Su amabilidad me conmovía.
Dedicaba gran parte del tiempo a pensar en los otros cinco y me
preguntaba qué tal estarían. Temía por ellos. Me imaginaba a Homer, frustrado y
enfadado, paseando en círculos interminables por la celda minúscula, dándose de
cabezazos contra la pared, y volviéndose loco en poco tiempo. Pensé que Fi
sería como una garza real que de pronto se encuentra enjaulada, tímidamente
sentada en un rincón mientras con el ojo de la mente todavía ve el cielo y las
colinas y la naturaleza. No sabía cómo podía estar Robyn. Parecía que las
últimas semanas había empezado a derrumbarse de nuevo. Algunas veces, cuando
hacía días que no notaba indicios extraños en su conducta, se me olvidaba lo
furiosa y deprimida que podía llegar a estar.
Pensé que Lee podía ser un peligro tanto para sí mismo como para
los guardianes. Me lo imaginé más resentido con cada hora que pasaba, sentado
en el suelo, meditando, para de pronto saltarle a la yugular a un guardia en un
ataque de locura. Y Kevin, en mi imaginación, estaría hecho unos zorros. No se
me ocurría cómo podía ocupar la mente durante todas esas horas tediosas.
Dependía tanto de los demás para actuar, no tenía iniciativa, parecía que no
tuviera ideas propias... Necesitaba mucha acción, que ocurrieran cosas a su
alrededor continuamente; de lo contrario, se aburría. Estas celdas no estaban
hechas para personas como Kevin.
Esas eran las imágenes mentales que me iba dibujando mientras
pensaba en mis amigos. Pero también pensaba en muchas otras cosas, claro. El
poema sobre Dios cargando con una persona a cuestas por la playa. Mi familia y
los habitantes de Wirrawee. Empecé a comprender por qué se habían deprimido
tanto y estaban tan amargados, era por culpa de llevar encerrados tanto tiempo
en el recinto ferial.
En lo que más pensaba era en la muerte; en la mía, en si me
avisarían cuando se acercara, en cómo me enfrentaría a ella, en qué sentiría,
en qué me ocurriría después. Pensaba mucho y me iba poniendo cada vez más
triste. No podía evitarlo. Necesitaba imperiosamente respirar aire fresco, ver
el cielo, hacer cosas físicas. Incluso pensé en el suicidio, pero lo irónico
era que, aunque hubiera
querido suicidarme, no habría tenido forma de
hacerlo.
26
CUANDO fueron a buscarme una hora después del desayuno no sabía qué
me aguardaba. Desesperada por que hubiera algún cambio en mi rutina, los seguí
encantada. El contraste del aire fresco en la cara fue tan fuerte que me sentí
como un cadáver que sale de la tumba. El aire estaba increíblemente frío —era
un día gélido— pero le habría dado un beso encantada al hielo mientras me
aguijoneaba la cara.
La ruta que seguimos fue la habitual: todo recto por el pasillo
cubierto de alambrada hasta el edificio donde el comandante Harvey me había
interrogado largo y tendido. Me entretuve todo lo posible y caminé muy
despacio, pero los guardias no parecían interesarse por respirar aire puro:
para ellos no era más que un desagradable día de invierno, supongo. Me instaron
a que entrara deprisa en el edificio y me condujeron por el pasillo hasta el
mismo despacho, y allí estaba otra vez él, la misma cara y esos ojos negros.
Parecía más irritado, más nervioso, sus ojos no se fijaban en mí mientras me
hablaba, sino que desviaba la mirada en todo momento a distintos puntos de la
habitación. Me pareció que él también había adelgazado.
—¡Ah, Ellie! —me dijo—. No tardaremos mucho. No es más que una
formalidad que quiero que hagas. Échale un vistazo a esto, por favor. Es más,
léemelo en voz alta.
Me alargó una hoja de papel con un par de párrafos escritos a
máquina. Lo cogí y empecé a leer en voz alta.
—«Realizo esta comunicación de forma voluntaria para pedir perdón
por mis actos de los últimos meses. Me he visto involucrada en actividades
terroristas que han ocasionado enormes daños a la propiedad y han provocado
lesiones y muerte a muchas personas inocentes. Al actuar de este modo tan
irresponsable he insultado a quienes nos están ayudando a reconstruir el país y
a quienes, ahora me doy cuenta, están creando una nueva sociedad mejor para
todos nosotros.
»Por desgracia, algunas personas equivocadas
de otros países siguen realizando ataques contra nosotros. Tengo que pedirles
que desistan. Provocan una gran cantidad de sufrimiento innecesario. Cometen
crímenes de guerra que violan las leyes internacionales. Ha llegado el momento
de que todos trabajemos de la mano para la mejora global de la gente en nuestra
nueva sociedad. Pido el apoyo de todos los ciudadanos con el fin de
conseguirlo».
Arrojé el papel a la mesa.
—Menuda sarta de tonterías —dije.
El comandante lo recogió. No parecía molesto.
—Ahora acompáñame —me ordenó.
Recorrimos el resto del pasillo y me instó a entrar en una salita
pequeña que había al fondo. Tenía un taburete, un paraguas, unos focos de pie y
una gran cámara de televisión que manejaba una mujer con cascos. Más que un
paraguas parecía una sombrilla gigante. Estaba sobre un trípode y creo que
tenía que ver con la iluminación.
—Siéntate —dijo Harvey.
Dudé un momento y luego obedecí. Me tendió otra vez la hoja de
papel y la cogí.
—Ahora vuelve a leerlo pensando en tus amigos de Nueva Zelanda
—dijo—. Mira a la cámara de vez en cuando. No hagas el bobo, por favor, y no
pongas muecas ridículas como han intentado hacer algunos de tus inmaduros
amiguitos. Si lo haces, tendremos que empezar a grabar otra vez y todos
perderemos más tiempo.
El corazón me dio un vuelco de alegría al oírle mencionar a los
demás. Era la primera noticia que tenía sobre ellos en más de una semana. Todos
los días les preguntaba a las vigilantes, pero ninguna me contestaba. Saltaba a
la vista que era un tema tabú. No sabía si debía leer o no el comunicado, pero
mis amigos me lo habían puesto más fácil; en cierto modo, habían tomado la
decisión por mí. Por supuesto, podía tratarse de una estratagema del comandante
Harvey, pero lo dudaba. Para hacerlo, habría tenido que ser un actor
espléndido. Los había nombrado con total naturalidad.
Aun así, no me hacía mucha gracia leerlo, pero me quedé allí
sentada en el duro taburete de mimbre y barajé
mis opciones. Si no lo leía, ¿qué pasaría? Imaginé que emplearían métodos más
duros y agresivos para conseguir que me rindiera. Dudaba que pudiera
aguantarlo. Ya me costaba lidiar con las cosas tal como estaban. Si empeoraban,
me resultaría insoportable, no obstante, si lo leía, ¿qué pasaría? Me sentiría
avergonzada; eso para empezar. Pero si nos olvidamos de mí: ¿qué daños podría
ocasionar? Bueno, en realidad ninguno. Todo el mundo vería a la legua que era
una declaración falsa. No me imaginaba a los habitantes de Nueva Zelanda, ni de
ningún otro sitio, viendo el vídeo y pensando: «Vaya, será mejor que dejemos de
ayudarlos, porque es evidente que están contentos con las nuevas condiciones».
El comandante Harvey se iba impacientando. Sobre todo para
sentirme mejor con la decisión que ya había tomado, le pregunté: —¿Y qué pasará
si no lo leo?
Sin rastro de emoción me contestó:
—No eches más leña al fuego, Ellie.
La mujer se cobijó detrás de la cámara y oí el murmullo del
aparato cuando volvió a la vida. El comandante Harvey encendió los focos. De
inmediato, la estancia recibió una luz extrema y un calor igual de extremo.
Levanté la hoja de papel y la leí deprisa, sin expresividad. Cuando acabé
pensaba que el comandante Harvey iba a pedirme que repitiera la declaración (sabía
que lo había dicho como un robot) y es cierto que se levantó en silencio y
permaneció un minuto así después de que yo acabara. Pero luego apagó los focos
y se dirigió a la puerta para llamar a los guardias.
Cuando entraron a buscarme, los seguí de nuevo hacia la salida. El
comandante Harvey, que iba delante de mí, giró para meterse en su despacho sin
mirar siquiera atrás, pero no pude soportar que desapareciera sin intentar
averiguar algo, lo que fuera, sobre mi futuro. Supuse que era quien más probabilidades
tenía de saberlo, y también supuse que yo prefería saberlo a no saberlo. Así
pues, me detuve y le pregunté: —Comandante Harvey, ¿puede decirme qué me va a
pasar?
Ya estaba rodeando la mesa del despacho para sentarse en la
butaca, pero se quedó helado al oír mi voz.
Siguió un silencio largo, un silencio terrible. Mi corazón empezó a palpitar
desbocado y me puse a sudar, arrepintiéndome de haberlo preguntado. Sin mirarme
contestó: —Tienes que aceptar las consecuencias de tus actos, Ellie.
No fue solo por las palabras que dijo, fue por cómo las había
dicho. Entonces lo supe. Me temblaban tanto las piernas que no podía moverme.
Era como si me hubieran quitado los huesos que las sostenían. Uno de los
guardias me azuzó por detrás y avancé a trompicones. Esta vez ni siquiera vi el
cielo. Iba cabizbaja, arrastraba las piernas, me sentía como si fuera a ponerme
enferma, como si una enfermedad grave reptara para colarse en mi cuerpo.
Sabía el nombre de esa enfermedad grave. Se llamaba muerte.
Ya de vuelta en la celda me derrumbé en la cama y así me quedé.
Por primera vez no mostré interés en la comida cuando la señora me la trajo.
Por dentro, confiaba en que se diera cuenta de lo apenada que estaba y se
acercara a mi cama para darme un abrazo y preguntarme qué me ocurría,
intentando consolarme. Igual que mi madre. Pero no lo hizo. Dejó la bandeja y
salió de la celda. Lloré con amargura cuando oí el portazo. «Soy demasiado
joven —me repetía mentalmente—. Soy demasiado joven».
Me parecía muy injusto que hubiera escapado por casualidad cuando
habían capturado a todos durante la invasión y debido a eso me hubiera visto
obligada a seguir cierta cadena de acciones. Y ahora, por culpa de esas
acciones, iba a morir. ¿Por qué no me habían apresado desde el principio como a
todos los demás? ¿Por qué tenía que ser la desgraciada con mala suerte?
Obvié a propósito un detalle: uno de los soldados que habíamos
matado parecía tener la misma edad que yo.
Calculo que me quedé ahí tumbada unas dos horas. Si hubiera tenido
modo de suicidarme, lo más probable es que lo hubiera hecho. Pero no hacerlo me
ha enseñado algo muy importante sobre la vida: que nunca sabes lo que te
ofrecerá el minuto siguiente. Si te suicidas, puede que sea unos minutos antes
de que ocurra algo fabuloso. Lo que esa tarde me ofreció tal vez no parezca
fabuloso a ojos de otros, pero
para mí, en aquel momento, lo fue.
Abrieron los cerrojos de la puerta y oí la voz de la oficial que
me había traído el cepillo de dientes y el papel. Me dijo: —Ahora ejercicio.
Ven.
Pensé que podía ser un truco y que a lo mejor me conducía a la
ejecución que ahora estaba segura que me aguardaba, pero me levanté de todos
modos y salí con desgana al pasillo.
Tomamos la misma ruta de siempre: por el pasillo delimitado por
alambradas, dejando atrás las zonas verdes y las pistas de tenis. Sin embargo,
cuando llegamos a una portezuela que daba a una sección pequeña de patios con
césped, vi a un grupito de personas que hablaban de pie. Habría reconocido a
esas personas desde un kilómetro de distancia, así que imagínate a solo treinta
metros. Solté un gran suspiro de pura alegría y después intenté contenerlo por
si los guardias cambiaban de opinión. Pero había hecho bastante ruido. El grupito
se disolvió y se volvieron para mirar quién chillaba. Vi con alivio que estaban
los cinco. La oficial empezó a abrir con llave la puerta de la verja mientras
Fi gritaba: —¡Ellie! ¡Ay, Ellie!
En cuanto entré en el patio se abalanzaron sobre mí. Era como un
equipo de rugby, o como si un futbolista hubiera marcado el gol de la victoria,
o como un combate de lucha libre por equipos. Por un momento noté que me
faltaba el aire. Nos abrazamos tan fuerte que nos hicimos daño.
Fue un reencuentro fabuloso.
Y después de los abrazos llegaron las preguntas. Volaban adelante
y atrás tan rápido que todas las respuestas se veían interrumpidas cada pocas
palabras.
—¿En qué celda estás tú?
—En ese pabellón de...
—¿Has visto al comandante Harvey?
—¡Sí, qué cabrón! Me pidió...
—¿Qué crees que nos va a pasar?
—No lo sé, el comandante Harvey...
—¿Os veis todos los días, colegas?
—¿Estás bien? ¿Te han pegado o algo parecido?
—Tened cuidado con lo que decís. No sabemos si han...
—¿Tuviste que hacer la confesión esa?
—Son horribles. Nos han obligado a...
Tardé un rato, pero al final logré comprender qué se cocía. Homer
y yo éramos los únicos que quedábamos en el Ala E. Los otros cuatro estaban en
una situación muy distinta. Los habían trasladado a otro pabellón con muchos
prisioneros más, algunos eran como nosotros, «criminales de guerra» y otros
llevaban allí siglos, desde antes de la invasión, por delitos cometidos en
tiempos de paz. Comían siempre juntos en un comedor grande, y en otros
momentos, podían hablar con los presos a través de los barrotes de las puertas.
Lo más asombroso de todo era que Robyn y Fi compartían celda. Me dieron envidia
y al enterarme sentí todavía más miedo de lo que podía pasarme.
Definitivamente, a Homer y a mí nos habían tomado por los cabecillas del grupo.
No obstante, me obligué a apartar todos los pensamientos
negativos, todo el miedo. Estaba decidida a disfrutar simplemente de la
compañía de mis amigos. Era un alivio tan grande, una liberación, estar con
ellos otra vez. Y no sabía cuántas oportunidades más tendría de hacerlo.
Hablamos sin tapujos. Me entraron unas ganas desesperadas de jugar
al baloncesto, porque quería un poco de actividad. El patio enrejado en el que
estábamos tenía más o menos el tamaño de una cancha de baloncesto; supongo que
por eso había pensado en ese deporte. Al final agarré un zapato de Homer y
corrí hasta la verja, para que me persiguiera. De inmediato, los vigilantes que
había en las garitas del muro exterior nos apuntaron con sus armas.
—Tened cuidado —dijo Fi—. Parad. Creen que vais a hacer algo.
Pero pasé de ella. Me negaba a seguir teniendo miedo de esos
tarugos. Y, aunque no dejaron de vigilarnos con atención mientras corríamos por
el patio, no pasaron a la acción.
Cuando llevábamos allí una hora aproximadamente, los guardias que
supervisaban desde la alambrada del pasillo cerrado volvieron a
abrir con llave la puerta. Me llamaron a mi
primero, había sido la última en llegar y ahora era la primera en marcharme.
Pero mientras me escoltaban vi que también señalaban a Homer, de modo que
supuse que la hora de ejercicio había terminado para todos.
Chillé mirando al grupo:
—¡Adiós! ¡Nos vemos pronto!
Sin embargo, mientras decía «nos vemos pronto» me pregunté si
realmente volvería a verlos alguna vez más. El gran peso oscuro de la depresión
y el miedo volvió a cernirse sobre mí, aunque volaba un poco más alto y tal vez
pesara un poco menos.
27
RESULTÓ que vi a los demás al día siguiente, y también al cabo de
dos días, y al cabo de tres. El ejercicio físico por la tarde pasó a formar
parte de mi nueva rutina: los momentos más valiosos, emocionantes y anhelados
de mi vida. Lo peor era que a Homer y a mí solo nos concedían una hora, cosa
que al parecer entraba en las condiciones cuando estabas en la sección de
máxima seguridad. Los demás tenían dos horas.
A lo mejor los soldados no podían permitirse tanto despliegue de
medios: cuando Homer y yo estábamos en el patio siempre asignaban a tres
guardias para que nos vigilaran. Los demás solo tenían un guardia para los
cuatro. Creo que Lee se sentía un poco ninguneado por eso.
A lo largo de las tres semanas siguientes, nuestras vidas se
ciñeron a ese patrón. Ocurrían muy pocas cosas que salieran de lo normal. Vi al
comandante Harvey un par de veces de lejos, cuando estábamos en el patio, pero
no se fijó en nosotros. Los únicos momentos emocionantes eran los ataques
aéreos: hubo dos durante esas tres semanas e, incluso dentro de mi celda
insonorizada, pude oír el aullido de las sirenas. Apreté el botón de llamada la
primera vez, pero no obtuve respuesta. Más tarde, cuando las mujeres soldado me
trajeron la comida, les pregunté qué era ese ruido y me dijeron: «Aviones en el
cielo tiran bombas, muy malos». Los otros cinco, cuando los vi al día siguiente
en el patio de hierba, confirmaron que habían sido ataques aéreos.
—Todos los guardianes huyeron —dijo Fi—. Creo que tienen un
refugio por alguna parte. Aunque no sirve de mucho consuelo, la verdad, si se
van y nos dejan encerrados en las celdas. Ni siquiera cuando faltan los
vigilantes podemos escapar. Eso hace que me pregunte para qué se molestan en
tenerlos.
Ambos ataques aéreos fueron de noche; supusimos que les
resultaría demasiado peligroso volar de día.
Empezó a llover con fuerza y cada vez más a menudo nos metían en
un gimnasio a la hora de nuestro ejercicio diario. No me gustaba ni la mitad.
Me moría por tener aire fresco. Todos teníamos un aspecto terrible, pero Homer
(y sospecho que yo también) era el que peor cara tenía. No podía decirse que
Homer estuviera pálido, porque era de tez morena, pero sí había adquirido un
tono enfermizo, casi verdoso. Y estaba escuálido. Bueno, yo también. Estábamos
esqueléticos. Nos parecíamos a Aurora, una chica del colegio que tuvo anorexia.
Los demás recibían mejor alimentación, así que empezaron a camuflar trocitos de
comida para dárnosla, pero era muy difícil: nos vigilaban con cien ojos.
Aun con todo, el paso del tiempo nos apaciguó un poco. Imagino que
uno no puede vivir en un estado de máxima tensión toda su existencia. Tumbarme
en la cama de la celda en la oscuridad, temblando, esperando a que los soldados
fueran a buscarme para dispararme... Era imposible seguir así eternamente. Hay
algo en el espíritu humano que no le permite vivir de esa manera. Poco a poco,
uno empieza a olvidar la sentencia de muerte y piensa en cosas más normales. No
todo el tiempo, claro, pero el rato suficiente para mantenerse a flote. Uno
duerme de vez en cuando, y no siempre sueña con la muerte. Se anestesia un
poco.
Bueno, por lo menos, eso es lo que me pasó a mí.
El día en que la cosa cambió fue el día que me cambió a mí para
siempre. Por supuesto, ya habíamos cambiado debido a todo lo que nos había
ocurrido. Por supuesto, yo había cambiado de forma radical por culpa de la
invasión y de todo lo que había acontecido desde entonces. Pero esa mañana, la
mañana en la que por fin tuve que enfrentarme a lo que llevaba tanto tiempo
evitando, me cambió de tal forma que no podía compararse con todo lo que me
había influido en el pasado, y con todo lo que me influiría en el futuro,
supongo. Fueron a buscarme alrededor de las once. Recuerdo todos los detalles
de esos primeros minutos. El modo en que la oficial sacudió el brazo para
indicarme que saliera al pasillo. El modo en que la puerta chirrió
levemente al abrirse con todo su peso: ese
leve lamento del gozne que nunca había oído hasta entonces. Las caras de los
guardias: las mujeres y los hombres que yo había llegado a conocer tan bien de
tanto verlos pero que ahora, esta mañana, no se dignaban mirarme. El largo y
lento paseo hasta el edificio que quedaba junto a la entrada del recinto, en el
que todavía no había estado nunca. El retumbar amortiguado de un trueno en la
distancia. La marca de la palma sudorosa que dejó una de las guardianas cuando empujó
la puerta del edificio para abrirla. En cuanto vi esa huella de sudor supe que
me dirigía a algo terrible. A partir de ese momento, apenas me acuerdo de nada.
Me introdujeron en una especie de habitación grande, forrada de
láminas de madera en color marrón claro. Parecía muy formal. Había varias
personas sentadas detrás de una mesa, unas cinco, creo, y me parece que todos
eran hombres. Estuve allí dentro tres o cuatro minutos. Nadie me miró. El tipo
del centro leyó un montón de cosas, muy rápido, en su idioma, mientras el tipo
que había de pie detrás de él lo traducía al inglés. Hablaba de cómo yo había
destruido propiedades, había cometido actos de terrorismo y asesinado a
personas; dijo que me habían declarado culpable de los cargos recién mencionados
y me habían condenado a muerte. La sentencia se efectuaría el lunes 16, a las
siete de la mañana. Eso fue todo. ¿Tiene algo que alegar? ¿No? Que se la
lleven. Traigan al siguiente preso. El siguiente preso era Homer, aunque no lo
supe hasta que me lo contó él, en el patio enrejado, seis días más tarde. Me
había visto salir de la sala, pero yo había pasado por delante de él sin
percatarme siquiera. Me dijo que, nada más verme, había sabido el desenlace.
Recuerdo que pregunté una única cosa a los guardias, quería saber
en qué fecha estábamos. Me dijeron que era el viernes 6, de modo que supe que
solo faltaban diez días.
Fue la misma tarde que empezaron los ataques aéreos diurnos.
Yo estaba tumbada en la cama, con las rodillas abrazadas contra el
pecho y las manos entre las piernas. Me mecía e intentaba pensar en las cosas
una por una. Pero no podía. Los pensamientos chillaban dentro de mi cabeza a
semejante velocidad que era como un concurso
de demolición: los pensamientos se chocaban
unos con otros y se precipitaban en la oscuridad. Ni siquiera era capaz de
frenarlos, y mucho menos de detenerlos. Creí que me iba a explotar la cabeza.
Cuando oí las bombas que retumbaban como un trueno lejano me
pareció que era el escenario del caos que vivía por dentro. Al principio,
apenas les presté atención. Tardé un rato en darme cuenta de que provenían de
un punto exterior. En el preciso instante en que me percaté, las paredes
temblaron levemente y un polvillo blanco cayó del techo. Entonces lo supe: era
un ataque aéreo, un ataque por la tarde, y muy próximo, además, para ser capaz
de hacer retemblar los muros de mi celda.
No estaba asustada, sino fascinada al pensar en lo que podía
suceder. Me bajé de la cama y me coloqué junto a la puerta; espié muy atenta.
Las bombas continuaron atronando durante unos minutos y de pronto se apagaron
las luces. Era aterrador, pero también emocionante. Me pregunté qué ocurriría
si el techo se me caía encima. ¿Cómo quedaría mi cuerpo tras ser enterrado bajo
cincuenta toneladas de acero y cemento? Sentía claustrofobia, pero seguía sin
estar muerta de miedo; más bien me atraía la noción de que algo extraordinario
estuviera sucediendo y de que era imposible saber a qué conduciría aquello.
En realidad no condujo a nada. Los ruidos del bombardeo se
prolongaron otros diez minutos y luego pararon, de forma brusca y absoluta.
Horas más tarde las luces volvieron a encenderse; dos guardias vinieron para
inspeccionar mi celda y me dejaron con mis dudas sobre qué había pasado en el
exterior.
Los dos días que siguieron hubo más ataques, uno por la mañana y
otro a última hora de la tarde. El edificio retembló una y otra vez. En varios
de los temblores me cobijé asustada en un rincón de la celda. Después de cada
sacudida, ese polvo blanco flotaba hasta caer al suelo, como una nieve fina. Al
final del tercer ataque descubrí unas grietas largas y finas en la pared.
Ninguno de esos días me permitieron salir al patio a hacer
ejercicio. Empecé a temer que no me dejaran ver jamás a mis amigos,
que no tuviera la oportunidad de despedirme de
ellos. Otros tres horribles días pasaron, unos días asfixiantes e
insoportables, en los que, en mi opinión, no hubo ataques aéreos, aunque los
soldados estaban muy irascibles. Pero el jueves, apenas cuatro días antes de que
tuviera que cumplirse la sentencia, oí que abrían los cerrojos de mi puerta.
Era la hora a la que normalmente hacíamos ejercicio y me sacaron de la celda
como si no hubiera pasado nada. Supongo que algún alto mando había decidido que
los ataques aéreos habían cesado. Sin embargo, me abrumó ver el daño que se
había ocasionado mientras yo estaba encerrada en mi reducido ataúd cuadrado y
blanco. La mitad de las ventanas de la cárcel estaban rotas. Había escombros
por todas partes; me refiero a escombros grandes, no a simples desechos:
planchas de acero galvanizado, fragmentos de ladrillo, tres ramas de árbol. Una
parte de la pared oriental se había derrumbado: a lo largo de cincuenta metros
se parecía más a un montón de cascotes que a una pared. Pero ya habían colocado
una enorme verja de alambrada para cubrir el daño. No veía modo alguno de
escapar por ahí.
Un par de minutos más tarde ya estaba en el gimnasio. Ahora las
condiciones eran muy distintas. Los guardias nos vigilaban más de cerca. Homer
y yo no teníamos permitido el contacto físico, ni entre nosotros ni con los
otros cuatro. Nos asignaron tres zonas diferentes de la cancha de baloncesto y
teníamos que hablar con los demás desde nuestras zonas respectivas. A mí me
tocó la zona de la botella de la canasta que quedaba más al sur.
Nos contamos las últimas novedades. Tanto a Homer como a mí nos
habían sentenciado a muerte, ambos para el lunes. A los demás les habían caído
penas de cárcel: treinta años para Lee, veinticinco para Robyn y Kevin, y
veintidós para Fi. No sé cómo habían llegado a las diferentes cifras.
La conversación fue un tormento. A nadie se le ocurría nada que
decir. Nos quedamos allí sentados como si ya estuviéramos en un funeral. De vez
en cuando alguien comentaba algo en un susurro, pero lo normal era que nadie
respondiese, así que los temas nunca se alargaban mucho.
Fue casi un alivio regresar a la celda.
El viernes, el tiempo mejoró y nos dejaron salir, una hora al aire
libre, pero de nuevo nos prohibieron que nos acercáramos a los demás. El sábado
nos tocó otra vez el gimnasio. Fue otra hora terrible. Fi se pasó histérica
todo el tiempo. El resto parecíamos zombis y apenas nos movíamos.
Creo que la noche del sábado fue la peor. Había escrito cartas
para unas cuantas personas, apretando la letra todo lo posible en las pocas
cuartillas que me habían entregado, incluso escribí en los márgenes de las
hojas. Cuando pedí más papel, me lo denegaron. Parecía que no podía hacer nada
más. Lo único en lo que conseguía pensar era en que el día siguiente sería mi
último día completo de vida. Me tumbé en la cama e intenté encontrar la fuerza
necesaria para sobrellevarlo, para lidiar con las siguientes treinta y cinco
horas. Mientras seguía tumbada, mi mente vagaba huyendo como un alma en pena,
al borde de la locura. Y no sé cómo, poco a poco, a primera hora del domingo,
me calmé. No se me ocurre ninguna otra forma de describirlo. Volví a pensar en
el poema de la playa y empecé a sentir que alguien me cuidaba, que todo iba
bien. Fue extraño: si en algún momento en mi vida había tenido derecho a
sentirme sola, era ese. Pero dejé de sentir desamparo. Tenía la convicción de
que había una fuerza en la celda conmigo, no una persona, era más bien la impresión
de que había otro mundo, otra dimensión, que cuidaría de mí. No me refiero a un
lugar al que iría después de morir; no se trataba de eso. Era algo como: «Este
no es el único mundo, esto no es más que un aspecto de todo el panorama, no me
imagino que esto sea todo lo que exista».
Poco más puedo decir al respecto; no puedo darle un nombre ni
dibujarlo. Aquello existía de una forma diferente a las cosas a las que podemos
dar nombre o intentar ilustrar. Lo que sé es que alcancé cierto grado de
aceptación de lo que iba a ocurrir.
Había temido cómo sería la última hora de ejercicio, el último
encuentro con mis amigos. Pero al final me sentí bastante serena cuando me
desplacé lentamente por el pasillo. El cielo estaba muy encapotado y debía de
haber estado lloviendo mucho por la mañana:
había muchísimos charcos. Habían retirado casi
todos los escombros provocados por las bombas. Apenas me fijé en los guardias;
eran los del turno de fin de semana, que parecían menos despiertos, más
desaliñados que los soldados profesionales extremadamente preparados que me
escoltaban los días normales. Pero seguían llevando armas y seguían apuntándome
con ellas, así que, en realidad, poco importaba si no eran tan pulcros y
ordenados. Recordé cuando se me había ocurrido que podía abalanzarme sobre sus
armas en lugar de morir mansamente el día de la ejecución, pero en ese momento
supe que nunca tendría la fortaleza necesaria para arrojarme a una muerte de
una forma tan temeraria.
Llegamos al gimnasio y me azuzaron para que entrara. Los demás ya
estaban allí, de pie, esperándome, como si fueran actores de una obra de teatro
extraña.
El sistema de seguridad del gimnasio era distinto del empleado en
el patio exterior, por supuesto. Mi equipo de tres vigilantes se quedaba
siempre, tanto si estábamos fuera como dentro. Pero en el gimnasio permanecía
también con nosotros uno de los asignados a Homer para sumar el mismo número,
pues tenían que compensar el hecho de que no pudieran vernos los centinelas que
había en el muro exterior. Se distribuían por el espacio, uno en cada pared, y
se sentaban sin quitamos ojo, con los rifles preparados. Desde el momento en
que habíamos ingresado en la prisión no habían dejado de tratarnos ni un
momento como a personas violentas y peligrosas.
No sé cuántos presos más había en el recinto penitenciario. Había
visto a un par desde lejos y nuestros cuatro amigos de la zona de mínima
seguridad decían que en su sección había decenas de personas, pero eso era todo
lo que sabía. Lee había descubierto que la fábrica de electrodomésticos de
Stratton, muy próxima a la cárcel, funcionaba ahora sin descanso produciendo
piezas de aeroplano, y que había partidas de trabajadores de la cárcel que se
desplazaban allí a diario. Supongo que por eso no veía nunca a nadie.
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