martes, 25 de marzo de 2014

SHATTER ME, parte 1

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.
ROBERT FROST, "El Camino No Elegido 

Capítulo 1
He estado encerrada por 264 días.
No tengo nada, además de un pequeño cuaderno y un bolígrafo roto y los números en mi cabeza que me hacen compañía. 1 ventana. 4 paredes. 14 metros cuadrados de espacio. 26 letras de un alfabeto que no he nombrado en 264 días de aislamiento.
6,336 horas desde que he tocado a otro ser humano.
—Vas a tener un compañero de celda compañero de cuarto —me dijeron.
—Esperamos que te pudras hasta que mueras en este lugar Por buena conducta —me dijeron.
—Otro psicópata como tú No más aislamiento —me dijeron.
Ellos son los subalternos de el Restablecimiento. La iniciativa que debía ayudar a nuestra sociedad en vías de extinción. La misma gente que me sacó de la casa de mis padres y me encerró en un manicomio por algo fuera de mi control. A nadie le importa que no supiera de lo que era capaz. Que no supiera lo que estaba haciendo.
No tengo idea de dónde estoy.
Sólo sé que fui trasladada por alguien en una furgoneta blanca que condujo 6 horas y 37 minutos para traerme aquí. Sé que fui esposada a mi asiento. Sé que fui amarrada a mi asiento. Sé que mis padres nunca se molestaron en despedirse. Sé que no lloré cuando fui llevada.
Sé que el cielo cae todos los días.
El sol se deja caer en el océano y esparce marrones y rojos y amarillos y naranjas en el mundo del exterior de mi ventana. Un millón de hojas de cientos de ramas diferentes se zambullen en el viento, revoloteando con la falsa promesa de volar. La ráfaga atrapa sus atrofiadas alas sólo para forzarlas hacia abajo, olvidadas, abandonadas para ser pisoteadas por los soldados ubicados justo debajo.
No hay tantos árboles como los había antes, es lo que los científicos dicen. Dicen que nuestro mundo solía ser verde. Nuestras nubes solían ser blancas. Nuestro sol siempre tenía la clase correcta de luz. Pero tengo muy débiles recuerdos de ese mundo. No recuerdo mucho de antes. La única existencia que conozco es la única a la que fui determinada. Un eco de lo que yo solía ser.
Presiono la palma de mi mano contra el pequeño panel de vidrio y siento al frío apretar mi mano en un familiar abrazo. Ambos estamos solos, ambos existiendo como la ausencia de algo más.
Agarro mi cercano e inútil bolígrafo con la muy poca tinta que he aprendido a racionar todos los días y la observo. Cambio de opinión. Abandono el esfuerzo que toma escribir cosas. Tener un compañero de celda podría ser bueno. Hablar con un ser humano real podría facilitar las cosas. Practico usando mi voz, dándole forma a mis labios alrededor de las familiares palabras desconocidas para mi boca. Practico todo el día.
Me sorprende recordar cómo hablar.
Hago de mi pequeño cuaderno una bola que lanzo contra la pared. Me incorporo sobre los muelles cubiertos de ropa sobre los que me he forzado a dormir. Espero. Me mezo una y otra vez y espero.
Espero por demasiado tiempo y me duermo.
Mis ojos se abren a 2 ojos 2 labios 2 orejas 2 cejas.
Contengo mi grito y urgencia de correr para que pase el terror paralizante absorbiendo mis miembros.
—Tú eres un chi-chi-chi-chi...
—Y tú eres una chica. —Levanta una ceja. Se aleja de mi rostro. Sonríe abiertamente, pero verdaderamente no está sonriendo, y quiero llorar, mis ojos desesperados, aterrorizados, lanzándose hacia la puerta que he intentado abrir tantas veces que había perdido la cuenta. Me encerraron con un chico. Un chico.
Dios Santo.
Están intentando matarme.
Lo han hecho a propósito.
Para torturarme, atormentarme, evitar que nunca más duerma por la noche. Sus brazos están tatuados, desde sus antebrazos hasta sus codos. Su ceja sin un piercing que deben haber confiscado. Ojos azules oscuros, cabello marrón oscuro cortado hasta la línea de la mandíbula, una pronunciada constitución delgada. Hermoso Peligroso. Aterrorizante. Terrible.
Él se ríe, y caigo de mi cama y me escabullo hacia la esquina.
Evalúa la precaria almohada sobre la cama de más que ellos metieron en el espacio vacío esta mañana, el miserable colchón y la gastada manta apenas lo suficientemente grande como para soportar su mitad superior. Mira mi cama. Mira su cama.
Las junta con una mano. Usa su pie para empujar las dos estructuras de metal hacia su lado de la habitación. Se despliega sobre los dos colchones, agarrando mi almohada para ahuecar debajo su nuca. He comenzado a temblar.
Muerdo mi labio e intento enfrascarme en la oscura esquina.
Él ha robado mi cama, mi manta, mi almohada.
No tengo nada excepto el piso.
No tendré nada excepto el piso.
Nunca contraatacaré, porque estoy tan muerta de miedo, tan paralizada, tan paranoica.
—Entonces tú estás... ¿qué? ¿Loca? ¿Es por eso que estás aquí?
No estoy loca.
Él se eleva lo suficiente para ver mi cara. Se ríe de nuevo.
—No voy a herirte.
Quiero creerle No le creo.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta.
No es asunto tuyo. ¿Cuál es tu nombre?
Escucho su irritada exhalación. Lo escucho darse la vuelta sobre la cama que solía ser medio mía. Me quedo despierta toda la noche. Mis rodillas flexionadas hasta la altura de mi mentón, mis brazos envueltos con fuerza alrededor de mi pequeña constitución, mi largo cabello marrón, la única cortina entre nosotros.
No dormiré.
No puedo dormir.
No puedo escuchar esos gritos de nuevo. 

Capítulo 2
Huele como lluvia en la mañana.
La habitación está pesada con el aroma de piedra húmeda, tierra respingona; el aire es frío, húmedo y terroso. Tomo una profunda respiración y ando de puntillas hasta la ventana sólo para presionar mi nariz contra la fría superficie. Siento a mi aliento empañar el vidrio. Cierro mis ojos ante el sonido de un suave golpeteo precipitándose a través del viento. Gotas de lluvia son mi único recuerdo de que las nubes tienen un latido. Que yo tengo uno, también.
Siempre me pregunto acerca de las gotas de lluvia.
Me pregunto acerca de cómo están cayendo siempre, tropezando con sus propios pies, rompiendo sus piernas y olvidando sus paracaídas mientras caen justo fuera del cielo hacia un incierto final. Es como que alguien estuviese vaciando sus bolsillos sobre la tierra y no pareciera importarle dónde caen los contenidos; no parece importarle que las gotas de lluvia revienten cuando golpean el suelo, que se destruyan cuando caen al piso, que la gente maldiga los días en que las gotas se atreven a dar golpecitos en sus puertas.
Soy una gota de lluvia.
Mis padres vaciaron sus bolsillos de mí y me dejaron evaporar en un bloque de hormigón.
Las ventanas me dicen que no estamos lejos de las montañas y definitivamente cerca del agua, pero todo está cerca del agua por estos días. Sólo no sé en qué lado estamos. A qué dirección estamos orientados. Echo un vistazo a la luz de las primeras horas del día. Alguien levantó el sol y lo sujetó al cielo de nuevo, pero todos los días cuelga un poco más bajo que el día anterior. Es como un padre negligente que sólo conoce una mitad de lo que eres. Nunca ve que su ausencia cambia a la gente. Cuán diferente somos en la oscuridad.
Un repentino crujido quiere decir que mi compañero de celda está despierto.
Me doy vuelta como si hubiera sido sorprendida robando comida de nuevo. Eso sólo ocurrió una vez y mis padres no me creyeron cuando dije que no era para mí. 
 Dije que sólo estaba intentando salvar a los gatos extraviados que vivían a la vuelta de la esquina, pero no creyeron que fuera lo suficientemente humana como para preocuparme por un gato. No yo. No algo alguien como yo. Pero entonces, nunca creían nada de lo que decía. Ese es exactamente el por qué estoy aquí.
El “Compañero de celda” me está estudiando.
Se durmió completamente vestido. Está usando una remera azul marino y pantalones caqui de camuflaje metidos en botas negras que llegan hasta la espinilla.
Yo estoy usando algodón muerto en mis miembros y rubor de rosas en mi rostro.
Sus ojos escanean la silueta de mi estructura y el lento movimiento hace que mi corazón lata aceleradamente. Agarro los pétalos rosa mientras caen de mis mejillas, mientras flotan alrededor de la constitución de mi cuerpo, mientras me cubren en algo que se siente como la ausencia de coraje.
Deja de mirarme, es lo que quiero decir.
Deja de tocarme con tus ojos y mantén tus manos en tus costados y por favor y por favor y por favor...
—¿Cuál es tu nombre? —La inclinación de su cabeza agrieta la gravedad por la mitad.
Estoy suspendida en el momento. Pestañeo y envaso mi respiración.
Él se mueve y mis ojos se rompen en miles de pedazos que rebotan alrededor de la habitación, capturando un millón de instantáneas, un millón de momentos en el tiempo. Imágenes titilantes que se desvanecieron con el tiempo, pensamientos congelados flotando peligrosamente en un área de espacio muerto, un torbellino de recuerdos que cortan mi alma. Él me recuerda a alguien que solía conocer.
Una respiración jadeante y me sorprendo de volver a la realidad.
No más ensueños.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto a las grietas en la pared de cemento. 14 grietas en 4 paredes, miles de sombras de grises. El piso, el techo: todo el mismo bloque de piedra. Las estructuras de la cama patéticamente construidas: erigidas a partir de viejos caños de agua. El marco de una ventana: tan delgado como para romperse. Mi esperanza está exhausta. Mis ojos están poco focalizados, y doloridos. Mi dedo está trazando un lento camino sobre el frío piso.
Estoy sentada en el suelo que huele como hielo y metal y suciedad. El “Compañero de celda” se sienta frente a mí, sus piernas dobladas debajo de él, sus botas un poco demasiado lustrosas para este lugar.
—Tienes miedo de mí. —Su voz no tiene forma. 
 Mis dedos encuentran su camino hacia un puño.
—Me temo que estás equivocado.
Podría estar mintiendo, pero eso no es asunto suyo.
Él resopla y el sonido hace eco en el aire muerto entre nosotros. No levanto mi cabeza. No encuentro los ojos con los que él está perforando en mi dirección. Saboreo el viciado y desaprovechado oxígeno y suspiro. Mi garganta está apretada con algo que me es familiar, algo que he aprendido a tragar.
2 golpes en la puerta asustan a mis emociones devolviéndolas a su lugar.
Él está erguido en un instante.
—No hay nadie allí —le digo—. Sólo nuestro desayuno. —264 desayunos y yo aún no sé de qué está hecho. Huele a muchos químicos; una masa amorfa siempre entregada en extremo. A veces demasiado dulce, a veces demasiado salada, siempre repugnante. La mayoría de las veces estoy demasiado muerta de hambre como para notar la diferencia.
Lo escucho vacilar durante sólo un instante antes de dirigirse hacia la puerta. La abre un poco y se esfuerza por ver a través, hacia un mundo que ya no existe.
—¡Mierda! —Lanza la bandeja a través de la abertura, deteniéndose sólo para darse una palmadita en su remera—. Mierda, mierda. —Curva sus dedos en un puño apretado y aprieta la mandíbula. Se ha quemado la mano. Le hubiera advertido, si él hubiera escuchado.
—Deberías esperar al menos tres minutos antes de tocar la bandeja —le digo a la pared. No miro las cicatrices apenas visibles que adornan mis pequeñas manos, las marcas de quemaduras que nadie me pudo haber enseñado a evitar―. Creo que lo hicieron a propósito —agrego tranquilamente.
—Oh, ¿así que hoy me vas a hablar? —Está enojado. Sus ojos brillan antes de que aparte la mirada y me doy cuenta de que él está más avergonzado que cualquier otra cosa. Es un chico fuerte. Demasiado fuerte como para cometer estúpidos errores en frente de una chica. Demasiado fuerte como para mostrar dolor.
Aprieto mis labios y miro por el pequeño panel de vidrio a lo que ellos llaman una ventana. No hay muchos animales abandonados, pero he escuchado historias de pájaros que vuelan. Tal vez un día conseguiré ver uno. Las historias están intercaladas tan desordenadamente por estos días que hay muy poco para creer, pero he escuchado a más de una persona decir que han visto realmente a un pájaro volar en los últimos años. Así que miro la ventana.
Habrá un pájaro hoy. Será blanco con reflejos de oro como una corona encima de su cabeza. Volará. Habrá un pájaro hoy. Será blanco con reflejos de oro como una corona encima de su cabeza. Volará. Habrá un… 
 Una mano.
Sobre mí.
2 puntas de 2 dedos rozan mi hombro cubierto de ropa durante menos de un segundo y cada músculo, cada tendón en mi cuerpo está cargado de tensión y hecho nudos apretando mi espina dorsal. Me quedo muy quieta. No me muevo. No respiro. Tal vez si no me muevo, este sentimiento durará para siempre.
Nadie me ha tocado en 264 días.
Algunas veces pienso que la soledad en mi interior va a destruir mi piel y algunas veces no estoy segura de si llorar o gritar o reír por la histeria que nada solucionará en absoluto. A veces estoy tan desesperada por tocar para ser tocada y sentir que estoy casi segura de que me voy a caer de un acantilado hacia un universo alternativo donde nunca nadie será capaz de encontrarme.
No parece imposible.
He estado gritando durante años y nadie nunca me ha escuchado.
—¿Estás hambrienta? —Su voz ahora es baja, un poco preocupada.
He estado muerta de hambre durante 264 días.
—No. —La palabra es apenas una respiración cortada cuando escapa de mis labios y me volteo y no debería, pero lo hago y él está mirándome. Estudiándome. Sus labios están apenas separados, sus miembros flojos en sus costados, sus pestañas parpadeando con confusión nuevamente.
Algo me perfora el estómago.
Sus ojos. Algo en sus ojos.
No es él no es él no es él no es él no es él.
Cierro el mundo a la distancia. Lo encierro. Giro la llave con demasiada fuerza.
La oscuridad me entierra en sus pliegues.
—Hey...
Mis ojos se abren con fuerza. 2 ventanas rotas llenando mi boca de vidrio.
—¿Qué es eso? —Su voz es un intento fallido de monotonía, un intento ansioso de apatía.
Nada.
Me concentro en el panel transparente metido entre la libertad y yo. Quiero estrellar este mundo definido contra el olvido. Quiero ser más grande, mejor, más fuerte. 
 Quiero estar enojada enojada enojada.
Quiero ser el pájaro que vuela lejos.
—¿Qué estás escribiendo? —dice de nuevo el “Compañero de celda”.
Esas palabras son vómito.
Este bolígrafo de trazo poco firme es mi esófago.
Esta hoja de papel es mi bola de porcelana.
—¿Por qué no me vas a responder? —Él está tan cerca tan cerca tan cerca.
Nadie nunca estuvo lo suficientemente cerca.
Contengo mi aliento y espero a que se vaya como todo lo demás en mi vida. Mis ojos están centrados en la ventana y en la promesa de lo que podría ser. La promesa de algo más espléndido, algo más increíble, alguna razón para la locura construida en mis huesos, alguna explicación por mi incapacidad de hacer algo sin arruinar todo. Habrá un pájaro. Será blanco con reflejos de oro como una corona encima de su cabeza. Volará. Habrá un pájaro. Será...
—Hey...
—No puedes tocarme —susurro. Estoy mintiendo, es lo que no le digo. Él puede tocarme, es lo que nunca le diré.
Por favor tócame, es lo que quiero decirle.
Pero cosas ocurren cuando la gente me toca. Cosas raras. Cosas malas.
Cosas muertas.
No puedo recordar la calidez de ninguna especie de abrazo. Mis brazos duelen por el ineludible hielo del aislamiento. Mi propia madre no podía sostenerme en brazos. Mi padre no podía calentar mis manos congeladas. Vivo en un mundo de nada.
Hola.
Mundo.
Me olvidarás.
Toc toc.
El “Compañero de celda” salta sobre sus pies.
Es hora de ducharse. 

Capítulo 3
La puerta se abre a un abismo.
Sin color, sin luz, sin la promesa de algo, excepto el horror en el otro lado. Sin palabras. Sin dirección. Sólo una puerta abierta que significa siempre la misma cosa.
El “Compañero de celda” tiene preguntas.
—¿Qué demonios? —Me mira desde la ilusión de escapar—. ¿Nos están dejando salir?
Ellos nunca nos dejarán salir.
—Es hora de ducharse.
—¿Ducha? —Su voz pierde entonación, pero aún está ensartada de curiosidad.
—No tenemos mucho tiempo —le digo—. Tenemos que apurarnos.
—Espera, ¿qué? —Él agarra mi brazo, pero yo me aparto.
—Pero no hay luz... ni siquiera podemos ver a dónde vamos...
—Rápido. —Enfoco mis ojos en el piso—. Agarra el dobladillo de mi camisa.
—¿De qué estás hablando...?
Una alarma suena a la distancia. Unos murmullos zumbando más cerca de cada segundo. Pronto toda la celda está vibrando con la advertencia y la puerta se desliza de vuelta en su lugar. Agarro su camisa y lo empujo en la oscuridad hacia mi lado.
—No. Digas. Nada.
—Per...
—Nada —bufo. Tiro de su camisa y le ordeno que me siga mientras siento mi camino a través del laberinto de la institución mental. Es una casa, un centro para jóvenes con problemas, para chicos abandonados por familias destruidas, una casa segura para el perturbado psicológicamente. Es una prisión. Ellos nos alimentan con nada y nuestros ojos nunca se ven los unos a los otros, excepto en los raros estallidos de luz que se apropian de su camino a través de las grietas de vidrio que aparentan ser ventanas. Las noches perforadas por gritos y sollozos, gemidos y llantos de tormento, los sonidos de la carne y el hueso rompiéndose por la fuerza o por voluntad, nunca lo sabré. Pasé los primeros 3 meses en compañía de mi propio hedor. Nadie nunca me dijo dónde se encontraban los baños y las duchas. Nadie nunca me dijo cómo el sistema funcionaba. Nadie te habla a menos que vayan a dar malas noticias. Nadie nunca te toca en absoluto. Chicos y chicas nunca se encuentran los unos con los otros.
Nunca, excepto ayer.
No puede ser coincidencia.
Mis ojos comienzan a reajustarse en la capa artificial de la noche. Mis dedos sienten su camino a través de los corredores en mal estado, y el “Compañero de celda” no dice una palabra. Estoy casi orgullosa de él. Es casi 30 cm. más alto que yo, su cuerpo fuerte y sólido con el músculo y la fuerza de alguien cercano a mi edad. El mundo no lo ha destruido aún. Semejante libertad en ignorancia.
—¿Qué... ?
Tiro de su camisa un poco más fuerte para evitar que hable. No hemos aún pasado los corredores. Me siento curiosamente protectora con él, esta persona que posiblemente podría destrozarme con 2 dedos. Él no se da cuenta de cómo su ignorancia lo hace vulnerable. No se da cuenta de que ellos podrían matarlo sin ninguna razón en absoluto.
He decidido no estar asustada de él. He decidido que sus acciones son más inmaduras que genuinamente amenazantes. Él se ve tan familiar tan familiar tan familiar para mí. Una vez conocí a un chico con los mismos ojos azules y mis recuerdos no dejarán que lo odie.
Tal vez me gustaría un amigo.
2 metros más hasta la pared que va desde lo áspero a lo liso y entonces giramos a la derecha. 50 cm. de espacio vacío antes de que alcancemos una puerta de madera con una manija rota y un puñado de astillas. 3 latidos aseguran que estamos solos. 30 cm. hacia delante para avanzar hacia el interior de la puerta. 1 suave crujido y la ranura se ensancha para revelar nada, excepto lo que imagino por cómo se ve este espacio.
—Por aquí —susurro.
Tiro de él hacia la fila de duchas y hurgo el piso en busca de pedazos de jabón alojado en el desagüe. Encuentro 2 pedazos, uno igual de grande al otro.
—Abre tu mano —le digo a la oscuridad—. Es viscoso. Pero no lo dejes caer. No hay mucho jabón y tenemos suerte hoy.
Él no dice nada por unos segundos y yo me comienzo a preocupar. 
 —¿Estás aún allí? —me pregunto si esta era la trampa. Si este era el plan. Si tal vez fue enviado para matarme bajo la cubierta de la oscuridad en este pequeño espacio. Nunca en verdad supe lo que ellos iban a hacerme en el manicomio, nunca supe si pensaban que encerrarme sería lo suficientemente bueno, pero siempre pensé que podrían matarme. Siempre pareció como una opción viable.
No puedo decir que no lo merecería.
Pero estoy aquí dentro por algo que nunca quise hacer y a nadie parece importarle que fuera un accidente.
Mis padres nunca intentaron ayudarme.
No escucho a las duchas correr y mi corazón se detiene en su lugar. Esta habitación particular está raramente llena, pero usualmente hay otras, si sólo 1 o 2. He vuelto a darme cuenta de que los residentes del manicomio tampoco están legítimamente locos y no pueden encontrar su camino a las duchas, o simplemente no se preocupan.
Trago con fuerza.
—¿Cuál es tu nombre? —Su voz rasga el aire y mi flujo de conciencia en un movimiento. Puedo sentirlo respirar más cerca de lo que estaba antes. Mi corazón está latiendo aceleradamente y no sé por qué no puedo controlarlo—. ¿Por qué no me vas a decir tu nombre?
—¿Está abierta tu mano? —pregunto, mi boca seca, mi voz ronca.
Él se mueve hacia delante y yo estoy casi asustada de respirar. Sus dedos rozan la almidonada tela del único conjunto que alguna vez tendré y logro respirar. Siempre y cuando él no esté tocando mi piel. Siempre y cuando él no esté tocando mi piel. Este parece ser el secreto.
Mi fina camisa ha sido lavada en el agua despiadada de este edificio tantas veces que la siento como un saco de arpillera contra mi piel. Dejo caer el pedazo de jabón más grande en su mano y ando de puntillas hacia atrás.
—Voy a abrir la ducha para ti —explico, ansiosa por no levantar mi voz por miedo a que los otros me escuchen.
—¿Qué hago con mis ropas? —Su cuerpo aún está demasiado cerca del mío.
Pestañeo 1.000 veces en la oscuridad.
—Tienes que quitártelas.
Él ríe algo que suena como un suspiro divertido.
—No, lo sé. Quiero decir, ¿qué hago con ellas mientras me ducho?
—Intenta no mojarlas. 
 Él toma una respiración profunda.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Dos minutos.
—Jesús, ¿por qué no dijiste alg... ?
Abro su ducha al mismo tiempo que abro la mía y sus quejas se ahogan bajo los orificios rotos de los grifos que apenas funcionan.
Mis movimientos son mecánicos. He hecho esto tantas veces que ya he memorizado los métodos más eficaces de restregar, enjuagar, y racionar jabón tanto para mi cuerpo como para mi pelo. No hay toallas, así que el truco es no intentar mojar ninguna parte de tu cuerpo con demasiada agua. Si lo haces nunca te secarás bien y pasarás la próxima semana casi muriéndote de pulmonía. Lo sabía.
En exactamente 90 segundos he estrujado mi pelo y me estoy deslizando de vuelta a mi conjunto destrozado. Mis zapatillas de tenis son la única cosa mía que está aún en bastantes buenas condiciones. No hacemos muchas caminatas por aquí.
El “Compañero de celda” hace lo mismo casi de inmediato. Estoy agradecida de que aprenda rápido.
—Agarra el dobladillo de mi camisa —le indico—. Tenemos que apurarnos.
Sus dedos rozan la parte baja de mi espalda por un lento momento y tengo que morder mi labio para contener la intensidad. Casi me detengo en mi lugar. Nadie nunca pone sus manos en ningún lugar cerca de mi cuerpo.
Tengo que apurarme hacia delante de tal manera que sus dedos caigan nuevamente. Él tropieza para mantener el ritmo.
Cuando finalmente estamos atrapados en las 4 familiares paredes de claustrofobia, el “Compañero de celda” no deja de mirarme.
Me hago un ovillo en la esquina. Él aún tiene mi cama, mi manta, mi almohada. Olvido su ignorancia, pero tal vez es demasiado pronto para ser amigos. Tal vez fui demasiado rápida en ayudarlo. Tal vez en verdad está sólo aquí para hacerme miserable. Pero si no me caliento voy a enfermarme. Mi pelo está demasiado húmedo y la manta en la que usualmente me envuelvo está aún en su lado de la habitación. Tal vez estoy asustada de él.
Respiro con demasiada brusquedad, levanto la vista demasiado rápido en la apagada luz del día. El “Compañero de celda” ha dejado caer 2 mantas sobre mis hombros.
1 mía.
1 suya. 
 —Perdón por ser semejante imbécil —susurra a la pared. Él no me toca y estoy decepcionada feliz de que no lo haga. Desearía que lo hiciera. No debería. Nadie nunca debería tocarme.
—Soy Adam —dice lentamente. Se aleja de mí hasta que ha pasado sin impedimentos por la habitación. Él usa una mano para empujar la estructura de mi cama de vuelta a mi lado del espacio.
Adam.
Un nombre tan lindo. El “Compañero de celda” tiene un lindo nombre.
Es un nombre que siempre me ha gustado, pero no puedo recordar por qué.
No pierdo el tiempo en subir a los muelles apenas ocultos de mi colchón y estoy tan exhausta que apenas puedo sentir los rollos de metal amenazando con pinchar mi piel.
No he dormido en más de 24 horas. Adam es un lindo nombre, es la única cosa en la que puedo pensar antes de que el agotamiento paralice mi cuerpo.

Capítulo 4
No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy loca. No estoy El horror rasga mis párpados, abriéndolos.


Mi cuerpo está empapado de sudor frío, mi cerebro nadando en inolvidables olas de dolor. Mis ojos se fijan en círculos de negro que se disuelven en la oscuridad. No tengo idea de cuánto tiempo he dormido. No tengo idea de si he asustado a mi compañero de celda con mis sueños. A veces grito fuerte.
Adam está mirándome.
Estoy respirando con dificultad y me las arreglo para levantarme en posición vertical. Tiro de las mantas más cerca hacia mi cuerpo sólo para darme cuenta de que he robado sus únicos medios para calentarse. Nunca siquiera se me ha ocurrido que él podría estar congelándose tanto como yo. Estoy temblando en mi lugar, pero su cuerpo está inmutable en la noche, su silueta una robusta forma contra el telón de fondo negro. No tengo idea de qué decir. No hay nada qué decir.
—Los gritos nunca se detienen en este lugar, ¿o sí?
Los gritos son sólo el comienzo.

—No —modulo casi en silencio. Un ligero rubor se extiende por mi rostro y estoy feliz de que esté tan oscuro para él como para notarlo. Debe de haber escuchado mis sollozos.
Algunas veces desearía que nunca tuviera que dormir. Algunas veces pienso que si me quedo muy, muy quieta, si nunca me muevo completamente, las cosas cambiarán. Pienso que si me congelo, puedo congelar el dolor. Algunas veces no me muevo durante horas. No me muevo ni un centímetro.
Si el tiempo se detiene, nada puede ir mal.
—¿Estás bien? —La voz de Adam suena preocupada. Estudio los puños cerrados a sus costados, el fruncimiento enterrado en su ceja, la tensión en su mandíbula. Esta misma persona que robó mi cama y mi manta es la misma persona que se las arregló sin ellas esta noche. Tan arrogante y descuidado hace unas pocas horas; tan cuidadoso y tranquilo ahora. Me asusta que este lugar pudiera haberlo destrozado demasiado rápido. Me pregunto lo que él escuchó mientras yo estaba durmiendo.
Desearía poder salvarlo del horror.
Algo se rompe; un sollozo atormentado suena a la distancia. Esas habitaciones están enterradas profundamente en cemento, con paredes más delgadas entre los pisos y techos combinados para evitar que los sonidos escapen demasiado lejos. Si puedo escuchar la agonía, debe ser insuperable. Cada noche me pregunto si soy la siguiente.
—No estás loca.
Mis ojos vuelan hacia arriba. Su cabeza está inclinada, sus ojos fijos y claros a pesar del sudario que nos envuelve. Toma una profunda respiración.
—Pensé que todos aquí dentro estaban locos —continúa—. Pensé que me habían encerrado con una psicópata.
Tomo una brusca inhalación.
—Divertido. Yo también.
1
2
3 segundos pasan.
Él se rompe en una sonrisa tan amplia, tan divertida, tan estimulantemente sincera que es como un trueno a través de mi cuerpo. Algo pincha mis ojos y me quiebra las rodillas. No he visto una sonrisa en 265 días.
Adam está de pie.
Le ofrezco su manta.

Él la toma sólo para envolverla mejor alrededor de mi cuerpo y algo de repente está encogiéndose en mi pecho. Mis pulmones están ensartados y encadenados y justo he decidido no moverme por una eternidad cuando él habla.
—¿Qué está mal?
Mis padres dejaron de tocarme cuando era lo suficientemente grande como para gatear. Los profesores me hacían trabajar sola para que no hiriera a los otros chicos. Nunca he tenido un amigo. Nunca he conocido la comodidad del abrazo de una madre. Nunca he sentido la ternura del beso de un padre. No estoy loca.
—Nada.
5 segundos más.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
Eso sería estupendo.
—No. —Estoy mirando a la pared de nuevo.
Aprieta y afloja la mandíbula. Pasa su mano por su pelo y me doy cuenta por primera vez que no está usando una camiseta. Está tan oscuro en esta habitación que solamente puedo notar las curvas y los contornos de su silueta; a la luna se le permite sólo una pequeña ventana para iluminar este espacio, pero veo cómo los músculos en sus brazos están apretados con cada movimiento y de repente estoy en llamas. Las llamas están machacando mi piel y hay un estallido de calor abriéndose camino por mi estómago. Cada centímetro de su cuerpo está vulnerable con poder, cada superficie de alguna manera luminosa en la oscuridad. En 17 años nunca he visto nada como él. En 17 años nunca le he hablado a un chico de mi propia edad. Porque soy un monstruo.
Cierro mis ojos hasta que los he cosido.
Escucho el chirrido de su cama, el crujido de los muelles mientras él se sienta. Descoso mis ojos y estudio el piso.
—Debes de estar congelándote.
—No. —Un fuerte suspiro—. En realidad, estoy quemándome.
Estoy de pie tan rápido que las mantas caen al piso.
—¿Estás enfermo? —Mis ojos examinan su rostro en busca de signos de una fiebre, pero no me atrevo a acercarme más—. ¿Estás mareado? ¿Te duelen tus articulaciones? —Intento recordar mis propios síntomas. Estuve encadenada a mi cama por mi propio cuerpo durante una semana. No podía hacer nada más que arrastrarme hasta la puerta y caer de cara en mi comida. Ni siquiera sé cómo sobreviví.

—¿Cuál es tu nombre?
Él ya ha hecho la misma pregunta 3 veces.
—Podrías estar enfermo. —Es todo lo que digo.
—No estoy enfermo. Sólo estoy caliente. Usualmente no duermo con mis ropas puestas.
Las mariposas prendieron fuego en mi pecho. Una inexplicable humillación está achicharrando mi carne. No sé a dónde mirar.
Una profunda respiración.
—Fui un estúpido ayer. Te traté como mierda y lo lamento. No debería haber hecho eso.
Me atrevo a encontrar su mirada.
Sus ojos son la perfecta sombra de cobalto, azules como una herida floreciendo, limpios y claros y decididos. Su mandíbula está apretada y sus rasgos están tallados en una expresión cuidadosa. Ha estado pensando en esto toda la noche.
—Está bien.
—¿Entonces por qué no me vas a decir tu nombre? —Él se inclina hacia delante y yo me congelo.
Me descongelo.
Me derrito.
—Juliette —susurro—. Mi nombre es Juliette.
Sus labios se suavizan en una sonrisa que parte en dos mi espina dorsal. Él repite mi nombre como si la palabra le divirtiera. Lo entretuviera. Lo deleitara.
En 17 años nadie ha dicho mi nombre así. 

Capítulo 5
No sé cuándo comenzó.
No sé por qué comenzó.
No sé nada de nada, excepto por el griterío.
Mi madre gritando cuando se dio cuenta de que ya no podía tocarme más. Mi padre gritando cuando se dio cuenta de lo que le había hecho a mi madre. Mis padres gritando cuando me encerraron en mi cuarto y me dijeron que debía estar agradecida. Por su comida. Por su trato humano ante esta cosa que posiblemente podía no ser su niña. Por la vara con que solían medir la distancia que necesitaba mantenerme lejos.
Arruiné sus vidas, es lo que solían decirme.
Robé su felicidad. Destruí para siempre la esperanza de mi madre de tener otros hijos.
No podía ver lo que había hecho, es lo que me habían preguntado. No podía ver que había arruinado todo.
Intenté tanto arreglar lo que había arruinado. Intenté todos los días ser lo que ellos querían. Intenté todo el tiempo ser mejor, pero nunca en verdad supe cómo.
Ahora sólo sé que los científicos están equivocados.
El mundo está sin vida.
Lo sé, porque fui lanzada enseguida al borde y he estado intentando aguantar durante 17 años. He estado intentando volver a subir durante 17 años, pero es casi imposible superar a la gravedad cuando nadie está dispuesto a darte una mano.
Cuando nadie quiere correr el riesgo de tocarte.
Hoy está nevando.
El cemento está congelado y más duro de lo usual, pero prefiero esas temperaturas bajo cero a la humedad sofocante de los días de verano. El verano es como una olla eléctrica de cocción lenta llevando el mundo todo a la vez a 1 grado de ebullición. Promete un millón de adjetivos felices sólo para verter el hedor y aguas residuales en tu nariz a la hora de la cena. Odio el calor y el viscoso y sudado desorden dejado atrás. Odio el displicente hastío de un sol demasiado preocupado consigo mismo

para notar las infinitas horas que pasamos en su presencia. El sol es una cosa arrogante, siempre dejando el mundo detrás cuando se cansa de nosotros.
La luna es una fiel compañera.
Nunca nos deja. Siempre está allí, mirando, firme, conociéndonos en nuestros momentos de luz y en nuestros momentos oscuros, cambiando para siempre tal y como lo hacemos nosotros. Cada día es una versión diferente de sí misma. A veces, débil y pálida, a veces, fuerte y llena de luz. La luna entiende lo que significa ser humano.
Insegura. Sola. Marcada por imperfecciones.
Miro por la ventana durante tanto tiempo que me olvido de mí misma. Extiendo mi mano para agarrar un copo de nieve y mi puño se cierra en torno al aire frío. Vacío.
Quiero hacer pasar este puño adjunto a mi muñeca a través de la ventana.
Sólo para sentir algo.
Sólo para sentirme humana.
—¿Qué hora es?
Mis ojos revolotean por un momento. Su voz me empuja de vuelta a un mundo que sigo tratando de olvidar.
—No lo sé —le digo. No tengo idea de qué hora es. No tengo idea de qué día de la semana es, en qué mes estamos, o siquiera si hay una estación específica en la que se supone que estemos.
En verdad ya no tenemos estaciones.
Los animales están muriendo, los pájaros no vuelan, los cultivos son difíciles de conseguir, las flores casi no existen. El tiempo es inestable. A veces los días de invierno alcanzan los 92 grados. A veces nieva por ninguna razón en absoluto. Ya no podemos cultivar suficiente comida, ya no podemos sustentar la suficiente vegetación para los animales, y no podemos alimentar a la gente que lo necesita. Nuestra población estaba en vías de extinción a un ritmo alarmante antes de que el Restablecimiento tomara el mando y nos prometiera que tenían una solución. Los animales estaban tan desesperados por la comida que estaban dispuestos a comer cualquier cosa y la gente estaba tan desesperada por la comida que estaba dispuesta a comer animales envenenados. Nos estábamos matando a nosotros mismos por intentar mantenernos vivos. El tiempo, las plantas, los animales, y nuestra supervivencia humana están íntimamente ligados. Los elementos naturales estaban en guerra los unos con los otros porque abusábamos de nuestro ecosistema. Abusábamos de nuestra atmósfera. Abusábamos de nuestros animales. Abusábamos de nuestro prójimo. 
 El Restablecimiento prometió que arreglarían las cosas. Pero incluso aunque la salud del humano haya encontrado un poco de alivio bajo el nuevo régimen, al final más gente ha muerto por un arma cargada que por un estómago vacío. Se está volviendo progresivamente peor.
—¿Juliette?
Mi cabeza se levanta rápidamente.
Sus ojos están cautelosos, preocupados, analizándome.
Aparto la mirada.
Él se aclara la garganta.
—Entonces, uh, ¿ellos sólo nos alimentan una vez al día?
Su pregunta manda a nuestros ojos hacia el pequeño panel en la puerta.
Llevo mis rodillas a mi pecho y balanceo mis huesos en el colchón. Si me mantengo muy, muy quieta, casi puedo ignorar el metal clavándose en mi piel.
—No hay sistema para la comida —le digo. Mi dedo traza un nuevo diseño sobre el áspero material de la manta—. Usualmente hay algo en la mañana, pero no hay garantías para nada más. A veces... tenemos suerte. —Mis ojos se mueven rápidamente hacia el panel de vidrio perforado en la pared. Rosas y rojos se filtran en la habitación y sé que es el inicio de un nuevo comienzo. El comienzo del mismo final. Otro día.
Tal vez moriré hoy.
Tal vez un pájaro volará hoy.
—¿Así es esto? ¿Ellos abren la puerta una vez al día para que las personas hagan sus necesidades y tal vez si tenemos suerte nos alimentan? ¿Es eso?
El pájaro será blanco con reflejos de oro como una corona sobre su cabeza. Volará.
—Eso es.
—¿No hay... terapia de grupo? —Casi se ríe.
—Hasta que llegaste, no había hablado una sola palabra en doscientos sesenta y cuatro días.
Su silencio dice demasiado. Puedo casi alcanzar y tocar el sentimiento de culpa creciendo en sus hombros.
—¿Por cuánto tiempo estás aquí? —pregunta finalmente.
Para siempre.
—No lo sé. —Un sonido mecánico chirría/cruje/maniobra en la distancia. 

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