Mi vida es
de 4 paredes de oportunidades perdidas que se arrojaron en moldes de hormigón.
—¿Qué hay de tu familia? —Hay un
dolor serio en su voz, casi como si él ya conociera la respuesta a esa
pregunta.
Aquí está lo que sé sobre mis
padres: no tengo idea de dónde están.
—¿Por qué estás aquí? —hablo con
mis dedos para evitar su mirada. He estudiado mis manos tan meticulosamente que
sé exactamente dónde cada corte y moretón ha hecho estragos en mi piel. Manos
pequeñas. Dedos delgados. Los hago un puño y los aflojo para perder la tensión.
Él aún no ha respondido.
Levanto la vista.
—No estoy loco. —Es todo lo que
dice él.
—Eso es lo que decimos todos.
—Ladeo mi cabeza sólo para sacudirla una fracción de centímetro. Muerdo mi
labio. Mis ojos no pueden evitar echar vistazos a hurtadillas por la ventana.
—¿Por qué sigues mirando hacia
afuera?
No me interesan sus preguntas,
en verdad no. Sólo es extraño tener a alguien con quien hablar. Es extraño
tener que emplear energía para mover mis labios y así formar las palabras
necesarias para explicar mis acciones. Durante mucho tiempo a nadie le ha
importado. Nadie me ha visto lo suficientemente cerca como para preguntarse por
qué miro por la ventana. Nadie nunca me ha tratado como un igual. Así y todo,
él no sabe que soy un monstruo, mi secreto. Me pregunto cuánto tiempo durará
esto antes de que él esté corriendo por su vida.
Me he olvidado de responder y él
aún está estudiándome.
Meto un mechón de pelo detrás de
mi oreja sólo para cambiar de opinión.
—¿Por qué miras tanto?
Sus ojos son cautelosos,
curiosos.
—Me imaginaba que la única razón
de que me encerraran con una chica era porque estabas loca. Pensaba que estaban
intentando torturarme al ponerme en el mismo lugar que una psicópata. Pensaba
que eras mi castigo.
—Eso es por qué robaste mi cama.
—Para ejercer su poder. Para replantear una demanda. Para luchar primero.
Baja los ojos. Aprieta y afloja
sus manos antes de frotar su nuca.
—¿Por qué me ayudarías? ¿Cómo
sabrías que no te heriría?
Cuento mis dedos para asegurarme
de que aún están allí.
—No
lo hice.
—¿No me ayudaste o no sabías si
podía herirte?
—Adam. —Mis labios se curvan
alrededor de la forma de su nombre. Me sorprendo descubrir cuánto amo la fácil
y familiar manera en que el sonido sale de mi lengua.
Él está sentado tan quieto como
yo lo estoy. Sus ojos se relajan con un nuevo tipo de emoción que no puedo
reconocer
—¿Sí?
—¿Cómo es? —pregunto, cada
palabra más suave que la anterior—. ¿Afuera? —En el mundo real—. ¿Es peor?
Un dolor estropea los rasgos de
su rostro finamente esculpido. Le toma unos latidos responder. Él mira por la
ventana.
—¿Honestamente? No estoy seguro
de si es mejor estar aquí o allá fuera.
Sigo sus ojos hasta el panel de
vidrio separándonos de la realidad y espero a que sus labios se separen; espero
para escucharlo hablar. Y entonces intento prestar atención cuando sus palabras
dan saltitos alrededor en la bruma de mi cabeza, empañando mis sentidos,
vaporizando mis ojos, nublando mi concentración.
¿Sabías que fue un movimiento
internacional?, me pregunta Adam.
No, le digo. No le digo que fui arrastrada de mi casa
hace 3 años. No le digo que fui llevada a rastras exactamente 7 años después de
que El Restablecimiento comenzara a predicar y 4 meses después de que tomaran
el control de todo. No le dije cuán poco sé de nuestro mundo.
Adam dice que El
Restablecimiento tuvo en sus manos a cada país, listo para el momento de llevar
a sus líderes a una posición de control. Él dice que la tierra inhabitable
dejada en el mundo ha sido dividida en 3.333 sectores y ahora cada espacio está
controlado por una Persona de Poder diferente.
¿Sabías que nos mintieron?, me pregunta Adam.
¿Sabías que El Restablecimiento
dijo que alguien tenía el control, que alguien tenía que salvar a la sociedad,
que alguien tenía que restaurar la paz? ¿Sabías que dijeron que matar a todas
las voces de la oposición era la única manera de encontrar la paz?
¿Sabías esto?, es lo que Adam me pregunta.
Y aquí es donde asiento. Aquí es
donde digo que sí.
Esta es la parte que recuerdo:
El enojo. Los disturbios. La furia.
Mis ojos se cierran en un
esfuerzo inconsciente por apartar los malos recuerdos, pero el esfuerzo
fracasa. Protestas. Mítines. Gritos por la supervivencia. Veo a mujeres
y chicos muriéndose de hambre, casas destruidas y enterradas entre los
escombros, el campo es un paisaje quemado, su única fruta la carne podrida de
las víctimas. Veo el color rojo y el granate y el marrón de muerte muerte
muerte y la sombra más rica del lápiz labial preferido de tu madre todo corrido
en la tierra.
Tanto que todo, todas las cosas
murieron.
El Restablecimiento está
luchando por mantener su control sobre la gente, dice Adam. Dice que el Restablecimiento está luchando
por librar una guerra contra los rebeldes que no consentirán a este nuevo
régimen. El Restablecimiento está luchando por arraigarse como una nueva forma
de gobierno sobre todas las sociedades internacionales.
Y entonces me pregunto lo que le
ha pasado a la gente que solía ver todos los días. Qué ha sido de sus casas, de
sus padres, de sus chicos. Me pregunto cuántos de ellos han sido enterrados
bajo el suelo.
—Están destruyendo todo —dice
Adam, y su voz de repente es un sonido solemne en la distancia—. Todos los
libros, artefactos, restos de la historia humana. Están diciendo que es la
única manera de arreglar las cosas. Dicen que necesitamos comenzar de nuevo.
Dicen que no podemos cometer los mismos errores de las generaciones anteriores.
2 golpes en la puerta y ambos
estamos sobre nuestros pies, abruptamente sorprendidos, nuevamente en este
mundo sombrío.
Adam enarca una ceja hacia mí.
—¿El desayuno?
—Espera tres minutos. —Le
recuerdo. Somos tan buenos en enmascarar nuestra hambre hasta que los golpes en
la puerta paralizan nuestra dignidad.
Nos privan de comida a
propósito.
—Sí. —Sus labios forman una
suave sonrisa—. No querría quemarme. —El aire se mueve mientras da un paso
adelante.
Soy una estatua.
—Aún no lo entiendo —dice, tranquilamente—.
¿Por qué estás aquí?
—¿Por qué me haces tantas
preguntas?
Él deja menos de un metro de
distancia entre nosotros y yo estoy a diez centímetros lejos de la combustión
espontánea.
—Tus ojos son tan profundos.
—Ladea la cabeza—. Tan relajados. Quiero saber lo que estás pensando.
—No deberías. —Mi voz titubea—.
Ni siquiera me conoces.
Él
se ríe y la acción le da vida a la luz en sus ojos.
—No te conozco.
—No.
Él sacude su cabeza. Se sienta
en su cama.
—Cierto. Por supuesto que no.
—¿Qué?
—Estás en lo cierto. —Contiene
su aliento—. Tal vez estoy loco.
Doy dos pasos atrás.
—Tal vez lo estés.
Él está sonriendo de nuevo y me
gustaría tomar una fotografía. Me gustaría mirar la curva de sus labios por el
resto de mi vida.
—No lo estoy, ya sabes.
—Pero no me dirás por qué estás
aquí —desafió él.
—Y tampoco tú.
Caigo de rodillas y tiro de la
bandeja a través de la ranura. Algo inidentificable está echando vapor en dos
tazas de estaño. Adam se dobla sobre el piso delante de mí.
—Desayuno —digo mientras tiro de
su ración hacia delante.
Capítulo 6
1 palabra, 2 labios, 3 4 5 dedos
de 1 puño.
1 esquina, 2 padres, 3 4 5
razones para esconderse.
1 niño, 2 ojos, 3 4 17 años de
miedo.
Un palo de escoba roto, un par
de caras salvajes, enfadados susurros encerrados en mi puerta.
Mírame, es lo que quería
decirte. Háblame alguna que otra vez. Encuéntrame una cura para estas lágrimas,
realmente me gustaría exhalar por primera vez en mi vida.
Han pasado 2 semanas.
Es simpático conmigo.
Me siento por la ventana y miro
la lluvia, las hojas y la nieve colisionar. Se toman turnos para bailar en el
viento, representando rutinas coreografiadas para confiadas masas. Los soldados
entran y salen pisando fuerte a través de la lluvia, arrugando hojas y nieve
caída bajo sus pies. Sus manos están abrigadas con guantes envueltos alrededor
con armas que podrían poner una bala en un millón de posibilidades. No se
molestan al ser molestados por la belleza que cae del cielo. No entienden la
libertad en el sentimiento del universo en su piel. No se preocupan.
Deseo poder meter algo en mi boca
llena de gotas de lluvia y llenar mis bolsillos al tope de nieve. Deseo poder
trazar las venas de una hoja caída o sentir al viento pincharme en la nariz.
En
vez de eso, ignoro la desesperación que mantiene mis dedos juntos y miro al
pájaro que he visto sólo en mis sueños. Los pájaros solían volar, es lo que las
historias dicen. Antes que la capa de ozono se deteriorara, antes que los
contaminantes mutaran las criaturas en algo horriblemente diferente. Dicen que
el clima no fue siempre tan impredecible. Dicen que había pájaros que solían
elevarse a través del cielo como aviones.
Parece extraño que un pequeño
animal pudiera logar nada tan complejo como la ingeniería humana, pero la
posibilidad es demasiado atrayente como para ignorarla. He soñado con los
mismos pájaros volando a través del mismo cielo durante exactamente 10 años.
Blancos con mechones de oro como una corona en lo alto de su cabeza.
Es el único sueño que tengo que
me trae paz.
—¿Qué estás escribiendo?
Echo una mirada a su fuerte estatura,
la fácil sonrisa de su cara. No sé cómo se las arregla para sonreír a pesar de
todo. Me pregunto si puede resistir esa forma, esa curva especial de una boca
que cambia vidas. Me pregunto como se sentirá en 1 mes y estremezco ante el
pensamiento.
No quiero que él termine como
yo.
Vacío.
—Hey... —Aparta la manta de mi
cama y se agacha junto a mí, sin perder tiempo envuelve la fina tela alrededor
de mis cada vez más huesudos hombros—, ¿estás bien?
Intento sonreír. Dedo evitar su
pregunta.
—Gracias por la manta.
Se sienta a mi lado y se apoya
contra la pared. Sus hombros están tan cerca, demasiado cerca, nunca los
suficientemente cerca. Su cuerpo me calienta más de lo que la manta alguna vez
lo hará. Algo en mis articulaciones duele con un agudo anhelo, una desesperada
necesidad con la que nunca había sido capaz de cumplir. Mis huesos mendigaban
por algo que no puedo permitirme.
Tocarme.
Él
echa un vistazo a la pequeña libreta colocada en mi mano, al bolígrafo partido
agarrado por mi puño. Cierro la libreta y hago una bola con ella. La empujo con
un crujido en la pared. Estudio el bolígrafo en mi mano. Sé que me está
mirando.
—¿Estás escribiendo un libro?
—No. —No estoy escribiendo un
libro.
—Quizás deberías.
Me giro para encontrar sus ojos
y arrepentirme inmediatamente. Hay al menos 3 centímetros entre nosotros y no
puedo moverme porque mi cuerpo sólo sabe cómo congelarse. Cada músculo, cada
movimiento se endurece, cada vértebra de mi columna vertebral es un bloque de
hielo. Estoy conteniendo mi respiración y mis ojos se amplían, encerrados,
capturados por la intensidad de su mirada. No puedo mirar hacia otro lado. No
sé como retirarlos.
Oh.
Dios.
Sus ojos.
Me he estado mintiendo a mi
misma, decidida a negar lo imposible.
Le conozco. Le conozco. Le
conozco. Le conozco.
El chico que no me recuerda.
Solía conocerlo.
—Van a destruir la lengua
inglesa —dice, su voz cuidadosa, tranquila.
Lucho para capturar mi
respiración.
—Quieren recrear todo
—continúa—. Quieren rediseñar todo. Quieren destruir todo lo que podría haber
sido la razón de nuestros problemas. Piensan que necesitamos un nuevo idioma
universal. —Baja su voz. Decaen sus ojos—. Quieren destruir todo. Cada lengua
existente.
—No. —Mi respiración se
dificulta. Manchas nublan mi visión.
—Lo sé.
—No. —Eso no lo sabía.
Me
mira.
—Es bueno que estés escribiendo
cosas. Un día lo que estás haciendo, será ilegal.
Empiezo a temblar. Mi cuerpo
está de repente luchando contra un remolino de emociones, mi cerebro infestado
por el mundo que estoy perdiendo y sintiendo dolor por este chico, quien no me
recuerda. El bolígrafo tropieza en su camino al suelo, y me aferro a la manta
tan fuerte que temo que se vaya a desgarrar. El hielo rebana mi piel, el horror
se coagula en mis venas. Nunca pensé que el Restablecimiento llevaría las cosas
tan lejos. Están incinerando la cultura, la belleza de la diversidad. Los
nuevos ciudadanos de nuestro mundo serán reducidos a nada, excepto números,
fácilmente intercambiables, fácilmente removibles, fácilmente destruidos por
desobediencia.
Hemos perdido nuestra humanidad.
Envuelvo la manta alrededor de
mis hombros hasta que estoy aislada de los temblores que no pararán de
aterrorizar mi cuerpo. Estoy horrorizada por mi falta de autocontrol.
No puedo recomponerme aún.
Su mano está de repente en mi
espalda.
Su toque es abrasador en mi piel
a través de la capa del tejido e inhalo tan rápido que mis pulmones colapsan.
Me atrapo en una colisionante corriente de confusión, tan desesperada, tan
desesperada, tan desesperada de acercarme, tan desesperada de alejarme. No sé
como apartarme de él. No quiero apartarme de él.
No quiero que él esté asustado
de mí.
—Hey. —Su voz es suave, tan
suave, tan suave. Sus brazos son más fuertes que todos los huesos de mi cuerpo.
Él empuja mi ceñida cintura cerca de su pecho y yo me hago añicos. Dos mil,
tres mil, cuatro mil, cinco mil fragmentos de mis sentimientos me apuñalan en
el corazón, derritiéndome en gotas de tibia miel que calman las cicatrices de
mi alma. La manta es la única barrera entre nosotros y me empuja más cerca, más
apretado, más fuerte hasta que oigo los latidos tarareando profundos dentro de
su pecho y el acero de su brazo alrededor de mi cuerpo rompe todas las ataduras
de tensión en mis miembros. Su calor derrite los carámbanos, apuntalándome
desde dentro hacia fuera y me descongelo, me descongelo, me descongelo, mis
ojos revoloteando rápidos hasta que caen cerrados, hasta que las lágrimas
silenciosas desbordan mi rostro y he decidido que la única cosa que me congela
es su armadura sujetando la mía.
—Está bien —susurra—. Estarás
bien.
La verdad es una amante celosa y
viciosa que nunca duerme, es lo que no le cuento. Nunca estaré bien.
Toma cada roto filamento de mi
ser alejarle de mí. Lo hago porque tengo que hacerlo. Porque es por su propio
bienestar. Alguien está pegando tenedores en mi espalda mientras me aparto. La
manta se enreda en mis pies y estoy a punto de caer antes de que Adam me sujete
de nuevo.
—Juliette...
—Tú no puedes tocarme. —Mi
respiración es poco profunda y difícil de tragar, mis dedos se mueven tan
rápido que los apretó en un puño—. Tú no puedes.
Él se incorpora.
—¿Por qué no?
—Sólo no puedes —susurro a las
paredes.
—No lo entiendo, ¿por qué no me
hablas? Te sientas en la esquina todo el día y escribes en tu libreta y miras
todo menos mi cara. Tienes tanto que decir a un trozo de papel, pero estoy
aquí, de pie, y ni siquiera me reconoces. Juliette, por favor... —Alcanza mi
mano y me giro—, ¿por qué al menos no me miras? No voy a hacerte daño.
No me recuerdas. No recuerdas
que fuimos a la misma escuela durante 7 años.
No me recuerdas
—No me conoces. —Mi voz es
incluso plana; mis miembros se entumecen, amputados—. Hemos compartido un espacio
durante dos semanas y crees que me conoces, pero no sabes nada de mí. Quizás
estoy loca.
—No lo estás —dice a través de
los dientes apretados—. Sabes que no lo estás.
—Entonces quizás lo estás tú
—digo cuidadosa y lentamente—. Porque uno de nosotros lo está
—Eso
no es verdad…
—Dime por qué estas aquí, Adam.
¿Qué estás haciendo en un manicomio si no perteneces aquí?
—Te he estado haciendo la misma
pregunta desde que llegaste aquí.
—Quizás preguntas demasiado.
Oigo la cruda exhalación de su
respiración. Se ríe, una risa ácida.
—Prácticamente somos las dos
únicas personas quienes están vivas en este lugar, y ¿quieres mandarme a callar
también?
Cierro mis ojos y me concentro
en respirar
—Puedes hablarme. Sólo no me
toques.
7 segundos de silencio se unen a
la conversación.
—Quizás quiera tocarte.
Hay 15,000 sentimientos de
incredulidad perforando mi corazón. Estoy tentada por la imprudencia, el dolor,
el dolor, el dolor, desesperada para siempre por lo que nunca puedo tener. Le
doy la espalda, pero no puedo evitar las mentiras que se derraman de mis
labios.
—Quizás no quiera tocarte.
Él hace un duro sonido.
—¿Tanto te disgusto?
Me doy vueltas, así que
sorprendida por sus palabras, me olvido de mí. Me está mirando, su rostro duro,
su mandíbula tensa, flexionando los dedos por los costados. Sus ojos son 2
cubos de agua de lluvia: profundos, frescos y claros.
Duele.
—No sabes de que estás hablando.
—No puedo respirar.
—No puedes contestar una simple
pregunta, ¿no? —Niega con su cabeza y se gira hacia la pared.
Mi
rostro es proyectado en un molde neutro, mis brazos y piernas llenas de yeso.
No siento nada. No soy nada. Estoy vacía de todo lo que no se moverá nunca.
Estoy mirando una pequeña grieta cerca de mi zapato. Voy a mirarla por siempre.
Las mantas se caen al suelo. El
mundo se desvanece fuera de mi atención, mis oídos externalizan todos los
sonidos a otra dimensión. Mis ojos se cierran, mis pensamientos van a la
deriva, mis recuerdos me patean el corazón.
Lo conozco.
He intentado tan duramente dejar
de pensar en él.
He intentado tan duramente
olvidar su cara.
He intentado tan duramente
conseguir sacar esos ojos azules, azules, azules, de mi cabeza, pero lo
conozco, lo conozco, lo conozco. Han pasado 3 años desde la última vez que lo
vi.
Nunca podría olvidar a Adam.
Pero él ya me ha olvidado.
Capítulo 7
Recuerdo
los televisores y las chimeneas y los lavamanos de porcelana.
Recuerdo
las entradas de las películas y los estacionamientos y los SUVs. Recuerdo las
peluquerías y las vacaciones, las persianas de las ventanas y los dientes de
león y el olor de las calzadas recién pavimentadas. Recuerdo a los anuncios de
pasta de dientes y a las damas en sus tacones y a los hombres mayores en trajes
de negocios. Recuerdo a los carteros y las bibliotecas y las bandas de chicos y
los globos y los árboles de Navidad.
Recuerdo
tener 10 años, cuando no podíamos ignorar más la escasez de alimentos y las
cosas se pusieron tan caras que nadie podía permitirse el lujo de vivir.
Adam
no me está hablando.
Quizá
es lo mejor. Quizá no hay razón en esperar que él y yo podamos ser amigos,
quizá es mejor que piense que no me gusta a que me gusta demasiado. Está
escondiendo algo que podría ser miedo, pero sus secretos me aterran. No me
contará porque está aquí. Aunque yo tampoco se lo he dicho.
Y
aún, y aún, y aún.
La
noche pasada, el recuerdo de su brazo sobre mí fue suficiente para espantar los
gritos. El calor de un alivio amable, la fuerza de sus manos firmes sujetando
todas mis piezas juntas, el consuelo y la liberación de tantos años de soledad.
El don que me ha dado no puede ser regresado.
Tocar
a Juliette es casi imposible.
Nunca
olvidaré el horror en los ojos de mi madre, la tortura del rostro de mi padre,
el miedo grabado en sus expresiones. Su hija era un monstruo. Poseída por el
demonio. Maldita por la oscuridad. Terrible. Una abominación. Las drogas, los
exámenes, las soluciones médicas fallaron. Las evaluaciones psicológicas
fallaron.
―Ella
es un arma andante para la sociedad―, es lo que dijeron los profesores. ―Nunca
hemos visto nada como esto―, es lo que dijeron los médicos. ―Ella debería ser
removida de su casa―, es lo que dijeron los oficiales de policías.
―No
hay problema en absoluto―, es lo que dijeron mis padres. Yo tenía 14 años
cuando finalmente se deshicieron de mí. Cuando dieron un paso atrás y vieron
que era arrastrada por un asesinato que no sabía que podía cometer.
Tal vez el mundo es más seguro
conmigo encerrada en una celda. Tal vez Adam esté más seguro si me odia. Está
sentado en la esquina con los puños en la cara.
Nunca quise herirle.
Nunca quise herir a la única
persona que nunca quiso herirme
La puerta choca al ser abierta y
5 personas pululan en la habitación, con fusiles apuntando a nuestros pechos.
Adam está erguido y yo soy de
piedra. He olvidado respirar. No he visto a tanta gente durante tanto tiempo,
estoy estupefacta por un momento. Debería estar gritando.
—¡MANOS ARRIBA, SEPAREN LOS
PIES, CIERREN LA BOCA! ¡NO SE MUEVAN Y NO DISPARAREMOS!
Aún estoy congelada en mi lugar.
Debería moverme, debería levantar los brazos, debería extender mis pies,
debería recordar respirar. Alguien está cortando mi cuello.
Las únicas órdenes ladradas cierran
de golpe la culata de la pistola en mi espalda y mis rodillas se doblan
mientras caigo al suelo. Finalmente consigo oxígeno y dejo a un lado la sangre.
Creo que Adam está gritando, pero no es una agonía aguda rasgando mi cuerpo, a
diferencia de cualquier cosa que haya experimentado antes. Estoy totalmente
inmovilizada.
—¿Qué es lo que no entiendes
acerca de mantener la boca CERRADA? —Miro de reojo para ver el cañón de la
pistola a 2 centímetros de distancia de la cara de Adam.
—LEVÁNTATE. —Unas botas con
punta de acero me dan una patada en las costillas, rápida, dura y hueca. No
trago nada, sino los suspiros de asfixia que ahogan mi cuerpo—. Dije
“LEVÁNTATE”. —Otra bota más dura, más rápida, más fuerte en mi estómago. Ni
siquiera puedo llorar.
Levántate, Juliette. Levántate.
Si no lo haces, le dispararán a Adam.
Me elevo, tirando de mis
rodillas y caigo de nuevo sobre la pared detrás de mí, tropezando hacia
adelante para recuperar el equilibrio. Levantar las manos es más tortura de la
que sabía que podía soportar. Mis órganos están muertos, mis huesos se han
roto, mi piel es un tamiz, pinchada con alfileres y agujas de dolor. Finalmente
han venido a matarme.
Es por eso qué pusieron a Adam
en mi celda. Porque
me iré. Adam está aquí, porque me voy, porque se olvidaron de matarme a tiempo,
porque mis momentos han finalizado, porque mis 17 años eran demasiados para
este mundo. Me van a matar. Siempre me pregunté como sucedería. Me pregunto si
esto hará felices a mis padres.
Alguien se está riendo.
—Bueno, ¿no eres tú la pequeña
mierda?
Ni siquiera sé si me están
hablando a mí. Difícilmente me puedo concentrar en mantener los brazos en alto.
—Ni siquiera está llorando
—añade alguien—. Las chicas normalmente mendigan clemencia en este momento.
Las paredes están comenzando a
sangrar en el techo. Me pregunto cuánto tiempo puedo aguantar la respiración.
No puedo distinguir palabras, no puedo entender los sonidos
Estoy escuchando la sangre
corriendo por mi cabeza y mis labios son 2 bloques de cemento en los que no
puedo abrir una grieta. Hay una pistola en mi espalda y yo estoy
trastrabillando hacia delante. Los suelos se están cayendo hacia arriba. Mis
pies se están arrastrando en una dirección que no puedo descifrar.
Espero que me maten antes.
Capítulo 8
Me
toma 2 días abrir mis ojos.
Hay
una lata de metal y una lata de comida colocada al lado, e inhalo los fríos
contenidos con mis manos temblorosas, un sordo dolor crujiendo a través de mis huesos,
una desesperada sequía sofocando mi garganta. Nada parece estar roto, pero una
mirada debajo de mi camisa prueba que el dolor es real. Los cardenales son
descoloridas flores de azul y amarillo que me torturan al tocarlos y curan
lentamente.
Adam
no está en ningún lugar.
Estoy
sola en un bloque de soledad, 4 paredes de no más de 3 metros en cada
dirección, el único aire se mueve sigilosamente a través de una pequeña ranura
en la puerta. Acabo de comenzar a aterrorizarme con mi imaginación cuando la
pesada puerta metálica se abre. Un guarda con 2 rifles colgando a través de su
pecho me mira de arriba abajo.
—Levántate
Esta
vez no dudo.
Espero
que Adam, al menos, esté seguro. Espero que no vaya a finalizar de la misma
manera que yo.
—Sígueme.
—La voz del guarda es densa y profunda, sus ojos grises ilegibles. Luce sobre
los 25 años de edad, el pelo rubio se recorta cerca de su coronilla, las mangas
de su camisa enrolladas hasta sus hombros, tatuajes militares serpenteando su
antebrazo hacia arriba, justo como el de Adam.
Oh.
Dios.
No.
Adam
entra por la puerta detrás del rubio y hace un gesto con su arma hacia la
estrecha pared.
—Muévete.
Adam
está apuntando un arma hacia mi pecho.
Adam está apuntando un arma
hacia mi pecho.
Adam está apuntando un arma
hacia mi pecho.
Sus ojos me resultan extraños,
perdidos y distantes, muy, muy lejos.
No soy nada, sino novocaína1. Estoy entumecida, un mundo de
nada, todo sentimiento y emoción se ha ido para siempre.
1
Novocaína:
polvo blanco derivado de la cocaína, muy soluble, que se emplea como
anestésico.
Soy un susurro que nunca
existió.
Adam es un soldado. Adam quiere
que muera.
Le observo abiertamente ahora,
cada sensación amputada, mi dolor un grito distante desconectado de mi cuerpo.
Mis pies se mueven hacia delante según su petición; mis labios permanecen
cerrados porque nunca habrá palabras para este momento.
La muerte sería una bienvenida
liberadora de estas alegrías mundanas que he conocido. No sé cuánto tiempo he
estado caminando antes de que otro golpe me paralice. Parpadeo contra la
luminosidad de la luz que no he visto en tanto tiempo.
—Juliette Ferrari. —Una voz
detona mi nombre. Hay una pesada bota presionada en mi espalda y no puedo
levantar mi cabeza para distinguir quien está hablándome—. Weston, atenúa las
luces y libérala. Quiero ver su cara. —El comandante es sereno y fuerte como el
acero, peligrosamente relajado, poderoso sin esfuerzo.
La luminosidad es reducida a un
nivel que soy capaz de tolerar. La impresión de la bota es tallada en mi
espalda, pero no se establece por más tiempo en mi piel. Levanto mi cabeza y
observo.
Soy inmediatamente golpeada por
su juventud. No puede ser mucho mayor que yo.
Es obvio que está a cargo de
algo, aunque no tengo idea de qué. Su piel es impecable, sin manchas, la línea
de su mandíbula afilada y fuerte. Sus ojos son la más pálida tonalidad de
esmeralda que he visto.
Es bello.
Su deshonesta sonrisa es
calculadamente malvada.
Está sentado en lo que él
imagina que es un trono, pero no es nada más que una silla delante de una
habitación vacía. Su traje está perfectamente planchado, su pelo expertamente
peinado, sus soldados, los guardaespaldas ideales.
Le odio.
—Eres
tan terca. —Sus ojos verdes eran casi translúcidos—. Nunca quieres cooperar. Ni
siquiera jugarías con tu compañero de celda.
Me encojo sin pretenderlo. La
quemadura de la traición enrojece mi cuello.
“Ojos verdes” se ve
inesperadamente divertido, y yo, de repente, mortificada.
—Bueno, ¿no es esto interesante?
—Chasquea sus dedos—. Ken, te adelantarías, por favor.
Mi corazón detiene su latido
cuando Adam aparece en escena. Kent. Su nombre es Adam Kent.
Ardo en llamas de la cabeza a
los dedos de los pies. Adam flanquea a “Ojos verdes” en un instante, pero sólo
ofrece un seco asentimiento de su cabeza como saludo. Quizás el líder no es tan
importante como piensa.
—Señor —dice él.
Demasiados pensamientos se están
enmarañando en mi cabeza y no puedo desatar la locura que los anuda juntos.
Debería haberlo sabido. Había oído rumores de soldados viviendo entre la gente
en secreto, denunciando a las autoridades si veían cosas sospechosas. Cada día
desparecía gente. Nadie volvía nunca.
Aunque aún no puedo entender por
qué Adam fue enviado para espiarme.
—Parece que has dejado una
profunda impresión en ella.
Entorno los ojos más cerca hacia
el hombre de la silla, sólo para darme cuenta de que su traje ha sido adornado
con diminutos parches de colores. Méritos militares. Su último nombre está
grabado en la solapa: Warner.
Adam no dice nada. No mira en mi
dirección. Su cuerpo está rígido, 1,80 metros de maravillosos músculos magros,
su perfil fuerte y estable. Los mismos brazos que sostuvieron mi cuerpo son
ahora pistoleras para armas letales.
—¿No tienes nada qué decir?
—Warner mira a Adam sólo para inclinar su cabeza en mi dirección, sus ojos
bailando a la luz, claramente divertidos.
Adam tensa su mandíbula.
—Señor.
—Por supuesto. —Warner está de
repente aburrido—. ¿Por qué debería esperar que tuvieras algo que decir?
—¿Vas a matarme? —Las palabras
escapan de mis labios antes de que tenga la oportunidad de pensarlas y el arma
de alguien se cierra de golpe sobre mi columna de nuevo. Caigo al suelo con un
roto gimoteo, resoplando en el mugriento suelo.
—Eso
no era necesario, Roland. —La voz de Warner está saturada de un fingido
desagrado—. Supongo que te estarás preguntando la misma cosa que si yo
estuviera en tu posición. —Una pausa—. ¿Juliette?
Me las arreglo para levantar mi
cara.
—Tengo una proposición para ti.
Capítulo 9
No
estoy segura de estar oyéndole correctamente.
—Tienes
algo que quiero. —Warner está todavía mirándome.
—No
lo entiendo —le digo.
Él
toma una profunda respiración y se levanta para pasear a lo largo de la
habitación. Adam no ha sido despedido todavía.
—Eres
el tipo de proyecto personal mío.
Warner
se sonríe.
—He
estudiado tus grabaciones durante mucho tiempo.
No
puedo soportar sus pomposos y autosatisfechos aires. Quiero romper la sonrisa
de su cara, Warner para de caminar
—Te
quiero en mi equipo.
—¿Qué?
—Un roto susurro de sorpresa.
—Estamos
en medio de una guerra —dice un poco impacientemente—. Quizás puedas resolver
el rompecabezas.
—Yo
no...
—Conozco
tu secreto, Juliette. Sé por qué estás aquí. Toda tu vida está documentada en
grabaciones hospitalarias, quejas a las autoridades, desordenados pleitos,
demandas públicas para tenerte encerrada. —Su pausa me da el tiempo suficiente
para ahogar el horror atascado en mi garganta—. Lo he estado considerando
durante mucho tiempo, pero quería asegurarme de que de verdad no fueras una
psicótica. El aislamiento no fue exactamente un buen indicador, aunque te
valiste por ti misma bastante bien. —Me ofrece una sonrisa que dice que debería
estar agradecida por su alabanza—. Envié a Adam a quedarse contigo como
precaución final. Quería asegurarme de que no fueras volátil, de que eras capaz
de la interacción y comunicación humana básica. Debo decir que estoy bastante
satisfecho con los resultados.
Alguien
está rasgando mi piel.
—Adam,
según parece, hizo su parte bastante excelentemente. Es un buen soldado. Uno de
los mejores, de hecho. —Warner le dispara una mirada antes de sonreírme—. Pero
no te preocupes, no sabe lo que eres capaz de hacer. No todavía, de todas
maneras.
Detengo el pánico, me trago la
agonía, me suplico no mirar en su dirección, pero fallo, fallo, fallo. Adam
encuentra mis ojos en la misma fracción de segundo que encuentro los suyos,
pero mira hacia otro lado tan rápidamente que no estoy segura de si me lo
imaginé.
Soy un monstruo.
—No soy tan cruel como piensas
—continúa Warner, con un timo musical en su voz—. Si eres tan cariñosa en su
compañía, puedo hacer esto... —Hace señas entre Adam y yo—... un trabajo
permanente
—No —exhalo.
Warner curva sus labios en una
despreocupada sonrisa.
—Oh, sí. Pero se cuidadosa,
chica linfa. Si haces algo mal... tendrá que dispararte.
Hay cortadores de alambre
tallando agujeros en mi corazón. Adam no reacciona a nada, dice Warner.
Él está haciendo su trabajo.
Soy un número, una misión, un
objeto fácilmente reemplazable; no soy ni un recuerdo en su mente.
No soy nada.
No esperaba que su traición me
enterrara tan profundo
—Si aceptas mi oferta, —Warner
interrumpe mis pensamientos—, vivirás como yo lo hago. Serás una de nosotros, y
no una de ellos. Tu vida cambiará para siempre
—¿Y si no acepto? —pregunto,
atrapando mi voz antes de que se raje por el miedo.
Warner se ve genuinamente
decepcionado. Sus manos son estrechadas con consternación.
—Realmente no tienes elección.
—Presiona sus labios juntos—. Pero, ¿y si eliges desobedecer? Bueno, creo que
te ves bastante más bonita con todas las partes de tu cuerpo intactas, ¿no lo
crees?
Estoy respirando tan fuerte que
mi cuerpo se está moviendo.
—¿Quieres que torture a gente
para ti?
Su cara rompe en una brillante
sonrisa.
—Eso sería maravilloso. El mundo
está sangrando.
No
tengo tiempo para formular una respuesta antes de que se gire hacia Adam.
—Muéstrale lo que se está
perdiendo, ¿lo harías?
Adam responde un latido
demasiado tarde.
—¿Señor?
—Es una orden, soldado. —Los
ojos de Warner están dirigidos hacia mí, sus labios se mueven ligeramente con
un reprimido divertimento—. Me gustaría romper esta. Ella es un poco demasiado
luchadora para su propio bien
—No puedes tocarme —suelto a
través de mis dientes apretados.
—Incorrecto —dice con voz
cantarina. Le tira a Adam un par de guantes negros—. Vas a necesitar estos.
—Eres un monstruo. —Mi voz es
incluso llana, mi cuerpo llenado con una repentina rabia—. ¿Por qué sólo no me
matas?
—Eso, cariño, sería un
desperdicio. —Camina hacia delante y me doy cuenta de que sus manos están
cuidadosamente enfundadas en guantes de cuero. Lleva mi mentón hacia arriba con
un dedo—. Además, sería demasiado vergonzoso perder una cara tan bonita.
Intento apartar mi cuello de él,
pero las mismas botas con punta de acero se cierran de golpe sobre mi columna y
Warner atrapa mi cara en su agarre. Reprimo un grito.
—No te retuerzas, mi amor. Sólo
harás las cosas más difíciles para ti.
—Espero que te pudras en el
infierno.
Warner flexiona su barbilla.
Sujeta una mano para detener a alguien de dispararme, pateando mi bazo,
abriéndome el cráneo a grietas, no tengo ni idea.
—Eres una luchadora en el equipo
equivocado. —Se levanta, erguido—. Pero podemos cambiar eso. Adam —llama—, no
le permitas estar fuera de tu vista. Está a tu cargo ahora.
—Sí, señor.
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