—Sí.
—Sonríe—. Discúlpame, me refiero a torturar. Serás capaz de ayudarnos a
torturar a cualquiera que capturemos. —Una pausa—. Infligir dolor, ya ves, es
un método increíblemente eficiente de obtener información de cualquiera. ¿Y
contigo? —Echa un vistazo a mis manos—. Bueno, es barato. Rápido. Efectivo.
—Sonríe más ampliamente—. Y tanto como te mantengamos viva, estarás bien por al
menos unas décadas. Es de mucha suerte que no estés operando con baterías.
—Tú…tú… —espeté.
—Deberías agradecerme. Te salvé
de ese agujero enfermo de asilo… te conduje a una posición de poder. Te he dado
todo lo que podías posiblemente necesitar para estar cómoda. —Dirige su mirada
hacia mí—. Ahora necesito que te focalices. Necesito que renuncies a tus
esperanzas de vivir como todos los demás. No eres normal. Nunca lo has sido, y
nunca lo serás. Adopta quien eres.
—Yo… —trago—. Yo no soy… no soy…
yo…
—¿Una asesina?
—NO…
—¿Un instrumento de tortura?
—DETENTE…
—Te estás mintiendo a ti misma.
Estoy lista para destruirlo.
Ladea la cabeza y fuerza de
vuelta una sonrisa.
—Has estado al borde de la
locura toda tu vida, ¿o no? Tanta gente te llamaba loca que tú comenzaste a
creerlo. Te preguntabas si estaban en lo cierto. Te preguntabas si podías
manejarlo. Pensabas que si podías sólo intentarlo un poco más duro, ser un poco
mejor, más lista, más amable… pensabas que el mundo cambiaría de opinión sobre
ti. Te culpaste a ti misma por todo.
Jadeo.
Mi labio inferior tiembla sin mi
permiso. Apenas puedo controlar la tensión en mi barbilla.
No quiero decirle que está en lo
correcto.
—Has
suprimido toda tu rabia y resentimiento porque querías ser querida —dice, ya
sin sonreír—. Tal vez te entiendo, Juliette. Tal vez deberías confiar en mí.
Tal vez deberías aceptar el hecho de que has intentado ser alguien que no eres
durante mucho tiempo y que no importa lo que hiciste, esos bastardos nunca
estarán felices. Nunca estuvieron satisfechos. Nunca dieron una mierda, ¿o sí?
—Me mira y por un momento parece casi humano. Por un momento quiero creerle.
Por un momento quiero sentarme en el piso y llorar el océano alojado en mi
garganta.
—Es hora de que dejes de fingir
—dice, tan suavemente—. Juliette… —Toma mi rostro en sus manos enguantadas, tan
inesperadamente gentil—. Ya no tienes que ser amable. Puedes destruirlos a
todos ellos. Puedes derribarlos y apropiarte de todo este mundo y…
Una máquina de vapor me golpea
en el rostro.
—No quiero destruir a nadie —le
digo—. No quiero herir a las personas…
—¡Pero lo merecen! —Se aleja de
mí, frustrado—. ¿Cómo podrías no querer vengarte? ¿Cómo podrías no luchar de
vuelta?
Me pongo de pie lentamente,
sacudiéndome con enojo, esperando que mis piernas no colapsen debajo de mí.
—Crees que porque soy no
deseada, porque estoy abandonada y… y deshecha… —Mi voz se eleva lentamente más
con cada palabra, las emociones desenfrenadas de repente gritando a través de
mis pulmones—. ¿Crees que no tengo un corazón? ¿Crees que no siento? ¿Crees que
porque puedo infligir dolor, que debería? Eres igual que todos los demás. Crees
que soy un monstruo igual que todos. No me entiendes en lo absoluto…
—Juliette…
—No.
No quiero esto. No quiero su
vida.
No quiero ser nada para nadie
sino yo misma. Quiero tomar mis propias decisiones y nunca he querido ser un
monstruo. Mis palabras son lentas y firmes cuando hablo.
—Valoro la vida humana mucho más
de lo que tú lo haces, Warner.
Abre
la boca para hablar antes de detenerse. Se ríe fuerte y sacude su cabeza.
Me sonríe.
—¿Qué? —pregunto antes de poder
detenerme.
—Acabas de decir mi nombre.
—Sonríe incluso más amplio—. Nunca antes te has dirigido hacia mí directamente.
Eso debe significar que estoy progresando contigo.
—Te acabo de decir que no…
Me interrumpe.
—No estoy preocupado sobre tus
dilemas morales. Sólo estás ganando tiempo porque estás en la negación. No te
preocupes —dice—. Lo superarás. Puedo esperar un poco más.
—No estoy en la negación…
—Claro que lo estás. No lo sabes
aún, Juliette, pero eres una chica muy mala —dice, agarrándose el corazón—.
Justo mi tipo.
Esta conversación es imposible.
—Hay un soldado viviendo en mi
habitación. —Estoy respirando con dificultad—. Si quieres que yo esté aquí,
necesitas sacar las cámaras.
Los ojos de Warner se oscurecen
por sólo un instante.
—¿Dónde está tu soldado, de
todas maneras?
—No lo sé. —Espero por Dios que
no me esté ruborizando—. Tú me lo asignaste.
—Sí. —Se ve pensativo—. Me gusta
observarte sufrir. Él te incomoda, ¿no?
Pienso en las manos de Adam en
mi cuerpo y sus labios tan cerca de los míos y la esencia de su piel empapada
por un aguacero húmedo que nos absorbía a los dos juntos y de repente mi
corazón late con fuerza en mis costillas que demandan escape.
—Sí. —Dios—. Sí. Él me pone muy…
incómoda.
—¿Sabes por qué lo elegí?
—pregunta Warner, y soy atropellada por un remolque.
Adam
fue elegido.
Por supuesto que lo fue. Él no
era cualquier soldado enviado a mi celda. Warner no hace nada sin razón. Él
debe de saber que Adam y yo teníamos una historia. Él es más cruel y calculador
de lo que le daba crédito.
—No. —Inhalo—. No sé por qué.
—Exhalo. No puedo olvidarme de respirar.
—Él se ofreció como voluntario
—dice Warner sencillamente, y estoy estupefacta por un momento—. Él dijo que
había ido a la escuela contigo hace muchos años. Él dijo que probablemente no
te acordarías de él, que se ve mucho más diferente ahora de lo que lo hacía
entonces. Armó un caso muy convincente. —Un latido de aliento—. Dijo que estaba
emocionado de escuchar que habías sido encerrada. —Warner finalmente me mira.
Mis huesos son como cubos de
hielo entrechocando, refrigerándome hasta mi corazón.
—Estoy intrigado —dice,
inclinando su cabeza mientras habla—. ¿Lo recuerdas?
—No —miento, no estoy segura de
que esté viva. Estoy intentando desentrañar la verdad de lo falso de los
supuestos de las postulaciones, pero siguen oraciones que se retuercen en mi
garganta.
Adam me conocía cuando entró en
la celda.
Él sabía exactamente quién era
yo.
Él ya sabía mi nombre.
Oh
Oh
Oh
Esta era toda una trampa.
—¿Esta información te… enfada?
—pregunta, y yo quiero coser sus labios en una mueca permanente.
No digo nada y de alguna manera
es peor.
Warner
está sonriendo.
—Nunca le dije, por supuesto, el
por qué fue que has sido encerrada… pensé que el experimento en el manicomio
debería continuar sin contaminación de información adicional… pero él dijo que
siempre fuiste una amenaza para los estudiantes. Que todos siempre fueron
advertidos de mantenerse lejos de ti, aunque las autoridades nunca explicaron
por qué. Dijo que quería tener una mirada más de cerca del fenómeno en que te
has vuelto.
Mi corazón se rompe. Mis ojos
destellan. Estoy tan herida tan enojada tan horrorizada tan humillada y
ardiendo de indignación tan injusta que es como un fuego ardiendo dentro de mí,
un fuego arrasador de esperanzas diezmadas. Quiero romper la espina dorsal de
Warner en mi mano. Quiero que él sepa lo que es herir, lo que es infligir semejante
agonía insoportable en otros. Quiero que conozca mi dolor y el dolor de Jenkins
y el dolor de Fletcher y quiero herirlo. Porque, tal vez, Warner esté en lo
cierto.
Tal vez la gente lo merezca.
—Sácate tu camisa.
Por toda su postura, Warner se
veía genuinamente sorprendido, pero él no pierde el tiempo en desabotonarse su
chaqueta, sacarse sus guantes, y quitarse la camiseta de algodón fino
aferrándose más cerca de su piel.
Sus ojos son brillantes,
asquerosamente ansiosos; no oculta su curiosidad.
Warner deja caer sus ropas al
piso y me mira casi de manera intimidante. Tengo que tragarme la repulsión
burbujeando en mi boca. Su cuerpo perfecto. Sus ojos tan duros y hermosos como
gemas congeladas. Me repulsa. Quiero su exterior para encajarlo con su interior
negro y destrozado.
Él camina hacia mí hasta que hay
menos de un pie de distancia entre nosotros. Su altura y contextura me hace
sentir como una rama caída.
—¿Estás lista? —pregunta,
arrogante e idiota.
Considero romper su cuello.
—Si hago esto sacarás todas las
cámaras de mi habitación. Todos los micrófonos ocultos. Todo.
Da
un paso más cerca. Baja su cabeza. Está mirando mis labios, estudiándome de una
manera completamente nueva.
—Mis promesas no valen mucho,
amor —susurra—. ¿O te has olvidado? —45 centímetros hacia delante. Su mano en
mi cintura. Su aliento dulce y cálido en mi nuca—. Soy un mentiroso
excepcional.
La comprensión se precipita en
mí como 200 golpes de sentido común. No debería estar haciendo esto. No debería
hacer tratos con él. No debería estar considerando torturar. Dios mío, estoy
perdiendo la cabeza. Mis puños se aprietan en mis costados y estoy
temblando por todos lados. Apenas puedo encontrar la fuerza para hablar.
—Te puedes ir al infierno.
Estoy sin fuerzas.
Tropiezo hacia atrás contra la
pared y me desplomo en un montón de inutilidad; desesperación. Pienso en Adam y
mi corazón se desinfla.
Ya no puedo estar más aquí.
Me muevo deprisa hacia las
puertas dobles que están de cara a la habitación y las abro de un tirón antes
de que Warner pueda detenerme. Pero en su lugar me detiene Adam. Está de pie
justo afuera. Esperando. Vigilándome a donde quiera que vaya.
Me pregunto si escuchó todo y
mis ojos caen al piso, el color borrado de mi rostro, mi corazón en piezas en
mi mano. Por supuesto que escuchó todo. Por supuesto que ahora sabe que soy una
asesina. Un monstruo. Un alma despreciable metida en un cuerpo venenoso.
Warner hizo esto a propósito.
Y estoy parada entre ellos.
Warner sin camiseta. Adam mirando su arma.
—Soldado —habla Warner—,llévala
de vuelta a su habitación e inhabilita todas las cámaras. Puede almorzar sola
si quiere, pero la esperaré para la cena.
Adam se queda en blanco por un
momento demasiado largo.
—Sí, señor.
—¿Juliette?
Me congelo. Mi espalda está
hacia Warner y no me volteo.
—Espero que mantengas la parte
de tu trato.
Capítulo 22
Nos
toma 5 años llegar hasta el elevador. 15 más subir. Tengo un millón de años
para cuando entro a mi habitación. Adam está quieto, en silencio, perfectamente
armado y mecánico en sus movimientos. No hay nada en sus ojos, en sus miembros,
en los movimientos de su cuerpo que indique que él sabe mi nombre.
Lo
veo moverse deprisa, rápido, con cuidado alrededor de la habitación,
encontrando los pequeños dispositivos destinados a monitorear mi comportamiento
y desactivándolos uno por uno. Si alguien pregunta por qué mis cámaras no están
funcionando, Adam no se meterá en problemas. Esta orden vino de Warner. Esto lo
hace oficial.
Esto
hace posible para mí tener algo de privacidad.
Pensé
que necesitaría privacidad.
Soy
una idiota.
Adam
no es el chico que recuerdo.
Yo
estaba en tercer grado.
Me
acababa de mudar al pueblo después de que me expulsaran pidieran que dejara la
escuela. Mis padres siempre se mudaban, siempre se escapaban de los desastres
que hacía, de las citas para jugar que había arruinado, de las amistades que
nunca tuve. Nadie nunca quiso hablar sobre mi “problema”, pero el misterio que
rodea mi existencia de alguna manera empeoraba las cosas. La imaginación humana
es frecuentemente desastrosa cuando se la deja para que se las arregle sola.
Sólo escuchaba trozos y partes de sus susurros.
—¡Fenómeno!
—¿Escuchaste
que ella...
—Qué
perdedora.
—...
fue expulsada de su antigua escuela?
—¡Psicópata!
—Ella tiene algún tipo de
enfermedad...
Nadie me hablaba. Todos miraban.
Era lo bastante joven para todavía llorar. Almorzaba sola, cerca de una valla
metálica y nunca miraba en el espejo. Nunca quería ver el rostro que todos
odiaban tanto. Las chicas solían patearme y escaparse. Los chicos solían
arrojarme piedras. Aún tengo cicatrices en algunas partes.
Veía el mundo pasar a través de
esas vallas metálicas. Miraba a los autos y a los padres dejando a sus hijos y
los momentos de los que nunca sería parte. Esto fue antes de que las
enfermedades se volvieran tan comunes que la muerte era una parte natural de
conversación. Esto fue antes de que nos diéramos cuenta de que las nubes eran
del color equivocado, antes de que nos diéramos cuenta de que todos los
animales estaban muriendo o estaban infectados, antes de que nos diéramos
cuenta de que todos íbamos a morir de hambre, y rápido. Esto fue cuando todavía
pensábamos que nuestros problemas tenían soluciones. Entonces, Adam era el
chico que solía caminar a la escuela. Adam era el chico que se sentaba a tres
hileras en frente de mí. Sus ropas eran peores que las mías, su almuerzo
inexistente. Nunca lo vi comer.
Una mañana, él vino a la escuela
en coche.
Lo sé porque lo vi siendo
empujado hacia afuera desde allí. Su padre estaba borracho y conducía, gritando
y agitando los puños por alguna razón. Adam estaba de pie muy quieto y miraba
al suelo como si estuviera esperando algo, preparándose para lo inevitable. Vi
a un padre darle una bofetada a su hijo de ocho años en el rostro. Vi a Adam
caer al suelo y quedarse allí, inmóvil mientras era pateado en las costillas
repetidas veces.
—¡Todo es tu culpa! Es tu culpa,
tuya, pedazo de mierda —gritaba una su padre y otra vez hasta que vomité ahí
mismo, sobre todo un parche de dientes de león.
Adam no lloró. Se quedó
acurrucado en el suelo hasta que su padre se dio por vencido, hasta que se fue.
Sólo una vez que se aseguró que todo el mundo se había ido su cuerpo irrumpió
en tumultuosos sollozos, su pequeño rostro embadurnado en la tierra, sus brazos
aferrados a su abdomen. No podía apartar la mirada.
Fue entonces cuando comencé a
prestarle atención a Adam Kent.
—Juliette.
Contengo
mi aliento y desearía que mis manos no estuvieran temblando. Desearía que no
tuviera ojos.
—Juliette —dice de nuevo, esta
vez incluso más suave y mi cuerpo es una licuadora y yo estoy hecha de pasta.
Mis huesos duelen, duelen, duelen por su calidez.
No me daré vuelta.
—Siempre supiste quién era
—susurro.
No dice nada y yo estoy de
repente desesperada por ver sus ojos. De repente, necesito ver sus ojos. Giro
mi cara para mirarlo a pesar de todo sólo para verlo mirar sus manos.
—Lo siento. —Es todo lo que
dice.
Me echo hacia atrás contra la
pared y cierro mis párpados. Todo fue una actuación. Robar mi cama. Preguntar
mi nombre. Preguntarme sobre mi familia. Él estaba actuando para Warner. Para
los guardias. Para quién sea que estuviera observando. Ya ni siquiera sé qué
creer.
Necesito decirlo. Necesito
sacarlo. Necesito romper mis heridas abiertas y sangrar fresca para él.
—Es verdad —le digo—. Sobre el
pequeño. —Mi voz está temblando mucho más de lo que pensé que lo haría—. Yo hice
eso.
Él está en silencio por un rato.
—Nunca lo entendí antes. Cuando
escuché sobre eso por primera vez. No me di cuenta hasta ahora de lo que tuvo
que haber pasado.
—¿Qué? —Nunca supe que podía
parpadear tanto.
—Nunca tuvo sentido para mí
—dice, y cada palabra me patea en el vientre. Él levanta la vista y se ve más
angustiado de lo que alguna vez quise que lo esté—. Cuando escuché sobre eso.
Todos escuchamos sobre eso. Toda la escuela…
—Fue un accidente —suelto,
esperando no fracasar—. Él… e-él se cayó… y yo estaba intentando ayudarlo… y yo
sólo… no… pensé…
—Lo sé.
—¿Qué? —jadeo tan alto que me
trago la habitación entera en un aliento.
—Te creo —me dice.
—¿Qué?...
¿por qué? —Mis ojos parpadean las lágrimas, mis manos temblorosas, mi corazón
lleno de esperanza aprensiva.
Él se muerde su labio inferior.
Aparta la mirada. Camina hasta la pared. Abre y cierra su boca varias veces
antes de que las palabras salgan volando.
—Porque te conocía, Juliette… yo…
Dios… yo sólo… —Cubre su boca con la mano, deja caer sus dedos a su cuello. Se
frota la frente, cierra los ojos, frunce los labios. Los fuerza a abrirse—. Ese
era el día en que iba a hablarte. —Una extraña especie de sonrisa. Una extraña
especie de risa. Se pasa una mano por su pelo. Levanta la vista al techo. Me da
la espalda—. Finalmente, iba a hablarte. Finalmente, iba a hablarte y yo…
—Sacude su cabeza con fuerza, e intenta otra risa de pena—. Dios, no me
recuerdas.
Cientos de miles de segundos
pasan y yo no puedo dejar de morir.
Quiero reír y llorar y gritar y
correr y no puedo elegir cuál hacer primero.
Confieso.
—Por supuesto que te recuerdo.
—Mi voz es un susurro estrangulado. Presiono mis ojos hasta cerrarlos. Te
recuerdo siempre, todos los días, en cada momento destrozado de mi vida—.
Fuiste el único que alguna vez me vio como un ser humano.
Nunca me habló. Nunca me dirigió
ni una sola palabra, pero era el único que se atrevía a sentarse cerca de mi
valla. Él era el único que me defendía, la única persona que luchaba por mí, él
único que le había dado un puñetazo a alguien en su rostro por arrojar una
piedra en mi cabeza. Ni siquiera sabía cómo agradecerte.
Él era lo más cercano a un amigo
que nunca tuve.
Abro mis ojos y está de pie
justo en frente de mí. Mi corazón es un campo de lirios floreciendo bajo un
panel de vidrio, repiqueteando a la vida como una carrera de gotas de lluvia.
Su mandíbula está tan dura como sus ojos, tan apretada como sus puños, tan dura
como la tensión en sus brazos.
—¿Tú siempre lo has sabido?
—Tres palabras susurradas y él ha roto mi presa, abierto mis labios y robado mi
corazón una vez más. Apenas puedo sentir las lágrimas corriendo por mi rostro.
—Adam. —Intento reír y mis
labios disparan un sollozo ahogado—. Reconocería tus ojos en cualquier lugar
del mundo.
Y eso es todo.
Esta
vez no hay autocontrol.
Esta vez estoy en sus brazos y
contra la pared y estoy temblando en todas partes y él es tan gentil, tan
cuidadoso, tocándome como si estuviera hecha de porcelana y yo quiero hacerme
pedazo.
Está recorriendo sus manos por
mi cuerpo, recorriendo sus ojos por mi rostro, corriendo vueltas con su corazón
y yo estoy corriendo maratones con mi mente.
Todo está en llamas. Mis
mejillas, mis manos, la boca de mi estómago y yo me estoy ahogando en olas de
emoción y en una tormenta de lluvia fresca y todo lo que siento es la fuerza de
su silueta contra la mía y que nunca jamás, jamás, jamás quiero olvidar este
momento. Quiero fijarlo en mi piel y guardarlo por siempre.
Él toma mis manos y presiona mis
palmas en su rostro y sé que nunca supe la belleza del sentimiento humano antes
de esto. Sé que aún estoy llorando cuando mis ojos revolotean cerrados.
Susurro su nombre.
Y él está respirando con más
fuerza que yo y de repente sus labios están en mi cuello y yo estoy jadeando y
muriendo y agarrando sus brazos y él me está tocando, me está tocando, me está
tocando y yo soy el trueno y el rayo y me estoy preguntando cuándo diablos me
voy a despertar.
Una vez, dos veces, unas cientos
de veces sus labios saborean mi nuca y me pregunto si es posible morir de
euforia. Encuentra mis ojos sólo una vez para ahuecar mi rostro entre sus manos
y me estoy ruborizando a través de esas paredes de placer y dolor e
imposibilidad.
—He querido besarte durante
mucho tiempo. —Su voz es ronca, desigual, profunda en mi oído.
Estoy congelada con
anticipación, con expectación y estoy tan preocupada de que me bese, de que no
me bese. Estoy mirando sus labios y no me doy cuenta de cuán cerca estamos
hasta que somos separados.
3 chirridos electrónicos
distintos reverberan alrededor de la habitación y Adam mira más allá de mí como
si por un momento no pudiera entender dónde está. Pestañea. Y corre hacia el
intercomunicador para presionar los botones adecuados. Me doy cuenta de que está
respirando con dificultad.
Estoy temblando en mi piel.
—Nombre y número —demanda la voz
del intercomunicador.
—Kent,
Adam. 45B-86659.
Una pausa.
—Soldado, ¿es consciente de que
las cámaras en su habitación han sido desactivadas?
—Sí, señor. Me dieron órdenes
estrictas de que desmantele los dispositivos.
—¿Quién dio esta orden?
—Warner, señor.
Una pausa más larga.
—Verificaremos y confirmaremos.
La manipulación no autorizada de dispositivos de seguridad podría resultarle
una expulsión deshonrosa inmediata, soldado. Espero que sea consciente de eso.
—Sí, señor.
La línea se silencia.
Adam se desploma contra la
pared, su pecho subiendo y bajando. No estoy segura pero podría haber jurado
que sus labios se curvaron en la más diminuta sonrisa. Cierra los ojos y
exhala.
No estoy segura de qué hacer con
el alivio que cae en mis manos.
—Ven aquí —dice, sus ojos aún
cerrados.
Voy de puntillas hacia delante y
me atrae hacia sus brazos. Respira el aroma de mi pelo y besa el costado de mi
cabeza y nunca he sentido algo tan increíble en mi vida. Ya ni siquiera soy
humana. Soy mucho más. El sol y la luna han emergido y la tierra está al revés.
Siento como si pudiera ser exactamente quien quiero ser en sus brazos.
Él me hace olvidar el terror que
soy capaz de hacer.
—Juliette —susurra en mi oído—,
tenemos que largarnos de aquí.
Capítulo 23
Tengo
14 años de nuevo y estoy mirando la parte posterior de su cabeza en un pequeño
salón de clases. Tengo 14 años y he estado enamorada de Adam Kent durante años.
Me
aseguré de ser extracuidadosa, de ser extrasilenciosa, de ser extracooperativa
porque no quería mudarme de nuevo. No quería dejar la escuela con el único
rostro amigable que había conocido. Lo miré crecer un poco más cada día, un
poco más alto cada día, un poco más fuerte, un poco más rudo, un poco más
callado cada día.
Por
fin, se volvió lo suficientemente grande para golpear a su padre, pero nadie en
verdad sabe qué le pasó a su madre. Los estudiantes lo rechazaron, lo
perseguían hasta que él peleaba en defensa, hasta que la presión del mundo
finalmente lo rompió.
Pero
sus ojos se quedaron igual.
Siempre
los mismos cuando me miraba. Amables. Compasivos. Desesperados por entender.
Pero él nunca hacía preguntas. Nunca me presionó por una palabra. Sólo se
aseguró de estar lo suficientemente cerca para asustar a todos los demás.
Pensé
que tal vez yo no era tan mala. Tal vez.
Pensé
que él tal vez vio algo en mí. Pensé que tal vez yo no era tan horrible como
decían que era. No había tocado a nadie en años. No me atrevía a acercarme a
las personas. No lo podía arriesgar.
Hasta
que un día lo hice, y arruiné todo.
Maté
a un niñito en un supermercado simplemente al ayudarlo a ponerse de pie. Al
tomar sus pequeñas manos. No entendía por qué él estaba gritando. Fue mi
primera experiencia tocando a alguien por un periodo de tiempo tan largo y no
entendí que me estaba pasando. Las pocas veces que había puesto mis manos en
alguien accidentalmente siempre las había retirado. Las retiré cuando recordé
que no se suponía que tocara a alguien. Tan pronto como escuché el primer grito
escapando de sus labios.
El
pequeño era diferente.
Quería ayudarlo. Sentí como una
ola de odio repentino hacia su madre por su negligencia ante su llanto. Su
falta de compasión como madre me devastó y me recordó mucho a mi madre. Sólo
quería ayudarlo.
Quería que supiera que alguien
más estaba escuchando… que a alguien más le importaba. No entendí porque se
sintió tan extraño y excitante tocarlo. No sabía que estaba drenando su vida y
no pude comprender por qué él se había vuelto sin vida y callado en mis brazos.
Pensé que tal vez la oleada de poder y sentimiento positivo significaba que
había sido curada de mi terrible enfermedad. Pensé tantas cosas estúpidas y lo
arruiné todo.
Pensé que estaba ayudando.
Pasé los tres años siguientes en
hospitales, oficinas de abogados, centros de detención juvenil, y sufrí por las
píldoras y terapias de electroshock. Nada funcionó. Nadie ayudó. Aparte de
matarme, encerrarme en una institución era la única solución. La única forma de
proteger a la población del terror de Juliette.
Hasta que se paró en mi celda,
no había visto a Adam Kent en tres años.
Y lucía diferente. Más fuerte,
alto, fuerte, formado, tatuado. Está musculoso, maduro, callado y rápido. Es
como si no pudiera permitirse estar relajado, suave o lento. No podía hacer
nada excepto ser musculoso, nada menos que fuerza y eficiencia. Las líneas de
su rostro son suaves, precisas y talladas en forma por los años de vida dura,
entrenando y tratando de sobrevivir.
Ya no es un chico pequeño. No
tiene miedo. Está en el ejército.
Pero no es tan diferente,
tampoco. Todavía tiene los ojos azules más inusuales que he visto. Oscuros,
profundos y empapados de pasión. Siempre me pregunté cómo sería ver el mundo
por unos ojos tan hermosos. Me pregunté si el color de tus ojos significaba que
veías el mundo de manera diferente. Si el mundo te veía diferente como
resultado.
Debería haber sabido que era él
cuando apareció en mi celda.
Una parte de mí murió. Pero
traté muy fuerte de reprimir los recuerdos de mi pasado que me rehusé a creer
que era posible. Porque una parte de mí no quería recordar. Una parte de mí
estaba muy asustada de ilusionarme. Una parte de mí no sabía si había ninguna
diferencia en saber que era él, después de todo.
A menudo me pregunto cómo me
veo.
Me
pregunto si sólo soy una sombra perforada de la persona que era antes. No me he
mirado en el espejo en tres años. Estoy tan asustada de lo que veré.
Alguien toca la puerta.
Soy catapultada por la
habitación por mi miedo. Adam pone su mirada en mí antes de abrir la puerta y
yo decido retirarme en la esquina lejana de la habitación.
Agudizo mis oídos sólo para
escuchar suaves voces de murmullo, tonos bajos, y alguien aclarándose su
garganta. No estoy segura de qué hacer.
—Iré en un minuto. —Adam dice un
poco fuerte.
Me doy cuenta de que están
tratando de terminar la conversación.
—Vamos, amigo, sólo quiero
verla.
—Ella no es un jodido
espectáculo, Kenji. Sal de aquí.
—Espera… sólo dime esto:
¿enciende cosas con su mirada? —Kenji se ríe y yo me encojo, cayendo al suelo
detrás de la cama. Me hago una bola y trato de no escuchar el resto de la
conversación.
Fallo.
Adam suspira. Puedo imaginarlo
frotándose su frente.
—Sólo sal de aquí.
Kenji lucha por amortiguar su
risa.
—Demonios, ¿eres sensible de
repente, huh? Hombre, salir con una chica te está cambiando.
Adam dice algo que no puedo
escuchar.
La puerta se azota al cerrarse.
Alzo la mirada desde mi
escondite. Adam parece avergonzado. Mis mejillas se vuelven rosas. Estudio los
hilos entrelazados del fino tapete de lana debajo de mis pies. Toco el trapo y
espero a que él hable. Me pongo de pie para mirar por el pequeño cuadrado de la
ventana sólo para encontrar el crudo telón de fondo de una ciudad destruida.
Recuesto mi frente contra el vidrio.
Cubos de metal están agrupados
en la distancia: complejos albergando civiles envueltos en múltiples capas,
tratando de encontrar refugio del frío. Una madre sosteniendo la mano de un
pequeño niño. Soldados de pie encima de ellos, quietos como
estatuas, rifles en posición y listos para disparar. Montones y montones y
montones de basura, peligrosos trozos de metal y acero brillando en el suelo.
Solitarios árboles, moviéndose con el viento.
La mano de Adam se desliza
alrededor de mi cintura.
Sus labios están en mi oído y no
dice nada en absoluto, pero me derrito hasta que soy un puñado de mantequilla
caliente chorreando por su cuerpo. Quiero comer cada minuto de este momento.
Me permito cerrar mis ojos
contra la verdad afuera de mi ventana. Sólo por un ratito. Adam toma una
profunda respiración y me acerca aun más. Estoy moldeada en la forma de su
silueta; sus manos rodeando mi cintura y su mejilla está contra mi cabeza.
—Se siente increíble.
Trato de reírme, pero parece que
se me ha olvidado cómo se hace.
—Esas son palabras que nunca
pensé escuchar.
Adam me da la vuelta así que
estoy frente a él, y de repente estoy mirando y no mirando a su rostro, estoy
abrazada por un millón de llamas y trago un millón más. Me está mirando como si
nunca me hubiera visto antes. Quiero lavar mi alma en la profundidad azul de
sus ojos.
Él inclina su frente hasta que
descansa contra la mía y nuestros labios no están lo suficientemente cerca.
Susurra:
—¿Cómo estás? —Y quiero besar
cada hermoso latido de su corazón.
¿Cómo estás? Dos palabras que nadie me ha preguntado.
—Quiero salir de aquí. —Es todo
en lo que puedo pensar.
Me aprieta contra su pecho y me
maravillo ante el poder, la gloria, el asombro en un movimiento tan simple. Se
siente como un bloque de fuerza de 1.80 metros de alto.
Cada mariposa del mundo ha
migrado a mi estómago.
—Juliette. Me inclino hacia
atrás para mirar su rostro.
—¿Estás segura acerca de irte?
—me pregunta. Sus dedos acarician un lado de mi mejilla. Mete un mechón de
cabello detrás de mi oreja—. ¿Entiendes los riesgos?
Tomo
una profunda respiración. Sé que el riesgo real es la muerte.
—Sí.
Él asiente. Sus ojos y voz
bajan.
—Las tropas se están movilizando
por una especie de ataque. Ha habido un montón de protestas de grupos que antes
estaban callados, y nuestro trabajo es arrasar con la resistencia. Creo que
quieren que este ataque sea el último —añade en voz baja—. Algo enorme está
sucediendo, y no estoy seguro de qué es, no todavía. Pero lo que sea, tenemos
que estar preparados para irnos cuando lo estén ellos.
Me congelo.
—¿Qué quieres decir?
—Cuando las tropas estén listas
para partir, tú y yo deberíamos estar listos para huir. Es la única forma de
salir que nos dará tiempo para desaparecer. Todos estarán muy concentrados en
el ataque, nos comprará algo de tiempo antes que noten que no estamos o
podríamos conseguir a mucha gente buscándonos.
—¿Pero… quieres decir… vendrás
conmigo? ¿Estarías dispuesto a hacer eso por mí?
Él sonríe con una sonrisita
pequeña. Sus labios se mueven como si estuviera tratando de no reírse. Sus ojos
se suavizan mientras estudian los míos.
—Hay muy pocas cosas que no
haría por ti.
Tomo una profunda respiración y
cierro mis ojos, tocando su pecho con mis dedos, imaginando el pájaro volando
por su piel, y le hago la pregunta que más me asusta.
—¿Por qué?
—¿Qué quieres decir? —Da un paso
hacia atrás.
—¿Por qué, Adam? ¿Por qué te
importa? ¿Por qué quieres ayudarme? No lo entiendo, no sé por qué estarías
dispuesto a arriesgar tu vida…
Pero entonces sus brazos están
alrededor de mi cintura, y me sostiene tan cerca y sus labios están en mi oído
y dice mi nombre, una, dos veces y no tenía idea de que podía prenderme tan
rápido. Su boca está sonriendo contra mi piel.
—¿No?
No sé nada, es por eso que le
diría que no tengo idea de cómo hablar. Él se ríe un poco y se mueve hacia
atrás. Toma mi mano y la estudia.
—¿Recuerdas
en cuarto grado —dice—, cuando Molly Carter se inscribió para el viaje escolar
muy tarde?, ¿y todos los asientos estaban llenos, y se quedo afuera del bus,
llorando porque quería ir?
No espera mi respuesta.
—Recuerdo que saliste del bus.
Le ofreciste tu asiento y ella ni siquiera te dijo gracias. Te observé de pie
en la acera mientras nos íbamos.
Ya no estoy respirando.
—¿Recuerdas en quinto grado?
¿Esa semana que los padres de Dana casi se divorcian? Ella venía a la escuela
todos los días sin su almuerzo. Y le ofrecías el tuyo. —Hace una pausa—. Tan
pronto como la semana terminó volvió a fingir que no existías.
Todavía no respiro.
—En séptimo grado, Shelly
Morrison, fue atrapada copiando de tu examen de matemáticas. Ella seguía
gritando que si reprobaba, su padre la mataría. Le dijiste al profesor que tú
eras la que estaba copiando de su examen. Obtuviste un cero en el examen, y detención
por una semana. —Levanta su cabeza, pero no me mira—. Tuviste moretones en tus
brazos durante al menos un mes después de eso. Siempre me pregunté de dónde
venían.
Mi corazón está latiendo muy
fuerte. Peligrosamente fuerte. Flexiono mis dedos para evitar que tiemblen.
Aseguro mi mandíbula y limpio mi rostro de emociones pero no puedo ralentizar
el golpeteo en mi pecho sin importar cuan fuerte trato.
—Un millón de veces —dice, su
voz ahora es callada—. Te vi hacer cosas como esas un millón de veces. Pero
nunca dijiste nada a menos que te forzaran. —Se ríe de nuevo, esta vez del tipo
de risa fuerte y pesada. Está mirando a un punto justamente encima de mi
hombro—. Nunca le pediste nada a nadie. —Sus ojos finalmente me encuentran—. No
tienes idea de cuanto he pensado en ti. Cuantas veces he soñado… —Dejó escapar
una tensa respiración—. Cuantas veces he soñado con estar así de cerca contigo.
Se mueve para pasar una mano por
su pelo antes de cambiar de pensamiento. Mira hacia arriba. Mira hacia abajo.
—Dios, Juliette, te seguiría a
cualquier parte. Eres la única cosa buena que queda en este mundo.
Me
estoy rogando por no romper a llorar y no sé si está funcionando. Estoy
completamente rota y pegada de nuevo y sonrojándome en todas partes y apenas puedo
encontrar la fuerza para encontrar su mirada.
—Tenemos tres semanas máximo
—dice—. No creo que puedan controlar la turba por más.
Asiento. Pestañeo. Descanso mi
cabeza contra su pecho y pretendo que no estoy llorando.
3 semanas.
Capítulo 24
2 semanas
pasan.
2
semanas de vestidos, duchas y comidas que quiero lanzar por la habitación. 2
semanas de Warner sonriendo y tocando mi cintura, riendo y acariciando mi
espalda, asegurándose de que luzca bien y camine junto a él. Él cree que soy su
trofeo. Su arma secreta. Tengo que ahogar la urgencia de romper sus nudillos en
el concreto.
Pero
le ofrezco 2 semanas de cooperación porque en 1 semana me iré.
Con
suerte.
Pero
entonces, más que todo lo demás, he encontrado que no odio a Warner como pensé
que lo hacía. Siento lástima por él. Encuentra cierto consuelo en mi compañía;
él cree que me puedo relacionar con él y sus nociones perversas, su cruel
educación, su ausente y simultáneamente demandante padre. Pero él nunca dijo
nada sobre su madre.
Adam
dice que nadie sabe sobre la mamá de Warner, ella ni siquiera ha sido discutida
y nadie tiene idea de quién es. Dice que Warner es sólo conocido por ser la
consecuencia de un despiadado padre, y un deseo frío y calculado por el poder.
Odia a los hijos felices con sus padres felices viviendo sus felices vidas.
Creo
que Warner cree que lo entiendo. Que lo entiendo a él.
Lo
hago. Y no lo hago.
Porque
no somos iguales.
Yo
quiero algo mejor.
Adam
y yo tenemos poco tiempo juntos, excepto en la noche. E incluso entonces, no
tanto. Warner me observa más de cerca cada día; inutilizar las cámaras lo hizo
más reticente. Siempre está entrando a mi habitación inesperadamente,
llevándome en tours innecesarios por el edificio, hablando sobre nada más que
sus planes y sus planes para hacer más planes y cómo juntos conquistaremos el
mundo. No finjo que me importa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario