10
—SÍ, entraron sin más —dijo Kevin.
—¿Estás seguro? —le pregunté.
—No, estaba dormido... Hostia, ¿a ti qué te parece?
Kevin perdió los nervios, como solía pasarle últimamente. Había
tenido que tragar mucho, me repetí una vez más para justificarlo. Nosotros
también, pero a lo mejor lo que había tenido que tragar él era peor que lo que
habíamos superado los demás. O a lo mejor no era capaz de manejar la situación
tan bien como nosotros. No podía reprochárselo, cada uno es diferente; aunque
me costaba imaginarme a alguien que manejara la situación peor que yo, porque
creo que lo llevaba fatal.
—Entraron sin más —corroboró Fi en voz baja—. Cuando llegaron a la
barrera, saludaron con la mano al tío que había de guardia y la levantó. Se
metieron en el cobertizo grande de la derecha; el que tiene las cosas esas de
la gasolinera fuera. Creo que es un taller de mantenimiento de vehículos, y la
estructura que hay al lado es un generador.
—Bueno, pues así es como vamos a conseguir entrar —dijo Homer
pensativo.
—No podemos esperar seis meses hasta que vuelva a estropearse una
furgoneta —dijo Lee.
—Podríamos estropear una a propósito —dijo Robyn—. ¿O no?
—¿Cómo?
Tres de nosotros formulamos la pregunta a la vez, y nadie nos dio
una respuesta. Una rueda pinchada no sería suficiente, y nos costaba pensar en cualquier
otra posibilidad. Aun así, tal vez fuera un paso adelante.
Le pedí a Kevin que me acompañara a buscar explosivos. A lo mejor
en esta ocasión sí era preciso fabricar una bomba de verdad y, según Jock,
tenía que ser fácil encontrar los componentes necesarios en
los almacenes y granjas de los alrededores.
Confiaba en que tuviera razón y a la vez confiaba en que no la tuviera. Si se
equivocaba, podríamos tener una excusa para dar por zanjada esta locura. Me
daba la impresión de que se iba convirtiendo a pasos agigantados en una
operación seria. Estoy segura de que los héroes no van por ahí pensando: «Ojalá
tenga una buena excusa para librarme de esta». Quería ser una heroína, pero
nunca encontraba el momento idóneo.
Deambulamos hasta llegar a otra parte del campo. Por esta zona
todavía no había muchos colonos; seguían quedando algunas casas vacías. Solo
estaban ocupados los mejores terrenos, así que era sencillo adivinar cuáles
utilizaban y luego dar un buen rodeo para esquivarlos. Lo bueno era que en todo
este distrito habían hecho muchas labores de desbroce y quema de rastrojos
antes de la guerra, de modo que sin duda se habrían provocado muchas
explosiones. A los ociosos les encanta jugar con fuego, y cualquier tocón de
árbol impertinente sirve de excusa para hacerlo volar por los aires. Me asombra
que no haya miles de granjeros a los que les falten la mitad de los dedos,
aunque lo cierto es que nunca he oído casos de gente que haya salido despedida
al detonar una bomba casera. Mi padre hizo sus pinitos con la gelignita, pero
mi madre lo convenció para que se olvidara del tema. Ahora me arrepentía de que
no me hubiera enseñado a manipularla. Un momento después, al recordar que se
suponía que estaba buscando excusas para no actuar, me alegré de que no lo
hubiera hecho.
La mañana fue de extremo a extremo. En la primera granja no había
nada, y en la segunda había una docena de bolsas de nitrato de amonio (casi
media tonelada) y un par de barriles de 167 litros de gasoil. Decidimos dejar
el material ahí mientras registrábamos las siguientes granjas. La tercera
estaba arrasada, se lo habían llevado todo. La cuarta granja era bastante
grande, pero estaba vieja y desvencijada. Fuimos directos a los cobertizos,
igual que habíamos hecho en las anteriores. Para mi desgracia, nos metimos de
cabeza en un campo de batalla en miniatura. Había tres esqueletos en el almacén
de la maquinaria, con la ropa aún intacta, salvo en los puntos en que las balas
la habían acribillado. No quedaba gran cosa de los cuerpos,
apenas los huesos.
Parecía que se había librado un tiroteo en todo regla. Vimos los
cascotes de bala en el suelo y todo el almacén había quedado dañado: agujeros
en las paredes, estanterías cosidas a balazos, incluso las planchas metálicas
del tractor viejo y del depósito de gasolina parecían coladores. Era
espeluznante ver la magnitud de los daños. Una persona se había escondido
detrás del depósito, otra se hallaba detrás de un robusto banco de trabajo de
madera, pero el tercer cuerpo estaba al descubierto.
Me eché a llorar. Cada día recurría más a las lágrimas. Y Kevin
tiene una virtud: cuando una chica está triste, triste de verdad, es cuando
Kevin saca su mejor cara. Le conmocionó ver los cuerpos, por supuesto, pero
cuando me vio hecha un mar de lágrimas, logró recuperar la compostura y darme
un poco de cariño. Siempre nos habíamos consolado mutuamente, supongo, incluso
en los peores momentos.
—Vamos, Ellie —me dijo mientras me abrazaba—. Has visto cosas
peores. Se te pasará...
—Ya lo sé —dije yo entre sollozos—. Pero nunca me acostumbro. Esta
pobre gente intentaba cuidar de sus tierras, nada más.
—Sí, esto está podrido.
—Y nadie los va enterrar, ni habrá un funeral ni nada.
—Bueno, cuando termine la guerra a lo mejor hacen alguna de esas
cosas.
No contesté a su comentario, sino que me limité a sollozar un rato
más.
Al final, me deshice de su abrazo y dije:
—Venga, vamos. Aquí no podemos hacer nada y me estoy mareando.
—No, espera —dijo Kevin—. Es el sitio ideal para lo que buscamos.
Vamos a registrarlo.
Intenté disuadirlo, pero insistió. Algunas veces Kevin presentaba
esos arrebatos de tozudez. Echamos un vistazo al almacén de la maquinaria pero
no encontramos nada, así que, con cierto alivio, nos
dirigimos a los otros edificios. Pasamos por
unos muretes de cemento que habrían levantado hacía poco tiempo y que servían
para encerrar a los perros de labranza. Pasamos por alto los esqueletos de los
pobres perros desesperados que habían muerto dentro del recinto y, unos
cincuenta metros más adelante, entramos en una cabaña vieja y oscura. Y allí
encontramos lo que Kevin andaba buscando.
—¡Genial! —exclamó—. ¡Mira!
Había cogido una caja de madera, del mismo tamaño que las cajas de
cartuchos de balas, y también tenía en la mano un tubito de aluminio brillante,
de unos tres centímetros de largo y cinco o seis milímetros de diámetro. Estaba
cerrado por un extremo pero abierto por el otro.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Un siempre detonador. Ya te dije que encontraríamos alguno. Mira,
hay decenas y decenas.
Cogí uno y lo manipulé con curiosidad. Tenía escrito en el lateral
PELIGRO Y EXPLOSIVO, pero me parecía bastante inofensivo.
—¿No necesitamos nada más? —le pregunté.
—Bueno, claro, nos hace falta el nitrato de amonio y el gasoil,
pero eso no me preocupa. Y la mecha.
—Podríamos fabricarla nosotros.
—Eso es lo que tú te crees. Pero es igual, seguro que aquí hay
alguna. Deberían tener cada cosa guardada en un cobertizo distinto, pero la
mayor parte de los granjeros no se molestan en hacerlo. Seguro que hay una
mecha de seguridad por algún sitio, que será mejor que cualquier mecha que
podamos improvisar nosotros. Mira, ahí está.
Sacó un rollo de cuerda grisácea, parecida a los cordeles que
sujetan los pantalones de deporte, pero con una pasta negra de aspecto pringoso
por encima.
—¿Esto es una mecha?
—Yo diría que sí. Es pólvora recubierta de una funda impermeable,
más o menos. Si metemos esto en el detonador y luego empalmamos un tubo,
podremos fabricar una bomba en miniatura. Seguro que habrá tubos metálicos en
el almacén de la maquinaria. Y
una sierra para cortarlos.
Cuando salimos de aquella granja de muerte creo que teníamos
material suficiente para vengar a las personas asesinadas allí. No solo teníamos
el tubo, el detonador y la mecha, sino que también habíamos encontrado otras
seis bolsas de nitrato de amonio. En total habíamos recopilado tres cuartos de
tonelada. Si al final encontrábamos el modo de activar la bomba en la bahía de
Cobbler, según Kevin podíamos provocar un maremoto.
No obstante, seguía pareciéndome un sueño. No se me ocurría cómo
íbamos a ponerlo en práctica. Pero, exaltados por todo lo que habíamos visto
ese día (incluso los cadáveres, aunque pareciera una reacción enfermiza), Kevin
y yo hablamos sin tapujos mientras regresábamos al lugar donde estaban los
demás.
—Mira —le dije para zanjar el tema—, supongamos que conseguimos
meter en el embarcadero un camión cargado con todo esto y le prendemos fuego.
¿Qué pasaría?
—No estoy seguro. Es evidente que la explosión sería enorme,
supongo que bastaría para provocar daños importantes en los barcos que hubiera
amarrados cerca y destrozar por completo el muelle. Pero si lográsemos montar
el camión cargado con el explosivo en el barco y meterlo en la bodega para la
mercancía, al tratarse de un espacio cerrado, volaríamos en pedazos el barco:
quedaría hecho picadillo.
—¿En serio? ¿El barco entero?
—¡Sí! Pero ¿qué te crees? Lo que pasó en el puerto de Texas...,
¿no te das cuenta? Un solo barco hizo volar el puerto entero, la ciudad, y creo
que todas las demás embarcaciones que estaban amarradas en el mismo espigón.
Esto no es como tirarse un pedo en la bañera, ¿sabes?
—Sí, empiezo a ver la diferencia...
El plan comenzaba a tomar forma, aunque tenía algunos puntos
débiles gravísimos. Repasé lo que habíamos dicho para asegurarme de que lo
había pillado y se lo resumí a Kevin: —Vale, se estropea un camión. Se pasa ahí
toda la noche y entonces lo cargamos con tres cuartos de tonelada de ANFO. Un par
de nosotros se esconde dentro. No tendrían por qué darse cuenta: si el camión
pesa bastante no
deberían notar unos cuantos kilos de más.
Además, lo normal es que los mecánicos no sepan si el camión tenía que estar
lleno o vacío. Entonces remolcan el camión hasta el puerto. Prendemos fuego al
bosque. Menos mal que no ha llovido últimamente y está seco. El incendio se
extiende colina abajo y los distrae a todos. Metemos el camión en un barco,
encendemos la mecha y nos piramos. ¡Bang! Fin de la historia, nos convertimos
en leyenda y vendemos los derechos para una película en cuanto termine la
guerra.
Kevin no dijo ni una palabra. A lo mejor también creía que aquello
era como soñar despiertos.
—¿Le ves alguna pega? —le pregunté.
Se echó a reír.
—Bueno, unas cuantas. ¿Cómo hacemos que se estropee el camión?
¿Cómo metemos el camión en el barco? ¿Cómo nos escapamos luego? Esas tres para
empezar.
—Creo que lo de escapar del barco es factible. Si Homer y yo nos
metemos en el camión, bueno, no sé, los dos somos buenos nadadores. Podríamos
volver buceando hasta la bahía de Cobbler y salir a nado de allí.
Kevin se animó un poco. Yo sabía por qué: por primera vez había
visto un atisbo de esperanza, la esperanza de no ser una de las personas que
tuvieran que hacer la parte peligrosa. Ojalá yo hubiera podido contar con la
misma esperanza, pero soy una persona muy lógica. Escapar a nado era la mejor
opción, y solo dos de nosotros éramos capaces de nadar distancias largas.
Cuando nos reunimos con los demás averiguamos, para mi
inconfesable desgracia, que tal vez el segundo problema también tuviese
solución. Dos convoyes de camiones contenedores habían entrado en el muelle durante
el día y habían metido los recipientes de mercancías directamente en un
carguero enorme que había atracado por la mañana. Ahora estaba amarrado en uno
de los embarcaderos, cerca del petrolero.
—Seguro que habrá más convoyes —dijo Homer aceleradísimo—. El
barco se tragó esos dos mamotretos igual que un
elefante cuando come cacahuetes. Y al lado
tiene un petrolero. Ay, Ellie, ¿no se te hace la boca agua?
—Bueno, hace que me salga agua —dije con crudeza—, pero no
precisamente de la boca.
—Pero ¿cómo coño estropeamos un camión? —preguntó Lee, expresando
en voz alta sus dudas.
No dejaba de dar vueltas alrededor de los árboles. Estábamos en
una parte del monte con vegetación bastante densa, desde la que apenas
entreveíamos fragmentos de la bahía de Cobbler. Robyn estaba tumbada bocarriba
y comía gominolas rancias que había encontrado en una caseta de vacaciones, Fi
oteaba hacia el puerto, Homer estaba apoyado en un árbol y Lee, Kevin y yo
intentábamos concentrarnos en una partida de cartas.
—¿Cómo podría estropearse un vehículo? —le preguntó Lee a un
simpático árbol de caucho—. Una rueda pinchada, el radiador recalentado,
quedarse sin gasolina, un problema de combustión, la batería, el contacto, el
alternador, el tubo de escape, los frenos. Uf, es frustrante. ¿Por qué no
intentáis pensar un poco también vosotros en lugar de dejármelo todo a mí?
El comentario era tan injusto que nadie se molestó en contestarle.
Kevin tiró un dos en lugar de un cuatro y me dirigió una mirada
furtiva, para ver si me había dado cuenta. Ya lo creo que me había dado cuenta.
Y esa acción insignificante me sacó de quicio. Tiré todas mis cartas a una
zarza, solté una retahíla de insultos dirigidos a Kevin, le di un manotazo a
sus cartas y, furiosa, me alejé a zancadas sorteando los árboles.
Supongo que todos estábamos bastante irritables.
11
DIMOS la bienvenida a la noche con nuestro pequeño convoy, y menudo
convoy tan variopinto. Aunque todavía faltaba mucho para que el plan fuera
viable, habíamos decidido dar por lo menos un paso más.
—Todos los viajes empiezan por un primer paso —dijo Lee con
solemnidad, intentando parecer un filósofo de la Antigüedad.
En realidad, nuestro viaje empezó con una carrera de carretillas.
Queríamos transportar el nitrato de amonio y el gasoil al monte para esconderlo
cerca de la carretera, con el fin de que, si ocurría algo, estuviéramos en
condiciones de pasar a la acción. Así pues, fuimos recopilando carretillas de
aquí y de allá, una para cada uno, para trasladar los sacos. Tardamos un buen rato
en encontrar seis carretillas y luego otro tanto en encontrar una bomba de
bicicleta, porque todas las ruedas estaban desinfladas. Entonces empezó la
parte difícil. No solo teníamos que recoger los sacos del nitrato de amonio que
habíamos encontrado Kevin y yo, sino también una partida que Robyn y Lee habían
descubierto mientras buscaban carretillas. En total habían encontrado veinte
sacos, otros tres cuartos de tonelada más o menos. Cada saco pesaba cuarenta
kilos. Era evidente que no nos faltaba material.
Empujar una carretilla por el monte de noche es una odisea. No las
fabrican con tracción a las cuatro ruedas, ese es el problema. Y no nos
atrevíamos a pisar la carretera. No habíamos visto patrullas en ese distrito,
pero probablemente se debía a que no las habíamos buscado. No solíamos
acercarnos a la carretera asfaltada. Nuestro convoy no tardó en dispersarse,
pues cada uno iba a su ritmo y adelantaba a los demás o se quedaba rezagado de
vez en cuando.
Para mantener la mente ocupada mientras cargaba con la carretilla,
me puse a pensar en el problema del camión. Era una buena distracción para no
pensar en el esfuerzo que tenía que hacer. Solo
cuando la carretilla se tropezaba o se
desviaba, lo cual ocurría con bastante frecuencia, por cierto, tenía que volver
a la realidad. Pero por mucho que me devanaba los sesos, no daba con ninguna
solución mínimamente decente. ¿Echar aceite en el parabrisas? ¿Meter una bala
en el motor? ¿Saltar sobre el remolque y romper los frenos neumáticos? Había
montones de razones de peso para descartar esas opciones y ninguna buena razón
para pensar que podían funcionar.
«Está bien —pensé—. Imagínate que cavo un hoyo en la carretera, me
tumbo dentro y, cuando un camión pase por encima, levanto los brazos, agarro
los bajos del vehículo, me doy un impulso, arranco unos cables y vuelvo a
meterme en el hoyo». Seguro que funcionaba, ¡claro que sí! Se lo propuse a Fi,
que iba detrás de mí con la carretilla, y por unos segundos creyó que hablaba
en serio. Algunas veces me preguntaba qué tenía Fi en la cabeza.
Después Kevin me pidió que me quedara unos minutos en una de las
granjas y volvió con un objeto blanco en la mano, del tamaño de una pelota de
tenis. Costaba distinguir qué era en la oscuridad.
—¿Qué es eso? —le pregunté.
—Un temporizador de horno.
Al principio me sorprendí, pero luego reaccioné bien.
—¿Qué pasa? ¿Te han quedado crudos los huevos hervidos del
desayuno?
—Sí, claro, listilla. Oye, ¿verdad que había unos cuantos
vehículos por aquí?
—Eh, creo que sí. Hay un tractor y un par de motos AG en ese
cobertizo verde. Y ¿no había una furgoneta vieja en el depósito?
—Echemos un vistazo. Deja la carretilla un momento.
—No podemos transportar el amonio en coche hasta la carretera.
Haríamos mucho ruido.
Kevin no se molestó en contestar. Era evidente que yo andaba más
que perdida. Me condujo hasta la furgoneta. Era una vieja Falcon, de color
blanco muy oxidado, como todos los vehículos de las zonas costeras. Y, también
como pasa en todos los vehículos que se usan para el campo, tenía las llaves
puestas. Kevin giró la llave del contacto pero
no obtuvo nada más que un gemido agotado
cuando la batería abrió un ojo, luego volvió a quedarse dormida.
—Dale un empujón —me dijo.
Había abierto la puerta del conductor para empezar a empujar desde
ese lado. Yo seguía sin saber qué se traía entre manos, pero bajé la cabeza y
empujé. No había apenas desnivel, así que nos costó mucho mover el vehículo.
Por suerte, al cabo de cincuenta metros conseguimos que empezara a rodar con
rapidez y, al cabo de otro par de segundos, Kevin saltó al asiento del
conductor y encendió el motor, que tosió mientras volvía a la vida. Kevin pisó
el freno y, cuando me acerqué a su ventanilla, dijo: —Venga, móntate. Nos vamos
de paseo.
—¡Kevin! Es muy peligroso. No podemos ponernos a dar vueltas por
el campo. Si nos oye alguien...
—Deja de tratarme como si fuera idiota, Ellie —fue todo lo que
contestó.
Me mordí el labio inferior y rodeé el coche para acceder al asiento
del copiloto. Pero la puerta no se abría, ni siquiera cuando Kevin lo intentó
desde dentro. Así pues, tuve que montarme en la bandeja para la mercancía; por
suerte, tenía la capota bajada. Giramos en U, recorrimos unos metros en llano y
después empezamos el ascenso por una leve colina; dejamos atrás la casa y luego
cruzamos una portezuela (que tuve que abrir yo) y avanzamos por un descuidado
sendero de tierra hasta quedar a media altura de la colina. Entonces Kevin giró
el volante del Falcon para que quedara con el morro mirando hacia abajo y salió
del vehículo. Apagó el motor. Subió la capota del remolque mientras yo daba la
vuelta para levantarla por el otro extremo. Se había agenciado unos alicates y
había aparcado de modo que la luz de la luna lo iluminase al máximo. Cortó con
los alicates el cable que había entre la bobina de encendido y el distribuidor.
Yo lo observaba fascinada. Saltaba a la vista que no estaba de humor para
responder a mis preguntas, pero no me importó. Una vez cortado el cable, lo
conectó a la parte posterior del temporizador, de modo que cada uno de los
extremos entrara por un punto distinto, con el fin de que la conducción
eléctrica del cable pasara ahora por el
aparato. Entonces giró la rueda del
temporizador para que avisara al cabo de cinco minutos.
—Bueno —dijo—, vamos a encenderlo.
Sin pensarlo dos veces volvió a girar la llave, pero la batería
seguía demasiado descargada para poner en marcha el motor. Sin embargo, como el
vehículo estaba en pendiente, bastó con que le diéramos un empujón para que
empezara a rodar. Kevin se metió en él con agilidad, puso una marcha y soltó el
embrague. El motor volvió a la vida.
Oí un ruido a mi espalda y me di la vuelta como un resorte, presa
del pánico repentino. Homer surgió de la oscuridad.
—¿Qué hacéis? —preguntó irritado mientras Kevin salía del
vehículo, que seguía en marcha, y mientras miraba el capó—. ¿Queréis que los
demás carguemos con todas las carretillas o qué? Menuda escandalera estáis
montando.
—Bueno, ya basta —le dije enfadada—. Ya hemos hecho nuestra parte.
A Kevin se le ha ocurrido una idea para facilitar el ataque a la bahía.
Homer prestó un poco más de atención.
—¿Qué?
—No lo sé. Ha empalmado un temporizador de horno entre la bobina
de encendido y el distribuidor.
—¿Un temporizador de horno? ¿En serio? ¿Va a preparar una tarta?
Kevin, ¿qué haces?
Homer bajó la colina a grandes zancadas hasta llegar al vehículo.
Lo seguí. Mientras nos acercábamos al lugar en el que estaba Kevin, este nos
dijo sin mirarnos: —Esperad. Ya lo veréis. Confío.
Esperamos unos dos minutos. Justo cuando Homer empezaba a
comentar: «De verdad, no me parece bien que hagamos tanto ruido...», se apagó
el motor del Falcon. Sin previo aviso. La furgoneta vibraba con la misma fuerza
que un vehículo nuevo y al momento siguiente el frío aire nocturno se sumió en
un completo silencio. Homer y yo miramos a Kevin muy asombrados.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Homer—. ¿Con un
temporizador y punto?
—Mientras mirabas las musarañas en clase de física yo prestaba
atención —dijo Kevin muy orgulloso. Parecía encantadísimo con el
descubrimiento—. Lo único que he hecho es crear otro circuito, que se empalma
con el que ya había debajo del capó. El circuito que he creado se regula con el
temporizador, ¿vale? Bueno, pues cuando el temporizador llega a cero, el
circuito se interrumpe y con él se para el motor.
Me quedé boquiabierta. Miré a Kevin con admiración.
—Qué sencillo —dije al fin—. Y qué astuto.
—Pero ¿cómo se lo colocamos a un camión? —preguntó Homer—. Porque
eso es lo que se te ha ocurrido, ¿no? ¿Quieres simular una avería?
—¡Sí, exacto! Y hay una forma de conseguirlo. Lo que tenemos que
hacer es crear un obstáculo antes de que pase un convoy, para que tengan que
parar unos minutos. Mientras estén parados, me colaré dentro, empalmaré el
temporizador en el motor de uno de los camiones y lo programaré con el tiempo
que decidamos: cinco, diez, veinte minutos. Solo tengo que asegurarme de que
sea un camión de gasolina, no de diésel. Veinte minutos más tarde, cuando se
estropee el vehículo, no lo relacionarán con el alto en el camino provocado por
el obstáculo unos kilómetros antes. Si es de noche y los conductores no saben
mucho de mecánica, supongo que no tardarán en darse por vencidos. Dudo que sean
capaces de averiguar lo que pasa, y no querrán pasarse horas y horas
investigando. Debería funcionar.
—Sí —dije—. Y mientras cargamos el fertilizante, podemos sacar el
temporizador para que parezca que la avería se debe a otra cosa.
—¡Sí, exacto! —corroboró Kevin.
Una oleada de miedo se apoderó de mí al darme cuenta de que poco a
poco íbamos superando todos los escollos. Eso solo podía significar una cosa:
que íbamos a intentarlo. Me mareaba al pensarlo. Dios mío, pero ¿era posible?
Ya habíamos llegado demasiado lejos, habíamos tentado a la suerte demasiadas
veces. En lugar de plantarnos cuando llevábamos ventaja, estábamos haciendo lo
contrario. No dije
ni una palabra más a los chicos, no podía.
Bajé la colina, cogí la carretilla, la llené con otros cuatro sacos y empecé a
transportar otra carretillada de nitrato de amonio. A Kevin le parecía
fantástico. Él no iba a ser quien se metiera en la bahía de Cobbler. ¿Por qué
siempre tenía que ser yo la que corriera los mayores riesgos? Tenía tanto miedo
que me puse furiosa.
Cuando llegué a la pila de sacos de fertilizante me encontré a Fi.
Estaba sentada en su carretilla.
—Ay, Ellie —suspiró—, ¿por qué es todo tan difícil? No puedo
empujar esta cosa ni un centímetro más, te lo juro.
—Bah, ¿y eso te parece un problema gordo?
Vacié mi carretilla y me derrumbé en ella, al lado de mi amiga. Le
conté el plan de Kevin. Mientras hablábamos, oímos que se acercaba otro convoy
y al cabo de poco vimos el gran desfile por entre los árboles, a toda pastilla,
teniendo en cuenta que llevaban los faros velados para atenuar la luz. Casi
todos remolcaban contenedores y la velocidad a la que pasaban los camiones hizo
que pensara que las cajas debían de estar vacías. Había catorce vehículos de
carga y un camión escolta en cada extremo.
—¿Cómo los detendremos para colocar el temporizador? —preguntó Fi.
—No lo sé —dije enfadada—. Ni quiero saberlo. Creo que estamos
locos. Esto nos queda demasiado grande.
—Pues no estoy tan segura —dijo Fi, como si analizara un verso
difícil de Macbeth, que estudiamos el año pasado en clase.
—Venga, sí, anímame a que lo haga y, cuando me maten, podrás
sentirte culpable el resto de tu vida.
Fue un comentario muy cruel y, casi en el instante en que terminé
de pronunciarlo, empecé a pedirle disculpas. Esta vez había herido a Fi, y
tardé diez minutos en conseguir que volviera a dirigirme la palabra.
—Lo único que iba a decir es que las personas pequeñas pueden
hacer cosas grandes —dijo al final, malhumorada.
—Supongo que sí —contesté yo con humildad.
—Parece una cosa grande —añadió un poco más
calmada— porque esos barcos y esos camiones y ese muelle son muy grandes. Pero
en el fondo, no son más que personas, y seguro que son como cualquier otro tipo
de personas. Serán gente despreocupada, gente vaga, y supongo que se
equivocarán. Pero tú estarás alerta y muy concentrada, y eso te da ventaja.
—Ajá.
Deseaba con todas mis fuerzas que Fi se olvidara de lo que acababa
de decirle, pero también deseaba con todas mis fuerzas poder creer lo que ella
decía.
—Es un buen plan, Ellie, de verdad. Podemos engañar a esa gente, y
eso es lo único que nos hace falta. Deja de pensar en provocar una explosión
impresionante; no se trata de eso. Se trata de ser más listos que unas decenas
de soldados.
Unas centenas, habría dicho yo, para ser exactos, pero me mordí la
lengua. Homer y Kevin llegaron justo en ese momento, con Lee y Robyn, a quienes
se habían encontrado mientras cargaban con los últimos sacos de fertilizante.
Todos estábamos agotados, pero a Homer le daba igual.
—Creo que deberíamos hacerlo esta noche —nos dijo.
—Ostras, Homer, pero si son las dos de la madrugada.
—Sí, pero ese buque cargado de contenedores es perfecto para lo
que queremos hacer, y a estas alturas ya debe estar casi lleno. Tenemos que
acceder al barco mientras estén introduciendo los contenedores en la bodega,
antes de que empiecen a apilarlos en la cubierta. Si Ellie y yo conseguimos
colarnos en un contenedor y meter todos estos sacos, y si luego conseguimos que
nos embarquen, haremos estallar la bomba más potente del mundo. ¿De qué otro
modo vamos a lograr entrar en el barco si no es dentro de un contenedor?
—A lo mejor esta noche no pasa ningún otro convoy.
—Ya, pero a lo mejor sí. Da la impresión de que llevan en movimiento
todo el día y toda la noche.
A eso siguió un largo silencio.
—¿Se te ha ocurrido cómo podemos detener los camiones?
—pregunté.
—Se le ha ocurrido a Robyn.
Miré a Robyn. Me sentía como si ella fuese quien iba a leerme la
sentencia de muerte.
—Venga, suéltalo ya.
—Tiene que parecer natural, nada sospechoso —me dijo—. No sé, un
árbol en medio de la carretera es demasiado evidente. Si lo ponemos, se
prepararán para una emboscada.
—De acuerdo.
—Bueno, Ellie, ¿no crees que ya va siendo hora de que tengas la
oportunidad de retomar el contacto con tus mejores amigas?
12
EL prado era grande y estaba bien provisto, debía de haber unas
ciento cincuenta cabezas de ganado. Daba la impresión de que antes de que nos
invadieran estaba superpoblado, porque el terreno estaba moteado por tristes
montículos de lana y huesos. Los zorros, los perros salvajes, las águilas
audaces, las enfermedades; seguro que todos esos factores habían contribuido a
diezmarlo. Las ovejas aún vivas se hallaban en un estado pésimo, y deambulaban
por el cercado, afligidas. Saltaba a la vista que no les quedaba apenas
forraje: de lejos parecía que no estaba mal, pero cuando uno se acercaba, se
percataba de que la hierba estaba seca y era escasa.
Sin embargo, como el prado era tan extenso, resultaba difícil
acotarlo. Hacía mucho tiempo que esas ovejas no habían visto seres humanos y se
estaban asalvajando un poco. Más de una docena de veces tuvimos que ir a
sacarlas de entre las zarzas o de debajo de los árboles, y en esos momentos
lamenté que no tuviéramos un perro pastor para ayudamos. En lugar de perro
teníamos a Lee, Robyn y Fi, que eran tan útiles como un par de periquitos sin
adiestrar. Por supuesto, no nos hacían falta todas las ovejas, lo cual era una
suerte, porque de haber sido así, todavía andaríamos por ese cercado,
perjurando y sudando mientras intentábamos obligarlas a cumplir nuestra
voluntad. Terminamos reuniendo a unas ciento veinte.
Conseguimos sacarlas a la carretera al cabo de media hora de
sudores. Luego se trataba de conducirlas hasta una parte arbolada del monte y
contenerlas allí hasta que oyéramos un convoy. Dicho así parece más fácil de lo
que era. En cuanto las ovejas salieron del perímetro de la valla, se
desperdigaron a ambos lados de la carretera y empezaron a comer. Las fuimos
azuzando lentamente, pero en cuanto logramos apartarlas del campo abierto e
introducirlas en la zona arbustiva, todo el alimento que crecía en los lindes
de la carretera desapareció. Las ovejas se disgustaron y empezaron a avanzar
para
buscar pastos mejores. Kevin y yo tuvimos que
reconducirlas a toda prisa y entonces, con Homer cerrando el paso del ganado
por detrás, intentamos retenerlas para que no se desperdigaran otra vez. Era
imprescindible que los arbustos nos sirvieran de parapeto, así que no podíamos
permitir que las ovejas se quedaran en una zona sin vegetación.
Robyn se había vestido de negro de la cabeza a los pies y se había
ennegrecido también la cara, con betún que había encontrado en una granja. Daba
la impresión de que, cuando saqueaban una casa, nunca se llevaban el betún.
Unos meses antes habríamos dicho que tiznarse la cara de negro, vestirse de
camuflaje y sincronizar los relojes era una exageración propia de una película
de Hollywood, pero ahora hacíamos esas cosas sin darles mayor importancia.
No estoy segura de cómo acabamos encargándole a Robyn la tarea de
cortar el cable y empalmar el temporizador. La persona idónea habría sido Kevin
y en un momento dado parecía que iba a prestarse voluntario, pero no sé cómo,
Robyn fue la que terminó con los alicates en la mano. Alguien murmuró que Robyn
era muy hábil con las manos y Kevin tenía que ayudarnos a controlar las ovejas
hasta que se presentaran los camiones, pero creo que todos sabíamos que esa
clase de tareas no eran del estilo de Kevin. No tenía los nervios tan
templados. No tardó en dejar claro que él no quería hacerlo y Robyn se ofreció,
así que no se habló más del asunto.
Me parece que Robyn siempre prefería hacer cosas que no dañaran
directamente a las personas.
Cuando las ovejas se tranquilizaron y Kevin y yo conseguimos
controlarlas, Homer y Lee desaparecieron unos minutos y se dirigieron a las
mochilas. No le di más importancia hasta que regresaron. En el momento en que volví
a verlos, cada uno empuñaba una pistola recortada. No se me había pasado por la
cabeza que pudieran dar ese paso, algo totalmente nuevo.
—¿Qué hacéis? —les pregunté enojada.
Homer desvió la mirada con aire de culpabilidad, pero Lee mantuvo
la calma.
—No te comas la cabeza, Ellie —me dijo—. Vamos
a cubrirle las espaldas a Robyn.
—¿A qué te refieres?
—Ellie, lo que tenemos entre manos es peligroso, de verdad, muy
peligroso. No podemos andar con chiquilladas. Esos convoyes llevan protección
militar al principio y al final. Si alguien se coloca detrás de Robyn mientras
ella trajina con el circuito, no tendrá escapatoria. Bueno, gracias a nosotros
ahora sí tendrá escapatoria, porque les dispararemos.
—Ah, claro, ¿y luego qué?
—Nos escondemos todos entre la maleza. A lo mejor nos disparan
desde el convoy, pero no nos perseguirán por el bosque de noche. Si pasa eso,
desmantelamos el plan y vamos a otra parte. No habremos perdido nada y habremos
salvado la vida de Robyn.
—¿No crees que Robyn tendría que dar su opinión?
Lee dudó un momento.
—Vale, sí, me parece justo. Robyn, ¿qué opinas? ¿Quieres que te
cubramos las espaldas o no?
Robyn no miró a ninguno de nosotros. De su rostro ennegrecido se
destacaron un par de ojos blancos que perdieron la mirada entre los árboles. Me
aturdió ver cuánto tardaba en contestar. Yo pensaba que les diría sin dudarlo
qué podían hacer con las pistolas.
—Sí —dijo al fin, aún sin mirarnos a la cara—, creo que sí me
gustaría estar protegida, gracias.
No dije nada, sino que me limité a volver con el rebaño mientras
intentaba controlar mi expresión facial. No me gustaba esa situación. Tampoco
me gustaba que me sorprendiera la gente, y mucho menos Robyn, a quien creía que
tenía calada desde hacía mucho tiempo.
También me gusta hacer las cosas a mi manera.
—¿Qué opinas de las armas esas? —le pregunté a Fi. Necesitaba
aliados.
—Me parece bien que las usen —contestó—. De lo contrario, Robyn
estará acorralada. Si le pegasen un tiro, no nos lo perdonaríamos nunca.
Entonces me di por vencida. Seguía pensando
que era una estupidez: si alguna vez nos veíamos involucrados en un fuego
cruzado, nos harían picadillo. Pero estaba en minoría.
Esperamos unos cuarenta minutos y entonces oímos el zumbido bronco
e inconfundiblemente grave de un convoy. «Dios mío —pensé—, allá vamos».
Todavía estaba lejos, pero no tardó en aumentar de volumen. En un momento dado
casi llegué a convencerme de que no se trataba de un convoy sino de un avión en
vuelo rasante. El sonido hace cosas raras por la noche.
—Estamos locos —le dije a Fi.
Me dedicó una de sus sonrisillas nerviosas.
—¿Crees que la gente se enterará algún día de las cosas que
hacemos? —le pregunté.
—Ya sé a qué te refieres —me dijo—. Sería horrible que nadie se
entrara. Yo quiero que mis padres sepan que he intentado ayudarlos con todas
mis fuerzas y hacer cosas valientes. Me daría mucha rabia que no llegaran a
saberlo.
Me sentí mejor al ver que me entendía, que le pasaba lo mismo que
a mí.
Nos colocamos en una recta larga de la carretera para poder ver
los faros de los camiones desde lejos. Pero los de esta noche me sorprendieron,
porque habían encendido las luces de estacionamiento. Tardé un poco en darme
cuenta de que eso era buena señal; supongo que cada vez les daban más miedo los
ataques aéreos. Hasta entonces habíamos visto convoyes con las luces cortas
veladas, pero nunca iluminados únicamente con las tenues luces de
estacionamiento. También implicaba que tenían que desplazarse más despacio, una
gran ventaja para las ovejas.
Kevin, en un extremo del rebaño, y yo, en el otro extremo, éramos
las únicas dos personas que quedaban en la carretera. Azuzamos a las ovejas
para intentar que el mayor número posible pisara el asfalto. No colaboraban
mucho con nosotros, pero conseguimos que se dispersaran lo suficiente para
ocupar buena parte del espacio. En el último momento nos escondimos entre los
árboles y
nos reunimos con los otros cuatro. Oímos los
frenos del camión que encabezaba la caravana y vimos cómo se detenían las
débiles luces de estacionamiento. Otros camiones fueron parando rápidamente
tras el primero, hasta donde se perdía la vista. Era un convoy grande. Vi cómo
Robyn se adelantaba furtivamente, mientras Homer y Lee le cubrían las espaldas
empuñando las armas. Me mareé. Oí puertas de camión que se cerraban de un
portazo, pasos, voces que gritaban a las ovejas. Calculamos que tendríamos un
poco de margen, pues lo más probable era que esos tipos no tuvieran mucha
experiencia en el pastoreo; además, las ovejas solo entendían inglés. Y
dudábamos que los soldados quisieran dejarlas deambulando por la carretera,
donde podían entorpecer la marcha de otros convoyes.
En ese momento brilló una linterna potente que barrió el paisaje
en dirección adonde estábamos. Seguro que tenían miedo de los aviones, pero
tampoco eran tontos. Saltaba a la vista que habían barajado las posibilidades y
habían decidido que valía la pena correr el riesgo de encender la linterna. Fi
y yo nos echamos al suelo en silencio. No veía a Kevin, porque se había
escondido por detrás de nosotras, pero imaginé que también estaría mordiendo
polvo. Permanecí allí tumbada, con el corazón latiendo a mil por hora. Las
ovejas balaban histéricas por toda la carretera y empezaban a alejarse de los
soldados. Oí las pezuñas que aceleraban el trote, como si bailaran claque en el
asfalto. Hacía siglos, en mi familia habíamos sufrido una estampida de reses;
parecía que ahora íbamos a presenciar una estampida de ovejas. Solté una risita
y vi que Fi me miraba por el rabillo del ojo, perpleja. Eso me sobresaltó: no
era consciente de haberme reído en voz alta. Alarmada, empecé a temer que los
soldados también me hubieran oído.
El haz de la linterna continuó la redada. Brillaba tanto que parecía
quemar el aire, quemar las ramas y las hojas. Un pajarillo salió despavorido de
un nido y huyó volando presa del pánico con un aleteo torpe. Gracias a un
reflejo en el cielo supe que había otra linterna peinando el margen opuesto de
la carretera.
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