miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: En tierra de tinieblas, parte 11


Abrí el gas de la cocina y de un calentador del comedor, pero estaba demasiado asustada como para buscar nada más. Tampoco comprobé el temporizador; lo enchufé y punto. Esperaba haberlo hecho todo bien, y así lo dejé.
—Lo mismo hice yo —confesé.
Resultó que Lee fue el único que había comprobado que su temporizador estuviera bien programado.
—No tenían por qué no estar bien puestos —dijo Homer—. Los programamos con mucho cuidado en casa de la señora Lim, y todo funcionó según el programa. Las casas explotaron casi a la vez, así que, o bien la primera explosión desencadenó las demás, o bien, como decía antes, almacenaban municiones.
A media tarde, una patrulla de tierra se acercó a la propiedad de los Mackenzie. Iba repartida en dos vehículos todoterreno: un Toyota y un Jackaroo. Reconocí el segundo. Pertenecía al señor Kassar, mi profesor de teatro del instituto. Recuerdo lo orgulloso que estaba de ese coche. Aunque por el momento nos sentíamos bastante seguros en la frondosa vegetación, nuestro mayor temor era que encontraran alguna pista que les indicara que habíamos estado allí y que pidieran refuerzos. Observamos atentamente mientras rastreaban el área. Lo curioso era que se los veía nerviosos: no apartaban las manos de los fusiles, se mantenían apiñados en pequeños grupos y no dejaban de mirar con inquietud a su alrededor. «¡Qué solo somos nosotros!», habría querido gritarles. «Solo somos unos chavales, no os emocionéis demasiado.»
Pero claro, eso no lo sabían. Por lo que habían visto, éramos soldados de élite, asesinos profesionales. Y por lo que yo había visto, lo éramos. Quizá nos habíamos convertido precisamente en eso.
Una cosa estaba clara, y era que si nos atrapaban y nos identificaban como los autores de todo aquello, estábamos perdidos. Estábamos muertos. Y no es una forma de hablar. Me refiero a que dejaríamos de vivir: de respirar, de ver, de pensar. Estaríamos muertos.
Los soldados prosiguieron su avance hacia el cobertizo de esquileo. Lo hicieron igual que en las películas, acercándose a grandes zancadas, cubriéndose los unos a los otros en cada momento, abriendo la puerta de una patada. Eso me hizo pensar en la suerte que habíamos tenido al derrotarlos tantas veces. Parecíamos unos aficionados comparados con ellos. Aunque, no sé... Es posible que eso mismo fuera una ventaja. Quizá fuéramos más creativos, tuviéramos más flexibilidad para pensar. Ellos no eran más que unos empleados que acataban las órdenes de otros. Y nosotros éramos nuestros propios jefes, podíamos hacer lo que se nos antojara. Seguramente eso ayudara un poco.
Me acordé de una fantasía que me rondaba a menudo cuando era una cría. Era la fantasía de un mundo sin adultos. En ese mundo, y sin que supiera muy bien dónde se habían metido, no había adultos. Un mundo en el que nosotros, los niños, tendríamos libertad para ir y venir, para coger cuanto quisiéramos. Un Mercedes de un concesionario cuando necesitáramos transporte, y luego otro coche cuando al primero se le acabara la gasolina. Cambiaríamos de coche como de calcetines. Dormiríamos en mansiones distintas cada noche, nos mudaríamos a otra casa en lugar de cambiar las sábanas de la cama. Sería como la fiesta del Sombrerero Loco, en la que los comensales cambiaban de sitio en la mesa para no tener que fregar los platos. La vida sería una larga fiesta.
Sí, eso soñaba entonces.
Ahora, me volvería loca de alegría si pudiera devolver las riendas del mundo a los adultos. Solo quería regresar al instituto, estudiar para acceder a la universidad, hacer travesuras, ver la tele o preparar los biberones para los lechales (una tarea de la que siempre me quejaba, porque en ese momento no me apetecía hacerla o porque estaba hablando con Corrie por teléfono). No quería todas aquellas preocupaciones, toda aquella responsabilidad. Y sobre todo, no quería todo aquel miedo.
En mi fantasía, no nos perseguían por el campo, no pasábamos el tiempo cubriéndonos las espaldas, no teníamos que matar ni destruir.
Los soldados terminaron de inspeccionar las dependencias de los esquiladores y se dirigieron tranquilamente hacia sus vehículos, con aire más relajado. Supuse que no habían encontrado pistas comprometedoras. A no ser que fuera una trampa. Quizás ahora sabían que estábamos cerca y solo fingían normalidad para que bajásemos la guardia. No sé si a los demás se les pasó lo mismo por la cabeza. No lo hablamos. Nos limitamos a quedarnos allí sentados, toda la tarde, con la mirada fija en los árboles y los campos. Nadie habló. Nadie durmió tampoco. Todos estábamos cansados, y nos dolían tanto los huesos y nos escocían tanto los ojos que tuve la sensación de tener cien años.
Por fin la luz empezó a atenuarse. Ya asomaban conejos fuera de las madrigueras, lanzando miradas nerviosas a su alrededor, dando algunos brincos, llevándose sus primeros bocados de la noche. De nuevo me asombró que fueran tan numerosos. Aquello hizo que me preocupara por la tierra: nadie la estaba cuidando como debía. Esperaba que los colonos tuvieran alguna idea de cómo hacerlo. Mejor tenerlos a ellos cuidando el país que a nadie.
Nos pusimos a charlar mientras los conejos se dispersaban. Un cierto alivio empezaba a hacer acto de presencia, ya que por lo visto íbamos a sobrevivir a ese día, y seguramente aguantaríamos una noche más. Hablamos bajito, sin emoción. Creo que a esas alturas, ya se nos habían agotado las sensaciones. Hablamos de lo que debíamos hacer a continuación, de cómo mantenernos a salvo, de la mejor forma de actuar. Todos estábamos muy tranquilos. Acordamos que, antes de volver al Infierno, debíamos hacer acopio de más víveres. Y ya que podía tratarse de nuestra última oportunidad de hacerlo en una buena temporada, cuantos más, mejor. Podíamos intentar conseguir más de algunas de las cosas que habíamos perdido cuando los Héroes de Harvey fueron aniquilados, y también buscar más comida y más ropa. Mientras Tumer Street siguiera humeando, no podríamos salir del Infierno.
A unos cinco kilómetros de la casa de Homer había una propiedad que todavía no habíamos visitado. Se llamaba Tara y pertenecía a los Rowntree. A mis padres les caían regular. Según ellos, los Rowntree tenían más interés por las fiestas que por la agricultura. Hacía un año que se habían separado y estaban en mitad del divorcio. Era una propiedad enorme, tres veces más grande que la nuestra, pero dudaba que los colonos ya hubieran llegado hasta allí. Estaba demasiado lejos de la ciudad, perdida en medio de una zona accidentada que sería difícil defender.
Así pues, a las diez nos subimos a las bicicletas y pedaleamos con fuerza hasta mi casa. Allí cogimos el Land Rover. Todavía teníamos un Ford cuidadosamente camuflado esperándonos en la Costura del Sastre, que utilizábamos de cuando en cuando para que siguiera tirando. Pero yo prefería el Land Rover, porque ya llevaba unos años conduciéndolo. Era como un viejo amigo, para no perder la costumbre, volvió a la vida tosiendo. Siempre le costaba arrancar, pero nunca fallaba. Avanzamos despacio hasta Tara, ya que no conocía bien el camino. Primero llegamos a la casa del guardés, pero decidimos echarle un vistazo después si teníamos tiempo. La casa principal se situaba a un kilómetro de distancia, al final del camino. Se podía llegar antes si tomábamos un atajo por el prado, pero, al ser más oscuro y húmedo, preferí no pasar por allí. Subimos sigilosamente por la pendiente flanqueada por dos hileras de pinos viejos y enormes hasta llegar a la mitad del camino. Entonces, Lee y Robyn subieron andando hasta la casa para asegurarse de que no hubiera intrusos.
Cuando, ondeando las linternas, nos indicaron que podíamos seguir, recorrimos en coche el resto del camino y aparcamos frente a la entrada principal. Era una sensación divertida y a la vez extraña merodear por las casas ajenas. Me gustaba ver cómo vivían los demás, qué poseían, cómo habían acondicionado cada habitación. Por eso Fi y yo echamos un buen vistazo dentro. Era un sitio muy bonito. Había unos muebles preciosos, enormes y oscuras antigüedades que debían de valer una fortuna. Los soldados vendrían aquí tarde o temprano con su camión de mudanza, de eso no cabía ninguna duda.
Pero ya habían estado ahí, cómo no. Habían estado por todas partes, excepto en el Infierno. En las habitaciones, los cajones estaban abiertos y su contenido desparramado. En la sala de estar, las vitrinas habían sido vaciadas, y una de ellas estaba rota. Había cristales por todo el suelo. Alguien se había interesado por el mueble bar y lo había saqueado. Tampoco se había salvado el equipo de música: aunque los altavoces estaban en su sitio, el reproductor ausente había dejado un espacio vacío. En cambio, no se habían molestado en llevarse el viejo tocadiscos de mi casa, que no valdría más de veinte pavos. El equipo de los Rowntree debía de ser bastante especial.
La comida era nuestra prioridad, y nos entusiasmó encontrar media docena de grandes salamis en la despensa. Estábamos deseando tener la oportunidad de cambiar de dieta. Había dos cajas de Pepsi, montones de chocolate y bolsas de patatas fritas que ya empezaban a ponerse rancias. Los Rowntree parecían vivir muy bien. No había muchas latas, excepto algunas de sopa, más tres de salmón, que yo no como. Eso sí, había un montón de productos diversos, como fideos instantáneos y paquetes de ostras ahumadas, lo que en conjunto bastaba para llenar un par de bolsas de viaje.
Echarnos un rápido vistazo por las demás habitaciones; cogimos alguna que otra prenda y sacos de dormir, y Fi y yo nos llenamos los bolsillos de artículos de aseo muy caros. Mi vieja fantasía casi se había vuelto realidad durante un momento. Lee volvió del estudio con una pila de voluminosas novelas de fantasía. Había llegado el momento de marcharnos. Me metí de un salto en el asiento del conductor. Fi se sentó delante, a mi lado; Homer y Lee, detrás de nosotras; Robyn se había tendido al fondo, después de haber improvisado una cama con las mantas y la ropa que habíamos cogido en Tara. Tal como los veía, se
quedarían todos dormidos antes de incorporamos a la carretera.
—Bienvenidos a bordo de este vuelo con destino al Infierno —dije—. Por favor, abróchense los cinturones. Volaremos a una altitud de un metro sobre la carretera, a una velocidad de cuarenta kilómetros por hora. Según las previsiones meteorológicas, hará un tiempo frío y lluvioso en el Infierno.
—Excepto en la tienda de Lee, donde hará un calor húmedo —exclamó Homer.
—Eso quisiera Lee —replicó Fi.
Haciendo caso omiso de aquellos comentarios infantiles, metí la primera y nos pusimos en marcha.
Ya estábamos a punto de entrar en la carretera cuando Homer observó:
—Hay algo interesante ahí.
—¿Interesante en plan guay o interesante en plan chungo?
—Interesante en plan chungo.
Aminoré la marcha e intenté mirar en la dirección que señalaba a través del prado. Era demasiado difícil hacerlo y conducir al mismo tiempo, de modo que le pregunté:
—¿Quieres que paremos?
—No, no importa.
—Sí, para —dijo Robyn de repente, con un extraño tono de como si alguien le estuviera retorciendo la garganta.
Pisé el embrague y el freno, y el Land Rover se bamboleó hasta detenerse. Robyn había salido por la puerta de atrás y ya estaba corriendo.
—¿Dónde?
—Ahí —dijo Homer—. Cerca de la presa.
Yo veía el reflejo en el agua de la pequeña presa de tierra y su muro de contención, pero nada más. Aunque... quizá me pareció entrever una extraña forma oscura a la izquierda de la presa, un poco más abajo. Entonces oí un sonido extraño, inhumano, que me puso la piel de gallina en una instantánea oleada de miedo. El cuero cabelludo me  
ardía, como si unos diminutos insectos se me arrastraran entre el pelo.
—Madre mía —dijo Fi—. ¿Qué ha sido eso?
—Es Robyn —dijo Lee.
El sonido no era un grito ni un llanto, sino más bien un gemido. El tipo de lamento fúnebre que uno puede oír en documentales sobre otros países. Me bajé de un salto del Land Rover y rodeé corriendo el coche, hacia la presa. Cincuenta metros más allá, empecé a darme cuenta de que el ruido emitido por ella incluía palabras. «Demasiado», decía una y otra vez. «Esto es demasiado». Era casi como si lo estuviera cantando. Fue el sonido más aterrador que he oído jamás, creo.
Cuando llegué a donde estaba, quise agarrarla, abrazarla, tranquilizarla, consolarla. Oía a los demás acercarse a poca distancia, aunque yo fui la primera en llegar. Pero cuando la alcancé, cuando mis ojos vieron lo que los suyos habían visto, me olvidé de abrazarla y me quedé inmóvil, preguntándome si alguien me abrazaría a mí o si debería consolarme sola.
Antes de que la guerra empezara, había visto muchas veces la muerte. Cuando trabajas en una granja te acostumbras a ver carroña, pero nunca llega a resultar agradable. A veces sientes náuseas, a veces reaccionas con rabia, otras sientes un dolor que te dura días. Pero acabas acostumbrándote a ver ovejas asesinadas por zorros en pleno parto, a corderos con los ojos arrancados por los cuervos, a vacas muertas que se hinchan de gas hasta que parece que podrían flotar corno un globo. Ves conejos muertos de mixomatosis, canguros atrapados en los alambres de las vallas, tortugas a las que atropellas con el tractor cuando bajas al río a rellenar una cisterna. Ves muertes espantosas, muertes bruscas, muertes silenciosas, muertes llenas de dolor, de babas, de sangre, de intestinos descubiertos a los que las moscas van a poner sus huevos. Me acuerdo de uno de nuestros perros, que había comido un cebo envenenado. Su dolor lo llenó de tal frenesí que corrió a toda velocidad a estamparse de cabeza contra un camión aparcado y se partió el cuello. También me acuerdo de otro perro nuestro, ciego y sordo. Encontramos su cuerpo en la presa, en un día caluroso. Supusimos que se metió allí para refrescarse y que, después del chapuzón, ya no pudo salir.
Pero con el cadáver de Chris fue distinto. Debería haber sido igual que los demás, igual que con aquellos animales. Como suele ocurrir con ellos, llevaba allí semanas antes de que lo encontrásemos. Como suele
ocurrir, su cadáver había sido roído por depredadores: zorros, gatos monteses, cuervos, ¿quién sabía? Y, como suele ocurrir, el escenario de alrededor contaba la historia de la muerte: yacía a unos diez metros del coche volcado, y la lluvia no había conseguido borrar las huellas de sus manos al arañar el suelo. Podías ver dónde había caído y a qué distancia se había arrastrado después, y también que se había quedado allí tendido durante un día o más, esperando la muerte. Su cara todavía miraba al cielo; las cuencas vacías de sus ojos apuntaban hacia lo alto, como si buscara estrellas que ya no podía ver. Tenía la boca abierta, petrificada en un gruñido animal. El dolor lacerante le había encorvado la espalda. Me pregunté si intentó escribir algo en el suelo a su lado. Si era así, ya no era legible. Aquello habría sido algo muy propio de Chris: dejar mensajes que nadie entendía.
Resultaba difícil, sin embargo, pensar que de ese cuerpo, de esa cabeza habían nacido maravillosos mensajes. Aquel desagradable y apestoso cadáver había escrito alguna vez: «Las estrellas aman al cielo despejado. Brillan».
A mi lado, Robyn ya había dejado de gemir y ahora estaba de rodillas, sollozando silenciosamente. Los demás todavía estaban detrás de mí. No sé lo que estaban haciendo; supongo que estaban mirando en silencio, demasiado conmocionados como para moverse. Eché un vistazo al coche destrozado. Era fácil entender lo que había pasado. Era el Ford todoterreno que yo creía cuidadosamente escondido en la Costura del Sastre. Había volcado desde lo alto de la pendiente que bordeaba la presa y bajado la colina dando vueltas de campana. Media docena de cartones de botellas de cerveza se desparramaban por el suelo. Botellas rotas y cajas vacías esparcidas por todas partes. Algunas de las botellas todavía estaban intactas. No pude evitar pensar lo estúpido que era morir por algo así. Tampoco pude evitar pensar en lo que habría marcado el alcoholímetro si Chris hubiera soplado en el momento de tomar aquel atajo a través del prado.
Parecía que cada vez que regresábamos tras asestar un gran golpe al enemigo, perdíamos a uno de los nuestros. Pero esta vez el enemigo no había tenido nada que ver. Al menos, no directamente. Y Chris ya llevaría un tiempo muerto cuando decidimos atacar Turner Street. Muchas cosas habían matado a Chris. Dejarlo solo en el Infierno era una de ellas.
Nos quedamos un rato allí parados, sin decir nada. Sorprendentemente, aunque en realidad no nos sorprendió, fue Robyn quien acabó haciéndose cargo. Regresó al Land Rover y volvió con una manta.
Todavía no había pronunciado una palabra. Extendió la manta al lado de Chris y empezó a envolverlo con ella. Entretanto, no dejó de hipar y sollozar. Un constante temblor, como provocado por el viento agitaba todo su cuerpo, haciéndole más difícil la tarea. Aun así, lo enrolló con bastante firmeza; ni suavemente ni nerviosamente como lo habría hecho yo. Pero aquel acto, tan decidido, hizo que empezáramos a movernos. Nos reunimos alrededor del cadáver y ayudamos a Robyn a acabar, envolviendo bien a Chris, metiendo la manta por debajo de la cabeza y de los pies. Después, mientras Fi sujetaba la linterna para guiar nuestros pasos, Robyn, Homer, Lee y yo cogimos un extremo cada uno y llevamos a Chris hasta el Land Rover. Hicimos sitio en la parte trasera y lo arrastramos dentro con torpeza, sin poder evitar darle golpes a pesar de poner el máximo cuidado. Estábamos demasiado cansados. Hecho esto, nos metimos dentro del coche, bajamos el cristal por el hedor y arrancamos. Nadie había dicho una palabra. Ni siquiera hablamos de lo que haríamos con el cuerpo de nuestro amigo.

Epílogo
Llevamos más o menos un mes sin salir del Infierno. Es difícil saber cuántos días han pasado exactamente, he perdido un poco la noción del tiempo. Por ejemplo, no tengo la menor idea de qué día del mes ni de la semana es hoy.
Hace frío, eso es lo único que sé.
Cuando llegamos, los aviones y helicópteros pasaban a diario. Creo que albergaban la sospecha de que nos escondíamos aquí arriba, en estas montañas, porque los helicópteros parecían tomarse su tiempo para buscarnos, moviéndose lentamente hacia delante y hacia atrás, como gigantescas libélulas. No fue nada fácil para nosotros. Tuvimos que asegurarnos de esconderlo todo para que no quedase visible desde el cielo, y mantenerlo oculto durante el día. Hace aproximadamente una semana que las cosas están más tranquilas. No recuerdo exactamente cuándo vino el último helicóptero. Me impresiona pensar en el daño que pudimos causar en Wirrawee aquella noche. Tres cuartos de esa emoción es el miedo, pero no deja de ser impresionante.
Sin embargo, puede que hayamos cometido un error. No caí en la cuenta hasta ayer, cuando Homer comentó que no vio vehículos aparcados en Turner Street cuando la cruzó para colarse en la casa que voló por los aires. Al menos, eso es lo que recuerda, pero dice estar bastante seguro. Por eso, ahora no sé qué pensar sobre el comandante Harvey. Su Range Rover estaba aparcado en Turner Street cuando salí de la iglesia. Quería quitar de en medio a Harvey, y por el momento no hay manera de comprobar si lo logramos o no.
Trajimos unas cuantas pilas nuevas, de modo que hemos podido escuchar la radio. La situación está algo estancada en buena parte del país. Por lo visto, no hemos perdido más territorio, pero tampoco lo hemos recuperado; y en lo que respecta a las zonas más fértiles, como nuestro distrito, parecen bastante optimistas. La radio dice que cien mil nuevos colonos se han establecidos en el país y que hay muchos más con las maletas ya hechas, preparados para venir. Los americanos ya no hablan mucho de nosotros en sus noticiarios, pero han aportado  
bastante dinero y logística. Sobre todo, aviones. Mandan su ayuda a Nueva Zelanda, desde donde se está organizando todo.
Los neozelandeses han demostrado tener muchas agallas. Han enviado fuerzas de desembarco y han luchado con uñas y dientes en tres lugares diferentes. Han recuperado el control en algunas zonas importantes, como Newington, que acoge una importante base de las Fuerzas Áreas. Sin embargo, no se han acercado mucho a nosotros. Por aquí solo ha habido combates en la bahía de Cobbler. Hace tres noches oímos pasar un montón de aviones, y Lee y Robyn creen haber oído bombardeos a lo lejos. Al amanecer, cuando subí a la Costura del Sastre para echar un vistazo, vi una nube de humo pendiendo sobre la bahía. Una buena señal.
Aún no ha terminado la guerra, o al menos así es como yo lo veo.
Supongo que pronto tendremos que intentar aportar nuestro granito de arena otra vez. No soporto siquiera la idea, aunque, en realidad, no tenemos mucha elección. Me pone los pelos de punta, porque esta vez será mucho más difícil. No quiero ni pensar en los cambios que encontraremos. Más colonos y unas medidas de seguridad más estrictas, por poner dos ejemplos. Es para preocuparse.
Anoche fue la primera vez que alguien sacó el tema.
—Cuando volvamos a salir, deberíamos atacar también nosotros la bahía de Cobbler —dijo Lee.
Nadie dijo nada. Estábamos comiendo y permanecimos con las cabezas gachas, engullendo. Sin embargo, yo sé lo que eso significa. Una cacatúa despega de la rama de un árbol y, de pronto, el cielo se llena de pájaros blancos. Lee acababa de convertirse en esa primera cacatúa.
Últimamente, Lee y yo parecemos un matrimonio de ancianitos. Imagino que nos hemos acostumbrado mucho el uno al otro. Somos buenos compañeros. Claro que, en algunos aspectos, no somos un matrimonio de ancianitos; me gusta demasiado tener un espacio para mí sola. No es que duerma mucho, pero prefiero hacerlo sola. Me agobia un poco dormir con alguien todas las noches. Pero ya hemos hecho el amor cinco veces. Es agradable. Me gusta esa sensación de hormigueo y excitación que empieza en algún punto y después se extiende por todo mi cuerpo hasta hacerme enloquecer. Lo único que me preocupa son los condones. No son infalibles del todo; solo tienen un noventa y pico porciento de fiabilidad, creo. No me parece presentarme ante mis padres con un bebé cuando todo esto acabe. Y hay algo más, y es que no sé
qué haremos cuando agotemos la reserva de Lee. Solo nos quedan cuatro.
Tal vez esa sea la razón por la que quiere que volvamos a salir del Infierno.
Esta mañana, Fi me ha dicho que quiere hacerlo con Homer, y por poco se me atragantan los cereales. Jamás habría pensado que Fi se animaría. Yo creo más bien que tal vez tenga celos de mi relación con Lee, porque Homer y ella no están tan bien como antes. Pero tampoco es que tenga donde elegir. Y Lee, por supuesto, no está disponible.
Lo único que me queda por escribir para terminar de poner esto al día tiene que ver con Chris. Y lo que voy a contar no va a sonar muy lógico. Estoy muy confundida. Lo bajamos hasta aquí y lo enterramos en un lugar agradable: una zanja que se abría entre unas rocas gigantescas, a medio camino entre nuestro campamento y el punto donde el arroyo desaparece entre la vegetación. El terreno estaba cubierto de una hierba suave que parecía césped. Naturalmente, cuando empezamos a excavar vimos que el terreno en seguida se endurecía. Lo único suave era la superficie. Dentro estaba todo duro y pedregoso. Tardamos tres días en alcanzar la profundidad que queríamos. No estábamos muy bien organizados en ese aspecto. Cuando nos apetecía, íbamos hasta allí y cavábamos un poco más. Lo metimos en la zanja al atardecer y lo cubrimos de inmediato. Esa fue la peor parte. Fue horrible. Aún se me escapan las lágrimas al recordarlo. Cuando terminamos, nos quedamos un par de minutos allí plantados, pero como nadie parecía saber qué decir, al rato nos retiramos a nuestros respectivos espacios de intimidad para sentarnos a cavilar. No fuimos capaces de hacer por nuestro amigo lo que habíamos hecho por el soldado cuyo cadáver lanzamos en el barranco del valle del Holloway.
Eso sí, siempre hay una flor o dos sobre su tumba. Cada vez que alguien sale a dar un paseo, recoge una y la deja allí plantada. El problema entonces es evitar que nuestro último cordero se la coma.
Eso me lleva a preguntarme si el cuerpo del Ermitaño descansa también en algún lugar del Infierno. Tendría su gracia que ambos estuvieran aquí enterrados, porque creo que probablemente tenían muchas cosas en común.
En cualquier caso, eso no es lo ilógico del asunto. Lo ilógico es lo que siento al respecto. Me refiero a Chris. Por un lado, lo echo de menos y me siento fatal por cómo murió; me parece injusto, y una lástima. Pero  
por otro lado también siento otras cosas, sobre todo culpabilidad. Me siento culpable porque lo dejamos solo, porque no intentamos convencerlo. Cuando tenía esos cambios de humor, solíamos dejarlo por imposible y no hacíamos ningún esfuerzo por animarlo. Creo que debimos hacer algo más. Y también siento enfado. Estoy enfadada con él. Enfadada por ser tan débil y por no esforzarse más. Enfadada porque era un genio y no lo aprovechó.
A veces, solo es cuestión de echarle huevos. Tienes que ser fuerte. A veces, no puedes dejar que los pensamientos débiles se apoderen de ti. Tienes que acabar con esos demonios que se cuelan en tu cabeza e intentan asustarte. Tienes que luchar por seguir avanzando, aunque sea pasito a pasito, y esperar que, cuando sea el momento de retroceder, no sea mucho, para no tener que recuperar demasiado cuando retomes la marcha.
Esto es lo que he aprendido.
Se oye un rumor en la hierba que crece a la izquierda de mi tienda de campaña. Seguramente es algún animalito nocturno que espera poder robarnos comida. Lo mismo que nosotros, supongo, cuando rastreamos el campo intentando evitar a los depredadores, solo buscando lo suficiente para sobrevivir. Oigo a Homer roncar, a Fi hablar en sueños, a Lee cambiar de postura, a Robyn respirar de forma acompasada. Quiero a estos cuatro. Y por eso me siento tan mal por Chris. No lo quería demasiado.
Me llevarán al campo.
Atravesaré remolinos de neblina
con el rocío empapándome la cara.
Y el cordero se detendrá
a lanzar una mirada pensativa.
Vendrán los soldados.
Sobre el frío y oscuro suelo me tumbarán

y con tierra mi rostro cubrirán.

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