sábado, 15 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 5

Capítulo 15


         —No tiene justificación, Issi, agradezco que quieras interceder, pero lamento decirte que tu amigo es un imbécil y que me ha ofendido de todos los modos posibles.
         —Lo sé... —Ralph agarró la taza de té y tomó un trago. Estaban en el aeropuerto de Heathrow, él a punto de coger un avión y ella haciendo un último intento por detenerlo—. No quiero justificar nada, pero quería saber como estabas y en qué condiciones te ibas.
         —Habíamos planeado una dulce Navidad en casa, como una familia, que es lo que Mike quiere, y mira, el muy hijo de puta besándose en mi propio cuarto de baño con ese armario de tres puertas. Es increíble. ¿Sabes cuanto me ha costado conseguir un vuelo para Nueva York? Una fortuna, el precio de varias vacaciones juntas.
         —Me lo imagino. Ralphy, te comprendo, creéme —Se inclinó y le acarició la mano, él le apretó los dedos y se le llenaron los ojos de lágrimas—. En tu caso haría lo mismo. Tú despejate en casa, con tu gente y ya hablaréis.
         —No sé si podré, se ha portado fatal, llevaba días parloteándome sobre ese tal Taylor, le pregunté si le gustaba y me lo negó, y en nuestra primera Navidad juntos en Londres, me hace esto, es horrible.
         —Lo sé, lo siento.
         —Gracias por venir, Issi.
         —No podía dejar que te fueras así.
         —¿Cómo estás?
         —Bien, gracias.
         —¿Y Ronan?
         —En Dublín, lleva dos días haciendo galas benéficas y festivales, y todo eso que hace en Navidad. Viene el veinticuatro por la tarde.
         —¿Y las fotos?
         —¿Qué fotos?
         —¿No te lo han dicho? Anne Phillips lo comentó en la fiesta, antes de que le pegara un puñetazo a ese Taylor. —Issi frunció el ceño y negó con la cabeza—. Le habían contado que Ronan era portada hoy o mañana de una revista, con otra chica... ¿Issi? Lo siento, no pensé...
         —¿Otra chica? —Se puso pálida y el corazón le saltó literalmente en el pecho—. ¿Dónde?
         —Oye, lo siento. Bueno, estáis separados, tú dices siempre...
         —No, está bien, es que no me lo esperaba... —Tenía náuseas pero las disimuló y se puso de pie—. No sé nada, iré a buscar la revista.
         —Yo te acompaño, vamos, tranquila.
         Ralph la abrazó por los hombros y se fueron directamente a un quiosco de periódicos. Issi no quería llorar, y le costó un enorme esfuerzo llegar a la tienda y simular tranquilidad mientras buscaban las revistas, le temblaba el pulso y la cabeza le daba vueltas pensando en qué haría si realmente Ronan estaba saliendo con otra o si se había acostado con otra. Era una traición, una infidelidad, aunque nadie más que ellos lo supieran, y empezó a temer que vomitaría en la sala de espera de Heathrow de un momento a otro si no lograba aclarar enseguida el asunto.
         —Aquí está —añadió Ralph.
         —Dios mío. —Issi se pasó la mano por el pelo—. No era portada, pero en una ventanita de la parte inferior izquierda de la revista se podía leer Ronan y justo debajo unas fotos de su marido abrazado a una mujer muy guapa y pelirroja. Iban charlando y él se reía a carcajadas—. Madre de Dios, qué susto.
         —¡¿Qué?! —preguntó Ralph viendo como hojeaba la revista muy rápido hasta llegar al reportaje hecho en Irlanda, con un Ronan muy alegre junto a esa chica alta y preciosa—. ¿La conoces?
         —Sí, es mi cuñada Erin, la hermana pequeña de Ron.
         —¿Tu cuñada? Serán idiotas... —Ralph soltó una carcajada y abrazó a Eloisse contra su pecho. Ella estaba blanca como el papel y temblaba como una hoja—. Te has asustado de verdad, ¿eh?
         —Ronan y yo hemos vuelto, Ralph. Nadie lo sabe, y realmente creí que me la estaba jugando otra vez. Qué horror, Dios mío, qué mal... —Se echó a reír a su vez viendo la cara de sorpresa de su amigo—. Sí, hace un mes más o menos que estamos juntos, aunque cada uno en su casa y nadie sabe nada, nadie salvo Aurora y ahora tú, que espero me guardes el secreto.
         —¿Habéis vuelto? Ya decía yo que estabas radiante. Me alegro mucho por los dos, ¿no lo sabe ni siquiera Mike?
         —Nadie, de momento.
         —Bueno, pues enhorabuena, espero que esta vez sea maravilloso, Issi, os lo merecéis. Y dame otro abrazo, debo irme.
         —Nos llamamos, ¿vale? Y avísame cuando vuelvas, vendré a buscarte.
         Se quedó en el control de pasaportes con la revista en la mano y viendo alejarse a Ralph, con su abrigo largo y su aspecto impoluto de alto ejecutivo, y la cabeza gacha. Se le llenaron los ojos de lágrimas diciéndole adiós con la mano al verlo tan abatido, sin saber si volvería pronto o si conseguiría perdonar a Michael. Eloisse quería a Ralph Smithson como a un hermano, no solo era el novio de Mike, sino también un buen amigo leal y muy amable con ella, un señor en toda regla, y se le partía el alma pensar que tal vez lo estuviera perdiendo para siempre.
         —Hola —contestó al móvil subiéndose a un taxi.
         —¿Ya se ha ido?
         —Sí, Mike, ya se fue.
         —¿Y?
         —Necesita pensar, está muy cabreado y dolido, pero en Nueva York reflexionará, no te preocupes.
         —¿Estás segura?, ¿crees que me perdonará?
         —Espero que sí, Micky, él te quiere.
         —Vale, ¿has visto la prensa? Sacan a Ron abrazado a Erín y dicen que es su novia.
         —Acabo de verla, sí, es penoso.
         —Habrá que enmarcarlo. ¿Vienes al ensayo? Te estaré esperando.
         —Ahora voy, llego en una media hora, adiós.
         Colgó mientras observaba la lluvia caer a raudales sobre la carretera, se repantingó en el taxi y suspiró. Añoraba a Ronan. Pensó en llamarlo, pero no hizo falta porque enseguida sonó el teléfono y pudo oír su voz grave y cálida riéndose de la confusión de la revista, y contándole el día duro que tenía por delante. Ella lo oyó con una sonrisa en la boca, queriendo decirle una y otra vez que lo quería, aunque se limitó a escucharlo, y a charlar cuarenta minutos hasta llegar al centro. Colgó y entró en el teatro. Te amo, le susurró mirando una vez más las fotos de la revista, la agarró y la tiró en una papelera imaginándose que aquello serviría para cerrar esa posibilidad, la sola posibilidad, de que Ronan quisiera alguna vez a otra persona.


 Capítulo 16

 

 

          
         La campiña en Somerset es espléndida, un buen lugar para esconderse en pleno invierno y pasar un par de días en un hotelito victoriano, encerrados en la habitación, aislados del resto de mundo. Eloisse lo había encontrado por Internet y a él le había encantado la propuesta: ¿desnuda y preciosa solo para él? Una idea demasiado buena como para no sacrificar agenda y compromisos por ella. Así que regresó de Dublín el veintiséis de diciembre por la noche con los niños y el veintisiete estaba ya esperándola en su coqueta suite, sin llamadas, sin teléfono, solos los dos, aunque hubiesen tenido que mentir, otra vez, a todo el mundo sobre sus respectivos planes.
         Juntos habían disfrutado de la Nochebuena y la mañana de Navidad, con los ojos de su suegro pegados a su espalda, como si fuera un perro de presa, siempre ceñudo y con cara de pocos amigos, pero bastaba con ignorarlo y concentrarse en disfrutar con los niños, que cada año gozaban más de la fiesta. La comida de Navidad la habían hecho en Dublín, en casa de su madre, mientras Issi se quedaba en Londres para trabajar, y tras dos días en Irlanda, ahí estaba, adormilado y feliz, esperando a su preciosa mujer en aquel hotel campestre cerca de Bath.
         —¿Llevas mucho esperando, señor Cavendish? —se abrazó a él y le besó el cuello. Ronan estiró la mano y le atrapó el trasero respingón.
         —Me quedé dormido, pero no llevo mucho esperando. ¿Y qué es eso de los Cavendish? Casi me entra la risa.
         —De haber reservado con tu apellido, hoy habríamos tenido a varios paparazzi apostados en la entrada.
         —Peor aún decir que me llamo Cavendish, cuando la recepcionista sabe exactamente quien soy, Issi, eres un desastre como espía.
         —Oh, Dios, tienes razón.
         —Qué más da... —Se giró y deslizó la mano por debajo de su jersey comprobando que no llevaba ropa interior, fue como recibir una descarga eléctrica y se excitó enseguida. Bajó la boca y le atrapó un pezón con la lengua, Issi suspiró y se tumbó en la cama con la clara intención de dejarse llevar sin mover un dedo. Ronan subió los ojos celestes y le sonrió—. ¿Ahora vas por ahí sin sujetador?
         —Solo si voy a verme en un hotel contigo.
         —Te estás convirtiendo en una chica muy traviesa, Eloisse Molhoney.
         —He tenido un buen maestro.
          
          
         —¡Dios mío, qué hambre! —Sirvió más café y observó como él leía el periódico muy concentrado. Habían pasado un día y una noche abandonados a la sensualidad más absoluta, estaba muerta de hambre, y desayunaba pensando en la pereza que le daba regresar a Londres con ese clima—. Deberíamos salir pronto, el temporal es cada vez peor.
         —Mmm.
         —Conduzco yo.
         —Mmm.
         —¿Mmm? Qué suerte, conduciré yo tu adorado coche. —Él apartó el periódico y le sonrió con esa cara de niño travieso. Era exacto a su hijo Alex y Eloisse se enterneció, estiró la mano y le acarició el pelo—. Es asombroso lo mucho que te pareces a Alexander. ¿Quieres más café?
         —Él se parece a mí, y vale, más café por favor. Me gustaría ir a esquiar con los niños en enero. Tengo unos días libres después del quince y creo que ya podrán disfrutar de la nieve.
         —Sí, es buena idea.
         —¿Y tú, princesa?
         —Me quedaré trabajando, supongo. No me mires así, sabes que no puedo. Tú móvil está sonando. —Le sirvió café y miró por la ventana como el viento doblaba los árboles cargados de hielo.
         —Hola, Paul, sí desayunando con Issi. Muy bien, es un sitio muy agradable, te daré las señas... —Eloisse lo miró con los ojos muy abiertos, pero él la ignoró mientras hablaba de un concierto y no sé cuantas cosas más, hasta que colgó y le prestó atención—. Tuve que contarle a Paul que iba a estar contigo, princesa. No puedo desaparecer un día y una noche, dos veces este mes sin darle una explicación. Es mi manager. Además, se alegró muchísimo y guardará el secreto.
         —Muy bien.
         —Es un buen tipo y muy discreto.
         —Sí, si fuera Max diría que estás loco por querer volver conmigo.
         —¿Max? ¿Por qué iba a decir eso?
         —Prefería una mujer más sumisa y dócil para ti, lo sé y si era irlandesa, mucho mejor.
         —¿Tú crees?
         —Oh, sí, conozco a Max Wellis... —Se puso de pie mientras recogía las últimas cosas, pero Ronan tiró de ella y la sentó en su regazo para darle un beso en la boca y mirarla de cerca.
         —Max me dijo que había sido un estúpido por no haber sabido cuidar de ti, porque eras lo mejor que me había pasado en la vida y además estaba muy impresionado de que me apoyaras cuando ingresé en el centro y durante mi recuperación. Así que estás muy equivocada, princesita.
         —¿Ah, sí? Pues...
         —Muy equivocada —Subió la mano por debajo de su camiseta para acariciar esa piel de porcelana de la que no se saciaba jamás, pero ella se levantó de un salto.
         —No, mi amor, me gustaría llegar con tiempo de ver a los niños antes de tener que ir al teatro y si nos entretenemos, con este clima...
         —Diez minutos —empezó a decir y seguirla por el cuarto— puedo ser muy eficaz y rápido si me lo propongo.
         Bajaron media hora después con sus respectivas mochilas y muy abrigados. Issi se acercó a la recepción para pagar la estancia y Ronan entregó las llaves a un empleado para que le llevaran el coche. Estaba lloviendo y Eloisse se quedó mirando el panorama por la ventana unos minutos, hasta que una mano se le posó en el hombro. Se giró pensando que se trataba de Ron y se sorprendió muchísimo al ver que era Emma Capshaw, la ayudante de Liam, la que la abordaba con una gran sonrisa.
         —¿Eloisse? ¿Qué haces por aquí?
         —Hola, Emma. ¿Y tú?
         —La despedida de soltera de una amiga. ¿Vienes con los niños?
         —No, sin niños.
         —¡Princesa! —Ronan se asomó al hall para llamarla y Emma se quedó helada al ver que era el mismísimo Ronan Molhoney quien llamaba a su mujer. Le sonrió, pero él la ignoró completamente pendiente de Issi, que se sonrojó como una colegiala.
         —Bueno, Emma, me voy, encantada de verte y pasadlo bien.
         —Sí, gracias, adiós.
         Emma se acercó a la salida, sin poder evitar espiarlos, y los vio subir juntos al todoterreno negro y acelerar para salir hacia la carretera. Menuda sorpresa y menuda noticia, pensó sin poder moverse.
         —¿Qué pasa?, ¿has visto a un fantasma? —Una de sus amigas se puso a su lado y la abrazó por los hombros.
         —¿Sabes quién es Ronan Molhoney?
         —Claro, ¿quién no? ¿Estaba aquí y me lo he perdido?, ¿está tan bueno en persona?
         —Mucho más guapo, pero ¿sabes qué? Estaba con su mujer, con Eloisse, la bailarina por la que babea mi jefe desde hace años.
         —¿No estaban separados?
         —Pues parece que ya no. Gran noticia, ¿no?
         Dos horas después contaba la anécdota a Julia Watson, su amiga reportera, que trabajaba para el News of the World. Emma se arrepintió de inmediato de ser tan indiscreta, y andar contando aquello, pero ya era demasiado tarde. Julia la agarró de la mano y se la llevó a un rincón del comedor.
         —¿Estás segura?
         —Sí, hablé con ella.
         —¿Pero que él era Molhoney? —Emma asintió—. Es un bombazo. ¿Es cierto entonces que se han reconciliado?
         —¿Y qué más da, Julia?
         —¿Cómo que qué más da? ¿Sabes lo que me pagarían por unas fotos de los Molhoney reconciliados, de la mano o saliendo de un hotel como este? Ni te lo imaginas, pero debemos tener cuidado, con la cagada que hicieron con las fotos de Irlanda... Tú hablas mucho con ella, Em, solo dime si tienen planes de viajar o si te comenta algo y nos pondremos con ellos. De hecho llamaré a Phil para que aposte a Kevin de guardia en su casa ahora mismo.
         —¿Sabes que pasará si mi jefe se entera de que yo te he dicho algo?
         —¿Y sabes que pasará cuando se convenza de que no tiene posibilidades con la señora Molhoney? —Emma se sonrojó y bajó los ojos—. Eso es, que tendrá que mirar para otra parte y a lo mejor tienes suerte, amiga.
         —No lo creo.
         —Yo sí, ¿por qué no? De momento quitemos a Eloisse Molhoney del mercado y hagamos un bonito reportaje de la reconciliación con su guapo marido. Voy a llamar a mi gente y tú abre los ojos, Em, podemos forrarnos con esto, créeme.
         Quince minutos después un paparazzi amigo de Julia se apostaba frente a la casa de Eloisse Molhoney en Londres, aunque la bailarina vivía en una calle sin tráfico justo frente al Royal Opera House, a dos pasos de Covent Garden y con muy mal tiro para la cámara. Era imposible hacerla sin acribillarla con el flash, a quemarropa, y si lo hacía, Ronan Molhoney se pondría hecho una furia, y podían acabar todos en la comisaría, así que se limitó a pasear por la zona disimulando un poco y pensando en que si la pareja entraba de la mano o abrazados por la puerta principal del edificio, sacaría la cámara y los freiría a fogonazos porque el reportaje valía la pena. Sin embargo, no los vio, porque ellos entraron directamente en coche por el aparcamiento y cuando se lo contaron a Emma, al día siguiente, ella primero sintió alivio, porque no quería que al final la relacionaran con el asunto. Un alivio egoísta y momentáneo, justo hasta el momento en que Liam Galway le habló de Eloisse en unos términos que le provocaron unas ganas enormes de abofetearlo y pegarle un tiro a esa bailarina estúpida y engreída que los dioses habían bendecido con una puñetera suerte que daba asco.
         —Es la primera vez que me pasa algo semejante y no sé cómo reaccionar. —Liam entró en el despacho hablando por el móvil y dejó la cajita de regalo encima de la mesa, al lado de Emma, como si le quemara—. Ya sé que Eloisse es especial, Mike, pero solo es un regalo, ¿quién devuelve un regalo? Lo de... está bien... ya hablaremos... adiós...
         —¿Qué ha pasado?
         —Una locura, Emma, la señora Molhoney me acaba de devolver mi regalo de Navidad.
         —¿En serio? ¿Por qué?
         —Dice que no le parece adecuado. —Tiró la tarjeta que había incluido Issi en el sobre de la empresa de mensajería que le había llevado el paquete y se desplomó en su butaca suspirando—. No me lo puedo creer.
         —¿Y qué es? —Emma abrio el paquetito y comprobó que se trataba de un estuche de la joyería Harry Winston.
         —Un broche.
         —Un broche carísimo —susurró observando la delicada joya, una bailarina de ballet de oro blanco, con una florecilla de brillantes en el pelo.
         —A Michael le regalé un reloj igual de caro y no ha dicho nada... Y además, ella lleva un anillo de compromiso de Harry Winston, pensé que le gustaría la firma... —bufó bastante aturdido y miró los ojos brillantes de su asistente—. Son amigos míos desde hace muchos años, no veo nada inadecuado en el regalo.
         —Su anillo de compromiso lo compró su marido, con lo cual, deducir que le gusta Harry Winston...
         —Tal vez... pero... no es eso, lo que me jode es saber, fehacientemente, que lo rechaza por prejuicios, por el gilipollas de su marido y... —Se calló de golpe y encendió el ordenador intentando parar de inmediato esa charla, que sí era totalmente inadecuada—. Da igual.
         —Yo nunca la he visto llevar joyas —replicó Emma—, no se me hubiera ocurrido jamás comprarle una como regalo. Además, las joyas suelen ser regalos muy personales, entre parejas o algo similar.
         —Habrá que llevarla de vuelta a la joyería. ¿Te puedes ocupar, Emma, por favor?
         —Claro. ¿Y ella qué te regaló por Navidad? —preguntó por pura maldad y sonrió interiormente al ver la cara desencajada de Liam.
         —Nada, tampoco era necesario, la idea de los regalos fue mía.
         —Si no lo quiere es que no se lo merece, Liam...
         —No hay nadie que se lo merezca más, ese broche parece hecho exclusivamente para ella, es perfecto, precioso y no creo que haya nadie más adecuado para tenerlo.
         —Hace unos días me la encontré en un hotelito romántico —susurró sintiéndo náuseas de la rabia que le estaba subiendo por el pecho—, saliendo con Ronan Molhoney, parecen muy felices otra vez.
         —¿Cómo dices?
         —Sí, en Somerset. Iban encantados y acaramelados. Al parecer ya vuelven a estar juntos y a ella no le hará gracia que otro hombre le compre joyas.
         —¿Puedes llevarlo ahora a la joyería? Necesito trabajar un rato a solas en el guión que me trajo Frank. Y tómate la tarde libre, Emma.
         —Gracias, Liam. Hasta mañana.
         Salió muy serena del despacho y de la casa mientras Liam Galway se quedaba hecho trizas y confuso frente al ordenador, pero no le importó. Por el contrario, le encantó ayudar a rematar la faena y hacerlo reaccionar con respecto a esa zorra egoísta. Salió a la calle y se subió al coche dejando el dichoso broche junto a su bolso, puso en marcha el motor y se miró en el espejo retrovisor. Era su último día como rubia porque esa misma tarde se iba a teñir el pelo de castaño oscuro, muy sexy, como el de Eloisse Molhoney, y lo haría en la peluquería a la que esta solía ir, que no era un salón de belleza de esos lujosos y prohibitivos a los que acudían las celebrites, sino una peluquería normal y accesible de Knightbrige, donde la bailarina llevaba cortándose el pelo desde los dieciséis años. Mike se lo había contado y ella había conseguido hora a pesar de estar en víspera de Nochevieja.
         Se soltó la coleta y sonrió imáginándose la cara de Liam cuando la viera con el pelo oscuro. Estaría genial de morena y sonrió encantada. Además, había empezado aquella dieta milagrosa del pomelo y pronto se quitaría un par de tallas de encima, estaría espectacular, incluso más que la señora Molhoney... Giró el volante y se fue camino del centro. Iría primero a ver a Julia a su trabajo y después podían comer juntas y charlar. Miró el estuche de Harry Winston de reojo, lo agaró y lo guardó en su bolso. Si Eloisse no lo quería, ella sí, y seguramente Liam Galway ni se daría cuenta si no lo devolvía esa tarde. Claro que no.


 Capítulo 17

 

 

          
         Hacía un frío de muerte. Dio un golpe en el suelo y el hielo se rompió bajo sus botas. Había estado nevando a ratos y hacía una noche despejada y gélida. Sin embargo, no cabía otra alternativa que pasar frío si quería fumar, así que caminó por el jardín helado intentando entrar en calor hasta que llegó al gran ventanal que daba al salón de la casa de su madre, donde los más pequeños de la familia jugaban al corro con Issi y con Patricia, que se reían a carcajadas cantando la canción que ni Jamie ni Alex podían seguir completa. Eran los más pequeños de los primos y le dio mucha ternura verlos con los ojillos muy abiertos, pendientes de todo el movimiento a su alrededor. Eran muy guapos, pero sobre todo estaban sanos y eran felices, al menos eso quería pensar, y de repente se le llenó el corazón de un agradecimiento enorme. Era un milagro tenerlos con él, un milagro haber disfrutado del Año Nuevo todos juntos en Irlanda y un milagro aún mayor que Issi estuviera a su lado.
         Desvió los ojos hacia ella y se deleitó en su preciosa sonrisa, en su oscuro pelo suelto, en sus movimientos gráciles y en su cuerpo espectacular enfundado en una sencilla blusa blanca y esos vaqueros raídos y ceñidos que le sentaban como un guante. El último botón de la cremallera se cerraba justo unos centímetros por debajo del ombligo, una visión preciosa, muy sexy. Carraspeó empezando a sentir la familiar sensación de calor que trepaba por sus piernas. Era realmente guapa y los pantalones le sentaban de maravilla. Jamás había visto a nadie a quién los vaqueros le sentaran tan bien. Sonrió al recordar cuando un famoso diseñador amigo suyo le propuso que Issi protagonizara la campaña de su nueva línea de vaqueros para mujer. El hombre se había quedado hipnotizado mirándola cuando la conoció en Milán, se la había comido con los ojos literalmente, lo que hizo que acabaran discutiendo y negándose en redondo a que le propusiera nada a su mujer. Ella no llegó a enterarse nunca de que uno de los diseñadores más prestigiosos del planeta había querido ficharla como imagen de su carísima línea de vaqueros.
         —Deberíamos dejar de fumar —susurró su hermano Patrick a su espalda, mirando hacia el interior del salón—. Están pasándolo muy bien, ¿eh?
         —Sí, oh, Dios. —Saltó al ver como empujaban a Alex y se caía al suelo dándose en la cabeza con la pierna de Aidan, pero enseguida vio como Issi lo cogía en brazos y lo consolaba. Alex dejó de llorar y se acurrucó en el cuello de su madre restregándose los ojos—. Son las ocho de la tarde, ¿no? —Patrick asintió mirándo la hora—. Como un reloj, siempre cae rendido a las ocho, es increíble.
         —¿A qué hora habéis quedado?
         —A las nueve.
         —¿Te acompaña Eloisse?
         —No, no quiere que nos vean juntos aún y sinceramente, tampoco me apetece que venga.
         —¿Es en el pub de Sean McQueen? —Ron asintió sin quitar los ojos de encima a los niños—. ¿Quieres que te acompañe?
         —¿En serio? Es una reunión de la banda, será aburrido.
         —Soy abogado, Ron, ya no me aburre nada y así podré oír lo que tienen para ti.
         —Por mí perfecto.
         Llegaron al pub de su compañero de banda muy puntuales. Issi se había alegrado mucho de que fuera acompañado y él le había prometido regresar pronto, aunque viendo el panorama, temió que aquello se alargara hasta tarde. El local estaba lleno, era primero de año y la gente pasaba la resaca del año nuevo con otra borrachera, así que le costó horrores esquivar a todo el mundo y meterse en el despacho de Sean, donde exigió empezar la reunión enseguida. No estaba para bromas, ni para abrazos, y mucho menos sin una copa de alcohol encima.
         De los cinco, solo tres estaban totalmente sobrios y Ronan miró a Max Wellis frunciendo el ceño. Aquello era lamentable, pero pensaba quedarse. Llevaban meses rogándole que tuvieran aquella reunión y ya que estaba en Dublín pretendía cumplir con su palabra.
         —¿Por qué está grabando? —Se apoyó en el respaldo de la silla mirando como Geraldine, cámara de video en ristre, tomaba planos sin consultarle.
         —Como recuerdo, Ron, este es un día histórico, os habéis reunido todos.
         —Es una estupidez, pero en fin, empecemos, ¿queréis?
         —Tenemos una oferta para hacer cuatro conciertos, uno aquí, otro en Belfast y dos más en Londres, pagan una fortuna. Ahí tienes los documentos, algo así como un reencuentro. Los empresarios, Martin y compañía, dicen que sería a lo grande, con bailarinas, fuegos artificiales, confeti, en fin, tienen las entradas vendidas a priori si decimos que sí.
         —Tengo muchos compromisos firmados, Max.
         —Lo haremos cuando puedas —intervino Brendan que solía tocar con él en la gira—. He comprobado que tienes algunos huecos, podría ser la segunda quincena de enero, finales de marzo y abril.
         —Que yo sepa tengo la agenda organizada hasta septiembre.
         —Y nosotros necesitamos trabajar, tío, tú te forras y llenas estadios, pero nosotros nos morimos de asco, ¿sabes? —intervino Steve con acritud—. Éramos amigos, al menos piensa un poco en nosotros.
         —No soy vuestra niñera.
         —No, pero eres lo que eres gracias a todos nosotros, capullo, así que no te hagas la estrella ahora.
         —¿Tengo que oír esto? —Ronan lo ignoró y preguntó directamente al manager.
         —¡Ya! —Max se levantó y Geraldine dejó de grabar—. Tengamos la fiesta en paz. Ya sabemos, Ron, que decidiste ir en solitario, tienes derecho a ello, pero Night Storm sigue siendo tu banda, tú eres su líder y te necesitamos, no creo que sea un sacrificio tan enorme tocar en directo y llenarte un poco más el bolsillo.
         —Si hacemos esto, luego habrá más, te conozco Max, y yo no quiero matarme a trabajar, mi familia es lo primero...
         —¿Qué familia? —preguntó Steve, y Ronan se puso de pie empujando la silla. Su hermano y Max se cruzaron en medio, y Steve levantó las manos en son de paz—. Oye, solo era una pregunta, bébete una pinta, tío, el no beber te ha vuelto muy desagradable.
         —Ya está bien, por favor, Steve, si no estás en condiciones, sal ahí fuera y dile a tu mujer que te sustituya aquí.
         —No nombres a mi mujer, Max.
         —Vale, callaos todos —Brendan apoyó los codos en la mesa—. Ron, necesitamos trabajar, y cuatro conciertos tampoco es para tanto. Discútelo con Paul si quieres, llévate la propuesta, sabemos que llevas un año muy duro, pero nosotros también, tío, además, la gente necesita a los Night Storm, seguimos vendiendo discos, tenemos millones de descargas en Internet, no podemos cerrar el chiringuito y olvidarnos para siempre. El reencuentro nos beneficia a todos.
         Ronan salió con la propuesta en una carpeta y su hermano pegado a la espalda y nada más pisar la calle una nube de paparazzi se le echaron encima con sus flashes y sus preguntas. Una idea más de Max, lo supo enseguida, hacer público de esa manera tan rastrera el posible «reencuentro» de su querida banda. Era patético, pero no podía culparlo. Max los había convertido en el grupo más famoso de Irlanda y el Reino Unido y no sabía vivir sin ellos, y además, también estaban sus compañeros que, era cierto, llevaban meses sin trabajar y todos tenían familia y niños pequeños. Era una faena, porque la presión era descarada, pero no le quedaban muchas alternativas.
         —¿Qué tal? —Issi leía en la cama y susurró porque los niños dormían en la misma habitación. El se desnudó de prisa y no habló hasta que se metió entre las sábanas—. Tu madre te preparó una cama en la salita... para que no duermas incómodo.
         —Si duermo allí, estaré incómodo. —La abrazó y le plantó un beso—. ¿O molesto aquí?
         —Podré soportarlo, fuiste tú el que se quejó esta mañana de la estrechez de la cama... ¿Qué tal ha ido?
         —Porque deberíamos estar en Killiney, en nuestra maravillosa y enorme habitación. Apaga la luz, ¿quieres?
         —¿Qué tal fue? Estaba preocupada. —Era cierto, estaba muy inquieta por culpa de la dichosa reunión, y por la salida de Ronan a ese pub rodeado de sus amigos. Era una prueba más en su recuperación y no podía evitar estar atenta—. Ronan...
         —Me han propuesto cuatro conciertos, dos aquí y dos en Londres. Al parecer ya tienen todo organizado, yo le enseñaré la propuesta a Paul y veremos qué puedo hacer.
         —¿Y te apetece?
         —Solo me apeteces tú. —La apretó contra su cuerpo y cerró los ojos.
         —¿Y cómo estaban?
         —La mitad borrachos y el resto con resaca. Sinceramente, no sé cómo llegamos tan lejos con una pandilla semejante, Issi.
         —Porque teníais talento, pero sobre todo por ti.
         —No, tampoco es eso...
         —Por supuesto que sí, y no lo creo solo yo, lo sabe todo el mundo.


 Capítulo 18

 

 

          
         —¿Así que los Night Storm vuelven en loor de multitudes? —George Stathman tiró el periódico encima de la mesa y Eloisse saltó en su sitio porque estaba casi dormida. Se había quedado hasta muy tarde charlando con Aurora tras el viaje a Irlanda, y no había podido evitar despertarse a las seis de la mañana cuando Ron se levantó para ir a ese programa de la BBC a primera hora, por lo que ahora su cuerpo le reclamaba la ausencia de sueño.
         —No lo sé.
         —¿Ah, no? Qué raro... —El coreógrafo miró a Mike que ocupaba su sitio junto a Issi y le hizo un gesto a su ayudante para que le sirviera un café—. En fin, tengo que hablar con vosotros chicos, esta tarde se lo contaremos al resto de la compañía. Se quiere hacer una reestructuración del programa de este año y después de Carmen irá una producción de danza moderna.
         —¿Cómo? —Issi se estiró en la silla—. ¿Y lo cambian ahora?
         —¿No quieres bailar danza moderna, ma petite?
         —No, sabes que no me siento cómoda.
         —Mala suerte, es lo que hay. Se ha elegido a Stravinski, Sinfonía en tres movimientos.
         —¿Y esto por qué?
         —Una decisión artística.
         —¿Y no podíais haber elegido simplemente El Pájaro de Fuego —preguntó Michael viendo la cara de Issi que no soportaba el ballet de después de 1900.
         —No, es una producción propia y con coreografía mía, es lo que hay, id oyendo la música y os espero mañana a las ocho de la mañana para empezar los ensayos.
         —¿Pero por qué?
         —Aire nuevo, pequeña.
         —Pero es muy precipitado, ¿desde cuándo cambiais un programa a estas alturas?
         —Desde que me han dado mano libre para hacerlo.
         —¿Cuándo quieres estrenar?
         —Marzo. ¿Qué pasa Eloisse? —La vio ponerse de pie y recoger su bolso—. ¿No te motiva?
         —No, la verdad es que no.
         —Pues a lo mejor te motiva saber que se ha aprobado la coreografía de tu Micky para la escuela, podrá estenarla en mayo, a fin de curso.
         —¡¿Sí?! —los dos se giraron muy contentos y a Michael se le llenaron los ojos de lágrimas.
         —¿En serio?
         —Totalmente, llama a Grace para que empecéis con lo ensayos cuanto antes.
         —Gracias, Georgie.
         —Venga, menos abrazos y fuera de aquí... ¡Chicos!
         —¿Qué?
         —¿Sabéis que Elizabeth termina contrato en Los Ángeles y vuelve en junio?
         —Sí.
         —Vale, pues ya hablaremos del tema, habrá que hacer un sitio para ella.
         Salieron sonrientes del teatro y al ver que Michael no decía nada, Issi se giró y lo agarró de la cintura.
         —¿Un café? Me muero por un poco de cafeína.
         —Yo también.
         —¿Qué te pasa?, ¿no estás contento? Es una gran noticia.
         —Lo sé, pero no puedo ni disfrutarlo... No sé, Issi... Lo de Ralph...
         —Ha vuelto, deberías estar feliz y si vas a presentar tu coreografía con los chicos de la Escuela, tienes aún más motivos para saltar de alegría. —Salieron del brazo camino del Café de Joel y ella notó que había un tipo con una cámara de fotos siguiéndolos, pero lo ignoró.
         —Vamos a ir a terapia, dice que si quiero seguir con él, debemos mejorar, no sé por qué se empeña todo el mundo en gastar dinero en terapeutas. Cuando me retire, me haré terapeuta.
         —Si es para bien, vale la pena. ¿Ya sabes a cuál ir? La nuestra...
         —La vuestra cuesta una fortuna, no, gracias. Oye, mira quién está allí. —En una mesa de la cafetería, Amanda Heines y Emma Capshaw tomaban una enorme taza de café. Los llamaron con la mano al verlos. Ellos se sentaron y pidieron un capuchino al camarero—. Hola, chicas, ¿qué hacéis aquí?
         —Esperando a Liam —comentó Amanda—. Siempre se empeña en quedar aquí. Tenemos hora con el médico.
         —¿Estás bien? —preguntó Issi.
         —Sí, bueno... —Amanda se inclinó hacia ellos, sonriente, mientras Emma se apoyaba en el respaldo de su silla bufando—. Lo estoy convenciendo para que me ayude con una inseminación artificial.
         —¿Ayude? —preguntó Mike y al darse cuenta del asunto, se echó a reír—. ¿Y no puede ser de forma natural?
         —Ya quisiera yo, pero no se deja —bromeó la actriz muy relajada—, así que me han recomendado a un médico y hoy iremos a charlar un rato a ver si se convence, pero no sé, cada vez que lo pienso, me entra miedo. Una amiga ya se ha hecho cuatro y no le le han funcionado. Me da miedo tener un aborto y quedar mal.
         —No tienes por qué quedar mal —opinó Issi viendo la cara de incomodidad de Emma, a la que no veía desde su encuentro fortuito en el hotel Somerset.
         —A veces afecta, ya sabes, hay quién después de un aborto no concibe jamás.
         —Yo tuve un aborto —confesó en voz alta y sintió un escalofrío helado por la espalda. Aún le dolía el corazón al recordarlo—. Justo antes de James y después me quedé embarazada enseguida.
         —¿Pero que edad tenías?
         —Veintitrés.
         —Ufff. —Amanda se abanicó con la servilleta—. Veinte menos que yo, cariño, yo tengo cuarenta y tres, aunque si repetís esto en público lo negaré. —Se echó a reír nuevamente y ellos con ella—. No es lo mismo, ya me entiendes.
         —Seguro que sale bien, no tengas miedo, todas las mujeres corremos el riesgo de un aborto cuando nos quedamos embarazadas, no te obsesiones con eso o será peor.
         —¿Y tú, Eloisse, piensas tener más? —preguntó Emma con inocencia—. ¿O te quedas con dos?
         —Sí, bueno, siempre soñamos con una gran familia, nos gustaría tener cuatro por lo menos... —Se calló de golpe y notó los ojos de Mike encima. Acababa de dar por hecho que ellos querían, Ron y ella, y se maldijo por la torpeza, tragó saliva y cambió de tema—. ¿Y cuando terminas tu trabajo en Londres, Amanda?
         —Ya hemos acabado, estoy con los detalles de última hora, pero tengo que estar en Los Ángeles el veinte de este mes. Empiezo un nuevo rodaje y me gustaría acabarlo antes del supuesto embarazo, ya sabéis.
         —¿Y tú, Emma, cómo estás? —preguntó Issi fijándose por primera vez en el cambio de imagen de la asistente. Esta se sonrojó, pero cuadró los hombros para mirarla de frente—. ¿Te has oscurecido el pelo?
         —Sí. ¿Te gusta?
         —Claro, te queda genial.
         —Gracias.
         —Buenos días, siento el retraso. —Liam Galway llegó con prisas y se sentó junto a su ex mujer—. Vaya sorpresa más agradable. ¿Qué tal en Dublín, Eloisse?
         —Muy bien, gracias, llegamos ayer, muy cansados, pero felices. Los niños disfrutaron muchísimo con sus primos y con la familia.
         —Y me acaban de confirmar que mi coreografía se presentará en la escuela de Richmond, en la gala de fin de curso —comentó Michael—. Así que hay que celebralo.
         —¿Sí? ¡Estupendo! Enhorabuena.
         —¡Sí!
         —Vaya, eso es magnífico. —Liam miró a Eloisse y le sonrió. Esta iba vestida de negro, con el pelo recogido y el bolso cruzado en bandolera. Parecía más una estudiante de ballet que una prima ballerina y sintió una ternura instantánea e inmensa hacia ella. No hablaban desde después de Navidad, cuando quiso aclarar lo del regalo, pero ella parecía ignorarlo, los ojos clavados en su taza de café, así que tragó saliva y sonrió a Michael—. Maravilloso.
         —Sí, la verdad...
         —¿Issi? —La voz grave de Ronan Molhoney los sorprendió a todos. No lo habían oído llegar y la mesa entera se quedó en silencio observándolo, ahí de pie, con una bufanda azul, el pelo largo algo revuelto y los ojos enormes y aún más claros por efecto de la luz invernal que entraba por los ventanales, mirando a su mujer—. Hola a todos, buenos días.
         —Hola, buenos días...—Issi se levantó como un resorte y le presentó a Emma, que lo miraba con la boca abierta, y a Amanda Heines—. ¿Qué tal?
         —Encantado. Tenemos cita con Susan, pasé a recogerte al teatro y me dijeron que estabas aquí.
         —Ah, claro, es cierto, se me ha pasado la hora. Claro, vamos. Bueno, chicos, me voy. Adiós.
         Salió a toda prisa seguida por Ronan, que no le rozó ni un pelo, respetando su deseo de seguir ocultando su reconciliación, y caminaron uno junto al otro, sin tocarse, hasta que se perdieron entre un mar de gente, aparentando normalidad, aunque en el café sus amigos se quedaron cuchicheando descaradamente a sus espaldas.
         —¿Ese es el padre de sus niños? —Amanda miró a Mike, que asintió—. Dios bendito, yo también le haría cuatro o cinco bebés.
         —¡Amy! —La regañó Liam, echándose a reír.
         —Es guapísimo, muy atractivo... Ya sé que es persona non grata para ti, pero es un pedazo de hombre, no lo puedes negar.
         —¿No lo conocías? Es una estrella de rock muy famosa —dijo Emma frunciendo el ceño—. Me parece increíble.
         —Sí, seguramente lo conocía, pero soy una despistada con las caras. Hacen una pareja muy bonita —comentó mirando a Liam de reojo—. estupenda.
         —Bueno, en teoría están separados...
         —¿Esos separados? No, ni en broma, estos dos echan chispas, y siguen liados, creedme, sé de lo que hablo —comentó Amanda sin ninguna mala intención, aunque Liam Galway se movió en la silla incómodo. Emma lo notó y se excusó alejándose de ellos con el teléfono en la mano.
         —¿Julia?
         —¿Qué, Em? ¿Tienes novedades para mí?
         —La pareja acaba de salir junta de Covent Garden, van a su terapeuta, una vez ella comentó que quedaba frente a Hyde Park, en Knigthbridge, al lado del metro, lo sé porque me contó que ella había vivido en la zona con sus hijos.
         —Sabemos donde vivía con sus hijos cuando se separó.
         —Pues ahí al lado.
         —Gracias, pequeña. Nos vamos a forrar.
         —Hemos estado tomando café, todos juntos, como una familia feliz, Eloisse y Michael haciéndo la pelota a Amanda, son increíbles, unos falsos. ¿Cómo pueden...?
         —Vale, Emma, pasa de ellos, no son tus amigos, no lo olvides. Y ahora te dejo, pondré a alguien con los Molhoney y tranquila, que ganaremos mucho dinero y podrás dejar ese puto trabajo de mierda.
         —No quiero dejarlo, solo quiero que Amanda Heines se vaya. Cuando se largue de aquí, todo irá bien.
         —¿Qué irá bien? —sintió la mano de su jefe en el hombro y dio un respingo. Liam la miró sonriendo—. No quería asustarte, lo siento. ¿Nos vamos?
         —Claro, claro, no pasa nada, vamos.
          
          
         —Emma, ni rastro de los Molhoney —dijo Julia dos horas después de que Emma la llamara. Parecía bastante desconcertada—. ¿Estás segura de que hablaron del terapeura?
         —No exactamente, pero lo dieron a entender.
         —Pues por aquí no están.
         —Lo siento.
         —No te preocupes, tú sigue alerta.
         —Muy bien.
         Emma colgó con una sensación de frustración ridícula porque en teoría ella no tenía nada que ver en esos temas, aunque por otra parte le divirtiera la «cacería», más aún si con eso conseguía alejar a Eloisse de los pensamientos de Liam Galway. Buscó en el móvil el teléfono de Issi y lo marcó con una excusa absurda, pero eficaz, esperó a que sonaran seis señales de llamada y ya iba a colgar cuando oyó la voz de la bailarina.
         —Hola.
         —Eloisse, soy Emma, siento molestar. ¿Te pillo en mal momento?
         —No, Emma, dime, ¿pasa algo?
         —No, es por lo de la ex de mi jefe, me gustaría saber si nos puedes recomendar a tu ginecólogo aquí en Londres, ya sabes, para buscar más opiniones.
         —Oh, claro, espera... —la oyó manipular el teléfono y de fondo pudo escuchar claramente la voz y el acento característico de Ronan Molhoney que preguntaba: «¿Té o chocolate, princesa?»—. Ya lo tengo, Emma, toma nota, por favor.
         —Gracias, Issi, ¿estabas aún en tu cita? No quería interrumpir nada.
         —No, Emma, no te preocupes, ya estoy en casa.
         —Vale, adiós. Y gracias —colgó y llamó a Julia, mientras por su parte Eloisse colgaba mirando a Ronan que la esperaba de pie junto a la cocina americana de su loft.
         —¿Quién era? —preguntó con un tazón en la mano.
         —Emma, la ayudante de Liam Galway.
         —¿Y qué quería?
         —El número de mi ginecóloga, es una larga historia. Yo quiero un té, por favor.
         Se acercó a él y se abrazó a su espalda mientras servía el agua caliente. Lo de la cita con Susan había sido una mentira, como tantas otras que se inventaban últimamente para secuestrarla del café, porque en realidad habían subido a su ático para empezar a preparar la mudanza.
         Esa misma mañana, la segunda después de su vuelta de Dublín, habían decidido que ya era hora de que Ron se instalara en su piso y habían quedado para preparar las maletas, eso sí, tras un fogoso encuentro en aquella inmensa cama pegada al suelo. Habían estado a un tris de hacer el amor en el ascensor, pero un último gramo de sensatez los había obligado a entrar en el ático, para amarse un buen rato, junto a esa chimenea falsa, pero tan bien lograda, que iluminaba de forma tenue todo el apartamento.
         —Tienes el pelo larguísimo, igual que Alex, hay que llevarlo a la peluquería, aunque me da mucha pena cortarle sus rizos rubios.
         —Ya es hora de un buen corte, y esos rizos no durarán, créeme, así que pediremos hora mañana.
         —No sé, déjame pensar.
         —Vale... Ella se apartó para volver al salón y él le miró descaradamente el trasero.
         —¿Qué pasa?
         —Creo que la clandestinidad te da morbo, Issi, me preocupas... —contestó viendo como se sentaba en una butaca junto a la ventana.
         —¿Estás hablando en serio?
         —Sí, princesa, eso de esconderse te pone, no puedes negarlo.
         —¿Cómo que me pone?
         —Desde que nos vemos a escondidas, no tienes paciencia, ni calma, mi vida, y me encanta, pero... —Frunció el ceño sin dejar de sonreír.
         —¿Qué?
         —Lo del amante secreto te sube la temperatura. —Agarró su móvil para encenderlo, muerto de la risa—. Y mientras ese amante sea yo, no hay problema.
         —Será porque tú has tenido tiempo de jugar a todo lo imaginable, pero yo no, a mi me queda aún mucho por experimentar y es verdad, este rollo clandestino es divertido, ¿no?
         —Haremos todo lo que quieras, todo, siempre que sea conmigo, ¿eh? —le clavó los ojos celestes y ella no abrio la boca—. ¿Eh?
         —¿En serio crees que sería capaz de hacerlo con otra persona?
         —Pues... no, pero... Espera, un minuto. —Levantó un dedo y la hizo callar—. Hola Paul, dime, sí, estaba ilocalizable, lo siento, ¿qué pasa?, bien, ok, sí, antes de una hora, adiós y gracias.
         —¿Qué ocurre?
         —Debemos dar una respuesta al contrato de la banda, hoy es el último día.
         —Oh, claro.
         —¿Qué opinas tú, Issi? Aún no me has dicho nada al respecto. —Estiró las piernas mientras tomaba un sorbo de chocolate y ella se puso de pie, incómoda—. Me importa lo que tengas que decir.
         —Es tu trabajo, Ron, yo...
         —No me vengas con eso, dime la verdad.
         —Bueno, pues a mí me preocupa que vuelvan a exprimirte como ocurría antes, que no tengas tiempo para nada, que te pases el día pegado al teléfono o viajando. Además, creo que ese ambiente no es el mejor, pero en fin... es tu grupo y ellos te necesitan.
         —Firmaremos cuatro conciertos y alguna entrevista en televisión, no pienso matarme a trabajar y pondré unos límites muy claros. Paul se ha ocupado de incluirlos en el contrato.
         —Bien, perfecto.
         —¿Qué ambiente no es el mejor?
         —Los chicos, el estrés... ya sabes.
         —No, no sé. Háblame claro, princesa, ¿quieres?
         —Te ha costado mucho superar tus problemas con el alcohol, has estado luchando y aún estás en recuperación. Ellos no lo entienden, no entienden nada de tu ingreso y tus terapias y me preocupa que te presionen o...
         —¿Presionen?, ¿crees que tengo doce años?
         —No, pero tus compañeros y Max siguen pesando que tú no tenías ningún problema, que todo eran exageraciones mías y que lo del ingreso fue un sacrificio inútil.
         —¿Quién ha dicho eso?
         —Me han hecho comentarios al respecto, siempre es lo mismo: «Ron nunca ha sido un alcohólico», etc. Es siempre igual.
         —¿Y te importa lo que ellos opinen?, ¿no confías en mí?
         —Por supuesto que confío en ti, siempre lo he hecho, ¿o no te he apoyado en todo este proceso? Estoy contigo ¿o no? —Se puso seria y al él le cambió el semblante de forma instantánea—. ¿Ves? Por eso no quería opinar, no quiero discutir por culpa de tus compañeros, Ron. Es tu trabajo, tu banda y tú decides. Lo que decidas estará bien.

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