Capítulo 15
—No tiene justificación, Issi, agradezco
que quieras interceder, pero lamento decirte que tu amigo es un imbécil y que
me ha ofendido de todos los modos posibles.
—Lo sé... —Ralph agarró la taza de té y
tomó un trago. Estaban en el aeropuerto de Heathrow, él a punto de coger un
avión y ella haciendo un último intento por detenerlo—. No quiero justificar
nada, pero quería saber como estabas y en qué condiciones te ibas.
—Habíamos planeado una dulce Navidad en
casa, como una familia, que es lo que Mike quiere, y mira, el muy hijo de puta
besándose en mi propio cuarto de baño con ese armario de tres puertas. Es
increíble. ¿Sabes cuanto me ha costado conseguir un vuelo para Nueva York? Una
fortuna, el precio de varias vacaciones juntas.
—Me lo imagino. Ralphy, te comprendo,
creéme —Se inclinó y le acarició la mano, él le apretó los dedos y se le
llenaron los ojos de lágrimas—. En tu caso haría lo mismo. Tú despejate en
casa, con tu gente y ya hablaréis.
—No sé si podré, se ha portado fatal,
llevaba días parloteándome sobre ese tal Taylor, le pregunté si le gustaba y me
lo negó, y en nuestra primera Navidad juntos en Londres, me hace esto, es
horrible.
—Lo sé, lo siento.
—Gracias por venir, Issi.
—No podía dejar que te fueras así.
—¿Cómo estás?
—Bien, gracias.
—¿Y Ronan?
—En Dublín, lleva dos días haciendo galas
benéficas y festivales, y todo eso que hace en Navidad. Viene el veinticuatro
por la tarde.
—¿Y las fotos?
—¿Qué fotos?
—¿No te lo han dicho? Anne Phillips lo
comentó en la fiesta, antes de que le pegara un puñetazo a ese Taylor. —Issi
frunció el ceño y negó con la cabeza—. Le habían contado que Ronan era portada
hoy o mañana de una revista, con otra chica... ¿Issi? Lo siento, no pensé...
—¿Otra chica? —Se puso pálida y el
corazón le saltó literalmente en el pecho—. ¿Dónde?
—Oye, lo siento. Bueno, estáis
separados, tú dices siempre...
—No, está bien, es que no me lo
esperaba... —Tenía náuseas pero las disimuló y se puso de pie—. No sé nada, iré
a buscar la revista.
—Yo te acompaño, vamos, tranquila.
Ralph la abrazó por los hombros y se fueron
directamente a un quiosco de periódicos. Issi no quería llorar, y le costó un
enorme esfuerzo llegar a la tienda y simular tranquilidad mientras buscaban las
revistas, le temblaba el pulso y la cabeza le daba vueltas pensando en qué
haría si realmente Ronan estaba saliendo con otra o si se había acostado con
otra. Era una traición, una infidelidad, aunque nadie más que ellos lo
supieran, y empezó a temer que vomitaría en la sala de espera de Heathrow de un
momento a otro si no lograba aclarar enseguida el asunto.
—Aquí está —añadió Ralph.
—Dios mío. —Issi se pasó la mano por el
pelo—. No era portada, pero en una ventanita de la parte inferior izquierda de
la revista se podía leer Ronan y
justo debajo unas fotos de su marido abrazado a una mujer muy guapa y
pelirroja. Iban charlando y él se reía a carcajadas—. Madre de Dios, qué susto.
—¡¿Qué?! —preguntó Ralph viendo como
hojeaba la revista muy rápido hasta llegar al reportaje hecho en Irlanda, con
un Ronan muy alegre junto a esa chica alta y preciosa—. ¿La conoces?
—Sí, es mi cuñada Erin, la hermana
pequeña de Ron.
—¿Tu cuñada? Serán idiotas... —Ralph
soltó una carcajada y abrazó a Eloisse contra su pecho. Ella estaba blanca como
el papel y temblaba como una hoja—. Te has asustado de verdad, ¿eh?
—Ronan y yo hemos vuelto, Ralph. Nadie
lo sabe, y realmente creí que me la estaba jugando otra vez. Qué horror, Dios
mío, qué mal... —Se echó a reír a su vez viendo la cara de sorpresa de su
amigo—. Sí, hace un mes más o menos que estamos juntos, aunque cada uno en su
casa y nadie sabe nada, nadie salvo Aurora y ahora tú, que espero me guardes el
secreto.
—¿Habéis vuelto? Ya decía yo que estabas
radiante. Me alegro mucho por los dos, ¿no lo sabe ni siquiera Mike?
—Nadie, de momento.
—Bueno, pues enhorabuena, espero que
esta vez sea maravilloso, Issi, os lo merecéis. Y dame otro abrazo, debo irme.
—Nos llamamos, ¿vale? Y avísame cuando
vuelvas, vendré a buscarte.
Se quedó en el control de pasaportes con
la revista en la mano y viendo alejarse a Ralph, con su abrigo largo y su
aspecto impoluto de alto ejecutivo, y la cabeza gacha. Se le llenaron los ojos
de lágrimas diciéndole adiós con la mano al verlo tan abatido, sin saber si
volvería pronto o si conseguiría perdonar a Michael. Eloisse quería a Ralph
Smithson como a un hermano, no solo era el novio de Mike, sino también un buen
amigo leal y muy amable con ella, un señor en toda regla, y se le partía el
alma pensar que tal vez lo estuviera perdiendo para siempre.
—Hola —contestó al móvil subiéndose a un
taxi.
—¿Ya se ha ido?
—Sí, Mike, ya se fue.
—¿Y?
—Necesita pensar, está muy cabreado y
dolido, pero en Nueva York reflexionará, no te preocupes.
—¿Estás segura?, ¿crees que me
perdonará?
—Espero que sí, Micky, él te quiere.
—Vale, ¿has visto la prensa? Sacan a Ron
abrazado a Erín y dicen que es su novia.
—Acabo de verla, sí, es penoso.
—Habrá que enmarcarlo. ¿Vienes al
ensayo? Te estaré esperando.
—Ahora voy, llego en una media hora,
adiós.
Colgó mientras observaba la lluvia caer
a raudales sobre la carretera, se repantingó en el taxi y suspiró. Añoraba a
Ronan. Pensó en llamarlo, pero no hizo falta porque enseguida sonó el teléfono
y pudo oír su voz grave y cálida riéndose de la confusión de la revista, y
contándole el día duro que tenía por delante. Ella lo oyó con una sonrisa en la
boca, queriendo decirle una y otra vez que lo quería, aunque se limitó a
escucharlo, y a charlar cuarenta minutos hasta llegar al centro. Colgó y entró
en el teatro. Te amo, le susurró mirando una vez más las fotos de la revista,
la agarró y la tiró en una papelera imaginándose que aquello serviría para
cerrar esa posibilidad, la sola posibilidad, de que Ronan quisiera alguna vez a
otra persona.
Capítulo 16
La campiña en Somerset es espléndida, un
buen lugar para esconderse en pleno invierno y pasar un par de días en un
hotelito victoriano, encerrados en la habitación, aislados del resto de mundo.
Eloisse lo había encontrado por Internet y a él le había encantado la
propuesta: ¿desnuda y preciosa solo para él? Una idea demasiado buena como para
no sacrificar agenda y compromisos por ella. Así que regresó de Dublín el
veintiséis de diciembre por la noche con los niños y el veintisiete estaba ya
esperándola en su coqueta suite, sin llamadas, sin teléfono, solos los dos,
aunque hubiesen tenido que mentir, otra vez, a todo el mundo sobre sus
respectivos planes.
Juntos habían disfrutado de la
Nochebuena y la mañana de Navidad, con los ojos de su suegro pegados a su
espalda, como si fuera un perro de presa, siempre ceñudo y con cara de pocos
amigos, pero bastaba con ignorarlo y concentrarse en disfrutar con los niños,
que cada año gozaban más de la fiesta. La comida de Navidad la habían hecho en
Dublín, en casa de su madre, mientras Issi se quedaba en Londres para trabajar,
y tras dos días en Irlanda, ahí estaba, adormilado y feliz, esperando a su
preciosa mujer en aquel hotel campestre cerca de Bath.
—¿Llevas mucho esperando, señor
Cavendish? —se abrazó a él y le besó el cuello. Ronan estiró la mano y le
atrapó el trasero respingón.
—Me quedé dormido, pero no llevo mucho
esperando. ¿Y qué es eso de los Cavendish? Casi me entra la risa.
—De haber reservado con tu apellido, hoy
habríamos tenido a varios paparazzi apostados en la entrada.
—Peor aún decir que me llamo Cavendish,
cuando la recepcionista sabe exactamente quien soy, Issi, eres un desastre como
espía.
—Oh, Dios, tienes razón.
—Qué más da... —Se giró y deslizó la
mano por debajo de su jersey comprobando que no llevaba ropa interior, fue como
recibir una descarga eléctrica y se excitó enseguida. Bajó la boca y le atrapó
un pezón con la lengua, Issi suspiró y se tumbó en la cama con la clara
intención de dejarse llevar sin mover un dedo. Ronan subió los ojos celestes y
le sonrió—. ¿Ahora vas por ahí sin sujetador?
—Solo si voy a verme en un hotel
contigo.
—Te estás convirtiendo en una chica muy
traviesa, Eloisse Molhoney.
—He tenido un buen maestro.
—¡Dios mío, qué hambre! —Sirvió más café
y observó como él leía el periódico muy concentrado. Habían pasado un día y una
noche abandonados a la sensualidad más absoluta, estaba muerta de hambre, y
desayunaba pensando en la pereza que le daba regresar a Londres con ese clima—.
Deberíamos salir pronto, el temporal es cada vez peor.
—Mmm.
—Conduzco yo.
—Mmm.
—¿Mmm? Qué suerte, conduciré yo tu
adorado coche. —Él apartó el periódico y le sonrió con esa cara de niño
travieso. Era exacto a su hijo Alex y Eloisse se enterneció, estiró la mano y
le acarició el pelo—. Es asombroso lo mucho que te pareces a Alexander.
¿Quieres más café?
—Él se parece a mí, y vale, más café por
favor. Me gustaría ir a esquiar con los niños en enero. Tengo unos días libres
después del quince y creo que ya podrán disfrutar de la nieve.
—Sí, es buena idea.
—¿Y tú, princesa?
—Me quedaré trabajando, supongo. No me
mires así, sabes que no puedo. Tú móvil está sonando. —Le sirvió café y miró
por la ventana como el viento doblaba los árboles cargados de hielo.
—Hola, Paul, sí desayunando con Issi.
Muy bien, es un sitio muy agradable, te daré las señas... —Eloisse lo miró con
los ojos muy abiertos, pero él la ignoró mientras hablaba de un concierto y no
sé cuantas cosas más, hasta que colgó y le prestó atención—. Tuve que contarle
a Paul que iba a estar contigo, princesa. No puedo desaparecer un día y una
noche, dos veces este mes sin darle una explicación. Es mi manager. Además, se
alegró muchísimo y guardará el secreto.
—Muy bien.
—Es un buen tipo y muy discreto.
—Sí, si fuera Max diría que estás loco
por querer volver conmigo.
—¿Max? ¿Por qué iba a decir eso?
—Prefería una mujer más sumisa y dócil
para ti, lo sé y si era irlandesa, mucho mejor.
—¿Tú crees?
—Oh, sí, conozco a Max Wellis... —Se
puso de pie mientras recogía las últimas cosas, pero Ronan tiró de ella y la
sentó en su regazo para darle un beso en la boca y mirarla de cerca.
—Max me dijo que había sido un estúpido
por no haber sabido cuidar de ti, porque eras lo mejor que me había pasado en
la vida y además estaba muy impresionado de que me apoyaras cuando ingresé en
el centro y durante mi recuperación. Así que estás muy equivocada, princesita.
—¿Ah, sí? Pues...
—Muy equivocada —Subió la mano por
debajo de su camiseta para acariciar esa piel de porcelana de la que no se
saciaba jamás, pero ella se levantó de un salto.
—No, mi amor, me gustaría llegar con
tiempo de ver a los niños antes de tener que ir al teatro y si nos
entretenemos, con este clima...
—Diez minutos —empezó a decir y seguirla
por el cuarto— puedo ser muy eficaz y rápido si me lo propongo.
Bajaron media hora después con sus
respectivas mochilas y muy abrigados. Issi se acercó a la recepción para pagar
la estancia y Ronan entregó las llaves a un empleado para que le llevaran el
coche. Estaba lloviendo y Eloisse se quedó mirando el panorama por la ventana
unos minutos, hasta que una mano se le posó en el hombro. Se giró pensando que
se trataba de Ron y se sorprendió muchísimo al ver que era Emma Capshaw, la
ayudante de Liam, la que la abordaba con una gran sonrisa.
—¿Eloisse? ¿Qué haces por aquí?
—Hola, Emma. ¿Y tú?
—La despedida de soltera de una amiga.
¿Vienes con los niños?
—No, sin niños.
—¡Princesa! —Ronan se asomó al hall para
llamarla y Emma se quedó helada al ver que era el mismísimo Ronan Molhoney
quien llamaba a su mujer. Le sonrió, pero él la ignoró completamente pendiente
de Issi, que se sonrojó como una colegiala.
—Bueno, Emma, me voy, encantada de verte
y pasadlo bien.
—Sí, gracias, adiós.
Emma se acercó a la salida, sin poder
evitar espiarlos, y los vio subir juntos al todoterreno negro y acelerar para
salir hacia la carretera. Menuda sorpresa y menuda noticia, pensó sin poder
moverse.
—¿Qué pasa?, ¿has visto a un fantasma?
—Una de sus amigas se puso a su lado y la abrazó por los hombros.
—¿Sabes quién es Ronan Molhoney?
—Claro, ¿quién no? ¿Estaba aquí y me lo
he perdido?, ¿está tan bueno en persona?
—Mucho más guapo, pero ¿sabes qué?
Estaba con su mujer, con Eloisse, la bailarina por la que babea mi jefe desde hace
años.
—¿No estaban separados?
—Pues parece que ya no. Gran noticia,
¿no?
Dos horas después contaba la anécdota a
Julia Watson, su amiga reportera, que trabajaba para el News of the World. Emma se arrepintió de inmediato de ser tan
indiscreta, y andar contando aquello, pero ya era demasiado tarde. Julia la
agarró de la mano y se la llevó a un rincón del comedor.
—¿Estás segura?
—Sí, hablé con ella.
—¿Pero que él era Molhoney? —Emma
asintió—. Es un bombazo. ¿Es cierto entonces que se han reconciliado?
—¿Y qué más da, Julia?
—¿Cómo que qué más da? ¿Sabes lo que me
pagarían por unas fotos de los Molhoney reconciliados, de la mano o saliendo de
un hotel como este? Ni te lo imaginas, pero debemos tener cuidado, con la
cagada que hicieron con las fotos de Irlanda... Tú hablas mucho con ella, Em,
solo dime si tienen planes de viajar o si te comenta algo y nos pondremos con
ellos. De hecho llamaré a Phil para que aposte a Kevin de guardia en su casa
ahora mismo.
—¿Sabes que pasará si mi jefe se entera
de que yo te he dicho algo?
—¿Y sabes que pasará cuando se convenza
de que no tiene posibilidades con la señora Molhoney? —Emma se sonrojó y bajó
los ojos—. Eso es, que tendrá que mirar para otra parte y a lo mejor tienes
suerte, amiga.
—No lo creo.
—Yo sí, ¿por qué no? De momento quitemos
a Eloisse Molhoney del mercado y hagamos un bonito reportaje de la
reconciliación con su guapo marido. Voy a llamar a mi gente y tú abre los ojos,
Em, podemos forrarnos con esto, créeme.
Quince minutos después un paparazzi
amigo de Julia se apostaba frente a la casa de Eloisse Molhoney en Londres,
aunque la bailarina vivía en una calle sin tráfico justo frente al Royal Opera
House, a dos pasos de Covent Garden y con muy mal tiro para la cámara. Era
imposible hacerla sin acribillarla con el flash, a quemarropa, y si lo hacía,
Ronan Molhoney se pondría hecho una furia, y podían acabar todos en la
comisaría, así que se limitó a pasear por la zona disimulando un poco y
pensando en que si la pareja entraba de la mano o abrazados por la puerta
principal del edificio, sacaría la cámara y los freiría a fogonazos porque el
reportaje valía la pena. Sin embargo, no los vio, porque ellos entraron
directamente en coche por el aparcamiento y cuando se lo contaron a Emma, al
día siguiente, ella primero sintió alivio, porque no quería que al final la
relacionaran con el asunto. Un alivio egoísta y momentáneo, justo hasta el
momento en que Liam Galway le habló de Eloisse en unos términos que le
provocaron unas ganas enormes de abofetearlo y pegarle un tiro a esa bailarina
estúpida y engreída que los dioses habían bendecido con una puñetera suerte que
daba asco.
—Es la primera vez que me pasa algo
semejante y no sé cómo reaccionar. —Liam entró en el despacho hablando por el
móvil y dejó la cajita de regalo encima de la mesa, al lado de Emma, como si le
quemara—. Ya sé que Eloisse es especial, Mike, pero solo es un regalo, ¿quién
devuelve un regalo? Lo de... está bien... ya hablaremos... adiós...
—¿Qué ha pasado?
—Una locura, Emma, la señora Molhoney me
acaba de devolver mi regalo de Navidad.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Dice que no le parece adecuado. —Tiró
la tarjeta que había incluido Issi en el sobre de la empresa de mensajería que
le había llevado el paquete y se desplomó en su butaca suspirando—. No me lo
puedo creer.
—¿Y qué es? —Emma abrio el paquetito y
comprobó que se trataba de un estuche de la joyería Harry Winston.
—Un broche.
—Un broche carísimo —susurró observando
la delicada joya, una bailarina de ballet de oro blanco, con una florecilla de
brillantes en el pelo.
—A Michael le regalé un reloj igual de
caro y no ha dicho nada... Y además, ella lleva un anillo de compromiso de
Harry Winston, pensé que le gustaría la firma... —bufó bastante aturdido y miró
los ojos brillantes de su asistente—. Son amigos míos desde hace muchos años,
no veo nada inadecuado en el regalo.
—Su anillo de compromiso lo compró su
marido, con lo cual, deducir que le gusta Harry Winston...
—Tal vez... pero... no es eso, lo que me
jode es saber, fehacientemente, que lo rechaza por prejuicios, por el
gilipollas de su marido y... —Se calló de golpe y encendió el ordenador
intentando parar de inmediato esa charla, que sí era totalmente inadecuada—. Da
igual.
—Yo nunca la he visto llevar joyas
—replicó Emma—, no se me hubiera ocurrido jamás comprarle una como regalo.
Además, las joyas suelen ser regalos muy personales, entre parejas o algo
similar.
—Habrá que llevarla de vuelta a la
joyería. ¿Te puedes ocupar, Emma, por favor?
—Claro. ¿Y ella qué te regaló por
Navidad? —preguntó por pura maldad y sonrió interiormente al ver la cara
desencajada de Liam.
—Nada, tampoco era necesario, la idea de
los regalos fue mía.
—Si no lo quiere es que no se lo merece,
Liam...
—No hay nadie que se lo merezca más, ese
broche parece hecho exclusivamente para ella, es perfecto, precioso y no creo
que haya nadie más adecuado para tenerlo.
—Hace unos días me la encontré en un
hotelito romántico —susurró sintiéndo náuseas de la rabia que le estaba subiendo
por el pecho—, saliendo con Ronan Molhoney, parecen muy felices otra vez.
—¿Cómo dices?
—Sí, en Somerset. Iban encantados y
acaramelados. Al parecer ya vuelven a estar juntos y a ella no le hará gracia
que otro hombre le compre joyas.
—¿Puedes llevarlo ahora a la joyería?
Necesito trabajar un rato a solas en el guión que me trajo Frank. Y tómate la
tarde libre, Emma.
—Gracias, Liam. Hasta mañana.
Salió muy serena del despacho y de la
casa mientras Liam Galway se quedaba hecho trizas y confuso frente al
ordenador, pero no le importó. Por el contrario, le encantó ayudar a rematar la
faena y hacerlo reaccionar con respecto a esa zorra egoísta. Salió a la calle y
se subió al coche dejando el dichoso broche junto a su bolso, puso en marcha el
motor y se miró en el espejo retrovisor. Era su último día como rubia porque
esa misma tarde se iba a teñir el pelo de castaño oscuro, muy sexy, como el de
Eloisse Molhoney, y lo haría en la peluquería a la que esta solía ir, que no
era un salón de belleza de esos lujosos y prohibitivos a los que acudían las celebrites, sino una peluquería normal y
accesible de Knightbrige, donde la bailarina llevaba cortándose el pelo desde
los dieciséis años. Mike se lo había contado y ella había conseguido hora a
pesar de estar en víspera de Nochevieja.
Se soltó la coleta y sonrió imáginándose
la cara de Liam cuando la viera con el pelo oscuro. Estaría genial de morena y
sonrió encantada. Además, había empezado aquella dieta milagrosa del pomelo y
pronto se quitaría un par de tallas de encima, estaría espectacular, incluso
más que la señora Molhoney... Giró el volante y se fue camino del centro. Iría
primero a ver a Julia a su trabajo y después podían comer juntas y charlar.
Miró el estuche de Harry Winston de reojo, lo agaró y lo guardó en su bolso. Si
Eloisse no lo quería, ella sí, y seguramente Liam Galway ni se daría cuenta si
no lo devolvía esa tarde. Claro que no.
Capítulo 17
Hacía un frío de muerte. Dio un golpe en
el suelo y el hielo se rompió bajo sus botas. Había estado nevando a ratos y
hacía una noche despejada y gélida. Sin embargo, no cabía otra alternativa que
pasar frío si quería fumar, así que caminó por el jardín helado intentando
entrar en calor hasta que llegó al gran ventanal que daba al salón de la casa
de su madre, donde los más pequeños de la familia jugaban al corro con Issi y
con Patricia, que se reían a carcajadas cantando la canción que ni Jamie ni
Alex podían seguir completa. Eran los más pequeños de los primos y le dio mucha
ternura verlos con los ojillos muy abiertos, pendientes de todo el movimiento a
su alrededor. Eran muy guapos, pero sobre todo estaban sanos y eran felices, al
menos eso quería pensar, y de repente se le llenó el corazón de un
agradecimiento enorme. Era un milagro tenerlos con él, un milagro haber
disfrutado del Año Nuevo todos juntos en Irlanda y un milagro aún mayor que
Issi estuviera a su lado.
Desvió los ojos hacia ella y se deleitó
en su preciosa sonrisa, en su oscuro pelo suelto, en sus movimientos gráciles y
en su cuerpo espectacular enfundado en una sencilla blusa blanca y esos
vaqueros raídos y ceñidos que le sentaban como un guante. El último botón de la
cremallera se cerraba justo unos centímetros por debajo del ombligo, una visión
preciosa, muy sexy. Carraspeó empezando a sentir la familiar sensación de calor
que trepaba por sus piernas. Era realmente guapa y los pantalones le sentaban
de maravilla. Jamás había visto a nadie a quién los vaqueros le sentaran tan
bien. Sonrió al recordar cuando un famoso diseñador amigo suyo le propuso que
Issi protagonizara la campaña de su nueva línea de vaqueros para mujer. El
hombre se había quedado hipnotizado mirándola cuando la conoció en Milán, se la
había comido con los ojos literalmente, lo que hizo que acabaran discutiendo y
negándose en redondo a que le propusiera nada a su mujer. Ella no llegó a
enterarse nunca de que uno de los diseñadores más prestigiosos del planeta
había querido ficharla como imagen de su carísima línea de vaqueros.
—Deberíamos dejar de fumar —susurró su
hermano Patrick a su espalda, mirando hacia el interior del salón—. Están
pasándolo muy bien, ¿eh?
—Sí, oh, Dios. —Saltó al ver como
empujaban a Alex y se caía al suelo dándose en la cabeza con la pierna de
Aidan, pero enseguida vio como Issi lo cogía en brazos y lo consolaba. Alex
dejó de llorar y se acurrucó en el cuello de su madre restregándose los ojos—.
Son las ocho de la tarde, ¿no? —Patrick asintió mirándo la hora—. Como un
reloj, siempre cae rendido a las ocho, es increíble.
—¿A qué hora habéis quedado?
—A las nueve.
—¿Te acompaña Eloisse?
—No, no quiere que nos vean juntos aún y
sinceramente, tampoco me apetece que venga.
—¿Es en el pub de Sean McQueen? —Ron
asintió sin quitar los ojos de encima a los niños—. ¿Quieres que te acompañe?
—¿En serio? Es una reunión de la banda,
será aburrido.
—Soy abogado, Ron, ya no me aburre nada
y así podré oír lo que tienen para ti.
—Por mí perfecto.
Llegaron al pub de su compañero de banda
muy puntuales. Issi se había alegrado mucho de que fuera acompañado y él le
había prometido regresar pronto, aunque viendo el panorama, temió que aquello
se alargara hasta tarde. El local estaba lleno, era primero de año y la gente
pasaba la resaca del año nuevo con otra borrachera, así que le costó horrores
esquivar a todo el mundo y meterse en el despacho de Sean, donde exigió empezar
la reunión enseguida. No estaba para bromas, ni para abrazos, y mucho menos sin
una copa de alcohol encima.
De los cinco, solo tres estaban
totalmente sobrios y Ronan miró a Max Wellis frunciendo el ceño. Aquello era
lamentable, pero pensaba quedarse. Llevaban meses rogándole que tuvieran
aquella reunión y ya que estaba en Dublín pretendía cumplir con su palabra.
—¿Por qué está grabando? —Se apoyó en el
respaldo de la silla mirando como Geraldine, cámara de video en ristre, tomaba
planos sin consultarle.
—Como recuerdo, Ron, este es un día
histórico, os habéis reunido todos.
—Es una estupidez, pero en fin,
empecemos, ¿queréis?
—Tenemos una oferta para hacer cuatro
conciertos, uno aquí, otro en Belfast y dos más en Londres, pagan una fortuna.
Ahí tienes los documentos, algo así como un reencuentro. Los empresarios,
Martin y compañía, dicen que sería a lo grande, con bailarinas, fuegos
artificiales, confeti, en fin, tienen las entradas vendidas a priori si decimos
que sí.
—Tengo muchos compromisos firmados, Max.
—Lo haremos cuando puedas —intervino
Brendan que solía tocar con él en la gira—. He comprobado que tienes algunos
huecos, podría ser la segunda quincena de enero, finales de marzo y abril.
—Que yo sepa tengo la agenda organizada
hasta septiembre.
—Y nosotros necesitamos trabajar, tío,
tú te forras y llenas estadios, pero nosotros nos morimos de asco, ¿sabes?
—intervino Steve con acritud—. Éramos amigos, al menos piensa un poco en
nosotros.
—No soy vuestra niñera.
—No, pero eres lo que eres gracias a
todos nosotros, capullo, así que no te hagas la estrella ahora.
—¿Tengo que oír esto? —Ronan lo ignoró y
preguntó directamente al manager.
—¡Ya! —Max se levantó y Geraldine dejó
de grabar—. Tengamos la fiesta en paz. Ya sabemos, Ron, que decidiste ir en
solitario, tienes derecho a ello, pero Night Storm sigue siendo tu banda, tú
eres su líder y te necesitamos, no creo que sea un sacrificio tan enorme tocar
en directo y llenarte un poco más el bolsillo.
—Si hacemos esto, luego habrá más, te
conozco Max, y yo no quiero matarme a trabajar, mi familia es lo primero...
—¿Qué familia? —preguntó Steve, y Ronan
se puso de pie empujando la silla. Su hermano y Max se cruzaron en medio, y
Steve levantó las manos en son de paz—. Oye, solo era una pregunta, bébete una
pinta, tío, el no beber te ha vuelto muy desagradable.
—Ya está bien, por favor, Steve, si no
estás en condiciones, sal ahí fuera y dile a tu mujer que te sustituya aquí.
—No nombres a mi mujer, Max.
—Vale, callaos todos —Brendan apoyó los
codos en la mesa—. Ron, necesitamos trabajar, y cuatro conciertos tampoco es
para tanto. Discútelo con Paul si quieres, llévate la propuesta, sabemos que
llevas un año muy duro, pero nosotros también, tío, además, la gente necesita a
los Night Storm, seguimos vendiendo discos, tenemos millones de descargas en
Internet, no podemos cerrar el chiringuito y olvidarnos para siempre. El
reencuentro nos beneficia a todos.
Ronan salió con la propuesta en una
carpeta y su hermano pegado a la espalda y nada más pisar la calle una nube de
paparazzi se le echaron encima con sus flashes y sus preguntas. Una idea más de
Max, lo supo enseguida, hacer público de esa manera tan rastrera el posible
«reencuentro» de su querida banda. Era patético, pero no podía culparlo. Max
los había convertido en el grupo más famoso de Irlanda y el Reino Unido y no
sabía vivir sin ellos, y además, también estaban sus compañeros que, era
cierto, llevaban meses sin trabajar y todos tenían familia y niños pequeños.
Era una faena, porque la presión era descarada, pero no le quedaban muchas
alternativas.
—¿Qué tal? —Issi leía en la cama y
susurró porque los niños dormían en la misma habitación. El se desnudó de prisa
y no habló hasta que se metió entre las sábanas—. Tu madre te preparó una cama
en la salita... para que no duermas incómodo.
—Si duermo allí, estaré incómodo. —La
abrazó y le plantó un beso—. ¿O molesto aquí?
—Podré soportarlo, fuiste tú el que se
quejó esta mañana de la estrechez de la cama... ¿Qué tal ha ido?
—Porque deberíamos estar en Killiney, en
nuestra maravillosa y enorme habitación. Apaga la luz, ¿quieres?
—¿Qué tal fue? Estaba preocupada. —Era
cierto, estaba muy inquieta por culpa de la dichosa reunión, y por la salida de
Ronan a ese pub rodeado de sus amigos. Era una prueba más en su recuperación y
no podía evitar estar atenta—. Ronan...
—Me han propuesto cuatro conciertos, dos
aquí y dos en Londres. Al parecer ya tienen todo organizado, yo le enseñaré la
propuesta a Paul y veremos qué puedo hacer.
—¿Y te apetece?
—Solo me apeteces tú. —La apretó contra
su cuerpo y cerró los ojos.
—¿Y cómo estaban?
—La mitad borrachos y el resto con
resaca. Sinceramente, no sé cómo llegamos tan lejos con una pandilla semejante,
Issi.
—Porque teníais talento, pero sobre todo
por ti.
—No, tampoco es eso...
—Por supuesto que sí, y no lo creo solo
yo, lo sabe todo el mundo.
Capítulo 18
—¿Así que los Night Storm vuelven en
loor de multitudes? —George Stathman tiró el periódico encima de la mesa y
Eloisse saltó en su sitio porque estaba casi dormida. Se había quedado hasta
muy tarde charlando con Aurora tras el viaje a Irlanda, y no había podido
evitar despertarse a las seis de la mañana cuando Ron se levantó para ir a ese
programa de la BBC a primera hora, por lo que ahora su cuerpo le reclamaba la
ausencia de sueño.
—No lo sé.
—¿Ah, no? Qué raro... —El coreógrafo
miró a Mike que ocupaba su sitio junto a Issi y le hizo un gesto a su ayudante
para que le sirviera un café—. En fin, tengo que hablar con vosotros chicos,
esta tarde se lo contaremos al resto de la compañía. Se quiere hacer una
reestructuración del programa de este año y después de Carmen irá una producción de danza moderna.
—¿Cómo? —Issi se estiró en la silla—. ¿Y
lo cambian ahora?
—¿No quieres bailar danza moderna, ma petite?
—No, sabes que no me siento cómoda.
—Mala suerte, es lo que hay. Se ha
elegido a Stravinski, Sinfonía en tres
movimientos.
—¿Y esto por qué?
—Una decisión artística.
—¿Y no podíais haber elegido simplemente
El Pájaro de Fuego —preguntó Michael
viendo la cara de Issi que no soportaba el ballet de después de 1900.
—No, es una producción propia y con
coreografía mía, es lo que hay, id oyendo la música y os espero mañana a las
ocho de la mañana para empezar los ensayos.
—¿Pero por qué?
—Aire nuevo, pequeña.
—Pero es muy precipitado, ¿desde cuándo
cambiais un programa a estas alturas?
—Desde que me han dado mano libre para
hacerlo.
—¿Cuándo quieres estrenar?
—Marzo. ¿Qué pasa Eloisse? —La vio
ponerse de pie y recoger su bolso—. ¿No te motiva?
—No, la verdad es que no.
—Pues a lo mejor te motiva saber que se
ha aprobado la coreografía de tu Micky para la escuela, podrá estenarla en
mayo, a fin de curso.
—¡¿Sí?! —los dos se giraron muy
contentos y a Michael se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿En serio?
—Totalmente, llama a Grace para que
empecéis con lo ensayos cuanto antes.
—Gracias, Georgie.
—Venga, menos abrazos y fuera de aquí...
¡Chicos!
—¿Qué?
—¿Sabéis que Elizabeth termina contrato
en Los Ángeles y vuelve en junio?
—Sí.
—Vale, pues ya hablaremos del tema,
habrá que hacer un sitio para ella.
Salieron sonrientes del teatro y al ver
que Michael no decía nada, Issi se giró y lo agarró de la cintura.
—¿Un café? Me muero por un poco de
cafeína.
—Yo también.
—¿Qué te pasa?, ¿no estás contento? Es
una gran noticia.
—Lo sé, pero no puedo ni disfrutarlo...
No sé, Issi... Lo de Ralph...
—Ha vuelto, deberías estar feliz y si
vas a presentar tu coreografía con los chicos de la Escuela, tienes aún más
motivos para saltar de alegría. —Salieron del brazo camino del Café de Joel y
ella notó que había un tipo con una cámara de fotos siguiéndolos, pero lo
ignoró.
—Vamos a ir a terapia, dice que si
quiero seguir con él, debemos mejorar, no sé por qué se empeña todo el mundo en
gastar dinero en terapeutas. Cuando me retire, me haré terapeuta.
—Si es para bien, vale la pena. ¿Ya sabes
a cuál ir? La nuestra...
—La vuestra cuesta una fortuna, no,
gracias. Oye, mira quién está allí. —En una mesa de la cafetería, Amanda Heines
y Emma Capshaw tomaban una enorme taza de café. Los llamaron con la mano al
verlos. Ellos se sentaron y pidieron un capuchino al camarero—. Hola, chicas,
¿qué hacéis aquí?
—Esperando a Liam —comentó Amanda—.
Siempre se empeña en quedar aquí. Tenemos hora con el médico.
—¿Estás bien? —preguntó Issi.
—Sí, bueno... —Amanda se inclinó hacia
ellos, sonriente, mientras Emma se apoyaba en el respaldo de su silla bufando—.
Lo estoy convenciendo para que me ayude con una inseminación artificial.
—¿Ayude? —preguntó Mike y al darse
cuenta del asunto, se echó a reír—. ¿Y no puede ser de forma natural?
—Ya quisiera yo, pero no se deja —bromeó
la actriz muy relajada—, así que me han recomendado a un médico y hoy iremos a
charlar un rato a ver si se convence, pero no sé, cada vez que lo pienso, me
entra miedo. Una amiga ya se ha hecho cuatro y no le le han funcionado. Me da
miedo tener un aborto y quedar mal.
—No tienes por qué quedar mal —opinó
Issi viendo la cara de incomodidad de Emma, a la que no veía desde su encuentro
fortuito en el hotel Somerset.
—A veces afecta, ya sabes, hay quién
después de un aborto no concibe jamás.
—Yo tuve un aborto —confesó en voz alta
y sintió un escalofrío helado por la espalda. Aún le dolía el corazón al
recordarlo—. Justo antes de James y después me quedé embarazada enseguida.
—¿Pero que edad tenías?
—Veintitrés.
—Ufff. —Amanda se abanicó con la
servilleta—. Veinte menos que yo, cariño, yo tengo cuarenta y tres, aunque si
repetís esto en público lo negaré. —Se echó a reír nuevamente y ellos con
ella—. No es lo mismo, ya me entiendes.
—Seguro que sale bien, no tengas miedo,
todas las mujeres corremos el riesgo de un aborto cuando nos quedamos
embarazadas, no te obsesiones con eso o será peor.
—¿Y tú, Eloisse, piensas tener más?
—preguntó Emma con inocencia—. ¿O te quedas con dos?
—Sí, bueno, siempre soñamos con una gran
familia, nos gustaría tener cuatro por lo menos... —Se calló de golpe y notó
los ojos de Mike encima. Acababa de dar por hecho que ellos querían, Ron y
ella, y se maldijo por la torpeza, tragó saliva y cambió de tema—. ¿Y cuando
terminas tu trabajo en Londres, Amanda?
—Ya hemos acabado, estoy con los
detalles de última hora, pero tengo que estar en Los Ángeles el veinte de este
mes. Empiezo un nuevo rodaje y me gustaría acabarlo antes del supuesto
embarazo, ya sabéis.
—¿Y tú, Emma, cómo estás? —preguntó Issi
fijándose por primera vez en el cambio de imagen de la asistente. Esta se
sonrojó, pero cuadró los hombros para mirarla de frente—. ¿Te has oscurecido el
pelo?
—Sí. ¿Te gusta?
—Claro, te queda genial.
—Gracias.
—Buenos días, siento el retraso. —Liam
Galway llegó con prisas y se sentó junto a su ex mujer—. Vaya sorpresa más
agradable. ¿Qué tal en Dublín, Eloisse?
—Muy bien, gracias, llegamos ayer, muy
cansados, pero felices. Los niños disfrutaron muchísimo con sus primos y con la
familia.
—Y me acaban de confirmar que mi
coreografía se presentará en la escuela de Richmond, en la gala de fin de curso
—comentó Michael—. Así que hay que celebralo.
—¿Sí? ¡Estupendo! Enhorabuena.
—¡Sí!
—Vaya, eso es magnífico. —Liam miró a
Eloisse y le sonrió. Esta iba vestida de negro, con el pelo recogido y el bolso
cruzado en bandolera. Parecía más una estudiante de ballet que una prima ballerina y sintió una ternura
instantánea e inmensa hacia ella. No hablaban desde después de Navidad, cuando
quiso aclarar lo del regalo, pero ella parecía ignorarlo, los ojos clavados en
su taza de café, así que tragó saliva y sonrió a Michael—. Maravilloso.
—Sí, la verdad...
—¿Issi? —La voz grave de Ronan Molhoney
los sorprendió a todos. No lo habían oído llegar y la mesa entera se quedó en
silencio observándolo, ahí de pie, con una bufanda azul, el pelo largo algo
revuelto y los ojos enormes y aún más claros por efecto de la luz invernal que
entraba por los ventanales, mirando a su mujer—. Hola a todos, buenos días.
—Hola, buenos días...—Issi se levantó
como un resorte y le presentó a Emma, que lo miraba con la boca abierta, y a
Amanda Heines—. ¿Qué tal?
—Encantado. Tenemos cita con Susan, pasé
a recogerte al teatro y me dijeron que estabas aquí.
—Ah, claro, es cierto, se me ha pasado
la hora. Claro, vamos. Bueno, chicos, me voy. Adiós.
Salió a toda prisa seguida por Ronan,
que no le rozó ni un pelo, respetando su deseo de seguir ocultando su
reconciliación, y caminaron uno junto al otro, sin tocarse, hasta que se
perdieron entre un mar de gente, aparentando normalidad, aunque en el café sus
amigos se quedaron cuchicheando descaradamente a sus espaldas.
—¿Ese es el padre de sus niños? —Amanda
miró a Mike, que asintió—. Dios bendito, yo también le haría cuatro o cinco
bebés.
—¡Amy! —La regañó Liam, echándose a
reír.
—Es guapísimo, muy atractivo... Ya sé
que es persona non grata para ti, pero es un pedazo de hombre, no lo puedes
negar.
—¿No lo conocías? Es una estrella de
rock muy famosa —dijo Emma frunciendo el ceño—. Me parece increíble.
—Sí, seguramente lo conocía, pero soy
una despistada con las caras. Hacen una pareja muy bonita —comentó mirando a
Liam de reojo—. estupenda.
—Bueno, en teoría están separados...
—¿Esos separados? No, ni en broma, estos
dos echan chispas, y siguen liados, creedme, sé de lo que hablo —comentó Amanda
sin ninguna mala intención, aunque Liam Galway se movió en la silla incómodo.
Emma lo notó y se excusó alejándose de ellos con el teléfono en la mano.
—¿Julia?
—¿Qué, Em? ¿Tienes novedades para mí?
—La pareja acaba de salir junta de
Covent Garden, van a su terapeuta, una vez ella comentó que quedaba frente a
Hyde Park, en Knigthbridge, al lado del metro, lo sé porque me contó que ella
había vivido en la zona con sus hijos.
—Sabemos donde vivía con sus hijos
cuando se separó.
—Pues ahí al lado.
—Gracias, pequeña. Nos vamos a forrar.
—Hemos estado tomando café, todos
juntos, como una familia feliz, Eloisse y Michael haciéndo la pelota a Amanda,
son increíbles, unos falsos. ¿Cómo pueden...?
—Vale, Emma, pasa de ellos, no son tus
amigos, no lo olvides. Y ahora te dejo, pondré a alguien con los Molhoney y
tranquila, que ganaremos mucho dinero y podrás dejar ese puto trabajo de
mierda.
—No quiero dejarlo, solo quiero que
Amanda Heines se vaya. Cuando se largue de aquí, todo irá bien.
—¿Qué irá bien? —sintió la mano de su
jefe en el hombro y dio un respingo. Liam la miró sonriendo—. No quería
asustarte, lo siento. ¿Nos vamos?
—Claro, claro, no pasa nada, vamos.
—Emma, ni rastro de los Molhoney —dijo
Julia dos horas después de que Emma la llamara. Parecía bastante
desconcertada—. ¿Estás segura de que hablaron del terapeura?
—No exactamente, pero lo dieron a
entender.
—Pues por aquí no están.
—Lo siento.
—No te preocupes, tú sigue alerta.
—Muy bien.
Emma colgó con una sensación de
frustración ridícula porque en teoría ella no tenía nada que ver en esos temas,
aunque por otra parte le divirtiera la «cacería», más aún si con eso conseguía
alejar a Eloisse de los pensamientos de Liam Galway. Buscó en el móvil el
teléfono de Issi y lo marcó con una excusa absurda, pero eficaz, esperó a que
sonaran seis señales de llamada y ya iba a colgar cuando oyó la voz de la
bailarina.
—Hola.
—Eloisse, soy Emma, siento molestar. ¿Te
pillo en mal momento?
—No, Emma, dime, ¿pasa algo?
—No, es por lo de la ex de mi jefe, me
gustaría saber si nos puedes recomendar a tu ginecólogo aquí en Londres, ya
sabes, para buscar más opiniones.
—Oh, claro, espera... —la oyó manipular
el teléfono y de fondo pudo escuchar claramente la voz y el acento
característico de Ronan Molhoney que preguntaba: «¿Té o chocolate, princesa?»—.
Ya lo tengo, Emma, toma nota, por favor.
—Gracias, Issi, ¿estabas aún en tu cita?
No quería interrumpir nada.
—No, Emma, no te preocupes, ya estoy en
casa.
—Vale, adiós. Y gracias —colgó y llamó a
Julia, mientras por su parte Eloisse colgaba mirando a Ronan que la esperaba de
pie junto a la cocina americana de su loft.
—¿Quién era? —preguntó con un tazón en
la mano.
—Emma, la ayudante de Liam Galway.
—¿Y qué quería?
—El número de mi ginecóloga, es una
larga historia. Yo quiero un té, por favor.
Se acercó a él y se abrazó a su espalda
mientras servía el agua caliente. Lo de la cita con Susan había sido una
mentira, como tantas otras que se inventaban últimamente para secuestrarla del
café, porque en realidad habían subido a su ático para empezar a preparar la
mudanza.
Esa misma mañana, la segunda después de
su vuelta de Dublín, habían decidido que ya era hora de que Ron se instalara en
su piso y habían quedado para preparar las maletas, eso sí, tras un fogoso
encuentro en aquella inmensa cama pegada al suelo. Habían estado a un tris de
hacer el amor en el ascensor, pero un último gramo de sensatez los había
obligado a entrar en el ático, para amarse un buen rato, junto a esa chimenea
falsa, pero tan bien lograda, que iluminaba de forma tenue todo el apartamento.
—Tienes el pelo larguísimo, igual que
Alex, hay que llevarlo a la peluquería, aunque me da mucha pena cortarle sus
rizos rubios.
—Ya es hora de un buen corte, y esos
rizos no durarán, créeme, así que pediremos hora mañana.
—No sé, déjame pensar.
—Vale... Ella se apartó para volver al
salón y él le miró descaradamente el trasero.
—¿Qué pasa?
—Creo que la clandestinidad te da morbo,
Issi, me preocupas... —contestó viendo como se sentaba en una butaca junto a la
ventana.
—¿Estás hablando en serio?
—Sí, princesa, eso de esconderse te
pone, no puedes negarlo.
—¿Cómo que me pone?
—Desde que nos vemos a escondidas, no
tienes paciencia, ni calma, mi vida, y me encanta, pero... —Frunció el ceño sin
dejar de sonreír.
—¿Qué?
—Lo del amante secreto te sube la
temperatura. —Agarró su móvil para encenderlo, muerto de la risa—. Y mientras
ese amante sea yo, no hay problema.
—Será porque tú has tenido tiempo de
jugar a todo lo imaginable, pero yo no, a mi me queda aún mucho por
experimentar y es verdad, este rollo clandestino es divertido, ¿no?
—Haremos todo lo que quieras, todo,
siempre que sea conmigo, ¿eh? —le clavó los ojos celestes y ella no abrio la
boca—. ¿Eh?
—¿En serio crees que sería capaz de
hacerlo con otra persona?
—Pues... no, pero... Espera, un minuto.
—Levantó un dedo y la hizo callar—. Hola Paul, dime, sí, estaba ilocalizable,
lo siento, ¿qué pasa?, bien, ok, sí, antes de una hora, adiós y gracias.
—¿Qué ocurre?
—Debemos dar una respuesta al contrato
de la banda, hoy es el último día.
—Oh, claro.
—¿Qué opinas tú, Issi? Aún no me has
dicho nada al respecto. —Estiró las piernas mientras tomaba un sorbo de
chocolate y ella se puso de pie, incómoda—. Me importa lo que tengas que decir.
—Es tu trabajo, Ron, yo...
—No me vengas con eso, dime la verdad.
—Bueno, pues a mí me preocupa que vuelvan
a exprimirte como ocurría antes, que no tengas tiempo para nada, que te pases
el día pegado al teléfono o viajando. Además, creo que ese ambiente no es el
mejor, pero en fin... es tu grupo y ellos te necesitan.
—Firmaremos cuatro conciertos y alguna
entrevista en televisión, no pienso matarme a trabajar y pondré unos límites
muy claros. Paul se ha ocupado de incluirlos en el contrato.
—Bien, perfecto.
—¿Qué ambiente no es el mejor?
—Los chicos, el estrés... ya sabes.
—No, no sé. Háblame claro, princesa,
¿quieres?
—Te ha costado mucho superar tus
problemas con el alcohol, has estado luchando y aún estás en recuperación.
Ellos no lo entienden, no entienden nada de tu ingreso y tus terapias y me
preocupa que te presionen o...
—¿Presionen?, ¿crees que tengo doce
años?
—No, pero tus compañeros y Max siguen
pesando que tú no tenías ningún problema, que todo eran exageraciones mías y
que lo del ingreso fue un sacrificio inútil.
—¿Quién ha dicho eso?
—Me han hecho comentarios al respecto,
siempre es lo mismo: «Ron nunca ha sido un alcohólico», etc. Es siempre igual.
—¿Y te importa lo que ellos opinen?, ¿no
confías en mí?
—Por supuesto que confío en ti, siempre
lo he hecho, ¿o no te he apoyado en todo este proceso? Estoy contigo ¿o no? —Se
puso seria y al él le cambió el semblante de forma instantánea—. ¿Ves? Por eso
no quería opinar, no quiero discutir por culpa de tus compañeros, Ron. Es tu
trabajo, tu banda y tú decides. Lo que decidas estará bien.
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