Ella
pasa su mano libre por mi pelo, tira mi cabeza hacia atrás, así que estoy
obligado a mirarla a los ojos. Y entonces se inclina a mi oído, con sus labios
casi tocando mi mejilla.
―¿Me
amas? ―susurra.
―¿Qué? ―exhalo―. ¿Qué
estás haciendo...?
―¿Todavía
me amas? ―pregunta de nuevo, con sus dedos ahora trazando la forma de mi
cara, la línea de mi mandíbula.
―Sí ―le
digo―. Sí, todavía lo hago...
Ella sonríe.
Es una sonrisa tan dulce
e inocente que estoy realmente sorprendido cuando aprieta su agarre alrededor
de mi brazo. Ella tuerce mi hombro hacia atrás hasta que estoy seguro de que
está siendo arrancado de la clavícula. Estoy viendo puntos cuando dice:
―Casi
he terminado.
―¿El
qué? ―pregunto, frenético, tratando de mirar a su alrededor―.¿Que
has terminado casi...?
―Sólo
un poco más y me iré.
―No,
no, no te vayas, ¿a dónde vas...?
―Vas a
estar bien ―dice ella―. Te lo prometo.
―No ―estoy
jadeando―, no
De repente, ella me da un
tirón hacia adelante, y estoy despierto tan rápido que no puedo respirar.
Parpadeo varias veces
sólo para darme cuenta de que he despertado en mitad de la noche. Una negrura
absoluta me saluda desde las esquinas de la habitación. Mi pecho está
comprimido, y mi brazo está unido y fuerte, y me doy cuenta de que mis
analgésicos han desaparecido. Hay un pequeño control debajo de mi mano, pulso
el botón para reponer la dosis.
Me toma unos minutos
hacer que mi respiración se estabilice. Mis pensamientos lentamente se retiran
del pánico.
Juliette.
No puedo controlar una
pesadilla, pero en mis momentos de vigilia su nombre es el único recuerdo que
me permito.
La humillación que lo
acompaña no me permite mucho más que eso.
Capítulo 7
-Bueno, esto no es
vergonzoso. Mi hijo, atado como un animal.
Estoy media convencido de
que estoy en otra pesadilla. Pestañeo para abrir mis ojos lentamente, pero
puedo sentir el peso real de cada una de las ataduras en mi muñeca izquierda y
ambos tobillos. Mi brazo herido sigue atado y en cabestrillo por encima de mi
pecho. Y aunque el dolor en mi hombro está presente, está disminuido a un suave
zumbido. Me siento más fuerte. Incluso mi cabeza se siente más clara, más aguda
de algún modo. Pero luego siento el sabor ácido y metálico en mi boca y me
pregunto cuánto tiempo he estado en la cama.
—¿En verdad creías que no
me iba a enterar? —pregunta, asombrado.
Se mueve más cerca a la
cama, sus pasos reverberando justo por dentro de mí.
—Tienes a Delalieu lloriqueando
disculpas por interrumpirme, rogando a mis hombres para que lo culpen por la
inconveniencia de esta visita inesperada. No me queda duda de que asustaste el
viejo por hacer su trabajo, cuando la verdad es que, me hubiera dado cuenta
incluso sin sus alertas. Este —dice—, no es la clase de desastre que puedes
permitir. Eres un idiota por pensar de otro modo.
Siento un pequeño jalón
en mis piernas y me doy cuenta de que está soltando mis ataduras. El toque de
su piel contra la mía es abrupta e inesperada, y desata algo profundo y oscuro
dentro de mí, lo suficiente para hacerme sentir físicamente enfermo. Pruebo
vomito en la parte posterior de mi garganta. Toma todo mi autocontrol no
alejarme de él.
—Siéntate,
hijo. Deberías estar lo suficientemente bien ahora para funcionar. Fuiste muy
estúpido para descansar cuando se suponía, y ahora has hipercorregido. Tres
días has estado inconsciente, y llegué hace veintisiete horas. Ahora ponte de
pie. Esto es ridículo.
Sigo mirando al techo.
Apenas respirando.
Él cambia de táctica.
—Tú sabes —dice
cuidadosamente—, en verdad escuché una historia interesante sobre ti.
Se sienta en el borde de
mi cama; el colchón rechina y ruge bajo su peso.
—¿Te gustaría escucharla?
Mi mano izquierda ha
comenzando a temblar. La aprieto rápido bajo mis sábanas de la cama.
—Soldado 45B-76423 —dice
él—, cuando escuché que mi hijo finalmente había hecho algo bien. Que
finalmente había tomado la iniciativa y se había deshecho de un traidor que
había estado robando de nuestros complejos de almacenamiento. Escuché que le
disparaste justo en la frente. —Una risa—. Me felicité a mí mismo, me dije que
finalmente habías caído en razón, que finalmente habías aprendido a cómo
gobernar adecuadamente. Estaba casi orgulloso.
—Es por eso que fue un
shock mayor escuchar que la familia de Fletcher seguía viva. —Junta sus manos—.
Impactante, por supuesto, porque tú, de todas las personas, deberías conocer
las reglas. Los traidores vienen de familias traidoras, y una traición
significa la muerte para todos.
Él posa su mano en mi
pecho.
Estoy construyendo
paredes en mi mente de nuevo. Paredes blancas. Bloques de concreto.
Habitaciones vacías y
espacio abierto.
—Es divertido —continúa,
ahora pensativo—, porque me dije a mí mismo que esperaría a discutir esto
contigo. Pero de algún modo, este momento parece tan adecuado, ¿no es verdad?
—Puedo escucharlo sonreír—. Para decirte justamente cuán enormemente… estoy
decepcionado. Aunque no puedo decir que estoy sorprendido —suspira—. En sólo un
mes has perdido dos soldados, no pudiste retener una chica clínicamente loca,
derrocado un sector entero y alentado rebelión entre los ciudadanos. Y de algún
modo, no estoy sorprendido en absoluto.
Sus
manos se mueven; se quedan en mi clavícula.
Paredes blancas, pienso.
Bloques de concreto.
Habitaciones vacías.
Espacio abierto.
Nada existe dentro de mí.
Nada se queda.
—Pero lo que es peor de
todo esto —dice él—, no es que te las has arreglado para humillarme al
desobedecer mis órdenes que finalmente me las arreglé para establecer. Ni
siquiera es que de alguna manera conseguiste ser disparado en el proceso. Sino
que le mostraste simpatía a la familia de un traidor —dice él, riéndose, su voz
es una cosa feliz y animada—. Esto es imperdonable.
Mis ojos ahora están
abiertos, pestañeando ante las luces fluorescentes encima de mi cabeza,
enfocadas en el blanco de las bombillas nublando mi visión. No me moveré. No
hablaré.
Su mano se cierra
alrededor de mi garganta.
El movimiento es tan rudo
y violento que casi estoy aliviado. Una parte de mí siempre espera que él lo
haga; que tal vez esta vez en verdad me dejará morir. Pero nunca lo hace. Nunca
dura.
La tortura no es tortura
cuando hay cualquier esperanza de alivio.
Suelta todo muy rápido y
consigue exactamente lo que quiere. Me subo, tosiendo, silbando y finalmente
haciendo un sonido que reconoce su presencia en esta habitación.
Ahora todo mi cuerpo está
temblando, mis músculos en shock por el asalto y por quedarme quieto por tanto
tiempo. Mi piel está sudando fría; mis respiraciones son elaboradas y
nerviosas.
—Eres muy afortunado
—dice él, sus palabras suaves. Ahora está de pie, a no más que centímetros de
mi rostro—. Tan afortunado de que estoy aquí para corregir las cosas. Tan
afortunado de que tengo tiempo para corregir este error.
Me congelo.
La habitación gira.
—Fui
capaz de rastrear a su esposa —dice él—. La esposa de Fletcher y sus tres
hijos. Escucho que envían sus saludos. —Una pausa—. Bueno, eso fue antes de que
tuviera que matarlos, así que supongo que en verdad no importa ahora, pero mis
hombres me dijeron que decían hola. Parece que ella te recuerda —dice, riéndose
suavemente—. La esposa. Ella dice que fuiste a visitarlos después de que todos
estos… inconvenientes ocurrieron. Siempre estabas visitando los complejos.
Preguntado por los civiles.
Susurro la única palabra
que puedo manejar.
—Sal.
—¡Ese es mi muchacho!
—dice él, ondeando una mano en mi dirección—. Un idiota patético y sumiso.
Algunos días estoy tan asqueado por ti que no sé si dispararte yo mismo. Y
luego me doy cuenta de que te gustaría eso, ¿verdad? ¿Para ser capaz de
culparme por tu caída? Y pienso que no, es mejor hacer que muera por su propia
estupidez.
Miro hacia delante de
manera ausente, dedos flexionados contra el colchón.
—Ahora dime —dice él—,
¿qué le pasó a tu brazo? Delalieu parece saber tan poco como los demás.
No digo nada.
—¿Demasiado avergonzado
para admitir que fuiste disparado por uno de tus propios soldados entonces?
Cierro mis ojos.
—¿Y qué pasa con la
chica? —pregunta él—. ¿Cómo escapó? Escapó con uno de tus hombres, ¿verdad?
Agarro la sábana tan
fuerte que mis manos empiezan a temblar.
—Dime —dice él,
inclinándose hacia mi oído—. ¿Cómo tratas con un traidor como ese? ¿Vas a
visitar su familia, también? ¿Ser amable con su esposa?
Ni quise decirlo en voz
alta, pero no me pude detener a tiempo.
—Voy a matarlo.
Él se
ríe en voz alta tan de repente que es casi un graznido. Golpea una mano contra
mi cabeza y revuelve mi cabello con los mismos dedos que acabo de cerrar
alrededor de mi garganta.
—Mucho mejor —dice—.
Muchísimo mejor. Ahora levántate. Tenemos trabajo que hacer.
Y pienso sí, no me
importaría hacer la clase de trabajo que quitaría a Adam Kent de este mundo.
Un traidor como él no
merece vivir.
Capítulo 8
Estoy
en la ducha durante tanto tiempo que realmente pierdo la noción del tiempo.
Esto
nunca ha sucedido antes.
Todo
está apagado,
desequilibrado. Estoy dudando mis decisiones, dudando de todo lo que pensé que
creía, y por primera
vez en mi vida, estoy sincera y dolorosamente cansado hasta los huesos.
Mi
padre ya está aquí.
Estamos
durmiendo bajo el techo olvidado de Dios mismo, una cosa que no esperaba volver
a experimentar. Pero estoy aquí, permaneciendo en la base de sus aposentos privados hasta que se
sienta lo suficientemente seguro como para irse. Lo que significa que va a
arreglar nuestros problemas por causar estragos en el Sector 45. Lo que
significa que me reducirá hasta
convertirme en su marioneta y mensajero, porque mi padre nunca le da la cara a
nadie, excepto a aquellos a los que está a punto de matar.
Él es el comandante supremo del Restablecimiento, y prefiere dictar
anónimamente.
Viaja a todas partes con el mismo grupo selecto de soldados, se comunica sólo a través de sus hombres y sólo en circunstancias extremadamente raras
alguna vez sale de la capital.
La
noticia de su llegada al Sector 45 se ha extendido probablemente alrededor de
la base por ahora, y probablemente ha aterrorizado a mis soldados. Debido a su
presencia, real o imaginaria, sólo ha significado una cosa: tortura.
Ha
pasado tanto tiempo desde que me he sentido como un cobarde.
Pero esto, esto es una bendición. Este momento, esta ilusión de fortaleza. Estar fuera de la cama y en condiciones de bañarme: es una pequeña victoria. Los médicos envolvieron mi
brazo herido en una especie de plástico impermeable para la ducha, y por fin estoy lo suficientemente
bien para estar de pie por mi cuenta. Mi náusea se ha asentado, el vértigo se ha ido. Finalmente soy capaz de
pensar con claridad, y sin embargo, mis opciones todavía parecen tan confusas.
Me he
obligado a mí mismo a no
pensar en ella, pero estoy empezando a darme cuenta de que no soy lo
suficientemente fuerte, no por el momento, y especialmente no mientras todavía estoy buscándola activamente. Se ha convertido en una imposibilidad física.
Hoy,
tengo que volver a su habitación.
Tengo
que buscar entre sus cosas por cualquier pista que pueda ayudarme a
encontrarla. Las literas y taquillas de Kent y Kishimoto ya se han limpiado,
nada incriminatorio fue encontrado. Pero ordené a mis hombres dejar su habitación ―la habitación de Juliette― exactamente como estaba. Nadie más que a mí
se le permite volver a entrar en ese espacio. No hasta que haya tenido
la primera mirada.
Y
esto, según mi padre,
es mi primera tarea.
―Eso es todo Delalieu. Te haré saber si necesito ayuda.
Últimamente ha estado siguiéndome incluso más de lo habitual. Al parecer, él vino a
verme cuando no me presente para la asamblea que había convocado hace dos días y tuvo el
placer de encontrarme completamente delirante y fuera de mi mente. Él se las arregló para echarse la culpa de todo a sí mismo.
Si
fuera cualquier otra persona, lo hubiera degradado.
―Sí, señor. Lo siento, señor. Y por favor, perdóneme… yo nunca quise causarle más problemas… ―Ustedes no están en peligro por mi parte, teniente.
―Lo siento mucho, señor ―susurra. Sus
hombros se caen. Su cabeza baja.
Sus
disculpas me hacen sentir incómodo.
―Tenga a las tropas formada a las 1300 horas. Y todavía necesito hacerles frente sobre estos últimos acontecimientos.
―Sí, señor ―dice. Él asiente con
la cabeza una vez, sin levantar la vista.
―Puede irse.
―Señor. ―Él deja caer su saludo y desaparece.
Yo me
quedo solo frente a su puerta.
Es
curioso, como me había convertido
acostumbrado a visitarla a ella aquí, como me daba una extraña sensación de confort
el saber que ella y yo vivíamos en el mismo edificio. Su presencia en la base cambió todo para mí, la semana que pasó aquí fue la
primera vez que disfruté de la vida en estos barrios. Esperaba su temperamento.
Sus rabietas. Sus argumentos ridículos. Yo quería que ella me gritara, la hubiera felicitado si alguna vez me
hubiera dado una bofetada en la cara. Yo siempre la empujaba, jugando con sus
emociones. Quería conocer la
chica real atrapada detrás del miedo.
Quería liberar de
su mundo cuidadosamente construido con restricciones.
Porque
mientras ella podría ser capaz
de fingir timidez dentro de los límites de aislamiento, aquí, en medio de caos, la destrucción, sabía que ella se había convertido en algo completamente
diferente. Sólo estaba
esperando. Cada día,
pacientemente esperando comprender el alcance de su propio potencial, sin darme
cuenta que la había confiado al
soldado que podría alejarla de
mí.
Debería pegarme un tiro por ello.
En su
lugar, abro la puerta. El panel se desliza detrás de mí, mientras
cruzo el umbral. Me encuentro solo, de pie, en el último lugar que ella tocó. La cama está
desordenada y sin hacer, las puertas de su armario están abiertas, la ventana partida temporalmente
cerrada con cinta adhesiva. Hay un hundimiento, un dolor nervioso en el estómago al que elijo no hacerle caso.
Concéntrate.
Entro
en el cuarto de baño y examino
los artículos de
tocador, los armarios, incluso el interior de la ducha.
Nada.
Camino
de vuelta a la cama y paso la mano por la colcha arrugada, las almohadas
abultadas. Me permito un momento para apreciar la evidencia de que estuvo una
vez aquí y luego tiro
de la cama. Sábanas, fundas
de almohadas, edredón, duvet, y
lanzo todo al suelo. Escudriño cada centímetro de las
almohadas, el colchón y el armazón de la cama, y otra vez no encuentro nada.
El
velador. Nada.
Debajo
de la cama. Nada.
Los
artefactos de iluminación, el fondo
de pantalla, cada pieza de ropa en su armario.
Nada.
Es sólo cuando estoy haciendo mi camino hacia la
puerta que algo atrapa mi pie. Miro hacia abajo. Ahí, capturado justo debajo de mi bota, un
rectángulo grueso
y desteñido. Un cuaderno
pequeño y modesto
que podría caber en la
palma de mi mano.
Y
estoy tan aturdido que por un momento no puedo ni moverme.
Capítulo 9
¿Cómo podría haberlo
olvidado?
Este cuaderno estaba en
su bolsillo el día que ella estaba escapando. Lo encontré antes de que Kent
pusiera un arma en mi cabeza, y en algún momento del caos, debió haberlo dejado
caer. Y me doy cuenta de que debería haberlo estado buscando esto todo este tiempo.
Me inclino para
recogerlo, cuidadosamente sacudiendo los trozos y pedazos de vidrio de las
páginas. Mi mano es inestable, mi corazón late en mis oídos. No tengo idea de
que puede contener esto. Fotografías. Notas. Pensamientos garabateados y medio
formados.
Podría ser cualquier
cosa.
Volteo en cuaderno en mis
manos, mis dedos memorizando su superficie desgastada y rasposa. La cubierta es
de una sombra de café apagado, pero no puedo descifrar si se ha manchado por la
suciedad o los años, o si siempre fue su color. Me pregunto por cuánto tiempo
lo ha tenido. Dónde podría haberlo adquirido.
Me tambaleo hacia atrás,
la parte posterior de mis piernas golpeando su cama. Mis rodillas se debilitan
y me agarro del borde del colchón. Tomo una temblorosa respiración y cierro mis
ojos.
He visto secuencias de su
tiempo en aislamiento, pero fue esencialmente inútil. La iluminación siempre es
demasiado leve; la pequeña ventana hizo poco por iluminar las esquinas oscuras
de su habitación. A menudo era una forma indistinguible; una sombra oscura que
a veces ni siquiera se notaba. Nuestras cámaras sólo eran buenas para detectar
movimiento, y tal vez en un momento de suerte cuando el sol la golpeaba en el
ángulo adecuado pero rara vez se movía. La mayor parte de su
tiempo se la pasaba sentada quieta, muy quieta en su cama o en una esquina
oscura. Casi nunca hablaba. Y cuando lo hacía, nunca lo hacía con palabras.
Hablaba sólo en números.
Contando.
Ahora algo tan
surrealista sobre ella, sentada ahí. Ni siquiera podía ver su rostro; no podía
discernir la silueta de su figura. Incluso en ese entonces me fascinaba. Que
pudiera parecer tan calmada, tan quieta. Se sentaría en un sólo lugar por
horas, sin moverse, y yo siempre me preguntaba qué pasaba por su mente, qué
podría estar pensando, cómo podía posiblemente existir en ese mundo solitario.
Más que nada, quería
hablarle.
Estaba desesperado por
oír su voz.
Siempre había esperado
que ella hablara en un lenguaje que pudiera comprender. Pensé que empezaría con
algo simple. Tal vez algo inteligible. Pero la primera vez que la atrapamos
hablándole a la cámara, no pude apartar la mirada. Me senté ahí, transpirando,
los nervios a tope mientras ella tocó con una mano la pared y contó.
La observé contar. 4.572.
Tardó cinco horas.
Sólo después me di cuenta
de que ella estaba contando sus respiraciones.
No pude dejar de pensar
en ella después de eso. Estuve distraído mucho tiempo antes de que ella llegara
a la base, preguntándome constantemente qué podría estar haciendo o si estaba
hablando de nuevo. Si ella no estaba contando en voz alta, ¿estaba contando en
su cabeza? ¿Alguna vez pensaba en letras? ¿Oraciones completas? ¿Estaba
enojada? ¿Triste? ¿Por qué parecía tan serena para una chica que me habían
dicho que era un animal completamente volátil y trastornado? ¿Era un truco?
Había visto cada trozo de
papel documentando los críticos momentos de su vida. Había leído cada detalle
en sus reportes médicos y reportes policiales; había revisado quejas escolares,
notas de los médicos, su sentencia oficial del Restablecimiento e incluso el
cuestionario de asilo mandado por sus
padres. Sabía que había sido retirada de la escuela a los catorce. Sabía que
había pasado por varias pruebas y había sido forzada a tomar varias drogas
experimentales peligrosas y había tenido que pasar por terapia de electroshock.
En dos años había entrado y salido de nueve centros diferentes de detención
juvenil y había sido examinada por más de cincuenta diferentes doctores. Todos
la describían como un monstruo. La llamaban una peligrosa amenaza para la
humanidad. Una chica que había arruinado nuestro mundo y apenas había empezado
desde que era una pequeña. A los dieciséis, sus padres sugirieron que fuera
encerrada. Entonces así fue.
Nada de esto tenía
sentido para mí.
Una chica marginada por
la sociedad, por su propia familia, tenía que contener tantas sensaciones.
Rabia. Depresión. Resentimiento. ¿Dónde estaba eso?
Ella no era nada como los
demás presos del asilo, los que estaban realmente perturbados. Unos pasaban las
horas lanzándose hacia la pared, rompiéndose los huesos y fracturándose el cráneo.
Otros estaban tan trastornados que rasguñarían su propia piel hasta que
sangrara, literalmente rompiéndose a pedazos. Algunos tenían conversaciones
enteras con ellos mismos en voz alta, riéndose, cantando y discutiendo. La
mayoría se arrancaba su ropa, contentos con dormir y estar de pie desnudos en
su propia mugre.
Ella era la única que se
bañaba regularmente o incluso lavaba su ropa. Comería sus comidas con calma,
siempre acabándose lo que fuera que le dieran. Y pasaba la mayoría de su tiempo
mirando hacia afuera por la ventana.
Había estado encerrada
por casi un año y no había perdido su sentido de la humanidad. Quería saber
cómo suprimía tanto; cómo había logrado una calma tan exterior. Había pedido
perfiles de los otros prisioneros porque quería comparaciones. Quería saber si
su comportamiento era normal.
No lo era.
Observé el perfil sin
pretensiones de esta chica que no podía ver y no conocía, y sentí una increíble
cantidad de respeto por ella. La admiré, envidié su compostura, la firmeza de
su rostro ante todo lo que había sido obligada a soportar. No creo que
entendiera exactamente qué era lo que estaba sintiendo en ese momento, pero
sabía que la quería completamente para mí.
Quería conocer sus
secretos. Y
luego un día, ella se puso de pie en su celda y caminó hacia la ventana. Era
temprano en la mañana, justo cuando el sol estaba saliendo; atrapé un destello
de su rostro por primera vez. Ella presionó su palma en la ventana y susurró
una palabra, sólo una vez.
Perdóname.
Presioné el botón de
rebobinar muchas veces.
Nunca le podría decir a
nadie que había desarrollado una nueva fascinación con ella. Tenía que hacer
una pretensión, una diferencia exterior, una arrogancia hacia ella. Ella iba
ser nuestra arma y nada más, sólo un innovador instrumento de tortura.
Un detalle del que me
importaba poco.
Mi búsqueda me había
llevado a sus archivos por puro accidente. Coincidencia. No la había buscado en
una búsqueda de un arma; nunca lo había hecho. Mucho antes de que la hubiera
visto en la cámara, y mucho, mucho antes de que le hablara, había estado
buscando algo más. Por algo más.
Mis motivos eran
personales.
Utilizarla como un arma
era una historia que le había dado a mi padre; necesitaba una excusa para tener
acceso a ella, para ganar la autorización necesaria para estudiar sus archivos.
Era una charada que fui forzado a mantener frente a mis soldados y cientos de
cámaras que monitoreaban mi existencia. No la traje a la base para explotar su
habilidad.
Y ciertamente no esperaba
enamorarme de ella en el proceso.
Pero las verdaderas y
reales motivaciones estarían enterradas dentro de mí.
Caigo fuertemente en la
cama. Pongo una mano en mi frente, la arrastro por la longitud de mi cara.
Nunca debería haber enviado a Kent a quedarse con ella si me hubiera tomado el
tiempo de ir yo. Cada movimiento que hice fue un error. Cada esfuerzo calculado
fue un fracaso. Sólo quería verla interactuar con alguien. Me pregunté si ella
parecía diferente; si había roto las expectativas que ya había formado en mi
mente simplemente al tener una conversación normal. Pero
verla hablar con alguien más me volvió loco. Estaba celoso. Ridículo. Quería me
conociera a mí; quería que me hablara a mí. Y lo sentí en este momento: esa
inexplicable y extraña sensación de que ella podría ser la única persona en el
mundo que en verdad me podría importar.
Me forcé a sentarme. Me
arriesgué a mirar al cuaderno todavía agarrado en mi mano.
La perdí.
Ella me odia.
Ella me odia y yo la
rechazo y puede que nunca más la vuelva a ver, y es completamente mi culpa.
Este cuaderno puede ser todo lo que me queda de ella. Mi mano todavía está
cernida encima de la cubierta, tentándome a abrirlo y encontrarla de nuevo,
incluso si es por un pequeño rato, incluso si es sólo en papel. Pero una parte
de mí está aterrorizado.
Esto puede no terminar
bien. Esto puede ser algo que no quiero ver.
Y que me ayude, si
resulta siendo una clase de diario en cuanto a sus pensamientos y sentimientos
sobre Kent, puede que simplemente me tire por la ventana.
Golpeo mi puño contra mi
frente. Toma una respiración profunda y tranquilizadora.
Finalmente, lo abro. Mis
ojos caen a la primera página.
Y sólo en ese momento
comienzo a comprender el peso de lo que he encontrado.
Sigo pensando que
necesito permanecer calmada, todo está en mi cabeza, que todo va a estar bien y
que alguien va a abrir la puerta en este momento, alguien va a dejarme salir de
aquí. Sigo pensando que va a pasar, porque las cosas como estás simplemente no
suceden. No suceden. Las personas no son olvidadas así. No son abandonadas de
esta forma.
Esto simplemente no pasa.
Mi rostro está empastado
con sangre de cuando me lanzaron al suelo, mis manos siguen temblorosas
mientras escribo esto. Este bolígrafo es mi único escape, mi única voz, ninguna
otra mente más que la mía para ahogarse y todas las lanchas de socorro han sido
tomadas y todos los chalecos salvavidas estaban rotos y no sé nadar, no puedo
nadar no puedo nadar y se está poniendo difícil. Se está volviendo tan difícil.
Es como si hubiera un millón de gritos atrapados dentro
de mi pecho pero tengo que mantenerlos dentro porque cuál es el punto de gritar
si nunca serás escuchado y nadie jamás me escuchará aquí. Nadie me escuchará de
nuevo.
He aprendido a quedarme
mirando a los objetos.
Las paredes. Mis manos.
Las aberturas de las paredes. Las líneas de mis dedos. Las sombras de gris en
el concreto. La forma de mis uñas. Escojo un objeto y lo miro por lo que deben
ser horas.
Mantengo el tiempo en mi
cabeza al contar los segundos mientras pasan. Mantengo los días en mi cabeza al
anotarlos. Hoy es el día dos. Hoy es el día dos. Hoy es el día dos.
Hoy.
Hace tanto frío. Hace
tanto frío hace tanto frío.
Por favor por favor por
favor.
Azoto la portada para
cerrar el libro.
Estoy temblando de nuevo,
y esta vez no puedo detenerme. Esta vez los temblores vienen desde adentro de
mi centro, de una realización profunda de lo que estoy sosteniendo en mis
manos.
Este diario no es el
tiempo que pasó aquí. No tiene nada que ver conmigo, o Kent, o nadie en
absoluto. Este diario documenta sus días pasados en el asilo.
Y de repente este pequeño
y abatido cuaderno significa más para mí de lo que he tenido en toda mi vida.
Capítulo 10
Ni siquiera sé cómo me las
arreglo para regresar a mis habitaciones tan rápido. Todo lo que sé es que he
quitado los seguros hacia mi habitación, abierto la puerta a mi oficina sólo
para encerrarme dentro, y sé que estoy sentado aquí, en mi mesa, pilas de papeles
y material confidencial fuera de mi camino, mirando a la cubierta dañada de
algo que estoy casi atemorizado de leer. Hay algo tan personal sobre este
diario; parece que ha sido formado por los sentimientos más solitarios, los
momentos más vulnerables de la vida de una persona. Ella escribió lo que fuera
que sea que esté en esas páginas durante algunas de las horas más oscuras de
sus diecisiete años y estoy a punto de conseguir exactamente lo que siempre he
querido.
Una mirada a su mente.
Y aunque la anticipación
me está matando, también estoy bastante consciente de cuán mal puede salir
esto. De repente ni siquiera estoy seguro de querer saberlo. Y sin embargo
quiero. Definitivamente quiero.
Así que abro el libro y
le doy vuelta hacia la página siguiente. Día tres.
Hoy empecé a gritar.
Y esas cuatro palabras me
golpean más fuerte que la peor clase de dolor físico.
Mi pecho está alzándose y
cayendo, mis respiraciones salen muy fuertes. Tengo que forzarme a seguir
leyendo.
Pronto me doy cuenta que las
páginas no tienen un orden. Ella parece haber vuelto a empezar al principio
después de que llegó al final del cuaderno y se dio cuenta que se le había
acabado del espacio. Ella escribe en las márgenes, encima de otros párrafos, en
letra diminuta y casi ilegible. Hay números esparcidos por todas partes,
algunas veces el mismo número repitiéndose una y otra y otra
vez. Algunas veces la misma palabra escrita y re-escrita, en un círculo y
subrayada. Y en casi cada página hay frases y párrafos casi completamente
tachados.
Es un caos completo.
Mi corazón se encoge al
darme cuenta de esto, esto es la prueba de lo que debió haber experimentado.
Había hecho hipótesis sobre lo que podría haber sufrido todo ese tiempo,
encerrada en tales condiciones tan oscuras y terribles. Pero verlo por mí
mismo, deseo que no fuera cierto. Y ahora, incluso aunque trato de leer en
orden cronológico, me encuentro incapaz de seguir el método que utilizó para
numerar todo; los sistemas que creó en estas páginas es algo que sólo ella
sería capaz de descifrar. Sólo puedo hojear el libro y buscar pedazos que estén
casi coherentemente escritos.
Mis ojos se congelan en
un pasaje particular.
Es una cosa extraña,
nunca conocer la paz. Saber que sin importar a donde vayas, no hay un santuario.
Que la amenaza de dolor siempre esté a un susurro de distancia. No estoy a
salvo encerrada en estas 4 paredes, nunca estuve a salvo al dejar mi casa, y ni
siquiera me pude sentir a salvo esos 14 años que viví en casa. El asilo mata a
gente todos los días, el mundo ya ha empezado a enseñarme el miedo, y mi hogar
es el mismo lugar donde mi padre me encerró en mi habitación cada noche y mi
madre me gritó por ser la abominación que estuvo obligada a criar.
Siempre dijo que era mi
rostro.
Había algo sobre mi
rostro, dijo ella, que no podía soportar. Algo con respecto a mis ojos, la
forma en que la miraba, el hecho de que tan siquiera existiera. Siempre me
decía que dejara de mirarla. Siempre lo gritaba. Como si fuera a atacarla. Deja
de mirarme, gritaría. Simplemente deja de mirarme, gritaría.
Le prendió fuego a mi
mano una vez.
Sólo para ver si se
quemaría, dijo. Sólo para revisar si era una mano normal, dijo.
Tenía 6 años en ese
momento.
Lo recuerdo porque fue en
mi cumpleaños.
Tiro el cuaderno al
suelo. Me
siento de inmediato, tratando de tranquilizar mi corazón. Paso una mano por mi
cabello, mis dedos atrapándose en las raíces. Estas palabras son muy cercanas a
mí, demasiado familiares. La historia de una niña abusada por sus padres. Encerrada
y desechada, es muy cercano a mi mente.
Nunca había leído algo
así antes. Nunca había leído nada que me pudiera hablar directamente a los
huesos. Y sé que no debería. Lo sé, de alguna manera, que no ayudará, que no me
enseñará nada, que no me dará pistas de dónde podría haber ido ella. Ya sé que
ésta lectura sólo me volverá loco.
Pero no puedo evitar
alcanzar su diario una vez más.
Lo abro.
¿Ya estoy loca?
¿Ya pasó?
¿Cómo lo sabré alguna
vez?
Mi intercom chirrea tan
de repente que me caigo de mi silla y tengo que agarrarme de la pared detrás de
mi escritorio. Mis manos no dejarán de temblar; mi frente está teñida con
sudor. Mi brazo vendado ha comenzado a arder y mis piernas de repente son demasiado
débiles para ponerme de pie. Tengo que concentrar toda mi energía en sonar
normal mientras acepto el mensaje que entra.
—¿Qué? —digo.
—Señor, simplemente me
pregunté, si todavía, bueno, la asamblea, señor, a menos de que tenga la hora
mala, lo siento mucho por interrumpirlo, no debería haberlo molestado
—Oh por el amor de Dios,
Delalieu. —Trato de sacar el temblor de mi voz—. Deje de disculparse. Estoy en
camino.
—Sí, señor —dice él—.
Gracias, señor.
Desconecto la línea.
Y luego agarro el cuaderno,
lo meto en mi bolsillo y salgo por la puerta.
Capítulo 11
Estoy de pie en el borde
del patio por encima del Cuadrante, con vista a los miles de rostros mirando
hacia mí.
Estos son mis soldados. De pie en fila india con sus uniformes de asamblea.
Camisas negras, pantalones negros, botas negras.
No hay armas.
El puño
izquierdo apretado contra su corazón.
Hago un esfuerzo para
centrarme, y preocuparme, por la tarea en cuestión, pero por alguna razón no
puedo dejar de ser muy consciente del cuaderno escondido en mi bolsillo, la
forma en que presiona contra mi pierna y me tortura con sus secretos.
Yo no soy yo.
Mis pensamientos están
enredados en palabras que no son mías. Tengo que tomar una respiración
fuerte para aclarar mi mente, aprieto y aflojo mi puño.
―Sector 45 ―digo, hablando directamente a la malla
cuadrada del microfónico.
Se desplazan a la vez,
dejando caer su mano izquierda y en su lugar colocan el puño
derecho en el pecho.
―Tenemos una serie de cosas importantes que
discutir hoy ―les
digo―, la
primera de los cuales es fácilmente aparente. ―Señalo mi
brazo. Estudio cuidadosamente sus elaborados rostros inexpresivos.
Sus pensamientos
traidores son tan obvios.
Ellos piensan que soy
poco más que
un niño
trastornado. Ellos no me respetan, no son leales a mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario