—Venga.
—Solo contestaré parte de la
pregunta. Me estaba preguntando a qué venía esa sonrisa.
Para mi sorpresa, no dijo nada
durante un buen rato. La sonrisa se le había borrado de la cara. Se lo veía muy
serio, como si estuviera en una iglesia o algo así.
—¿No puedes dormir —pregunté.
—No. No duermo muy bien últimamente.
No desde aquella noche, cerca del precipicio.
—Cambiemos de tema —me estremecí.
De pronto, se acercó un poco más y me
besó con avidez. Yo le devolví el beso, puede que incluso con más intensidad
todavía. Qué sensación tan fresca. Lo que desconocía era adónde nos llevaría
todo aquello, adónde deseaba yo que nos llevara. Poco a poco, sus besos pasaron
de intensos y salvajes a dulces y juguetones. Se posaban, ligeros, en uno y
otro punto de mis labios. Era estimulante. Seguimos así durante un buen rato
antes de quedarnos con la cabeza apoyada en el hombro del otro. Su manta se
había deslizado un tanto, y me aseguré de que no ocurría lo mismo con la mía.
Sentí el suave hueco de su clavícula, su piel caliente y rebosante de vida. Yo
la rocé con los labios, creando pequeños sonidos mientras le frotaba los brazos
con las manos. Di con un pequeño punto donde latía el pulso bajo la piel, y
concentré mis besos en esa zona. Él gimoteaba muy flojito. O eso me pareció,
porque no sabría decir con seguridad si aquel murmullo provenía de su piel o de
su voz. Él jugueteó con mi cabello, con mi nuca, acariciándome con una
sorprendente confianza. Deslizaba sus largos y finos dedos entre mi melena;
desenredó algún que otro nudo y dejó que los mechones se escurriesen entre sus
manos.
—Qué pelo tan bonito —dijo al fin.
—Está muy grasiento —protesté.
—A mí me gusta así. Es más natural. Y
sexy.
—Gracias —reí.
Debió de tomarse la respuesta como una
invitación a proseguir porque, por primera vez, aventuró las manos por debajo
de la manta, que encontraron mis omoplatos. ¡Socorro!, pensé. Y ahora, ¿qué? Mi
padre siempre
decía que comer y rascar, todo es empezar, cosa que podía aplicarse también a
esa situación. Yo no quería parar, pero pensé que tal vez deberíamos hacerlo,
que si no le paraba los pies cuanto antes, lo lamentaría. ¡Pero me sentía tan
bien! ¡Qué puñetero!, pensé. ¿Cómo puede saber lo que me gusta? Me pregunté si
mis manos tendrían el mismo efecto en él y, para averiguarlo, bajé los dedos
por su costado hasta donde alcanzaba, que no era muy lejos. Se le ponía la piel
de gallina bajo mi caricia, cosa que me encantó. Me incorporé un poco para
tocarle el pezón izquierdo. Steve me dijo una vez que los pezones de los chicos
eran tan sensibles como los nuestros. Aunque los de Lee eran distintos. Los de
Steve eran claros y anchos, como huevos fritos. Me gustaban más los de Lee:
eran pequeños y de un tono caramelo, como granitos de arroz. Al toquetearlo, el
izquierdo se endureció y me dediqué a hacerle cosquillas con la yema del dedo.
—¡Ay, ay, ay!
—¿Hablas tailandés o vietnamita?
—Ninguno de los dos. Es un idioma
universal.
—Ja.
La manta seguía tapándome la parte
delantera, justita, pero no la trasera, por donde las manos de Lee seguían
vagando. Durante un instante, me quedé quieta, sintiéndome culpable por no
hacer nada más que disfrutar de sus caricias. Yo tenía la piel tan caliente que
creí que las manos de Lee se abrasarían. Me aparté un poco de él, aunque no
pude evitar juguetear un minuto más con su pezón derecho, tal y como había
hecho con el izquierdo. Entonces, en un amplio movimiento, mientras lo besaba
apasionadamente, mi mano se perdió más abajo.
—¿Crees que podrás parar? —inquirí.
—Claro, claro.
—¡Qué mal se te da mentir!
Al apartarme, le dejé algo más de
espacio. Como quien no quiere la cosa, él coló la mano bajo la parte de la
manta que aún seguía tapándome por delante. Al mismo tiempo, me besaba con
intensidad, como si quisiera distraerme. Y yo me dejé distraer. Le permití que
recorriera mi piel con las manos, considerando que era justo que hiciese
conmigo lo que yo acababa de hacer con él. Le revolví el pelo, y mis mejillas
se enrojecían conforme me excitaba más y más. ¿Sería capaz de controlarme?
¿Quería controlarme? Conocía de antemano la respuesta a esa pregunta. La
conocía desde que Lee había aparecido en mi habitación.
—Por Dios, Lee —dije, sin tener idea
de cómo debía acabar la frase.
Mis manos se aventuraron más allá de
lo que debieron, hasta su cintura y más abajo. Era como si hubieran cobrado
vida propia. A la porra, que pase lo que tenga que pasar, pensé. La última vez
que estuvimos en aquella casa, pasé mucho tiempo envuelta en una manta de tela
escocesa; fue cuando Lee me llamó oruga por primera vez. Una «bella y sexy
oruga». Y otra vez volvía a ser esa oruga, solo que ahora emergía de su capullo
de mantas. Las manos de Lee se posaban ahora sobre mis nalgas, y estaba
girándome un poco. Le acaricié el interior de los muslos, tan arriba como me
atreví, aunque sin llegar a tocarlo todo. Aun así, eché una pequeña ojeada. Lo
que vi me fascinó: qué cosa tan salvaje, ávida, dispuesta. Sabía que Lee me
estaba mirando a su vez, y me sentí algo incómoda. Aunque tampoco demasiado.
Era obvio que le gustaba lo que veía y yo saboreaba para mis adentros el efecto
que causaba en él.
—¿Tienes un…? –pregunté, volviendo un
poco la cabeza. No me atrevía a decir la palabra.
—¿Un qué? —quiso saber.
—Ya sabes, un condón.
—¡Ay, no! —gruñó—. Ellie, ¡eso no!
¡Ahora no!
—Vale, vale, —dije—. No pasa nada,
siempre que estés dispuesto a quedarte preñado en mi lugar.
—Joder —espetó—. ¿Tiene que ser así?
—Pues, ¡claro! ¿Te imaginas si me
quedo embarazada?
El rebote le duró un momento. Luego
dijo:
—Creo que Homer tiene unos cuantos.
—¿Y cuántos piensas necesitar?
—pregunté, sofocando la risa tonta contra la almohada.
Él se dispuso a levantarse.
—¡Espera! —lo interrumpí—. ¿Qué vas a
hacer? No puedes ir a verlo y pedírselos
así por que sí.
—No soy tan idiota —contestó, aún
refunfuñón—. Los lleva en la cartera, que debe de estar en sus pantalones, y
sus pantalones están secándose en el cuarto de baño.
Acto seguido, desapareció por la
puerta, envuelto en su manta y arrastrando los pies. Yo me quedé allí tumbada,
sonriendo. No podía creer que estuviese a punto de hacerlo. Recé para no
cagarla, y para que no me doliese demasiado y para que fuese fantástico. Estaba
nerviosa, pero anhelaba su presencia, sentirlo de nuevo contra mí. Sus
calientes manos hacían maravillas. Solté una risita, una risa de estupefacción,
de asombro, de excitación. Regresó al cabo de lo que me pareció una eternidad,
pero al fin llegó, arrastrando los pies. Se echó encima de mí, con un par de
pequeños envoltorios en la mano y una sonrisa tímida. Intentando actuar con
pudor, abandonó su manta para acomodarse debajo de la mía. Sentir el contacto
de nuestros cuerpos desnudos, piel con piel, fue la sensación más salvaje que
había experimentado en mi vida. Si antes me pareció estar ardiendo, ahora
saltaban chispas de mi cuerpo. El paseo hasta el cuarto de baño había calmado a
Lee, y también lo había enfriado. Pero lo calenté restregándome contra él, y no
tardé en notar que reaccionaba.
—Póntelo —dije finalmente, señalando
con la cabeza el puño que llevaba cerrado.
Él abrió un condón. Se apartó de mí,
con la mirada gacha, para poder ver lo que estaba haciendo. Observé, curiosa.
—No mires —dijo sonrojado, intentando
taparme la vista con el antebrazo.
—¡Qué tierno estás cuando te pones
tímido! —dije.
Cuando estuvo listo, lo abracé y lo
atraje hacia mí. Le mordisquee la oreja un minuto antes de rodearlo con mis
piernas. Lo que vino después estuvo bien; no genial, pero sí bien. Lee estuvo
un poco torpe, supongo que por los nervios. Aquello me puso nerviosa a mí
también, lo cual no ayudó mucho. Yo, que quería ser una gran amante, la pareja
perfecta, no lo estaba siendo. Y cuando estuvo completamente dentro de mí, no
pudo aguantar más tiempo. Después no se mostró tan apasionado; solo quiso
tenderse y tenerme en sus brazos.
Lo ayudé a ser algo más creativo,
hasta que yo también tuve suficiente. No supe muy bien lo que sentí entonces.
Una mezcla de cosas: estaba contenta
por haberlo hecho por fin y que no hubiese sido un desastre, lamentaba que no
hubiese sido mejor y me preguntaba si a partir de ese momento me notaría a mí
misma cambiada. Pero disfruté de la sensación de estar en sus brazos. Durante
aproximadamente media hora nos quedamos tumbados, con los ojos cerrados,
acariciándonos lentamente los brazos y la espalda, vagando dentro y fuera de
los confines del sueño.
Nos interrumpió un suave golpe en la
puerta y el susurro de Homer:
—Ellie, te toca el turno de
vigilancia.
—De acuerdo —contesté—. En seguida
voy.
Me concedí unos minutos antes de
apartarme con cuidado del cuerpo de Lee. Me tapé envolviéndome en una manta,
con la idea de bajar y coger ropa seca de mi mochila antes de empezar mi turno.
Pero al llegar a la puerta del cuarto, reparé en algo. Homer había tocado a la
puerta antes de hablarme desde el pasillo. Nunca antes había hecho algo
semejante. Más bien solía irrumpir en la habitación y zarandearme hasta que me
despertaba. Nos conocíamos desde hacía tanto que no andábamos con demasiados
miramientos. Me volví hacia Lee, que yacía en la cama.
—Lee —dije—. ¿Por qué ha llamado
Homer a la puerta?
—¿Qué? —contestó, medio dormido.
—¿Por qué ha llamado Homer a la
puerta? ¿Por qué no ha entrado a lo bruto como hace siempre?
De repente, estaba despierto del todo.
Me lanzó una mirada cargada de culpabilidad.
—Eres un cabrón —dije fríamente.
—No podía encontrar los condones
—repuso—. No tuve otra elección.
Abrí la puerta con violencia y salí
como una exhalación, arruinando un poco el efecto al pisar la manta y tropezar.
Estaba hecha una furia. No quería que Homer supiera lo que habíamos hecho. Si
él se enteraba, todos los demás lo sabrían muy pronto. Claro que, mirándolo por
el lado positivo, estuve bien despierta durante el turno de vigilancia gracias
a la indiscreción de Lee. Pasé el rato teniendo conversaciones imaginarias con
él, diciéndole cuatro verdades. Es lo bueno que tiene el enfado.
Capítulo
15
Al final, acabé perdonando a Lee. Me
hacía una idea de cómo había podido suceder, de por qué había tenido que
contárselo a Homer, aunque habría preferido que no lo hubiera hecho. Sin
embargo, disfruté bastante al ver que se preocupaba, que se sentía avergonzado
y culpable. Merecía sufrir un poquito, aunque fuera por un rato.
Pese a todo, me sentía muy bien. Me
dolía un poco el cuerpo cuando hacía un mal movimiento, pero estaba muy bien.
Pasé el día observándome a mí misma, preguntándome si había cambiado, si era
otra persona. Pero no parecía haber ocurrido nada del otro mundo. Por un lado
me sentía aliviada, pero, por otro, me apenaba el hecho de que no volvería ser
virgen nunca. Una vez dado ese paso, ya no hay vuelta atrás.
Un efecto inesperado fue que durante
todo el día me sentí muy viva. Resultaba extraño y agradable a la vez.
Sospechaba que era una reacción natural a toda la muerte y destrucción que nos
había rodeado durante tanto tiempo. Ahora, en cambio, acababa de hacer algo
positivo y no destructivo. Algo surgido del amor. Algo que suponía un cambio
significativo respecto a nuestro día a día. Sé que los bebés son una lata y
que, en una escala de dolor que va del uno al diez, dar a luz debe de alcanzar
el once; aun así, se me pasó por la mente la pequeña fantasía de tener un hijo,
un día lejano, dentro de cincuenta años más o menos.
En definitiva, tenía la sensación de
que dependía de gente como nosotros que la vida siguiera su curso.
No obstante, pronto habría de llegar
el momento en que me vería obligada a hacer algo destructivo y despiadado.
Esa noche, Fi y yo nos encontrábamos
merodeando por las calles de Wirrawee. Íbamos camino de casa de Fi; ella quería
verla, coger unas cuantas cosas y reconfortarse (¿o torturarse?) recorriendo
sus habitaciones desiertas. Los padres de Fi, abogados de profesión, tenían
mucho dinero. Vivían en la zona más selecta de Wirrawee, en una
mansión
antigua en una calle llena de mansiones antiguas que se alzaban en lo alto de
una colina. No teníamos prisa por llegar. Por lo visto, nos apetecía correr
riesgos. Queríamos tomar el aire, pese a que era demasiado temprano para salir
a la calle. Otra vez había estado lloviendo todo el día, y el asfalto relucía
bajo tanto charco. Pero ya había dejado de llover para cuando salimos de la
casa de la profesora de música. Las nubes estaban bajas, por lo que las
temperaturas no eran frías. Atravesamos sigilosamente unas cuantas manzanas,
pasando de un jardín a otro para no permanecer demasiado tiempo en las aceras.
Al llegar a Jubilee Park, nos metimos en el quiosco de música para charlar
mientras contemplábamos el césped sin cortar y los parterres invadidos por las
malas hierbas. Lo primero que quedó claro fue que Fi estaba al tanto de lo que
había pasado entre Lee y yo.
—¿Cómo te has enterado? —pregunté.
—Me lo contó Homer.
—¡Lo sabía! Me mosqueé un montón con
Lee por habérselo dicho. Por cierto, yo pensaba que Homer y tú no hablabais de
cosas íntimas últimamente.
—Hum, bueno, no es lo mismo que
antes. Pero seguimos llevándonos bien. No creo que las relaciones a largo plazo
sean lo suyo.
—Tengo la sensación de que él y yo no
hablamos desde hace una eternidad. La mayoría de mis charlas las tengo contigo
y con Lee.
—Pues debió de ser una charla muy
interesante la que tuviste con Lee esta mañana.
—¡Déjalo ya! Ha pasado y punto,
¿vale? No me metas tanta caña.
—Pues da la impresión de que Lee sí
que te metió caña.
—¡Pero bueno!
—¿Qué tal fue?
—Bueno, no estuvo mal. Hubo momentos
fantásticos. El tema en sí, ya sabes, estuvo un poco regular. Será mejor la
próxima vez.
—O sea, que habrá una próxima vez.
—¡Yo qué sé! Bueno, claro que sí, a
la larga habrá una próxima vez. Pero tampoco estoy diciendo que vayamos a
hacerlo cada noche.
—¿Te
dolió?
—Un poco. Pero no es un dolor
insoportable.
—Pues a mí me parece demasiado
engorroso —dijo Fi, para quien la vida siempre debería ser como en las
revistas—. ¿Sangraste mucho?
—¡Qué va! No es que se sufra
precisamente. Me dolió un poco al principio, y estaba nerviosa. Pero después
hubo momentos muy agradables. Aunque Lee no aguantó mucho tiempo. De todos
modos, sigo pensando que los chicos disfrutan más, al menos la primera vez.
—¿Tan segura estás de que fue su
primera vez?
—¡Claro! No derrochaba experiencia
que digamos.
—¿La tiene...? —A Fi le costó mucho contener
las risitas mientras seguíamos con la conversación, entre susurros, sumidas en
una oscuridad húmeda y silenciosa—. ¿Cómo... de grande?
—¡Sabía que preguntarías eso! No se
la medí, ¿sabes?
—Sí, pero...
—La tiene suficientemente grande,
créeme. No sé cuál es la medida, pero estará por encima.
Entonces, las dos soltamos una
risita.
Sobre las diez, subimos con sigilo la
colina en dirección a Turner Street. No nos dimos cuenta de cómo había cambiado
el panorama hasta que doblamos la última esquina.
Habría una decena de casas, todas
ellas con luz. Había hasta cuatro farolas encendidas. Dos casas tenían
encendidas las luces de todas las habitaciones. En las demás, solo había luz en
una o dos ventanas. Fi se quedó inmóvil, emitiendo pequeños gemidos, como un
cachorro herido. No me lo podía creer. Fue como entrar en un decorado de
Disneyland o pasear entre las barracas de la feria. Una especie de parque de
atracciones, vamos. La única pega para nosotras era que aquello no era ningún
parque de atracciones. Era peligroso. Tiré de Fi hacia atrás y nos pusimos a
cubierto detrás de un árbol.
—¿Qué piensas? —le pregunté.
Ella, con los ojos empapados en
lágrimas y negando con la cabeza, sollozó:
—Los
odio. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué no pueden simplemente regresar al sitio de
donde vinieron?
Observamos durante cerca de una hora.
De vez en cuando, un soldado salía de una casa y entraba en otra. A punto
estuvimos de acercarnos para poder ver mejor, pero en cuanto nos disponíamos a
salir, oímos un vehículo que subía la colina. Volvimos a agachamos detrás del
árbol. Un imponente Jaguar, de un modelo reciente, pasó a velocidad moderada
frente a nosotras y se adentró en Turner Street. Gracias a las luces del coche
me percaté de algo: inadvertidos, unos centinelas montaban guardia frente a un
par de casas. Menos mal que no llegamos a acercamos allí. El Jaguar se detuvo
frente a la casa de los vecinos de Fi, una construcción blanca de madera, bien
iluminada y con dos plantas rematadas por un alto hastial. Al pararse el
vehículo, un centinela acudió al trote desde los matorrales, abrió una de las
puertas traseras y saludó al hombre uniformado que salió de él. Pese a que el
individuo iba ataviado con la misma ropa caqui que los demás, la gorra de plato
que llevaba puesta lo distinguía de los otros militares. Un oficial. Ya
empezábamos a hacernos una idea del uso que se les estaba dando a las casas de
la zona. La habían convertido en la suite ejecutiva de Wirrawee. En eso nada
había cambiado: la Colina Pija seguía siendo la Colina Pija.
Nos replegamos a la casa de la
profesora de música para informar a los demás. Sin embargo, Homer estaba
durmiendo y, para mi secreto alivio, Lee también. Y nosotras estábamos tan
hechas polvo que decidimos no despertar a los chicos. Robyn estaba levantada
porque le tocaba turno de vigilancia, así que hablamos con ella durante unos
minutos antes de acostarnos. Dormí con Fi, lo que me ahorró tener que tomar
cualquier decisión difícil en cuanto a mi vida sentimental. No fue hasta las
nueve de la mañana siguiente cuando todos nos reunimos para hablar de lo que Fi
y yo habíamos visto en Turner Street.
Nos sentamos frente a un ventanal,
desde donde podríamos vigilar la calle, y nos pusimos a hablar. Fue una buena
conversación, una de las mejores que habíamos tenido como equipo en mucho
tiempo. Yo estaba tendida con la cabeza en el regazo de Lee, y en esa misma
postura repetí a los dos chicos lo que habíamos contado a Robyn la víspera. En
cuanto Fi hubo aportado su grano de arena, Robyn tomó la palabra.
—Anoche, dejé mi puesto de vigilancia
durante unos minutos —explicó—. Tuve que dar un paseo para no quedarme dormida.
Bajé hasta el parque que hay al final de la calle y regresé. Es curioso, allí
hay una cosa frente a la que habré pasado mil veces y en la que nunca antes
había reparado. Pero anoche sí que me fijé en ella.
Hubo un momento de silencio.
—Venga —dijo Homer al fin—. Me rindo.
¿Era animal, vegetal o mineral?
Robyn hizo una mueca.
—Se trata del monumento a los
soldados caídos —repuso ella.
—Ah, eso —asintió Homer.
—Sí —dijo Fi—. Yo sabía que estaba
ahí. Nos hicieron depositar una corona a los pies de la estela cuando íbamos a
sexto.
—Pero ¿llegaste a fijarte en ella?
—preguntó Robyn—. Quiero decir, ¿detenidamente?
—En realidad no.
—Yo tampoco. Hasta anoche. Es triste.
Figuran muchos nombres, y los que murieron tienen además asteriscos. Ahí hay
resumidas cuatro guerras. Y solo para este diminuto distrito, perdieron la vida
unos cuarenta hombres. Abajo del todo aparece una frase, sacada de un poema o
de no sé dónde. Dice...
Robyn echó un vistazo a su muñeca y
descifró, con algo de dificultad, los diminutos caracteres que había apuntado
ahí:
—«La guerra es nuestro azote; mas nos
ha hecho sabios. Luchar por nuestra libertad nos hace libres.»
—¿A qué se refieren con eso de
«azote»? —quiso saber Homer.
—Es cuando ocurre algo malo, ¿no? —me
preguntó Fi—. Algo muy, pero que muy malo.
—Hum, a Atila, rey de los hunos, lo
llamaban el «azote de Dios» —dije, evocando un vago recuerdo de una clase de
historia de séptimo curso.
—A ver, repítelo otra vez, Robyn
—pidió Lee. Y eso hizo ella.
—No sé si nos habrá hecho sabios
—apuntó Lee—. Pero tampoco estoy seguro de que nos haya hecho libres.
—Quizá sí —rebatí yo mientras
procuraba desgranar la idea—. Somos muy distintos a como éramos unos meses
atrás.
—¿En
qué sentido? —preguntó Lee.
—Fíjate en Homer. En el instituto era
Atila, el rey de los burros. En fin, Homer, tú mismo debes reconocer que eras
un caso perdido. Te pasabas los días enteros sin hacer nada, con la camisa por
fuera de los pantalones y haciendo comentarios graciosos. Y cuando todo esto
empezó, cambiaste. En cierta medida, te has convertido en toda una estrella,
¿sabes? Todas las buenas ideas se te han ocurrido a ti, y nos animaste a hacer
cosas que no habríamos hecho con nadie más. Puede que estés menos fino desde la
emboscada al convoy, pero no seré yo quien te lo eche en cara. Lo que sucedió
allí fue horroroso.
—Me equivoqué con aquellas armas
—reconoció él—. No habría debido llevármelas sin que vosotros estuvierais al
tanto. La cagué.
Homer se puso bastante colorado, y
desvió la mirada hacia algún punto por encima de nuestras cabezas. Era tan raro
oírle decir que había cometido un error, que me mordí la lengua y le ahorré la
burla que estaba a punto de hacer. En realidad, no se había equivocado del todo
con aquel asunto de las armas. Me convenció cuando discutimos sobre el tema en
el Infierno. Pero una vez más, me demostraba lo sabio que se estaba volviendo.
Le guiñé un ojo; mi mano buscó la suya y la apretó con fuerza. En ese instante,
estaba tocando a los dos chicos que más quería en el mundo, y me di cuenta de
la suerte que tenía.
—Y luego está Lee —proseguí—. Antes
parecías muy encerrado en tu mundo. El violín, el instituto, el restaurante y
poco más. Y bueno, sigues siendo un tío muy complicado, pero eres mucho más
extravertido. Y eres muy fuerte y resuelto.
—Y muy salido —añadió Homer en voz
baja. Le propiné una fuerte palmada en la mano. Y a juzgar por la cara que
puso, creo que Lee también lo fulminó con la mirada.
—Y tú, Robyn —continué—, siempre has
sido fuerte, siempre has sido inteligente, así que supongo que no has cambiado
tanto. Pase lo que pase, sigues aferrándote a tus creencias y eso me parece
digno de admiración. Se te ve la más tranquila y la más segura de todo el
grupo. Creo que en tu interior se encuentra esa sabiduría a la que se refiere
la frase inscrita en el monumento.
—Yo no soy sabia —rio Robyn—. Solo
intento averiguar qué quiere Dios que haga.
No supe qué añadir después de aquel
comentario, así que pasé al último
sujeto.
—Fi, me da la sensación de que, de
alguna manera, ahora eres más libre. Es decir, piensa en la vida que llevabas
antes: vivías en una mansión, acudías a clases de piano, te codeabas con
ricachones y famosos. En cambio, ahora acampas en el monte durante meses,
luchas en una guerra, vives al límite y vuelas cosas por los aires, e incluso
te ocupas de las gallinas y cultivas el huerto... Casi podemos hablar de
liberación con respecto a tu antiguo modo de vida.
—Ya no podría volver a vivir así
—contestó Fi—. Aunque tampoco quiero seguir viviendo tal y como lo estoy
haciendo ahora, claro está. Pero si la guerra terminase mañana, sería incapaz
de preocuparme por los adornos florales para las recepciones de mamá, ni por si
ese papel es el adecuado para contestar a una invitación. No sé lo que haría.
Buscaría una ocupación útil, algo que evitara que una situación como esta
volviera a repetirse.
—Ahora te toca a ti, Ellie —dijo Robyn.
—Vale, de acuerdo, ¿y quién se atreve
conmigo? —pregunté. Acto seguido, al darme cuenta de lo que acababa de decir,
dirigí a Homer una temible mirada que venía a decir «ni se te ocurra». Llegó
justo a tiempo: ya estaba abriendo la boca para soltar algún disparate.
—Yo lo haré —se ofreció Robyn.
Reflexionó durante un momento y entonces empezó—: Escuchas mejor de lo que lo
hacías antes. Eres más sensible con los demás. Eres valiente. De hecho, creo
que eres la más valiente de todos nosotros. Todavía eres un poco cabezona de
vez en cuando, y no te gusta reconocer que estás equivocada, pero has sido un
ejemplo de fortaleza para nosotros. Va en serio, Ellie.
No cabía en mí de alegría. No estoy
acostumbrada a los cumplidos. Nunca me han hecho demasiados.
—Me siento más valiente desde aquella
charla que nos dio Homer en el arroyo, hace tanto tiempo —expliqué—. Y sigo
recordándola cada vez que siento miedo.
—¿A qué charla te refieres? —preguntó
Fi.
—A cuando Homer dijo que todo era
mental. Que frente al miedo hay dos opciones: o te deja llevar por el pánico y
tu control mental se desmorona, o bien tomas las riendas de tu mente y piensas
con valentía. Le encuentro mucho sentido.
—¿Ves?
Eso es sabiduría —dijo Robyn.
—Bueno, ¿y ahora qué? ¿Cuál será el
siguiente paso? —preguntó Homer, enderezándose un poco—. Ya va siendo hora de
que demos otro golpe. Hemos tenido unas largas vacaciones. No hicimos nada
cuando estábamos con los Héroes de Harvey, y ahora nos toca mover ficha. Esos
boletines radiofónicos fueron bastante alentadores. Hay un montón de sitios
donde la gente ha opuesto resistencia, y los neozelandeses han puesto mucho de
su parte. No podemos dejar que Wirrawee se convierta en el bastión de esos
cerdos. Excepto nosotros, casi nadie puede impedir que eso ocurra. ¿Qué vamos a
hacer?
—Tú dirás —sonreí. Sabía que Homer ya
tenía algo en mente.
—Vale —dijo, encogiéndose de
hombros—. Lo que Fi y Ellie vieron anoche nos brinda nuestra primera
oportunidad verdadera en mucho tiempo. Probablemente estén utilizando esas
casas como cuartel general. Tiene bastante sentido: es el mejor sitio de todo
el pueblo. Eso sí, tenemos que vigilarlos de cerca, averiguar qué está pasando
allí. Propongo que los espiemos durante un par de días, o el tiempo que sea
necesario. Fi, ¿crees que con todo lo que recuerdas podrías dibujar planos de
esas casas? Después los completaríamos sobre la marcha.
Decidimos que entraríamos a
hurtadillas en St. John, la iglesia que quedaba diametralmente opuesta a la
casa de Fi, y utilizaríamos el campanario como puesto de observación. Aquella
era la iglesia de Robyn: la conocía tan bien como mi madre su cocina. Ella
estaba segura de que podría colarse dentro por una pequeña ventana que daba a
la sacristía y que, según ella, solo se mantenía cerrada por un ladrillo
colocado desde el interior; la parroquia no disponía del dinero necesario para
arreglarla. En no pocos aspectos, la perspectiva de utilizar el campanario
resultaba poco atractiva. Para empezar, tendríamos que entrar de noche y permanecer
allí hasta la noche siguiente. Habría que llevar comida y bebida y, dada la
ausencia de aseos, prever unos recipientes para las emergencias. No sé lo que
le habría parecido a Dios todo aquello.
Homer y Robyn se ofrecieron a hacer
el primer turno de vigilancia, y acordamos que Fi y yo nos encargaríamos del
siguiente. Homer y Lee nos relevarían a nosotras. La primera noche, sin
embargo, fuimos todos para ayudar a Robyn y Homer a instalarse. Esperamos hasta
las cuatro. Para entonces, aquello no nos suponía ningún inconveniente.
Estábamos tan acostumbrados a funcionar de noche que yo ya había dejado de
sentirme cansada en las operaciones que llevábamos a cabo a las
tres o a las cuatro de la madrugada.
Llegamos a St. John por el patio
trasero, después de escalar la valla que daba a Barrabool Avenue. Era más
seguro hacerlo de esta manera, evitando así que alguien nos viera desde Turner
Street. Robyn consiguió desarmar la ventana sin ningún problema; en realidad,
ya estaba caída, descansando contra el ladrillo. Pero colarse por aquel
reducido hueco sí que supuso un inconveniente. Robyn no se había acordado de lo
estrecho que era. Solo Fi tendría alguna posibilidad, de modo que Homer la
levantó y la ayudó a entrar, empujando desde detrás. Una vez que Fi consiguió
introducirse hasta la cadera, tuvo que girar, retorcerse y escurrirse. Se la
oía reír y jadear. También se oyó un ruido sordo cuando aterrizó de cabeza
contra el suelo.
—¡Ay, no! —chillé—. ¿Estás bien?
—Chis —intervino Homer.
—Sí, estoy bien. Y no gracias a Homer
—susurró Fi a modo de respuesta.
Abrió la puerta, y nosotros entramos
de puntillas. Por supuesto, estaba muy oscuro dentro, pero lo que más me llamó
la atención fue que olía a cerrado, a húmedo y a frío. Robyn nos condujo fuera
de la sacristía y dentro de la nave principal de la iglesia. Las vidrieras
parecían grabados opacos, pero la poca luz que llegaba de las farolas de Turner
Street suavizaba la penumbra. A lo largo de mi vida he pasado poco tiempo en
las iglesias —mi excusa era que vivíamos demasiado lejos del pueblo—, pero me
gusta el ambiente que reina en ellas. Son siempre apacibles. Eché un vistazo a
mí alrededor, forzando la vista para distinguir los detalles. A lo lejos se
vislumbraba el altar. Revestía un carácter sagrado que me puso nerviosa.
También había un crucifijo colgado de una columna cercana. Filtrándose por una
ventana, un cuadrado de luz atravesaba el crucifijo. Observé más detenidamente
para ver la cara de la figura, pero miraba en dirección opuesta a mí, y además
estaba ensombrecida. No sabía qué podía significar aquello.
Robyn nos llamó para que subiéramos
al campanario. Yo atravesé la nave en compañía de Lee, preguntándome si algún
día él y yo haríamos las cosas como Dios manda. No sabía cómo se lo tomarían
mis padres; por otra parte, hacía mucho Lee me había contado que sus padres
nunca aceptarían que se casara con una occidental.
—Odio estos sitios —dijo Lee,
sorprendiéndome, mientras llegábamos al fondo
de la iglesia.
—¿Las iglesias?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé. Huelen a muerte. Son como
sitios muertos.
—Hum. A mí me gustan bastante.
A medio camino subiendo la escalera,
Homer y Robyn se toparon con unos ventanucos que les servirían para espiar. Se
pusieron tan cómodos como les fue posible. Yo era incapaz de expulsar de mi
mente la desagradable ocurrencia que se había colado en ella como un gusano:
pensé que tal vez el empeño de Homer a la hora de apuntarse a esa primera
jornada de vigilancia tuviera algo que ver con el comentario que Robyn había
hecho acerca de que yo era la más valiente del grupo. A Homer no le debía de
haber sentado bien. Desde su punto de vista, los chicos siempre eran los
héroes, siempre tenían que ser un poco mejor que las chicas.
Tal vez por eso yo siempre me
empeñaba en plantarle cara.
Habíamos traído papel y bolígrafos
para anotar todo lo que observáramos durante el día. Aquella iniciativa nos
puso algo tensos. Igual que se había planteado en su día el asunto de las armas
de fuego, sabíamos la diferencia que existía entre un grupo de adolescentes que
se escondía en el monte y vivía de lo que encontraba en el campo y un grupo de
guerrilleros armados que acopiaba información sobre los movimientos enemigos.
Habíamos visto suficientes películas y leído bastantes libros bélicos para saber
cómo funcionaba aquello. Pero habíamos encontrado una grieta en la mampostería
del campanario por donde podríamos arrojar nuestras anotaciones si nos
descubrían. Esperábamos que así se quedaran allí perdidas para siempre.
Pretendíamos hacernos una buena idea
de la actividad en Turner Street, de las entradas y salidas de las casas.
Aunque nadie había mencionado nada al respecto, todos teníamos muy claro que
nos encontrábamos en la etapa preliminar de lo que sería nuestro próximo golpe.
Iba a ser una misión ardua, la más difícil y peligrosa de todas, por lo que
debíamos planificarla con la máxima precaución.
A las cinco de la madrugada, Fi, Lee
y yo dejamos a los otros dos en su puesto. Les esperaba una jornada de frío,
aburrimiento e incomodidad. De
todas maneras, a nosotros también se nos hizo pesado pasar el día en casa de la
profesora de música. Uno de nosotros tenía que mantener la vigilancia allí
también. Plantearlo de otra forma habría equivalido a correr riesgos
inconcebibles. Al final, pasamos la mayoría de los turnos haciéndonos compañía
los unos a los otros, jugando al Trivial Pursuit y cosas así. Cuando le tocó a
Fi, Lee y yo nos fuimos a la sala de estar y nos enrollamos un rato. Yo quería
que fuésemos más allá, hasta el final, pero Lee parecía preocupado. Supongo que
el hecho de que estuviéramos planeando un nuevo ataque contra el enemigo,
corriendo de nuevo el riesgo de acabar heridos o peor, le ponía de los nervios.
Normal. Yo también estaba histérica, no te jode. Pero, por lo visto, me costaba
menos quitármelo de la cabeza. Qué curioso: antes, en los viejos tiempos, me
ponía nerviosa por un partido de netball o cuando me tocaba hacer una
presentación oral. En comparación, lo que estábamos a punto de hacer ahora me
habría valido ganarme una camisa de fuerza.
Homer y Robyn aguantaron el tipo
hasta la medianoche, lo cual fue verdaderamente heroico, como comprendería unas
pocas horas más tarde, cuando Fi y yo les tomamos el relevo. Además, no
volvieron con las manos vacías. De hecho, sus notas eran tan comprometedoras
que reafirmaron nuestra decisión de extremar las precauciones para que no nos
pillaran con ellas encima. Las casas eran hervideros de actividad. Una flota de
coches de alta gama, dos Jaguar y tres Mercedes, iba y venía a todas horas. Los
usaban al menos seis VIP, todos ellos con uniformes de oficiales y tratados con
gran deferencia por los centinelas. Por lo visto, una casa en particular servía
de cuartel general y otras dos, de residencia reservada a los altos mandos y
sus mujeres. Según parecía, los centinelas ocupaban las demás casas, entre
ellas la de Fi.
Si bien montaban guardia frente a
todas las casas de la calle, la que usaban a modo de cuartel general era la más
vigilada. Hacían turnos de cuatro horas. Cuatro centinelas custodiaban la casa
principal, y dos cada una de las demás. Entre los soldados había de todo, según
dijeron Homer y Robyn: a algunos se los veía listos y espabilados, y a otros,
negligentes y desinteresados.
—La mayoría de ellos no parecen
soldados de primera línea —explicó Robyn—. Sucede lo mismo que con las
patrullas: los más jóvenes tendrán alrededor de catorce años, mientras que los
más veteranos pueden alcanzar los cincuenta.
Fi y yo tomamos posición en el
campanario justo antes del amanecer. Hacía un frío que pelaba, y nos
relevábamos cada media hora para dar paseos
por la iglesia. Llevábamos tantas capas de ropa que parecíamos el muñeco de
Michelin. Fi me fichó para una pequeña sesión de aeróbic de unos pocos minutos
para entrar en calor, pero con tanta ropa resultaba demasiado difícil. No hubo
el menor movimiento en la calle hasta las ocho de la mañana, cuando hicieron
cambio de guardia. Fi lo apuntó: «8:00: centinelas».
—Mejor escribe 0800 —observé—. Así se
hace en el Ejército.
La mitad de los centinelas se
apostaron frente a las casas, mientras los demás desaparecían hacia las partes
traseras. También empezamos a ver señales de actividad en el interior. En la
planta superior de la casa vecina a la de Fi, un hombre se asomó a la ventana; iba
en calzoncillos y se quedó ahí mirando durante un minuto. Fi no pudo contener
la risa cuando el hombre levantó un brazo y luego el otro para ponerse
desodorante en spray en las axilas. Una mujer vestida con un chándal
verde y blanco salió de otra casa y bajó la calle corriendo.
Al parecer, los oficiales tenían
horarios de oficina. Por eso se les llama «oficiales», supongo. De cualquier
modo, a las nueve menos cinco empezó a salir gente de las casas. Algunos
llevaban el mismo uniforme que los demás soldados. Pero otros seis parecían ser
los mandamases. Uno de estos últimos era el mismo que Fi y yo habíamos visto
salir del Jaguar. Todos convergieron en una enorme casa antigua, de ladrillo,
situada hacia la mitad de Turner Street.
—La residencia del doctor Burgess
—dijo Fi—. Bonita casa.
Conforme iba avanzando la mañana, nos
costaba cada vez más acordarnos de que estábamos haciendo algo peligroso. Fue
como estar frente a una oficina que funcionase a pleno rendimiento: un vaivén
de coches, gente que entraba y salía con prisa de las casas y, a veces, cuando
la calle estaba realmente tranquila, incluso oíamos sonar los teléfonos. La
comida empezaba a las 12.30, hora a la que la gente regresaba a las distintas
casas. Algunos se sentaban fuera, bajo los suaves rayos del sol, a comer de
fiambreras de plástico. Deliciosos aromas nos llegaban de las cocinas. La boca
se nos hacía agua y el estómago emitía pequeños gruñidos. Con tristeza, sacamos
nuestro propio menú del día: galletas de cereales condimentadas con algo de
mermelada, Vegemite o miel. No estaba mal, aunque echaba de menos pequeños
lujos como la mantequilla o la margarina. Habría matado por una comida
caliente, y por un plato que incluyera carne, como los que preparaban los
soldados. No
pasó gran cosa hasta las 4.35, cuando ocurrió algo que nos dejó de piedra. Yo
había estado vigilando mientras Fi daba algunas vueltas por la iglesia para
entrar en calor. Acababa de regresar y estaba apoyada en la pared, a mi lado,
resollando, cuando le dije:
—Oye, Fi, vas a tener que ponerte en
forma si quieres que alguien compre tus vídeos de fitness. Anda, aquí
viene otro coche.
Fi se volvió hacia la ventana y
observó, al igual que yo, cómo se detenía un coche que no habíamos visto antes,
un Range Rover.
—¡Si es el coche de la familia
Ridgeway! —exclamó Fi con indignación. Parecía bastante escandalizada, como si
se tratara del crimen más abyecto cometido durante toda la guerra.
—Pues sal y arréstalos tú misma
—repuse, sin apartar la vista del coche.
Vi al chófer, que parecía un soldado
cualquiera, y a dos personas sentadas en los asientos traseros. Una de ellas,
con su gorra de plato y unos ribetes dorados adornándole el uniforme, era otro
alto mando. Apenas pude distinguir nada de su acompañante.
El coche se detuvo frente a la casa
de los vecinos de Fi, y los dos hombres de atrás salieron. Un arco cubierto por
una frondosa enredadera coronaba la verja; más allá, el camino de entrada
serpenteaba por el jardín y llevaba hasta la puerta principal. Aquello
significaba que, una vez que esa gente hubiera franqueado el arco, solo
tendríamos una oportunidad más para fijarnos en ellos. Para colmo, el Range
Rover había parado muy cerca de la verja. El hombre que ocupaba el asiento
derecho tuvo que rodear la parte trasera del vehículo, así que tuvimos tiempo
de verlo perfectamente. El otro, sin embargo, había salido del vehículo y
atravesado la verja sin que tuviésemos la menor oportunidad de verle la cara.
Solo podríamos hacerlo cuando recorrieran el camino de entrada a la casa, al
pasar entre dos ciclamores. Estiré el cuello para poder verlo mejor. Entonces,
con un chillido de horror, agarré a Fi, que estaba algo más lejos.
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó. No había
prestado demasiada atención y ya no estaba a tiempo para vislumbrar a aquel
hombre.
—Ay, Dios mío. No me lo puedo creer.
¡Ay, Dios mío!
—¿Qué? —repitió Fi, que estaba
impacientándose, y puede que incluso asustándose.
—¡Era
el comandante Harvey!
—Venga, Ellie, no digas tonterías.
—Fi, lo juro. Te lo juro, era el comandante
Harvey.
—¿Estás segura?
—Creo que sí.
—Vamos a ver, ¿estás segura o crees
estarlo?
—Estoy segura al noventa por ciento.
No, al noventa y cinco. Fi, de verdad, era él. ¿No lo has visto, aunque fuese
de refilón?
—Quizá sí, pero solo de refilón. Supongo
que podría ser él. Son de la misma estatura, más o menos.
Me recosté contra la pared. Estaba
temblando.
—Fi, si realmente era él, ¿qué crees
que eso significa?
—No sé. ¡Oh, cielos! Ellie… —Ya
empezaba a darse cuenta de lo que aquello implicaba—. ¿Crees que…? ¡Oh, no!
Puede que… puede que solo finja colaborar con ellos para poder espiarlos.
Negué con la cabeza. ¿Por qué me
decía mi instinto que había algo en el comandante Harvey que lo hacía incapaz
de semejante acto de valentía? ¿Por qué sabía yo que llevaba dentro algún tipo
de debilidad fatídica a la que no podía escapar, del mismo modo que el agua
siempre encuentra el punto más endeble de una cisterna, o una oveja el único
agujero en una valla?
Y pese a todo, estaba segura, tan
segura como de que teníamos un asunto pendiente con el comandante Harvey.
Nos quedamos en nuestro puesto de
observación durante el resto de la tarde, pero él ya no volvió a aparecer.
Entre las cinco y las seis, la gente fue volviendo a las casas después de la
jornada de trabajo. A las ocho, asistimos al cuarto cambio de guardia, y a las
diez nos retiramos. Nos deslizamos por la ventana de la sacristía y nos
alejamos, de puntillas, por el cementerio. Estaba impaciente por contar a los
demás lo que habíamos visto. Lee y Homer estaban durmiendo, pero los
despertamos en el acto. Y los cinco pasamos horas barajando todo tipo de
posibilidades. Estábamos de acuerdo sobre un punto: lo primero que había que
hacer era confirmar que el hombre que yo había vislumbrado era
efectivamente el exlíder de los Héroes de Harvey.
Capítulo
16
Durante los dos días siguientes, no
vimos a nadie que se pareciera a Harvey. Que nosotros supiéramos, permaneció
dentro de la casa durante todo ese tiempo. Sin embargo, al tercer día, cuando
Robyn y yo estábamos en el campanario, lo vimos claramente. El Range Rover
había venido a detenerse a unos diez metros de la entrada, de modo que cuando
Harvey puso el pie en la calle tuvo que recorrer esa distancia que lo separaba
del vehículo. Cuando cruzó la verja de propiedad, pudimos verlo perfectamente:
un hombre bajo y rechoncho ataviado con un traje negro; de todas las personas
que habíamos visto en Turner Street, era él el único que no llevaba uniforme
militar.
—No hay duda, es él —dijo en voz baja
Robyn, que me miraba, asombrada.
Ya había empezado yo a dudar de mi
vista y de mi memoria, y resultó emocionante que me dieran la razón. Estaba tan
orgullosa de mí misma que me quedé allí plantada, lanzando una mirada triunfal
a Robyn. El Range Rover hizo un cambio de sentido y se alejó, sin cambiar de
marcha, pero acelerando paulatinamente. Volví a echar un vistazo por la
ventana. Sentado como antes en el asiento trasero, a la izquierda, el
comandante Harvey charlaba con el chófer, con una sonrisa obsequiosa en la
cara.
Cuando el coche salió a Turner
Street, me recosté contra la pared del campanario y mire fijamente a Robyn.
—Ese hijo de puta —espeté—. Ese…
—No digas palabrotas, Ellie —repuso
ella, con semblante incómodo—. No en una iglesia.
—Está bien —dije, esforzándome
mucho—. Está bien. ¡Pero ya verás cuando salgamos de aquí! Soltaré palabrotas
que no habrás oído en la vida, como un carretero a quien le han cambiado los
bueyes por camellos. Y te diré algo más: una iglesia no es un sitio tan
inadecuado. Judas Iscariote es un personaje de la Biblia, ¿no? Y te lo digo en
serio, ese
tío es un puñetero Judas Iscariote de la peor calaña.
—Pero no puede ser… No pudo
traicionar a los Héroes de Harvey… ¿verdad? —preguntó Robyn.
—No lo sé. —Yo intentaba reflexionar,
pero estaba demasiado cansada—. No lo sé, de verdad. Dudo que estuviera detrás
de la emboscada del tanque. De ser así, no habría permitido la presencia de
espectadores. Quiero decir, está claro que los soldados no tenían ni idea de
que nos encontrábamos monte arriba, justo encima de ellos. Lo único que sé es
que si Harvey ha estado alguna vez en nuestro bando, ahora ya no lo está.
No fue hasta la mañana siguiente cuando
di con el elemento clave: de pronto, me acordé de una cosa que dijo aquel
hombre que había con la señora Mackenzie en el cobertizo de herramientas de la
casa de Kevin. En medio del desayuno, con el zumo chorreándome por la barbilla
y mientras me atragantaba con los cereales, pregunté a Robyn, alterada:
—Oye, ¿qué es un «tizas»?
—¿Un «tizas»? Ni idea.
—¿Dónde hay un diccionario?
—Ni idea.
—Vale, gracias por tu ayuda.
Me precipité hacia la sala de estar,
donde encontré un par de diccionarios. Sin embargo, no me fueron de más ayuda
de lo que había sido Robyn. «Tiza: arcilla terrosa blanca.» Y se acabó. Ya me
hacia una idea de por dónde iban los tiros, pero necesitaba confirmación. Fue
Homer quien, aquella misma noche, me saco de dudas al regresar de su turno de
vigilancia. Estábamos solos, sentados frente al ventanal.
—¿Un «tizas»? Pues qué va a ser, un
profe. Todo el mundo lo sabe.
—¿Es eso? Es eso, ¿verdad? Bueno pues
entonces ya está. En casa de Kevin, el hombre del cobertizo de herramientas
dijo que alguien, un «tizas», andaba delatando a la gente del recinto ferial.
También dijo que se llevaban a los que él señalaba. —Me alteré aún más al
recordar otro detalle—: Es más, conocía a toda la gente que había formado parte
de la reserva del Ejército. Eso encaja al cien por cien con Harvey. ¡Al cien
por cien!
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