miércoles, 26 de marzo de 2014

Destroy me, parte 2

Ella pasa su mano libre por mi pelo, tira mi cabeza hacia atrás, así que estoy obligado a mirarla a los ojos. Y entonces se inclina a mi oído, con sus labios casi tocando mi mejilla.
―¿Me amas? ―susurra.
―¿Qué? ―exhalo―. ¿Qué estás haciendo...?
―¿Todavía me amas? ―pregunta de nuevo, con sus dedos ahora trazando la forma de mi cara, la línea de mi mandíbula.
―Sí ―le digo―. Sí, todavía lo hago...
Ella sonríe.
Es una sonrisa tan dulce e inocente que estoy realmente sorprendido cuando aprieta su agarre alrededor de mi brazo. Ella tuerce mi hombro hacia atrás hasta que estoy seguro de que está siendo arrancado de la clavícula. Estoy viendo puntos cuando dice:
―Casi he terminado.
―¿El qué? ―pregunto, frenético, tratando de mirar a su alrededor―.¿Que has terminado casi...?
―Sólo un poco más y me iré.
―No, no, no te vayas, ¿a dónde vas...?
―Vas a estar bien ―dice ella―. Te lo prometo.
―No ―estoy jadeando―, no
De repente, ella me da un tirón hacia adelante, y estoy despierto tan rápido que no puedo respirar.
Parpadeo varias veces sólo para darme cuenta de que he despertado en mitad de la noche. Una negrura absoluta me saluda desde las esquinas de la habitación. Mi pecho está comprimido, y mi brazo está unido y fuerte, y me doy cuenta de que mis analgésicos han desaparecido. Hay un pequeño control debajo de mi mano, pulso el botón para reponer la dosis.
Me toma unos minutos hacer que mi respiración se estabilice. Mis pensamientos lentamente se retiran del pánico.

Juliette.
No puedo controlar una pesadilla, pero en mis momentos de vigilia su nombre es el único recuerdo que me permito.
La humillación que lo acompaña no me permite mucho más que eso.

Capítulo 7
-Bueno, esto no es vergonzoso. Mi hijo, atado como un animal.
Estoy media convencido de que estoy en otra pesadilla. Pestañeo para abrir mis ojos lentamente, pero puedo sentir el peso real de cada una de las ataduras en mi muñeca izquierda y ambos tobillos. Mi brazo herido sigue atado y en cabestrillo por encima de mi pecho. Y aunque el dolor en mi hombro está presente, está disminuido a un suave zumbido. Me siento más fuerte. Incluso mi cabeza se siente más clara, más aguda de algún modo. Pero luego siento el sabor ácido y metálico en mi boca y me pregunto cuánto tiempo he estado en la cama.
—¿En verdad creías que no me iba a enterar? —pregunta, asombrado.
Se mueve más cerca a la cama, sus pasos reverberando justo por dentro de mí.
—Tienes a Delalieu lloriqueando disculpas por interrumpirme, rogando a mis hombres para que lo culpen por la inconveniencia de esta visita inesperada. No me queda duda de que asustaste el viejo por hacer su trabajo, cuando la verdad es que, me hubiera dado cuenta incluso sin sus alertas. Este —dice—, no es la clase de desastre que puedes permitir. Eres un idiota por pensar de otro modo.
Siento un pequeño jalón en mis piernas y me doy cuenta de que está soltando mis ataduras. El toque de su piel contra la mía es abrupta e inesperada, y desata algo profundo y oscuro dentro de mí, lo suficiente para hacerme sentir físicamente enfermo. Pruebo vomito en la parte posterior de mi garganta. Toma todo mi autocontrol no alejarme de él. 
—Siéntate, hijo. Deberías estar lo suficientemente bien ahora para funcionar. Fuiste muy estúpido para descansar cuando se suponía, y ahora has hipercorregido. Tres días has estado inconsciente, y llegué hace veintisiete horas. Ahora ponte de pie. Esto es ridículo.
Sigo mirando al techo. Apenas respirando.
Él cambia de táctica.
—Tú sabes —dice cuidadosamente—, en verdad escuché una historia interesante sobre ti.
Se sienta en el borde de mi cama; el colchón rechina y ruge bajo su peso.
—¿Te gustaría escucharla?
Mi mano izquierda ha comenzando a temblar. La aprieto rápido bajo mis sábanas de la cama.
—Soldado 45B-76423 —dice él—, cuando escuché que mi hijo finalmente había hecho algo bien. Que finalmente había tomado la iniciativa y se había deshecho de un traidor que había estado robando de nuestros complejos de almacenamiento. Escuché que le disparaste justo en la frente. —Una risa—. Me felicité a mí mismo, me dije que finalmente habías caído en razón, que finalmente habías aprendido a cómo gobernar adecuadamente. Estaba casi orgulloso.
—Es por eso que fue un shock mayor escuchar que la familia de Fletcher seguía viva. —Junta sus manos—. Impactante, por supuesto, porque tú, de todas las personas, deberías conocer las reglas. Los traidores vienen de familias traidoras, y una traición significa la muerte para todos.
Él posa su mano en mi pecho.
Estoy construyendo paredes en mi mente de nuevo. Paredes blancas. Bloques de concreto.
Habitaciones vacías y espacio abierto.
—Es divertido —continúa, ahora pensativo—, porque me dije a mí mismo que esperaría a discutir esto contigo. Pero de algún modo, este momento parece tan adecuado, ¿no es verdad? —Puedo escucharlo sonreír—. Para decirte justamente cuán enormemente… estoy decepcionado. Aunque no puedo decir que estoy sorprendido —suspira—. En sólo un mes has perdido dos soldados, no pudiste retener una chica clínicamente loca, derrocado un sector entero y alentado rebelión entre los ciudadanos. Y de algún modo, no estoy sorprendido en absoluto. 
Sus manos se mueven; se quedan en mi clavícula.
Paredes blancas, pienso.
Bloques de concreto.
Habitaciones vacías. Espacio abierto.
Nada existe dentro de mí. Nada se queda.
—Pero lo que es peor de todo esto —dice él—, no es que te las has arreglado para humillarme al desobedecer mis órdenes que finalmente me las arreglé para establecer. Ni siquiera es que de alguna manera conseguiste ser disparado en el proceso. Sino que le mostraste simpatía a la familia de un traidor —dice él, riéndose, su voz es una cosa feliz y animada—. Esto es imperdonable.
Mis ojos ahora están abiertos, pestañeando ante las luces fluorescentes encima de mi cabeza, enfocadas en el blanco de las bombillas nublando mi visión. No me moveré. No hablaré.
Su mano se cierra alrededor de mi garganta.
El movimiento es tan rudo y violento que casi estoy aliviado. Una parte de mí siempre espera que él lo haga; que tal vez esta vez en verdad me dejará morir. Pero nunca lo hace. Nunca dura.
La tortura no es tortura cuando hay cualquier esperanza de alivio.
Suelta todo muy rápido y consigue exactamente lo que quiere. Me subo, tosiendo, silbando y finalmente haciendo un sonido que reconoce su presencia en esta habitación.
Ahora todo mi cuerpo está temblando, mis músculos en shock por el asalto y por quedarme quieto por tanto tiempo. Mi piel está sudando fría; mis respiraciones son elaboradas y nerviosas.
—Eres muy afortunado —dice él, sus palabras suaves. Ahora está de pie, a no más que centímetros de mi rostro—. Tan afortunado de que estoy aquí para corregir las cosas. Tan afortunado de que tengo tiempo para corregir este error.
Me congelo.
La habitación gira. 
—Fui capaz de rastrear a su esposa —dice él—. La esposa de Fletcher y sus tres hijos. Escucho que envían sus saludos. —Una pausa—. Bueno, eso fue antes de que tuviera que matarlos, así que supongo que en verdad no importa ahora, pero mis hombres me dijeron que decían hola. Parece que ella te recuerda —dice, riéndose suavemente—. La esposa. Ella dice que fuiste a visitarlos después de que todos estos… inconvenientes ocurrieron. Siempre estabas visitando los complejos. Preguntado por los civiles.
Susurro la única palabra que puedo manejar.
—Sal.
—¡Ese es mi muchacho! —dice él, ondeando una mano en mi dirección—. Un idiota patético y sumiso. Algunos días estoy tan asqueado por ti que no sé si dispararte yo mismo. Y luego me doy cuenta de que te gustaría eso, ¿verdad? ¿Para ser capaz de culparme por tu caída? Y pienso que no, es mejor hacer que muera por su propia estupidez.
Miro hacia delante de manera ausente, dedos flexionados contra el colchón.
—Ahora dime —dice él—, ¿qué le pasó a tu brazo? Delalieu parece saber tan poco como los demás.
No digo nada.
—¿Demasiado avergonzado para admitir que fuiste disparado por uno de tus propios soldados entonces?
Cierro mis ojos.
—¿Y qué pasa con la chica? —pregunta él—. ¿Cómo escapó? Escapó con uno de tus hombres, ¿verdad?
Agarro la sábana tan fuerte que mis manos empiezan a temblar.
—Dime —dice él, inclinándose hacia mi oído—. ¿Cómo tratas con un traidor como ese? ¿Vas a visitar su familia, también? ¿Ser amable con su esposa?
Ni quise decirlo en voz alta, pero no me pude detener a tiempo.
—Voy a matarlo. 
Él se ríe en voz alta tan de repente que es casi un graznido. Golpea una mano contra mi cabeza y revuelve mi cabello con los mismos dedos que acabo de cerrar alrededor de mi garganta.
—Mucho mejor —dice—. Muchísimo mejor. Ahora levántate. Tenemos trabajo que hacer.
Y pienso sí, no me importaría hacer la clase de trabajo que quitaría a Adam Kent de este mundo.
Un traidor como él no merece vivir. 

Capítulo 8
Estoy en la ducha durante tanto tiempo que realmente pierdo la noción del tiempo.
Esto nunca ha sucedido antes.
Todo está apagado, desequilibrado. Estoy dudando mis decisiones, dudando de todo lo que pensé que creía, y por primera vez en mi vida, estoy sincera y dolorosamente cansado hasta los huesos.
Mi padre ya está aquí.
Estamos durmiendo bajo el techo olvidado de Dios mismo, una cosa que no esperaba volver a experimentar. Pero estoy aquí, permaneciendo en la base de sus aposentos privados hasta que se sienta lo suficientemente seguro como para irse. Lo que significa que va a arreglar nuestros problemas por causar estragos en el Sector 45. Lo que significa que me reducirá hasta convertirme en su marioneta y mensajero, porque mi padre nunca le da la cara a nadie, excepto a aquellos a los que está a punto de matar.
Él es el comandante supremo del Restablecimiento, y prefiere dictar anónimamente. Viaja a todas partes con el mismo grupo selecto de soldados, se comunica sólo a través de sus hombres y sólo en circunstancias extremadamente raras alguna vez sale de la capital.
La noticia de su llegada al Sector 45 se ha extendido probablemente alrededor de la base por ahora, y probablemente ha aterrorizado a mis soldados. Debido a su presencia, real o imaginaria, sólo ha significado una cosa: tortura.
Ha pasado tanto tiempo desde que me he sentido como un cobarde. 
Pero esto, esto es una bendición. Este momento, esta ilusión de fortaleza. Estar fuera de la cama y en condiciones de bañarme: es una pequeña victoria. Los médicos envolvieron mi brazo herido en una especie de plástico impermeable para la ducha, y por fin estoy lo suficientemente bien para estar de pie por mi cuenta. Mi náusea se ha asentado, el vértigo se ha ido. Finalmente soy capaz de pensar con claridad, y sin embargo, mis opciones todavía parecen tan confusas.
Me he obligado a mí mismo a no pensar en ella, pero estoy empezando a darme cuenta de que no soy lo suficientemente fuerte, no por el momento, y especialmente no mientras todavía estoy buscándola activamente. Se ha convertido en una imposibilidad física.
Hoy, tengo que volver a su habitación.
Tengo que buscar entre sus cosas por cualquier pista que pueda ayudarme a encontrarla. Las literas y taquillas de Kent y Kishimoto ya se han limpiado, nada incriminatorio fue encontrado. Pero ordené a mis hombres dejar su habitación la habitación de Julietteexactamente como estaba. Nadie más que a mí se le permite volver a entrar en ese espacio. No hasta que haya tenido la primera mirada.
Y esto, según mi padre, es mi primera tarea.
Eso es todo Delalieu. Te haré saber si necesito ayuda.
Últimamente ha estado siguiéndome incluso más de lo habitual. Al parecer, él vino a verme cuando no me presente para la asamblea que había convocado hace dos días y tuvo el placer de encontrarme completamente delirante y fuera de mi mente. Él se las arregló para echarse la culpa de todo a sí mismo.
Si fuera cualquier otra persona, lo hubiera degradado.
Sí, señor. Lo siento, señor. Y por favor, perdóneme… yo nunca quise causarle más problemasUstedes no están en peligro por mi parte, teniente.
Lo siento mucho, señor susurra. Sus hombros se caen. Su cabeza baja.
Sus disculpas me hacen sentir incómodo.
Tenga a las tropas formada a las 1300 horas. Y todavía necesito hacerles frente sobre estos últimos acontecimientos.
Sí, señor dice. Él asiente con la cabeza una vez, sin levantar la vista.
Puede irse.
Señor. ―Él deja caer su saludo y desaparece.
Yo me quedo solo frente a su puerta.
Es curioso, como me había convertido acostumbrado a visitarla a ella aquí, como me daba una extraña sensación de confort el saber que ella y yo vivíamos en el mismo edificio. Su presencia en la base cambió todo para mí, la semana que pasó aquí fue la primera vez que disfruté de la vida en estos barrios. Esperaba su temperamento. Sus rabietas. Sus argumentos ridículos. Yo quería que ella me gritara, la hubiera felicitado si alguna vez me hubiera dado una bofetada en la cara. Yo siempre la empujaba, jugando con sus emociones. Quería conocer la chica real atrapada detrás del miedo. Quería liberar de su mundo cuidadosamente construido con restricciones.
Porque mientras ella podría ser capaz de fingir timidez dentro de los límites de aislamiento, aquí, en medio de caos, la destrucción, sabía que ella se había convertido en algo completamente diferente. Sólo estaba esperando. Cada día, pacientemente esperando comprender el alcance de su propio potencial, sin darme cuenta que la había confiado al soldado que podría alejarla de mí.
Debería pegarme un tiro por ello.
En su lugar, abro la puerta. El panel se desliza detrás de mí, mientras cruzo el umbral. Me encuentro solo, de pie, en el último lugar que ella tocó. La cama está desordenada y sin hacer, las puertas de su armario están abiertas, la ventana partida temporalmente cerrada con cinta adhesiva. Hay un hundimiento, un dolor nervioso en el estómago al que elijo no hacerle caso.
Concéntrate.
Entro en el cuarto de baño y examino los artículos de tocador, los armarios, incluso el interior de la ducha.
Nada.
Camino de vuelta a la cama y paso la mano por la colcha arrugada, las almohadas abultadas. Me permito un momento para apreciar la evidencia de que estuvo una vez aquí y luego tiro de la cama. Sábanas, fundas de almohadas, edredón, duvet, y lanzo todo al suelo. Escudriño cada centímetro de las almohadas, el colchón y el armazón de la cama, y otra vez no encuentro nada.
El velador. Nada.
Debajo de la cama. Nada.
Los artefactos de iluminación, el fondo de pantalla, cada pieza de ropa en su armario.
Nada.
Es sólo cuando estoy haciendo mi camino hacia la puerta que algo atrapa mi pie. Miro hacia abajo. Ahí, capturado justo debajo de mi bota, un rectángulo grueso y desteñido. Un cuaderno pequeño y modesto que podría caber en la palma de mi mano.
Y estoy tan aturdido que por un momento no puedo ni moverme.

Capítulo 9
¿Cómo podría haberlo olvidado?
Este cuaderno estaba en su bolsillo el día que ella estaba escapando. Lo encontré antes de que Kent pusiera un arma en mi cabeza, y en algún momento del caos, debió haberlo dejado caer. Y me doy cuenta de que debería haberlo estado buscando esto todo este tiempo.
Me inclino para recogerlo, cuidadosamente sacudiendo los trozos y pedazos de vidrio de las páginas. Mi mano es inestable, mi corazón late en mis oídos. No tengo idea de que puede contener esto. Fotografías. Notas. Pensamientos garabateados y medio formados.
Podría ser cualquier cosa.
Volteo en cuaderno en mis manos, mis dedos memorizando su superficie desgastada y rasposa. La cubierta es de una sombra de café apagado, pero no puedo descifrar si se ha manchado por la suciedad o los años, o si siempre fue su color. Me pregunto por cuánto tiempo lo ha tenido. Dónde podría haberlo adquirido.
Me tambaleo hacia atrás, la parte posterior de mis piernas golpeando su cama. Mis rodillas se debilitan y me agarro del borde del colchón. Tomo una temblorosa respiración y cierro mis ojos.
He visto secuencias de su tiempo en aislamiento, pero fue esencialmente inútil. La iluminación siempre es demasiado leve; la pequeña ventana hizo poco por iluminar las esquinas oscuras de su habitación. A menudo era una forma indistinguible; una sombra oscura que a veces ni siquiera se notaba. Nuestras cámaras sólo eran buenas para detectar movimiento, y tal vez en un momento de suerte cuando el sol la golpeaba en el ángulo adecuado pero rara vez se movía. La mayor parte de su tiempo se la pasaba sentada quieta, muy quieta en su cama o en una esquina oscura. Casi nunca hablaba. Y cuando lo hacía, nunca lo hacía con palabras. Hablaba sólo en números.
Contando.
Ahora algo tan surrealista sobre ella, sentada ahí. Ni siquiera podía ver su rostro; no podía discernir la silueta de su figura. Incluso en ese entonces me fascinaba. Que pudiera parecer tan calmada, tan quieta. Se sentaría en un sólo lugar por horas, sin moverse, y yo siempre me preguntaba qué pasaba por su mente, qué podría estar pensando, cómo podía posiblemente existir en ese mundo solitario.
Más que nada, quería hablarle.
Estaba desesperado por oír su voz.
Siempre había esperado que ella hablara en un lenguaje que pudiera comprender. Pensé que empezaría con algo simple. Tal vez algo inteligible. Pero la primera vez que la atrapamos hablándole a la cámara, no pude apartar la mirada. Me senté ahí, transpirando, los nervios a tope mientras ella tocó con una mano la pared y contó.
La observé contar. 4.572.
Tardó cinco horas.
Sólo después me di cuenta de que ella estaba contando sus respiraciones.
No pude dejar de pensar en ella después de eso. Estuve distraído mucho tiempo antes de que ella llegara a la base, preguntándome constantemente qué podría estar haciendo o si estaba hablando de nuevo. Si ella no estaba contando en voz alta, ¿estaba contando en su cabeza? ¿Alguna vez pensaba en letras? ¿Oraciones completas? ¿Estaba enojada? ¿Triste? ¿Por qué parecía tan serena para una chica que me habían dicho que era un animal completamente volátil y trastornado? ¿Era un truco?
Había visto cada trozo de papel documentando los críticos momentos de su vida. Había leído cada detalle en sus reportes médicos y reportes policiales; había revisado quejas escolares, notas de los médicos, su sentencia oficial del Restablecimiento e incluso el cuestionario de asilo mandado por sus padres. Sabía que había sido retirada de la escuela a los catorce. Sabía que había pasado por varias pruebas y había sido forzada a tomar varias drogas experimentales peligrosas y había tenido que pasar por terapia de electroshock. En dos años había entrado y salido de nueve centros diferentes de detención juvenil y había sido examinada por más de cincuenta diferentes doctores. Todos la describían como un monstruo. La llamaban una peligrosa amenaza para la humanidad. Una chica que había arruinado nuestro mundo y apenas había empezado desde que era una pequeña. A los dieciséis, sus padres sugirieron que fuera encerrada. Entonces así fue.
Nada de esto tenía sentido para mí.
Una chica marginada por la sociedad, por su propia familia, tenía que contener tantas sensaciones. Rabia. Depresión. Resentimiento. ¿Dónde estaba eso?
Ella no era nada como los demás presos del asilo, los que estaban realmente perturbados. Unos pasaban las horas lanzándose hacia la pared, rompiéndose los huesos y fracturándose el cráneo. Otros estaban tan trastornados que rasguñarían su propia piel hasta que sangrara, literalmente rompiéndose a pedazos. Algunos tenían conversaciones enteras con ellos mismos en voz alta, riéndose, cantando y discutiendo. La mayoría se arrancaba su ropa, contentos con dormir y estar de pie desnudos en su propia mugre.
Ella era la única que se bañaba regularmente o incluso lavaba su ropa. Comería sus comidas con calma, siempre acabándose lo que fuera que le dieran. Y pasaba la mayoría de su tiempo mirando hacia afuera por la ventana.
Había estado encerrada por casi un año y no había perdido su sentido de la humanidad. Quería saber cómo suprimía tanto; cómo había logrado una calma tan exterior. Había pedido perfiles de los otros prisioneros porque quería comparaciones. Quería saber si su comportamiento era normal.
No lo era.
Observé el perfil sin pretensiones de esta chica que no podía ver y no conocía, y sentí una increíble cantidad de respeto por ella. La admiré, envidié su compostura, la firmeza de su rostro ante todo lo que había sido obligada a soportar. No creo que entendiera exactamente qué era lo que estaba sintiendo en ese momento, pero sabía que la quería completamente para mí.
Quería conocer sus secretos. Y luego un día, ella se puso de pie en su celda y caminó hacia la ventana. Era temprano en la mañana, justo cuando el sol estaba saliendo; atrapé un destello de su rostro por primera vez. Ella presionó su palma en la ventana y susurró una palabra, sólo una vez.
Perdóname.
Presioné el botón de rebobinar muchas veces.
Nunca le podría decir a nadie que había desarrollado una nueva fascinación con ella. Tenía que hacer una pretensión, una diferencia exterior, una arrogancia hacia ella. Ella iba ser nuestra arma y nada más, sólo un innovador instrumento de tortura.
Un detalle del que me importaba poco.
Mi búsqueda me había llevado a sus archivos por puro accidente. Coincidencia. No la había buscado en una búsqueda de un arma; nunca lo había hecho. Mucho antes de que la hubiera visto en la cámara, y mucho, mucho antes de que le hablara, había estado buscando algo más. Por algo más.
Mis motivos eran personales.
Utilizarla como un arma era una historia que le había dado a mi padre; necesitaba una excusa para tener acceso a ella, para ganar la autorización necesaria para estudiar sus archivos. Era una charada que fui forzado a mantener frente a mis soldados y cientos de cámaras que monitoreaban mi existencia. No la traje a la base para explotar su habilidad.
Y ciertamente no esperaba enamorarme de ella en el proceso.
Pero las verdaderas y reales motivaciones estarían enterradas dentro de mí.
Caigo fuertemente en la cama. Pongo una mano en mi frente, la arrastro por la longitud de mi cara. Nunca debería haber enviado a Kent a quedarse con ella si me hubiera tomado el tiempo de ir yo. Cada movimiento que hice fue un error. Cada esfuerzo calculado fue un fracaso. Sólo quería verla interactuar con alguien. Me pregunté si ella parecía diferente; si había roto las expectativas que ya había formado en mi mente simplemente al tener una conversación normal. Pero verla hablar con alguien más me volvió loco. Estaba celoso. Ridículo. Quería me conociera a mí; quería que me hablara a mí. Y lo sentí en este momento: esa inexplicable y extraña sensación de que ella podría ser la única persona en el mundo que en verdad me podría importar.
Me forcé a sentarme. Me arriesgué a mirar al cuaderno todavía agarrado en mi mano.
La perdí.
Ella me odia.
Ella me odia y yo la rechazo y puede que nunca más la vuelva a ver, y es completamente mi culpa. Este cuaderno puede ser todo lo que me queda de ella. Mi mano todavía está cernida encima de la cubierta, tentándome a abrirlo y encontrarla de nuevo, incluso si es por un pequeño rato, incluso si es sólo en papel. Pero una parte de mí está aterrorizado.
Esto puede no terminar bien. Esto puede ser algo que no quiero ver.
Y que me ayude, si resulta siendo una clase de diario en cuanto a sus pensamientos y sentimientos sobre Kent, puede que simplemente me tire por la ventana.
Golpeo mi puño contra mi frente. Toma una respiración profunda y tranquilizadora.
Finalmente, lo abro. Mis ojos caen a la primera página.
Y sólo en ese momento comienzo a comprender el peso de lo que he encontrado.
Sigo pensando que necesito permanecer calmada, todo está en mi cabeza, que todo va a estar bien y que alguien va a abrir la puerta en este momento, alguien va a dejarme salir de aquí. Sigo pensando que va a pasar, porque las cosas como estás simplemente no suceden. No suceden. Las personas no son olvidadas así. No son abandonadas de esta forma.
Esto simplemente no pasa.
Mi rostro está empastado con sangre de cuando me lanzaron al suelo, mis manos siguen temblorosas mientras escribo esto. Este bolígrafo es mi único escape, mi única voz, ninguna otra mente más que la mía para ahogarse y todas las lanchas de socorro han sido tomadas y todos los chalecos salvavidas estaban rotos y no sé nadar, no puedo nadar no puedo nadar y se está poniendo difícil. Se está volviendo tan difícil. Es como si hubiera un millón de gritos atrapados dentro de mi pecho pero tengo que mantenerlos dentro porque cuál es el punto de gritar si nunca serás escuchado y nadie jamás me escuchará aquí. Nadie me escuchará de nuevo.
He aprendido a quedarme mirando a los objetos.
Las paredes. Mis manos. Las aberturas de las paredes. Las líneas de mis dedos. Las sombras de gris en el concreto. La forma de mis uñas. Escojo un objeto y lo miro por lo que deben ser horas.
Mantengo el tiempo en mi cabeza al contar los segundos mientras pasan. Mantengo los días en mi cabeza al anotarlos. Hoy es el día dos. Hoy es el día dos. Hoy es el día dos.
Hoy.
Hace tanto frío. Hace tanto frío hace tanto frío.
Por favor por favor por favor.
Azoto la portada para cerrar el libro.
Estoy temblando de nuevo, y esta vez no puedo detenerme. Esta vez los temblores vienen desde adentro de mi centro, de una realización profunda de lo que estoy sosteniendo en mis manos.
Este diario no es el tiempo que pasó aquí. No tiene nada que ver conmigo, o Kent, o nadie en absoluto. Este diario documenta sus días pasados en el asilo.
Y de repente este pequeño y abatido cuaderno significa más para mí de lo que he tenido en toda mi vida. 

Capítulo 10
Ni siquiera sé cómo me las arreglo para regresar a mis habitaciones tan rápido. Todo lo que sé es que he quitado los seguros hacia mi habitación, abierto la puerta a mi oficina sólo para encerrarme dentro, y sé que estoy sentado aquí, en mi mesa, pilas de papeles y material confidencial fuera de mi camino, mirando a la cubierta dañada de algo que estoy casi atemorizado de leer. Hay algo tan personal sobre este diario; parece que ha sido formado por los sentimientos más solitarios, los momentos más vulnerables de la vida de una persona. Ella escribió lo que fuera que sea que esté en esas páginas durante algunas de las horas más oscuras de sus diecisiete años y estoy a punto de conseguir exactamente lo que siempre he querido.
Una mirada a su mente.
Y aunque la anticipación me está matando, también estoy bastante consciente de cuán mal puede salir esto. De repente ni siquiera estoy seguro de querer saberlo. Y sin embargo quiero. Definitivamente quiero.
Así que abro el libro y le doy vuelta hacia la página siguiente. Día tres.
Hoy empecé a gritar.
Y esas cuatro palabras me golpean más fuerte que la peor clase de dolor físico.
Mi pecho está alzándose y cayendo, mis respiraciones salen muy fuertes. Tengo que forzarme a seguir leyendo.
Pronto me doy cuenta que las páginas no tienen un orden. Ella parece haber vuelto a empezar al principio después de que llegó al final del cuaderno y se dio cuenta que se le había acabado del espacio. Ella escribe en las márgenes, encima de otros párrafos, en letra diminuta y casi ilegible. Hay números esparcidos por todas partes, algunas veces el mismo número repitiéndose una y otra y otra vez. Algunas veces la misma palabra escrita y re-escrita, en un círculo y subrayada. Y en casi cada página hay frases y párrafos casi completamente tachados.
Es un caos completo.
Mi corazón se encoge al darme cuenta de esto, esto es la prueba de lo que debió haber experimentado. Había hecho hipótesis sobre lo que podría haber sufrido todo ese tiempo, encerrada en tales condiciones tan oscuras y terribles. Pero verlo por mí mismo, deseo que no fuera cierto. Y ahora, incluso aunque trato de leer en orden cronológico, me encuentro incapaz de seguir el método que utilizó para numerar todo; los sistemas que creó en estas páginas es algo que sólo ella sería capaz de descifrar. Sólo puedo hojear el libro y buscar pedazos que estén casi coherentemente escritos.
Mis ojos se congelan en un pasaje particular.
Es una cosa extraña, nunca conocer la paz. Saber que sin importar a donde vayas, no hay un santuario. Que la amenaza de dolor siempre esté a un susurro de distancia. No estoy a salvo encerrada en estas 4 paredes, nunca estuve a salvo al dejar mi casa, y ni siquiera me pude sentir a salvo esos 14 años que viví en casa. El asilo mata a gente todos los días, el mundo ya ha empezado a enseñarme el miedo, y mi hogar es el mismo lugar donde mi padre me encerró en mi habitación cada noche y mi madre me gritó por ser la abominación que estuvo obligada a criar.
Siempre dijo que era mi rostro.
Había algo sobre mi rostro, dijo ella, que no podía soportar. Algo con respecto a mis ojos, la forma en que la miraba, el hecho de que tan siquiera existiera. Siempre me decía que dejara de mirarla. Siempre lo gritaba. Como si fuera a atacarla. Deja de mirarme, gritaría. Simplemente deja de mirarme, gritaría.
Le prendió fuego a mi mano una vez.
Sólo para ver si se quemaría, dijo. Sólo para revisar si era una mano normal, dijo.
Tenía 6 años en ese momento.
Lo recuerdo porque fue en mi cumpleaños.
Tiro el cuaderno al suelo. Me siento de inmediato, tratando de tranquilizar mi corazón. Paso una mano por mi cabello, mis dedos atrapándose en las raíces. Estas palabras son muy cercanas a mí, demasiado familiares. La historia de una niña abusada por sus padres. Encerrada y desechada, es muy cercano a mi mente.
Nunca había leído algo así antes. Nunca había leído nada que me pudiera hablar directamente a los huesos. Y sé que no debería. Lo sé, de alguna manera, que no ayudará, que no me enseñará nada, que no me dará pistas de dónde podría haber ido ella. Ya sé que ésta lectura sólo me volverá loco.
Pero no puedo evitar alcanzar su diario una vez más.
Lo abro.
¿Ya estoy loca?
¿Ya pasó?
¿Cómo lo sabré alguna vez?
Mi intercom chirrea tan de repente que me caigo de mi silla y tengo que agarrarme de la pared detrás de mi escritorio. Mis manos no dejarán de temblar; mi frente está teñida con sudor. Mi brazo vendado ha comenzado a arder y mis piernas de repente son demasiado débiles para ponerme de pie. Tengo que concentrar toda mi energía en sonar normal mientras acepto el mensaje que entra.
—¿Qué? —digo.
—Señor, simplemente me pregunté, si todavía, bueno, la asamblea, señor, a menos de que tenga la hora mala, lo siento mucho por interrumpirlo, no debería haberlo molestado
—Oh por el amor de Dios, Delalieu. —Trato de sacar el temblor de mi voz—. Deje de disculparse. Estoy en camino.
—Sí, señor —dice él—. Gracias, señor.
Desconecto la línea.
Y luego agarro el cuaderno, lo meto en mi bolsillo y salgo por la puerta. 

Capítulo 11
Estoy de pie en el borde del patio por encima del Cuadrante, con vista a los miles de rostros mirando hacia mí. Estos son mis soldados. De pie en fila india con sus uniformes de asamblea. Camisas negras, pantalones negros, botas negras.
No hay armas.
El puño izquierdo apretado contra su corazón.
Hago un esfuerzo para centrarme, y preocuparme, por la tarea en cuestión, pero por alguna razón no puedo dejar de ser muy consciente del cuaderno escondido en mi bolsillo, la forma en que presiona contra mi pierna y me tortura con sus secretos.
Yo no soy yo.
Mis pensamientos están enredados en palabras que no son mías. Tengo que tomar una respiración fuerte para aclarar mi mente, aprieto y aflojo mi puño.
―Sector 45 ―digo, hablando directamente a la malla cuadrada del microfónico.
Se desplazan a la vez, dejando caer su mano izquierda y en su lugar colocan el puño derecho en el pecho.
―Tenemos una serie de cosas importantes que discutir hoy ―les digo―, la primera de los cuales es fácilmente aparente. ―Señalo mi brazo. Estudio cuidadosamente sus elaborados rostros inexpresivos.
Sus pensamientos traidores son tan obvios.

Ellos piensan que soy poco más que un niño trastornado. Ellos no me respetan, no son leales a mí. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario