Mi sangre está creciendo a
través de mis venas, corriendo por mi cuerpo como un río embravecido, olas de
calor chapoteando contra de mis huesos. Puedo escuchar su angustia, puedo
sentir la energía salir de su cuerpo, puedo percibir los latidos de su
corazón en mis oídos y mi cabeza da vueltas con la descarga de adrenalina que
fortalece mi ser.
Me siento viva.
Desearía que me dañase. Me
gustaría que me mutilase. Me gustaría rechazarlo. Me gustaría odiar la poderosa
fuerza envolviéndose alrededor de mi esqueleto.
Pero no lo hago. Mi piel está
pulsando con la vida de otra persona y no lo odio.
Me odio a mí misma por disfrutar
de ella.
Me gusta la forma en que se
siente estar llena de más vida, más esperanza y poder humano de lo que sabía
que fuera capaz de hacer. Su dolor me da un placer que nunca pedí.
Y él no está dejándome ir.
Pero no está dejándome ir porque
no puede. Porque tengo que ser uno para romper la conexión. Debido a que la
agonía lo incapacita. Porque está atrapado en mis trampas.
Porque soy una Venus
atrapamoscas2.
2 Venus atrapamoscas: Planta carnívora en la un
insecto atraído por el olor que desprende un néctar gelatinoso de sus hojas
coloreadas, se coloca sobre una de ellas y la hoja "trampa" se
estimula inevitablemente. Esta minúscula planta reaccionará y cerrará su hoja
sin darle oportunidad a escapar.
Soy mortal.
Me hecho sobre mi espalda y lo
pateo en el pecho, deseándolo lejos de mí, disponiendo su peso en mi pequeño
cuerpo, su cuerpo inerte se desploma contra el mío.
Estoy de repente gritando y
esforzándome por ver más allá de la hoja de lágrimas que oscurecen mi visión,
estoy hipando, histérica, horrorizada por la mirada congelada en la cara de
este hombre, los labios paralizados en silenciosas exclamaciones a través de
sus pulmones.
Me libero y tropiezo hacia
atrás. Un mar de inertes soldados están detrás de mí. Cada rostro está escrito
con el asombro y el miedo puro y sin adulterar.
Jenkins está tumbado en el suelo
y nadie se atreve a acercarse a él.
―¡Que alguien le ayude! ―grito―.
¡Que alguien le ayude! Necesita un médico, necesita ser llevado, necesita, él,
oh, Dios… ¿Qué he hecho?...
―Juliette.
―No me toques, no te atrevas a
tocarme…
Los guantes de Warner están de
vuelta en su lugar y está tratando de acercarme a él, está tratando suavizar la
situación, está tratando de enjugar mis lágrimas y yo quiero asesinarlo.
―Juliette, necesitas calmarte.
―¡Ayúdalo! ―suplico, cayendo de
rodillas, con los ojos pegados a la figura que yacía en el suelo.
Los otros soldados finalmente se
pisan los talones, prudentes, mientras piensan que podría ser contagioso.
―¡Por favor! ¡Tiene que
ayudarlo! Por favor.
―Kent, Curtis, Soledad…
¡Encárguense de esto¡ ―grita Warner a sus hombres antes de recogerme en sus
brazos.
Todavía estoy pateando cuando el
mundo se vuelve negro.
Capítulo 14
El
techo se está desvaneciendo dentro y fuera de mi visión.
Mi
cabeza está pesada, mi visión borrosa, mi corazón tirante. Hay un sabor
diferente a pánico presentándose en algún lugar debajo de mi lengua y estoy
luchando para recordar de dónde viene. Trato de sentarme y no puedo entender
por qué estaba acostada. Las manos de alguien están en mis hombros.
―¿Cómo
te sientes? ―Warner está mirándome.
De
repente, mis recuerdos arden en mis ojos y la cara de Jenkins nada en mi
conciencia y estoy balanceando mis puños y gritando para que Warner se aleje de
mí y tratando de zafarme de su agarre, pero sólo sonríe. Se ríe un poco. Muevo
mis manos al lado de mi torso.
―Bueno,
al menos tú estas despierta ―suspira―. Me tuviste preocupado por un momento.
Trato
de controlar mis temblorosas piernas.
―Quita
tus manos de mí.
Mueve
sus dedos enguantados en frente de mi cara.
―Estoy
todo cubierto. No te preocupes.
―Te
odio.
―Tanta
pasión. ―Se ríe otra vez. Se ve tan tranquilo, tan genuinamente divertido. Me
mira con ojos más suaves de lo que esperaba que fueran.
Me
doy la vuelta.
Se
pone de pie. Toma una respiración corta.
―Aquí
―dice, alcanzando una bandeja en una mesa pequeña―. Te he traído comida.
Tomo
ventaja del momento para sentarme y mirar a su alrededor. Estoy acostada en una
cama envuelta en medallas de oro de damasco y sombras borgoñas de la sangre más
oscura.
El suelo está cubierto de una
alfombra gruesa, rica en el color de un sol naciente de verano. Hace calor en
esta habitación. Es del mismo tamaño que la que ocupo, su mobiliario es lo
suficientemente estándar: cama, armario, mesas de noche y lámparas brillantes
en el techo. La única diferencia es que hay una puerta adicional en esta sala y
una vela encendida en silencio sobre una pequeña mesa en la esquina. No he
visto el fuego en tantos años que he perdido la cuenta. Tengo que reprimir el
impulso de avanzar y tocar la llama.
Me apoyo contra las almohadas y
trato de fingir que no me siento cómoda.
―¿Dónde estoy?
Warner se da la vuelta con un
plato con pan y queso. Su otra mano agarra un vaso de agua. Mira a su
alrededor, como si lo viera por primera vez.
―Este es mi cuarto.
Si mi cabeza no fuera a estallar
en pedazos, me sentiría tentada a correr.
―Llévame a mi propia habitación.
No quiero estar aquí.
―Y, sin embargo, aquí estás. ―Se
sienta a los pies de la cama, a pocos metros de distancia. Empuja el plato
delante de mí―. ¿Tienes sed?
No sé si es porque no puedo
pensar con claridad o si es porque estoy realmente confundida, pero estoy
luchando para reconciliar las polares personalidades de Warner. Aquí está,
ofreciéndome un vaso de agua después de que me obligase a torturar a alguien.
Levanto mis manos y estudio mis dedos, como si nunca los hubiera visto antes.
―No entiendo.
Ladea la cabeza, inspeccionándome
como si me hubiera dañado seriamente a mí misma.
―Sólo te pregunté si estas
sedienta. Eso no debería ser difícil de entender. ―Una pausa―. Bebe esto.
Sujeto la copa. La miro
fijamente. Lo miro fijamente. Miro fijamente las paredes.
Debo estar loca.
Warner suspira.
―No
estoy seguro, pero creo que te desmayaste. Y creo que probablemente deberías
comer algo, aunque no estoy del todo seguro de eso, tampoco. ―Hace una pausa―.
Es probable que hayas hecho demasiado esfuerzo en tu primer día aquí. Mi error.
―¿Por qué eres bueno conmigo?
La sorpresa en su cara me
sorprendió aún más.
―Porque me preocupo por ti ―dice
simplemente.
―¿Te preocupas por mí? ―El
entumecimiento en mi cuerpo está empezando a disiparse. Mi presión arterial se
eleva y la ira se está abriendo camino directamente de mi conciencia.
―¡Casi mato a Jenkins por tu
culpa!
―No lo mataste...
―¡Tus soldados me golpearon! ¡Me
mantienes aquí como una prisionera! ¡Me amenazas! ¡Me amenazaste con matarme! ¿No
me das ninguna libertad y dices que te preocupas por mí? ―Estuve a punto de
tirar el vaso de agua en su cara―. ¡Eres un monstruo!
Warner me da la espalda, así que
estoy mirando su perfil. Junta las manos. Cambia de opinión. Esta llega a sus
labios.
―Sólo estoy tratando de
ayudarte.
―Mentiroso.
Él parece considerar eso.
Asiente con la cabeza, sólo una vez.
―Sí. La mayoría de las veces,
sí.
―No quiero estar aquí. No quiero
ser tu experimento. Déjame ir.
―No. ―Se pone de pie―. Me temo
que no puedo hacer eso.
―¿Por qué no?
―Porque no puedo. Yo sólo… ―Tira
de sus dedos. Se aclara la garganta. Sus ojos tocan el techo por un breve
momento―. Porque te necesito.
―¡Me necesitas para matar
personas!
No responde de inmediato. Se
acerca a la vela. Se quita un guante. Cosquillea la llama con los dedos
desnudos.
―Tú
sabes que soy muy capaz de matar personas por mí mismo, Juliette. En realidad
soy muy bueno en eso.
―Eso es asqueroso.
Se encoge de hombros.
―¿De qué otra forma crees que
alguien de mi edad es capaz de controlar tantos soldados? ¿Por qué mi padre me
permitiría hacerme cargo de todo un sector?
―¿Tu padre? ―Me siento, de
repente curiosa, a pesar de mí misma.
Él hace caso omiso a mi
pregunta.
―La mecánica del miedo es
bastante simple. Las personas se sienten intimidadas por mí, por lo que
escuchan cuando hablo. ―Agita una mano―. Las amenazas vacías valen muy poco en
estos días.
Aprieto los ojos cerrados.
―Así que matas gente por poder.
―Como lo haces tú.
―¿Cómo te atreves?
Se ríe, fuerte.
―Eres libre de mentirte a ti
misma, si te hace sentir mejor.
―No estoy mintiendo.
―¿Por qué te tomó tanto tiempo
romper tu conexión con Jenkins?
Mi boca se congela en su lugar.
―¿Por qué no luchaste de
inmediato? ¿Por qué le permitiste tocarte durante tanto tiempo como lo hizo?
Las manos me empiezan a temblar
y las agarro con fuerza.
―No sabes nada de mí.
―Y sin embargo, tú dices que me
conoces tan bien.
Aprieto la mandíbula, no confió
en mí para hablar.
―Por lo menos soy honesto ―añade.
―¡Acabas
de aceptar que eres un mentiroso!
Él levanta las cejas.
―Por lo menos, soy honesto
acerca de ser un mentiroso.
Golpeo el vaso de agua en la
mesita. Dejo mi cabeza en mis manos. Intentando mantener la calma. Tomo una
respiración estabilizadora.
―Bueno ―pregunto―, ¿por qué me
necesitas, entonces? ¿Si eres un excelente asesino?
Parpadea y la sonrisa se
desvanece de su rostro.
―Un día te daré una respuesta a
esa pregunta.
Trato de protestar, pero me
detiene con una mano. Coge un trozo de pan del plato. Lo sostiene bajo mi
nariz.
―Casi no comiste nada en la
cena. Eso no puede ser saludable.
No me muevo.
Deja caer el pan en el plato y
deja caer el plato junto al agua. Se vuelve hacia mí. Estudia mis ojos con tal
intensidad que estoy momentáneamente desarmada. Hay tantas cosas que quiero
decir y gritar, pero de alguna manera me he olvidado de las palabras que
esperaban pacientemente en mi boca. No puedo mirar hacia otro lado.
―Come algo. ―Sus ojos me
abandonan―. Luego ve a dormir. Volveré por ti por la mañana.
―¿Por qué no puedo dormir en mi
propia habitación?
Él se pone de pie. Sacude sus
pantalones sin ninguna razón real.
―Porque quiero que te quedes
aquí.
―¿Pero por qué?
Ladra una carcajada.
―Tantas preguntas.
―Bueno, si me dieras una
respuesta directa.
―Buenas noches, Juliette.
―¿Vas a dejarme ir? ―le pido,
esta vez en voz baja, esta vez con timidez.
―No.
―Toma seis pasos hasta la esquina con la vela―. Y tampoco voy a prometer
hacerte las cosas más fáciles, tampoco. ―No hay arrepentimiento, remordimiento,
ninguna simpatía en su voz. Podría estar hablando sobre el tiempo.
―Podrías estar mintiendo.
―Sí, podría. ―Asiente con la
cabeza, como para sí mismo. Apaga la vela.
Y desaparece.
Trato de luchar.
Trato de mantenerme despierta.
Trato de encontrar mi cabeza,
pero no puedo.
Me derrumbo de puro agotamiento.
Capítulo 15
¿Por
qué simplemente no te matas?, me preguntó alguien en la escuela una vez.
Creo
que era el tipo de pregunta destinada a ser cruel, pero era la primera vez que
yo había contemplado esa posibilidad. No sabía qué decir.
Tal
vez era una locura pensar en ello, pero yo siempre esperaba que si era una
chica lo suficientemente buena, si lo hiciera todo bien, si dijera las cosas
correctas o no dijera nada… pensaba que mis padres cambiarían de opinión. Pensé
que por fin me escucharían cuando tratara de hablar. Pensé que me iban a dar
una oportunidad. Pensé que por fin podrían amarme.
Siempre
tuve esa estúpida esperanza.
—Buenos
días.
Mis
ojos se abren de un sobresalto. Nunca había sido de tener sueño pesado.
Warner
está mirándome, sentado a los pies de su cama con un traje nuevo y botas
perfectamente lustradas. Todo en él es meticuloso. Prístino.
Su
aliento es fresco y dulce en el aire de la mañana fresca. Lo puedo sentir en mi
cara.
Me
toma un momento darme cuenta de que estoy enredada en las mismas sábanas en las
que Warner ha dormido. Mi rostro de pronto se enciende como el fuego y estoy
buscando a tientas librarme. Estuve a punto de caerme de la cama.
Yo
no lo reconocía.
—¿Has
dormido bien? —pregunta.
Miro
hacia arriba. Sus ojos son como una sombra extraña de color verde cristal
brillante, claros y penetrantes de la manera más alarmante. Su pelo es grueso,
la más buena porción de oro, su cuerpo es delgado y modesto, pero su agarre es
fuerte sin
esfuerzo. Me he dado cuenta por primera vez que usa un anillo de jade en el
dedo meñique izquierdo.
Me atrapa mirándolo y se
levanta. Se desliza sus guantes y aprieta sus manos a la espalda.
—Es el momento para que vuelvas
a tu habitación.
Parpadeo. Asiento con la cabeza.
Me pongo de pie y casi me caigo. Me agarro de un lado de la cama y trato de
frenar el constante vértigo en mi cabeza. Oigo el suspiro de Warner.
—No comiste la comida que te
dejé para ti ayer por la noche.
Agarro el agua con las manos
temblorosas y me obligo a comer un poco de pan. Mi cuerpo se ha acostumbrado
tanto que no sé como reconocer el hambre.
Warner me lleva a la puerta una
vez que encuentro el equilibrio.
Sigo sosteniendo un pedazo de
queso en la mano.
Estuve a punto de caerme cuando
salí al exterior.
Hay soldados, incluso más de los
que hay en mi piso. Cada uno está equipado con al menos 4 tipos diferentes de
armas de fuego, algunas colgadas del cuello, algunas atadas a sus cinturones.
Todos ellos revelan una mirada de terror al ver mi cara. Destello dentro y
fuera de sus características tan rápido que podría haberlo pasado por alto,
pero es bastante obvio: todos aprietan sus armas un poco más mientras paso por
ahí.
Warner parece contento
—Su miedo trabajará a tu favor
—susurra en mi oído
Mi humanidad está tumbada en un
millón de piezas en este piso alfombrado.
—Nunca quise que me tengan
miedo.
—Deberías. —Se detiene. Sus ojos
me están llamando idiota—. Si no te temen, te cazan.
—La gente caza cosas que temen
todo el tiempo.
—Por lo menos ahora saben a lo
que se enfrentan. —Él vuelve a caminar por el pasillo, pero mis pies están
cosidos en el suelo. El entendimiento es frío como agua con hielo y está
chorreando por mi espalda.
—¿Me
hiciste hacer eso, lo que le hice a Jenkins? ¿A propósito?
Warner ya está 3 pasos por
delante, pero puedo ver la sonrisa en su rostro.
—Todo lo que hago es a
propósito.
—Querías hacer un espectáculo de
mí. —Mi corazón se acelera en mi muñeca, pulsando en mis dedos.
—Estaba tratando de protegerte.
—¿De sus propios soldados?
—Estoy corriendo para alcanzarlo ahora, ardiendo de indignación—. A expensas de
la vida de un hombre.
—Entra
Warner ha alcanzado el ascensor.
Él sostiene las puertas abiertas para mí.
Lo sigo dentro.
Aprieta los botones correctos.
Las puertas se cierran.
Vuelvo a hablar.
Él me arrincona.
Estoy apoyada en el borde más
alejado de este recipiente de vidrio y de repente estoy nerviosa. Sus manos
están sujetando mis brazos y sus labios están peligrosamente cerca de mi cara.
Su mirada está bloqueada en la mía, sus ojos brillantes; peligrosos. Él dice
una sola palabra:
—Sí.
Me toma un momento encontrar mi
voz.
—Sí, ¿qué?
—Sí, de mis propios soldados.
Sí, a expensas de la vida de un hombre —Se le tensa la mandíbula. Habla a
través de sus dientes—. Es muy poco lo que entiendes acerca de mi mundo,
Juliette.
—Estoy tratando de entender…
—No, no lo estás —me
interrumpió. Sus pestañas son como hilos individuales de oro hilado encendidos
con fuego. Casi tengo ganas de tocarlas—. No entiendes que el poder y el
control se pueden resbalar de tu alcance en cualquier momento e incluso
cuando crees que estás más preparada. Estas dos cosas no son fáciles de ganar.
Son aún más difíciles de conservar. —Trato de hablar y me corta—. ¿Crees que no
sé cuántos de mis propios soldados me odian? ¿Crees que no sé que les gustaría
verme caer? Tú crees que no hay otros que le encantaría tener la posición que
trabajé tan duro para tener…
—No te elogies a ti mismo…
Él cierra los últimos
centímetros entre nosotros, y mis palabras caen al suelo. No puedo respirar. La
tensión en todo su cuerpo es tan intensa que es casi palpable, y creo que mis
músculos se han empezado a congelar.
—Eres una ingenua —me dice, su
voz ronca, baja, un susurro tejido contra mi piel—. No te das cuenta que eres
una amenaza para todos en este edificio. Tienen toda la razón para hacerte
daño. No ves que estoy tratando de ayudarte a…
—¡A hacerme daño! —exploté—. ¡A
herir a los demás!
Su risa es fría, carente de
alegría. Se aleja de mí, de repente disgustado. El ascensor se desliza para
abrirse, pero no salgo. Puedo ver mi puerta desde aquí.
—Vuelve a tu habitación. Lávate.
Cámbiate. Hay vestidos en tu armario.
—No me gustan los vestidos.
—No creo que no te gusten si
todavía no los has visto… —dice con una inclinación de su cabeza. Sigo su
mirada para ver una sombra descomunal frente a mi puerta. Me dirijo a él para
obtener una explicación, pero no dice nada. Él está recompuesto de pronto, sus
características limpiaron la emoción. Toma mi mano, aprieta mis dedos y dice:
—Volveré por ti en exactamente
una hora. —Y cierra las puertas del ascensor antes de que tenga la oportunidad
de protestar. Empiezo a preguntarme si es una coincidencia que la única persona
sin miedo de tocarme sea un monstruo.
Di un paso adelante y me atreví
a mirar más de cerca el soldado de pie en la oscuridad.
Adam.
¡Oh!, Adam.
Adam, que ahora sabe exactamente
de lo que soy capaz.
Mi corazón es un globo de agua
explotando en mi pecho. Mis pulmones están colgando de mi caja torácica. Me
siento como si cada puño en el mundo hubiese decidido
darme un puñetazo en el estómago. No debería preocuparme tanto, pero lo hago.
Él me odiará por siempre ahora.
Ni siquiera me mira.
Espero que me abra la puerta
para mí pero no se mueve.
—¿Adam? —me atrevo, tentativa—.
Necesito tu tarjeta de claves.
Lo veo tragar saliva y tomar un
respiro pequeño y de inmediato tengo la sensación de que algo está mal. Me
acerco más y veo un rápido movimiento, la rigidez de su cabeza me dice que no.
No toco a la gente No me acerco a la gente Soy un monstruo. Él no me quiere
cerca de él. Por supuesto que no. Nunca debí olvidar mi lugar.
Me abre la puerta con inmensa
dificultad y me doy cuenta de que alguien lo ha herido donde no puedo ver. Las
palabras de Warner vuelven a mí y yo reconozco su aireado adiós como una
advertencia. Una advertencia que rompe todas las terminaciones nerviosas de mi
cuerpo.
Adam será castigado por mis
errores. Por mi desobediencia. Quiero enterrar mis lágrimas en un cubo de
arrepentimiento.
Salgo por la puerta y miro hacia
atrás a Adam una vez más, incapaz de sentir ningún tipo de triunfo en su dolor.
A pesar de todo lo que él ha hecho, no sé si soy capaz de odiarlo. No es Adam.
No es el chico que yo conocía.
—El vestido color púrpura —dice,
su voz rota y entrecortada como si le doliera un poco al respirar. Tengo que
retorcerme las manos para no salir corriendo con él—. Lleva el vestido morado
—tose—. Juliette.
Yo seré el maniquí perfecto
Capítulo 16
Tan pronto como estoy en la
habitación abro el armario y tiro del vestido púrpura fuera de la percha antes
de recordar que estoy siendo observada. Las cámaras. Me pregunto si Adam
fue castigado por decirme acerca de las cámaras, también. Me pregunto si está
corriendo cualquier otro riesgo conmigo. Me pregunto por qué lo haría.
Toco el rígido material
moderno del vestido púrpura y mis dedos encuentran su camino hasta el borde, al
igual que Adam lo hizo ayer. No puedo evitar preguntarme por qué le gusta tanto
este vestido. Por qué tiene que ser exactamente este. Por qué siquiera tengo
que usar un vestido
No soy una muñeca.
Mi mano se detiene en el
pequeño estante de madera por debajo de los colgadores de ropa y una
desconocida textura roza mi piel. Es dura y extraña, pero familiar al mismo
tiempo. Me acerco al armario y me escondo entre las puertas. Mis dedos sienten
su forma alrededor de la superficie y una sobrecarga de sol se precipita a
través de mi estómago hasta que estoy segura de que estoy llena de esperanza y
sentimiento, y una fuerza de estúpida felicidad tan fuerte que me sorprende que
no hayan lágrimas corriendo por mi cara.
Mi cuaderno.
Él salvó mi libreta. Adam
salvó la única cosa que tengo.
Agarro el vestido morado y meto
la almohadilla de papel en sus pliegues antes de robarlo e ir hacia el baño.
El baño donde no hay cámaras.
El baño donde no hay cámaras.
El baño donde no hay cámaras.
Él estaba tratando de decírmelo,
me doy cuenta. Antes, en el baño. Estaba tratando de decirme algo y yo estaba
tan asustada que lo espanté.
Yo
lo asusté.
Cierro la puerta detrás de mí y
me tiemblan las manos mientras despliego los familiares papeles unidos por
pegamento viejo. Doy la vuelta a las páginas para asegurarme que todas están
allí, y mis ojos aterrizan en la más reciente entrada. En la parte inferior hay
un cambio. Una nueva oración no está escrita con mi letra.
Una nueva frase que debió haber
venido de él.
No es lo que piensas.
Estoy completamente inmóvil.
Cada centímetro de mi piel está
tirante por la tensión, llena de sentimiento, y la presión aumentando en mi
pecho, golpeando más duro y más rápido y más fuerte, compensando mi quietud. No
tiemblo mientras estoy congelada en el tiempo. Entreno a mis respiraciones para
llegar más lentas, cuento cosas que no existen, hago números que no existen, hago
como si el tiempo fuera un reloj de arena roto sangrando segundos a través de
la arena. Me atrevo a creer.
Me atrevo a esperar que Adam
esté tratando de llegar a mí. Estoy tan loca como para considerar la
posibilidad.
Arranco la página de la libreta
y la pongo cerca, vivamente tragando la histeria cosquilleando en todo momento
en mi mente.
Puedo ocultar la libreta en el
bolsillo del vestido de púrpura. El bolsillo donde Adam debió haberla
deslizado. El bolsillo que debió haberse caído. El bolsillo del vestido
púrpura. El bolsillo del vestido púrpura.
La esperanza es un bolsillo de
posibilidades.
La estoy sosteniendo en mi mano.
Warner no llega tarde.
No llama, tampoco.
Me estoy poniendo los zapatos
cuando entra sin decir una sola palabra, sin siquiera un esfuerzo por dar a
conocer su presencia. Sus ojos están cayendo por todo mi cuerpo. Mi mandíbula
se tensa por cuenta propia.
―Lo lastimaste ―me encuentro
diciendo.
―No debería importarte ―dice con
una inclinación de su cabeza, haciendo un gesto a mi vestido―. Pero es obvio
que lo hace.
Tenso
los labios y ruego que mis manos no estén temblando demasiado. No sé dónde está
Adam. No sé qué tan malherido esta. No sé lo que Warner va a hacer, hasta dónde
va a ir en búsqueda de lo que quiere, pero la perspectiva de Adam sufriendo es
como una mano fría agarrando mi esófago. No puedo respirar. Me siento como si
estuviera luchando por tragar un palillo de dientes. Si Adam está tratando de
ayudarme, le podría costar la vida.
Puedo tocar el trozo de papel
escondido en el bolsillo.
Respiro.
Los ojos de Warner están en mi
ventana.
Respiro.
―Es hora de irse ―dice.
Respira.
―¿A dónde vamos?
Él no contesta.
Salimos por la puerta. Miro a mi
alrededor. El pasillo está abandonado; vacío.
—¿Dónde está Adam todos…?
—Me gusta mucho ese vestido
—dice Warner mientras desliza un brazo alrededor de mi cintura. Me aparto, pero
me arrastra, me guía hacia el ascensor—. El talle es espectacular. Ayuda a
distraerme de todas tus preguntas.
—Pobre de tu madre.
Warner casi tropieza con sus
propios pies. Sus ojos son grandes, alarmados. Se detiene a unos pocos pies de
nuestro objetivo. Gira alrededor.
―¿Qué quieres decir?
Mi estómago cae.
La expresión de su rostro: la
presión desatendida, el inmutado terror, la repentina detención de sus rasgos.
Estaba tratando de hacer una
broma, pero no es lo que le diría a él. Lo siento por tu pobre madre, es lo que
iba a decirle, porque ella tenga que lidiar con un hijo tan miserable y patético.
Pero no digo nada de eso.
Coge mis manos, mira mis ojos.
La urgencia está latiendo en sus sienes.
—¿Qué
quieres decir? —insiste.
—Na-nada —tartamudeo. Mi voz se
rompe por la mitad—. No quería... era sólo una broma.
Warner suelta mis manos como si
lo quemaran. Mira hacia otro lado. Entra al ascensor y no espera por mí.
Me pregunto qué es lo que no me
está diciendo.
Sólo una vez que bajamos varios
pisos y hacemos nuestro camino por un extraño pasadizo hacia una extraña salida
finalmente me mira.
Me ofrece 4 palabras.
—Bienvenida a tu futuro.
Capítulo 17
Estoy
nadando en la luz del sol.
Warner
mantiene abierta una puerta que da directamente al exterior y estoy tan
desprevenida por la experiencia que apenas puedo ver con claridad. Él agarra mi
codo para mantenerme en equilibrio durante el camino y lo miro.
—Vamos
afuera —digo, porque tengo que decirlo en voz alta. Debido a que el mundo
exterior es un regalo que tan pocas veces me ofrecen. Porque no sé si Warner
está tratando de ser agradable de nuevo. Miro de él a lo que parece un patio de
cemento y de regreso a él—. ¿Qué estamos haciendo afuera?
—Tenemos
algunos asuntos que atender. —Él tira de mí hacia el centro de este nuevo
universo, y me estoy separando de él, llegando a tocar el cielo como si
estuviera deseando que se acuerde de mí. Las nubes son de color gris como lo
han sido siempre, pero son escasas y sin fantasías. El sol está alto, alto,
alto, descansando contra un telón de fondo, apuntalando sus rayos y
reorientando su calor en nuestra dirección. Me paro de puntillas y trato de
tocarlo.
El
viento se pliega en mis brazos y sonríe contra mi piel. Fresco, sedoso, trenza
una suave brisa a través de mi pelo. Este patio cuadrado podría ser mi salón de
baile.
Quiero
bailar con los elementos.
Warner
me coge la mano. Me doy la vuelta.
Él
sonríe.
—Esto
—dice, señalando al mundo frío y gris debajo de nuestros pies—, ¿esto te hace
feliz?
Miro
a mi alrededor. Me doy cuenta de que el patio es un techo, ubicado en algún
punto entre dos edificios. Me acerco hacia la cornisa y puedo ver la tierra
muerta, los árboles desnudos y los compuestos esparcidos que se extienden por
kilómetros.
—El
aire frío huele tan limpio —le digo—. Fresco. Completamente nuevo. Es el olor
más maravilloso del mundo.
Sus
ojos lucen divertidos, interesados, preocupados y confundidos a la vez. Sacude
la cabeza. Desliza su mano por la chaqueta y llega a un bolsillo interior. Él
saca un arma con una empuñadura de oro que destella con la luz del sol.
Tomo una bocanada de aire.
Él inspecciona el arma de una
manera que no entendería, probablemente para comprobar si está o no lista para
disparar. Él se la desliza en la mano con su dedo preparado directamente sobre
el gatillo. Se vuelve y finalmente lee la expresión en mi cara. Casi se ríe.
—No te preocupes. No es para ti.
—¿Por qué tienes un arma? —Yo
trago, duramente, apretando mis brazos firmemente sobre mi pecho—. ¿Qué estamos
haciendo aquí?
Warner desliza la pistola en el
bolsillo y camina hacia el extremo opuesto de la cornisa. Hace señas para que
lo siga. Me arrastro más cerca. Sigo sus ojos. Miro por encima de la barrera.
Cada soldado en el edificio está
de pie a menos de 15 metros más abajo.
Distingo casi 50 líneas, cada
una perfectamente alineada, perfectamente separadas, tantos soldados de pie en
una sola fila que pierdo la cuenta. Me pregunto si Adam se encuentra en la
multitud. Me pregunto si puede verme. Me pregunto lo que él piensa de mí ahora.
Los soldados están de pie en un
espacio cuadrado casi idéntico al que Warner y yo ocupamos, pero ellos son una
masa organizada de negro, pantalones negros, camisas negras, altas botas
negras, ningún arma de fuego a la vista. Cada uno está de pie con su puño
izquierdo apretado a su corazón. Congelados en el lugar.
Negro, gris y negro y gris y
negro y gris y sombrío.
De repente, soy muy consciente
de mi atuendo poco práctico.
De repente, el viento es
demasiado cruel, demasiado frío, demasiado doloroso mientras corta al pasar por
la multitud. Me estremezco y no tiene nada que ver con la temperatura. Busco a
Warner, pero él ya ha tomado su lugar en el borde del patio, es obvio que antes
ha hecho esto muchas veces. Saca un pequeño cuadrado de metal perforado de su
bolsillo y lo presiona contra sus labios, cuando habla, su voz se traslada a la
multitud como si hubiera sido amplificada.
—Sector 45.
Una palabra. Un solo número.
Todo
el grupo se altera: los puños izquierdos liberados caen a un costado; los puños
derechos plantados en su lugar en sus pechos. Son una máquina engrasada, en
coordinación perfecta entre sí. Si yo no fuera tan aprensiva, creo que estaría
impresionada.
—Tenemos dos cuestiones que
tratar esta mañana. —La voz de Warner penetra en la atmósfera: nítida, clara,
insoportablemente segura—. La primera está de pie a mi lado.
Miles de ojos vuelan en mi
dirección. Me siento flaquear.
—Juliette, ven aquí, por favor.
—2 dedos se doblan en 2 lugares invitándome a seguir.
Yo me asomo a la vista.
Warner desliza su brazo
alrededor de mí. Me estremezco. La multitud se inicia. Mi corazón está fuera de
control. Estoy muy asustada para apartarme de él. Su arma está muy cerca de mi
cuerpo.
Los soldados parecen asombrados
de que Warner esté dispuesto a tocarme.
—Jenkins, de un paso al frente,
por favor.
Mis dedos están corriendo una
maratón por mi muslo. No puedo estar quieta. No puedo calmar las palpitaciones
que se estrellan en mi sistema nervioso. Jenkins sale de la línea, lo detecto
inmediatamente.
Él está bien.
Dios mío.
Él está bien.
—Jenkins tuvo el placer de
conocer a Juliette anoche —continúa. La tensión entre los hombres es casi
tangible. Al parecer nadie sabe dónde se dirige este discurso. Y nadie, al
parecer, ha escuchado la historia de Jenkins. Mi historia—. Espero que todos
ustedes la saluden con el mismo tipo de bondad —agrega Warner, con los labios
riendo sin hacer ruido—. Ella estará con nosotros durante algún tiempo, y será
un activo muy valioso para nuestros esfuerzos. El Restablecimiento le da la
bienvenida. Yo le doy la bienvenida. Ustedes deben darle la bienvenida.
Los soldados dejan caer sus
puños a la vez, todos exactamente al mismo tiempo.
Ellos
se mueven como si fueran uno, cinco pasos hacia atrás, cinco pasos hacia
delante, cinco pasos de pie en su lugar. Levantan en alto su brazo izquierdo y
cierran sus dedos en un puño.
Y caen sobre una rodilla.
Corro hacia el borde,
desesperada por conseguir una mirada más cercana de una rutina extrañamente
coreografiada. Nunca he visto nada igual.
Warner les hace permanecer en
ese estado, inclinados así, con sus puños levantados en el aire. Él no habla
por lo menos durante 30 segundos. Y entonces lo hace.
—Bien.
Los soldados se levantan, bajan
sus puños y descansan el derecho sobre el pecho de nuevo.
—La segunda cuestión que nos
ocupa es aún más agradable que la primera —continúa Warner, aunque parece que
no se alegra de decirlo. Sus ojos se agudizan en los soldados de abajo, fragmentos
de esmeraldas parpadeando como llamas verdes sobre sus cuerpos—. Delalieu tiene
un informe para nosotros.
Pasa una eternidad mirando
simplemente a los soldados, dejando que sus pocas palabras naveguen en sus
mentes. Dejando que sus propias imaginaciones los conduzcan a la locura.
Dejando a los culpables entre ellos temblar de angustia.
Warner no habla durante mucho
tiempo.
Nadie se mueve durante mucho
tiempo.
Empiezo a temer por mi vida a
pesar de sus garantías anteriores. Empiezo a preguntarme si tal vez yo soy la
culpable. Si tal vez el arma en su bolsillo está destinada a mí. Por fin, me
atrevo a girar en su dirección. Él me mira por primera vez y no tengo ni idea
de cómo leerlo. Su rostro muestra 10.000 posibilidades al mirar a través de mí.
—Delalieu —dice, sin dejar de
mirarme—. Puede dar un paso adelante.
Una especie de hombre delgado y
calvo en un traje un poco más adornado sale del frente de la quinta línea. No
parece del todo estable. Agacha la cabeza una pulgada. Su voz gorjea cuando habla.
—Señor.
Warner
finalmente deja de mirarme a los ojos y asiente con la cabeza, casi
imperceptiblemente, en dirección al hombre calvo.
Delalieu recita:
—Tenemos una denuncia contra
Private 45B-76.423. Fletcher, Seamus.
Los soldados están todos congelados
en línea, congelados de alivio, congelados por el miedo, congelados por la
ansiedad. Nada se mueve. Nada respira. Hasta el viento tiene miedo de hacer un
sonido.
—Fletcher. —Una palabra de
Warner y varios cientos de cuellos se mueven en la misma dirección.
Fletcher sale de la línea.
Parece un hombrecito de
jengibre. Cabello color jengibre. Pecas color jengibre. Labios rojos casi
artificiales. Su rostro está blanco de todas las emociones posibles.
Nunca he tenido más miedo de un
extraño en mi vida.
Delalieu habla de nuevo.
—Private Fletcher fue encontrado
en terrenos no reglamentados, confraternizando con civiles, presuntos miembros
rebeldes del partido. Él había robado alimentos y suministros de las unidades
de almacenamiento dedicadas a los ciudadanos del sector 45. No se sabe si
reveló información confidencial.
Warner nivela su mirada en el
hombre de jengibre.
—¿Niega usted estas acusaciones,
soldado?
Las fosas nasales de Fletcher
aletean. Tiene la mandíbula tensa. Su voz se quiebra al hablar.
—No, señor.
Warner asiente con la cabeza.
Toma una respiración corta. Lame sus labios.
Y le pega un tiro en la frente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario