martes, 18 de marzo de 2014

Mañana: En tierra de tinieblas, parte 6

—Bueno, no sé con qué frecuencia. Pero, por lo que me dijo Olive, me da la impresión de que todos los ataques son iguales.
Homer empezó a ponerse bastante nervioso.
—¿Quieres decir qué...? ¿Crees que el enemigo va a dejarle seguir campando a sus anchas, acercándose a vehículos y volándolos? —Se dio la vuelta y se quedó mirando a los Héroes de Harvery, ansioso, incluso furioso. Vislumbramos a unos cuantos de ellos bajo las copas de los árboles mientras doblaban una curva de la carretera.
—¿Crees que...? —empecé a decir.
—Creo que están locos. Si ya han hecho esto antes… Un tanque cuesta millones. —Nos llevó algunos metros más adelante, a un sitio en el que estábamos bastante expuestos, pero directamente encima del tanque—. Estad atentas —murmuró—. Fijaos en todo.
Terry estaba hablando con Olive en una parte donde la vegetación era más densa, hacia mi izquierda. Luego nos llamó con un susurro de urgencia:
—Meteos bajo los árboles.
Yo avancé unos cuantos pasos hacia la izquierda, pero Homer y Robyn se quedaron donde estaban. Lee y Fi habían estado mirando el tanque desde detrás de unas rocas, al otro lado del cortafuegos, pero ahora se habían vuelto hacia nosotros.
—¿Qué pasa? —pregunto Lee.
—¡Allí! —exclamó Robyn al mismo tiempo.
Un intenso rayo del sol poniente brilló de repente sobre algo que había en un árbol cerca de la carretera, bastante más debajo de donde estábamos. Era el cañón de un arma de fuego. Y de repente lo vi todo. No me podía creer que no lo hubiera visto antes. Quizás a mis ojos les había costado acostumbrarse a la luz. O quizás era como esos dibujos engañosos; por mucho que mires, solo ves el cuerpo de una mujer joven hasta que tu óptica cambia y al final lo que ves es la cara de una mujer anciana.
Ahora, mirara hacia donde mirara, solo veía soldados. Estaban escondidos detrás de los árboles y entre las rocas, formando una media luna encima de la carretera, esperando al capitán Killen y a sus hombres.Era una emboscada, una trampa para estúpidos.
El tiempo dedicado a ser precavidos, nunca es tiempo perdido.
Robyn iba un segundo por delante de todos los demás.
—¡CUUUUUUUU-IIIIIIIIII7! —Estaba de pie, con las manos en la boca, y su llamada rodeó las montañas como el grito de un ave gigante. El efecto fue impresionante. A veces me recordaba a cuando, en casa, yo golpeaba el tronco de un árbol para espantar a las palomas bronce y verlas salir revoloteando en todas direcciones. Pero ahora no era solo el movimiento del árbol. Era una agitación que venía de todas partes. Los soldados empezaron a ponerse en pie, y vi algunas armas apuntar en nuestra dirección. Era evidente que no sabían que estábamos observándolos. Terry salió corriendo de entre la maleza, como una oveja loca. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Debió de pensar que Robyn había perdido la cabeza. O que éramos unos críos estúpidos e irresponsables, como pensaba el capitán Killen. Pero apenas me fijé en él, ni en los soldados. Mis ojos estaban clavados en los guerrilleros. Cuando oyeron la llamada de Robyn, ya habían doblado la curva, y debían de estar a la vista de los soldados. Yo les rogué con cada célula de mí cuerpo «¡Corred! ¡Por Dios, corred!». Pero parecían paralizados. Nos estaban mirando a nosotros. Pude ver la cara del capitán Killen, y me imaginé la expresión que tendría. Seguramente ya había empezado a preparar el discurso que daría al llegar al campamento. Pero era un discurso que nadie oiría jamás. Ninguno de los Héroes de Harvey había desenfundado su fusil. Aún no se habían enterado de la emboscada. Los tres empezamos a gritarles, señalando a los soldados. Un par de ellos se giraron para mirar a su alrededor, y uno incluso levantó el fusil. Y entonces fue cuando empezó el tiroteo. Los hombres empezaron a bailar como marionetas locas, solo durante un instante, girando en distintas direcciones, dando algunos pasos, y luego sacudiéndose y temblando a medida que las balas los alcanzaban. No vi caer a ninguno, porque por aquel entonces algunos de los soldados habían empezado a disparar en nuestra dirección. Tuvimos como un segundo para reaccionar, porque ellos mismo seguían moviéndose: no habían tenido tiempo de apostarse en buenas posiciones, y aún no tenían el tiro ni el objetivo bien cogidos.
7 Este grito suele utilizarse en la Australia salvaje para atraer la atención o indicar localización. Se atribuye su origen a los aborígenes que vivían en la zona donde hoy se sitúa Sidney (N. de los T.)
Nosotros tres nos movimos hacia nuestra derecha, hacia donde estaban Lee y Fi. La distancia desde nuestras posiciones hasta el borde del cortafuegos era probablemente un poco mayor que si nos hubiéramos movido a la izquierda, pero nuestro instinto nos hizo acercarnos a nuestros amigos. Además, el campamento estaba a la derecha, y tener el cortafuegos entre nosotros y el campamento no era muy tranquilizador. Di un salto para cubrir los últimos dos metros, mientras las balas partían las ramas de los árboles con ferocidad sobre mi cabeza Creo que una bala rebotó en una roca, porque pasó a mi lado zumbando como un avión de reacción. Aterricé sobre la gravilla y una especie de planta verde oscura que picaba, gateé unos metros y luego me erguí para seguir corriendo, tomando solo un segundo para volverme a mirar a los demás y comprobar que estaban todos bien. Fi me seguía de cerca; exclamó en voz baja «Están bien», por lo que seguí adelante.
Corrimos por la montaña durante veinte minutos. Yo oía a la gente dar rumbos a izquierda y derecha, y a Fi jadeando detrás de mí. Luego oí la voz de Robyn a mi izquierda, gritando en un tono peligrosamente alto:
—¡Parad todos!
Para entonces, yo ya necesitaba parar. Me detuve, resollando, y me agarré a Fi para estabilizarme. Robyn llegó corriendo montaña arriba en dirección a nosotras.
—¿Estáis bien? —preguntó.
—Si —contesté yo, pensando «Espero no tener una pinta tan horrible como tú». Tenía sangre a un lado de la cabeza, y le salía más de la nariz. Fi fue a tocarle la cara, pero ella le apartó la mano.
—No es nada —aseguró—. Me he golpeado con una rama.
Ya había oscurecido bastante. Se oyeron crujir ramas y gravilla: alguien subía por la pendiente. Me di la vuelta, nerviosa, intentando ver en la penumbra. Era Homer.
—¿Estás bien? —preguntó, justo a la vez que nostras le preguntábamos lo mismo. Él asintió.
—¿Dónde está Lee? —pregunté yo.
—¿No estaba contigo? —preguntó Fi a Homer.
—No, estaba contigo.
—No —dijo Fi—, echó a correr hacia ti justo cuando tú te metías entre los árboles.
—Pues no lo he visto —dijo Homer.
De repente se hizo el silencio.
—No podemos gritar —susurró Homer—. Es demasiado peligroso.
Yo me volví hacia Fi, buscando a alguien a quien culpar.
—Me dijiste que todos estaban bien —le dije, furiosa.
—¡Y lo estaban! —me espetó ella—. Él estaba donde empieza la arboleda, iba corriendo y no le habían disparado. ¿Cómo de bien tenía que estar? No querrías que me parara a hacerle un examen médico. —Estaba temblando, y yo me sentí mal por haberla atacado. Pero no había tiempo para disculpas.
—Vamos a pensar —dijo Homer—. Tenemos que volver al campamento y avisar a los demás. Y tenemos que encontrar a Lee. Si está bien, estará volviendo al campamento. Y si no lo está, tenemos un problema.
—Los demás pueden avisar a los del campamento —dije yo—. Terry y los otros.
—Pero podrían estar al otro lado del cortafuegos —dijo Homer—. Podrían estar atrapados.
—O podrían estar muertos —apuntó Robyn.
—Tenemos que separarnos —dije yo.
—De acuerdo.
—Yo iré a buscar a Lee —dije.
—Voy contigo —se ofreció Homer.
—Vale —dijo Robyn—, entonces nosotras iremos al campamento. Y luego vendremos a buscaros.
—Eso no va a funcionar —dije yo—. En la oscuridad no vamos a poder encontrarnos. Homer y yo volveremos al cortafuegos. Si Lee no está por allí y no hay rastro de él, no podremos hacer gran cosa hasta que amanezca. Si no lo encontramos, lo mejor será que nosotros también volvamos al campamento.
Y aquello fue lo que decidimos. Todos pensamos que podríamos encontrar el campamento, aunque ello implicara ir hasta la base de los precipicios y buscar la cresta.
Homer y yo volvimos corriendo por donde habíamos venido. No nos preocupaba demasiado hacer ruido, porque no esperábamos que salieran corriendo detrás de nosotros por el monte ahora que casi había anochecido. Pero teníamos que intentar calcular cuando estaríamos acercándonos al cortafuegos. Luego resultó que estaba más lejos, y nos arrastramos entre la maleza a paso de tortuga durante aproximadamente media hora.
El cortafuegos era como una carretera pálida bajo la luz de la luna, comparado con la oscuridad de la vegetación que lo rodeaba. Nos escondimos detrás de un arbusto durante unos veinte minutos, mirando el cortafuegos. Finalmente, Homer susurró:
—Parece que no hay peligro.
—Yo iré. Tú quédate aquí.
Antes de que él pudiera protestar, me levanté y empecé a moverme hacia abajo, siguiendo el borde del cortafuegos. Es curioso cómo, estando en grupo, Homer lleva casi siempre la batuta, mientras que cuando estamos los dos solos soy yo quien la lleva. Recorrí prácticamente todo el camino de bajada hasta la carretera. No había nada que valiese la pena detenerse a mirar. Ningún cadáver, ningún soldado, ningún arma. Tampoco ningún tanque. Madre mía, ¿cómo habían podido ser tan idiota los Héroes de Harvey como para caer en aquella emboscada? Sin embargo, tuve que recordarme a mí misma que yo también había picado: pensaba que íbamos a presenciar una alegre fogata y, en cambio, aquello se había convertido en un tiro al blanco, en una horrible masacre sin sentido.
Avancé sigilosamente hacía la derecha hasta llegar casi a la esquina. Vi manchas oscuras en la carretera, y me quedé mirándolas con una especie de fascinación truculenta, sin saber muy bien si eran parches de sangre o las sombras de los árboles. ¿Habrían muerto todos? Empecé a preguntarme qué les habría pasado a los supervivientes, y aquello disparó una cadena de pensamientos que me llevó montaña arriba a buscar a Homer.
—Oye —jadeé, surgiendo de detrás del matorral en el que estaba él—. Supongamos que no los hayan matado a todos. Supongamos que solo los han herido. 
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—¿Cuál sería la primera pregunta que harían a los que hubieran capturado?
—¿Qué? Ah vale, ya sé a qué te refieres, ¿Dónde está vuestro campamento?
—Y si tuvieran que torturarles para sacárselo...
—Lo harían. Vámonos. —Se levantó rápidamente, y luego se detuvo de nuevo—. ¿Y qué hacemos con Lee?
—¿Y qué hacemos con Robyn y con Fi? Si tienen a Lee —dije yo, y la piel de la frente empezó a picarme mientras decía aquello—, lo tienen y punto. Si está herido y se ha quedado tirado en el monte, podríamos pasarnos la noche entera buscándolo y no lo encontraríamos. Y si está bien, entonces él también podría haber regresado al campamento. Podría ser que los tres estuvieran allí, y que el enemigo estuviera atacando el campamento en este preciso instante, mientras nosotros discutimos sobre qué vamos a hacer.
Antes de que terminara la frase, ya estábamos en camino. Todavía nos quedaba otra carrera a trompicones entre la vegetación, arañándonos con la maleza y dándonos golpes. En un momento dado, corrimos sin obstáculos durante unos minutos, sin zarzas ni madrigueras de conejo ni troncos caídos, pero de repente resbalé en una roca musgosa y me caí de bruces, rascándome la rodilla. Por poco hice caer también a Homer.
—¿Estás bien? —me preguntó él.
—No sé por qué, pero sabía que ibas a preguntarme eso.
—¿Pero lo estás o no?
—No lo sé. —Entonces, intentando echar mano de aquella fuerza mental de la que a veces habla Homer, contesté—: Sí, estoy bien. Dame solo un segundo.
Al final necesité unos tres segundos, y luego dije:
—Venga, ayúdame a levantarme. —Me puse en pie, pero me costaba mantener el equilibrio. No era tanto por el dolor de la rodilla como por el susto que me había dado al caer. 
—Tranquila —dijo Homer.
—¿Cómo quieres que lo esté? Vámonos.
Corrimos y cojeamos unos veinte pasos, y entonces volvimos a parar en seco. Esta vez fue el sonido de unos disparos lo que hizo que nos detuviéramos. Aunque se oían a cierta distancia, era un terrible aullido de ametralladoras, con disparos secos de escopetas de fondo. Homer y yo nos miramos, histéricos. Me pregunté si él, Chris y yo acabaríamos viviendo juntos en el Infierno el resto de nuestras vidas. Me pareció una idea horripilante. ¿Y si ni ninguno de nosotros volvía y Chris se quedaba allí solo para siempre? Ninguno de los dos parecía capaz de pensar en nada que decir. Vi los labios de Homer temblar mientras intentaba dar con una idea brillante. Yo abrí la boca, sin saber muy bien qué iba a salir de ella.
—¿Por qué no vamos al árbol?
—¿Al árbol? ¿Qué árbol?
—El árbol por el que bajamos desde el Infierno. El que usamos de escalera.
—¿Crees que podríamos encontrarlo?
—Sí, si subimos hasta los precipicios y damos la vuelta. Seguramente será allá donde vayan.
—De acuerdo.
Sabíamos que no había nada que pudiéramos hacer en el campamento, ahora los soldados estaban allí. No teníamos armas. Y las manos desnudas no son precisamente la mejor defensa contra las balas.
Corrimos. Yo seguía yendo delante, a buen paso. Pensé que si mantenía la rodilla caliente no me dolería tanto, y aunque de vez en cuando me daba una punzada, era soportable. Seguimos montaña arriba, ganando terreno, para pasar muy por encima del campamento y llegar a los precipicios. De vez en cuando se oían disparos, acompañados, ahora que estábamos más cerca del campamento, de chillidos y gritos roncos. No me costó nada mantener la rodilla caliente: toda yo estaba caliente sudando como una loca. Pronto llegamos a una zona frondosa de arboleda, donde correr se volvió imposible, pero seguía abriendo paso. La combinación de oscuridad, cansancio, pánico y vegetación hacía que cada metro por recorrer fuera una agonía. Iba chocando contra todo, gritando de dolor y de frustración, golpeándome la rodilla una y otra vez. En un momento dado me encontré con otro árbol caído y no fui capaz de seguir adelante —no me quedaban fuerzas— y me quedé allí, gimiendo como un bebé.
—Venga —dijo Homer, dando traspiés hasta llegar detrás de mí y darme un pequeño codazo en la espalda. No parecía empatizar mucho conmigo. Creo que estaba demasiado cansado como para ponerse en mi lugar.
Me levanté y pasé por encima del tronco, que ni siquiera era grande, y seguí andando.
Tardamos otra media hora en alcanzar los precipicios. En un momento dado, llegué a pensar que los habíamos pasado de largo, a pesar de que era geográficamente imposible. Pero no era consciente de lo despacio que íbamos. Me alegré tanto de ver el precipicio como a un viejo amigo, y me apoyé contra él un instante, sintiendo la fría roca en mi mejilla. Luego, lentamente, agotada, volví a levantarme, como una ancianita, y me obligué a seguir adelante. Me costaba andar erguida, porque en muchas zonas los árboles crecían justo por el borde del precipicio. Pero al menos sabíamos que íbamos por buen camino hacia nuestro destino definitivo. Y aquella idea nos daba fuerzas para seguir, aunque podía resultar que no nos esperara nadie al llegar allí.
A la una de la madrugada aproximadamente llegamos al viejo árbol blanco, que brillaba como un espectro bajo la pálida luz de la luna. No había nadie. Me senté a un lado del árbol, apoyándome contra él; Homer se sentó al otro lado. No dijimos nada. Nos quedamos allí, esperando. 

Capítulo 10
Un rastro de luz despuntaba en el cielo, al este. ¿O sería mi imaginación? Llevaba mucho tiempo esperando ver el amanecer, pero sin éxito. Homer estaba dormido a mi izquierda, con la boca abierta y roncando suavemente. Yo tenía los ojos pesados y nublados; pensé que a cualquiera que los mirara le parecerían vidriados y opacos. Por suerte, nadie los estaba mirando. Eché un vistazo a mi alrededor, con desgana. Una suave brisa acariciaba las hojas de los árboles, haciéndolas moverse, y murmurar, y jugar. Una rama crujió y cayó en la arboleda que había frente a mí. El crujido fue sorprendentemente fuerte, aunque no la oí caer al suelo. Un gran pájaro, creo que era una lechuza blanca, echó a volar por la cresta del precipicio.
Entonces se oyó el inconfundible sonido de unos pasos humanos: solo las vacas dan pasos pesados y decididos como los humanos, y sería extraño que hubiera vacas en una zona de tanta vegetación. Sentí una mezcla abrumadora de miedo y esperanza. Agarré a Homer por el hombro. Mientras se despertaba, me incliné hacia delante y le tapé la boca con la mano. Él sofocó un grito, y entonces, por la repentina tensión que percibí en su cuerpo, noté que se había despertado.
Los dos nos quedamos allí esperando, paralizados. No podríamos movernos sin hacer un montón de ruido. Y los pasos se acercaban. Estaban acelerando. Yo me quedé allí, acuclillada y lista para la acción. Vi una figura zigzaguear entre los árboles. Era Fi. Levanté los brazos, pero ni siquiera me miró.
—Me están siguiendo —dijo.
Se hizo un angustioso silencio, y entonces Homer le preguntó rápidamente:
—¿Cuántos son?
—No lo sé. Quizá sea solo uno. Lo siento mucho.
Nos volvimos para escuchar los sonidos del monte, e inmediatamente oímos los pasos, más ligeros que los de Fi, menos determinados, menos decididos.
—Lo siento —volvió a decir Fi—. No he podido quitármelo de encima.
Su voz sonaba muerta, sin emoción. Estaba hecha polvo. Yo le di un rápido apretón en el brazo. Homer había cogido un tronco del suelo. Ahora sí que hubiera deseado que tuviera su escopeta de cañones recortados. Miré a mi alrededor en busca de algún arma, pero no había muchas opciones. Al final cogí una piedra, de un tamaño aproximado al de una pelota de béisbol, y se la pasé a Fi, pero creo que no entendió para qué se la daba. Se limitó a sostenerla sin mucha fuerza, sin levantar el brazo. Yo también cogí una piedra. Ninguno sabíamos muy bien qué hacer. Estábamos actuando por instinto, y nuestro instinto nos hacía buscar armas. También podríamos habernos dispersado y correr, pero con el precipicio a nuestras espaldas y el denso bosque al frente, no había muchas opciones. Y bastaba con mirar a Fi para darse cuenta de que teníamos que quedarnos y luchar. Estaba apoyada contra un árbol, el que íbamos a usar de escalera para volver al Infierno. Tenía la cabeza gacha, pero seguía sosteniendo la piedra. Cuando la miré, empezó a tener arcadas y vomitó. Aquel sonido atrajo a su perseguidor: oí los pasos acelerarse un poco. Fuera quien fuera, ahora se dirigía directamente hacia nosotros, con más decisión. Busqué a Homer, pero había desaparecido, aunque me imaginaba detrás de qué árbol se había escondido. Yo también me agaché detrás de un árbol. Vi la silueta de un soldado deslizarse por entre los árboles, a solo diez metros de mí. Era un solo soldado; no vi ni oí ningún otro. Él había visto a Fi e iba derecho a por ella. Aún llevaba el fusil al hombro. Debió de parecerle evidente que Fi no iba a plantarle cara. Y creo que tenía en mente algo más que capturarla. Se movía con rapidez, como un zorro en dirección a una oveja recién parida. No era un hombre hecho y derecho; en realidad era un muchacho, probablemente de nuestra edad, con la constitución delgada de Chris. No llevaba gorra militar, e iba vestido con un uniforme ligero, más de verano que de otoño o invierno. No parecía llevar nada más aparte del fusil. Mientras se dirigía ansioso hacia Fi, yo salí de detrás del árbol y me puse a seguirlo. Estaba aterrada; seguía sin saber muy bien qué hacer; o más bien no me podía creer lo que iba a hacer. Tenía la piedra agarrada con fuerza, cuando de repente me di cuenta de que Fi se había caído. El hombre estaba solo a diez pasos de ella. Yo me encontraba justo detrás de él, pero no era capaz de actuar. Era como si estuviera esperando a que algo me empujara a hacerlo, a hacer algo más aparte de seguirle. Y entonces él mismo me dio el empujón que necesitaba. Debió de oírme, porque de repente empezó a darse la vuelta, levantando una mano al mismo tiempo. Vi sus ojos empezar a abrirse en una mueca de terror, y sentí mis ojos reflejando los suyos. Levanté el brazo y, como en un sueño, empecé a bajarlo en dirección a su cabeza. Entonces tuve un recuerdo instantáneo: una historia de terror que me habían contado según la cual las víctimas de un asesinato conservan la imagen de su asesino en la retina. Dicen que mirar los ojos de un cadáver es como mirar la foto de su asesino. Yo estaba bajando el brazo, pensando en aquello, cuando me di cuenta de que no iba a golpearlo con suficiente violencia, y en el último momento añadí fuerza al ataque. El soldado levantó el brazo como para amortiguar el golpe, pero aun así la piedra le dio bastante fuerte a un lado de la cabeza. El brazo me temblaba un montón, pero por suerte la piedra no se me cayó. El hombre me lanzó un puñetazo y yo me agaché, pero recibí un punzante golpe a un lado de la cabeza que me dejó un poco atontada. Vi su rostro oscuro y sudoroso. Sus ojos parecían entornados. Yo no sabía muy bien por qué, pero pensé que quizá le había dado más fuerte de lo que pensaba. Le lancé un puñetazo a la cara con la piedra, pero él desvió mi mano. Entonces se oyó un ruido de pasos detrás de él. Durante el segundo o así que habíamos estado luchando, yo me había olvidado por completo de Homer, sorprendentemente. El hombre se dio la vuelta con rapidez, apartando la cabeza. Homer se estaba preparando para darle un estacazo de muerte con su tronco, pero falló el golpe y le dio en el hombro en vez de en la cabeza. Al soldado le fallaron las rodillas y perdió el equilibro. En ese momento yo levanté la piedra con ambas manos y la dejé caer con fuerza sobre su cabeza. Se oyó un golpe sordo terrible, como cuando golpeas un árbol con la parte roma de un hacha. Los ojos se le pusieron en blanco, y, con un extraño y débil ronquido, el hombre cayó al suelo como posición de rezar: arrodillado, con la cabeza gacha. Luego cayó al suelo, de lado, y se quedó allí tumbado.
Yo lo miré durante un instante, horrorizada, antes de lanzar la piedra lejos de mí, como si estuviera contaminada. Corrí hacia Fi y la agarré por los hombros. No sé lo que esperaba de ella, pero no lo obtuve. Ella solo me miró a los ojos como si no recordara quién era yo. Entonces me di cuenta de que el hombre podría levantarse en cualquier momento. Sacudí la cabeza con energía, como intentando recuperar la cordura, y luego volví por él. Homer estaba de espaldas, con la cara apoyada contra un árbol, mientras tenía su propio encuentro privado con el diablo. Yo me incliné sobre el soldado, sin saber si deseaba que estuviera vivo o muerto. Estaba vivo; respiraba muy despacio, con profundos ronquidos. Había una larga pausa entre respiración y respiración. Sonaba fatal. Me di cuenta de que habría sido mejor que muriera, aunque me escandalicé por haber pensado aquello. Le quité el fusil y lo lancé a varios metros.
Casi inmediatamente después oí más pasos que se acercaban entre los árboles, unos pasos bastante enérgicos y decididos. Me deslicé por el suelo y volví a coger el fusil, intentando amartillarlo, pero era automático, demasiado difícil de manejar. Lo levanté a la desesperada, como si apuntarlo hacia alguien fuera a protegerme mágicamente. Pero era Robyn la que se dirigía hacia mí, tan serena como siempre… hasta que vio el arma.
—¡Ellie! ¡No me dispares!
Bajé el fusil.
—¿De dónde has sacado eso?
—De ahí —indiqué, todavía temblorosa, pero bajando el fusil con cuidado. Robyn parecía muy contenida, y yo sin embargo estaba a punto de perder completamente el control.
A Robyn se le borró la sonrisa de repente; corrió hacia el soldado y se arrodilló junto a él.
—¿Qué ha pasado? ¿Le has disparado?
—Le hemos golpeado. Con una roca. Y un tronco.
—Madre mía, creo que está bastante grave.
—Tiene que morir, Robyn —dije yo, intentando mantener la voz calmada—. De lo contrario, llamará a sus compañeros y vendrán por nosotros. Y lo primero que harán será tratar por ese árbol. Podrían seguirnos hasta nuestro hogar, hasta el Infierno.
Ella no contestó, sino que dejó al soldado y se dirigió hacia Fi.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Fi la miró durante un instante, como había hecho conmigo. Luego asintió. Me alivió comprobar que tenía la cabeza medianamente en su sitio.
—¿Alguien ha visto a Lee? 
—No —dijo Fi.
Yo le expliqué que Homer y yo habíamos vuelto al cortafuegos, pero que no nos habíamos dedicado a peinar el monte buscándolo.
—Me alegro un montón de haberos encontrado —dijo Robyn—. He venido siguiendo un impulso. Si no hubierais estado aquí… no sé lo que habría hecho. No se me ocurría nada más. —Hizo una pausa durante unos segundos, como si estuviera pensando en algo. Luego decidió tomar el mando.
—Venga chicos —dijo—. Luego ya tendréis tiempo de tener una crisis nerviosa. Como la que voy a tener yo por haber llamado a los hombres de la carretera. Pero ahora no puede ser. Y no estoy de broma. Tenemos que mantenernos juntos si queremos salir vivos de esta.
—¿Qué ha pasado en el campamento? —pregunté yo. Mientras Robyn hablaba, nos fuimos acercando al joven soldado inconsciente, que seguía tumbado en el suelo, respirando con débiles silbidos.
—Ha sido un desastre —dijo Robyn—. Fi y yo no llegamos a tiempo. Habíamos estado perdidas una hora aproximadamente. Y al fin los vimos, a través de los árboles. Estábamos tan cerca… Hasta podíamos ver las tiendas. Todavía no entiendo cómo ha podido pasar. Entonces empezó un tiroteo a nuestro alrededor. El ruido era tan fuerte como si estuviéramos en medio de un grupo de obreros con martillos neumáticos. Un soldado se colocó justo frente a nosotras y empezó a disparar. Si hubiéramos dado solo un paso al frente habríamos podido tocarlo. Es un milagro que no nos oyera, ¿verdad Fi?
Fi se limitó a asentir, atontada. Robyn estaba intentando animarla para que volviera a hablar, pero creo que estaba exhausta, como mínimo.
—Bueno —siguió diciendo Robyn, mirando al suelo—, ¿qué más puedo decir? Fue horrible, asqueroso. Algunas de las balas y proyectiles que usaban parecían fuegos artificiales; eran muy brillantes. Y luego lanzaron una bengala o algo así. La gente… todos corrían en distintas direcciones. No sabían adónde ir. Fue una masacre. Yo me retiré rápidamente, así que no vi gran cosa. Al menos, había tanto ruido que no podían oírme. Y no solo por los disparos, sino también por los gritos. No sé cuánta gente habré visto morir hoy. —Parpadeó con fuerza. Pareció venirse abajo por un instante. Sus labios se torcieron en una mueca y se mordió el nudillo, en un esfuerzo por mantener el control, hasta que poco a poco se recompuso y fue capaz de hablar. Pero lo único que dijo fue—: Intenté encontrar a Fi, pero no la veía por ningún lado. —Miró a Fi, invitándola a tomar el relevo. Creo que quería dejar de ser el centro de atención por un rato.
—Yo eché a correr —susurró Fi—. Lo siento, Robyn. Perdí los papeles y eché a correr. Al cabo de un rato, me di cuenta de que había alguien siguiéndome. Esperaba que fueras tú, pero por el sonido no lo parecía. Te llamé, pero nadie me respondió. Continuaban siguiéndome, así que seguí corriendo. Intenté conducirlos lejos de aquí para luego despistarlos, pero no pude. Al cabo de un rato, me metí bajo una zarza y me escondí. Esperé allí durante horas, hasta que supuse que se habrían ido. No les había oído irse, pero pensé que nadie se sentaría allí a esperar en la oscuridad durante todo aquel tiempo. Así que salí de debajo de la zarza. Nada más hacerlo, alguien se echó a correr en dirección hacia mí. Grité y salí corriendo. Estuve corriendo por el monte sin parar hasta que acabé agotada. Entonces volví a los precipicios. Pensé que sería mejor venir aquí. Esperaba que hubiera alguien más. Lo siento, os he puesto en peligro. No debería haberlo hecho.
Nosotros le rebatimos aquello: «Claro que sí, mujer», «Hiciste lo mejor», «Eso es justo lo que habría hecho yo», pero no sé si sirvió de mucho.
Temblé, sumida en una marea de emociones, al pensar en la terrible noche que Fi debía de haber pasado intentando escapar de aquellos pasos en la oscuridad del monte, dirigiéndose finalmente hacia el árbol pero sin saber si allí encontraría algo más que el silencio de la noche, sabiendo solo que estaba demasiado cansada como para llegar más lejos y que, cuando llegara al árbol, quizá tuviera que darse la vuelta y enfrentarse a la muerte. Aquella había sido una noche horrible para todos nosotros, pero para ella quizá más que para nadie.
Eso suponiendo que Lee estuviera bien.
Robyn volvió a tomar la palabra.
—Todavía está muy oscuro. ¿Qué vamos a hacer? Lee sigue desaparecido, y tenemos a este hombre, inconsciente, al pie de los escalones que llevan a nuestro refugio en el Infierno.
Al fin Homer se espabiló un poco. A todos nos estaba costando mucho esfuerzo. Intentábamos pensar y hablar con normalidad, pero las palabras parecían salir lentamente, como la pasta de dientes del final del tubo cuando la aprietas.
—Podemos esperar un poco más —dijo—. Poneos en el lugar de ellos. No van a estar recorriendo el monte a estas horas buscando supervivientes, ni siquiera de los suyos. Es demasiado peligroso. Y, de todas formas, seguramente pensarán que no se les ha escapado nadie. Yo creo que el que perseguía a Fi era el único que iba por libre.
—¿Y qué hacemos si…? —empecé a decir. Tuve que aclararme la garganta y empezar de nuevo—. ¿Y qué hacemos si dentro de una hora o dos este tío sigue vivo?
Homer no me miró. Con la voz quebrada, dijo:
—Lo que hiciste con aquel tío en Buttercup Lane, al que yo le disparé…
—Pero eso era distinto —protesté—. Lo hice porque iba a morir de todas maneras. Fue una eutanasia.
—Mira a este tío —dijo Homer—. No va a sobrevivir. Y si lo hace, será un vegetal.
—Eso no lo sabes. —Intenté explicar en qué consistía la diferencia—. Aquello fue en el calor del momento. No creo que pudiera hacer lo mismo a sangre fría.
Una de las cosas que más raras me parecen y que más me cuesta entender es que tuviéramos conversaciones como aquella. A nuestra edad, deberíamos haber estado hablando de discotecas y correos electrónicos y exámenes y grupos de música. ¿Cómo podía estar pasándonos aquello? ¿Cómo podíamos estar en aquel monte oscuro, muertos de frío, hambre y miedo, discutiendo sobre a quién debíamos matar? No teníamos los conocimientos, ni la preparación, ni la experiencia que necesitábamos. Tampoco sabíamos si lo que hacíamos estaba bien. No sabíamos nada. Solo éramos unos adolescentes normales, tan normales que éramos hasta aburridos. Y de la noche a la mañana nos habían quitado el techo de la cabeza. Y después de quitarnos el techo, habían entrado y habían arrancado las cortinas, habían hecho pedazos los muebles, habían quemado la casa y nos habían echado a la oscuridad de la noche, obligándonos a huir y a escondernos y a vivir como animales salvajes. No teníamos cimientos, ninguna pared rodeaba nuestras vidas para darles seguridad. Estábamos viviendo una extraña y larga pesadilla en la que teníamos que inventar nuestras propias reglas, inventar nuevos valores, tropezar desorientados, esperando no cometer demasiados errores. Nos aferrábamos a lo que conocíamos y a lo que pensábamos que estaba bien, pero también nos habían quitado todo eso. Yo no sabía si nos quedaríamos sin nada, o si lo que nos quedaría sería una serie de normas y actitudes y comportamientos que nada tienen que ver con nosotros mismos. Podríamos acabar como criaturas diferentes, distorsionadas, deformadas, remotamente parecidas a las personas que un día fuimos.
Por supuesto, entre todo aquello también había momentos —a veces incluso días— en que nos comportábamos de forma «normal», vagamente parecida a los viejos tiempos. Pero nunca era igual. Incluso aquellos momentos estaban deformados por lo que nos había pasado, por aquel mundo nuevo y horrible en el que nos había obligado a vivir. Un mundo que parecía no tener fin, en el que ignorábamos por completo qué acabaría siendo de nosotros, en el que solo existía la supervivencia diaria.
Homer se había agachado sobre el joven soldado y le estaba registrando los bolsillos. Poco a poco, hizo acopio de algunos objetos mientras los demás observábamos en silencio. Costaba ver los detalles en la oscuridad, pero había una cartera y un cuchillo, además de un par de llaves. Luego, de un bolsillo del pecho, Homer sacó una pequeña linterna, no más grande que un bolígrafo, y la encendió. A la luz, vi lo mal que estaba el soldado. Sangraba por los oídos y la nariz, y tenía el cuero cabelludo ensangrentado, de modo que su pelo estaba mojado y apelmazado. También vi lo joven que era. Puede que fuera incluso más joven que nosotros. Su piel era tan suave que se diría que nunca se había afeitado. Tuve que recordarme de manera urgente, con dureza, que podía ser un violador, un asesino potencial. Al mismo tiempo, sabía que no podía matarle.
—Podríamos llevárnoslo lejos —dijo Robyn poco convencida—, para que no lo relacionaran con el árbol y el precipicio.
—¿Y si recupera la consciencia? —pregunté yo— No somos médicos. No sabemos lo que podría pasar.
—Como mínimo tiene una conmoción cerebral —dijo Robyn, aún menos convencida—. Probablemente no recordará dónde estaba ni lo que pasó.
Nadie se molestó en señalar todos los fallos del plan.
Nos quedamos allí, mirando en silencio. Al cabo de una hora aproximadamente empecé a darme cuenta de que el joven soldado iba a resolver el problema por nosotros. Me di cuenta de que su vida se estaba apagando poco a poco. Se estaba muriendo allí, en el suelo, frente a nosotros, mientras lo mirábamos sin decir palabra. No movimos un dedo para salvarlo, aunque dudo que hubiéramos podido hacer mucho de todas formas. Me sentí triste. En el poco rato que habíamos pasado en torno a él, yo había llegado a sentir como si, de una forma extraña, lo conociera. La muerte parecía muy personal, muy cercana cuando llegaba lentamente, casi con suavidad, como entonces. Al tocarlo a él, la muerte nos tocó a todos nosotros. Cada cuarto de hora o así, Homer encendía la linterna, pero, aunque seguía estando muy oscuro allí bajo los árboles, en realidad no la necesitábamos. Pude ver cada subida y bajada de aquel pecho uniformado, pude sentir cada esfuerzo por inspirar de nuevo. Cuando terminaba de exhalar, yo contenía el aliento, deseando que pudiera coger más aire. Pero sus respiraciones se fueron volviendo cada vez más superficiales, y las pausas entre ellas más largas. Si hubiera tenido una pluma sobre los labios, apenas me habría movido mientras él luchaba por otro instante de vida.
Había sido una noche fría, y la mañana también fue fría, pero por primera vez no la sentí. Fi estaba acurrucada contra mí, con su cara apartada del soldado, y eso me ayudaba a mantenerme caliente. De vez en cuando temblaba, con un espasmo que podía ser a causa del frío. Robyn se sentó junto al soldado, mirándolo con calma. Había algo hermoso en su cara mientras observaba la de él. Homer se sentó detrás de él, a la altura de su cabeza también mirándolo con calma, pero había una sombra oscura en su rostro, y cierta impaciencia, por la forma en que estaba sentado hacia delante, como un fusil cargado. Me puso nerviosa verlo así.
Se oyó un crujido lejano entre los árboles, como la rama que había oído caer antes. Por supuesto, se habían oído ruidos durante toda la noche, como suele suceder en la montaña: los chillidos de las zarigüeyas, los aullidos de un perro salvaje, el batir de las alas de las lechuzas, una brisa entre los árboles y unos crujidos misteriosos entre la maleza. Yo estaba acostumbrada a aquellos sonidos y no reaccionaba a ellos; apenas los notaba. Pero aquel era en cierto modo diferente, así que me incorporé un poco y me volví en la dirección de la que provenía. Y entonces oí el grito.
—¡Ellie! ¡Homer! ¿Estáis ahí?
Una oleada de alivio recorrió mi cuerpo.
—¡Lee! ¡Estamos aquí!
Oímos sus pasos dando traspiés mientras corría en dirección a nosotros. Yo me levanté y avancé algunos pasos hacia él. Lee se acercó torpemente por entre los elevados árboles antes de colarse por un estrecho hueco que había justo enfrente de mí. Abrí los brazos y él me abrazó, pero lo único que sentí fueron los huesos de su cuerpo. No sentí amor, ni afecto, ni calor por parte de él, solo una dureza desagradable, y probablemente alivio. Me apartó y miró a su alrededor.
—¿Alguien tiene comida? Estoy desfallecido.
—No —dijo Robyn—. No hay nada.
—Tenemos que irnos de aquí —dijo Lee. Sus ojos habían pasado por el soldado tumbado en el suelo sin mostrar ninguna sorpresa. Pero luego se fijó en él.
—¿Qué hace aquí?
—Estaba siguiendo a Fi —dijo Homer.
—Todavía está vivo —dijo Lee.
—Sí.
—¿Y a qué estáis esperando?
Yo no estaba muy segura de a qué se refería.
—Te estábamos esperando a ti —dije—. Y no sabíamos qué hacer con él. Pero creo que está a punto de morirse.
—Tenemos que irnos —volvió a decir Lee. Sus ojos rastrearon el suelo. De repente, se agachó y agarró el cuchillo del soldado del triste montón de pertenencias. Al principio pensé que había perdido el equilibrio y se había caído encima del cuerpo. Incluso, sobresaltada, empecé a decir «¡Cuidado!». Pero entonces me di cuenta de que había sido a propósito. Lee se había dejado caer de rodillas sobre el pecho del chico al tiempo que hundía el cuchillo en él, apuntando al corazón. El chico soltó un terrible ronquido y sus dos brazos se elevaron ligeramente, con los dedos agitándose. Homer encendió la linterna, y en su luz, concentrada y afilada como un bisturí, vi el rostro del soldado ponerse muy blanco, y un chorro de sangre brotar de su boca, que se abría lentamente. Y así se quedó, abierta. Entonces un espíritu, o algo así, abandonó su rostro, escapó de él cuando murió. Su tez era como el agua, totalmente incolora.
Fi estaba gritando, pero entonces tragó saliva con fuerza y se calló, como si se hubiera tragado el último grito. Se tapó la boca con la mano y dio un hipido. Tenía los ojos abiertos como platos y estaba mirando a Lee como si fuera un monstruo, como si fuera Jack el Destripador. Yo también tenía miedo de él, y me preguntaba si habría cambiado para siempre, si se habría convertido en un demonio. Robyn estaba hiperventilando, con las manos en la garganta. Homer retrocedió, con la mirada fija y las manos hacia atrás, como buscando un apoyo. Pero no había nada en que apoyarse. Yo me quedé allí, estupefacta, mirando el joven cuerpo tendido en el suelo. A Homer se le había caído la linterna, y yo me agaché a recogerla.
Lee se levantó y retrocedió un par de pasos. Luego volvió a acercarse.
—Deshaceos de él —dijo, pero en su voz no había rastro de odio ni dureza. Sonaba casi normal, aunque yo dudaba que volviera a ser normal alguna vez.
—No podemos enterrarlo —dije con voz temblorosa, al borde de la histeria—. No tenemos tiempo, ni tampoco herramientas.
—Lo bajaremos hasta el barranco —dijo Lee.
Ninguno nos movimos, hasta que Lee nos gritó:
—¡Vamos, no os quedéis ahí! ¡Ayudadme!
Yo cogí la cabeza del soldado, que pesaba muchísimo, y Lee le agarró los pies. Ninguno de los demás estaba como para ayudar. Levantamos el cuerpo como pudimos, intentando encontrar un camino lo suficientemente ancho entre la vegetación. Tras recorrer solo diez metros, yo ya estaba sudando. Me costaba creer que aquel hombre que parecía tan ligero pesara tanto. Se me estaba empezando a escurrir, pero entonces Robyn apareció a mi lado y me ayudó.
—Será mejor que no lo arrastremos —dije—, podrían ver las huellas. —Yo misma me sorprendí de haber hecho una observación tan fría, pero nadie dijo nada. Seguimos renqueando, sin atrevernos a pedir a los demás que pararan hasta que no estuvimos en lo alto del barranco. Desde el borde, balanceamos los brazos todo lo que pudimos y dejamos caer con fuerza al soldado por el despeñadero.
—El tío no ha colaborado mucho que digamos —dije yo; volvió a sorprenderme mi propio comentario, pero solo intentaba hacer sentir mejor a los demás, sacarlos de aquella locura.
Nos quedamos allí, mirándolo. Su cuerpo era ahora todo piernas y brazos, como un muñeco roto y desparramado, con la cabeza echada hacia atrás en una postura imposible. Sin decir palabra, Lee dio media vuelta y se fue hacia los árboles. Volvió arrastrando una rama en cada mano, que lanzó encima del cuerpo del soldado. Robyn empezó a ayudarlo, y yo me uní. Pasamos diez minutos lanzando rocas y ramas sobre el cuerpo. Aquello no iba a evitar el olor, ni a disuadir a los perros salvajes y otros animales carnívoros, pero teníamos la esperanza de que, si hacían una búsqueda, la abandonaran al cabo de un día o dos. Aquella parecía una esperanza razonable.
Al poco rato, parecimos llegar al acuerdo de que ya habíamos hecho bastante. El amanecer gris que despuntaba entre los árboles empezaba a iluminar rápidamente a medida que se hacía de día en la montaña. Nos quedamos allí de pie durante un momento. Me sentía rara, como si no quisiera irme de allí sin decir nada. Miré a Robyn y, aunque tenía los ojos abiertos y sus labios no se movían, supe que estaba rezando.
—Dilo en voz alta —le pedí. Ella me miró sorprendida. Volví a pedírselo—: Di algo en voz alta.
—No puedo —dijo ella. Arrugó la frente durante un instante, y al final dijo—: Señor, vela por su alma. —Luego, tras una pausa, añadió con voz firme—: Amén.
—Amén —dije yo, y al cabo de un segundo Lee lo repitió.
Mientras volvíamos con los demás, Lee le dijo a Robyn:
—Si hubieras visto lo que vi yo anoche, no rezarías por ninguno de ellos. Y no te estarías preguntando si hemos hecho lo correcto. Son escoria. Son gusanos.

Entonces entendí por qué había hundido el puñal en el pecho del soldado, pero seguía teniendo miedo de él por haberlo hecho. 

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