Abrí el gas de la cocina y de un
calentador del comedor, pero estaba demasiado asustada como para buscar nada
más. Tampoco comprobé el temporizador; lo enchufé y punto.
Esperaba haberlo hecho todo bien, y así lo dejé.
—Lo mismo hice yo —confesé.
Resultó que Lee fue el único que
había comprobado que su temporizador estuviera bien programado.
—No tenían por qué no estar bien
puestos —dijo Homer—. Los programamos con mucho cuidado en casa de la señora
Lim, y todo funcionó según el programa. Las casas explotaron casi a la vez, así
que, o bien la primera explosión desencadenó las demás, o bien, como decía
antes, almacenaban municiones.
A media tarde, una patrulla de tierra
se acercó a la propiedad de los Mackenzie. Iba repartida en dos vehículos
todoterreno: un Toyota y un Jackaroo. Reconocí el segundo. Pertenecía al señor
Kassar, mi profesor de teatro del instituto. Recuerdo lo orgulloso que estaba
de ese coche. Aunque por el momento nos sentíamos bastante seguros en la
frondosa vegetación, nuestro mayor temor era que encontraran alguna pista que
les indicara que habíamos estado allí y que pidieran refuerzos. Observamos atentamente
mientras rastreaban el área. Lo curioso era que se los veía nerviosos: no
apartaban las manos de los fusiles, se mantenían apiñados en pequeños grupos y
no dejaban de mirar con inquietud a su alrededor. «¡Qué solo somos nosotros!»,
habría querido gritarles. «Solo somos unos chavales, no os emocionéis
demasiado.»
Pero claro, eso no lo sabían. Por lo
que habían visto, éramos soldados de élite, asesinos profesionales. Y por lo
que yo había visto, lo éramos. Quizá nos habíamos convertido precisamente en
eso.
Una cosa estaba clara, y era que si
nos atrapaban y nos identificaban como los autores de todo aquello, estábamos
perdidos. Estábamos muertos. Y no es una forma de hablar. Me refiero a que
dejaríamos de vivir: de respirar, de ver, de pensar. Estaríamos muertos.
Los soldados prosiguieron su avance
hacia el cobertizo de esquileo. Lo hicieron igual que en las películas,
acercándose a grandes zancadas, cubriéndose los unos a los otros en cada
momento, abriendo la puerta de una patada. Eso me hizo pensar en la suerte que
habíamos tenido al derrotarlos tantas veces. Parecíamos unos aficionados
comparados con ellos. Aunque, no sé... Es posible que eso mismo fuera una
ventaja. Quizá fuéramos más creativos, tuviéramos más flexibilidad para pensar.
Ellos no eran más que unos empleados que acataban las órdenes de otros. Y
nosotros éramos nuestros propios jefes, podíamos hacer lo que se
nos antojara. Seguramente eso ayudara un poco.
Me acordé de una fantasía que me
rondaba a menudo cuando era una cría. Era la fantasía de un mundo sin adultos.
En ese mundo, y sin que supiera muy bien dónde se habían metido, no había
adultos. Un mundo en el que nosotros, los niños, tendríamos libertad para ir y
venir, para coger cuanto quisiéramos. Un Mercedes de un concesionario cuando
necesitáramos transporte, y luego otro coche cuando al primero se le acabara la
gasolina. Cambiaríamos de coche como de calcetines. Dormiríamos en mansiones
distintas cada noche, nos mudaríamos a otra casa en lugar de cambiar las
sábanas de la cama. Sería como la fiesta del Sombrerero Loco, en la que los
comensales cambiaban de sitio en la mesa para no tener que fregar los platos.
La vida sería una larga fiesta.
Sí, eso soñaba entonces.
Ahora, me volvería loca de alegría si
pudiera devolver las riendas del mundo a los adultos. Solo quería regresar al
instituto, estudiar para acceder a la universidad, hacer travesuras, ver la
tele o preparar los biberones para los lechales (una tarea de la que siempre me
quejaba, porque en ese momento no me apetecía hacerla o porque estaba hablando
con Corrie por teléfono). No quería todas aquellas preocupaciones, toda aquella
responsabilidad. Y sobre todo, no quería todo aquel miedo.
En mi fantasía, no nos perseguían por
el campo, no pasábamos el tiempo cubriéndonos las espaldas, no teníamos que
matar ni destruir.
Los soldados terminaron de
inspeccionar las dependencias de los esquiladores y se dirigieron
tranquilamente hacia sus vehículos, con aire más relajado. Supuse que no habían
encontrado pistas comprometedoras. A no ser que fuera una trampa. Quizás ahora
sabían que estábamos cerca y solo fingían normalidad para que bajásemos la
guardia. No sé si a los demás se les pasó lo mismo por la cabeza. No lo
hablamos. Nos limitamos a quedarnos allí sentados, toda la tarde, con la mirada
fija en los árboles y los campos. Nadie habló. Nadie durmió tampoco. Todos
estábamos cansados, y nos dolían tanto los huesos y nos escocían tanto los ojos
que tuve la sensación de tener cien años.
Por fin la luz empezó a atenuarse. Ya
asomaban conejos fuera de las madrigueras, lanzando miradas nerviosas a su
alrededor, dando algunos brincos, llevándose sus primeros bocados de la noche.
De nuevo me asombró que fueran tan numerosos. Aquello hizo que me preocupara
por la tierra: nadie la estaba cuidando como debía. Esperaba que los colonos
tuvieran alguna idea de cómo hacerlo. Mejor tenerlos a ellos cuidando el país
que a nadie.
Nos pusimos a charlar mientras los
conejos se dispersaban. Un cierto alivio empezaba a hacer acto de presencia, ya
que por lo visto íbamos a sobrevivir a ese día, y seguramente aguantaríamos una
noche más. Hablamos bajito, sin emoción. Creo que a esas alturas, ya se nos
habían agotado las sensaciones. Hablamos de lo que debíamos hacer a
continuación, de cómo mantenernos a salvo, de la mejor forma de actuar. Todos
estábamos muy tranquilos. Acordamos que, antes de volver al Infierno, debíamos
hacer acopio de más víveres. Y ya que podía tratarse de nuestra última
oportunidad de hacerlo en una buena temporada, cuantos más, mejor. Podíamos
intentar conseguir más de algunas de las cosas que habíamos perdido cuando los
Héroes de Harvey fueron aniquilados, y también buscar más comida y más ropa.
Mientras Tumer Street siguiera humeando, no podríamos salir del Infierno.
A unos cinco kilómetros de la casa de
Homer había una propiedad que todavía no habíamos visitado. Se llamaba Tara y
pertenecía a los Rowntree. A mis padres les caían regular. Según ellos, los
Rowntree tenían más interés por las fiestas que por la agricultura. Hacía un
año que se habían separado y estaban en mitad del divorcio. Era una propiedad
enorme, tres veces más grande que la nuestra, pero dudaba que los colonos ya
hubieran llegado hasta allí. Estaba demasiado lejos de la ciudad, perdida en
medio de una zona accidentada que sería difícil defender.
Así pues, a las diez nos subimos a
las bicicletas y pedaleamos con fuerza hasta mi casa. Allí cogimos el Land
Rover. Todavía teníamos un Ford cuidadosamente camuflado esperándonos en la
Costura del Sastre, que utilizábamos de cuando en cuando para que siguiera
tirando. Pero yo prefería el Land Rover, porque ya llevaba unos años
conduciéndolo. Era como un viejo amigo, para no perder la costumbre, volvió a
la vida tosiendo. Siempre le costaba arrancar, pero nunca fallaba. Avanzamos
despacio hasta Tara, ya que no conocía bien el camino. Primero llegamos a la
casa del guardés, pero decidimos echarle un vistazo después si teníamos tiempo.
La casa principal se situaba a un kilómetro de distancia, al final del camino.
Se podía llegar antes si tomábamos un atajo por el prado, pero, al ser más
oscuro y húmedo, preferí no pasar por allí. Subimos sigilosamente por la
pendiente flanqueada por dos hileras de pinos viejos y enormes hasta llegar a
la mitad
del camino. Entonces, Lee y Robyn subieron andando hasta la casa para
asegurarse de que no hubiera intrusos.
Cuando, ondeando las linternas, nos
indicaron que podíamos seguir, recorrimos en coche el resto del camino y
aparcamos frente a la entrada principal. Era una sensación divertida y a la vez
extraña merodear por las casas ajenas. Me gustaba ver cómo vivían los demás,
qué poseían, cómo habían acondicionado cada habitación. Por eso Fi y yo echamos
un buen vistazo dentro. Era un sitio muy bonito. Había unos muebles preciosos,
enormes y oscuras antigüedades que debían de valer una fortuna. Los soldados
vendrían aquí tarde o temprano con su camión de mudanza, de eso no cabía
ninguna duda.
Pero ya habían estado ahí, cómo no.
Habían estado por todas partes, excepto en el Infierno. En las habitaciones,
los cajones estaban abiertos y su contenido desparramado. En la sala de estar,
las vitrinas habían sido vaciadas, y una de ellas estaba rota. Había cristales
por todo el suelo. Alguien se había interesado por el mueble bar y lo había
saqueado. Tampoco se había salvado el equipo de música: aunque los altavoces
estaban en su sitio, el reproductor ausente había dejado un espacio vacío. En
cambio, no se habían molestado en llevarse el viejo tocadiscos de mi casa, que
no valdría más de veinte pavos. El equipo de los Rowntree debía de ser bastante
especial.
La comida era nuestra prioridad, y
nos entusiasmó encontrar media docena de grandes salamis en la despensa.
Estábamos deseando tener la oportunidad de cambiar de dieta. Había dos cajas de
Pepsi, montones de chocolate y bolsas de patatas fritas que ya empezaban a
ponerse rancias. Los Rowntree parecían vivir muy bien. No había muchas latas,
excepto algunas de sopa, más tres de salmón, que yo no como. Eso sí, había un
montón de productos diversos, como fideos instantáneos y paquetes de ostras
ahumadas, lo que en conjunto bastaba para llenar un par de bolsas de viaje.
Echarnos un rápido vistazo por las
demás habitaciones; cogimos alguna que otra prenda y sacos de dormir, y Fi y yo
nos llenamos los bolsillos de artículos de aseo muy caros. Mi vieja fantasía
casi se había vuelto realidad durante un momento. Lee volvió del estudio con
una pila de voluminosas novelas de fantasía. Había llegado el momento de
marcharnos. Me metí de un salto en el asiento del conductor. Fi se sentó
delante, a mi lado; Homer y Lee, detrás de nosotras; Robyn se había tendido al
fondo, después de haber improvisado una cama con las mantas y la ropa que
habíamos cogido en Tara. Tal como los veía, se
quedarían
todos dormidos antes de incorporamos a la carretera.
—Bienvenidos a bordo de este vuelo
con destino al Infierno —dije—. Por favor, abróchense los cinturones. Volaremos
a una altitud de un metro sobre la carretera, a una velocidad de cuarenta
kilómetros por hora. Según las previsiones meteorológicas, hará un tiempo frío
y lluvioso en el Infierno.
—Excepto en la tienda de Lee, donde
hará un calor húmedo —exclamó Homer.
—Eso quisiera Lee —replicó Fi.
Haciendo caso omiso de aquellos
comentarios infantiles, metí la primera y nos pusimos en marcha.
Ya estábamos a punto de entrar en la
carretera cuando Homer observó:
—Hay algo interesante ahí.
—¿Interesante en plan guay o
interesante en plan chungo?
—Interesante en plan chungo.
Aminoré la marcha e intenté mirar en
la dirección que señalaba a través del prado. Era demasiado difícil hacerlo y
conducir al mismo tiempo, de modo que le pregunté:
—¿Quieres que paremos?
—No, no importa.
—Sí, para —dijo Robyn de repente, con
un extraño tono de como si alguien le estuviera retorciendo la garganta.
Pisé el embrague y el freno, y el
Land Rover se bamboleó hasta detenerse. Robyn había salido por la puerta de
atrás y ya estaba corriendo.
—¿Dónde?
—Ahí —dijo Homer—. Cerca de la presa.
Yo veía el reflejo en el agua de la
pequeña presa de tierra y su muro de contención, pero nada más. Aunque... quizá
me pareció entrever una extraña forma oscura a la izquierda de la presa, un
poco más abajo. Entonces oí un sonido extraño, inhumano, que me puso la piel de
gallina en una instantánea oleada de miedo. El cuero cabelludo me
ardía,
como si unos diminutos insectos se me arrastraran entre el pelo.
—Madre mía —dijo Fi—. ¿Qué ha sido
eso?
—Es Robyn —dijo Lee.
El sonido no era un grito ni un
llanto, sino más bien un gemido. El tipo de lamento fúnebre que uno puede oír
en documentales sobre otros países. Me bajé de un salto del Land Rover y rodeé
corriendo el coche, hacia la presa. Cincuenta metros más allá, empecé a darme
cuenta de que el ruido emitido por ella incluía palabras. «Demasiado», decía
una y otra vez. «Esto es demasiado». Era casi como si lo estuviera cantando.
Fue el sonido más aterrador que he oído jamás, creo.
Cuando llegué a donde estaba, quise
agarrarla, abrazarla, tranquilizarla, consolarla. Oía a los demás acercarse a
poca distancia, aunque yo fui la primera en llegar. Pero cuando la alcancé,
cuando mis ojos vieron lo que los suyos habían visto, me olvidé de abrazarla y
me quedé inmóvil, preguntándome si alguien me abrazaría a mí o si debería
consolarme sola.
Antes de que la guerra empezara,
había visto muchas veces la muerte. Cuando trabajas en una granja te
acostumbras a ver carroña, pero nunca llega a resultar agradable. A veces
sientes náuseas, a veces reaccionas con rabia, otras sientes un dolor que te dura
días. Pero acabas acostumbrándote a ver ovejas asesinadas por zorros en pleno
parto, a corderos con los ojos arrancados por los cuervos, a vacas muertas que
se hinchan de gas hasta que parece que podrían flotar corno un globo. Ves
conejos muertos de mixomatosis, canguros atrapados en los alambres de las
vallas, tortugas a las que atropellas con el tractor cuando bajas al río a
rellenar una cisterna. Ves muertes espantosas, muertes bruscas, muertes
silenciosas, muertes llenas de dolor, de babas, de sangre, de intestinos
descubiertos a los que las moscas van a poner sus huevos. Me acuerdo de uno de
nuestros perros, que había comido un cebo envenenado. Su dolor lo llenó de tal
frenesí que corrió a toda velocidad a estamparse de cabeza contra un camión
aparcado y se partió el cuello. También me acuerdo de otro perro nuestro, ciego
y sordo. Encontramos su cuerpo en la presa, en un día caluroso. Supusimos que
se metió allí para refrescarse y que, después del chapuzón, ya no pudo salir.
Pero con el cadáver de Chris fue
distinto. Debería haber sido igual que los demás, igual que con aquellos
animales. Como suele ocurrir con ellos, llevaba allí semanas antes de que lo
encontrásemos. Como suele
ocurrir,
su cadáver había sido roído por depredadores: zorros, gatos monteses, cuervos,
¿quién sabía? Y, como suele ocurrir, el escenario de alrededor contaba la
historia de la muerte: yacía a unos diez metros del coche volcado, y la lluvia
no había conseguido borrar las huellas de sus manos al arañar el suelo. Podías
ver dónde había caído y a qué distancia se había arrastrado después, y también
que se había quedado allí tendido durante un día o más, esperando la muerte. Su
cara todavía miraba al cielo; las cuencas vacías de sus ojos apuntaban hacia lo
alto, como si buscara estrellas que ya no podía ver. Tenía la boca abierta,
petrificada en un gruñido animal. El dolor lacerante le había encorvado la
espalda. Me pregunté si intentó escribir algo en el suelo a su lado. Si era
así, ya no era legible. Aquello habría sido algo muy propio de Chris: dejar
mensajes que nadie entendía.
Resultaba difícil, sin embargo,
pensar que de ese cuerpo, de esa cabeza habían nacido maravillosos mensajes.
Aquel desagradable y apestoso cadáver había escrito alguna vez: «Las estrellas
aman al cielo despejado. Brillan».
A mi lado, Robyn ya había dejado de
gemir y ahora estaba de rodillas, sollozando silenciosamente. Los demás todavía
estaban detrás de mí. No sé lo que estaban haciendo; supongo que estaban
mirando en silencio, demasiado conmocionados como para moverse. Eché un vistazo
al coche destrozado. Era fácil entender lo que había pasado. Era el Ford
todoterreno que yo creía cuidadosamente escondido en la Costura del Sastre.
Había volcado desde lo alto de la pendiente que bordeaba la presa y bajado la
colina dando vueltas de campana. Media docena de cartones de botellas de
cerveza se desparramaban por el suelo. Botellas rotas y cajas vacías esparcidas
por todas partes. Algunas de las botellas todavía estaban intactas. No pude
evitar pensar lo estúpido que era morir por algo así. Tampoco pude evitar
pensar en lo que habría marcado el alcoholímetro si Chris hubiera soplado en el
momento de tomar aquel atajo a través del prado.
Parecía que cada vez que regresábamos
tras asestar un gran golpe al enemigo, perdíamos a uno de los nuestros. Pero
esta vez el enemigo no había tenido nada que ver. Al menos, no directamente. Y
Chris ya llevaría un tiempo muerto cuando decidimos atacar Turner Street.
Muchas cosas habían matado a Chris. Dejarlo solo en el Infierno era una de
ellas.
Nos quedamos un rato allí parados,
sin decir nada. Sorprendentemente, aunque en realidad no nos sorprendió, fue
Robyn quien acabó haciéndose cargo. Regresó al Land Rover y volvió con una
manta.
Todavía
no había pronunciado una palabra. Extendió la manta al lado de Chris y empezó a
envolverlo con ella. Entretanto, no dejó de hipar y sollozar. Un constante
temblor, como provocado por el viento agitaba todo su cuerpo, haciéndole más
difícil la tarea. Aun así, lo enrolló con bastante firmeza; ni suavemente ni
nerviosamente como lo habría hecho yo. Pero aquel acto, tan decidido, hizo que
empezáramos a movernos. Nos reunimos alrededor del cadáver y ayudamos a Robyn a
acabar, envolviendo bien a Chris, metiendo la manta por debajo de la cabeza y
de los pies. Después, mientras Fi sujetaba la linterna para guiar nuestros
pasos, Robyn, Homer, Lee y yo cogimos un extremo cada uno y llevamos a Chris
hasta el Land Rover. Hicimos sitio en la parte trasera y lo arrastramos dentro
con torpeza, sin poder evitar darle golpes a pesar de poner el máximo cuidado.
Estábamos demasiado cansados. Hecho esto, nos metimos dentro del coche, bajamos
el cristal por el hedor y arrancamos. Nadie había dicho una palabra. Ni
siquiera hablamos de lo que haríamos con el cuerpo de nuestro amigo.
Epílogo
Llevamos más o menos un mes sin salir
del Infierno. Es difícil saber cuántos días han pasado exactamente, he perdido
un poco la noción del tiempo. Por ejemplo, no tengo la menor idea de qué día
del mes ni de la semana es hoy.
Hace frío, eso es lo único que sé.
Cuando llegamos, los aviones y
helicópteros pasaban a diario. Creo que albergaban la sospecha de que nos
escondíamos aquí arriba, en estas montañas, porque los helicópteros parecían
tomarse su tiempo para buscarnos, moviéndose lentamente hacia delante y hacia
atrás, como gigantescas libélulas. No fue nada fácil para nosotros. Tuvimos que
asegurarnos de esconderlo todo para que no quedase visible desde el cielo, y
mantenerlo oculto durante el día. Hace aproximadamente una semana que las cosas
están más tranquilas. No recuerdo exactamente cuándo vino el último
helicóptero. Me impresiona pensar en el daño que pudimos causar en Wirrawee
aquella noche. Tres cuartos de esa emoción es el miedo, pero no deja de ser
impresionante.
Sin embargo, puede que hayamos
cometido un error. No caí en la cuenta hasta ayer, cuando Homer comentó que no
vio vehículos aparcados en Turner Street cuando la cruzó para colarse en la
casa que voló por los aires. Al menos, eso es lo que recuerda, pero dice estar
bastante seguro. Por eso, ahora no sé qué pensar sobre el comandante Harvey. Su
Range Rover estaba aparcado en Turner Street cuando salí de la iglesia. Quería
quitar de en medio a Harvey, y por el momento no hay manera de comprobar si lo
logramos o no.
Trajimos unas cuantas pilas nuevas,
de modo que hemos podido escuchar la radio. La situación está algo estancada en
buena parte del país. Por lo visto, no hemos perdido más territorio, pero
tampoco lo hemos recuperado; y en lo que respecta a las zonas más fértiles,
como nuestro distrito, parecen bastante optimistas. La radio dice que cien mil
nuevos colonos se han establecidos en el país y que hay muchos más con las
maletas ya hechas, preparados para venir. Los americanos ya no hablan mucho de
nosotros en sus noticiarios, pero han aportado
bastante
dinero y logística. Sobre todo, aviones. Mandan su ayuda a Nueva Zelanda, desde
donde se está organizando todo.
Los neozelandeses han demostrado
tener muchas agallas. Han enviado fuerzas de desembarco y han luchado con uñas
y dientes en tres lugares diferentes. Han recuperado el control en algunas
zonas importantes, como Newington, que acoge una importante base de las Fuerzas
Áreas. Sin embargo, no se han acercado mucho a nosotros. Por aquí solo ha habido
combates en la bahía de Cobbler. Hace tres noches oímos pasar un montón de
aviones, y Lee y Robyn creen haber oído bombardeos a lo lejos. Al amanecer,
cuando subí a la Costura del Sastre para echar un vistazo, vi una nube de humo
pendiendo sobre la bahía. Una buena señal.
Aún no ha terminado la guerra, o al
menos así es como yo lo veo.
Supongo que pronto tendremos que
intentar aportar nuestro granito de arena otra vez. No soporto siquiera la
idea, aunque, en realidad, no tenemos mucha elección. Me pone los pelos de
punta, porque esta vez será mucho más difícil. No quiero ni pensar en los
cambios que encontraremos. Más colonos y unas medidas de seguridad más
estrictas, por poner dos ejemplos. Es para preocuparse.
Anoche fue la primera vez que alguien
sacó el tema.
—Cuando volvamos a salir, deberíamos
atacar también nosotros la bahía de Cobbler —dijo Lee.
Nadie dijo nada. Estábamos comiendo y
permanecimos con las cabezas gachas, engullendo. Sin embargo, yo sé lo que eso
significa. Una cacatúa despega de la rama de un árbol y, de pronto, el cielo se
llena de pájaros blancos. Lee acababa de convertirse en esa primera cacatúa.
Últimamente, Lee y yo parecemos un
matrimonio de ancianitos. Imagino que nos hemos acostumbrado mucho el uno al
otro. Somos buenos compañeros. Claro que, en algunos aspectos, no somos un
matrimonio de ancianitos; me gusta demasiado tener un espacio para mí sola. No
es que duerma mucho, pero prefiero hacerlo sola. Me agobia un poco dormir con
alguien todas las noches. Pero ya hemos hecho el amor cinco veces. Es
agradable. Me gusta esa sensación de hormigueo y excitación que empieza en
algún punto y después se extiende por todo mi cuerpo hasta hacerme enloquecer.
Lo único que me preocupa son los condones. No son infalibles del todo; solo
tienen un noventa y pico porciento de fiabilidad, creo. No me parece
presentarme ante mis padres con un bebé cuando todo esto acabe. Y hay algo más,
y es que no sé
qué
haremos cuando agotemos la reserva de Lee. Solo nos quedan cuatro.
Tal vez esa sea la razón por la que
quiere que volvamos a salir del Infierno.
Esta mañana, Fi me ha dicho que
quiere hacerlo con Homer, y por poco se me atragantan los cereales. Jamás
habría pensado que Fi se animaría. Yo creo más bien que tal vez tenga celos de
mi relación con Lee, porque Homer y ella no están tan bien como antes. Pero
tampoco es que tenga donde elegir. Y Lee, por supuesto, no está disponible.
Lo único que me queda por escribir
para terminar de poner esto al día tiene que ver con Chris. Y lo que voy a contar
no va a sonar muy lógico. Estoy muy confundida. Lo bajamos hasta aquí y lo
enterramos en un lugar agradable: una zanja que se abría entre unas rocas
gigantescas, a medio camino entre nuestro campamento y el punto donde el arroyo
desaparece entre la vegetación. El terreno estaba cubierto de una hierba suave
que parecía césped. Naturalmente, cuando empezamos a excavar vimos que el
terreno en seguida se endurecía. Lo único suave era la superficie. Dentro
estaba todo duro y pedregoso. Tardamos tres días en alcanzar la profundidad que
queríamos. No estábamos muy bien organizados en ese aspecto. Cuando nos
apetecía, íbamos hasta allí y cavábamos un poco más. Lo metimos en la zanja al
atardecer y lo cubrimos de inmediato. Esa fue la peor parte. Fue horrible. Aún
se me escapan las lágrimas al recordarlo. Cuando terminamos, nos quedamos un
par de minutos allí plantados, pero como nadie parecía saber qué decir, al rato
nos retiramos a nuestros respectivos espacios de intimidad para sentarnos a
cavilar. No fuimos capaces de hacer por nuestro amigo lo que habíamos hecho por
el soldado cuyo cadáver lanzamos en el barranco del valle del Holloway.
Eso sí, siempre hay una flor o dos
sobre su tumba. Cada vez que alguien sale a dar un paseo, recoge una y la deja
allí plantada. El problema entonces es evitar que nuestro último cordero se la
coma.
Eso me lleva a preguntarme si el
cuerpo del Ermitaño descansa también en algún lugar del Infierno. Tendría su
gracia que ambos estuvieran aquí enterrados, porque creo que probablemente
tenían muchas cosas en común.
En cualquier caso, eso no es lo
ilógico del asunto. Lo ilógico es lo que siento al respecto. Me refiero a
Chris. Por un lado, lo echo de menos y me siento fatal por cómo murió; me
parece injusto, y una lástima. Pero
por
otro lado también siento otras cosas, sobre todo culpabilidad. Me siento
culpable porque lo dejamos solo, porque no intentamos convencerlo. Cuando tenía
esos cambios de humor, solíamos dejarlo por imposible y no hacíamos ningún
esfuerzo por animarlo. Creo que debimos hacer algo más. Y también siento
enfado. Estoy enfadada con él. Enfadada por ser tan débil y por no esforzarse
más. Enfadada porque era un genio y no lo aprovechó.
A veces, solo es cuestión de echarle
huevos. Tienes que ser fuerte. A veces, no puedes dejar que los pensamientos
débiles se apoderen de ti. Tienes que acabar con esos demonios que se cuelan en
tu cabeza e intentan asustarte. Tienes que luchar por seguir avanzando, aunque
sea pasito a pasito, y esperar que, cuando sea el momento de retroceder, no sea
mucho, para no tener que recuperar demasiado cuando retomes la marcha.
Esto es lo que he aprendido.
Se oye un rumor en la hierba que
crece a la izquierda de mi tienda de campaña. Seguramente es algún animalito
nocturno que espera poder robarnos comida. Lo mismo que nosotros, supongo,
cuando rastreamos el campo intentando evitar a los depredadores, solo buscando
lo suficiente para sobrevivir. Oigo a Homer roncar, a Fi hablar en sueños, a
Lee cambiar de postura, a Robyn respirar de forma acompasada. Quiero a estos
cuatro. Y por eso me siento tan mal por Chris. No lo quería demasiado.
Me llevarán al campo.
Atravesaré remolinos de neblina
con el rocío empapándome la cara.
Y el cordero se detendrá
a lanzar una mirada pensativa.
Vendrán los soldados.
Sobre el frío y oscuro suelo me
tumbarán
y con tierra mi rostro cubrirán.
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