miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 11

Entonces le pregunta a Dios: «¿Cómo es que en los momentos en que más te necesitaba no me acompañaste?». Y Dios le responde: «Hijo mío, sí te acompañé. Esas huellas eran mías. Las dejé mientras te llevaba en brazos».
Cuando leí el poema por primera vez pensé que era bonito, pero nada más. Únicamente ahora que lo necesitaba, el poema pasó a cobrar importancia para mí. Durante el tiempo que pasé encerrada en la celda, ese poema se convirtió casi en mi posesión más valiosa.
Decidí dividir el tiempo entre las comidas en distintos turnos. No tenía modo de saber qué hora era, porque me habían quitado el reloj. Así pues, las comidas eran la única unidad de medida que poseía. Decidí que dedicaría una parte del tiempo a hacer actividades físicas, otra parte a actividades mentales y la tercera parte, a actividades creativas. Empecé por los ejercicios físicos, porque supongo que soy una persona muy física. Mi primera sesión de aeróbic en la celda constó de estiramientos, seguidos de un baile que inventé, en el que había que dar muchos pasos hacia delante y hacia atrás. Tenía que evitar todos los movimientos que empeoraran el estado de mi rodilla, porque todavía la tenía hinchada y sensible. Pero aparte de eso, me sentía en forma. Lo peor era que no había suficiente aire puro. Entraba muy poco aire nuevo en la celda. En circunstancias normales no importaba demasiado, pero en cuanto empecé a hacer ejercicio, lo consumí enseguida. Al cabo de sesenta segundos ya estaba sudando por los poros.
Después hice que mi cerebro sudara un poco. Realicé unos ejercicios de matemáticas: multipliqué fracciones mentalmente (tres octavos por dos tercios igual a un cuarto, ese tipo de cálculos); después me puse a repasar ciencias naturales haciendo listas mentales, por ejemplo, de los tres tipos principales de erosión, de las causas más importantes de la erosión o de las posibles definiciones de las morenas terminales de los glaciares, cosas así. Esa parte solo requería ejercitar la
memoria.
También me propuse recordar la letra de cuatro canciones distintas. Fue divertido. Elegí Public Friends, la melodía infantil Bananas in Pyjamas y las canciones antiguas Sitting on the Dock of the Bay y Reason for It All. Opté deliberadamente por esa selección para que fueran variadas: algunas eran de las cintas de mis padres, otras de mis CD. Era asombroso ver que, cuando practicaba un poco, cuando me obligaba a repetir las canciones cuatro o cinco veces, cada vez más fragmentos de la letra volvían a mi memoria. Cuando ya casi había logrado recordarlas enteras, Reason for It All fue la única que seguía resistiéndose. La pegadiza Bananas in Pyjamas no resultó tan difícil.
Había pasado un buen rato, o eso me pareció a mí. Casi había dejado de obsesionarme con pensamientos sobre el encierro y la muerte, y eso era una buena señal. Así pues, me pilló por sorpresa cuando oí que trajinaban con los cerrojos de la puerta para abrirlos otra vez. Dudaba que hubiera llegado ya la hora de la cena, y tenía razón. Cuando se abrió la puerta, dos hombres de uniforme se quedaron en el vano, con dos mujeres detrás. Me indicaron que me levantara de la cama, cosa que hice. Luego se retiraron para dejar el paso libre, instándome a salir de la celda. Me coloqué en el pasillo y empecé a temblar de manera incontrolada. ¿Se acercaba mi muerte? ¿Había dedicado mi última tarde de vida a recordar la letra de Bananas in Pyjamas? ¿Iba a morir sin tener la oportunidad de decir adiós a mi familia y mis amigos?
Mis escoltas me rodearon y empezamos a caminar por el pasillo. Al dar los primeros pasos temía no ser capaz de mover las piernas, pero para cuando llegamos a la primera puerta de seguridad, había cogido ritmo y me movía con más soltura.
Luego retrocedimos hasta pasar por delante de mi celda y salimos por la puerta que había a mi derecha, por la que antes habíamos entrado. Recorrimos casi toda la extensión de la cárcel y nos detuvimos al llegar a un edificio de color verde claro que quedaba a la izquierda. Todos los colores del complejo eran pálidos, tonos pastel. Este edificio se parecía un poco a la biblioteca nueva de Wirrawee. Me
dio la impresión de que tenía más cristal que otros edificios del centro penitenciario. Había un guardia en la puerta que hizo una marca en una lista que llevaba sujeta a una tablilla antes de dejarnos entrar. Tanto los cuatro guardianes como yo entramos en la estancia. Por dentro se parecía más a la sala de espera de un médico que a una biblioteca: una hilera de sillas y una mesita baja. Lo único que le faltaba era una pila de revistas. Pero ninguno de nosotros se sentó. Nos quedamos ahí de pie, aunque fuera incómodo. Les dije a los guardias: «¿A qué esperamos?». No confiaba en que me contestaran; simplemente quería hacerles creer que no tenía miedo. Y no contestaron. Ni siquiera sé si entendían mi idioma.
Aguardamos por lo menos media hora. Fue un tostón. Mi mayor esperanza era que de verdad fuera la sala de espera de una consulta. A lo mejor nos hacían a todos un reconocimiento médico. Ese habría sido el procedimiento normal de una cárcel en tiempos de paz, supongo. A lo mejor todavía lo hacían.
Pero no, no tuve tanta suerte. A mi izquierda, en el pasillo, se abrió una puerta y los guardias me empujaron para que me dirigiera a ella. Todo mi pavor regresó en un instante y avancé tambaleándome como si fuese un barco inundado en un mar revuelto. Con un terrible nudo en el estómago, giré al llegar a la puerta y crucé el umbral.
Y allí estaba. Alguien a quien no esperaba volver a ver. Alguien a quien casi había olvidado. Alguien a quien despreciaba tanto que, al verlo, me mareé y sentí que iba a desmayarme.
—Ellie, niñita mía —dijo el comandante Harvey—. Entra, por favor. Cuánto me alegro de verte.
Se produjo un silencio espantoso. Aunque odiaba parecer débil, tuve que apoyar una mano en el marco de la puerta para mantenerme en pie, para evitar caerme redonda al suelo. Empecé a tomar conciencia de hasta qué punto estábamos con el agua al cuello, de lo peliaguda que era nuestra situación. Me sentí derrotada y perdí toda esperanza.
El comandante Harvey estaba sentado junto a un gran escritorio negro resplandeciente. Sobre la mesa no había nada más que un reloj, una regla, una pluma y tres montones de hojas, ordenadas con una
meticulosidad perfecta. Detrás tenía dos oficiales. El primero era el hombre forrado de joyas de oro, a quien habíamos visto al llegar a la cárcel; la segunda era una mujer que lucía casi la misma cantidad de oro. Permanecieron de pie y me miraron con el rostro inexpresivo.
Me obligué a mirar a los ojos al comandante Harvey. Sus ojos estaban inertes y huecos. Me pregunté si dentro de ellos habría una persona, o si el comandante no era más que un oscuro demonio del Infierno. Por lo menos los soldados luchaban con honestidad, ondeando su propia bandera. Ese hombre era una sombra falsa de ser humano. Yo sabía que era capaz de liquidarme con la misma rapidez que mataría un moscardón y además me daba la impresión de que encontraría una especie de placer perverso en el acto.
Me obligué a estirarme un poco. No había despegado los ojos de mí; esos ojos negros azabache que no parecían ojos. Era como si le hubieran perforado la piel en esos dos puntos y yo pudiera entrever lo que había detrás: una vacua y fea oscuridad.
Cuando conseguí erguirme del todo, me di cuenta de que el comandante movió los labios levemente. Era casi una sonrisa, como si hubiera esperado que yo hiciera algo semejante. No respondí. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía miedo de que, si abría la boca, me saliera un vómito; el vómito del miedo, el vómito del odio.
El comandante Harvey movió el brazo derecho para abrir sigilosamente un cajón del escritorio. Sacó una pequeña grabadora plateada y la colocó en el centro de la imponente mesa.
—Siéntate, Ellie —me dijo.
Obedecí y me hundí en silencio en la silla más cercana, una butaca moderna de color gris de mimbre y acero. Me agarré con fuerza de los apoyabrazos, a sabiendas de que iba a dejar una marca de sudor pegajoso en ellos, y agradecí la frialdad y solidez de la silla. El comandante Harvey encendió la grabadora.
—Bueno, Ellie, no creo que tengas demasiadas sorpresas que darnos. A estas alturas los sabemos prácticamente todo. Pero para el expediente es imprescindible que hagas una declaración completa, en la que describas tus actividades. Puedes empezar dando tu nombre,
dirección y edad, y luego ir retrocediendo desde el ataque a la bahía de Cobbler. Y, por favor, no olvides mencionar al oficial y los otros dos rangos que mataste a sangre fría cuando robaste el Holden Jackaroo.
Lo miré fijamente. No sabía qué hacer. No podía pensar. No tenía ni idea de qué era lo que más convenía, si no decir nada, si contárselo todo, o si hacer una mezcla de mentiras y verdades. Era muy probable que el comandante supiera la mayor parte de las cosas, sobre todo si ya había interrogado a los demás. Sospechaba que, si me pillaba mintiendo, me trataría fatal. No quería provocar su ira.
Así pues, no dije nada, no porque quisiera ser una heroína, sino porque no podía pensar en qué decir. Entonces decidí que tal vez el silencio fuese una buena estrategia.
Esperó aproximadamente un minuto y luego dijo:
—¿Sabes una cosa, Ellie? El día en que te conocí, me pareciste una jovencita muy maleducada y testaruda. Has tenido la mala suerte de haberte criado en una sociedad donde los valores se han corrompido, hasta el punto de que un comportamiento como el tuyo se ha visto tolerado. Pero ya no eres una niña. Aquí se te tratará como a una adulta.
Hizo una pausa. Parecía que esperase que yo dijera algo, pero no se me ocurría nada, de modo que continuó.
—Cuando un niño comente un delito, es castigado. Pero el castigo que recibiría un adulto se adapta en el caso del niño, a quien se le juzga como alguien que no es responsable de sus actos, que no es capaz de apreciar en toda su magnitud lo que ha hecho.
Parecía que estuviera citando de un libro de texto o de un discurso o algo así. Yo seguía sin saber adónde quería llegar, pero tenía tanto miedo que notaba escalofríos y me mareaba, no se parecía a ningún otro miedo que hubiese sentido antes. Era como si el frío de la muerte ya serpenteara por mi cuerpo, hiciera palidecer mi piel y me licuara los órganos vitales.
—Aquí creemos que los actos de adultos precisan castigos de adultos. Desde hace mucho tiempo, te has comportado de un modo absolutamente irresponsable y destructivo. Has cometido unos
crímenes atroces. Por lo tanto, es evidente que no puedes esperar que se te siga tratando como a una niña. Estoy seguro de que te gustaría que fuese posible. Hemos reintroducido la pena capital para crímenes como el asesinato, el terrorismo, y la traición. Hoy he hablado con tus amigos largo y tendido y me he formado una idea bastante precisa de lo que os traéis entre manos. No me ha sorprendido enterarme de que ese chico griego y tú sois las cabecillas de vuestro grupito. Lo único que te pido es que hagas una lista de esos crímenes para nuestros archivos, y que des los detalles de cómo los cometisteis, para que podamos mejorar nuestros sistemas de seguridad. En concreto, nos interesa saberlo todo sobre los actos terroristas de la bahía de Cobbler. Si nos proporcionas la información, tal vez consigas abrirnos los ojos ante circunstancias que pueden inclinarnos a considerar la clemencia en tu caso. Nos estamos planteando aplicarla para uno de tus compañeros, que ha sido especialmente colaborador con nosotros, en lugar de condenarlo al castigo extremo que, con toda franqueza, se merece; en realidad, todos os habéis ganado con creces la pena más severa.
»Dicho esto, Ellie...
Se recostó en la silla y cruzó los brazos por detrás de la cabeza. Hasta ese momento yo pensaba que se sentía de lo más relajado, que mantenía el control absoluto, pero, cuando levantó los brazos, vi unas extensas manchas de sudor en las sisas de la camisa que se extendían desde las axilas hasta la cintura. Eso me consoló un poco.
—... Según tengo entendido, te las das de escritora: pones por escrito lo que hace tu grupo de extorsionadores, ¿no?
Cogió una hoja de uno de los montones de papel del escritorio y la colocó delante de mí. Se sacó del bolsillo un bolígrafo barato de color gris que llevaba escritas las palabras «Gobierno estatal» con tinta roja.
—Así que roba bolígrafos —le dije—. Eso es un delito.
Era lo primero que decía desde que había entrado en la sala y el comentario me pareció de lo más ridículo. El comandante Harvey se limitó a sonreír y negó con la cabeza.
—La gente no cambia, ¿verdad, Ellie? —comentó—. No creo que
puedas cambiar nunca. Y lo siento por ti, en serio, porque las cosas habrían sido más sencillas para ti si hubieras cambiado. Bueno, en fin, aquí tienes el papel y aquí tienes el boli. Como he dicho, puedes empezar con el altercado que montasteis en la bahía de Cobbler. Estamos impacientes por saber sobre todo cómo conseguisteis entrar en la bahía, qué explosivo empleasteis y de dónde sacasteis dicho explosivo. Te dejaremos sola durante una hora. Te aconsejo que escribas rápido. La única opción que te queda es escribirlo todo. Todo. ¿Me has entendido?
Dijo esas tres últimas palabras con una ferocidad repentina, que me pilló por sorpresa, aunque intenté disimular. En lugar de reaccionar, miré con desdén al suelo mientras los dos oficiales y él se marchaban de la sala. Cerraron la puerta tras de sí y oí cómo giraban la llave.
Me quedé mirando la hoja. Aunque hubiera querido, no me cabe en la cabeza cómo habría podido concentrar tanta información para resumirla en ese papel y en una sola hora. Habría necesitado meses y cientos de miles de palabras. Además, me parecía inútil. No tenía energía para escribir nada.
24
EL comandante Harvey cogió el papel.
—Veo algo escrito en esta hoja —anunció.
No dije nada. Daba por hecho que haría algún comentario ridículo acerca de la hoja en blanco.
—Sí —dijo mientras volvía a dejarla en la mesa—. Desde luego que veo algo escrito. Veo tu condena a muerte. Eso es lo que leo en esta hoja.
Me miró, esperando que reaccionara. No pensaba darle el placer de ver una reacción por mi parte. Estaba muy confusa, insegura sobre qué debía hacer; lo único de lo que estaba medianamente segura era de que, me mandase lo que me mandase el comandante Harvey, no pensaba hacerlo.
—Una condena a muerte muy bien escrita —insistió el comandante Harvey, sacándole todo el jugo a su bromita.
Se sentó de nuevo al otro lado del escritorio. La oficial también estaba en la sala y esta vez se sentó en una silla que había en el rincón. El comandante Harvey siguió hablando conmigo.
—Soy un hombre muy ocupado, Ellie. Intento ayudarte, pero no voy a pasarme día tras día convenciéndote para que salves el pellejo. Si no tienes interés en hacerlo, no veo por qué debería tenerlo yo. Eres una chica tonta y muy testaruda, y ahora mismo te digo que acabarás con una bala metida en el cuerpo en menos de una semana si no haces el esfuerzo de contarnos todo lo que necesitamos saber.
Quería pensar que me quedaba alguna opción, pero no podía. Si iban a dispararme, dudaba que unos cuantos detalles acerca de lo ocurrido en la bahía de Cobbler fueran a impedírselo. Al mismo tiempo, no tenía motivos para no contárselo.
—No tiene mucho misterio —le dije—. Entramos en la bahía de Cobbler escondidos en el contenedor para mercancías de un camión estropeado que habían abandonado en la carretera. Nosotros llenamos
el contenedor de ANFO y luego ellos cargaron el contenedor en un barco que hicimos volar por los aires.
—¿ANFO? ¿Qué significa ANFO?
—Debería saberlo. Estuvo en el ejército, ¿no?
Se ruborizó un poco.
—Responde a la pregunta y punto —dijo con frialdad.
—Es nitrato de amonio y gasoil. Se emplea un detonador que hace prender el ANFO y luego toda la historia vuela hasta el cielo.
—¿De dónde sacasteis ese material?
Me encogí de hombros.
—Esa cosa se encuentra en cualquier granja.
—¿Cómo lo sabíais? ¿Cómo fuisteis capaces de fabricar una bomba tan potente?
—Mi padre usaba ANFO continuamente. Para volar los tocones de los árboles y mandangas así.
Inclinó la cabeza hacia delante y sus ojillos negros centellearon al mirarme.
—Pero cuando hablé contigo y con tus amigos la primera vez, en esa ocasión memorable del valle de Holloway, recuerdo perfectamente que uno de vosotros me dijo que no sabíais nada sobre explosivos. «No sabemos nada de explosivos», fueron precisamente las palabras que empleasteis, si no me falla la memoria.
Me quedé callada. Me ruboricé al darme cuenta de que me había pillado mintiendo, pero era incapaz de darle una explicación para salir del atolladero. Por supuesto, intentaba proteger a Kevin, pero había empezado con mal pie. El comandante insistió en su ataque.
—Además, has hablado de «nosotros» al describir en qué consistió el ataque. ¿Quiénes son «nosotros»? ¿Cuántas personas atacaron la bahía de Cobbler?
—Ay, perdón, fui yo sola. Los otros me ayudaron a reunir una parte del material, por eso he dicho «nosotros». Pero el ataque lo hice yo sola.
Se echó a reír pero sin pizca de humor.
—No lo estás haciendo muy bien, que digamos.
Esperó un momento sin mirarme, y luego volvió a inclinarse hacia delante.
—Yo te diré lo que pasó —me dijo—. No sé cómo habéis conseguido aliaros con unos soldados profesionales. Supongo que serán aquellos saboteadores del Ejército de Nueva Zelanda que se lanzaron en paracaídas. Sabemos que están por esta zona. Entrasteis en contacto con ellos y ahora trabajáis a sus órdenes, y cuando os detuvieron anoche, o bien volvíais a su encuentro o bien estabais en medio de una misión a la que os habían enviado. ¿Cuál de las dos opciones?
Me quedé boquiabierta.
—Sé que intentas protegerlos —me dijo—. Pero te advierto por última vez, jovencita, tu vida depende de que me lo cuentes todo. De momento no me has contado nada.
Me esforcé por recuperar la voz.
—¿Por qué...? ¿Qué le hace pensar que no actuamos por nuestra cuenta? —conseguí preguntar por fin.
El comandante me dedicó una sonrisita triunfante, como si hubiera confirmado su teoría. Creo que el modo en que formulé la pregunta le hizo pensar que tenía razón; que me había pillado.
—Muy sencillo. Sois seis escolares. Llevo trabajando con adolescentes desde que salí de la Facultad de Magisterio a los veinte años. Sé de lo que son capaces y de lo que no. Esas cosas que tus amigos y tú aseguráis haber hecho simplemente son imposibles. Cuando te conocí y alardeaste de los distintos ataques que habíais realizado en el puente de Wirrawee y demás, hice oídos sordos y supuse que no era más que la típica bravuconada adolescente.
»Más adelante, unos días después de la batalla en la que supuse que os habían matado, me enteré de que, en efecto, el puente de Wirrawee había sido destruido, y algunos testigos habían visto por lo menos a dos chicas huyendo del lugar del delito. Entonces supe que había subestimado la capacidad de tu grupo y me di cuenta de que debíais de tener apoyo del Ejército Regular.
»Luego se produjo esa explosión en Turner Street: también
estuvisteis implicados en eso, ¿verdad? Pues tenía todos los ingredientes de un ataque de terroristas profesionales. Y el ataque a la bahía de Cobbler. El ataque y la destrucción de un helicóptero por parte de un avión de las Fuerzas Aéreas de Nueva Zelanda: ¿eso también fue una agradable coincidencia para vosotros, no? ¿En serio esperas que me crea esa patraña? La emboscada y el asesinato del oficial y los dos soldados: ¿crees que un puñado de críos habrían podido acorralar así a unos profesionales?
»No, Ellie, lo cierto es que os habéis visto involucrados en algo mucho más grande de lo que imagináis, algo que se os ha escapado de las manos.
»Y si quieres continuar viva a estas horas la semana que viene, será mejor que me lo cuentes todo y rapidito. Necesitamos saber dónde encontrar a esa gente ahora mismo. Si no los encontramos, morirás en su lugar, y no creo que sea lo que quieres que pase, ¿a que no? Eres muy joven, demasiado joven para morir, si me permites el tópico. Esas personas para las que habéis estado trabajando, esas personas que en realidad os han explotado (ojalá te dieras cuenta) son soldados profesionales. Aceptan que morir es parte de los riesgos de su actividad. Lo saben cuando se alistan. No tienes por qué hacerte responsable de ellos.
Por extraño que pareciera, lo que decía tenía sentido, y eso era lo más aterrador de todo aquello. Yo entendía perfectamente cómo había podido llegar a las conclusiones a las que había llegado. En cierto modo, era un cumplido por su parte el que fuera incapaz de creer que hubiésemos hecho solos todo lo que habíamos logrado. Pero al convertirnos en semejantes leyendas sanguinarias, nos habíamos metido en un lío tremendo.
No sabía por dónde empezar. Al principio intenté ser racional. Traté de explicarle cómo se habían desarrollado nuestros ataques. Pero estaba demasiado cansada y asustada, y las palabras no salían como yo quería. No me acordaba de la mitad de las cosas que habíamos hecho o del orden en que las habíamos hecho, así que al cabo de tres minutos me había liado yo sola y me iba atrapando en una red de pescar tan
tirante que casi podía notar que el sedal me cortaba la garganta. Dejé de mostrarme racional para ponerme a suplicar, y al final tiré mi orgullo por la borda y le rogué que no acabara con mi vida. Lo único que permitió que mantuviera el respeto por mí misma fue negarme a involucrar a Homer en el ataque a la bahía de Cobbler o a Kevin en el tema de los explosivos. Tal vez lo hubiera hecho de haber pensado que con eso podía cambiar en algo las cosas, pero sabía que no sería así. La mejor historia que se me ocurrió al final fue mencionar a Chris y decirle que había sido él quien me había enseñado lo que sabía sobre explosivos. Pero, como dijo el comandante Harvey, si hubiera sido verdad se lo habría dicho de entrada. No tenía motivos para proteger a Chris.
No había nada que pudiera responder a eso, porque tenía razón.
En un momento dado, harta de que me pinchara, le dije:
—¿Por qué no se lo pregunta a los demás? Le contarán lo mismo.
Entonces fue cuando me contó que estaban en manos de otros interrogadores; había hablado con los otros cinco, pero se había reservado más tiempo para dedicarme una atención especial a mí.
Le dimos vueltas al tema durante horas, hasta que el comandante Harvey empezó a parecer tan exhausto como yo. La mujer se marchó en algún momento; apenas me di cuenta de cuándo se había ido. Los soldados que me habían escoltado se quedaron holgazaneando en el pasillo y asomaban la cabeza hacia el despacho de vez en cuando. Al final me rendí. Parecía que nada de lo que dijera iba a convencer a Harvey de que habíamos actuado por nuestra cuenta. Me quedé ahí sentada en un silencio lúgubre mientras él intentaba por activa y por pasiva convencerme para que lo confesara todo.
Me parece que creía sinceramente en su propia teoría. Pero también me parece que tenía algo que demostrar. Me pregunté si él también estaría presionado, tal vez tenía que demostrarles a los soldados que era leal a su causa y que sabía hacer bien su trabajo. No tenía la menor idea y tampoco me importaba mucho. Bastantes problemas tenía yo.
Lo único por lo que estaba agradecida era porque no se le había
ocurrido que el ataque de Turner Street iba dirigido justo a él. Lo habíamos planeado deliberadamente para matar al comandante; ese era el principal objetivo. No lo habíamos logrado, pero al parecer nuestro fallo había conseguido algo dramático, porque cuando ya terminaba la sesión me dijo: —Y el ataque de Turner Street, ¿qué? ¿También fue una coincidencia? Sí, claro...
—¿A qué se refiere? —le pregunté sin fuerzas.
Era la primera vez que me había molestado en contestar a alguna de las cosas que me había dicho en los últimos quince minutos.
—¿Cómo sabíais que estaba allí el general S...?
No me quedé con el nombre que dijo; no era un nombre fácil de pronunciar.
—¿Quién?
—¿Lo ves? Ahí tienes otra razón por la que sé que mientes. ¿O me vas a decir que tu pequeña banda de delincuentes tiene también una red de espionaje?
—¿Qué?
—Ellie, fue precisa una red de espionaje muy sofisticada para averiguar que el general estaba en Wirrawee aquella noche. La mayor parte de nuestros soldados ni siquiera lo sabían. Pero vosotros sí. Vosotros y la gente que planeó el ataque. Tarde o temprano vas a hablarme de eso también, me dirás cómo obtuvisteis la información. Es muy importante para nosotros. Pero ahora mismo lo primordial es saber dónde están los soldados de Nueva Zelanda. Los queremos, Ellie, ¿es que no lo entiendes? Y los vamos a atrapar, tanto si tú vives para verlo como si no.
Y con esa alegre nota de despedida, me devolvieron a mi celda.
Una vez allí reaccioné ante la situación. Estaba absolutamente agotada; no me quedaban fuerzas para resistir. Quería cobijarme debajo de la cama y ponerme en posición fetal. Como en la celda no existía ningún lugar «debajo de la cama», lo único que pude hacer fue acurrucarme en un rincón. No lloré; pero temblé como si hubiera un terremoto. Quería recuperar la entereza porque sabía que iba a necesitar todo el valor que tenía dentro para soportarlo, pero lo malo
era que no me quedaba valor alguno. Así pues, me acurruqué y temblé.
Seguían dándome de comer, lo cual era sorprendente y, cuando me trajeron la cena, me animé un poco. No me levanté ni miré siquiera a las guardianas mientras estuvieron en la celda, pero en cuanto se marcharon me levanté como pude, me dirigí a la mesa y me obligué a comer. No sabía cuándo volverían a darme más comida. Saltaba a la vista que el comandante Harvey no me veía con buenos ojos.
Menos de una hora más tarde me llevaron de nuevo a su despacho. Sin embargo, percibí que la situación había cambiado un poco. El comandante parecía más resignado, menos ansioso. De forma paulatina, mientras escuchaba sus amenazas e insultos, me di cuenta de lo que ocurría. A esas alturas los seis habíamos pasado por horas de interrogatorios y los seis debíamos de haber mostrado un asombro tan genuino ante la teoría del comando de Nueva Zelanda que también ellos empezaban a dudar de su veracidad. No había indicios de que eso fuera a cambiar las cosas a largo plazo, pero por lo menos quería decir que la presión que recaía sobre mí era un poco más leve. El comandante seguía soltando pestes y juramentos, pero con menos aplomo. El mayor escollo seguía pareciéndole asimilar que hubiéramos podido hacer tanto daño nosotros solos. Dado que se negaba a creerlo, tenía que buscar otra explicación y, como habían atrapado a todos los demás insurgentes del distrito de Stratton-Wirrawee, pensó que tenían que ser los neozelandeses.
Seguimos discutiendo hasta bien entrada la noche, fatigante hora tras hora. A veces el comandante Harvey gritaba y chillaba, otras veces razonaba con una especie de fingida paciencia y otras se ponía sensible y me decía «Eres una jovencita muy atractiva» de una forma que me provocaba escalofríos y añadía: «Lo último que me gustaría es ver cómo tu vida se trunca a una edad tan temprana. Pero tienes que contarme la verdad o no podré ayudarte. Sé que me ocultas algo. Conozco bien a los adolescentes, ¿sabes? He tenido mucha relación con ellos a los largo de los años y sé cuándo dicen la verdad y cuándo no. He desarrollado un sexto sentido para ese tipo de cosas. Ahora, por favor, Ellie, ayúdame a ayudarte a ti misma, ayuda a tus amigos y
dime quién organizó esos ataques.
Con la intención de probar alguna estrategia, empecé a actuar como si estuviera arrepentida.
—Sé que actuamos mal, comandante Harvey —le dije y bajé la cabeza. Las clases de teatro del señor Kassar, en las que aprendíamos expresión corporal, eran muy útiles en algunas circunstancias—. Pero no sabíamos qué era lo mejor para nosotros. No teníamos a nadie que nos lo dijera, ¿sabe?
Al instante se ahuecó por el orgullo. Fue como hacer hervir el agua de la cafetera. Para alguien que alardeaba de ser experto en adolescentes, no parecía muy listo, por lo menos a mi juicio.
—Sí, pero Ellie, cuando te di la oportunidad de aprender de mí, de acatar las órdenes en un entorno militar bien organizado, adoptaste una actitud resentida y rencorosa. No me lo negarás.
—Pero entonces no sabía lo que hacía —contesté. Y estuve a punto de añadir: «era por una fase por la que tenía que pasar»—. Tengo que admitir que fui desobediente. Pero ahora he aprendido la lección. No volveré a comportarme así, se lo prometo. Si me da la oportunidad, lo verá.
Desvió la mirada y percibí con una triste y dura sensación de desespero que no tenía escapatoria.
—No está en mis manos —me dijo con frialdad, y supe, gracias a toda mi experiencia adquirida en el trato con los adultos, que por una vez decía la verdad—. Esas decisiones las toman otros. Mi labor es convencerte para que nos cuentes dónde están los terroristas, y me han dado instrucciones de que, si lo haces, es posible que tengas opción de apelar a la clemencia.
—No puedo contárselo porque no existen —le dije desanimada por enésima vez.
Entonces perdí los estribos.
—Además, ¿a usted qué le pasa? —pregunté chillando—. ¡Es un cerdo asqueroso y repugnante! ¿Por qué los ayuda? Es un traidor. Por lo menos nosotros lo hemos intentado. Por lo menos hemos hecho las cosas lo mejor que hemos sabido. No me importa si muero; prefiero
morir que terminar siendo un gilipollas integral como usted.
Me había levantado y estaba gritando a pleno pulmón, consciente de que soltaba esputos por la boca, que le salpicaban la cara roja y estupefacta al comandante. Me importaba un bledo. Entonces los guardias entraron en la sala y me agarraron para tirarme al suelo.
Poco después me condujeron de nuevo a mi celda. Había llegado al amanecer y unas enormes nubes grises se iluminaban por una luz de tormenta, también grisácea. Yo caminaba mirando hacia atrás, abriendo los ojos todo lo posible, maravillada ante la amplitud y la fuerza natural de la estampa. No sabía cuántos cielos más podría ver. En mi celda no había rastro de naturaleza, así que ese par de minutos eran valiosísimos, algo en lo que pensaría y que saborearía durante horas en el futuro. Toda mi vida había estado rodeada de cielo y tierra y árboles, y verme despojada de todo eso ahora, verme despojada de mi entorno de forma tan repentina y rotunda era durísimo para mí.
La familia Slater había recibido la visita de una chica japonesa hacía un par de años. Tenía unos veintitrés años, tal vez veinticuatro. Les dijo que hasta ese viaje a Australia nunca había visto el horizonte. ¡Veintitrés años y nunca había visto el horizonte! Era una historia de terror de la era moderna. Había servido para que me diese cuenta de la suerte que tenía.
25
ME senté en la celda a la expectativa; esperaba que volvieran a buscarme pronto para reunirme con el comandante Harvey. Estaba tan tensa que no lograba conciliar el sueño, aunque me sentía increíblemente agotada. Trajeron el desayuno, lo tomé, y luego me obligué a realizar la tabla de ejercicios que me había marcado el día anterior. Pero, apenas veinticuatro horas después de haber decidido mis buenos propósitos, ya empezaba a costarme cumplirlos.
Me pasé el día esperando que me reclamaran, pero en todo el día no apareció nadie. Alrededor de media tarde eché una siestecilla apoyada en la mesa, con la cabeza entre los brazos. Cuando me desperté estaba dolorida y con la cabeza embotada, y la pierna izquierda se me había dormido. Me sentía peor en vez de mejor.
Llegó la cena, servida en la bandeja por el mismo grupo de tres mujeres. Empezaba a identificar a las distintas guardianas. La que siempre traía la bandeja era la más baja de las tres. Era una mujer regordeta y poco agraciada, con la cara plana y el pelo negro pero escaso. Parecía tener unos cuarenta años. Su uniforme era el más sencillo de todos los que llevaban los empleados de la prisión; sin rayas ni condecoraciones, solo tenía una pequeña insignia cosida en el hombro izquierdo, así que supongo que pertenecía a un rango muy bajo. A pesar de su aspecto anodino tenía una expresión amable. Se me ocurrió que probablemente en su país fuera señora de la limpieza o criada; el mismo trabajo que hacía aquí, pero ahora con uniforme. Las dos mujeres que se quedaban en la puerta, blandiendo armas, eran más jóvenes y delgadas. Parecían hermanas. Una estaba nerviosa, como si pensara que yo podía atacarla en cualquier momento. La otra, que era oficial, se veía más segura, más relajada. Siempre me observaba con interés, como si sintiera curiosidad por mí.
Por eso, esta vez, cuando la primera mujer dejó la bandeja en la mesa, intenté hacer una broma. Estaba desesperada por notar contacto
humano, por percibir el calor de la amistad. No quería ser su enemiga. Señalé la bandeja y pregunté: —¿Qué toca hoy? ¿Una Big Mac?
La mujer encargada de la bandeja se quedó perpleja, luego sonrió tímidamente y negó con la cabeza.
—No, no, Big Mac no —dijo.
La oficial se rio a carcajadas. La otra mujer parecía todavía más nerviosa, como si bromear fuera realmente una especie de ataque. Se marcharon y cerraron la puerta como siempre, pero me sentí alentada gracias a mi primer intento de ser simpática, recompensada por ese momento en el que nos habíamos reído juntas. Tomé la cena un poco más animada.
Por supuesto, le había dado vueltas a la idea de escapar de forma dramática. En un momento dado se me ocurrió contarle al comandante Harvey que sí había comandos de Nueva Zelanda y que yo le llevaría hasta ellos. Más tarde, mientras estaba al aire libre, había esperado una oportunidad de arrebatarles la pistola o algo, o de salir huyendo. Uno de los mayores problemas para la fuga era que me veía incapaz de escapar de la cárcel dejando a mis amigos dentro.
Me convencía de que habría sido más fácil intentar fugarme de haber sabido a ciencia cierta que iban a matarme. Entonces habría hecho cualquier cosa, incluso habría intentado una escapada suicida, porque no habría tenido nada que perder. Pero mientras hay vida hay esperanza, supongo, y no conseguía aceptar que mi ejecución fuera un hecho tan seguro.
Otro buen método para escapar habría sido coger un rehén. Amenazar a una de las mujeres soldado poniéndole un cuchillo en la garganta y obligarla a llevarme hasta la puerta principal para dejarme salir. Pero eso también contaba con unos pequeños impedimentos; el primero, que las únicas armas que me habían dado hasta el momento habían sido tenedores de plástico.
Después de cenar volví a hacer ejercicio. Mi objetivo era agotarme físicamente, para así tener más probabilidades de dormir cuando apagaran las luces. Así pues, repetí la tabla de aeróbic, estiré los brazos, salté y estiré las piernas, canturreé para coger ritmo... Esta
vez pasé totalmente de la cámara.
Cuando me vi con la lengua fuera, me senté en la cama. Caí en la cuenta de que lo que más echaba de menos era tener algo para leer o, en su defecto, algo para escribir. Decidí probar a llamar la atención de las vigilantes. Sentía curiosidad por ver qué ocurriría y, una vez más, no tenía mucho que perder. Por lo tanto, me acerqué a la puerta y la aporreé con el puño. La puerta era tan gruesa y maciza que el ruido no era lo bastante fuerte para atravesarla. Entonces intenté sacudirla, pero tampoco funcionó, porque era demasiado sólida y estaba muy bien encajada. Luego chillé un rato, primero en dirección a la cámara, luego por el ventanuco de la puerta. Me preguntaba si mis amigos podrían oírme. No los había visto ni había oído absolutamente nada de ellos desde que nos habían metido en celdas separadas. Pero no parecía muy probable que pudieran oírme, ya que mi voz sonaba amortiguada incluso para mí. Era frustrante y asustaba un poco. Me sentía impotente, y me pregunté qué pasaría si la cárcel se incendiaba. No creo que fuera el mejor refugio.
Grité durante diez minutos. No había mucho más que hacer; me ayudaba a pasar el rato. Justo cuando estaba a punto de rendirme, oí que los cerrojos empezaban a tintinear. La puerta se abrió de repente y me encontré enfrente de las dos mujeres más jóvenes que siempre vigilaban armadas cuando me traían la comida. Una estaba más lejos y me apuntaba con la pistola. La otra, la oficial, que se había reído con el chiste de la Big Mac, se apostó en el vano de la puerta y desde allí me habló. Para mi sorpresa, hablaba bastante bien inglés.
—Ponte contra la pared.
Retrocedí unos cuantos pasos pero me hizo un gesto para que retrocediera más, hasta que acabé tocando la pared más alejada de la puerta. Entonces entró un par de pasos en la celda, aunque su compañera se quedó en el pasillo.
—Y ahora, aprende modales. Si quieres llamar a los guardias, aprieta este botón. —Para mi sorpresa, me mostró algo que no había advertido hasta entonces: un botón blanco que había junto a un panel de ventilación próximo a la puerta, bastante elevado. Me compadecí de
los presos de poca estatura. Continuó—: Luego vuelves a la pared, te quedas ahí y esperas. ¿Sí? ¿Entendido?
Asentí. Lo entendía.
—Algunas cosas no puedes. No puedes hacer ruido. No puedes leer. No puedes destrozar la celda. No puedes poner nombres en la pared. ¿Sí? ¿Entendido?
Volví a asentir. Nada de nombres en la pared.
—¿Puedo ducharme? —le pregunté.
—Lo siento, no hay ducha. A lo mejor mañana.
—¿Puedo ver a mis amigos?
—No, nada de amigos. A lo mejor mañana.
—¿Pueden darme un cepillo de dientes?
—Cepillo, si. Vale, ahora lo traigo.
—¿Y jabón?
—Sí, sí. Cepillo, pasta de dientes, jabón, toalla, todas esas cosas, ahora las traigo.
—¿Pueden darme papel y boli?
—¿Para qué?
—Eh, quiero, quiero escribir...
Intentaba inventarme una mentira convincente con la que se quedara satisfecha, pero no se me ocurría nada, así que terminé la frase con poca convicción, y le conté la verdad: —No sé, es que me voy a volver loca si no tengo nada que hacer.
Se produjo un silencio mientras la oficial valoraba mi petición. Saltaba a la vista que no estaba entre las cosas permitidas. Pero entonces se decidió: —Vale, boli y papel sí. ¿Algo más?
—No, gracias. Ya está. Muchísimas gracias.
Transcurrieron dos horas hasta que llegaron las cosas que me había prometido, pero fue muy emocionante recibirlas. Me las trajo otra mujer soldado, una de las que me habían sacado a la fuerza del despacho del comandante Harvey. Parecía Navidad. Estudié minuciosamente cada objeto, uno por uno. El cepillo de dientes era azul, con veintiocho grupitos de cerdas, nueve filas de tres más un último haz en la punta. La pastilla de jabón era pequeña y amarilla, del
tamaño de una caja de cerillas, y desprendía un olor fuerte y desagradable. La pasta de dientes era Colgate, con los típicos colores rojo, verde y blanco, pero aparte de la palabra «Colgate», no entendí nada más de lo que ponía en el envase.
También me agencié una toalla de manos fina y deshilachada de color limón con una franja verde en cada extremo, un peine de color vinagre y una taza con asa de plástico barato. ¡Cuántas pertenencias! Me sentí rica.
No obstante, lo más importante era el papel y el boli. Solo me trajeron una hoja de papel, con rayas, muy fina, y un modesto bolígrafo azul que se quedaba seco casi cada vez que escribía. Era frustrante, pero desde luego, mejor eso que nada. De pronto, la larga noche vacía que tenía ante mí ya no me pareció tan larga ni tan vacía. Me senté a la mesa y, con una letra diminuta, llenando el papel lo más despacio posible, escribí una carta a mis padres. Sabía que las probabilidades de que les llegara eran tan remotas como las que de una astilla quedara intacta en un incendio, pero hacía tiempo que quería hacerlo, así que lo hice.
Al día siguiente el comandante Harvey tampoco me llamó. Después de verme tan solicitada por su parte, ahora parecía que no quería verme ni en pintura. La mañana se fue arrastrando, minuto a minuto. Cuando me trajeron el desayuno, la señora de más edad hizo una broma. Al dejar la bandeja en la mesa me dijo: «Hoy no hay Big Mac, siento», y las dos nos echamos a reír. Lo que no mencionó fue la ducha que me habían prometido, y cuando apreté el botón de llamada al cabo de un rato para reclamarla, se me quitaron de encima bastante rápido. Era la misma vigilante que me había traído el boli y el papel, pero hoy parecía más antipática, poco interesada en mí. Con tanto tiempo para pensar, me pregunté si irían a ejecutarme pronto y la mujer quería distanciarse de mí, como habría hecho yo en su situación.
La comida llegó y se fue, y la tarde transcurrió todavía más lenta que la mañana. Escribí un poema en la otra cara de la hoja y decidí que esa noche empezaría un relato. Hacía una letra tan pequeña que casi me costaba entenderla, pero aún seguían quedándome tres cuartas
partes de una cara. Repetí mis ejercicios físicos y mentales, pero tenía la cabeza aturdida y todo mi cuerpo se mostraba lento y aletargado. Volví a darle vueltas a mi futuro. Morir sería algo terrible, impensable, injusto. Pero verme encerrada en una celda como esa durante años y años, tal vez décadas... Eso sería absolutamente insoportable. Sospeché que esas personas no eran como nosotros. Aunque apenas las conocía, supuse que no les importaría encerrar a alguien en una celda y olvidarse de él hasta que se pudriera. Por lo menos en nuestro sistema te ofrecían un juicio justo y sabías lo que iba a pasarte, bueno, por lo menos la mayor parte de las veces. A lo mejor el comandante Harvey pensaba que nuestro país se había vuelto demasiado permisivo, pero yo tenía claro qué opción prefería.
No pasó prácticamente nada más y, conforme avanzaba la velada, me sentía cada vez más deprimida. Me moría de ganas de que apagaran las luces para poder dormir un poco, pero cuando por fin las apagaron y me tumbé, no conseguí conciliar el sueño. Qué asco de noche, madre mía; creo que no dormí más de dos o tres horas y me pasé el rato llorando en silencio; no hacía ruido porque no quería darles a las guardianas la satisfacción de que supieran lo mucho que me estaba hundiendo.
A pesar de la advertencia sobre los «nombres en la pared», empleé la tapa del boli para hacer unas marquitas en la base de la cama, con el fin de marcar cuántos días llevaba allí. Si tenía que estar diez años encerrada, no quería perder la cuenta de los días.

De haber sabido entonces que no iba a haber ningún cambio importante en mi rutina durante la siguiente semana me habría deprimido aún más. Pero el caso es que añadí siete marquitas sobre la pintura blanca brillante antes de que ocurriera algo interesante. Los únicos momentos destacables fueron: las dos veces que me permitieron asearme en una reducida zona de duchas que había en nuestra ala de máxima seguridad; el obsequio a regañadientes de otra hoja de papel a mediados de semana; y el que gesto de la mujer de mediana edad que me traía la comida, cuando me dio un paquete de chicles un día y me dijo que era una «chica valiente». 

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