miércoles, 19 de marzo de 2014

Mañana: Muerte blanca, parte 10

—Sí —dijo Fi con firmeza.
—Yo no quiero volver al Infierno —dijo Robyn.
—Lo mismo digo —contesté.
—A mí no me importaría —dijo Kevin—. Hace mucho tiempo que no estoy allí.
—Había pensado en ir al Istmo —dijo Fi.
—¡Sí! —contestó de pronto Lee.
Nos sobresaltó tanto con la explosión repentina de efusividad que nos entró la risa. Veía a Lee por el espejo retrovisor rajado: parecía un poco avergonzado, pero sonreía de oreja a oreja.
—Te gusta la idea, ¿eh? —le dijo Homer.
—Bueno, me gusta el Istmo —respondió Lee.
El Istmo es un cuello largo de tierra que conectaba la ciudad de Ferris con el Parque Nacional de las Montañas Azules. En realidad se llamaba Istmo de Webster, pero nadie emplea el nombre completo.
No se puede acceder al Parque Nacional en coche; tienes la opción de ir a pie o en barco, porque no hay ninguna carretera que cruce el Istmo. Eso hacía que fuese perfecto para nosotros, claro. El parque es hermoso, pero lo que es increíblemente bello es el Istmo en sí. Una vez estuve allí con la familia de Fi, nos alojamos en una cabaña que tenían unos amigos suyos. No sabía que Lee también hubiera ido.
—¿Cuándo has estado en el Istmo? —pregunté mirando su reflejo en el retrovisor.
—Con los scouts —contestó.
—No sabía que eras scout.
—Bueno, lo fui. Durante más de un año. Hay un campamento de scouts a un kilómetro de Ferris, más o menos, y pasamos cinco días en el Istmo una Semana Santa. Fue genial. Nos hicieron patear como burros, pero me divertí mucho. Menudo sitio.
—Ajá —coincidí, mientras recodaba el paisaje rocoso y silvestre, y el agua que rompía contra los acantilados—. Allí estaríamos a salvo un tiempo. Creo que los colonizadores estarán demasiado ocupados
colonizando para ponerse a hacer caminatas.
—Eso implicaría alejarnos de Wirrawee una buena temporada —dijo Robyn no muy convencida—. Me siento culpable cuando no estamos cerca de nuestras familias, aunque no podamos hacer nada para ayudarlas.
—Claro —dijo Fi—. Todos nos sentimos igual. Pero seamos sinceros, ¿qué podemos hacer por ellos? Todos sabemos la respuesta: nada. Tenemos que planteárnoslo como si fueran unas vacaciones. Pongamos que pasamos dos semanas en el Istmo y, al cabo de esas dos semanas, regresamos a Wirrawee y comprobamos cómo está la situación. Tenemos comida de sobra con las latas que hemos encontrado aquí, aunque es demasiado para cargarlo a hombros. Lo mejor sería llevarnos el Jackaroo. Creo que merece la pena correr el riesgo. Si viajamos de noche, conducimos despacio y no encendemos las luces, no tiene por qué ser peligroso. Seguro que piensan que a estas alturas ya estamos fuera del distrito. Todas las partidas de búsqueda volverán a la bahía de Cobbler diciendo que no han encontrado nada, y supongo que sus jefes no sabrán nunca lo pésimos rastreadores que son.
—Espero que no lo averigüen nunca —dijo Robyn de todo corazón.
Nadie se opuso a la propuesta de Fi. El único problema era decidir cuándo hacerlo. A ninguno nos haría mucha gracia marcharnos inmediatamente. El ataque todavía era demasiado reciente. Decidimos esperar cuatro días y ver si para entonces habían dejado de peinar el distrito. Sería aburrido pero, en cualquier caso, el aburrimiento era mejor que la muerte.
Así pues, nos dedicamos a deambular por ahí perdiendo el tiempo. Yo me pasaba el día sentada pensando, contemplando la naturaleza. Me da vergüenza reconocer que volví a chuparme el dedo como una histérica, hasta que el pulgar de la mano izquierda se me quedó blando, blanco y arrugado de tanta saliva. Pero por lo menos estaba limpio.
Buscamos libros en la casa, pero solo encontramos dos, aparte de
varios manuales técnicos. Me pareció asombroso que hubiera una casa con solo dos libros. Uno era Cómo ganar amigos e influir en las personas y el otro era Lo que el viento se llevó. Nadie quería el primero, pero Fi y Robyn se pelearon por Lo que el viento se llevó. Al final llegaron a un acuerdo. Fi es la que lee más rápido así que empezó el libro ella y, conforme terminaba de leerse la página, la arrancaba del libro y se la daba a Robyn. Era un buen sistema.
Homer y Kevin empezaron a hacer chapuzas con el motor del Jackaroo y probaron distintas piezas que se agenciaron de otros coches del desguace. Según decían, iban a volverlo más rápido, más silencioso, más limpio y más suave. Para cuando terminaron de jugar a mecánicos, di gracias de que todavía funcionara.
Lee desaparecía mil horas seguidas. Me refiero a que lo perdíamos de vista muchas horas, unas ocho o diez al día. Creo que se limitaba a merodear por el campo e ir donde le pedía el cuerpo según el estado de ánimo. Estaba muy inquieto. Me pregunté si se estaría convirtiendo en un animal salvaje, un lobo solitario, tal vez.
Eran las cuatro de la tarde del tercer día cuando nuestros planes cambiaron. Yo estaba subida al techo del camión de mudanza, chupándome el dedo y observando cómo Lee regresaba del monte. Se mantenía próximo al linde del bosque, y se deslizaba silencioso entre un árbol y otro, una sombra entre muchas sombras. Cuando llegó a la verja y se dispuso a saltarla para entrar en el desguace, bajé para reunirme con él.
—Reúnelos a todos —me dijo en cuanto me vio—. Diles que vayan al Jackaroo.
Miré un segundo su rostro y corrí a buscar a los demás. Al cabo de apenas dos minutos estábamos todos reunidos, frente a Lee. Dijo una palabra y con eso bastó.
—Perros.
—¿A qué te refieres? —preguntó Fi, pero el resto lo sabíamos.
—Tienen una manada de perros —contestó Lee-. Dos alsacianos y un par de sabuesos. Se han retirado por hoy, pero creo que volverán mañana. Y no se limitan a husmear aquí y allá. Saben lo que hacen.
—Cuéntanoslo todo —le dijo Homer.
—No hay mucho que contar. A unos tres kilómetros de aquí, hay una iglesia y un salón de actos, y una granja al otro lado de la carretera. Estaba a punto de llegar a la cima de la colina que hay detrás de la iglesia cuando oí perros ladrando. Me agaché y continué avanzando de cuclillas unos metros más, y ahí estaban: registrando la iglesia y el salón de actos. Cuatro soldados, cada uno con un perro. En cuanto terminaron, se acercaron a la granja e hicieron lo mismo. Tardaron diez minutos. Y se me olvidaba: otros dos iban con rifles y se dedicaban a vigilar. Luego se metieron todos en un camión y condujeron hasta el punto siguiente, creo que era una vieja escuela de pueblo. Allí hicieron lo mismo, luego charlaron un rato, miraron el reloj, saltaron al camión y se marcharon por donde habían venido.
—Entonces, ¿crees que están registrando todo lo que hay cerca de la carretera? —le pregunté.
—Tú lo has dicho. Y si eso es lo que están haciendo, llegarán aquí mañana al mediodía. Como muy tarde.
Nos miramos unos a otros.
—Bueno, ¿quién vota por ir al Istmo? —preguntó Homer cuando vio que nadie decía nada.
Parecía lo más sensato que podíamos hacer. Ahora teníamos que ir en coche obligatoriamente, porque si intentábamos caminar, los perros percibirían nuestro olor. Teníamos que sacar de ahí el todoterreno, pues era una prueba muy descarada contra nosotros. Daba la impresión de que había llegado el momento de marcharnos del distrito.
Después pasamos a la acción.
No teníamos mapa, pero confiábamos en saber orientarnos. Si nos manteníamos siempre al sur de Stratton, acabaríamos dando con la carretera de Conway, que pasaba por Ferris. Calculé que el trayecto duraría tres horas. Tal vez la gasolina fuese nuestro mayor problema. Aquí estábamos, rodeados de coches, y no teníamos ni una gota de gasolina. El depósito del Jackaroo estaba lleno hasta los tres cuartos de su capacidad, así que solo me quedaba la esperanza de que fuera un
depósito muy grande.
Acordamos marcharnos a las dos y media, pero al final estábamos tan aburridos e impacientes, sin hacer nada, que nos marchamos unos minutos antes de las dos. Robyn y Fi llevaban ya unas horas sentadas en el vehículo: decían que lo hacían para asegurarse de que les tocaba el asiento delantero. Los chicos refunfuñaron un poco pero al final se las apañaron para apretujarse detrás; yo salté al asiento del conductor y un minuto después estábamos en camino.
La lluvia había vuelto a arreciar y la temperatura estaba bajando; no era el mejor comienzo para nuestra escapada a la playa. Pero estábamos del mejor humor: volver a sentirnos activos nos iba bien.
Recorrimos muy despacio los metros del camino privado del desguace, sin encender los faros. De vez en cuando me detenía, cada vez que los árboles se espaciaban y el camino describía una curva. Por turnos, bajábamos y nos acercábamos a la curva para comprobar que no había nadie y después hacer una señal al coche con la mano.
Las patrullas de rutina parecían cosa del pasado y confiábamos en poder ver los convoyes antes de que nos vieran, aunque fuesen con las luces veladas. Caí en la cuenta de que, desde el golpe que habíamos dado en la bahía de Cobbler, no habíamos vuelto a ver apenas convoyes. Se lo mencioné a los demás y eso les subió el ánimo todavía más. A lo mejor era cierto que habíamos logrado hacer algo especial con nuestro explosivo de ANFO. Sin duda la reacción del teniente coronel Finley había servido para alentarnos. No habría ido corriendo a hablar con nosotros por teléfono si nos hubiésemos limitado a pinchar las ruedas de un coche.
Empezamos a hablar de lo ocurrido. No tardamos en acelerarnos: de pronto todos queríamos alardear de lo que habíamos hecho y de lo que habíamos visto y de cómo nos habíamos sentido. Había ocurrido lo mismo después de nuestras otras grandes hazañas: hablábamos del tema hasta que se nos quitaban las ganas. Pero hasta ahora no lo habíamos hecho con el episodio de la bahía de Cobbler. A lo mejor estábamos demasiado fatigados o demasiado deprimidos. En mi caso,
era porque todo me quedaba un poco grande. No era capaz de asimilar la gravedad de los hechos. Sobre todo del final, cuando había disparado a los soldados. Sí, me quedaba increíblemente grande. Y lo más grande de todo era que, en cierto modo, apenas me había afectado. Les había atravesado las entrañas a balazos, los había matado de un disparo y los había dejado ahí tirados, con la sangre saliendo a borbotones y manchando de rojo intenso la arena, y casi no me había dado cuenta de que lo había hecho. Otro momento más de mi vida, otro «incidente», como marcar a las ovejas. Me había quedado sin palabras para aquello.
Así pues, mientras seguíamos avanzando hablamos de todo lo ocurrido, al menos lo intentamos. Aunque con poco éxito, sobre todo porque era muy difícil meter baza. Todo el mundo interrumpía al resto y saltaba a la conversación antes de que la otra persona hubiera acabado de hablar, o incluso terminando las frases que los demás dejaban a medias. Era como en algunos de los ensayos de teatro del colegio. Homer fue el que se mantuvo más callado, pero aun así dijo algunas cosas, y todas ellas sirvieron para que me diera cuenta de hasta qué punto le había afectado el tiempo que habíamos pasado escondidos en el contenedor de mercancía y la huida a nado, hasta caer en brazos del enemigo. Recuerdo que deseé con todas mis fuerzas que no volvieran a apresarlo nunca, porque dudaba que fuera capaz de soportarlo. De verdad, lo había dejado perturbado, nadar para salvar el pellejo y luego verse atrapado por esos tíos en el arroyo. Había minado su confianza.
—Me había rendido —dijo cuando le pregunté qué había pasado en el agua.
—¿Te habías rendido? —repetí yo asombrada.
—Me habían visto y estaba tan agotado que no podía seguir buceando.
—¿Quién te había visto?
—Los tíos del barco y los del helicóptero.
—Entonces, ¿qué pasó? ¿Te dispararon? ¿Cómo conseguiste escapar? No me digas que te habías dado por vencido de verdad...
Se encogió de hombros.
—Me limité a flotar mientras los veía venir a por mí. Entonces el barco salió volando por los aires.
No quiso añadir mucho más. Les pregunté a los demás:
—¿Qué ocurrió en el arroyo de Baloney?
Pero ninguno de ellos supo decirme cómo los habían atrapado.
—Debió de ser el helicóptero —dijo Kevin.
—Nos confiamos demasiado —confesó Fi—. No...
—Yo ni siquiera oí el coche —aseguró Lee.
—Supongo que hablábamos demasiado alto o algo así.
—Te oí gritar —le dijo Robyn a Fi— y entonces fue cuando supe que estaban allí.
—Dios mío, no lo olvidaré nunca —dijo Fi temblando.
—Anda que ¡vaya lo que les dijiste! —le dijo entonces Robyn a Lee entre risas.
—¿Qué?
—Les dijo que se fueran a la mierda.
—¿Quéééé?
—Fue por la impresión —se justificó Lee—. Lo dije antes de darme cuenta de que lo había dicho. Se me escapó, ya está.
—No creo que lo oyeran —dijo Homer.
—Sí lo oyeron —dijo Kevin—, pero no lo entendieron. Fue uno más del montón de gritos y alboroto que montamos.
—Sí, ¿y a qué venían todos esos gritos y alboroto? —pregunté—. ¿Por qué dispararon?
—Por ansias —dijo Kevin, pero los otros no se rieron, así que yo tampoco me reí.
—Iban detrás de las dos chicas —dijo Homer.
—Y las dos chicas no se movían —explicó Lee.
—El disparo fue para que yo me diera un poco de prisa —dijo Robyn.
Entonces empecé a comprender lo que había pasado y pensé en la buena suerte de haber llegado cuando lo hice.
Avanzamos otro poco. El único signo de vida era una furgoneta
de color crema con aspecto de haber pertenecido en algún momento a un electricista o a un fontanero. Estaba aparcada en un bar de carretera y tenía las luces de posición encendidas, pero como estaba bastante lejos de la calzada, no la vimos hasta que casi habíamos llegado a su altura. El mal tiempo tampoco nos ayudó mucho.
No podíamos hacer nada más que acelerar y seguir nuestro camino. Recorrimos los siguientes cuatro kilómetros tan rápido como me atrevía a ir, mientras Kevin miraba temeroso por las ventanillas traseras para controlar si alguien nos perseguía. Entonces nos introdujimos en un camino secundario y nos quedamos ahí parados diez minutos. Pero no había ni rastro de otros coches y no podíamos permitirnos perder mucho más tiempo si queríamos llegar al Istmo antes del amanecer. Encendí el motor y seguimos dirección a Ferris.
—Seguro que era un coche patrulla y estaban todos echando una cabezadita dentro —sugirió Homer—. Con este tiempo de perros no creo que tengan muchas ganas de estar pululando arriba y abajo por la carretera.
Aunque pareciera extraño, todos coincidimos en que esa era la explicación más plausible. Por lo menos, eso era lo que pensaba yo. Y por eso nos pilló tan desprevenidos cuando nos atraparon.
22
HABÍAN elegido bien el sitio. Era una zona estrecha de la carretera que cruzaba el viejo puente de Huntleigh. Había varias curvas y luego la carretera hacía un giro brusco para cruzar el puente. Al otro lado del puente reseguía la pendiente y, con una curva amplia y larga, llegaba hasta el desvío hacia Stratton. Eran casi las cuatro de la madrugada cuando cambié de marcha para trazar lentamente la curva con el Jackaroo e incorporarme al puente. Todos dormían, pues de lo contrario habría pedido a un voluntario que bajara del vehículo para comprobar que estaba despejado. Por el rabillo del ojo vi una señal que decía: PROHIBIDO CRUZAR EL PUENTE. Era un rombo amarillo pálido. Entonces empezamos a dar botes sobre la superficie de tablones viejos. Era como conducir sobre las vías del tren.
Lo crucé y empecé a acelerar de nuevo para tomar la curva ancha. Pensé que eran imaginaciones mías cuando vi un enorme obstáculo gris en medio de la carretera. Una gigantesca roca gris de contorno difuso. Como una tonta, mientras frenaba me pregunté si habría habido un desprendimiento. Mis amigos empezaron a despertarse. Entonces Homer gritó algo, no sé qué, en mi oído, a tal volumen que el miedo me paralizó. Pero vi qué era lo que había en medio de la carretera: un imponente tanque sucio que nos apuntaba con un enorme cañón gris.
El siguiente pensamiento racional que tuve fue que tal vez estuvieran dormidos, como las personas de la furgoneta que habíamos visto un rato antes. Todavía creía que teníamos probabilidades de escapar. Seguí frenando y puse la marcha atrás, sin mirar siquiera por el espejo retrovisor, porque pensé que no hacía falta. Pero lo que vi por el espejo parabrisas bastó para darme cuenta de que estábamos en un buen embrollo. Una fila de soldados apareció de pronto a cada lado del tanque. En total eran unos ocho. Cada uno de ellos llevaba un arma con la que creo que podía dispararse un proyectil o un misil. El
cartucho de esas armas debía de tener un metro de largo y era tan grueso como una tubería de desagüe. Debían de pesar tanto que no sé cómo los soldados podían sujetarlas. Entonces Homer volvió a chillarme al oído y esta vez lo entendí perfectamente. Dijo: —¡Para, para, los tenemos detrás! —Y luego añadió en voz baja—: Mal asunto.
Cuando mire por el retrovisor por primera vez, vi a qué se refería. Nos tenían acorralados. Había un estruendoso y gigantesco camión del ejército, un auténtico camión verde de camuflaje del ejército, pegado a nuestro guardabarros trasero. Y un instante después, antes de que tuviera tiempo de asimilar lo que veía, un soldado se asomó por mi ventanilla y me encañonó con un rifle en la mejilla derecha. El soldado respiraba con dificultad, tenía la cara brillante de sudor y los ojos muy abiertos, como si fuera drogado. Supongo que simplemente estaba eufórico por haber participado en una emboscada, pero me daba miedo lo inestable que parecía. Poco a poco, y con sumo cuidado, levanté los brazos. Moví la cabeza apenas un centímetro a la izquierda y vi a Robyn y Fi. Todavía se estaban desperezando y se esforzaban por comprender qué ocurría. Así de rápido ocurrió todo. Las dos tenían el pelo revuelto y Fi abrió la boca mientras paseaba la mirada a su alrededor y se daba cuenta de que nuestra buena suerte había terminado de una forma repentina y nefasta.
También ella levantó los brazos y, acto seguido, Robyn hizo lo mismo. Por el espejo retrovisor no veía gran cosa del asiento trasero, pero supongo que la escena se repitió allí.
El soldado que había a mi lado abrió la portezuela y yo salí despacio. Apagó el motor y sacó las llaves del contacto y luego, haciendo un gesto con la cabeza, me señalo la cuneta. Fui a reunirme allí junto a los tres chicos, que ya esperaban de pie. Robyn y Fi, escoltadas por el soldado, se unieron a nosotros un momento después. Le dije a Homer: «Menudas vacaciones vamos a tener...» pero no llegué a formular la frase: el soldado que tenía más cerca me propinó un puñetazo en la mejilla.
Era un hombre alto y pegaba fuerte. Me sentí como si hubiera chocado contra una pared. Al instante se me quedó insensible esa parte
de la cara y dejé de oír por ese oído. Todo empezó a palpitarme: el ojo, la mejilla, el oído, como si se me hubiera quedado dormido. Las lágrimas se agolparon en mis ojos, no eran lágrimas causadas por el dolor y el sobresalto, sino lagrimas reflejadas de los conductos lacrimales. Confiaba en que el soldado no pensara que era una cría blandengue que lloraba porque le habían dado un puñetazo. No quería darle esa satisfacción. Tampoco quería que mis amigos pensaran que era tan débil.
Mientras estábamos plantados en la cuneta, tomé plena conciencia de que era probable que nos dispararan. Fue por la forma en que nos tenían alineados. Me provocaba escalofríos lo mucho que se parecía a las escenas de las películas en las que salen pelotones de fusilamiento. No sé si los demás también lo pensaron, pero desde luego, yo sí. Nadie volvió a decir ni una palabra. Nos quedamos allí quietos con la cabeza gacha, lidiando cada uno con sus miedos. Entonces, de repente, Kevin se tiró un pedo y, aunque parezca increíble, nos entró la risa floja. Fue un pedo tan sonoro y largo, además de tan inesperado y fuera de lugar, que no pudimos contener la risa.
Pensé que entonces sí que iban a cruzarnos la cara con la culata. Me quedé ahí quieta, casi esperando que me pegaran, pero me di cuenta de que un par de soldados también intentaban aguantarse la risa. Supongo que algunas cosas son universales. Sin embargo, uno de los oficiales, de entre el grupo de mando que hablaban en corro al otro lado de la carretera, gritó algo y los soldados volvieron a recuperar la compostura. Para entonces ya habíamos soltado las primeras risitas y cuando vimos que los soldados se ponían serios, nos controlamos. Todavía me acuerdo de ese momento. Consiguió que la situación fuera un poquito más fácil de soportar.
No había ningún pelotón de fusilamiento. Al cabo de diez minutos nos obligaron a dirigirnos a la parte posterior del enorme camión del ejército. Nos quedamos allí unos cuantos minutos más, observando cómo se alejaba el tanque con sus ruedas de cadenas, y luego un soldado empujó a Homer para que se montara en el camión.
Cuando Homer se subió al escalón metálico, el hombre le golpeó con fuerza en la coronilla, de modo que estuvo a punto de caerse hacia adelante. Kevin fue el siguiente, y también recibió un buen golpe, después siguió Robyn. Parecía que era parte de la rutina. Pero me dolió cuando vi que pegaba a Fin. En toda mi vida nunca había visto a nadie pegar a Fi. Era como hacer daño a una hermosa ave acuática. Miré cómo el puño impactaba contra ella. Bajó aún más la cabeza, a la que siguieron sus hombros, aunque, por supuesto, no podía verle la cara. Cuando me tocó el turno y entré, recibiendo el mismo trato, Fi ya estaba sentada de espaldas, con la cara vuelta hacia la cabina del camión.
Estaba oscuro y olía a lona y algo más, a creosota, tal vez. Un par de soldados entraron detrás de nosotros y dedicaron unos minutos a atarnos las muñecas a unas barras metálicas que reseguían los laterales del camión. Después se sentaron al fondo para vigilarnos. Así era muy difícil moverse, incluso hablar. Lo único que podía hacer era pensar.
Robyn intentó hablar con los soldados, pero no consiguió gran cosa. Le dijo a uno: —¿Sabíais que estábamos en esta carretera? —pero el soldado se limitó a volver la cara. No sé si entendía nuestro idioma.
Intentó hablar con el otro, pero este le contestó:
—Cállate. No hables.
Eso no daba mucho pie a entablar una conversación. Robyn, que estaba enfrente de mí, me miró y me hizo una mueca. Yo le contesté con una sonrisa, con la esperanza de tener aspecto de una heroína, pero tan muerta de miedo por dentro que me costaba mover los músculos de la cara.
—¿Te duele la cara? —me preguntó Robyn.
El soldado que le había dicho que se callara se inclinó hacia delante, en dirección a Robyn.
—¡Tú! ¡Calla! —Gritó—. Chica mala. —Y entonces añadió dirigiéndose a todos nosotros—. Gente mala. Matáis a mis amigos. Vais a morir, ahora muertos.
Y volvió a apoyar la espalda en la lona, temblando.
Entonces tuve la seguridad de que iban a dispararnos. Al mismo
tiempo, también me dio un poco de pena el hombre. En realidad nunca había pensado que esos soldados pudieran tener amigos, fueran amigos unos de otros. Para ellos debía de ser tan horrible ver que mataban a sus amigos como para nosotros. Hace mucho tiempo que no pensaba en temas como el bien y el mal. Nos habíamos acostumbrado a hacer las cosas que hacíamos, a atacar, destruir y matar, sin pensar si las dos partes tenían derecho a defender lo suyo. Claro que los primeros días de la invasión lo habíamos pensado; recuerdo que incluso escribí sobre eso. En nuestro país teníamos en abundancia: mucha comida, mucho espacio, mucha diversión. Pero no nos gustaba compartirlo con nadie, ni siquiera con los refugiados. Cuanto más duraba la guerra, más nos acostumbrábamos los seis a pensar que los soldados eran los malos y nosotros éramos los buenos. Así de sencillo. Así de absurdo.
No obstante, ahora volví a pensar en todo eso. Y sin preocuparme de lo que pudiera pensar el soldado, o de lo que pudieran pensar los demás, le dije: —Lo siento por tus amigos.
Me miró como si fuera a pegarme. Levantó las cejas y su boca formó una O. Parecía apullado, enfadado, y luego, por un instante, me miró como si yo volviera a ser una persona de carne y hueso. Durante ese breve lapso de tiempo vi que él no era un asesino mecánico, sino alguien tan joven, confundido y presionado como nosotros. Sus ojos y los míos se encontraron, casi como los de dos amigos.
El momento no duró mucho. Su rostro recuperó la expresión amarga y agresiva que tenía antes. Pero me alegré de haberlo dicho.
Un oficial entró en la cabina del camión y se colocó en el asiento del copiloto, y una mujer soldado se sentó al volante. Encendió el motor y nos pusimos en marcha. Veía las luces traseras de otro vehículo por el parabrisas y, detrás de nosotros, las luces de estacionamiento del Jackaroo. Tenía otro vehículo detrás. Empecé a asimilar lo difícil que sería escapar. Aun con todo, estaba decidida a no dirigirme de forma pasiva hacia mi muerte. Prefería que me dispararan mientras intentaba huir a colocarme delante de un muro para que me cosieran a balazos.
El trayecto duro más de una hora. Pasé el tiempo temblando de frío y elucubrando sobre lo que podía pasarnos mientras, de vez en cuando, miraba a la cara a mis amigos para ver cómo se encontraban. Todos estábamos pálidos, exhaustos, derrotados y asustados. ¿Cómo habían podido imaginar siquiera que éramos peligrosos? ¿Cómo habían podido enviar todos esos camiones y el tanque solo para atraparnos a nosotros? Sin embargo, sabía muy bien que le habíamos hecho más daño a esa gente que cualquier otra persona de todo el distrito, quizá de todo el estado. Éramos enemigos públicos, de eso no cabía duda. Puede incluso que fuésemos el enemigo público número uno.
Gracias a la pálida luz de los faros del camión vi una señal de carretera verde y blanca: STRATTON 14.
Así que ahí era donde nos dirigíamos. O eso parecía. En cierto modo era una buena noticia; me dio algo en que pensar además de en la muerte. Cuando nos acercamos alargué el cuello para ver por el parabrisas qué aspecto tenía Stratton. Hacía muchísimo tiempo que no estaba en una ciudad. Pasamos por un bar de carretera desierto que parecía que hubieran hecho añicos, como si un gigante lo hubiera atacado con un mazo descomunal. Luego llegamos a las afueras. La estampa era chocante. En Wirrawee habíamos visto daños, pero nada comparable a esto. Se notaba que habían retirado ya unos cascotes, pero harían falta años y un pastón para limpiarlo todo. En algunas manzanas los edificios estaban prácticamente intactos, pero en muchas otras estaban todos desplomados. Las carreteras estaban despejadas, pero era lo único limpio. Parecía una escombrera: ladrillos y tablas y piedras, y planchas de acero galvanizado que se desprendían y se sacudían con el viento, como frías hojas de metal.
Mi abuela vivía en Stratton, pero muy lejos de donde estábamos ahora, en una casa grande y vieja en lo alto de la colina. Al pensar en ella me rodó una lágrima por la mejilla, una lágrima de verdad. Me la limpié enfadada. No quería demostrar que tenía miedo. Quería quedarme todo el miedo para mí: una tormenta en mi interior pero un desierto en mi cara. Esa era la única forma de ser fuerte y no
desmoronarme.
Fuimos directos al centro. Estaba todavía más destrozado que los barrios de las afueras. No sé si el daño lo habían provocado los enemigos durante la invasión o los posteriores ataques aéreos de Nueva Zelanda. El caso es que habían tirado bombas grandes, no cabía duda. El centro comercial Tozer, que tenía tres plantas y cubría buena parte de una manzana, ahora parecía haberse convertido en un aparcamiento. La pared posterior del edificio de la compañía eléctrica seguía en pie, pero no quedaba nada más de lo que había sido la construcción más grande de Stratton.
La estampa más triste era la de la catedral del Sagrado Corazón. Era una preciosa iglesia antigua de piedra, tranquila y apacible, con resplandecientes vidrieras de colores. No me habría gustado estar cuando la bombardearon. Esos enormes bloques de piedra habían salido catapultados como piezas de Lego. Uno había caído a cien metros de allí y había aplastado la valla metálica que delimitada el Jardín Botánico Mackenzie.
Aceleramos para subir la colina y después giramos bruscamente hacia la derecha al llegar a la cima. De pronto me di cuenta adónde íbamos. El lugar más lógico: la cárcel. Estuve a punto de sonreír. Había pasado muchas veces por delante de sus lúgubres muros grises cuando iba a visitar a mi abuela, pero supongo que nadie habría imaginado que yo fuera a terminar allí dentro antes siquiera de acabar el instituto. Qué desgracia. No se nos olvidaría nunca.
Entonces el miedo volvió a apoderarse de mí. Tenía la esperanza de que nos llevaran a un campamento, como el del recinto ferial de Wirrawee, y ya había soñado que nos escaparíamos de allí con un halo de gloria. Pero la Cárcel de Stratton era otra cosa. Era una institución de máxima seguridad diseñada para los delincuentes más peligrosos. Sería imposible escaparnos de allí.
Nuestro convoy se detuvo ante las enormes puertas metálicas de la cárcel. Se oyeron gritos y portazos de coches. Los soldados de nuestro camión fueron los únicos que no se movieron, se limitaron a observar desde los asientos. Llegó un oficial que habló con nuestro
conductor por la ventanilla del camión. El conductor puso en marcha el vehículo y empezamos a avanzar. Atravesamos las puertas metálicas, que se abrieron lentamente de forma automática y luego se cerraron detrás de nosotros con el mismo sigilo. Estábamos en un almacén de cemento oscuro, como un aparcamiento grande, pero completamente vacío. Apenas tuvimos que esperar un segundo antes de que se abriera una puerta que había en el otro extremo y entonces nos pusimos en marcha de nuevo. Miré a los demás. Todos estaban sentados con la espalda hacia delante, igual que yo, tan estirados como nos permitían las esposas, y miraban por el parabrisas, preguntándose qué atrocidades nos serían reveladas.
Lo que vimos una amplia extensión de edificios y retazos de césped. Una verja alta encerraba todo el complejo, pero dentro era como una aldea; una aldea de cemento, alambrada y acero. Había pasillos cubiertos de alambre de espino que conectaban unos edificios con otros. Parecían pajareras gigantes, enormes jaulas por las que podían trasladar a los prisioneros sin que respiraran nunca el aire fresco.
En los pocos espacios al aire libre había una piscina y dos pistas de tenis, pero me dio la impresión de que no tendríamos muchas oportunidades de disfrutarlas.
El camión recorrió unos metros tan despacio que podríamos haberlo adelantado a pie, hasta que se detuvo en la gran plaza de asfalto que había cerca de un edificio llamado «Administración». Me pregunté con quién compartíamos la Cárcel de Stratton: prisioneros de guerra o criminales «normales» de antes de la invasión (los asesinos, violadores o atracadores de bancos).
Permanecimos sentados en la parte posterior del camión y esperamos. Me fijé en que había mucho movimiento a nuestro alrededor y cuando miré hacia atrás me di cuenta de lo que pasaba. No paraban de salir soldados de los distintos edificios. Conté por lo menos quince o veinte. Pero no eran soldados agresivos con rifles que fueran a torturarnos o dispararnos. Tardé un rato en averiguar de qué humor estaban. Pero al final di con la respuesta. Eran turistas. Eran
espectadores. Por fin comprendí algo de lo que ya había apuntado la conversación con el teniente coronel Finley: éramos famosos. Esto era como al detención del bandolero Ned Kelly. No lo digo porque esta gente supiera quién era Ned Kelly, sino porque nuestro arresto era de la misma magnitud.
Nos quedamos allí sentados, apabullados, mientras los soldados se arracimaban en la parte posterior del camión, nos miraban e intercambiaban comentarios. Sus voces me asombraron. Hablaban muy bajo, como si estuvieran en la iglesia. Nos señalaban y decían cosas, mientras los que estaban al fondo de la muchedumbre se abrían paso para vernos. Todos se sacudían y daban codazos para intentar obtener el sitio con mejor visibilidad.
Solo esperaba que no recibiéramos el mismo castigo que la banda de Kelly, pues acabaron ahorcados. Maldije el Jackaroo. Si no nos hubieran pillado dentro habríamos podido fingir que se equivocaban, les habríamos dicho que éramos simples adolescentes que estaban escondidos en el monte desde la invasión. Pero ahora no teníamos esperanza alguna, sobre todo porque no íbamos a tener oportunidad de inventar juntos una historia verosímil que repitiéramos todos a modo de coartada.
Al cabo de veinte minutos de estar ahí sentados temblando, mientras nos observaban como a especímenes en un zoo, apareció un oficial de rango superior. Lucía más joyas que el escaparate de una joyería. La multitud formó un pasillo y ese hombre, un tío bajito con el pelo moreno y grasiento, avanzó, nos miró y soltó una retahíla de órdenes. Nuestros guardianes se pusieron de pie de un salto y empezaron a blandir los rifles y a gritar. Creo que intentaban impresionar al oficial. A ninguno de nosotros le quedaban fuerzas para oponer resistencia.
Una vez que nos desataron, bajamos a trancas y barrancas del camión, uno por uno, y nos quedamos formando un corrillo en la explanada de asfalto. Nos apuntaron con rifles para que nos pusiéramos en fila india y nos hicieron caminar a su paso hasta uno de los pasillos cubiertos de alambrada. Un guardia con un manojo de
llaves abrió la puerta y allí nos metieron, dejando atrás a los turistas.
Cuando se cerró la puerta a nuestra espalda, nos condujeron por el pasillo. Yo miraba a todas partes con la intención de extraer la mayor información posible del entorno, pero no había mucho que ver. Cada pocos metros pasábamos por delante de alguna estancia, pero costaba adivinar para qué las empleaban. Era evidente que algunas, las que tenían barrotes de hierro en un ventanuco de la puerta, eran celdas, pero muchas otras parecían simples despachos y alacenas. Una parecía un comedor para los guardianes; otra era una sala de controles, con monitores de vídeo y teléfonos y personas sentadas en escritorios que miraban pantallas con infinidad de luces parpadeantes verdes y rojas. Pasamos por otra puerta, tras esperar a que la abrieran antes nosotros, y después la cerraron con llave. Luego giramos a la izquierda y anduvimos hasta un edificio bajo de color beige que estaba sellado por otra puerta más.
Después de atravesar esa puerta nos encontramos en nuestro nuevo hogar. Era el Ala E, la sección de máxima seguridad dentro de la cárcel de máxima seguridad. En tiempos de paz era donde encerraban a los asesinos en serie. Bueno, a lo mejor era en lo que nos habíamos convertido. Tanto si lo merecíamos como si no, nuestras vidas habían dejado de estar en nuestras manos. Quienes decidirían si teníamos que vivir o morir serían otras personas.
23
EN ese momento me separaron de mis amigos y me obligaron a entrar en una habitación pequeña con paredes de cemento. Por lo que pude ver de las otras celdas, diría que eran idénticas. La mía tenía cinco pasos de largo por cuatro de ancho, y estaba casi vacía. Tenía una cama, que bajaba hasta el suelo con una base sólida, para que el preso no pudiera esconder nada debajo, supongo. Había un inodoro y un lavabo; ambos funcionaban, como no tardé en descubrir, para mi alivio. El lavabo solo tenía agua fría (y estaba helada) pero agradecí poder contar por lo menos con eso. Una mesa y una silla eran los otros dos únicos elementos de la celda, y estaban clavados al suelo con grandes tuercas de acero. Todos los muebles eran de un blanco resplandeciente, pero las paredes eran de un color rosa pálido. La cama estaba bien hecha, como si me hubiera estado esperando. La toqué. Las sábanas eran de franela y tenían rayas, y la colcha era una cosa barata de algodón blanco con un calado en forma de zigzag.
Tuve un pensamiento muy trivial: al menos podría volver a dormir en una cama de verdad. No me acordaba de cuánto hacía ya desde la última vez que había dormido encima de un colchón.
Por desgracia, no había nada más en la celda. Era la estancia más fría, austera, vacía y aburrida en la que había estado jamás. Ni siquiera había un interruptor de la luz. Seguro que controlaban la iluminación desde fuera. Había dos bombillas, ambas colocadas en el techo, ambas cubiertas por un grueso cristal que supuse era irrompible. Cuando me metieron en la celda las luces estaban encendidas y la blancura de la habitación era casi insoportable. Más tarde descubrí que cuando apagaban las luces, su negrura también era casi insoportable.
Mis ojos se pasearon por la celda intentando encontrar algo que mirar, para romper la monotonía. En un rincón del techo, casi imperceptible con el destello de las luces, había una lente, como un grueso ojo de cristal. Supongo que detrás tenía una cámara y, al pensar
en que acababa de ir al lavabo, me sonrojé por la vergüenza.
Con un estruendo increíble de cerrojos y el traqueteo de unas piezas metálicas, se abrió la puerta y entraron tres guardias. Las tres eran mujeres, una llevaba uniforme de oficial y las otras dos iban ataviadas de soldado. La oficial llevaba una pistola en la cintura en una funda de piel muy brillante, y sus subordinadas empuñaban sendas pistolas, con las que me apuntaban. Seguía sin creerme con cuánto respeto (bueno, con cuánto miedo) nos trataban.
Aunque parecía que ninguna de las tres hablaba inglés, dejaron claro qué querían. Tuve que desnudarme para que registraran mis prendas, vaciaron los bolsillos y después comprobaron con sumo cuidado las costuras y los forros. Fueron muy metódicas. Cuando terminaron, se dirigieron a mí. Fue muy bochornoso y me dolió, pero lo aguanté. No me quedaba otro remedio. Luego dejaron que volviera a vestirme. Pensé que era el momento de tentar a la suerte, así que hice un gesto para indicar que quería comer, pero no reaccionaron de ninguna manera. Una vez que estuve vestida, se marcharon y se llevaron todo lo que tenía en los bolsillos. Qué tonta, entonces caí en la cuenta de que lo había perdido todo, incluido el osito de peluche, Alvin, que Lee me había rescatado del caos de campamento de los Héroes de Harvey. Alvin había sobrevivido a aquello, pero no parecía que fuese a sobrevivir a esto.
Me tumbé en la cama dura. Me resultaba extraño volver a tener una cama debajo de mi cuerpo. Se me pasó por la cabeza si alguien habría grabado algún vídeo de ejercicios de aeróbic para hacer en una celda y, de ser así, dónde podría conseguirlo. A lo mejor podía grabar yo uno y hacerme de oro vendiéndolo a los asesinos en serie de todo el mundo.
Lo siguiente que recuerdo fue que me desperté. ¿Me había dormido? ¿Cómo era posible? ¿Y si iban a ejecutarnos y yo había malgastado mis últimas horas de vida durmiendo? Madre mía, qué acto tan estúpido y trágico.
Sin embargo, lo que me había despertado habían sido de nuevo los ruidos de la puerta de la celda. Las luces seguían encendidas y me
hacían daño a la vista. Pero entró un olor que hizo que me sentar en la cama muy emocionada. Adiviné que iban a darme de comer. No podía creer la suerte que tenía. Una de las mujeres soldado entró con una bandeja, mientras que las otras dos se quedaron en la puerta cubriéndole las espaldas con sus armas. Dejó la bandeja en la mesa y volvió a salir sin mirarme siquiera. Apenas me fijé en cómo era. Todavía estaba adormilada, pero me abalancé sobre el escritorio y me senté en la silla blanca. El metal frío me despertó de golpe. Eché un vistazo a los platos y la taza. Había un cuenco de arroz hervido y un plato con tres trozos pequeños de pescado al vapor. En otro platito había dos rebanadas de pan blanco seco. El único contraste cromático procedía de la taza, que contenía un café solo muy aguado. No era una comida muy apetitosa, ni demasiado abundante, pero era mejor que nada, y la agradecí de todo corazón. Me tomé mi tiempo en comer y mastiqué cada bocado decenas de veces antes de tragar para que durase más; entre bocado y bocado daba sorbos de café. Por desgracia, el café solo estaba templado, igual que el arroz y el pescado, así que no estaba muy rico. Habíamos tomado cosas mejores en el monte, por muy improvisadas o artificiales que hubieran sido a veces nuestras comidas.
Aun con todo, el hecho de que se hubieran tomado la molestia de darme de comer me dio ánimos, porque implicaba que no pensaban matarme de forma inminente. Me lo comí todo y luego —juro que es cierto— miré con cara de culpabilidad a la cámara y lamí el plato. Sí, a Ellie la Valiente le daba vergüenza que vieran que tenía malos modales en la mesa. Creo que fue entonces cuando supe con certeza que no había nacido para terrorista.
Después de comer no tenía absolutamente nada más que hacer. Di unos golpecitos en la pared, pero no obtuve respuesta. Cada media hora aproximadamente aparecía una cara en el ventanuco de vigilancia de la puerta y me miraba. Yo no sabía qué hacer entonces. La cámara empeoraba aún más las cosas, pues no sabía si había alguien vigilando todos mis movimientos. Llegó un punto, creo que a media mañana, aunque no tenía manera de saber la hora, en que me descubrí
deseando de verdad que ocurriera algo. Entonces caí en la cuenta de que si ocurría algo lo más probable era que fuese malo, así que empecé a desear que no ocurriera nada. Volví a tumbarme en la cama y me puse a mirar el techo.
Una de las cosas más horribles era el silencio de la celda. Seguro que estaba insonorizada. De vez en cuando oía un portazo, pero ese era el único sonido que penetraba en ella. Murmuré en voz baja, luego empecé a canturrear, para hacer un poco de ruido, nada más. Me pregunté cuánto tiempo tendría que pasar en la celda y cuánto tardaría en volverme loca. Soy una persona que ama las montañas y el campo abierto y el gran cielo despejado, así soy yo, y sabía que si pasaba mucho tiempo alejada de ese entorno, me moriría; no sabía de qué, pero sabía que moriría.
A la hora del almuerzo retiraron la bandeja del desayuno y la sustituyeron por una bandeja con la comida. El menú era bastante parecido: arroz y pan seco, pero en lugar de pescado habían añadido media taza de carne al curry y una manzana pequeña con unos agujeros negros muy feos.
«Por Dios —pensé—, ¿cuánto voy a aguantar así?». Notaba una terrible depresión funesta que se iba colando lentamente dentro de mí, no como las depresiones que había tenido antes, sino más bien como algo físico, como si una horrorosa niebla negra se estuviera apoderando de mi paisaje y no tuviera la intención de marcharse. Era una sensación inquietante e incómoda. Me comí el almuerzo tan despacio como había tomado el desayuno mientras pensaba en mi situación. Decidí que tenía que organizarme. Si empezaba a hundirme en una depresión al cabo de unas pocas horas, ¿qué sería de mí al cabo de una semana o un mes o un año? La gente repetía siempre lo fuerte que era, y ahora tenía que demostrarlo. Supe que, más que en ninguna otra situación de mi vida, ahora me encontraba sola ante el mundo. Mi supervivencia dependía de mí. No tenía nada y a nadie. Lo que sí tenía, me dije, era mi mente, mi imaginación, mi memoria, mis sentimientos, mi espíritu. Eran cosas muy importantes y poderosas. Recordé el poema que Robyn tenía en su dormitorio de Wirrawee, el
que hablaba de una persona que decía que cuando volvía la vista atrás para contemplar la playa, veía dos pares de huellas, las de Dios y las suyas, salvo en los momentos más duros: entonces veía solo un par de huellas. 

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