miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: En tierra de tinieblas, parte 8

—Pero puede que haberlo hecho una vez me empuje a hacerlo de nuevo.
—Yo también lo he hecho.
—Sí. Pero no sé por qué, tengo la sensación de que lo tuyo fue diferente. Chris me contó que el soldado estaba hecho pedazos. Y, de algún modo, no es lo mismo rematar a alguien con un cuchillo que con un arma de fuego. —Yo me quedé callada, y él prosiguió al cabo de un rato—: ¿Piensas mucho en ello?
Entonces, me eché a llorar a lágrima viva; de tanto sollozar tuve la impresión de que iba a echar los pulmones por la boca. No pude parar hasta pasado un buen rato. Lo increíble fue que Lee no dejó de abrazarme, como si estuviese dispuesto a consolarme por toda la eternidad. Al final, desembuché lo de la pesadilla que me acechaba estando despierta.
—Tenía la impresión de que una gigantesca sombra planeaba en el cielo, amenazante, sobre mí. Lo oscurecía todo a mí alrededor y me seguía a todas partes.
Cuando logré templar los nervios, emprendimos el descenso. Yo me sujetaba con fuerza a Lee, pese a que así era más difícil avanzar por el estrecho camino. Nos sentamos a descansar un momento sobre una roca. Una diminuta araña se posó en mi brazo y, tras localizar el fino hilo por el que había llegado hasta mí, pude dejarla en el suelo.
—Vaya, una araña haciendo puenting —dijo Lee, que observaba la escena. Yo sonreí—. ¿Crees que lo que hice estuvo mal? —preguntó, sin apartar la vista de la araña.
—No lo sé. Pregúntale a Robyn. Pregúntale a Homer. Pregúntale a cualquiera, menos a mí.
—Pero tú siempre pareces saber discernir lo que está bien de lo que está mal —apuntó.
—¿Qué? ¿Cómo? —Me aparté un metro de él y lo miré boquiabierta—. ¿Pero qué dices?
—¿Acaso no es cierto?
—Lee, sé discernir lo que está bien de lo que está mal tanto como lo sabría hacer esa araña.
—¿Tú crees? Siempre se te ve muy segura de ti misma. 
—Dios mío, ¿hablas en serio? Fi me dijo hace un rato que parece que no me da miedo nada. Venga ya, pensaba que me conocíais mejor. A ver si vamos a tener que empezar desde cero. Lo único de lo que estoy segura es de que no estoy segura de nada. Le doy mil vueltas a cualquier decisión que tomamos. ¿Recuerdas aquella vez que dormí contigo sin que te enterases?
Él estalló en carcajadas. Una noche regresé tarde al campamento y no había nadie allí excepto nosotros dos. Lee estaba dormido y yo me arrastré al interior de su tienda y me acosté a su lado.
—Bueno, pues esa noche, en el camino de vuelta al Infierno, me detuve un momento en la Costura del Sastre y me quedé allí sentada mirando el cielo e intentando encontrar alguna que otra respuesta.
—Sí, me acuerdo. Algo me contaste.
—Pues hallé una sola, nada más, aunque era bastante importante para mí. Me di cuenta de que lo único que me salva es la falta de confianza en mí misma. Que es una especie de don.
—¿De qué estás hablando?
—Quiero decir que cuanto más convencida estás de tus creencias, más riesgos corres de equivocarte. A mí me da miedo la gente que es demasiado segura de sí misma, que lo ve todo blanco o todo negro, que nunca llega a plantearse que pueda estar equivocada o que los demás puedan estar en lo cierto. Si eres una persona insegura, al menos no dejas de poner en tela de juicio tus acciones ni de preguntarte si vas por el buen camino. En resumidas cuentas, me acabas de insultar de mala manera.
Él se echó a reír.
—Lo siento. Ahora bien, en el campamento, estabas muy segura de que lo que hacía Homer no estaba bien.
—Ya, claro. Bueno, es que no estaba bien. De verdad, a veces desearía que todo en la vida fuese blanco o negro.
—Pues entonces habría más racismo.
—Muy gracioso.
—Y a todo esto, ¿qué estaba haciendo Homer exactamente?
—Nada de lo que debas preocuparte. Digamos que ha vuelto a la infancia durante unos cuantos minutos, eso es todo.
—Oye, bajemos a las rocas llanas.
Las rocas llanas quedaban situadas en un punto donde el arroyo emergía de la vegetación, en su primer contacto con el aire libre desde el manantial donde nacía, allá arriba, cerca de la Costura del Sastre. Para llegar hasta allí había que dejar atrás el camino a la altura del primero de los Escalones de Satán y abrirse paso entre la vegetación hasta alcanzar un pequeño claro escondido entre los matorrales. Allí, el arroyo se ensanchaba y discurría por una serie de rocas lisas y alargadas, donde se estaba muy a gusto, ya que se calentaban al absorber los rayos del sol. No era fácil llegar hasta allí, pero merecía la pena. Tuve que cojear sobre mi dolorida pierna hasta que encontramos una buena roca donde poder estirarnos el uno junto al otro, escuchar el suave borboteo del agua y el gorjeo de una urraca. Parecía que ambos sonidos se hacían eco mutuamente.
—¿Cómo tienes las manos? —preguntó Lee, cogiéndome la muñeca.
—Bien. Ya no me duelen tanto. Pero es muy molesto llevar las vendas.
Lee se acercó un poco más a mí y descansó su cabeza junto a la mía, por lo que quedamos mejilla contra mejilla. Su piel se me antojó tan cálida y cómoda como la roca en la que estábamos tumbados. Noté que se ponía romántico; yo no estaba muy segura de si estaba con ese ánimo, pero me dejé llevar, como el arroyo. Así que, cuando me besó, le devolví el beso, hasta que sus firmes labios y su lengua empezaron a provocarme un agradable hormigueo. Quise traerlo más cerca de mí, pero mis dedos vendados me lo impedían. Era una escena algo ridícula, y sonreí al imaginar qué impresión se llevaría cualquiera que nos viera en ese momento. Aunque disimulé esa sonrisa: no quería incomodar a Lee.
Entonces, me di cuenta de que empezaba a levantarme la camiseta, y me estremecí al sentir su mano paseándose por mi vientre. Aquellos dedos estaban hechos para tocar el violín, no para atacar ni asesinar a nadie. Sus caricias resultaban muy leves, aunque sus dedos eran firmes, ni suaves ni débiles. Por suerte —o experiencia tal vez—, había encontrado uno de mis puntos más sensibles y delicados; me encanta que me acaricien la barriga. Yo tenía la camiseta hasta el sujetador, lo que no me preocupaba en absoluto, aunque sí me pregunté qué tendría él en mente y hasta dónde pretendía llegar. Agachó la cabeza y me hizo una pedorreta por encima del ombligo, antes de trazar pequeños círculos con la punta de la lengua. Yo no estaba excitada en absoluto; él, por el contrario, sí que lo estaba, y se estaba esforzando mucho por hacerme entrar en calor. No tardó en conseguirlo. Empecé a sentirme mejor y, al poco rato, más que mejor. Bajo mi piel se prolongaban pequeñas oleadas de sensaciones agradables que llegaban hasta muy dentro y se encontraban con otras oleadas que surgían desde zonas más bajas del vientre. Todo se tornó cálido, agradable, relajado y pausado, estando allí tumbada sobre las rocas calientes, con Lee no menos calientes junto a mí.
Él estaba de lado, apoyado sobre el codo derecho, acariciándome con la mano que le quedaba libre. Con el dorso de la mano empezó a dibujar nuevos círculos sobre mi vientre, más lentos, grandes y amplios.
—Qué agradable —dije, cerrando los ojos.
La única sensación que me pesaba era que necesitaba ir a hacer pis. No obstante, no me apetecía nada levantarme, así que supuse que podía posponerlo un poco. Lee utilizó las yemas de los dedos antes de dar la vuelta a la mano y valerse de los nudillos. Me sentía tan cansada y relajada que deseé que no parase nunca. Y aunque sabía que era algo egoísta por mi parte, esperé también no tener que hacer nada a cambio. Y cuando me desabrochó el primer botón de los vaqueros pensé que más me valía no quedarme en aquella postura demasiado tiempo. Me di la vuelta sobre la piedra y rodeé a Lee con los antebrazos, subiéndole torpemente la camiseta por detrás y manteniéndolo tan cerca de mí como podía. Él tenía la rodilla entre mis piernas, y yo lo besé con fuerza. Pensaba que, manteniéndolo así abrazado, lograría que no fuese más allá con mis botones. Pero coló sus cálidas manos dentro de la cinturilla —por la parte de atrás— y me acarició lentamente la piel.
—Mmm —solté un largo y lento suspiro, cual abeja bajo el efecto de un tranquilizante.
Lee no decía nada. Pero cuanta más presión ejercía sobre la zona lumbar, más ganas me entraban de ir al baño. Al final, empecé a apartarlo.
—No —dijo—. No pares.
—Tengo que hacerlo.
Seguí besándolo unos cuantos minutos más antes de separarme. Estaba de rodillas junto a él, aún con mis torpes dedos vendados apuntando al aire. Me incliné y le di una ráfaga de besos en los labios. Pero él apartó la cabeza y preguntó, con un tono bastante tajante:
—¿Adónde vas?
Yo me eché a reír.
—A hacer pis, si tanto te interesa.
—¿Y piensas volver?
—No sé si puedo fiarme de ti. Ni tampoco si puedo fiarme de mí misma.
Él forzó una sonrisa. Yo me puse en pie y me detuve un momento para mirarlo fijamente.
—Me gustas mucho —dije—. Pero tengo mis dudas… Aquí, en el Infierno, las cosas pueden salirse de madre. Yo misma, sin ir más lejos.
No estaba segura de si él había entendido lo que quería decir. Pero tendría que conformarse con aquello, de momento. Desaparecí cojeando entre los matorrales buscando un lugar en el que poder plantarme. Para cuando hubiera conseguido tener los vaqueros desabrochados y bajados, sin nadie que me ayudase, él habría tenido tiempo de sobra para enfriarse. 

Capítulo 13
El zumbido de las interferencias sofocaba casi por completo las voces que emergían de nuestra radio. El ruido encontró un eco en la lluvia que aporreaba el tejado sin dar tregua, que se filtraba por el hierro galvanizado en algunas partes y calaba las paredes en otras. El diluvio incesante se colaba por la chimenea y salpicaba el suelo de madera.
Ataviados con nuestra ropa caliente, nos apiñamos alrededor de la pequeña radio negra. Las pilas estaban casi agotadas, y aunque durante el primer minuto las voces se oían bastante nítidas, ahora empezaban a sonar distorsionadas. Con todo, por primera vez, las noticias eran esperanzadoras. La voz del locutor estadounidense nos había catapultado al tercer puesto de las noticias más relevantes de día.
—Una amplia extensión de la costa sur ha sido arrebatada a las fuerzas de ocupación. Parece ser que tras una cruenta batalla librada en las inmediaciones de Newington, los Ejércitos de aire y tierra de Nueva Zelanda han infligido grandes pérdidas en un batallón de las tropas invasoras. Las fuerzas de combate neoguineanas han logrado llevar a cabo un desembarco al norte del país, en la zona del cabo Martindale. En Washington, la senadora Rosie Sims insiste en que Estados Unidos revise cuanto antes su política internacional a la luz de las nuevas alianzas formadas en la región Asia-Pacífico. La senadora Sims insta además a que se destine la cantidad de cien millones de dólares a ayuda militar para apoyar al país sitiado, y aunque es poco probable que el Senado apruebe la propuesta de Sims, la opinión pública respalda cada vez más la necesidad de una intervención indirecta.
Acto seguido, oímos la voz de nuestro «gran líder», el primer ministro australiano, el mismo que había cogido el primer avión para salir pitando del país en cuanto se dio cuenta de que la guerra estaba perdida.
—Seguimos luchando al máximo de nuestra capacidad —dijo—. Pero lo que no podemos hacer es…
Hubo un impetuoso movimiento hacia la radio cuando tres de nosotros, encorvados bajo el peso de las mantas, nos abalanzamos sobre el botón. La apagamos y nos acostamos sobre los cuatro viejos colchones que habíamos colocado en fila contra la pared. Observamos el agua fluir alrededor del cobertizo. Estábamos en casa de Kevin, durmiendo en las antiguas dependencias de los esquiladores, una construcción perpendicular al cobertizo de esquileo. Fue un gustazo volver a dormir en un edifico de madera, aunque tuviese tantas goteras y corrientes de aire. Tras dos semanas de lluvias ininterrumpidas, el tiempo acabó sacándonos de quicio hasta tal punto que nos cargamos las mochilas al hombro y nos marchamos del Infierno. Todas nuestras pertenencias habían quedado primero humedecidas, después deterioradas y por último empapadas. El agua había rebosado las zanjas de drenaje y se había colado en el interior de las tiendas. Levantarse por la mañana parecía carecer de sentido: sabíamos que no podríamos ir a ningún sitio ni hacer nada. Así pues, después de construir unos comederos automáticos que nos permitirían dejar solas las gallinas durante una buena temporada, y con nuestras improvisadas mochilas cargadas de ropa mojada, salimos chapoteando del Infierno. Ya no nos soportábamos los unos a los otros; estábamos desesperados por recuperar una pizca de normalidad en el día a día. Secar nuestras cosas nos llevó tres noches de fuegos furtivos, pero al menos empecé a sentirme humana otra vez. Tener la ropa y las mantas limpias, secas y ordenadas infunde una cierta sensación de tranquilidad. Y así fue, aunque los cinco estuviésemos durmiendo en cuatro colchones finos y raídos que iban perdiendo rellenos conforme pasaban las horas.
En realidad, estar secos y en condiciones normales nos puso a todos un poco tontos. Homer y Robyn estuvieron jugando al veo-veo durante media hora antes de empezase el boletín de noticias, pero el juego comenzó a degenerar en cuanto a Robyn se le ocurrieron palabras imposibles de adivinar. Algo que empezaba por «p» resultó ser «porvenires inciertos» y otra cosa que empezaba por «f», «fantasías eróticas», lo cual estábamos experimentando todos, según ella. Después de escuchar las noticias, nos pusimos a jugar al ahorcado y, después, a las películas. Los tuve diez minutos intrigados con mi inspirada reconstrucción de El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, de la que nadie había oído hablar. Yo la había visto en octavo, época en la que me apasionaba la obra de Zindel, pero los demás casi me mataron cuando por fin se rindieron y les revelé el título.
Cuando dejó de llover, Lee salió a dar un paseo. Él quería que lo acompañase, pero no podía ser interrumpida en aquel momento. Estaba en plena escenificación de No me mandes flores, una comedia romántica.
Ya iba por el tercer cuarto de la película —mientras Fi me miraba atenta desde su colchón para ver si se me escapaba alguna lágrima— cuando Lee reapareció con gran sigilo por la puerta. Cerrándola suavemente dijo:
—Vienen soldados.
Me levanté de un salto y eché a correr hacia la ventana. Pegué la espalda a un lado e intenté asomar la cabeza, pero era demasiado peligroso. De modo que hice lo mismo que los demás: buscar una rendija por la que poder mirar. Observamos, inquietos. Dos camiones se acercaban chirriando por el camino de entrada: uno era del ejército, provisto de una cubierta de lona en la parte trasera; el otro, de la ferretería de Wirrawee, más pequeño y con caja de carga. Aparcaron justo el uno al otro en el lado oeste de la casa, cerca del cobertizo de herramientas. Dos soldados se apearon de la cabina de cada vehículo.
—Cielos —gimoteó Fi—. Deben de saber que estamos aquí.
No me había dado cuenta de que Homer había abandonado su posición, pero ahora se encontraba junto a mí, tendiéndome el fusil que yo misma le había quitado al soldado muerto a los pies del precipicio. A Fi le dio la escopeta de calibre 410, a Robyn una recortada del 22, y a Lee otra recortada del 12. Él se quedó con el arma automática. Robyn empuñó su escopeta y vi cómo la observaba durante un momento antes de dejarla con sumo cuidado en el suelo, a sus pies. No supe cómo tomarme su reacción. ¿Podríamos contar con ella en caso de que se iniciada un tiroteo? Y si se negaba a disparar, ¿estaría obrando bien o no? Porque en el primer supuesto, sería yo quien estaría obrando mal. El sudor me irritaba la piel, como si me hubiese restregado contra una ortiga. Me enjugué la cara y miré de nuevo por la larga rendija vertical.
Del interior del camión grande empezaron a salir personas. Los soldados vagaban por los alrededores, vigilándolos. Llevaban fusiles en bandolera, pero no se habían molestado en empuñarlos. Se mostraban bastante despreocupados, bastante confiados. Era obvio que aquellas personas eran prisioneros. Había diez: cinco hombres y cinco mujeres. No pude reconocer a nadie, aunque una de ellas se parecía un poco a la madre de Corrie.
Los prisioneros no esperaron órdenes, parecían saber qué hacer: algunos cogieron sacos de la parte trasera del camión de la ferretería y se encaminaron hacia el huerto; unos cuantos se adentraron en la casa; los dos últimos se dirigieron hacia el cobertizo de herramientas. Un soldado acompañaba a cada grupo; el cuarto permaneció junto a los camiones y encendió un cigarrillo.
Miré a Homer.
—¿Qué opinas?
—Otra cuadrilla más.
—Sí. Tal vez sea una buena oportunidad para recabar información.
—De momento, observémoslos un rato.
—Quieres dedicar tiempo a ser precavido, ¿verdad? Pues una de las mujeres se parece a la madre de Corrie.
—Dudo que sea ella —dijo Fi—. Además de tener el pelo gris, es demasiado delgada y también demasiado mayor.
Nos volvimos para seguir espiando por los agujeros y rendijas. Pude vislumbrar a las personas del huerto, pero ni rastro de las que habían entrado en la casa y el cobertizo. Al cabo de diez minutos, sin embargo, el soldado que había entrado en este último salió con aire despreocupado para unirse a su compañero, junto al camión. Estaba claro que intentaba gorronearle un cigarrillo. La negociación le llevó unos cuantos minutos pero, finalmente, el otro sacó el paquete y le tendió uno.
A continuación, ambos se metieron en la cabina del camión más grande y tomaron asiento para fumarse sus pitillos.
—Será mejor que salgamos de aquí —dijo Robyn—. Vamos armados y no queremos meternos en ningún otro lío.
—De acuerdo —accedió Homer—. Pero antes tenemos que recoger todo esto. Después saldremos por la puerta de atrás y escaparemos entre los árboles.
—Vosotros haced lo que queráis —dije—. Yo bajaré al cobertizo de herramientas.
Todos me miraron dubitativos.
—No creo que… —empezó Robyn.
—Es una buena oportunidad, de verdad —me apresuré a interrumpirla—. No hemos tenido la menor información en las últimas semanas. Quiero saber cómo está Corrie. Y cómo están nuestras familias. Robyn, ¿puedes encargarte de mis cosas?
Ella asintió a regañadientes.
—Yo también voy —se ofreció Lee.
Sentí la tentación de aceptar; ir acompañada me proporcionaría algo de seguridad. Pero era consciente de que no funcionaría.
—Dos serían multitud —dije—, pero gracias de todos modos.
Lee dudó un momento, pero yo no estaba para negociaciones. Quería hacer algo, demostrarme a mí misma que aún me quedaba algo de valor, que lo sucedido aquella terrible noche en el valle del Holloway no me había convertido en una inútil. Y tras todas aquellas semanas de lluvia, estaba muy inquieta. Mi último intento por ser independiente y fuerte me había costado las yemas de los dedos. Y ahí estaba, ansiosa por intentarlo de nuevo, por hacerlo mejor esta vez, por recuperar algo de respeto por mí misma y quién sabe si también de los demás.
Los otros cuatro empezaron a cargar sus mochilas, moviéndose con rapidez y sigilo. Yo salí por una ventana lateral y desaparecí entre los eucaliptos para rodear el corral de las ovejas. Había un cinturón de árboles que se extendía a los largo de la colina, pendiente abajo, y que proporcionaba una buena cobertura. Me mantuve en su sombra hasta que el cobertizo de herramientas quedó entre los camiones y yo. Entonces, fui acercándome lentamente al cobertizo, utilizándolo al mismo tiempo como pantalla protectora. El problema era que la única entrada quedaba al este: de hecho, toda la parte este quedada al aire. Tendría que abandonar la protección de los árboles y dar la vuelta al cobertizo sigilosamente en dirección al único escondite que me quedaba: el depósito de agua que se alzaba en una esquina.
Llegar hasta allí fue una odisea. Lo que más me costó fue templar los nervios, contener el pecho, que parecía haber cobrado vida propia y que se hinchaba y deshinchaba como un grupo de gaitas. Tuve que apretar los puños, gritándome en silencio que debía recuperar el control, calmarme y prepararme para la parte más dura. Me arrastré a gatas bajo la base del depósito. Después, con una lentitud agonizante, avanzando milímetro a milímetro, saqué la cabeza y eché un vistazo por la esquina. No me importa decir que fue uno de los momentos en que demostré más valor en toda mi vida: un soldado podía haber aguardado a un metro de distancia. Pero estaba despejado; frente a mí solo se extendía el suelo de tierra, húmedo y marrón. Podía ver los camiones a unos cincuenta metros de distancia; desde donde estaba parecían enormes y mortíferos. Avancé un poco, girando algo más hacia la izquierda. Desde esa posición alcanzaba a ver el interior del oscuro y profundo cobertizo de herramientas. Había un tractor y un cabezal de cosechadora, y también un vehículo destartalado. Más al fondo había un montón de balas de lana almacenadas. No pude ver a nadie, pero oí un tintineo de herramientas y un murmullo de voces que venía de la esquina más alejada.
Vacilé unos cuantos segundos más y luego respiré hondo. Clavé los pies en el suelo, como si estuviese en la pista de atletismo aguardando a que sonara el pistoletazo de salida. Entonces, salí corriendo en silencio hacia las balas de lana, utilizando el tractor como pantalla. Si hubiese tenido un pompón blanco en el trasero, cualquiera me habría confundido con un conejo. Alcancé mi objetivo sin ningún contratiempo y aguardé, temblando, contra la suave superficie de una bala. Seguía oyendo las voces, que subían y bajaban como las aguas de un río. No pude distinguir las palabras, pero sí que hablaban mi idioma. Empecé a deslizarme a lo largo de la hilera de balas, sin perder de vista la entrada por si aparecía alguien. Al llegar al final de la hilera, me detuve de nuevo. Ya podía oír las voces con total claridad. Estaba temblando y sudando. Las lágrimas me inundaron los ojos en cuanto reconocí una de ellas. Era la de la señora Mackenzie, la madre de Corrie. Mi primer impulso fue sentarme y ponerme a berrear como un bebé. Pero sabía que no podía permitirme semejante gesto de debilidad. Aquello quedaba reservado para los viejos tiempos, los días de inocencia, cuando vivíamos una vida apacible. Y esos días se abrían acabado, al igual que los pañuelos de papel, las bolsas de plástico de los supermercados y los tarros de crema hidratante, todos aquellos lujos inútiles que dábamos por sentados antes de la guerra. Y no solo eso, sino que además nos parecían importantes. Ahora me resultaban tan ajenos y extraños como el lujo de llorar de alegría al reconocer una voz familiar.
La madre de Corrie. La señora Mackenzie. Me había tomado mil tazas de té y engullido cinco mil bollos a la mesa de su cocina. Ella me enseño a hacer caramelo, a envolver regalos y a enviar faxes. Con ella me desahogué cuando murió mi gato, cuando me enamoré del señor Hawthorne y cuando le confesé mi primer beso. Y, cuando mis padres se ponían muy pesados o intransigentes, era ella quien me secaba las lágrimas, como si entendiera perfectamente lo que sentía.
Observé asomándome por las balas. Tenía una buena perspectiva de la esquina del fondo del cobertizo: daba al banco de trabajo sobre el que, en la pared, colgaban ordenadamente varias herramientas. No había electricidad, la zona estaba sombría, lúgubre, aunque podía ver a las dos personas que trabajaban en el banco. Un hombre que me daba la espalda trasteaba algo. No pude reconocerlo desde detrás, y tampoco me interesé demasiado por él. Fue la señora Mackenzie quien captó toda mi atención. La miré con avidez y de pronto, sentí una punzada de incredulidad en el estómago. La veía de soslayo; estaba limpiando un carburador con un cepillo de dientes. La penumbra le envolvía el rostro, pero no podía creer que se tratase de ella. Aquella era una mujer mayor y delgaducha, con el pelo gris, largo y enmarañado; mientras que la señora Mackenzie era una persona de mediana edad, entrada en carnes y pelirroja, como su hija. Seguí mirándola; la decepción dejó pasó a la rabia. Hasta llegué a pensar que no se trataba de ella. Pero poco a poco, cuanto más la observaba, más empezaba a reconocer los rasgos de a señora Mackenzie en las facciones de aquella mujer, en su modo de moverse. De repente, dejó el cepillo de dientes, se apartó el pelo de los ojos y cogió un destornillador. Y en ese movimiento de su mano apartándose el pelo reconocí a la madre de Corrie. Embargaba por el amor y la conmoción, la llamé:
—¡Señora Mackenzie!
Ella soltó el destornillador, que hizo ruido al caer y rebotar contra el suelo. Se volvió sobre sí misma, boquiabierta, una expresión que hacía su cara más delgada y alargada todavía. Pálida, se llevó la mano a la garganta.
—Oh, Ellie.
Por un momento pensé que se iba a desmayar, pero solo se apoyó con un movimiento rápido y pesado sobre el banco, antes de llevarse la mano izquierda a la frente y cubrirse los ojos. Quería salir corriendo hacia ella, pero sabía que no podía. El hombre, tras echar un vistazo a los camiones, dijo:
—Quédate ahí.
Aquello me irritó, porque ya lo había decidido por mí misma, pero no dije nada. Ya sabía que había cometido un error al gritar. La señora Mackenzie se agachó para recoger el destornillador, pero tuvo que inclinarse hasta tres veces, y me dio la impresión de que no veía bien. Entonces, me miró ansiosamente. Estábamos a escasos metros de distancia. Lo mismo habrían dado cien kilómetros. 
—Corrie, ¿estás bien? —preguntó.
Me asombró que me llamase Corrie y que no pareciera darse cuenta del desliz. Pero procuré actuar con naturalidad.
—Estamos bien, señora Mackenzie —susurré—. ¿Cómo está usted?
—Ah, estoy bien, estamos todos bien. He perdido un poco de peso, Ellie, eso todo… Pero al fin y al cabo hace años que me hacía falta.
—¿Cómo está Corrie?
Volví a sentir aquella horrible sensación que me encogía el pecho. Pero tenía que hacerle la pregunta. Y la señora Mackenzie acababa de llamarme por mi nombre, por lo que pensé que había llegado el momento. Sin embargo, tardó un rato en contestar. Parecía medio dormida, cosa que me extrañó. Aún seguía apoyada en el banco de trabajo.
—Está bien, Ellie. También ha perdido bastante peso, seguimos esperando a que despierte.
—¿Cómo están mis padres? ¿Cómo están todos?
—Tus padres están en buena forma —dijo el hombre. Yo seguía sin saber quién era—. Hemos pasado unas cuantas semanas malas, pero tus padres están bien.
—¿Unas cuantas semanas malas? —pregunté.
La conversación discurría mediante apresurados susurros, acompañados por muchas ojeadas a los camiones.
—Hemos perdido a bastante gente.
—¿«Perdido»? —Casi me atraganto con la pregunta.
—Ese hombre nuevo…
—¿De quién habla?
—De ese paisano nuestro que han reclutado fuera de la ciudad. Un «tizas», creo. Se dedica a interrogar a la gente y, cuando termina con ellos, a muchos se los llevan.
—¿Adónde?
—¿Cómo vamos a saberlo? Ellos no van a decírnoslo. Lo único que podemos hacer es rezar para que no sea al pelotón de fusilamiento.
—¿Y a quiénes interroga?
—Bueno, empezó con los reservistas del Ejército. Sabía muy bien quiénes eran. Después les tocó a los agentes de policía, a Bert Heagney y a un par de profesores tuyos. A cualquiera que tuviera la menor capacidad de liderazgo, ¿me entiendes? No nos conoce a todos, pero sí a muchos. Si tres de las cinco personas a las que interroga al día están de vuelta al anochecer, nos podemos considerar afortunados.
—Pensaba que ya había chivatos en el recinto ferial —apunté.
—Este hombre es diferente. Hay gente que les hace la pelota a los invasores, pero la cosa no llega hasta tal extremo. No les ayudan en los interrogatorios. No como ese hijo de perra.
Al acabar la frase, la voz del hombre se cargó de tanto odio que, bruscamente, subió el tono. Yo me agazapé en las sombras durante un momento, pero nadie apareció. Sabía que tendría que irme pronto, pero deseaba que la señora Mackenzie me contara algo más. Se la veía demacrada, cansada y pálida.
—¿Cómo está la familia de Lee? —pregunté—. ¿Y la de Fi? ¿Y la de Homer? ¿Cómo están los padres de Robyn?
La señora Mackenzie se limitó a asentir con la cabeza.
—Están todos bien —respondió el hombre.
—¿Por qué los han traído aquí? —pregunté.
—Quieren tenerlo todo listo. En los próximos días, los colonos se instalarán aquí. Debéis andaros con mucho ojo, chicos. Ahora hay cuadrillas de prisioneros por todos lados. Esperamos la llegada de cientos de colonos.
Sentí nauseas. Nos estaban acorralando. Quizás algún día no me quedase otra que aceptar lo impensable, lo inconcebible: que fuésemos esclavos durante el resto de nuestras vidas. Un futuro sin porvenir, una existencia vacía de vida. Pero no era el momento de pensar en ello, sino de actuar.
—Tengo que irme, señora Mackenzie —dije.
Para mi horror, prorrumpió de súbito en escandalosos sollozos. Me dio la espalda, se desplomó sobre el banco de trabajo y, al echarse a llorar, volvió a dejar caer el destornillador. Lloraba y gritaba al mismo tiempo. El efecto fue igual que si me aplicaran un electrochoque de doscientos cuarenta voltios en el cuero cabelludo. Era como si, en un instante, acabaran de raparme el cráneo al cero. Asustada, reculé deprisa; corrí hasta el otro extremo de la hilera de balas y me agaché detrás. Oí abrirse la puerta de un camión antes de que un soldado irrumpiese en el cobertizo.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—No lo sé —dijo el hombre, bastante convincente, como si todo aquello no le importarse demasiado—. Se ha echado a llorar sin más. Apuesto a que son esos puñeteros carburadores suecos. Cualquiera que se echaría a llorar con ellos.
Agazapaba en la oscuridad, casi sonreí.
No pareció ocurrir nada durante un momento. El único sonido que me llegaba era el de los sollozos de la señora Mackenzie, que ya eran más silenciosos. La oí tragar saliva mientras intentaba llenar sus pulmones de aire, retomar el control.
—Vamos, querida —dijo el hombre.
Oí más pasos, que deduje que eran del soldado y que se alejaron del cobertizo para encaminarse hacia la casa.
—Ya puedes irte, Ellie —dijo el hombre cono tono neutral, como si estuviese hablando a la señora Mackenzie.
No me quedaba otra que confiar en él, así que emprendí la retirada sin decir una palabra, doblé la esquina del cobertizo, pasé de largo el depósito y me adentré en la vegetación. Me reuní con los árboles con la alegría del que se reencuentra con sus amigos, con su familia. Me escondí detrás de uno de ellos durante un momento y me quedé abrazada a su tronco mientras recuperaba el aliento. Después, subí penosamente la cuesta para reencontrarme con mis amigos. 

Capítulo 14
Vimos a los colonos por primera vez solo dos días después. Estuvo lloviendo sin parar, y nos resguardamos en las dependencias de los esquiladores, acurrucados bajo la madera que crujía, gimoteaba y rezongaba. El agua caía en ráfagas que repiqueteaban sobre el tejado de hierro galvanizado, como si alguien nos arrojara piedras encima. Manteníamos turnos de vigilancia que cubrieran las veinticuatro horas del día, pero el tiempo era tan pésimo que las cuadrillas no regresaron. Fuimos a inspeccionar lo que habían hecho: la casa estaba limpia y recogida; las camas, hechas. Todo estaba listo para que unos forasteros, unos intrusos, vinieran a quedarse. Me asustaba y me enfurecía imaginarme a esa gente durmiendo en la cama de los Holmes, comiendo en su cocina, recorriendo sus prados, sembrando semillas en su propiedad. Supuse que nuestra granja correría la misma suerte.
Dejó de llover dos días después. Aun así, el cielo permaneció gris; el aire, frío; el suelo, empapado y fangoso. Decidimos regresar a la casa de Chris en cuanto tuviésemos la oportunidad, por si había regresado. Al anochecer, pese al frío y al mal tiempo, nos pusimos en marcha abriéndonos camino campo a través. Las carreteras eran demasiado peligrosas a aquellas horas, pero sabíamos que podíamos rodear Wirrawee y alcanzar sin demasiados contratiempos Meldon Marsh Road, lo que nos situaría en las proximidades de la casa de los Lang.
Buena parte de la caminata transcurrió en silencio. Dos días más de confinamiento no habían ayudado a levantar los ánimos. Fue un gustazo encontrarse en campo abierto y respirar por fin el aire. Al cabo de los dos primeros kilómetros sentí que empezaba a relajarme. Cogí a Lee de la mano durante un rato, pero se hacía difícil caminar así a oscuras. Tras varios tropiezos, vimos que necesitábamos tener las manos libres para no perder el equilibrio. Me rezagué, dejando a Lee a su aire, y charlé con Robyn sobre películas, tanto las que nos habían gustado como las que no. Tenía muchísimas ganas de volver a ver una peli; mirar una enorme pantalla en una sala oscura y ver hermosos y elegantes personajes diciéndose cosas inteligentes y románticas. Supuse que aún seguirían haciéndose y viéndose esas películas en otras partes del mundo, pero me costaba un montón asimilarlo.
Bordeamos Wirrawee y nos adentramos en Melton Marsh Road. Eran las diez pasadas, y pensamos que ya podíamos transitar por la carretera sin peligro. Era un alivio poder andar por la calzada, y avanzamos mucho más rápido. Sin embargo, a aproximadamente dos kilómetros de donde vivía Chris, vimos una casa con las luces encendidas. Nos quedamos de piedra: no sospechábamos que las casas de la zona rural volvieran a estar conectadas a la red eléctrica. Nos detuvimos y oteamos en silencio. No era una noticia alentadora. En cierto modo, debería haber sido reconfortante ver algo que nos recordara tanto a los viejos tiempos. Sin embargo, las cosas eran distintas ahora. Nos habíamos acostumbrado a ser animales salvajes, a errar de noche por campos oscuros, a vivir sin normas por un territorio sin normas. Pero si los colonos se propagaban por las granjas; si las reivindicaban con sus luces, su electricidad y su propia forma de civilización, nos obligarían a retroceder cada vez más lejos de sus confines y a mantenernos ocultos entre las rocas, en cuevas y escondrijos.
Sin mediar palabra, nos acercamos a la casa. Éramos como polillas humanas. Yo no había estado nunca allí, pero era un lugar acogedor, de ladrillo, con grandes ventanas y al menos tres chimeneas. La casa estaba rodeada de frondosos árboles y precedida por un bonito jardín de forma geométrica y con rebordes de ladrillo. Esos mismos rebordes me pusieron a prueba: tras varios días sin dolores, sentí una punzada en la rodilla en cuanto pisé un ladrillo. Logré recuperar el equilibrio y pude comprobar que la rodilla me seguía respondiendo. Alcancé a los demás, que estaban agolpados detrás de un árbol, mirando hacia una de las ventanas iluminadas. Mala idea, pensé. Un enemigo armado podría quitarlos a todos de en medio en un abrir y cerrar de ojos. Cuando llegué al árbol y se lo advertí, se sobresaltaron, pero en seguida se dispersaron para ponerse a cubierto detrás de otros árboles.
Rodeé la mansión por el ala este; me topé con un pimentero con unas estacas clavadas que conducían a una cabaña para niños. Subí la escalera y me senté en la primera horca, desde donde tenía una perspectiva en picado de la cocina. Con un sentimiento de amargura observé a las tres mujeres que se afanaban allí dentro. Se las veía bastante cómodas. Estaban reorganizándolo todo: habían sacado de los armarios todos los tarros, platos, cacerolas y latas, que ahora atiborraban mesas y encimeras. Limpiaban y apartaban cosas, y se detenían de cuando en cuando para examinar más detenidamente algún objeto, o para llamar la atención de las demás sobre él. Parecía fascinarles un artilugio con palancas de plástico de color naranja concebido para abrir las tapas de los botes. Supongo que no conseguían averiguar para qué servía: primero pasaron los dedos por la abertura central y los menearon; luego, hicieron ademán de utilizarlo para desenroscarse la nariz las unas a las otras. Reían mucho. Desde fuera de la casa apenas podía oír sus voces, pero sonaban agudas, estridentes, algo gangosas, diría. En cualquier caso se lo estaban pasando en grande, por lo visto. Parecían muy felices y entusiasmadas.
Al mirarlas, experimenté todo un cóctel de sentimientos: celos, ira, miedo, abatimiento… No podía aguantar más la escena. Me deslicé desde lo alto del árbol, me uní a los demás y nos escabullimos por el jardín para regresar a la carretera.
Intercambiamos información mientras avanzábamos, y llegamos a la conclusión de que había al menos ocho adultos en aquella casa. Hasta entonces había supuesto que instalarían a una única familia en cada granja, pero tal vez les pareciese una excentricidad que tan poca gente dispusiera de tanto terreno. Tal vez pretendieran construir casas por todo el valle de Wirrawee, asignando una parcela por familia, para practicar una agricultura intensiva. Yo no sabía como encajaría la tierra semejante cambio. Claro que puede que fuéramos nosotros quienes no la explotábamos lo suficiente.
Avanzábamos cansadamente, en silencio, absortos en nuestras respectivas cavilaciones, teorías e ilusiones. Para cuando llegamos a casa de Chris, era pasada la medianoche. Pese a que no había luz encendida, extremamos las precauciones, por si había colonos durmiendo en el interior. Pero yo ya estaba harta de andar de puntillas.
—Emprendámosla a pedradas contra el techo —sugerí, acordándome de la lluvia sobre el hierro galvanizado del cobertizo de la familia de Kevin. Todos me dirigieron miradas compasivas, pero yo seguía en mis trece. Estaba harta de andar merodeando, escondiéndome y huyendo—. No, en serio —insistí—. ¿Qué puede pasar? Si hay gente ahí dentro, no van a salir en plena noche a disparar sin ton ni son. No serían tan estúpidos. Aquí no faltan sitios para ponernos a cubierto, y luego podremos escapar rápidamente si es necesario.
Mi poder persuasivo era mejor de lo que creía. Tardé treinta segundos en convencerlos. No sabía muy bien de qué (esa sugerencia la había hecho medio en broma), pero dar marcha atrás ahora me habría puesto en entredicho. Eso es lo que pensaba, contrita, mientras recogía tantas piedras como podía llevar. Determinamos un sitio donde reunirnos en caso de que las cosas se torcieran, y rodeamos la casa. A la señal que dio Homer, un prolongado, sonoro y espeluznante «cuiiiií», empezaron a volar los proyectiles. Fue bastante emocionante. Un escuadrón de zarigüeyas calzadas con tacos de fútbol y empujando a toda velocidad un carrito de la compra defectuoso podrían haber armado el mismo alboroto, pero para eso tendrían que haberse empleado a fondo. Me batí en retirada deprisa, mordiéndome el labio inferior de asombro, y casi llegué a arrancármelo de cuajo al tropezar con una silla de jardín. Desde luego, mis tobillos y espinillas siempre acababan recibiendo durante aquellas expediciones nocturnas. Un buen minuto después de la lluvia de piedras, un último proyectil vino a estamparse contra el tejado a modo de propina inesperada. No se oía el menor murmullo dentro de la casa que, después de aquello, con total seguridad estaba libre de ocupantes.
Nos juntamos nuevamente cerca de la entrada principal. Cuando Homer confesó haber tirado la última piedra, lo mandamos a echar un vistazo por la ventana de la cocina.
—Está demasiado oscuro para ver gran cosa —refunfuñó. Y entonces, tras examinar el lugar un poco más, añadió—: Creo que está igual que la última vez, cuando le dejamos la nota a Chris. Yo diría que por aquí no ha pasado nadie.
Y efectivamente, así era. Fue una constatación descorazonadora. Comprobamos la vieja pocilga donde Chris se había refugiado los primeros días de la invasión, pero tampoco encontramos la menor señal de vida. Cansados y decepcionados, acabamos alrededor de la polvorienta mesa de la mohosa cocina. El subidón que nos había dado la sesión de pedradas contra el tejado había durado más bien poco. Nos sentíamos muy decepcionados por lo de Chris, muy impotentes. Todas las conjeturas acerca de su paradero eran deprimentes. Estaba enfadada conmigo misma por no haber caído en preguntar si sabían algo del asunto a la señora Mackenzie y al hombre del cobertizo de herramientas. Ese día estaba demasiado confusa y nerviosa. Encontré mi único consuelo en un comentario que hizo Robyn. Según ella, si Chris había sido detenido y llevado al recinto ferial, los dos adultos lo habrían mencionado.
—Bueno, suele decirse que la ausencia de noticias es una buena noticia —suspiró Fi.
—Te acabas de lucir, Fi —repuse yo con brusquedad—. Debe de tratarse de la expresión más estúpida jamás inventada.
Fi pareció dolida. Ya era la una de la madrugada pasada, y todos estábamos cansados. Y el frío también empezaba a arreciar.
—No podemos hacer mucho más —terció Homer—. A decir verdad, lo más probable es que… odio decir esto… que haya muerto.
Todos censuramos sus palabras con bramidos de indignación. Ya habíamos contemplado esa posibilidad, claro está, pero darle voz era una aberración. Una idea demasiado aterradora y horripilante para que alguien la expresara. Puede que nos asustara que, al decirlo de viva voz, se hiciese realidad, ocurriese de verdad. Yo ya había aprendido mucho sobre el poder de las palabras.
—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Lee—. No podemos quedarnos aquí.
—Sí que podemos –repuso Fi.
—No creo que sea muy seguro —apuntó Homer—. Y con esos colonos carretera arriba, aquí al lado… No sabemos hasta qué punto se han extendido a este lado del pueblo. Puede que mañana lleguen hasta la casa de los Lang.
—Pero es muy tarde, y estoy muy cansada. Y tengo frío. ¡Estoy tan harta de todo! —dijo Fi. Se sentó a la mesa y hundió el rostro entre los brazos.
Compasivo, Lee le dio unas palmaditas en la cabeza. Los demás estábamos demasiado cansados para hacer nada.
—Podemos quedarnos unas cuantas horas más —propuso Homer—. Pero tenemos que marcharnos antes del amanecer. Prefiero tener un buen descanso más tarde que uno pésimo ahora.
Guardamos silencio, pendientes de Fi, con la esperanza de que acabara cediendo por solidaridad.
—Venga, vale —dijo por fin, enfadada, antes de apartar la mano de Lee y ponerse en pie—. ¿Y adónde iremos entonces?
—Vamos a Wirrawee —sugirió Homer en el acto—. Hace un siglo que no hemos estado en el pueblo, y deberíamos ver cómo pintan las cosas, si hay algo que podamos hacer allí. Si nos ponemos en marcha ahora, llegaremos antes del amanecer. Estábamos demasiado cansados como para discutir. Y de todas maneras, nadie tenía más ideas. Me entusiasmaba bastante ir a Wirrawee. Deseaba estar todo lo cerca posible de la civilización. No quería volver a ver el Infierno durante una buena temporada.
Diez minutos después de salir de la casa de Chris, empezó a llover otra vez. Lo más inteligente hubiese sido dar la vuelta, desandar lo andado y buscar un cobertizo en el que resguardarnos, pero nadie lo sugirió siquiera. Supongo que, después de habernos decidido y puesto en camino, nos negábamos a plantearnos cualquier alternativa. Así pues, nos arrastramos por el camino, en silencio, cada vez más y más empapados. Estaba muy oscuro, pero podíamos andar por la carretera sin miedo a que nos interceptaran, por lo que proseguimos sin demasiados problemas. No recuerdo que intercambiásemos una sola palabra desde que salimos de la casa de Chris hasta que llegamos a Wirrawee.
Alcanzamos la casa de la profesora de música al romper el alba. La acuosa luz gris de levante apenas se distinguía de las tinieblas de la noche. Los cuatro permanecimos en el jardín, escondidos detrás de los árboles, tiritando, calados y chorreando, mientras Homer comprobaba que la casa estuviese vacía. Me pregunté de dónde sacaría la energía; parecía tener más que yo, más que nadie. Por fin nos hizo una señal para que entráramos. Nos arrastramos penosamente hacia dentro, chapoteando. Buscamos toallas y mantas, y nos desvestimos en el cuarto de baño de arriba. Homer se ofreció a hacer de vigilante, y nadie se lo discutió. Robyn y Fi compartieron una cama; yo ocupé otra, en la habitación contigua. Lee desapareció por el pasillo y entró en el cuarto del fondo. Solo quedaba confiar en que no llevasen a cabo una redada en la casa mientras íbamos en pelotas, aunque no había el menor indicio de que alguien hubiese estado allí desde nuestra última visita.
Me acosté y, como a menudo ocurría, tras haber esperado toda la noche el momento de echarme en la cama a dormir un poco, me fue imposible conciliar el sueño. Nunca me había sentido tan despierta. La rugosa manta de lana me rascaba la piel, aunque no de una forma desagradable; tenía un tacto tosco, primitivo. Durante un buen rato no conseguí entrar en calor. Apreté las piernas la una contra la otra, me hice un ovillo bajo las mantas para calentarme. Al final quedé completamente tapada. Crucé los brazos y me puse las manos debajo de las axilas. Un hormigueo me recorrió la piel conforme la sangre volvía a circular, hasta que solo mis pies seguían fríos. Coloqué el derecho sobre el izquierdo con la esperanza de que se descongelaran. Por fin sentí todo el calor, el abrigo y la comodidad que echaba en falta desde hacía tanto tiempo, y pronto mi relajación fue total. Estaba en la gloria allí tumbada cuando oí un susurro:
—¿Estás despierta?
Asomé la cabeza fuera, sobresaltada. Me sentí como una zarigüeya que sale del tronco de un árbol; sabía que tenía los ojos desorbitados y el pelo despeinado por la manta, así que probablemente también pareciese una zarigüeya.
Era Lee.
—Otra vez te has transformado en oruga.
—Más bien en zarigüeya, ¿no?
—Bueno, también. ¿Me harías un sitio ahí dentro?
Estaba envuelto en una manta, tiritando de frío. Sus ojos marrones me miraban suplicantes. Sentí una cálida oleada de excitación, pero intenté ocultarla.
—¡No! —dije—. No llevo nada debajo de las mantas.
—Eso esperaba. Yo tampoco llevo nada más.
—¡Lee!
—Por favor…
—Que no. Bueno, puedes echarte encima de la cama, pero eso es todo —dije mientras se abalanzaba de un brinco sobre mí—. Y olvídate de intentar engatusarme para conseguir nada más.
—Pero mi encanto y mi personalidad…
—Sí, sí, ya me los conozco.
Se acomodó a mi lado, con la cabeza sobre el brazo derecho; me miraba, pensativo, esbozando una sonrisa.
—¿En qué estás pensando? —me preguntó en seguida.

—Pues…—Me había tomado por sorpresa. Era demasiado excitante tenerlo tan cerca. Estaba empezando a ponerme caliente debajo de las mantas—. Creo que prefiero no contestar. 

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