martes, 25 de marzo de 2014

SHATTER ME, parte 4

Mi sangre está creciendo a través de mis venas, corriendo por mi cuerpo como un río embravecido, olas de calor chapoteando contra de mis huesos. Puedo escuchar su angustia, puedo sentir la energía salir de su cuerpo, puedo percibir los latidos de su corazón en mis oídos y mi cabeza da vueltas con la descarga de adrenalina que fortalece mi ser. 
Me siento viva.
Desearía que me dañase. Me gustaría que me mutilase. Me gustaría rechazarlo. Me gustaría odiar la poderosa fuerza envolviéndose alrededor de mi esqueleto.
Pero no lo hago. Mi piel está pulsando con la vida de otra persona y no lo odio.
Me odio a mí misma por disfrutar de ella.
Me gusta la forma en que se siente estar llena de más vida, más esperanza y poder humano de lo que sabía que fuera capaz de hacer. Su dolor me da un placer que nunca pedí.
Y él no está dejándome ir.
Pero no está dejándome ir porque no puede. Porque tengo que ser uno para romper la conexión. Debido a que la agonía lo incapacita. Porque está atrapado en mis trampas.
Porque soy una Venus atrapamoscas2.
2 Venus atrapamoscas: Planta carnívora en la un insecto atraído por el olor que desprende un néctar gelatinoso de sus hojas coloreadas, se coloca sobre una de ellas y la hoja "trampa" se estimula inevitablemente. Esta minúscula planta reaccionará y cerrará su hoja sin darle oportunidad a escapar.
Soy mortal.
Me hecho sobre mi espalda y lo pateo en el pecho, deseándolo lejos de mí, disponiendo su peso en mi pequeño cuerpo, su cuerpo inerte se desploma contra el mío.
Estoy de repente gritando y esforzándome por ver más allá de la hoja de lágrimas que oscurecen mi visión, estoy hipando, histérica, horrorizada por la mirada congelada en la cara de este hombre, los labios paralizados en silenciosas exclamaciones a través de sus pulmones.
Me libero y tropiezo hacia atrás. Un mar de inertes soldados están detrás de mí. Cada rostro está escrito con el asombro y el miedo puro y sin adulterar.
Jenkins está tumbado en el suelo y nadie se atreve a acercarse a él.
―¡Que alguien le ayude! ―grito―. ¡Que alguien le ayude! Necesita un médico, necesita ser llevado, necesita, él, oh, Dios… ¿Qué he hecho?... 
―Juliette.
―No me toques, no te atrevas a tocarme…
Los guantes de Warner están de vuelta en su lugar y está tratando de acercarme a él, está tratando suavizar la situación, está tratando de enjugar mis lágrimas y yo quiero asesinarlo.
―Juliette, necesitas calmarte.
―¡Ayúdalo! ―suplico, cayendo de rodillas, con los ojos pegados a la figura que yacía en el suelo.
Los otros soldados finalmente se pisan los talones, prudentes, mientras piensan que podría ser contagioso.
―¡Por favor! ¡Tiene que ayudarlo! Por favor.
―Kent, Curtis, Soledad… ¡Encárguense de esto¡ ―grita Warner a sus hombres antes de recogerme en sus brazos.
Todavía estoy pateando cuando el mundo se vuelve negro.

Capítulo 14
El techo se está desvaneciendo dentro y fuera de mi visión.
Mi cabeza está pesada, mi visión borrosa, mi corazón tirante. Hay un sabor diferente a pánico presentándose en algún lugar debajo de mi lengua y estoy luchando para recordar de dónde viene. Trato de sentarme y no puedo entender por qué estaba acostada. Las manos de alguien están en mis hombros.
―¿Cómo te sientes? ―Warner está mirándome.
De repente, mis recuerdos arden en mis ojos y la cara de Jenkins nada en mi conciencia y estoy balanceando mis puños y gritando para que Warner se aleje de mí y tratando de zafarme de su agarre, pero sólo sonríe. Se ríe un poco. Muevo mis manos al lado de mi torso.
―Bueno, al menos tú estas despierta ―suspira―. Me tuviste preocupado por un momento.
Trato de controlar mis temblorosas piernas.
―Quita tus manos de mí.
Mueve sus dedos enguantados en frente de mi cara.
―Estoy todo cubierto. No te preocupes.
―Te odio.
―Tanta pasión. ―Se ríe otra vez. Se ve tan tranquilo, tan genuinamente divertido. Me mira con ojos más suaves de lo que esperaba que fueran.
Me doy la vuelta.
Se pone de pie. Toma una respiración corta.
―Aquí ―dice, alcanzando una bandeja en una mesa pequeña―. Te he traído comida. 
Tomo ventaja del momento para sentarme y mirar a su alrededor. Estoy acostada en una cama envuelta en medallas de oro de damasco y sombras borgoñas de la sangre más oscura.
El suelo está cubierto de una alfombra gruesa, rica en el color de un sol naciente de verano. Hace calor en esta habitación. Es del mismo tamaño que la que ocupo, su mobiliario es lo suficientemente estándar: cama, armario, mesas de noche y lámparas brillantes en el techo. La única diferencia es que hay una puerta adicional en esta sala y una vela encendida en silencio sobre una pequeña mesa en la esquina. No he visto el fuego en tantos años que he perdido la cuenta. Tengo que reprimir el impulso de avanzar y tocar la llama.
Me apoyo contra las almohadas y trato de fingir que no me siento cómoda.
―¿Dónde estoy?
Warner se da la vuelta con un plato con pan y queso. Su otra mano agarra un vaso de agua. Mira a su alrededor, como si lo viera por primera vez.
―Este es mi cuarto.
Si mi cabeza no fuera a estallar en pedazos, me sentiría tentada a correr.
―Llévame a mi propia habitación. No quiero estar aquí.
―Y, sin embargo, aquí estás. ―Se sienta a los pies de la cama, a pocos metros de distancia. Empuja el plato delante de mí―. ¿Tienes sed?
No sé si es porque no puedo pensar con claridad o si es porque estoy realmente confundida, pero estoy luchando para reconciliar las polares personalidades de Warner. Aquí está, ofreciéndome un vaso de agua después de que me obligase a torturar a alguien. Levanto mis manos y estudio mis dedos, como si nunca los hubiera visto antes.
―No entiendo.
Ladea la cabeza, inspeccionándome como si me hubiera dañado seriamente a mí misma.
―Sólo te pregunté si estas sedienta. Eso no debería ser difícil de entender. ―Una pausa―. Bebe esto.
Sujeto la copa. La miro fijamente. Lo miro fijamente. Miro fijamente las paredes.
Debo estar loca.
Warner suspira. 
―No estoy seguro, pero creo que te desmayaste. Y creo que probablemente deberías comer algo, aunque no estoy del todo seguro de eso, tampoco. ―Hace una pausa―. Es probable que hayas hecho demasiado esfuerzo en tu primer día aquí. Mi error.
―¿Por qué eres bueno conmigo?
La sorpresa en su cara me sorprendió aún más.
―Porque me preocupo por ti ―dice simplemente.
―¿Te preocupas por mí? ―El entumecimiento en mi cuerpo está empezando a disiparse. Mi presión arterial se eleva y la ira se está abriendo camino directamente de mi conciencia.
―¡Casi mato a Jenkins por tu culpa!
―No lo mataste...
―¡Tus soldados me golpearon! ¡Me mantienes aquí como una prisionera! ¡Me amenazas! ¡Me amenazaste con matarme! ¿No me das ninguna libertad y dices que te preocupas por mí? ―Estuve a punto de tirar el vaso de agua en su cara―. ¡Eres un monstruo!
Warner me da la espalda, así que estoy mirando su perfil. Junta las manos. Cambia de opinión. Esta llega a sus labios.
―Sólo estoy tratando de ayudarte.
―Mentiroso.
Él parece considerar eso. Asiente con la cabeza, sólo una vez.
―Sí. La mayoría de las veces, sí.
―No quiero estar aquí. No quiero ser tu experimento. Déjame ir.
―No. ―Se pone de pie―. Me temo que no puedo hacer eso.
―¿Por qué no?
―Porque no puedo. Yo sólo… ―Tira de sus dedos. Se aclara la garganta. Sus ojos tocan el techo por un breve momento―. Porque te necesito.
―¡Me necesitas para matar personas!
No responde de inmediato. Se acerca a la vela. Se quita un guante. Cosquillea la llama con los dedos desnudos. 
 ―Tú sabes que soy muy capaz de matar personas por mí mismo, Juliette. En realidad soy muy bueno en eso.
―Eso es asqueroso.
Se encoge de hombros.
―¿De qué otra forma crees que alguien de mi edad es capaz de controlar tantos soldados? ¿Por qué mi padre me permitiría hacerme cargo de todo un sector?
―¿Tu padre? ―Me siento, de repente curiosa, a pesar de mí misma.
Él hace caso omiso a mi pregunta.
―La mecánica del miedo es bastante simple. Las personas se sienten intimidadas por mí, por lo que escuchan cuando hablo. ―Agita una mano―. Las amenazas vacías valen muy poco en estos días.
Aprieto los ojos cerrados.
―Así que matas gente por poder.
―Como lo haces tú.
―¿Cómo te atreves?
Se ríe, fuerte.
―Eres libre de mentirte a ti misma, si te hace sentir mejor.
―No estoy mintiendo.
―¿Por qué te tomó tanto tiempo romper tu conexión con Jenkins?
Mi boca se congela en su lugar.
―¿Por qué no luchaste de inmediato? ¿Por qué le permitiste tocarte durante tanto tiempo como lo hizo?
Las manos me empiezan a temblar y las agarro con fuerza.
―No sabes nada de mí.
―Y sin embargo, tú dices que me conoces tan bien.
Aprieto la mandíbula, no confió en mí para hablar.
―Por lo menos soy honesto ―añade. 
 ―¡Acabas de aceptar que eres un mentiroso!
Él levanta las cejas.
―Por lo menos, soy honesto acerca de ser un mentiroso.
Golpeo el vaso de agua en la mesita. Dejo mi cabeza en mis manos. Intentando mantener la calma. Tomo una respiración estabilizadora.
―Bueno ―pregunto―, ¿por qué me necesitas, entonces? ¿Si eres un excelente asesino?
Parpadea y la sonrisa se desvanece de su rostro.
―Un día te daré una respuesta a esa pregunta.
Trato de protestar, pero me detiene con una mano. Coge un trozo de pan del plato. Lo sostiene bajo mi nariz.
―Casi no comiste nada en la cena. Eso no puede ser saludable.
No me muevo.
Deja caer el pan en el plato y deja caer el plato junto al agua. Se vuelve hacia mí. Estudia mis ojos con tal intensidad que estoy momentáneamente desarmada. Hay tantas cosas que quiero decir y gritar, pero de alguna manera me he olvidado de las palabras que esperaban pacientemente en mi boca. No puedo mirar hacia otro lado.
―Come algo. ―Sus ojos me abandonan―. Luego ve a dormir. Volveré por ti por la mañana.
―¿Por qué no puedo dormir en mi propia habitación?
Él se pone de pie. Sacude sus pantalones sin ninguna razón real.
―Porque quiero que te quedes aquí.
―¿Pero por qué?
Ladra una carcajada.
―Tantas preguntas.
―Bueno, si me dieras una respuesta directa.
―Buenas noches, Juliette.
―¿Vas a dejarme ir? ―le pido, esta vez en voz baja, esta vez con timidez. 
 ―No. ―Toma seis pasos hasta la esquina con la vela―. Y tampoco voy a prometer hacerte las cosas más fáciles, tampoco. ―No hay arrepentimiento, remordimiento, ninguna simpatía en su voz. Podría estar hablando sobre el tiempo.
―Podrías estar mintiendo.
―Sí, podría. ―Asiente con la cabeza, como para sí mismo. Apaga la vela.
Y desaparece.
Trato de luchar.
Trato de mantenerme despierta.
Trato de encontrar mi cabeza, pero no puedo.
Me derrumbo de puro agotamiento. 

Capítulo 15
¿Por qué simplemente no te matas?, me preguntó alguien en la escuela una vez.
Creo que era el tipo de pregunta destinada a ser cruel, pero era la primera vez que yo había contemplado esa posibilidad. No sabía qué decir.
Tal vez era una locura pensar en ello, pero yo siempre esperaba que si era una chica lo suficientemente buena, si lo hiciera todo bien, si dijera las cosas correctas o no dijera nada… pensaba que mis padres cambiarían de opinión. Pensé que por fin me escucharían cuando tratara de hablar. Pensé que me iban a dar una oportunidad. Pensé que por fin podrían amarme.
Siempre tuve esa estúpida esperanza.
—Buenos días.
Mis ojos se abren de un sobresalto. Nunca había sido de tener sueño pesado.
Warner está mirándome, sentado a los pies de su cama con un traje nuevo y botas perfectamente lustradas. Todo en él es meticuloso. Prístino.
Su aliento es fresco y dulce en el aire de la mañana fresca. Lo puedo sentir en mi cara.
Me toma un momento darme cuenta de que estoy enredada en las mismas sábanas en las que Warner ha dormido. Mi rostro de pronto se enciende como el fuego y estoy buscando a tientas librarme. Estuve a punto de caerme de la cama.
Yo no lo reconocía.
—¿Has dormido bien? —pregunta.
Miro hacia arriba. Sus ojos son como una sombra extraña de color verde cristal brillante, claros y penetrantes de la manera más alarmante. Su pelo es grueso, la más buena porción de oro, su cuerpo es delgado y modesto, pero su agarre es fuerte sin esfuerzo. Me he dado cuenta por primera vez que usa un anillo de jade en el dedo meñique izquierdo.
Me atrapa mirándolo y se levanta. Se desliza sus guantes y aprieta sus manos a la espalda.
—Es el momento para que vuelvas a tu habitación.
Parpadeo. Asiento con la cabeza. Me pongo de pie y casi me caigo. Me agarro de un lado de la cama y trato de frenar el constante vértigo en mi cabeza. Oigo el suspiro de Warner.
—No comiste la comida que te dejé para ti ayer por la noche.
Agarro el agua con las manos temblorosas y me obligo a comer un poco de pan. Mi cuerpo se ha acostumbrado tanto que no sé como reconocer el hambre.
Warner me lleva a la puerta una vez que encuentro el equilibrio.
Sigo sosteniendo un pedazo de queso en la mano.
Estuve a punto de caerme cuando salí al exterior.
Hay soldados, incluso más de los que hay en mi piso. Cada uno está equipado con al menos 4 tipos diferentes de armas de fuego, algunas colgadas del cuello, algunas atadas a sus cinturones. Todos ellos revelan una mirada de terror al ver mi cara. Destello dentro y fuera de sus características tan rápido que podría haberlo pasado por alto, pero es bastante obvio: todos aprietan sus armas un poco más mientras paso por ahí.
Warner parece contento
—Su miedo trabajará a tu favor —susurra en mi oído
Mi humanidad está tumbada en un millón de piezas en este piso alfombrado.
—Nunca quise que me tengan miedo.
—Deberías. —Se detiene. Sus ojos me están llamando idiota—. Si no te temen, te cazan.
—La gente caza cosas que temen todo el tiempo.
—Por lo menos ahora saben a lo que se enfrentan. —Él vuelve a caminar por el pasillo, pero mis pies están cosidos en el suelo. El entendimiento es frío como agua con hielo y está chorreando por mi espalda. 
 —¿Me hiciste hacer eso, lo que le hice a Jenkins? ¿A propósito?
Warner ya está 3 pasos por delante, pero puedo ver la sonrisa en su rostro.
—Todo lo que hago es a propósito.
—Querías hacer un espectáculo de mí. —Mi corazón se acelera en mi muñeca, pulsando en mis dedos.
—Estaba tratando de protegerte.
—¿De sus propios soldados? —Estoy corriendo para alcanzarlo ahora, ardiendo de indignación—. A expensas de la vida de un hombre.
—Entra
Warner ha alcanzado el ascensor. Él sostiene las puertas abiertas para mí.
Lo sigo dentro.
Aprieta los botones correctos.
Las puertas se cierran.
Vuelvo a hablar.
Él me arrincona.
Estoy apoyada en el borde más alejado de este recipiente de vidrio y de repente estoy nerviosa. Sus manos están sujetando mis brazos y sus labios están peligrosamente cerca de mi cara. Su mirada está bloqueada en la mía, sus ojos brillantes; peligrosos. Él dice una sola palabra:
—Sí.
Me toma un momento encontrar mi voz.
—Sí, ¿qué?
—Sí, de mis propios soldados. Sí, a expensas de la vida de un hombre —Se le tensa la mandíbula. Habla a través de sus dientes—. Es muy poco lo que entiendes acerca de mi mundo, Juliette.
—Estoy tratando de entender…
—No, no lo estás —me interrumpió. Sus pestañas son como hilos individuales de oro hilado encendidos con fuego. Casi tengo ganas de tocarlas—. No entiendes que el poder y el control se pueden resbalar de tu alcance en cualquier momento e incluso cuando crees que estás más preparada. Estas dos cosas no son fáciles de ganar. Son aún más difíciles de conservar. —Trato de hablar y me corta—. ¿Crees que no sé cuántos de mis propios soldados me odian? ¿Crees que no sé que les gustaría verme caer? Tú crees que no hay otros que le encantaría tener la posición que trabajé tan duro para tener…
—No te elogies a ti mismo…
Él cierra los últimos centímetros entre nosotros, y mis palabras caen al suelo. No puedo respirar. La tensión en todo su cuerpo es tan intensa que es casi palpable, y creo que mis músculos se han empezado a congelar.
—Eres una ingenua —me dice, su voz ronca, baja, un susurro tejido contra mi piel—. No te das cuenta que eres una amenaza para todos en este edificio. Tienen toda la razón para hacerte daño. No ves que estoy tratando de ayudarte a…
—¡A hacerme daño! —exploté—. ¡A herir a los demás!
Su risa es fría, carente de alegría. Se aleja de mí, de repente disgustado. El ascensor se desliza para abrirse, pero no salgo. Puedo ver mi puerta desde aquí.
—Vuelve a tu habitación. Lávate. Cámbiate. Hay vestidos en tu armario.
—No me gustan los vestidos.
—No creo que no te gusten si todavía no los has visto… —dice con una inclinación de su cabeza. Sigo su mirada para ver una sombra descomunal frente a mi puerta. Me dirijo a él para obtener una explicación, pero no dice nada. Él está recompuesto de pronto, sus características limpiaron la emoción. Toma mi mano, aprieta mis dedos y dice:
—Volveré por ti en exactamente una hora. —Y cierra las puertas del ascensor antes de que tenga la oportunidad de protestar. Empiezo a preguntarme si es una coincidencia que la única persona sin miedo de tocarme sea un monstruo.
Di un paso adelante y me atreví a mirar más de cerca el soldado de pie en la oscuridad.
Adam.
¡Oh!, Adam.
Adam, que ahora sabe exactamente de lo que soy capaz.
Mi corazón es un globo de agua explotando en mi pecho. Mis pulmones están colgando de mi caja torácica. Me siento como si cada puño en el mundo hubiese decidido darme un puñetazo en el estómago. No debería preocuparme tanto, pero lo hago.
Él me odiará por siempre ahora. Ni siquiera me mira.
Espero que me abra la puerta para mí pero no se mueve.
—¿Adam? —me atrevo, tentativa—. Necesito tu tarjeta de claves.
Lo veo tragar saliva y tomar un respiro pequeño y de inmediato tengo la sensación de que algo está mal. Me acerco más y veo un rápido movimiento, la rigidez de su cabeza me dice que no. No toco a la gente No me acerco a la gente Soy un monstruo. Él no me quiere cerca de él. Por supuesto que no. Nunca debí olvidar mi lugar.
Me abre la puerta con inmensa dificultad y me doy cuenta de que alguien lo ha herido donde no puedo ver. Las palabras de Warner vuelven a mí y yo reconozco su aireado adiós como una advertencia. Una advertencia que rompe todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
Adam será castigado por mis errores. Por mi desobediencia. Quiero enterrar mis lágrimas en un cubo de arrepentimiento.
Salgo por la puerta y miro hacia atrás a Adam una vez más, incapaz de sentir ningún tipo de triunfo en su dolor. A pesar de todo lo que él ha hecho, no sé si soy capaz de odiarlo. No es Adam. No es el chico que yo conocía.
—El vestido color púrpura —dice, su voz rota y entrecortada como si le doliera un poco al respirar. Tengo que retorcerme las manos para no salir corriendo con él—. Lleva el vestido morado —tose—. Juliette.
Yo seré el maniquí perfecto 

Capítulo 16
Tan pronto como estoy en la habitación abro el armario y tiro del vestido púrpura fuera de la percha antes de recordar que estoy siendo observada. Las cámaras. Me pregunto si Adam fue castigado por decirme acerca de las cámaras, también. Me pregunto si está corriendo cualquier otro riesgo conmigo. Me pregunto por qué lo haría.


Toco el rígido material moderno del vestido púrpura y mis dedos encuentran su camino hasta el borde, al igual que Adam lo hizo ayer. No puedo evitar preguntarme por qué le gusta tanto este vestido. Por qué tiene que ser exactamente este. Por qué siquiera tengo que usar un vestido
No soy una muñeca.
Mi mano se detiene en el pequeño estante de madera por debajo de los colgadores de ropa y una desconocida textura roza mi piel. Es dura y extraña, pero familiar al mismo tiempo. Me acerco al armario y me escondo entre las puertas. Mis dedos sienten su forma alrededor de la superficie y una sobrecarga de sol se precipita a través de mi estómago hasta que estoy segura de que estoy llena de esperanza y sentimiento, y una fuerza de estúpida felicidad tan fuerte que me sorprende que no hayan lágrimas corriendo por mi cara.
Mi cuaderno.
Él salvó mi libreta. Adam salvó la única cosa que tengo.
Agarro el vestido morado y meto la almohadilla de papel en sus pliegues antes de robarlo e ir hacia el baño.
El baño donde no hay cámaras.
El baño donde no hay cámaras.
El baño donde no hay cámaras.
Él estaba tratando de decírmelo, me doy cuenta. Antes, en el baño. Estaba tratando de decirme algo y yo estaba tan asustada que lo espanté. 
 Yo lo asusté.
Cierro la puerta detrás de mí y me tiemblan las manos mientras despliego los familiares papeles unidos por pegamento viejo. Doy la vuelta a las páginas para asegurarme que todas están allí, y mis ojos aterrizan en la más reciente entrada. En la parte inferior hay un cambio. Una nueva oración no está escrita con mi letra.
Una nueva frase que debió haber venido de él.
No es lo que piensas.
Estoy completamente inmóvil.
Cada centímetro de mi piel está tirante por la tensión, llena de sentimiento, y la presión aumentando en mi pecho, golpeando más duro y más rápido y más fuerte, compensando mi quietud. No tiemblo mientras estoy congelada en el tiempo. Entreno a mis respiraciones para llegar más lentas, cuento cosas que no existen, hago números que no existen, hago como si el tiempo fuera un reloj de arena roto sangrando segundos a través de la arena. Me atrevo a creer.
Me atrevo a esperar que Adam esté tratando de llegar a mí. Estoy tan loca como para considerar la posibilidad.
Arranco la página de la libreta y la pongo cerca, vivamente tragando la histeria cosquilleando en todo momento en mi mente.
Puedo ocultar la libreta en el bolsillo del vestido de púrpura. El bolsillo donde Adam debió haberla deslizado. El bolsillo que debió haberse caído. El bolsillo del vestido púrpura. El bolsillo del vestido púrpura.
La esperanza es un bolsillo de posibilidades.
La estoy sosteniendo en mi mano.
Warner no llega tarde.
No llama, tampoco.
Me estoy poniendo los zapatos cuando entra sin decir una sola palabra, sin siquiera un esfuerzo por dar a conocer su presencia. Sus ojos están cayendo por todo mi cuerpo. Mi mandíbula se tensa por cuenta propia.
―Lo lastimaste ―me encuentro diciendo.
―No debería importarte ―dice con una inclinación de su cabeza, haciendo un gesto a mi vestido―. Pero es obvio que lo hace. 
 Tenso los labios y ruego que mis manos no estén temblando demasiado. No sé dónde está Adam. No sé qué tan malherido esta. No sé lo que Warner va a hacer, hasta dónde va a ir en búsqueda de lo que quiere, pero la perspectiva de Adam sufriendo es como una mano fría agarrando mi esófago. No puedo respirar. Me siento como si estuviera luchando por tragar un palillo de dientes. Si Adam está tratando de ayudarme, le podría costar la vida.
Puedo tocar el trozo de papel escondido en el bolsillo.
Respiro.
Los ojos de Warner están en mi ventana.
Respiro.
―Es hora de irse ―dice.
Respira.
―¿A dónde vamos?
Él no contesta.
Salimos por la puerta. Miro a mi alrededor. El pasillo está abandonado; vacío.
—¿Dónde está Adam todos…?
—Me gusta mucho ese vestido —dice Warner mientras desliza un brazo alrededor de mi cintura. Me aparto, pero me arrastra, me guía hacia el ascensor—. El talle es espectacular. Ayuda a distraerme de todas tus preguntas.
—Pobre de tu madre.
Warner casi tropieza con sus propios pies. Sus ojos son grandes, alarmados. Se detiene a unos pocos pies de nuestro objetivo. Gira alrededor.
―¿Qué quieres decir?
Mi estómago cae.
La expresión de su rostro: la presión desatendida, el inmutado terror, la repentina detención de sus rasgos.
Estaba tratando de hacer una broma, pero no es lo que le diría a él. Lo siento por tu pobre madre, es lo que iba a decirle, porque ella tenga que lidiar con un hijo tan miserable y patético. Pero no digo nada de eso.
Coge mis manos, mira mis ojos. La urgencia está latiendo en sus sienes. 
 —¿Qué quieres decir? —insiste.
—Na-nada —tartamudeo. Mi voz se rompe por la mitad—. No quería... era sólo una broma.
Warner suelta mis manos como si lo quemaran. Mira hacia otro lado. Entra al ascensor y no espera por mí.
Me pregunto qué es lo que no me está diciendo.
Sólo una vez que bajamos varios pisos y hacemos nuestro camino por un extraño pasadizo hacia una extraña salida finalmente me mira.
Me ofrece 4 palabras.
—Bienvenida a tu futuro. 

Capítulo 17
Estoy nadando en la luz del sol.
Warner mantiene abierta una puerta que da directamente al exterior y estoy tan desprevenida por la experiencia que apenas puedo ver con claridad. Él agarra mi codo para mantenerme en equilibrio durante el camino y lo miro.
—Vamos afuera —digo, porque tengo que decirlo en voz alta. Debido a que el mundo exterior es un regalo que tan pocas veces me ofrecen. Porque no sé si Warner está tratando de ser agradable de nuevo. Miro de él a lo que parece un patio de cemento y de regreso a él—. ¿Qué estamos haciendo afuera?
—Tenemos algunos asuntos que atender. —Él tira de mí hacia el centro de este nuevo universo, y me estoy separando de él, llegando a tocar el cielo como si estuviera deseando que se acuerde de mí. Las nubes son de color gris como lo han sido siempre, pero son escasas y sin fantasías. El sol está alto, alto, alto, descansando contra un telón de fondo, apuntalando sus rayos y reorientando su calor en nuestra dirección. Me paro de puntillas y trato de tocarlo.
El viento se pliega en mis brazos y sonríe contra mi piel. Fresco, sedoso, trenza una suave brisa a través de mi pelo. Este patio cuadrado podría ser mi salón de baile.
Quiero bailar con los elementos.
Warner me coge la mano. Me doy la vuelta.
Él sonríe.
—Esto —dice, señalando al mundo frío y gris debajo de nuestros pies—, ¿esto te hace feliz?
Miro a mi alrededor. Me doy cuenta de que el patio es un techo, ubicado en algún punto entre dos edificios. Me acerco hacia la cornisa y puedo ver la tierra muerta, los árboles desnudos y los compuestos esparcidos que se extienden por kilómetros.
—El aire frío huele tan limpio —le digo—. Fresco. Completamente nuevo. Es el olor más maravilloso del mundo. 
 Sus ojos lucen divertidos, interesados, preocupados y confundidos a la vez. Sacude la cabeza. Desliza su mano por la chaqueta y llega a un bolsillo interior. Él saca un arma con una empuñadura de oro que destella con la luz del sol.
Tomo una bocanada de aire.
Él inspecciona el arma de una manera que no entendería, probablemente para comprobar si está o no lista para disparar. Él se la desliza en la mano con su dedo preparado directamente sobre el gatillo. Se vuelve y finalmente lee la expresión en mi cara. Casi se ríe.
—No te preocupes. No es para ti.
—¿Por qué tienes un arma? —Yo trago, duramente, apretando mis brazos firmemente sobre mi pecho—. ¿Qué estamos haciendo aquí?
Warner desliza la pistola en el bolsillo y camina hacia el extremo opuesto de la cornisa. Hace señas para que lo siga. Me arrastro más cerca. Sigo sus ojos. Miro por encima de la barrera.
Cada soldado en el edificio está de pie a menos de 15 metros más abajo.
Distingo casi 50 líneas, cada una perfectamente alineada, perfectamente separadas, tantos soldados de pie en una sola fila que pierdo la cuenta. Me pregunto si Adam se encuentra en la multitud. Me pregunto si puede verme. Me pregunto lo que él piensa de mí ahora.
Los soldados están de pie en un espacio cuadrado casi idéntico al que Warner y yo ocupamos, pero ellos son una masa organizada de negro, pantalones negros, camisas negras, altas botas negras, ningún arma de fuego a la vista. Cada uno está de pie con su puño izquierdo apretado a su corazón. Congelados en el lugar.
Negro, gris y negro y gris y negro y gris y sombrío.
De repente, soy muy consciente de mi atuendo poco práctico.
De repente, el viento es demasiado cruel, demasiado frío, demasiado doloroso mientras corta al pasar por la multitud. Me estremezco y no tiene nada que ver con la temperatura. Busco a Warner, pero él ya ha tomado su lugar en el borde del patio, es obvio que antes ha hecho esto muchas veces. Saca un pequeño cuadrado de metal perforado de su bolsillo y lo presiona contra sus labios, cuando habla, su voz se traslada a la multitud como si hubiera sido amplificada.
—Sector 45.
Una palabra. Un solo número. 
 Todo el grupo se altera: los puños izquierdos liberados caen a un costado; los puños derechos plantados en su lugar en sus pechos. Son una máquina engrasada, en coordinación perfecta entre sí. Si yo no fuera tan aprensiva, creo que estaría impresionada.
—Tenemos dos cuestiones que tratar esta mañana. —La voz de Warner penetra en la atmósfera: nítida, clara, insoportablemente segura—. La primera está de pie a mi lado.
Miles de ojos vuelan en mi dirección. Me siento flaquear.
—Juliette, ven aquí, por favor. —2 dedos se doblan en 2 lugares invitándome a seguir.
Yo me asomo a la vista.
Warner desliza su brazo alrededor de mí. Me estremezco. La multitud se inicia. Mi corazón está fuera de control. Estoy muy asustada para apartarme de él. Su arma está muy cerca de mi cuerpo.
Los soldados parecen asombrados de que Warner esté dispuesto a tocarme.
—Jenkins, de un paso al frente, por favor.
Mis dedos están corriendo una maratón por mi muslo. No puedo estar quieta. No puedo calmar las palpitaciones que se estrellan en mi sistema nervioso. Jenkins sale de la línea, lo detecto inmediatamente.
Él está bien.
Dios mío.
Él está bien.
—Jenkins tuvo el placer de conocer a Juliette anoche —continúa. La tensión entre los hombres es casi tangible. Al parecer nadie sabe dónde se dirige este discurso. Y nadie, al parecer, ha escuchado la historia de Jenkins. Mi historia—. Espero que todos ustedes la saluden con el mismo tipo de bondad —agrega Warner, con los labios riendo sin hacer ruido—. Ella estará con nosotros durante algún tiempo, y será un activo muy valioso para nuestros esfuerzos. El Restablecimiento le da la bienvenida. Yo le doy la bienvenida. Ustedes deben darle la bienvenida.
Los soldados dejan caer sus puños a la vez, todos exactamente al mismo tiempo. 
 Ellos se mueven como si fueran uno, cinco pasos hacia atrás, cinco pasos hacia delante, cinco pasos de pie en su lugar. Levantan en alto su brazo izquierdo y cierran sus dedos en un puño.
Y caen sobre una rodilla.
Corro hacia el borde, desesperada por conseguir una mirada más cercana de una rutina extrañamente coreografiada. Nunca he visto nada igual.
Warner les hace permanecer en ese estado, inclinados así, con sus puños levantados en el aire. Él no habla por lo menos durante 30 segundos. Y entonces lo hace.
—Bien.
Los soldados se levantan, bajan sus puños y descansan el derecho sobre el pecho de nuevo.
—La segunda cuestión que nos ocupa es aún más agradable que la primera —continúa Warner, aunque parece que no se alegra de decirlo. Sus ojos se agudizan en los soldados de abajo, fragmentos de esmeraldas parpadeando como llamas verdes sobre sus cuerpos—. Delalieu tiene un informe para nosotros.
Pasa una eternidad mirando simplemente a los soldados, dejando que sus pocas palabras naveguen en sus mentes. Dejando que sus propias imaginaciones los conduzcan a la locura. Dejando a los culpables entre ellos temblar de angustia.
Warner no habla durante mucho tiempo.
Nadie se mueve durante mucho tiempo.
Empiezo a temer por mi vida a pesar de sus garantías anteriores. Empiezo a preguntarme si tal vez yo soy la culpable. Si tal vez el arma en su bolsillo está destinada a mí. Por fin, me atrevo a girar en su dirección. Él me mira por primera vez y no tengo ni idea de cómo leerlo. Su rostro muestra 10.000 posibilidades al mirar a través de mí.
—Delalieu —dice, sin dejar de mirarme—. Puede dar un paso adelante.
Una especie de hombre delgado y calvo en un traje un poco más adornado sale del frente de la quinta línea. No parece del todo estable. Agacha la cabeza una pulgada. Su voz gorjea cuando habla.
—Señor. 
 Warner finalmente deja de mirarme a los ojos y asiente con la cabeza, casi imperceptiblemente, en dirección al hombre calvo.
Delalieu recita:
—Tenemos una denuncia contra Private 45B-76.423. Fletcher, Seamus.
Los soldados están todos congelados en línea, congelados de alivio, congelados por el miedo, congelados por la ansiedad. Nada se mueve. Nada respira. Hasta el viento tiene miedo de hacer un sonido.
—Fletcher. —Una palabra de Warner y varios cientos de cuellos se mueven en la misma dirección.
Fletcher sale de la línea.
Parece un hombrecito de jengibre. Cabello color jengibre. Pecas color jengibre. Labios rojos casi artificiales. Su rostro está blanco de todas las emociones posibles.
Nunca he tenido más miedo de un extraño en mi vida.
Delalieu habla de nuevo.
—Private Fletcher fue encontrado en terrenos no reglamentados, confraternizando con civiles, presuntos miembros rebeldes del partido. Él había robado alimentos y suministros de las unidades de almacenamiento dedicadas a los ciudadanos del sector 45. No se sabe si reveló información confidencial.
Warner nivela su mirada en el hombre de jengibre.
—¿Niega usted estas acusaciones, soldado?
Las fosas nasales de Fletcher aletean. Tiene la mandíbula tensa. Su voz se quiebra al hablar.
—No, señor.
Warner asiente con la cabeza. Toma una respiración corta. Lame sus labios.

Y le pega un tiro en la frente. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario