Homer
estuvo un momento callado antes de decir:
—Supongo que no pasa nada porque no
se lo contemos. Al menos hasta que sepamos más cosas sobre ellos.
Tuve que contentarme con aquello.
Homer se levantó, y nosotros lo seguimos. Avanzamos unos diez metros antes de
que alguien reparara en nosotros. Un hombre vestido de camuflaje salió de una
tienda con una pala en la mano, nos vio, puso cara de sorpresa, se irguió y
emitió un silbido de pájaro. Pretendía imitar el sonido de una cucaburra, pero
no le salió muy bien. Aun así, parece que funcionó. En cuestión de segundos,
estuvimos rodeados por un grupo de hombres y mujeres que salieron de todos los
rincones del campamento. Eran como treinta o cuarenta. Algunas de las mujeres,
para mi sorpresa, llevaban maquillaje. Pero lo más inquietante era lo
contenidos que se los veía. Algunos nos dieron unas palmaditas en la espalda,
pero no nos dijeron nada. Nos rodearon muy de cerca, lo suficiente como para
que pudiéramos oler su sudor, su pelo y su aliento. No parecían hostiles,
simplemente precavidos, cautelosos. Parecían estar esperando algo.
Yo fui la primera en hablar.
—Hola. Nos alegramos de veros.
Llevamos solos mucho tiempo.
Un hombre bajito y regordete se abrió
paso entre los demás. Tenía unos treinta y cinco años, el pelo negro, la cara
hinchada y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado y hacia atrás. Su
nariz larga y afilada le daba un aspecto duro. Llevaba un uniforme militar
deslucido de un color verde amarillento, con una guerrera y una corbata, pero
sin gorra. La corbata era de color caqui, como la camisa. Los demás se
apartaron para dejarle pasar. El hombre nos miró durante un instante y luego
centró su atención en Homer.
—Bienvenidos, muchachos —dijo—. Somos
los Héroes de Harvey. Yo soy el comandante Harvey.
—Gracias —dijo Homer, un poco
intimidado—. Es fantástico haberos encontrado. No teníamos ni idea de que
pudiera haber alguien aquí.
—Bueno, venid conmigo y charlemos un
rato.
Lo seguimos por el campamento, aún
con las mochilas puestas, hacia un claro que no era un claro, porque había
tantos eucaliptos que a veces resultaba difícil pasar entre ellos. Las tiendas
estaban desperdigadas por aquí y por allá. Pero, comparado con la densa vegetación
que nos rodeaba, podría decirse que era un claro.
Para lo que estábamos acostumbrados,
la tienda del comandante Harvey era tan grande como un salón. Podríamos dormir
en ella los cinco sin ningún problema. Pero en su interior solo había una
camilla de campaña cubierta con una mosquitera, una mesa con tres sillas y unas
cuantas cajas y baúles. Dejamos nuestras mochilas en la entrada. El comandante
Harvey se acercó con paso decidido a la silla de detrás de la mesa y se sentó
en ella, dejando a nuestra elección dónde sentarnos. Al final, Homer y yo nos
sentamos en las sillas y los otros tres lo hicieron en el suelo.
El comandante me vio mirar la
mosquitera y soltó una risa nerviosa.
—Es un pequeño lujo —dijo— Tengo una
piel bastante sensible.
Yo forcé una sonrisa estúpida y no
dije nada. El comandante miró de nuevo a Homer.
—Bueno —dijo—. En primer lugar,
enhorabuena por no haber caído en las garra del enemigo. Es evidente que os las
habéis ingeniado muy bien. Ya me explicaréis cómo lo habéis hecho.
Yo me recliné en mi silla. Estaba
agotada. Apenas podía mantener los ojos abiertos ¡Al fin adultos! Alguien que
podía tomar las decisiones, asumir la responsabilidad y decirnos lo que hacer.
Cerré los ojos.
—Bueno —empezó a decir Homer con aire
nervioso. Me sorprendió lo intranquilo que estaba. Su seguridad parecía haberlo
abandonado frente a aquel hombre que había dejado tan claro que él estaba al
mando—. Bueno —volvió a decir—, estábamos de acampada en el monte cuando empezó
la invasión. Así que no nos enteramos de nada. Cuando volvimos, vimos que todos
habían desaparecido. Tardamos un tiempo en descubrir lo que había pasado.
Cuando nos dimos cuenta, volvimos a adentrarnos corriendo en el monte, y desde
entonces no hemos salido. Excepto para algunas incursiones. Nos hemos cargado
algunas cosas. Volamos el puente de Wirrawee y atacamos un convoy, y también
nos metimos en alguna que otra escaramuza. Perdimos a una amiga, que recibió un
disparo en la espalda, y a otro amigo, que la llevó al hospital, y a Lee le
dispararon en la pierna. Pero aparte de eso nos las hemos apañado.
Abrí los ojos y miré al comandante
Harvey. Estaba contemplando pensativo a Homer. Su cara no mostraba ninguna
expresión, pero sus ojos eran vivos, oscuros y penetrantes. Tras unos segundos,
cuando era evidente
que no iba a decir nada, Homer retomó la palabra.
—Estamos encantados de haberos
encontrado —farfulló—. Habíamos venido al valle del Holloway solo a echar un
vistazo. No esperábamos encontrarnos algo así ni por asomo. Parece que tenéis montado
un pequeño ejército, ¿no?
Se hizo otro silencio. Yo no entendía
por qué el comandante no respondía, pero mi cerebro estaba demasiado espeso
como para funcionar correctamente. ¿Habría pasado por alto algo evidente?
Volvíamos a estar con adultos y, después de todo, esperábamos algún tipo de
reconocimiento, algún elogio. ¿No estaban para eso los adultos? Tampoco es que
esperáramos una medalla, pero habíamos vivido momentos duros, y lo habíamos
hecho lo mejor que habíamos sabido. Yo había esperado que el comandante se
entusiasmara un poco al enterarse de lo que habíamos conseguido. ¿Pensaría tal
vez que tendríamos que haber hecho más?
Cuando habló, para mí fue un shock.
Dijo:
—¿Y quién os dio permiso para volar
el puente y atacar un convoy?
Homer se lo quedó mirando
estupefacto, con los ojos como platos. Estuvo papando moscas tanto rato que al
final decidí tomar yo la palabra.
—¿Cómo íbamos a pedir permiso?
—pregunté—. No teníamos a nadie a quien consultar nada. Apenas hemos visto a un
adulto desde que todo esto comenzó. Solo hemos hecho lo que pensábamos que era
mejor.
—Respecto a ese puente, ¿cómo sabéis
tanto de explosivos?
—No sabemos nada de explosivos
—contestó Homer—. Usamos gasolina.
El comandante Harvey forzó una
sonrisita.
—Está bien —dijo—. No me cabe duda de
que habéis hecho lo que considerabais mejor. Ha sido muy duro para todos. Pero
a partir de ahora podéis dejarlo en nuestras manos. Supongo que será un alivio
para vosotros. Aunque no somos soldados profesionales, yo he estado en el ejército,
y este es un campamento militar, con normas militares. A partir de ahora
estaréis bajo mis órdenes. Nada de actuar por libre. ¿Os queda claro?
Asentimos, un poco atontados. Él
pareció relajarse un poco al comprobar
que no pensábamos discutir sus órdenes. Estábamos todos agotados mentalmente,
no solo yo. Nos quedamos allí sentados mientras él nos explicaba el
funcionamiento de los Héroes de Harvey.
—Ahora mismo, el enemigo tiene el
control de este valle —dijo—. Pero aquí tienen muchos menos efectivos que en la
zona de Wirrawee. Wirrawee es vital para ellos porque, si lo controlan,
controlan la carretera que lleva a la bahía de Cobbler. Y creemos que la bahía
es uno de sus principales puntos de suministro.
»Nuestro trabajo consiste en hostigar
al enemigo todo lo que podamos, causándole todos los problemas posibles e
interfiriendo en sus actividades siempre que sea factible. Ellos nos superan en
número, y tienen muchas más armas. Pero, en cierta manera, hemos influido en
esta guerra. Hemos saboteado varios de sus vehículos, destruido dos centrales
eléctricas y causado bajas importantes. —Sonrió discretamente—. Creo que
podemos decir que son más que conscientes de nuestra campaña militar.
Nosotros sonreímos también y
murmuramos algunos elogios. Él siguió diciendo:
—En breve os presentaré a mi mano
derecha, el capitán Killen.6 —Yo solté una risilla al oír aquel nombre, pero el
comandante me lanzó una mirada dura.
6 Killen suena como «killing» que significa
«matar» en inglés (N. de la T.)
—Lo siento —dije.
El comandante siguió hablando sin
mirarme, y tardé un instante en darme cuenta de hasta qué punto le había
ofendido.
—Somos una unidad de combate en
activo —dijo—. Y acabáis de presenciar un ejemplo perfecto de por qué no hay
muchos miembros del sexo débil entre nuestros efectivos. La tendencia a la
frivolidad en momentos inapropiados no es algo que nos guste fomentar.
Mi risita dio paso a una oleada de
furia escandalizada. Homer se apresuró a ponerme la mano en la rodilla, y eso
fue lo único que me impidió saltar. ¿El sexo débil? ¿Frivolidad en momentos
inapropiados? Por Dios, si lo único que había hecho era reírme.
Del resto del discurso del comandante
Harvey no me enteré. Me quedé allí sentada, reprimiendo mi ira, hasta que «su
mano derecha», el capitán Killen, entró y él nos lo presentó. Fue entonces
cuando me di cuenta
de que el comandante ni siquiera nos había preguntado cómo nos llamábamos.
Al menos, el capitán parecía bastante
inofensivo: un hombre alto y enjuto con una voz suave. Tenía una nuez bastante
prominente que subía y bajaba por su garganta mientras hablaba, y no paraba de
pestañear. De todas maneras, era un hombre de pocas palabras. Estuvo un
instante con nosotros enfrente de la tienda del comandante Harvey, señalándonos
las distintas partes del campamento, y luego nos enseñó el lugar donde íbamos a
dormir. Acto seguido nos condujo hacia el extremo oeste del campamento, y se
detuvo frente a otra gran tienda.
—Aquí los chicos —dijo, indicando la
entrada. Homer y Lee dudaron y nos miraron. Homer enarcó las cejas y, con una
mueca de resignación, se metió en la tienda. Lee, impasible como siempre, lo
siguió. El capitán Killen ya se estaba marchando, y nosotras tres echamos a
correr para seguirle. Nos abrimos paso por una hilera de tiendas, donde
tropezamos con algunos cables. Al final de la hilera había una separación —un
seto bastante espeso de aproximadamente un metro de altura— y al otro lado
había más tiendas, todas de color verde.
El capitán se detuvo y gritó:
—¡Señora Hauff! —Más que un nombre,
por la forma en que lo soltó parecía una tos.
La señora Hauff salió de la primera
tienda. Era una mujer alta y corpulenta, de unos cincuenta años. Llevaba un
jersey negro y unos vaqueros azules. Nos miró un poco como la dependienta de
una tienda cuando quieres cambiar una camiseta que no te gusta.
—¿Vosotras sois las chicas a las que
tengo que acomodar? —dijo—. De acuerdo, venid conmigo. Gracias, Brian —dijo al
capitán Killen, que asintió y dio media vuelta.
Nosotras seguimos, nerviosas, a la
señora Hauff. Esta nos colocó en tiendas separadas, con sacos de dormir
incluidos. Mi tienda estaba junto a la de Fi. La de Robyn estaba a ochenta
metros de distancia.
—En este campamento no hay chicas de
vuestra edad —dijo la señora Hauff mientras señalaba las tiendas—. Así que
tonterías las justas. Yo misma he criado a tres niñas y sé cómo va el tema.
Tendréis que arrimar el hombro igual que los demás. No esperéis libraros de
eso.
Yo estaba demasiado intimidada por
aquellos adultos como para protestar.
Me metí a gatas en la tienda, empujando mi mochila frente a mí, y una vez
dentro abrí la cremallera. Lo único que quería era dormir. Aparté a un lado el
saco de dormir que había allí antes de sacar el mío y estirarlo en el lado
derecho de la tienda. Tras meter un poco de ropa dentro de una camisa para
hacer una almohada, me tumbé lentamente, como una viejecita con artritis.
Durante unos minutos estuve demasiado cansada como para pensar en nada. Veía la
luz brillar con un resplandor verde a través de las paredes de la tienda. El
día tocaba a su fin, y, mientras estaba allí tumbada, la luz cambió rápidamente
hacia un tono más tenue y oscuro. Una sombra, grande y deforme, cruzó la lona
cuando alguien pasó junto a la tienda. Me encogí, apartándome de ella y
recordando la sombra que me había estado persiguiéndome después de disparar a
aquel soldado. Mientras mi mente se tranquilizaba, indagué en mis pensamientos,
en mis sentimientos. Lentamente, me di cuenta de que lo que sentía era alivio.
No me importaba lo imbéciles que pudieran ser aquellas personas, lo poco
razonables que fueran o que estuvieran llenas de prejuicios. Eran adultos.
Ahora ellos podían dedicarse a preocuparse y a tomar todas las decisiones.
Podía dejárselo a ellos. Ya no tendría que elegir más entre opciones horribles.
Me limitaría a hacer lo que me habían dicho: ser una buena chica, callarme y
vegetar.
Mientras pensaba aquello tenía los
ojos cerrados, y poco a poco fui quedándome dormida.
Me despertó el ruido de alguien que
se movía bruscamente en la tienda, a mi lado. Abrí los ojos de golpe, muy a mi
pesar. Estaba demasiado oscuro como para ver nada, salvo algunos destellos de
una silueta que se movía torpemente entre las cosas que había desperdigadas por
la tienda: las botas, las bolsas de aseo, mi mochila.
—Lo siento —dije, estirando el brazo
medio dormida para apartar mis vaqueros.
La chica, sin mirar siquiera, dijo:
—Tendrás que ser muy ordenada si
quieres seguir en esta tienda.
—Lo siento —volví a decir. Parecía
mayor que yo, y sonaba irritada. Debió de ser un palo para ella encontrarse de
sopetón con que tenía que compartir aquella tienda con una desconocida.
Me quede allí tumbada, mirándola,
mientras mis ojos se acostumbraban a la luz. Estaba colocando todo en hileras
bien ordenadas. Se quitó los vaqueros, los dobló y los dispuso perfectamente alineados
con la base del saco de dormir. Parece que voy a tener que currármelo un poco
más, pensé. Todas aquellas semanas sin mamá me habían vuelto un poco
indisciplinada en cuestiones de orden.
Volví a dormirme y me desperté con la
luz del día. Fuera hacía un frío que pelaba, pero me levanté igualmente y me
vestí deprisa, esperando atrapar todo el calor posible dentro de la ropa.
Mientras me vestía, miré a aquella chica, en el otro saco de dormir. Con la luz
del amanecer, resultaba difícil distinguir sus facciones. Era pelirroja, y en
seguida me acordé de Corrie, pero no tenían ningún otro rasgo en común. Aquella
chica aparentaba unos veinticinco años y tenía una boca pequeña y fina, con los
labios apretados incluso mientras dormía. Llevaba rímel, o lo que quedaba de
él. Aunque también podían ser ojeras de cansancio, pero no parecía el caso. Lo
del maquillaje me parecía alucinante. Primero la señora Hauff y ahora mi compañera
de tienda. Llevaba mucho tiempo sin ver a mujeres con maquillaje y sin pensar
siquiera en él. Aquel lugar parecía un salón de belleza.
La dejé allí durmiendo y salí de la
tienda para terminar de ponerme las botas junto a un tronco húmedo y frío.
Siempre era una lucha ponérmelas, pero una vez puestas resultaban cómodas.
Aquel esfuerzo matutino valía la pena. Me las até y salí a dar un paseo por el
campamento, al otro lado del seto y por las hileras de tiendas. Divisé la
tienda del comandante Harvey entre los árboles, y lo vi sentado a su mesa, con
el uniforme puesto y la cabeza sobre un montón de papeles, escribiendo
concienzudamente. Él no me vio. Seguí caminando por entre los árboles hasta
donde parecía haber más luz. Tenía curiosidad por saber qué había más allá de
la vegetación, quizá por echar otro vistazo al valle del Holloway. Recorrí unos
cien metros y, aunque por la brillante luz parecía que iba a salir a un claro
de un momento a otro, aquello no ocurrió. La arboleda proseguía, cada vez más
densa. Al cabo de diez minutos, me detuve y miré a mi alrededor. A veces la
vegetación parecía un océano que se extendía en todas direcciones. Quizá, si
tuviera un olfato más fino, habría notado la diferencia. El olor terroso del
suelo húmedo y fértil; el olor mohoso de la bruma; el penetrante aroma de las
hojas de eucalipto; sabía que variaba de un árbol a otro, de un sitio a otro,
pero nunca había tenido el tiempo o la paciencia necesarios para explorarlo
debidamente. De repente, movida por la curiosidad, me puse a gatas y olfateé un
montón de hojas húmedas. Parecía un wombat, y empecé a preguntarme si acabaría
convirtiéndome en uno. Recorrí algunos metros de pendiente en aquella postura,
intentando imitar el trote rítmico de un wombat en busca de comida. Hundí la
nariz en otro montón de hojas húmedas, marrones y negras.
Entonces oí un carraspeó a mis
espaldas, humano sin duda.
Era Lee.
Pues sí, me sentí como una idiota,
pero estoy segura de que todo el mundo hace cosas así cuando está a solas.
Aunque puede que no imiten a un wombat. Ni que olisqueen basura. Vale, quizá la
gente no haga nada de eso.
Lee y yo nos sentamos en un tronco, y
él me rodeó con su brazo enjuto y fibroso.
—¿Qué estás buscando? —preguntó,
intentando no reírse.
—Pues nada, lo típico. Raíces, brotes
y hojas. ¿Y tú? ¿Me estabas buscando?
—No, has sido una sorpresa. Quería
escaparme unos minutos, supongo. Molan los amaneceres, ¿verdad?
—Bueno, si eres capaz de levantarte
supongo que sí.
Miramos la luz, que se hacía cada vez
más intensa a medida que el aire se volvía más seco.
—¿Qué te parece esta gente?
—pregunté.
—¡Uf! ¡Algunos son muy raros! Anoche
se pasaron dos horas contándome lo heroicos que son. Parece que su mayor hazaña
ha sido incendiar un camión averiado. Vieron que los soldados la dejaban allí y
se marchaban en una camioneta, así que el grado de peligro era como de dos en
una escala del cero al cien.
—¿Les contaste lo que hicimos
nosotros?
—No, solo querían hablar de ellos
mismos, así que me quedé allí sentado escuchando. Homer fue más listo: fue a
acostarse enseguida. No sé por qué no lo hice yo también. Supongo que no tenía
fuerzas.
—Las mujeres van maquilladas.
—Sí, ya me he fijado.
—Supongo que vivir a este lado de las
montañas no es como en Wirrawee, donde todo está tan controlado. Como dijo el
comandante Harvey, esta no es una zona importante, militarmente hablando. Así que
supongo que los Héroes de Harvey no han necesitado ser demasiado heroicos.
—Qué fuerte lo de los Héroes de
Harvey. Que nombre más soso.
—Pues sí.
—Entonces, ¿qué seríamos nosotros?
¿Los héroes de Homer?
Una hora más tarde, cuando regresamos
al campamento, nos vimos metidos en un lio. Allí nos recibió mi compañera de
tienda, que salió disparada hacia nosotros en cuanto aparecimos de entre los
árboles. No miró a Lee, solo a mí.
—¿Dónde has estado? —me preguntó—. ¿Y
qué haces con él?
—¿Con él? ¿Te refieres a Lee?
—Oye, más te vale que te enteres de
algunas cosas. No se puede salir de los limites sin permiso. No se puede ir a
las tiendas de los hombres. El único sitio en el que puedes estar con los
hombres es en la fogata y la zona de la cocina y de las comidas. Aquí hay
muchas cosas que hacer, y deberías estar ayudando.
—Lo siento —dije fríamente—. Nadie me
lo había dicho.
Sabía que estaba siendo una blanda,
pero no me sentía con fuerzas para encararme a ella. Ya no me quedaban ganas de
pelear. Habían desaparecido en cuanto nos habíamos visto rodeados de adultos.
Ahora volvía a tener ocho años. Y no era de extrañar. Llevábamos ya un tiempo
funcionando a más revoluciones de las que estábamos preparados para soportar.
Al fin podía apagar el motor. Lo único que quería era meterme en un escondrijo
y quedarme allí. No me importaba hacer algunas concesiones a cambio de estar
con aquella gente, y desde luego no quería entrarles mal. Guiñé un ojo a Lee y
seguí a la chica hacia la zona de la cocina, donde me lanzó un paño. Al
parecer, me había perdido el desayuno, y ver los trozos de comida flotando en
el agua gris y grasienta de fregar los platos me dio náuseas. Pero sequé los
platos sin rechistar y al terminar tendí los paños en una cuerda de detrás de
la tienda. Luego me puse a buscar a los demás.
Capítulo
9
Dos días más tarde acudimos a una
reunión convocada por el comandante Harvey. Yo estaba sentada al fondo,
separada de Fi por mi compañera de tienda, Sharyn, y por la compañera de Fi,
Davina. Robyn se encontraba dos filas delante, y los chicos justo al frente.
Los hombres se sentaban en la parte delantera de la zona de reuniones, y las
mujeres atrás. El comandante Harvey se hallaba de pie sobre un tocón, con el
capitán Killen a su derecha y la señora Hauff a su izquierda.
Durante aquellos dos días, mis únicas
conversaciones con los otros cuatro habían sido breves y superficiales. Nos
hacían sentir que estábamos haciendo algo malo hablando entre nosotros. Sharyn
parecía estar encima de mí todo el día. Me sentía como si fuera una
paracaidista y ella mi paracaídas. Por un lado lo odiaba, pero por otro lado
era adictivo. Estaba empezando a depender de ella hasta para las decisiones más
insignificantes. «Sharyn, ¿crees que sería mejor que durmiera con la cabeza en
este lado de la tienda?», «¿Crees que debería lavar ya estos vaqueros?»,
«Sharyn, ¿pongo las patatas en el plato azul?».
Sharyn era una chica corpulenta, y
siempre llevaba unos vaqueros negros demasiado ceñidos. Como la mayoría de las
mujeres, iba supermaquillada. Aunque intentó convencerme para que yo también me
maquillara, no fui capaz. Me parecía antinatural, poco apropiado para aquel
entorno.
La única decisión que Homer y yo
tomamos, tras una rápida conversación que tuvimos con los otros tres durante
nuestra segunda tarde allí, fue que él y yo iríamos a buscar Chris a la mañana
siguiente. Solo una hora después de tomar aquella decisión, vi al comandante
escabullirse por entre los árboles en dirección a su tienda. Me pareció una
buena idea contarle lo que íbamos a hacer, así que lo intercepté.
—Comandante Harvey, ¿le importa que
le interrumpa un minuto?
—Yo diría que ya lo has hecho.
—¿Cómo
dice?
—Ahora mismo estamos hablando, eso
significa que me has interrumpido.
Apreté los dientes. Sus penetrantes
ojos se clavaron en mí y luego se desviaron de nuevo.
—Entonces, ¿le importa que hablemos
un minuto, por favor?
—Dime.
—Pues verá, es que tenemos otro
amigo, Chris, al que dejamos en nuestro campamento, así que Homer y yo hemos
pensado que mañana podríamos ir a buscarle. No tardaremos mucho. Estaremos de
regreso a media tarde.
Se hizo un largo silencio. De
repente, el cielo parecía haberse vuelto mucho más oscuro. Ya casi no podía
distinguir los rasgos del comandante: sus ojos se habían convertido en dos
huequecitos negros.
Al fin habló, aunque no dijo gran
cosa. Solo ordenó: «Sígueme», mientras se daba la vuelta y echaba a andar
deprisa. Yo le seguí hasta su tienda, luego me quedé frente a su mesa y esperé
a que se sentara y encendiera una vela. No me invitó a que me acomodara. La luz
parpadeante de la vela proyectaba sombras que bailaban sobre su cara. A ratos,
cuando movía un poco la cabeza, podía ver un destello en sus ojos, pero la
mayor parte del tiempo permaneció quieto.
Solo cuando la vela empezó a arder de
forma uniforme, dijo:
—¿Qué os dije a ti y a tus amigos en
este mismo sitio, hace solo cuarenta y ocho horas?
—Pues… dijo que aquí las cosas no
estaban tan mal como en Wirrawee, y que… pues que habían volado algunas
centrales eléctricas, y que todo esto era una… —farfullé, y de repente me di
cuenta de por qué el comandante estaba tan mosqueado— una campaña militar.
—Exacto. Una campaña militar. ¿Y qué
significa eso, a efectos prácticos?
—Pues… pues que tenemos que obedecer
órdenes y cosas así.
—Exacto. —Su voz se volvió más
firme—. ¿Sabes lo que le pasa a este país? ¿Sabes por qué ha sido invadido? Entonces
se movió. Su cabeza se inclinó hacia delante como una serpiente al oír un
sonido peligroso.
—Voy a contarte lo que le pasa a este
país. Lo que pasa es que nos hemos vuelto unos flojos, unos blandos, que hemos
perdido el rumbo. A decir verdad, creo que esta gente nos ha hecho un favor
invadiéndonos. Tenemos mucho que aprender de ellos. Son una fuerza organizada y
disciplinada de soldados bien dirigidos. Seguro que no les oirás hablar de
consenso. Ni les oirás hablar de «derechos individuales», ni de «libertad
personal». Ellos no se andan con chiquitas. Si logramos enderezar este país,
quizá tengamos una nación de la que sentirnos orgullosos, en vez de una panda
de nenazas. —La vela llameó, mostrando por un instante la rabia de su rostro—.
Voy a decirte lo que hace falta. Voy a decirte lo que la gente necesita. —Había
empezado a gritar. Yo seguí allí plantada como una boba—. Necesitan líderes
fuertes, líderes a los que respetar. Líderes a los que admirar. Este país dio
un giro equivocada hace años, ¡y ya es hora de que las cosas vuelvan a su
cauce!
Vale, lo que tú digas, estaba
pensando yo, echándome un poco hacia atrás.
El comandante volvió a sentarse en su
silla y cogió un archivo con notas.
—Y ahora —dijo, recuperando un tono
de voz tranquilo y razonable—, estoy dispuesto a considerar tu petición.
Supongo que tu joven amigo tiene comida y un sitio donde refugiarse, ¿no?
—Sí, claro.
—Entonces, no es algo urgente,
¿verdad?
—Bueno, es que no queríamos dejarlo
ahí solo demasiado tiempo, eso es todo.
—Pues eso tendrías que haberlo
pensado antes de iros. Los que vais por la vida improvisando tenéis mucho que
aprender. Podéis hacerme una petición por escrito solicitando permiso para
volver a vuestro campamento a recogerlo. Incluid un mapa detallado, el tiempo
necesario aproximado y los recursos materiales y humanos que necesitaréis. Eso
es todo. Puedes retirarte.
Me fui un poco temblorosa. No tenía
fuerzas para lidiar con aquello. Pero lo más inquietante fue el alivio que
sentí cuando rechazó nuestros planes.
Yo sabía que teníamos que volver por Chris, pero aquella era la única razón por
la que iba a hacerlo, porque sabía que era nuestra obligación. Pero, en mi
fuero interno, lo cierto era que en aquel momento no me apetecía nada emprender
aquel agotador recorrido, ni siquiera ver a Chris. Me sentí muy culpable por
eso, porque sabía cómo me sentiría yo si me hubiera quedado atrás, sola, y
también porque sabía lo importante que era que nos mantuviéramos juntos, los
seis. Había mucho en juego.
A la mañana siguiente, el día de la
reunión, tuve otro desagradable encuentro con Harvey. Sharyn me había dado un
cubo de productos de limpieza y me había dicho que limpiara la tienda del comandante.
Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de que era una encerrona, pero en aquel
momento no lo vi. Así que me dirigí a la tienda, mosqueada. Estaba pensando en
los Héroes de Harvey y en que su problema era que estaban intentado aparentar
que no había ninguna guerra. Bajo todos aquellos disfraces militares solo había
un grupo de aldeanos corrientes de mediana edad que intentaban vivir en la
montaña como siempre lo habían hecho en sus casas de ladrillo visto de Risdom.
Cotilleaban; intercambiaban trucos de jardinería y hablaban de sus hijos;
limpiaban y cocinaban, o iban de acá para allá haciendo chapuzas. Alguien me
había preguntado incluso el día anterior si jugaba al bridge. El único que era
distinto era el comandante Harvey. Le impulsaba una especie de ansia que los
demás no tenían. Creo que disfrutaba de su poder sobre el resto, pero que al
mismo tiempo le frustraba que no fueran soldados curtidos en la batalla a los
que pudiera lanzar a la primera línea de fuego en una gran contienda.
Pensando en todo aquello, me puse
manos a la obra en mi tarea de limpieza con un ánimo resentido, incluso hostil.
Me parecía absurdo estar limpiando el polvo y barriendo. Y me sentía humillada
de que yo, Ellie, que había hecho saltar un puente por los aires, tuviera que
estar siempre a las órdenes de aquel Hitler de tres al cuarto. Barrí con
agresividad las hojas que habían entrado con el aire, quité una telaraña de la
esquina izquierda del techo de la tienda y limpié el polvo a las dos sillas de
invitados. Ni siquiera miré la cama; no pensaba tocarla.
Me desplacé al otro lado de la mesa y
empecé a limpiar allí. Vi un montón de papeles; encima de todo había una
carpeta de cartón con la palabra «confidencial». No me lo pensé ni un segundo.
Sin demasiado entusiasmo tampoco, sino pensando «con esto seguro que me echo
unas risas», la abrí. La primera página era un folio con el título «Informe del
ataque a la central eléctrica»; estaba escrito con letra pequeña. Me
incliné
para verlo mejor, pero nada más leer la primera línea me di cuenta de que había
alguien más en la tienda. Rápidamente, levanté la vista. Allí estaba el
comandante, en la puerta, con la cabeza inclinada hacia la derecha y mirándome
con fiereza.
Era evidente que no podía hacer nada.
Había metido la gamba, o al menos eso fue lo que pensé entonces. Y sabía que él
no tenía sentido del humor, así que no valía la pena intentar siquiera bromear
sobre el tema.
—Lo siento —me disculpé—. Solo estaba
echando un vistazo.
Él se cruzó de brazos, pero no dijo
nada. Era una mala costumbre que tenía. Yo sabía que estaba colorada como un
tomate, pero no podía hacer nada al respecto. Finalmente, me encogí de hombros
y me volví hacia la mesa para seguir limpiándola. Entonces él habló.
—Parece que no recuerdas nada de nuestra
conversación de anoche.
Yo no contesté, sino que me limité a
seguir frotando la mesa.
—Tienes mucho que aprender sobre
disciplina, jovencita.
Frota que te frota.
—Olvídate de la limpieza y vuelve con
la señora Hauff. No quiero volver a verte en mi tienda.
La piel me quemaba. Agarré mis cosas
y eché a andar hacia la salida. Pero cuando llegué frente a él, las cosas se
complicaron: el comandante Harvey estaba bloqueando la puerta de la tienda, y
no parecía que fuera a moverse. Y, evidentemente, yo no iba a empujarle. Me
quedé allí de pie, esperando. Al cabo de un minuto, se hizo a un lado y se
quedó allí, con los brazos aún cruzados. Estaba claro que era la única
concesión que iba a hacer, así que me abrí paso con dificultad por el hueco que
había dejado y salí al aire libre, sin volver a mirarle.
Fue un alivio volver con Sharyn.
Puede que fuera una mandona, una antipática y una gruñona, peor al menos no me
daba miedo. No era una persona siniestra.
Por la tarde no tuve tiempo de
redactar el escrito para pedir permiso para ir por Chris, y cuando se lo conté
a Homer él me dijo que lo dejara para el día siguiente, que podía ser que
entonces Harvey se hubiera calmado un poco. Así que decidí ir a la reunión.
La reunión del comandante Harvey no
se parecía mucho a las que manteníamos
nosotros en el Infierno. Consistía, básicamente, en un largo discurso. La
primera parte iba sobre la amenaza a nuestro país y la necesidad de ser
valientes.
—Estamos viviendo una época muy dura
—dijo —. Al igual que mucha gente valiente que nos ha precedido, nos
encontramos en la coyuntura de tener que defender nuestras tierras, de proteger
lo que nos pertenece por derecho, de salvar a nuestras mujeres y nuestros
hijos.
Cuando dijo eso, sentí que se me
volvía a poner roja toda la cara, desde la barbilla hacia arriba, como me suele
pasar cuando estoy muy cabreada. Aquello era lo último que me faltaba por oír.
Estaba claro que toda la «gente valiente» en la que estaba pensando eran
hombres. Tragué saliva, y luego espiré con fuerza por la nariz. Quizás aquella
era otra prueba de disciplina para mí. El comandante Harvey dijo algo más
acerca del patriotismo y luego retomó un poco el tema de la historia.
—Hombres como Winston Churchill
cambiaron el curso de la historia. Evidentemente, no es que quiera compararme
con Winston Churchill. Pero intentaré dirigiros lo mejor posible. Podéis estar
seguros de que no os decepcionaré.
Luego pasó a la segunda parte de su
discurso, centrada en la acción militar. Aquello sí que era más del estilo de
lo que yo quería oír. Ya había tenido bastante de tareas domésticas.
—Pronto emprenderemos otro ataque
contra el enemigo —anunció—. Luego comentaré los detalles con algunos de
vosotros. El capitán Killen y yo hemos localizado algunos objetivos estratégicos
importantes. Como sabéis, tenemos pocos efectivos y armas, y nos enfrentamos a
un enemigo muy bien entrenado y equipado. Por eso debemos proceder con la mayor
cautela. A pesar de nuestras múltiples desventajas, hemos causado importantes
daños a las fuerzas enemigas, y nuestra efectividad ha sido proporcionalmente
muy superior a la escasa fuerza numérica de la aguerrida banda de los Héroes de
Harvey. Podemos estar muy orgullosos. Como ya sabéis, dos centrales eléctricas
y varios vehículos han caído a manos de nuestras fuerzas.
Y así continuó el comandante Harvey
diciendo más de lo mismo —durante veinte minutos concretamente—, las mismas
cosas que el día que llegamos. Me costaba concentrarme. Me embargaba una
sensación de déjà vu que se remontaba incluso más allá de nuestra
primera entrevista con él. Me esforcé por intentar identificar de dónde venía
el recuerdo. Tardé cinco minutos, pero al menos lo conseguí: me estaba sintiendo
igual que en una reunión del colegio.
El comandante Harvey dio paso
entonces a la tercera y última parte del discurso.
—Una vez más quiero dar las gracias a
la señora Hauff y a su equipo de ayudantes. El campamento continúa estando en
un impecable estado de limpieza, y las comidas se sirven con puntualidad y
magníficamente presentadas. Como dijo Napoleón, «un ejército marcha sobre su
estómago», y el buen ánimo que reina entre los Héroes de Harvey se lo debemos
sin duda a las chicas de la señora Hauff.
La expresión de la señora Hauff no
cambió, pero me pareció que una oleada de aprobación recorría lentamente su
robusto cuerpo. Yo seguía fastidiada. No había visto a un solo hombre hacer las
tareas domésticas. Yo llevaba dos días sin hacer apenas otra cosa que frotar
ollas y sartenes, lavar sábanas —con agua fría— y zurcir calcetines. Los chicos
estaban ocupados haciendo cosas de machotes —cavar sumideros, recoger leña y
construir una pequeña cabaña de madera, que iba a ser la oficina del comandante
Harvey—. Pero lo que más me sorprendía era que todo el mundo parecía estar
conforme con aquel trato. Todos excepto nosotros cinco, y tampoco es que
estuviera muy segura de la opinión de Homer. Si le hubiéramos dejado a su aire
cuando estábamos en el Infierno, se habría pasado las noches en pantuflas
frente a la hoguera esperando a que le sirviéramos la cena.
—Por último —dijo el comandante
Harvey—, queremos dar la bienvenida a nuestros nuevos cinco reclutas. Es un
placer que se una gente joven a nuestra causa, y estoy seguro de que pronto se
acostumbrarán a la disciplina de una campaña militar. Como ya he dicho en otras
ocasiones a los miembros más antiguos de los Héroes de Harvey, «cuando te dicen
que saltes, la única respuesta debería ser ―¿cómo de alto?‖»
Al decir eso me lanzó una sonrisa
como si fuera algo que se le hubiera ocurrido a él. Parecía estar de mejor
humor, así que le sonreí débilmente.
La reunión se terminó, y yo emprendí
el camino de regreso a mi tienda junto a una mujer de unos treinta años, pelo
castaño y aspecto sencillo que siempre parecía cansada e irritada,
independientemente de lo que estuviera haciendo. Se llamaba Olive. Sharyn vio
que nos marchábamos, pero no intentó seguirnos. Supongo que pensó que estaba en
buenas manos, pero yo decidí arriesgarme y soltar algo irreverente.
—Estaba pensando a qué me recordaba
esta reunión —dije—. Y por fin lo he descubierto. Es como una reunión del
colegio.
Ella se rió, y luego miró a su
alrededor con expresión de culpa.
—¿Sabes a qué se dedicaba el
comandante Harvey antes de la invasión? —me preguntó—. ¿Lo dices por eso?
—Pues no tengo ni idea. ¿Era militar
o algo por el estilo?
Ella volvió a reírse.
—Estarás de broma. Era el subdirector
del instituto de Risdon.
—¡Qué dices! —Me sentí estafada. Todo
aquel tiempo había estado pensando que era un héroe del Ejército—. ¿Y de dónde
ha sacado sus conocimientos militares?
—¿Qué conocimientos militares? Este
tinglado es tan militar como un club de bolos. Harvey estuvo en la reserva del
Ejército durante dieciocho meses. Eso es todo.
—¿Y todo eso que cuenta de volar
centrales eléctricas y vehículos enemigos?
—Tú lo has dicho, aquí se cuentan
muchas cosas.
—¿Y eso es todo?
Ella se encogió de hombros.
—Bueno, es verdad que volaron dos
centrales. Una era la red eléctrica del sur de Risdon y la otra la central
eléctrica de Duckling Flat. Cuando lo hicieron, no debía de haber ni un soldado
en diez kilómetros a la redonda. Y tampoco es que fueran reactores nucleares.
Uno tenía el tamaño de un arco portátil, y el otro no era mucho más grande.
—¿Y qué hay de los vehículos?
—El primero era un camión de
transporte de tropas que se había averiado y estaba abandonado. Le prendieron
fuego y luego se colgaron las medallas. Los demás ataques a vehículos han sido
iguales. Buscan camiones averiados o coches abandonados y les prenden fuego.
—No me lo puedo creer. —Estaba
realmente desconcertada y furiosa. Con los peligros que nosotros habíamos
corrido, con todo el daño que habíamos
hecho al enemigo y las cosas tan horribles que habíamos sufrido, y todo ese
tiempo aquellos gordinflones, con sus mujeres maquilladas hasta las orejas,
habían estado congratulándose de lo buenos que eran y poniéndose aún más gordos
con su autocomplacencia. Eso por no mencionar la forma en que me había hablado
el comandante Harvey, como si fuera un perro que hubiera hecho caquita en su
alfombra nueva. ¡Yo había hecho diez veces más cosas que él! ¿Cómo se atrevía?
Fui a buscar a Robyn y a Fi para
contárselo todo, pero estaban con sus cuidadoras. Entonces Sharyn me vio y me
llevó hasta la zona de la cocina a pelar patatas. Pelar patatas cuando estás
mosqueada no es muy buena idea. Cuando iba por la tercera, me hice un tajo en
el pulgar izquierdo y empecé a sangrar a lo bestia, y eso me cabreó aún más.
Olive vino y me puso una venda: me había dicho que era enfermera, y me hizo un
vendaje profesional. Se empleó a fondo.
Antes de que pudiera hablar con los
demás, se produjo un cambio radical en el ambiente del campamento. Varios
grupos de hombres pasaron junto a la zona de lavar los platos mientras yo le enseñaba
a Sharyn a hacer un escurridor para la vajilla. Sin mediar palabra, ella soltó
el palo que estaba sujetando y se puso a seguirlos. Yo también solté mis trozos
de madera y los seguí también. Nadie decía nada, pero había un aire de
nerviosismo. Todos andaban inclinados hacia delante, como si eso les fuera a
hacer ir más rápido. Me fijé en que algunos de ellos iban armados con fusiles
automáticos. Sus armas eran mucho mejores que las nuestras.
Nos volvimos a reunir en el mismo
sitio de antes. Esta vez fue el capitán Killen quien se subió al tocón para
dirigirse a nosotros. Me pregunté qué habría sido antes de la invasión: ¿un
contable, quizá? No había ni rastro del comandante Harvey.
—La Operación Fantasma está lista
para empezar —anunció con su voz débil y áspera. Apenas podía oírlo, a pesar de
estar a unos veinticinco metros de él—. Aunque solo será necesario un grupo
reducido de hombres en activo, los que quieran ver la operación desde una
posición estratégica podrán hacerlo desde el cortafuegos que hay sobre la
carretera de Cannamulla.
¡Espectadores, qué fuerte!
¿Y cuánto cuestan las entradas?, me
entraron ganas de decir. Pero aún me quedaba la suficiente sensatez como para
permanecer callada. Miré a
Homer, esperando a que él se diera cuenta, pero tenía la mirada fija e
inexpresiva en el capitán Killen, y no miró para atrás.
—La Operación Fantasma asestará un
golpe a la parte más vulnerable del enemigo —continuó diciendo—. Le daremos
donde más le duele. Esta será la mayor operación jamás lanzada por los Héroes
de Harvey, y el mayor objetivo militar jamás atacado. Para la operación han
sido elegidos los siguientes hombres: Olsen, Allison, Babbage…
Había doce nombres en total. Al
parecer, aquella era la idea que el capitán Killen tenía de un grupo reducido.
Me alegró comprobar que ni Homer ni Lee estaban entre ellos. Y no había
posibilidad alguna de que nos eligieran a Robyn, a Fi o a mí. Las chicas no
cuentan en los Héroes de Harvey más que para cocinar y limpiar. Pero cuando
Sharyn me preguntó si quería ir a mirar, no me lo pensé dos veces. A mí me
parecía muy cómico, pero se ve que a Sharyn y a las demás no: en el campamento
había un ambiente serio y silencioso mientras la gente se preparaba. Desde
luego que era algo serio, me recordé un poco molesta conmigo misma —cualquier
contacto con el enemigo era algo serio—, pero solo deseaba que dejaran de
comportarse como los personajes de una película americana de guerra. Todo era
muy distinto de como nosotros lo hacíamos. Nuestros violentos enfrentamientos
con el enemigo empezaban a parecer pesadillas imposibles; tanto, que empezaba a
costarme creer que hubiera sucedido realmente.
No parecía haber razón alguna para
que hubiera espectadores, salvo para hacer que el capitán Killen y los demás
héroes se sintieran importantes. Pero aquello no me preocupaba. Supuse que
podía ir a echar un vistazo sin que eso implicara que reconociera a aquellos
tíos como una leyenda. Así que me uní al grupo, con la esperanza de que el
comandante Harvey no me viera y me prohibiera ir. Éramos unos quince, incluidos
nosotros cinco. Pero, cómo no, antes de salir tuvimos que aguantar el gran
sermón del capitán Killen.
—Y ahora —dijo, mirándonos muy serio,
como si fuéramos una clase de primaria antes de una visita a un museo lleno de
objetos delicados—. Quiero que os quede claro que estamos en acto de servicio.
Se os permite acompañarnos a condición de que obedezcáis cualquier orden de
manera inmediata. Deberéis estar callados, no estorbar y reducir cualquier
conversación al mínimo. Tendréis que permanecer ocultos en todo momento. Y
vosotros, niños —al comprobar que se refería a nosotros sentí una oleada de
rabia—, a vosotros en concreto no os quiero oír ni media palabra. Permaneced al
margen de la acción y comportaos
como Dios manda.
No sé qué esperaba, quizá pensara que
nos íbamos a poner a jugar al escondite, o a cantar canciones de campamento o
algo así. Esta vez ni me atreví a mirar a Homer. Debía de tener la sangre a
punto de hervir.
Yo estaba esperando a que apareciera
el comandante Harvey, pero los demás emprendieron la marcha, así que tuve que
correr para alcanzarlos. Entonces fue cuando me di cuenta de que el comandante
no iba a venir. Estaba tan furiosa que se me tensó toda la mandíbula. Me quedé
callada para no decir ninguna barbaridad. ¡Menudo líder! Lo despreciaba. Lo
único que sabía era dar sermones.
Los doce guerrilleros estaba
dirigidos por el capitán Killen; en seguida se separaron de nuestro grupo y
bajaron por un arroyo seco que les llevó por el camino más directo.
Nuestro líder era un hombre mayor de
aspecto serio y con gafas. Se llamaba Terry. No dijo ni una palabra, pero
parecía saber lo que hacía. Nos llevó por un resalte que había entre los
árboles. Yo esperaba que conociera bien el camino, porque cuando llegara el
momento de volver ya habría oscurecido. Caminé junto a Fi y su cuidadora,
Davina. Olive estaba justo delante de nosotras, y Robyn iba detrás con su
compañera de tienda. Sharyn no vino. El ejercicio físico no era lo suyo. Homer
y Lee iban al frente, detrás de Terry.
Caminamos durante una hora
aproximadamente. Cuando se me hubo pasado el enfado, disfruté del camino. Me
gusta el monte y mantenerme en forma, y ya estaba harta de estar todo el día en
el campamento, con Sharyn como principal compañía. Yo no tenía sensación de
peligro, así que mi ánimo no se vio ensombrecido por el miedo. El capitán
Killen nos había dicho que íbamos a estar a bastante distancia del lugar de la
acción, y tras mi conversación con Olive estaba segura de que el contacto con
el enemigo iba a ser mínimo.
Poco a poco, la vegetación se fue
volviendo menos densa y empezamos a vislumbrar el valle. Allá abajo, vi trozos
amarillos de un camino de tierra, como las pistas de los coches de carreras de
juguete cuando las desmontas para guardarlas en la caja. Pronto vimos trozos
bastante largos del camino, a medida que el valle se extendía para formar un
paisaje más ancho y llano. Ahora teníamos que evitar estar a cielo abierto, y
mantenernos a cubierto tras la línea de árboles. Yo me pasé la mayor parte del
tiempo andando con la cabeza inclinada hacia atrás. Era agradable volver a ver
el cielo despejado. Al pasar por la parte más frondosa,
habíamos conversado un poco, pero ahora todo el mundo estaba callado, así que
ya no tenía que escuchar a nadie. Para mí era perfecto.
El cortafuegos era una franja larga y
fea que cruzaba el monte de arriba abajo: un trazado de tierra arcillosa y
algunas malas hierbas allanado por máquinas excavadoras y situado junto a una
valla de madera. Terry nos hizo cruzarlo por parejas, corriendo con la cabeza
agachada, cosa que tenía mucho sentido. Luego, cuando todos estuvimos al otro
lado, subimos la montaña. El sol estaba empezando a ponerse; el aire se estaba
volviendo más frío y las sombras de los árboles eran tan alargadas que se
perdían entre los árboles del otro lado del camino. Pero la intensidad del
ejercicio nos mantenía calientes. La pendiente era escarpada, y cuando llegamos
a la cima estábamos todos colorados y jadeando. Aun así, valió la pena. Las
vistas eran espectaculares. Aunque en los alrededores de Wirrawee la tierra era
buena, aquella vega era lo más fértil que se podía encontrar en aquel rincón
del mundo: allí caía más agua que en nuestra zona —creo que se debe a la forma
de las montañas o algo así—, y algunos vecinos incluso regaban. En una parte
había un montón de tuberías largas, con aspecto de maquinaría de ciencia
ficción. Más allá había un vergel con una malla blanca sobre los árboles
frutales, formando una especie de escultura. Incluso en aquella época del año,
muchos de los prados estaban verdes, a pesar de que seguramente nadie los había
regado desde la invasión. Solo a los lejos empezaba a verse una gran extensión
seca y amarilla. El sol prominente parecía una enorme criatura vigilante,
guardando ya reino. La tierra también parecía tranquila, tan antigua, serena y
silenciosa, como si las penosas riñas de los humanos por vivir en su superficie
no fueran de su incumbencia. Me recordaba a un verso de un poema de Chris: «El
océano ignora al marino, el desierto me ignora a mí».
Yo ya estaba empezando a preocuparme
por Chris y a sentirme culpable. El camino de vuelta al Infierno iba a ser un
rollo. Me propuse ir a ver al comandante Harvey al día siguiente para hacerle
entender lo importante que era que regresáramos. Sabía que, si en vez de Chris
hubiera sido Fi la que estaba allí, yo habría ido dos días antes. Quizá debería
convencer a Fi para que fuera conmigo a ver al comandante a la mañana
siguiente.
Esta vez fue Homer el que encontró la
forma de acercarse a mí, y me llevó al otro lado de la montaña. Sin pronunciar
palabra, señaló abajo, hacia la carretera. Y allí estaba el objeto del capitán
Killen. Era un objetivo jugoso, por no decir fácil. Atravesado en la carretera,
con el cañón
apuntando hacía el monte había un enorme tanque verde.
—Increíble —murmuré
Incluso desde nuestra altura podía
verse que el tanque había sufrido algún tipo de percance. Estaba volcado hacia
un lado, y me pareció ver algunos boquetes en la parte de la carretera en que
había perdido el control. La parte superior del tanque estaba abierta, y no
había señales de vida alrededor.
—Igual que el vehículo de transporte
de tropas —dije yo.
—¿A qué te refieres? —preguntó Homer,
que estaba muy pendiente del tanque que de otra cosa, mirándolo con envidia,
supuse.
—Pues que el primer vehículo enemigo
que atacaron los Héroes de Harvey fue uno de transporte de tropas que estaba
abandonado, igual que este. Igual que todos los demás que han atacado desde
entonces.
Homer desvió la mirada hacia mí, más
atento ahora.
—¿Qué quieres decir? —En ese momento
nos interrumpió la voz de Robyn, llamándonos en voz baja.
—Ahí están —dijo.
Homer y yo miramos hacia abajo. Los
guerrilleros iban bajando por la carretera, a aproximadamente un kilómetro de
distancia del tanque, andando en fila india bajo la sobra de los árboles, pero
sin tomar grandes precauciones. Reconocimos al capitán Killen a la cabeza.
—Se los ve muy confiados —dije yo.
—Supongo que ya se conocen el percal —añadió
Robyn.
—Eso espero —dijo Homer—. Entonces
¿qué estabas diciendo de un vehículo de transporte de tropas?
—Es una cosa que me ha contado Olive.
Esos tíos son unos gallinas. No atacan ningún objetivo a menos que sea
totalmente seguro. Van a por vehículos averiados o que se han salido de la
carretera, como este. Han atacado varios camiones siguiendo la misma
estrategia.
Hablábamos con susurros, aunque no
hacía falta. Homer empezó a tener una expresión extraña, de preocupación.
—¿Me están diciendo que hacen esto con frecuencia?
No hay comentarios:
Publicar un comentario