“Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
Yo tomé el menos transitado,
Y eso hizo toda la diferencia.”
—ROBERT FROST, "El Camino
No Elegido”
Capítulo 1
He
estado encerrada por 264 días.
No
tengo nada, además de un pequeño cuaderno y un bolígrafo roto y los números en
mi cabeza que me hacen compañía. 1 ventana. 4 paredes. 14 metros cuadrados de
espacio. 26 letras de un alfabeto que no he nombrado en 264 días de
aislamiento.
6,336
horas desde que he tocado a otro ser humano.
—Vas
a tener un compañero de celda compañero de cuarto —me dijeron.
—Esperamos
que te pudras hasta que mueras en este lugar Por buena conducta —me dijeron.
—Otro
psicópata como tú No más aislamiento —me dijeron.
Ellos
son los subalternos de el Restablecimiento. La iniciativa que debía ayudar a
nuestra sociedad en vías de extinción. La misma gente que me sacó de la casa de
mis padres y me encerró en un manicomio por algo fuera de mi control. A nadie
le importa que no supiera de lo que era capaz. Que no supiera lo que estaba
haciendo.
No
tengo idea de dónde estoy.
Sólo
sé que fui trasladada por alguien en una furgoneta blanca que condujo 6 horas y
37 minutos para traerme aquí. Sé que fui esposada a mi asiento. Sé que fui
amarrada a mi asiento. Sé que mis padres nunca se molestaron en despedirse. Sé
que no lloré cuando fui llevada.
Sé
que el cielo cae todos los días.
El
sol se deja caer en el océano y esparce marrones y rojos y amarillos y naranjas
en el mundo del exterior de mi ventana. Un millón de hojas de cientos de ramas
diferentes se zambullen en el viento, revoloteando con la falsa promesa de
volar. La ráfaga atrapa sus atrofiadas alas sólo para forzarlas hacia abajo,
olvidadas, abandonadas para ser pisoteadas por los soldados ubicados justo
debajo.
No
hay tantos árboles como los había antes, es lo que los científicos dicen. Dicen
que nuestro mundo solía ser verde. Nuestras nubes solían ser blancas. Nuestro
sol siempre tenía la clase correcta de luz. Pero tengo muy débiles recuerdos de
ese mundo.
No recuerdo mucho de antes. La única existencia que conozco es la única a la
que fui determinada. Un eco de lo que yo solía ser.
Presiono la palma de mi mano
contra el pequeño panel de vidrio y siento al frío apretar mi mano en un
familiar abrazo. Ambos estamos solos, ambos existiendo como la ausencia de algo
más.
Agarro mi cercano e inútil
bolígrafo con la muy poca tinta que he aprendido a racionar todos los días y la
observo. Cambio de opinión. Abandono el esfuerzo que toma escribir cosas. Tener
un compañero de celda podría ser bueno. Hablar con un ser humano real podría
facilitar las cosas. Practico usando mi voz, dándole forma a mis labios
alrededor de las familiares palabras desconocidas para mi boca. Practico todo
el día.
Me sorprende recordar cómo
hablar.
Hago de mi pequeño cuaderno una
bola que lanzo contra la pared. Me incorporo sobre los muelles cubiertos de
ropa sobre los que me he forzado a dormir. Espero. Me mezo una y otra vez y
espero.
Espero por demasiado tiempo y me
duermo.
Mis ojos se abren a 2 ojos 2
labios 2 orejas 2 cejas.
Contengo mi grito y urgencia de
correr para que pase el terror paralizante absorbiendo mis miembros.
—Tú eres un chi-chi-chi-chi...
—Y tú eres una chica. —Levanta
una ceja. Se aleja de mi rostro. Sonríe abiertamente, pero verdaderamente no
está sonriendo, y quiero llorar, mis ojos desesperados, aterrorizados,
lanzándose hacia la puerta que he intentado abrir tantas veces que había
perdido la cuenta. Me encerraron con un chico. Un chico.
Dios Santo.
Están intentando matarme.
Lo han hecho a propósito.
Para torturarme, atormentarme,
evitar que nunca más duerma por la noche. Sus brazos están tatuados, desde sus
antebrazos hasta sus codos. Su ceja sin un piercing que deben haber confiscado.
Ojos azules oscuros, cabello marrón oscuro cortado hasta la línea de la
mandíbula, una pronunciada constitución delgada. Hermoso Peligroso.
Aterrorizante. Terrible.
Él se ríe, y caigo de mi cama y
me escabullo hacia la esquina.
Evalúa la precaria almohada
sobre la cama de más que ellos metieron en el espacio vacío esta mañana, el
miserable colchón y la gastada manta apenas lo suficientemente
grande como para soportar su mitad superior. Mira mi cama. Mira su cama.
Las junta con una mano. Usa su
pie para empujar las dos estructuras de metal hacia su lado de la habitación.
Se despliega sobre los dos colchones, agarrando mi almohada para ahuecar debajo
su nuca. He comenzado a temblar.
Muerdo mi labio e intento
enfrascarme en la oscura esquina.
Él ha robado mi cama, mi manta,
mi almohada.
No tengo nada excepto el piso.
No tendré nada excepto el piso.
Nunca contraatacaré, porque
estoy tan muerta de miedo, tan paralizada, tan paranoica.
—Entonces tú estás... ¿qué?
¿Loca? ¿Es por eso que estás aquí?
No estoy loca.
Él se eleva lo suficiente para
ver mi cara. Se ríe de nuevo.
—No voy a herirte.
Quiero creerle No le creo.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta.
No es asunto tuyo. ¿Cuál es tu
nombre?
Escucho su irritada exhalación.
Lo escucho darse la vuelta sobre la cama que solía ser medio mía. Me quedo
despierta toda la noche. Mis rodillas flexionadas hasta la altura de mi mentón,
mis brazos envueltos con fuerza alrededor de mi pequeña constitución, mi largo cabello
marrón, la única cortina entre nosotros.
No dormiré.
No puedo dormir.
No puedo escuchar esos gritos de
nuevo.
Capítulo 2
Huele
como lluvia en la mañana.
La
habitación está pesada con el aroma de piedra húmeda, tierra respingona; el
aire es frío, húmedo y terroso. Tomo una profunda respiración y ando de
puntillas hasta la ventana sólo para presionar mi nariz contra la fría
superficie. Siento a mi aliento empañar el vidrio. Cierro mis ojos ante el
sonido de un suave golpeteo precipitándose a través del viento. Gotas de lluvia
son mi único recuerdo de que las nubes tienen un latido. Que yo tengo uno,
también.
Siempre
me pregunto acerca de las gotas de lluvia.
Me
pregunto acerca de cómo están cayendo siempre, tropezando con sus propios pies,
rompiendo sus piernas y olvidando sus paracaídas mientras caen justo fuera del
cielo hacia un incierto final. Es como que alguien estuviese vaciando sus
bolsillos sobre la tierra y no pareciera importarle dónde caen los contenidos;
no parece importarle que las gotas de lluvia revienten cuando golpean el suelo,
que se destruyan cuando caen al piso, que la gente maldiga los días en que las
gotas se atreven a dar golpecitos en sus puertas.
Soy
una gota de lluvia.
Mis
padres vaciaron sus bolsillos de mí y me dejaron evaporar en un bloque de
hormigón.
Las
ventanas me dicen que no estamos lejos de las montañas y definitivamente cerca
del agua, pero todo está cerca del agua por estos días. Sólo no sé en qué lado
estamos. A qué dirección estamos orientados. Echo un vistazo a la luz de las
primeras horas del día. Alguien levantó el sol y lo sujetó al cielo de nuevo,
pero todos los días cuelga un poco más bajo que el día anterior. Es como un
padre negligente que sólo conoce una mitad de lo que eres. Nunca ve que su
ausencia cambia a la gente. Cuán diferente somos en la oscuridad.
Un
repentino crujido quiere decir que mi compañero de celda está despierto.
Me
doy vuelta como si hubiera sido sorprendida robando comida de nuevo. Eso sólo
ocurrió una vez y mis padres no me creyeron cuando dije que no era para mí.
Dije
que sólo estaba intentando salvar a los gatos extraviados que vivían a la
vuelta de la esquina, pero no creyeron que fuera lo suficientemente humana como
para preocuparme por un gato. No yo. No algo alguien como yo. Pero entonces,
nunca creían nada de lo que decía. Ese es exactamente el por qué estoy aquí.
El “Compañero de celda” me está
estudiando.
Se durmió completamente vestido.
Está usando una remera azul marino y pantalones caqui de camuflaje metidos en
botas negras que llegan hasta la espinilla.
Yo estoy usando algodón muerto
en mis miembros y rubor de rosas en mi rostro.
Sus ojos escanean la silueta de
mi estructura y el lento movimiento hace que mi corazón lata aceleradamente.
Agarro los pétalos rosa mientras caen de mis mejillas, mientras flotan
alrededor de la constitución de mi cuerpo, mientras me cubren en algo que se
siente como la ausencia de coraje.
Deja de mirarme, es lo que
quiero decir.
Deja de tocarme con tus ojos y
mantén tus manos en tus costados y por favor y por favor y por favor...
—¿Cuál es tu nombre? —La
inclinación de su cabeza agrieta la gravedad por la mitad.
Estoy suspendida en el momento.
Pestañeo y envaso mi respiración.
Él se mueve y mis ojos se rompen
en miles de pedazos que rebotan alrededor de la habitación, capturando un
millón de instantáneas, un millón de momentos en el tiempo. Imágenes titilantes
que se desvanecieron con el tiempo, pensamientos congelados flotando
peligrosamente en un área de espacio muerto, un torbellino de recuerdos que
cortan mi alma. Él me recuerda a alguien que solía conocer.
Una respiración jadeante y me
sorprendo de volver a la realidad.
No más ensueños.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto
a las grietas en la pared de cemento. 14 grietas en 4 paredes, miles de sombras
de grises. El piso, el techo: todo el mismo bloque de piedra. Las estructuras
de la cama patéticamente construidas: erigidas a partir de viejos caños de agua.
El marco de una ventana: tan delgado como para romperse. Mi esperanza está
exhausta. Mis ojos están poco focalizados, y doloridos. Mi dedo está trazando
un lento camino sobre el frío piso.
Estoy sentada en el suelo que
huele como hielo y metal y suciedad. El “Compañero de celda” se sienta frente a
mí, sus piernas dobladas debajo de él, sus botas un poco demasiado lustrosas
para este lugar.
—Tienes miedo de mí. —Su voz no
tiene forma.
Mis
dedos encuentran su camino hacia un puño.
—Me temo que estás equivocado.
Podría estar mintiendo, pero eso
no es asunto suyo.
Él resopla y el sonido hace eco
en el aire muerto entre nosotros. No levanto mi cabeza. No encuentro los ojos
con los que él está perforando en mi dirección. Saboreo el viciado y desaprovechado
oxígeno y suspiro. Mi garganta está apretada con algo que me es familiar, algo
que he aprendido a tragar.
2 golpes en la puerta asustan a
mis emociones devolviéndolas a su lugar.
Él está erguido en un instante.
—No hay nadie allí —le digo—.
Sólo nuestro desayuno. —264 desayunos y yo aún no sé de qué está hecho. Huele a
muchos químicos; una masa amorfa siempre entregada en extremo. A veces
demasiado dulce, a veces demasiado salada, siempre repugnante. La mayoría de
las veces estoy demasiado muerta de hambre como para notar la diferencia.
Lo escucho vacilar durante sólo
un instante antes de dirigirse hacia la puerta. La abre un poco y se esfuerza
por ver a través, hacia un mundo que ya no existe.
—¡Mierda! —Lanza la bandeja a
través de la abertura, deteniéndose sólo para darse una palmadita en su
remera—. Mierda, mierda. —Curva sus dedos en un puño apretado y aprieta la
mandíbula. Se ha quemado la mano. Le hubiera advertido, si él hubiera
escuchado.
—Deberías esperar al menos tres
minutos antes de tocar la bandeja —le digo a la pared. No miro las cicatrices
apenas visibles que adornan mis pequeñas manos, las marcas de quemaduras que
nadie me pudo haber enseñado a evitar―. Creo que lo hicieron a propósito
—agrego tranquilamente.
—Oh, ¿así que hoy me vas a
hablar? —Está enojado. Sus ojos brillan antes de que aparte la mirada y me doy
cuenta de que él está más avergonzado que cualquier otra cosa. Es un chico
fuerte. Demasiado fuerte como para cometer estúpidos errores en frente de una
chica. Demasiado fuerte como para mostrar dolor.
Aprieto mis labios y miro por el
pequeño panel de vidrio a lo que ellos llaman una ventana. No hay muchos
animales abandonados, pero he escuchado historias de pájaros que vuelan. Tal
vez un día conseguiré ver uno. Las historias están intercaladas tan
desordenadamente por estos días que hay muy poco para creer, pero he escuchado
a más de una persona decir que han visto realmente a un pájaro volar en los
últimos años. Así que miro la ventana.
Habrá un pájaro hoy. Será blanco
con reflejos de oro como una corona encima de su cabeza. Volará. Habrá un
pájaro hoy. Será blanco con reflejos de oro como una corona encima de su
cabeza. Volará. Habrá un…
Una
mano.
Sobre mí.
2 puntas de 2 dedos rozan mi
hombro cubierto de ropa durante menos de un segundo y cada músculo, cada tendón
en mi cuerpo está cargado de tensión y hecho nudos apretando mi espina dorsal.
Me quedo muy quieta. No me muevo. No respiro. Tal vez si no me muevo, este
sentimiento durará para siempre.
Nadie me ha tocado en 264 días.
Algunas veces pienso que la
soledad en mi interior va a destruir mi piel y algunas veces no estoy segura de
si llorar o gritar o reír por la histeria que nada solucionará en absoluto. A
veces estoy tan desesperada por tocar para ser tocada y sentir que estoy casi
segura de que me voy a caer de un acantilado hacia un universo alternativo
donde nunca nadie será capaz de encontrarme.
No parece imposible.
He estado gritando durante años
y nadie nunca me ha escuchado.
—¿Estás hambrienta? —Su voz
ahora es baja, un poco preocupada.
He estado muerta de hambre
durante 264 días.
—No. —La palabra es apenas una
respiración cortada cuando escapa de mis labios y me volteo y no debería, pero
lo hago y él está mirándome. Estudiándome. Sus labios están apenas separados,
sus miembros flojos en sus costados, sus pestañas parpadeando con confusión
nuevamente.
Algo me perfora el estómago.
Sus ojos. Algo en sus ojos.
No es él no es él no es él no es
él no es él.
Cierro el mundo a la distancia.
Lo encierro. Giro la llave con demasiada fuerza.
La oscuridad me entierra en sus
pliegues.
—Hey...
Mis ojos se abren con fuerza. 2
ventanas rotas llenando mi boca de vidrio.
—¿Qué es eso? —Su voz es un
intento fallido de monotonía, un intento ansioso de apatía.
Nada.
Me concentro en el panel
transparente metido entre la libertad y yo. Quiero estrellar este mundo
definido contra el olvido. Quiero ser más grande, mejor, más fuerte.
Quiero
estar enojada enojada enojada.
Quiero ser el pájaro que vuela
lejos.
—¿Qué estás escribiendo? —dice
de nuevo el “Compañero de celda”.
Esas palabras son vómito.
Este bolígrafo de trazo poco
firme es mi esófago.
Esta hoja de papel es mi bola de
porcelana.
—¿Por qué no me vas a responder?
—Él está tan cerca tan cerca tan cerca.
Nadie nunca estuvo lo
suficientemente cerca.
Contengo mi aliento y espero a
que se vaya como todo lo demás en mi vida. Mis ojos están centrados en la
ventana y en la promesa de lo que podría ser. La promesa de algo más
espléndido, algo más increíble, alguna razón para la locura construida en mis
huesos, alguna explicación por mi incapacidad de hacer algo sin arruinar todo.
Habrá un pájaro. Será blanco con reflejos de oro como una corona encima de su
cabeza. Volará. Habrá un pájaro. Será...
—Hey...
—No puedes tocarme —susurro.
Estoy mintiendo, es lo que no le digo. Él puede tocarme, es lo que nunca le
diré.
Por favor tócame, es lo que
quiero decirle.
Pero cosas ocurren cuando la
gente me toca. Cosas raras. Cosas malas.
Cosas muertas.
No puedo recordar la calidez de
ninguna especie de abrazo. Mis brazos duelen por el ineludible hielo del
aislamiento. Mi propia madre no podía sostenerme en brazos. Mi padre no podía
calentar mis manos congeladas. Vivo en un mundo de nada.
Hola.
Mundo.
Me olvidarás.
Toc toc.
El “Compañero de celda” salta
sobre sus pies.
Es hora de ducharse.
Capítulo 3
La
puerta se abre a un abismo.
Sin
color, sin luz, sin la promesa de algo, excepto el horror en el otro lado. Sin
palabras. Sin dirección. Sólo una puerta abierta que significa siempre la misma
cosa.
El
“Compañero de celda” tiene preguntas.
—¿Qué
demonios? —Me mira desde la ilusión de escapar—. ¿Nos están dejando salir?
Ellos
nunca nos dejarán salir.
—Es
hora de ducharse.
—¿Ducha?
—Su voz pierde entonación, pero aún está ensartada de curiosidad.
—No
tenemos mucho tiempo —le digo—. Tenemos que apurarnos.
—Espera,
¿qué? —Él agarra mi brazo, pero yo me aparto.
—Pero
no hay luz... ni siquiera podemos ver a dónde vamos...
—Rápido.
—Enfoco mis ojos en el piso—. Agarra el dobladillo de mi camisa.
—¿De
qué estás hablando...?
Una
alarma suena a la distancia. Unos murmullos zumbando más cerca de cada segundo.
Pronto toda la celda está vibrando con la advertencia y la puerta se desliza de
vuelta en su lugar. Agarro su camisa y lo empujo en la oscuridad hacia mi lado.
—No.
Digas. Nada.
—Per...
—Nada
—bufo. Tiro de su camisa y le ordeno que me siga mientras siento mi camino a
través del laberinto de la institución mental. Es una casa, un centro para
jóvenes con problemas, para chicos abandonados por familias destruidas, una
casa segura para el perturbado psicológicamente. Es una prisión. Ellos nos
alimentan con nada y nuestros ojos nunca se ven los unos a los otros, excepto
en los raros estallidos de luz que se apropian de su camino a través de las
grietas de vidrio que aparentan ser ventanas. Las noches perforadas por gritos
y sollozos, gemidos y llantos
de tormento, los sonidos de la carne y el hueso rompiéndose por la fuerza o por
voluntad, nunca lo sabré. Pasé los primeros 3 meses en compañía de mi propio
hedor. Nadie nunca me dijo dónde se encontraban los baños y las duchas. Nadie nunca
me dijo cómo el sistema funcionaba. Nadie te habla a menos que vayan a dar
malas noticias. Nadie nunca te toca en absoluto. Chicos y chicas nunca se
encuentran los unos con los otros.
Nunca, excepto ayer.
No puede ser coincidencia.
Mis ojos comienzan a reajustarse
en la capa artificial de la noche. Mis dedos sienten su camino a través de los
corredores en mal estado, y el “Compañero de celda” no dice una palabra. Estoy
casi orgullosa de él. Es casi 30 cm. más alto que yo, su cuerpo fuerte y sólido
con el músculo y la fuerza de alguien cercano a mi edad. El mundo no lo ha
destruido aún. Semejante libertad en ignorancia.
—¿Qué... ?
Tiro de su camisa un poco más
fuerte para evitar que hable. No hemos aún pasado los corredores. Me siento
curiosamente protectora con él, esta persona que posiblemente podría
destrozarme con 2 dedos. Él no se da cuenta de cómo su ignorancia lo hace
vulnerable. No se da cuenta de que ellos podrían matarlo sin ninguna razón en
absoluto.
He decidido no estar asustada de
él. He decidido que sus acciones son más inmaduras que genuinamente
amenazantes. Él se ve tan familiar tan familiar tan familiar para mí. Una vez
conocí a un chico con los mismos ojos azules y mis recuerdos no dejarán que lo
odie.
Tal vez me gustaría un amigo.
2 metros más hasta la pared que
va desde lo áspero a lo liso y entonces giramos a la derecha. 50 cm. de espacio
vacío antes de que alcancemos una puerta de madera con una manija rota y un
puñado de astillas. 3 latidos aseguran que estamos solos. 30 cm. hacia delante
para avanzar hacia el interior de la puerta. 1 suave crujido y la ranura se
ensancha para revelar nada, excepto lo que imagino por cómo se ve este espacio.
—Por aquí —susurro.
Tiro de él hacia la fila de
duchas y hurgo el piso en busca de pedazos de jabón alojado en el desagüe.
Encuentro 2 pedazos, uno igual de grande al otro.
—Abre tu mano —le digo a la
oscuridad—. Es viscoso. Pero no lo dejes caer. No hay mucho jabón y tenemos
suerte hoy.
Él no dice nada por unos
segundos y yo me comienzo a preocupar.
—¿Estás
aún allí? —me pregunto si esta era la trampa. Si este era el plan. Si tal vez
fue enviado para matarme bajo la cubierta de la oscuridad en este pequeño
espacio. Nunca en verdad supe lo que ellos iban a hacerme en el manicomio,
nunca supe si pensaban que encerrarme sería lo suficientemente bueno, pero
siempre pensé que podrían matarme. Siempre pareció como una opción viable.
No puedo decir que no lo
merecería.
Pero estoy aquí dentro por algo
que nunca quise hacer y a nadie parece importarle que fuera un accidente.
Mis padres nunca intentaron
ayudarme.
No escucho a las duchas correr y
mi corazón se detiene en su lugar. Esta habitación particular está raramente
llena, pero usualmente hay otras, si sólo 1 o 2. He vuelto a darme cuenta de
que los residentes del manicomio tampoco están legítimamente locos y no pueden
encontrar su camino a las duchas, o simplemente no se preocupan.
Trago con fuerza.
—¿Cuál es tu nombre? —Su voz
rasga el aire y mi flujo de conciencia en un movimiento. Puedo sentirlo
respirar más cerca de lo que estaba antes. Mi corazón está latiendo
aceleradamente y no sé por qué no puedo controlarlo—. ¿Por qué no me vas a
decir tu nombre?
—¿Está abierta tu mano?
—pregunto, mi boca seca, mi voz ronca.
Él se mueve hacia delante y yo
estoy casi asustada de respirar. Sus dedos rozan la almidonada tela del único
conjunto que alguna vez tendré y logro respirar. Siempre y cuando él no esté
tocando mi piel. Siempre y cuando él no esté tocando mi piel. Este parece ser el
secreto.
Mi fina camisa ha sido lavada en
el agua despiadada de este edificio tantas veces que la siento como un saco de
arpillera contra mi piel. Dejo caer el pedazo de jabón más grande en su mano y
ando de puntillas hacia atrás.
—Voy a abrir la ducha para ti
—explico, ansiosa por no levantar mi voz por miedo a que los otros me escuchen.
—¿Qué hago con mis ropas? —Su
cuerpo aún está demasiado cerca del mío.
Pestañeo 1.000 veces en la
oscuridad.
—Tienes que quitártelas.
Él ríe algo que suena como un suspiro
divertido.
—No, lo sé. Quiero decir, ¿qué
hago con ellas mientras me ducho?
—Intenta no mojarlas.
Él
toma una respiración profunda.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Dos minutos.
—Jesús, ¿por qué no dijiste
alg... ?
Abro su ducha al mismo tiempo
que abro la mía y sus quejas se ahogan bajo los orificios rotos de los grifos
que apenas funcionan.
Mis movimientos son mecánicos.
He hecho esto tantas veces que ya he memorizado los métodos más eficaces de
restregar, enjuagar, y racionar jabón tanto para mi cuerpo como para mi pelo.
No hay toallas, así que el truco es no intentar mojar ninguna parte de tu
cuerpo con demasiada agua. Si lo haces nunca te secarás bien y pasarás la
próxima semana casi muriéndote de pulmonía. Lo sabía.
En exactamente 90 segundos he
estrujado mi pelo y me estoy deslizando de vuelta a mi conjunto destrozado. Mis
zapatillas de tenis son la única cosa mía que está aún en bastantes buenas
condiciones. No hacemos muchas caminatas por aquí.
El “Compañero de celda” hace lo
mismo casi de inmediato. Estoy agradecida de que aprenda rápido.
—Agarra el dobladillo de mi
camisa —le indico—. Tenemos que apurarnos.
Sus dedos rozan la parte baja de
mi espalda por un lento momento y tengo que morder mi labio para contener la
intensidad. Casi me detengo en mi lugar. Nadie nunca pone sus manos en ningún
lugar cerca de mi cuerpo.
Tengo que apurarme hacia delante
de tal manera que sus dedos caigan nuevamente. Él tropieza para mantener el
ritmo.
Cuando finalmente estamos
atrapados en las 4 familiares paredes de claustrofobia, el “Compañero de celda”
no deja de mirarme.
Me hago un ovillo en la esquina.
Él aún tiene mi cama, mi manta, mi almohada. Olvido su ignorancia, pero tal vez
es demasiado pronto para ser amigos. Tal vez fui demasiado rápida en ayudarlo.
Tal vez en verdad está sólo aquí para hacerme miserable. Pero si no me caliento
voy a enfermarme. Mi pelo está demasiado húmedo y la manta en la que usualmente
me envuelvo está aún en su lado de la habitación. Tal vez estoy asustada de él.
Respiro con demasiada
brusquedad, levanto la vista demasiado rápido en la apagada luz del día. El
“Compañero de celda” ha dejado caer 2 mantas sobre mis hombros.
1 mía.
1 suya.
—Perdón
por ser semejante imbécil —susurra a la pared. Él no me toca y estoy
decepcionada feliz de que no lo haga. Desearía que lo hiciera. No debería.
Nadie nunca debería tocarme.
—Soy Adam —dice lentamente. Se
aleja de mí hasta que ha pasado sin impedimentos por la habitación. Él usa una
mano para empujar la estructura de mi cama de vuelta a mi lado del espacio.
Adam.
Un nombre tan lindo. El
“Compañero de celda” tiene un lindo nombre.
Es un nombre que siempre me ha
gustado, pero no puedo recordar por qué.
No pierdo el tiempo en subir a
los muelles apenas ocultos de mi colchón y estoy tan exhausta que apenas puedo
sentir los rollos de metal amenazando con pinchar mi piel.
No he dormido en más de 24
horas. Adam es un lindo nombre, es la única cosa en la que puedo pensar
antes de que el agotamiento paralice mi cuerpo.
Capítulo 4
Mi
cuerpo está empapado de sudor frío, mi cerebro nadando en inolvidables olas de
dolor. Mis ojos se fijan en círculos de negro que se disuelven en la oscuridad.
No tengo idea de cuánto tiempo he dormido. No tengo idea de si he asustado a mi
compañero de celda con mis sueños. A veces grito fuerte.
Adam
está mirándome.
Estoy
respirando con dificultad y me las arreglo para levantarme en posición
vertical. Tiro de las mantas más cerca hacia mi cuerpo sólo para darme cuenta
de que he robado sus únicos medios para calentarse. Nunca siquiera se me ha
ocurrido que él podría estar congelándose tanto como yo. Estoy temblando en mi
lugar, pero su cuerpo está inmutable en la noche, su silueta una robusta forma
contra el telón de fondo negro. No tengo idea de qué decir. No hay nada
qué decir.
—Los gritos nunca se detienen en
este lugar, ¿o sí?
Los gritos son sólo el comienzo.
—No
—modulo casi en silencio. Un ligero rubor se extiende por mi rostro y estoy
feliz de que esté tan oscuro para él como para notarlo. Debe de haber escuchado
mis sollozos.
Algunas veces desearía que nunca
tuviera que dormir. Algunas veces pienso que si me quedo muy, muy quieta, si
nunca me muevo completamente, las cosas cambiarán. Pienso que si me congelo,
puedo congelar el dolor. Algunas veces no me muevo durante horas. No me muevo
ni un centímetro.
Si el tiempo se detiene, nada
puede ir mal.
—¿Estás bien? —La voz de Adam
suena preocupada. Estudio los puños cerrados a sus costados, el fruncimiento
enterrado en su ceja, la tensión en su mandíbula. Esta misma persona que robó mi
cama y mi manta es la misma persona que se las arregló sin ellas esta noche.
Tan arrogante y descuidado hace unas pocas horas; tan cuidadoso y tranquilo
ahora. Me asusta que este lugar pudiera haberlo destrozado demasiado rápido. Me
pregunto lo que él escuchó mientras yo estaba durmiendo.
Desearía poder salvarlo del
horror.
Algo se rompe; un sollozo
atormentado suena a la distancia. Esas habitaciones están enterradas
profundamente en cemento, con paredes más delgadas entre los pisos y techos
combinados para evitar que los sonidos escapen demasiado lejos. Si puedo
escuchar la agonía, debe ser insuperable. Cada noche me pregunto si soy la
siguiente.
—No estás loca.
Mis ojos vuelan hacia arriba. Su
cabeza está inclinada, sus ojos fijos y claros a pesar del sudario que nos
envuelve. Toma una profunda respiración.
—Pensé que todos aquí dentro
estaban locos —continúa—. Pensé que me habían encerrado con una psicópata.
Tomo una brusca inhalación.
—Divertido. Yo también.
1
2
3 segundos pasan.
Él se rompe en una sonrisa tan
amplia, tan divertida, tan estimulantemente sincera que es como un trueno a
través de mi cuerpo. Algo pincha mis ojos y me quiebra las rodillas. No he
visto una sonrisa en 265 días.
Adam está de pie.
Le ofrezco su manta.
Él
la toma sólo para envolverla mejor alrededor de mi cuerpo y algo de repente
está encogiéndose en mi pecho. Mis pulmones están ensartados y encadenados y
justo he decidido no moverme por una eternidad cuando él habla.
—¿Qué está mal?
Mis padres dejaron de tocarme
cuando era lo suficientemente grande como para gatear. Los profesores me hacían
trabajar sola para que no hiriera a los otros chicos. Nunca he tenido un amigo.
Nunca he conocido la comodidad del abrazo de una madre. Nunca he sentido la
ternura del beso de un padre. No estoy loca.
—Nada.
5 segundos más.
—¿Puedo sentarme a tu lado?
Eso sería estupendo.
—No. —Estoy mirando a la pared
de nuevo.
Aprieta y afloja la mandíbula.
Pasa su mano por su pelo y me doy cuenta por primera vez que no está usando una
camiseta. Está tan oscuro en esta habitación que solamente puedo notar las
curvas y los contornos de su silueta; a la luna se le permite sólo una pequeña
ventana para iluminar este espacio, pero veo cómo los músculos en sus brazos
están apretados con cada movimiento y de repente estoy en llamas. Las llamas
están machacando mi piel y hay un estallido de calor abriéndose camino por mi
estómago. Cada centímetro de su cuerpo está vulnerable con poder, cada
superficie de alguna manera luminosa en la oscuridad. En 17 años nunca he visto
nada como él. En 17 años nunca le he hablado a un chico de mi propia edad.
Porque soy un monstruo.
Cierro mis ojos hasta que los he
cosido.
Escucho el chirrido de su cama,
el crujido de los muelles mientras él se sienta. Descoso mis ojos y estudio el
piso.
—Debes de estar congelándote.
—No. —Un fuerte suspiro—. En
realidad, estoy quemándome.
Estoy de pie tan rápido que las
mantas caen al piso.
—¿Estás enfermo? —Mis ojos
examinan su rostro en busca de signos de una fiebre, pero no me atrevo a
acercarme más—. ¿Estás mareado? ¿Te duelen tus articulaciones? —Intento
recordar mis propios síntomas. Estuve encadenada a mi cama por mi propio cuerpo
durante una semana. No podía hacer nada más que arrastrarme hasta la puerta y
caer de cara en mi comida. Ni siquiera sé cómo sobreviví.
—¿Cuál
es tu nombre?
Él ya ha hecho la misma pregunta
3 veces.
—Podrías estar enfermo. —Es todo
lo que digo.
—No estoy enfermo. Sólo estoy
caliente. Usualmente no duermo con mis ropas puestas.
Las mariposas prendieron fuego
en mi pecho. Una inexplicable humillación está achicharrando mi carne. No sé a
dónde mirar.
Una profunda respiración.
—Fui un estúpido ayer. Te traté
como mierda y lo lamento. No debería haber hecho eso.
Me atrevo a encontrar su mirada.
Sus ojos son la perfecta sombra
de cobalto, azules como una herida floreciendo, limpios y claros y decididos.
Su mandíbula está apretada y sus rasgos están tallados en una expresión
cuidadosa. Ha estado pensando en esto toda la noche.
—Está bien.
—¿Entonces por qué no me vas a
decir tu nombre? —Él se inclina hacia delante y yo me congelo.
Me descongelo.
Me derrito.
—Juliette —susurro—. Mi nombre
es Juliette.
Sus labios se suavizan en una
sonrisa que parte en dos mi espina dorsal. Él repite mi nombre como si la
palabra le divirtiera. Lo entretuviera. Lo deleitara.
En 17 años nadie ha dicho mi
nombre así.
Capítulo 5
No
sé cuándo comenzó.
No
sé por qué comenzó.
No
sé nada de nada, excepto por el griterío.
Mi
madre gritando cuando se dio cuenta de que ya no podía tocarme más. Mi padre
gritando cuando se dio cuenta de lo que le había hecho a mi madre. Mis padres
gritando cuando me encerraron en mi cuarto y me dijeron que debía estar
agradecida. Por su comida. Por su trato humano ante esta cosa que posiblemente
podía no ser su niña. Por la vara con que solían medir la distancia que
necesitaba mantenerme lejos.
Arruiné
sus vidas, es lo que solían decirme.
Robé
su felicidad. Destruí para siempre la esperanza de mi madre de tener otros
hijos.
No
podía ver lo que había hecho, es lo que me habían preguntado. No podía ver que
había arruinado todo.
Intenté
tanto arreglar lo que había arruinado. Intenté todos los días ser lo que ellos
querían. Intenté todo el tiempo ser mejor, pero nunca en verdad supe cómo.
Ahora
sólo sé que los científicos están equivocados.
El
mundo está sin vida.
Lo
sé, porque fui lanzada enseguida al borde y he estado intentando aguantar
durante 17 años. He estado intentando volver a subir durante 17 años, pero es
casi imposible superar a la gravedad cuando nadie está dispuesto a darte una
mano.
Cuando
nadie quiere correr el riesgo de tocarte.
Hoy
está nevando.
El
cemento está congelado y más duro de lo usual, pero prefiero esas temperaturas
bajo cero a la humedad sofocante de los días de verano. El verano es como una
olla eléctrica de cocción lenta llevando el mundo todo a la vez a 1 grado de
ebullición. Promete un millón de adjetivos felices sólo para verter el hedor y
aguas residuales en tu nariz a la hora de la cena. Odio el calor y el viscoso y
sudado desorden dejado atrás. Odio el displicente hastío de un sol demasiado
preocupado consigo mismo
para
notar las infinitas horas que pasamos en su presencia. El sol es una cosa
arrogante, siempre dejando el mundo detrás cuando se cansa de nosotros.
La luna es una fiel compañera.
Nunca nos deja. Siempre está
allí, mirando, firme, conociéndonos en nuestros momentos de luz y en nuestros
momentos oscuros, cambiando para siempre tal y como lo hacemos nosotros. Cada
día es una versión diferente de sí misma. A veces, débil y pálida, a veces,
fuerte y llena de luz. La luna entiende lo que significa ser humano.
Insegura. Sola. Marcada por
imperfecciones.
Miro por la ventana durante
tanto tiempo que me olvido de mí misma. Extiendo mi mano para agarrar un copo
de nieve y mi puño se cierra en torno al aire frío. Vacío.
Quiero hacer pasar este puño
adjunto a mi muñeca a través de la ventana.
Sólo para sentir algo.
Sólo para sentirme humana.
—¿Qué hora es?
Mis ojos revolotean por un
momento. Su voz me empuja de vuelta a un mundo que sigo tratando de olvidar.
—No lo sé —le digo. No tengo
idea de qué hora es. No tengo idea de qué día de la semana es, en qué mes
estamos, o siquiera si hay una estación específica en la que se supone que
estemos.
En verdad ya no tenemos
estaciones.
Los animales están muriendo, los
pájaros no vuelan, los cultivos son difíciles de conseguir, las flores casi no existen.
El tiempo es inestable. A veces los días de invierno alcanzan los 92 grados. A
veces nieva por ninguna razón en absoluto. Ya no podemos cultivar suficiente
comida, ya no podemos sustentar la suficiente vegetación para los animales, y
no podemos alimentar a la gente que lo necesita. Nuestra población estaba en
vías de extinción a un ritmo alarmante antes de que el Restablecimiento tomara
el mando y nos prometiera que tenían una solución. Los animales estaban tan
desesperados por la comida que estaban dispuestos a comer cualquier cosa y la
gente estaba tan desesperada por la comida que estaba dispuesta a comer
animales envenenados. Nos estábamos matando a nosotros mismos por intentar
mantenernos vivos. El tiempo, las plantas, los animales, y nuestra supervivencia
humana están íntimamente ligados. Los elementos naturales estaban en guerra los
unos con los otros porque abusábamos de nuestro ecosistema. Abusábamos de
nuestra atmósfera. Abusábamos de nuestros animales. Abusábamos de nuestro
prójimo.
El
Restablecimiento prometió que arreglarían las cosas. Pero incluso aunque la
salud del humano haya encontrado un poco de alivio bajo el nuevo régimen, al
final más gente ha muerto por un arma cargada que por un estómago vacío. Se
está volviendo progresivamente peor.
—¿Juliette?
Mi cabeza se levanta
rápidamente.
Sus ojos están cautelosos,
preocupados, analizándome.
Aparto la mirada.
Él se aclara la garganta.
—Entonces, uh, ¿ellos sólo nos
alimentan una vez al día?
Su pregunta manda a nuestros
ojos hacia el pequeño panel en la puerta.
Llevo mis rodillas a mi pecho y
balanceo mis huesos en el colchón. Si me mantengo muy, muy quieta, casi puedo
ignorar el metal clavándose en mi piel.
—No hay sistema para la comida
—le digo. Mi dedo traza un nuevo diseño sobre el áspero material de la manta—.
Usualmente hay algo en la mañana, pero no hay garantías para nada más. A
veces... tenemos suerte. —Mis ojos se mueven rápidamente hacia el panel de
vidrio perforado en la pared. Rosas y rojos se filtran en la habitación y sé
que es el inicio de un nuevo comienzo. El comienzo del mismo final. Otro día.
Tal vez moriré hoy.
Tal vez un pájaro volará hoy.
—¿Así es esto? ¿Ellos abren la
puerta una vez al día para que las personas hagan sus necesidades y tal vez si
tenemos suerte nos alimentan? ¿Es eso?
El pájaro será blanco con
reflejos de oro como una corona sobre su cabeza. Volará.
—Eso es.
—¿No hay... terapia de grupo?
—Casi se ríe.
—Hasta que llegaste, no había
hablado una sola palabra en doscientos sesenta y cuatro días.
Su silencio dice demasiado.
Puedo casi alcanzar y tocar el sentimiento de culpa creciendo en sus hombros.
—¿Por cuánto tiempo estás aquí?
—pregunta finalmente.
Para siempre.
—No
lo sé. —Un sonido mecánico chirría/cruje/maniobra en la distancia.
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