Entonces le pregunta a Dios: «¿Cómo es que en
los momentos en que más te necesitaba no me acompañaste?». Y Dios le responde:
«Hijo mío, sí te acompañé. Esas huellas eran mías. Las dejé mientras te llevaba
en brazos».
Cuando leí el poema por primera vez pensé que era bonito, pero
nada más. Únicamente ahora que lo necesitaba, el poema pasó a cobrar
importancia para mí. Durante el tiempo que pasé encerrada en la celda, ese
poema se convirtió casi en mi posesión más valiosa.
Decidí dividir el tiempo entre las comidas en distintos turnos. No
tenía modo de saber qué hora era, porque me habían quitado el reloj. Así pues,
las comidas eran la única unidad de medida que poseía. Decidí que dedicaría una
parte del tiempo a hacer actividades físicas, otra parte a actividades mentales
y la tercera parte, a actividades creativas. Empecé por los ejercicios físicos,
porque supongo que soy una persona muy física. Mi primera sesión de aeróbic en
la celda constó de estiramientos, seguidos de un baile que inventé, en el que
había que dar muchos pasos hacia delante y hacia atrás. Tenía que evitar todos
los movimientos que empeoraran el estado de mi rodilla, porque todavía la tenía
hinchada y sensible. Pero aparte de eso, me sentía en forma. Lo peor era que no
había suficiente aire puro. Entraba muy poco aire nuevo en la celda. En
circunstancias normales no importaba demasiado, pero en cuanto empecé a hacer
ejercicio, lo consumí enseguida. Al cabo de sesenta segundos ya estaba sudando
por los poros.
Después hice que mi cerebro sudara un poco. Realicé unos
ejercicios de matemáticas: multipliqué fracciones mentalmente (tres octavos por
dos tercios igual a un cuarto, ese tipo de cálculos); después me puse a repasar
ciencias naturales haciendo listas mentales, por ejemplo, de los tres tipos
principales de erosión, de las causas más importantes de la erosión o de las
posibles definiciones de las morenas terminales de los glaciares, cosas así.
Esa parte solo requería ejercitar la
memoria.
También me propuse recordar la letra de cuatro canciones
distintas. Fue divertido. Elegí Public Friends, la melodía infantil Bananas
in Pyjamas y las canciones antiguas Sitting on the Dock of the Bay y
Reason for It All. Opté deliberadamente por esa selección para que
fueran variadas: algunas eran de las cintas de mis padres, otras de mis CD. Era
asombroso ver que, cuando practicaba un poco, cuando me obligaba a repetir las
canciones cuatro o cinco veces, cada vez más fragmentos de la letra volvían a
mi memoria. Cuando ya casi había logrado recordarlas enteras, Reason for It
All fue la única que seguía resistiéndose. La pegadiza Bananas in
Pyjamas no resultó tan difícil.
Había pasado un buen rato, o eso me pareció a mí. Casi había
dejado de obsesionarme con pensamientos sobre el encierro y la muerte, y eso
era una buena señal. Así pues, me pilló por sorpresa cuando oí que trajinaban
con los cerrojos de la puerta para abrirlos otra vez. Dudaba que hubiera
llegado ya la hora de la cena, y tenía razón. Cuando se abrió la puerta, dos
hombres de uniforme se quedaron en el vano, con dos mujeres detrás. Me
indicaron que me levantara de la cama, cosa que hice. Luego se retiraron para
dejar el paso libre, instándome a salir de la celda. Me coloqué en el pasillo y
empecé a temblar de manera incontrolada. ¿Se acercaba mi muerte? ¿Había
dedicado mi última tarde de vida a recordar la letra de Bananas in Pyjamas?
¿Iba a morir sin tener la oportunidad de decir adiós a mi familia y mis amigos?
Mis escoltas me rodearon y empezamos a caminar por el pasillo. Al
dar los primeros pasos temía no ser capaz de mover las piernas, pero para
cuando llegamos a la primera puerta de seguridad, había cogido ritmo y me movía
con más soltura.
Luego retrocedimos hasta pasar por delante de mi celda y salimos
por la puerta que había a mi derecha, por la que antes habíamos entrado.
Recorrimos casi toda la extensión de la cárcel y nos detuvimos al llegar a un
edificio de color verde claro que quedaba a la izquierda. Todos los colores del
complejo eran pálidos, tonos pastel. Este edificio se parecía un poco a la
biblioteca nueva de Wirrawee. Me
dio la impresión de que tenía más cristal que
otros edificios del centro penitenciario. Había un guardia en la puerta que
hizo una marca en una lista que llevaba sujeta a una tablilla antes de dejarnos
entrar. Tanto los cuatro guardianes como yo entramos en la estancia. Por dentro
se parecía más a la sala de espera de un médico que a una biblioteca: una
hilera de sillas y una mesita baja. Lo único que le faltaba era una pila de
revistas. Pero ninguno de nosotros se sentó. Nos quedamos ahí de pie, aunque
fuera incómodo. Les dije a los guardias: «¿A qué esperamos?». No confiaba en
que me contestaran; simplemente quería hacerles creer que no tenía miedo. Y no
contestaron. Ni siquiera sé si entendían mi idioma.
Aguardamos por lo menos media hora. Fue un tostón. Mi mayor
esperanza era que de verdad fuera la sala de espera de una consulta. A lo mejor
nos hacían a todos un reconocimiento médico. Ese habría sido el procedimiento
normal de una cárcel en tiempos de paz, supongo. A lo mejor todavía lo hacían.
Pero no, no tuve tanta suerte. A mi izquierda, en el pasillo, se
abrió una puerta y los guardias me empujaron para que me dirigiera a ella. Todo
mi pavor regresó en un instante y avancé tambaleándome como si fuese un barco
inundado en un mar revuelto. Con un terrible nudo en el estómago, giré al
llegar a la puerta y crucé el umbral.
Y allí estaba. Alguien a quien no esperaba volver a ver. Alguien a
quien casi había olvidado. Alguien a quien despreciaba tanto que, al verlo, me
mareé y sentí que iba a desmayarme.
—Ellie, niñita mía —dijo el comandante Harvey—. Entra, por favor.
Cuánto me alegro de verte.
Se produjo un silencio espantoso. Aunque odiaba parecer débil,
tuve que apoyar una mano en el marco de la puerta para mantenerme en pie, para
evitar caerme redonda al suelo. Empecé a tomar conciencia de hasta qué punto
estábamos con el agua al cuello, de lo peliaguda que era nuestra situación. Me
sentí derrotada y perdí toda esperanza.
El comandante Harvey estaba sentado junto a un gran escritorio
negro resplandeciente. Sobre la mesa no había nada más que un reloj, una regla,
una pluma y tres montones de hojas, ordenadas con una
meticulosidad perfecta. Detrás tenía dos
oficiales. El primero era el hombre forrado de joyas de oro, a quien habíamos
visto al llegar a la cárcel; la segunda era una mujer que lucía casi la misma
cantidad de oro. Permanecieron de pie y me miraron con el rostro inexpresivo.
Me obligué a mirar a los ojos al comandante Harvey. Sus ojos
estaban inertes y huecos. Me pregunté si dentro de ellos habría una persona, o
si el comandante no era más que un oscuro demonio del Infierno. Por lo menos
los soldados luchaban con honestidad, ondeando su propia bandera. Ese hombre
era una sombra falsa de ser humano. Yo sabía que era capaz de liquidarme con la
misma rapidez que mataría un moscardón y además me daba la impresión de que
encontraría una especie de placer perverso en el acto.
Me obligué a estirarme un poco. No había despegado los ojos de mí;
esos ojos negros azabache que no parecían ojos. Era como si le hubieran
perforado la piel en esos dos puntos y yo pudiera entrever lo que había detrás:
una vacua y fea oscuridad.
Cuando conseguí erguirme del todo, me di cuenta de que el
comandante movió los labios levemente. Era casi una sonrisa, como si hubiera
esperado que yo hiciera algo semejante. No respondí. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía
miedo de que, si abría la boca, me saliera un vómito; el vómito del miedo, el
vómito del odio.
El comandante Harvey movió el brazo derecho para abrir
sigilosamente un cajón del escritorio. Sacó una pequeña grabadora plateada y la
colocó en el centro de la imponente mesa.
—Siéntate, Ellie —me dijo.
Obedecí y me hundí en silencio en la silla más cercana, una butaca
moderna de color gris de mimbre y acero. Me agarré con fuerza de los
apoyabrazos, a sabiendas de que iba a dejar una marca de sudor pegajoso en
ellos, y agradecí la frialdad y solidez de la silla. El comandante Harvey
encendió la grabadora.
—Bueno, Ellie, no creo que tengas demasiadas sorpresas que darnos.
A estas alturas los sabemos prácticamente todo. Pero para el expediente es
imprescindible que hagas una declaración completa, en la que describas tus
actividades. Puedes empezar dando tu nombre,
dirección y edad, y luego ir retrocediendo
desde el ataque a la bahía de Cobbler. Y, por favor, no olvides mencionar al
oficial y los otros dos rangos que mataste a sangre fría cuando robaste el
Holden Jackaroo.
Lo miré fijamente. No sabía qué hacer. No podía pensar. No tenía
ni idea de qué era lo que más convenía, si no decir nada, si contárselo todo, o
si hacer una mezcla de mentiras y verdades. Era muy probable que el comandante
supiera la mayor parte de las cosas, sobre todo si ya había interrogado a los
demás. Sospechaba que, si me pillaba mintiendo, me trataría fatal. No quería
provocar su ira.
Así pues, no dije nada, no porque quisiera ser una heroína, sino
porque no podía pensar en qué decir. Entonces decidí que tal vez el silencio
fuese una buena estrategia.
Esperó aproximadamente un minuto y luego dijo:
—¿Sabes una cosa, Ellie? El día en que te conocí, me pareciste una
jovencita muy maleducada y testaruda. Has tenido la mala suerte de haberte
criado en una sociedad donde los valores se han corrompido, hasta el punto de
que un comportamiento como el tuyo se ha visto tolerado. Pero ya no eres una
niña. Aquí se te tratará como a una adulta.
Hizo una pausa. Parecía que esperase que yo dijera algo, pero no
se me ocurría nada, de modo que continuó.
—Cuando un niño comente un delito, es castigado. Pero el castigo
que recibiría un adulto se adapta en el caso del niño, a quien se le juzga como
alguien que no es responsable de sus actos, que no es capaz de apreciar en toda
su magnitud lo que ha hecho.
Parecía que estuviera citando de un libro de texto o de un
discurso o algo así. Yo seguía sin saber adónde quería llegar, pero tenía tanto
miedo que notaba escalofríos y me mareaba, no se parecía a ningún otro miedo
que hubiese sentido antes. Era como si el frío de la muerte ya serpenteara por
mi cuerpo, hiciera palidecer mi piel y me licuara los órganos vitales.
—Aquí creemos que los actos de adultos precisan castigos de
adultos. Desde hace mucho tiempo, te has comportado de un modo absolutamente
irresponsable y destructivo. Has cometido unos
crímenes atroces. Por lo tanto, es evidente
que no puedes esperar que se te siga tratando como a una niña. Estoy seguro de
que te gustaría que fuese posible. Hemos reintroducido la pena capital para
crímenes como el asesinato, el terrorismo, y la traición. Hoy he hablado con
tus amigos largo y tendido y me he formado una idea bastante precisa de lo que
os traéis entre manos. No me ha sorprendido enterarme de que ese chico griego y
tú sois las cabecillas de vuestro grupito. Lo único que te pido es que hagas
una lista de esos crímenes para nuestros archivos, y que des los detalles de
cómo los cometisteis, para que podamos mejorar nuestros sistemas de seguridad.
En concreto, nos interesa saberlo todo sobre los actos terroristas de la bahía
de Cobbler. Si nos proporcionas la información, tal vez consigas abrirnos los
ojos ante circunstancias que pueden inclinarnos a considerar la clemencia en tu
caso. Nos estamos planteando aplicarla para uno de tus compañeros, que ha sido
especialmente colaborador con nosotros, en lugar de condenarlo al castigo
extremo que, con toda franqueza, se merece; en realidad, todos os habéis ganado
con creces la pena más severa.
»Dicho esto, Ellie...
Se recostó en la silla y cruzó los brazos por detrás de la cabeza.
Hasta ese momento yo pensaba que se sentía de lo más relajado, que mantenía el
control absoluto, pero, cuando levantó los brazos, vi unas extensas manchas de
sudor en las sisas de la camisa que se extendían desde las axilas hasta la
cintura. Eso me consoló un poco.
—... Según tengo entendido, te las das de escritora: pones por
escrito lo que hace tu grupo de extorsionadores, ¿no?
Cogió una hoja de uno de los montones de papel del escritorio y la
colocó delante de mí. Se sacó del bolsillo un bolígrafo barato de color gris
que llevaba escritas las palabras «Gobierno estatal» con tinta roja.
—Así que roba bolígrafos —le dije—. Eso es un delito.
Era lo primero que decía desde que había entrado en la sala y el
comentario me pareció de lo más ridículo. El comandante Harvey se limitó a
sonreír y negó con la cabeza.
—La gente no cambia, ¿verdad, Ellie? —comentó—. No creo que
puedas cambiar nunca. Y lo siento por ti, en
serio, porque las cosas habrían sido más sencillas para ti si hubieras
cambiado. Bueno, en fin, aquí tienes el papel y aquí tienes el boli. Como he
dicho, puedes empezar con el altercado que montasteis en la bahía de Cobbler.
Estamos impacientes por saber sobre todo cómo conseguisteis entrar en la bahía,
qué explosivo empleasteis y de dónde sacasteis dicho explosivo. Te dejaremos
sola durante una hora. Te aconsejo que escribas rápido. La única opción que te
queda es escribirlo todo. Todo. ¿Me has entendido?
Dijo esas tres últimas palabras con una ferocidad repentina, que
me pilló por sorpresa, aunque intenté disimular. En lugar de reaccionar, miré
con desdén al suelo mientras los dos oficiales y él se marchaban de la sala.
Cerraron la puerta tras de sí y oí cómo giraban la llave.
Me quedé mirando la hoja. Aunque hubiera querido, no me cabe en la
cabeza cómo habría podido concentrar tanta información para resumirla en ese
papel y en una sola hora. Habría necesitado meses y cientos de miles de
palabras. Además, me parecía inútil. No tenía energía para escribir nada.
24
EL comandante Harvey cogió el papel.
—Veo algo escrito en esta hoja —anunció.
No dije nada. Daba por hecho que haría algún comentario ridículo
acerca de la hoja en blanco.
—Sí —dijo mientras volvía a dejarla en la mesa—. Desde luego que
veo algo escrito. Veo tu condena a muerte. Eso es lo que leo en esta hoja.
Me miró, esperando que reaccionara. No pensaba darle el placer de
ver una reacción por mi parte. Estaba muy confusa, insegura sobre qué debía
hacer; lo único de lo que estaba medianamente segura era de que, me mandase lo
que me mandase el comandante Harvey, no pensaba hacerlo.
—Una condena a muerte muy bien escrita —insistió el comandante
Harvey, sacándole todo el jugo a su bromita.
Se sentó de nuevo al otro lado del escritorio. La oficial también
estaba en la sala y esta vez se sentó en una silla que había en el rincón. El
comandante Harvey siguió hablando conmigo.
—Soy un hombre muy ocupado, Ellie. Intento ayudarte, pero no voy a
pasarme día tras día convenciéndote para que salves el pellejo. Si no tienes
interés en hacerlo, no veo por qué debería tenerlo yo. Eres una chica tonta y
muy testaruda, y ahora mismo te digo que acabarás con una bala metida en el
cuerpo en menos de una semana si no haces el esfuerzo de contarnos todo lo que
necesitamos saber.
Quería pensar que me quedaba alguna opción, pero no podía. Si iban
a dispararme, dudaba que unos cuantos detalles acerca de lo ocurrido en la
bahía de Cobbler fueran a impedírselo. Al mismo tiempo, no tenía motivos para
no contárselo.
—No tiene mucho misterio —le dije—. Entramos en la bahía de
Cobbler escondidos en el contenedor para mercancías de un camión estropeado que
habían abandonado en la carretera. Nosotros llenamos
el contenedor de ANFO y luego ellos cargaron
el contenedor en un barco que hicimos volar por los aires.
—¿ANFO? ¿Qué significa ANFO?
—Debería saberlo. Estuvo en el ejército, ¿no?
Se ruborizó un poco.
—Responde a la pregunta y punto —dijo con frialdad.
—Es nitrato de amonio y gasoil. Se emplea un detonador que hace
prender el ANFO y luego toda la historia vuela hasta el cielo.
—¿De dónde sacasteis ese material?
Me encogí de hombros.
—Esa cosa se encuentra en cualquier granja.
—¿Cómo lo sabíais? ¿Cómo fuisteis capaces de fabricar una bomba
tan potente?
—Mi padre usaba ANFO continuamente. Para volar los tocones de los
árboles y mandangas así.
Inclinó la cabeza hacia delante y sus ojillos negros centellearon
al mirarme.
—Pero cuando hablé contigo y con tus amigos la primera vez, en esa
ocasión memorable del valle de Holloway, recuerdo perfectamente que uno de
vosotros me dijo que no sabíais nada sobre explosivos. «No sabemos nada de explosivos»,
fueron precisamente las palabras que empleasteis, si no me falla la memoria.
Me quedé callada. Me ruboricé al darme cuenta de que me había
pillado mintiendo, pero era incapaz de darle una explicación para salir del
atolladero. Por supuesto, intentaba proteger a Kevin, pero había empezado con
mal pie. El comandante insistió en su ataque.
—Además, has hablado de «nosotros» al describir en qué consistió
el ataque. ¿Quiénes son «nosotros»? ¿Cuántas personas atacaron la bahía de
Cobbler?
—Ay, perdón, fui yo sola. Los otros me ayudaron a reunir una parte
del material, por eso he dicho «nosotros». Pero el ataque lo hice yo sola.
Se echó a reír pero sin pizca de humor.
—No lo estás haciendo muy bien, que digamos.
Esperó un momento sin mirarme, y luego volvió
a inclinarse hacia delante.
—Yo te diré lo que pasó —me dijo—. No sé cómo habéis conseguido
aliaros con unos soldados profesionales. Supongo que serán aquellos
saboteadores del Ejército de Nueva Zelanda que se lanzaron en paracaídas.
Sabemos que están por esta zona. Entrasteis en contacto con ellos y ahora
trabajáis a sus órdenes, y cuando os detuvieron anoche, o bien volvíais a su
encuentro o bien estabais en medio de una misión a la que os habían enviado.
¿Cuál de las dos opciones?
Me quedé boquiabierta.
—Sé que intentas protegerlos —me dijo—. Pero te advierto por
última vez, jovencita, tu vida depende de que me lo cuentes todo. De momento no
me has contado nada.
Me esforcé por recuperar la voz.
—¿Por qué...? ¿Qué le hace pensar que no actuamos por nuestra
cuenta? —conseguí preguntar por fin.
El comandante me dedicó una sonrisita triunfante, como si hubiera
confirmado su teoría. Creo que el modo en que formulé la pregunta le hizo
pensar que tenía razón; que me había pillado.
—Muy sencillo. Sois seis escolares. Llevo trabajando con
adolescentes desde que salí de la Facultad de Magisterio a los veinte años. Sé
de lo que son capaces y de lo que no. Esas cosas que tus amigos y tú aseguráis
haber hecho simplemente son imposibles. Cuando te conocí y alardeaste de los
distintos ataques que habíais realizado en el puente de Wirrawee y demás, hice
oídos sordos y supuse que no era más que la típica bravuconada adolescente.
»Más adelante, unos días después de la batalla en la que supuse
que os habían matado, me enteré de que, en efecto, el puente de Wirrawee había
sido destruido, y algunos testigos habían visto por lo menos a dos chicas
huyendo del lugar del delito. Entonces supe que había subestimado la capacidad
de tu grupo y me di cuenta de que debíais de tener apoyo del Ejército Regular.
»Luego se produjo esa explosión en Turner Street: también
estuvisteis implicados en eso, ¿verdad? Pues
tenía todos los ingredientes de un ataque de terroristas profesionales. Y el
ataque a la bahía de Cobbler. El ataque y la destrucción de un helicóptero por
parte de un avión de las Fuerzas Aéreas de Nueva Zelanda: ¿eso también fue una
agradable coincidencia para vosotros, no? ¿En serio esperas que me crea esa
patraña? La emboscada y el asesinato del oficial y los dos soldados: ¿crees que
un puñado de críos habrían podido acorralar así a unos profesionales?
»No, Ellie, lo cierto es que os habéis visto involucrados en algo
mucho más grande de lo que imagináis, algo que se os ha escapado de las manos.
»Y si quieres continuar viva a estas horas la semana que viene,
será mejor que me lo cuentes todo y rapidito. Necesitamos saber dónde encontrar
a esa gente ahora mismo. Si no los encontramos, morirás en su lugar, y no creo
que sea lo que quieres que pase, ¿a que no? Eres muy joven, demasiado joven
para morir, si me permites el tópico. Esas personas para las que habéis estado
trabajando, esas personas que en realidad os han explotado (ojalá te dieras
cuenta) son soldados profesionales. Aceptan que morir es parte de los riesgos
de su actividad. Lo saben cuando se alistan. No tienes por qué hacerte
responsable de ellos.
Por extraño que pareciera, lo que decía tenía sentido, y eso era
lo más aterrador de todo aquello. Yo entendía perfectamente cómo había podido
llegar a las conclusiones a las que había llegado. En cierto modo, era un
cumplido por su parte el que fuera incapaz de creer que hubiésemos hecho solos
todo lo que habíamos logrado. Pero al convertirnos en semejantes leyendas
sanguinarias, nos habíamos metido en un lío tremendo.
No sabía por dónde empezar. Al principio intenté ser racional.
Traté de explicarle cómo se habían desarrollado nuestros ataques. Pero estaba
demasiado cansada y asustada, y las palabras no salían como yo quería. No me
acordaba de la mitad de las cosas que habíamos hecho o del orden en que las
habíamos hecho, así que al cabo de tres minutos me había liado yo sola y me iba
atrapando en una red de pescar tan
tirante que casi podía notar que el sedal me
cortaba la garganta. Dejé de mostrarme racional para ponerme a suplicar, y al
final tiré mi orgullo por la borda y le rogué que no acabara con mi vida. Lo
único que permitió que mantuviera el respeto por mí misma fue negarme a
involucrar a Homer en el ataque a la bahía de Cobbler o a Kevin en el tema de
los explosivos. Tal vez lo hubiera hecho de haber pensado que con eso podía
cambiar en algo las cosas, pero sabía que no sería así. La mejor historia que
se me ocurrió al final fue mencionar a Chris y decirle que había sido él quien
me había enseñado lo que sabía sobre explosivos. Pero, como dijo el comandante
Harvey, si hubiera sido verdad se lo habría dicho de entrada. No tenía motivos
para proteger a Chris.
No había nada que pudiera responder a eso, porque tenía razón.
En un momento dado, harta de que me pinchara, le dije:
—¿Por qué no se lo pregunta a los demás? Le contarán lo mismo.
Entonces fue cuando me contó que estaban en manos de otros
interrogadores; había hablado con los otros cinco, pero se había reservado más
tiempo para dedicarme una atención especial a mí.
Le dimos vueltas al tema durante horas, hasta que el comandante
Harvey empezó a parecer tan exhausto como yo. La mujer se marchó en algún
momento; apenas me di cuenta de cuándo se había ido. Los soldados que me habían
escoltado se quedaron holgazaneando en el pasillo y asomaban la cabeza hacia el
despacho de vez en cuando. Al final me rendí. Parecía que nada de lo que dijera
iba a convencer a Harvey de que habíamos actuado por nuestra cuenta. Me quedé ahí
sentada en un silencio lúgubre mientras él intentaba por activa y por pasiva
convencerme para que lo confesara todo.
Me parece que creía sinceramente en su propia teoría. Pero también
me parece que tenía algo que demostrar. Me pregunté si él también estaría
presionado, tal vez tenía que demostrarles a los soldados que era leal a su
causa y que sabía hacer bien su trabajo. No tenía la menor idea y tampoco me
importaba mucho. Bastantes problemas tenía yo.
Lo único por lo que estaba agradecida era porque no se le había
ocurrido que el ataque de Turner Street iba
dirigido justo a él. Lo habíamos planeado deliberadamente para matar al
comandante; ese era el principal objetivo. No lo habíamos logrado, pero al
parecer nuestro fallo había conseguido algo dramático, porque cuando ya
terminaba la sesión me dijo: —Y el ataque de Turner Street, ¿qué? ¿También fue
una coincidencia? Sí, claro...
—¿A qué se refiere? —le pregunté sin fuerzas.
Era la primera vez que me había molestado en contestar a alguna de
las cosas que me había dicho en los últimos quince minutos.
—¿Cómo sabíais que estaba allí el general S...?
No me quedé con el nombre que dijo; no era un nombre fácil de
pronunciar.
—¿Quién?
—¿Lo ves? Ahí tienes otra razón por la que sé que mientes. ¿O me
vas a decir que tu pequeña banda de delincuentes tiene también una red de
espionaje?
—¿Qué?
—Ellie, fue precisa una red de espionaje muy sofisticada para
averiguar que el general estaba en Wirrawee aquella noche. La mayor parte de
nuestros soldados ni siquiera lo sabían. Pero vosotros sí. Vosotros y la gente
que planeó el ataque. Tarde o temprano vas a hablarme de eso también, me dirás
cómo obtuvisteis la información. Es muy importante para nosotros. Pero ahora
mismo lo primordial es saber dónde están los soldados de Nueva Zelanda. Los
queremos, Ellie, ¿es que no lo entiendes? Y los vamos a atrapar, tanto si tú
vives para verlo como si no.
Y con esa alegre nota de despedida, me devolvieron a mi celda.
Una vez allí reaccioné ante la situación. Estaba absolutamente
agotada; no me quedaban fuerzas para resistir. Quería cobijarme debajo de la
cama y ponerme en posición fetal. Como en la celda no existía ningún lugar
«debajo de la cama», lo único que pude hacer fue acurrucarme en un rincón. No
lloré; pero temblé como si hubiera un terremoto. Quería recuperar la entereza
porque sabía que iba a necesitar todo el valor que tenía dentro para
soportarlo, pero lo malo
era que no me quedaba valor alguno. Así pues,
me acurruqué y temblé.
Seguían dándome de comer, lo cual era sorprendente y, cuando me
trajeron la cena, me animé un poco. No me levanté ni miré siquiera a las
guardianas mientras estuvieron en la celda, pero en cuanto se marcharon me
levanté como pude, me dirigí a la mesa y me obligué a comer. No sabía cuándo volverían
a darme más comida. Saltaba a la vista que el comandante Harvey no me veía con
buenos ojos.
Menos de una hora más tarde me llevaron de nuevo a su despacho.
Sin embargo, percibí que la situación había cambiado un poco. El comandante
parecía más resignado, menos ansioso. De forma paulatina, mientras escuchaba
sus amenazas e insultos, me di cuenta de lo que ocurría. A esas alturas los
seis habíamos pasado por horas de interrogatorios y los seis debíamos de haber
mostrado un asombro tan genuino ante la teoría del comando de Nueva Zelanda que
también ellos empezaban a dudar de su veracidad. No había indicios de que eso
fuera a cambiar las cosas a largo plazo, pero por lo menos quería decir que la
presión que recaía sobre mí era un poco más leve. El comandante seguía soltando
pestes y juramentos, pero con menos aplomo. El mayor escollo seguía
pareciéndole asimilar que hubiéramos podido hacer tanto daño nosotros solos.
Dado que se negaba a creerlo, tenía que buscar otra explicación y, como habían
atrapado a todos los demás insurgentes del distrito de Stratton-Wirrawee, pensó
que tenían que ser los neozelandeses.
Seguimos discutiendo hasta bien entrada la noche, fatigante hora
tras hora. A veces el comandante Harvey gritaba y chillaba, otras veces
razonaba con una especie de fingida paciencia y otras se ponía sensible y me
decía «Eres una jovencita muy atractiva» de una forma que me provocaba
escalofríos y añadía: «Lo último que me gustaría es ver cómo tu vida se trunca
a una edad tan temprana. Pero tienes que contarme la verdad o no podré
ayudarte. Sé que me ocultas algo. Conozco bien a los adolescentes, ¿sabes? He
tenido mucha relación con ellos a los largo de los años y sé cuándo dicen la
verdad y cuándo no. He desarrollado un sexto sentido para ese tipo de cosas.
Ahora, por favor, Ellie, ayúdame a ayudarte a ti misma, ayuda a tus amigos y
dime quién organizó esos ataques.
Con la intención de probar alguna estrategia, empecé a actuar como
si estuviera arrepentida.
—Sé que actuamos mal, comandante Harvey —le dije y bajé la cabeza.
Las clases de teatro del señor Kassar, en las que aprendíamos expresión
corporal, eran muy útiles en algunas circunstancias—. Pero no sabíamos qué era
lo mejor para nosotros. No teníamos a nadie que nos lo dijera, ¿sabe?
Al instante se ahuecó por el orgullo. Fue como hacer hervir el
agua de la cafetera. Para alguien que alardeaba de ser experto en adolescentes,
no parecía muy listo, por lo menos a mi juicio.
—Sí, pero Ellie, cuando te di la oportunidad de aprender de mí, de
acatar las órdenes en un entorno militar bien organizado, adoptaste una actitud
resentida y rencorosa. No me lo negarás.
—Pero entonces no sabía lo que hacía —contesté. Y estuve a punto
de añadir: «era por una fase por la que tenía que pasar»—. Tengo que admitir
que fui desobediente. Pero ahora he aprendido la lección. No volveré a
comportarme así, se lo prometo. Si me da la oportunidad, lo verá.
Desvió la mirada y percibí con una triste y dura sensación de
desespero que no tenía escapatoria.
—No está en mis manos —me dijo con frialdad, y supe, gracias a
toda mi experiencia adquirida en el trato con los adultos, que por una vez
decía la verdad—. Esas decisiones las toman otros. Mi labor es convencerte para
que nos cuentes dónde están los terroristas, y me han dado instrucciones de
que, si lo haces, es posible que tengas opción de apelar a la clemencia.
—No puedo contárselo porque no existen —le dije desanimada por
enésima vez.
Entonces perdí los estribos.
—Además, ¿a usted qué le pasa? —pregunté chillando—. ¡Es un cerdo
asqueroso y repugnante! ¿Por qué los ayuda? Es un traidor. Por lo menos
nosotros lo hemos intentado. Por lo menos hemos hecho las cosas lo mejor que
hemos sabido. No me importa si muero; prefiero
morir que terminar siendo un gilipollas integral
como usted.
Me había levantado y estaba gritando a pleno pulmón, consciente de
que soltaba esputos por la boca, que le salpicaban la cara roja y estupefacta
al comandante. Me importaba un bledo. Entonces los guardias entraron en la sala
y me agarraron para tirarme al suelo.
Poco después me condujeron de nuevo a mi celda. Había llegado al
amanecer y unas enormes nubes grises se iluminaban por una luz de tormenta,
también grisácea. Yo caminaba mirando hacia atrás, abriendo los ojos todo lo
posible, maravillada ante la amplitud y la fuerza natural de la estampa. No
sabía cuántos cielos más podría ver. En mi celda no había rastro de naturaleza,
así que ese par de minutos eran valiosísimos, algo en lo que pensaría y que
saborearía durante horas en el futuro. Toda mi vida había estado rodeada de
cielo y tierra y árboles, y verme despojada de todo eso ahora, verme despojada
de mi entorno de forma tan repentina y rotunda era durísimo para mí.
La familia Slater había recibido la visita de una chica japonesa
hacía un par de años. Tenía unos veintitrés años, tal vez veinticuatro. Les
dijo que hasta ese viaje a Australia nunca había visto el horizonte.
¡Veintitrés años y nunca había visto el horizonte! Era una historia de terror
de la era moderna. Había servido para que me diese cuenta de la suerte que
tenía.
25
ME senté en la celda a la expectativa; esperaba que volvieran a
buscarme pronto para reunirme con el comandante Harvey. Estaba tan tensa que no
lograba conciliar el sueño, aunque me sentía increíblemente agotada. Trajeron
el desayuno, lo tomé, y luego me obligué a realizar la tabla de ejercicios que
me había marcado el día anterior. Pero, apenas veinticuatro horas después de
haber decidido mis buenos propósitos, ya empezaba a costarme cumplirlos.
Me pasé el día esperando que me reclamaran, pero en todo el día no
apareció nadie. Alrededor de media tarde eché una siestecilla apoyada en la
mesa, con la cabeza entre los brazos. Cuando me desperté estaba dolorida y con
la cabeza embotada, y la pierna izquierda se me había dormido. Me sentía peor
en vez de mejor.
Llegó la cena, servida en la bandeja por el mismo grupo de tres
mujeres. Empezaba a identificar a las distintas guardianas. La que siempre
traía la bandeja era la más baja de las tres. Era una mujer regordeta y poco
agraciada, con la cara plana y el pelo negro pero escaso. Parecía tener unos
cuarenta años. Su uniforme era el más sencillo de todos los que llevaban los
empleados de la prisión; sin rayas ni condecoraciones, solo tenía una pequeña
insignia cosida en el hombro izquierdo, así que supongo que pertenecía a un
rango muy bajo. A pesar de su aspecto anodino tenía una expresión amable. Se me
ocurrió que probablemente en su país fuera señora de la limpieza o criada; el
mismo trabajo que hacía aquí, pero ahora con uniforme. Las dos mujeres que se
quedaban en la puerta, blandiendo armas, eran más jóvenes y delgadas. Parecían
hermanas. Una estaba nerviosa, como si pensara que yo podía atacarla en
cualquier momento. La otra, que era oficial, se veía más segura, más relajada.
Siempre me observaba con interés, como si sintiera curiosidad por mí.
Por eso, esta vez, cuando la primera mujer dejó la bandeja en la
mesa, intenté hacer una broma. Estaba desesperada por notar contacto
humano, por percibir el calor de la amistad.
No quería ser su enemiga. Señalé la bandeja y pregunté: —¿Qué toca hoy? ¿Una
Big Mac?
La mujer encargada de la bandeja se quedó perpleja, luego sonrió
tímidamente y negó con la cabeza.
—No, no, Big Mac no —dijo.
La oficial se rio a carcajadas. La otra mujer parecía todavía más
nerviosa, como si bromear fuera realmente una especie de ataque. Se marcharon y
cerraron la puerta como siempre, pero me sentí alentada gracias a mi primer
intento de ser simpática, recompensada por ese momento en el que nos habíamos
reído juntas. Tomé la cena un poco más animada.
Por supuesto, le había dado vueltas a la idea de escapar de forma
dramática. En un momento dado se me ocurrió contarle al comandante Harvey que
sí había comandos de Nueva Zelanda y que yo le llevaría hasta ellos. Más tarde,
mientras estaba al aire libre, había esperado una oportunidad de arrebatarles
la pistola o algo, o de salir huyendo. Uno de los mayores problemas para la
fuga era que me veía incapaz de escapar de la cárcel dejando a mis amigos
dentro.
Me convencía de que habría sido más fácil intentar fugarme de
haber sabido a ciencia cierta que iban a matarme. Entonces habría hecho
cualquier cosa, incluso habría intentado una escapada suicida, porque no habría
tenido nada que perder. Pero mientras hay vida hay esperanza, supongo, y no
conseguía aceptar que mi ejecución fuera un hecho tan seguro.
Otro buen método para escapar habría sido coger un rehén. Amenazar
a una de las mujeres soldado poniéndole un cuchillo en la garganta y obligarla
a llevarme hasta la puerta principal para dejarme salir. Pero eso también
contaba con unos pequeños impedimentos; el primero, que las únicas armas que me
habían dado hasta el momento habían sido tenedores de plástico.
Después de cenar volví a hacer ejercicio. Mi objetivo era agotarme
físicamente, para así tener más probabilidades de dormir cuando apagaran las
luces. Así pues, repetí la tabla de aeróbic, estiré los brazos, salté y estiré
las piernas, canturreé para coger ritmo... Esta
vez pasé totalmente de la cámara.
Cuando me vi con la lengua fuera, me senté en la cama. Caí en la
cuenta de que lo que más echaba de menos era tener algo para leer o, en su
defecto, algo para escribir. Decidí probar a llamar la atención de las
vigilantes. Sentía curiosidad por ver qué ocurriría y, una vez más, no tenía
mucho que perder. Por lo tanto, me acerqué a la puerta y la aporreé con el
puño. La puerta era tan gruesa y maciza que el ruido no era lo bastante fuerte
para atravesarla. Entonces intenté sacudirla, pero tampoco funcionó, porque era
demasiado sólida y estaba muy bien encajada. Luego chillé un rato, primero en
dirección a la cámara, luego por el ventanuco de la puerta. Me preguntaba si
mis amigos podrían oírme. No los había visto ni había oído absolutamente nada
de ellos desde que nos habían metido en celdas separadas. Pero no parecía muy
probable que pudieran oírme, ya que mi voz sonaba amortiguada incluso para mí.
Era frustrante y asustaba un poco. Me sentía impotente, y me pregunté qué
pasaría si la cárcel se incendiaba. No creo que fuera el mejor refugio.
Grité durante diez minutos. No había mucho más que hacer; me
ayudaba a pasar el rato. Justo cuando estaba a punto de rendirme, oí que los
cerrojos empezaban a tintinear. La puerta se abrió de repente y me encontré
enfrente de las dos mujeres más jóvenes que siempre vigilaban armadas cuando me
traían la comida. Una estaba más lejos y me apuntaba con la pistola. La otra,
la oficial, que se había reído con el chiste de la Big Mac, se apostó en el
vano de la puerta y desde allí me habló. Para mi sorpresa, hablaba bastante
bien inglés.
—Ponte contra la pared.
Retrocedí unos cuantos pasos pero me hizo un gesto para que
retrocediera más, hasta que acabé tocando la pared más alejada de la puerta.
Entonces entró un par de pasos en la celda, aunque su compañera se quedó en el
pasillo.
—Y ahora, aprende modales. Si quieres llamar a los guardias,
aprieta este botón. —Para mi sorpresa, me mostró algo que no había advertido
hasta entonces: un botón blanco que había junto a un panel de ventilación
próximo a la puerta, bastante elevado. Me compadecí de
los presos de poca estatura. Continuó—: Luego
vuelves a la pared, te quedas ahí y esperas. ¿Sí? ¿Entendido?
Asentí. Lo entendía.
—Algunas cosas no puedes. No puedes hacer ruido. No puedes leer.
No puedes destrozar la celda. No puedes poner nombres en la pared. ¿Sí?
¿Entendido?
Volví a asentir. Nada de nombres en la pared.
—¿Puedo ducharme? —le pregunté.
—Lo siento, no hay ducha. A lo mejor mañana.
—¿Puedo ver a mis amigos?
—No, nada de amigos. A lo mejor mañana.
—¿Pueden darme un cepillo de dientes?
—Cepillo, si. Vale, ahora lo traigo.
—¿Y jabón?
—Sí, sí. Cepillo, pasta de dientes, jabón, toalla, todas esas
cosas, ahora las traigo.
—¿Pueden darme papel y boli?
—¿Para qué?
—Eh, quiero, quiero escribir...
Intentaba inventarme una mentira convincente con la que se quedara
satisfecha, pero no se me ocurría nada, así que terminé la frase con poca
convicción, y le conté la verdad: —No sé, es que me voy a volver loca si no
tengo nada que hacer.
Se produjo un silencio mientras la oficial valoraba mi petición.
Saltaba a la vista que no estaba entre las cosas permitidas. Pero entonces se
decidió: —Vale, boli y papel sí. ¿Algo más?
—No, gracias. Ya está. Muchísimas gracias.
Transcurrieron dos horas hasta que llegaron las cosas que me había
prometido, pero fue muy emocionante recibirlas. Me las trajo otra mujer
soldado, una de las que me habían sacado a la fuerza del despacho del
comandante Harvey. Parecía Navidad. Estudié minuciosamente cada objeto, uno por
uno. El cepillo de dientes era azul, con veintiocho grupitos de cerdas, nueve
filas de tres más un último haz en la punta. La pastilla de jabón era pequeña y
amarilla, del
tamaño de una caja de cerillas, y desprendía
un olor fuerte y desagradable. La pasta de dientes era Colgate, con los típicos
colores rojo, verde y blanco, pero aparte de la palabra «Colgate», no entendí
nada más de lo que ponía en el envase.
También me agencié una toalla de manos fina y deshilachada de
color limón con una franja verde en cada extremo, un peine de color vinagre y
una taza con asa de plástico barato. ¡Cuántas pertenencias! Me sentí rica.
No obstante, lo más importante era el papel y el boli. Solo me
trajeron una hoja de papel, con rayas, muy fina, y un modesto bolígrafo azul
que se quedaba seco casi cada vez que escribía. Era frustrante, pero desde
luego, mejor eso que nada. De pronto, la larga noche vacía que tenía ante mí ya
no me pareció tan larga ni tan vacía. Me senté a la mesa y, con una letra
diminuta, llenando el papel lo más despacio posible, escribí una carta a mis
padres. Sabía que las probabilidades de que les llegara eran tan remotas como
las que de una astilla quedara intacta en un incendio, pero hacía tiempo que
quería hacerlo, así que lo hice.
Al día siguiente el comandante Harvey tampoco me llamó. Después de
verme tan solicitada por su parte, ahora parecía que no quería verme ni en
pintura. La mañana se fue arrastrando, minuto a minuto. Cuando me trajeron el
desayuno, la señora de más edad hizo una broma. Al dejar la bandeja en la mesa
me dijo: «Hoy no hay Big Mac, siento», y las dos nos echamos a reír. Lo que no
mencionó fue la ducha que me habían prometido, y cuando apreté el botón de
llamada al cabo de un rato para reclamarla, se me quitaron de encima bastante
rápido. Era la misma vigilante que me había traído el boli y el papel, pero hoy
parecía más antipática, poco interesada en mí. Con tanto tiempo para pensar, me
pregunté si irían a ejecutarme pronto y la mujer quería distanciarse de mí,
como habría hecho yo en su situación.
La comida llegó y se fue, y la tarde transcurrió todavía más lenta
que la mañana. Escribí un poema en la otra cara de la hoja y decidí que esa
noche empezaría un relato. Hacía una letra tan pequeña que casi me costaba
entenderla, pero aún seguían quedándome tres cuartas
partes de una cara. Repetí mis ejercicios
físicos y mentales, pero tenía la cabeza aturdida y todo mi cuerpo se mostraba
lento y aletargado. Volví a darle vueltas a mi futuro. Morir sería algo
terrible, impensable, injusto. Pero verme encerrada en una celda como esa
durante años y años, tal vez décadas... Eso sería absolutamente insoportable.
Sospeché que esas personas no eran como nosotros. Aunque apenas las conocía,
supuse que no les importaría encerrar a alguien en una celda y olvidarse de él
hasta que se pudriera. Por lo menos en nuestro sistema te ofrecían un juicio
justo y sabías lo que iba a pasarte, bueno, por lo menos la mayor parte de las
veces. A lo mejor el comandante Harvey pensaba que nuestro país se había vuelto
demasiado permisivo, pero yo tenía claro qué opción prefería.
No pasó prácticamente nada más y, conforme avanzaba la velada, me
sentía cada vez más deprimida. Me moría de ganas de que apagaran las luces para
poder dormir un poco, pero cuando por fin las apagaron y me tumbé, no conseguí
conciliar el sueño. Qué asco de noche, madre mía; creo que no dormí más de dos
o tres horas y me pasé el rato llorando en silencio; no hacía ruido porque no quería
darles a las guardianas la satisfacción de que supieran lo mucho que me estaba
hundiendo.
A pesar de la advertencia sobre los «nombres en la pared», empleé
la tapa del boli para hacer unas marquitas en la base de la cama, con el fin de
marcar cuántos días llevaba allí. Si tenía que estar diez años encerrada, no
quería perder la cuenta de los días.
De haber sabido entonces que no iba a haber ningún cambio
importante en mi rutina durante la siguiente semana me habría deprimido aún
más. Pero el caso es que añadí siete marquitas sobre la pintura blanca
brillante antes de que ocurriera algo interesante. Los únicos momentos
destacables fueron: las dos veces que me permitieron asearme en una reducida
zona de duchas que había en nuestra ala de máxima seguridad; el obsequio a
regañadientes de otra hoja de papel a mediados de semana; y el que gesto de la
mujer de mediana edad que me traía la comida, cuando me dio un paquete de
chicles un día y me dijo que era una «chica valiente».
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