Lee y yo estábamos apenas a un par de pasos de él, y en mi
opinión, debíamos actuar mientras el hombre
gritaba; era menos probable que nos oyera mientras su propia voz le llenaba el
tímpano. Tuve un terrible momento de duda en el que pensé que no iba a ser
capaz de hacerlo; quería quedarme petrificada pero sabía que era imposible. La
única forma de obligarme a actuar era contar, de modo que conté: «Uno, dos y
tres» en voz baja, muy rápido, y ataqué.
Lee se abalanzó apenas un segundo después. Kevin se tiró al suelo,
desesperado por salir del punto de mira. Pero el hombre no disparó a Kevin en
un acto reflejo, que era lo que más temía yo. No disparó a nadie. Ni siquiera
apretó el gatillo. Hizo lo que supongo que haría la mayor parte de la gente en
esa situación: intentó darse la vuelta para ver qué pasaba detrás de él. Así
fue como reaccionaron sus reflejos. Le golpeé el brazo con todas mis fuerzas,
agarré el arma y apunté con ella hacia arriba. Confiaba en que tirase la
pistola al notar el impacto del golpe; no lo hizo, pero dejó de apretarla con
fuerza y tuvo que mover la mano para intentar recuperarla. En ese momento, Lee
le quitó la gorra al hombre de un manotazo y le pasó el cinturón por la cabeza.
Entonces, al encontrarse librando dos batallas a la vez, el hombre se sintió
confundido; intentó darme un empujón y al mismo tiempo se volvió para atacar a
Lee. Entonces Homer llegó a toda prisa y, entre los dos, conseguimos
arrebatarle el arma al soldado, que se aferraba a ella con los dedos. En ese
momento se dio cuenta de que estaba metido en un buen lío. Lee tiraba del
extremo del cinturón para apretarlo al cuello. El hombre intentó llevarse las
manos al cinturón pero Homer y yo lo agarramos cada uno por un brazo para
evitar que lo consiguiera. Lee tiró con todas sus fuerzas de la cincha. El
soldado intentó pedir auxilio. Demasiado tarde. Yo empezaba a ponerme histérica
pero había alguna fuerza dentro de mí que me hizo mantener el tipo. El soldado empezó
a inclinarse hacia la derecha, trastabillando. Logró soltar el brazo que yo le
agarraba y se lo llevó a la garganta, pero no sirvió de nada; Lee era
implacable. El hombre tenía el rostro moteado, de un rojo oscuro con manchas
blancas, y cada vez estaba más negro. Un gorgoteo horrible le salió por la
boca, como si intentase hacer gárgaras pero las hiciera en la boca en lugar de
con la garganta.
Me sentía incapaz de seguir mirándolo, así que
aparté la vista y observé ese bosque tan precioso, el bosque que tanto amaba.
¿Acaso ocurrían esas cosas en la naturaleza? ¿Los animales y las aves se
mataban a sangre fría cuando se peleaban por el territorio? Apuesta lo que
quieras a que sí.
Volví a agarrar el brazo del soldado y noté toda su fuerza: su
lucha desesperada por sacudirse, retorcerse y zafarse de las garras.
El forcejeo estaba durando mucho más de lo que yo había pensado.
Noté cómo se le hinchaban las venas del brazo torturado. Y entonces, de
repente, se acabó. El brazo cayó muerto. Un olor terrible nos invadió y me di
cuenta de que el hombre se había hecho sus necesidades encima. Lo miré a la
cara de reojo y al instante volví a desviar la vista. Era la estampa más
repugnante que había visto en mi vida. La lengua le colgaba como una gigantesca
salchicha de jabalí. Tenía la piel de un color negro violáceo. Y sus ojos...
esos ojos me perseguirán hasta mi tumba y más allá. Eran los ojos de un demonio
enfurecido; un hombre que enloquece en el último momento de su vida al saber
que está muriendo y ver el modo en el que va morir. Cada vez que cierro los
ojos, los suyos se abren en mi mente.
6
—Y ahora, ¿qué hacemos?
Los únicos que parecían capaces de razonar con un poco de sensatez
eran Robyn y Homer. Yo tenía unos temblores horribles y, aunque intentaba aplacarlos
por todos los medios, me resultaba imposible. Kevin estaba tumbado en el suelo.
Tenía la cara gris. Solo había visto ese color en el rostro de una persona otra
vez: cuando fui a ver a la señora O’Meara al hospital justo antes de que
muriera. Tenía ochenta y ocho años.
Fi había vuelto a quedarse rezagada en la espesura, y abrazaba un
árbol mientras lloraba en voz baja. Lee estaba sentado en el suelo con la
cabeza entre las rodillas. No le veía la cara ni estaba segura de querer verla.
En comparación con el resto, por lo menos Homer y Robyn parecían capaces de
moverse y pensar.
Fue Robyn quien formuló la pregunta pero fue Homer quien la
respondió.
—Al pozo.
—¿Eh?
—Es la única oportunidad que tenemos. Escuchadme todos. Tenemos
que conseguir que esto salga bien como sea. Kevin, ¿hiciste el muñeco como te
dijimos?
Kevin tardó cinco minutos en comprender la pregunta, y otros cinco
minutos en contestar. Entonces asintió lentamente.
—Rellené mi ropa de trabajo con almohadones.
—Y ¿qué pasó?
Kevin hablaba como un viejo, un viejo fatigado. Arrastraba las
palabras.
—Funcionó. Se asomaron a mirar con una linterna y lo vieron bien.
Entonces intentaron que uno de mis compañeros descendiera por una cuerda, pero
empezó a chillar quejándose de los vapores pestilentes y a manotear como un
loco, así que tuvieron que subirlo de
nuevo.
—Bien —dijo Homer—. Perfecto. Rápido, chicos, ayudadme a levantar
a este tío. Fi, guárdate su pistola y luego vuelve a limpiar un poco la zona,
para que no se note que ha habido una pelea. —Como tardábamos mucho en
movernos, Homer se enfadó con nosotros—. Vamos, pandilla de vagos. Moved el
culo de una vez.
Anduvimos arrastrando los pies hasta el cadáver y cada uno lo
agarró como pudo de una parte del cuerpo. Kevin intentó ayudarnos pero le dio
tanta repugnancia que volvió la cara y tuvo que soltar el pie que sujetaba en
el aire. Los otros cuatro transportamos como pudimos esa cosa pestilente y
horrenda hasta el pequeño patio. Seguimos las órdenes de Homer para maniobrar
con él hacia el pozo. Lo habían dejado abierto, pero el problema estribaba en
lograr arrojar el cadáver por la boca del pozo sin caer nosotros detrás. Pesaba
muchísimo y tenia una forma mucho más extraña que el cordero. Cuando casi lo
teníamos en la posición adecuada, Homer perdió pie y tuvo que soltar la cabeza
del hombre. Cayó a plomo sobre las piedras derruidas del pozo con un crac
tremebundo que estuvo a punto de partir el cráneo por la mitad. Se me ocurrió
el enfermizo pensamiento de que, si no hubiera estado ya bien muerto, con ese
golpe lo habríamos rematado. Robyn sollozó y sin querer se le escurrió el
hombre de las manos. Homer estaba furioso. Le gritó.
—No pasa nada —dije yo—. Vuelve a cogerlo.
Cuando todos tuvimos otra vez los pies firmes en el suelo, lo levantamos
en volandas. El cuerpo se inclinó hacia delante por su propio peso y quedó en
el borde del pozo y, aunque al principio se le enganchó una de las prendas,
luego se soltó e, igual que un saco deforme, siguió resbalando por la boca del
pozo y cayó en las profundidades.
Esperé a oír la salpicadura, pero no llegaba.
—A lo mejor se ha atascado a medio camino —dije.
—¿Sabes dónde hay una linterna? —le preguntó Homer a Kevin.
Este reflexionó un instante y después asintió.
—Muy bien, pues ve a buscarlo. ¡Rápido! —chilló, al ver que
Kevin se alejaba despacio. Homer se dirigió a
nosotros para ordenarnos—: Y ahora, tenemos que hacerles creer que se resbaló y
se cayó al pozo. Fi, deja el arma ahí, sobre la hierba, para que parezca que la
tiró al suelo cuando se dio cuenta de que se estaba cayendo. Luego vuelve al
monte y limpia la zona donde... donde hemos... bueno, donde hemos luchado con
él. Lee, ve a comprobar el camino por el que lo hemos traído. Limpia las
huellas y todas las marcas que hayamos dejado en el suelo.
—Aquí también tenemos que poner algo —dije señalando un punto
donde la piedra estaba especialmente desgastada—. Si empujamos unas cuantas
piedras hacia dentro, como si hubieran vencido cuando se apoyó en ellas...
—Sí, muy bien.
Kevin reapareció con la linterna. Se la quité de las manos y me
apoyé con el estómago en el borde del pozo para otear el interior. No cabía
duda de que era muy profundo, mucho más que cualquier otro pozo de los que
había por Wirrawee. Ni siquiera con una linterna tan potente conseguía ver, en
las lejanas profundidades negras, más que un par de bultos indeterminados que
podrían haber sido seres humanos. Los vapores pestilentes no eran tan intensos
como antes, pero de todas formas empezaban a marearme. Me incorporé.
—¿Y bien? —preguntó Homer.
—Bien, bien, bien —dije como un eco para hacer la gracia.
¿Por qué era la única que parecía querer hacer bromas en momentos
como ese? A lo mejor estaba más chalada de lo que creía. Homer se limitó a mirarme
como si de verdad estuviera enferma.
—No pinta mal —me apresuré a decir—. Creo que el soldado ha
aterrizado encima de los almohadones de Kevin. Cuesta distinguirlo, pero
supongo que el cordero está debajo de todo eso.
—¿El cordero? —preguntó Kevin con los ojos como platos.
—Ayer arrojamos al pozo un cordero muerto —le expliqué—, para que
hubiera un buen olorcillo durante un par de días. De lo contrario, no se
habrían tragado lo del muñeco. Además, eso hará que se les quiten las ganas de
bajar a buscarte.
Sonrió con timidez. Creo que fue la sonrisa
más tímida que he visto en mi vida, pero bastó para subirme la moral.
Lee y Fi fueron a nuestro encuentro.
—Listo —dijo Lee en voz baja—. Hemos encontrado esto.
Sacó la gorra del soldado.
—Bien —dijo Homer. Dejó la gorra en la hierba, al lado de las
piedras medio derruidas—. ¿Crees que funcionará? —le preguntó a Kevin.
Kevin asintió levemente.
—Es probable. Este tío no tenía dos dedos de frente. Es la típica
estupidez que podía habérsele ocurrido: asomarse al pozo por el morbo de ver un
cadáver. Y como los otros centinelas pensaban que era un capullo, no creo que
pierdan mucho tiempo en investigar qué pasó. No le caía bien a nadie.
—De todas formas, ya no es asunto nuestro —dijo Homer para zanjar
la cuestión—. No podemos hacer nada más. Devuelve la linterna a su sitio y
larguémonos de aquí.
Dicho y hecho. Solo eran las once menos cuarto. Me costaba creer
que hubieran pasado tantas cosas tan temprano. Todavía nos quedaba todo el día
por delante. Uf, a ese ritmo, antes de las cinco habríamos podido cargarnos a
una docena de personas si nos lo hubiéramos propuesto.
Kevin quería llevarse algunos de sus objetos más preciados, pero
por unanimidad le dijimos que no podía. Era duro, durísimo, pero no nos atrevíamos
a correr ese riesgo.
—Si notan que falta una sola cosa estás acabado, o lo estará tu
familia —dijo Homer.
—O podemos acabar muertos, si salen a buscarnos —dije.
—Confía en que tus compañeros te las guarden hasta que termine la
guerra —le dijo Lee.
A nadie le pareció un gran consuelo, pero era lo único que
podíamos decir para animarlo. En cierto modo, iba a ser duro para todos
nosotros, porque tendríamos que compartir los bienes más valiosos, como comida
y ropa de abrigo. Ya nos habíamos quedado con
lo mínimo indispensable. De todas formas, ¿no
había sido Kevin quien nos había impedido acumular en el Infierno montones de
material de repuesto al darnos cuenta de que nos habían invadido? No, había
sido Homer. Algunas veces empezaba a fallarme la memoria. Era preocupante.
Con la mochila cargada a la espalda (Kevin era el único que no
llevaba peso), nos pusimos en marcha. Homer iba el primero. Marcaba un ritmo
tapadísimo, pero todos sabíamos por qué, así que nadie se atrevió a rechistar.
No teníamos tiempo para recrearnos en la conmoción o el horror o los
remordimientos por haber matado a alguien. Teníamos que salir pitando de allí,
para poner el culo a salvo, si queríamos que ese culo siguiera pegado al resto
de nuestro cuerpo, cosa que todos deseábamos. Por lo menos, eso creía yo.
Aunque a un par de nosotros parecía importarles poco, la verdad.
No paramos para comer, sino que continuamos avanzando con caras
largas, sin decir ni una palabra, cabizbajos, como caballos de tiro humanos que
emprenden una larga travesía. Todo el mundo tenia en el subconsciente a los
familiares de Kevin, estoy segura, pues los habíamos puesto en peligro con
nuestros actos. Nadie propuso que nos quedásemos a espiar a los soldados para
ver cómo reaccionaban al descubrir que faltaba uno de los vigilantes. Tal vez
hubiera acallado un poco nuestra conciencia comprobar que lo habían aceptado
como un accidente. Pero el riesgo era demasiado alto. Además, hacía tiempo que
habíamos renunciado a tener la conciencia tranquila.
A última hora de la tarde hicimos un alto para picar algo y hacer
nuestras necesidades. Me moría de hambre y estaba muy mosqueada con Kevin
porque ni siquiera se había ofrecido a llevarle la mochila a alguien. Sí, vale,
estaba deprimido, o en shock, supongo, pero todos estábamos igual, y las
mochilas pesaban una barbaridad. Así pues, solté un par de indirectas y él hizo
otro par de comentarios sarcásticos y entonces le dije que no le permitiría que
me llevara la mochila ni aunque me pagara, y así siguió la cosa. Los piques
típicos de cuando uno está cansado. En el fondo me alegré cuando Robyn se paró
y nos dijo que a ver si crecíamos de una vez, y luego propuso un turno
rotativo para que todos tuviéramos la
oportunidad de caminar un rato sin cargar con la mochila.
La espesura del bosque se fue aclarando de nuevo y nos dimos
cuenta de que nos aproximábamos al campo abierto. Eso eran malas noticias para
nosotros, pues nos costaría mucho más pasar desapercibidos, sobre todo ahora
que nuestros colonizadores se habían extendido tan rápido y tan lejos por todo
el estado. Parecía que se había restablecido el suministro eléctrico, cosa que
suponía otro problema. Cada una de las casas era una isla de luz por la noche.
De pronto, alrededor de las siete de la tarde, llegamos al linde
del bosque. Sin que nadie dijera ni una palabra, todos soltamos las mochilas.
Estábamos en un ligero promontorio. Con los últimos rayos de luz vimos las
hermosas llanuras verdes y fértiles que se extendían ante nosotros. El tipo de
paisaje que te hace salivar. El tipo de terreno que podrías comerte a bocados.
Pero claro, como era tan fértil, estaba moteado con grupitos de casas por todas
partes, todas ellas con las luces encendidas. Desde la atalaya distinguíamos la
carretera que surcaba el valle del que acabábamos de salir. A unos dos
kilómetros de allí confluía con otra carretera ancha, asfaltada, que surgía del
monte a nuestra izquierda. En el punto de intersección había un pueblecito, con
apenas una docena de casas y una gasolinera. El tráfico era más bien escaso:
dos coches y un camión en todo el tiempo que estuvimos observando la carretera.
Lo más probable era que el tráfico fuese casi el mismo que cuando estábamos en
tiempo de paz.
—Vamos a perder esta guerra —dijo Homer sin más.
—Dime algo que no sepa —contestó Kevin.
Sabía por qué lo decían. Todo parecía tan normal, tan típico, tan
parecido a como había sido siempre... Era como si nada hubiera cambiado. Sí,
claro, seguro que había habido un pequeño revuelo, un leve cambio en la forma de
organizar las cosas, y por supuesto, ahora era otros quienes las organizaban,
pero no había cambiado nada importante. Los pájaros seguían volando, el viento
seguía soplando y los ríos seguían avanzando hacia el mar. El paisaje no había
cambiado.
—Tenemos que continuar -dijo Robyn.
También sabía por qué lo decía. Tendríamos que
continuar caminando durante la mayor parte de la noche, tal vez hasta el
amanecer. No podíamos desplazarnos a la luz del día en un terreno como ese. La
oscuridad era lo único que daba seguridad a la gente como nosotros. Tendríamos
que buscar algún refugio seguro en el que resguardarnos durante el día. Sería
difícil; difícil y peligroso. Pero no nos quedaba otro remedio.
Aunque por supuesto, Robyn, siendo como era Robyn, se refería a
algo más que continuar caminando.
De todas formas, por una parte me apetecía viajar de noche.
Conforme se prolongaba la guerra, me sentía cada vez más cómoda por las noches.
Siempre había asociado la oscuridad de la noche con cosas aterradoras. Era la
hora de los zorros y los dingos y los gatos monteses. Era la hora de las brujas
y los trasgos, de los vampiros y los hombres lobos y los fantasmas. Era la hora
del mal.
Por eso ahora encajaba con nosotros.
Pero, por otra parte, esta noche en concreto no me apetecía nada
caminar. Estaba cansadísima, literalmente agotada, no podía más. Estaba para el
arrastre. Sabía que sería incapaz de dar otro paso. Y me dio rabia que Robyn
dijera que teníamos que seguir caminando. Pero esperé a ver si alguien se pronunciaba:
era demasiado orgullosa para ser yo quien se quejara. Entonces me di cuenta de
que nadie iba a decirlo. O todos tenían tanto orgullo como yo, o no estaban tan
cansados. A regañadientes, y soltando pestes de todos ellos para mis adentros,
me cargué la mochila al hombro.
—Todavía no, Ellie -me dijo Homer con afecto—. Aún es pronto.
—Eres increíble, Ellie —dijo Fi en voz baja y cargada de
admiración—. No sé cómo lo haces. Yo no puedo dar ni un paso más. Tengo que
descansar un poco.
—Ellie podría caminar una semana entera sin cansarse —dijo Lee en
el mismo tono de voz que Fi.
Entonces me sentí un poco mejor. No les confesé lo hecha polvo que
estaba. Si querían, podían seguir pensando que era una superwoman. Yo
sabía la verdad.
Esperamos una hora más, sin hablar, cada uno
perdido en sus pensamientos. No era ningún secreto en qué pensábamos todos.
Miré a Kevin de reojo. Oteaba a la distancia, con labios temblorosos, como si
reviviera mentalmente cada momento de lo ocurrido. Me pregunté cuál sería su reacción.
¿Qué pensaría de nosotros ahora? ¿Cuánto habíamos cambiado? Yo sabía que
habíamos cambiado un poco, claro, pero después de ver la expresión de Kevin en
el momento en que matamos al soldado, empecé a plantearme si habíamos cambiado
más de lo que éramos conscientes. Nos había mirado como si fuésemos seres de
otro planeta. Por lo menos, eso no era cierto. Ni éramos seres de otro planeta.
Éramos seres del Infierno, nada más.
Al final terminé siendo yo la que animó a los demás a ponerse en
marcha. Fue por esos comentarios chorras sobre el aguante que tenía: ahora
quería estar a la altura de mi reputación. Además, había otra razón. No me
gustaba nada cuando Homer llevaba la voz cantante durante demasiado rato
seguido. Siempre sentía la necesidad de autoafirmarme cuando ocurría eso.
Siempre ha sido así, incluso cuando éramos pequeños.
Lee y Robyn estaban durmiendo, pero se levantaron en cuanto
notaron mi codazo. Esa era otra de las ventajas de nuestro modo de vida: nos
habíamos acostumbrado a dormir por etapas y a despertarnos de repente para
cumplir con los turnos de vigilancia. Todos salvo Lee nos cargamos una mochila
a hombros y emprendimos la marcha.
Así empezó una noche horrorosa. Bueno, era de esperar, después de
aquel día también horroroso. No sé si alguna vez había estado tan cansada. Nos
limitábamos a avanzar poniendo un pie delante de otro. Minuto a minuto, hora
tras hora. Al principio me dolían los pies, luego las pantorrillas, luego la
espalda y el cuello. Cada vez llevaba la cabeza más gacha. No tardé en desistir
del esfuerzo esporádico por entablar conversación. Pom, pom, pom. Me dolían los
músculos, me dolían las articulaciones, me dolían los huesos. Pasé por lo menos
una hora planteándome qué podía sacrificar de lo que llevaba en la mochila para
aligerarla un poco. Era un sueño maravilloso: imaginar una mochila
que pesase dos kilos menos. Me parecía que la
vida no podía ofrecerme una promesa más dulce, ni una esperanza mayor. Valoré
las ventajas e inconvenientes de cada uno de los artículos que llevaba para
intentar decidir qué podía tirar. Estaba segura de que habría algo, pero el
caso es que no encontré nada prescindible. Todo tenía su utilidad. No podía
soportar imaginarme qué haría sin alguna de esas cosas. Por lo tanto, continué.
Dieron las once y pasaron de largo. Seguimos caminando. Horas
después miré el reloj. Eran las 11:12 h. Casi me pongo a chillar de la
decepción. Me sentí como si me hubieran tomado el pelo. Por fin cruzamos el
umbral de la medianoche y avanzamos a trompicones hacia el nuevo día. «Acabo de
malgastar tres horas de mi vida —pensé—. Tres horas que no volveré a poseer
jamás». Tres horas menos para mi muerte, y lo único que había hecho en esas
tres horas había sido caminar.
Sabía que daba pasos cada vez más cortos y sabía que me convenía
dar zancadas más largas. Si era capaz de cubrir veinte centímetros más con cada
paso, me cansaría menos. Lo sabía. Pero no podía. En lugar de alargar la
zancada, la acorté todavía más. Empezó a lloviznar y al principio lo agradecí,
porque sirvió para refrescarme. Pero luego se me mojó la ropa, hasta quedar
pesada y pegajosa. Me entró frio; el primer hilillo de agua fría que me cayó
por el cuello fue horrible, como si un caracol de hielo se deslizara por mi
piel desnuda y no pudiera acceder a él para despegarlo. Creo que empecé a
llorar desesperada, pero no puedo asegurarlo, porque las gotas de lluvia me
mojaban la cara. Oí sollozar a Fi detrás de mí, aunque hice oídos sordos porque
necesitaba concentrar toda mi energía en mí misma. No me atrevía a invertirla
en nadie más.
Cuando se acercaba la una de la madrugada pegué los ojos al reloj
y no los despegué de ahí. Se iluminaba lo justo para poder leer la hora.
Pensaba que si conseguía que diera la una, tal vez ocurriera algo especial. No
ocurrió nada.
Las botas comenzaron a resbalar después de que el sistema
impermeable se saturase de agua. Se me ocurrió cantar Una sardina, dos
sardinas, tres sardinas y un... gato mentalmente, pero me aburrí enseguida. En
algún momento de la noche, Robyn intentó que nos pusiéramos a cantar: hizo un
solo de Are You Lonesome Tonight de Elvis, pero fue deprimente; luego
entonó la letra de una típica canción australiana, Bush Night: Smoke Curls
up Around the Old Gum Tree Trunk..., y después se arrancó con Not for the
First Time, de Vin Garbutt; al final se dio por vencida. Poco después del
recital hicimos un alto para que Fi pudiera ir al lavabo, y entonces caí en la
cuenta de que yo tenía el papel higiénico, pero no me acordaba en qué parte de
la mochila estaba. Creo que tardé media hora en dar con él; metí la mano hasta
el fondo de la bolsa y lo revolví todo, mientras la lluvia se colaba entre mis
cosas, para al final acordarme de que lo había guardado en el bolsillo lateral.
Me empapó la desesperación y no pude evitar inclinar la cabeza hacia atrás y
chillar. Nadie se inmutó; parecía que les daba igual.
—¿No podemos acampar por aquí? —se lamentó Kevin mientras
escudriñaba la oscuridad que lo rodeaba.
—Ni hablar —contestó Homer—. Seguimos en campo abierto. Tenemos
que apretar el paso.
Se produjo un silencio sombrío. En cuanto regresó Fi, recogimos
las mochilas y nos pusimos en marcha otra vez.
Cuanto más avanzábamos, más frio tenía. Dejé de notar los pies. Lo
único que sabía era que pesaban una barbaridad y que cada vez me costaba más
arrastrarlos para seguir adelante. Me dolía la cabeza y no paraba de salirme
agüilla por la nariz. Ni siquiera sorbiendo continuamente conseguía detener la
moquita, que se mezclaba con la lluvia y resbalaba por la cara. También tenía
las piernas entumecidas. No me quedaba energía ni para levantar el brazo lo
suficiente para ver la hora y, de todas formas, dudo que hubiera podido leerlo.
Cuanto más avanzábamos, más me costaba seguir caminando en línea recta. Era
medio consciente de que andaba dando tumbos, pero al mismo tiempo me resultaba
imposible evitarlo. Ignoraba quién nos guiaba, aunque supuse que debía de ser
Homer, pues él tenía brújula. Por una vez (una de las pocas veces en toda mi
vida) fui incapaz de ponerme a
su altura.
Cuando por fin nos detuvimos, estaba tan exhausta que no sentí
alivio alguno, es más, estaba tan exhausta que no sentí nada de nada. Me quedé
ahí plantada, esperando a que me dijeran qué debía hacer. Me habría dado igual si
nos hubiéramos dado de bruces contra una patrulla. Al cabo de unos minutos,
Homer salió de la oscuridad y me tendió la mano. Le di esa cosa pesada, fría y
mojada que era mi mano. Seguro que creyó que había agarrado un pez muerto.
—Vamos, Ellie, compañera de fatigas —me dijo, agotado.
Dejé que me guiara igual que una niña indefensa. Caminamos unos
cinco minutos hasta llegar a un edificio. De pronto me di cuenta de que era un
silo de cereales, uno de los grandes, de cemento. Me traía sin cuidado para qué
servía, pero recuerdo que pensé que podía ser un buen refugio, porque los
colonos no se preocuparían de él hasta que llegara la época de la cosecha, a
mediados de verano.
7
UNO de los problemas derivados de la guerra era que no teníamos
medicamentos. Habíamos preparado un botiquín de emergencia antes de emprender
la excursión, pero lo habíamos gastado casi todo bastante rápido. Ahora nos
quedaba solo medio paquete de tiritas y unos comprimidos contra la acidez. Y
después de esa caminata por el monte bajo la lluvia estábamos agotados,
desanimados y calados hasta los huesos; el pelo nos chorreaba y llevábamos las
botas llenas de agua.
Éramos casos clínicos extraídos de un libro de medicina, en el
estado idóneo para ponernos enfermos. Nos pusimos enfermos.
Robyn, Kevin, Fi y yo nos apagamos como velas sin decir ni una
palabra. Eso dejó en pie únicamente a Homer y Lee, aunque tampoco ellos estaban
en plena forma. Empezamos a tiritar, a estornudar y a sonarnos la nariz, luego
empezamos a toser y después la cosa se puso fea de verdad. No teníamos
termómetro, pero daba lo mismo. No siempre hace falta oír la alarma
antiincendios para saber que se te ha incendiado la casa. Mirar los dos puntos
rojos en medio de las mejillas blancas de Fi fue suficiente. Estábamos ardiendo,
temblábamos, respirábamos con dificultad y nos retorcíamos. Tuve tantas
alucinaciones que se vieron obligados a atarme para que no me moviera tanto.
Creía que era Eduardo Manostijeras o algo así; era como si llevase unas tijeras
de podar enormes y tuviera que ir de álamo en álamo dándoles forma a los
árboles. Era fácil podar la parte que quedaba más cerca del suelo; las ramas
altas eran las complicadas. Tenía que ponerme de puntillas continuamente, o
saltar con los brazos estirados para agarrar las ramas huidizas con las tijeras
de podar y doblarlas hacia abajo. Poco a poco, me fui percatando de que las
ramitas que tenía que podar eran como personas; algunas tenían formas humanas
esculpidas con sumo detalle. No era muy agradable cortarlas por la mitad, pero
sabía que era mi obligación, así que me
forzaba a hacerlo. Luego querían confundirme
convirtiéndose en personas de verdad, y me distraía observándolas un rato antes
de concentrarme de nuevo en los árboles que debía podar.
En los momentos en que me creía Eduardo Manostijeras era cuando
Homer y Lee se las veían negras conmigo. Decían que era como ver una sesión de
aeróbic enloquecida, pues no hacía más que saltar y agacharme, agarrar aire con
los puños y forcejear entre gimoteos cuando intentaban tumbarme a la fuerza.
Ellos también andaban tan faltos de energía que tuvieron que improvisar una
cuerda para atarme.
—Seguro que fue idea tuya —le recriminé a Homer.
—Te aseguro que no lo hice por antojo.
—Ya, claro.
Tengo que admitir que los dos chicos fueron unos enfermeros
fantásticos. Si me despertaba ardiendo de fiebre, estaban a mi lado en menos de
un minuto, tanto si eran las tres de la madrugada como las tres de la tarde.
Aunque no es que yo supiera qué hora era.
Tal vez los antibióticos nos hubieran despejado en veinticuatro
horas, tal vez sí. Pero no teníamos antibióticos, así que tuvimos que aguantar
mientras el cuerpo se curaba solo, con los cuidados de nuestros dos amigos. Nos
mojaban la cara con toallas húmedas frescas, nos obligaban a beber, incluso a
comer un par de veces, nos abrigaban bien, nos hablaban, nos secaban la frente
sudorosa por la fiebre.
Un día me desperté tan débil como un pañuelo de papel pero con la
cabeza totalmente despejada. Sabía que era temprano, y tenía un vago recuerdo
de un momento durante la noche en el que había notado que la lucha abandonaba
mi cuerpo. A esa sensación le había sucedido una especie de paz dulce y,
después había dormido a pierna suelta. Cuando Homer se acercó a mí con una
cazuela y una botella de agua, lo miré con ojos perezosos.
—¿Cómo van las cosas ahí fuera?
—Vaya, parece que has vuelto al reino de los vivos, ¿no?
—Eh. Bueno, me encuentro bastante mejor.
—Bien.
—¿Qué tal los demás?
—Fi ha mejorado mucho desde ayer. Ahora está fuera, detrás del
silo, desayunando con Lee. Robyn y Kevin siguen igual de chungos.
Dirigí la mirada hacia sus catres. Saltaba a la vista que no
tenían buen aspecto. Ambos dormían, pero Kevin murmuraba en sueños mientras se
removía y Robyn estaba increíblemente pálida.
—Ostras, ¿yo tenía la misma cara?
—Peor.
—¿Cuánto tiempo hemos estado así?
—Cuatro días.
—¡Venga ya!
—¡Te lo juro! Lee y yo hemos dormido una media de una hora los
cuatro últimos días.
Por una vez, me quedé sin palabas. Me impresionaba muchísimo el
hecho de que mi vida pudiera perder cuatro días sin que yo me diera cuenta
siquiera. A lo mejor era la antesala de la muerta: visiones y sueños constantes
con vagas ráfagas de realidad. Salvo por una cosa: de la muerte uno no se
despierta jamás; sigue teniendo esas visiones extrañas toda la eternidad. En
esa época pensaba mucho en la muerte y en cómo sería, claro; aún lo hago.
Cuando intenté incorporarme me di cuenta de que no era muy buena
idea. Tenía las extremidades debilitadas y mi cerebro carecía de la fuerza
suficiente para obligar a mis piernas a obedecer. Era raro en mí, pero estaba
tan cansada que no le di importancia. Volví a quedarme dormida.
No me desperté de nuevo hasta el día siguiente. Eso todavía me
alucinó más; de hecho, Homer y Fi tardaron media hora en convencerme de que era
cierto. Ya estaba harta de dormir; además, me moría de ganas de ir al lavabo y
tenía un hambre de caballo. Me levanté como pude y fui a hacer mis necesidades.
Luego comí unas galletas y, por primera vez desde hacía casi una semana, empecé
a interesarme por el entorno.
Estábamos cerca de la costa; lo olía. Calculé que, teniendo en
cuenta la ruta que habíamos tomado, debíamos de hallarnos a unos
veinte kilómetros de la bahía de Cobbler. Ese
pensamiento casi provocó que me subiera la fiebre de repente. Seguíamos en un
terreno bastante despejado, pero nada parecido a las llanuras que habíamos
cruzado cinco noches antes. La hierba era más áspera y los árboles tenían un
aspecto desolado por culpa de los azotes del viento. No había viviendas a la
vista, pero una línea de árboles a unos cincuenta metros de allí delimitaba una
carretera. Ya no llovía, aunque hacía frío y corría un viento fresco; unas
cuantas nubes surcaron el cielo como si tuvieran prisa por llegar a alguna
parte.
Volví a entrar en el silo y ayudé a Lee a hacer las tareas
domésticas; bueno, mejor dicho, las tareas «silísticas».
—¿De dónde sacamos el agua? —pregunté mientras me llenaba los
brazos de botellas de agua vacías.
—Ahora te lo enseño.
Parecía cansado y nervioso; no era de extrañar, con lo mucho que
habían trabajado Homer y él.
Cruzamos la carretera y caminamos unos cuantos cientos de metros
más. Me resultaba extraño andar a plena luz del día, en un lugar tan
descubierto.
—¿No pasan coches?
—Cuatro en cinco días. Y hay tiempo de sobra para esconderse. Los
oyes venir.
—¿Cómo estás? —le pregunté, aunque no me importaba demasiado.
Estaba tan cansada, tan débil y tal vez tan impresionada aún por
lo que había ocurrido en el pozo que me sentía anestesiada.
—Bien. Aunque hasta el gorro de haceros de enfermero.
—Acuéstate un rato cuando volvamos al silo. Fi y yo podemos tomar
el relevo para que descanséis un poco.
—Ay, sí, gracias. Creo que lo haré.
Con una sensación impactante, de repente me di cuenta de que mi
relación con Lee había terminado. Ya no sentía nada por él. Era como un
desconocido, y esa era la clase de conversación de cortesía que suele
mantenerse con los desconocidos.
A pesar de que no lo admití ante mí misma en
ese momento, creo que, ahora que lo veo en retrospectiva, uno de los motivos
del distanciamiento fue el asesinato del soldado cuando rescatamos a Kevin. No
era la primera vez que matábamos, claro que no; tampoco era la primera vez que
Lee mataba con sangre fría; pero esta vez había sido demasiado espeluznante,
demasiado repulsivo. No tenía ganas de tocar a Lee; es más, ni siquiera tenía
muchas ganar de hablar con él. Me entraban náuseas cada vez que sus dedos
largos me tocaban.
Es injusto, lo sé. Era como obligar a Lee a hacer el trabajo sucio
y luego culparlo por haberlo hecho. Pero la noción de justo e injusto no
funciona dentro de la mente; las emociones no saben lo que es justo o injusto.
Llenamos las botellas en un río ancho y poco profundo, agachados
de cuclillas sobre los guijarros y sin perder de vista el agua que se
apresuraba a entrar con pequeños borbotones en los recipientes. No obstante,
hacía tanto frío que notamos las botellas también frías en las manos al
transportarlas llenas hasta el silo.
Cuando llegó la noche, Kevin ya había pasado lo peor y Robyn
estaba lo bastante consciente como para comprender qué ocurría. El silo olía a
rayos y el ambiente estaba cargado después de que seis seres humanos lo
hubiéramos llenado con nuestros olores durante casi una semana. Había tres
silos de cemento uno detrás de otro y dos silos metálicos. Comprobé el estado
de los otros dos silos de cemento con la esperanza de poder instalarnos en uno
de ellos para respirar un poco de aire fresco, pero los dos desprendían un
fuerte olor a productos químicos. Seguramente eran pesticidas. Los metálicos
olían a grano seco, mucho más agradable, pero habría resultado incómodo vivir
en ellos.
Regresé a nuestro silo. La primera habitación no estaba mal. El
encargado debía de emplearla como oficina, ya que desde allí podía mirar por la
reja metálica hacia el agujero oscuro que se iba llenando poco a poco de grano.
Había un mueble archivador y un escritorio con una silla en la que Homer y Lee
se habían pasado los ratos muertos jugando a las cartas. Había otra estancia en
la que habíamos dormido
los enfermos y unas cuantas celdillas de
cemento, como en un convento medieval.
Me senté junto al escritorio e hice unos solitarios.
Cuando Kevin se recuperó, por fin pudimos mantener la conversación
seria que todos anhelábamos. Fue al día siguiente, después del desayuno, en el
despacho. Robyn cogió el saco de dormir y se abrigó con él en el suelo, para
poder seguir la conversación, aunque sin participar, mientras el resto nos
acomodábamos contra las paredes de cemento y bebíamos batido. Milo frío a modo
de premio. Homer se sentó en la silla.
—Bueno, Kevin, cuéntanos un cuento —dijo Homer, pasando la pelota.
—¿Quieres que te cuente un cuento...? —canturreé, y Robyn y Fi se
me unieron de inmediato: —¿Quieres que te cuente un cuento? Este es el cuento
de María Sarmiento, que un día fue a cagar y se la llevó el viento...
—¿Por dónde queréis que empiece? —preguntó Kevin.
—Por el principio —contestamos a coro.
Después de las situaciones más duras, después de matar, solíamos
vivir una regresión como esa. Parecía que volvíamos a tener siete años. Aunque
el cuento de Kevin nos obligó a crecer dando un estirón. No fue un relato muy
divertido, pero sí fue la primera descripción detallada de cómo era la vida dentro
de los campos de trabajo.
—Vale, pues empiezo desde el principio. Cuando Corrie y yo nos
despedimos de vosotros en casa de Ellie... Joder, parece que haga siglos. Esa
noche: todo cambió después de esa noche. Una bala lo cambió todo.
Miró el fondo de la taza sin beber.
—Llegamos al hospital casi a las dos de la madrugada. Conduje
lentísimo, porque me daba mucho miedo que Corrie muriera tumbada en el asiento
y no paraba de mirar hacia atrás por encima del hombro para ver qué tal estaba.
Cada vez tenía peor aspecto; notaba cómo se le iba apagando el color. Pero cada
vez que aceleraba, ella soltaba un
gemido, un horrible gemido de dolor tan
profundo que no había oído nada parecido en mi vida. Era espeluznante, tíos.
»Para cuando llegamos allí, ya no me acordaba ni de la guerra ni
de los soldados. Os parecerá una chorrada, pero es la verdad. Me había medio
olvidado de que estábamos en guerra. En lo único en que podía pensar era en
llevar a Corrie al hospital y en conseguir que la curaran. Conduje hasta la
puerta principal con las luces largas encendidas, los intermitentes puestos y
tocando la bocina. En fin, se dieron cuenta de que me acercaba. Y como llegué
de esas maneras, supongo que supieron que no era una amenaza. Salieron todos
corriendo: una enfermera, un médico y un tío con una camilla... y un par de
soldados, sí. Cuando los vi, me acordé de que estábamos en plena guerra, claro.
»Al principio la cosa pintaba bien. Los soldados sabían que
todavía quedaban unas cuantas personas en el distrito a quienes no habían
pillado en las redadas, así que no se sorprendieron demasiado al verme. Y los
empleados del hospital eran de los nuestros, prisioneros, así que se portaron
bien. Los problemas empezaron cuando los soldados descubrieron que Corrie tenía
una herida de bala. El equipo del hospital intentó mantenerlo en secreto.
Simularon que se había caído por un acantilado, pero el rollo era que uno de
los soldados sabía inglés y no se lo había dicho a nadie. Quiero decir que
fingía a propósito que no entendía nada para poder espiar a la gente. Hablaron
con franqueza delante de él y así es como nos pillaron.
Kevin hizo una pausa. Levantó los ojos del batido de chocolate y
echó un vistazo al conducto de ventilación del hueco del montacargas.
—Y a partir de entonces todo se torció. Corrie pasó a ser «una
chica mala, una chica mala» y de inmediato intentaron emplumarnos las culpas de
haber volado el puente. Los dos soldados me arrinconaron en el suelo y me
golpearon en la espalda con la culata de los rifles. Iban directos a los
riñones y no les costó encontrarlos, joder. Me pasé quince días meando sangre.
Cada vez que iba al retrete me acordaba de esos tíos. Luego llamaron a tres
centinelas del puente (los que os habían visto mejor, colegas) para que nos
identificaran. Lo único que nos salvó fue que estaban completamente seguros de
que no
habíamos sido nosotros. Vaya potra, tíos,
dijeron la verdad... Eso hizo que los soldados dejaran de darme patadas un
minuto.
»Aunque seguían sin estar satisfechos. Le decían a la doctora que
Corrie tenía que ir directa al recinto ferial; tenía que interrumpir el
tratamiento. Estaban emperrados. «No más, no más», gritaban una y otra vez.
Sacudían los rifles en el aire e intentaban sacar la camilla con ruedas. Pero
joder con la doctora, es una leyenda. Se limitó a decir que no. Tipo: «No os
molestéis en pedírmelo, no me hagáis perder el tiempo, dejad de marearme». Creo
que no sabían qué hacer con ella. Fue como una especie de tira y afloja para
ver qué hacían con Corrie, y mientras tanto, allí estaba ella tumbada,
inconsciente, en medio de todo el jaleo. Habría sido gracioso si hubiéramos
estado de humor para bromas.
—¿Era la doctora Crassini? —le pregunté.
Kevin asintió.
—Sí, exacto. Esa misma.
—Me lo imaginaba.
Había visto a la doctora Crassini tratar a mi padre. Era
asombrosa, ya lo creo. Joven pero fuerte.
—En ese momento —continuó Kevin— entraron otros dos soldados. Los
dos tipos que estaban ahí desde el principio habían vuelto a concentrarse en
mí, al ver que no iban a poder hacer nada contra la doctora. Volvieron a
tirarme al suelo y me patearon con las botas. La enfermera les gritaba, sin
dejar de atender a Corrie, y yo empecé a perder el conocimiento. Tenía miedo de
que me mataran. Les conté la verdad, que le habían disparado cuando
intentábamos entrar en la tienda de mi tío, pero no los convencí. Tenía sangre
por todo el cuerpo y sabía que me habían partido la nariz. Cada vez que
respiraba sentía como si respirase sangre. Pensé que a lo mejor me ahogaba con
tanta sangre. De verdad, creía que no iba a salir vivo de ahí.
Miré a mí alrededor. Había cuatro caras pálidas, todas atentas al
relato de Kevin. Kevin volvía a tener los ojos fijos en la taza. No sé si era
consciente del efecto que tenía en nosotros.
—El caso es que entraron los otros dos soldados. Casi no me di
cuenta, pero el celador me lo contó todo más
adelante. Era un paleto y no había movido un dedo para ayudarme mientras me
pegaban, pero no era mal tío. Total, que entraron los dos soldados y uno de
ellos se quejaba mucho, así que mandaron a la doctora que dejara a Corrie para
atenderlo. Tenía un esquince en el tobillo y, ¿cómo creéis que se lo había
hecho?, ¿eh? Pues persiguiendo a dos personas por entre los arbustos junto a la
puerta de la casa de mi tío, así se lo había hecho. Dios, os juro que
aparecieron en el momento más oportuno. Me salvó la vida. La doctora llamó a
los otros dos centinelas que me estaban haciendo un tercer grado y les pidió a
los recién llegados que repitieran su historia. Cuando dijeron que habían
disparado unos tiros a unas sombras que había entre los matorrales, los
soldados se dieron cuenta de que yo era una persona sincera y respetable. A sus
ojos, seguíamos siendo unos críos desobedientes, pero por lo menos no queríamos
sabotearles, y eso era lo importante. Éramos solo «medianamente malos» y no
«malos rematados» con formación militar.
»“Malo” es uno de sus adjetivos favoritos. “Chico malo” y
“respondón” era lo que me llamaban siempre.
»Pero os digo una cosa, colegas, si alguna vez nos pillan, no
soltéis ni una palabra sobre las acciones que habéis hecho, ni lo del puente,
ni lo del cortacésped que explotó, ni lo de sacar a Lee de Wirrawee. Siguen
echando humo cuando se acuerdan de esas cosas.
—¿Y qué me dices de volar las casas de Turner Street? —preguntó
Homer para alardear.
Kevin irguió la espalda. Estaba exaltadísimo.
—¿Fuisteis vosotros? ¿De verdad fuisteis vosotros? ¡Increíble!
Había quien decía que erais vosotros, pero no me lo podía creer. ¡Seguro que
necesitasteis una tonelada de TNT! ¿Cómo lo hicisteis? Dios mío, ¡qué pedazo de
explosión! Creía que alguien se había cargado todo el pueblo de Wirrawee... Uf,
os juro que si algún día se enteran de que habéis hecho eso, os liquidan.
—Muchas gracias.
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