martes, 25 de marzo de 2014

SHATTER ME, parte 2

Mi vida es de 4 paredes de oportunidades perdidas que se arrojaron en moldes de hormigón.
—¿Qué hay de tu familia? —Hay un dolor serio en su voz, casi como si él ya conociera la respuesta a esa pregunta.
Aquí está lo que sé sobre mis padres: no tengo idea de dónde están.
—¿Por qué estás aquí? —hablo con mis dedos para evitar su mirada. He estudiado mis manos tan meticulosamente que sé exactamente dónde cada corte y moretón ha hecho estragos en mi piel. Manos pequeñas. Dedos delgados. Los hago un puño y los aflojo para perder la tensión. Él aún no ha respondido.
Levanto la vista.
—No estoy loco. —Es todo lo que dice él.
—Eso es lo que decimos todos. —Ladeo mi cabeza sólo para sacudirla una fracción de centímetro. Muerdo mi labio. Mis ojos no pueden evitar echar vistazos a hurtadillas por la ventana.
—¿Por qué sigues mirando hacia afuera?
No me interesan sus preguntas, en verdad no. Sólo es extraño tener a alguien con quien hablar. Es extraño tener que emplear energía para mover mis labios y así formar las palabras necesarias para explicar mis acciones. Durante mucho tiempo a nadie le ha importado. Nadie me ha visto lo suficientemente cerca como para preguntarse por qué miro por la ventana. Nadie nunca me ha tratado como un igual. Así y todo, él no sabe que soy un monstruo, mi secreto. Me pregunto cuánto tiempo durará esto antes de que él esté corriendo por su vida.
Me he olvidado de responder y él aún está estudiándome.
Meto un mechón de pelo detrás de mi oreja sólo para cambiar de opinión.
—¿Por qué miras tanto?
Sus ojos son cautelosos, curiosos.
—Me imaginaba que la única razón de que me encerraran con una chica era porque estabas loca. Pensaba que estaban intentando torturarme al ponerme en el mismo lugar que una psicópata. Pensaba que eras mi castigo.
—Eso es por qué robaste mi cama. —Para ejercer su poder. Para replantear una demanda. Para luchar primero.
Baja los ojos. Aprieta y afloja sus manos antes de frotar su nuca.
—¿Por qué me ayudarías? ¿Cómo sabrías que no te heriría?
Cuento mis dedos para asegurarme de que aún están allí.
—No lo hice.
—¿No me ayudaste o no sabías si podía herirte?
—Adam. —Mis labios se curvan alrededor de la forma de su nombre. Me sorprendo descubrir cuánto amo la fácil y familiar manera en que el sonido sale de mi lengua.
Él está sentado tan quieto como yo lo estoy. Sus ojos se relajan con un nuevo tipo de emoción que no puedo reconocer
—¿Sí?
—¿Cómo es? —pregunto, cada palabra más suave que la anterior—. ¿Afuera? —En el mundo real—. ¿Es peor?
Un dolor estropea los rasgos de su rostro finamente esculpido. Le toma unos latidos responder. Él mira por la ventana.
—¿Honestamente? No estoy seguro de si es mejor estar aquí o allá fuera.
Sigo sus ojos hasta el panel de vidrio separándonos de la realidad y espero a que sus labios se separen; espero para escucharlo hablar. Y entonces intento prestar atención cuando sus palabras dan saltitos alrededor en la bruma de mi cabeza, empañando mis sentidos, vaporizando mis ojos, nublando mi concentración.
¿Sabías que fue un movimiento internacional?, me pregunta Adam.
No, le digo. No le digo que fui arrastrada de mi casa hace 3 años. No le digo que fui llevada a rastras exactamente 7 años después de que El Restablecimiento comenzara a predicar y 4 meses después de que tomaran el control de todo. No le dije cuán poco sé de nuestro mundo.
Adam dice que El Restablecimiento tuvo en sus manos a cada país, listo para el momento de llevar a sus líderes a una posición de control. Él dice que la tierra inhabitable dejada en el mundo ha sido dividida en 3.333 sectores y ahora cada espacio está controlado por una Persona de Poder diferente.
¿Sabías que nos mintieron?, me pregunta Adam.
¿Sabías que El Restablecimiento dijo que alguien tenía el control, que alguien tenía que salvar a la sociedad, que alguien tenía que restaurar la paz? ¿Sabías que dijeron que matar a todas las voces de la oposición era la única manera de encontrar la paz?
¿Sabías esto?, es lo que Adam me pregunta.
Y aquí es donde asiento. Aquí es donde digo que sí.
Esta es la parte que recuerdo: El enojo. Los disturbios. La furia.
Mis ojos se cierran en un esfuerzo inconsciente por apartar los malos recuerdos, pero el esfuerzo fracasa. Protestas. Mítines. Gritos por la supervivencia. Veo a mujeres y chicos muriéndose de hambre, casas destruidas y enterradas entre los escombros, el campo es un paisaje quemado, su única fruta la carne podrida de las víctimas. Veo el color rojo y el granate y el marrón de muerte muerte muerte y la sombra más rica del lápiz labial preferido de tu madre todo corrido en la tierra.
Tanto que todo, todas las cosas murieron.
El Restablecimiento está luchando por mantener su control sobre la gente, dice Adam. Dice que el Restablecimiento está luchando por librar una guerra contra los rebeldes que no consentirán a este nuevo régimen. El Restablecimiento está luchando por arraigarse como una nueva forma de gobierno sobre todas las sociedades internacionales.
Y entonces me pregunto lo que le ha pasado a la gente que solía ver todos los días. Qué ha sido de sus casas, de sus padres, de sus chicos. Me pregunto cuántos de ellos han sido enterrados bajo el suelo.
—Están destruyendo todo —dice Adam, y su voz de repente es un sonido solemne en la distancia—. Todos los libros, artefactos, restos de la historia humana. Están diciendo que es la única manera de arreglar las cosas. Dicen que necesitamos comenzar de nuevo. Dicen que no podemos cometer los mismos errores de las generaciones anteriores.
2 golpes en la puerta y ambos estamos sobre nuestros pies, abruptamente sorprendidos, nuevamente en este mundo sombrío.
Adam enarca una ceja hacia mí.
—¿El desayuno?
—Espera tres minutos. —Le recuerdo. Somos tan buenos en enmascarar nuestra hambre hasta que los golpes en la puerta paralizan nuestra dignidad.
Nos privan de comida a propósito.
—Sí. —Sus labios forman una suave sonrisa—. No querría quemarme. —El aire se mueve mientras da un paso adelante.
Soy una estatua.
—Aún no lo entiendo —dice, tranquilamente—. ¿Por qué estás aquí?
—¿Por qué me haces tantas preguntas?
Él deja menos de un metro de distancia entre nosotros y yo estoy a diez centímetros lejos de la combustión espontánea.
—Tus ojos son tan profundos. —Ladea la cabeza—. Tan relajados. Quiero saber lo que estás pensando.
—No deberías. —Mi voz titubea—. Ni siquiera me conoces. 
 Él se ríe y la acción le da vida a la luz en sus ojos.
—No te conozco.
—No.
Él sacude su cabeza. Se sienta en su cama.
—Cierto. Por supuesto que no.
—¿Qué?
—Estás en lo cierto. —Contiene su aliento—. Tal vez estoy loco.
Doy dos pasos atrás.
—Tal vez lo estés.
Él está sonriendo de nuevo y me gustaría tomar una fotografía. Me gustaría mirar la curva de sus labios por el resto de mi vida.
—No lo estoy, ya sabes.
—Pero no me dirás por qué estás aquí —desafió él.
—Y tampoco tú.
Caigo de rodillas y tiro de la bandeja a través de la ranura. Algo inidentificable está echando vapor en dos tazas de estaño. Adam se dobla sobre el piso delante de mí.
—Desayuno —digo mientras tiro de su ración hacia delante. 

Capítulo 6
1 palabra, 2 labios, 3 4 5 dedos de 1 puño.
1 esquina, 2 padres, 3 4 5 razones para esconderse.
1 niño, 2 ojos, 3 4 17 años de miedo.
Un palo de escoba roto, un par de caras salvajes, enfadados susurros encerrados en mi puerta.
Mírame, es lo que quería decirte. Háblame alguna que otra vez. Encuéntrame una cura para estas lágrimas, realmente me gustaría exhalar por primera vez en mi vida.
Han pasado 2 semanas.
2 semanas con la misma rutina, 2 semanas de nada, sino rutina. 2 semanas con mi compañero de celda quien ha estado muy cerca de tocarme, quien no me toca. Adam se está adaptando al sistema. Nunca se queja, nunca ofrece voluntariamente demasiada información, continúa haciendo demasiadas preguntas.
Es simpático conmigo.
Me siento por la ventana y miro la lluvia, las hojas y la nieve colisionar. Se toman turnos para bailar en el viento, representando rutinas coreografiadas para confiadas masas. Los soldados entran y salen pisando fuerte a través de la lluvia, arrugando hojas y nieve caída bajo sus pies. Sus manos están abrigadas con guantes envueltos alrededor con armas que podrían poner una bala en un millón de posibilidades. No se molestan al ser molestados por la belleza que cae del cielo. No entienden la libertad en el sentimiento del universo en su piel. No se preocupan.
Deseo poder meter algo en mi boca llena de gotas de lluvia y llenar mis bolsillos al tope de nieve. Deseo poder trazar las venas de una hoja caída o sentir al viento pincharme en la nariz. 
 En vez de eso, ignoro la desesperación que mantiene mis dedos juntos y miro al pájaro que he visto sólo en mis sueños. Los pájaros solían volar, es lo que las historias dicen. Antes que la capa de ozono se deteriorara, antes que los contaminantes mutaran las criaturas en algo horriblemente diferente. Dicen que el clima no fue siempre tan impredecible. Dicen que había pájaros que solían elevarse a través del cielo como aviones.
Parece extraño que un pequeño animal pudiera logar nada tan complejo como la ingeniería humana, pero la posibilidad es demasiado atrayente como para ignorarla. He soñado con los mismos pájaros volando a través del mismo cielo durante exactamente 10 años. Blancos con mechones de oro como una corona en lo alto de su cabeza.
Es el único sueño que tengo que me trae paz.
—¿Qué estás escribiendo?
Echo una mirada a su fuerte estatura, la fácil sonrisa de su cara. No sé cómo se las arregla para sonreír a pesar de todo. Me pregunto si puede resistir esa forma, esa curva especial de una boca que cambia vidas. Me pregunto como se sentirá en 1 mes y estremezco ante el pensamiento.
No quiero que él termine como yo.
Vacío.
—Hey... —Aparta la manta de mi cama y se agacha junto a mí, sin perder tiempo envuelve la fina tela alrededor de mis cada vez más huesudos hombros—, ¿estás bien?
Intento sonreír. Dedo evitar su pregunta.
—Gracias por la manta.
Se sienta a mi lado y se apoya contra la pared. Sus hombros están tan cerca, demasiado cerca, nunca los suficientemente cerca. Su cuerpo me calienta más de lo que la manta alguna vez lo hará. Algo en mis articulaciones duele con un agudo anhelo, una desesperada necesidad con la que nunca había sido capaz de cumplir. Mis huesos mendigaban por algo que no puedo permitirme.
Tocarme. 
 Él echa un vistazo a la pequeña libreta colocada en mi mano, al bolígrafo partido agarrado por mi puño. Cierro la libreta y hago una bola con ella. La empujo con un crujido en la pared. Estudio el bolígrafo en mi mano. Sé que me está mirando.
—¿Estás escribiendo un libro?
—No. —No estoy escribiendo un libro.
—Quizás deberías.
Me giro para encontrar sus ojos y arrepentirme inmediatamente. Hay al menos 3 centímetros entre nosotros y no puedo moverme porque mi cuerpo sólo sabe cómo congelarse. Cada músculo, cada movimiento se endurece, cada vértebra de mi columna vertebral es un bloque de hielo. Estoy conteniendo mi respiración y mis ojos se amplían, encerrados, capturados por la intensidad de su mirada. No puedo mirar hacia otro lado. No sé como retirarlos.
Oh.
Dios.
Sus ojos.
Me he estado mintiendo a mi misma, decidida a negar lo imposible.
Le conozco. Le conozco. Le conozco. Le conozco.
El chico que no me recuerda. Solía conocerlo.
—Van a destruir la lengua inglesa —dice, su voz cuidadosa, tranquila.
Lucho para capturar mi respiración.
—Quieren recrear todo —continúa—. Quieren rediseñar todo. Quieren destruir todo lo que podría haber sido la razón de nuestros problemas. Piensan que necesitamos un nuevo idioma universal. —Baja su voz. Decaen sus ojos—. Quieren destruir todo. Cada lengua existente.
—No. —Mi respiración se dificulta. Manchas nublan mi visión.
—Lo sé.
—No. —Eso no lo sabía. 
 Me mira.
—Es bueno que estés escribiendo cosas. Un día lo que estás haciendo, será ilegal.
Empiezo a temblar. Mi cuerpo está de repente luchando contra un remolino de emociones, mi cerebro infestado por el mundo que estoy perdiendo y sintiendo dolor por este chico, quien no me recuerda. El bolígrafo tropieza en su camino al suelo, y me aferro a la manta tan fuerte que temo que se vaya a desgarrar. El hielo rebana mi piel, el horror se coagula en mis venas. Nunca pensé que el Restablecimiento llevaría las cosas tan lejos. Están incinerando la cultura, la belleza de la diversidad. Los nuevos ciudadanos de nuestro mundo serán reducidos a nada, excepto números, fácilmente intercambiables, fácilmente removibles, fácilmente destruidos por desobediencia.
Hemos perdido nuestra humanidad.
Envuelvo la manta alrededor de mis hombros hasta que estoy aislada de los temblores que no pararán de aterrorizar mi cuerpo. Estoy horrorizada por mi falta de autocontrol.
No puedo recomponerme aún.
Su mano está de repente en mi espalda.
Su toque es abrasador en mi piel a través de la capa del tejido e inhalo tan rápido que mis pulmones colapsan. Me atrapo en una colisionante corriente de confusión, tan desesperada, tan desesperada, tan desesperada de acercarme, tan desesperada de alejarme. No sé como apartarme de él. No quiero apartarme de él.
No quiero que él esté asustado de mí.
—Hey. —Su voz es suave, tan suave, tan suave. Sus brazos son más fuertes que todos los huesos de mi cuerpo. Él empuja mi ceñida cintura cerca de su pecho y yo me hago añicos. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil fragmentos de mis sentimientos me apuñalan en el corazón, derritiéndome en gotas de tibia miel que calman las cicatrices de mi alma. La manta es la única barrera entre nosotros y me empuja más cerca, más apretado, más fuerte hasta que oigo los latidos tarareando profundos dentro de su pecho y el acero de su brazo alrededor de mi cuerpo rompe todas las ataduras de tensión en mis miembros. Su calor derrite los carámbanos, apuntalándome desde dentro hacia fuera y me descongelo, me descongelo, me descongelo, mis ojos revoloteando rápidos hasta que caen cerrados, hasta que las lágrimas silenciosas desbordan mi rostro y he decidido que la única cosa que me congela es su armadura sujetando la mía.
—Está bien —susurra—. Estarás bien.
La verdad es una amante celosa y viciosa que nunca duerme, es lo que no le cuento. Nunca estaré bien.
Toma cada roto filamento de mi ser alejarle de mí. Lo hago porque tengo que hacerlo. Porque es por su propio bienestar. Alguien está pegando tenedores en mi espalda mientras me aparto. La manta se enreda en mis pies y estoy a punto de caer antes de que Adam me sujete de nuevo.
—Juliette...
—Tú no puedes tocarme. —Mi respiración es poco profunda y difícil de tragar, mis dedos se mueven tan rápido que los apretó en un puño—. Tú no puedes.
Él se incorpora.
—¿Por qué no?
—Sólo no puedes —susurro a las paredes.
—No lo entiendo, ¿por qué no me hablas? Te sientas en la esquina todo el día y escribes en tu libreta y miras todo menos mi cara. Tienes tanto que decir a un trozo de papel, pero estoy aquí, de pie, y ni siquiera me reconoces. Juliette, por favor... —Alcanza mi mano y me giro—, ¿por qué al menos no me miras? No voy a hacerte daño.
No me recuerdas. No recuerdas que fuimos a la misma escuela durante 7 años.
No me recuerdas
—No me conoces. —Mi voz es incluso plana; mis miembros se entumecen, amputados—. Hemos compartido un espacio durante dos semanas y crees que me conoces, pero no sabes nada de mí. Quizás estoy loca.
—No lo estás —dice a través de los dientes apretados—. Sabes que no lo estás.
—Entonces quizás lo estás tú —digo cuidadosa y lentamente—. Porque uno de nosotros lo está 
 —Eso no es verdad…
—Dime por qué estas aquí, Adam. ¿Qué estás haciendo en un manicomio si no perteneces aquí?
—Te he estado haciendo la misma pregunta desde que llegaste aquí.
—Quizás preguntas demasiado.
Oigo la cruda exhalación de su respiración. Se ríe, una risa ácida.
—Prácticamente somos las dos únicas personas quienes están vivas en este lugar, y ¿quieres mandarme a callar también?
Cierro mis ojos y me concentro en respirar
—Puedes hablarme. Sólo no me toques.
7 segundos de silencio se unen a la conversación.
—Quizás quiera tocarte.
Hay 15,000 sentimientos de incredulidad perforando mi corazón. Estoy tentada por la imprudencia, el dolor, el dolor, el dolor, desesperada para siempre por lo que nunca puedo tener. Le doy la espalda, pero no puedo evitar las mentiras que se derraman de mis labios.
—Quizás no quiera tocarte.
Él hace un duro sonido.
—¿Tanto te disgusto?
Me doy vueltas, así que sorprendida por sus palabras, me olvido de mí. Me está mirando, su rostro duro, su mandíbula tensa, flexionando los dedos por los costados. Sus ojos son 2 cubos de agua de lluvia: profundos, frescos y claros.
Duele.
—No sabes de que estás hablando. —No puedo respirar.
—No puedes contestar una simple pregunta, ¿no? —Niega con su cabeza y se gira hacia la pared. 
 Mi rostro es proyectado en un molde neutro, mis brazos y piernas llenas de yeso. No siento nada. No soy nada. Estoy vacía de todo lo que no se moverá nunca. Estoy mirando una pequeña grieta cerca de mi zapato. Voy a mirarla por siempre.
Las mantas se caen al suelo. El mundo se desvanece fuera de mi atención, mis oídos externalizan todos los sonidos a otra dimensión. Mis ojos se cierran, mis pensamientos van a la deriva, mis recuerdos me patean el corazón.
Lo conozco.
He intentado tan duramente dejar de pensar en él.
He intentado tan duramente olvidar su cara.
He intentado tan duramente conseguir sacar esos ojos azules, azules, azules, de mi cabeza, pero lo conozco, lo conozco, lo conozco. Han pasado 3 años desde la última vez que lo vi.
Nunca podría olvidar a Adam.
Pero él ya me ha olvidado.

Capítulo 7
Recuerdo los televisores y las chimeneas y los lavamanos de porcelana.
Recuerdo las entradas de las películas y los estacionamientos y los SUVs. Recuerdo las peluquerías y las vacaciones, las persianas de las ventanas y los dientes de león y el olor de las calzadas recién pavimentadas. Recuerdo a los anuncios de pasta de dientes y a las damas en sus tacones y a los hombres mayores en trajes de negocios. Recuerdo a los carteros y las bibliotecas y las bandas de chicos y los globos y los árboles de Navidad.
Recuerdo tener 10 años, cuando no podíamos ignorar más la escasez de alimentos y las cosas se pusieron tan caras que nadie podía permitirse el lujo de vivir.
Adam no me está hablando.
Quizá es lo mejor. Quizá no hay razón en esperar que él y yo podamos ser amigos, quizá es mejor que piense que no me gusta a que me gusta demasiado. Está escondiendo algo que podría ser miedo, pero sus secretos me aterran. No me contará porque está aquí. Aunque yo tampoco se lo he dicho.
Y aún, y aún, y aún.
La noche pasada, el recuerdo de su brazo sobre mí fue suficiente para espantar los gritos. El calor de un alivio amable, la fuerza de sus manos firmes sujetando todas mis piezas juntas, el consuelo y la liberación de tantos años de soledad. El don que me ha dado no puede ser regresado.
Tocar a Juliette es casi imposible.
Nunca olvidaré el horror en los ojos de mi madre, la tortura del rostro de mi padre, el miedo grabado en sus expresiones. Su hija era un monstruo. Poseída por el demonio. Maldita por la oscuridad. Terrible. Una abominación. Las drogas, los exámenes, las soluciones médicas fallaron. Las evaluaciones psicológicas fallaron.
―Ella es un arma andante para la sociedad―, es lo que dijeron los profesores. ―Nunca hemos visto nada como esto―, es lo que dijeron los médicos. ―Ella debería ser removida de su casa―, es lo que dijeron los oficiales de policías. 
 ―No hay problema en absoluto―, es lo que dijeron mis padres. Yo tenía 14 años cuando finalmente se deshicieron de mí. Cuando dieron un paso atrás y vieron que era arrastrada por un asesinato que no sabía que podía cometer.
Tal vez el mundo es más seguro conmigo encerrada en una celda. Tal vez Adam esté más seguro si me odia. Está sentado en la esquina con los puños en la cara.
Nunca quise herirle.
Nunca quise herir a la única persona que nunca quiso herirme
La puerta choca al ser abierta y 5 personas pululan en la habitación, con fusiles apuntando a nuestros pechos.
Adam está erguido y yo soy de piedra. He olvidado respirar. No he visto a tanta gente durante tanto tiempo, estoy estupefacta por un momento. Debería estar gritando.
—¡MANOS ARRIBA, SEPAREN LOS PIES, CIERREN LA BOCA! ¡NO SE MUEVAN Y NO DISPARAREMOS!
Aún estoy congelada en mi lugar. Debería moverme, debería levantar los brazos, debería extender mis pies, debería recordar respirar. Alguien está cortando mi cuello.
Las únicas órdenes ladradas cierran de golpe la culata de la pistola en mi espalda y mis rodillas se doblan mientras caigo al suelo. Finalmente consigo oxígeno y dejo a un lado la sangre. Creo que Adam está gritando, pero no es una agonía aguda rasgando mi cuerpo, a diferencia de cualquier cosa que haya experimentado antes. Estoy totalmente inmovilizada.
—¿Qué es lo que no entiendes acerca de mantener la boca CERRADA? —Miro de reojo para ver el cañón de la pistola a 2 centímetros de distancia de la cara de Adam.
—LEVÁNTATE. —Unas botas con punta de acero me dan una patada en las costillas, rápida, dura y hueca. No trago nada, sino los suspiros de asfixia que ahogan mi cuerpo—. Dije “LEVÁNTATE”. —Otra bota más dura, más rápida, más fuerte en mi estómago. Ni siquiera puedo llorar.
Levántate, Juliette. Levántate. Si no lo haces, le dispararán a Adam.
Me elevo, tirando de mis rodillas y caigo de nuevo sobre la pared detrás de mí, tropezando hacia adelante para recuperar el equilibrio. Levantar las manos es más tortura de la que sabía que podía soportar. Mis órganos están muertos, mis huesos se han roto, mi piel es un tamiz, pinchada con alfileres y agujas de dolor. Finalmente han venido a matarme.
Es por eso qué pusieron a Adam en mi celda.  Porque me iré. Adam está aquí, porque me voy, porque se olvidaron de matarme a tiempo, porque mis momentos han finalizado, porque mis 17 años eran demasiados para este mundo. Me van a matar. Siempre me pregunté como sucedería. Me pregunto si esto hará felices a mis padres.
Alguien se está riendo.
—Bueno, ¿no eres tú la pequeña mierda?
Ni siquiera sé si me están hablando a mí. Difícilmente me puedo concentrar en mantener los brazos en alto.
—Ni siquiera está llorando —añade alguien—. Las chicas normalmente mendigan clemencia en este momento.
Las paredes están comenzando a sangrar en el techo. Me pregunto cuánto tiempo puedo aguantar la respiración. No puedo distinguir palabras, no puedo entender los sonidos
Estoy escuchando la sangre corriendo por mi cabeza y mis labios son 2 bloques de cemento en los que no puedo abrir una grieta. Hay una pistola en mi espalda y yo estoy trastrabillando hacia delante. Los suelos se están cayendo hacia arriba. Mis pies se están arrastrando en una dirección que no puedo descifrar.
Espero que me maten antes. 

Capítulo 8
Me toma 2 días abrir mis ojos.
Hay una lata de metal y una lata de comida colocada al lado, e inhalo los fríos contenidos con mis manos temblorosas, un sordo dolor crujiendo a través de mis huesos, una desesperada sequía sofocando mi garganta. Nada parece estar roto, pero una mirada debajo de mi camisa prueba que el dolor es real. Los cardenales son descoloridas flores de azul y amarillo que me torturan al tocarlos y curan lentamente.
Adam no está en ningún lugar.
Estoy sola en un bloque de soledad, 4 paredes de no más de 3 metros en cada dirección, el único aire se mueve sigilosamente a través de una pequeña ranura en la puerta. Acabo de comenzar a aterrorizarme con mi imaginación cuando la pesada puerta metálica se abre. Un guarda con 2 rifles colgando a través de su pecho me mira de arriba abajo.
—Levántate
Esta vez no dudo.
Espero que Adam, al menos, esté seguro. Espero que no vaya a finalizar de la misma manera que yo.
—Sígueme. —La voz del guarda es densa y profunda, sus ojos grises ilegibles. Luce sobre los 25 años de edad, el pelo rubio se recorta cerca de su coronilla, las mangas de su camisa enrolladas hasta sus hombros, tatuajes militares serpenteando su antebrazo hacia arriba, justo como el de Adam.
Oh.
Dios.
No.
Adam entra por la puerta detrás del rubio y hace un gesto con su arma hacia la estrecha pared.
—Muévete. 
 Adam está apuntando un arma hacia mi pecho.
Adam está apuntando un arma hacia mi pecho.
Adam está apuntando un arma hacia mi pecho.
Sus ojos me resultan extraños, perdidos y distantes, muy, muy lejos.
No soy nada, sino novocaína1. Estoy entumecida, un mundo de nada, todo sentimiento y emoción se ha ido para siempre.
1 Novocaína: polvo blanco derivado de la cocaína, muy soluble, que se emplea como anestésico.
Soy un susurro que nunca existió.
Adam es un soldado. Adam quiere que muera.
Le observo abiertamente ahora, cada sensación amputada, mi dolor un grito distante desconectado de mi cuerpo. Mis pies se mueven hacia delante según su petición; mis labios permanecen cerrados porque nunca habrá palabras para este momento.
La muerte sería una bienvenida liberadora de estas alegrías mundanas que he conocido. No sé cuánto tiempo he estado caminando antes de que otro golpe me paralice. Parpadeo contra la luminosidad de la luz que no he visto en tanto tiempo.
—Juliette Ferrari. —Una voz detona mi nombre. Hay una pesada bota presionada en mi espalda y no puedo levantar mi cabeza para distinguir quien está hablándome—. Weston, atenúa las luces y libérala. Quiero ver su cara. —El comandante es sereno y fuerte como el acero, peligrosamente relajado, poderoso sin esfuerzo.
La luminosidad es reducida a un nivel que soy capaz de tolerar. La impresión de la bota es tallada en mi espalda, pero no se establece por más tiempo en mi piel. Levanto mi cabeza y observo.
Soy inmediatamente golpeada por su juventud. No puede ser mucho mayor que yo.
Es obvio que está a cargo de algo, aunque no tengo idea de qué. Su piel es impecable, sin manchas, la línea de su mandíbula afilada y fuerte. Sus ojos son la más pálida tonalidad de esmeralda que he visto.
Es bello.
Su deshonesta sonrisa es calculadamente malvada.
Está sentado en lo que él imagina que es un trono, pero no es nada más que una silla delante de una habitación vacía. Su traje está perfectamente planchado, su pelo expertamente peinado, sus soldados, los guardaespaldas ideales.
Le odio. 
 —Eres tan terca. —Sus ojos verdes eran casi translúcidos—. Nunca quieres cooperar. Ni siquiera jugarías con tu compañero de celda.
Me encojo sin pretenderlo. La quemadura de la traición enrojece mi cuello.
“Ojos verdes” se ve inesperadamente divertido, y yo, de repente, mortificada.
—Bueno, ¿no es esto interesante? —Chasquea sus dedos—. Ken, te adelantarías, por favor.
Mi corazón detiene su latido cuando Adam aparece en escena. Kent. Su nombre es Adam Kent.
Ardo en llamas de la cabeza a los dedos de los pies. Adam flanquea a “Ojos verdes” en un instante, pero sólo ofrece un seco asentimiento de su cabeza como saludo. Quizás el líder no es tan importante como piensa.
—Señor —dice él.
Demasiados pensamientos se están enmarañando en mi cabeza y no puedo desatar la locura que los anuda juntos. Debería haberlo sabido. Había oído rumores de soldados viviendo entre la gente en secreto, denunciando a las autoridades si veían cosas sospechosas. Cada día desparecía gente. Nadie volvía nunca.
Aunque aún no puedo entender por qué Adam fue enviado para espiarme.
—Parece que has dejado una profunda impresión en ella.
Entorno los ojos más cerca hacia el hombre de la silla, sólo para darme cuenta de que su traje ha sido adornado con diminutos parches de colores. Méritos militares. Su último nombre está grabado en la solapa: Warner.
Adam no dice nada. No mira en mi dirección. Su cuerpo está rígido, 1,80 metros de maravillosos músculos magros, su perfil fuerte y estable. Los mismos brazos que sostuvieron mi cuerpo son ahora pistoleras para armas letales.
—¿No tienes nada qué decir? —Warner mira a Adam sólo para inclinar su cabeza en mi dirección, sus ojos bailando a la luz, claramente divertidos.
Adam tensa su mandíbula.
—Señor.
—Por supuesto. —Warner está de repente aburrido—. ¿Por qué debería esperar que tuvieras algo que decir?
—¿Vas a matarme? —Las palabras escapan de mis labios antes de que tenga la oportunidad de pensarlas y el arma de alguien se cierra de golpe sobre mi columna de nuevo. Caigo al suelo con un roto gimoteo, resoplando en el mugriento suelo. 
 —Eso no era necesario, Roland. —La voz de Warner está saturada de un fingido desagrado—. Supongo que te estarás preguntando la misma cosa que si yo estuviera en tu posición. —Una pausa—. ¿Juliette?
Me las arreglo para levantar mi cara.
—Tengo una proposición para ti. 

Capítulo 9
No estoy segura de estar oyéndole correctamente.
—Tienes algo que quiero. —Warner está todavía mirándome.
—No lo entiendo —le digo.
Él toma una profunda respiración y se levanta para pasear a lo largo de la habitación. Adam no ha sido despedido todavía.
—Eres el tipo de proyecto personal mío.
Warner se sonríe.
—He estudiado tus grabaciones durante mucho tiempo.
No puedo soportar sus pomposos y autosatisfechos aires. Quiero romper la sonrisa de su cara, Warner para de caminar
—Te quiero en mi equipo.
—¿Qué? —Un roto susurro de sorpresa.
—Estamos en medio de una guerra —dice un poco impacientemente—. Quizás puedas resolver el rompecabezas.
—Yo no...
—Conozco tu secreto, Juliette. Sé por qué estás aquí. Toda tu vida está documentada en grabaciones hospitalarias, quejas a las autoridades, desordenados pleitos, demandas públicas para tenerte encerrada. —Su pausa me da el tiempo suficiente para ahogar el horror atascado en mi garganta—. Lo he estado considerando durante mucho tiempo, pero quería asegurarme de que de verdad no fueras una psicótica. El aislamiento no fue exactamente un buen indicador, aunque te valiste por ti misma bastante bien. —Me ofrece una sonrisa que dice que debería estar agradecida por su alabanza—. Envié a Adam a quedarse contigo como precaución final. Quería asegurarme de que no fueras volátil, de que eras capaz de la interacción y comunicación humana básica. Debo decir que estoy bastante satisfecho con los resultados.
Alguien está rasgando mi piel. 
 —Adam, según parece, hizo su parte bastante excelentemente. Es un buen soldado. Uno de los mejores, de hecho. —Warner le dispara una mirada antes de sonreírme—. Pero no te preocupes, no sabe lo que eres capaz de hacer. No todavía, de todas maneras.
Detengo el pánico, me trago la agonía, me suplico no mirar en su dirección, pero fallo, fallo, fallo. Adam encuentra mis ojos en la misma fracción de segundo que encuentro los suyos, pero mira hacia otro lado tan rápidamente que no estoy segura de si me lo imaginé.
Soy un monstruo.
—No soy tan cruel como piensas —continúa Warner, con un timo musical en su voz—. Si eres tan cariñosa en su compañía, puedo hacer esto... —Hace señas entre Adam y yo—... un trabajo permanente
—No —exhalo.
Warner curva sus labios en una despreocupada sonrisa.
—Oh, sí. Pero se cuidadosa, chica linfa. Si haces algo mal... tendrá que dispararte.
Hay cortadores de alambre tallando agujeros en mi corazón. Adam no reacciona a nada, dice Warner.
Él está haciendo su trabajo.
Soy un número, una misión, un objeto fácilmente reemplazable; no soy ni un recuerdo en su mente.
No soy nada.
No esperaba que su traición me enterrara tan profundo
—Si aceptas mi oferta, —Warner interrumpe mis pensamientos—, vivirás como yo lo hago. Serás una de nosotros, y no una de ellos. Tu vida cambiará para siempre
—¿Y si no acepto? —pregunto, atrapando mi voz antes de que se raje por el miedo.
Warner se ve genuinamente decepcionado. Sus manos son estrechadas con consternación.
—Realmente no tienes elección. —Presiona sus labios juntos—. Pero, ¿y si eliges desobedecer? Bueno, creo que te ves bastante más bonita con todas las partes de tu cuerpo intactas, ¿no lo crees?
Estoy respirando tan fuerte que mi cuerpo se está moviendo.
—¿Quieres que torture a gente para ti?
Su cara rompe en una brillante sonrisa.
—Eso sería maravilloso. El mundo está sangrando. 
 No tengo tiempo para formular una respuesta antes de que se gire hacia Adam.
—Muéstrale lo que se está perdiendo, ¿lo harías?
Adam responde un latido demasiado tarde.
—¿Señor?
—Es una orden, soldado. —Los ojos de Warner están dirigidos hacia mí, sus labios se mueven ligeramente con un reprimido divertimento—. Me gustaría romper esta. Ella es un poco demasiado luchadora para su propio bien
—No puedes tocarme —suelto a través de mis dientes apretados.
—Incorrecto —dice con voz cantarina. Le tira a Adam un par de guantes negros—. Vas a necesitar estos.
—Eres un monstruo. —Mi voz es incluso llana, mi cuerpo llenado con una repentina rabia—. ¿Por qué sólo no me matas?
—Eso, cariño, sería un desperdicio. —Camina hacia delante y me doy cuenta de que sus manos están cuidadosamente enfundadas en guantes de cuero. Lleva mi mentón hacia arriba con un dedo—. Además, sería demasiado vergonzoso perder una cara tan bonita.
Intento apartar mi cuello de él, pero las mismas botas con punta de acero se cierran de golpe sobre mi columna y Warner atrapa mi cara en su agarre. Reprimo un grito.
—No te retuerzas, mi amor. Sólo harás las cosas más difíciles para ti.
—Espero que te pudras en el infierno.
Warner flexiona su barbilla. Sujeta una mano para detener a alguien de dispararme, pateando mi bazo, abriéndome el cráneo a grietas, no tengo ni idea.
—Eres una luchadora en el equipo equivocado. —Se levanta, erguido—. Pero podemos cambiar eso. Adam —llama—, no le permitas estar fuera de tu vista. Está a tu cargo ahora.
—Sí, señor.  

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