martes, 18 de marzo de 2014

Me mirare siempre en tus ojos, parte 8

—¡Hola, Issi! —Max Wellis se detuvo y le dio dos besos, lo mismo que sus acompañantes, dos hombres jóvenes a los que no conocía—. Este es Robert Moore, uno de los dueños del local, venimos a verlo para organizar un concierto. ¿Cómo estás, guapa?, ¿ya te vas?
         —Todo bien, gracias, adiós.
         —¿Te vas sola a buscar un taxi?, ¿a estas horas? —oyó que Ronan decía a su espalda, pero lo ignoró, y salió a Picadilly Street para llamar a un maldito taxi que no aparecía por ninguna parte. Una noche perfecta. Empezó a maldecir, con unas ganas enormes de correr a meterse debajo de las sábanas de su cama, en su casa, esa casa que ni siquiera pagaba ella, sino ese hombre al que acababa de cruzarse en un club, y al que no era capaz ni de mirar a la cara.
         —¡Mierda! —sacó el móvil y notó que alguien estaba a su espalda, en la puerta del local, sin acercarse. De reojo comprobó que se trataba de Ron, que no quería perderla de vista, como siempre, mostrándose protector sin ninguna necesidad, aunque ella no se dio por enterada y siguió mirando hacia Picadilly Circus, a ver si veía aparecer algún maldito taxi—. ¡Taxi!
         —Así no. —Diez minutos después de ver que ningún taxi le hacía caso, Ronan se acercó a ella y silbó con fuerza haciendo que uno se detuviera inmediatamente—. ¿Vas a casa?
         —Claro.
         —A Bow Street —le dijo al conductor agachándose—, justo al lado del Royal Opera House, por favor.
         —Gracias. —Ella abrió la puerta y lo miró a los ojos una milésima de segundo—. Buenas noches.
         —Buenas noches.



 Capítulo 33

 

 

          
         —Me resultó agresivo.
         —¿Agresivo? —Susan cambió de postura y buscó sus ojos—. ¿De qué modo, Issi?, ¿hizo algo que...?
         —No, simplemente fue sincero, supongo, no me conoce de nada... pero no estoy acostumbrada a estas situaciones, no tengo ni la más mínima experiencia al respecto y no me gustó, fue incómodo, violento y me dejó claro lo que ya sabía.
         —¿Qué?
         —Que no necesito pasar por esto.
         —Muy bien.
         —Y después toparme con... Ron... que incluso ahora es capaz de preocuparse por mí y ser tan cortés, no sé, Susan, me estoy volviendo loca. —Se levantó y la terapeuta la siguió con los ojos—. ¿Tú crees que estoy obsesionada con Ronan?, ¿qué la dependencia me hace sentir estas cosas?
         —¿Dependencia de él?
         —De él y de todo lo que representa. Tenía dieciocho años cuando me enamoré de él, ahora, casi diez años después, tal vez soy incapaz de entender que lo que siento es costumbre, o dependencia, o miedo a enfrentarme al mundo real, a otras personas y a situaciones que en realidad no sé manejar.
         —¿Piensas eso?
         —No, me lo dice mi padre, Mike y toda la gente que se atreve a opinar sobre mi vida.
         —¿Y tú que opinas?
         —No lo sé, mi cabeza me dice que tienen razón, pero me siento incapaz de asimilarlo y aceptar de una vez por todas que él ya no forma parte de mi vida, y que debo plantearme un futuro diferente.
         —¿Por qué no forma parte de tu vida? Es el padre de tus hijos.
         —Pero eso no es suficiente.
         —¿Por qué?
         —Porque yo lo quiero, y a pesar de todo lo que ha pasado durante estos años, y estos últimos meses, mis sentimientos no cambian, lo intento, pero no cambian, ¿soy idiota? —Se sentó otra vez y la miró con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Maldita sea! Solo soy capaz de decir esto en voz alta aquí y oyéndome me siento estúpida, mucha gente se separa y se olvida de todo, lo supera, es posible superarlo, lo sé, solo necesito más tiempo.
         —Sentir algo tan fuerte no es motivo para sentirse estúpida, ni muchos menos, Eloisse.
         —En mi situación, lo es.
         —Por supuesto que no.
         —Susan, nos conocemos desde hace muchos años, ¿crees que puedes decirme algo como amiga y no como terapeuta?
         —¿Qué?
         —¿Cuál crees que es el mayor error que he cometido?
         —No creo que solo sea culpa tuya, Issi, y sinceramente lo único que ha pasado entre vosotros, siempre, ha sido un problema de comunicación, lo hemos discutido mil veces. Cuando tenéis algún conflicto tú cierras la puerta y te vas, huyes mientras él se queda a mitad de sus argumentos, se cabrea y se va en la dirección contraria. Los dos os habéis dado muchas veces la espalda cuando más necesitabais estar unidos. En mi opinión, como amiga, ese es vuestro principal problema.
         —Es verdad.
         —¿Y qué piensas hacer?
         —Nada, ¿qué puedo hacer ya?
         —¿Crees que ya no hay nada que hacer?
         —No tengo fuerzas para seguir luchando.
         —Tienes derecho a estar agotada después de tantos años peleando, pero...
         —Además él ya está en otra dimensión, ni siquiera el aborto. —Tragó saliva y se echó a llorar—. No estuvo allí, podrá pedirme un taxi en Picadilly a mitad de la noche, pero prefirió quedarse con... cuando yo... Oh, Dios bendito, no puedo ni pensar en ello. —Se levantó de un salto—. Creo que ya es la hora, me voy.
         —¿Qué estás diciendo, Issi? Él sí estuvo allí, vino desde Suecia y fue a la clínica.
         —¿Tú como lo sabes?
         —Porque él me lo dijo.
         —¿Sí? —parpadeó con las pestañas llenas de lágrimas y frunció el ceño—. No lo recuerdo.
         —En fin, ¿qué piensas hacer? Me has preguntado mi opinión personal y te la he dado, ¿qué piensas hacer con ella?
         —¿Qué debería hacer? —La idea de que Ronan sí había ido al hospital de repente la abrumó, porque desde entonces se había preguntado mil veces como era posible que algo así lo dejara indiferente, y, además, ese comportamiento constituía uno de sus argumentos más sólidos contra él...
         —Hablar.
         —¿Con Ron? —Susan asintió sonriendo—. No sé si seré capaz, y tampoco sé si él quiere hablar conmigo a estas alturas, ya que se ha librado de mí, para qué aguantarme una vez más.
         —Sabes perfectamente que Ronan no piensa así.
         —Ya no sé nada, Susan, y gracias, debo irme.
         —Muy bien, hasta la semana que viene.
         Salió de la consulta como siempre, agotada, y bajó en el ascensor con la cabeza gacha, escondiendo los ojos rojos que debía llevar, su padre estaba harto de decirle que bajaba demasiado la cabeza y se escondía de todo, y eso la estaba empezando a preocupar. Pensó que la próxima vez lo discutiría con Susan. Salió del edificio y el teléfono le vibró en el bolsillo delantero de los pantalones.
         —¿Sí?
         —Eloisse Molhoney, ¿vas a aceptar cenar conmigo o lo del jueves me ha convertido en persona non grata para ti?
         —¿Quién eres?
         —¿De verdad no lo sabes?
         —Lo siento, pero debo subirme al metro, hablamos otro día.
         —¿Vas en metro?
         —Sí, adiós.
         —No, oye escucha, tal vez empezamos con mal pie. Dame otra oportunidad, me gustas mucho.
         —Mira, Cillian. —Se detuvo y miró al cielo, hacía un día espléndido en Londres, calor incluso—. Te agradezco tu invitación, pero no gracias, tengo mucho que hacer, estamos acabando la temporada y, además, no me apetece nada salir contigo, así que hasta luego.
         —¿Así de simple?
         —Sí.
         —Vale, chica sincera. Adiós.
         —Adiós. —Colgó un poco fastidiada por que tuviera su número de teléfono. Bajó un tramo de escaleras y el móvil volvió a sonar, lo agarró dispuesta a no ser tan amable, pero fue la voz de Aurora la que le llegó desde el otro lado—. ¿Va todo bien, Aurora?, ¿ya estáis en casa?
         —Sí, llegamos hace una hora. Ronan nos trajo en un avión privado.
         —Perfecto, ahora os veo, me paso por el supermercado primero.
         —Sí, lo sé, es que necesito comentarte algo.
         —¿Qué ocurre?
         —Ronan ha viajado en avión con nosotros porque en este momento está ingresando en la clínica de Windsor.
         —¿Cómo?, ¿por qué? —Se le contrajo el estómago de inmediato y volvió a salir a la superficie—. ¿Pasó algo?
         —No, no, nos dijo que necesitaba entrar en rehabilitación y que había querido pasar el fin de semana con los niños para despedirse. No sabe cuántos días estará ingresado. Lo ha hecho de forma voluntaria y me pidió que te lo explicara para que nos organicemos con Jamie y Alex.
         —Dios mío, bueno, yo... —Se sentó en un banco y se pasó la mano por el pelo—. ¿Cómo estaba?
         —Bien, bien, es un gran paso que decidiera ingresarse, ya sabes que lleva unos meses...
         —Lo sé, ¿y quién lo ha acompañado?
         —Kirk.
         —Vale, muchas gracias, Aurora, ahora hablamos.
         Se quedó sin moverse varios minutos, sin saber qué debía hacer. En otras circunstancias lo habría llamado de inmediato para manifestar todo su apoyo, su amor incondicional, pero las cosas ya no funcionaban así, al menos no para ella y su lugar estaba al margen de él. Por muy doloroso que fuera volver a Windsor para retomar el tratamiento, por mucho que estuviera sufriendo, ella ya no formaba parte de eso y debía actuar con algo de sentido común. Ni siquiera podía llamar a su médico, como en ocasiones anteriores, de modo que optó por levantarse y bajar al metro, llorando otra vez, como cada día, de cada semana, de cada uno de los últimos cuatro meses.



 Capítulo 34

 

 

          
         —Se supone que no soy un alcohólico, pero mi hijo que no tiene ni tres años me encontró borracho en la cama, cubierto de vómito y sin sentido, eso... —Se inclinó hacia delante e intentó contener las lágrimas—, no me lo voy a perdonar en la vida.
         —¿Y por qué bebes hasta llegar a ese estado?
         —Porque no soporto la vida que tengo, el daño que he hecho a mi esposa, a mis hijos, a mi familia... por mi mujer, por Issi. —Volvió a sollozar—. No puedo vivir sin ella, no puedo sobrevivir sintiendo este vacío.
         —Has hecho lo correcto volviendo aquí. Tranquilo, Ronan. —El pequeño grupo aplaudió y él apoyó la espalda en el respaldo de su butaca sonándose y mirando hacia el exterior de la sala donde el sol bañaba los árboles del jardín—. Rafferty, ¿por qué estás aquí?
         Rafferty Williamson, que era un conocido actor de cine, se echó a llorar también y empezó a desgranar su historia, su propio drama, aunque Ron dejó de escuchar de inmediato. Tan solo llevaba dos días en Windsor, un lugar al que jamás pensó regresar, el único sitio al que podía ir tras el incidente con Jamie, y se sentía aún muy confuso y muy cansado.
         El viernes había recogido a los niños para llevarlos a Dublín sin dejar de pensar en Issi saliendo de ese club en Mayfair, vestida con esa ropa, esas botas y maquillada de tal forma que era imposible que ningún hombre no se volviera para mirarla. Ella era preciosa, tenía ese cuerpo y esa cara que no necesitaban de ningún adorno para convertirla en la chica más guapa del universo y, sin embargo, ahí estaba, muy arreglada, tan deslumbrante que casi le provoca un infarto verla, y sola, tardísimo, buscando un taxi en medio de la calle, como si no tuviera nadie que cuidara de ella, como si no tuviera dos hijos y un marido que moría de amor por ella. Había sido como recibir un mazazo en el estómago, muy doloroso tener que guardar las distancias, aunque decidiera quedarse cerca para ayudarla y vigilar que estuviera bien, a pesar de que ella no lo mirara a la cara, ni le hiciera el menor caso.
         Esa misma noche empezó a obsesionarse con la posibilidad de que ella se enamorara de otro hombre, que apareciera otro tipo en su vida, que tal vez tuviese que ser testigo de ello y soportarlo. Ya había visto sus fotos en Nueva York junto al capullo de Galway y de ese otro actor, Sheehan, que de repente andaba rondándola como un perro y con el que al parecer, y según la maldita llamada que había recibido, seguía viéndose en Londres, y había empezado a beber solo en su loft, hasta que tuvo que recoger a los niños para llevarlos a Irlanda.
         Cuando llegaron a Killiney intentó actuar con normalidad, los sacó a pasear, a ver a la familia y a cenar fuera, pero no estaba bien, estaba alterado, deseando que pasaran las horas para llevarlos a dormir y volver a beber, para no pensar en Issi, y así siguió el sábado, sufriendo cada vez que uno de ellos llamaba a su madre o le preguntaba por ella, y se pasó la madrugada siguiente bebiendo solo, todo lo que pilló en casa, hasta que Kirk lo despertó metiéndolo debajo de la ducha fría mientras Aurora preparaba el equipaje y llamaba a un taxi para llevarse a los niños de vuelta a Londres.
         —Tío, no puedes seguir así, ¿qué coño te pasa? —le preguntó el escolta intentando hacerlo reaccionar debajo del agua—. ¿Estás loco? Los niños...
         —Los niños, ¿dónde están?, ¿dónde están mis hijos?
         —Aurora se los lleva al aeropuerto.
         —No puede, ¡¿quién demonios se cree que es?!, no puede hacer eso, déjame salir de aquí.
         —Claro que puede, firmaste un documento comprometiéndote a no beber si tenías a los niños a tu cargo.
         —Y no lo he hecho, estaban dormidos.
         —No, Ron, esta mañana Jamie se despertó y vino a tu cama, y te encontró inconsciente, lleno de vómitos y se asustó mucho.
         —¡¿Qué?!
         —Es lo que ha pasado, y nos los llevamos con su madre.
         El disgusto había sido tan enorme que primero maldijo, pateó y golpeó todo lo que pudo, y finalmente se resignó y suplicó casi de rodillas a Aurora y Kirk que no se llevaran a sus pequeños o haría una locura, estaba seguro de que no podría soportar que se fueran de ese modo. Finalmente ellos se apiadaron de su estupidez y le dejaron acabar el fin de semana con Jamie y Alex, que, afortunadamente, parecían no entender nada de lo que ocurría. Esa misma mañana decidió hacer algo y volver a Windsor, lo que provocó anular compromisos y retrasar proyectos, grabaciones y actuaciones, pero no quedaba más remedio, no quería perder a los niños, ya había perdido a Issi por culpa de su última gran cagada y no pensaba tocar fondo dejando que sus hijos lo vieran hundir su vida así.
         El ingreso en la clínica de desintoxicación sirvió además para firmar un pacto con Kirk y Aurora de que Issi jamás se enteraría de lo ocurrido, y confiaba en ellos, así que al menos sabía que no pasaría por la humillación de que ella supiera lo bajo que había caído delante de Jamie, y eso le daba algo de paz, aunque todo lo demás se le cayera encima como una losa, enorme y peligrosa, haciéndolo dudar de si sería capaz de retomar su vida de nuevo, abandonar sus vicios y empezar de cero, porque esta vez estaba solo y eso era muy duro de asimilar.
         —¿Ronan? —dijo el psicólogo, sacándolo de sus ensoñaciones—. ¿Cuáles son tus objetivos viniendo aquí?
         —Quiero recuperar mi vida.



 Capítulo 35

 

 

          
         —¿Tienes que torturar a mis nietos en mi casa? —Andrew Cavendish la miró por encima de las gafas y movió la cabeza.
         —Es una manzana para los dos, que la acaben no es ninguna tortura. Chicos, venid aquí —Jamie saltó a los brazos de su abuelo y se abrazó a él huyendo del último trozo de fruta—. ¡James!
         —Ya está bien, han comido suficiente.
         —Por favor, papá, además nadie les ha dado permiso para dejar la mesa, ¿qué desorden es este?
         —¡Papá! —gritó Alex frente al televisor y todos se giraron para ver una imagen de Ronan cantando en un concierto, en medio de las noticias de mediodía, Issi se acercó para oír y comprobó que hablaban de su ingreso en una clínica de desintoxicación, dando algunos detalles como el hecho de que se trataba de un ingreso voluntario y que pasaría un par de semanas allí—. Papi, papi, papi...
         —Sí, mi amor, es papá. —Estiró la mano y apagó el aparato—. No me lo puedo creer. ¿Cómo se informan de estas cosas? Vamos, a jugar con los coches que habéis traído.
         —Lo sacaba el News of the World en su página web, ¿no lo sabías?
         —Claro que lo sabía, pero solo han pasado tres días, ¿cómo se enteran ellos?
         —Lo que me preocupa es que los niños se enteren, aún son pequeños, pero luego irán al colegio...
         —Espero que no haya ningún luego —cortó por lo sano y miró a Fiona que traía el café—. No tiene por qué volver a pasar.
         —¿Y ya tienes la matrícula del cole?
         —Sí, para los dos, aunque Alex irá a la guardería el próximo curso, y me encanta el colegio, pero...
         —¿Qué?
         —No es el de Dublín, el de Dün Laogherie es perfecto.
         —Este tampoco está mal —intervino su padre—. De hecho, es muy bueno.
         —No lo niego, solo digo en voz alta lo que prefiero.
         —Pero como las circunstancias son estas, no vale la pena que pierdas el tiempo añorando lo que no tienes.
         —Vale, se acabó. No voy a discutirlo contigo. —Se levantó con la intención de desaparecer de allí pero al ver la cara de su padre, preguntó muy seria—: ¿Qué pasa ahora?
         —Lo de siempre, sales corriendo cuando hay alguna discusión y no te apetece escuchar lo que tengamos que decirte.
         —¿En serio? —Se quedó quieta y recordó lo que le había dicho Susan al respecto, suspiró y se volvió a sentar—. ¿Es cierto que me voy sin querer escuchar?, ¿que os doy la espalda?
         —Sí, lo has hecho toda la vida.
         —No soy consciente, siempre he creído que se podía hablar conmigo. —Aceptó una taza de café de una Fiona muy sorprendida de su reacción, y miró a los niños jugando en el suelo—. No quiero hacer eso, ni con vosotros, ni con nadie.
         —Bueno, lo estás reconociendo y eso es estupendo. —Él le sonrió y ella suspiró.
         —Estoy preocupada por Ronan, por el colegio de los niños, por el trabajo, no sé —Se atusó el pelo—. Muchos frentes y parece que no se cierran nunca. He pensado en bajar el ritmo en la compañía, estar a este nivel me tiene agotada también, y...bueno...
         —¿Qué?
         —Sinceramente quisiera llevar a los niños al colegio de Dublín y dedicarme a dar clases o algo así, bajar el ritmo, eso es todo.
         —¿Pero por qué Irlanda, hija?
         —Ese colegio es mi sueño y me gustaba vivir allí, los niños tienen allí a la familia, primos de su edad, tranquilidad, otra vida muy diferente a la que llevamos aquí.
         —¿Con él? —su padre tomó un sorbo de café y le clavó los ojos verdes—. ¿En serio?
         —No he dicho eso.
         —Podrías rehacer tu vida con quién quisieras, ¿lo sabes? Eres preciosa, inteligente, una madre estupenda y la persona más fuerte que conozco.
         —Gracias, papá —le apretó el brazo—, pero ahora mismo estoy tan cansada que no sé ni como consigo seguir respirando, os lo digo en serio.
         —Deja de sufrir, hija, puedes hacerlo, es una actitud que se consigue con voluntad. Tienes todo en tu vida para ser feliz, mira a estos pequeñajos.
         Los miró y sonrió, Jamie estaba concentrado en el xilófono que le habían comprado mientras Alex, muchísimo más revoltoso, pasaba por encima de él e intentaba que le hiciera caso, de repente los dos la miraron y le sonrieron con esos ojos claros enormes y tan luminosos, y sintió una ternura gigantesca en el pecho, se levantó y se acercó para abrazarlos, comprendiendo porque no podía dejar de amar a Ronan, nunca lo haría, ¿cómo podría hacerlo si le había dado lo más importante de su vida?



 Capítulo 36

 

 

          
         —¡Qué hija de puta! —Emma miró por enésima vez la revista y luego la estampó contra la pared de ese salón diminuto. Julia levantó los ojos del ordenador y movió la cabeza un poco enfadada.
         —¿Qué cojones te pasa ahora?
         —Es guapa, tiene talento, hijos, una vida de película, a Ronan Molhoney, al gran Liam Galway a su entera disposición. ¿No debería ser pecado tener tanta suerte?
         —¿Sinceramente crees que la vida de Eloisse Molhoney es perfecta?
         —No lo sé, ni me importa, solo sé que mataría por pasar una tarde en su pellejo, con ese cuerpo perfecto, esa cara... Follar con Molhoney y con Liam hasta morirme, todo el puto día, porque no los dejaría en paz... ¡Maldita sea! —Se levantó y pisoteó la revista donde Issi y sus niños aparecían paseando por Hyde Park, unas horas después de que se conociera la noticia del ingreso de Ronan Molhoney en una clínica de desintoxicación, noticia que había filtrado ella, lógicamente, y gracias a las escuchas telefónicas que mantenían en Bow Street—. Tengo que salir.
         —Sal, te vendrá bien.
         —Lo sé, a lo mejor ligo y me relajo un poco.
         —Mientras no hables con nadie... —Dan, el novio de Julia entró en el salón y se sentó frente a su novia—. No llames a Galway, debemos evitarlo, ¿de acuerdo?
         —No me hables como si fuera idiota. —Julia agarró el brazo de Dan para evitar que discutiera y le hizo un gesto para que la dejara salir. Emma estaba insoportable y con varias órdenes de alejamiento encima, así que mejor no empeorar las cosas—. Adiós.
         —Adiós y pásatelo bien —susurró Julia y esperó a que se marchara para hablar—. No te metas con ella, Daniel, ya bastante es soportarla sin tener que oíros discutir.
         —Esa tía está chalada, Julia.
         —Pero nos está haciendo ganar mucha pasta.
         —Sí, pero como meta la pata, la trinque la poli acosando a Galway y hable, nos meterá a todos en un lío.
         —No pasará nada y en todo caso, ¿qué puede decir?
         —¿Que usamos escuchas telefónicas?, ¿que husmeamos en el hospital o en la casa de esa gente?, ¿que los seguimos como perros de presa? Solo por las escuchas nos podrían empapelar durante años.
         Emma bajó las escaleras a la carrera y salió a la calle para caminar por Camdem Town. Las tiendas a esas horas empezaban a cerrar, pero los restaurantes no, así que dio una vuelta y luego se sentó en un restaurante chino a comer ensalada de gambas. Hacía calor y consiguió una mesa en la terraza, rodeada de turistas y gente muy bulliciosa que la distrajeron un rato de sus problemas. No paraba de pensar y de dar vueltas a lo que había pasado, su familia no le hablaba, su madre estaba muy enfadada porque no había respetado su trabajo ni a Jennifer, que le había dado esa gran oportunidad y, además, echaba terriblemente de menos a Liam.
         La última vez que se habían visto, en el Café del Teatro, él había llegado solo y la había tratado con distancia y mucha frialdad, volvió a explicarle lo de su despido, la necesidad de acabar civilizadamente su relación laboral, mientras ella solo pensaba en sus ojos verdes, en su boca, en besarlo hasta desfallecer. Le pidió otra oportunidad, pero él se negó rotundamente y cuando al fin, desesperada, le dijo lo que sentía por él, Liam se levantó de la silla y se marchó sin mirarla a la cara. En ese momento lo odió, hasta lo más profundo de su ser, y fue cuando Julia le dijo que debería vengarse de él y hacer algo de ruido, total, todos los famosos estaban acostumbrados a que se hablara de ellos, a los escándalos, a las especulaciones; era el precio que debían pagar por lo afortunados que eran, por la vida de la que gozaban y por haber nacido bendecidos por el universo.
         La charla con Julia había durado toda la noche, su amiga se había portado como una verdadera santa con ella, la había llevado a su casa y había oído una y mil veces su historia de amor frustrado, un rechazo más en una larga lista de fracasos que debía vengar de alguna manera, eso le dijo Julia, y así lo había hecho, presentando una denuncia contra Galway y su ex por malos tratos y abuso de autoridad.
         Después de eso llegó el escándalo, el enfado de su familia y el interés de la prensa por el tema, tal como esperaban, solo que la estrategia, muy bien ideada por Julia, requería su retiro absoluto de la calle, su desaparición del mundo para evitar a los abogados de Liam, que intentaban llegar hasta ella para presionarla y conseguir que retirara la denuncia, y a los periodistas que querían arrancarle la exclusiva. Debía estar escondida y manejar los plazos, ganarían mucho dinero si tenían paciencia. Luego retiraría la maldita denuncia y se largaría bien lejos, tal vez a Hawai, a vivir un año sabático lejos del mundanal ruido, escribiría un libro, contando todo lo que sabía de Liam Galway, su mujer o sus amigos famosos, como Eloisse y Ronan Molhoney, y se haría famosa también y tal vez entonces, solo entonces, Galway decidiera fijarse en ella y reconocer que la amaba.
         Sacó el teléfono móvil nuevo y recorrió la agenda: Michael Fisher no le hablaba, Ralph tampoco, sus amigos eran cuatro y pasaban de ella, Eloisse no cogería la llamada. Suspiró y buscó un número que figuraba como «american love», pulsó la tecla y esperó a que la voz profunda de Galway respondiera:
         —Hola... —Silencio—. Hola, ¿quién es?, ¿eres tú otra vez, zorra traicionera? —Colgó el teléfono maldiciendo con su acento de Nueva Orleans y ella sonrió abrazando el aparatito, tan enamorada que apenas podía contener las lágrimas.



 Capítulo 37

 

 

          
         Quedaban diez días para acabar la temporada, ocho días de función y otros dos de compromisos de publicidad, fotografía, de prensa, pruebas de vestuario para la próxima obra, presentaciones, etc., cuando esa mañana, en la que Ronan cumplía más de una semana de ingreso en Windsor, la prensa había tenido que publicar las rectificaciones de Viviane Johansson que, presionada por las demandas millonarias por difamación, por atentar contra el honor y la intimidad de Ronan Molhoney, había tenido que redactar de forma inmediata, y donde se retractaba de algunas de sus declaraciones, se aclaraban plazos, circunstancias y naturaleza de sus encuentros, dejando claro que dichas relaciones se habían limitado a un fin de semana en Estocolmo, en medio de un ambiente «festivo, colectivo y descontrolado», sin querer asumir responsabilidad alguna por el interés de los medios de comunicación por su historia, ya que ella se había limitado a acudir a donde la invitaban, contestando, sin ninguna conciencia del daño que podría estar causando al señor Molhoney y a su familia, a las preguntas que se le hacían.
         El documento de rectificación era escueto, pero muy sustancioso, y Eloisse lo leyó sabiendo que aquello había librado a la modelo de acudir a los tribunales para enfrentarse con los cabreados abogados de Ronan, que no tendrían piedad con ella. Ante la cruda realidad, Viviane Johansson había tenido que dar marcha atrás, aunque el daño ya estaba hecho y su fama ya consolidada, porque tanto en su país como en toda Europa siempre sería recordada como la divertida amante de Ronan Molhoney, o al menos eso creía ella, aunque Michael, que se consideraba un experto en esas cuestiones, le había asegurado que la sueca era flor de un día, y que en cuanto hubiera otra historia morbosa en la que hurgar, la prensa se olvidaría de ella y pasaría a otra cosa, olvidándola para siempre al fondo de un armario.
         Flor de un día o no, Viviane Johansson había jugado con fuego y su entorno también. Paul Henderson estaba en boca de todos por su implicación en el despliegue informativo que habían montado entorno a ella y Kevin O’Keefe la había llamado personalmente para explicarse, contarle que Ron estaba tan mal durante ese fin de semana, que no era consciente de lo que hacía, e intentar poner paños calientes, tratando de evitar que los abogados fueran también contra él.
         —Yo no tengo nada que ver en esto, Kevin —le había contestado con mucha tranquilidad—. ¿De qué tienes miedo? No lo entiendo.
         —Bueno, yo organicé las fiestas, y no cuidé de Ron, lo empujé a desatarse, ya sabes, y no fui capaz de prever lo que podría ocurrir si había gente fotografiándolo todo... si perdía el control de esa manera, si dejaba que esas mujeres se nos pegaran a los talones...
         —¿En serio?
         —¿Qué?
         —¿No previste lo que ocurriría?
         —No.
         —Bueno, no sé qué decirte, no tengo nada que ver con esto, han pasado cuatro meses y para mí ya es muy tarde para las explicaciones.
         —No te llamé antes porque Ronan me mata si intento acercarme a ti, ya sabes como es —bromeó muy tenso y ella guardó silencio—. Debí hacerlo, darte una explicación de lo que en realidad sucedió, pero no fui capaz de hacerlo, perdóname.
         —Muy bien, Kevin, adiós.
         Era muy triste que todo el mundo intentara explicarse ahora, aterrados como estaban por el fantasma de las demandas interpuestas por Ronan, y que nadie lo hubiese hecho antes, a tiempo de evitar tanta exposición y tanto daño público, así que no sintió compasión, ni lástima por nadie, mucho menos por Paul Henderson, que incluso la había abordado a la salida del teatro para buscar su apoyo y comprensión en todo aquel asunto, sin embargo no lo había escuchado, y había decidido seguir haciendo lo que siempre hacía, permanecer al margen y en silencio.
         —Ma petite, estás preciosa... —George se la quedó observando, vestida de blanco inmaculado, con un tutú clásico de falda larga, y el pelo recogido en una nubecilla de rosas del mismo color. Estaba esperando su turno para que la fotografiaran para los carteles de la nueva temporada, sentada en un rincón del escenario, con la mirada ausente, como siempre—. ¿Estás bien?
         —Sí, gracias, ¿y tú?
         —Eleonor Fuller me ha dicho que le habías comentado lo de bajar el ritmo. Cree que deberías tomarte un respiro y cambiar la dieta, estás un poco débil.
         —Sí. No estoy muy en forma después del... ya sabes...
         —Aborto. ¿Dos en cinco años?, ¿cuatro embarazos, Eloisse?
         —No empieces otra vez, por Dios. —Bajó la cabeza y se dobló sobre sí misma atándose mejor las zapatillas de punta.
         —Es que cualquiera estaría débil con semejante currículo ginecológico y suma a eso la depresión y... todo lo demás... ya lo sabes.
         —Solo necesito un respiro.
         —Vale, cariño, pero lo hablaremos cuando vuelvas de las vacaciones, son veinte días y aunque tengas a los dos enanitos, no harás ninguna colaboración ni trabajo alguno, así seguro que te repones, porque es verdad que no estás en tu mejor momento, princesa... Ups lo siento.
         —Está bien. —Nadie la llamaba princesa salvo Ronan y aunque parecía una estupidez, dolía, y sus amigos intentaban evitar la dichosa palabra delante de ella—. Está bien.
         —Menudo escándalo habéis organizado, sois muy divertidos los Molhoney.
         —Yo, precisamente, no he organizado nada.
         —Pues deberías, salir, dar entrevistas, ir a ver a Conan O’Brian, me encantó la entrevista de Ronan ahí crucificándose solo, reconociendo cuánto te ama... qué bonito... —Ella guardó silencio porque aún no había visto la famosa entrevista de O’Brian y vio que afortunadamente Anne se acercaba a buscarla.
         —Issi, tu turno, perdona la tardanza.
         —No, está bien, gracias. Adiós, George.
         —Sal con Liam Galway, yo me lo tiraría, o a cualquier otro, puedes elegir, hazlo, preciosa.
         —Ya nos veremos.
         —Adiós, ma petite, y sonríe, estás muy guapa.
         Acabada la tediosa sesión de fotos, se fue al camerino, se cambió y salió a la calle con prisas para llegar a tiempo de dar la comida a los niños, aunque en la calle se encontró, otra vez, con una cámara de televisión y varios paparazzi. Hacía unos días que se habían olvidado de ella, pero por lo visto las rectificaciones públicas de Viviane Johansson en la prensa estaban reactivando, muy a su pesar, el tema y todos parecían interesados en conocer su opinión: «¿Qué opinas de las mentiras de Viviane, Eloisse?», «¿Vas a volver con Ronan?», «¿Vas a demandarla tú?», «¿cuánto dinero crees que ha ganado a vuestra costa?», «¿qué opinas de Paul Henderson?», etc, etc, etc, una serie de preguntas que ella no pensaba contestar y que la siguieron el corto trecho que la separaba de su casa.
         —¿Qué te ha pasado? —preguntó Aurora al verla entrar a la carrera.
         —Prensa, otra vez. ¿Qué tal, niños?, ¿qué os pasa? —los abrazó y se los comió a besos—. ¿Os habéis peleado otra vez?
         —¿Cómo lo sabes? Pues sí, por el teléfono... —Aurora la siguió hasta la cocina donde ella empezó a sacar la comida con un niño agarrado a cada pierna.
         —Habrá que comprar otro móvil para Alex o hacer desaparecer el que ya tenemos, algo haremos, pero no toleraré más peleas por culpa del teléfono.
         —Llamó Ronan. —Issi se detuvo y la miró a los ojos—. Sale hoy de la clínica, se va a quedar en Londres porque tiene que grabar un disco, me ha dicho, y les ha prometido venir a verlos esta noche, y ellos se han peleado por hablar con él, Jamie no quería ceder su teléfono.
         —Bien, ¿y cómo está? —Se le encogió el corazón y se le llenaron los ojos de lágrimas, pero Aurora simuló no verlo.
         —Animado, con mucho trabajo y poco tiempo, nos ha dicho, y deseando ver a los niños. También ha preguntado por ti.
         —Gracias, Aurora. Si quiere que se los lleve a dormir al loft con él, o que se quede aquí, yo me puedo ir a casa de mi padre o a la de Mike. Ofrécele esa posibilidad cuando vuelva a llamar por favor y me dices algo, ¿de acuerdo?
         —Claro, Issi, por supuesto.
          
          
         —¿Y duerme en tu cama cuando se queda allí? —Michael se tumbó junto a Issi en la alfombra. Ralph estaba al otro lado, todos charlando, comiendo palomitas y bombones, y tomando vino, esa noche en que había decidido quedarse con ellos para dejar que Ronan durmiera con sus hijos.
         —En la práctica la cama es suya, la paga él.
         —Qué tonta. —Le tiró una palomita y ella se echó a reír.
         —No lo sé, supongo que dormirán los tres en la cama grande, es una gozada dormir con ellos, charlan hasta que se duermen, comentan los cuentos que les leemos, es para comérselos.
         —Tus hijos son deliciosos, Issi, te lo digo en serio —susurró Ralph.
         —Gracias, yo también lo creo.
         —Y tan guapos. Cuando tengan diecisiete o dieciocho años empezarán a romper corazones como locos y yo presumiré de ellos como una gallina clueca, porque son casi como hijos míos.
         —Yo espero que sean felices.
         —Ya lo son, no hay más que verlos, Issi.
         —En un mundo perfecto yo hubiese tenido dos o tres niños como Jamie y Alex —dijo Ralph, mirándolos con los ojos muy abiertos—, hace años, para ser un padre joven como vosotros, y jugar con ellos, llevarlos de vacaciones, en fin, aún no es tan tarde.
         —Claro que no. —Eloisse le sonrió.
         —No, salvo que cuando Mike se decida a adoptar yo tendré cincuenta años.
         —No esperarás que quiera adoptar niños a los treinta y uno, ¿verdad? Llevo toda una vida de esclavitud por culpa del ballet, no pienso atarme a los hijos tan pronto. Tendremos que disfrutar, digo yo.
         —Eloisse puede hacerlo todo.
         —Ella tiene espíritu de sacrificio, yo no.
         —Pues ya me dirás cuando podremos formar una familia.
         —No voy a pelearme contigo, amor mío, no ahora.
         —Es que a dos semanas de nuestra boda me gustaría saberlo.
         —Ya vale. —Issi agarró la mano de Michael para parar sus protestas—. No puedes ser tan pesimista, Mike, a lo mejor un hijo no es algo tan terrible, no lo veas así. Además, se te dan estupendamente bien los niños, Jamie y Alex te adoran.
         —Porque no vivo con ellos, yo no me siento capaz de cuidar a un niño enfermo o tener la paciencia que tú tienes con ellos siempre, todos los días de tu vida.
         —Vale, ¿y cuál sería tu mundo perfecto, amor mío? —Ralph lo dijo con retintín, pero él lo ignoró.
         —Una casa en la playa, en Malibú por ejemplo, tiempo libre, comer hidratos de carbono a tope, tú y yo caminando por la arena, sin preocupaciones, un coche descapotable, hacer una película al año y muchas cosas divertidas que me hagan ganar mucha pasta.
         —¡Dios, Malibú! No me gusta ese sueño.
         —¿Y el tuyo, Issi?
         —Yo no me quejo con lo que ya tengo, aunque si se trata de pedir, pediría una vida anónima, ser dueña absoluta de mi intimidad.
         —Pero te casaste con una estrella de rock.
         —Lo sé, Mike, por esa razón intento ser coherente y adaptarme, pero sabes que no es nada fácil.
         —Es el precio que se paga por la fama.
         —Yo creo que el precio que se paga por la fama son las cientos de horas de trabajo, los millones de conciertos que Ronan ha dado por todo el mundo, desde los pubs de mala muerte de Dublín al London Arena, los interminables sacrificios que ha hecho por la música desde que tenía diecisiete años, el trabajo sobrehumano que sigue haciendo para sacar un disco al año, para cumplir con su público, los críticos, los productores, para aguantar a todas las personas que lo rodean y dependen de él, etc. Ese debería ser el precio que paga por su fama y nada más, ¿no creéis?
         —Por supuesto, pero parece que no es suficiente.
         —¿Has leído la entrevista del Times?, ¿la que dio Ronan antes de ingresar en la clínica? —Ralph buscó sus ojos—. Salió el domingo.
         —No.
         —Deberías leerla.
         —No, no, es que...
         —Dice algo muy bonito, escucha, no me mires con esa cara. —Ella cerró los ojos y se pasó la mano por el pelo. Ralph se estiró y agarró el periódico del revistero, buscó la entrevista y leyó—: «Solo he estado seguro de dos cosas en mi vida: la primera la música, la segunda: Eloisse Cavendish. Desde que tuve uso de razón supe que tenía que hacer música, era lo natural, una necesidad y un placer. A los ocho años mis padres me matricularon en el conservatorio y fue como subirme al tren correcto para seguir el camino correcto, ya sin preocuparte de nada más que no fuera la música. Años después conocí a mi mujer y tuve la misma certeza, era ella y nadie más, la persona con la que quería vivir el resto de mi vida, la madre de mis hijos, mi otra mitad... Lástima que mi propia estupidez me alejara de ella, aunque nunca he dejado de tener esa certeza y sigo pensando exactamente lo mismo de ella...» —dejó de leer y vio que Issi permanecía con los ojos cerrados—. Es precioso, no me lo negarás.
         —¿Es cierto que fue a verme al hospital cuando lo de... ya sabéis? —preguntó recordando de repente las palabras de Susan y sintiendo un hueco enorme en el estómago.
         —Sí —contestó Michael.
         —¿Y por qué no lo vi?
         —Tu padre no lo dejó pasar y yo pensé que tenía razón, que era mejor que se fuera. Teniendo en cuenta lo que había pasado, las fotos y el escándalo, lo lógico era que no quisieras verlo.
         —¿Y por qué nadie me lo dijo? —lo miró con los ojos húmedos y Michael se encogió de hombros.
         —Nunca lo habías preguntado y te recuerdo que en estos cuatro meses no has querido ni mencionar su nombre.
         —Cuantos vacíos por la falta de comunicación —opinó Ralph tras un largo silencio—. Nuestro compromiso para con las futuras generaciones: animarlos a hablar siempre y en cualquier circunstancia, por dolorosa que sea.
         —Amén. —Mike se inclinó, le agarró la mano y se la besó.



 Capítulo 38

 

 

          
         Si algún privilegio creía haber conseguido Liam Galway a lo largo de su vida y su carrera era la independencia. La libertad para decidir dónde vivir, en qué trabajar, cuando y como quisiera, a quién ver, a quién contratar o qué quitar de su vida. Sin embargo, los últimos meses habían puesto su apacible existencia patas arriba: Amanda se había vuelto a hacer con el control de su tiempo y su espacio, y los inesperados problemas con Emma Capshaw lo estaban obligando a tomar decisiones de las que normalmente prescindía.
         La muchacha se había vuelto impertinente de pronto, descuidando sus funciones para enfrentarse con Amanda como si de una leona en celo se tratara, como si la casa de Chelsea fuera suya, como si su agenda fuera suya, como si Amanda no fuera más que una invasora de la que deshacerse a cualquier precio. Los problemas entre ambas habían empezado nada más conocerse, pero se habían agudizado hasta el punto de que su ex a punto había estado de agredirla, aunque, por otra parte, ya era del todo imposible razonar con ella.
         Tras ese encontronazo inaceptable había tenido que despedirla, comprobando que la joven había perdido del todo la perspectiva actuando delante de él como una amante despechada, una situación muy peligrosa, gravísima, bajo su punto de vista, y que tuvo que poner en manos de sus abogados. En pocas horas habían hecho efectivo su aviso de despido, pero Emma lo había rechazado exigiendo motivos concretos para el mismo, una batalla tan absurda que Liam había decidido dejar en manos de otros, olvidándose completamente del problema, aunque resultara complicado porque Emma Capshaw lo sabía todo de él: tenía sus teléfonos, conocía sus lugares favoritos en la ciudad, sus costumbres, a sus amigos y sus rutinas, y no estaba dispuesta a olvidarse de nada, aunque los abogados acabaran por interponer contra ella varias demandas por acoso.

         Por lo tanto, un simple despido se había convertido en una batalla campal, y mientras Amanda lo acosaba con sus tratamientos hormonales, sus momentos de fertilidad y su desesperación por ser madre, Emma se sacaba de la manga una denuncia en su contra por abuso de poder y maltrato, provocando su decisión de regresar definitivamente a Nueva York, una decisión que venía retrasando desde hacía meses y que lo llevaría finalmente de vuelta a casa después del verano, en cuanto acabara el rodaje de su primer largometraje como director, un proyecto que ya se estaba alargando demasiado por culpa de sus inesperados problemas personales.

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