el mismo que había cogido el
primer avión para salir pitando del país en cuanto se dio cuenta de que la
guerra estaba perdida.
—Seguimos luchando al máximo de
nuestra capacidad —dijo—. Pero lo que no podemos hacer es…
Hubo un impetuoso movimiento hacia la
radio cuando tres de nosotros, encorvados
bajo el peso de las mantas, nos abalanzamos sobre el botón. La apagamos y nos
acostamos sobre los cuatro viejos colchones que habíamos colocado en fila
contra la pared. Observamos el agua fluir alrededor del cobertizo. Estábamos en
casa de Kevin, durmiendo en las antiguas dependencias de los esquiladores, una
construcción perpendicular al cobertizo de esquileo. Fue un gustazo volver a
dormir en un edifico de madera, aunque tuviese tantas goteras y corrientes de
aire. Tras dos semanas de lluvias ininterrumpidas, el tiempo acabó sacándonos
de quicio hasta tal punto que nos cargamos las mochilas al hombro y nos
marchamos del Infierno. Todas nuestras pertenencias habían quedado primero
humedecidas, después deterioradas y por último empapadas. El agua había
rebosado las zanjas de drenaje y se había colado en el interior de las tiendas.
Levantarse por la mañana parecía carecer de sentido: sabíamos que no podríamos
ir a ningún sitio ni hacer nada. Así pues, después de construir unos comederos
automáticos que nos permitirían dejar solas las gallinas durante una buena
temporada, y con nuestras improvisadas mochilas cargadas de ropa mojada, salimos
chapoteando del Infierno. Ya no nos soportábamos los unos a los otros;
estábamos desesperados por recuperar una pizca de normalidad en el día a día.
Secar nuestras cosas nos llevó tres noches de fuegos furtivos, pero al menos
empecé a sentirme humana otra vez. Tener la ropa y las mantas limpias, secas y
ordenadas infunde una cierta sensación de tranquilidad. Y así fue, aunque los
cinco estuviésemos durmiendo en cuatro colchones finos y raídos que iban
perdiendo rellenos conforme pasaban las horas.
En realidad, estar secos y en
condiciones normales nos puso a todos un poco tontos. Homer y Robyn estuvieron
jugando al veo-veo durante media hora antes de empezase el boletín de noticias,
pero el juego comenzó a degenerar en cuanto a Robyn se le ocurrieron palabras
imposibles de adivinar. Algo que empezaba por «p» resultó ser «porvenires
inciertos» y otra cosa que empezaba por «f», «fantasías eróticas», lo cual
estábamos experimentando todos, según ella. Después de escuchar las noticias,
nos pusimos a jugar al ahorcado y, después, a las películas. Los tuve diez
minutos intrigados con mi inspirada reconstrucción de El efecto de los rayos
gamma sobre las margaritas, de la que nadie había oído hablar. Yo la había
visto en octavo, época en la que me apasionaba la obra de Zindel, pero los
demás casi me mataron cuando por fin se rindieron y les revelé el título.
Cuando dejó de llover, Lee salió a
dar un paseo. Él quería que lo acompañase, pero no podía ser interrumpida en
aquel momento. Estaba en plena escenificación de No me mandes flores,
una comedia romántica.
Ya iba por el tercer cuarto de la
película —mientras Fi me miraba atenta desde su colchón para ver si se me
escapaba alguna lágrima— cuando Lee reapareció con gran sigilo por la puerta.
Cerrándola suavemente dijo:
—Vienen soldados.
Me levanté de un salto y eché a
correr hacia la ventana. Pegué la espalda a un lado e intenté asomar la cabeza,
pero era demasiado peligroso. De modo que hice lo mismo que los demás: buscar
una rendija por la que poder mirar. Observamos, inquietos. Dos camiones se
acercaban chirriando por el camino de entrada: uno era del ejército, provisto
de una cubierta de lona en la parte trasera; el otro, de la ferretería de
Wirrawee, más pequeño y con caja de carga. Aparcaron justo el uno al otro en el
lado oeste de la casa, cerca del cobertizo de herramientas. Dos soldados se
apearon de la cabina de cada vehículo.
—Cielos —gimoteó Fi—. Deben de saber
que estamos aquí.
No me había dado cuenta de que Homer
había abandonado su posición, pero ahora se encontraba junto a mí, tendiéndome
el fusil que yo misma le había quitado al soldado muerto a los pies del
precipicio. A Fi le dio la escopeta de calibre 410, a Robyn una recortada del
22, y a Lee otra recortada del 12. Él se quedó con el arma automática. Robyn
empuñó su escopeta y vi cómo la observaba durante un momento antes de dejarla
con sumo cuidado en el suelo, a sus pies. No supe cómo tomarme su reacción.
¿Podríamos contar con ella en caso de que se iniciada un tiroteo? Y si se negaba
a disparar, ¿estaría obrando bien o no? Porque en el primer supuesto, sería yo
quien estaría obrando mal. El sudor me irritaba la piel, como si me hubiese
restregado contra una ortiga. Me enjugué la cara y miré de nuevo por la larga
rendija vertical.
Del interior del camión grande
empezaron a salir personas. Los soldados vagaban por los alrededores,
vigilándolos. Llevaban fusiles en bandolera, pero no se habían molestado en
empuñarlos. Se mostraban bastante despreocupados, bastante confiados. Era obvio
que aquellas personas eran prisioneros. Había diez: cinco hombres y cinco
mujeres. No pude reconocer a nadie, aunque una de ellas se parecía un poco a la
madre de Corrie.
Los prisioneros no esperaron órdenes,
parecían saber qué hacer: algunos cogieron sacos de la parte trasera del camión
de la ferretería y se encaminaron hacia el huerto; unos cuantos se adentraron
en la casa; los
dos últimos se dirigieron hacia el cobertizo de herramientas. Un soldado
acompañaba a cada grupo; el cuarto permaneció junto a los camiones y encendió
un cigarrillo.
Miré a Homer.
—¿Qué opinas?
—Otra cuadrilla más.
—Sí. Tal vez sea una buena
oportunidad para recabar información.
—De momento, observémoslos un rato.
—Quieres dedicar tiempo a ser
precavido, ¿verdad? Pues una de las mujeres se parece a la madre de Corrie.
—Dudo que sea ella —dijo Fi—. Además
de tener el pelo gris, es demasiado delgada y también demasiado mayor.
Nos volvimos para seguir espiando por
los agujeros y rendijas. Pude vislumbrar a las personas del huerto, pero ni
rastro de las que habían entrado en la casa y el cobertizo. Al cabo de diez
minutos, sin embargo, el soldado que había entrado en este último salió con
aire despreocupado para unirse a su compañero, junto al camión. Estaba claro
que intentaba gorronearle un cigarrillo. La negociación le llevó unos cuantos
minutos pero, finalmente, el otro sacó el paquete y le tendió uno.
A continuación, ambos se metieron en
la cabina del camión más grande y tomaron asiento para fumarse sus pitillos.
—Será mejor que salgamos de aquí
—dijo Robyn—. Vamos armados y no queremos meternos en ningún otro lío.
—De acuerdo —accedió Homer—. Pero
antes tenemos que recoger todo esto. Después saldremos por la puerta de atrás y
escaparemos entre los árboles.
—Vosotros haced lo que queráis
—dije—. Yo bajaré al cobertizo de herramientas.
Todos me miraron dubitativos.
—No creo que… —empezó Robyn.
—Es una buena oportunidad, de verdad
—me apresuré a interrumpirla—. No hemos tenido la menor información en las
últimas semanas.
Quiero saber cómo está Corrie. Y cómo están nuestras familias. Robyn, ¿puedes
encargarte de mis cosas?
Ella asintió a regañadientes.
—Yo también voy —se ofreció Lee.
Sentí la tentación de aceptar; ir
acompañada me proporcionaría algo de seguridad. Pero era consciente de que no
funcionaría.
—Dos serían multitud —dije—, pero
gracias de todos modos.
Lee dudó un momento, pero yo no
estaba para negociaciones. Quería hacer algo, demostrarme a mí misma que aún me
quedaba algo de valor, que lo sucedido aquella terrible noche en el valle del
Holloway no me había convertido en una inútil. Y tras todas aquellas semanas de
lluvia, estaba muy inquieta. Mi último intento por ser independiente y fuerte
me había costado las yemas de los dedos. Y ahí estaba, ansiosa por intentarlo
de nuevo, por hacerlo mejor esta vez, por recuperar algo de respeto por mí
misma y quién sabe si también de los demás.
Los otros cuatro empezaron a cargar
sus mochilas, moviéndose con rapidez y sigilo. Yo salí por una ventana lateral
y desaparecí entre los eucaliptos para rodear el corral de las ovejas. Había un
cinturón de árboles que se extendía a los largo de la colina, pendiente abajo,
y que proporcionaba una buena cobertura. Me mantuve en su sombra hasta que el
cobertizo de herramientas quedó entre los camiones y yo. Entonces, fui
acercándome lentamente al cobertizo, utilizándolo al mismo tiempo como pantalla
protectora. El problema era que la única entrada quedaba al este: de hecho,
toda la parte este quedada al aire. Tendría que abandonar la protección de los
árboles y dar la vuelta al cobertizo sigilosamente en dirección al único
escondite que me quedaba: el depósito de agua que se alzaba en una esquina.
Llegar hasta allí fue una odisea. Lo
que más me costó fue templar los nervios, contener el pecho, que parecía haber
cobrado vida propia y que se hinchaba y deshinchaba como un grupo de gaitas.
Tuve que apretar los puños, gritándome en silencio que debía recuperar el
control, calmarme y prepararme para la parte más dura. Me arrastré a gatas bajo
la base del depósito. Después, con una lentitud agonizante, avanzando milímetro
a milímetro, saqué la cabeza y eché un vistazo por la esquina. No me importa
decir que fue uno de los momentos en que demostré más valor en toda mi vida: un
soldado podía haber aguardado a un metro de distancia. Pero estaba despejado;
frente a mí solo se extendía el suelo de tierra, húmedo y marrón. Podía ver los
camiones a unos
cincuenta metros de distancia; desde donde estaba parecían enormes y
mortíferos. Avancé un poco, girando algo más hacia la izquierda. Desde esa
posición alcanzaba a ver el interior del oscuro y profundo cobertizo de
herramientas. Había un tractor y un cabezal de cosechadora, y también un
vehículo destartalado. Más al fondo había un montón de balas de lana
almacenadas. No pude ver a nadie, pero oí un tintineo de herramientas y un
murmullo de voces que venía de la esquina más alejada.
Vacilé unos cuantos segundos más y
luego respiré hondo. Clavé los pies en el suelo, como si estuviese en la pista
de atletismo aguardando a que sonara el pistoletazo de salida. Entonces, salí
corriendo en silencio hacia las balas de lana, utilizando el tractor como
pantalla. Si hubiese tenido un pompón blanco en el trasero, cualquiera me
habría confundido con un conejo. Alcancé mi objetivo sin ningún contratiempo y
aguardé, temblando, contra la suave superficie de una bala. Seguía oyendo las
voces, que subían y bajaban como las aguas de un río. No pude distinguir las
palabras, pero sí que hablaban mi idioma. Empecé a deslizarme a lo largo de la
hilera de balas, sin perder de vista la entrada por si aparecía alguien. Al
llegar al final de la hilera, me detuve de nuevo. Ya podía oír las voces con
total claridad. Estaba temblando y sudando. Las lágrimas me inundaron los ojos
en cuanto reconocí una de ellas. Era la de la señora Mackenzie, la madre de
Corrie. Mi primer impulso fue sentarme y ponerme a berrear como un bebé. Pero
sabía que no podía permitirme semejante gesto de debilidad. Aquello quedaba
reservado para los viejos tiempos, los días de inocencia, cuando vivíamos una
vida apacible. Y esos días se abrían acabado, al igual que los pañuelos de
papel, las bolsas de plástico de los supermercados y los tarros de crema
hidratante, todos aquellos lujos inútiles que dábamos por sentados antes de la
guerra. Y no solo eso, sino que además nos parecían importantes. Ahora me
resultaban tan ajenos y extraños como el lujo de llorar de alegría al reconocer
una voz familiar.
La madre de Corrie. La señora
Mackenzie. Me había tomado mil tazas de té y engullido cinco mil bollos a la
mesa de su cocina. Ella me enseño a hacer caramelo, a envolver regalos y a
enviar faxes. Con ella me desahogué cuando murió mi gato, cuando me enamoré del
señor Hawthorne y cuando le confesé mi primer beso. Y, cuando mis padres se
ponían muy pesados o intransigentes, era ella quien me secaba las lágrimas,
como si entendiera perfectamente lo que sentía.
Observé asomándome por las balas.
Tenía una buena perspectiva de la esquina del fondo del cobertizo: daba al
banco de trabajo sobre el que, en
la pared, colgaban ordenadamente varias herramientas. No había electricidad, la
zona estaba sombría, lúgubre, aunque podía ver a las dos personas que
trabajaban en el banco. Un hombre que me daba la espalda trasteaba algo. No
pude reconocerlo desde detrás, y tampoco me interesé demasiado por él. Fue la
señora Mackenzie quien captó toda mi atención. La miré con avidez y de pronto,
sentí una punzada de incredulidad en el estómago. La veía de soslayo; estaba limpiando
un carburador con un cepillo de dientes. La penumbra le envolvía el rostro,
pero no podía creer que se tratase de ella. Aquella era una mujer mayor y
delgaducha, con el pelo gris, largo y enmarañado; mientras que la señora
Mackenzie era una persona de mediana edad, entrada en carnes y pelirroja, como
su hija. Seguí mirándola; la decepción dejó pasó a la rabia. Hasta llegué a
pensar que no se trataba de ella. Pero poco a poco, cuanto más la observaba,
más empezaba a reconocer los rasgos de a señora Mackenzie en las facciones de
aquella mujer, en su modo de moverse. De repente, dejó el cepillo de dientes,
se apartó el pelo de los ojos y cogió un destornillador. Y en ese movimiento de
su mano apartándose el pelo reconocí a la madre de Corrie. Embargaba por el
amor y la conmoción, la llamé:
—¡Señora Mackenzie!
Ella soltó el destornillador, que
hizo ruido al caer y rebotar contra el suelo. Se volvió sobre sí misma,
boquiabierta, una expresión que hacía su cara más delgada y alargada todavía.
Pálida, se llevó la mano a la garganta.
—Oh, Ellie.
Por un momento pensé que se iba a
desmayar, pero solo se apoyó con un movimiento rápido y pesado sobre el banco,
antes de llevarse la mano izquierda a la frente y cubrirse los ojos. Quería
salir corriendo hacia ella, pero sabía que no podía. El hombre, tras echar un
vistazo a los camiones, dijo:
—Quédate ahí.
Aquello me irritó, porque ya lo había
decidido por mí misma, pero no dije nada. Ya sabía que había cometido un error
al gritar. La señora Mackenzie se agachó para recoger el destornillador, pero
tuvo que inclinarse hasta tres veces, y me dio la impresión de que no veía
bien. Entonces, me miró ansiosamente. Estábamos a escasos metros de distancia.
Lo mismo habrían dado cien kilómetros.
—Corrie,
¿estás bien? —preguntó.
Me asombró que me llamase Corrie y
que no pareciera darse cuenta del desliz. Pero procuré actuar con naturalidad.
—Estamos bien, señora Mackenzie
—susurré—. ¿Cómo está usted?
—Ah, estoy bien, estamos todos bien.
He perdido un poco de peso, Ellie, eso todo… Pero al fin y al cabo hace años
que me hacía falta.
—¿Cómo está Corrie?
Volví a sentir aquella horrible
sensación que me encogía el pecho. Pero tenía que hacerle la pregunta. Y la
señora Mackenzie acababa de llamarme por mi nombre, por lo que pensé que había
llegado el momento. Sin embargo, tardó un rato en contestar. Parecía medio
dormida, cosa que me extrañó. Aún seguía apoyada en el banco de trabajo.
—Está bien, Ellie. También ha perdido
bastante peso, seguimos esperando a que despierte.
—¿Cómo están mis padres? ¿Cómo están
todos?
—Tus padres están en buena forma
—dijo el hombre. Yo seguía sin saber quién era—. Hemos pasado unas cuantas
semanas malas, pero tus padres están bien.
—¿Unas cuantas semanas malas?
—pregunté.
La conversación discurría mediante
apresurados susurros, acompañados por muchas ojeadas a los camiones.
—Hemos perdido a bastante gente.
—¿«Perdido»? —Casi me atraganto con
la pregunta.
—Ese hombre nuevo…
—¿De quién habla?
—De ese paisano nuestro que han
reclutado fuera de la ciudad. Un «tizas», creo. Se dedica a interrogar a la
gente y, cuando termina con ellos, a muchos se los llevan.
—¿Adónde?
—¿Cómo vamos a saberlo? Ellos no van
a decírnoslo. Lo único que podemos
hacer es rezar para que no sea al pelotón de fusilamiento.
—¿Y a quiénes interroga?
—Bueno, empezó con los reservistas
del Ejército. Sabía muy bien quiénes eran. Después les tocó a los agentes de
policía, a Bert Heagney y a un par de profesores tuyos. A cualquiera que
tuviera la menor capacidad de liderazgo, ¿me entiendes? No nos conoce a todos,
pero sí a muchos. Si tres de las cinco personas a las que interroga al día
están de vuelta al anochecer, nos podemos considerar afortunados.
—Pensaba que ya había chivatos en el
recinto ferial —apunté.
—Este hombre es diferente. Hay gente
que les hace la pelota a los invasores, pero la cosa no llega hasta tal
extremo. No les ayudan en los interrogatorios. No como ese hijo de perra.
Al acabar la frase, la voz del hombre
se cargó de tanto odio que, bruscamente, subió el tono. Yo me agazapé en las
sombras durante un momento, pero nadie apareció. Sabía que tendría que irme
pronto, pero deseaba que la señora Mackenzie me contara algo más. Se la veía
demacrada, cansada y pálida.
—¿Cómo está la familia de Lee?
—pregunté—. ¿Y la de Fi? ¿Y la de Homer? ¿Cómo están los padres de Robyn?
La señora Mackenzie se limitó a
asentir con la cabeza.
—Están todos bien —respondió el
hombre.
—¿Por qué los han traído aquí?
—pregunté.
—Quieren tenerlo todo listo. En los
próximos días, los colonos se instalarán aquí. Debéis andaros con mucho ojo,
chicos. Ahora hay cuadrillas de prisioneros por todos lados. Esperamos la
llegada de cientos de colonos.
Sentí nauseas. Nos estaban
acorralando. Quizás algún día no me quedase otra que aceptar lo impensable, lo
inconcebible: que fuésemos esclavos durante el resto de nuestras vidas. Un
futuro sin porvenir, una existencia vacía de vida. Pero no era el momento de
pensar en ello, sino de actuar.
—Tengo que irme, señora Mackenzie
—dije.
Para mi horror, prorrumpió de súbito
en escandalosos sollozos. Me dio la espalda, se desplomó sobre el banco de
trabajo y, al echarse a llorar, volvió
a dejar caer el destornillador. Lloraba y gritaba al mismo tiempo. El efecto
fue igual que si me aplicaran un electrochoque de doscientos cuarenta voltios
en el cuero cabelludo. Era como si, en un instante, acabaran de raparme el
cráneo al cero. Asustada, reculé deprisa; corrí hasta el otro extremo de la
hilera de balas y me agaché detrás. Oí abrirse la puerta de un camión antes de
que un soldado irrumpiese en el cobertizo.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—No lo sé —dijo el hombre, bastante
convincente, como si todo aquello no le importarse demasiado—. Se ha echado a
llorar sin más. Apuesto a que son esos puñeteros carburadores suecos.
Cualquiera que se echaría a llorar con ellos.
Agazapaba en la oscuridad, casi
sonreí.
No pareció ocurrir nada durante un
momento. El único sonido que me llegaba era el de los sollozos de la señora
Mackenzie, que ya eran más silenciosos. La oí tragar saliva mientras intentaba
llenar sus pulmones de aire, retomar el control.
—Vamos, querida —dijo el hombre.
Oí más pasos, que deduje que eran del
soldado y que se alejaron del cobertizo para encaminarse hacia la casa.
—Ya puedes irte, Ellie —dijo el
hombre cono tono neutral, como si estuviese hablando a la señora Mackenzie.
No me quedaba otra que confiar en él,
así que emprendí la retirada sin decir una palabra, doblé la esquina del
cobertizo, pasé de largo el depósito y me adentré en la vegetación. Me reuní
con los árboles con la alegría del que se reencuentra con sus amigos, con su
familia. Me escondí detrás de uno de ellos durante un momento y me quedé
abrazada a su tronco mientras recuperaba el aliento. Después, subí penosamente
la cuesta para reencontrarme con mis amigos.
Capítulo
14
Vimos a los colonos por primera vez
solo dos días después. Estuvo lloviendo sin parar, y nos resguardamos en las
dependencias de los esquiladores, acurrucados bajo la madera que crujía,
gimoteaba y rezongaba. El agua caía en ráfagas que repiqueteaban sobre el
tejado de hierro galvanizado, como si alguien nos arrojara piedras encima.
Manteníamos turnos de vigilancia que cubrieran las veinticuatro horas del día,
pero el tiempo era tan pésimo que las cuadrillas no regresaron. Fuimos a
inspeccionar lo que habían hecho: la casa estaba limpia y recogida; las camas,
hechas. Todo estaba listo para que unos forasteros, unos intrusos, vinieran a
quedarse. Me asustaba y me enfurecía imaginarme a esa gente durmiendo en la
cama de los Holmes, comiendo en su cocina, recorriendo sus prados, sembrando
semillas en su propiedad. Supuse que nuestra granja correría la misma suerte.
Dejó de llover dos días después. Aun
así, el cielo permaneció gris; el aire, frío; el suelo, empapado y fangoso.
Decidimos regresar a la casa de Chris en cuanto tuviésemos la oportunidad, por
si había regresado. Al anochecer, pese al frío y al mal tiempo, nos pusimos en
marcha abriéndonos camino campo a través. Las carreteras eran demasiado
peligrosas a aquellas horas, pero sabíamos que podíamos rodear Wirrawee y
alcanzar sin demasiados contratiempos Meldon Marsh Road, lo que nos situaría en
las proximidades de la casa de los Lang.
Buena parte de la caminata
transcurrió en silencio. Dos días más de confinamiento no habían ayudado a
levantar los ánimos. Fue un gustazo encontrarse en campo abierto y respirar por
fin el aire. Al cabo de los dos primeros kilómetros sentí que empezaba a relajarme.
Cogí a Lee de la mano durante un rato, pero se hacía difícil caminar así a
oscuras. Tras varios tropiezos, vimos que necesitábamos tener las manos libres
para no perder el equilibrio. Me rezagué, dejando a Lee a su aire, y charlé con
Robyn sobre películas, tanto las que nos habían gustado como las que no. Tenía
muchísimas ganas de volver a ver una peli; mirar una enorme pantalla en una
sala oscura y ver hermosos y elegantes personajes diciéndose cosas inteligentes
y románticas. Supuse que aún seguirían haciéndose y viéndose esas películas en otras
partes del mundo, pero me costaba un montón asimilarlo.
Bordeamos Wirrawee y nos adentramos
en Melton Marsh Road. Eran las diez pasadas, y pensamos que ya podíamos
transitar por la carretera sin peligro. Era un alivio poder andar por la
calzada, y avanzamos mucho más rápido. Sin embargo, a aproximadamente dos
kilómetros de donde vivía Chris, vimos una casa con las luces encendidas. Nos
quedamos de piedra: no sospechábamos que las casas de la zona rural volvieran a
estar conectadas a la red eléctrica. Nos detuvimos y oteamos en silencio. No
era una noticia alentadora. En cierto modo, debería haber sido reconfortante
ver algo que nos recordara tanto a los viejos tiempos. Sin embargo, las cosas
eran distintas ahora. Nos habíamos acostumbrado a ser animales salvajes, a
errar de noche por campos oscuros, a vivir sin normas por un territorio sin
normas. Pero si los colonos se propagaban por las granjas; si las reivindicaban
con sus luces, su electricidad y su propia forma de civilización, nos
obligarían a retroceder cada vez más lejos de sus confines y a mantenernos
ocultos entre las rocas, en cuevas y escondrijos.
Sin mediar palabra, nos acercamos a
la casa. Éramos como polillas humanas. Yo no había estado nunca allí, pero era
un lugar acogedor, de ladrillo, con grandes ventanas y al menos tres chimeneas.
La casa estaba rodeada de frondosos árboles y precedida por un bonito jardín de
forma geométrica y con rebordes de ladrillo. Esos mismos rebordes me pusieron a
prueba: tras varios días sin dolores, sentí una punzada en la rodilla en cuanto
pisé un ladrillo. Logré recuperar el equilibrio y pude comprobar que la rodilla
me seguía respondiendo. Alcancé a los demás, que estaban agolpados detrás de un
árbol, mirando hacia una de las ventanas iluminadas. Mala idea, pensé. Un
enemigo armado podría quitarlos a todos de en medio en un abrir y cerrar de
ojos. Cuando llegué al árbol y se lo advertí, se sobresaltaron, pero en seguida
se dispersaron para ponerse a cubierto detrás de otros árboles.
Rodeé la mansión por el ala este; me
topé con un pimentero con unas estacas clavadas que conducían a una cabaña para
niños. Subí la escalera y me senté en la primera horca, desde donde tenía una
perspectiva en picado de la cocina. Con un sentimiento de amargura observé a
las tres mujeres que se afanaban allí dentro. Se las veía bastante cómodas.
Estaban reorganizándolo todo: habían sacado de los armarios todos los tarros,
platos, cacerolas y latas, que ahora atiborraban mesas y encimeras. Limpiaban y
apartaban cosas, y se detenían de cuando en cuando para examinar más
detenidamente algún
objeto, o para llamar la atención de las demás sobre él. Parecía fascinarles un
artilugio con palancas de plástico de color naranja concebido para abrir las
tapas de los botes. Supongo que no conseguían averiguar para qué servía:
primero pasaron los dedos por la abertura central y los menearon; luego,
hicieron ademán de utilizarlo para desenroscarse la nariz las unas a las otras.
Reían mucho. Desde fuera de la casa apenas podía oír sus voces, pero sonaban
agudas, estridentes, algo gangosas, diría. En cualquier caso se lo estaban
pasando en grande, por lo visto. Parecían muy felices y entusiasmadas.
Al mirarlas, experimenté todo un
cóctel de sentimientos: celos, ira, miedo, abatimiento… No podía aguantar más
la escena. Me deslicé desde lo alto del árbol, me uní a los demás y nos
escabullimos por el jardín para regresar a la carretera.
Intercambiamos información mientras
avanzábamos, y llegamos a la conclusión de que había al menos ocho adultos en
aquella casa. Hasta entonces había supuesto que instalarían a una única familia
en cada granja, pero tal vez les pareciese una excentricidad que tan poca gente
dispusiera de tanto terreno. Tal vez pretendieran construir casas por todo el
valle de Wirrawee, asignando una parcela por familia, para practicar una
agricultura intensiva. Yo no sabía como encajaría la tierra semejante cambio.
Claro que puede que fuéramos nosotros quienes no la explotábamos lo suficiente.
Avanzábamos cansadamente, en
silencio, absortos en nuestras respectivas cavilaciones, teorías e ilusiones.
Para cuando llegamos a casa de Chris, era pasada la medianoche. Pese a que no
había luz encendida, extremamos las precauciones, por si había colonos
durmiendo en el interior. Pero yo ya estaba harta de andar de puntillas.
—Emprendámosla a pedradas contra el
techo —sugerí, acordándome de la lluvia sobre el hierro galvanizado del
cobertizo de la familia de Kevin. Todos me dirigieron miradas compasivas, pero
yo seguía en mis trece. Estaba harta de andar merodeando, escondiéndome y
huyendo—. No, en serio —insistí—. ¿Qué puede pasar? Si hay gente ahí dentro, no
van a salir en plena noche a disparar sin ton ni son. No serían tan estúpidos.
Aquí no faltan sitios para ponernos a cubierto, y luego podremos escapar
rápidamente si es necesario.
Mi poder persuasivo era mejor de lo
que creía. Tardé treinta segundos en convencerlos. No sabía muy bien de qué
(esa sugerencia la había hecho medio en broma), pero dar marcha atrás ahora me
habría puesto en entredicho. Eso es lo que pensaba, contrita, mientras recogía
tantas piedras
como podía llevar. Determinamos un sitio donde reunirnos en caso de que las
cosas se torcieran, y rodeamos la casa. A la señal que dio Homer, un
prolongado, sonoro y espeluznante «cuiiiií», empezaron a volar los proyectiles.
Fue bastante emocionante. Un escuadrón de zarigüeyas calzadas con tacos de
fútbol y empujando a toda velocidad un carrito de la compra defectuoso podrían
haber armado el mismo alboroto, pero para eso tendrían que haberse empleado a
fondo. Me batí en retirada deprisa, mordiéndome el labio inferior de asombro, y
casi llegué a arrancármelo de cuajo al tropezar con una silla de jardín. Desde
luego, mis tobillos y espinillas siempre acababan recibiendo durante aquellas
expediciones nocturnas. Un buen minuto después de la lluvia de piedras, un
último proyectil vino a estamparse contra el tejado a modo de propina
inesperada. No se oía el menor murmullo dentro de la casa que, después de
aquello, con total seguridad estaba libre de ocupantes.
Nos juntamos nuevamente cerca de la
entrada principal. Cuando Homer confesó haber tirado la última piedra, lo
mandamos a echar un vistazo por la ventana de la cocina.
—Está demasiado oscuro para ver gran
cosa —refunfuñó. Y entonces, tras examinar el lugar un poco más, añadió—: Creo
que está igual que la última vez, cuando le dejamos la nota a Chris. Yo diría
que por aquí no ha pasado nadie.
Y efectivamente, así era. Fue una
constatación descorazonadora. Comprobamos la vieja pocilga donde Chris se había
refugiado los primeros días de la invasión, pero tampoco encontramos la menor
señal de vida. Cansados y decepcionados, acabamos alrededor de la polvorienta
mesa de la mohosa cocina. El subidón que nos había dado la sesión de pedradas
contra el tejado había durado más bien poco. Nos sentíamos muy decepcionados
por lo de Chris, muy impotentes. Todas las conjeturas acerca de su paradero
eran deprimentes. Estaba enfadada conmigo misma por no haber caído en preguntar
si sabían algo del asunto a la señora Mackenzie y al hombre del cobertizo de
herramientas. Ese día estaba demasiado confusa y nerviosa. Encontré mi único
consuelo en un comentario que hizo Robyn. Según ella, si Chris había sido detenido
y llevado al recinto ferial, los dos adultos lo habrían mencionado.
—Bueno, suele decirse que la ausencia
de noticias es una buena noticia —suspiró Fi.
—Te acabas de lucir, Fi —repuse yo
con brusquedad—. Debe de tratarse
de la expresión más estúpida jamás inventada.
Fi pareció dolida. Ya era la una de
la madrugada pasada, y todos estábamos cansados. Y el frío también empezaba a
arreciar.
—No podemos hacer mucho más —terció
Homer—. A decir verdad, lo más probable es que… odio decir esto… que haya
muerto.
Todos censuramos sus palabras con
bramidos de indignación. Ya habíamos contemplado esa posibilidad, claro está,
pero darle voz era una aberración. Una idea demasiado aterradora y horripilante
para que alguien la expresara. Puede que nos asustara que, al decirlo de viva
voz, se hiciese realidad, ocurriese de verdad. Yo ya había aprendido mucho
sobre el poder de las palabras.
—¿Y qué vamos a hacer ahora?
—preguntó Lee—. No podemos quedarnos aquí.
—Sí que podemos –repuso Fi.
—No creo que sea muy seguro —apuntó
Homer—. Y con esos colonos carretera arriba, aquí al lado… No sabemos hasta qué
punto se han extendido a este lado del pueblo. Puede que mañana lleguen hasta
la casa de los Lang.
—Pero es muy tarde, y estoy muy
cansada. Y tengo frío. ¡Estoy tan harta de todo! —dijo Fi. Se sentó a la mesa y
hundió el rostro entre los brazos.
Compasivo, Lee le dio unas palmaditas
en la cabeza. Los demás estábamos demasiado cansados para hacer nada.
—Podemos quedarnos unas cuantas horas
más —propuso Homer—. Pero tenemos que marcharnos antes del amanecer. Prefiero
tener un buen descanso más tarde que uno pésimo ahora.
Guardamos silencio, pendientes de Fi,
con la esperanza de que acabara cediendo por solidaridad.
—Venga, vale —dijo por fin, enfadada,
antes de apartar la mano de Lee y ponerse en pie—. ¿Y adónde iremos entonces?
—Vamos a Wirrawee —sugirió Homer en
el acto—. Hace un siglo que no hemos estado en el pueblo, y deberíamos ver cómo
pintan las cosas, si hay algo que podamos hacer allí. Si nos ponemos en marcha
ahora, llegaremos antes del amanecer. Estábamos
demasiado cansados como para discutir. Y de todas maneras, nadie tenía más
ideas. Me entusiasmaba bastante ir a Wirrawee. Deseaba estar todo lo cerca
posible de la civilización. No quería volver a ver el Infierno durante una
buena temporada.
Diez minutos después de salir de la
casa de Chris, empezó a llover otra vez. Lo más inteligente hubiese sido dar la
vuelta, desandar lo andado y buscar un cobertizo en el que resguardarnos, pero
nadie lo sugirió siquiera. Supongo que, después de habernos decidido y puesto
en camino, nos negábamos a plantearnos cualquier alternativa. Así pues, nos
arrastramos por el camino, en silencio, cada vez más y más empapados. Estaba
muy oscuro, pero podíamos andar por la carretera sin miedo a que nos
interceptaran, por lo que proseguimos sin demasiados problemas. No recuerdo que
intercambiásemos una sola palabra desde que salimos de la casa de Chris hasta
que llegamos a Wirrawee.
Alcanzamos la casa de la profesora de
música al romper el alba. La acuosa luz gris de levante apenas se distinguía de
las tinieblas de la noche. Los cuatro permanecimos en el jardín, escondidos
detrás de los árboles, tiritando, calados y chorreando, mientras Homer
comprobaba que la casa estuviese vacía. Me pregunté de dónde sacaría la
energía; parecía tener más que yo, más que nadie. Por fin nos hizo una señal
para que entráramos. Nos arrastramos penosamente hacia dentro, chapoteando.
Buscamos toallas y mantas, y nos desvestimos en el cuarto de baño de arriba.
Homer se ofreció a hacer de vigilante, y nadie se lo discutió. Robyn y Fi
compartieron una cama; yo ocupé otra, en la habitación contigua. Lee
desapareció por el pasillo y entró en el cuarto del fondo. Solo quedaba confiar
en que no llevasen a cabo una redada en la casa mientras íbamos en pelotas,
aunque no había el menor indicio de que alguien hubiese estado allí desde
nuestra última visita.
Me acosté y, como a menudo ocurría,
tras haber esperado toda la noche el momento de echarme en la cama a dormir un
poco, me fue imposible conciliar el sueño. Nunca me había sentido tan
despierta. La rugosa manta de lana me rascaba la piel, aunque no de una forma
desagradable; tenía un tacto tosco, primitivo. Durante un buen rato no conseguí
entrar en calor. Apreté las piernas la una contra la otra, me hice un ovillo
bajo las mantas para calentarme. Al final quedé completamente tapada. Crucé los
brazos y me puse las manos debajo de las axilas. Un hormigueo me recorrió la
piel conforme la sangre volvía a circular, hasta que solo mis pies seguían
fríos. Coloqué el derecho sobre el izquierdo con la esperanza de que se
descongelaran. Por
fin sentí todo el calor, el abrigo y la comodidad que echaba en falta desde
hacía tanto tiempo, y pronto mi relajación fue total. Estaba en la gloria allí
tumbada cuando oí un susurro:
—¿Estás despierta?
Asomé la cabeza fuera, sobresaltada.
Me sentí como una zarigüeya que sale del tronco de un árbol; sabía que tenía
los ojos desorbitados y el pelo despeinado por la manta, así que probablemente
también pareciese una zarigüeya.
Era Lee.
—Otra vez te has transformado en
oruga.
—Más bien en zarigüeya, ¿no?
—Bueno, también. ¿Me harías un sitio
ahí dentro?
Estaba envuelto en una manta,
tiritando de frío. Sus ojos marrones me miraban suplicantes. Sentí una cálida
oleada de excitación, pero intenté ocultarla.
—¡No! —dije—. No llevo nada debajo de
las mantas.
—Eso esperaba. Yo tampoco llevo nada
más.
—¡Lee!
—Por favor…
—Que no. Bueno, puedes echarte encima
de la cama, pero eso es todo —dije mientras se abalanzaba de un brinco sobre
mí—. Y olvídate de intentar engatusarme para conseguir nada más.
—Pero mi encanto y mi personalidad…
—Sí, sí, ya me los conozco.
Se acomodó a mi lado, con la cabeza
sobre el brazo derecho; me miraba, pensativo, esbozando una sonrisa.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó
en seguida.
—Pues…—Me había tomado por sorpresa.
Era demasiado excitante tenerlo tan cerca. Estaba empezando a ponerme caliente
debajo de las mantas—. Creo que prefiero no contestar.
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