Siempre me ha encantado vivir en el campo. No sé si mi padre
quería un hijo (casi todos los terrenos que
rodean Wirrawee están en manos de hombres y se transmiten de padres a hijos),
pero, de ser así, nunca lo expresó. Una vez, en los almacenes de Wirraweee, un
tío le dijo a mi padre, delante de mis narices: «Si tuviera hijas, yo no las
dejaría que se encargaran del ganado». Entonces mi padre se limitó a mirarme
fijamente durante un minuto mientras yo esperaba a ver qué le contestaba. Al
final dijo: «No sé qué haría sin ella». Me sonrojé de la alegría. Fue el mejor
cumplido que me hizo jamás. Tenía nueve años.
No digo que me gustara todo lo que suponía la vida en la granja.
Cuando papá tenía uno de sus arrebatos de mal humor no era nada divertido estar
en casa. Había tareas que no me gustaban, como marcar a las ovejas cortándoles
un trozo de carne... Bueno, solo a un demente le gustaría hacer eso. Pero
tampoco me apetecía tener que dar de comer a los corderos las mañanas frías, ni
cortar leña y encender el horno, ni volver a atar a los perros después de que
salieran a correr, ni encontrar ratones en mi cama cuando había plagas de
roedores, ni encontrar arañas en las botas de agua cuando llevaba unos minutos
con ellas puestas.
La mejor época del año era sin lugar a dudas la de la esquila.
Teníamos un único aprisco con dos taburetes para los esquiladores y, cuando la
economía empeoró, papá empezó a encargarse él de la mayor parte de la tarea.
Era más divertido cuando contrataba jornaleros, pero me gustaba de todas
formas. En cuanto tuve edad suficiente, pasé a ser mano de obra barata. Tener
la oportunidad de ayudarles a esquilar era unos de los mejores momentos de mi
vida. Otro momento de oro fue el día que tuve fuerza suficiente para arrojar el
vellón de una oveja a la mesa para enseñárselo a quien lo tenía que clasificar.
Los últimos años, mi padre también se encargaba de esta tarea. Era algo que yo
quería aprender, tenía pensado hacer un cursillo cuando terminara el curso.
Me encantaba la actividad que se respiraba en el aprisco de la
esquila. Las ovejas apelotonadas en los rediles. Los perros tumbados a la
sombra, jadeantes, vigilando con ojos brillantes el ganado y confiando en que
no volvieran a mandarles que movilizaran a las
ovejas para llevarlas al siguiente redil o
para devolverlas al prado en el que pastaban. Me gustaba el aspecto aceitoso de
la mesa de clasificado de la lana, la suave blancura de los vellones, los
balidos tímidos de las ovejas que esperaban. Me sentía orgullosa cuando veía
nuestros fardos de lana, con la marca de nuestras ovejas, amontonados en el
maletero de una camioneta, listos para ir a la subasta. Sabía que acababan
recorriendo medio mundo y se convertían en magnificas prendas de abrigo que
luciría la gente de la cuidad, gente que yo no conocería nunca. Incluso los
granjeros más curtidos, los que parecía que tenían la misma sensibilidad que
una roca sedimentaria, se emocionaban un poco cuando tenían que esquilar a sus
ovejas. Mi padre solía mirar las fotos de modelos con ropa de lana en las
revistas de moda de mi madre con una especie de admiración en el rostro, como
si le costara creer que nuestros impresionantes vellones pesados pudieran
viajar tan lejos y convertirse en prendas tan hermosas. Había un buen trecho
entre Wirrawee y París, Roma y Tokio.
De todas formas, no quiero dar la impresión de que mi padre era un
paleto anticuado, como algunos de los hombres de nuestro distrito. Cuando mi
madre decidió que le apetecía hacer cosas que ampliaran su mente, la apoyó por
completo. Así pues, hizo un curso para aprender a entender el arte, otro de
historia medieval y luego otro de chino mandarín. También se apuntó a un grupo
de la ciudad donde enseñaban a hablar en público. Mi padre estaba muy orgulloso
de ella y alardeaba delante de todos sobre lo inteligente que era mamá. A
algunos granjeros no les gustaba que sus esposas fueran a la cuidad más de una
vez por semana. Cuando a la señora Salter le ofrecieron un puesto de media
jornada como asesora de deuda para un centro de servicios comunitarios, su
marido no le dejó que aceptara el trabajo. Por eso, mi padre demostraba tener
agallas al atreverse a defender a mi madre delante de sus colegas y encajar las
bromas de estos sobre su esposa feminista.
Tengo que admitir que, en algunos aspectos, en Wirrawee llevábamos
unas décadas de retraso.
Sin embargo, a pesar de todo eso, donde mi madre estaba más
feliz era en la cocina. La cocina era el
cálido corazón de nuestro hogar, y creo que ella se sentía muy a gusto allí.
Era su territorio y lo controlaba todo. Mi madre era buena cocinera, muy
creativa, pues nunca seguía las recetas al pie de la letra. Añadía un toque de
albahaca por ahí, unas gotas de tabasco por allá, y un buen chorro de vino en
casi todos los platos. Aunque parezca mentira, siempre le salía bien. No
recuerdo ningún desastre culinario, salvo cuando espolvoreó sal en lugar de
azúcar glas en la tarta de mi decimosegundo cumpleaños. Se le daba tan bien la
cocina que me intimidaba un poco; yo me limitaba a lo más sencillo: huevos revueltos,
costillas de cordero fritas, pasta, galletas de avena.
Jamás me cupo duda de que algún día sería yo quien se encargara de
la granja. Nunca hablábamos del tema, pero creo que todos lo dábamos por
supuesto. Lo único que me preocupaba era cómo iba a conseguir que mi padre
cediera el mando sin pasarse veinte años más diciéndome qué tenía que hacer.
No obstante, esa noche, todo aquello me parecía una película. Ahí
estaba, tumbada en mi lecho de enredadera, esperando a que pasaran las lentas
horas solitarias de la madrugada. Era capaz de evocar esas imágenes de cómo
había sido mi vida, pero parecían cosas que le ocurrían a otras personas, a
personas con aspecto feliz dentro de un mundo artificial, en la gran pantalla.
Parecía irreal. Lloré hasta quedarme dormida, aunque tampoco dormí demasiado.
Me sentía sola y perdida, tenía miedo, y la mañana me parecía inalcanzable.
17
POR la mañana, el hambre volvió a ser acuciante. Estaba mareada y
sentía vértigo. Cuando me incorporé, pensé que iba a desmayarme. Me dolía todo:
tenía la rodilla fatal, pero eso no era más que uno de mis numerosos dolores,
la mayoría provocados por dormir en un lecho frío e incómodo.
Sin embargo, todavía tenía miedo de que me pillaran mis
perseguidores, así que me obligué a levantarme. Anduve con pasos torpes hasta
el claro del bosque y alcé la vista hacia las colinas. Había organizado un plan
táctico mientras descansaba en la oscuridad: tenía que llegar al punto más
elevado para averiguar dónde estaba. Una vez que supiera dónde estaba, podría
llegar hasta donde me dirigía, si es que eso tiene algún sentido.
Por supuesto, ahora tenía la preocupación extra de no saber si los
demás estarían allí. Tal vez los hubieran capturado o matado, o tal vez se
hubieran dado por vencidos y se hubieran marchado del arroyo. Habíamos sido tan
tontos que no habíamos acordado ningún punto alternativo, como solemos hacer
cuando quedamos con los amigos; supongo que todos estábamos seguros de que
Homer y yo nadaríamos sin problemas hasta el río y luego lo vadearíamos para
encontrarnos con Robyn y el resto del grupo. No habíamos tenido en cuenta todos
los impedimentos. Además, había demasiadas cosas en las que pensar y habíamos
organizado el plan a toda prisa.
No conseguía quitarme de la cabeza a los exploradores europeos
Burke y Wills, que salían en los libros de historia. En su travesía por
Australia, habían conseguido llegar, al límite de sus fuerzas, hasta el río
Cooper, enfermos y muertos de hambre después de haber cruzado el continente, y
se encontraron con que el equipo de apoyo había tirado la toalla y se había
marchado siete horas antes. Fue la sentencia de muerte para Burke y su
compañero. Temía ir por el mismo camino.
Continué renqueando hasta que mi cuerpo empezó a funcionar
medianamente bien. El sol todavía estaba bajo,
de modo que el terreno estaba muy frío, y eso dificultaba todavía más mi
avance. Al final me metí los brazos debajo de las axilas y, abrazándome para
intentar entrar en calor, me puse en marcha, con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados
contra la cruel brisa que me aguijoneaba.
Una vez que entré en calor anduve sin demasiados problemas durante
un rato. Las punzadas de hambre se esfumaron de nuevo y la cuesta no me resultó
demasiado empinada. Era un incordio tener que estar pendiente de si me
perseguían mientras caminaba; confiaba en oír a los soldados antes de que ellos
me oyeran a mí, pero no podía darlo por sentado. Era fácil orientarme: sabía
que mientras subiera, iría en la dirección correcta.
El mayor problema no tardó en aflorar. Cuanto más ascendía, menos
vegetación había para esconderme. Los árboles estaban cada vez más dispersos y
las rocas se hacían más abundantes, con protuberancias tan difíciles de salvar
y tan desnudas que tenía miedo de que los enemigos pudieran verme a kilómetros
de distancia. Me faltaba energía para escalar, por no hablar de intentar
esconderme al mismo tiempo. Pero habría sido una temeridad no buscar un
parapeto, así que, después de gruñir y soltar unos cuantos improperios, me
aparté el pelo de la cara de un manotazo y me abrí camino hacia la derecha,
donde había más árboles. Calculo que eso hizo que tardara unos veinte minutos
más en escalar la loma.
Sudaba a mares cuando por fin llegué a la cima. Hacía un par de
horas que había amanecido. El día todavía era fresco, pero yo había generado
suficiente calor gracias al duro y torpe ascenso por la colina. Era un fastidio
tener que estar pendiente de los aviones y de las tropas de tierra en todo
momento, de modo que, aunque seguí alerta por si las veía, empecé a hacerlo
como un acto reflejo: me costaba recordar qué era lo que buscaba.
Alguien había construido un pequeño mojón de piedras apiladas en
la cumbre. Ignoraba con qué propósito lo habían hecho, pero, por lo menos, al
verlo supe que había llegado a la cima. Lo rodeé con esfuerzo y bajé un poco
para alejarme, cobijada a la sombra de unos
árboles. Entonces, por fin fui capaz de darme
la vuelta y contemplar la vista.
Tenía la bahía de Cobbler ante mí. Y a lo lejos, detrás del cabo,
el hermoso mar azul. Ojalá hubiera podido huir navegando por él. Por mucho que
amaba mi país, en estos tiempos no era un lugar muy acogedor en el que vivir.
No sabía quién tenía la culpa de que todo estuviera patas arriba: los
invasores, nuestros políticos o nosotros, los ciudadanos de a pie, por no
habernos preocupado lo suficiente. Pero el caso era que ahora yo estaba tan
agotada por el esfuerzo de intentar sobrevivir que me resultaba imposible
seguir disfrutando del entorno. Aún era capaz de admirar la belleza de la
costa, pero necesitaba tomarme un respiro lejos de allí.
Mis ojos viraron ligeramente hacia la derecha. Cuando vi lo que
había allí erguí la espalda de repente y exclamé un modesto «oh» en voz alta.
Ante mí tenía el muelle, o lo que quedaba de él. Era la primera vez que había
visto el resultado de uno de nuestros ataques tan poco después de llevarlo a
cabo. El único otro golpe cuyas consecuencias había visto había sido el del
puente de Wirrawee, pero había sido siglos después de que volara en pedazos, así
que me costó relacionarlo con algo que hubiéramos hecho nosotros. Para entonces
se parecía más a una ruina arqueológica.
El embarcadero de la bahía de Cobbler estaba hecho un desastre. El
barco en el que nos habíamos escondido Homer y yo había desaparecido por
completo. El muelle en sí había perdido toda la sección central y el resto
estaba ennegrecido, como carbonizado; no quedaba ni un segmento entero lo
bastante ancho para que cupiera un coche. Parecía que se hubiera incendiado y
las llamas lo hubieran devorado con avidez. Dos grúas habían chocado y estaban
tumbadas de lado, igual que dos gigantescos insectos palo. Otro barco grande
seguía amarrado al embarcadero, hecho añicos, pero tenía toda la cubierta
chamuscada y estaba medio hundido; podría decirse que se trataba de un casco
flotante. Daba la impresión de que no iba a poder emprender una travesía en una
buena temporada.
Más allá del muelle, un par de hectáreas de bosque habían
quedado devastadas por el fuego. Era como si
alguien hubiese recorrido el monte con un lanzallamas gigante.
No era de sorprender que el avión de Nueva Zelanda pudiera volar a
sus anchas por la zona. No había quedado nada que valiera la pena defenderse.
Era la estampa más emocionante que había visto en mi vida. Me
proporcionó energía renovada, una energía eufórica. Quería bailar y gritar y
reírme a carcajadas. Aunque no lográramos ningún otro objetivo durante toda
esta horrible guerra, por lo menos ahora podríamos decir que habíamos
contribuido a cambiar el rumbo de los acontecimientos. No nos habíamos limitado
a atacar al enemigo en nuestra reducida zona de Wirrawee; le habíamos atacado
con tanta fuerza que quizás esa acción interfiriera en su capacidad para tomar
el mando de nuestro país.
Volvía la mirada hacia la izquierda, escudriñando. Por supuesto,
no tardé en ver lo que buscaba; otro retazo ennegrecido de bosque calcinado,
con las copas de los árboles marrones y chamuscadas. En el centro se veía el
metal retorcido y desvencijado del helicóptero, un esqueleto negro. Contemplarlo
me produjo ganas de sonreír con malicia, una sonrisa salvaje. También podía
apuntarme un tanto por el ataque al helicóptero, me recordé una vez más. Dios
mío, ya lo creo que habíamos contribuido a cambiar el rumbo de los
acontecimientos.
Me quedé ahí sentada, sonriendo. Durante unos minutos me sentí
libre de disfrutar de nuestros logros. Me olvidé del hambre, del miedo, de los
dolores y achaques. Durante esos minutos creo que me habría dado igual si me
hubieran capturado. Sé que habíamos tenido suerte muchas veces (para empezar,
habíamos tenido suerte de que no nos apresaran cuando invadieron el país), pero
habíamos hecho posible la mayor parte de nuestros golpes de suerte y no
habíamos decepcionado a nuestras familias ni amigos. Habíamos sabido aprovechar
la libertad que teníamos.
Al mirar de nuevo a la derecha vi por fin el arroyo de Baloney,
donde habíamos acordado que nos encontraríamos. No veía signo alguno de vida,
pero, bueno, tampoco esperaba verlo. Lo único que
sabía era que continuaba a un buen trecho de
distancia. Calibré mis opciones. Estaba el camino maderero, una senda de tierra
sin asfaltar que cortaba el bosque y cruzaba el arroyo a casi un kilómetro de
la desembocadura.
Estaba tan cansada que no pude resistir la tentación de tomar ese
camino. No había rastro de perseguidores, nadie parecía buscarnos. Creo que el
gigantesco pájaro kiwi los había ahuyentado. Así pues, supuse que si era capaz
de llegar al sendero y caminaba paralela a él, por el bosque, estaría a salvo
y, al mismo tiempo, no me perdería.
Hice un gran esfuerzo para ponerme en marcha y me levanté soltando
un suspiro. Por lo menos la primera parte del camino era cuesta abajo, igual
que el último segmento.
En ese momento, como si hubiera estado esperándome para asomarse,
un helicóptero se alzó por detrás de mí. Me acuclillé a toda prisa y me tapé la
cabeza. Voló a ras de suelo por la colina a toda velocidad. Igual que no
esperaba que el anterior me viera y me había visto, en esta ocasión esperaba
que el helicóptero me viera y no me vio. La ley de Murphy. Noté un helado
escalofrío tenebroso cuando su sombra me sobrevoló, pero el aparato continuó
bajando hacia el valle. Rastreaba a conciencia el terreno, y peinaba todo el
valle en un zigzag amplio a pocos metros de las copas de los árboles. Me
apuesto lo que quieras a que la tripulación se había puesto nerviosa al ver el
estropicio causado al otro vehículo.
Esperé hasta que hubo pasado de largo y vi que se ponía a rastrear
cerca de la costa. Entonces agaché la cabeza y corrí como una liebre. No me
detuve hasta llegar a la parte espesa del bosque. Me quedé de pie, abrazada a
un árbol, o mejor dicho, apoyada contra él. Me temblaban los muslos y las
pantorrillas, como asustados, y tardé un rato en lograr que se calmaran. Ahora
que me hallaba en la espesura del bosque, el sonido del helicóptero no era más
que un murmullo, cosa que me hizo sentir un poco más a salvo.
Tenía tanta hambre que sentía calambres en el estómago y tuve que
inclinarme un rato hacia delante hasta conseguir que se me pasara el dolor. Así
pues, trascurrieron por lo menos diez o quince minutos
antes de que me sintiera lo bastante
recuperada para retomar el camino polvoriento. Creía que el descenso por la
pendiente sería fácil, pero no tardé en desear que llegara alguna cuesta. La
bajada me machacaba los gemelos; tenía que utilizarlos para frenar porque el
terreno era muy empinado. Pero cuando por fin llegué a una parte en subida
tampoco me convenció. Me dolían muchísimo las rodillas, tanto la buena como la
mala, y al poco también empecé a notar que las piernas me tiraban horrores por
detrás. Llegué a un punto en que la menor cuesta me parecía un ascenso a los
Alpes suizos. Cada vez que emprendía el ascenso de una de esas pequeñas
subidas, lo hacía arrastrando los pies con los ojos fijos en el suelo y, al
cabo de un rato, levantaba la cabeza, con la esperanza de ver que estaba casi
en la cima, y para mi desesperación descubría que ni siguiera había llegado a
la mitad. Eso me pasaba con cada repecho, lo cual era muy frustrante.
Cuando llegué al camino de tierra casi había perdido la esperanza
de encontrarlo. Me había convencido de que me había extraviado y había estado
caminando en la dirección equivocada. El único motivo por el que seguí
avanzando fue porque no se me ocurría ninguna otra cosa que hacer y no tenía la
energía necesaria para pararme a planteármelo. En un momento dado me pareció
oír un vehículo, pero o bien era un vehículo muy silencioso o bien estaba muy
lejos (o me lo había imaginado). De vez en cuando, el zumbido del helicóptero
me obligaba a cobijarme a toda prisa bajo los árboles, aunque en realidad no
volví a verlo más.
Pero de repente vi que tenía una línea de polvo marrón bajo los
pies: estaba en el borde del camino.
Giré a la derecha de forma automática y, con un leve sentimiento
de alivio (olvidando que había planeado mantenerme escondida en el bosque),
empecé a marchar por el sendero de tierra. Al pisarlo me di cuenta de lo viejo
y descuidado que estaba el camino. La hierba crecía muy alta en el centro, lo
que bastaba para indicar que no había visto mucho tráfico en los últimos
tiempos. Sin embargo, mientras caminaba me di cuenta de una cosa: la hierba
estaba inclinada y un poco aplastada en algunos puntos. De vez en cuando se
percibía incluso el
movimiento lento de las briznas al levantarse
de nuevo si yo pasaba rozándolas. Al parecer, el vehículo que creía haber oído
no había sido una ilusión. Empecé a ponerme nerviosa otra vez.
El rugido del helicóptero me ensordeció y me camuflé entre los
árboles para esperar. Esta vez sonaba como si fuera directo hacia la bahía de
Cobbler. Había abandonado el patrón de rastreo. A lo mejor volvían a casa para
comer. Salí al camino y seguí caminando.
Después de una curva eterna, una curva que giraba y giraba y
seguía girando mucho después de que yo pensara que ya tenía que haberse
enderezado, encontré el vehículo. Era un todoterreno Holden Jackaroo de color
beige, bastante nuevo, pero tenía pinta de que no iba a vivir hasta una edad
madura. Estaba muy sucio y llevaba muchos arañazos y marcas, además de un
piloto trasero aplastado y una ventanilla rota. No es que me quedara mucho
tiempo estudiándolo. Me pegué tal susto que me sentí como si me hubieran
despertado de un sueño profundo poniéndome cubitos de hielo en la espalda.
Eché un segundo vistazo y luego me escondí de nuevo en el bosque,
con el corazón desbocado. Pero no noté ningún movimiento dentro del
todoterreno. Me quedé allí de pie, observando, durante varios minutos. Poco a
poco me di cuenta de que algo terrible estaba ocurriendo. Resulta que el
Jackaroo se hallaba justo en el punto en que habíamos acordado reunirnos. Vi el
camino de tierra que descendía hasta el paso de gravilla que cruzaba el río
entre los árboles. Era el arroyo de Baloney. Cabía la remota posibilidad de que
Lee y los demás hubieran robado el 4X4 pero, si lo hubieran hecho, jamás lo
habrían dejado aparcado en medio del camino. No, solo había una explicación
para que el vehículo estuviera parado ahí.
Empecé a reptar para acercarme al Jackaroo sin ser vista. No se
notaba signo alguno de vida en él. Seguí cubriendo distancia, esperando que
alguna señal de alarma me obligara a detenerme pero, como no vi ninguna,
continué avanzando hasta llegar a él. Me acurruqué furtivamente detrás de un
arbusto de aulaga y me pregunté qué podía hacer. Buscaba algo que me diera pie
a actuar. Y lo encontré. Un tiro atronó detrás de mí; un único tiro, aunque no
sonó como los
disparos a los que estaba acostumbrada. De
inmediato fue seguido del grito de una chica: una chica cuya voz se parecía
tremendamente a la de Fi.
Estaba ya tan asustada, que oír el tiro hizo que el pavor se
apoderara de mí. Salí disparada del bosque para alejarme de la dirección de la
bala, pues por un enloquecido segundo pensé que alguien me disparaba a mí. Por
supuesto, eso implicó que acabara casi prácticamente empotrada en el Jackaroo.
Ese pequeño detalle, el hecho de que corriera hacia el camino en lugar de en
otra dirección, cambió nuestras vidas. Porque mientras estaba ahí plantada,
temblando junto al todoterreno, sin la menor idea de adónde podía ir o qué
podía hacer, y al darme cuenta de que nadie parecía perseguirme a mí,
ocurriendo dos cosas. Una fue que oí la voz de Homer, inconfundible, que gritó
algo así como «¡Ni hablar!». Se me erizó al instante el vello de la nuca al oír
esa voz. Podría haber muerto de un disparo, haberse ahogado o haber saltado por
los aires, pero había sobrevivido. ¡Había sobrevivido! Fue maravilloso oír esas
dos palabras, aunque fuese en semejantes condiciones.
Entonces oí unos cuantos gritos que no logré descifrar. Pero en
ese mismo momento ocurrió la otra cosa vital: vi un revólver en el asiento del
conductor del Holden. Alargué la mano por la ventanilla y lo agarré sin
dudarlo. Era un trasto negro y feo, muy cuadrado, sin curvas ni superficies
pulidas. Lo comprobé a toda prisa. Parecía que el funcionamiento era más o
menos como el de todas las armas que había disparado antes. Un botón ubicado
detrás del disparador retiraba el cerrojo de seguridad. Lo quité. Los
agujeritos dejaron a la vista dos balas, pero cuando hice girar el tambor,
encontré otra bala en la cámara.
Toda esa acción duró tres o cuatro segundos. Volví a asegurar el
cerrojo y caminé por entre los árboles hacia las voces.
18
NUNCA olvidaré el siguiente minuto. La estampa que más recuerdo fue
la primera imagen de los soldados y de mis amigos. Todos estaban reunidos
alrededor del arroyo, en una reducida zona clareada. Había tres soldados, todos
hombres y todos en mi orilla del riachuelo. Dos quedaban a mi izquierda y el
tercero a mi derecha. Parecían tensos pero exaltados, muy satisfechos consigo
mismos. Los dos de la izquierda llevaban rifles, pero el de la derecha, que era
oficial, parecía desarmado. Supuse que el revólver que ahora empuñaba yo era el
suyo.
Todavía se percibía el olor de la pólvora en el ambiente, pero
ninguno de mis amigos parecía herido. Estaban de pie en fila en una roca plana
y grande, al otro lado del gorgoteante arroyo poco profundo. Tenían las manos
en la cabeza. Fi estaba blanca y temblaba de forma descontrolada; Robyn tenía
la barbilla hacia delante, desafiante; Lee tenía el rostro totalmente
inexpresivo. Homer parecía desesperado, escuálido y agotado, con los ojos
oscuros hundidos en la cara. Pero me sentí tan aliviada al verlo que no me
importó; había temido lo peor al pensar en lo que podía haberle pasado.
Kevin estaba de pie, apartado del resto, y parecía aterrado.
Ni siquiera pensé qué hacer. Fue un alivio no tener que pensar:
por una vez, la elección fue ajena a mí. Me quedé muy quieta, con las piernas
separadas, levanté el revólver, lo sujeté con ambas manos, apunté con cuidado
al pecho del primer soldado y apreté el gatillo. Despacio, despacio, aprieta,
aprieta. Pensaba que no iba a dispararse nunca, porque tardó siglos. Luego el bang,
la explosión, el humo, el olor. El retroceso del arma fue imponente, como si
hubiera recibido una sacudida eléctrica, y el cascote vacío salió despedido a
mi derecha. Vi que el soldado se trastabillaba hacia atrás, soltaba el rifle y
se llevaba las manos al pecho como si intentara (en vano) sujetarse el cuerpo.
Pero no tuve tiempo de pensar en él. Apunté otra vez y volví a
disparar, maté de un tiro al segundo soldado
antes de que le diera tiempo de quitarse el rifle del hombro.
Entonces me volví hacia el oficial. Lo tenía enfrente. Daba la
impresión de que el hombre no sabía adónde ir. Disparé por tercera vez. Me
temblaban una barbaridad las manos y la bala cayó un poco baja. La cámara
volvió a cerrarse; el arma estaba vacía; chatarra inservible. La tiré a toda
prisa como si estuviera contaminada. Cayó en el arroyo.
Todo había sido muy rápido, aséptico, en absoluto parecido a los
otros casos en los que habíamos matado soldados. Fue simplemente como dar en el
blanco, sin emoción alguna.
O tal vez eso no fuera más que la muestra de cuánto había cambiado
yo.
De todas formas, los demás lidiaron con el asunto de una manera
muy similar a la mía. Lee fue directo a los cuerpos y los registró uno por uno
con rapidez. Robyn y Kevin agarraron las mochilas: parecían un par de caballos
de carga. Homer se acercó a mí y me dio un beso fugaz.
—Gracias a Dios que estás bien —me dijo y me asombré al ver
lagrimas en sus ojos.
Fi lo siguió y me dio un abrazo más largo.
—Gracias, Ellie —fue todo lo que dijo.
Sin decir nada salimos corriendo del camino de tierra. No hacía
falta debatirlo para saber que la velocidad podía ser nuestra salvación o
nuestra muerte.
—¡Todos al coche! —le chillé a Lee, que iba el primero.
Era un riesgo calculado, pero pensé que era la mejor opción. Si
conseguíamos alejarnos unos cuantos kilómetros con él y luego abandonarlo, por
lo menos empezaríamos con buen pie.
Ninguno de ellos me llevó la contraria. Cuando llegué al vehículo,
Robyn y Lee ya se habían sentado en la parte de atrás y Kevin hacía lo propio.
Fi esperaba que fuera su turno para entrar. Homer había rodeado el coche para
colocarse en el asiento del copiloto. Parecía que me tocaba conducir a mí,
aunque a saber de dónde se
suponía que tenía que sacar la energía. De
todas formas, no me paré a discutir. Salté sobre el asiento. La llave estaba
puesta en el contacto. El Jackaroo se encendió a la primera, pero estaba
encarado al revés de lo que yo quería. En ese camino tan estrecho costaba ver
un recodo en el que dar la vuelta para cambiar de sentido; me encogí de hombros
y aceleré marcha atrás para retroceder a toda prisa por el sendero de tierra.
—¡Joder! —exclamó Kevin cuando vio que íbamos a unos sesenta
kilómetros por hora y marcha atrás.
Los demás no dijeron nada pero me miraron con más miedo que cuando
había disparado a los soldados. Estábamos describiendo la larguísima curva y ya
casi habíamos llegado al final cuando creí ver un punto más ancho en el que
podría dar la vuelta; un claro a mi izquierda. Giré con brusquedad el volante
pero calculé mal y me pasé de largo para acabar empotrada en un árbol bajo.
Recordé todos los desperfectos que ya tenía el todoterreno en la parte
posterior y reconocí con tristeza que ese choque había multiplicado por diez el
pésimo estado del vehículo. Kevin se frotaba la cabeza en el lugar donde se
había golpeado contra el techo del Jackaroo en un bache, pero no dijo nada,
cosa que le agradecí. Fi se mordía el labio muy nerviosa. Por suerte el 4X4 no
se caló, y parecía que respondía. Giré el volante y aceleré de nuevo, esta vez
en la dirección adecuada.
Confiaba en que no encontraríamos tráfico, y con la velocidad a la
que íbamos, no me quedaba más remedio que aferrarme a esa confianza. Aparte del
«¡joder!» de Kevin, nadie había dicho ni una palabra desde que nos habíamos
puesto en marcha. Me daba pavor que nos descubriera un helicóptero, pero era
poco probable que consiguiéramos verlos u oírlos si se acercaban. Sin despegar
el pie del acelerador, conduje a tal velocidad que creía que iba a salirme una
hernia.
Veinte minutos más tarde llegamos a la carretera principal. No
hubo previo aviso: de pronto salimos de la senda de tierra entre los árboles y
aparecimos en el asfalto, así que tuve que volver a girar el volante a toda
velocidad. El todoterreno patinó y chirrió al dar la
vuelta y estuvo a punto de volcar. Lo
enderecé, pero tardó unos cien metros más en recuperar la estabilidad y empezar
a circular en línea recta. Paré en la cuneta izquierda de la carretera y me
froté la cara. No me atrevía a mirar a los demás.
Aceleré de nuevo y nos metimos como un bólido entre las colinas.
—¿Hasta dónde queréis que sigamos con este trasto? —pregunté.
—No mucho más —contestó Homer.
—Sabrán que lo hemos cogido nosotros —dijo Robyn desde el asiento
trasero—. Tendríamos que abandonarlo en un sitio donde no puedan encontrarlo. Y
cuanto más nos alejemos, mejor, porque les obligará a ampliar el radio de búsqueda.
—Aquel BMW lo tiramos a un embalse —dijo Fi.
—Es que tengo miedo de que nos encontremos con un convoy —comenté.
Ya habíamos entrado en la espesura del monte, pero continuábamos
en la carretera general de la costa.
—¿Queréis vuestros bártulos? —nos preguntó de pronto Robyn a
gritos.
—¿Qué?
—Vuestras mochilas están escondidas en la siguiente curva. ¿Las
queréis?
Pensé un segundo: sí, claro que quería mis cosas. Frenamos con un
chirrido y saltamos del coche. Sacamos las pesadas mochilas de debajo de la
pila de hojas y follaje. Descubrí que me faltaban fuerzas para arrastrar la mía
hasta el Jackaroo, así que tuve que pedirle a Robyn que me ayudara. Me miró muy
nerviosa.
—No pasa nada —le dije—. Necesito comer, nada más. Cógela, por
favor.
Reemprendimos la marcha y un minuto más tarde la mano de Robyn
apareció delante de mis narices. Llevaba algo. Estaba tan concentrada
conduciendo que no pude mirar qué era, pero abrí la boca y me metió un dátil.
Me encantan los dátiles. No tengo ni idea de dónde los sacó (no sabía que
llevaba dátiles en la bolsa) pero siempre
se las arreglaba para darnos sorpresitas como
esa.
Aceleramos para cruzar un par de intersecciones grandes y giramos
a la derecha en la tercera con el propósito de confundirlos cuando empezaran a
buscarnos. Estábamos en una carretera que, según una señal, conducía a Stratton
pasando por Garley Vale. Por lo menos ahora había menos probabilidades de
encontrarnos convoyes, pero, de todas formas, nos moríamos de ganas de poder
deshacernos del coche. Ya habíamos tentado bastante a la suerte. Nuestra
oportunidad llegó al fin cuando Fi descubrió, de entre todas las cosas
posibles, un desguace de coches.
—¡Allí! —chilló.
—¿Qué?
—Si quieres esconder un libro, ponlo en una librería.
—¿Qué?
—Por allí, ese desaguace. Si escondemos ahí el coche tardarán diez
años en encontrarlo.
Miré a Homer y los dos nos echamos a reír. Se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
Salí de la carretera y me adentré en un camino privado. El
depósito de vehículos se llamaba Desguace de Ralston. Era muy curioso: varias
hectáreas de coches abollados en medio del campo. Los que estaban en las
últimas filas eran viejísimos y estaban destrozados y oxidados, a casi todos
les faltaban las puertas y el capó. Estaban cubiertos de hiedra y zarzas, e
incluso vi un arbusto de granadilla que crecía sobre uno de ellos. En algunos
casos costaba adivinar de qué marca eran, o incluso de qué color estaban
pintados. Sin embargo, más cerca de la caseta había modelos más nuevos, algunos
todavía flamantes, con apenas un desperfecto en la parte posterior, una puerta
destrozada o el techo abollado.
Me desplacé entre las filas de vehículos hasta encontrar un hueco
en el que el Jackaroo estuviera como en casa. Lo aparqué con el morro hacia
delante, para que quedara a la vista la parte de atrás, que estaba destrozada.
Y por fin pude soltar el volante. Yo estaba en
peor estado que el Jackaroo, pero ya no tenía que correr y luchar y morirme de
hambre, bueno, por lo menos durante unos minutos. Tal vez incluso durante unas
horas. Apagué el motor y me incliné hacia adelante. Apoyé la frente en el
volante.
—Que alguien le quite la matrícula —dije con los ojos cerrados.
Ningún otro vehículo del desagüe llevaba las placas de la
matrícula, así que teníamos que quitárselas al nuestro. Pero dejé que lo
hicieran los demás. Me quedé ahí sentada. Quería tumbarme a dormir donde fuera,
pero estaba tan agotada que ni siquiera tenía fuerzas para buscar un sitio. Los
oí bajar del coche e intercambiar algún que otro comentario, pero no entendía
lo que decían, no porque hablaran muy bajo o porque estaba sorda, sino porque
estaba tan cansada que era incapaz de convertir los sonidos en palabras. Sus
voces llegaban a mis oídos pero no alcanzaban el cerebro. Me faltaba la energía
requerida para empujar las palabras el último milímetro que las separaba de mis
neuronas. Jamás me había sentido tan exhausta.
Probé a tumbarme en los dos asientos delanteros del coche: bueno,
no me tumbé exactamente, sino que me dejé caer de lado. Entonces todos los
moretones y contusiones y golpes varios empezaron a dolerme de lo lindo, ahora
que ya no tenía que fingir que no los notaba, que no tenía que sacudírmelos.
Pero en ese momento noté una corriente fría cuando uno de mis amigos abrió la
puerta.
—No —supliqué—. No, no.
Me acurruqué un poco más, intentando entrar en calor.
—Vamos, Ellie —dijo la voz de Fi—. No puedes quedarte ahí.
Pero yo no quería moverme, no podía moverme. Volvía a tener cinco
años y quería que alguien me llevara a casa en brazos porque me había quedado
dormida en el coche de mis padres mientras viajábamos de noche.
—Vamos, Ellie —repitió Fi.
Ni siquiera sonó empática, sino insistente e irritada, demasiado
cansada también ella para compadecerse de mí.
Tiró de mi pierna y le di una patada rabiosa, que impactó con
fuerza contra algo. Fi chilló, enfadada o
dolorida o ambas cosas, y me mentalicé de que tenía que moverme. Ya me había
pasado bastante de la raya. Así pues, sin pedirle perdón a Fi siquiera, que se
tocaba el costado con el ceño fruncido, salí como pude del todoterreno y caminé
trastabillando a lo largo de la hilera de coches hacia Robyn, a quien veía a lo
lejos.
Estaban montando un campamento improvisado en la parte de atrás de
una furgoneta de reparto Nissan E20 que estaba bastante machada por el lado del
conductor. Madre mía, debió de costarle algo más que un buen dolor de cabeza:
esa esquina estaba hecha un amasijo de hierro. Pero la mitad posterior estaba
entera y seca. No les dirigí la palabra, sino que entré arrastrándome en la
furgoneta y me dejé caer como un saco de dormir viejo. Seguía con mucha hambre,
pero no tenía fuerzas ni para comer.
Resultó que tampoco tenía fuerzas para dormir. Es probable que
llegara a conciliar el sueño un rato, pero no tenía la impresión de haber
dormido. Fi y Homer se deslizaron a mi lado un rato más tarde, pero pasé de
ellos. Lee y Robyn hacían guardia. Aunque sabía que tarde o temprano llegaría
una patrulla, no me quedó más remedio que confiar en que los demás estuvieran
preparados para hacerles frente, que tomaran las precauciones necesarias.
Por lo menos la patrulla no apareció hasta la mañana siguiente.
Dormí un poco esa noche. Acurrucarme entre los demás me ayudó a entrar en
calor. Dejé que mis amigos hicieran todos los turnos de vigilancia; nadie me
pido que colaborase y, de todas formas, me habría sido imposible salir de la
furgoneta. Fi me llevó comida a media tarde y otra vez al amanecer. Comí las
dos veces, y lo hice agradecida. No me moví de la furgoneta hasta que tuve
ganas de ir al lavabo y, aun entonces, apuré hasta que pensaba que iba a
explotar para aventurarme a salir.
A las once más o menos Robyn se acercó corriendo.
—¡Ya vienen! —gritó.
Todos salimos serpenteando de la parte trasera de la E20, como un
nido de víboras.
—Por aquí —me dijo Lee.
Lo seguí hasta la última fila de coches y, una vez que la dejamos
atrás, fuimos a una verja medio tumbada y cubierta de hierbajos. Trepamos por
ella y corrimos hacia una zona arbolada. Nos adentramos en ella reptando hasta
que nos sentimos protegidos.
—¿Cuánto tiempo crees que nos buscarán? —le pregunté a Lee,
tumbados entre la maleza.
Estábamos tan cerca el uno del otro que casi nos tocábamos, pero
yo quería que él pensara en otras cosas.
—Hasta que nos encuentren —respondió con desánimo.
Eso apagó toda clase de pensamientos románticos.
—¿Te has despertado con los helicópteros? —me preguntó Lee al cabo
de un rato.
—¿Que helicópteros?
—Esta mañana han pasado tres. El primero, justo después del
amanecer.
—¿Nos buscaban a nosotros?
—Supongo.
No se me ocurría ninguna respuesta que no fuera demasiado personal
o demasiado alarmista. Por eso me limité a quedarme ahí tumbada. Diez minutos
después, Robyn apareció ante nosotros.
—Falsa alarma, chicos —dijo—. Han entrado con el coche, han dado
una vuelta por el desguace y se han marchado por donde han venido.
—¿No han visto el Jackaroo? —le pregunté.
—No, ni siquiera se han acercado.
Volvimos al gigantesco aparcamiento, donde por fin tuve fuerzas
suficientes para empezar a interesarme por lo que me rodeaba. Distinguí a
Homer, quien estaba a punto de echar un vistazo al edificio que había al fondo
del Desguace de Ralston. Supongo que se trataba de la casa donde vivía la
familia Ralston.
—¿Quieres venir? —me preguntó.
—Vale.
La verdad es que estaba pululando sin rumbo y me apetecía
tener algo que hacer.
—¿Que te pasó en el agua? —me preguntó Homer.
—No, por favor, ahora no —le pedí—. Ahora no quiero hablar de eso.
No quiero hablar de nada.
Cerró el pico.
Nos aproximamos a la casa por detrás, la parte que quedaba más
cerca del barranco. Entonces nos dimos cuenta de que en realidad era la fachada
delantera del edificio; estaba construida de espaldas al depósito de coches.
Provocaba un efecto extraño: no tenía nada delante. Era una casa vieja de
madera con el tejado de acero galvanizado. Tenía un porche que recorría todo el
perímetro, cuya barandilla estaba cubierta de parras, tan gruesas como postes
de telégrafo en algunos puntos. No había tendido eléctrico, pero sí vimos un
generador moderno medio escondido en la parte posterior. En realidad, la casa
estaba hecha polvo. No debía de ser gran cosa cuando la construyeron, y los
años y la dejadez habían logrado que ahora fuera un auténtico tugurio. El suelo
del porche estaba tan combado por el centro que se balanceó y se hundió cuando
lo pisamos. Había unos cuantos motores colocados en fila junto a la pared de la
izquierda; una docena por lo menos. Vi medio nido tirado en el suelo, junto a
la puerta, y el felpudo estaba deshilachado por las cuatro esquinas. Grabado en
el felpudo con letras negras descoloridas leímos este mensaje: «Quítate los
zapatos, joder».
Por eso, después de todo aquello nos sorprendió encontrar un
candado grande y reluciente en la puerta. Parecía caro y difícil de romper. La
puerta también era bastante sólida, así que no nos molestamos en intentar
acharola abajo. Cogí un palo y me dispuse a romper una ventana.
—Confío en que no tengan alarma antirrobo —dijo Homer algo
nervioso—. Si pasa alguien por la carretera, podría oírla.
Cavilé un momento.
—Lo dudo. ¿Por qué iban a poner una alarma si no tienen vecinos
que la oigan?
Rompí una de las hojas de cristal y luego, al comprobar que no se
oían sirenas ni campanillas, rompí el resto de
cristales de la ventana.
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