sábado, 15 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 3

Capítulo 6

Despertó con un dolor de cabeza descomunal y sin recordar nada, ni siquiera cómo había llegado hasta su cama. Llevaba el camisón puesto y giró con dificultad la cabeza en la almohada para comprobar en el reloj de la mesilla que eran las once de la mañana, las cortinas estaban cerradas, hizo amago de sentarse y fue cuando unas náuseas espantosas la hicieron correr al cuarto de baño para vomitar todo lo que tenía en el estómago.
         —Dios bendito, vaya resaca. —Aurora se asomó al dormitorio al oír el jaleo—. Te he preparado un zumo que te ayudará a superarlo.
         —No me hables de zumos por el amor de Dios. —Y siguió vomitando—. ¿Cómo llegué hasta la cama?
         —Ronan te trajo, se ha quedado toda la noche y hace una hora se llevó a los niños al parque con Fiona.
         —¿Fiona? ¿Y cómo que me trajo él?
         —Michael me acaba de contar que lo llamaron porque te pusiste muy pesada en el pub y al final solo él pudo sacarte y traerte a casa.
         —¿Pub?, ¿Qué pub? Oh, sí. ¡Maldita sea! ¿Cómo se le ocurre llamarlo?
         —Fue muy divertido, Eloisse, eso dice Mike.
         —¿Divertido? Me acuerdo que estuvimos en un karaoke...
         ¡Mierda! De repente se acordó de todo y se sentó al borde de su gran bañera de porcelana con la cabeza entre las manos. Recordó que era lunes, su día libre, y que la noche anterior había salido de juerga con sus amigos para olvidar una descomunal pelea que había tenido con Ron después de visitar la clínica de Windsor. Una discusión bastante dolorosa por culpa de una mujer que la había llevado, como una imbécil, a emborracharse por primera vez en su vida.
         Volvió a la cama, se acostó con cuidado y se tapó la cara con una toalla húmeda que Aurora le puso en la mano, cerró los ojos y recapituló lo ocurrido como en una película.
         Ella no era celosa, jamás lo había sido, y mucho menos desde que era consciente de los peligros de un sentimiento tan mezquino y destructivo como los celos, una experiencia que no deseaba a nadie y que había sufrido en carne propia desde que conociera a Ronan Molhoney a los dieciocho años. Era posesivo, controlador y celoso, o lo había sido, solo con ella, y aunque el famoso, la estrella de rock era él, y contaba con miles de fans que lo perseguían y acosaban continuamente, ella jamás había caído en la trampa de sentirse celosa o insegura porque consideraba que tales sentimientos eran egoístas y solo contribuían a hacer daño, sin embargo, aquel sábado en Windsor, durante las jornadas de puertas abiertas del exclusivo centro de rehabilitación donde él había estado ingresado, un veneno desconocido le había subido por la sangre provocándole un enfado monumental que, como siempre, había evidenciado de la única forma que sabía, quedándose completamente muda.
         Ron los había recogido a las diez de la mañana para que lo acompañaran al encuentro familiar, y habían viajado hacia el campo muy animados, cantando con los pequeños que iban felices en sus respectivas sillitas, mientras disfrutaban de un sol estupendo. Hacía una mañana fría pero soleada, y Eloisse se sintió de inmediato muy animada y dispuesta a disfrutar de una comida campestre organizada por la clínica para compartir con el resto de pacientes internos y externos vinculados al centro. Todo iba perfectamente hasta que aquella mujer, Portia Phillips, una conocida estrella de la canción y la televisión británica, había divisado a Ronan en medio del enjambre de gente, lo había agarrado por el cuello y lo había acaparado el resto de la jornada mientras él se dejaba hacer carantoñas con una sonrisa perenne en la cara. Ni siquiera las había presentado y Portia, que Eloisse sabía había compartido escenario con él en alguna ocasión, se pasó la mañana ignorándola descaradamente mientras desplegaba una atención desmedida por sus hijos. Eloisse se limitó a observarlos a distancia mientras charlaba con los médicos y pacientes que conocía, aunque a las dos de la tarde, cuando aquello tenía pinta de acabar, se acercó a ellos y pidió a Ronan, seria y con un tono nada amistoso, que los llevara de vuelta a Londres.
         Él accedió de inmediato e hicieron el trayecto de vuelta a casa en completo silencio, mientras los niños dormitaban tranquilamente en la parte trasera del vehículo.
         —¿Qué te pasa? —Ya solos en casa esperó a que saliera del cuarto de baño para enfrentarla—. ¿Te has aburrido?
         —Teniendo en cuenta que no son ni mis médicos, ni mis compañeros, un poco sí... —Caminó hacia la cocina y puso el agua a calentar para tomarse una tila. Estaba furiosa, pero no pretendía demostrárselo—. Mañana iremos a comer a casa de mi padre, me iré desde allí al teatro, si quieres puedes venir por la tarde...
         —Tenía que hablar con mis compañeros, supuse que no te importaba y que estarías bien.
         —Voy allí por ti, Ronan, no para que me dejes sola toda la mañana hablando con personas desconocidas —soltó de un tirón y bajó la cabeza dándole la espalda—. Pero no importa.
         —¿No importa? ¿Y hace dos horas que no me hablas? ¿por qué no me dices qué demonios te pasa?
         —¿No lo sabes? —Se giró para clavarle los ojos oscuros—. Resulta un poco incómodo que coquetees con tus amigas delante de mí. Obviamente tienes todo el derecho del mundo, porque yo no pinto nada, pero ya ves, sigo siendo chapada a la antigua y...
         —¡¿Pero qué dices?! ¿Coquetear con quién? —Le sostuvo la mirada y se metió las manos en los bolsillos—. ¿Con Portia Phillips? Es una amiga, compartimos unos días cuando estuve ingresado.
         —No es asunto mío.
         —Yo creo que sí, porque si no, no estarías a punto de llorar.
         —Vale, déjame sola, ¿quieres? Voy a descansar antes de irme y, si no te importa... —Caminó hacia la puerta haciéndose la valiente y le indicó la salida con un gesto.
         —¿Qué demonios quieres de mí, Issi?
         —¿Qué?
         —Llevamos un año y medio separados, sigo arrastrándome por el suelo para conseguir tu perdón, a veces creo que estoy a punto de dar un paso adelante y sin embargo, tu frialdad me frena, y ahora te pones celosa porque he estado hablando con una compañera, una colega. Soy de carne y hueso, y a veces necesito charlar con gente que no está juzgándome continuamente.
         —¿Como yo?
         —Pues sí, princesa.
         —Vale, adiós, déjame sola, ¿quieres?
         —¿Crees que algún día conseguirás perdonarme, Eloisse? Necesito saberlo.
         —Yo ya te perdoné.
         —¿Y entonces por qué seguimos en este punto? ¿Crees que podré soportar muchos meses más esta soledad? ¿La añoranza? ¿La puta cortesía de plástico que me dispensas?
         —Si ya te has cansado, eres libre de hacer lo que te plazca, con Portia Phillips o con quién quieras, seguro que ellas son muchísimo más generosas y mejores personas que yo.
         —Eres una niña, Issi, en serio, no tienes ni idea de por lo que estoy pasando, ni lo que en realidad siento por ti, no tienes ni idea y eso me desespera.
         —Ya te dije una vez que no entendía por qué insistías en seguir a mi lado, si lo hago todo mal. —Las lágrimas le anegaron los ojos y tuvo que buscar un pañuelo en el bolsillo del vaquero.
         —Será porque estoy enamorado de ti, porque eres mi mujer y porque tenemos dos hijos a los que deberíamos estar criando en nuestra casa, en paz y sin esta horrible tristeza que nos rodea. Ya sé que todo es por mi culpa, pero a veces no puedo seguir adelante.
         Ella subió la mirada y vio sus lágrimas. Ronan no dijo nada más, respiró hondo mirando al techo, abrió la puerta y salió sin despedirse, dejándola con una sensación de orfandad terrible en el alma. No había gritado, ni dicho barbaridades, como solía hacer cuando se enfadaba, pero le había hecho más daño del que él era capaz de calibrar.
         Tras la discusión, se pasó horas llorando, con el teléfono en la mano, esperando una llamada que nunca llegó y dominando sus deseos de llamar ella y pedir perdón, pero no lo hizo, y ese domingo cuando entró en su camerino, su maquilladora tuvo que pedir hielo para deshincharle los párpados y un par de valerianas para tranquilizarla.
         —No, no tomo nada, jamás lo hago y me puede sentar mal.
         —Llevas llorando dos días. ¿Crees que ayer no me di cuenta? Lo que pasa es que procuramos no agobiarte con preguntas, pero ahora te tomas esto y en paz, Eloisse.
         —¿Sales esta noche? Vamos a celebrar que el documental de Liam ha ganado un premio más —Mike entró y se quedó quieto viendo las bolsas de hielo que Issi tenía sobre los ojos—. Vente.
         —No me apetece, pero gracias.
         —¡Sí! Deberías ir —opinó Jill haciendo un gesto a Michael para que insistiera—. No sales nunca, vas de casa al trabajo y del trabajo a casa. ¿Tienes veintisiete años o setenta? Sal un poco, no te hará daño.
         —Sí, venga, Issi, si quieres dile a Ronan que se apunte, no nos importa.
         —No sé. —Se puso a llorar otra vez al oír el nombre y Mike la abrazó por los hombros sin decir nada.
         —Vale, haz lo que quieras.
         —Está bien. —Apartó las bolsas de hielo y lo miró a los ojos—. Me voy con vosotros.
         —Así me gusta, avisaré a Liam para que reserve una plaza más para la cena.
         Ella no bebía, jamás, alguna vez una copa de vino, pero en toda su vida jamás se había emborrachado o bebido un poco más de la cuenta siquiera, nunca, hasta esa noche en que la pena y la culpa la hicieron pedir dos copas de vino blanco durante la cena y seguir con un poco de licor en el postre. Michael la observaba divertido mientras ella abandonaba la melancolía perpetua que la envolvía desde hacía meses para morirse de la risa con las ocurrencias de sus amigos. Era una gozada verla sonreír como antes de su separación, charlar animada y relajada, sin mirar la hora o estar pendiente del móvil, y cuando se pusieron en pie y ella perdió el equilibrio, la agarró por la cintura para acompañarla a casa.
         —No, me voy a bailar, me muero por bailar un poco.
         —¿Estás segura, preciosa? Te veo mareada.
         —Estoy segura, ya que he salido, hagámoslo bien.
         —Vale, de acuerdo.
         Muy cerca de Covent Garden estaba el local donde les esperaba parte de la compañía para seguir la fiesta y Eloisse se pidió una copa de champagne para celebrar el éxito de Liam Galway con su documental sobre el ballet que estaba arrasando en todos los festivales de cine en los que se presentaba. Estaba tan contenta que incluso se subió al pequeño escenario para cantar en el karaoke una canción de los Night Storm a voz en cuello. La gente le hacía fotos y la aplaudían mientras ella se reía como una niña. Pasada la medianoche ya estaba completamente borracha y fue entonces cuando Michael decidió sentarla en una mesa y pedirle un café.
         —¿Cómo te llamas? Eres preciosa. —Un tipo joven, trajeado se acercó para hablarle de cerca. Como solía suceder, había varios pretendientes babosos detrás de ella desde que habían entrado en el local, y Michael los había espantado a todos, salvo a ese, que parecía muy lanzado.
         —Estoy casada —contestó pasándose la mano por la cara, muy mareada.
         —¿Y dónde está tu marido?
         —¡¿Y a ti que coño te importa?! —Lo miró furiosa y el tipo se echó atrás. Liam Galway se sentó frente a ella y le sonrió.
         —Vaya genio.
         —Vaya gilipollas.
         —Eres muy guapa, es normal que quieran intentarlo.
         —Estoy casada —repitió mirándose la alianza de matrimonio junto al anillo de compromiso que jamás se quitaba—. Era un impertinente.
         —En la practica estás separada, ¿no?
         —No, Liam. Dios bendito, me siento mal.
         —¿Ah, no?
         —Yo sigo casada y amo a mi marido, aunque le haga daño y no sepa demostrárselo. —Hizo un puchero y se puso a llorar. Liam, sin saber qué otra cosa hacer, le pasó un paquete de pañuelos desechables. —Ron acabará odiándome, lo sé, se irá con otra, querrá a otra y le dirá princesa, y yo me moriré...
         —¿Qué le pasa? —preguntó Mike.
         —Hemos pasado de la euforia al llanto —contestó Liam encogiendo los hombros—. Deberíamos llevarla a casa.
         —El querrá a otra y no a mí, y tendrá más hijos, otros niños que no serán míos y me tiraré por una ventana. —Lloraba copiosamente, no podía contenerse, las palabras le salían a borbotones, todas esas cosas que pensaba a diario y que no se atrevía a decir en voz alta. Ralph se acercó para acariciarle la espalda.
         —¿Qué pasa?
         —Le ha dado la borrachera sentimental —opinó Mike intentando que se tomara el café—. Menuda resaca tendrá mañana, deberíamos avisar a Ron, no puede estar así con los críos.
         —A lo mejor no tiene resaca y esto le viene bien. Necesita desahogarse.
         —No, cariño, es la primera borrachera de su vida, créeme, estará fatal, voy a llamar a Molhoney.
         —¿Por qué a él? Llevémosla a casa y ya está —dijo Liam un poco enfadado.
         —Porque es su marido. —Cogió el móvil y Ronan contestó enseguida—. ¿Ron, dónde estás, tío?
         —En casa. ¿Qué sucede? ¿Dónde está Issi?
         —Aquí la tengo, ha tomado unas copas de más y la veo fatal, tal vez...
         —Voy para allá. ¿Dónde estáis?
         Michael colgó tras decirle donde estaban, se sentó junto a su amiga y le acarició la espalda oyéndola llorar por su marido como una magdalena mientras los demás movían la cabeza sin poder ayudarla, y cuando Ronan llegó al local, muy pocos minutos después, y entró ignorando a toda la gente que se giró al reconocerlo, Ralph se puso de pie y lo llamó con una mano.
         —Princesa, ¿qué te pasa? —Se acercó con una sonrisa.
         —¿Qué haces aquí? —Ella se levantó como pudo y cuadró los hombros muy digna—. Estoy bien...
         —Sí, claro, vamos a casa.
         —No tienes que hacerlo, sé que me odias.
         —¿Pero que dices, princesa? Ven aquí —Intentó sujetarla por la cintura pero ella se le abrazó con fuerza al pecho—. Vale, vamos a casa, venga. ¿Issi?
         —Eres tan guapo. —Se apartó un poco y le acarició la cara con la mano abierta.
         —¿Ah, sí? Perfecto, vamos.
         —¿Yo te gusto?
         —Claro, princesa, vamos, ¿quieres? —Quería llevársela, pero ella se estaba poniendo muy pesada. Todos se levantaron y a Michael empezó a entrarle la risa al verla así, completamente borracha porque estaba muy graciosa.
         —Dame un beso. —Lo agarró de la solapa de la chaqueta y lo empujó hacia ella, que afortunadamente tenía una pared a su espalda para sujetarla. Ronan le acarició las muñecas y sonrió—. Ron...
         —Princesa, no me hagas esto. —Ella se puso de puntillas para besarle el cuello y las mejillas y él empezó a ponerse nervioso—. Issi, por favor, no estamos jugando.
         —No estamos jugando— repitió y se le pegó más buscando sus labios.
         —Issi.
         —¿No me quieres dar un beso?
         —Vamos a casa, ¿quieres?
         —Bésame, maldita sea —le dijo mirándolo a los ojos. Él se detuvo un segundo, estiró la mano y la sujetó por la nuca para plantarle un beso, un beso con todo el deseo acumulado de tantos meses—. Te amo.
         —Y yo a ti mi vida.
         —¿No te irás con otra?
         —¿Pero qué dices?
         —¿No tendrás más hijos con otra?
         —Claro que no. —Le acarició el pelo revuelto y vio como se le llenaban los ojos de lágrimas—. ¿Cómo piensas eso?
         —Tus hijos son para mí, son míos.
         —Claro, ¿nos vamos?
         —Júramelo.
         —Te lo juro, princesa, ¿para quién más si no?
         —Vale, porque yo te quiero. —Hizo un puchero y soltó un llanto desatado.
         Ron reparó por primera vez en la gente que los rodeaba y los miraba muy atenta con los teléfonos móviles en la mano y dispuestos para hacer fotografías, y buscó a Mike Fisher pidiendo ayuda.
         —Ayúdame a sacarla de aquí, ¿quieres?
         —Vamos por detrás. —La cogió en brazos y la sacaron a una callejuela lateral oscura, donde se despidieron. Ron la posó en el suelo y la animó a caminar hasta la casa, que estaba a poca distancia, pero ella seguía resistiéndose, con la cara roja por el llanto y completamente despeinada. Ron suspiró y la besó en la frente.
         —Tienes que dormir, princesita y mañana una buena cantidad de aspirinas.
         Era lo último que recordaba. Nada más hasta esa mañana. Se tapó hasta la cabeza con el edredón, muerta de la vergüenza, e intentó relajarse hasta que, al final, volvió a quedarse dormida.
         Despertó al atardecer, se movió en la cama y se encontró con alguien a su lado, se incorporó un poco y vio a Michael apoyado en un cojín y con los cascos del MP3 puestos. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió al notar que ella lo miraba.
         —Buenas tardes —susurró apartándole el pelo completamente revuelto de la cara—. ¿Qué tal?
         —Me quiero morir, esto es peor que dar a luz.
         —¿En serio? ¿Quieres agua?
         —Sí, por favor. —Mike agarró una botella de la mesilla, le sirvió un vaso y se lo pasó con una sonrisa—. No tienes que ser testigo de mi desgracia, Mike.
         —Es muy divertido.
         —¿Ah, sí?
         —¿Cuántas veces me has cuidado tú tras una borrachera?
         —Muy pocas, tú nunca has perdido el sentido como yo, que recuerde —contestó ella desplomándose en la almohada y poniéndose la mano en la frente—. Qué vergüenza.
         —Todos tienen que pasar por algo así para acabar odiándolo.
         —¿Los niños?
         —Están jugando con Fiona y Aurora, muy tranquilos.
         —¿Y qué haces aquí?
         —Me habías invitado a cenar, ¿recuerdas? Ralph se ha tenido que ir a Liverpool.
         —Claro, cariño, dame un minuto y me levanto. ¿Dónde está Ron?
         —Se ha ido a Dublín, me dijo que te dijera que vuelve el jueves.
         —Sí, oh Dios... —Recordó de nuevo la noche anterior y miró a su amigo de reojo—. ¿Es verdad que estuve acosándolo o son imaginaciones mías?
         —Nada de imaginaciones... —Soltó una carcajada recordando el espectáculo— quisiste besarlo, y abrazarlo, y al final te pusiste a divagar sobre los hijos y...
         —¿Los hijos?
         —Sí, que sus hijos eran tuyos, para ti, creo que dijiste, sonó muy animal...
         —Estoy completamente loca, pobre Ronan.
         —¿Pobre Ronan? Fue muy halagador.
         —Sí, muy halagador ver a la madre de tus hijos borracha en un bar.
         —El se portó como un señor. Sabes que no es santo de mi devoción, pero he de reconocer que estuvo a la altura. Llegó en cuanto lo llamé y se lo tomó todo con paciencia y ternura.
         —¿Y lo besé? —Cerró los ojos.
         —Todavía me sube la fiebre si recuerdo ese beso. Legendario.
         —Madre de Dios. —Se sentó en la cama y se levantó para ir al cuarto de baño, donde pasó un buen rato debajo de la ducha. No quería ni pensar en lo que ese beso significaría para él y se preguntó si al final se habían acostado o simplemente se había limitado a arroparla en la cama.
         —Creo que estás perdidamente enamorada de Ronan Molhoney, Issi, y aunque has sufrido y padecido cosas difícilmente tolerables con la cabeza, tu corazón es más fuerte y no puedes seguir así. —Suspiró al verla salir del baño.
         —Sólo fue una borrachera. —Eloisse cogió ropa y se vistió dentro del cuarto de baño.
         —Los borrachos no mienten, fue muy conmovedor...
         —¿Y qué puedo hacer?
         —Asumir que lo has perdonado, que has superado el pasado y volver con él. Si no lo haces, es por miedo a lo que digamos nosotros, los que te queremos, ¿pero qué más da? Pase lo que pase, tú no puedes vivir lejos de Ronan.
         —Es que...
         —¿Qué pareja que ha roto sigue viéndose casi a diario? Hablas con él cuatro veces al día, compartís comidas y desayunos con la excusa de los niños, vas a sus terapias, por el amor de Dios. ¿Lo ves normal? No, porque no lo es y los demás también lo sabemos, no somos idiotas. ¿A qué estás esperando?
         —Yo... —Lo miró con los ojos húmedos— me da miedo equivocarme otra vez y someter a los niños a mis errores.
         —Él es su padre, Eloisse, es lo que hay, todos los hijos pagamos los errores de nuestros padres, pero, al menos, vosotros os queréis. Los niños estarán bien.
         —Es todo tan complicado.
         —Creo que jamás perdonaré el daño que te hizo, pero reconozco que se está esforzando, y además, ninguno de nosotros te crucificará por volver con él.
         —Vale. —Se sujetó el pelo en una coleta y respiró hondo—. Vamos a preparar la cena, ¿quieres?
         —Ven aquí. —Mike se levantó y la abrazó con fuerza—. Por qué las cosas no serán más sencillas, ¿verdad?
         —Mamá —James se lanzó a sus brazos en cuanto la vio salir de la habitación y ella se lo comió a besos sonriendo a Alex, que la miraba desde el suelo con los ojos celestes muy brillantes.
         —¿Cómo estás, mi amor? Gracias por ocuparos de todo, no volveré a beber en mi vida, os lo juro —dijo con un resoplido a Fiona y la niñera que se rieron encogiéndose de hombros—. Haremos pizza para cenar.
         —¿Pizza?
         —Casera, Mike, ya verás que buena, ¿verdad, niños? Alexander, ¿qué te pasa, mi vida? —Se inclinó y comprobó que tenía unas décimas de fiebre—. Madre mía, vamos a darle aspirina, esa muela es una pesada, mañana iremos al pediatra... —Dejó a Jamie con sus pinturas y cogió en brazos a Alex que se le acurrucó en el cuello mientras el móvil empezaba a vibrar sobre la mesa—. Ron...
         —¿Cómo estás? —preguntó este, que seguía sonriendo cada vez que la recordaba completamente borracha en aquel local.
         —Mareada, pero al menos ya me he levantado. Vamos a hacer pizza para cenar, y el bebé tiene un poco de fiebre. —Siempre se referían a Alex como el bebé aunque solo tenía diez meses menos que James, y lo abrazó acariciándole la espaldita—. Está muy decaído, si sigue así dentro de un rato, lo llevaré a urgencias.
         —El médico dijo que era normal.
         —Ya son muchos días.
         —Bien, si vais, me avisas.
         —¿Y tú qué tal?
         —Trabajando toda la tarde, pero ya estoy en casa de mi madre, me está preparando la cena y vienen Patricia y Erin a cenar con nosotros.
         —Qué bien, manda recuerdos.
         —Muy bien.
         —Ron —respiró hondo y se metió en la cocina—, gracias por lo de anoche. Michael dice que tuviste mucha paciencia conmigo.
         —Fue un placer.
         —Vale, pues ya hablaremos, ¿de acuerdo?
         —Como quieras —susurró con esa voz de terciopelo que ella adoraba y no pudo decir nada más—. Issi, ¿me dejas hablar con los niños?
         —Sí, sí, claro, Jamie ven a hablar con papá. —Salió al saloncito y le pasó el móvil al pequeño que lo agarró con fuerza para saludar a su padre.



 Capítulo 7

 

         —¿Conocéis a alguien como ellos? —Liam se animó a preguntar a Michael y a Ralph tras una comida en su casa, era sábado y hacía cinco días que había visto a Eloisse Molhoney perder el control en aquel local del Soho, algo que seguía torturándolo muy a su pesar—. Quiero decir como Ronan y Eloisse, después de casi nueve años...
         —Se conocen desde hace nueve años, pero han estado mucho tiempo separados, juntos, juntos, deben haber estado cuatro años como mucho —opinó Michael— o menos, no lo sé, ahora llevan dieciocho meses cada uno en su casa. Es una forma dura y cruel, pero efectiva, de mantener la llama.
         —Igualmente...
         —Ronan Molhoney está loco por ella, tú debes entenderlo mejor que nadie, ¿no? —Mike le guiñó un ojo.
         —¿Yo?
         —No lo niegues, es evidente que te gusta Issi, he visto a Ronan tumbar a muchos tipos interesados y no interesados en ella, pero contigo no falló, sabía por qué lo hacía.
         —¡Mike! —protestó Ralph viendo la cara de Liam Galway. Meses atrás, Ronan Molhoney le había dado una paliza en un restaurante por culpa de los celos y las heridas aún estaban abiertas.
         —Es cierto y somos amigos, ¿o no? Pues ya está, hablemos con sinceridad.
         —Ella es muy especial, pero obviamente no me puede gustar una mujer casada y madre de dos hijos, que en cuanto se toma una copa de más llora de amor por su marido.
         —Issi adora a Ron, él es su vida, eso no lo entendemos nadie, pero tiene suerte de estar con él, porque solo él puede estar en la misma frecuencia que ella, fue así desde el minuto uno.
         —¿Tú crees?
         —Sí, su primer novio, el primer beso, el primer polvo, ella solo tenía dieciocho años y el amor verdadero le llegó así de contundente, a mí siempre me ha parecido una fortuna porque conociendo a Eloisse, sabía que su primer amor iba a ser intenso, total y si otro hubiese llegado en lugar de Ronan, a lo mejor la hubiese acabado destrozando. He visto a miles de tipos enamorarse de compañeras como Issi o como yo, pero luego no soportan nuestra clase de vida, se diluye la magia de la bailarina y se largan rapidito por donde vinieron. Con Molhoney fue diferente, él la quería, se enamoró de verdad y se comprometió en cuerpo y alma con ella desde el principio, y eso, aunque luego hayan tenido problemas y hayan sufrido, es una verdadera suerte, Liam, jamás han dejado de amarse y tienen esos dos preciosos bebés a los que adoran. Es una mujer enamorada a pesar de los pesares.
         —Suena muy bien —susurró Ralph—, pero han tenido problemas graves, gravísimos, no lo olvidemos.
         —No es idílico, pero es lo que ellos tienen y nadie es perfecto.
         —Si fuera mi hermana o mi hija, hubiese preferido que viviera un poco, es muy típico que un vividor ya de vuelta de todo busque a una chiquilla inocente y preciosa...
         —No, Liam —interrumpió Mike— es verdad que Molhoney venía de vuelta de todo cuando se conocieron, pero no creo que él buscara nada, en serio, no es un santo, pero debo reconocer que él se enamoró de Eloisse Cavendish, de ella, hubiese sido como hubiese sido, luego dio la casualidad de que trataba de una preciosa virgen de dieciocho añitos, pero eso fue un añadido que a los hombres os encanta, no me lo puedes negar...
         —No es mi caso.
         —Vale, pero sé que os fascina ese halo de inocencia que ella despliega. Lo hace hoy por hoy, pero no te puedes ni imaginar lo que era aquello hace nueve años.
         —Issi es encantadora —opinó Ralph poniéndose de pie— y Ron en su estilo también lo es, forman una pareja estupenda y tienen una familia preciosa. Solo pido a Dios que él no lo vuelva a fastidiar y puedan ser felices.
         —¿Debo suponer que dais por hecho lo de su reconciliación? —preguntó Liam.
         —Yo sí. —Mike se levantó para mirar hacia el jardincito de la preciosa casa que Liam había alquilado en Chelsea—. Antes o después. Esta casa me gusta mucho.
         —Es muy cómoda.
         —Es estupenda, pero deberíamos irnos, tengo que estar en el teatro dentro de dos horas y, Liam —lo abrazó amistosamente—, siento haber sido tan directo, pero es que solo hace falta ver como la miras.
         —No soy peligroso.
         —Lo sé, si no hay peligro, pero tal vez te haces daño y pierdes la oportunidad de tener una buena amiga en Eloisse, solo digo eso.
         Liam Galway los despidió en la puerta de su casa y luego regresó a su despacho para estudiar un poco antes de preparase para salir. Tenía varios compromisos esa noche y esperaba llegar a cumplir con todos. Aquel sábado había organizado una comida íntima en su casa a la que había invitado a Eloisse y a sus niños, pero como siempre, ella había declinado la invitación argumentando esta vez que su hijo pequeño no estaba muy bien por culpa de la dentición, un argumento perfectamente factible, pero que él no acababa de creérselo. Meses atrás, Ronan y él habían acabado a puñetazos en un restaurante de Park Lane porque había osado invitarla a cenar, y ella evitaba tener contacto directo con él desde entonces, a menos que fuera estrictamente necesario, y él no podía culparla.
         Se apoyó en el respaldo de la gran butaca y pensó en sus ojos oscuros, pero a la vez transparentes, que eran inocentes y directos, en su pelo castaño y ondulado, su piel de porcelana, las pecas de su nariz y suspiró. Tuvo que reconocer que era una mujer preciosa, muy dulce, pero a la vez muy sensual, después de verla junto a su marido en aquel local, completamente borracha besándolo con un deseo que lo estremeció hasta lo más profundo de su ser, porque era sincera y apasionada, mucho más de lo que él era capaz de imaginar. Sin embargo, no tenía la más mínima oportunidad con ella, porque a pesar de todo lo sucedido con Molhoney, ella solo tenía ojos para él, y seguiría siendo así. Aunque se propusiera esperar por los siglos de los siglos, nada cambiaría y tal vez ya había llegado el momento de cambiar de registro, asumir la dura realidad y empezar a olvidarse de Eloisse Cavendish para siempre.
         —Emma —llamó por teléfono a su asistente por pura inercia—. ¿Qué haces esta noche?
         —Nada especial, ¿por?
         —¿Te vienes conmigo? tengo dos sitios que visitar y luego una cena.
         —¿En serio?
         —Si no te apetece, no pasa nada.
         —No, sí, voy.
         —Vale, ven para acá, ¿te parece?. El primer compromiso es justo aquí al lado.
         —Bueno.
         —Bien, te veo a las seis.
         Colgó dejando a la asistente con la palabra en la boca. Ella se quedó unos minutos con el teléfono móvil pegado a la oreja sin reaccionar porque no sabía si saltar de felicidad o justamente todo lo contrario. Era la primera vez que Liam Galway la invitaba a salir, aunque obviamente se trataba más de una salida profesional que otra cosa y se sintió idiota. Dejó el teléfono en el escritorio, se levantó y se fue al armario para buscar algo adecuado que ponerse, aunque antes se detuvo en el espejo enorme de su habitación para mirar la camisa de Liam Galway que llevaba puesta, la preciosa obra de un sastre de Savile Row que él había llevado en el estreno de Eugueni Oneguin y que ni siquiera había echado de menos cuando ella había decidido quedársela como recuerdo... acarició la tela y volvió a oler su aroma tenue, pero delicioso, impregnado en la tela, el aroma característico y propio de un hombre de verdad, de su hombre, determinó, quitándosela con cuidado para decidir qué ponerse en su primera cita.



 Capítulo 8

 

 

          
         Las imágenes de Eloisse Molhoney cantando en un karaoke del centro de Londres y besándose con su marido en un rincón del local, salieron a la luz una semana después del incidente. Ella estaba avergonzada, aunque todo el mundo se lo tomara a broma y le colapsaran el teléfono móvil con llamadas y mensajes muy cariñosos felicitándolos por su supuesta reconciliación.
         Ron y ella no habían tenido tiempo de hablar de ello preocupados como estaban por los dientes de Alex y los avances de Jamie en la guardería, y también porque él había empezado a rodar un videoclip en Cambridge, y estaba muy ocupado. Así que la mañana en que la prensa la sacó en portada con grandes titulares fue como remover un asunto ya completamente olvidado y, aunque hizo lo posible por hablar con él, no consiguió localizarlo hasta muy tarde, cuando se lo encontró tocando la guitarra bajito, en la habitación de los niños, en el suelo entre las dos camitas, una costumbre que encantaba a los pequeños, y que era como un somnífero muy potente, porque a los pocos acordes, se dormían profundamente.
         Llegó a la casa a la hora de siempre, se quitó los zapatos y el jersey, y entró en el cuarto con el periódico en la mano, se sentó en el suelo frente a él y se lo dejó encima de la guitarra.
         —Lo siento —fue su respuesta mirándola a los ojos—, son unos buitres.
         —Qué vergüenza.
         —¿Por qué? Ellos deberían avergonzarse por acosarnos. No les hagas caso.
         —Vale. ¿Qué tal el vídeo?
         —Acabamos mañana. Un fastidio, como siempre, no sé por qué complican tanto las cosas por cuatro minutos de videoclip. Me aburren. ¿Qué pasa, Issi? —Dejó la guitarra a un lado y dobló las rodillas, estaban muy cerca y le rozó las piernas desnudas. Ella llevaba una minifalda vaquera y una simple camiseta blanca, pero estaba preciosa.
         —Llevo días queriendo hablar contigo de lo que pasó en ese pub. Sé que me puse muy pesada, te presioné y dije barbaridades, no me acuerdo muy bien, pero no puedo seguir fingiendo que no ha pasado nada.
         —¿Qué barbaridades? ¿Que me querías? ¿Eso es una barbaridad? —sonrió sin moverse—. Es lo mejor que me has dicho en meses.
         —Bueno...
         —Cuando yo me emborrachaba no decía cosas tan agradables, ¿no? —Se inclinó buscando sus ojos y ella asintió—. Hasta en eso somos diferentes.
         —Sí, pero yo...
         —Shhh, no lo estropees, no digas nada más.
         —No, una cosa más —lo miró nuevamente a los ojos y vio como él movía la cabeza con resignación—, déjame decir solo una última cosa... Sabes que jamás he bebido y esa noche lo hice porque fue la única forma que encontré de olvidar la discusión que habíamos tenido por Portia Phillips, sé que me comporté como una niña poniéndome celosa, sé que a veces debo ser insoportable, pero me dolió muchísimo que dijeras que te juzgo continuamente, porque tal vez es verdad y, sinceramente, no es mi intención, al contrario, yo estoy muy agradecida de que sigas luchando por nosotros, estoy muy orgullosa de todo lo que has hecho y no quisiera parecer injusta contigo, no quiero que te sientas mal por mi culpa, no quiero hacerte daño.
         —Issi...
         —Solo quiero decir que lo siento y que no deberías hacerme caso, porque en realidad no importa lo que yo piense o diga, lo importante es todo lo que estás logrando, porque te estás esforzando muchísimo, todo el mundo lo sabe y...
         —Pero es que a mí no me importa todo el mundo, solo me importas tú, lo que tú pienses sobre mí es primoridal, princesa, porque yo me miraré siempre en tus ojos, en tus ojos y en los de nadie más.
         —Y yo estoy muy orgullosa de ti.
         —Vale.
         —En resúmen: lo siento.
         —¿Sientes haber estado celosa? —Le sonrió quitando hierro al asunto y ella relajó los hombros sonriendo a su vez.
         —No estoy de broma
         —Yo tampoco, princesa. Me encanta la idea de que estés celosa.
         —Vale... —Se apoyó nuevamente en la cama y se quedó callada. Ambos guardaron silencio un rato hasta que Ron decidió romper el hielo.
         —April me ha dicho que Jamie necesita espacio, autonomía, y que será mejor que dejemos a Alex en casa hasta el año que viene, que cuando cumpla dos años lo aceptarán encantados en la guardería, pero que no son gemelos y que James necesita su propio protagonismo en la escuela.
         —Ya me lo comentó mientras estabas en Australia y estoy de acuerdo.
         —Yo también, al fin y al cabo tenemos a Aurora.
         —Sí.
         —Me habló también de las clases extra de música, y creo que no, Issi. Sé que Jamie tiene un oído estupendo, que adora la música, se divierte muchísimo con ella, pero no quiero someterlo a clases para convertirlo en Mozart, es muy pequeño aún y quiero que siga disfrutando. ¿Qué opinas?
         —Completamente de acuerdo, no necesita clases, de momento.
         —Perfecto, zanjado. Hablaré nuevamente con ella.
         —Muy bien... —Subió los ojos oscuros y lo miró con calma, él estaba completamente relajado y le sonrió una vez más—. ¿Por qué nos llevamos tan bien en todo?
         —¿Cómo dices?
         —Siempre nos llevamos bien en la casa, con las decisiones domésticas, los niños. La convivencia siempre fue sencilla entre nosotros, salvo los problemas puramente de pareja, siempre hemos tenido una convivencia muy armónica.
         —Es verdad.
         —¿Y entonces?
         —Me ciega el amor y me vuelve estúpido.
         —No es así, y yo tampoco he sido una santa.
         Eloisse suspiró y le clavó los ojos observando su cara perfecta, la nariz recta y hermosa, los ojos claros y esa boca bien dibujada, fina y sensual que en ese momento le sonreía con dulzura.
         —A mí me gustas tal cual eres, incluso cuando te enfadas o te vuelves insoportable, princesa. Hasta borracha, fíjate. —Se echó a reír a carcajadas y ella no se lo pensó dos veces, siguió un impulso que le subió desde lo más profundo de su ser, se incorporó, se acercó y le agarró la cara con las dos manos, se inclinó y lo besó con la boca abierta, directamente, sin preámbulos, sintiendo su aroma a tabaco. Sus lenguas se tocaron con ansiedad y Ronan la sujetó por la nuca para retenerla—. Dios Issi, ¿qué haces?
         —Shh —respondió ella, sacándole la camiseta por la cabeza. Hizo lo mismo con la suya y se puso a horcajadas sobre él sin parar de besarlo, acariciándole el pelo suave y percibiendo claramente el contacto de su piel cálida y deliciosa contra la suya. Ronan se hundió en sus pechos y le arrancó el sujetador de un mordisco, ronroneando sobre sus pezones tensos y sedosos, mientras le acariciaba los perfectos muslos desnudos que se aferraban a él con fuerza.
         Ella solo quería hacer el amor, sentirlo, no pensar, por una vez, en el pasado, las terapias, los errores, las opiniones de todo el mundo, el miedo y el dolor. Solo quería amarlo y mandó mentalmente al infierno todo lo demás, deslizó la mano por su abdomen y llegó hasta los botones de los vaqueros. Sin dejar de besarlo, los desabrochó y acarició golosamente su pene erecto, sonriendo sobre su boca. Ronan la sujetó por las caderas y la penetró despacio. Ella estaba preparada y él moría de deseo, así que cuando entró en su cuerpo, deslizándose por aquella cavidad húmeda y caliente, soltó un gruñido pegado a su cuello, le buscó la boca hinchada por los besos y la miró a los ojos.
         —Princesa, te amo. —Ella se movía sinuosamente sobre él y le sonrió con los ojos brillantes—. ¿Sabes lo que estás haciendo? Porque no podré volver atrás.
         —Shh.
         —Issi.
         —Yo también te amo —le dijo besándolo una vez más.
         Y se desencadenó la locura. Se devoraron sin ningún pudor, se mordieron y se besaron como locos. Ella quería sentirlo más y más, mientras él la tumbaba encima de la alfombra, gimiendo, con lágrimas en los ojos y perdiendo completamente el control. Se lo debían después de tantos meses y cuando llegaron al clímax juntos, eyaculó dentro de ella con un quejido ahogado. Eloisse le sujetó la cara y le regaló la más radiante de las sonrisas.
         —Ha sido muy rápido, lo siento, princesa, pero...
         —Ha sido perfecto.
         —Te he echado tanto de menos, tanto —le acarició los pechos turgentes e irritados con un dedo y luego bajó la enorme mano por el abdomen tenso hasta sus caderas, deteniéndose en su ombligo redondo y diminuto.
         —¿Issi? —La niñera la llamó desde el pasillo y ambos saltaron buscando su ropa por el suelo—. ¿Estás bien? Me voy a la cama.
         —Sí, sí, estamos bien. Vete a la cama, buenas noches. —Se asomó corriendo a la puerta, poniéndose la camiseta y la falda sin ropa interior y vio que Aurora se iba hacia su cuarto—. Hasta mañana.
         —Hasta mañana...
         Se giró hacia Ronan que intentaba vestirse en la penumbra y se echó a reír a carcajadas, aunque bajito. Él soltó los zapatos e hizo lo mismo poniéndose en jarras. Era una situación muy absurda y ambos se miraron moviendo la cabeza, en sus camitas los niños dormían plácidamente y Ron los arropó antes de acercarse a Issi para agarrarla de la mano.
         —Vamos a la cama —dijo con autoridad y salieron al pasillo a medio vestirse, entraron en el dormitorio principal y se tiraron encima de la enorme cama de matrimonio entre risas, quitándose la poca ropa que aún llevaban puesta.


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